lunes, mayo 20, 2024

29 P2 Historia mágica del caballo de ébano - segunda de dos partes


Hace parte de

  29 Historia mágica del caballo de ébano (de la noche 414 a la 432)





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Y cuando llegó la 424ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh ama nuestra! ¿por qué lloras a quien seguramente no te llora a ti?"
Ella contestó: "¿Qué decís, ¡oh faltas de juicio!? ¿Acaso creéis que el encantador a quien amo y por quien lloro es de los que olvidan o de aquellos a quienes se puede olvidar?" Y redobló en sus llantos y  gemidos, y lo hizo tan fuerte y durante tanto tiempo, que le dió un desmayo. Entonces el príncipe sintió que se le partía a causa de ello el corazón y que la vejiga de la hiel le estallaba en el hígado. Así es que levantó la cortina sin tardanza y penetró en la habitación. Y vio a la joven acostada en su lecho, con su cabellera por toda camisa y con su abanico de plumas blancas por toda sábana. Y como parecía amodorrada, se acercó a ella y le hizo una caricia muy dulcemente. Al punto abrió ella los ojos y le vió de pie a su lado, inclinado con una actitud interrogante de ansiedad, y murmurando: "¿A qué vienen esas lágrimas y esos gemidos?"
Al ver aquello, reanimada con una vida nueva, se irguió de pronto la joven, y arrojándose a él, le rodeó el cuello con sus brazos y empezó a cubrirle de besos el rostro, diciéndole: "¡Todo era por causa de tu amor y de tu ausencia, ¡oh luz de mis ojos!" El contestó: "¡Oh dueña mía! ¡pues si supieras en qué desolación estuve yo sumido por causa tuya durante todo este tiempo!" Ella añadió: "¡Pues y yo! ¡qué desolada por tu ausencia estuve también! ¡Si hubieras tardado algo más en volver, sin duda me habrías encontrado muerta!"
El dijo: "¡Oh dueña mía! ¿qué te parece lo que me ocurrió con tu padre y la manera que tuvo de tratarme? ¡Por Alah, que si no hubiera sido por tu amor, ¡oh seductora de la Tierra, del Sol y de la Luna, y tentadora de los habitantes del Cielo, de la Tierra y del Infierno! le hubiera degollado seguramente, dando así ejemplo y enseñanza a todos los observadores! ¡Pero, como te amo, le amo a él también ahora!"
Ella preguntó: "¿Qué te decidió a abandonarme? ¿Crees que la vida podría parecerme dulce sin ti?" El dijo: "Ya que me amas, ¿quieres escucharme y seguir mis consejos?" Ella contestó: "¡No tienes más que hablar, y te obedeceré y escucharé tus consejos y me conformaré con todas tus opiniones!" El dijo: "¡Empieza, entonces, por traerme de comer y de beber, porque tengo hambre y sed! ¡Y después hablaremos! "
Entonces dió orden la joven a sus servidoras de que le llevaran manjares y bebidas; y se pusieron ambos a comer y a beber y a charlar hasta que casi hubo transcurrido toda la noche. Entonces, como comenzaba a apuntar el día, Kamaralakmar se levantó para despedirse de la joven y marcharse antes de que se despertara el eunuco; pero le preguntó Schamsennahar: "¿Y adónde vas a ir así?" El contestó: "¡A casa de mi padre! ¡Pero me comprometo bajo juramento a volver a verte una vez a la semana!"
Al oír estas palabras, ella rompió en sollozos y exclamó: "¡Oh! ¡te conjuro por Alah el Todopoderoso a que me cojas y me lleves contigo adonde quieras, antes que hacerme saborear de nuevo la amargura de la coloquíntida de la separación!"
Y exclamó él, entusiasmado: "¿Quieres verdaderamente venir conmigo?" Ella contestó: "¡Sí! El dijo: "¡Entonces, levántate y partamos!" De modo que se levantó ella, abrió un cofre lleno de vestidos suntuosos y de objetos de valor, y se arregló y se puso encima todo lo más rico y precioso que había entre las cosas hermosas de su pertenencia, sin olvidar collares, sortijas, brazaletes y diversas joyas engastadas con las más bellas pedrerías; luego salió en compañía de su bienamado, sin que ni por pienso lo impidieran sus servidoras.
Entonces la condujo Kamaralakmar, y tras de hacerla subir a la terraza del palacio, saltó a lomos de su caballo, la sentó a ella en la grupa, le recomendó que se sujetara con fuerza y la ató a él con cuerdas sólidas. Tras de lo cual dio vuelta a la clavija que servía para subir, y remontó el vuelo el caballo y se elevó con ellos por los aires.
Al ver aquello, empezaron a gritar tan alto las servidoras, que el rey y la reina acudieron a la terraza a medio vestir, mal despiertos aún, y sólo tuvieron tiempo para ver al caballo mágico emprender su vuelo aéreo con el príncipe y la princesa. Y el rey, emocionado y consternado hasta el límite de la consternación, tuvo alientos, no obstante, para gritar al joven, que cada vez se elevaba más: "¡Oh hijo de rey! ¡te conjuro a que tengas compasión de mí y de mi esposa, que es esta anciana que aquí ves, y no nos prives de nuestra hija!"
Pero no le contestó el príncipe. Sin embargo, por si acaso la joven sentía pena al dejar así a su padre y a su madre, le preguntó: "Dime, ¡oh esplendor! ¡oh entusiasmo de tu siglo y de mis ojos! ¿quieres volver con tu padre y con tu madre?...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 425ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh esplendor! ¡oh entusiasmo de tu siglo y de mis ojos! ¿quieres volver con tu padre y con tu madre?" Ella contestó: "¡Por Alah, ¡oh mi dueño! que no es ése mi deseo! Lo único que anhelo es estar  contigo donde estés tú, ¡porque el amor que por ti siento me hace despreciar todo y olvidarlo todo, incluso a mi padre y a mi madre!"
Al oír estas palabras, el príncipe se alegró hasta el límite de la alegría, e hizo volar a su caballo con la mayor rapidez posible, sin que inquietara semejante cosa a la joven; y no tardaron de aquel modo en llegar a la mitad del camino, a un paraje en que se extendía una magnífica pradera regada por aguas corrientes, en la que echaron pie a tierra por un instante. Comieron, bebieron y descansaron algo, para  volver inmediatamente después a montar en su caballo mágico y a partir a toda velocidad con dirección a la capital del rey Sabur, a la vista de la cual llegaron una mañana. Y el príncipe se regocijó mucho por haber arribado sin accidentes, ¡y de antemano sintió un gran placer al pensar que por fin iba a poder mostrar a la princesa las propiedades y territorios que poseía en su mano, y hacerle observar el poderío y la gloria de su padre el rey Sabur, probándole con ello cuánto más rico y más ilustre que el rey de Sana, padre de la joven, era el rey Sabur!
Empezó, pues, por aterrizar en medio de un hermoso jardín, situado fuera de la ciudad, donde su padre, el rey, tenía costumbre de ir para distraerse y respirar el aire libre; condujo a la joven al pabellón de verano, coronado por una cúpula que el rey había hecho construir y acondicionar para él mismo, y le dijo: "¡Voy a dejarte aquí un momento para ir a prevenir a mi padre de nuestra llegada. Mientras esperas, ten cuidado del caballo de ébano, que dejo a la puerta, y no le pierdas de vista. ¡Y en seguida te enviaré a un mensajero para que te saque de aquí y te conduzca al palacio especial que voy a hacer que preparen para ti sola!" Y la joven quedó en extremo encantada con estas palabras, y comprendió que, efectivamente, no debía entrar en la ciudad más que entre los honores y homenajes propios de su rango. Luego se despidió de ella el príncipe, y encaminose al palacio de su padre el rey.
Cuando el rey Sabur vió llegar a su hijo, creyó morirse de alegría y de emoción, y después de los abrazos y bienvenidas, le reprochó, llorando, su marcha, que les puso en las puertas de la tumba a todos. Tras de lo cual le dijo Kamaralakmar: "¿A que no adivinas a quién traje de allá conmigo?" El rey contestó: "¡Por Alah, no lo adivino!"
El joven dijo: "¡A la propia hija del rey de Sana, a la joven más perfecta de Persia y de Arabia! ¡La he dejado, por el pronto, fuera de la ciudad, en nuestro jardín, y vengo a avisarte para que hagas que dispongan al punto el cortejo que ha de ir a buscarla, y que deberá ser lo más espléndido posible, para darle de antemano una alta idea de tu poderío, de tu grandeza y de tus riquezas!" Y contestó el rey: "¡Con alegría y generosidad, por darte el gusto!"
E inmediatamente dio orden de que adornaran la ciudad y la embellecieran con el decorado más hermoso y los más hermosos ornamentos; y después de organizar un cortejo extraordinario, él mismo se puso a la cabeza de sus jinetes vestidos de gala, y a banderas desplegadas salió al encuentro de la princesa Schamsennahar, cruzando por todos los barrios de la ciudad entre la aglomeración de los habitantes, que se alineaban en varias filas, precedido por tañedores de pífanos, clarinetes, timbales y tambores, y seguido por la multitud inmensa de guardias, soldados, gente del pueblo, mujeres y niños.
Por su parte, el príncipe Kamaralakmar abrió sus cofres, sus arquillas y sus tesoros, y sacó de ellos lo más hermoso que había, como joyas, alhajas y otras cosas maravillosas con que se atavían los hijos de los reyes para hacer ostentación de su fausto, sus riquezas y su esplendor; e hizo preparar para la joven un inmenso palio de brocados rojos, verdes y amarillos, debajo del cual se alzaba un trono de oro resplandeciente de pedrerías; y en las gradas del inmenso trono coronado por un pabellón de sedas doradas, hizo que se alinearan esclavas indias, griegas y abisinias, sentadas unas y de pie otras, mientras que a los cuatro lados del trono se mantenían cuatro esclavas blancas que hacían aire con grandes abanicos de plumas de aves de especie extraordinaria. Y dos negros desnudos hasta la cintura llevaron a hombros el estrado aquel en pos del cortejo, rodeados por una muchedumbre más densa aún que la anterior, y entre los gritos jubilosos de todo un pueblo y los lú-lú-lues estridentes que salían de las gargantas de las mujeres sentadas al pie del trono y de todas las que se aglomeraban a su alrededor, emprendieron el camino de los jardines.
En cuanto a Kamaralakmar, no tuvo paciencia para acompañar el cortejo al paso, y lanzando su caballo a la carrera, tomó por el atajo más corto y en algunos instantes llegó al pabellón donde había dejado a la princesa, hija del rey de Sana. Y la buscó por todas partes; pero ni encontró a la princesa ni al caballo de ébano.
Entonces, en el límite de la desesperación, Kamaralakmar se abofeteó con ira el rostro, rompió sus vestidos y echó a correr y a vagar como un loco por el jardín, gritando mucho y llamando con toda la fuerza de su garganta. ¡Pero fué en vano!
Al cabo de cierto tiempo, hubo de calmarse un poco y volver a la razón, y se dijo: "¿Cómo ha podido dar con el secreto para el manejo del caballo de ébano, si no le revelé nada que con ello se relacionase? ¡Como no sea el sabio constructor del caballo haya caído sobre ella de improviso y se la haya llevado para vengarse del tratamiento que le infligió mi padre!" Y al punto corrió en busca de los guardas del jardín, y les preguntó ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 426ª noche

Ella dijo:
... Y al punto corrió en busca de los guardas del jardín, y les preguntó: "¿Habéis visto pasar por aquí o cruzar el jardín a alguien? ¡Decidme la verdad, o haré saltar vuestras cabezas al instante!" Aterrados con sus amenazas quedaron los guardas, y contestaron como una sola voz: "¡Por Alah, que nadie vimos entrar en el jardín, a no ser el sabio persa, que vino aquí para coger hierbas curativas, y a quien no vimos salir aún!"
Al oír estas palabras, el príncipe tuvo ya certeza de que era el sabio persa quien le arrebató a la joven, y llegó al límite de la consternación y de la perplejidad; y muy conmovido y desconcertado salió al paso del cortejo, y encarándose con su padre, le contó lo que había sucedido, y le dijo: "Vuélvete a tu palacio con tus tropas; en cuanto a mí, ¡no volveré hasta que no haya aclarado este asunto negro!"
Al oír estas palabras y enterarse de la determinación tomada por su hijo, el rey empezó a llorar, a lamentarse y a golpearse el pecho, y le dijo: "Por favor, ¡oh hijo mío! calma tu cólera, reprime tu pena y vuélvete a casa con nosotros. ¡Y escogerás entonces a la hija del rey o del sultán que quieras, y te la daré en matrimonio!" Pero Kamaralakmar no se avino a prestar la menor atención a las palabras de su padre ni a escuchar sus ruegos, le dijo algunas frases de despedida y se marchó montado en su caballo, mientras el rey, en el límite de la desesperación, regresaba a la ciudad con llantos y gemidos. Y así fué  como su alegría se tornó en tristeza, en sobresaltos y en tormentos. ¡Y esto en cuanto a ellos!
¡Pero he aquí ahora lo que aconteció al mago y a la princesa!
Como lo había decretado de antemano el Destino, el mago persa fué aquel día al jardín, para coger, efectivamente, hierbas curativas y simples y plantas aromáticas y sintió un olor delicioso de almizcle y  otros perfumes admirables; así es que, venteando con la nariz, se encaminó hacia el lado por donde llegaban hasta él aquel olor extraordinario. Y aquel olor era precisamente el que despedía la princesa, embalsamando con él todo el jardín. De modo que, guiado por su olfato perspicaz, no tardó el mago tras algunos tanteos en llegar al propio pabellón en que se encontraba la princesa. ¡Y cuán no sería su alegría al ver desde el umbral, de pie sobre las cuatro patas, al caballo mágico; obra de sus manos! ¡Y cuáles no serían los estremecimientos de su corazón al ver aquel objeto cuya pérdida le había quitado la gana de comer y de beber y el reposo y el sueño!
Se puso entonces a examinarlo por todas partes y lo encontró intacto y en buen estado. Luego, cuando se disponía a saltar encima y hacerlo volar, dijo para sí: "¡Antes conviene que vea qué ha podido traer en el caballo y dejar aquí el príncipe!" Y penetró en el pabellón. Entonces vio perezosamente tendida en el diván a la princesa, a quien tomó primero por el sol cuando sale de un cielo tranquilo. Y ni por un instante dudó ya de que tenía ante sus ojos a alguna dama de ilustre nacimiento y de que el príncipe la había llevado en el caballo y la dejó en aquel pabellón para ir a la ciudad él mismo a preparar un cortejo espléndido. Así es que, por su parte, se adelantó el sabio, se prosternó delante de ella y besó la tierra entre sus manos, a tiempo que la joven levantaba a él los ojos, y encontrándole extraordinariamente horrible y repulsivo, se apresuró a volver a cerrarlos para no verle, y le preguntó: "¿Quién eres?"
El sabio contestó: "¡Oh mi dueña! soy el mensajero que te envía el príncipe Kamaralakmar para que te conduzca a otro pabellón más hermoso que éste y más próximo a la ciudad; porque hoy está un poco indispuesta mi ama la reina, madre del príncipe, y como no quiere, sin embargo, que se la adelante nadie a verte, pues tu llegada ha producido mucho júbilo, ha dispuesto este pequeño cambio que la ahorrará una caminata prolongada". La joven preguntó: "¿Pero dónde está el príncipe?" El persa contestó: "¡Está en la ciudad con el rey, y pronto vendrá a tu encuentro con gran aparato y en medio de un cortejo espléndido!"
Ella dijo: "Pero dime, ¿es que no ha podido el príncipe encontrar otro mensajero un poco menos repulsivo que tú para enviármele?" Al oír estas palabras, aunque le mortificaron mucho, el mago se echó a reír con el mandil arrugado de su cara amarilla, y contestó: "¡Ciertamente, ¡por Alah, oh mi dueña! que no hay en el palacio otro mameluco tan repulsivo como yo! ¡Pero acaso la mala apariencia de mi fisonomía y la abominable fealdad de mi cara te induzcan a error con respecto a mi valer! ¡Y ojalá puedas un día comprobar mi capacidad y aprovecharte, como el príncipe, del don precioso que poseo! ¡Y al saber entonces cómo soy, me alabarás! ¡En cuanto al príncipe, si me escogió para que viniera a tu lado, lo ha hecho precisamente a causa de mi fealdad y de mi odiosa fisonomía, y con el fin de que sus celos no tengan nada que temer con tus encantos y tu belleza! Y no son mamelucos, ni esclavos jóvenes, ni hermosos negros, ni eunucos, ni servidores, lo que faltan en palacio. ¡Gracias a Alah, su número es incalculable, y son todos a cual más seductores ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 427ª noche

