sábado, septiembre 23, 2023

11 P2 Aventuras del Joven Kanmakán, hijo de Daul'Makan - Segunda de dos partes

De la noche 138 a la noche 145





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Pero cuando llegó la 144ª noche

Ella dijo:
Y ellos contestaron: "Tu idea es admirable, ¡oh venerable visir de nuestro padre!" Y convinieron cómo había de ser la cosa. Entonces para festejar aquel día tan feliz, volvió sobre sus pasos el rey Rumzán y regresó a la ciudad, cuyas puertas mandó abrir al ejército musulmán. Después dispuso que los pregoneros publicasen que desde entonces el Islam sería la religión oficial de aquel pueblo, pero que a todos los cristianos se les permitiría perseverar en su error. Pero ninguno de los habitantes quiso seguir siendo descreído, y en un día solo, el acto de fe se pronunció por mil y mil nuevos creyentes. ¡Glorificado sea para siempre Aquel que envió a su Profeta para ser símbolo de paz entre todas las criaturas de Oriente y Occidente!
Ambos reyes dieron grandes fiestas y banquetes con tal motivo, reinando alternativamente un día cada uno. Y así permanecieron durante algún tiempo en Kaissaria, en el límite de la alegría y de la satisfacción.

Después pensaron en vengarse de la vieja Madre de todas las Calamidades. A ese efecto, el rey Rumzán, con anuencia del rey Kanmakán, se apresuró a enviar un correo a Constantinia, con una carta para la Madre de todas las Calamidades, que ignoraba aquel nuevo estado de cosas y seguía creyendo que el rey de Kaissaria era cristiano como su abuelo materno, el difunto rey Hardobios, padre de Abriza.
Y esta carta decía lo siguiente:
"A la gloriosa y venerable dama Schauahi Omm El-Dauhai, la formidable, la terrible, el azote pesado de calamidades sobre las cabezas enemigas, el ojo que vela sobre la ciudad cristiana, la perfumada de virtudes y sabiduría, la olorosa del santo incienso supremo y verídico del gran patriarca, la columna de Cristo en medio de Constantinia.
"De parte del señor de Kaissaria, Rumzán, de la posteridad de Hardobios el Grande, de fama extendida por el Universo.
"He aquí, ¡oh madre de todos nosotros! que el Señor del cielo y la tierra ha hecho triunfar nuestras armas contra las de los musulmanes, y hemos aniquilado su ejército, haciendo prisionero a su rey en Kaissaria, y reduciendo igualmente a cautiverio al visir Dandán y a la princesa Nozhatú, hija de Omar Al-Nemán y de la reina Safía, hijo del difunto rey Afridonios de Constantinia.
"Aguardamos, pues, tu venida entre nosotros para festejar juntos nuestra victoria, y mandar cortar, delante de ti, la cabeza al rey Kanmakán, al visir Dandán y a todos los jefes musulmanes.
"Y puedes venir a Kaissaria sin escolta numerosa, pues desde hoy todos los caminos están seguros, y todas las provincias pacificadas desde el Irak hasta el Sudán y desde Mossul y Damasco hasta los límites extremos de Oriente y Occidente.
"Y no dejes de traer contigo de Constantinia a la reina Safía madre de Nozhatú, para darle la alegría de volver a ver a su hija, a quien se honra, como mujer, en nuestro palacio.
"¡Y que el Cristo, hijo de Mariam, te guarde y conserve como una esencia pura preciadamente contenida en oro inalterable!"
Después firmó la carta, le puso su sello regio, y la entregó a un correo, que salió enseguida para Constantinia.
Y hasta el momento de llegar la malhadada vieja, pasaron algunos días, durante los cuales los dos reyes tuvieron el gusto de saldar cuentas atrasadas. He aquí, en efecto, lo que ocurrió:
Un día que los dos reyes, el visir Dandán y la dulce Nozhatú, que nunca se tapaba la cara en presencia del visir Dandán, al cual consideraba como un padre, estaban sentados hablando de la próxima llegada de la vieja calamitosa y de la suerte que se le reservaba, entró uno de los chambelanes para anunciar a los reyes que estaba allí fuera un anciano mercader a quien habían asaltado unos bandoleros, los cuales habían sido encadenados después de su fechoría.
