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9.0 P2 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán - Segunda parte

Esta historia está compuesta de 

9.0 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán (de la noche 78 a la 95)
       9.1 Palabras de la primera joven (079)
       9.2 Palabras de la segunda joven (080 a 081)
       9.3 Palabras de la tercera joven (081)
       9.4 Palabras de la cuarta joven (081 – 082)
       9.5 Palabras de la quinta joven (082 – 083)
       9.6 Palabras de la anciana (083 – 084)




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Pero cuando llegó la 89ª noche

Ella dijo:
"Y ni el mismo Cheitán, con todas sus malicias, podrá desenredar los hilos en que voy a coger a nuestros enemigos. Y he aquí el plan que hay que seguir para aniquilarlos:
"Envía por mar cincuenta mil guerreros, que desembarquen al pie de la Montaña Humeante, donde acampan los musulmanes. Y envía por tierra a todo el resto del ejército, y de este modo se verán cercados por todas partes, y ninguno de ellos podrá escapar".
Y el rey Afridonios dijo: "Verdaderamente, tu idea es una gran idea, ¡oh reina de las ancianas e inspiradora de las más sapientes!" Y aceptó el plan, y lo puso en ejecución en seguida.
Y los navíos se dieron a la vela, y desembarcaron al pie de la Montaña Humeante los guerreros, que se apostaron silenciosamente detrás de las altas rocas. Y por tierra avanzó él resto del ejército, que no tardó en llegar frente al enemigo.
Las fuerzas combatientes eran éstas: el ejército musulmán de Bagdad y el Khorassán comprendía ciento veinte mil jinetes mandados por Scharkán. Y el ejército de los impíos cristianos se elevaba a seiscientos mil combatientes. Así es que cuando cayó la noche sobre las montañas y las llanuras, la tierra parecía una hoguera, con todos los fuegos que la alumbraban.
En aquel momento, el rey Afridonios y el rey Hardobios reunieron a sus emires y a sus jefes de ejército, y resolvieron dar la batalla al día siguiente: pero la Madre de todas las Calamidades, que los escuchaba, se levantó y dijo:
"Las batallas sólo pueden tener resultados funestos cuando las almas no están santificadas. ¡Oh guerreros cristianos! antes de luchar tenéis que aproximaros al Cristo y purificaron con el supremo incienso de las defecaciones patriarcales".
Y todos contestaron: "Benditas sean tus palabras, ¡oh venerable madre!"
Pero he aquí en qué consistía este supremo incienso de las defecaciones patriarcales:
Cuando el gran patriarca de Constantinia hacía sus defecaciones, los sacerdotes las recogían cuidadosamente en toallas de seda y las secaban al sol. Después las mezclaban con almizcle, ámbar y benjuí, pulverizaban la pasta, completamente seca, la metían en cajitas de oro, y la mandaban a todas las iglesias y a todos los reyes cristianos. Y este polvo de las defecaciones patriarcales servía de incienso supremo para santificar a los cristianos en todas las ocasiones solemnes, especialmente para bendecir a los recién casados, para fumigar a los recién nacidos y bendecir a los nuevos sacerdotes.
Pero como las defecaciones del gran patriarca apenas bastaban por sí solas para diez provincias, y no podían servir para tantos usos en todos los países cristianos, los sacerdotes tenían que falsificar aquel polvo mezclándolo con otras materias fecales menos santas, como por ejemplo, las de los otros patriarcas menores y las de los vicarios.
Hay que tener en cuenta que era muy difícil distinguirlas. Por consiguiente, aquel polvo era muy estimado a causa de sus virtudes, pues aquellos sucios griegos, además de las fumigaciones, lo empleaban en colirios para las enfermedades de los ojos y en estomaquicos para los intestinos. Y éste era el tratamiento a que se sometían los reyes y las reinas más grandes. Todo esto contribuía a que su precio fuese tan elevado, que el peso de un dracma se vendiera en mil dinares de oro. Y he aquí lo relativo al incienso de las defecaciones patriarcales...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 90ª noche

Ella dijo:
He aquí lo relativo al incienso de las defecaciones patriarcales. Pero en cuanto al rey Afridonios y a los cristianos, véase lo que ocurrió: Al llegar la mañana, el rey Afridonios, siguiendo el consejo de la Madre de todas las Calamidades, reunió a los jefes principales de su ejército y a todos sus tenientes, les hizo besar una gran cruz de madera, y los fumigó con el incienso supremo ya descrito y que estaba fabricado con defecaciones auténticas del gran patriarca, sin falsificación alguna. Así es que su olor era tan fuerte, que habríase matado a un elefante de los ejércitos musulmanes, pero aquellos puercos griegos ya estaban acostumbrados a él.
Entonces la Madre de las Calamidades se levantó y dijo: "¡Oh rey! antes de dar la batalla a esos descreídos, es necesario, para asegurar nuestra victoria, que nos deshagamos del príncipe Scharkán, que es el Cheitán hecho hombre y manda todo el ejército. El es quien guía a los soldados y el que les da valor. Muerto él, caerá fácilmente en nuestras manos el ejército musulmán. Enviémosle, pues, el guerrero más valeroso de nuestros guerreros, para que lo desafíe a combate singular y lo mate".
Cuando el rey Afridonios oyó estas palabras, mandó llamar en seguida al famoso guerrero Lucas, hijo de Camlutos, y con su propia mano lo fumigó con el incienso fecal. Después cogió un poco de aquella fenta, la humedeció con saliva, y le untó las encías, la nariz y las dos mejillas, le hizo aspirar un poco, y con el resto le frotó las cejas y los bigotes. ¡Y la maldición caiga sobre él!
Porque aquel maldito Lucas era el guerrero más espantoso de todos los países de los rumís, y ningún cristiano entre los cristianos sabía lanzar como él la azagaya, ni herir con la espada, ni atravesar con la lanza.
Pero su aspecto era tan repulsivo como grande era su valor. Su cara era extraordinariamente horrorosa, pues semejaba la de un burro de mala condición; pero mirado atentamente, se parecía a un mico, y observado con más cuidado, era como un espantoso sapo o como una serpiente entre las peores serpientes, y acercarse a él era más insoportable que separarse del amigo, pues había robado a las letrinas la fetidez de su aliento. Y por todas estas razones le llamaban Espada de Cristo.
Cuando este maldito Lucas quedó fumigado y ungido fecalmente por el rey Afridonios, besó los pies al rey y se quedó esperando. Entonces el rey Afridonios le dijo: "¡Quiero que retes a combate singular a ese bandido llamado Scharkán y nos libres de sus calamidades!" Y Lucas respondió: "¡Escucho y obedezco!"
Y habiéndole el rey hecho besar la cruz, Lucas se fué y cabalgó en un magnífico caballo alazán cubierto de una suntuosa gualdrapa roja, con una silla de brocado incrustada de pedrería. Y se armó con una larga azagaya de tres puntas, y de aquel modo se le habría tomado por el mismo Cheitán. Después, precedido de heraldos de armas y un pregonero, se dirigió hacia el campamento de los creyentes.
Y el pregonero, precediendo al maldito Lucas, gritó con toda su voz en lengua árabe: "¡Oh vosotros los musulmanes! he aquí al heroico campeón que ha puesto en fuga a muchos ejércitos de entre los ejércitos turcos, kurdos y deilamitas. ¡Es Lucas, el ilustre hijo de Camlutos! ¡Que salga de entre vuestras filas vuestro campeón Scharkán, señor de Damasco, y si se atreve, que venga a afrontar a nuestro gigante!"
Apenas se pronunciaron estas palabras, se oyó un gran temblor en el aire, un galopar que hizo estremecer el suelo, llevando el espanto hasta el corazón del maldito descreído, y haciendo que se volvieran las cabezas. Y apareció Scharkán, hijo del rey Omar Al-Nemán, que llegaba derechamente contra aquellos impíos, semejante a un león enfurecido, montado en un caballo más ligero que las más ligeras de las gacelas. Y llevaba arrogante la lanza en la mano, y declamaba estos versos:
¡El alazán más ligero que la nube que surca el aire, es mi alazán! ¡Y me sirve a mí!
¡La lanza de punta cortante, es mi lanza! ¡La blando, y sus relámpagos ondean como las olas!
Pero el embrutecido Lucas, que era un bárbaro sin cultura procedente de los países más oscuros, no entendía una palabra de árabe, y no podía gustar la belleza de aquellos versos ni el ordenamiento de las rimas. Así es que se contentó con tocarse la frente, que estaba marcada con una cruz, y llevarse en seguida la mano a los labios, por respeto a aquel signo.
Y súbitamente, más asqueroso que un cerdo, llevó el caballo hacia Scharkán. Detuvo bruscamente el galope y arrojó al aire muy alto el arma que llevaba en la mano, tan alto que desapareció a las miradas. Pero bien pronto volvió a caer. Y antes de que hubiese llegado al suelo, el maldito Lucas la cogió al vuelo como un brujo. Y entonces con toda su fuerza, arrojó la azagaya de tres puntas contra Scharkán. Y la azagaya partió rápida como el rayo. ¡Y ya estaba perdido Scharkán!
Pero Scharkán, en el mismo momento en que la azagaya pasaba silbando y le iba a atravesar, extendió el brazo y la cogió al vuelo. ¡Gloria a Scharkán! Y cogió la azagaya con mano firme, y la tiró al aire, tan alto que desapareció a las miradas. Y la volvió a coger con la mano izquierda en un abrir y cerrar de ojos. Y gritó: "¡Por Aquel que creó los siete pisos del cielo! ¡Voy a dar a ese maldito una lección eterna!" Y lanzó la azagaya.
Entonces el embrutecido gigante Lucas quiso repetir la hazaña realizada por Scharkán, y tendió la mano para coger el arma voladora. Pero Scharkán, aprovechando el momento en que el cristiano se descubrió, le tiró otra segunda azagaya, que le dió en la frente, en el mismo sitio en que tenía tatuada una cruz. Y el alma descreída de aquel cristiano se le salió por el trasero, y fué a hundirse en el fuego del infierno...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 91ª noche

Ella dijo:

Y el alma descreída de aquel cristiano se le salió por el trasero, y fué a hundirse en el fuego del infierno.

Cuando los solados del ejército cristiano supieron de labios de los compañeros de Lucas la muerte de su campeón, se lamentaron y se golpearon rabiosamente, y se precipitaron sobre las armas, dando gritos de venganza. Y a la señal dada por los dos reyes, se colocaron en orden de batalla, precipitándose en masa sobre el ejército de los musulmanes. Y la pelea se trabó. Y los guerreros se enlazaron con los guerreros. Y la sangre inundó las mieses.