Ella dijo:
"... y son todos a cuál más seductor!" Y he aquí que estas palabras del mago tuvieron el poder de persuadir a la joven, que se levantó al punto, puso su mano en la mano del viejo sabio, y le dijo: "¡Oh padre mío! ¿qué cabalgadura me trajiste contigo para que la monte?" El persa contestó: "¡Oh mi dueña, montarás en el caballo en que viniste!" Ella dijo: "¡Pero si yo no sé montar ahí sola!" Entonces sonrió él y comprendió que la tendría a merced suya en adelante y contestó: "¡Yo mismo montaré contigo!" Y saltó a su caballo, sentó en la grupa a la joven, sujetándola contra él y atándola sólidamente con cuerdas, en tanto que la princesa estaba muy ajena de lo que con ella iba a hacer. Dio vuelta entonces él a la clavija que servía para subir, y súbito el caballo llenó de viento su vientre, se movió y, se agitó saltando como las olas del mar; remontó el vuelo, elevándose por los aires cual un pájaro, y en un instante dejó detrás de sí en la lejanía, la ciudad y los jardines.
Al ver aquello, exclamó la joven, muy sorprendida: "¡Oye! ¿adónde vas sin ejecutar las órdenes de tu amo?" El sabio contestó: "¡Mi amo! ¿Y quién es mi amo?" Ella dijo: "¡El hijo del rey!" El sabio preguntó: "¿Qué rey?" Ella dijo: "¡No sé cuál!" Al oír estas palabras se echó a reír el mago, y dijo: "Si te refieres al joven Kamaralakmar, ¡confunda Alah a ese bribón estúpido, que en suma no es más que un pobre muchacho!"
Ella exclamó: "¡La desgracia sobre ti, ¡oh barba de mal agüero! ¿Cómo te atreves a hablar así de tu amo y a desobedecerle?" El mago contestó: "¡Te repito que ese jovenzuelo no es mi amo! ¿Sabes quién soy?"
La princesa dijo: "¡No sé de ti más que lo que tú mismo me has contado!" El sabio sonrió y dijo: "¡Lo que te conté sólo era una estratagema ideada por mí en contra tuya y del hijo del rey! Porque has de saber que ese canalla logró robarme este caballo en que estás ahora, y que es obra de mis manos; y me quemó durante mucho tiempo el corazón haciéndome llorar tal pérdida. ¡Pero he aquí que de nuevo soy dueño de lo mío, y a mi vez quemo el corazón a ese ladrón y hago que sus ojos lloren por haberte perdido! Reanima, pues, tu alma y seca y refresca tus ojos, porque seré para ti yo más provechoso que ese joven alocado. Además, soy generoso, poderoso y rico; mis servidores y mis esclavos te obedecerán como a su ama; te vestiré con los más hermosos vestidos y te engalanaré con las galas más hermosas, ¡y realizaré el menor de tus deseos antes de que me lo formules!"
Al oír estas palabras, la joven se golpeó el rostro y empezó a sollozar; luego dijo: "¡Ah, qué desgracia la mía! ¡Ay! ¡Acabo de perder a mi bienamado, y antes perdí a mi padre y a mi madre!" Y siguió vertiendo lágrimas muy amargas y muy abundantes por lo que le sucedía, en tanto que el mago guiaba el vuelo de su caballo hacia el país de los rums, y después de un largo aunque veloz viaje, aterrizó sobre una verde pradera rica en árboles y en aguas corrientes.
Pero aquella pradera estaba situada cerca de una ciudad donde reinaba un rey muy poderoso. Y precisamente aquel día salió de la ciudad el rey para tomar el aire, y encaminó su paseo por el lado de la pradera. Y divisó al sabio junto al caballo y la joven. Y antes de que el mago tuviese tiempo de evadirse, los esclavos del rey habíanse precipitado sobre él, la joven y el caballo y los habían llevado entre las manos del rey.
Cuando vio el rey la horrible fealdad del viejo y su horrible fisonomía, y la belleza de la joven y sus encantos arrebatadores, dijo: "¡Oh mi dueña! ¿qué parentesco te une a este viejo tan horroroso?" Pero el persa se apresuró a responder: "¡Es mi esposa y la hija de mi tío!" Entonces, a su vez se apresuró la joven a contestar, desmintiendo al viejo: "¡Oh rey! ¡por Alah, que no conozco a este adefesio! ¡Qué ha de ser mi esposo! ¡No es sino un pérfido hechicero que me ha raptado a la fuerza y con astucias!"
Al oír estas palabras de la joven, el rey de los rums dió orden a sus esclavos de que apalearan al mago; y tan a conciencia lo hicieron, que estuvo a punto de expirar bajo los golpes. Tras de lo cual mandó el rey que se lo llevaran a la ciudad y le arrojaran en un calabozo, mientras él mismo conducía a la joven y hacía transportar el caballo mágico, cuyas virtudes y manejo secreto estaba muy lejos de suponer.
¡Y he aquí lo referente al mago y a la princesa!
En cuanto al príncipe Kamaralakmar, se vistió de viaje, tomó consigo los víveres y el dinero de que tenía necesidad, y emprendió el camino, con el corazón muy triste y el espíritu en muy mal estado. Y se puso en busca de la princesa, viajando de país en país y de ciudad en ciudad; y en todas partes pedía noticias del caballo de ébano, y aquellos a quienes interrogaban se asombraban en extremo de su lenguaje y encontraban sus preguntas de lo más extrañas y extravagantes ...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 428ª noche

Ella dijo:
... y encontraban sus preguntas de lo más extrañas y extravagantes. Y así continuó durante mucho tiempo, haciendo pesquisas más activas cada vez y pidiendo cada vez más datos, sin llegar a saber ninguna noticia que lo orientase. Tras de lo cual acabó por llegar a la ciudad de Sana, donde reinaba el padre de Schamsennahar, y pidió informes al llegar; pero nadie había oído nada relacionado con la joven, ni pudieron decirle lo que fue de ella desde su rapto; y le enteraron del estado de aniquilamiento y desesperación en que se hallaba sumido el viejo rey.
Entonces continuó su ruta y se encaminó al país de los rums, inquiriendo siempre nuevas de la princesa y del caballo de ébano en todos los sitios por donde pasaba y en todas las etapas del viaje.
Y he aquí que durante su caminata se detuvo cierto día en un khan donde vio a un grupo de mercaderes sentados en corro y charlando entre sí; y se sentó a su lado y oyó que decía uno de ellos: "¡Oh amigos míos! ¡acaba de sucederme muy recientemente la cosa más prodigiosa entre las cosas prodigiosas!" Y todos le preguntaron: "¿De qué se trata?"
El mercader aquel dijo: "Había ido yo con mis mercancías a la ciudad tal (y dijo el nombre de la ciudad donde se hallaba la princesa), en la provincia de cual, y oí que los habitantes se contaban unos a otros una cosa muy extraña que acababa de suceder. ¡Decían que, habiendo salido un día de cacería con su séquito el rey de la ciudad, se había encontrado a un viejo muy repulsivo que estaba de pie junto a una joven de belleza incomparable y junto a un caballo de ébano y marfil!" Y el mercader contó a sus compañeros, que se maravillaron extremadamente, la historia consabida, que no tiene ninguna utilidad repetir ahora.
Cuando Kamaralakmar hubo oído esta historia, no dudó ni por un instante de que se trataba de su bienamada y del caballo mágico. Así es que, tras de informarse bien del nombre y situación de la ciudad, se puso en camino enseguida, dirigiéndose hacia aquel lado, y viajó sin dilación hasta que llegó allá. Pero cuando quiso franquear las puertas de la ciudad aquella, los guardias se apoderaron de él para conducirle a presencia de su rey, según los usos en vigor dentro de aquel país, a fin de interrogarle por su condición, por la causa de su ida al país y por su oficio. Y he aquí que ya era muy tarde el día en que llegó el príncipe; y como sabían que el rey estaba muy ocupado, los guardias dejaron para el día siguiente la presentación del joven y le llevaron a la cárcel para que pasase allí la noche. Pero cuando los carceleros vieron la belleza y gentileza del joven, no pudieron determinarse a encerrarle, y le rogaron que se sentara con ellos y les hiciese compañía; y le invitaron a compartir con ellos su comida.
Cuando hubieron comido, se pusieron a charlar y preguntaron al príncipe: "¡Oh jovenzuelo! ¿de qué país eres?" El príncipe contestó: "¡Del país de Persia, tierra de los Khosroes!" Al oír estas palabras se  echaron a reír los carceleros, y uno de ellos dijo al joven: "¡Oh natural del país de los Khosroes! ¿acaso eres un embustero tan prodigioso como ese compatriota tuyo que está encerrado en nuestros calabozos?" Y dijo otro: "¡En verdad que conocí gentes y escuché sus discursos e historias, y observé su manera de ser; pero nunca tropecé con nadie tan extravagante como ese viejo loco que tenemos encerrado!" Y añadió otro: "¡Y jamás ¡por Alah! vi yo nada tan repulsivo como su cara ni tan feo y odioso como su fisonomía!"
El príncipe preguntó: "¿Y qué sabéis de sus mentiras?" Le contestaron: "¡Dice que es un sabio e ilustre médico! El rey se encontró con él durante una partida de caza, y el viejo iba en compañía de una joven y de un caballo maravilloso de ébano y marfil. Y prendose el rey en extremo de la belleza de la joven, y quiso casarse con ella ¡pero ella se volvió loca de pronto! Así, pues, si ese viejo sabio fuera un ilustre médico, como pretende, hubiera hallado modo de curarla; porque el rey ha hecho todo lo posible para descubrir un remedio que cure la enfermedad de esa joven, y ya hace un año que a tal fin derrocha inmensas riquezas en pagar a médicos y astrólogos, ¡aunque sin resultado! En cuanto al caballo de ébano, está guardado con los tesoros del rey; y el viejo asqueroso está encerrado aquí; y en toda la noche no deja de gemir y lamentarse, ¡hasta el punto de que nos impide conciliar el sueño!"
Al oír estas palabras, se dijo Kamaralakmar: "Heme aquí, por fin, sobre la pista tan deseada. ¡Ahora necesito un medio de conseguir mis propósitos!"
Pero al ver que se acercaba la hora de dormir, no tardaron los carceleros en conducirle al interior de la prisión y cerrar tras él la puerta. Entonces oyó el joven al sabio, que lloraba y gemía y deploraba en lengua persa su desdicha, diciendo: "¡Ay! ¡En qué calamidad caí, por no haber sabido combinar mejor mi plan, perdiéndome yo mismo sin haber realizado mis anhelos ni satisfecho mi deseo en esa joven! ¡Todo esto me sucede por culpa de mi poco juicio y por ambicionar lo que no estaba destinado para mí!"
Entonces Kamaralakmar se dirigió a él en persa, y le dijo: "¿Hasta cuándo van a durar esos llantos y esas lamentaciones? ¿Acaso crees ser el único que ha sufrido desventuras? Y animado por estas palabras, el sabio se puso en conversación con él, ¡y empezó a quejársele de sus penas e infortunios, sin conocerle!
Y así pasaron la noche, hablando como dos amigos.
Al día siguiente por la mañana, los carceleros fueron a sacar de la prisión a Kamaralakmar, y le llevaron a presencia del rey diciendo: "¡Este joven...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.