Y el chambelán dijo: ¡Oh reyes! este mercader solicita audiencia de vuestra magnanimidad, pues tiene dos cartas que entregaros". Y contestaron los dos reyes: "¡Dejadle entrar!"
Entonces entró un anciano, cuya cara ofrecía las huellas de la bendición. Besó la tierra entre las manos de los reyes, y dijo: "¡Oh reyes del tiempo! ¿Es posible que un musulmán no sea respetado y lo despojen en un país en que reina la concordia y la justicia?"
Y los reyes preguntaron: "¿Pero qué te ha sucedido, ¡oh respetable mercader!?" Y él contestó: "¡Oh señores! Sabed que tengo dos cartas que siempre me han atraído el respeto y la consideración en todos los países musulmanes, pues me sirven de salvoconducto y me eximen de pagar los diezmos y derechos de entrada sobre mis mercancías. Y una de estas cartas, ¡oh señores míos! además de esa virtud preciosa, me sirve también de consuelo en la soledad, pues está escrita en versos tan admirables, que preferiría perder el alma a separarme de ella".
Entonces los dos reyes exclamaron: "¡Oh mercader! ¿Quieres permitirnos ver esa carta o leernos siquiera su contenido?" Y el anciano mercader, muy tembloroso, alargó las dos cartas a los reyes, que se las entregaron a Nozhatú, diciéndole: "¡Tú que sabes leer las letras más complicadas y dar a los versos entonación más propia, apresúrate por favor a deleitarnos con esta lectura!"
Pero apenas hubo Nozhatú desatado la cinta que sujetaba el rollo y echado una mirada a las dos cartas, exhaló un gran grito, se puso más amarilla que el azafrán, y cayó desmayada.
Entonces se apresuraron a rociarla con agua de rosas, y cuando volvió en sí, se levantó inmediatamente, y arrasados sus ojos en lágrimas, corrió hacia el mercader, y cogiéndole la mano, se la besó. Entonces todos los presente! llegaron al límite de la estupefacción ante aquel acto tan contrario a las costumbres de los reyes y de los musulmanes.
Y el anciano mercader, emocionadísimo, vaciló y estuvo a punto de caer de espaldas. La reina Nozhatú se apresuró a sostenerle, y llevándole de la mano, le hizo sentar en la misma alfombra en que ella estaba sentada, y le dijo: "¿Ya no me conoces, padre mío? ¿Tan vieja soy?"
Al oír estas palabras el mercader creyó soñar, y exclamó: "¡Conozco la voz! Pero ¡oh mi señora! mis ojos tienen muchos años, y ya no pueden distinguir nada".
Y la reina dijo: "¡Oh padre mío! soy la misma que te escribió la carta en verso, soy Nozhatú-zamán". Y el anciano mercader se desmayó entonces por completo. Y mientras el visir Dandán echaba agua de rosas en la cara del anciano mercader, Nozhatú, volviéndose hacia su hermano Rumzán y su sobrino Kanmakán, les dijo: "¡Este es el buen mercader que me arrancó de las manos de aquel bárbaro beduino que me robó en las calles de la Ciudad Santa!"
Y cuando el mercader volvió en sí, los dos reyes se levantaron en honor suyo, y lo abrazaron; y a su vez, él besó las manos de la reina Nozhatú y al visir Dandán; y todos se felicitaron mutuamente por aquel suceso, y dieron gracias a Alah que los había reunido. Y el mercader levantó los brazos, y exclamó: "¡Bendito y glorificado sea Aquel que modela los corazones que no olvidan, y los perfuma con el admirable incienso de la gratitud!"
Después de lo cual los dos reyes nombraron al anciano mercader jeique de todos los khanes y zocos de Kaissaria y Bagdad, y le dieron entrada libre en palacio de noche y de día.