A los gritos sucedieron los gritos, los cuerpos quedaron aplastados bajo los cascos de los caballos. Los hombres, embriagados, no de vino, sino de sangre, se tambaleaban como borrachos. Los muertos se hacinaron sobre los muertos, y los heridos sobre los heridos. Así prosiguió la batalla, hasta que cayó la noche y separó a los combatientes.

Entonces Daul'makán, después de felicitar a su hermano por aquella hazaña, que había de ilustrar su nombre durante siglos enteros, dijo al visir Dandán y al gran chambelán: "Tomad veinte mil guerreros, y marchad hacia el mar, al pie de la Montaña Humeante, y cuando os dé la señal izando nuestro pabellón verde, os levantaréis para dar la batalla decisiva. Nosotros fingiremos que emprendemos la fuga, nos perseguirán los infieles y vosotros caeréis sobre ellos. Nosotros, volviendo grupas, los atacaremos, y así se verán cercados por todas partes; y ni uno de ellos se librará de nuestro alfanje cuando gritemos: ¡Alah akbar!

El visir y el gran chambelán pusieron inmediatamente en ejecución el plan que se les había ordenado. Y fueron a tomar posiciones en el valle de la Montaña Humeante, donde al principio se habían emboscado los guerreros cristianos procedentes del mar, que luego se habían juntado con el resto del ejército, lo cual había de ocasionar su pérdida, pues el plan de la Madre de todas las Calamidades era el mejor.

Y por la mañana, los guerreros de uno y otro bando estaban de pie y sobre las armas. Y por encima de las tiendas de ambos campamentos flotaban los pabellones y brillaban las cruces. Y los guerreros empezaron por rezar sus oraciones.

Los creyentes oyeron la lectura del primer capítulo del Corán, el capítulo de la Vaca; y los descreídos invocaron al Mesías, hijo de Mariam, y se purificaron con las defecaciones del patriarca, aunque seguramente falsificadas, dada la gran cantidad de soldados fumigados. ¡Pero tal fumigación no los había de salvar del alfanje!

En efecto, dada la señal, la lucha volvió a empezar más terrible. Las cabezas volaban como pelotas; los miembros alfombraron el suelo, y la sangre corrió a torrentes, de tal modo que llegaba hasta el pecho de los caballos.

Pero súbitamente, como a consecuencia de un pánico considerable, los musulmanes, que hasta entonces habían combatido como héroes, volvieron la espalda y huyeron todos, desde el primero hasta el último.

Al ver huir al ejército musulmán, el rey Afridonios de Constantinia despachó un correo al rey Hardobios, cuyas tropas no habían tomado hasta entonces parte de batalla. Y le decía: "He aquí que huye el enemigo porque nos ha hecho invencibles el incienso supremo de las defecaciones patriarcales con el cual nos habíamos fumigado, untándonos las barbas y los bigotes. Ahora, ¡a vosotros corresponde completar la victoria, emprendiendo la persecución de esos musulmanes y exterminándolos hasta el último! Y así vengaremos la muerte de nuestro campeón Lucas..."

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 92ª noche

Ella dijo:
"¡Y así vengaremos la muerte de nuestro campeón Lucas!" Entonces el rey Hardobios, que no aguardaba más que la ocasión de vengar la muerte de su hija, gritó a los soldados: "¡Sus a esos musulmanes que huyen como mujeres!" Pero no sabía que aquello era una estrategia del príncipe Scharkán, el valiente entre los valientes, y de su hermano Daul'makán.
Efectivamente, cuando los cristianos mandados por el rey Hardobios llegaron hasta los musulmanes, éstos se detuvieron, y Daul'makán les gritó:
"¡Oh musulmanes! ¡He aquí el día de la religión! ¡He aquí el día en que ganaréis el paraíso! ¡Porque el paraíso no se gana más que a la sombra de los alfanjes!" Entonces se precipitaron como leones, y aquel día no fué para los cristianos el día de la vejez, pues fueron segados sin haber tenido tiempo para verse encanecer el pelo.
Pero las hazañas realizadas por Scharkán en aquella batalla superaban a toda expresión. Y mientras destrozaba todo lo que se le ponía por delante. Daul'makán mandó izar el pabellón verde, y quiso lanzarse también a la pelea. Pero Scharkán se acercó velozmente a él, y le dijo: "¡Oh hermano mío! no debes exponerte a los azares de la lucha, pues eres necesario para el gobierno de tu imperio. Así es que desde ahora no me separaré de ti, y me batiré a tu lado defendiéndote contra todos los ataques".
Y los guerreros musulmanes mandados por el visir y el gran chambelán se desplegaron en semicírculo al ver la señal convenida, y cortaron al ejército cristiano toda probabilidad de salvarse embarcándose en sus naves. De modo que la lucha trabada en tales condiciones no podía ser dudosa. Y los cristianos fueron terriblemente exterminados por los musulmanes, kurdos, persas, turcos y árabes. Y fueron poquísimos los que pudieron escapar. Pues ciento veinte mil de aquellos cerdos encontraron la muerte, y los otros lograron escapar en dirección a Constantinia. Esto en cuanto a los griegos del rey Hardobios.
Pero en lo que se refiere a los del rey Afridonios, que se habían retirado a las alturas seguros del exterminio de los musulmanes, ¡cuál no sería su dolor al ver la fuga de sus compañeros!
Aquel día, además de la victoria, los creyentes ganaron una enorme cantidad de botín. Se apoderaron de todos los navíos, excepto veinte que pudieron volver a Constantinia para anunciar el desastre. Además cogieron todas las riquezas y todos los objetos de valor acumulados en aquellas naves; cincuenta mil caballos con sus jaeces; las tiendas, víveres, armas y una cantidad incalculable de cosas que no podría expresarse en guarismos. Así es que su alegría fué inmensa, y dieron las gracias a Alah por aquella victoria y por aquel botín. ¡Esto en cuanto a los musulmanes!
En cuanto a los fugitivos, acabaron por llegar a Constantinia con el alma atormentada por el cuervo de los desastres. Y la ciudad quedó sumida en la aflicción, y en todos los edificios y en las iglesias se pusieron colgaduras de luto. La población se sublevó, formando grupos y lanzando gritos sediciosos. Aumentó aquella desesperación al ver que sólo regresaban veinte naves y veinte mil hombres de todo el ejército. Entonces la población acusó de traidores a sus reyes. Y la confusión del rey Afridonios fué tan grande, y tal su terror, que la nariz se le alargó hasta los pies, y el saco del estómago se le volvió...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 93ª noche

Ella dijo:

La nariz se le alargó hasta los pies, y el saco del estómago se le volvió del revés, y el intestino se le aflojó, y el contenido se le salió. Entonces mandó llamar a la Madre de todas las Calamidades para pedirle consejo acerca de lo que le quedaba que hacer. Y la vieja llegó en seguida.

Y la Madre de todas las Calamidades, causa real de todas estas desdichas, era una vieja horrorosa, astuta, hecha de maldiciones; su boca era un basurero; sus ojos legañosos; su cara negra como la noche; sarnoso su cuerpo, su cabellera una suciedad; su espalda encorvada y su piel todo arrugas. Una plaga entre las peores plagas, y una víbora entre las víboras más venenosas.

Y esta vieja horrible pasaba la mayor parte del tiempo en el palacio del rey Hardobios, a causa del gran número de esclavos jóvenes que allí había, tanto varones como hembras. Obligaba a los esclavos a cabalgarla; y le gustaba también cabalgar a las esclavas; pues prefería a todo lo del mundo el cosquilleo de aquellas vírgenes y el roce de su cuerpo juvenil con el suyo.

Era extraordinariamente experta en este arte del cosquilleo. Sabía chuparles como un vampiro las partes delicadas, y titilarles agradablemente los pezones. Y para hacerlas llegar al último espasmo, les estrujaba la vulva con azafrán preparado, lo cual las arrojaba en sus brazos muertas de voluptuosidad. Así es que había enseñado su arte a todas las esclavas del palacio, y en otros tiempos a las doncellas de Abriza, pero no había logrado conquistar a la esbelta Grano de Coral, y también habían fracasado todos sus artificios con la arrogante Abriza, que la odiaba por la fetidez de su aliento, por el olor a orines fermentados que brotaba de sus sobacos y de sus ingles, por el pútrido desprendimiento de sus numerosos pedos, más hediondos que el ajo podrido, y por la rugosidad de su piel, peluda cual la del erizo, y más dura que las fibras de la palmera. Pues bien se le podían aplicar estas palabras del poeta:

¡Nunca la esencia de rosas con que se humedece la piel, apagará la pestilencia de sus pedos silenciosos!

Pero hay que decir que la Madre de todas las Calamidades era generosísima con todas las esclavas que se dejaban conquistar por ella, así como era muy rencorosa con las que se le resistían. Y por haberla rechazado odiaba tanto a Abriza aquella vieja.

Cuando la Madre de todas las Calamidades entró en el aposento del rey Afridonios, éste se levantó en honor suyo, y lo mismo hizo el rey Hardobios. Y dijo la vieja:

"¡Oh rey! ahora tenemos que dar de lado a todo ese incienso fecal y a todas las bendiciones patriarcales, que no han hecho más que atraer la desgracia sobre nuestras cabezas. Y pensemos más bien en obrar a la luz de la verdadera sabiduría. He aquí cómo ha de ser esto: los musulmanes se encaminan a marchas forzadas para sitiar nuestra ciudad, y hay que enviar heraldos por todo el imperio invitando a los habitantes a que se reúnan en Constantinia y nos ayuden a rechazar el asalto de los sitiadores. ¡Y que lo soldados de todas las guarniciones se apresuren a venir a encerrarse en estos muros, ya que el peligro es apremiante!

"En cuanto a mí, ¡oh rey! déjame obrar, y pronto la fama hará llegar hasta ti el resultado de mis artificios y el éxito de mis fechorías contra los musulmanes. En este momento me voy de Constantinia. ¡Y que el Cristo, hijo de Mariam, te tenga en su guarda!"

El rey Afridonios se apresuró a seguir los consejos de la Madre de todas las Calamidades, que, como había dicho, salió de Constantinia.