Pero cuando llegó la 429ª noche

Ella dijo:
... y le llevaron a presencia del rey, diciendo: "¡Este joven llegó ayer por la noche muy tarde, y no pudimos traerle a tu presencia antes, ¡oh rey! para que sea sometido a interrogatorio!"
Entonces le preguntó el rey: "¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu profesión? ¿Y a qué obedece tu venida a nuestra ciudad?" El príncipe contestó: "¡Respecto a mi nombre, me llamo en persa Harjab! ¡En cuanto a mi país, es Persia! Y por lo que afecta a mi oficio, soy un sabio entre los sabios, especialmente versado en la medicina y en el arte de curar a locos y alienados.
¡Y con tal objeto recorro comarcas y ciudades para ejercer mi arte y adquirir nuevos conocimientos que añadir a los que poseo ya! Y hago todo esto sin ataviarme como por lo general lo hacen los astrólogos y los sabios; no ensancho mi turbante ni aumento el número de sus vueltas, no me alargo las mangas, no llevo bajo el brazo un gran paquete de libros, no me ennegrezco los párpados con kohl negro, no me cuelgo al cuello un inmenso rosario con millares de cuentas grandes, y curo a mis enfermos sin musitar palabras en un lenguaje misterioso, sin soplarles en la cara y sin morderles el lóbulo de la oreja. ¡Y tal es ¡oh rey! mi profesión!"
Cuando el rey hubo oído estas palabras, se regocijó con una alegría considerable, y le dijo: "¡Oh excelentísimo médico, llegas a nosotros en el momento en que más necesidad tenemos de tus servicios!" Y le contó el caso de la joven, y añadió:
"¡Si quieres ponerla en tratamiento y la curas de la locura en que la sumieron gentes perversas, no tienes más que pedir lo que desees y te será concedido!"
El príncipe contestó: "¡Conceda Alah sus gracias y favores a nuestro amo el rey! ¡Pero ante todo es preciso que me cuentes detalladamente cuanto hayas notado en su locura, y me digas los días que hace que se encuentra en tal estado, sin olvidarte de contarme cómo la trataste a ella, al viejo persa y al caballo de ébano!"
Y el rey le contó toda la historia desde el principio hasta el fin, y añadió: "¡En cuanto al viejo, está en el calabozo!"
El príncipe preguntó: "¿Y el caballo?"
El rey contestó: "¡Le tengo cuidadosamente guardado en uno de los pabellones de mi morada!"
Y Kamaralakmar dijo para sí: "Antes que nada, me conviene ver el caballo y asegurarme por mis propios ojos del estado en que se halla. Si está intacto y en buen estado, todo irá bien y conseguiré mi propósito; pero si se ha deteriorado su mecanismo, tendré que pensar en libertar de otra manera a mi bienamada".
Entonces se encaró con el rey y le dijo: "¡Oh rey! primeramente es necesario que vea yo el caballo, pues quizás examinándole encuentre algo que me sirva para curar a la joven". El rey contestó: "¡Con mucho gusto y de buena gana!" Y le cogió de la mano y le condujo al recinto donde se hallaba el caballo de ébano. Y el príncipe empezó a dar vueltas alrededor del caballo, le examinó atentamente, y encontrándolo intacto y en buen estado, se alegró mucho, y dijo al rey: "¡Alah favorezca y exalte al rey! ¡Heme aquí dispuesto a ir en busca de la joven para ver lo que tiene! ¡Y espero llegar a curarla con la ayuda de Alah y valiéndome de este caballo de madera!"
Y mandó a los guardias que vigilasen bien el caballo, y se dirigió con el rey al aposento de la princesa.
En cuanto penetró en la estancia donde estaba ella, la vió que se retorcía las manos, y se golpeaba el pecho, y se arrojaba al suelo revolcándose, y hacía jirones sus vestidos, como tenía por costumbre. Y comprendió que no se trataba más que de una locura simulada, sin que ni genn ni hombres la hubiesen trastornado la razón, sino al contrario.
¡Y advirtió que no hacía todo aquello más que con el fin de impedir cualquier asechanza!
Al darse cuenta, Kamaralakmar se adelantó hacia ella, y le dijo: "¡Oh encantadora de los Tres Mundos, lejos de ti penas y tormentos!" Y cuando le hubo mirado, reconociole ella enseguida, y llegó a una alegría tan enorme, que lanzó un gran grito y cayó sin conocimiento.
Y el rey no dudó que aquella crisis era efecto del temor que le inspiraba el médico. Pero Kamaralakmar se inclinó sobre ella, y tras de reanimarla, le dijo en voz baja: "¡Oh Schamsennhar! ¡oh pupila de mis ojos, núcleo de mi corazón! cuida de tu vida y de mi vida y ten valor y un poco de paciencia aún; porque nuestra situación reclama gran prudencia y precauciones infinitas, si queremos evadirnos de las manos de ese rey tiránico.
Por lo pronto, voy a afirmarle en su idea con respecto de ti, diciéndole que estabas poseída por los genn, y que a eso obedecía tu locura; pero le aseguraré que acabo de curarte en el instante por medio de medicinas misteriosas que poseo. ¡Tú no tienes más que hablarle con calma y amenidad para probarle así tu curación con mi ciencia! ¡Y de ese modo lograremos nuestro deseo y podremos realizar nuestro plan!" Y contestó la joven: "¡Escucho y obedezco!"
Entonces Kamaralakmar se acercó al rey, que se mantenía en un extremo de la estancia, y con un semblante de buen augurio le dijo:
"¡Oh rey afortunado! merced a tu buena suerte, he podido conocer la enfermedad y dar con el remedio de la dolencia. ¡Y la he curado! Puedes, pues, acercarte a ella y hablarle dulcemente y con bondad, y prometerle lo que tienes que prometerle, ¡y se cumplirá cuanto desees de ella!"
Y en el límite de la maravilla, acercose el rey a la joven, que se levantó al punto y besó la tierra entre sus manos, dándole luego la bienvenida, y le dijo:
"¡Tu servidora está confundida por el honor que le haces visitándola hoy!"
Y al oír y ver todo aquello, el rey estuvo a punto de volverse loco de alegría...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 430ª noche

Ella dijo:
... estuvo a punto de volverse loco de alegría, y dió orden a las servidoras, a las esclavas y a los eunucos para que se pusieran al servicio de la joven, la condujeran al hammam y le prepararan trajes y  atavíos. Y entraron las mujeres y las esclavas, y le hicieron zalemas; y les devolvió ella las zalemas de la manera más amable y con el más dulce tono de voz. Entonces la vistieron con vestiduras rojas, le rodearon el cuello con un collar de pedrerías y la condujeron al hammam, donde la bañaron y la arreglaron para llevarla a su aposento luego, igual que la luna en su decimocuarto día.
¡Eso fué todo!
De modo que el rey, con el pecho dilatado en extremo y satisfecha el alma, dijo al joven príncipe: "¡Oh prudente! ¡oh sabio médico! ¡oh tú el dotado de filosofía! ¡Toda esta dicha que nos llega ahora se la debemos a tus méritos y a tu bendición! ¡Aumente Alah en nosotros los beneficios de tu soplo curativo!"
El joven contestó: "¡Oh rey! para dar cima a la curación, es preciso que con todo tu séquito, tus guardias y tus tropas vayas al paraje donde encontraste a la joven, llevándola contigo y haciendo transportar allá el caballo de ébano que estaba al lado suyo y que no es otra cosa que un genn demoníaco; y él es precisamente el que la poseía y la había vuelto loca. Y allí haré entonces los exorcismos necesarios, sin lo cual tornaría ese genni a poseerla a primeros de cada mes, y no habríamos conseguido nada; ¡mientras que ahora, en cuanto me haya adueñado de él, le acorralaré y le mataré!"
Y exclamó el rey de los rums: "¡De todo corazón y como homenaje debido!" Y acompañado por el príncipe y la joven y seguido de todas sus tropas, el rey emprendió inmediatamente el camino de la pradera consabida.
Cuando llegaron allá, Kamaralakmar dió orden de que montaran a la joven en el caballo de ébano y se mantuvieran todos a bastante distancia, con objeto de que ni el rey ni sus tropas pudiesen fijarse bien en sus manejos. Y se ejecutó la orden al instante.
Entonces dijo él al rey de los rums: "¡Ahora con tu permiso y tu venia, voy a proceder a las fumigaciones y a los conjuros, apoderándome de ese enemigo del género humano para que no pueda ser dañoso en adelante! Tras de lo cual también yo me montaré en ese caballo de madera que parece de ébano, y pondré detrás de mí a la joven. Y verás entonces cómo se agita el caballo en todos sentidos, vacilando hasta decidirse a echar a correr para detenerse entre tus manos. Y de este modo te convencerás de que le tenemos por completo a nuestro albedrío. ¡Después podrás ya hacer con la joven cuanto quieras!"
Cuando el rey de los rums oyó estas palabras, se regocijó, en tanto que Kamaralakmar subía al caballo y sujetaba fuertemente detrás de sí a la joven. Y mientras todos los ojos estaban fijos en él y le miraban maniobrar, dio vuelta a la clavija que servía para subir; y el caballo, emprendiendo el vuelo, se elevó con ellos en línea recta, desapareciendo por los aires en la altura.
El rey de los rums, que estaba lejos de sospechar la verdad, continuó en la pradera con sus tropas, esperando durante medio día a que regresaran. Pero como no les veía volver, acabó por decidirse a esperarles en su palacio. Y su espera fué igualmente vana. Entonces pensó en el horrible viejo que estaba encerrado en el calabozo, y haciéndole ir a su presencia, le dijo: "¡Oh viejo traidor! ¡oh posaderas de mono! ¿cómo te atreviste a ocultarme el misterio de ese caballo hechizado y poseído por los genn demoníacos?
He aquí que acaba de llevarse por los aires ahora al médico que ha curado de su locura a la joven, y hasta a la propia joven. ¡Y quién sabe lo qué les ocurrirá! ¡Además, te hago responsable por la pérdida de todas las alhajas y cosas preciosas con que hice que la ataviaran a ella al salir del hammam, y que valen un tesoro! ¡Así, pues, al instante va a saltar de tu cuerpo tu cabeza!" Y a una señal del rey, se adelantó el portaalfanje, ¡y de un solo tajo hizo del persa-dos persas!
¡Y he aquí lo concerniente a todos éstos!
Pero en cuanto al príncipe Kamaralakmar y la princesa Schamsennahar, prosiguieron tranquilamente su veloz viaje aéreo, y llegaron con toda seguridad a la capital del rey Sabur. Aquella vez no aterrizaron ya en el pabellón del jardín, sino en la misma terraza del palacio. Y el príncipe se apresuró a dejar en sitio seguro a su bienamada, para ir cuanto antes a avisar a su padre y a su madre de su llegada.
Entró, pues, en el aposento donde se hallaban el rey, la reina y sus hermanas las tres princesas, sumidos en lágrimas y desesperación, y les deseó la paz y les abrazó, mientras ellos, al verle, sentían que se les llenaba de felicidad el alma y se les aligeraba el corazón del peso de aflicciones y tormentos.
Entonces, para conmemorar aquel regreso y la llegada de la princesa hija del rey de Sana, el rey Sabur dio a los habitantes de la ciudad grandes festines, y festejos, que duraron un mes entero. Y Kamaralakmar entró en la cámara nupcial y se regocijó con la joven en el transcurso de largas noches benditas.
Tras de lo cual, para estar en lo sucesivo con el espíritu tranquilo, el rey Sabur mandó hacer añicos el caballo de ébano y él mismo destruyó su mecanismo.
Por su parte, Kamaralakmar escribió al rey de Sana, padre de su esposa, una carta...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 432ª noche

Ella dijo:
... Por su parte, Kamaralakmar escribió al rey de Sana, padre su esposa, una carta, en la que le ponía al corriente de toda su historia, anunciándole su matrimonio y la completa dicha en que vivían ambos. Y envió esta carta con un mensajero acompañado por criados que llevaban presentes magníficos y cosas raras de gran valor. Y llegó el mensajero a Sana, en el Yamán, y entregó la carta y los regalos al padre de la princesa, que cuando leyó la carta se alegró hasta el límite de la alegría y aceptó los obsequios. Tras de lo cual preparó a su vez presentes muy ricos para su yerno, el hijo del rey Sabur, y se los envió con el mensajero.
Al recibir los presentes del padre de su esposa, el hermoso príncipe Kamaralakmar se regocijó extremadamente, porque le era penoso saber que el viejo rey de Sana estaba descontento de la conducta de ambos. Y hasta tomó la costumbre de mandarle cada año una nueva carta y nuevos presentes. Y continuó obrando así hasta la muerte del rey de Sana.
Luego, cuando su propio padre el rey Sabur murió a su vez, le sucedió en el trono del reino, y comenzó su reinado casando a su hermana más joven, a la que tanto quería, con el rey del Yamán. Después de lo cual gobernó a su reino con sabiduría y a sus súbditos con equidad; y de tal manera adquirió en todas las comarcas supremacía y la felicidad de corazón de todos los habitantes. Y continuaron su esposa y él viviendo la vida más deliciosa, la más dulce, la más serena y la más tranquila, ¡hasta que fue a verles la Destructora de delicias, la Separadora de sociedades y de amigos, la Saqueadora de palacios y cabañas, la Constructora de tumbas y la Proveedora de los cementerios!
Y ahora, ¡gloria al Único Viviente que no muere nunca y tiene en Sus manos la dominación de los Mundos y el imperio de lo Visible y de lo Invisible!


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29 P1 Historia mágica del caballo de ébano - primera de dos partes


Hace parte de

  29 Historia mágica del caballo de ébano (de la noche 414 a la 432)




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HISTORIA MAGICA DEL CABALLO DE EBANO