Después le dijeron: "¿Pero quiénes te han atacado?" Y el mercader contestó: "Unos bandidos del desierto, de los que despojan a los mercaderes sin armas, me asaltaron súbitamente. ¡Eran más de ciento! Pero sus jefes son tres. ¡Uno es un negro horrible; otro un kurdo espantoso, y el tercero un beduino muy forzudo! Me habían atado a un camello y me arrastraban, cuando quiso Alah que les atacasen vuestros soldados y los capturaran, y a mí con ellos".
Oídas estas palabras, los dos reyes dijeron a uno de los chambelanes: "¡Que entre primero el negro!" Y el negro entró. Era más feo que el trasero de un mono viejo, y sus ojos más feroces que los del tigre.
Y el visir Dandán le preguntó: "¿Cómo te llamas? ¿Y por qué eres bandolero?" Pero antes de que el negro tuviese tiempo de contestar, Grano de Coral, la antigua doncella de la reina Abriza, entró entonces para llamar a su ama Nozhatú, y sus ojos se encontraron con los del negro; y enseguida lanzó un grito horrible, y se precipitó como una leona sobre el negro, le hundió los dedos en los ojos, se los sacó de un tirón, y dijo: "¡Este es el bandido que mató a mi pobre señora Abriza!" Después, arrojando al suelo los dos ojos ensangrentados que acababa de hacer saltar de las órbitas del negro como si fuesen huesos de fruta, añadió: "¡Loado sea el Justo y el Altísimo, que me permiten por fin vengar a mi ama con mis manos!"
Entonces el rey Rumzán dirigió una seña, y en seguida avanzó el verdugo, y de un solo tajo hizo dos negros de uno. Enseguida los eunucos arrastraron el cuerpo por los pies y lo fueron a arrojar a los perros, sobre los montones de basura fuera de la ciudad.

Después los reyes dijeron: "¡Que entre el kurdo!" Y el kurdo entró. Era más amarillo que un limón, y estaba más sarnoso que un burro de molino, y seguramente más piojoso que un búfalo que se pasa un año sin sumergirse en el agua. Y el visir Dandán le preguntó: "¿Cómo te llamas? ¿Y por qué eres bandolero?" Y el otro respondió: "Yo era camellero de oficio en la Ciudad Santa. Y un día me encargaron que transportase al hospital de Damasco a un joven enfermo .. ."
Al oír estas palabras, el rey Kanmakán, y Nozhatú, y el visir Dandán, sin darle tiempo para seguir, exclamaron: "¡Este el camellero traidor que abandonó al rey Daul'makán sobre el montón de estiércol a la puerta del hammam!" Y de pronto el rey Kanmakán se levantó, y dijo: "¡Se debe devolver mal por mal, y duplicado! ¡Si no, aumentaría el número de los impíos y de los malhechores que infringen las leyes! ¡Y para los malos, no debe haber piedad en la venganza, pues la piedad como la entienden los cristianos es virtud de eunucos, enfermos e impotentes!"
Y el rey Kanmakán, con su propia mano, de un solo tajo hizo de un camellero dos. Pero luego mandó a los esclavos que enterraran el cuerpo según los ritos religiosos.
Entonces los dos reyes dijeron al chambelán: "¡Que entre ahora el beduino!"
En este momento de su narración Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 145ª noche

Ella dijo:
Entonces los dos reyes dijeron al chambelán: "¡Que entre ahora el beduino!" Y fué introducido el beduino. Pero apenas apareció por la abertura de la puerta su cabeza de bandido, cuando la reina Nozhatú exclamó: "¡Ese es el beduino que me vendió a este buen mercader!"
Al oír estas palabras, el beduino dijo: "¡Soy Hamad! ¡Y no te conozco!" Entonces Nozhatú se echó a reír, y exclamó: "¡Verdaderamente es él, pues nunca se verá un loco semejante a éste! Mírame, pues, ¡oh beduino Hamad! ¡Soy aquella a quien robaste en las calles de la Ciudad Santa, y a quien maltrataste tanto!"