Ahora bien; he aquí la estratagema imaginada por aquella vieja tan astuta: salió de la ciudad con cincuenta de los mejores guerreros, que conocían la lengua árabe, y su primera diligencia fué disfrazarlos de mercaderes musulmanes. Llevó consigo cien mulos cargados de telas preciosas, sedas de Antioquia y Damasco, rasos de reflejos metálicos, brocados preciosos, y muchas otras cosas regias. Y había cuidado de obtener del rey Afridonios una carta a manera de salvoconducto, que decía lo siguiente:

"Los mercaderes tal y cual son comerciantes musulmanes de Damasco, extraños a nuestro país y a nuestra religión cristiana, pero como han comerciado en nuestro país, y el comercio constituye la prosperidad de una nación y su riqueza, y como no son hombres de guerra, sino hombres pacíficos, les damos este salvoconducto para que nadie los perjudique en su persona ni en sus intereses, y no se les reclame diezmo alguno, ni derecho de entrada ni salida por sus mercancías".

Y cuando los cincuenta guerreros se hubieron vestido de mercaderes, la pérfida vieja se disfrazó de asceta musulmán, poniéndose un gran ropón de lana blanca; se frotó la frente con un ungüento preparado por ella, que le daba un brillo y una radiación de santidad, y después hizo que le ataran los pies de modo que las cuerdas le entraran en la carne hasta hacerle sangre, y dejasen huellas indelebles. Entonces dijo a sus soldados:

"Ahora tenéis que darme de latigazos, de modo que me queden cicatrices imborrables en mi cuerpo. Y no tengáis ningún escrúpulo, pues la necesidad tiene sus leyes. Y me pondréis en un cajón semejante a esos cajones de mercancías, y lo colocaréis sobre un mulo. Inmediatamente os pondréis en marcha, hasta que lleguemos al campamento de los musulmanes, cuyo jefe es Scharkán. A cuantos quieran cerraros el camino, les mostraréis la carta del rey Afridonios, que os presenta como mercaderes de Damasco, y solicitaréis ver al príncipe Scharkán.

Cuando os veáis en su presencia y os interrogue acerca de vuestro oficio y de las ganancias realizadas en el país de los rumís, le diréis:

"¡Oh rey afortunado! la ganancia más saneada y meritoria de nuestro viaje al país de esos cristianos descreídos ha sido el rescate de un santo asceta que hemos arrancado de entre las manos de sus perseguidores, los cuales le torturaban en un subterráneo desde hacía quince años, queriendo que abjurase la santa religión de nuestro profeta Mahomed (¡sean con él la paz y la plegaria!) Y he aquí cómo ha ocurrido la cosa:

“Hacía algún tiempo que estábamos en Constantinia vendiendo y comprando, cuando una noche, mientras calculábamos las ganancias del día, vimos aparecerse en la pared de la sala la imagen de un hombre, cuyos ojos estaban llenos de lágrimas, que corrían a lo largo de sus venerables barbas blancas. Y los labios de aquel anciano se movieron lentamente, y pronunciaron estas palabras: "¡Oh musulmanes! Si hay entre vosotros alguno que teman a Alah y cumplan los preceptos de nuestro Profeta (¡sean con él la paz y la plegaria!) que salgan de este país de los descreídos y vayan en busca del príncipe Scharkán, cuyo ejército, según está escrito, ha de tomar algún día a los rumís la ciudad de Constantinia. Y en vuestro camino, al cabo de tres jornadas de marcha, encontraréis un monasterio. Y en este monasterio, en tal lugar, de tal sitio, hay un subterráneo en el cual hace quince años está encerrado un santo asceta llamado Abdalah, cuyas virtudes son agradables a Alah el Altísimo. Y ha caído en manos de los monjes cristianos, que lo han encerrado allí y lo atormentan horriblemente, por odio a su religión. Así es que el rescate de ese santo sería para vosotros la acción más meritoria ante el Muy Poderoso. ¡Y por sí misma es una hermosa acción! No os diré más. ¡Que la paz sea con vosotros!"

"Y dicho esto, la figura del anciano se borró ante nuestros ojos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 94ª noche

Ella dijo:

"Y dicho esto, la figura del anciano se borró ante nuestros ojos.

"Entonces empaquetamos todas las mercaderías que nos quedaban y cuanto habíamos comprado en el país de los rumís, y salimos de Constantinia. Al cabo de tres jornadas de marcha, encontramos el monasterio en medio de un villorrio.

Para no llamar la atención sobre nuestros proyectos, desembalamos parte de las mercaderías en la plaza pública, según es costumbre entre los mercaderes, y nos pusimos a vender hasta que cayó la noche. Y a favor de las tinieblas, nos deslizamos en el monasterio, amordazamos al monje portero y penetramos en el subterráneo. Y como había dicho la aparición, encontramos al santo asceta Abdalah, que está ahora en uno de nuestros cajones, que vamos a poner en tus manos".

Y después de repetir estas palabras a sus soldados para que las aprendiesen bien, la Madre de todas las Calamidades, disfrazada de asceta, añadió: "¡Entonces yo me encargaré del exterminio de todos esos musulmanes!" Inmediatamente le dieron de latigazos hasta hacerle sangrar, y la encerraron en un cajón, que colocaron sobre un mulo, y emprendieron el camino para poner en ejecución el plan de aquella maldita vieja.

En cuanto al ejército de los creyentes, se repartió el botín después de la derrota de los cristianos, y glorificó a Alah por sus beneficios, Daul'makán y Scharkán se estrecharon las manos para felicitarse, y Scharkán, lleno de alegría dijo: "¡Oh hermano Daul'makán! deseo que Alah te conceda un hijo varón, para que se case con mi hija Fuerza del Destino". Y celebraron la victoria, hasta que el visir Dandán les dijo: "¡Oh reyes! es muy prudente que sin perder tiempo persigamos a los vencidos, antes de que puedan rehacerse, y vayamos a sitiarlos a Constantinia y a exterminarlos totalmente de la superficie de la tierra. Pues como el poeta dijo:

¡La delicia de las delicias es matar con la propia mano a los enemigos, y sentirse arrebatado por un corcel fogoso!

¡La delicia más pura es la que os trae un mensajero que os envía la muy amada, para anunciaros su llegada próxima!

¡Pero aún es más deliciosa la llegada de la muy amada, antes de que os la anuncie ningún mensajero!

¡Qué delicia matar con la propia mano a los enemigos! ¡Qué delicia sentirse arrebatado por un corcel fogoso!

Cuando el visir Dandán hubo recitado estos versos, los dos reyes aceptaron su parecer, y dieron la señal de la partida. Y todo el ejército se puso en marcha, con sus jefes a la cabeza.

Y anduvieron sin descanso, atravesaron grandes llanuras abrasadas por el sol, en las cuales sólo crecía una hierba amarillenta, única vegetación de aquellas soledades habitadas por la presencia de Alah. Y al cabo de seis días de una marcha fatigosa por aquellos desiertos sin agua, acabaron por llegar a un país bendecido por el Creador. Delante de ellos se extendían unas praderas llenas de frescura, regadas por arroyos numerosos, y donde florecían árboles frutales. Esta comarca, por donde corrían las gacelas y en donde cantaban las aves, semejaba un paraíso con sus grandes árboles ebrios de rocío, y cuyas ramas estaban cuajadas de flores que sonreían, a la brisa, como dice el poeta:

¡Escucha, niño mío! El musgo del jardín se tiende dichoso bajo la caricia de las flores dormidas. Es una gran alfombra de esmeraldas, con reflejos adorables.

¡Cierra los ojos, niño mío! ¡Oye como canta el agua al pie de las cañas! ¡Ah! ¡Cierra los ojos!

¡Jardines! ¡Vergeles! ¡Arroyos! ¡Yo os adoro! ¡Oh arroyo querido! Bajo las sombras de los sauces inclinados, brillas al sol como una mejilla.

¡Agua del arroyo que te ciñes a los tallos de las flores, tus burbujas forman cascabeles de plata! ¡Y vosotras, flores exquisitas, coronad a mi amado...!

Y extasiado con aquellas delicias, Daul'makán dijo a Scharkán: "¡Oh hermano mío! no creo que hayas visto en Damasco jardines tan hermosos. Descansemos aquí dos o tres días, para que nuestros soldados respiren aire puro y beban esa agua tan dulce, a fin de que puedan luchar mejor con los descreídos". Y a Scharkán le pareció que la idea era excelente.

Y a los dos días, cuando iban a levantar las tiendas, oyeron voces a lo lejos. Y les dijeron que era una caravana de mercaderes de Damasco que regresaba a su tierra, y a quienes los soldados querían castigar por haber comerciado con los infieles.

Precisamente en aquel momento llegaban los mercaderes, rodeados por los soldados. Y se echaron a los pies de Daul'makán, y le dijeron: "¡Venimos del país de los infieles, que nos han respetado no perjudicándonos en nuestras personas ni en nuestros bienes, y he aquí que ahora nuestros hermanos nos saquean y nos maltratan en país musulmán!"

Y sacaron el salvoconducto del rey de Constantinia, y se lo alargaron a Daul'makán, que lo leyó, lo mismo que Scharkán. Y Scharkán dijo: "Lo que os hayan quitado se os devolverá en el acto. Pero ¿por qué habéis ido a comerciar con los infieles?" Entonces los falsos mercaderes contestaron: "¡Oh señor nuestro! ¡Alah nos ha llevado al país de los cristianos para obtener una victoria más importante que las de tus ejércitos y que cuantas has ganado!" Y Scharkán preguntó: "¿Cuál es esa victoria, ¡oh musulmanes!?" Y ellos replicaron: "No podemos hablar de ella más que en un sitio seguro, libres de todo oído indiscreto; pues si llegara a extenderse esta nueva, ningún musulmán podría, ni en tiempo de paz, poner los pies en el país de los cristianos".

