martes, agosto 15, 2023

10 Historia del monasterio

10.0 Historia del monasterio De la noche 95 a la 106 (realmente a la 137 pero se explica a continuación)
       10.1 Historia de Aziz y Azizia y del hermoso príncipe Diadema (107 a 129)
       10.2 Historia de la princesa Donia con el príncipe Diadema (130 a 137)


Esta tiene historias subordinadas pero como si fueran historias independientes porque se cuentan como marginalmente y después de acabarlas esta historia no sigue. Las encuentran numeradas subordinadas como 10.1 y 10.2 pero no están dentro de la grabación de esta 10.0. En la primera vez que publiqué las mil noches y una noche las había dejado como historias independientes entonces la numeración cambiará de la que hubo antes
Esta historia es la continuación de la Historia del rey Omar al - Neman y de sus dos hijos Scharkan y Daul'makan (de la noche 44 a la noche 78) y Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán (de la noche 78 a la 95)




Historia del monasterio

"Sabed que he permanecido mucho tiempo en los Santos Lugares, en compañía de hombres piadosos e ilustres, y vivía muy modestamente, sometiéndome a ellos, pues Alah el Altísimo me ha concedido el don de la humildad y la renunciación. Y hasta pensaba pasar el resto de mis días de la misma manera entre la tranquilidad y el cumplimiento de los deberes piadosos y la paz de una vida sin incidentes. Pero no contaba con el Destino.

"Una noche llegué a orillas del mar, que hasta entonces no había visto nunca, y sentí una fuerza irresistible que me impulsaba a andar por encima del agua. Me lancé a ello resueltamente, y con gran asombro mío me sostenía sobre el agua, sin hundirme y sin mojarme siquiera los pies desnudos. Y así estuve paseando por el mar, durante largo rato, después de lo cual me volví a la orilla. Entonces, maravillado de aquel don sobrenatural que poseía sin saberlo, me enorgullecí, y pensé: "¿Quién como yo puede andar por encima del agua? Apenas había formulado este pensamiento, Alah me castigó por mi orgullo, poniendo en mi corazón la afición a viajar. Y dejé los Santos Lugares. Y desde entonces vagué de aquí para allá, por toda la superficie de la tierra.
"Y hete aquí que un día en que viajaba por el país de los rumís, cumpliendo rigurosamente los deberes de nuestra santa religión, llegué a una alta montaña, en cuya cumbre hay un monasterio cristiano, que estaba bajo la guardia de un monje. Había yo conocido a este monje en los Santos Lugares, y se llamaba Matruna. Así es que apenas me hubo visto, acudió respetuosamente a mi encuentro, y me invitó a descansar. Pero el miserable maquinaba mi perdición, pues cuando entré en el monasterio me hizo seguir una larga galería, al final de la cual se abría una puerta en la oscuridad. Y de pronto me empujó al fondo de aquella oscuridad, tiró de la puerta y me encerró. Y me dejó allí cuarenta días sin darme de comer ni beber, queriendo matarme de hambre, por odio a mi religión.
"Mientras tanto llegó al monasterio de visita extraordinaria el general de los monjes que, según costumbre, iba acompañado de un séquito de diez monjes muy jóvenes y muy lindos, y de una muchacha tan hermosa como los diez monjes. Y esta muchacha iba vestida con un hábito de monje que le apretaba la cintura y hacía resaltar sus caderas y sus pechos. Sólo Alah sabe los horrores que perpetraba aquel jefe de monjes con aquella muchacha, que se llamaba Tamacil, y con sus compañeros los monjes jóvenes.
"El monje Matruna contó a su jefe mi encarcelamiento y mi tortura de cuarenta días de hambre. Y el jefe de los monjes, que se llama Dequianos, le mandó que abriera la puerta y que sacara mis huesos para tirarlos. Y decía: "¡Ese musulmán debe estar hecho a estas horas un esqueleto tan descarnado, que ni siquiera las aves de rapiña se querrán acercar a él!"
Entonces Matruna y los demás monjes abrieron la puerta, y me encontraron de rodillas, en actitud de rezar. Y al verme, el fraile Matruna exclamó: "¡Ah, qué maldito brujo! ¡Rompámosle los huesos!" Y todos se me echaron encima a palos y latigazos, de tal manera, que creí perecer. Y entonces comprendí que Alah me hacía sufrir aquellas pruebas para castigarme por mi vanidad pasada, pues me había hinchado de orgullo al ver que andaba sobre el agua, cuando no era más que un instrumento en manos del Altísimo.
"El caso es que cuando el monje Matruna y los otros jóvenes, hijos de perra, me hubieron puesto en aquel estado, me encadenaron y me volvieron a arrojar al subterráneo oscuro. Y allí habría muerto de hambre, si Alah no hubiera querido tocar en el corazón a la joven Tamacil, que vino secretamente a darme un pan de cebada y un cántaro de agua durante todo el tiempo que el general de los monjes estuvo en el monasterio. Y estuvo mucho tiempo allí, porque se encontraba tan a gusto que acabó por escogerlo como residencia habitual, y cuando se veía obligado a abandonarlo, dejaba en el monasterio a la joven Tamacil, guardada por el monje Matruna.
"De esta suerte permanecí encerrado allí durante cinco años. La joven Tamacil adquirió todo el esplendor de su hermosura y superaba a las muchachas más bellas de su tiempo. Y os puedo asegurar que ni en nuestro país ni en el país de los rumís hay otra igual. Pero no es ésta la única joya que encierra aquel monasterio: se han hacinado en él tesoros innumerables en oro, plata, alhajas y riquezas de todas clases, que superan a cualquier cálculo. Así es que debíais asaltar el monasterio y apoderaros de la joven y de los tesoros. Yo os serviré de guía para abriros los escondrijos y los armarios, especialmente el gran armario del general de los monjes, que es el que encierra las más hermosas vasijas de oro cincelado. Y os entregaré además esa maravilla digna de los reyes llamada Tamacil, que, además de su belleza, posee el don del canto, y conoce todas las canciones de las ciudades y de los beduinos. Y os hará pasar días luminosos, y noches de azúcar y de bendición.
"En cuanto a mi salvación del subterráneo, ya os han contado esos mercaderes cómo expusieron su vida para sacarme de entre las manos de aquellos cristianos, ¡maldígalos Alah, a ellos y a su posteridad hasta el día del Juicio!"
Los dos hermanos, al oír esta historia, se alegraron hasta el límite de la alegría, pensando en todo aquello de que iban a apoderarse, singularmente en la joven Tamacil, de la cual decía la anciana que a pesar de su juventud era maestra en el arte de los placeres. Pero el visir Dandán había escuchado esta historia con mucha desconfianza, y si no se había levantado y se había ido, fué por respeto a los dos reyes, pues las palabras de aquel asceta extraño estaban muy lejos de convencerle. Pero de todos modos se calló, y no quiso decir nada por temor de engañarse.
Daul'makán quería salir inmediatamente a la cabeza de su ejército, pero la Madre de todas las Calamidades le disuadió, diciéndole: "Temo que Dequianos, el general de los frailes, se asuste al ver tanto soldado, y se escape del monasterio llevándose a la joven". Entonces Daul'makán mandó llamar al gran chambelán, al emir Rustem y al emir Bahramán, y les dijo: "Mañana, apenas amanezca, marcharéis contra Constantinia, donde no tardaremos en unirnos con vosotros. Tú, ¡oh gran chambelán! te encargarás del mando del ejército en lugar mío; tú, Rustem, sustituirás a mi hermano Scharkán; y tú, Bahramán, reemplazarás al gran visir. Y sobre todo, cuidad de que el ejército no sepa que estamos ausentes, pues nuestra ausencia no durará más que tres días".
Entonces Daul'makán, Scharkán y el visir eligieron cien guerreros entre los más valerosos y cien mulos cargados de cajones vacíos destinados a encerrar los tesoros del monasterio. Y llevando al frente a la Madre de todas las Calamidades, la maldita vieja a quien seguían tomando por un asceta amado de Alah, emprendieron el camino del monasterio. En cuanto al gran chambelán y las tropas musulmanas. . .
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, e interrumpió discretamente su relato.

Historia del monasterio

"Sabed que he permanecido mucho tiempo en los Santos Lugares, en compañía de hombres piadosos e ilustres, y vivía muy modestamente, sometiéndome a ellos, pues Alah el Altísimo me ha concedido el don de la humildad y la renunciación. Y hasta pensaba pasar el resto de mis días de la misma manera entre la tranquilidad y el cumplimiento de los deberes piadosos y la paz de una vida sin incidentes. Pero no contaba con el Destino.

"Una noche llegué a orillas del mar, que hasta entonces no había visto nunca, y sentí una fuerza irresistible que me impulsaba a andar por encima del agua. Me lancé a ello resueltamente, y con gran asombro mío me sostenía sobre el agua, sin hundirme y sin mojarme siquiera los pies desnudos. Y así estuve paseando por el mar, durante largo rato, después de lo cual me volví a la orilla. Entonces, maravillado de aquel don sobrenatural que poseía sin saberlo, me enorgullecí, y pensé: "¿Quién como yo puede andar por encima del agua? Apenas había formulado este pensamiento, Alah me castigó por mi orgullo, poniendo en mi corazón la afición a viajar. Y dejé los Santos Lugares. Y desde entonces vagué de aquí para allá, por toda la superficie de la tierra.
"Y hete aquí que un día en que viajaba por el país de los rumís, cumpliendo rigurosamente los deberes de nuestra santa religión, llegué a una alta montaña, en cuya cumbre hay un monasterio cristiano, que estaba bajo la guardia de un monje. Había yo conocido a este monje en los Santos Lugares, y se llamaba Matruna. Así es que apenas me hubo visto, acudió respetuosamente a mi encuentro, y me invitó a descansar. Pero el miserable maquinaba mi perdición, pues cuando entré en el monasterio me hizo seguir una larga galería, al final de la cual se abría una puerta en la oscuridad. Y de pronto me empujó al fondo de aquella oscuridad, tiró de la puerta y me encerró. Y me dejó allí cuarenta días sin darme de comer ni beber, queriendo matarme de hambre, por odio a mi religión.
"Mientras tanto llegó al monasterio de visita extraordinaria el general de los monjes que, según costumbre, iba acompañado de un séquito de diez monjes muy jóvenes y muy lindos, y de una muchacha tan hermosa como los diez monjes. Y esta muchacha iba vestida con un hábito de monje que le apretaba la cintura y hacía resaltar sus caderas y sus pechos. Sólo Alah sabe los horrores que perpetraba aquel jefe de monjes con aquella muchacha, que se llamaba Tamacil, y con sus compañeros los monjes jóvenes.
"El monje Matruna contó a su jefe mi encarcelamiento y mi tortura de cuarenta días de hambre. Y el jefe de los monjes, que se llama Dequianos, le mandó que abriera la puerta y que sacara mis huesos para tirarlos. Y decía: "¡Ese musulmán debe estar hecho a estas horas un esqueleto tan descarnado, que ni siquiera las aves de rapiña se querrán acercar a él!"
Entonces Matruna y los demás monjes abrieron la puerta, y me encontraron de rodillas, en actitud de rezar. Y al verme, el fraile Matruna exclamó: "¡Ah, qué maldito brujo! ¡Rompámosle los huesos!" Y todos se me echaron encima a palos y latigazos, de tal manera, que creí perecer. Y entonces comprendí que Alah me hacía sufrir aquellas pruebas para castigarme por mi vanidad pasada, pues me había hinchado de orgullo al ver que andaba sobre el agua, cuando no era más que un instrumento en manos del Altísimo.
"El caso es que cuando el monje Matruna y los otros jóvenes, hijos de perra, me hubieron puesto en aquel estado, me encadenaron y me volvieron a arrojar al subterráneo oscuro. Y allí habría muerto de hambre, si Alah no hubiera querido tocar en el corazón a la joven Tamacil, que vino secretamente a darme un pan de cebada y un cántaro de agua durante todo el tiempo que el general de los monjes estuvo en el monasterio. Y estuvo mucho tiempo allí, porque se encontraba tan a gusto que acabó por escogerlo como residencia habitual, y cuando se veía obligado a abandonarlo, dejaba en el monasterio a la joven Tamacil, guardada por el monje Matruna.
"De esta suerte permanecí encerrado allí durante cinco años. La joven Tamacil adquirió todo el esplendor de su hermosura y superaba a las muchachas más bellas de su tiempo. Y os puedo asegurar que ni en nuestro país ni en el país de los rumís hay otra igual. Pero no es ésta la única joya que encierra aquel monasterio: se han hacinado en él tesoros innumerables en oro, plata, alhajas y riquezas de todas clases, que superan a cualquier cálculo. Así es que debíais asaltar el monasterio y apoderaros de la joven y de los tesoros. Yo os serviré de guía para abriros los escondrijos y los armarios, especialmente el gran armario del general de los monjes, que es el que encierra las más hermosas vasijas de oro cincelado. Y os entregaré además esa maravilla digna de los reyes llamada Tamacil, que, además de su belleza, posee el don del canto, y conoce todas las canciones de las ciudades y de los beduinos. Y os hará pasar días luminosos, y noches de azúcar y de bendición.
"En cuanto a mi salvación del subterráneo, ya os han contado esos mercaderes cómo expusieron su vida para sacarme de entre las manos de aquellos cristianos, ¡maldígalos Alah, a ellos y a su posteridad hasta el día del Juicio!"
Los dos hermanos, al oír esta historia, se alegraron hasta el límite de la alegría, pensando en todo aquello de que iban a apoderarse, singularmente en la joven Tamacil, de la cual decía la anciana que a pesar de su juventud era maestra en el arte de los placeres. Pero el visir Dandán había escuchado esta historia con mucha desconfianza, y si no se había levantado y se había ido, fué por respeto a los dos reyes, pues las palabras de aquel asceta extraño estaban muy lejos de convencerle. Pero de todos modos se calló, y no quiso decir nada por temor de engañarse.
Daul'makán quería salir inmediatamente a la cabeza de su ejército, pero la Madre de todas las Calamidades le disuadió, diciéndole: "Temo que Dequianos, el general de los frailes, se asuste al ver tanto soldado, y se escape del monasterio llevándose a la joven". Entonces Daul'makán mandó llamar al gran chambelán, al emir Rustem y al emir Bahramán, y les dijo: "Mañana, apenas amanezca, marcharéis contra Constantinia, donde no tardaremos en unirnos con vosotros. Tú, ¡oh gran chambelán! te encargarás del mando del ejército en lugar mío; tú, Rustem, sustituirás a mi hermano Scharkán; y tú, Bahramán, reemplazarás al gran visir. Y sobre todo, cuidad de que el ejército no sepa que estamos ausentes, pues nuestra ausencia no durará más que tres días".
Entonces Daul'makán, Scharkán y el visir eligieron cien guerreros entre los más valerosos y cien mulos cargados de cajones vacíos destinados a encerrar los tesoros del monasterio. Y llevando al frente a la Madre de todas las Calamidades, la maldita vieja a quien seguían tomando por un asceta amado de Alah, emprendieron el camino del monasterio. En cuanto al gran chambelán y las tropas musulmanas. . .
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, e interrumpió discretamente su relato.

Pero cuando llegó la 97ª noche

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la vieja Madre de todas las Calamidades prosiguió de este modo: "En cuanto a mí, me marcho corriendo hasta los muros de Constantinia, y os enviaré refuerzos que os saquen de entre las manos de esos descreídos. ¡Fortaleced, pues, vuestra alma, y mientras llegan vuestros hermanos, calentad vuestros alfanjes con la sangre de los infieles, para ser grato al Supremo Señor de los ejércitos!" Y los dos hermanos besaron las manos del asceta, le dieron las gracias por su abnegación, y le dijeron: "¿Y cómo vas a salir de aquí, cuando nos cercan completamente los cristianos?" Pero la maldita vieja contestó: "¡Alah me ocultará a sus miradas! ¡Y aunque lograran verme, no me harán ningún daño, porque estaré entre las manos de Alah, que protege a sus verdaderos fieles y persigue a los impíos que le niegan!"

Entonces Scharkán dijo: "¡Tus palabras están llenas de verdad, santo asceta! Te he visto luchar heroicamente en medio del combate, y ninguno de esos perros se atrevía a acercarse a ti, ni siquiera a mirarte. Ahora sólo te falta salvarnos de entre sus manos, y cuanto antes marches para buscar auxilio, mejor será. He aquí la noche. ¡Parte a favor de sus tinieblas, bajo la égida de Alah el Altísimo!"