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y lo pasado de las épocas y de las edades, había un rey muy grande y muy poderoso entre los reyes de los persas, que se llamaba Sabur, y era sin duda el rey más rico en tesoros de todas clases, como también el más dotado de sagacidad y de prudencia. Además, estaba lleno de generosidad y de amabilidad, y tenía siempre abierta sin desmayo la mano para ayudar a los que le imploraban, sin rechazar nunca a quienes le solicitaban un socorro. Sabía otorgar la hospitalidad liberalmente a los que sólo le pedían cobijo, y reconfortar en ocasiones, con sus palabras y sus maneras impregnadas de dulzura y de amenidad, a los  corazones heridos. Era bueno y caritativo con los pobres; y los extranjeros nunca veían cerradas a su llamamiento las puertas de los palacios de aquel soberano. En cuanto a los opresores, no encontraban gracia ni indulgencia de su severa justicia. Y así era, en verdad, él.
El rey Sabur tenía tres hijas, que eran como otras tantas lunas hermosas en un cielo glorioso o como tres flores maravillosas por su brillo en un parterre bien cuidado, y un hijo que era la misma luna y se llamaba Kamaralakmar. (Luna de las Lunas)
Todos los años daba el rey a su pueblo dos grandes fiestas, una al comienzo de la primavera, la de Nuruz, y otra en el otoño, la del Mihrgán; y con ambas ocasiones mandaba abrir las puertas de todos sus palacios, distribuía dádivas, hacía que sus pregoneros públicos proclamasen edictos de indulto, nombraba numerosos dignatarios y otorgaba ascensos a sus lugartenientes y chambelanes. Así es que de todos los puntos de su vasto Imperio acudían los habitantes para rendir pleitesía a su rey y regocijarse en aquellos días de fiesta, llevándole presentes de todo género y esclavos y eunucos en calidad de regalo.
Y he aquí que durante una de esas fiestas, la de la primavera precisamente, estaba sentado en el trono de su reino el rey, quien a todas sus cualidades añadía el amor a la ciencia, a la geometría y a la astronomía, cuando vió que ante él avanzaban tres sabios, hombres muy versados en las diversas ramas de los conocimientos más secretos y de las artes más sutiles, los cuales sabían modelar la forma con una perfección que confundía al entendimiento y no ignoraban ninguno de los misterios que de ordinario escapan al espíritu humano. Y llegaban a la ciudad del rey estos tres sabios desde tres comarcas muy distintas y hablando diferente lengua cada uno: el primero era hindí, el segundo rumí y el tercero ajamí de las fronteras extremas de Persia.
Se acercó primero al trono el sabio hindí, se prosternó ante el rey, besó la tierra entre sus manos, y después de haberle deseado alegría y dicha en aquel día de fiesta, le ofreció un presente verdaderamente real: consistía en un hombre de oro, incrustado de gemas y pedrerías de gran precio, que tenía en la mano una trompeta de oro.
Y le dijo el rey Sabur: '”¡Oh, sabio! ¿Para que sirve esta figura?" El sabio contestó: "¡Oh mi señor! este hombre de oro posee una virtud admirable! ¡Si le colocas a la puerta de la ciudad, será un guardián a toda prueba, pues si viniese un enemigo para tomar la plaza, le adivinará a distancia, y soplando en la trompeta que tiene a la altura de su rostro, le paralizará y le hará caer muerto de terror!" Y al oír estas palabras, se maravilló mucho el rey, y dijo: "¡Por Alah, ¡oh sabio! que si es verdad lo que dices, te prometo la realización de todos tus anhelos y de todos tus deseos!"
Entonces se adelantó el sabio rumí, que besó la tierra entre las manos del rey, y le ofreció como regalo una gran fuente de plata, en medio de la cual se encontraba un pavo real de oro rodeado por veinticuatro pavas reales del mismo metal. Y el rey Sabur los miró con asombro, y encarándose con el rumí, le dijo: "¡Oh sabio! ¿para qué sirven este pavo y estas pavas?"
El sabio contestó: "¡Oh mi señor! a cada hora que transcurre del día o de la noche, el pavo da un picotazo a cada una de las veinticuatro pavas y la cabalga, agitando las alas, y así sucesivamente cabalga a las veinticuatro pavas, marcando las horas; luego, cuando ha dejado transcurrir el mes de esta manera, abre la boca, y en el fondo de su gaznate aparece el cuarto creciente de la luna nueva".
Y exclamó el rey maravillado: "¡Por Alah, que si es verdad lo que dices, se cumplirán todas tus aspiraciones!"
El tercero que avanzó fué el sabio de Persia. Besó la tierra entre las manos del rey, y después de los cumplimientos y de los votos le ofreció un caballo de madera de ébano, de la calidad más negra y más  rara, incrustado de oro y pedrerías, y enjaezado maravillosamente con una silla, una brida y unos estribos como sólo llevan los caballos de los reyes. Así es que el rey Sabur quedó maravillado hasta el límite de la maravilla y desconcertado por la belleza y las perfecciones de aquel caballo; luego dijo: "¿Y qué virtudes tiene este caballo de ébano?"
El persa contestó: "¡Oh mi señor! las virtudes que posee este caballo son cosa prodigiosa, hasta el punto de que cuando uno monta en él, parte con su jinete a través de los aires con la rapidez del relámpago, y le lleva a cualquier sitio donde se le guíe, cubriendo en un día distancias que tardaría un año en recorrer un caballo vulgar". Prodigiosamente asombrado con aquellas tres cosas prodigiosas que se habían sucedido en un mismo día, el rey encarose con el persa, y le dijo: "¡Por Alah el Omnipotente (¡exaltado sea!), que crea los seres todos y les da de comer y de beber, que si me pruebas la verdad de tus palabras te prometo la realización de tus anhelos y del menor de tus deseos!"
Tras de lo cual el-rey mandó someter a prueba durante tres días las virtudes diversas de los tres regalos, haciendo que los tres sabios los pusieran en movimiento. Y en efecto, el hombre de oro sopló con su trompeta de oro, el pavo real de oro picoteó y cabalgó regularmente a sus veinticuatro pavas reales de oro, y el sabio persa...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 416ª noche

Ella dijo:
... y el sabio persa montó en el caballo de ébano, le hizo elevarse por los aires y recorrer un gran espacio con una rapidez extraordinaria, para descender, después de haber descrito un amplio círculo, en el mismo sitio de donde partió.
Al ver todo aquello, el rey Sabur quedó al principio estupefacto, y luego se tambaleó de tal manera que parecía iba a volverse loco de alegría. Dijo entonces a los sabios: "¡Oh sabios ilustres! ahora tengo ya una prueba de la verdad de vuestras palabras y a mi vez cumpliré mi promesa. ¡Pedidme, pues, lo que deseéis, y se os concederá al instante!"
Entonces contestaron los tres sabios: "¡Puesto que nuestro amo el rey está satisfecho de nosotros y de nuestros presentes y nos deja que elijamos lo que hemos de pedirle, le rogamos que nos dé en matrimonio a sus tres hijas, pues anhelamos vivamente ser yernos suyos! ¡Y en nada podrá turbar tal cosa la tranquilidad del reino! ¡Aunque así fuese, los reyes no se desdicen de sus promesas nunca!" El rey contestó: `'¡Al instante daré satisfacción a vuestro deseo!" Y al punto dió orden de hacer ir al kadí y a los testigos para que extendieran el contrato de matrimonio de sus tres hijas con los tres sabios.
¡Eso fué todo!
Pero acaeció que, mientras tanto, las tres hijas del rey estaban sentadas precisamente detrás de una cortina de la sala de recepción y oían aquellas palabras. Y la más joven de las tres hermanas se puso a  considerar con atención al sabio que debía escogerla por esposa, ¡y he aquí su descripción! Era un viejo muy anciano, de una edad de cien años lo menos, como no tuviese más; con restos de cabellos blanqueados por el tiempo; con una cabeza oscilante; cejas roídas de tiña; orejas colgantes y hendidas; barba y bigotes teñidos y sin vida; ojos rojos y bizcos, que se miraban atravesados; carrillos fláccidos, amarillos y llenos de huecos; nariz semejante a una gruesa berenjena negra; cara tan arrugada como el delantal de un zapatero remendón; dientes saledizos como los dientes de un cerdo salvaje, y labios flojos y jadeantes como los testículos del camello; en una palabra, aquel viejo sabio era una cosa espantosa, un horror compuesto de monstruosas fealdades que sin duda le hacían ser el hombre más deforme de su época, pues ninguno hubo como él, con aquellos diversos atributos, y además, con sus mandíbulas vacías de molares, ostentando a guisa de colmillos unos garfios que le hacían semejante a los efrits que asustan a los niños en las casas desiertas y hacen cacarear de miedo a los pollos en los gallineros.
¡Eso fué todo!
Y precisamente la princesa, que era la más joven de las tres hijas del rey, resultaba la joven más bella y más graciosa de su tiempo, más elegante que la tierna gacela, más dulce y más suave que la brisa más  acariciadora, y más brillante que la luna llena; diríase que verdaderamente estaba hecha para los escarceos amorosos; se movía y la rama flexible se avergonzaba al ver sus balanceos ondulantes; andaba, y el corzo ligero se avergonzaba al ver su andar gracioso; y sin disputa superaba con mucho a sus hermanas en hermosura, en blancura, en encantos y en dulzura.
Y así era ella, en verdad.
De modo que cuando vió al sabio que debía tocarle en suerte, corrió a su habitación y se dejó caer de bruces en el suelo, desgarrándose los vestidos, arañándose las mejillas y sollozando y lamentándose.
Mientras permanecía ella en aquel estado, su hermano el príncipe Kamaralakmar, que la quería mucho y la prefería a sus otras hermanas, volvía de una partida de caza, y al oír lamentarse y llorar a su hermana, penetró en su aposento y le preguntó: "¿Qué tienes? ¿Qué te ha ocurrido? ¡Dímelo enseguida y no me ocultes nada!"
Entonces ella se golpeó el pecho y exclamó: "¡Oh único hermano mío! ¡oh querido nada te ocultaré. ¡Sabe que, aunque el palacio debiera hundirse luego encima de tu padre, estoy dispuesta a abandonarlo; y si adquiero la certeza de que tu padre va a cometer actos tan odiosos, huiré de aquí sin que me dé provisiones para el camino, porque Alah proveerá!"
Al escuchar estas palabras, el príncipe Kamaralakmar le dijo:
"¡Pero dime al fin a qué viene ese lenguaje y qué es lo que te oprime el pecho y turba tus humores!" La joven princesa contestó: "¡Oh único hermano mío! ¡oh querido! has de saber que mi padre me prometió en matrimonio a un sabio viejo, a un mago horrible que le ha regalado un caballo de madera de ébano; y sin duda le ha embrujado con su hechicería y ha abusado de él con su astucia y su perfidia! ¡En cuanto a mí, estoy resuelta a dejar este mundo antes que pertenecer a ese viejo asqueroso!"
Su hermano empezó entonces a tranquilizarla y a consolarla, acariciándola y mimándola, y luego se fué en busca de su padre el rey, y le dijo: "¿Quién es ese hechicero a quien prometiste casarle con mi hermana pequeña? ¿Y qué regalo es ése que te ha traído para decidirte así a hacer que muera de pena mi hermana? ¡Eso no es justo y no puede suceder!"
Y he aquí que el persa estaba cerca y oía aquellas palabras del hijo del rey, y se sintió muy furioso y muy mortificado.
Pero el rey contestó...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 417ª noche

Ella dijo:
... el rey contestó: "¡Oh hijo mío Kamaralakmar! ¡no estarías tan turbado y tan estupefacto si vieras el caballo que me ha dado el sabio!" Y salió en seguida con su hijo al patio principal del palacio, y dió orden a los esclavos de que llevaran el caballo consabido. Y los esclavos ejecutaron la orden.
Cuando el joven príncipe vió el caballo, lo encontró muy hermoso y le entusiasmó mucho. Y como era un jinete excelente, saltó con ligereza a lomos del bruto y le pinchó de pronto en los flancos con las espuelas, metiendo los pies en los estribos. Pero no se movió el caballo. Y el rey dijo al sabio: "¡Ve a mirar por qué no se mueve, y ayuda a mi hijo, quien a su vez tampoco dejará de ayudarte para que realices tus anhelos!”
De modo que el persa, que guardaba rencor al joven a causa de su oposición al matrimonio de su hermana, se acercó al príncipe caballero, y le dijo: "Esta clavija de oro que hay a la derecha del arzón de la silla es la clavija que sirve para subir. ¡No tienes más que darle la vuelta!"
Entonces el príncipe dió la vuelta a la clavija que servía para subir, ¡y he aquí lo que pasó! Al punto se elevó por los aires el caballo con la rapidez del ave, y a tanta altura, que el rey y todos los circunstantes le perdieron de vista a los pocos momentos.
Al ver desaparecer así a su hijo, sin que regresara al cabo de algunas horas que estuvieron esperándole, inquietose mucho el rey Sabur, y muy perplejo, dijo al persa: "¡Oh sabio! ¿qué vamos a hacer ahora para que vuelva?" El sabio contestó: "¡Oh mi amo! ¡nada puedo hacer ya, y no verás de nuevo a tu hijo hasta el día de la Resurrección! ¡Porque el príncipe no ha querido escuchar más que a su presunción y a su ignorancia, y en vez de darme tiempo para que le explicase el mecanismo de la clavija de la izquierda, que es la clavija que sirve para bajar, ha puesto en marcha el caballo antes de lo debido!"
Cuando el rey Sabur hubo oído estas palabras del sabio, se llenó de furor, e indignándose hasta el límite de la indignación, ordenó a los esclavos que dieran una paliza al persa y le arrojaran después al  calabozo más lóbrego, en tanto que se quitaba él de la cabeza la corona, golpeándose en la cara y mesándose las barbas, tras de lo cual se retiró a su palacio, hizo cerrar todas las puertas, y empezaron a sollozar, a gemir y a lamentarse con él su esposa, sus tres hijas, su servidumbre y todos los habitantes del palacio, como también los de la ciudad. Y he aquí cómo se tornó su alegría en aflicción, y su felicidad en tristeza y desesperación.
¡Y esto en cuanto a ellos atañe!
Por lo que afecta al príncipe, el caballo continuó elevándose por los aires con él, sin detenerse y como si fuera a tocar el sol. Entonces comprendió el joven el peligro que corría y cuán horrible muerte le esperaba en aquellas regiones del cielo; y se inquietó bastante y se arrepintió mucho de haber subido en el caballo, y pensó para su ánima: "¡Sin duda, la intención del sabio fué perderme en vista de lo que opiné con respecto a mi hermana menor! ¿Qué hacer ahora? ¡No hay fuerza ni poder más que en Alah el Omnipotente! ¡heme aquí perdido sin remisión!" Luego se dijo: "Pero ¿quién sabe si no hay una segunda clavija que sirva para bajar, lo mismo que la otra sirve para subir?" Y como estaba dotado de sagacidad, de ciencia y de inteligencia, se puso a buscarla por todo el cuerpo del caballo, y acabó por encontrar, en el lado izquierdo de la silla, un tornillo minúsculo, no mayor que la cabeza de un alfiler; y se dijo: "¡No veo más que esto!" Entonces apretó aquel tornillo y al punto comenzó a disminuir la ascensión poco a poco y el caballo se paró un instante en el aire, para empezar inmediatamente después a descender con la misma rapidez de antes, amenguando luego la marcha poco a poco según se acercaba al suelo; y acabó por tocar en tierra sin ninguna sacudida ni contratiempo, mientras su jinete respiraba con libertad y se tranquilizaba por su vida.
Y he aquí que entre las ciudades que de aquella suerte se mostraban por debajo de él, divisó una ciudad de casas y edificios alineados con simetría y de manera encantadora en medio de una comarca surcada por numerosas aguas corrientes y rica en prados donde triscaban en paz saltarinas gacelas.
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 418ª noche