Al oír estas palabras, Daul'makán y Scharkán llevaron a los mercaderes a una tienda aislada. Entonces los mercaderes...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 95ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que entonces los mercaderes contaron a los dos hermanos la historia inventada por la Madre de todas las Calamidades. Y los dos hermanos se conmovieron profundamente al saber los suplicios del santo asceta y cómo pudieron salvarle del subterráneo. Pero preguntaron a los mercaderes: "¿Dónde está ese santo asceta? ¿Lo habéis dejado en el monasterio?" Y ellos contestaron: "Cuando matamos al monje guardián del monasterio, nos apresuramos a encerrar al santo en un cajón, lo cargamos en uno de nuestros mulos, y huimos en seguida. Y ahora lo vamos a poner en vuestras manos. Y antes de huir del monasterio, pudimos comprobar que encerraba quintales y quintales de oro, y de plata, y de pedrerías, y joyas de todas clases. Pero de todo esto os podrá hablar mejor que nosotros el santo asceta dentro de unos instantes".
Entonces los mercaderes se apresuraron a descargar el mulo, abrieron el cajón, y presentaron al santo asceta ante los dos hermanos. Y apareció tan negro como una cañafístula, por lo mucho que había enflaquecido y se había arrugado, y llevaba en la piel las cicatrices de los latigazos, que parecían huellas de cadenas hundidas en la carne. Al verlo (¡en realidad era la vieja Madre de todas las Calamidades!), los dos hermanos se convencieron de que tenían delante al más santo de los ascetas, sobre todo cuando vieron que su frente brillaba como el sol, gracias al ungüento misterioso con que se había untado la piel. Y adelantaron hacia la vieja maldita, y le besaron fervorosamente las manos y los pies, pidiéndole su bendición, y hasta se pusieron a sollozar, por lo mucho que les conmovían los padecimientos sufridos por la que creían que era un santo asceta. Entonces la Madre de todas las Calamidades les hizo seña de que se levantaran, y les dijo: "¡Cesad de llorar, y oíd mis palabras!" Los dos hermanos obedecieron en seguida, y ella dijo:
"Sabed que en lo que se refiere a mi persona, me someto a la voluntad del Señor, puesto que los males que me envía no son más que pruebas a que someto mi paciencia y mi humildad. ¡Sea bendito y glorificado! Porque el que no sabe soportar las pruebas del Muy Bueno, no llegará nunca a gustar las delicias del Paraíso. Y si ahora me alegro de verme libre, no es porque se hayan acabado mis sufrimientos, sino por verme junto a mis hermanos los musulmanes y porque confío en morir entre los guerreros que luchan por la causa del Islam. ¡Y los creyentes que sucumben en la guerra santa no mueren, pues su alma es inmortal!"
Entonces los dos hermanos volvieron a besarle las manos fervorosamente, y quisieron ordenar que le dieran de comer, pero ella se negó. Y les dijo: "Estoy ayunando desde hace quince años. Ahora que Alah me ha otorgado tantas mercedes, no he de ser tan impío que corte mi ayuno y mi abstinencia, pero acaso al ponerse el sol tome un bocado".
Al oír esto ya no insistieron más, pero al anochecer mandaron preparar manjares y se los llevaron personalmente, pero la maldita se negó otra vez, diciendo: "¡No es hora de comer, sino de rezar al Muy Poderoso!" Y en seguida hizo como que rezaba en medio del mihrab. Y así estuvo orando toda la noche, y lo mismo las dos siguientes. Entonces los dos hermanos sintieron hacia ella una gran veneración, y seguían creyéndola un hombre, tomándola por un santo asceta. Y le dieron una tienda magnífica para ella sola, con servidores especiales y cocineros. Y al tercer día, como insistiera en no probar alimento, fueron personalmente los dos hermanos a servirla, y mandaron traer cuantas cosas agradables podían desear la vista y el alma. Pero la vieja maldita no quiso tocar nada, y sólo comió un pedazo de pan y un poco de sal. Así es que el respeto de los dos hermanos se acrecentó hasta el límite del respeto, y Scharkán dijo a Daul'makán: "¡Este hombre ha renunciado a todos los goces del mundo! ¡Si la guerra no me obligase a combatir a los descreídos, me consagraría por completo a su devoción y le seguiría toda mi vida para atraerme sus bendiciones! Pero vamos a rogarle que nos diga algo, pues mañana tenemos que marchar contra Constantinia, y será una buena acción para aprovecharnos de sus palabras".
Entonces el gran visir Dandán dijo: "También quisiera oír a ese santo asceta y rogarle que rece por mí, a fin de que pueda encontrar la muerte en la guerra santa y presentarme al Señor, pues estoy ya cansado de esta vida.
Y los tres se dirigieron hacia la tienda en que estaba la Madre de todas las Calamidades. Y la hallaron sumida en el éxtasis de la oración. Entonces esperaron a que terminase. Pero como después de tres horas de espera, y a pesar de las lágrimas y de los sollozos que les arrancaba su admiración, ella seguía arrodillada y no les hacía el menor caso, se adelantaron humildemente y besaron el suelo.
Entonces ella se levantó, les deseó la paz, y les dijo: "¿Qué venís a hacer aquí a esta hora?" Y ellos contestaron: "¡Oh santo asceta entre los ascetas! hace ya varias horas que estamos aquí. ¿Es posible que no hayas oído nuestro llanto?" Ella repuso: "¡El que se encuentra en presencia de Alah, no puede oír ni puede ver lo que pasa en este mundo miserable!"
Y ellos dijeron: "Venimos, ¡oh santo asceta! a pedirte tu bendición antes del gran combate, y quisiéramos oír de tus labios el relato de tu cautiverio entre los descreídos, a los cuales exterminaremos completamente mañana con la ayuda de Alah". Entonces la maldita vieja contestó: "¡Por Alah! ¡Si no fuerais los jefes de los creyentes, nunca os contaría lo que voy a contaros! Porque las consecuencias de ello con la ayuda de Alah, serán muy ventajosas para vosotros. ¡Escuchad, pues!"

9.0 P1 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán - Primera parte

Esta historia está compuesta de 

9.0 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán (de la noche 78 a la 95)
       9.1 Palabras de la primera joven (079)
       9.2 Palabras de la segunda joven (080 a 081)
       9.3 Palabras de la tercera joven (081)
       9.4 Palabras de la cuarta joven (081 – 082)
       9.5 Palabras de la quinta joven (082 – 083)
       9.6 Palabras de la anciana (083 – 084)


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Historia de la muerte del rey Omar Al-Neman y las palabras admirables que la precedieron

Un día entre los días, el rey Omar Al-Nemán, sintiéndose agobiado por el dolor de vuestra ausencia, nos había llamado a todos para que tratáramos de distraerle, pero de pronto vimos llegar a una anciana de rostro venerable que acompañada de cinco jóvenes de pechos redondos, virginidad intacta y bellas como lunas, tan admirablemente bellas, que ningún lenguaje podría expresar sus perfecciones. Y a su belleza unían su cultura, pues sabían asombrosamente el Corán, los libros de la ciencia y las palabras de todos los sabios de entre los musulmanes.
La venerable anciana adelantó entre las manos del rey, besó respetuosamente la tierra y dijo: "¡Oh rey! te traigo cinco joyas, como no las posee ningún soberano del mundo. Te ruego que examines su hermosura y las sometas a prueba; porque la belleza sólo se aparece al que la busca con amor".
El rey Omar se quedó encantado en extremo al oír estas palabras, le inspiró un gran respeto el aspecto de la anciana, y contempló a las cinco jóvenes, que le agradaban infinito. Y dijo a las doncellas...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 79ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el rey Omar dijo a las doncellas: "¡Oh gentiles jóvenes! si es cierto que estáis versadas en el saber de las cosas que pasaron, que se adelante cada una de vosotras y me diga lo que mejor entienda de mi agrado".
Entonces la primera joven, cuya mirada era muy dulce, se adelantó, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo:

Palabras de la primera joven 


"Sabed, ¡oh rey del tiempo! que la vida no existiría sin el instinto de ella. Y este instinto de la vida ha sido colocado en el hombre para que pueda, con ayuda de Alah, ser el dueño de sí mismo y acercarse a Alah el Creador. Y la vida ha sido dada al hombre para que desarrolle la belleza, poniéndose por encima de los errores. Y los reyes, que son los primeros entre los hombres deben ser los primeros en el camino de las virtudes y en la senda del desinterés. Y el hombre cuerdo, de espíritu cultivado, debe siempre proceder con dulzura y juzgar con equidad. Y debe guardarse prudentemente de sus enemigos y escoger cuidadosamente sus amigos, y cuando los haya escogido, ya no debe intervenir entre ellos para nada el juez, sino arreglarlo todo por medio de la bondad. Porque, o ha elegido a sus amigos entre los que viven apartados del mundo y dedicados a la santidad, y entonces debe oírlos respetuosamente y atenerse a su juicio, o los ha elegido entre los aficionados a los bienes de la tierra, y entonces debe velar por no herirlos en sus intereses, ni contrariar sus costumbres, ni contradecir sus palabras. La contradicción enajena hasta el afecto del padre y la madre ¡Y un amigo es una cosa tan preciosa! Porque el amigo no es como la mujer, de la cual se puede uno divorciar para sustituirla con otra. La herida hecha a un amigo no se cicatriza nunca, como dice el poeta:
"Piensa que el corazón del amigo es cosa muy frágil, y que se le debe cuidar como toda cosa frágil.
"¡El corazón del amigo, una vez herido, es como el cristal que una vez roto, ya no se puede componer!”
"Permite ahora que te recuerde algunas palabras de los sabios.
Sabe, ¡oh rey! que un kadí para dar una sentencia justa, debe mandar que se hagan las pruebas de una manera evidente, y tratar a ambas partes por igual, sin demostrar más respeto al acusado rico que al acusado pobre, aunque debe tender ante todo a la reconciliación, para que reine siempre la concordia entre los musulmanes. Y en la duda, debe reflexionar largamente, y volver varias veces sobre sus raciocinios, y abstenerse si prosigue la duda. La justicia es el primero de los deberes, y volver hacia la justicia, si se ha sido injusto, es mucho más noble que haber sido justo siempre, y mucho más meritorio ante el Altísimo. Y no hay que olvidar que Alah el Altísimo ha puesto a los jueces en la tierra solo para juzgar las cosas aparentes, pues se ha reservado para Él el juicio de las cosas secretas. Y es un deber del kadí no intentar nunca arrancar confesiones a un acusado sometiéndole al tormento ni al hambre, pues es indigno de los musulmanes.
Al-Zahrí ha dicho: "Tres cosas denigran a un kadí: manifestar condescendencia hacia un culpable de alta categoría, amar la alabanza y temer perder su cargo".
Habiendo destituido un día el califa Omar a un kadí, éste le preguntó: "¿Por qué me has destituido?" Y el califa respondió: "¡Porque tus palabras sobrepasaban a tus acciones!"
Y el gran Al-Iskandar (Alejandro), el de los Dos Cuernos, reunió un día a su kadí, a su cocinero y a su escriba, y dijo a su kadí: "Te he confiado la más alta y pesada de mis prerrogativas regias. ¡Ten, pues, alma regia!" Y al cocinero le dijo: "Te he confiado el cuidado de mi cuerpo, que depende de tu cocina. ¡Has de saber tratarlo con arte y con prudencia!" Y dijo a su escriba: "En cuanto a ti, ¡oh hermano de la pluma! te he confiado las manifestaciones de mi inteligencia. ¡Te conjuro a que me transmitas íntegro a las generaciones por medio de tu escritura!"
Y la joven, dichas estas palabras, se volvió a echar el velo por encima de la cara, y retrocedió hacia sus compañeras. Entonces se adelantó la segunda joven, que tenía...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 80ª noche