Cuando el beduino oyó estas palabras, exclamó: "¡Por Alah! ¡Es la misma! ¡Mi cabeza va a desaparecer ahora mismo de encima de mi cuello!" Y Nozhatú se volvió hacia el mercader, que estaba sentado, y le preguntó: "¿Le conoces ahora, mi buen padre?
El mercader dijo: "¡Es el mismo! ¡Y está más loco que todos los locos de la tierra!" Entonces dijo Nozhatú: "Pero este beduino, a pesar de todas sus brutalidades, tenía una buena cualidad: le gustaban los bellos versos y las hermosas historias". Enseguida el beduino exclamó: "¡Oh mi señora! Así es, ¡por Alah! Y sé una buena historia, sobremanera extraña, que me ha ocurrido a mí.
Ahora bien; si la cuento y agrada a todos los circunstantes, me perdonarás, y me concederás el indulto de mi sangre". Y la dulce Nozhatú sonrió, y dijo: "¡Sea! Cuéntanos tu historia, ¡oh beduino!"
Entonces el beduino Hamad dijo:
"¡Verdaderamente, soy un gran bandido, la corona de la cabeza de todos los bandidos! Pero la cosa más sorprendente de mi vida en las ciudades y en el desierto es la que vais a oír:
"Una noche que estaba echado sobre la arena junto a mi caballo, sentí oprimida mi alma por el peso de los maléficos hechizos de mis enemigas las brujas. Fué para mí una noche terrible entre todas las noches, pues tan pronto ladraba como un chacal, o rugía como un león, o me quejaba sordamente, echando baba como un camello. ¡Qué noche! ¡Y con qué impaciencia aguardaba yo su fin y la aparición de la mañana! Al fin se aclaró el cielo y se calmó mi inquietud. Y entonces, para librarme de los últimos vestigios de aquellos sueños malditos, me levanté enseguida, me ceñí el alfanje, cogí mi lanza, salté sobre mi corcel y lo lancé al galope, más rápido que la gacela.
"Y mientras galopaba de tal suerte, vi delante de mí un avestruz que me miraba. Estaba plantado muy tranquilo frente a mi caballo, y me disponía a llegar sobre él; pero cuando iba a darle con la lanza, se volvió rápidamente, abrió sus grandes alas, y salió como una saeta a través del desierto. Le perseguí de aquella manera, y me arrastró hasta una soledad toda desolada y llena de espanto, pues allí no había más presencia que la de Alah.
Sólo se veían las piedras peladas.
No se oía más que el silbido de las víboras, los gritos de los genios del aire y de la tierra, y los aullidos de los vampiros que buscan una presa. ¡Y el avestruz desapareció como por un agujero invisible o por algún sitio que yo no podía ver! ¡Y se estremeció toda mi carne!¡ Mi caballo se encabritó enseguida, y retrocedió resollando!
"Entonces sentí una inquietud y un terror muy grandes, y quise volver riendas para retroceder. ¿Pero adonde podría ir cuando el sudor brotaba de los flancos de mi caballo, y el calor de mediodía era insoportable? Una sed atormentadora me abrasaba la garganta y hacía jadear al caballo, cuyo vientre subía y bajaba como un fuelle de fragua. Y pensé: "¡Oh Hamad! aquí morirás. ¡Y tu carne servirá de alimento a los cachorros de los vampiros y a las fieras del espanto! Aquí está la muerte, ¡oh beduino!" Pero cuando me disponía a decir mi acto de fe y a morir, vi dibujarse a lo lejos una línea de frescura, poblada de palmeras: ¡Y mi caballo relinchó, sacudió la cabeza y se lanzó hacia adelante! Y en un galope me vi fuera del horror de aquel pelado y ardoroso desierto de piedra. Y delante de mí, cerca de un manantial que corría al pie de las palmeras, se levantaba una tienda magnífica, junto a la cual dos yeguas soberbias pacían la hierba húmeda y gloriosa.
"Me apresuré a apearme y a abrevar mi caballo, cuyo hocico echaba fuego, y a beber también aquella agua límpida y dulce hasta hacer morir. Después saqué de mi alforja una cuerda muy larga, y até mi caballo para que pudiese refrescarse libremente en aquella pradera. Y hecho esto, me incitó la curiosidad hacia la tienda para ver lo que era aquello.