Entonces la maldita vieja trató de llevarse consigo a Daul'makán, para entregárselo a los enemigos. Pero el visir Dandán que desconfiaba de los manejos de aquel asceta, dijo a Daul'makán lo necesario para impedirlo. Y la maldita vieja tuvo que irse sola, echando miradas de odio al visir.

Respecto a la cabeza cortada del general cristiano, la vieja había mentido, pues no había hecho más que cortarle la cabeza después de muerto. El general cristiano había perecido en medio del combate, a manos de uno de los guerreros musulmanes. Y este guerrero musulmán había pagado su hazaña con la vida, pues apenas el jefe cristiano había entregado su alma a los demonios del infierno, los cristianos al ver muerto a su jefe por la lanza del musulmán, se precipitaron sobre él, lo acribillaron a estocadas y lo destrozaron. Y el alma de aquel creyente fué en seguida al Paraíso, entre las manos del Remunerador.

En cuanto a los dos reyes, el visir y los cuarenta y cinco guerreros, que habían pasado la noche en la gruta, se despertaron al amanecer, y cumplieron sus deberes religiosos matutinos, una vez hechas las abluciones prescritas. Después se sintieron reanimados para la lucha, y a la voz de Daul'makán se precipitaron como leones sobre una piara de cerdos. E hicieron una carnicería en sus numerosos enemigos; las espadas chocaban con las espadas, las lanzas con las lanzas, y las azagayas rasgaban las armaduras, pues los guerreros se arrojaron al combate como lobos sedientos de sangre. Y Scharkán y Daul'makán hicieron correr tantas olas de sangre, que el río se desbordó, y hasta desapareció el valle bajo los montones de cadáveres. De modo que a la caída de la noche...

En este momento de su narración, Schehrazada, vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 98ª noche

Ella dijo:

De modo que a la caída de la noche los combatientes tuvieron que separarse; y cada partido regresó a su campamento; y el campamento de los musulmanes seguía siendo aquel escondrijo de la caverna. Y una vez vueltos a la caverna, comprobaron que treinta y cinco de los suyos habían quedado en el campo de batalla, lo cual reducía su número a diez guerreros, además de los dos reyes y el visir, y los dejaba sin más defensa que sus excelentes aceros y el auxilio del Altísimo.

Y Scharkán no pudo menos que exhalar un gran suspiro, y exclamó: "¿Cómo lo haremos ahora?" Pero todos los creyentes le respondieron: "¡Sólo ocurrirá lo que Alah disponga!" Y Scharkán se pasó toda la noche sin dormir.

Pero al amanecer despertó a sus compañeros, y les dijo: "Compañeros, ya no somos más que trece, contando a mi hermano y a nuestro visir. Pienso que sería funesta una salida contra el enemigo, porque a pesar de nuestro valor, no podríamos resistir mucho tiempo a la jauría innumerable de nuestros enemigos, y ninguno de nosotros volvería con su alma. Por lo tanto, nos situaremos espada en mano a la entrada de la gruta, y retaremos al enemigo, y los podremos destrozar cuando entren, puesto que somos más fuertes que ellos. Y así los iremos diezmando, hasta que vengan los refuerzos que nos traerá el asceta.

Y todos contestaron: "Tu idea es excelente y vamos a desarrollarla". Y cinco de los guerreros salieron de la gruta, y desafiaron a gritos a los cristianos. En seguida, al ver que un destacamento de ellos avanzaba hacia aquel lugar, se metieron en la gruta y se apostaron a la entrada, en dos filas.

Y las cosas ocurrieron según había previsto Scharkán: cada vez que los cristianos querían franquear la entrada de la gruta, caían destrozados, y ninguno podía salir ya para avisar a los demás aquel peligro. De modo que este día la matanza de cristianos fué todavía mayor que los otros días, y no se interrumpió hasta que llegaron las tinieblas de la noche. Y así fué como Alah cegó a los impíos, para reconfortar el corazón de sus servidores.

Pero al día siguiente los cristianos celebraron consejo, y dijeron: "Esta lucha no acabará mientras no exterminemos hasta el último de los musulmanes. En vez de tomar esa gruta al asalto, cerquémosla bien con nuestros soldados, rodeémosla de leña y prendámosle fuego para quemarlos vivos. Y si al verse en este peligro se rindieran a discreción, los cogeremos cautivos y los arrastraremos hasta nuestro rey Afridonios de Constantinia. De otro modo los dejaremos convertirse en carbón, para alimentar el fuego del infierno, ¡Y ojalá Cristo los ahume y los maldiga a ellos, a sus descendientes y a su posteridad, y los convierta en alfombra para los pies de los cristianos!"

Y dicho esto, se apresuraron a hacinar leños alrededor de la gruta...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente aplazó su relato para el otro día.

Pero cuando llegó la 99ª noche

Ella dijo:

Se apresuraron a hacinar leños alrededor de la gruta hasta una altura enorme, y les prendieron fuego.

Los musulmanes acabaron por no poder resistir aquel calor, que aumentando cada vez más, terminó por echarlos, y formando una sola masa se precipitaron afuera todos, y rápidamente abrieron una brecha a través de las llamas. Pero ¡ay! al otro lado, cuando todavía les cegaba el fuego y el humo, los arrojó el Destino en manos de los enemigos, que quisieron darles muerte en seguida. Pero lo impidió el jefe de los cristianos, y les dijo: "¡Por Cristo! aguardemos a que estén en Constantinia, en presencia del rey Afridonios, que tendrá una gran alegría al verlos prisioneros. ¡Echémosles al cuello las cadenas, y arrastrémoslos detrás de nuestros caballos!"

Los amarraron fuertemente y los dejaron bajo la guardia de algunos guerreros. Después, para festejar aquella captura, el ejército cristiano se puso a comer y beber, y tanto bebieron, que hacia medianoche todos cayeron de espaldas como muertos.

Entonces Scharkán miró a su alrededor, vió aquellos cuerpos tendidos, y dijo a su hermano Daul'makán: "¿Encontraremos algún medio para salir de este mal paso?"

Y Daul'makán contestó: "¡Oh hermano mío! realmente no lo sé, porque henos aquí como pájaros en una jaula".

Y tal rabia le dió a Scharkán, y lanzó tan grande y desesperado suspiro, que aquel esfuerzo considerable hizo crujir y estallar las cuerdas que le ataban. Y al verse libre se puso en pie de un salto y corrió a desatar a su hermano y al visir. En seguida se acercó al jefe de la guardia cristiana, y le quitó las llaves de las cadenas con que estaban sujetos los diez soldados musulmanes, y los libertó también. Y sin perder tiempo, se armaron con las armas de los cristianos borrachos, se apoderaron de sus caballos, y se alejaron silenciosamente, dando gracias a Alah por su salvación.

Y galoparon hasta llegar a lo alto de la montaña, donde Scharkán mandó detenerse un momento, y dijo: "Ahora que con ayuda de Alah estamos seguros, os voy a comunicar una idea". Y todos preguntaron: "¿Cuál es esa idea?" Y dijo Scharkán: "Nos vamos a dispersar por la cumbre de esta montaña, y a gritar con todas nuestras fuerzas: "¡Alahú akbar!" Entonces resonarán las montañas, el valle y las rocas, y los impíos creerán que todo el ejército de los musulmanes se les viene encima, y aturdidos, se matarán unos a otros en medio de las sombras de la noche, y harán en sí mismos una gran carnicería hasta por la mañana".

Y todos obraron así, como había aconsejado Scharkán. Al oír aquellas voces que caían de las montañas, repercutidas mil veces en las tinieblas, los descreídos se levantaron asustados y se pusieron apresuradamente sus armaduras, gritando: "¡Por Cristo! ¡Todo el ejército musulmán está ahí!" Y enloquecidos se arrojaron unos sobre otros, e hicieron en sí mismos una gran carnicería, no cesando hasta por la mañana, cuando los musulmanes se alejaron rápidamente hacia Constantinia.

Y mientras Daul'makán, Scharkán, el visir y los guerreros seguían galopando, vieron levantarse ante ellos una polvareda muy densa...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 100ª noche

Ella dijo:
Vieron levantarse ante ellos una polvareda muy densa, y oyeron gritar: "¡Alahú akbar! ¡Alahú akbar!" Y a los pocos instantes vieron al ejército musulmán, con los estandartes desplegados, que avanzaba rápidamente hacia ellos. Y bajo los grandes estandartes en que estaban escritas las palabras de la fe: "¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es el profeta de Alah!", aparecieron a caballo, al frente de sus guerreros, los emires Rustem y Bahramán. Y detrás, como olas infinitas, avanzaban los guerreros musulmanes.
En cuanto los emires Rustem y Bahramán vieron al rey Daul'makán, echaron pie a tierra y fueron a prestarle homenaje. Y Daul'makán preguntó: "¿Qué hacen nuestros hermanos los musulmanes?" Y le contestaron: "Están perfectamente frente a los muros de Constantinia. Y nos envía el gran chambelán con 20.000 soldados para socorreros".
Entonces Daul'makán preguntó: "¿Y cómo habéis sabido el peligro que corríamos?" Y ellos dijeron: "Nos lo ha anunciado el venerable asceta, después de andar día y noche, para apremiarnos a fin de que viniésemos en seguida. Y ahora está junto al gran chambelán, y alienta a los creyentes a la lucha contra los infieles encerrados en Constantinia".
Los dos hermanos se alegraron muchísimo al saber estas noticias, dieron gracias a Alah porque el santo asceta había llegado sin contratiempo a Constantinia, y luego enteraron a los dos emires de cuanto había pasado desde su llegada al monasterio. Y les dijeron: "Ahora los infieles, después de haberse diezmado esta noche, estarán espantados al ver su error. Y sin darles tiempo para rehacerse, vamos a echarnos sobre ellos y a exterminarlos, y nos apoderaremos de todo el botín, con las riquezas que sacamos del monasterio".
Y todos los musulmanes, a las órdenes de Daul-makán y Scharkán, se precipitaron como un rayo desde la cumbre de la montaña, y cayeron sobre el campamento de los infieles, esgrimiendo la lanza y el alfanje. Y al fin de la jornada, no quedó ni un solo hombre entre los infieles que pudiese ir a contar el desastre a los que estaban encerrados tras de los muros de Constantinia.
Exterminados los cristianos, se apoderaron los musulmanes de todo el botín y de todas las riquezas, y descansaron aquella noche, celebrando el triunfo y dando gracias a Alah por sus beneficios.
Y al llegar al mañana, Daul'makán dijo a los jefes del ejército: "Marchemos inmediatamente a Constantinia para unirnos al gran chambelán, que sitia la ciudad con un número muy reducido de fuerzas. Pues si los sitiados supieran que estamos aquí, harían una salida, convencidos de cuán inferiores son a ellos en número los musulmanes, y esta salida sería muy funesta para nuestros hermanos.
Y levantaron el campo, marchando apresuradamente hacia Constantinia, mientras Daul'makán, para animar a sus guerreros, improvisó las siguientes estrofas:
¡Oh Señor! No te ofrezco mi alabanza, puesto que eres la gloria y la alabanza, y no has dejado de llevarme de la mano por el camino difícil.
Me diste la riqueza y los bienes, me concediste con tu gracia un trono, y has armado mi brazo con la poderosa espada de las victorias.
Me entregaste un imperio cuya sombra es considerable, y me has colmado con el exceso de tu generosidad.
Me sostuviste siendo extranjero, en los países extranjeros, y fuiste mi fiador cuando estaba tan oscurecido entre los desconocidos.
¡Gloria a Ti! Has adornado mi frente con tu triunfo, hemos aplastado con tu ayuda a los rumís, que niegan tu poder, y los hemos perseguido como a rebaño en dispersión.
¡Gloria a ti! Pronunciaste contra las filas de los impíos la palabra de tu ira, y helos aquí, para siempre ebrios, no con la fermentación generosa de los vinos, sino con la copa de la muerte.
¡Y si algunos de los creyentes cayeron en la batalla, han logrado la inmortalidad y están sentados bajo las frondas felices del Paraíso, a orillas del río de miel perfumada!
Cuando Daul'makán acabó de recitar estos versos, durante la marcha de las tropas, se vió a lo lejos una polvareda negra, que al aproximarse...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 101ª noche

Ella dijo:
Se vió a lo lejos una polvareda negra, que al aproximarse dejó aparecer a la Madre de todas las Calamidades, siempre bajo el aspecto de un asceta. Y todos se apresuraron a besarle las manos. Y ella llorando les dijo:
"¡Sabed la desdicha, oh pueblo de los creyentes! ¡Y sobre todo, apresurad la marcha! ¡Vuestros hermanos han sido atacados de improviso en sus tiendas por fuerzas considerables de los sitiados, y están en completa derrota. ¡Corred, pues, en su ayuda, pues de otro modo no encontraréis ni rastro del chambelán y sus guerreros!"
Daul'makán y Scharkán sintieron que el corazón se les desgarraba a fuerza de palpitaciones, y en el colmo de la consternación se arrodillaron delante del santo asceta, y le besaron los pies. Y todos los guerreros lanzaron amargas exclamaciones de dolor.
Pero no obró de este modo el gran visir Dandán, pues fué el único que no bajó del caballo, ni besó los pies ni las manos del asceta. Y en alta voz, y delante de todos los jefes, dijo: "¡Por Alah! ¡Oh musulmanes! mi corazón siente una invencible aversión hacia ese extraño asceta y pienso que es uno de los réprobos que están desterrados de la puerta de la misericordia divina! ¡Rechazad a ese brujo maldito! ¡Creed al anciano compañero del difunto rey Omar Al-Nemán! ¡Despreciad a ese réprobo y apresurémonos a ir a Constantinia!"
Pero Scharkán dijo al visir: "Aleja de tu espíritu esas sospechas equivocadas. Bien se conoce que no viste, como yo lo he visto, a ese santo asceta excitar el valor de los musulmanes durante la pelea y afrontar sin temor las espadas y las lanzas. Procura pues, no calumniar a este santo, porque ya sabes cuán censurable es la maledicencia y el ataque dirigido contra todo hombre de bien. Y advierte que si no le ayudase Alah, no tendría esa fuerza ni esa resistencia, ni lo habría salvado de los tormentos del subterráneo".
Y dichas estas palabras mandó Scharkán que diesen al asceta una hermosa mula suntuosamente enjaezada. Y le dijo: "Monta en esa mula, ¡oh padre! el más santo de los ascetas". Pero la vieja maldita exclamó:
"¿Cómo no he de ir a pie cuando los cadáveres de nuestros hermanos yacen insepultos al pie de las murallas de Constantinia?" Y no quiso montar en la mula, y se metió entre los soldados, pasando por entre infantes y jinetes como el zorro que busca una presa. Y no dejaba de recitar en alta voz los versículos del Corán ni de rezar al Clemente, hasta que por fin se vió venir a los restos del ejército que mandaba el chambelán.
Daul'makán quiso conocer aquel desastre, y el gran chambelán, con el alma atormentada, le contó cuanto había ocurrido.
Todo lo había combinado la maldita Madre de todas las Calamidades. Cuando los emires Rustem y Bahramán marcharon a socorrer a Daul'makán y a Scharkán, quedó muy reducido el ejército que acampaba al pie de los muros de Constantinia. Y el chambelán se guardó muy bien de hablar de ello a sus soldados, temiendo que hubiera un traidor entre éstos. Pero la vieja, que sólo aguardaba aquella ocasión, corrió en seguida hacia los sitiados, llamó a uno de los jefes que estaban en las murallas, y le dijo que le alargase una cuerda, a la que ató una carta escrita por su mano. Y decía así:
"Esta carta de la astuta y terrible Madre de todas las Calamidades, la plaga más espantosa de Oriente y Occidente, va dirigida al rey Afridonios, al cual Cristo tenga en su gracia".
Y en seguida:
"Sabe, ¡oh rey! que la tranquilidad va a reinar en adelante en tu corazón, pues he combinado una estratagema que es la pérdida definitiva de los musulmanes. Al rey Daul'makán, su hermano Scharkán y el visir Dandán los tengo prisioneros después de haber destruido la tropa con que saquearon el monasterio del monje Matruna. Y ahora he logrado debilitar a los sitiadores haciendo que envíen los dos tercios de su ejército en socorro de los otros, y estos refuerzos serán destruidos seguramente por el ejército victorioso de los soldados de Cristo.
"Por lo tanto, sólo te falta hacer una salida en masa contra los sitiadores, atacarlos en su campamento, quemar sus tiendas, y hacerlos pedazos hasta el último, lo cual te será fácil con la ayuda de Cristo Nuestro Señor y su madre la Virgen. ¡Y ojalá me remuneren algún día por el bien que hago a toda la cristiandad!"