Ella dijo:
... donde triscaban en paz saltarinas gacelas.
Como por temperamento era aficionado a distraerse y a observar, Kamaralakmar se dijo: "¡Es necesario que sepa yo el nombre de esa ciudad y la comarca en que está situada!" Y empezó a dar vueltas en el aire alrededor de la ciudad, deteniéndose encima de los parajes más hermosos.
Mientras tanto, empezaba a declinar el día y el sol había llegado en el horizonte a lo más bajo de su carrera; y pensó el príncipe: "¡Por Alah, que no encontraré indudablemente sitio mejor para pasar la noche que esta ciudad! Por consiguiente, dormiré aquí, y al apuntar el día de mañana, emprenderé de nuevo la ruta de mi reino para regresar con mis parientes y mis amigos. ¡Y contaré entonces a mi padre cuanto me acaeció y cuanto han visto mis ojos!" Y echó en torno suyo una mirada para escoger un lugar donde pasar la noche con seguridad y sin que se le importunase, y donde resguardar a su caballo, y acabó por dejar recaer su elección, en un palacio elevado que aparecía en medio de la ciudad, y lo flanqueaban torres almenadas, y lo guardaban cuarenta esclavos negros vestidos con cotas de malla y armados con lanzas, alfanjes, arcos y flechas. Así es que se dijo el joven: "¡He ahí un lugar excelente!" Y apretando el tornillo que servía para bajar, guió hacia aquel lado a su caballo, que fué a posarse dulcemente, como un pájaro cansado, en la terraza del palacio. Entonces dijo el príncipe: "¡Loor a Alah!" Y se apeó de su caballo. Púsose luego a dar vueltas en torno al animal y a examinarle, diciendo: "¡Por Alah! ¡Quien con tal perfección te fabricó es un maestro como obrero y el más hábil de los artífices! ¡De modo que si el Altísimo prolonga el término de mi vida y me reúne con mi padre y con los míos, no dejaré de colmar con mis bondades a ese sabio y de hacer que se beneficie con mi generosidad!"
Pero ya había caído la noche, y el príncipe permaneció en la terraza, esperando que en el palacio estuviese dormido todo el mundo. Después, como se sentía torturado por el hambre y la sed ya que desde su partida no había comido ni bebido nada, se dijo: "¡En verdad que no debe carecer de víveres un palacio como éste!" Dejó, pues, el caballo en la terraza, y resuelto a buscar algo con que alimentarse, se encaminó a la escalera del palacio y descendió por sus peldaños hasta abajo. Y de pronto se encontró en un ancho patio con piso de mármol blanco y de alabastro transparente, en el que se reflejaba por la noche la luz de la luna. Y le maravilló la belleza de aquel palacio, y de su arquitectura; pero en vano miró a derecha y a izquierda, porque no vió alma viviente ni oyó sonido de una voz humana; y se notó muy inquieto y muy perplejo, y no supo qué hacer. Se decidió, sin embargo, a salir de su estupor al fin, pensando. "¡Por el momento no puedo hacer nada mejor que volver a subir a la terraza de donde he bajado, y pasar la noche junto a mi caballo; y mañana a los primeros resplandores del día, montaré de nuevo en mi caballo y me marcharé!" Y cuando ya iba a poner en práctica este proyecto, advirtió una claridad en el interior del palacio, y avanzó por aquel lado para saber de qué provenía. Y vió que aquella luz era la de una antorcha encendida delante de la puerta del harén, a la cabecera del lecho de un eunuco negro que dormía roncando de una manera muy ruidosa, y se asemejaba a algún efrit entre los efrits a las órdenes de Soleimán o a algún genni de la tribu negra de los genn; estaba acostado en un colchón a lo ancho de la puerta, y la atrancaba mejor que lo hubiera  hecho un tronco de árbol o el banco de un portero; y a la luz de la antorcha resplandecía furiosamente el mango de su alfanje, mientras que por encima de su cabeza colgaba de una columna de granito su saco de provisiones.
Al ver a aquel negro espantable, el joven Kamaralakmar quedó aterrado, y murmuró: "¡Me refugio en Alah el Todopoderoso! ¡Oh dueño único del cielo y de la tierra! ¡Tú que ya me salvaste de una perdición segura, socórreme otra vez y sácame sano y salvo de la aventura que me espera en este palacio!" Dijo, y tendiendo la mano hacia el saco de provisiones del negro, lo cogió con presteza, salió de la habitación, lo abrió, y encontró dentro víveres de la mejor calidad. Se puso a comer, y acabó por dejar completamente vacío el saco; y después de haberse reanimado así, fué a la fuente del patio y aplacó su sed bebiendo del agua pura y dulce que manaba. Tras de lo cual volvió junto al eunuco, colgó el saco en su sitio, y sacando de la vaina el alfanje del esclavo, lo cogió en tanto que el otro dormía y roncaba más que nunca, y salió sin saber aún lo que le deparaba su destino...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 419ª noche

Ella dijo:
... sin saber aún lo qué le deparaba su destino.
Siguió, pues, avanzando por dentro del palacio y llegó a una segunda puerta, sobre la cual caía una cortina de terciopelo. Levantó aquella cortina, y encontrose en una sala maravillosa, en la cual vió un amplio lecho del marfil más blanco, incrustado de perlas, rubíes, jacintos y otras pedrerías, y tendidas en el suelo cuatro jóvenes esclavas, que dormían. Se acercó entonces sigilosamente al lecho para saber quién podría estar acostado en él. ¡Y vió a una joven que tenía por toda camisa nada más que su cabellera! ¡Y era tan hermosa, que se la hubiera tomado, no ya por la luna cuando sale en el horizonte oriental, sino por otra luna más maravillosa que surgiese de las manos del Creador! ¡Su frente era una rosa blanca, y sus mejillas dos anémonas de un rojo tenue, cuyo brillo se realzaba con un delicado grano de belleza a cada lado!
Al ver tal cúmulo de hermosura y de gracias, de encantos y de elegancia, Kamaralakmar creyó caerse de espaldas desvanecido, si no muerto. Y cuando pudo dominar un poco su emoción, se aproximó a la joven dormida, temblándole todos los músculos y todos los nervios y estremeciéndose de placer y voluptuosidad la besó en la mejilla derecha.
Al contacto de aquel beso la joven se despertó sobresaltada, abrió mucho los ojos, y advirtiendo al joven príncipe que permanecía de pie a su cabecera, exclamó: "¿Quién eres y de dónde vienes?" El contestó: "¡Soy tu esclavo y el enamorado de tus ojos!"
Ella preguntó: "¿Y quién te condujo hasta aquí?"
El contestó: "¡Alah, mi destino y mi buena suerte!"
Al oír estas palabras, la princesa Schamsennahar (que tal era su nombre), sin mostrar demasiada sorpresa ni espanto, dijo al joven:
"¿Acaso eres el hijo del rey de la India que me pidió ayer en matrimonio, y a quien mi padre el rey no aceptó como yerno a causa de su pretendida fealdad?
Porque si eres tú, ¡por Alah! no tienes nada de feo, y tu belleza ya me ha subyugado, ¡oh mi señor!" Y como, efectivamente, era él tan radiante cual la brillante luna, le atrajo a sí y le abrazó, y la abrazó él, y embriagados ambos de su mutua hermosura y de su juventud, se hicieron mil caricias, acostados uno en brazos de otro, y se dijeron mil locuras, entregándose a mil juegos amables, y prodigándose mil mimos dulces y ardientes.
Mientras ellos se divertían de tal manera, las servidoras despertáronse de pronto, y al advertir con su ama al príncipe, exclamaron: "¡Oh, ama nuestra! ¿quién es ese joven que está contigo?" Ella contestó: "¡No lo sé! ¡Le encontré a mi lado al despertarme! ¡Sin embargo, supongo que es el que ayer me solicitó a mi padre en matrimonio!" Turbadas por la emoción, exclamaron ellas: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, oh señora nuestra! Ni por asomo es éste el que te pidió en matrimonio ayer; porque aquél era muy feo y muy repulsivo, y este joven es gentil y deliciosamente bello, y sin duda procede de ilustre estirpe. ¡En cuanto al otro, el feo de ayer, ni de ser tu esclavo es digno!"
Tras de lo cual se levantaron las servidoras y fueron a despertar al eunuco de la puerta, y le pusieron la alarma en el corazón, diciéndole: "¿Cómo se explica que siendo guardián del palacio y del harén, dejes a los hombres penetrar en nuestros aposentos mientras dormimos?"
Cuando oyó estas palabras el eunuco negro, saltó sobre ambos pies y quiso apoderarse de su alfanje; pero no encontró más que la vaina. Aquello le sumió en un terror grande, y todo tembloroso levantó el tapiz y entró en la sala. Y vió con su ama en el lecho al hermoso joven, sintiéndose de tal modo deslumbrado, que hubo de decirle: "¡Oh mi señor! ¿eres un hombre o un genni?"
El príncipe contestó: "¿Cómo te atreves confundir a los hijos de los reyes Khosroes con un genn demoníaco y efrits, tú, miserable esclavo y el más maléfico de los negros de betún?" Y así diciendo, furioso cual un león herido, empuñó el alfanje y gritó al eunuco: "¡Soy yerno del rey, que me ha casado con su hija y me mandó que penetrara en ella!"
Al oír esas palabras, contestó el eunuco: "¡Oh mi señor! ¡si verdaderamente eres un hombre de la especie de los hombres y no un genni, digna de tu belleza es nuestra joven ama, y te la mereces mejor que cualquier otro rey, hijo de rey o de sultán!"
Después corrió el eunuco en busca del rey, lanzando gritos terribles, desgarrando sus vestidos y cubriéndose con polvo la cabeza. De modo que, al oír sus gritos de loco, le preguntó el rey: "¿Qué calamidad te aqueja? ¡Habla pronto y sé breve, porque me estás estremeciendo el corazón!" El eunuco contestó...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 420ª noche

Ella dijo:
... El eunuco contestó: "¡Oh rey! ¡date prisa a volar en socorro de tu hija, porque un genni entre los genn, con la apariencia de un hijo de rey, se ha posesionado de ella y ha hecho en ella su domicilio! ¡Eso es todo! ¡Corre! ¡Duro con él!"
Al oír estas palabras de su eunuco, el rey llegó al límite del furor, y a punto estuvo de matarle; pero le gritó: "¿Cómo te atreviste a ser negligente hasta el extremo de perder de vista a mi hija, cuando te tengo encargado de su custodia diurna y nocturna, y cómo dejaste que penetrara en su aposento y se posesionara de ella ese efrit demoníaco?" Y loco de emoción se abalanzó hacia las habitaciones de la princesa, donde se encontró con las servidoras, que a la puerta le esperaban pálidas y temblorosas, y les preguntó: "¿Qué le ha pasado a mi hija?" Ellas contestaron: "¡Oh rey! no sabemos lo que ha sucedido mientras estábamos dormidas; pero cuando nos hemos despertado encontramos en el lecho de la princesa a un joven, que nos pareció la luna llena de tan hermoso como era, y que charlaba con tu hija de una manera deliciosa y sin dejar lugar a dudas. Y en verdad que nunca vimos a nadie más hermoso que ese joven. Sin embargo, le preguntamos quién era, y nos contestó: "¡Soy aquel a quien el rey concedió en matrimonio a su hija!"
¡Nada más que eso sabemos! Y no podemos decirte si se trata de un hombre o un genni. ¡De todos modos, hemos de asegurarte que es amable, bien intencionado, modesto, cortés, e incapaz de cometer la menor fechoría o de hacer cosa censurable! ¿Cómo, siendo tan bello, se puede hacer cosa censurable?"
Cuando el rey hubo oído estas palabras, se le enfrió la cólera y su inquietud se apaciguó; y muy suavemente y con mil precauciones, levantó un poco la cortina de la puerta y vió acostado junto a su hija en el lecho, y charlando graciosamente a un príncipe de lo más encantador, cuyo rostro resplandecía como la luna llena.
En vez de tranquilizarle por completo, el resultado de aquello fue excitar hasta el último extremo su celo paternal y sus temores por el peligro que corría el honor de su hija. Así es que, precipitándose por la puerta se abalanzó a ellos con la espada en la mano y furioso y feroz cual un ghul monstruoso. Pero el príncipe, que desde lejos viole llegar, preguntó a la joven: "¿Es ése tu padre?" Ella contestó: "¡Sí!"
Al punto saltó sobre ambos pies el joven, y empuñando su alfanje lanzó a la vista del rey un grito tan terrible, que hubo de asustarle. Más amenazador que nunca, entonces Kamaralakmar se dispuso a arrojarse sobre el rey y a atravesarle; pero el rey, que se comprendió el más débil, se apresuró a envainar su espada y tomó una actitud conciliadora. De modo que cuando vió ir hacia él al joven, le dijo con el tono más cortés y más amable: "¡Oh jovenzuelo! ¿eres hombre o genni?" El otro contestó: "¡Por Alah, que si no respetara tus derechos tanto como los míos, y si no me preocupase del honor de tu hija, ya hubiera vertido sangre tuya! ¿Cómo te atreves a confundirme con los genn y los demonios, cuando soy un príncipe real de la raza de los Khosroes, que si quisieran apoderarse de tu reino sería para ellos cosa de juego el hacerte saltar de tu trono como si sintieras un temblor de tierra, y frustrarte los honores, la gloria y el poderío?"
Cuando el rey hubo oído estas palabras, le invadió un gran sentimiento de respeto, y temió mucho por su propia seguridad. Así es que se dió prisa a responder: "¿Cómo se explica entonces, si eres verdaderamente hijo de reyes, que te hayas atrevido a penetrar en mi palacio sin mi consentimiento, a destruir mi honor y hasta a posesionarte de mi hija, pretendiendo ser su esposo y proclamando que yo te la había concedido en matrimonio, cuando hice matar a tantos reyes e hijos de reyes que querían obligarme a que se la diera por esposa?" Y excitado por sus propias palabras, continuó el rey: "¿Y quién podrá ahora salvarte de entre mis manos poderosas cuando yo ordene a mis esclavos que te condenen a la peor de las muertes, y obedezcan ellos en esta hora y en este instante?"
Cuando el príncipe Kamaralakmar oyó del rey estas palabras, contestó: "¡En verdad que estoy estupefacto de tu corta vista y del espesor de tu entendimiento! Dime, ¿podrás encontrar jamás mejor partido que yo para tu hija? ¿Y acaso viste nunca a un hombre más intrépido o mejor formado, o más rico en ejércitos, esclavos y posesiones que yo mismo?"
El rey contestó: "¡No, por Alah! pero ¡oh jovenzuelo! yo hubiese querido ver que te convertías en marido de mi hija ante el kadí y los testigos. ¡Pero un matrimonio efectuado de esta manera secreta, sólo podrá destruir mi honor!" El príncipe contestó: "Bien hablas, ¡oh rey! ¿Pero es que no sabes que si verdaderamente tus esclavos y tus guardias vinieran a precipitarse sobre mí todos y me condenaran a muerte, según tus recientes amenazas, no harías más que correr de un modo cierto a la perdición de tu honor y de tu reino haciendo pública tu desgracia y obligando a tu mismo pueblo a revolverse contra ti?
Créeme, pues, ¡oh rey! ¡Sólo te queda un partido que tomar, y consiste en escuchar lo que tengo que decirte y en seguir mis consejos!' Y exigió el rey: "¡Habla, pues, y oiga yo algo de lo que tienes que decirme...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 421ª noche