Ella dijo:
El gran visir Dandán prosiguió de este modo:
Entonces se adelantó la segunda joven, que tenía una mirada muy brillante y una cara muy fina, animada por una eterna sonrisa. Besó siete veces la tierra entre las manos de tu difunto padre el rey Omar Al-Nemán, y dijo:

Palabras de la segunda joven


Sabe ¡oh rey afortunado! que el sabio Locmán habló así a su hijo: "¡Oh hijo mío! Hay tres cosas que solo pueden comprobarse en tres circunstancias: no se puede saber si un hombre es verdaderamente bueno, más que en sus iras, si un hombre es valeroso, más que en el combate, y si un hombre es afable, más que en la necesidad”.
El tirano sufrirá tormentos y expiará sus injusticias, a pesar de las lisonjas de sus cortesanos, mientras que el oprimido, a pesar de las injusticias se salvará de todo tormento.
No trates a la gente por lo que diga, sino por lo que haga. Las acciones no valen más que por la intención que las inspira, y cada hombre será juzgado por sus intenciones y no por sus actos.
Sabe también, ¡oh rey Omar! que la cosa más admirable de nosotros es nuestro corazón. Y preguntándole un día a un sabio cuál es el peor de los hombres, contestó: "Aquel que deja que los malos deseos se apoderen de su corazón, porque pierde toda su entereza". Y el poeta lo dijo muy bien:
"La única riqueza es la que encierran los pechos. ¡Pero cuán difícil es encontrar su camino!"
"Nuestro Profeta (¡sean con él la paz y la plegaria!) dijo: "El verdadero sabio es el que prefiere las cosas inmortales a las perecederas".
Se cuenta que el asceta Sabet lloró tanto, que se le enfermaron los ojos. Entonces llamaron a un médico, y le dijo: "No puedo curarte, como no me prometas una cosa". Y el asceta preguntó: "¿Qué cosa he de prometerte?" Y dijo el médico: "¡Que dejarás de llorar!" Pero el asceta repuso: "¿Y para qué me servirían los ojos si ya no llorara?
"Y sabe también que la acción más hermosa es la desinteresada. Porque se cuenta que en Israel había dos hermanos; y uno de ellos dijo al otro: "¿Cuál es la acción más espantosa que has cometido?" Y el otro contestó: "Es ésta: pasando un día cerca de un gallinero, alargué el brazo, cogí una gallina, y después de estrangularla, la volví a echar al gallinero. Esta es la cosa más espantosa de mi vida. Y tú, hermano mío, ¿qué es lo más espantoso que has hecho?" Y el otro hermano contestó: "Haber rezado a Alah para pedirle una merced, porque la plegaria solo es hermosa cuando encamina el alma hacia las Alturas." Y por otra parte...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 81ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la segunda joven prosiguió de este modo:
"Y por otra parte, ya lo expuso acertadamente el poeta en estos versos:
"Hay dos cosas que debes evitar siempre: la idolatría hacia Alah, y el mal hacia tu prójimo."
Y dichas estas palabras, la segunda joven retrocedió hacia sus compañeras. Entonces la tercera joven, que reunía en sí las perfecciones de las otras dos, se adelantó hacia el rey Omar Al-Nemán, y dijo:

Palabras de la tercera joven

"En cuanto a mí, ¡oh rey afortunado! te diré pocas palabras en este día, porque estoy algo indispuesta, y además recomiendan los sabios la brevedad en el discurso.
Sabe, pues, que Safián ha dicho: "¡Si el alma habitase en el corazón del hombre, el hombre tendría alas y volaría hacia los paraísos!" "Y ese mismo Safián ha dicho: "¡Sabed que el simple hecho de mirar la cara de una persona fea constituye el pecado más grande contra el espíritu!"
Y habiendo dicho estas frases, la joven retrocedió hacia sus compañeras. Entonces se adelantó la cuarta joven, que ostentaba unas caderas sublimes. Y habló así:

Palabras de la cuarta joven 

"Y yo, ¡oh rey afortunado! heme aquí dispuesta a decirte las palabras que he llegado a saber de la historia de los hombres justos.
Se cuenta que Baschra el Descalzo dijo: "¡Guardaos de la cosa más abominable!" Y los que le escuchaban preguntaron ¿Cuál es la cosa más abominable!" Y el sabio contestó: “El hecho de permanecer mucho tiempo de rodillas, para alardear del rezo, la ostentación de la piedad.”
Entonces le suplicó uno de los presentes: “¡Oh padre mío! Enséñame a conocer las verdades ocultas y el secreto de las cosas”. Pero el Descalzo dijo: ¡Oh hijo mío! esas cosas no se hicieron para el rebaño. Y nosotros no podemos ponerlas al alcance del rebaño. Porque apenas de cada cien justos hay cinco que sean puros como la plata virgen”.
"Y cuenta el jeique Ibrahim: "Un día vi a un hombre muy necesitado que acababa de perder una monedilla de cobre. Me acerqué a él y le alargué un dracma de plata, pero el hombre lo rechazó. Y me dijo: "¿De qué me serviría toda la plata de la tierra, si sólo aspiro a las dichas inmortales?"
"Se cuenta también que la hermana del Descalzo fué un día..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 82ª noche

Ella dijo:
"Se cuenta también que la hermana del Descalzo fué un día a buscar al imán Ahmad ben-Hanbal, y le dijo: "¡Oh santo imán! vengo a ilustrarme. ¡Ilústrame! Por la noche acostumbro velar en la azotea, hilando a la claridad de las luces que pasan, pues no tenemos luz. Y de día hago mis labores y preparo los alimentos. Dime si obro bien usando una luz que no me pertenece".
Entonces preguntó el imán: "¿Quién eres tú?"
Y ella dijo: "Soy la hermana de Baschra el Descalzo".
Y el santo imán se levantó, besó la tierra entre las manos de la joven, y dijo: "¡Oh hermana del más perfumado entre los santos! ¿Por qué no podré yo aspirar a toda la pureza de tu corazón?"
"Se cuenta también que un santo entre los santos ha dicho estas palabras:
"Cuando Alah quiere bien a alguno de sus servidores, abre ante él la puerta de la inspiración".
"También se sabe que cuando Malek ben-Dinar pasaba por los zocos y veía algún objeto que le gustaba, se reconvenía de este modo: ¡Oh Alma mía! es inútil que me tientes porque no te haré caso".
Y afirmaba: El único medio de salvar el alma, es obedecerla; y el medio seguro de perderla, es hacerle caso”.
"Y Mansur ben-Omar nos cuenta el caso siguiente: "Fui de peregrinación a la Meca, y pasé por la ciudad de Kufa. Y era una noche llena de tinieblas. Y en el seno de la noche oí cerca de mí, sin distinguir de dónde salía, una voz que decía esta oración: "¡Oh Señor, lleno de grandeza! no soy de los que se rebelan contra tus leyes, ni de los que ignoran tus beneficios. Y sin embargo, en tiempos pasados he pecado, acaso gravemente, y vengo a implorar tu perdón y la remisión de mis errores. ¡Porque mis intenciones no eran malas y mis actos me hicieron traición!".
"Y terminada esta oración, oí que un cuerpo caía pesadamente al suelo. Y no sabía lo que podía ser aquella voz, ni comprendía lo que significaba aquella oración en medio del silencio, porque mis ojos no podían distinguir la boca que la decía, ni podía adivinar qué era aquel cuerpo que caía al suelo pesadamente. Entonces grité: "¡Soy Mansur ben-Omar, peregrino de la Meca! ¿Quién necesita que le socorra?" Y nadie me contestó. Y me fui. Pero al día siguiente vi pasar un entierro, y me uní a la gente que formaba la comitiva, y delante de mí iba una vieja extenuada por el dolor. Y le pregunté: "¿Quién es ese muerto?" Ella respondió: "Ayer mi hijo, después de decir la oración, recitó los versículos del Libro Noble que empiezan con estas palabras: "¡Oh vosotros que creéis en la Palabra, fortaleced vuestras almas...! Y cuando mi hijo hubo acabado los versículos, ese hombre que está ahora en ese féretro, sintió que le estallaba el hígado, y cayó muerto. Y eso es todo lo que puedo decir".
Y la cuarta joven, después de estas palabras, retrocedió hacia sus compañeras. Entonces se adelantó la quinta joven, que era la corona sobre la cabeza de todas las jóvenes, y dijo:

Palabras de la quinta joven

"Yo, ¡oh rey afortunado! te diré cuanto he llegado a saber de las cosas espirituales de pasados tiempos.
"El sabio Moslima ben-Dinar ha dicho: "Todo placer que no impulse tu alma hacia Alah, es una torpeza".
"Se cuenta que cuando Muza (¡la paz sea con él!) estaba en la fuente de Modain, llegaron dos pastoras con el rebaño de su padre Schoaib. Y Muza (¡la paz sea con él!) dió de beber a las dos muchachas y al rebaño en el abrevadero de troncos de palmera. Y las dos jóvenes, de regreso a su casa, se lo contaron a su padre Schoaib, que dijo entonces a una de ellas: "Vuelve junto al joven y dile que venga a nuestra casa". Y la muchacha volvió a la fuente; y cuando estuvo cerca de Muza, se cubrió la cara con el velo, y le dijo: "Mi padre te ruega que me acompañes para compartir nuestra comida, en recompensa de lo que has hecho por nosotras".
Pero Muza, muy emocionado, no quiso seguirla al principio, aunque después acabó por decidirse. Y se fué detrás de ella. Ahora bien; la pastorcilla tenía un trasero muy gordo..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 83ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven prosiguió en esta forma:
"La pastorcilla tenía un trasero muy gordo, y el viento de cuando en cuando adhería a sus redondeces el ligerísimo vestido, y otras veces levantaba la falda y dejaba completamente desnudo el trasero de la pastora. Pero Muza, cada vez que se le aparecía el trasero desnudo, cerraba los ojos para no verlo. Y como temía que la tentación llegara a ser demasiado fuerte, dijo a la muchacha: "Déjame ir delante de ti". Y la joven, bastante sorprendida, echó a andar detrás de Muza. Y acabaron los dos por llegar a casa de Schoaib.
Y cuando Schoaib vió entrar a Muza, se levantó en honor suyo, y como la comida estaba dispuesta, le dijo: "¡Oh Muza! que la hospitalidad en esta casa te sea amplia y cordial por lo que has hecho por mis hijas".
Pero Muza contestó: "¡Oh padre mío! No vendo ni por oro ni por plata los actos que ejecuto pensando en el juicio”.
Y Schoaib replicó: "¡Oh joven!, eres mi huésped, y acostumbro ser hospitalario y generoso con mis huéspedes; pues tal fué la costumbre de todos mis antepasados. Quédate, pues, aquí, y come con nosotros". Y Muza se quedó y comió con ellos. Y al acabar la comida, Schoaib dijo a Muza: "¡Oh mi joven huésped! vivirás con nosotros y llevarás a pacer el rebaño. Y a los ocho años; como precio a tus servicios, te casaré con aquella de mis hijas que ha ido a buscarte a la fuente".
Y Muza esta vez aceptó, y dijo para sí: "¡Ahora que la cosa será lícita con la joven, podré usar sin reticencias su trasero bendito!"
"Se cuenta que Ibn-Bitar hubo de encontrarse con uno de sus amigos, que le preguntó: "¿En dónde has estado tanto tiempo que no te he visto?" Ibn-Bitar repuso: "He estado con mi amigo Ibn-Scheab. ¿Lo conoces?" Y el otro contestó: "¡Ya lo creo que lo conozco! Es vecino mío desde hace más de treinta años, pero nunca le he dirigido la palabra". Entonces Ibn-Bitar dijo: "¡Oh desventurado! ¿No sabes que al que no quiere a sus vecinos no le quiere Alah? ¿Y no sabes que debemos tantas consideraciones a nuestro vecino como a nuestro pariente?"
"Un día, Ibn-Adham dijo a uno de sus amigos que volvía con él de la Meca: "¿Cuál es tu vida?" Y el otro contestó: "Cuando tengo para comer, como, y cuando tengo hambre y no tengo dinero, lo tomo con paciencia". E Ibn-Adham contestó: "¡En realidad, haces lo mismo que los perros del país de Balkh! En cuanto a nosotros, cuando Alah nos da pan, lo glorificamos, y cuando no tenemos que comer, le damos las gracias de todas maneras”.
Entonces el hombre exclamó: "¡Oh maestro mío!" Y no dijo más.
"Cuentan que Mohammed ben-Omar preguntó un día a un hombre muy austero: "¿Qué piensas de la esperanza que se debe tener en Alah?" Y el hombre dijo: "Pongo mi esperanza en Alah, por dos cosas: porque el pan que yo como nunca se lo come otro, y porque si he venido al mundo ha sido por voluntad de Alah". Y dichas estas palabras, la quinta joven retrocedió junto a sus compañeras. Entonces se adelantó pausadamente la venerable anciana. Besó nueve veces la tierra entre las manos de tu difunto padre el rey Omar Al-Neman y dijo:

Palabras de la anciana

"¡Oh rey Omar! acabas de oír las palabras edificantes de estas jóvenes acerca del desprecio hacia las cosas de aquí abajo, en la medida en que estas cosas deben ser despreciadas. Ahora voy a hablarte de cuanto sé respecto a los hechos y a los dichos de los más grandes entre nuestros antiguos.
"Se cuenta que el gran imán Al-Schafí (¡que Alah le tenga en su gracia!) dividía la noche en tres partes: la primera para el estudio, la segunda para el sueño, y la tercera para la oración. Y hacia el fin de su vida, velaba toda la noche, sin reservar nada para el sueño.
"El mismo imán Al-Schafí (¡Alah le tenga en su gracia!) ha dicho: "Durante diez años de mi vida, no he querido comer todo el pan de cebada que apetecía. Porque comer demasiado es perjudicial de todas maneras. Se embota el cerebro, se endurece el corazón, se aniquila la inteligencia, se acrecientan la pereza y el sueño, y desaparece hasta la última energía".
"El joven Ibn-Fuad nos cuenta: "Me hallaba un día en Bagdad, cuando habitaba allí el imán Al-Schafí. Y habiendo marchado a la orilla del río para hacer mis abluciones, pasó junto a mí un hombre seguido de una muchedumbre que caminaba silenciosamente detrás de él y me dijo: "¡Oh joven paseante! cuida de tus abluciones, y Alah cuidará de ti". Y al ver a aquel hombre que tenía unas barbas muy largas y un rostro señalado por la bendición, me apresuré a terminar mis abluciones, y le fuí siguiendo. Entonces se volvió hacia mí, y me dijo: "¿Necesitas pedirme alguna cosa?"
Yo repuse: "¡Oh venerable padre! ¡Deseo que me enseñes lo que seguramente has aprendido de Alah el Altísimo!" Y me dijo: "¡aprende a conocerte! ¡Y no obres hasta entonces! ¡Y obra entonces según tus deseos, pero cuidando de no perjudicar al vecino!" Y siguió su camino sin decir más. Entonces pregunté a los que le seguían: "¿Pues quién es ése?" Y me contestaron: "¡Es el imán Mohammed ben-Edris Al-Schafí!"
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 84ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la venerable anciana prosiguió de esta manera:
"Se cuenta que el califa Abu-Giafar Al-Mansur quiso nombrar kadí a Abí-Hanifa y señalarle diez mil dracmas al año. Pero cuando Abí-Hanifa se enteró de la intención del califa, rezó la oración matutina, se envolvió en su ropón blanco y se sentó sin decir una palabra. Entonces entró el enviado del califa, para entregarle por anticipado los diez mil dracmas y anunciarle su nombramiento. Pero Abí-Hanifa no contestó palabra a todo el discurso del enviado. Entonces el enviado dijo: "Puedes estar seguro de que todo este dinero que te traigo es cosa lícita y admitida por el Libro Noble". Pero Abí-Hanifa replicó: "Verdaderamente, es cosa lícita, ¡pero Abí-Hanifa no será jamás servidor de los tiranos!"
Y dichas estas palabras, la anciana añadió: "Habría querido, ¡oh rey! recordarte más rasgos admirables de la vida de nuestros sabios antiguos. Pero he aquí que la noche se acerca; además, ¡los días de Alah son numerosos para sus servidores!" Y la santa anciana se volvió a echar el velo sobre los hombros, y retrocedió hacia el grupo formado por las cinco doncellas.
El visir Dandán, al llegar a este punto, cesó de hablar un momento, pero a los pocos instantes añadió:
Cuando el rey Ornar Al-Nemán hubo oído estas palabras edificantes, comprendió que aquellas mujeres eran las más perfectas de su siglo, al mismo tiempo que las más bellas y las de espíritu y cuerpo más cultivados. Y no supo qué consideraciones guardarles que fueran dignas de ellas, y quedó completamente encantado con su hermosura, y las deseó ardientemente, al mismo tiempo que se llenaba de respeto hacia la santa anciana que las guiaba. Y por lo pronto les dió para vivienda los aposentos reservados que habían pertenecido en otro tiempo a la reina Abriza, reina de Kaissaria. Y durante diez días seguidos fué personalmente a saber de ellas y a ver por sí mismo si les faltaba algo, y cada vez que iba encontraba a la vieja rezando, pues pasaba los días entregada al ayuno y las noches a la meditación. Y tanto le edificó su santidad, que un día me dijo: "¡Oh mi visir! ¡Qué bendición es tener en palacio una santa tan admirable! Mi respeto hacia ella es tan grande como mi amor hacia esas jóvenes.
Puesto que han transcurrido los diez días de nuestra hospitalidad y podemos hablar de negocios, ven conmigo para pedir a la anciana que fije el precio de esas jóvenes, de esas cinco vírgenes de pechos redondos".
Fuimos, pues, en seguida, y tu padre se lo preguntó a la anciana, que le dijo: "¡Oh rey! sabe que el precio de esas jóvenes está fuera de las condiciones ordinarias, porque su precio no se paga en oro, ni en plata, ni en pedrerías".
Al oír estas palabras, el rey Omar se quedó extraordinariamente asombrado, y le preguntó: "¡Oh venerable señora! ¿En qué consiste el precio de estas jóvenes?" Y ella contestó: "No puedo vendértelas más que con una sola condición: un ayuno de todo un mes, durante el cual te dedicarás a la meditación y a la plegaria. Y al cabo de este mes de ayuno completo, con el cual tu cuerpo se purificará y se hará digno de comulgar con el cuerpo de esas jóvenes, podrás disfrutar totalmente de sus dulzuras'".
Entonces el rey Omar quedó asombrado hasta el límite del asombro, y su respeto a la anciana ya no conoció límites. Y se apresuró a aceptar sus condiciones. Pero la anciana le dijo: "Por mi parte te ayudaré con mis oraciones y con mis votos a soportar el ayuno. Ahora tráeme una colodra de cobre". Y el rey le entregó una colodra de cobre, que ella llenó de agua pura, y empezó a decir oraciones en una lengua desconocida y a murmurar durante una hora frases que ninguno de nosotros entendimos. Después cubrió la colodra con una tela transparente, la precintó con su sello, y la entregó a tu padre, diciéndole:
"Al cabo de los diez días, cortarás el ayuno bebiendo esta agua santa, que te fortalecerá y te lavará de todas las mancillas pasadas. Y ahora me voy a buscar a la Gente de lo Invisible, que son mis hermanos, pues hace mucho tiempo que no los he visto. Volveré en la mañana del undécimo día". Y dichas estas palabras, deseó la paz a tu padre, y se fué.
Entonces el rey eligió una celda completamente aislada del palacio, en la cual no puso más muebles que la colodra de cobre, y se encerró allí para entregarse a la meditación y al ayuno y hacerse merecedor de los cuerpos de aquellas jóvenes. Cerró la puerta por dentro, se metió la llave en el bolsillo y...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 85ª noche