Al leer esta carta el rey Afridonios experimentó una gran alegría, e inmediatamente mandó llamar al rey Hardobios, que había ido a encerrarse en Constantinia con el contingente de sus tropas de Kaissaria, y le leyó la carta de la Madre de todas las Calamidades...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 102ª noche


Y le leyó la carta de la Madre de todas las Calamidades. Entonces el rey Hardobios llegó al límite más extremo del entusiasmo, y exclamó: "¡Admira, ¡oh rey! los ardides maravillosos de mi nodriza la Madre de todas las Calamidades! ¡Nos ha sido más útil que las armas de nuestros guerreros! ¡Su mirada, lanzada ahora contra nuestros enemigos, produce más terror que todos los demonios del infierno en el terrible día del Juicio!" Y el rey Afridonios respondió: "¡Ojalá nunca nos prive Cristo de esa mujer inestimable! ¡Y ojalá centuplique sus ardides y sus estratagemas!"
Después mandó a los jefes que avisaran a los soldados la hora del ataque. Y los guerreros afluyeron de todos sitios, afilaron las espadas e invocaron la cruz, juraron, blasfemaron, se movieron y aullaron. Y por último, salieron por la puerta principal de Constantinia.
Al verlos avanzar en orden de batalla y con la espada desnuda, comprendió el chambelán el gran peligro que les amenazaba, y reunió en seguida a sus soldados, y les dijo: "¡Oh musulmanes! poned vuestra confianza en vuestra fe. Si retrocedéis, estáis perdidos; pero si resistís firmemente, triunfaréis.
¡El valor, no es más que la paciencia de un momento! ¡No hay cosa, por angosta que sea, que no pueda ensancharla Alah! ¡Pido al Altísimo que nos bendiga y os mire con ojos clementes! "
Cuando los musulmanes oyeron estas palabras, su valor ya no conoció límites, y gritaron todos: "¡No hay más Dios que Alah!" Y por su parte los cristianos, a la voz de sus sacerdotes y sus monjes, invocaron a Cristo, la cruz y el cíngulo. Y entremezclándose estos gritos, vinieron los ejércitos a las manos, la sangre corrió a oleadas, y las cabezas volaron de los cuerpos. Entonces los ángeles buenos se pusieron del lado de los creyentes, y los ángeles malos abrazaron la causa de los descreídos; y se vió dónde estaban los cobardes y dónde estaban los intrépidos.
Los héroes brincaban en medio de la lucha. Y unos mataban, y otros caían derribados de las sillas. Y la batalla se hizo sangrienta, alfombrando el suelo los cadáveres, hacinándose hasta la altura de los caballos. ¿Pero qué podía el heroísmo de los creyentes contra el insuperable número de los malditos rumís? Así es que al caer la noche fueron rechazados los musulmanes, y saqueadas sus tiendas, cayendo su campamento en poder de la gente de Constantinia.
Entonces, en plena derrota, encontraron al ejército victorioso del rey Daul'makán, que volvía del valle después de haber destrozado a los cristianos del monasterio.
Y Scharkán llamó al chambelán, y ante todos los jefes reunidos le felicitó por su firmeza en la resistencia, por su prudencia en la retirada y por su paciencia en la derrota. Y todos los guerreros musulmanes, reunidos ahora en una sola masa, clamaban venganza, y avanzaron contra Constantinia con los estandartes desplegados.
Cuando los cristianos vieron aproximarse aquel ejército formidable sobre el cual ondeaban las banderas con las palabras de la fe, se lamentaron e invocaron a Cristo, a Mariam, a Hanna y a la cruz, y rogaron a sus patriarcas y a sus malos sacerdotes que intercedieran por ellos cerca de sus santos.
Mientras tanto, el ejército musulmán había llegado al pie de los muros de Constantinia y se preparaba para el combate.
Y Scharkán adelantó hacia su hermano, y le dijo: "¡Oh rey del tiempo! puesto que los cristianos no rehusarán la lucha, que es lo que deseo con toda mi alma, quisiera exponerte mi plan". Y el rey dijo: "¿Y cuál es ese plan que deseas expresar, ¡oh tú que posees las ideas admirables!?" Y Scharkán dijo: "La mejor disposición para la batalla es colocarme en el centro, precisamente ante el frente del enemigo; el gran visir mandará el centro derecho, el emir Torkash el centro izquierdo, el emir Rustem el ala derecha y el emir Bahramán el ala izquierda. Y tú quedarás bajo la protección del gran estandarte para vigilar los movimientos, pues eres nuestra columna y nuestra única esperanza después de Alah. ¡Y todos nosotros te serviremos de muralla!"
Daul'makán dió las gracias a su hermano por su abnegación, y dispuso que se ejecutara su plan.
Pero he aquí que de entre las filas de los rumís se destacó un jinete, que avanzó rápidamente hacia los musulmanes. Y cuando estuvo cerca se le vió cabalgar sobre una ligera mula, cuya silla era de seda blanca cubierta con un tapiz de Cachemira. El jinete era un arrogante anciano de barbas blancas y de aspecto venerable, envuelto en un manto de lana blanca. Se acercó al sitio en que estaba Daul'makán, y dijo: "Vengo hacia vosotros para traeros un mensaje. Como soy un embajador, y el embajador debe estar amparado por la neutralidad, otorgadme el derecho a hablar sin que me molesten, y os comunicaré mi misión".
Entonces Scharkán le dijo: "Estás bajo nuestra salvaguardia". El mensajero se apeó, se quitó la cruz que pendía de su cuello, se la entregó al rey, y dijo: "Vengo hacia vosotros de parte del rey Afridonios, que ha atendido mis consejos para terminar esta guerra desastrosa que aniquila tanta criatura hecha a imagen de Dios. Vengo a proponeros que se ponga término a esta guerra con un combate singular entre el rey Afridonios y el príncipe Scharkán, jefe de los guerreros musulmanes".
Oídas estas palabras, Scharkán dijo: "¡Oh anciano! vuelve junto al rey de los rumís, y dile que Scharkán, campeón de los musulmanes, acepta la lucha. Y mañana por la mañana, en cuanto hayamos descansado de esta larga marcha, chocarán nuestras armas. Y si soy vencido, nuestros guerreros tendrán que buscar su salvación en la fuga".
Entonces el anciano regresó junto al rey de Constantinia y le trasmitió la respuesta. Y el rey estuvo a punto de volar de alegría al enterarse, pues estaba seguro de matar a Scharkán, y había tomado todas sus disposiciones para ello. Y pasó aquella noche comiendo, y bebiendo, y rezando, y diciendo oraciones.
Cuando llegó la mañana, avanzó a caballo de un alto corcel de batalla. Vestía una cota de malla de oro, en el centro de la cual brillaba un espejo enriquecido con pedrería; llevaba en la mano un sable grande y corvo, y se había echado al hombro un arco fabricado al estilo occidental: Y cuando estuvo muy cerca de las filas musulmanas, se levantó la visera, y gritó:
"¡Heme aquí! ¡El que sabe quién soy, debe saber a qué atenerse; y el que ignora quién soy, me conocerá muy pronto! ¡Oh vosotros todos! ¡Soy el rey Afridonios, cuya cabeza está cubierta de bendiciones!"
Pero no había acabado de hablar, cuando apareció frente a él el príncipe Scharkán, montando un hermoso caballo que valía más de mil monedas de oro rojo, y cuya silla era de brocado, bordada con perlas y pedrerías. Llevaba en la mano una espada india nielada de oro, cuya hoja era capaz de cortar el acero y de nivelar todas las cosas.
Llevó su caballo hasta muy cerca del de Afridonios, y gritó:
"¡Guárdate, miserable! ¿Me tomas por uno de esos jovencillos de piel de doncella, cuyo sitio está más bien en el lecho de las prostitutas que en el campo de batalla? ¡He aquí mi nombre, maldito rumí!"
Y haciendo girar la espada, asestó un tremendo golpe a su adversario, que sólo se pudo resguardar haciendo dar una vuelta a su caballo. Después se lanzaron el uno contra el otro, semejando dos montañas que chocaran o dos mares que se desplomasen. Y se alejaban y se acercaban para separarse y volver a acercarse otra vez. Y no dejaban de darse golpes y pararlos. Todo esto a la vista de los dos ejércitos, que tan pronto voceaban la victoria para Scharkán como para el rey de los rumís. Y así siguieron hasta la puesta del sol, sin ningún resultado.
Pero cuando el astro iba a desaparecer, el rey Afridonios gritó súbitamente a Scharkán:
"¡Por Cristo! ¡Mira hacia atrás, campeón de la derrota, héroe de la fuga! ¡He aquí que te traen un caballo de refresco para que luches ventajosamente contra mí, que conservo el mío! ¡Esa es costumbre de esclavos y no de guerreros! ¡Por Cristo! ¡Vales menos que un esclavo!"
Al oír estas palabras, Scharkán, en el colmo de la rabia, se volvió para ver qué caballo era aquel de que le hablaba el cristiano; y no vió ninguno. Aquello era un ardid del maldito cristiano, que aprovechándose de aquel movimiento, que dejaba a Scharkán a merced suya, blandió la azagaya y se la tiró a la espalda.
Entonces Scharkán exhaló un grito terrible, un solo grito, y cayó sobre el arzón de la silla. Y el maldito Afridonios, dejándole por muerto, lanzó su grito de victoria, grito de traición, y galopó hacia las filas de los cristianos.
Pero en cuanto los musulmanes vieron caer a Scharkán con la cara contra el arzón de la silla, acudieron a socorrerle, y los primeros que llegaron hasta él fueron...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como de costumbre, interrumpió su relato.

Pero cuando llegó la 103ª noche

Ella dijo:
Los primeros que llegaron hasta él fueron el visir Dandán y los emires Rustem y Bahramán. Lo levantaron en brazos, y se apresuraron a llevarle a la tienda de su hermano, que había llegado al límite más extremo del dolor y de la indignación, clamando por vengarse. En seguida llamaron a los médicos, y se les confió a Scharkán. Y todos los presentes rompieron en sollozos, y pasaron la noche alrededor de la cama en que estaba tendido el héroe, que seguía desmayado.
Por la mañana llegó el santo asceta, entró donde estaba el herido, leyó sobre su cabeza algunos versículos del Corán y le impuso las manos. Entonces Scharkán exhaló un prolongado suspiro y abrió los ojos.
Sus primeras palabras fueron para dar gracias al Clemente, que le permitía vivir. Después se volvió hacia su hermano Daul'makán, y le dijo: "El maldito me ha herido a traición. Pero gracias a Alah, la herida no es mortal. ¿En dónde está el santo asceta?"
Y Daul'makán dijo: "Helo ahí, a tu cabecera". Entonces Scharkán cogió las manos del asceta y las besó. Y el asceta hizo votos' por su curación, y le dijo: "¡Hijo mío, sufre con paciencia tus males y serás recompensado por el Remunerador! "
Daul'makán, que había salido un momento, volvió a la tienda, besó a su hermano Scharkán y las manos del santo, y dijo: "¡Oh hermano mío! ¡Que Alah te proteja! ¡He aquí que voy a vengarte, pues voy a matar a ese traidor, a ese perro hijo de perro, rey de los rumís".
Y Scharkán quiso detenerle, pero fué en vano. El visir, los dos emires y el chambelán se ofrecieron a ir a matar al traidor, pero ya Daul'makán había saltado sobre su caballo, y gritaba: "¡Por el pozo de Zámzam! ¡Yo solo he de castigar a ese perro!" Y sacó su caballo a mitad del meidán, y al verle se le habría tomado por el mismo Antar en medio de la pelea, cabalgando en su caballo negro, más veloz que el viento y los relámpagos.
Por su parte, el traidor Afridonios había lanzado su caballo al meidán. Y los dos campeones chocaron, buscando uno y otro darse el golpe decisivo, pues la lucha no podía terminar esta vez más que con la muerte. Y la muerte acabó por herir al maldito traidor, pues Daul'makán, cuyas fuerzas centuplicaba el deseo de venganza, después de algunos ataques infructuosos, acabó por alcanzar a su enemigo, y de un solo tajo le hendió la visera, la piel del cuello y la columna vertebral, e hizo volar su cabeza lejos del cuerpo.
Y al verlo los musulmanes se precipitaron como el rayo sobre las filas de los cristianos, e hicieron una matanza, pues hasta la caída de la noche sucumbieron cincuenta mil rumís. Pero los descreídos pudieron volver a favor de las tinieblas a Constantinia, y cerraron las puertas, para que los musulmanes victoriosos no pudiesen penetrar en la ciudad. Y así fué como Alah otorgó la victoria a los guerreros de la fe.
Los musulmanes volvieron entonces a sus tiendas cargados con los despojos de los rumís, y los jefes felicitaron al rey Daul'makán, que dió las gracias al Altísimo por la victoria. Después marchó el rey junto al lecho de su hermano, y le anunció la buena nueva. Y Scharkán sintió que su corazón se desbordaba de alegría, y dijo a su hermano: "Sabe, ¡oh hermano! que la victoria no se debe más que a las oraciones de este santo asceta, que durante la batalla no ha cesado de invocar al cielo y de pedir sus bendiciones para los guerreros creyentes".
Pero la maldita vieja, al saber la muerte del rey Afridonios y la derrota de su ejército, cambió de color; su tez amarilla se puso verde, y el llanto la ahogaba. Sin embargo, consiguió dominarse, y dió a entender que aquellas lágrimas eran causadas por la alegría que le producía la victoria de los musulmanes. Y maquinó la peor de las maquinaciones para abrasar de dolor el corazón de Daul'makán.
Aquel día aplicó, como de costumbre, las pomadas y los ungüentos a las heridas de Scharkán, le curó con el mayor cuidado, y pidió que saliera todo el mundo, para dejarlo dormir tranquilamente. Entonces todos salieron, y dejaron a Scharkán con el miserable asceta.
Cuando Scharkán estuvo completamente sumido en el sueño...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, se calló hasta el otro día.