Ella dijo:
"¡... Habla, pues, y oiga yo algo de lo que tienes que decirme!" El otro contestó: "¡Helo aquí! Una de dos: o te avienes a luchar conmigo en singular combate, y el que venza a su adversario será proclamado el más valiente y ostentará así un título serio que le dé opción al trono del reino, o bien me dejas pasar aquí toda esta noche con tu hija, y mañana por la mañana mandas contra mí al ejército entero de tu caballería, y tu infantería, y tus esclavos y... ¡pero dime antes a cuántos asciende su número!"
El rey contestó: "¡Son cuatro mil jinetes, sin contar a mis esclavos, que son otros tantos!" Entonces dijo Kamaralakmar. "Está bien. Así, pues, a las primeras claridades del día, haz que vengan contra mí en orden de batalla y diles: "¡Ese hombre que ahí tenéis acaba de solicitar de mí en matrimonio a mi hija, con la condición de luchar él solo contra todos vosotros juntos y venceros y derrotaros, sin que podáis  salir con bien! ¡Y eso es lo que pretende!" ¡Luego me dejarás luchar yo solo contra todos ellos! Si me mataran, quedaría a salvo tu honor y mejor guardado que nunca tu secreto. ¡Si, por el contrario, triunfo yo de todos ellos y les derroto, habrás encontrado un yerno del que podrían enorgullecerse los reyes más ilustres!"
No dejó de compartir el rey esta última opinión y de aceptar tal proposición, si bien estaba estupefacto de la seguridad con que hablaba el joven y no sabía a qué atribuir una pretensión tan loca; porque en el  fondo de su corazón se hallaba persuadido de que el príncipe perecería en aquella lucha insensata, y así quedaría a salvo su honor y mejor guardado su secreto. De modo que llamó al jefe eunuco y le dió orden de que sin dilación fuera en busca del visir y le mandara que congregase a todas las tropas y las tuviese preparadas con sus caballos y dispuestas con sus armas de guerra. Y el eunuco transmitió la orden al visir, que al punto reunió a los oficiales y a los principales notables del reino y les dispuso en orden de batalla a la cabeza de sus tropas revestidas con las armas de guerra.
¡Y he aquí lo que atañe a ellos!
En cuanto al rey, se quedó todavía por algún tiempo charlando con el joven príncipe, pues estaba encantado de sus palabras sesudas, de su buen criterio, de sus maneras distinguidas y de su belleza, además que no quería dejarle solo con su hija aquella noche. Pero apenas apuntó el día, se volvió a su palacio y se sentó en su trono y dió orden a sus esclavos de que tuvieran preparado para el príncipe el caballo más hermoso de las caballerizas reales, le ensillaran con magnificencia y le enjaezaran con gualdrapas suntuosas. Pero el príncipe dijo: "¡No quiero montar a caballo mientras no esté en presencia de las tropas!" El rey contestó: "¡Hágase conforme deseas!" Y salieron ambos al meidán, donde estaban las tropas alineadas en orden de batalla, y así pudo el príncipe juzgar su número y calidad. Tras de lo cual se encaró el rey con todos y exclamó: "¡Oíd, guerreros! este joven que ahí tenéis ha venido en busca mía y me ha pedido a mi hija en matrimonio. Y a la verdad, jamás vi nada más bello ni caballero más intrépido que él. Pero he aquí que pretende que él solo puede triunfar de todos vosotros y derrotaros; que aunque fueseis cien mil veces más numerosos, no os daría la menor importancia, y a pesar de todo, habría de venceros.
¡Así, pues, cuando arremeta contra vosotros, no dejéis de recibirle con la punta de vuestros alfanjes y de vuestras lanzas! ¡Eso le enseñará lo que cuesta meterse en empresas tan graves!" Luego el rey se encaró con el joven y le dijo: "¡Animo, hijo mío, y haznos ver tus proezas!" Pero el joven contestó:
"¡Oh rey, no me tratas con justicia ni imparcialidad! porque ¿cómo quieres que luche con todos, estando yo a pie y ellos a caballo?"
El rey le dijo: "¡Ya te ofrecí caballo para que montaras, y lo rehusaste! ¡Escoge ahora para cabalgadura el que te parezca mejor de todos mis caballos!"
Pero contestó el príncipe: "¡No me gusta ninguno de tus caballos, y sólo montaré en el que me ha traído hasta tu ciudad!"
El rey le preguntó: "¿Y dónde está tu caballo?" El príncipe dijo: "Está encima de tu palacio".
El rey preguntó: "¿Qué sitio es ese que está encima de mi palacio?" El príncipe contestó: "La terraza de tu palacio".
Al oír estas palabras, le miró con atención el rey y exclamó: "¡Qué extravagancia! ¡Esa es la mejor prueba de tu locura! ¿Cómo es posible que un caballo suba a una terraza? ¡Pero enseguida vamos a ver si mientes o si dices la verdad!"
Luego se encaró con el jefe de sus tropas y le dijo: "¡Corre al palacio y vuelve a decirme lo que veas!  !Y tráeme lo que haya en la terraza!"
Y el pueblo se maravillaba de las palabras del joven príncipe; y se preguntaba la gente: "¿Cómo va a poder bajar un caballo por la escalera desde la altura de la terraza? ¡Verdaderamente, es una cosa de la que nunca en nuestra vida oímos hablar!"
Entretanto, el mensajero del rey llegó al palacio, y cuando subió a la terraza encontró allí el caballo y le pareció que jamás había visto otro igual en belleza; pero no bien se acercó a él y le hubo examinado, vio que era de madera de ébano y de marfil. Entonces, al darse cuenta de la cosa, se echaron a reír él y todos los que le acompañaban, y se decían unos a otros...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 422ª noche

Ella dijo:
... y se decían unos a otros: "¡Por Alah! he aquí el caballo de que hablaba ese jovenzuelo, al que no debemos mirar en adelante más que como a un loco. Sin embargo, veamos lo que puede haber de verdad en todo eso. ¡Porque después de todo, podría suceder que se tratase de un asunto más importante de lo que parece, y que ese joven procediese realmente de alta estirpe y gozara de excelentes méritos!" Así diciendo, cargaron entre todos con el caballo de madera, y transportándolo a cuestas, lo pusieron delante del rey, mientras toda la gente se agrupaba a su alrededor para mirarlo, maravillándose de su hermosura, de sus proporciones, de la riqueza de su silla y de sus arneses. Y también el rey se admiró mucho y se maravilló hasta el límite de la maravilla; luego preguntó a Kamaralakmar: "¡Oh joven! ¿es ése tu caballo?
El príncipe contestó: "Sí, ¡oh rey! ¡Es mi caballo, y no tardarás en ver las cosas maravillosas que va a mostrarte!" Y le dijo el rey: "¡Tómale y móntate en él entonces!" El príncipe contestó: "¡No lo enseñaré mientras no se alejen toda esa gente y esas tropas que se agrupan a su alrededor!"
Entonces el rey dio a todo el mundo orden de que se distanciaran de allí a un tiro de flecha. Y le dijo el joven príncipe: "Mírame bien, ¡oh rey! Voy a subir en mi caballo y a precipitarme a todo galope sobre tus tropas, dispersándolas a derecha y a izquierda, ¡e infundiré el espanto y el pavor en sus corazones!" Y contestó el rey: "Haz ahora lo que quieras, ¡y no tengas compasión de ellos, porque ellos no la tendrán de ti!"
Y Kamaralakmar apoyó ligeramente su mano en el cuello de su caballo, y de un salto se plantó en el lomo del bruto.
Por su parte, las tropas, ansiosas habíanse alineado más lejos en filas apretadas y tumultuosas; y decíanse los guerreros unos a otros: "¡Cuando llegue a nuestras filas ese jovenzuelo le clavaremos la punta de nuestras picas y le recibiremos con el filo de nuestras cimitarras!" Pero decían otros: "¡Por Alah! hay que ser muy insensato para creer que vamos a vencer futilmente a ese joven! Cuando se ha metido él en semejante aventura, sin duda es porque tiene la seguridad de salir airoso. ¡Aunque así no fuese, lo que hace nos da ya prueba de su valor y de la intrepidez de su alma y de su corazón!"
En cuanto a Kamaralahmar, una vez que se afirmó bien sobre la silla, hizo jugar la clavija que servía para subir, en tanto que se volvían hacia él todos los ojos para ver qué iba a hacer. Y al punto empezó su caballo a agitarse, a piafar, a balancearse, a inclinarse, a avanzar y a retroceder para comenzar luego con una elasticidad maravillosa, a caracolear y a andar de lado de la manera más elegante que caracolearon nunca los caballos mejor guiados de reyes y sultanes. Y de pronto se estremecieron y se hincharon de viento sus flancos, ¡y más rápido que una flecha disparada al aire, emprendió con su jinete el vuelo en línea recta por el cielo!
Al ver aquello, creyó el rey volverse loco de sorpresa y de furor, y gritó a los oficiales de sus guardias: "¡La desgracia sobre vosotros! ¡cogedle! ¡cogedle! ¡Que se nos escapa!" Pero le contestaron sus visires y lugartenientes: "¡Oh rey! ¿puede el hombre alcanzar al pájaro que tiene alas? ¡Sin duda no se trata de un hombre como los demás, sino de un poderoso mago o de algún efrit o mared entre los efrits y mareds del aire! ¡Y Alah te ha librado de él, y a nosotros contigo! ¡Demos, pues, gracias al Altísimo que ha querido salvarte de entre sus manos, y contigo a tu ejército!"
Emocionado hasta el límite de la perplejidad el rey regresó entonces a su palacio, y entrando en el aposento de su hija, la puso al corriente de lo que acababa de ocurrir en el meidán. Y al saber la noticia de la desaparición del joven príncipe, la joven se quedó afligida y desesperada, y lloró y se lamentó de manera tan dolorosa, que cayó gravemente enferma y la acostaron en su lecho, presa del calor de la fiebre y de la negrura de sus ideas. Y al verla en aquel estado, empezó su padre a abrazarla, a mecerla, a estrecharla contra su pecho y a besarla entre los ojos repitiéndole lo que había visto en el meidán y diciéndole: "¡Hija mía, da más bien gracias a Alah (¡exaltado sea!) y glorifícale por habernos librado de las manos de ese insigne mago, de ese embustero, de ese seductor, de ese ladrón, de ese cerdo!" Pero en vano le hablaba y la mimaba para consolarla, porque ella no oía, ni escuchaba, sino al contrario. Cada vez sollozaba más, y lloraba y gemía suspirando: "¡Por Alah ya no quiero comer ni beber hasta que Alah me reúna con mi enamorado encantador! ¡Y ya no quiero saber nada que no sea verter lágrimas y enterrarme en mi desesperación!" Entonces al ver que no podía sacar a su hija de aquel estado de languidez y de aflicción, quedó el padre muy apenado, y se entristeció su corazón, y el mundo se ennegreció ante él. ¡Y esto en cuanto al rey y su hija la princesa Schamsennahar...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 423ª noche

Ella dijo:
¡... Y esto en cuanto al rey y su hija la princesa Schamsennahar! ¡Pero he aquí ahora lo relativo al príncipe Kamaralakmar! Cuando se elevó muy alto por los aires, hizo volver la cabeza a su caballo en  dirección a su tierra natal, y puesto ya en el buen camino, se dedicó a soñar con la belleza de la princesa, con sus encantos y con los medios de que se valdría para volver a encontrarla. Y le parecía muy difícil la cosa, aunque tuvo cuidado de que ella le informara acerca del nombre de la ciudad de su padre. Así había sabido que aquella ciudad se llamaba Sana y era la capital del reino de Al-Yamán.
Mientras duró el viaje continuó él pensando en todo aquello, y merced a la gran rapidez de su caballo, acabó por llegar a la ciudad de su padre.
Entonces hizo ejecutar a su caballo un círculo aéreo por encima de la ciudad, y fue a echar pie a tierra en la terraza del palacio. Dejó entonces a su caballo en la terraza y bajó al palacio, donde notó por todas partes un ambiente de duelo y vio regadas de ceniza todas las habitaciones, y creyendo que habría muerto alguien de su familia, penetró, como tenía por costumbre, en los aposentos privados, y encontró a su padre, a su madre y a sus hermanas vestidas con trajes de luto, y muy amarillos de cara, y enflaquecidos, y demudados, y tristes, y desolados. Y he aquí que, cuando entró él, su padre se levantó de pronto al advertirle, y cierto ya de que aquel era verdaderamente su hijo, lanzó un gran grito y cayó desmayado; luego recobró el sentido y se arrojó en los brazos de su hijo, y le abrazó y le estrechó contra su pecho con trasportes de la más loca alegría y emocionado hasta el límite de la emoción; y su madre y sus hermanas, llorando y sollozando se le comían a besos a cual más, y bailaban y saltaban en medio de su dicha.
Cuando se calmaron un poco le interrogaron acerca de lo que había acaecido; y les contó él la cosa desde el principio hasta el fin; pero no hay para qué repetirla. Entonces exclamó su padre: "¡Loores a Alah por tu salvación, ¡oh frescura de mis ojos y mucho de mi corazón!"
E hizo celebrar grandes fiestas populares y grandes regocijos durante siete días enteros, y repartió dádivas al son de pífanos y címbalos, e hizo adornar todas las calles y proclamar un indulto general para todos los presos, haciendo abrir de par en par las puertas de cárceles y calabozos. Luego, acompañado de su hijo, recorrió a caballo los diversos barrios de la ciudad para dar a su pueblo la alegría de volver a ver al joven príncipe, a quien se creyó perdido para siempre.
Pero una vez terminadas las fiestas, Kamaralakmar dijo a su padre: "¡Oh padre mío! ¿qué ha sido del persa que te dio el caballo?" Y contestó el rey: "¡Confunda Alah a ese sabio! y retire su bendición para  él y para la hora en que mis ojos le vieron por vez primera, pues él fue causa de que te separaras de nosotros, ¡oh hijo mío! ¡En este momento está encerrado en un calabozo, y es el único a quien no perdoné!" Pero como se lo suplicó su hijo, el rey le hizo salir de la prisión, y ordenándole que fuera a su presencia, le volvió a la gracia, y le dió un ropón de honor y le trató con gran liberalidad, concediéndole toda clase de honores y riquezas; pero no le mencionó siquiera a su hija ni pensó dársela en matrimonio. Así es que el sabio rabió hasta el límite de la rabia y se arrepintió mucho de la imprudencia que había cometido dejando montar en el caballo al joven príncipe, ¡pues comprendió que se había descubierto el secreto del caballo, como también su manejo!
En cuanto al rey, que no estaba muy tranquilo todavía con respecto al caballo, dijo a su hijo: "¡Soy de opinión, hijo mío, de que no debes acercarte en adelante a ese caballo de mal agüero, y sobre todo de que nunca más le montes, ya que estás lejos de conocer las cosas misteriosas que puede contener aún, y no te hallas sobre él seguro!" Por su parte, Kamaralakmar contó a su padre su aventura con el rey de Sana y su hija, y cómo había escapado a la furia de este rey; y contestó su padre: "¡Si debiera matarte el rey de Sana, hijo mío, te hubiera matado: pero el Destino no habría fijado todavía tu hora!"
Durante este tiempo, a pesar de los regocijos y festines que su padre continuaba dando con motivo de su regreso, Kamaralakmar estaba lejos de olvidar a la princesa Schamsennahar, y lo mismo cuando comía que cuando bebía, pensaba siempre en ella. Y he aquí que un día, el rey, que tenía esclavas muy expertas en el arte del canto y en el de tocar el laúd, les ordenó que hicieran resonar las cuerdas de los instrumentos y cantaran algunos versos hermosos. Y tomó una de ellas su laúd, y apoyándoselo en las rodillas cual podría una madre colocar en su regazo a su hijo, cantó, acompañándose, estos versos entre otros versos:
¡Tu recuerdo ¡oh bienamado! no se borrará de mi corazón ni con la ausencia ni con la distancia!
¡Pueden pasar los días y morir el tiempo, pero jamás podrá morir en mi corazón tu amor!
¡Con este amor quiero morir yo misma, y con este amor resucitar!
Cuando hubo oído el príncipe estos versos, en su corazón chispeó el fuego del deseo, redoblaron su calor las llamas de la pasión, las tristezas le llenaron de duelo el espíritu y el amor le trastornó las entrañas. Así es que, sin poder ya resistir a los sentimientos que le animaban con respecto a la princesa de Sana, se levantó en aquella hora y aquel instante, subió a la terraza del palacio, y a pesar del consejo de su padre, saltó a lomos del caballo de ébano y dió una vuelta a la clavija que servía para subir. Al punto se elevó por los aires como un pájaro el caballo con él, remontando su vuelo hacia las altas regiones del cielo.
Y he aquí que al día siguiente por la mañana le buscó por el palacio su padre el rey, y como no le encontró, subió a la terraza y quedó consternado al notar la desaparición del caballo; y se mordió los dedos, arrepentido de no haber hecho trizas aquel caballo, y se dijo: "¡Por Alah, que si vuelve a regresar mi hijo, destruiré ese caballo para que pueda estar tranquilo mi corazón y no se alarme mi espíritu!" Y bajó de nuevo a su palacio, donde estalló en llantos, sollozos y lamentaciones. ¡Y esto por lo que atañe a él!
En cuanto a Kamaralakmar, prosiguió su rápido viaje aéreo, y llegó a la ciudad de Sana. Echó pie a tierra en la terraza del palacio, bajó por la escalera sin hacer ruido y se dirigió hacia el aposento de la  princesa. Allí encontróse al eunuco dormido, como de costumbre, delante de la puerta; pasó por encima de él, y cuando hubo penetrado en el interior de la estancia, llegó a la segunda puerta. Se acercó entonces muy sigilosamente a la cortina, y antes de levantarla escuchó con atención.
Y he aquí que oyó a su bienamada sollozar amargamente y recitar versos quejumbrosos, mientras trataban de consolarla sus mujeres, y la decían: "¡Oh ama nuestra! . ..
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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sábado, mayo 04, 2024