Y he aquí lo que vi : "Sobre una estera muy blanca estaba sentado un joven de imberbes mejillas, tan hermoso como la luna en cuarto creciente; y a su derecha se hallaba en todo el esplendor de su hermosura una joven deliciosa, de cintura tan fina y flexible como la rama tierna del sauce.
"En aquel mismo momento me enamoré hasta el límite más extremo de la pasión, pero no sé exactamente si de la joven o del imberbe muchacho. Porque ¡por Alah! ¿Qué es más hermoso: la luna o el cuarto creciente?
"Y les dije: "¡La paz con vosotros!" En seguida la muchacha se cubrió el rostro, y el joven se volvió hacia mí, se levantó, y dijo: "¡Y por ti la paz!" Entonces proseguí: "¡Soy Hamad ben-El-Fezarí, de la tribu principal del Eufrates! ¡El guerrero famoso, el jinete formidable, aquel cuya valentía y temeridad vale por quinientos jinetes! ¡He dado caza a un avestruz, y la suerte me ha traído hasta aquí, por lo que vengo a pedirte un sorbo de agua!"
Entonces el joven se volvió hacia la muchacha, y le dijo: "¡Tráele de beber y comer!" ¡Y la joven se levantó! ¡Y anduvo! ¡Y el ruido armonioso de los cascabeles de oro de sus tobillos marcaba cada paso suyo! ¡Y detrás de ella, su cabellera suelta la cubría por completo, y se balanceaba pesadamente hasta el punto de hacerla tropezar!
Y yo, a pesar de las miradas del joven, contemplé con toda mi alma a aquella hurí, para no separar ya de ella mis ojos. Y volvió llevando en su mano derecha una vasija llena de agua fresca, y en la izquierda una bandeja con dátiles, tazas de leche y platos de carne de gacela.
"Pero la pasión me poseía de tal modo, que no pude alargar la mano ni tocar ninguna de aquellas cosas. No supe sino mirar a la joven y recitar estos versos:
"¡La nieve de tu piel, oh joven incomparable! ¡La negra tintura de henne está todavía fresca en tus dedos y en la palma de tus manos!"
"¡Creo ver, delante de mis ojos maravillados, que en la blancura de tus manos se dibuja la figura de algún ave brillante de negro plumaje!"
Cuando el joven oyó estos versos y notó el fuego de mis miradas, se echó a reír de tal modo, que le faltó poco para desplomarse. Después me dijo: "¡Veo verdaderamente que eres un guerrero sin par y un caballero extraordinario!" Y yo contesté: "Por tal me tengo. Pero tú, ¿quién eres?" Y alcé la voz para asustarle y hacerme respetar.
Y el joven dijo: "Soy Ebad ben-Tamim ben-Thalaba, de la tribu de los Bani-Thalaba, y esta joven es hermana mía". Entonces exclamé: "¡Apresúrate a darme tu hermana por esposa, porque la amo con todo mi amor y soy de noble estirpe!" Pero él contestó: "Sabe que ni mi hermana ni yo nos casaremos jamás. Hemos elegido este oasis en medio del desierto para vivir en él tranquilamente nuestra vida, lejos de todo cuidado". Dije: "¡Necesito a tu hermana por esposa, o de lo contrario, gracias al filo de mi espada, cuéntate con los muertos!"
"Oídas estas palabras, el joven saltó hacia el fondo de su tienda, y me dijo: "¡Guárdate, miserable, que desconoces la hospitalidad! Luchemos, pero a condición de que el vencido quedará a merced del vencedor". Y descolgó su alfanje y su escudo, mientras que yo corría en busca de mi caballo, saltaba a la silla y me ponía en guardia. Y el joven montó en su caballo, y se disponía a emplearlo cuando su hermana apareció con los ojos arrasados en lágrimas, y se abrazó a sus rodillas, recitando estos versos:
¡Oh hermano mío! ¡He aquí que por defender a tu hermana te expones al peligro de la lucha y a los golpes de un enemigo que desconoces!