Pero cuando llegó la 104ª noche

Ella dijo:
Cuando Scharkán estuvo completamente sumido en el sueño, la horrible vieja, que le acechaba como una loba feroz, o como una víbora de las peores, se puso de pie, se deslizó traidoramente hasta cerca de la cabecera, y sacó de entre las ropas un puñal emponzoñado con un veneno tan terrible, que sólo con ponerlo sobre el granito lo habría derretido. Y levantó el puñal con su mano calamitosa, y descargándolo bruscamente contra el cuello de Scharkán, le separó la cabeza del tronco. Y así murió, por la fuerza de la fatalidad y por las maquinaciones de Eblis, encarnado en aquella maldita vieja, el que fué el campeón de los musulmanes, el incomparable héroe Scharkán, hijo de Omar AlNemán.
Y satisfecha su venganza, la vieja dejó junto a la cabeza cortada una carta que decía:
"Esta carta es de la noble Schauahi, la cual, a causa de sus hazañas, es conocida con el nombre de Madre de todas las Calamidades, y va dirigida a los musulmanes que se hallan ahora en el país de los cristianos.
”Sabed, ¡oh todos vosotros! que yo y nadie más que yo tuvo la alegría de suprimir en otro tiempo a vuestro rey Omar Al-Nemán, en medio de su palacio. Y yo soy la que ha causado vuestra derrota y vuestro exterminio en el valle del monasterio. Yo soy la que con su propia mano ha cortado la cabeza a vuestro jefe Scharkán. ¡Y espero que, con la ayuda del cielo, cortaré también la cabeza a vuestro rey y a su visir Dandán!
"Reflexionad ahora vosotros si os conviene permanecer más en nuestro país o regresar al vuestro. ¡Sabed que no lograréis jamás vuestros fines, pues por mi brazo y mis estratagemas, y gracias a Cristo, nuestro Señor, pereceréis hasta el último, al pie de los muros de Constantinia !"
Y habiendo dejado esta carta, se deslizó fuera de la tienda y marchó a Constantinia para enterar a los cristianos relatándoles sus fechorías. Después fué a la iglesia, y se puso a rezar y llorar por la muerte del rey Afridonios, y dió las gracias al diablo por la muerte del príncipe Scharkán.
Pero he aquí que a la misma hora en que se cometía el asesinato del príncipe, el visir Dandán, no pudiendo dormir y sintiéndose inquieto, como si todo el mundo se desplomase sobre él, se decidió a levantarse de la cama y a salir de su tienda. Y mientras se paseaba, vió al asceta que se alejaba rápidamente del campamento. Y entonces pensó: "El príncipe estará solo; voy a velar junto a él si duerme, o a hablar con él si está despierto".
Y cuando llegó a la tienda, lo primero que vió fué un gran charco de sangre en el suelo, y después, en el lecho, el cuerpo y la cabeza de Scharkán asesinado.
Y lanzó un grito tan terrible, que despertó a todos, y puso en pie a todo el campamento, y a todo el ejército, y también al rey Daul'makán, que acudió inmediatamente a la tienda. Y al ver al visir Dandán que lloraba junto al cuerpo sin vida de su hermano, exclamó: "¡Ya Alah!" Y cayó sin conocimiento...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 105ª noche

Ella dijo:
Y cayó sin conocimiento. Entonces acudieron el visir y los emires, y le hicieron aire con los ropones. Y Daul'makán acabó por volver en sí, y exclamó: "¡Oh mi hermano Scharkán! ¡Oh el más grande de los héroes! ¿Qué maldito demonio te ha puesto en este irremediable estado?" Y se echó a llorar, y con él lloraban también el visir, los emires y el gran chambelán.
De pronto, el visir Dandán vió la carta, se apoderó de ella, y la leyó al rey delante de todos los presentes. Y dijo: "¡Oh rey! ¡He aquí explicada la repulsión que sentía ante ese asceta maldito!"
Y entonces el rey, sin dejar de llorar, exclamó: "¡Por Alah! que he de coger a esa vieja, y con mis propias manos le anegaré la vagina con plomo derretido, y he de clavarle en el trasero un poste afilado. ¡Después la arrastraré por los pelos y la clavaré viva en la puerta principal de Constantinia!"
En seguida dispuso unos grandes funerales en memoria de su hermano Scharkán. Y la comitiva le siguió llorando con todas las lágrimas de sus ojos, y fueron a sepultarlo al pie de una colina, bajo una gran cúpula de mármol y de oro.
Después, durante largos días, siguió llorando, y tanto lloró, que llegó a ser la sombra de sí mismo. Y el visir Dandán, reprimiendo su propio dolor, fué a buscarle, y le dijo: "¡Oh rey! procúrate un bálsamo para tu dolor y sécate los ojos. ¿No sabes que tu hermano está entre las manos del Justo Remunerador? Y además, ¿de qué sirve todo ese duelo por lo que es irreparable, y cuando toda cosa está escrita para suceder a su tiempo? Levántate, ¡oh rey! y coge de nuevo tus armas; y pensemos en apresurar el sitio de esta ciudad de infieles. ¡Será el mejor medio de vengarnos!"
Y mientras el visir animaba de este modo al rey, llegó un correo de Bagdad portador de una carta de Nozhatú a su hermano Daul'makán. Y esta carta decía en concreto lo siguiente:
"Te anuncio, ¡oh hermano mío! la buena nueva.
"Tu esposa, la joven esclava que dejaste preñada, acaba de parir con salud un niño varón, tan luminoso como la luna en el mes de Ramadán. Y me ha parecido muy bien llamarme Kanmakán (el que fue lo que fue).
"Ahora bien; los sabios y los astrónomos predicen que este niño realizará cosas memorables, por los muchos prodigios y maravillas que han acompañado a su nacimiento."Con este motivo no he dejado de rezar y hacer votos en todas las mezquitas por ti, por el niño y por tu triunfo contra los enemigos. "Te anuncio asimismo que gozamos de completa salud, especialmente tu amigo el encargado del hammam, que está en el límite de la satisfacción y la paz, y desea ardientemente, como nosotros, tener noticias tuyas.
"Aquí este año las lluvias han sido abundantes, y las cosechas se anuncian como excelentes.
"¡Y que la paz y la seguridad sean contigo y a tu alrededor!"
Cuando Daul'makán hubo leído esta carta, respiró ampliamente, y exclamó: "Ahora, ¡oh visir! que Alah me ha favorecido- con mi hijo Kanmakán, mi duelo se atenúa y mi corazón vuelve a empezar a vivir. Así es que tenemos que pensar en celebrar dignamente el término de este luto, según nuestras costumbres". Y el visir dijo: "La idea es muy justa". Y mandó levantar tiendas alrededor de la tumba de Scharkán, y en ellas se colocaron los lectores del Corán y los imanes. Se inmoló un gran número de carneros y de camellos, y su carne se repartió entre los soldados. Y se pasaron aquella noche rezando y recitando el Corán. Pero por la mañana, Daul'makán avanzó hacia la tumba del príncipe Scharkán, tapizada con telas preciosas de Persia y Cachemira, y ante todo el ejército...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente se calló hasta el otro día.

Pero cuando llegó la 106ª noche

Ella dijo:
Daul'makán avanzó hacia la tumba del príncipe Scharkán, tapizada con telas preciosas de Persia y Cachemira, y delante de todo el ejército vertió abundantes lágrimas, e improvisó estas estrofas en memoria del difunto:
¡Oh Scharkán! ¡Oh hermano mío! he aquí que las lágrimas han escrito en mis mejillas, para todas las miradas que los lean, renglones más dolorosos y más elocuentes que los versos más sentidos, ¡oh hermano!
Detrás de tu féretro, ¡oh Scharkán! marcharon llorando todos los guerreros. Y lanzaban gritos de dolor tan desgarrados como el grito de Muza en el Jabal-Tor.
Y llegamos todos en tu tumba, cuya fosa es más honda en el corazón de tus soldados que en la tierra en que reposas, ¡oh hermano mío!
¡Ay de mí, oh Scharkán! ¿Cómo podía suponer que había de verte bajo el sudario en las parihuelas, y a hombros de los portadores?
¿En dónde estás, astro de Scharkán? ¿En dónde estás, astro querido, cuya claridad deslumbraba a todas las estrellas de los cielos?
¡El abismo infinito de tu tumba,!oh joya preciada! Está iluminado por la claridad que le prestas en el seno de nuestra última madre, hermano mío!
¡Y hasta el sudario que te cubre, los pliegues de tu sudario, tomaron vida al contacto tuyo y se extendieron como alas para cobijarte!
Y recitadas estas estrofas, rompió en llanto el rey, y con él todo el ejército. Entonces avanzó el visir Dandán, se arrojó sobre la tumba, la besó, y con voz ahogada por las lágrimas, recitó estos versos:
Acabas de cambiar sabiamente las cosas perecederas por las inmortales. Seguiste el ejemplo de tus antecesores en la muerte.
Has emprendido el vuelo hacia las alturas, allí donde las rosas forman alfombras perfumadas bajo los pies de las huríes. ¡Ojalá te deleites allí con todas las cosas nuevas!
¡Quiera el Dueño del Trono iluminado reservarte el mejor sitio de su paraíso, y poner al alcance de tus labios los goces reservados a los justos de la tierra!
Y así fué como terminó el luto por Scharkán.

viernes, agosto 04, 2023

9.0 P2 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán - Segunda parte

Esta historia está compuesta de 

9.0 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán (de la noche 78 a la 95)
       9.1 Palabras de la primera joven (079)
       9.2 Palabras de la segunda joven (080 a 081)
       9.3 Palabras de la tercera joven (081)
       9.4 Palabras de la cuarta joven (081 – 082)
       9.5 Palabras de la quinta joven (082 – 083)
       9.6 Palabras de la anciana (083 – 084)




Ir a la primera parte


Pero cuando llegó la 89ª noche

Ella dijo:
"Y ni el mismo Cheitán, con todas sus malicias, podrá desenredar los hilos en que voy a coger a nuestros enemigos. Y he aquí el plan que hay que seguir para aniquilarlos:
"Envía por mar cincuenta mil guerreros, que desembarquen al pie de la Montaña Humeante, donde acampan los musulmanes. Y envía por tierra a todo el resto del ejército, y de este modo se verán cercados por todas partes, y ninguno de ellos podrá escapar".
Y el rey Afridonios dijo: "Verdaderamente, tu idea es una gran idea, ¡oh reina de las ancianas e inspiradora de las más sapientes!" Y aceptó el plan, y lo puso en ejecución en seguida.
Y los navíos se dieron a la vela, y desembarcaron al pie de la Montaña Humeante los guerreros, que se apostaron silenciosamente detrás de las altas rocas. Y por tierra avanzó él resto del ejército, que no tardó en llegar frente al enemigo.
Las fuerzas combatientes eran éstas: el ejército musulmán de Bagdad y el Khorassán comprendía ciento veinte mil jinetes mandados por Scharkán. Y el ejército de los impíos cristianos se elevaba a seiscientos mil combatientes. Así es que cuando cayó la noche sobre las montañas y las llanuras, la tierra parecía una hoguera, con todos los fuegos que la alumbraban.
En aquel momento, el rey Afridonios y el rey Hardobios reunieron a sus emires y a sus jefes de ejército, y resolvieron dar la batalla al día siguiente: pero la Madre de todas las Calamidades, que los escuchaba, se levantó y dijo:
"Las batallas sólo pueden tener resultados funestos cuando las almas no están santificadas. ¡Oh guerreros cristianos! antes de luchar tenéis que aproximaros al Cristo y purificaron con el supremo incienso de las defecaciones patriarcales".
Y todos contestaron: "Benditas sean tus palabras, ¡oh venerable madre!"
Pero he aquí en qué consistía este supremo incienso de las defecaciones patriarcales:
Cuando el gran patriarca de Constantinia hacía sus defecaciones, los sacerdotes las recogían cuidadosamente en toallas de seda y las secaban al sol. Después las mezclaban con almizcle, ámbar y benjuí, pulverizaban la pasta, completamente seca, la metían en cajitas de oro, y la mandaban a todas las iglesias y a todos los reyes cristianos. Y este polvo de las defecaciones patriarcales servía de incienso supremo para santificar a los cristianos en todas las ocasiones solemnes, especialmente para bendecir a los recién casados, para fumigar a los recién nacidos y bendecir a los nuevos sacerdotes.
Pero como las defecaciones del gran patriarca apenas bastaban por sí solas para diez provincias, y no podían servir para tantos usos en todos los países cristianos, los sacerdotes tenían que falsificar aquel polvo mezclándolo con otras materias fecales menos santas, como por ejemplo, las de los otros patriarcas menores y las de los vicarios.
Hay que tener en cuenta que era muy difícil distinguirlas. Por consiguiente, aquel polvo era muy estimado a causa de sus virtudes, pues aquellos sucios griegos, además de las fumigaciones, lo empleaban en colirios para las enfermedades de los ojos y en estomaquicos para los intestinos. Y éste era el tratamiento a que se sometían los reyes y las reinas más grandes. Todo esto contribuía a que su precio fuese tan elevado, que el peso de un dracma se vendiera en mil dinares de oro. Y he aquí lo relativo al incienso de las defecaciones patriarcales...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 90ª noche

Ella dijo:
He aquí lo relativo al incienso de las defecaciones patriarcales. Pero en cuanto al rey Afridonios y a los cristianos, véase lo que ocurrió: Al llegar la mañana, el rey Afridonios, siguiendo el consejo de la Madre de todas las Calamidades, reunió a los jefes principales de su ejército y a todos sus tenientes, les hizo besar una gran cruz de madera, y los fumigó con el incienso supremo ya descrito y que estaba fabricado con defecaciones auténticas del gran patriarca, sin falsificación alguna. Así es que su olor era tan fuerte, que habríase matado a un elefante de los ejércitos musulmanes, pero aquellos puercos griegos ya estaban acostumbrados a él.
Entonces la Madre de las Calamidades se levantó y dijo: "¡Oh rey! antes de dar la batalla a esos descreídos, es necesario, para asegurar nuestra victoria, que nos deshagamos del príncipe Scharkán, que es el Cheitán hecho hombre y manda todo el ejército. El es quien guía a los soldados y el que les da valor. Muerto él, caerá fácilmente en nuestras manos el ejército musulmán. Enviémosle, pues, el guerrero más valeroso de nuestros guerreros, para que lo desafíe a combate singular y lo mate".
Cuando el rey Afridonios oyó estas palabras, mandó llamar en seguida al famoso guerrero Lucas, hijo de Camlutos, y con su propia mano lo fumigó con el incienso fecal. Después cogió un poco de aquella fenta, la humedeció con saliva, y le untó las encías, la nariz y las dos mejillas, le hizo aspirar un poco, y con el resto le frotó las cejas y los bigotes. ¡Y la maldición caiga sobre él!
Porque aquel maldito Lucas era el guerrero más espantoso de todos los países de los rumís, y ningún cristiano entre los cristianos sabía lanzar como él la azagaya, ni herir con la espada, ni atravesar con la lanza.
Pero su aspecto era tan repulsivo como grande era su valor. Su cara era extraordinariamente horrorosa, pues semejaba la de un burro de mala condición; pero mirado atentamente, se parecía a un mico, y observado con más cuidado, era como un espantoso sapo o como una serpiente entre las peores serpientes, y acercarse a él era más insoportable que separarse del amigo, pues había robado a las letrinas la fetidez de su aliento. Y por todas estas razones le llamaban Espada de Cristo.
Cuando este maldito Lucas quedó fumigado y ungido fecalmente por el rey Afridonios, besó los pies al rey y se quedó esperando. Entonces el rey Afridonios le dijo: "¡Quiero que retes a combate singular a ese bandido llamado Scharkán y nos libres de sus calamidades!" Y Lucas respondió: "¡Escucho y obedezco!"
Y habiéndole el rey hecho besar la cruz, Lucas se fué y cabalgó en un magnífico caballo alazán cubierto de una suntuosa gualdrapa roja, con una silla de brocado incrustada de pedrería. Y se armó con una larga azagaya de tres puntas, y de aquel modo se le habría tomado por el mismo Cheitán. Después, precedido de heraldos de armas y un pregonero, se dirigió hacia el campamento de los creyentes.
Y el pregonero, precediendo al maldito Lucas, gritó con toda su voz en lengua árabe: "¡Oh vosotros los musulmanes! he aquí al heroico campeón que ha puesto en fuga a muchos ejércitos de entre los ejércitos turcos, kurdos y deilamitas. ¡Es Lucas, el ilustre hijo de Camlutos! ¡Que salga de entre vuestras filas vuestro campeón Scharkán, señor de Damasco, y si se atreve, que venga a afrontar a nuestro gigante!"
Apenas se pronunciaron estas palabras, se oyó un gran temblor en el aire, un galopar que hizo estremecer el suelo, llevando el espanto hasta el corazón del maldito descreído, y haciendo que se volvieran las cabezas. Y apareció Scharkán, hijo del rey Omar Al-Nemán, que llegaba derechamente contra aquellos impíos, semejante a un león enfurecido, montado en un caballo más ligero que las más ligeras de las gacelas. Y llevaba arrogante la lanza en la mano, y declamaba estos versos:
¡El alazán más ligero que la nube que surca el aire, es mi alazán! ¡Y me sirve a mí!
¡La lanza de punta cortante, es mi lanza! ¡La blando, y sus relámpagos ondean como las olas!
Pero el embrutecido Lucas, que era un bárbaro sin cultura procedente de los países más oscuros, no entendía una palabra de árabe, y no podía gustar la belleza de aquellos versos ni el ordenamiento de las rimas. Así es que se contentó con tocarse la frente, que estaba marcada con una cruz, y llevarse en seguida la mano a los labios, por respeto a aquel signo.
Y súbitamente, más asqueroso que un cerdo, llevó el caballo hacia Scharkán. Detuvo bruscamente el galope y arrojó al aire muy alto el arma que llevaba en la mano, tan alto que desapareció a las miradas. Pero bien pronto volvió a caer. Y antes de que hubiese llegado al suelo, el maldito Lucas la cogió al vuelo como un brujo. Y entonces con toda su fuerza, arrojó la azagaya de tres puntas contra Scharkán. Y la azagaya partió rápida como el rayo. ¡Y ya estaba perdido Scharkán!
Pero Scharkán, en el mismo momento en que la azagaya pasaba silbando y le iba a atravesar, extendió el brazo y la cogió al vuelo. ¡Gloria a Scharkán! Y cogió la azagaya con mano firme, y la tiró al aire, tan alto que desapareció a las miradas. Y la volvió a coger con la mano izquierda en un abrir y cerrar de ojos. Y gritó: "¡Por Aquel que creó los siete pisos del cielo! ¡Voy a dar a ese maldito una lección eterna!" Y lanzó la azagaya.
Entonces el embrutecido gigante Lucas quiso repetir la hazaña realizada por Scharkán, y tendió la mano para coger el arma voladora. Pero Scharkán, aprovechando el momento en que el cristiano se descubrió, le tiró otra segunda azagaya, que le dió en la frente, en el mismo sitio en que tenía tatuada una cruz. Y el alma descreída de aquel cristiano se le salió por el trasero, y fué a hundirse en el fuego del infierno...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 91ª noche

Ella dijo:

Y el alma descreída de aquel cristiano se le salió por el trasero, y fué a hundirse en el fuego del infierno.