Ella dijo:
Cerró la puerta por dentro, se metió la llave en el bolsillo, y empezó inmediatamente el ayuno.
Y al llegar al undécimo día, desprecintó la colodra, se la llevó a los labios y la bebió de un trago. Inmediatamente experimentó un bienestar general y una gran dulzura en sus entrañas. Y apenas había bebido, llamaron a la puerta de la celda. Y al abrirla, entró la anciana con un paquete de hojas frescas de plátano.
Y el rey se levantó y le dijo: "¡Bienvenida seas, mi venerable madre!" y ella contestó: "¡Oh rey! he aquí que la Gente de lo Invisible me envía para transmitirte su saludo, pues le he hablado de ti, y todos se han alegrado mucho al saber nuestra amistad. Y te envían este paquete, que encierra bajo las hojas de plátano unas delicadas confituras que han preparado con sus dedos las vírgenes de negros ojos del paraíso. Así es que cuando llegue la mañana del vigésimo día, cortarás el ayuno comiendo las confituras". El rey Omar se alegró en extremo al oír estas palabras, y dijo: "¡Loor a Alah, que me ha permitido tener hermanos entre la Gente de lo Invisible!" Después dió muchas gracias a la anciana, le besó las manos, y la acompañó con muchas consideraciones hasta la puerta de la celda.
Y como había prometido, volvió la anciana al vigésimo día, y dijo al rey: "¡Oh rey! sabe que he comunicado a mis hermanos de lo Invisible mi intención de regalarte las jóvenes, y se han alegrado mucho a causa de la amistad que te tienen. Así es que antes de dejarlas entre tus manos, las voy a llevar a la morada de la Gente de lo Invisible, para que les infundan su aliento y las perfumen con un aroma tan agradable que te ha de encantar. Y volverán a ti llevando un magnífico tesoro extraído del seno de la tierra por mis hermanos de lo Invisible"
Y el rey le dió las gracias por todos sus favores, y le dijo: "¡En realidad, eso es demasiado! Y en cuanto al tesoro del fondo de la tierra, me parece verdaderamente excesivo y temo abusar". Pero ella respondió a esto como correspondía, y tu padre le preguntó: "¿Y cuándo me las traerás?" Ella dijo: "La mañana del trigésimo día, cuando hayas terminado el ayuno y te hayas purificado. Y esas jóvenes, cada una de las cuales vale más que todo tu imperio, tendrán entonces una pureza de jazmín, y te pertenecerán por completo". El contestó: "¡Oh qué verdad es ésa!" Ella dijo: "Ahora, si quisieras confiarme la mujer que prefieras entre tus mujeres, la llevaría con esas jóvenes, para que las gracias y purificaciones de mis hermanos, la Gente de lo Invisible, recayeran también en ella".
Entonces el rey tu padre dijo: "¡Cuántos beneficios he de agradecerte! En efecto, tengo una griega llamada Salía, hija del rey Afridonios de Constantinia, y Alah me ha dado de ella dos hijos a quienes, ¡ay de mí! he perdido hace años. Llévala contigo, ¡oh venerable anciana! para que recaiga en ella la gracia de la Gente de lo Invisible, y ojalá, por su intercesión, pueda recobrar mis hijos". Entonces la anciana dijo: "Seguramente, así será. ¡Manda que llamen a la reina Safía!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente

Pero cuando llegó la 86ª noche

Ella dijo:
Entonces la anciana dijo: "¡Manda que llamen a la reina Safía!" Y el rey mandó inmediatamente llamar a tu madre la reina Salía, y la confió a la anciana, que la llevó en seguida adonde estaban las jóvenes. Después fué a sus habitaciones, y volvió con una copa sellada, le dió la copa al rey Omar, y le dijo: "En la mañana del trigésimo día, terminado tu ayuno, irás a tomar un baño. Después regresarás a tu celda, y beberás esta copa, que completará tu purificación y te hará digno de estrechar contra tu seno a mis cinco jóvenes. Y ahora, ¡contigo sean la paz, la misericordia de Alah y todas sus bendiciones!, ¡oh hijo mío!"
Y la anciana se fué acompañada de las cinco jóvenes y de tu madre la reina Safía.
Y el rey siguió su ayuno hasta el trigésimo día. Y al llegar la mañana del trigésimo día, el rey se levantó, se fué al hammam, tomó el baño y después regresó a su celda, prohibiendo que nadie le llamase. Cerró por dentro con llave, cogió la copa, le quitó el sello, se la bebió, y después se tendió a descansar.
Y como sabíamos que era el último día del ayuno, aguardamos hasta el anochecer. Y después seguimos esperando toda la noche y hasta la mitad del día siguiente. Y pensábamos: "¡Debe estar descansando!" Pero como persistía en no abrir, nos acercamos a la puerta y dimos voces. Y nadie contestó.
Entonces, alarmados por aquel silencio, echamos la puerta abajo y entramos.
Pero el rey ya no estaba allí. Encontramos sus carnes destrozadas y sus huesos ennegrecidos. Y todos caímos desmayados.
Y cuando volvimos en nuestro conocimiento, cogimos la copa, la examinamos, y debajo de la tapa hallamos un papel que decía:
"¡A ningún malvado debe echársele de menos! Toda persona que, lea este papel, sepa que tal es el castigo de quien seduce a las hijas de los reyes y las corrompe. ¡Tal es el caso de este hombre! ¡Envió a su Dijo Scharkán para que arrebatase a la hija de nuestro rey, a la desventurada Abriza! ¡Y la cogió, y virgen como era, hizo de ella lo que hizo! ¡Y después se la dió a un esclavo negro, que la hizo sufrir los peores ultrajes y la mató! Y por ese acto, indigno de un rey, ha perecido el rey Omar Al-Nemán. Y yo, que lo he matado, sabed que soy la animosa y la vengadora, cuyo nombre es Madre de todas las Calamidades. Y no sólo, ¡oh vosotros infieles que me leéis! he matado a vuestro soberano, sino que me he apoderado de la reina Safía, hija del rey Afridonios de Constantinia, y se la voy a devolver a su padre.
Después todos volveremos armados, para destruir vuestras casas y exterminaros hasta el último. ¡Y no quedaremos en la tierra más que nosotros los cristianos, que adoramos la Cruz!"
"Al leer este papel comprendimos toda nuestra desgracia, y nos golpeamos el rostro, y lloramos mucho tiempo. Pero ¿de qué nos servían muestras lágrimas, cuando ya se había realizado lo irreparable?
"Y fué entonces cuando anduvimos discordes para la elección del sucesor el ejército y el pueblo. Y este desacuerdo duró todo un mes, al cabo del cual, como nada se sabía de tu existencia, se resolvió elegir a tu hermano. ¡Pero Alah te puso en nuestro camino, y sucedió lo que sucedió!
"Y tal es la causa de la muerte de tu padre el rey Omar Al-Nemán". Cuando el gran visir terminó su relato, sacó el pañuelo, se lo llevó a los ojos, y empezó a llorar. Y el rey Daul'makán y la reina Nozhatú, que seguía detrás de la cortina de seda, se echaron a llorar también, lo mismo que el gran chambelán y cuantos estaban presentes.
Pero el chambelán fué el primero en decir: "¡Oh rey! estas lágrimas ya no sirven para nada. Ahora te corresponde dar firmeza al corazón para velar por los intereses de tu reino. ¡Porque tu difunto padre sigue viviendo en ti, pues los padres viven en los hijos dignos de ellos!"
Entonces Daul'makán dejó de llorar y se preparó para la primera sesión de su reinado.
Se sentó en el trono, el chambelán se quedó de pie a su lado, el visir Dandán delante de él, y los grandes del reino se colocaron según su categoría.
Entonces, dirigiéndose al visir Dandán, le dijo: "Sepamos el contenido de los armarios de mi padre". Y el visir contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y fué enumerando todo el contenido: dinero, riquezas y joyas; y le entregó una lista detallada. Y entonces el rey dijo: "¡Oh visir de mi padre! seguirás siendo el gran visir de mi reinado". Y el visir Dandán besó la tierra entre las manos del rey, y le deseó larga vida. Y el rey dispuso: "En cuanto a las riquezas que hemos traído con nosotros de Damasco, hay que repartirlas entre el ejército".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 87ª noche

Ella dijo:
Entonces el chambelán abrió las cajas que contenían las riquezas traídas de Damasco, y no se quedó con nada absolutamente, pues todo lo repartió entre los soldados, dando las cosas mejores a los jefes del ejército. Y todos los jefes besaron la tierra entre sus manos, hicieron votos por la vida del rey, y se dijeron unos a otros: "¡Jamás hemos visto generosidad semejante!"
Y entonces Daul'makán dió la señal de marcha; se levantó el campo, y el rey, a la cabeza del ejército, hizo su entrada en Bagdad.
Y todo Bagdad estaba adornado y los habitantes hacinados en las azoteas. Y las mujeres daban gritos de júbilo cuando pasaba el rey. Y el rey, apenas llegó a palacio, llamó al jefe de los escribas y le dictó una carta para su hermano Scharkán, relatándole todo lo ocurrido desde el principio hasta el fin, terminando de este modo:
"Y te rogamos que al recibo de la presente movilices tu ejército y vengas a unir tus fuerzas a las nuestras, para que vayamos a pelear con los infieles y venguemos la muerte de nuestro padre, lavando la mancha que debe lavarse".
Después dobló la carta, la precintó con su sello, llamó al visir Dandán y se la entregó, diciéndole: "Sólo tú, ¡oh gran visir! puedes desempeñar una misión tan delicada cerca de mi hermano. Y dile que estoy dispuesto a cederle el trono de Bagdad y pasar a ser gobernador de Damasco".
Entonces el visir dispuso el viaje, y aquella misma noche salió para Damasco.
Durante su ausencia ocurrieron dos cosas importantes: la primera fué que Daul'makán mandó llamar a su amigo el encargado del hammam, le colmó de honores y le dió un palacio que mandó engalanar con las alfombras más hermosas de Persia. Pero ya se hablará extensamente, en el curso de esta historia, de este buen encargado del hammam.
Y la segunda cosa fué la siguiente: "el rey Daul'makán recibió de uno de sus vasallos diez esclavas blancas. Y una de estas jóvenes, cuya belleza era imponderable, agradó tanto al rey, que en seguida se acostó con ella y la dejó preñada al momento. Pero ya volveremos sobre esto en el curso de esta historia.
En cuanto al visir, no tardó en regresar, anunciando que el príncipe Scharkán, acogiendo favorablemente la petición, se había puesto en camino a la cabeza de su ejército. Y salieron a esperarle, y apenas habían andado una jornada vieron venir al príncipe Scharkán con su ejército, precedido por los batidores.
Y Daul'makán quiso apearse, pero Scharkán, desde lejos, le rogó que no lo hiciera, y fué el primero en descabalgar para precipitarse en brazos de Daul'makán, que de todas maneras se había apeado. Y se dieron un largo abrazo, llorando; y después de dirigirse palabras de consuelo por la muerte de su padre, volvieron juntos a Bagdad.
Y en seguida se convocó a toda la gente de armas del imperio, que acudió presurosa a causa de la recompensa y del botín que se les ofreció. Y durante un mes no dejaron de afluir guerreros. Y Scharkán contó a Daul'makán toda su historia; y Daul'makán también contó la suya, pero insistiendo mucho en los servicios del encargado del hammam. Así es que Scharkán dijo: "Seguramente habrás recompensado la virtuosa abnegación de ese hombre". Y Daul'makán, contestó:
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 88ª noche