¿Qué puedo hacer sino pedir al Ordenador de las victorias que triunfes y me guarde intacta de toda mancha, conservando para ti sólo la sangre de mi corazón?
¡Pero si el feroz Destino te arrebata, no creas que ningún país me verá viva, aunque sea el más bello de todos los países y se acumulen en él los productos de toda la tierra!
¡Y no creas que te sobreviva un instante! ¡La tumba encerrará nuestros cuerpos, unidos en la muerte como en la vida!

"Cuando el joven oyó estos versos de su hermana, se le llenaron de lágrimas los ojos, se inclinó hacia la doncella, levantó un momento el velo que le cubría la cara, y la besó entre los ojos. Entonces pude ver las facciones de la joven, tan bellas como el sol que aparece surgiendo de una nube. Después el joven contuvo un instante su caballo, y recitó estos versos:
¡Tranquilízate, ¡oh hermana mía! y mira los prodigios que va a realizar mi brazo!
Si no combato por ti, ¡oh hermana mía! ¿Para qué quiero armas y caballo?
Y si no lucho para defenderte, ¿para qué quiero la vida?
Si retrocedo cuando está en peligro tu hermosura, ¿no será señal para que las aves de rapiña se lancen sobre un cuerpo desde ahora sin alma?
¡En cuanto a ese que se dice formidable, y nos pondera la firmeza de su ánimo, le voy a dar delante de ti un golpe que le perforará desde el corazón hasta los talones!
"Después se volvió hacia mí, y me dijo:
¡Y tú, que deseas mi muerte, verás cómo a tu costa realizo una hazaña que llenará los anales del porvenir!
¡Porque después de componer estos versos, voy a arrancarte él alma antes de que puedas advertirlo!
"Y precipitando su caballo contra el mío, del primer golpe lanzó mi espada a lo lejos, y sin darme tiempo para espolear mi caballo y huir al desierto, me levantó de la silla como quien levanta un saco vacío, me lanzó cual una pelota por el aire, y me recogió al vuelo con la otra mano. Y así me sostuvo con el brazo tendido, como quien sostiene en un dedo un pájaro domesticado. Yo no sabía ya si todo aquello era un sueño, o si aquel joven de mejillas sonrosadas era un genio que vivía en aquella tienda con una hurí. Y lo que después pasó me hizo suponer que debería ser eso.
"Efectivamente, cuando la joven vió el triunfo de su hermano, se precipitó hacia él, le besó en la frente, y se colgó muy dichosa del cuello de su caballo, al cual guió hacia la tienda. Y una vez allí, descabalgó el joven, llevándome debajo del brazo como quien lleva un paquete. Y me dejó en el suelo, me mandó poner de pie, y cogiéndome de la mano me hizo entrar en la tienda. Pero en vez de aplastarme la cabeza con el pie, le dijo a su hermana:
"Desde ahora es el huésped que está bajo nuestra protección. Tratémosle con dulzura". Y me hizo sentar en la esterilla, y la joven me puso detrás un cojín, para que descansara mejor; y fué a colgar en su sitio las armas de su hermano, y a traerle agua perfumada para lavarle la cara y las manos. Después lo vistió con un ropón blanco, y le dijo: "¡Que Alah, ¡oh hermano mío! haga llegar tu honor al límite más alto, y te ponga como un lunar en la faz gloriosa de nuestras tribus!"
Y el joven contestó:
¡Oh hermana mía, de la raza de los Bani-Thalaba! ¡Me has visto combatir por tus ojos!
"Y ella dijo:
¡Los relámpagos de tu cabellera esparcida por tu frente, te coronaban con su claridad como una aureola, ¡oh hermano mío!
"Y replicó él:
¡He aquí los leones de las soledades infinitas! ¡Oh hermana mía! ¡Aconséjales que desanden lo andado! ¡No quisiera que la vergüenza los sepulte en el polvo que morderán sus dientes!
"Ella contestó:
¡Oh todos vosotros! ¡Este es mi hermano Ebad! ¡Todos los del desierto le conocen por sus hazañas, por su valentía y por la nobleza de tus antepasados! ¡Retroceded ante él!