Cuando los solados del ejército cristiano supieron de labios de los compañeros de Lucas la muerte de su campeón, se lamentaron y se golpearon rabiosamente, y se precipitaron sobre las armas, dando gritos de venganza. Y a la señal dada por los dos reyes, se colocaron en orden de batalla, precipitándose en masa sobre el ejército de los musulmanes. Y la pelea se trabó. Y los guerreros se enlazaron con los guerreros. Y la sangre inundó las mieses.

A los gritos sucedieron los gritos, los cuerpos quedaron aplastados bajo los cascos de los caballos. Los hombres, embriagados, no de vino, sino de sangre, se tambaleaban como borrachos. Los muertos se hacinaron sobre los muertos, y los heridos sobre los heridos. Así prosiguió la batalla, hasta que cayó la noche y separó a los combatientes.

Entonces Daul'makán, después de felicitar a su hermano por aquella hazaña, que había de ilustrar su nombre durante siglos enteros, dijo al visir Dandán y al gran chambelán: "Tomad veinte mil guerreros, y marchad hacia el mar, al pie de la Montaña Humeante, y cuando os dé la señal izando nuestro pabellón verde, os levantaréis para dar la batalla decisiva. Nosotros fingiremos que emprendemos la fuga, nos perseguirán los infieles y vosotros caeréis sobre ellos. Nosotros, volviendo grupas, los atacaremos, y así se verán cercados por todas partes; y ni uno de ellos se librará de nuestro alfanje cuando gritemos: ¡Alah akbar!

El visir y el gran chambelán pusieron inmediatamente en ejecución el plan que se les había ordenado. Y fueron a tomar posiciones en el valle de la Montaña Humeante, donde al principio se habían emboscado los guerreros cristianos procedentes del mar, que luego se habían juntado con el resto del ejército, lo cual había de ocasionar su pérdida, pues el plan de la Madre de todas las Calamidades era el mejor.

Y por la mañana, los guerreros de uno y otro bando estaban de pie y sobre las armas. Y por encima de las tiendas de ambos campamentos flotaban los pabellones y brillaban las cruces. Y los guerreros empezaron por rezar sus oraciones.

Los creyentes oyeron la lectura del primer capítulo del Corán, el capítulo de la Vaca; y los descreídos invocaron al Mesías, hijo de Mariam, y se purificaron con las defecaciones del patriarca, aunque seguramente falsificadas, dada la gran cantidad de soldados fumigados. ¡Pero tal fumigación no los había de salvar del alfanje!

En efecto, dada la señal, la lucha volvió a empezar más terrible. Las cabezas volaban como pelotas; los miembros alfombraron el suelo, y la sangre corrió a torrentes, de tal modo que llegaba hasta el pecho de los caballos.

Pero súbitamente, como a consecuencia de un pánico considerable, los musulmanes, que hasta entonces habían combatido como héroes, volvieron la espalda y huyeron todos, desde el primero hasta el último.

Al ver huir al ejército musulmán, el rey Afridonios de Constantinia despachó un correo al rey Hardobios, cuyas tropas no habían tomado hasta entonces parte de batalla. Y le decía: "He aquí que huye el enemigo porque nos ha hecho invencibles el incienso supremo de las defecaciones patriarcales con el cual nos habíamos fumigado, untándonos las barbas y los bigotes. Ahora, ¡a vosotros corresponde completar la victoria, emprendiendo la persecución de esos musulmanes y exterminándolos hasta el último! Y así vengaremos la muerte de nuestro campeón Lucas..."

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 92ª noche

Ella dijo:
"¡Y así vengaremos la muerte de nuestro campeón Lucas!" Entonces el rey Hardobios, que no aguardaba más que la ocasión de vengar la muerte de su hija, gritó a los soldados: "¡Sus a esos musulmanes que huyen como mujeres!" Pero no sabía que aquello era una estrategia del príncipe Scharkán, el valiente entre los valientes, y de su hermano Daul'makán.
Efectivamente, cuando los cristianos mandados por el rey Hardobios llegaron hasta los musulmanes, éstos se detuvieron, y Daul'makán les gritó:
"¡Oh musulmanes! ¡He aquí el día de la religión! ¡He aquí el día en que ganaréis el paraíso! ¡Porque el paraíso no se gana más que a la sombra de los alfanjes!" Entonces se precipitaron como leones, y aquel día no fué para los cristianos el día de la vejez, pues fueron segados sin haber tenido tiempo para verse encanecer el pelo.
Pero las hazañas realizadas por Scharkán en aquella batalla superaban a toda expresión. Y mientras destrozaba todo lo que se le ponía por delante. Daul'makán mandó izar el pabellón verde, y quiso lanzarse también a la pelea. Pero Scharkán se acercó velozmente a él, y le dijo: "¡Oh hermano mío! no debes exponerte a los azares de la lucha, pues eres necesario para el gobierno de tu imperio. Así es que desde ahora no me separaré de ti, y me batiré a tu lado defendiéndote contra todos los ataques".
Y los guerreros musulmanes mandados por el visir y el gran chambelán se desplegaron en semicírculo al ver la señal convenida, y cortaron al ejército cristiano toda probabilidad de salvarse embarcándose en sus naves. De modo que la lucha trabada en tales condiciones no podía ser dudosa. Y los cristianos fueron terriblemente exterminados por los musulmanes, kurdos, persas, turcos y árabes. Y fueron poquísimos los que pudieron escapar. Pues ciento veinte mil de aquellos cerdos encontraron la muerte, y los otros lograron escapar en dirección a Constantinia. Esto en cuanto a los griegos del rey Hardobios.
Pero en lo que se refiere a los del rey Afridonios, que se habían retirado a las alturas seguros del exterminio de los musulmanes, ¡cuál no sería su dolor al ver la fuga de sus compañeros!
Aquel día, además de la victoria, los creyentes ganaron una enorme cantidad de botín. Se apoderaron de todos los navíos, excepto veinte que pudieron volver a Constantinia para anunciar el desastre. Además cogieron todas las riquezas y todos los objetos de valor acumulados en aquellas naves; cincuenta mil caballos con sus jaeces; las tiendas, víveres, armas y una cantidad incalculable de cosas que no podría expresarse en guarismos. Así es que su alegría fué inmensa, y dieron las gracias a Alah por aquella victoria y por aquel botín. ¡Esto en cuanto a los musulmanes!
En cuanto a los fugitivos, acabaron por llegar a Constantinia con el alma atormentada por el cuervo de los desastres. Y la ciudad quedó sumida en la aflicción, y en todos los edificios y en las iglesias se pusieron colgaduras de luto. La población se sublevó, formando grupos y lanzando gritos sediciosos. Aumentó aquella desesperación al ver que sólo regresaban veinte naves y veinte mil hombres de todo el ejército. Entonces la población acusó de traidores a sus reyes. Y la confusión del rey Afridonios fué tan grande, y tal su terror, que la nariz se le alargó hasta los pies, y el saco del estómago se le volvió...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 93ª noche

Ella dijo:

La nariz se le alargó hasta los pies, y el saco del estómago se le volvió del revés, y el intestino se le aflojó, y el contenido se le salió. Entonces mandó llamar a la Madre de todas las Calamidades para pedirle consejo acerca de lo que le quedaba que hacer. Y la vieja llegó en seguida.

Y la Madre de todas las Calamidades, causa real de todas estas desdichas, era una vieja horrorosa, astuta, hecha de maldiciones; su boca era un basurero; sus ojos legañosos; su cara negra como la noche; sarnoso su cuerpo, su cabellera una suciedad; su espalda encorvada y su piel todo arrugas. Una plaga entre las peores plagas, y una víbora entre las víboras más venenosas.

Y esta vieja horrible pasaba la mayor parte del tiempo en el palacio del rey Hardobios, a causa del gran número de esclavos jóvenes que allí había, tanto varones como hembras. Obligaba a los esclavos a cabalgarla; y le gustaba también cabalgar a las esclavas; pues prefería a todo lo del mundo el cosquilleo de aquellas vírgenes y el roce de su cuerpo juvenil con el suyo.

Era extraordinariamente experta en este arte del cosquilleo. Sabía chuparles como un vampiro las partes delicadas, y titilarles agradablemente los pezones. Y para hacerlas llegar al último espasmo, les estrujaba la vulva con azafrán preparado, lo cual las arrojaba en sus brazos muertas de voluptuosidad. Así es que había enseñado su arte a todas las esclavas del palacio, y en otros tiempos a las doncellas de Abriza, pero no había logrado conquistar a la esbelta Grano de Coral, y también habían fracasado todos sus artificios con la arrogante Abriza, que la odiaba por la fetidez de su aliento, por el olor a orines fermentados que brotaba de sus sobacos y de sus ingles, por el pútrido desprendimiento de sus numerosos pedos, más hediondos que el ajo podrido, y por la rugosidad de su piel, peluda cual la del erizo, y más dura que las fibras de la palmera. Pues bien se le podían aplicar estas palabras del poeta:

¡Nunca la esencia de rosas con que se humedece la piel, apagará la pestilencia de sus pedos silenciosos!

Pero hay que decir que la Madre de todas las Calamidades era generosísima con todas las esclavas que se dejaban conquistar por ella, así como era muy rencorosa con las que se le resistían. Y por haberla rechazado odiaba tanto a Abriza aquella vieja.

Cuando la Madre de todas las Calamidades entró en el aposento del rey Afridonios, éste se levantó en honor suyo, y lo mismo hizo el rey Hardobios. Y dijo la vieja:

"¡Oh rey! ahora tenemos que dar de lado a todo ese incienso fecal y a todas las bendiciones patriarcales, que no han hecho más que atraer la desgracia sobre nuestras cabezas. Y pensemos más bien en obrar a la luz de la verdadera sabiduría. He aquí cómo ha de ser esto: los musulmanes se encaminan a marchas forzadas para sitiar nuestra ciudad, y hay que enviar heraldos por todo el imperio invitando a los habitantes a que se reúnan en Constantinia y nos ayuden a rechazar el asalto de los sitiadores. ¡Y que lo soldados de todas las guarniciones se apresuren a venir a encerrarse en estos muros, ya que el peligro es apremiante!

"En cuanto a mí, ¡oh rey! déjame obrar, y pronto la fama hará llegar hasta ti el resultado de mis artificios y el éxito de mis fechorías contra los musulmanes. En este momento me voy de Constantinia. ¡Y que el Cristo, hijo de Mariam, te tenga en su guarda!"

El rey Afridonios se apresuró a seguir los consejos de la Madre de todas las Calamidades, que, como había dicho, salió de Constantinia.

Ahora bien; he aquí la estratagema imaginada por aquella vieja tan astuta: salió de la ciudad con cincuenta de los mejores guerreros, que conocían la lengua árabe, y su primera diligencia fué disfrazarlos de mercaderes musulmanes. Llevó consigo cien mulos cargados de telas preciosas, sedas de Antioquia y Damasco, rasos de reflejos metálicos, brocados preciosos, y muchas otras cosas regias. Y había cuidado de obtener del rey Afridonios una carta a manera de salvoconducto, que decía lo siguiente:

"Los mercaderes tal y cual son comerciantes musulmanes de Damasco, extraños a nuestro país y a nuestra religión cristiana, pero como han comerciado en nuestro país, y el comercio constituye la prosperidad de una nación y su riqueza, y como no son hombres de guerra, sino hombres pacíficos, les damos este salvoconducto para que nadie los perjudique en su persona ni en sus intereses, y no se les reclame diezmo alguno, ni derecho de entrada ni salida por sus mercancías".

Y cuando los cincuenta guerreros se hubieron vestido de mercaderes, la pérfida vieja se disfrazó de asceta musulmán, poniéndose un gran ropón de lana blanca; se frotó la frente con un ungüento preparado por ella, que le daba un brillo y una radiación de santidad, y después hizo que le ataran los pies de modo que las cuerdas le entraran en la carne hasta hacerle sangre, y dejasen huellas indelebles. Entonces dijo a sus soldados:

"Ahora tenéis que darme de latigazos, de modo que me queden cicatrices imborrables en mi cuerpo. Y no tengáis ningún escrúpulo, pues la necesidad tiene sus leyes. Y me pondréis en un cajón semejante a esos cajones de mercancías, y lo colocaréis sobre un mulo. Inmediatamente os pondréis en marcha, hasta que lleguemos al campamento de los musulmanes, cuyo jefe es Scharkán. A cuantos quieran cerraros el camino, les mostraréis la carta del rey Afridonios, que os presenta como mercaderes de Damasco, y solicitaréis ver al príncipe Scharkán.

Cuando os veáis en su presencia y os interrogue acerca de vuestro oficio y de las ganancias realizadas en el país de los rumís, le diréis:

"¡Oh rey afortunado! la ganancia más saneada y meritoria de nuestro viaje al país de esos cristianos descreídos ha sido el rescate de un santo asceta que hemos arrancado de entre las manos de sus perseguidores, los cuales le torturaban en un subterráneo desde hacía quince años, queriendo que abjurase la santa religión de nuestro profeta Mahomed (¡sean con él la paz y la plegaria!) Y he aquí cómo ha ocurrido la cosa:

“Hacía algún tiempo que estábamos en Constantinia vendiendo y comprando, cuando una noche, mientras calculábamos las ganancias del día, vimos aparecerse en la pared de la sala la imagen de un hombre, cuyos ojos estaban llenos de lágrimas, que corrían a lo largo de sus venerables barbas blancas. Y los labios de aquel anciano se movieron lentamente, y pronunciaron estas palabras: "¡Oh musulmanes! Si hay entre vosotros alguno que teman a Alah y cumplan los preceptos de nuestro Profeta (¡sean con él la paz y la plegaria!) que salgan de este país de los descreídos y vayan en busca del príncipe Scharkán, cuyo ejército, según está escrito, ha de tomar algún día a los rumís la ciudad de Constantinia. Y en vuestro camino, al cabo de tres jornadas de marcha, encontraréis un monasterio. Y en este monasterio, en tal lugar, de tal sitio, hay un subterráneo en el cual hace quince años está encerrado un santo asceta llamado Abdalah, cuyas virtudes son agradables a Alah el Altísimo. Y ha caído en manos de los monjes cristianos, que lo han encerrado allí y lo atormentan horriblemente, por odio a su religión. Así es que el rescate de ese santo sería para vosotros la acción más meritoria ante el Muy Poderoso. ¡Y por sí misma es una hermosa acción! No os diré más. ¡Que la paz sea con vosotros!"

"Y dicho esto, la figura del anciano se borró ante nuestros ojos...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 94ª noche

Ella dijo:

"Y dicho esto, la figura del anciano se borró ante nuestros ojos.

"Entonces empaquetamos todas las mercaderías que nos quedaban y cuanto habíamos comprado en el país de los rumís, y salimos de Constantinia. Al cabo de tres jornadas de marcha, encontramos el monasterio en medio de un villorrio.

Para no llamar la atención sobre nuestros proyectos, desembalamos parte de las mercaderías en la plaza pública, según es costumbre entre los mercaderes, y nos pusimos a vender hasta que cayó la noche. Y a favor de las tinieblas, nos deslizamos en el monasterio, amordazamos al monje portero y penetramos en el subterráneo. Y como había dicho la aparición, encontramos al santo asceta Abdalah, que está ahora en uno de nuestros cajones, que vamos a poner en tus manos".

Y después de repetir estas palabras a sus soldados para que las aprendiesen bien, la Madre de todas las Calamidades, disfrazada de asceta, añadió: "¡Entonces yo me encargaré del exterminio de todos esos musulmanes!" Inmediatamente le dieron de latigazos hasta hacerle sangrar, y la encerraron en un cajón, que colocaron sobre un mulo, y emprendieron el camino para poner en ejecución el plan de aquella maldita vieja.