28 P2 Historia de Rosa-en-el-cáliz y Delicia-del-mundo - segunda de dos partes

Hace parte de 

  28Historia de Rosa-en-el-cáliz y Delicia-del-mundo (de la noche 399 a la 414)


Ir a la primera parte

Y cuando llegó la 408ª noche

Ella dijo:
... Delicia-del-Mundo anduvo un poco, y vio una jaula maravillosa, mucho más bonita que todas las demás jaulas. Aquella jaula aprisionaba a un pichón salvaje, que tenía al cuello un collar de perlas admirables. Y al ver Delicia-del-Mundo a aquel pichón, conocido por su canto melancólico y amoroso, y a la sazón preso en aquella jaula con un aire muy triste y soñador, empezó a sollozar, y recitó estos versos:
¡Oh pichón de los bosques frondosos! ¡Oh hermano de los amantes, compañero de las almas sensibles, yo te saludo!
¡Amo a una tierna gacela, cuya mirada penetró en mi corazón más profundamente que el filo de una hoja cortante!
¡Su amor abrasó mi corazón y mis entrañas, y su lejanía arruinó mi cuerpo con enfermedades!
¡Desde hace largo tiempo no saboreo las dulzuras del comer y del dormir!
¡De mi alma huyeron la paciencia y la tranquilidad, y la pasión vino a instalarse en ella para siempre!
¿Cómo podré en lo sucesivo encontrar alegría viviendo lejos de la amiga ausente? ¿Acaso no es ella mi aspiración, mi deseo y mi alma toda?
Cuando el pichón oyó estos versos de Delicia-del-Mundo, salió de su ensueño y empezó a gemir y a arrullar de manera tan quejumbrosa y melancólica, que parecía ser humana su voz, y que en su lenguaje  recitaba estos versos:
¡Oh joven enamorado! ¡Acabas de recordarme la época de mi juventud sumergida en el pasado, cuando me seducía mi amigo, cuyas formas graciosas adoraba yo, porque era maravillosamente hermoso!
¡A través de las ramas del montículo arenoso, su voz sumíase en un éxtasis entusiasmado con los caros acordes de la flauta!
¡Un día tendió una red el cazador y le apresó! Y exclamó mi amigo: "¡Oh mi libertad en el espacio! ¡Oh felicidad fugitiva!"
¡Sin embargo, yo esperaba que el cazador se compadeciese de mi amor y me devolviera a mi amigo; pero fue cruel!
¡Y ahora son ya excesivas mis torturas, y mis deseos se avivan con el fuego de tan dura ausencia!
¡Oh! ¡Proteja Alah a los amantes enloquecidos y torturados por angustias como las mías! ¡Y ojalá alguno de ellos, al mirarme tan triste en mi jaula, me abra la puerta de ella y me devuelva a mi amigo!
Entonces Delicia-del-Mundo se encaró con su amigo el eunuco de Ispahán, y le dijo: "¿Qué palacio es éste? ¿Quiénes lo habitan? ¿Y quién lo construyó?" El eunuco contestó: "¡Es el visir de tal rey quien lo  construyó para su hija, con objeto de resguardarla de los acontecimientos del tiempo y de los accidentes del Destino! Acá la confinó con sus servidores y su séquito. ¡Y no se abren sus puertas más  que una vez al año, el día en que nos mandan provisiones!"
Al oír estas palabras, pensó para su alma Delicia-del-Mundo: "¡Por fin consigo mi propósito! Pero ¡cuán penoso me resulta tener que esperar tanto antes de verla!"
Y he aquí lo que a él atañe.
¡Pero he aquí ahora lo concerniente a Rosa-en-el-Cáliz!
Desde que llegó al palacio, no tuvo gusto ya para saborear el placer de beber y comer, ni el del reposo y el sueño. Por el contrario, sentía aumentar en ella los tormentos de sus transportes apasionados; y mataba el tiempo recorriendo todo el palacio en busca de una salida, pero sin resultado.
Y un día en que no podía más, estalló en sollozos, y recitó estos versos:
¡Para torturarme, me han aprisionado lejos de mi amigo, y en mi prisión me hacen sufrir toda clase de tormentos!
¡Con los fuegos de la pasión, me quemaron el corazón, alejándolo del amigo de mis ojos!
¡Me encerraron en fortificadas torres que alzaron sobre montañas entre los abismos marinos!
¿Es que con ello quisieron que olvidara? ¡Pues desde entonces creció más aún mi amor!
¿Cómo podré olvidar? ¿No se debe todo lo que sufro a una sola mirada que dirigí al rostro del amado?
¡Entre penas se deslizan mis días, y me paso la noche asaltada por tristes pensamientos!
¡Pero aunque carezco de la presencia amada, me queda su recuerdo para consolarme en la soledad!
¡Ah! ¡Ojalá, después de todo esto, pueda ver un día que el Destino me reúna con el bienamado!
Cuando acabó de recitar estos versos, Rosa-en-el-Cáliz subió a la terraza del palacio...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Cuando llegó la 409ª noche

Ella dijo:
... Rosa-en-el-Cáliz subió a la terraza del palacio, y valiéndose de sólidas telas de Baalbek, con las cuales se ató cuidadosamente, se descolgó a tierra desde lo alto de los muros. Y vestida como estaba con sus trajes más hermosos y con el cuello adornado por un collar de pedrerías, atravesó las llanuras desiertas que rodeaban el palacio, y llegó de esta manera a la orilla del mar.
Divisó allí a un pescador, a quien el viento de través había arrojado a lo largo de aquella costa mientras pescaba sentado en su barca. El pescador divisó asimismo a Rosa-en-el-Cáliz, y creyéndola una aparición obra de algún efrit, se atemorizó mucho y empezó a maniobrar para alejarse de allí cuanto antes.
Entonces Rosa-en-el-Cáliz le llamó repetidas veces, y haciéndole numerosas señas, le recitó estos versos:
¡Oh pescador! ¡Calma tu turbación, pues soy un ser humano semejante a los demás!
¡Te pido que respondas a mis súplicas y escuches mi verídica historia!
¡Ten piedad de mí, y si un día llegas a posar tus ojos en un amigo adusto y despiadado, Alah te preservará de los ardores que me abrasan!
¡Porque amo a un jovenzuelo cuyo rostro resplandeciente hace palidecer el brillo del sol y de la luna, cuyas miradas hicieron que la propia gacela exclamara disculpándose: "¡Soy tu esclava!"
¡Sobre su frente escribió la belleza este renglón encantador, de sentido conciso: "¡Quién le mira como a la antorcha del amor, va por buen camino; pero quien se separa de él, comete una falta grave y una impiedad!"
¡Oh pescador! ¡ Cuál no sería mi dicha si consintieras en consolarme haciéndome que le encontrara! ¡Y cuán agradecida te quedaría yo entonces !¡Te daría pedrerías y joyas, y perlas cogidas en el agua, y cuantas cosas preciosas hay!
¡Ojalá pueda satisfacer mi amigo un día mis deseos, porque en la espera se derrite mi corazón y se desmenuza!
Cuando oyó el pescador estas palabras, lloró, gimió y se lamentó, acordándose también de los días de su juventud, cuando estaba rendido de amor, atormentado por la pasión, torturado por zozobras y deseos, abrasado en el fuego de los transportes amorosos. Y se puso a recitar estos versos:
¡Qué perentoria excusa de la intensidad de mi ardor! ¡Miembros descarnados, lágrimas esparcidas, ojos rotos por las vigilias, corazón golpeado como un eslabón brillante!
¡La calamidad del amor se apoderó de mí en la juventud, y he saboreado todas sus dulzuras engañosas!
¡Ahora quiero venderme para encontrar a un amigo ausente, a riesgo de perder el alma!
¡No obstante, espero que me sea lucrativa esta venta, porque es costumbre en los enamorados no regatear nunca el precio de su amigo!
Una vez que el pescador hubo acabado de recitar estos versos, se acercó con su barca a la orilla, y dijo a la joven: "¡Embárcate, pues estoy dispuesto a conducirte adonde quieras!" Entonces se embarcó  Rosa-en-el-Cáliz, y el pescador se alejó de tierra a fuerza de remos.
Cuando se distanciaron un poco, se levantó un viento que empujó a la barca por la popa con tanta velocidad, que no tardaron en perder de vista la tierra, sin que supiese ya el pescador dónde se hallaba. Sin embargo, al cabo de tres días se calmó la tempestad, amenguó el viento, y con la venia de Alah (¡exaltado sea!) llegó la barca a una ciudad situada a orillas del mar.
Y he aquí que precisamente en el momento en que llegaba la barca del pescador, el rey de la ciudad, que era el rey Derbas, estaba sentado con su hijo a una ventana de su palacio que daba al mar; y vio entrar en el puerto la barca del pescador y divisó a aquella joven, hermosa como la luna llena en el seno del cielo puro, que llevaba en las orejas pendientes de rubíes magníficos y al cuello un collar de maravillosas pedrerías. Supuso entonces que debía ser hija de un rey o de un soberano, y seguido de su hijo abandonó el palacio y se dirigió a la playa, saliendo por la puerta que daba al mar.
En aquel momento ya estaba amarrada la barca, y la joven dormía en ella tranquilamente.
Entonces el rey se acercó a la joven y veló su sueño. Y cuando abrió los ojos, ella se echó a llorar. Y el rey le preguntó: "¿De dónde vienes? ¿De quién eres hija? ¿Y a qué obedece tu llegada a esta comarca?"
Ella contestó: "Soy la hija de Ibrahim, visir del rey Schamikh. ¡Y mi llegada aquí obedece a algo extraordinario y a una aventura muy extraña!" Luego contó al rey toda su historia, desde el principio hasta el fin, sin ocultarte nada. Tras de lo cual dejó escapar profundos suspiros, vertió llanto y recitó estos versos:
¡He aquí que han ulcerado mis párpados las lágrimas! ¡Ah! ¡Para que se desborden de tal modo han sido precisas tribulaciones muy singulares!
¡Y la causa de todo es un ser caro a mi corazón, con el cual jamás pude aplacar la sed de mis deseos!
¡Su rostro es tan hermoso, tan radiante y tan resplandeciente, que supera a la belleza de turcos y árabes!
¡Al verle aparecer, el sol y la luna se inclinaron con amor, prendados de sus encantos, y rivalizaron en galanterías para con él!
¡Su mirada hechicera es tan encantadora, que a todos los corazones fascina con su tirante arco dispuesto a lanzar flechas!
¡Oh tú, a quien acabo de contar detalladamente mis penas amargas, ten piedad de un enamorado convertido en juguete de las vicisitudes del amor!
¡Ay! ¡En triste estado me arrojó el mar en medio de tu país, y sólo en tu generosidad tengo ya esperanza!
¡El hombre de corazón generoso que protege a quien le implora su hospitalidad, realiza, por lo general, una obra muy meritoria!
¡...Oh tú, esperanza mía; extiende el velo protector sobre la tribu de los enamorados, y has ¡oh mi señor! que se reúnan!
Luego, una vez que hubo recitado estos versos, contó al rey algunos otros pormenores más...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 410ª noche