¡Y tú, beduino Hamad, has querido luchar contra un héroe que te ha hecho ver la muerte arrastrándose hacia ti como una serpiente pronta a lanzarse sobre su presa!
"Y yo, viendo todo aquello y oyendo tales versos, me sentí muy confuso, y advertí mi insignificancia y cuánta era mi fealdad comparada con la belleza de aquellos dos jóvenes. Y vi que la hermosa joven traía una bandeja cubierta de manjares y frutas, y se la presentó a su hermano sin dirigirme una sola mirada, ni siquiera una mirada despreciativa, pues me consideraba como un perro, cuya presencia debía pasar inadvertida. Y a pesar de todo, yo seguía encantado, admirando su belleza incomparable, sobre todo cuando servía la comida a su hermano, sin cuidarse de ella para que a él no le faltase nada.
Entonces el joven, volviéndose hacia mí, me invitó a compartir la comida, y respiré tranquilamente, porque ya estaba seguro de salvar la vida. Me alargó un tazón de leche y un plato de un cocimiento de dátiles y agua aromatizada. Comí y bebí con la cabeza baja, y le hice mil y quinientos juramentos de que sería el más fiel de sus esclavos y el más devoto entre ellos.
Y me sonrió e hizo una seña a su hermana, que fué a abrir un cajón muy grande y sacó de él uno tras uno diez ropones admirables, tan hermosos los unos como los otros. Metió nueve de ellos en un paquete, y me obligó a aceptarlos. Y después me obligó a ponerme el décimo; ¡y ese décimo ropón, tan suntuoso y admirable, es el que en este momento me veis todos vosotros!
"En seguida el joven hizo otra seña, y la hermana salió para volver muy pronto; y ambos me ofrecieron una camella cargada de toda clase de víveres y de regalos, que he conservado cuidadosamente hasta hoy. Y habiéndome colmado de toda clase de consideraciones y presentes, sin haber hecho nada para merecerlos, ¡al contrario!, me invitaron a usar de su hospitalidad todo el tiempo que quisiera. Pero yo, no queriendo abusar, me despedí de ellos besando siete veces la tierra entre sus manos. Después, montando en mi corcel, cogí la camella del ramal y me apresuré a emprender el camino del desierto, por donde había venido.
"Y entonces, habiendo llegado a ser el más rico de mi tribu, me erigí en jefe de una gavilla de bandoleros salteadores de caminos. ¡Y sucedió lo que sucedió!
"¡Tal es la historia que os había prometido, y que merece la remisión de todos mis crímenes, aunque no son, en verdad, muy leves!"
Cuando el beduino Hamad acabó su historia, Nozhatú dijo a los dos reyes y al visir Dandán: "Hay que respetar a los locos, aunque imposibilitándolos de hacer daño. Ahora bien; este beduído tiene irremediablemente perdida la cabeza, pero hay que perdonarle sus fechorías en atención a su entusiasmo por los bellos versos y a su memoria asombrosa". Al oír estas palabras, el beduído se sintió tan profundamente emocionado, que se desplomó sobre la alfombra. Y llegaron los eunucos y lo cogieron.
Y apenas acababan de retirar el beduino, cuando entró un correo, y besando la tierra entre las manos de los reyes, exclamó: "¡La Madre de todas las Calamidades está a las puertas de la ciudad, pues no dista de ellas más que un pura sangre!"
Al oír esta noticia, aguardada tanto tiempo, los dos reyes y el visir se estremecieron de alegría, y pidieron pormenores al correo. Y éste les dijo: "La Madre de todas las Calamidades, al abrir la carta de nuestro rey y ver su firma al final del pliego, se alegró extraordinariamente; y al momento hizo sus preparativos de marcha, e invitó a la reina Safia para que viniese con ella, lo mismo que cien de los mejores guerreros de los rumís de Constantinia. Y después me ordenó que me adelantara para anunciaros su llegada".