En cuanto al ejército de los creyentes, se repartió el botín después de la derrota de los cristianos, y glorificó a Alah por sus beneficios, Daul'makán y Scharkán se estrecharon las manos para felicitarse, y Scharkán, lleno de alegría dijo: "¡Oh hermano Daul'makán! deseo que Alah te conceda un hijo varón, para que se case con mi hija Fuerza del Destino". Y celebraron la victoria, hasta que el visir Dandán les dijo: "¡Oh reyes! es muy prudente que sin perder tiempo persigamos a los vencidos, antes de que puedan rehacerse, y vayamos a sitiarlos a Constantinia y a exterminarlos totalmente de la superficie de la tierra. Pues como el poeta dijo:

¡La delicia de las delicias es matar con la propia mano a los enemigos, y sentirse arrebatado por un corcel fogoso!

¡La delicia más pura es la que os trae un mensajero que os envía la muy amada, para anunciaros su llegada próxima!

¡Pero aún es más deliciosa la llegada de la muy amada, antes de que os la anuncie ningún mensajero!

¡Qué delicia matar con la propia mano a los enemigos! ¡Qué delicia sentirse arrebatado por un corcel fogoso!

Cuando el visir Dandán hubo recitado estos versos, los dos reyes aceptaron su parecer, y dieron la señal de la partida. Y todo el ejército se puso en marcha, con sus jefes a la cabeza.

Y anduvieron sin descanso, atravesaron grandes llanuras abrasadas por el sol, en las cuales sólo crecía una hierba amarillenta, única vegetación de aquellas soledades habitadas por la presencia de Alah. Y al cabo de seis días de una marcha fatigosa por aquellos desiertos sin agua, acabaron por llegar a un país bendecido por el Creador. Delante de ellos se extendían unas praderas llenas de frescura, regadas por arroyos numerosos, y donde florecían árboles frutales. Esta comarca, por donde corrían las gacelas y en donde cantaban las aves, semejaba un paraíso con sus grandes árboles ebrios de rocío, y cuyas ramas estaban cuajadas de flores que sonreían, a la brisa, como dice el poeta:

¡Escucha, niño mío! El musgo del jardín se tiende dichoso bajo la caricia de las flores dormidas. Es una gran alfombra de esmeraldas, con reflejos adorables.

¡Cierra los ojos, niño mío! ¡Oye como canta el agua al pie de las cañas! ¡Ah! ¡Cierra los ojos!

¡Jardines! ¡Vergeles! ¡Arroyos! ¡Yo os adoro! ¡Oh arroyo querido! Bajo las sombras de los sauces inclinados, brillas al sol como una mejilla.

¡Agua del arroyo que te ciñes a los tallos de las flores, tus burbujas forman cascabeles de plata! ¡Y vosotras, flores exquisitas, coronad a mi amado...!

Y extasiado con aquellas delicias, Daul'makán dijo a Scharkán: "¡Oh hermano mío! no creo que hayas visto en Damasco jardines tan hermosos. Descansemos aquí dos o tres días, para que nuestros soldados respiren aire puro y beban esa agua tan dulce, a fin de que puedan luchar mejor con los descreídos". Y a Scharkán le pareció que la idea era excelente.

Y a los dos días, cuando iban a levantar las tiendas, oyeron voces a lo lejos. Y les dijeron que era una caravana de mercaderes de Damasco que regresaba a su tierra, y a quienes los soldados querían castigar por haber comerciado con los infieles.

Precisamente en aquel momento llegaban los mercaderes, rodeados por los soldados. Y se echaron a los pies de Daul'makán, y le dijeron: "¡Venimos del país de los infieles, que nos han respetado no perjudicándonos en nuestras personas ni en nuestros bienes, y he aquí que ahora nuestros hermanos nos saquean y nos maltratan en país musulmán!"

Y sacaron el salvoconducto del rey de Constantinia, y se lo alargaron a Daul'makán, que lo leyó, lo mismo que Scharkán. Y Scharkán dijo: "Lo que os hayan quitado se os devolverá en el acto. Pero ¿por qué habéis ido a comerciar con los infieles?" Entonces los falsos mercaderes contestaron: "¡Oh señor nuestro! ¡Alah nos ha llevado al país de los cristianos para obtener una victoria más importante que las de tus ejércitos y que cuantas has ganado!" Y Scharkán preguntó: "¿Cuál es esa victoria, ¡oh musulmanes!?" Y ellos replicaron: "No podemos hablar de ella más que en un sitio seguro, libres de todo oído indiscreto; pues si llegara a extenderse esta nueva, ningún musulmán podría, ni en tiempo de paz, poner los pies en el país de los cristianos".

Al oír estas palabras, Daul'makán y Scharkán llevaron a los mercaderes a una tienda aislada. Entonces los mercaderes...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 95ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que entonces los mercaderes contaron a los dos hermanos la historia inventada por la Madre de todas las Calamidades. Y los dos hermanos se conmovieron profundamente al saber los suplicios del santo asceta y cómo pudieron salvarle del subterráneo. Pero preguntaron a los mercaderes: "¿Dónde está ese santo asceta? ¿Lo habéis dejado en el monasterio?" Y ellos contestaron: "Cuando matamos al monje guardián del monasterio, nos apresuramos a encerrar al santo en un cajón, lo cargamos en uno de nuestros mulos, y huimos en seguida. Y ahora lo vamos a poner en vuestras manos. Y antes de huir del monasterio, pudimos comprobar que encerraba quintales y quintales de oro, y de plata, y de pedrerías, y joyas de todas clases. Pero de todo esto os podrá hablar mejor que nosotros el santo asceta dentro de unos instantes".
Entonces los mercaderes se apresuraron a descargar el mulo, abrieron el cajón, y presentaron al santo asceta ante los dos hermanos. Y apareció tan negro como una cañafístula, por lo mucho que había enflaquecido y se había arrugado, y llevaba en la piel las cicatrices de los latigazos, que parecían huellas de cadenas hundidas en la carne. Al verlo (¡en realidad era la vieja Madre de todas las Calamidades!), los dos hermanos se convencieron de que tenían delante al más santo de los ascetas, sobre todo cuando vieron que su frente brillaba como el sol, gracias al ungüento misterioso con que se había untado la piel. Y adelantaron hacia la vieja maldita, y le besaron fervorosamente las manos y los pies, pidiéndole su bendición, y hasta se pusieron a sollozar, por lo mucho que les conmovían los padecimientos sufridos por la que creían que era un santo asceta. Entonces la Madre de todas las Calamidades les hizo seña de que se levantaran, y les dijo: "¡Cesad de llorar, y oíd mis palabras!" Los dos hermanos obedecieron en seguida, y ella dijo:
"Sabed que en lo que se refiere a mi persona, me someto a la voluntad del Señor, puesto que los males que me envía no son más que pruebas a que someto mi paciencia y mi humildad. ¡Sea bendito y glorificado! Porque el que no sabe soportar las pruebas del Muy Bueno, no llegará nunca a gustar las delicias del Paraíso. Y si ahora me alegro de verme libre, no es porque se hayan acabado mis sufrimientos, sino por verme junto a mis hermanos los musulmanes y porque confío en morir entre los guerreros que luchan por la causa del Islam. ¡Y los creyentes que sucumben en la guerra santa no mueren, pues su alma es inmortal!"
Entonces los dos hermanos volvieron a besarle las manos fervorosamente, y quisieron ordenar que le dieran de comer, pero ella se negó. Y les dijo: "Estoy ayunando desde hace quince años. Ahora que Alah me ha otorgado tantas mercedes, no he de ser tan impío que corte mi ayuno y mi abstinencia, pero acaso al ponerse el sol tome un bocado".
Al oír esto ya no insistieron más, pero al anochecer mandaron preparar manjares y se los llevaron personalmente, pero la maldita se negó otra vez, diciendo: "¡No es hora de comer, sino de rezar al Muy Poderoso!" Y en seguida hizo como que rezaba en medio del mihrab. Y así estuvo orando toda la noche, y lo mismo las dos siguientes. Entonces los dos hermanos sintieron hacia ella una gran veneración, y seguían creyéndola un hombre, tomándola por un santo asceta. Y le dieron una tienda magnífica para ella sola, con servidores especiales y cocineros. Y al tercer día, como insistiera en no probar alimento, fueron personalmente los dos hermanos a servirla, y mandaron traer cuantas cosas agradables podían desear la vista y el alma. Pero la vieja maldita no quiso tocar nada, y sólo comió un pedazo de pan y un poco de sal. Así es que el respeto de los dos hermanos se acrecentó hasta el límite del respeto, y Scharkán dijo a Daul'makán: "¡Este hombre ha renunciado a todos los goces del mundo! ¡Si la guerra no me obligase a combatir a los descreídos, me consagraría por completo a su devoción y le seguiría toda mi vida para atraerme sus bendiciones! Pero vamos a rogarle que nos diga algo, pues mañana tenemos que marchar contra Constantinia, y será una buena acción para aprovecharnos de sus palabras".
Entonces el gran visir Dandán dijo: "También quisiera oír a ese santo asceta y rogarle que rece por mí, a fin de que pueda encontrar la muerte en la guerra santa y presentarme al Señor, pues estoy ya cansado de esta vida.
Y los tres se dirigieron hacia la tienda en que estaba la Madre de todas las Calamidades. Y la hallaron sumida en el éxtasis de la oración. Entonces esperaron a que terminase. Pero como después de tres horas de espera, y a pesar de las lágrimas y de los sollozos que les arrancaba su admiración, ella seguía arrodillada y no les hacía el menor caso, se adelantaron humildemente y besaron el suelo.
Entonces ella se levantó, les deseó la paz, y les dijo: "¿Qué venís a hacer aquí a esta hora?" Y ellos contestaron: "¡Oh santo asceta entre los ascetas! hace ya varias horas que estamos aquí. ¿Es posible que no hayas oído nuestro llanto?" Ella repuso: "¡El que se encuentra en presencia de Alah, no puede oír ni puede ver lo que pasa en este mundo miserable!"
Y ellos dijeron: "Venimos, ¡oh santo asceta! a pedirte tu bendición antes del gran combate, y quisiéramos oír de tus labios el relato de tu cautiverio entre los descreídos, a los cuales exterminaremos completamente mañana con la ayuda de Alah". Entonces la maldita vieja contestó: "¡Por Alah! ¡Si no fuerais los jefes de los creyentes, nunca os contaría lo que voy a contaros! Porque las consecuencias de ello con la ayuda de Alah, serán muy ventajosas para vosotros. ¡Escuchad, pues!"

9.0 P1 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán - Primera parte

Esta historia está compuesta de 

9.0 Historia de la muerte del rey Omar Al Nemán (de la noche 78 a la 95)
       9.1 Palabras de la primera joven (079)
       9.2 Palabras de la segunda joven (080 a 081)
       9.3 Palabras de la tercera joven (081)
       9.4 Palabras de la cuarta joven (081 – 082)
       9.5 Palabras de la quinta joven (082 – 083)
       9.6 Palabras de la anciana (083 – 084)


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Historia de la muerte del rey Omar Al-Neman y las palabras admirables que la precedieron

Un día entre los días, el rey Omar Al-Nemán, sintiéndose agobiado por el dolor de vuestra ausencia, nos había llamado a todos para que tratáramos de distraerle, pero de pronto vimos llegar a una anciana de rostro venerable que acompañada de cinco jóvenes de pechos redondos, virginidad intacta y bellas como lunas, tan admirablemente bellas, que ningún lenguaje podría expresar sus perfecciones. Y a su belleza unían su cultura, pues sabían asombrosamente el Corán, los libros de la ciencia y las palabras de todos los sabios de entre los musulmanes.
La venerable anciana adelantó entre las manos del rey, besó respetuosamente la tierra y dijo: "¡Oh rey! te traigo cinco joyas, como no las posee ningún soberano del mundo. Te ruego que examines su hermosura y las sometas a prueba; porque la belleza sólo se aparece al que la busca con amor".
El rey Omar se quedó encantado en extremo al oír estas palabras, le inspiró un gran respeto el aspecto de la anciana, y contempló a las cinco jóvenes, que le agradaban infinito. Y dijo a las doncellas...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 79ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el rey Omar dijo a las doncellas: "¡Oh gentiles jóvenes! si es cierto que estáis versadas en el saber de las cosas que pasaron, que se adelante cada una de vosotras y me diga lo que mejor entienda de mi agrado".
Entonces la primera joven, cuya mirada era muy dulce, se adelantó, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo:

Palabras de la primera joven 


"Sabed, ¡oh rey del tiempo! que la vida no existiría sin el instinto de ella. Y este instinto de la vida ha sido colocado en el hombre para que pueda, con ayuda de Alah, ser el dueño de sí mismo y acercarse a Alah el Creador. Y la vida ha sido dada al hombre para que desarrolle la belleza, poniéndose por encima de los errores. Y los reyes, que son los primeros entre los hombres deben ser los primeros en el camino de las virtudes y en la senda del desinterés. Y el hombre cuerdo, de espíritu cultivado, debe siempre proceder con dulzura y juzgar con equidad. Y debe guardarse prudentemente de sus enemigos y escoger cuidadosamente sus amigos, y cuando los haya escogido, ya no debe intervenir entre ellos para nada el juez, sino arreglarlo todo por medio de la bondad. Porque, o ha elegido a sus amigos entre los que viven apartados del mundo y dedicados a la santidad, y entonces debe oírlos respetuosamente y atenerse a su juicio, o los ha elegido entre los aficionados a los bienes de la tierra, y entonces debe velar por no herirlos en sus intereses, ni contrariar sus costumbres, ni contradecir sus palabras. La contradicción enajena hasta el afecto del padre y la madre ¡Y un amigo es una cosa tan preciosa! Porque el amigo no es como la mujer, de la cual se puede uno divorciar para sustituirla con otra. La herida hecha a un amigo no se cicatriza nunca, como dice el poeta:
"Piensa que el corazón del amigo es cosa muy frágil, y que se le debe cuidar como toda cosa frágil.
"¡El corazón del amigo, una vez herido, es como el cristal que una vez roto, ya no se puede componer!”
"Permite ahora que te recuerde algunas palabras de los sabios.
Sabe, ¡oh rey! que un kadí para dar una sentencia justa, debe mandar que se hagan las pruebas de una manera evidente, y tratar a ambas partes por igual, sin demostrar más respeto al acusado rico que al acusado pobre, aunque debe tender ante todo a la reconciliación, para que reine siempre la concordia entre los musulmanes. Y en la duda, debe reflexionar largamente, y volver varias veces sobre sus raciocinios, y abstenerse si prosigue la duda. La justicia es el primero de los deberes, y volver hacia la justicia, si se ha sido injusto, es mucho más noble que haber sido justo siempre, y mucho más meritorio ante el Altísimo. Y no hay que olvidar que Alah el Altísimo ha puesto a los jueces en la tierra solo para juzgar las cosas aparentes, pues se ha reservado para Él el juicio de las cosas secretas. Y es un deber del kadí no intentar nunca arrancar confesiones a un acusado sometiéndole al tormento ni al hambre, pues es indigno de los musulmanes.
Al-Zahrí ha dicho: "Tres cosas denigran a un kadí: manifestar condescendencia hacia un culpable de alta categoría, amar la alabanza y temer perder su cargo".
Habiendo destituido un día el califa Omar a un kadí, éste le preguntó: "¿Por qué me has destituido?" Y el califa respondió: "¡Porque tus palabras sobrepasaban a tus acciones!"
Y el gran Al-Iskandar (Alejandro), el de los Dos Cuernos, reunió un día a su kadí, a su cocinero y a su escriba, y dijo a su kadí: "Te he confiado la más alta y pesada de mis prerrogativas regias. ¡Ten, pues, alma regia!" Y al cocinero le dijo: "Te he confiado el cuidado de mi cuerpo, que depende de tu cocina. ¡Has de saber tratarlo con arte y con prudencia!" Y dijo a su escriba: "En cuanto a ti, ¡oh hermano de la pluma! te he confiado las manifestaciones de mi inteligencia. ¡Te conjuro a que me transmitas íntegro a las generaciones por medio de tu escritura!"
Y la joven, dichas estas palabras, se volvió a echar el velo por encima de la cara, y retrocedió hacia sus compañeras. Entonces se adelantó la segunda joven, que tenía...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 80ª noche

Ella dijo:
El gran visir Dandán prosiguió de este modo:
Entonces se adelantó la segunda joven, que tenía una mirada muy brillante y una cara muy fina, animada por una eterna sonrisa. Besó siete veces la tierra entre las manos de tu difunto padre el rey Omar Al-Nemán, y dijo:

Palabras de la segunda joven


Sabe ¡oh rey afortunado! que el sabio Locmán habló así a su hijo: "¡Oh hijo mío! Hay tres cosas que solo pueden comprobarse en tres circunstancias: no se puede saber si un hombre es verdaderamente bueno, más que en sus iras, si un hombre es valeroso, más que en el combate, y si un hombre es afable, más que en la necesidad”.
El tirano sufrirá tormentos y expiará sus injusticias, a pesar de las lisonjas de sus cortesanos, mientras que el oprimido, a pesar de las injusticias se salvará de todo tormento.
No trates a la gente por lo que diga, sino por lo que haga. Las acciones no valen más que por la intención que las inspira, y cada hombre será juzgado por sus intenciones y no por sus actos.
Sabe también, ¡oh rey Omar! que la cosa más admirable de nosotros es nuestro corazón. Y preguntándole un día a un sabio cuál es el peor de los hombres, contestó: "Aquel que deja que los malos deseos se apoderen de su corazón, porque pierde toda su entereza". Y el poeta lo dijo muy bien:
"La única riqueza es la que encierran los pechos. ¡Pero cuán difícil es encontrar su camino!"
"Nuestro Profeta (¡sean con él la paz y la plegaria!) dijo: "El verdadero sabio es el que prefiere las cosas inmortales a las perecederas".
Se cuenta que el asceta Sabet lloró tanto, que se le enfermaron los ojos. Entonces llamaron a un médico, y le dijo: "No puedo curarte, como no me prometas una cosa". Y el asceta preguntó: "¿Qué cosa he de prometerte?" Y dijo el médico: "¡Que dejarás de llorar!" Pero el asceta repuso: "¿Y para qué me servirían los ojos si ya no llorara?
"Y sabe también que la acción más hermosa es la desinteresada. Porque se cuenta que en Israel había dos hermanos; y uno de ellos dijo al otro: "¿Cuál es la acción más espantosa que has cometido?" Y el otro contestó: "Es ésta: pasando un día cerca de un gallinero, alargué el brazo, cogí una gallina, y después de estrangularla, la volví a echar al gallinero. Esta es la cosa más espantosa de mi vida. Y tú, hermano mío, ¿qué es lo más espantoso que has hecho?" Y el otro hermano contestó: "Haber rezado a Alah para pedirle una merced, porque la plegaria solo es hermosa cuando encamina el alma hacia las Alturas." Y por otra parte...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 81ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la segunda joven prosiguió de este modo:
"Y por otra parte, ya lo expuso acertadamente el poeta en estos versos:
"Hay dos cosas que debes evitar siempre: la idolatría hacia Alah, y el mal hacia tu prójimo."
Y dichas estas palabras, la segunda joven retrocedió hacia sus compañeras. Entonces la tercera joven, que reunía en sí las perfecciones de las otras dos, se adelantó hacia el rey Omar Al-Nemán, y dijo:

Palabras de la tercera joven

"En cuanto a mí, ¡oh rey afortunado! te diré pocas palabras en este día, porque estoy algo indispuesta, y además recomiendan los sabios la brevedad en el discurso.
Sabe, pues, que Safián ha dicho: "¡Si el alma habitase en el corazón del hombre, el hombre tendría alas y volaría hacia los paraísos!" "Y ese mismo Safián ha dicho: "¡Sabed que el simple hecho de mirar la cara de una persona fea constituye el pecado más grande contra el espíritu!"
Y habiendo dicho estas frases, la joven retrocedió hacia sus compañeras. Entonces se adelantó la cuarta joven, que ostentaba unas caderas sublimes. Y habló así:

Palabras de la cuarta joven 

"Y yo, ¡oh rey afortunado! heme aquí dispuesta a decirte las palabras que he llegado a saber de la historia de los hombres justos.
Se cuenta que Baschra el Descalzo dijo: "¡Guardaos de la cosa más abominable!" Y los que le escuchaban preguntaron ¿Cuál es la cosa más abominable!" Y el sabio contestó: “El hecho de permanecer mucho tiempo de rodillas, para alardear del rezo, la ostentación de la piedad.”
Entonces le suplicó uno de los presentes: “¡Oh padre mío! Enséñame a conocer las verdades ocultas y el secreto de las cosas”. Pero el Descalzo dijo: ¡Oh hijo mío! esas cosas no se hicieron para el rebaño. Y nosotros no podemos ponerlas al alcance del rebaño. Porque apenas de cada cien justos hay cinco que sean puros como la plata virgen”.
"Y cuenta el jeique Ibrahim: "Un día vi a un hombre muy necesitado que acababa de perder una monedilla de cobre. Me acerqué a él y le alargué un dracma de plata, pero el hombre lo rechazó. Y me dijo: "¿De qué me serviría toda la plata de la tierra, si sólo aspiro a las dichas inmortales?"
"Se cuenta también que la hermana del Descalzo fué un día..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 82ª noche

Ella dijo:
"Se cuenta también que la hermana del Descalzo fué un día a buscar al imán Ahmad ben-Hanbal, y le dijo: "¡Oh santo imán! vengo a ilustrarme. ¡Ilústrame! Por la noche acostumbro velar en la azotea, hilando a la claridad de las luces que pasan, pues no tenemos luz. Y de día hago mis labores y preparo los alimentos. Dime si obro bien usando una luz que no me pertenece".
Entonces preguntó el imán: "¿Quién eres tú?"
Y ella dijo: "Soy la hermana de Baschra el Descalzo".
Y el santo imán se levantó, besó la tierra entre las manos de la joven, y dijo: "¡Oh hermana del más perfumado entre los santos! ¿Por qué no podré yo aspirar a toda la pureza de tu corazón?"
"Se cuenta también que un santo entre los santos ha dicho estas palabras:
"Cuando Alah quiere bien a alguno de sus servidores, abre ante él la puerta de la inspiración".
"También se sabe que cuando Malek ben-Dinar pasaba por los zocos y veía algún objeto que le gustaba, se reconvenía de este modo: ¡Oh Alma mía! es inútil que me tientes porque no te haré caso".
Y afirmaba: El único medio de salvar el alma, es obedecerla; y el medio seguro de perderla, es hacerle caso”.
"Y Mansur ben-Omar nos cuenta el caso siguiente: "Fui de peregrinación a la Meca, y pasé por la ciudad de Kufa. Y era una noche llena de tinieblas. Y en el seno de la noche oí cerca de mí, sin distinguir de dónde salía, una voz que decía esta oración: "¡Oh Señor, lleno de grandeza! no soy de los que se rebelan contra tus leyes, ni de los que ignoran tus beneficios. Y sin embargo, en tiempos pasados he pecado, acaso gravemente, y vengo a implorar tu perdón y la remisión de mis errores. ¡Porque mis intenciones no eran malas y mis actos me hicieron traición!".
"Y terminada esta oración, oí que un cuerpo caía pesadamente al suelo. Y no sabía lo que podía ser aquella voz, ni comprendía lo que significaba aquella oración en medio del silencio, porque mis ojos no podían distinguir la boca que la decía, ni podía adivinar qué era aquel cuerpo que caía al suelo pesadamente. Entonces grité: "¡Soy Mansur ben-Omar, peregrino de la Meca! ¿Quién necesita que le socorra?" Y nadie me contestó. Y me fui. Pero al día siguiente vi pasar un entierro, y me uní a la gente que formaba la comitiva, y delante de mí iba una vieja extenuada por el dolor. Y le pregunté: "¿Quién es ese muerto?" Ella respondió: "Ayer mi hijo, después de decir la oración, recitó los versículos del Libro Noble que empiezan con estas palabras: "¡Oh vosotros que creéis en la Palabra, fortaleced vuestras almas...! Y cuando mi hijo hubo acabado los versículos, ese hombre que está ahora en ese féretro, sintió que le estallaba el hígado, y cayó muerto. Y eso es todo lo que puedo decir".
Y la cuarta joven, después de estas palabras, retrocedió hacia sus compañeras. Entonces se adelantó la quinta joven, que era la corona sobre la cabeza de todas las jóvenes, y dijo:

Palabras de la quinta joven

"Yo, ¡oh rey afortunado! te diré cuanto he llegado a saber de las cosas espirituales de pasados tiempos.
"El sabio Moslima ben-Dinar ha dicho: "Todo placer que no impulse tu alma hacia Alah, es una torpeza".
"Se cuenta que cuando Muza (¡la paz sea con él!) estaba en la fuente de Modain, llegaron dos pastoras con el rebaño de su padre Schoaib. Y Muza (¡la paz sea con él!) dió de beber a las dos muchachas y al rebaño en el abrevadero de troncos de palmera. Y las dos jóvenes, de regreso a su casa, se lo contaron a su padre Schoaib, que dijo entonces a una de ellas: "Vuelve junto al joven y dile que venga a nuestra casa". Y la muchacha volvió a la fuente; y cuando estuvo cerca de Muza, se cubrió la cara con el velo, y le dijo: "Mi padre te ruega que me acompañes para compartir nuestra comida, en recompensa de lo que has hecho por nosotras".
Pero Muza, muy emocionado, no quiso seguirla al principio, aunque después acabó por decidirse. Y se fué detrás de ella. Ahora bien; la pastorcilla tenía un trasero muy gordo..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 83ª noche

Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven prosiguió en esta forma:
"La pastorcilla tenía un trasero muy gordo, y el viento de cuando en cuando adhería a sus redondeces el ligerísimo vestido, y otras veces levantaba la falda y dejaba completamente desnudo el trasero de la pastora. Pero Muza, cada vez que se le aparecía el trasero desnudo, cerraba los ojos para no verlo. Y como temía que la tentación llegara a ser demasiado fuerte, dijo a la muchacha: "Déjame ir delante de ti". Y la joven, bastante sorprendida, echó a andar detrás de Muza. Y acabaron los dos por llegar a casa de Schoaib.
Y cuando Schoaib vió entrar a Muza, se levantó en honor suyo, y como la comida estaba dispuesta, le dijo: "¡Oh Muza! que la hospitalidad en esta casa te sea amplia y cordial por lo que has hecho por mis hijas".
Pero Muza contestó: "¡Oh padre mío! No vendo ni por oro ni por plata los actos que ejecuto pensando en el juicio”.
Y Schoaib replicó: "¡Oh joven!, eres mi huésped, y acostumbro ser hospitalario y generoso con mis huéspedes; pues tal fué la costumbre de todos mis antepasados. Quédate, pues, aquí, y come con nosotros". Y Muza se quedó y comió con ellos. Y al acabar la comida, Schoaib dijo a Muza: "¡Oh mi joven huésped! vivirás con nosotros y llevarás a pacer el rebaño. Y a los ocho años; como precio a tus servicios, te casaré con aquella de mis hijas que ha ido a buscarte a la fuente".
Y Muza esta vez aceptó, y dijo para sí: "¡Ahora que la cosa será lícita con la joven, podré usar sin reticencias su trasero bendito!"
"Se cuenta que Ibn-Bitar hubo de encontrarse con uno de sus amigos, que le preguntó: "¿En dónde has estado tanto tiempo que no te he visto?" Ibn-Bitar repuso: "He estado con mi amigo Ibn-Scheab. ¿Lo conoces?" Y el otro contestó: "¡Ya lo creo que lo conozco! Es vecino mío desde hace más de treinta años, pero nunca le he dirigido la palabra". Entonces Ibn-Bitar dijo: "¡Oh desventurado! ¿No sabes que al que no quiere a sus vecinos no le quiere Alah? ¿Y no sabes que debemos tantas consideraciones a nuestro vecino como a nuestro pariente?"
"Un día, Ibn-Adham dijo a uno de sus amigos que volvía con él de la Meca: "¿Cuál es tu vida?" Y el otro contestó: "Cuando tengo para comer, como, y cuando tengo hambre y no tengo dinero, lo tomo con paciencia". E Ibn-Adham contestó: "¡En realidad, haces lo mismo que los perros del país de Balkh! En cuanto a nosotros, cuando Alah nos da pan, lo glorificamos, y cuando no tenemos que comer, le damos las gracias de todas maneras”.
Entonces el hombre exclamó: "¡Oh maestro mío!" Y no dijo más.
"Cuentan que Mohammed ben-Omar preguntó un día a un hombre muy austero: "¿Qué piensas de la esperanza que se debe tener en Alah?" Y el hombre dijo: "Pongo mi esperanza en Alah, por dos cosas: porque el pan que yo como nunca se lo come otro, y porque si he venido al mundo ha sido por voluntad de Alah". Y dichas estas palabras, la quinta joven retrocedió junto a sus compañeras. Entonces se adelantó pausadamente la venerable anciana. Besó nueve veces la tierra entre las manos de tu difunto padre el rey Omar Al-Neman y dijo:

Palabras de la anciana

"¡Oh rey Omar! acabas de oír las palabras edificantes de estas jóvenes acerca del desprecio hacia las cosas de aquí abajo, en la medida en que estas cosas deben ser despreciadas. Ahora voy a hablarte de cuanto sé respecto a los hechos y a los dichos de los más grandes entre nuestros antiguos.
"Se cuenta que el gran imán Al-Schafí (¡que Alah le tenga en su gracia!) dividía la noche en tres partes: la primera para el estudio, la segunda para el sueño, y la tercera para la oración. Y hacia el fin de su vida, velaba toda la noche, sin reservar nada para el sueño.
"El mismo imán Al-Schafí (¡Alah le tenga en su gracia!) ha dicho: "Durante diez años de mi vida, no he querido comer todo el pan de cebada que apetecía. Porque comer demasiado es perjudicial de todas maneras. Se embota el cerebro, se endurece el corazón, se aniquila la inteligencia, se acrecientan la pereza y el sueño, y desaparece hasta la última energía".
"El joven Ibn-Fuad nos cuenta: "Me hallaba un día en Bagdad, cuando habitaba allí el imán Al-Schafí. Y habiendo marchado a la orilla del río para hacer mis abluciones, pasó junto a mí un hombre seguido de una muchedumbre que caminaba silenciosamente detrás de él y me dijo: "¡Oh joven paseante! cuida de tus abluciones, y Alah cuidará de ti". Y al ver a aquel hombre que tenía unas barbas muy largas y un rostro señalado por la bendición, me apresuré a terminar mis abluciones, y le fuí siguiendo. Entonces se volvió hacia mí, y me dijo: "¿Necesitas pedirme alguna cosa?"
Yo repuse: "¡Oh venerable padre! ¡Deseo que me enseñes lo que seguramente has aprendido de Alah el Altísimo!" Y me dijo: "¡aprende a conocerte! ¡Y no obres hasta entonces! ¡Y obra entonces según tus deseos, pero cuidando de no perjudicar al vecino!" Y siguió su camino sin decir más. Entonces pregunté a los que le seguían: "¿Pues quién es ése?" Y me contestaron: "¡Es el imán Mohammed ben-Edris Al-Schafí!"
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 84ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la venerable anciana prosiguió de esta manera:
"Se cuenta que el califa Abu-Giafar Al-Mansur quiso nombrar kadí a Abí-Hanifa y señalarle diez mil dracmas al año. Pero cuando Abí-Hanifa se enteró de la intención del califa, rezó la oración matutina, se envolvió en su ropón blanco y se sentó sin decir una palabra. Entonces entró el enviado del califa, para entregarle por anticipado los diez mil dracmas y anunciarle su nombramiento. Pero Abí-Hanifa no contestó palabra a todo el discurso del enviado. Entonces el enviado dijo: "Puedes estar seguro de que todo este dinero que te traigo es cosa lícita y admitida por el Libro Noble". Pero Abí-Hanifa replicó: "Verdaderamente, es cosa lícita, ¡pero Abí-Hanifa no será jamás servidor de los tiranos!"
Y dichas estas palabras, la anciana añadió: "Habría querido, ¡oh rey! recordarte más rasgos admirables de la vida de nuestros sabios antiguos. Pero he aquí que la noche se acerca; además, ¡los días de Alah son numerosos para sus servidores!" Y la santa anciana se volvió a echar el velo sobre los hombros, y retrocedió hacia el grupo formado por las cinco doncellas.
El visir Dandán, al llegar a este punto, cesó de hablar un momento, pero a los pocos instantes añadió:
Cuando el rey Ornar Al-Nemán hubo oído estas palabras edificantes, comprendió que aquellas mujeres eran las más perfectas de su siglo, al mismo tiempo que las más bellas y las de espíritu y cuerpo más cultivados. Y no supo qué consideraciones guardarles que fueran dignas de ellas, y quedó completamente encantado con su hermosura, y las deseó ardientemente, al mismo tiempo que se llenaba de respeto hacia la santa anciana que las guiaba. Y por lo pronto les dió para vivienda los aposentos reservados que habían pertenecido en otro tiempo a la reina Abriza, reina de Kaissaria. Y durante diez días seguidos fué personalmente a saber de ellas y a ver por sí mismo si les faltaba algo, y cada vez que iba encontraba a la vieja rezando, pues pasaba los días entregada al ayuno y las noches a la meditación. Y tanto le edificó su santidad, que un día me dijo: "¡Oh mi visir! ¡Qué bendición es tener en palacio una santa tan admirable! Mi respeto hacia ella es tan grande como mi amor hacia esas jóvenes.
Puesto que han transcurrido los diez días de nuestra hospitalidad y podemos hablar de negocios, ven conmigo para pedir a la anciana que fije el precio de esas jóvenes, de esas cinco vírgenes de pechos redondos".
Fuimos, pues, en seguida, y tu padre se lo preguntó a la anciana, que le dijo: "¡Oh rey! sabe que el precio de esas jóvenes está fuera de las condiciones ordinarias, porque su precio no se paga en oro, ni en plata, ni en pedrerías".
Al oír estas palabras, el rey Omar se quedó extraordinariamente asombrado, y le preguntó: "¡Oh venerable señora! ¿En qué consiste el precio de estas jóvenes?" Y ella contestó: "No puedo vendértelas más que con una sola condición: un ayuno de todo un mes, durante el cual te dedicarás a la meditación y a la plegaria. Y al cabo de este mes de ayuno completo, con el cual tu cuerpo se purificará y se hará digno de comulgar con el cuerpo de esas jóvenes, podrás disfrutar totalmente de sus dulzuras'".
Entonces el rey Omar quedó asombrado hasta el límite del asombro, y su respeto a la anciana ya no conoció límites. Y se apresuró a aceptar sus condiciones. Pero la anciana le dijo: "Por mi parte te ayudaré con mis oraciones y con mis votos a soportar el ayuno. Ahora tráeme una colodra de cobre". Y el rey le entregó una colodra de cobre, que ella llenó de agua pura, y empezó a decir oraciones en una lengua desconocida y a murmurar durante una hora frases que ninguno de nosotros entendimos. Después cubrió la colodra con una tela transparente, la precintó con su sello, y la entregó a tu padre, diciéndole:
"Al cabo de los diez días, cortarás el ayuno bebiendo esta agua santa, que te fortalecerá y te lavará de todas las mancillas pasadas. Y ahora me voy a buscar a la Gente de lo Invisible, que son mis hermanos, pues hace mucho tiempo que no los he visto. Volveré en la mañana del undécimo día". Y dichas estas palabras, deseó la paz a tu padre, y se fué.
Entonces el rey eligió una celda completamente aislada del palacio, en la cual no puso más muebles que la colodra de cobre, y se encerró allí para entregarse a la meditación y al ayuno y hacerse merecedor de los cuerpos de aquellas jóvenes. Cerró la puerta por dentro, se metió la llave en el bolsillo y...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 85ª noche