Ella dijo:
Y Daul'makán contestó: "No le he recompensado aún en la medida que se merece. ¡Pero si quiere Alah, lo haré al regresar de la guerra!" Y entonces Scharkán pudo comprobar la veracidad de las palabras de Nozhatú, y rogó al gran chambelán que la saludase de su parte. Y el gran chambelán, cumplido el encargo, transmitió a Scharkán el saludo de Nozhatú, que pidió noticias de su hija Fuerza del Destino. Y al saber por Scharkán que estaba perfectamente, dió gracias a Alah por ello.
Cuando todas las tropas estuvieron reunidas, los dos hermanos se pusieron al frente de ellas. Y Daul'makán se despidió de su joven esclava, después de haberla instalado como se merecía.
Formaban la vanguardia del ejército los guerreros turcos, cuyo jefe se llamaba Bahramán, y la retaguardia los guerreros del Deilam (Provincia de Persia) cuyo jefe se llamaba Rustem. El centro iba a las órdenes de Daul'makán, el ala derecha la manda el príncipe Scharkán, el ala izquierda el gran chambelán, y el gran visir fué nombrado segundo jefe general del ejército.
No cesaron de viajar durante un mes entero, descansando tres días a cada semana, hasta que llegaron al país de los rumís. Y los habitantes huyeron aterrados, refugiándose en Constantinia y comunicando al rey Afridonios la invasión de los musulmanes.
El rey Afridonios mandó llamar a la Madre de todas las Calamidades, que acababa de llegar con su hija Safía, y había decidido al rey Hardobios a que se uniese con él para vengar la muerte de su hija Abriza.
Y el rey Afridonios, apenas se presentó la Madre de todas las Calamidades, le preguntó pormenores de la muerte del rey Omar Al-Nemán, y ella se apresuró a relatárselos, y entonces el rey le dijo: "Y ahora que el enemigo se acerca, ¿qué debemos hacer, ¡oh Madre de todas las Calamidades!?" Y ésta dijo: "¡Oh gran rey, representante de Cristo en la tierra! voy a indicarte el plan que has de seguir para triunfar, y ni el mismo Cheitán, con todas sus malicias, podrá desenredar los hilos en que voy a coger a nuestros enemigos".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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9.6 Palabras de la anciana

Esta historia pertenece a 

9.0 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán (de la noche 78 a la 95)
       9.1 Palabras de la primera joven (079)
       9.2 Palabras de la segunda joven (080 a 081)
       9.3 Palabras de la tercera joven (081)
       9.4 Palabras de la cuarta joven (081 – 082)
       9.5 Palabras de la quinta joven (082 – 083)
       9.6 Palabras de la anciana (083 – 084)



Palabras de la anciana

"¡Oh rey Omar! acabas de oír las palabras edificantes de estas jóvenes acerca del desprecio hacia las cosas de aquí abajo, en la medida en que estas cosas deben ser despreciadas. Ahora voy a hablarte de cuanto sé respecto a los hechos y a los dichos de los más grandes entre nuestros antiguos.
"Se cuenta que el gran imán Al-Schafí (¡que Alah le tenga en su gracia!) dividía la noche en tres partes: la primera para el estudio, la segunda para el sueño, y la tercera para la oración. Y hacia el fin de su vida, velaba toda la noche, sin reservar nada para el sueño.
"El mismo imán Al-Schafí (¡Alah le tenga en su gracia!) ha dicho: "Durante diez años de mi vida, no he querido comer todo el pan de cebada que apetecía. Porque comer demasiado es perjudicial de todas maneras. Se embota el cerebro, se endurece el corazón, se aniquila la inteligencia, se acrecientan la pereza y el sueño, y desaparece hasta la última energía".
"El joven Ibn-Fuad nos cuenta: "Me hallaba un día en Bagdad, cuando habitaba allí el imán Al-Schafí. Y habiendo marchado a la orilla del río para hacer mis abluciones, pasó junto a mí un hombre seguido de una muchedumbre que caminaba silenciosamente detrás de él y me dijo: "¡Oh joven paseante! cuida de tus abluciones, y Alah cuidará de ti". Y al ver a aquel hombre que tenía unas barbas muy largas y un rostro señalado por la bendición, me apresuré a terminar mis abluciones, y le fuí siguiendo. Entonces se volvió hacia mí, y me dijo: "¿Necesitas pedirme alguna cosa?"
Yo repuse: "¡Oh venerable padre! ¡Deseo que me enseñes lo que seguramente has aprendido de Alah el Altísimo!" Y me dijo: "¡aprende a conocerte! ¡Y no obres hasta entonces! ¡Y obra entonces según tus deseos, pero cuidando de no perjudicar al vecino!" Y siguió su camino sin decir más. Entonces pregunté a los que le seguían: "¿Pues quién es ése?" Y me contestaron: "¡Es el imán Mohammed ben-Edris Al-Schafí!"
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 84ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la venerable anciana prosiguió de esta manera:
"Se cuenta que el califa Abu-Giafar Al-Mansur quiso nombrar kadí a Abí-Hanifa y señalarle diez mil dracmas al año. Pero cuando Abí-Hanifa se enteró de la intención del califa, rezó la oración matutina, se envolvió en su ropón blanco y se sentó sin decir una palabra. Entonces entró el enviado del califa, para entregarle por anticipado los diez mil dracmas y anunciarle su nombramiento. Pero Abí-Hanifa no contestó palabra a todo el discurso del enviado. Entonces el enviado dijo: "Puedes estar seguro de que todo este dinero que te traigo es cosa lícita y admitida por el Libro Noble". Pero Abí-Hanifa replicó: "Verdaderamente, es cosa lícita, ¡pero Abí-Hanifa no será jamás servidor de los tiranos!"
Y dichas estas palabras, la anciana añadió: "Habría querido, ¡oh rey! recordarte más rasgos admirables de la vida de nuestros sabios antiguos. Pero he aquí que la noche se acerca; además, ¡los días de Alah son numerosos para sus servidores!" Y la santa anciana se volvió a echar el velo sobre los hombros, y retrocedió hacia el grupo formado por las cinco doncellas.

9.5 Palabras de la quinta joven

Esta historia pertenece a 

9.0 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán (de la noche 78 a la 95)
       9.1 Palabras de la primera joven (079)
       9.2 Palabras de la segunda joven (080 a 081)
       9.3 Palabras de la tercera joven (081)
       9.4 Palabras de la cuarta joven (081 – 082)
       9.5 Palabras de la quinta joven (082 – 083)
       9.6 Palabras de la anciana (083 – 084)




Palabras de la quinta joven

"Yo, ¡oh rey afortunado! te diré cuanto he llegado a saber de las cosas espirituales de pasados tiempos.
"El sabio Moslima ben-Dinar ha dicho: "Todo placer que no impulse tu alma hacia Alah, es una torpeza".
"Se cuenta que cuando Muza (¡la paz sea con él!) estaba en la fuente de Modain, llegaron dos pastoras con el rebaño de su padre Schoaib. Y Muza (¡la paz sea con él!) dió de beber a las dos muchachas y al rebaño en el abrevadero de troncos de palmera. Y las dos jóvenes, de regreso a su casa, se lo contaron a su padre Schoaib, que dijo entonces a una de ellas: "Vuelve junto al joven y dile que venga a nuestra casa". Y la muchacha volvió a la fuente; y cuando estuvo cerca de Muza, se cubrió la cara con el velo, y le dijo: "Mi padre te ruega que me acompañes para compartir nuestra comida, en recompensa de lo que has hecho por nosotras".
Pero Muza, muy emocionado, no quiso seguirla al principio, aunque después acabó por decidirse. Y se fué detrás de ella. Ahora bien; la pastorcilla tenía un trasero muy gordo..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 83ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven prosiguió en esta forma:
"La pastorcilla tenía un trasero muy gordo, y el viento de cuando en cuando adhería a sus redondeces el ligerísimo vestido, y otras veces levantaba la falda y dejaba completamente desnudo el trasero de la pastora. Pero Muza, cada vez que se le aparecía el trasero desnudo, cerraba los ojos para no verlo. Y como temía que la tentación llegara a ser demasiado fuerte, dijo a la muchacha: "Déjame ir delante de ti". Y la joven, bastante sorprendida, echó a andar detrás de Muza. Y acabaron los dos por llegar a casa de Schoaib.
Y cuando Schoaib vió entrar a Muza, se levantó en honor suyo, y como la comida estaba dispuesta, le dijo: "¡Oh Muza! que la hospitalidad en esta casa te sea amplia y cordial por lo que has hecho por mis hijas".
Pero Muza contestó: "¡Oh padre mío! No vendo ni por oro ni por plata los actos que ejecuto pensando en el juicio”.
Y Schoaib replicó: "¡Oh joven!, eres mi huésped, y acostumbro ser hospitalario y generoso con mis huéspedes; pues tal fué la costumbre de todos mis antepasados. Quédate, pues, aquí, y come con nosotros". Y Muza se quedó y comió con ellos. Y al acabar la comida, Schoaib dijo a Muza: "¡Oh mi joven huésped! vivirás con nosotros y llevarás a pacer el rebaño. Y a los ocho años; como precio a tus servicios, te casaré con aquella de mis hijas que ha ido a buscarte a la fuente".
Y Muza esta vez aceptó, y dijo para sí: "¡Ahora que la cosa será lícita con la joven, podré usar sin reticencias su trasero bendito!"
"Se cuenta que Ibn-Bitar hubo de encontrarse con uno de sus amigos, que le preguntó: "¿En dónde has estado tanto tiempo que no te he visto?" Ibn-Bitar repuso: "He estado con mi amigo Ibn-Scheab. ¿Lo conoces?" Y el otro contestó: "¡Ya lo creo que lo conozco! Es vecino mío desde hace más de treinta años, pero nunca le he dirigido la palabra". Entonces Ibn-Bitar dijo: "¡Oh desventurado! ¿No sabes que al que no quiere a sus vecinos no le quiere Alah? ¿Y no sabes que debemos tantas consideraciones a nuestro vecino como a nuestro pariente?"
"Un día, Ibn-Adham dijo a uno de sus amigos que volvía con él de la Meca: "¿Cuál es tu vida?" Y el otro contestó: "Cuando tengo para comer, como, y cuando tengo hambre y no tengo dinero, lo tomo con paciencia". E Ibn-Adham contestó: "¡En realidad, haces lo mismo que los perros del país de Balkh! En cuanto a nosotros, cuando Alah nos da pan, lo glorificamos, y cuando no tenemos que comer, le damos las gracias de todas maneras”.
Entonces el hombre exclamó: "¡Oh maestro mío!" Y no dijo más.
"Cuentan que Mohammed ben-Omar preguntó un día a un hombre muy austero: "¿Qué piensas de la esperanza que se debe tener en Alah?" Y el hombre dijo: "Pongo mi esperanza en Alah, por dos cosas: porque el pan que yo como nunca se lo come otro, y porque si he venido al mundo ha sido por voluntad de Alah". Y dichas estas palabras, la quinta joven retrocedió junto a sus compañeras.

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