Entonces el visir Dandán se levantó, y dijo a los dos reyes: "Es más prudente, para burlar las perfidias y las asechanzas que aun pudiera utilizar esa vieja descreída, que vayamos a su encuentro disfrazados de cristianos, llevando con nosotros mil guerreros vestidos también a la antigua moda de Kaissaria". Y ambos reyes hicieron lo que les aconsejaba el gran visir. Y Nozhatú, cuando los vió con tales atavíos, les dijo: "¡Verdaderamente, que si no os conociera os creería rumís!" Y salieron al encuentro de la Madre de todas las Calamidades.
Y ésta apareció bien pronto. Entonces Rumzán y Kanmakán dijeron al visir Dandán que desplegara a los guerreros en un gran círculo, y los hiciera avanzar lentamente, de modo que no pudiera escapar ninguno de los guerreros de Constantinia. Después el rey Rumzán dijo a Kanmakán: "¿Déjame que avance al encuentro de esa vieja maldita, pues me conoce y no desconfiará!"
Y espoleó su caballo. Y a los pocos momentos estuvo al lado de la Madre de todas las Calamidades.
Entonces Rumzán se apeó inmediatamente, y la vieja, al verle, se apeó también y le echó los brazos al cuello. Y el rey Rumzán, apretándola entre sus brazos, la miró con los ojos en los ojos, y la estrechó tan recio y por tanto tiempo, que la vieja despidió un cuesco formidablemente sonoro, pues hizo encabritarse a todos los caballos y saltar guijarros del camino a la cabeza de los jinetes.
Y en este momento los mil guerreros estrecharon a todo galope su círculo, y gritaron a los cien cristianos que rindieran las armas; y en un abrir y cerrar de ojos los capturaron hasta el último. Mientras tanto el visir Dandán se acercaba a la reina Safía, y besando la tierra entre sus manos, la enteró de todo lo ocurrido. La vieja Madre de todas las Calamidades, amarrada fuertemente, comprendió por fin su perdición, y comenzó a orinarse de firme en los vestidos.
Después todos volvieron a Kaissaria, y desde allí marcharon inmediatamente a Bagdad sin ningún contratiempo.
Los reyes mandaron iluminar la ciudad e invitaron a los habitantes, por medio de los pregoneros, a reunirse delante del palacio. Y cuando toda la plaza y todas las calles estuvieron invadidas por la muchedumbre, mujeres y niños, salió de la puerta principal un asno sarnoso, y sobre él y mirando al rabo iba amarrada la Madre de todas las Calamidades, con la cabeza cubierta por una tiara roja y coronada de estiércol. Y delante de ella marchaba un pregonero, que enumeraba en alta voz las fechorías de aquella maldita vieja, causa de tantas calamidades sobre Oriente y Occidente.
Y cuando todas las mujeres y todos los niños le hubieron escupido a la cara, la ahorcaron por los pies en la puerta principal de Bagdad. Y así pereció, devolviendo a Eblis su alma fétida por el ano, la pedorra calamitosa, la vieja de fabulosos cuescos, la taimada y perversa descreída Schauahi Omm El-Dauahi. La suerte la traicionó como ella había traicionado. Y esto fué para que su muerte pudiera servir de presagio de la toma de Constantinia por los creyentes y del definitivo y futuro triunfo en Oriente del Islam sobre la tierra de Alah, a lo largo y a lo ancho.
En cuanto a los cien guerreros cristianos, no quisieron volver a su país y prefirieron abrazar la fe de los musulmanes.
Y los reyes y el visir Dandán mandaron a los escribas más hábiles que apuntaran esmeradamente en los anales todos estos pormenores y acontecimientos, a fin de que pudieran servir de ejemplo saludable a las generaciones futuras.
"Y tal fué, ¡oh rey afortunado! -siguió diciendo Schehrazada dirigiéndose al rey Schahriar la espléndida historia del rey Omar All-Nemán, la de sus maravillosos hijos Scharkán y Daul'makán, las de las reinas Abriza, Fuerza del Destino y Nozhatú; y las del gran visir Dandán, y los reyes Rumzán y Kanmakán".
Después se calló Schehrazada.

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