Ella dijo:
Cerró la puerta por dentro, se metió la llave en el bolsillo, y empezó inmediatamente el ayuno.
Y al llegar al undécimo día, desprecintó la colodra, se la llevó a los labios y la bebió de un trago. Inmediatamente experimentó un bienestar general y una gran dulzura en sus entrañas. Y apenas había bebido, llamaron a la puerta de la celda. Y al abrirla, entró la anciana con un paquete de hojas frescas de plátano.
Y el rey se levantó y le dijo: "¡Bienvenida seas, mi venerable madre!" y ella contestó: "¡Oh rey! he aquí que la Gente de lo Invisible me envía para transmitirte su saludo, pues le he hablado de ti, y todos se han alegrado mucho al saber nuestra amistad. Y te envían este paquete, que encierra bajo las hojas de plátano unas delicadas confituras que han preparado con sus dedos las vírgenes de negros ojos del paraíso. Así es que cuando llegue la mañana del vigésimo día, cortarás el ayuno comiendo las confituras". El rey Omar se alegró en extremo al oír estas palabras, y dijo: "¡Loor a Alah, que me ha permitido tener hermanos entre la Gente de lo Invisible!" Después dió muchas gracias a la anciana, le besó las manos, y la acompañó con muchas consideraciones hasta la puerta de la celda.
Y como había prometido, volvió la anciana al vigésimo día, y dijo al rey: "¡Oh rey! sabe que he comunicado a mis hermanos de lo Invisible mi intención de regalarte las jóvenes, y se han alegrado mucho a causa de la amistad que te tienen. Así es que antes de dejarlas entre tus manos, las voy a llevar a la morada de la Gente de lo Invisible, para que les infundan su aliento y las perfumen con un aroma tan agradable que te ha de encantar. Y volverán a ti llevando un magnífico tesoro extraído del seno de la tierra por mis hermanos de lo Invisible"
Y el rey le dió las gracias por todos sus favores, y le dijo: "¡En realidad, eso es demasiado! Y en cuanto al tesoro del fondo de la tierra, me parece verdaderamente excesivo y temo abusar". Pero ella respondió a esto como correspondía, y tu padre le preguntó: "¿Y cuándo me las traerás?" Ella dijo: "La mañana del trigésimo día, cuando hayas terminado el ayuno y te hayas purificado. Y esas jóvenes, cada una de las cuales vale más que todo tu imperio, tendrán entonces una pureza de jazmín, y te pertenecerán por completo". El contestó: "¡Oh qué verdad es ésa!" Ella dijo: "Ahora, si quisieras confiarme la mujer que prefieras entre tus mujeres, la llevaría con esas jóvenes, para que las gracias y purificaciones de mis hermanos, la Gente de lo Invisible, recayeran también en ella".
Entonces el rey tu padre dijo: "¡Cuántos beneficios he de agradecerte! En efecto, tengo una griega llamada Salía, hija del rey Afridonios de Constantinia, y Alah me ha dado de ella dos hijos a quienes, ¡ay de mí! he perdido hace años. Llévala contigo, ¡oh venerable anciana! para que recaiga en ella la gracia de la Gente de lo Invisible, y ojalá, por su intercesión, pueda recobrar mis hijos". Entonces la anciana dijo: "Seguramente, así será. ¡Manda que llamen a la reina Safía!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente

Pero cuando llegó la 86ª noche

Ella dijo:
Entonces la anciana dijo: "¡Manda que llamen a la reina Safía!" Y el rey mandó inmediatamente llamar a tu madre la reina Salía, y la confió a la anciana, que la llevó en seguida adonde estaban las jóvenes. Después fué a sus habitaciones, y volvió con una copa sellada, le dió la copa al rey Omar, y le dijo: "En la mañana del trigésimo día, terminado tu ayuno, irás a tomar un baño. Después regresarás a tu celda, y beberás esta copa, que completará tu purificación y te hará digno de estrechar contra tu seno a mis cinco jóvenes. Y ahora, ¡contigo sean la paz, la misericordia de Alah y todas sus bendiciones!, ¡oh hijo mío!"
Y la anciana se fué acompañada de las cinco jóvenes y de tu madre la reina Safía.
Y el rey siguió su ayuno hasta el trigésimo día. Y al llegar la mañana del trigésimo día, el rey se levantó, se fué al hammam, tomó el baño y después regresó a su celda, prohibiendo que nadie le llamase. Cerró por dentro con llave, cogió la copa, le quitó el sello, se la bebió, y después se tendió a descansar.
Y como sabíamos que era el último día del ayuno, aguardamos hasta el anochecer. Y después seguimos esperando toda la noche y hasta la mitad del día siguiente. Y pensábamos: "¡Debe estar descansando!" Pero como persistía en no abrir, nos acercamos a la puerta y dimos voces. Y nadie contestó.
Entonces, alarmados por aquel silencio, echamos la puerta abajo y entramos.
Pero el rey ya no estaba allí. Encontramos sus carnes destrozadas y sus huesos ennegrecidos. Y todos caímos desmayados.
Y cuando volvimos en nuestro conocimiento, cogimos la copa, la examinamos, y debajo de la tapa hallamos un papel que decía:
"¡A ningún malvado debe echársele de menos! Toda persona que, lea este papel, sepa que tal es el castigo de quien seduce a las hijas de los reyes y las corrompe. ¡Tal es el caso de este hombre! ¡Envió a su Dijo Scharkán para que arrebatase a la hija de nuestro rey, a la desventurada Abriza! ¡Y la cogió, y virgen como era, hizo de ella lo que hizo! ¡Y después se la dió a un esclavo negro, que la hizo sufrir los peores ultrajes y la mató! Y por ese acto, indigno de un rey, ha perecido el rey Omar Al-Nemán. Y yo, que lo he matado, sabed que soy la animosa y la vengadora, cuyo nombre es Madre de todas las Calamidades. Y no sólo, ¡oh vosotros infieles que me leéis! he matado a vuestro soberano, sino que me he apoderado de la reina Safía, hija del rey Afridonios de Constantinia, y se la voy a devolver a su padre.
Después todos volveremos armados, para destruir vuestras casas y exterminaros hasta el último. ¡Y no quedaremos en la tierra más que nosotros los cristianos, que adoramos la Cruz!"
"Al leer este papel comprendimos toda nuestra desgracia, y nos golpeamos el rostro, y lloramos mucho tiempo. Pero ¿de qué nos servían muestras lágrimas, cuando ya se había realizado lo irreparable?
"Y fué entonces cuando anduvimos discordes para la elección del sucesor el ejército y el pueblo. Y este desacuerdo duró todo un mes, al cabo del cual, como nada se sabía de tu existencia, se resolvió elegir a tu hermano. ¡Pero Alah te puso en nuestro camino, y sucedió lo que sucedió!
"Y tal es la causa de la muerte de tu padre el rey Omar Al-Nemán". Cuando el gran visir terminó su relato, sacó el pañuelo, se lo llevó a los ojos, y empezó a llorar. Y el rey Daul'makán y la reina Nozhatú, que seguía detrás de la cortina de seda, se echaron a llorar también, lo mismo que el gran chambelán y cuantos estaban presentes.
Pero el chambelán fué el primero en decir: "¡Oh rey! estas lágrimas ya no sirven para nada. Ahora te corresponde dar firmeza al corazón para velar por los intereses de tu reino. ¡Porque tu difunto padre sigue viviendo en ti, pues los padres viven en los hijos dignos de ellos!"
Entonces Daul'makán dejó de llorar y se preparó para la primera sesión de su reinado.
Se sentó en el trono, el chambelán se quedó de pie a su lado, el visir Dandán delante de él, y los grandes del reino se colocaron según su categoría.
Entonces, dirigiéndose al visir Dandán, le dijo: "Sepamos el contenido de los armarios de mi padre". Y el visir contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y fué enumerando todo el contenido: dinero, riquezas y joyas; y le entregó una lista detallada. Y entonces el rey dijo: "¡Oh visir de mi padre! seguirás siendo el gran visir de mi reinado". Y el visir Dandán besó la tierra entre las manos del rey, y le deseó larga vida. Y el rey dispuso: "En cuanto a las riquezas que hemos traído con nosotros de Damasco, hay que repartirlas entre el ejército".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 87ª noche

Ella dijo:
Entonces el chambelán abrió las cajas que contenían las riquezas traídas de Damasco, y no se quedó con nada absolutamente, pues todo lo repartió entre los soldados, dando las cosas mejores a los jefes del ejército. Y todos los jefes besaron la tierra entre sus manos, hicieron votos por la vida del rey, y se dijeron unos a otros: "¡Jamás hemos visto generosidad semejante!"
Y entonces Daul'makán dió la señal de marcha; se levantó el campo, y el rey, a la cabeza del ejército, hizo su entrada en Bagdad.
Y todo Bagdad estaba adornado y los habitantes hacinados en las azoteas. Y las mujeres daban gritos de júbilo cuando pasaba el rey. Y el rey, apenas llegó a palacio, llamó al jefe de los escribas y le dictó una carta para su hermano Scharkán, relatándole todo lo ocurrido desde el principio hasta el fin, terminando de este modo:
"Y te rogamos que al recibo de la presente movilices tu ejército y vengas a unir tus fuerzas a las nuestras, para que vayamos a pelear con los infieles y venguemos la muerte de nuestro padre, lavando la mancha que debe lavarse".
Después dobló la carta, la precintó con su sello, llamó al visir Dandán y se la entregó, diciéndole: "Sólo tú, ¡oh gran visir! puedes desempeñar una misión tan delicada cerca de mi hermano. Y dile que estoy dispuesto a cederle el trono de Bagdad y pasar a ser gobernador de Damasco".
Entonces el visir dispuso el viaje, y aquella misma noche salió para Damasco.
Durante su ausencia ocurrieron dos cosas importantes: la primera fué que Daul'makán mandó llamar a su amigo el encargado del hammam, le colmó de honores y le dió un palacio que mandó engalanar con las alfombras más hermosas de Persia. Pero ya se hablará extensamente, en el curso de esta historia, de este buen encargado del hammam.
Y la segunda cosa fué la siguiente: "el rey Daul'makán recibió de uno de sus vasallos diez esclavas blancas. Y una de estas jóvenes, cuya belleza era imponderable, agradó tanto al rey, que en seguida se acostó con ella y la dejó preñada al momento. Pero ya volveremos sobre esto en el curso de esta historia.
En cuanto al visir, no tardó en regresar, anunciando que el príncipe Scharkán, acogiendo favorablemente la petición, se había puesto en camino a la cabeza de su ejército. Y salieron a esperarle, y apenas habían andado una jornada vieron venir al príncipe Scharkán con su ejército, precedido por los batidores.
Y Daul'makán quiso apearse, pero Scharkán, desde lejos, le rogó que no lo hiciera, y fué el primero en descabalgar para precipitarse en brazos de Daul'makán, que de todas maneras se había apeado. Y se dieron un largo abrazo, llorando; y después de dirigirse palabras de consuelo por la muerte de su padre, volvieron juntos a Bagdad.
Y en seguida se convocó a toda la gente de armas del imperio, que acudió presurosa a causa de la recompensa y del botín que se les ofreció. Y durante un mes no dejaron de afluir guerreros. Y Scharkán contó a Daul'makán toda su historia; y Daul'makán también contó la suya, pero insistiendo mucho en los servicios del encargado del hammam. Así es que Scharkán dijo: "Seguramente habrás recompensado la virtuosa abnegación de ese hombre". Y Daul'makán, contestó:
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 88ª noche

Ella dijo:
Y Daul'makán contestó: "No le he recompensado aún en la medida que se merece. ¡Pero si quiere Alah, lo haré al regresar de la guerra!" Y entonces Scharkán pudo comprobar la veracidad de las palabras de Nozhatú, y rogó al gran chambelán que la saludase de su parte. Y el gran chambelán, cumplido el encargo, transmitió a Scharkán el saludo de Nozhatú, que pidió noticias de su hija Fuerza del Destino. Y al saber por Scharkán que estaba perfectamente, dió gracias a Alah por ello.
Cuando todas las tropas estuvieron reunidas, los dos hermanos se pusieron al frente de ellas. Y Daul'makán se despidió de su joven esclava, después de haberla instalado como se merecía.
Formaban la vanguardia del ejército los guerreros turcos, cuyo jefe se llamaba Bahramán, y la retaguardia los guerreros del Deilam (Provincia de Persia) cuyo jefe se llamaba Rustem. El centro iba a las órdenes de Daul'makán, el ala derecha la manda el príncipe Scharkán, el ala izquierda el gran chambelán, y el gran visir fué nombrado segundo jefe general del ejército.
No cesaron de viajar durante un mes entero, descansando tres días a cada semana, hasta que llegaron al país de los rumís. Y los habitantes huyeron aterrados, refugiándose en Constantinia y comunicando al rey Afridonios la invasión de los musulmanes.
El rey Afridonios mandó llamar a la Madre de todas las Calamidades, que acababa de llegar con su hija Safía, y había decidido al rey Hardobios a que se uniese con él para vengar la muerte de su hija Abriza.
Y el rey Afridonios, apenas se presentó la Madre de todas las Calamidades, le preguntó pormenores de la muerte del rey Omar Al-Nemán, y ella se apresuró a relatárselos, y entonces el rey le dijo: "Y ahora que el enemigo se acerca, ¿qué debemos hacer, ¡oh Madre de todas las Calamidades!?" Y ésta dijo: "¡Oh gran rey, representante de Cristo en la tierra! voy a indicarte el plan que has de seguir para triunfar, y ni el mismo Cheitán, con todas sus malicias, podrá desenredar los hilos en que voy a coger a nuestros enemigos".
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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