Ella dijo:
... una vez que hubo recitado estos versos, contó al rey algunos otros pormenores más después quedose hecha un mar de lágrimas, e improvisó los versos siguientes:
¡He podido disfrutar de la vida hasta el día en que conocí a aquel prodigio de amor! ¡Ojalá todos los meses del año sean para el amigo meses de tranquilidad, como lo es el mes sagrado de Bagdad!
¡Cuán asombroso sería que el día de mi destierro las lágrimas que vertí pudieran transformarse en fuego líquido dentro de mis entrañas!
¡Aquel día cayó de mis párpados una lluvia de sangre en gotas redondas; y la superficie de mis mejillas se coloreó de rojo!
¡Y los lienzos con que se enjugaron todas estas lágrimas se tiñeron tan de rojo, que parecían la túnica de Joset coloreada de una sangre engañosa!
Cuando oyó el rey las palabras de Rosa-en-el-Cáliz, no dudó ni por un instante de la profundidad del mar de amor que la aquejaba; y se compadeció de ella y le dijo: "¡No temas ni te aterres, conseguiste tu propósito! ¡Porque heme aquí dispuesto a hacer que logres tus aspiraciones y a darte al que pides! ¡Créeme, pues, y escucha algunas palabras mías!"
Y al punto el rey recitó estos versos:
¡Oh hija de raza noble y generosa, llegaste a la meta perseguida! ¡Te lo anuncio con alegría! ¡Nada tienes que temer ya aquí!
¡Hoy mismo acumularé grandes riquezas y se las enviaré al rey Schamikh custodiadas por jinetes y guerreros!
¡Le enviaré cofrecillos de almizcle y fardos con brocados, añadiendo a ello oro y plata virgen!
¡Sí! ¡Y mis cartas enterarán, por medio de la escritura, de que deseo ser su aliado y su pariente!
¡Hoy mismo te ayudaré con todas mis fuerzas para que te unas lo más pronto posible al que amas!
¡Por mí propio gusté siempre la amargura del amor! ¡Y he aprendido a complacer y disculpar a quienes bebieron en tan amargo cáliz!
Cuando acabó de recitar estos versos, fué el rey en busca de sus soldados, y después de llamar a su visir, hízole que preparara un número incalculable de fardos con los presentes consabidos, dándole orden de que él mismo se pusiera en camino para llevarlas al rey Schamikh, y le dijo: "¡Es preciso, además, que sin remisión traigas de allá contigo a una persona que se llama Delicia-del-Mundo! Y dirás al rey: "Mi amo desea ser tu aliado, y el pacto de alianza entre tú y él será el matrimonio de Rosa-en-el-Cáliz con Delicia-del-Mundo, que es uno de los personajes de tu séquito. ¡Así, pues, has de confiarme a ese joven y le conduciré junto al rey Derbas para que en su presencia se extienda el contrato de matrimonio!"
Tras de lo cual el rey Derbas escribió al rey Schamikh una carta alusiva, se la entregó al visir, reiterándole las órdenes concernientes a Delicia-del-Mundo, y le dijo: "¡Has de saber que como no me lo traigas, se te destituirá de tu cargo!" El visir contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y al punto se puso en camino, con los presentes aquellos, hacia las comarcas del rey Schamikh.
Cuando llegó a presencia del rey Schamikh, le transmitió la zalema de parte del rey Derbas, y le entregó la carta y los presentes que había traído para el.
Al ver aquellos presentes y al leer la carta, donde se hacía referencia a Delicia-del-Mundo, el rey Schamikh vertió abundantes lágrimas y dijo al visir del rey Derbas: "¡Ay! ¿Dónde estará ahora Delicia-del-Mundo? ¡Porque ha desaparecido! ¡E ignoramos en qué sitio se encuentra! ¡Si puedes traérmelo, ¡oh visir embajador te daré el doble de lo que suponen los presentes que me ofreces!" Y al decir estas palabras, quedó hecho un mar de lágrimas el rey, lanzando gemidos, lamentándose y estallando en sollozos.
Luego recitó estos versos:
¡Devolvedme a mi bienamado, y os obsequiaré con tesoros de perlas y diamantes!
¡Era él para mí la luna llena en el seno de un cielo puro y bello! ¡Era el amigo predilecto, por sus modales exquisitos y encantadores!
¡No podría compararse con él la fina gacela! ¡Es su talle la rama del bambú, del que serían frutos sus maneras deliciosas!
¡Pero ni la frágil rama, a pesar de su belleza joven, podría seducir a la razón humana como él!
¡Entre las caricias le eduqué en sus tiernos años! ¡Y heme aquí ahora triste y desolado por su alejamiento, y con el espíritu poseído de una turbación sin límite!
Tras de lo cual se encaró con el visir emisario que le llevó regalos y carta, y le dijo: "Regresa a tu país y dile a tu rey: «¡Delicia-del-Mundo se marchó hace ya más de un año, y su amo el rey ignora lo que de él ha sido!»" El visir contestó: "¡Oh mi señor! mi amo me ha dicho: «¡Si no traes a Delicia-del-Mundo, se te destituirá del visirato y nunca más pondrás los pies en la ciudad! » ¿Cómo voy a regresar, por consiguiente, sin el joven?"
Entonces el rey Schamikh se encaró con su propio visir Ibrahim, padre de Rosa-en-el-Cáliz, y le dijo: "¡Vas a acompañar al visir emisario, y llevarás contigo una escolta importante; y de ese modo le ayudarás a hacer por todas las comarcas las pesquisas necesarias para encontrar a Delicia-del-Mundo!" El visir contestó: "¡Escucho y obedezco!"
Y al punto se hizo escoltar por una tropa de guardias, y en compañía del visir emisario partió en busca de Delicia-del-Mundo.
De esta suerte viajaron durante mucho tiempo y cada vez que se cruzaban con beduinos o caravanas, les pedían noticias de Delicia-del-Mundo, diciéndole: "¿Habéis visto pasar a un individuo así, cuyo nombre es éste y cuyas señas son tales y cuales?" Y la gente contestaba...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Y cuando llegó la 411ª noche

Ella dijo:
... Y la gente contestaba: "¡No le conocemos!" Y continuaron informándose de esta manera por ciudades y poblados, y haciendo pesquisas por llanuras y terrenos accidentados, por tierras y desiertos, hasta que llegaron a la orilla del mar. Se embarcaron entonces a bordo de un navío, y viajaron por mar para arribar un día a la Montaña-marina-de-la-Madre-que-perdió-a-su-hijo.
El visir del rey Derbas dijo entonces al visir del rey Schamikh: "¿Por qué motivo dieron ese nombre a esta montaña?" El otro contestó: "¡Voy a decírtelo enseguida!
"Has de saber que en los tiempos antiguos bajó a esta montaña una gennia de la raza de los genn chinos. Y he aquí que un día, en sus excursiones terrestres, se tropezó con un hombre, y le amó con un amor apasionado. Pero temiendo ella la cólera de los genn de su raza, si se divulgaba la aventura, cuando ya no pudo reprimir el ardor de sus deseos, se puso en busca de un paraje solitario donde ocultar su amante a los ojos de sus parientes los genn, y acabó por dar con esta montaña desconocida de hombres y genn, por no ser camino de éstos ni de aquéllos. Se apoderó entonces de su amante y le transportó por los aires para depositarle en esta isla, donde hubo de vivir con él. Y de cuando en cuando se ausentaba de aquí para hacer acto de presencia entre sus parientes, dándose prisa por regresar enseguida, ocultamente, junto a su bienamado.
Al cabo de cierto tiempo de llevar aquella vida, quedó encinta de él varias veces, y echó al mundo en esta montaña numerosos hijos. Y cuando pasaban cerca de esta montaña los mercaderes que viajaban por acá, oían desde sus navíos voces de niños que parecían los gritos quejumbrosos de una madre lamentándose, y se decían: «¡En esta montaña debe haber alguna pobre madre que perdió a sus hijos! Y ése es el motivo de tal nombre".
Al oír aquellas palabras, se asombró en extremo el visir del rey Derbas.
Pero ya habían echado pie a tierra, y llegaron al palacio, llamando a la puerta. Se abrió la puerta al punto, y salió de ella un eunuco, que reconoció inmediatamente a su amo el visir Ibrahim, padre de Rosa-en-el-Cáliz. Enseguida le besó la mano y le introdujo en el palacio con su compañero y su séquito.
Llegado que fué al patio del palacio, el visir Ibrahim advirtió entre los servidores a un hombre de aspecto miserable, a quien no reconoció, y que no era otro que Delicia-del-Mundo. Así es que preguntó a su gente:
"¿De dónde viene este individuo?" Le contestaron: "Es un pobre mercader que naufragó, perdiendo todas sus mercancías, y pudo salvarse él sólo. ¡Se trata de un hombre inofensivo, de un santo sumido de continuo en el éxtasis de la plegaria!" El visir no insistió más y penetró en el interior del palacio.
Se dirigió al aposento de su hija, y cuando llegó a él, no la encontró allí. Preguntó a las jóvenes que la servían de esclavas, y le contestaron: "¡No sabemos cómo ha salido de aquí! ¡Lo único que podemos decirte es que con nosotros sólo estuvo muy poco tiempo, porque desapareció!"
A estas palabras, el visir derramó muchas lágrimas e improvisó estos versos:
¡Oh casa amenizada por los cantos de tus pájaros, y cuyos umbrales fueron tan soberbios y hermosos, hasta el momento en que el enamorado vino a ti llorando su deseo, y encontró abiertas de par en par tus puertas hospitalarias!
¡Aquí, antaño, vivían los chambelanes, entre el lujo, la felicidad y los honores! ¡Y se tendían por todas partes estofas de brocado! ¡Ay! ¿quién me dirá ya la suerte que corrieron los dueños que la habitaron?
Luego, cuando acabó de recitar estos versos, el visir Ibrahim empezó a llorar, a gemir y a lamentarse, y dijo: "¡Nadie puede escapar a los designios de Alah ni burlar lo que trazó El de antemano!" Después subió a la terraza del palacio, y encontró allá las telas de Baalbek que estaban atadas por un extremo a las almenas y pendían hasta la parte baja de los muros. Entonces comprendió que su hija había huido valida de este medio, y extraviada por la pasión y enloquecida de dolor, se había marchado. Al mismo tiempo divisó dos pájaros grandes: un cuervo el uno y un búho el otro; y sin dudar ya de que aquello era un triste presagio, estalló en sollozos y recitó estos versos:
¡He venido a la morada de mi amigo con la esperanza de que al verle se extinguiera la llama de mi amor y mis tormentos! ¡Pero el amigo no estaba en la casa, y sólo vi la aparición siniestra de un cuervo y de un búho!
Y me decía este espectáculo: "¡Oprimiste a dos seres que se amaban con ternura, separándoles con violencia!" "¡Ahora te toca a ti acercar a tus labios la copa de amargura que les diste a beber! ¡Y pasarás tu vida con dolor, entre lágrimas y quemaduras!"
Tras de lo cual bajó de la terraza...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 412ª noche

Ella dijo:
"Tras de lo cual bajó de la terraza llorando, y dió orden a los esclavos para que fueran por la montaña haciendo todas las pesquisas necesarias para dar con su ama. Y los esclavos ejecutaron la orden. Pero  no dieron ya con su señora. ¡Y he aquí lo que atañe a ellos!
¡Pero he aquí ahora lo referente a Delicia-del-Mundo!
Cuando el joven adquirió la certeza de la fuga de Rosa-en-el-Cáliz lanzó un grito terrible y cayó desmayado al suelo. Como no recobraba el conocimiento y seguía tendido sin moverse, las gentes del palacio creyeron que le poseía el éxtasis divino y que tenía el alma absorta en la belleza de la contemplación augusta del Altísimo. ¡Y tal es lo concerniente a él!
En cuanto al visir del rey Derbas, cuando vió que el visir Ibrahim había perdido toda esperanza de encontrar a su hija y a Delicia-del-Mundo y que tenía afectado muy penosamente con todo aquello el corazón, resolvió regresar a la ciudad del rey Derbas sin haber cumplido la misión de que estaba encargado. Se despidió, pues, del visir Ibrahim, padre de Rosa-en-el-Cáliz, y le dijo, mostrándole al pobre joven: "Quisiera llevarme conmigo a este santo hombre. ¡Tal vez, merced a sus méritos, caiga la bendición sobre nosotros y Alah (¡exaltado sea!) conmueva el corazón de mi amo el rey y le impida destituirme de mis funciones! Y después no dejaré yo de enviar este santo hombre a Ispahán, su ciudad, que no está lejos de nuestro país". El visir Ibrahim le contestó: "¡Haz lo que quieras!"
Luego se separaron los dos visires, y cada uno tomó el camino de su país respectivo, no sin haber tenido cuidado el visir del rey Derbas de llevarse consigo a Delicia-del-Mundo, cuya identidad estaba muy lejos de suponer, y le acondicionó en una mula en vista del estado de inconsciencia tenaz en que se hallaba el joven.
Tres días duró este estado de inconsciencia mientras viajaban, y Delicia-del-Mundo ignoraba absolutamente cuanto pasaba a su alrededor. Por fin volvió de su desmayo, y dijo: "¿Dónde estoy?" Le contestaron: "¡Estás en compañía del visir del rey Derbas!" Luego fueron a prevenir al visir de que había vuelto de su desmayo el santo hombre. Entonces le mandó el visir agua de rosas azucarada y le hicieron que se la bebiera, con lo que acabó de reanimarse. Tras de lo cual siguieron el viaje y llegaron a la ciudad del rey Derbas.
El rey Derbas al punto envió a decir a su visir: "¡Si no está contigo Delicia-del-Mundo, guárdate bien de ponerte en mi presencia!" Al recibir esta orden, el desgraciado visir no supo qué partido tomar. Porque ignoraba completamente la presencia de Rosa-en-el-Cáliz cerca del rey, ni el porqué deseaba el rey encontrar a Delicia-del-Mundo y aliarse con él; e ignoraba asimismo que Delicia-del-Mundo estaba con él allí y era el joven que había estado inconsciente. Por su parte, Delicia-del-Mundo no sabía adónde le llevaban ni que el visir estaba precisamente encargado de buscarle.
De modo que cuando el visir vió que Delicia-del-Mundo había recobrado el conocimiento, le dijo: "¡Oh santo hombre de Alah! Deseo recurrir a tus consejos en la perplejidad cruel en que me hallo. Has de saber que mi amo el rey me despachó con una misión que no logré cumplir. Y al informarse de mi regreso ahora, me ha enviado una carta en la que me dice: "¡Si no cumpliste tu misión, no debes entrar en mi ciudad!"
El joven le preguntó: "¿Y qué misión era esa?" Entonces le contó el visir toda la historia, y Delicia-del-Mundo dijo: "¡Nada temas! Preséntate al rey y llévame contigo. ¡Y yo asumo la responsabilidad de  la vuelta de Delicia-del-Mundo!" Mucho se regocijó con aquello el visir, y dijo: "¿Hablas de verdad?" El joven contestó: "¡Sí, por cierto!" Montó a caballo entonces el visir, y llevando consigo a Delicia-del-Mundo, se presentó con él al rey.
Cuando se personaron ante el rey, preguntó éste al visir: "¿Dónde está Delicia-del-Mundo?" Entonces se adelantó el santo hombre y contestó: "¡Oh gran rey, yo sé dónde se encuentra Delicia-del-Mundo!" Hízole el rey señas para que se acercara más, y en extremo emocionado, le preguntó: "¿En qué sitio se encuentra?" El joven contestó: "¡En un sitio que está muy cerca de aquí! Pero dime antes para qué lo buscas, y me apresuraré a hacerle venir entre tus manos". Dijo el rey: "¡Cierto que te lo diré con mucho gusto y obligado; pero el caso exige que estemos solos!" Y al punto ordenó a su gente que se alejara, se llevó al joven a una sala retirada, y le contó la historia desde el principio hasta el fin.
Entonces Delicia-del-Mundo dijo al rey: "Haz que me traigan vestidos suntuosos y dámelos para vestirme con ellos. ¡Y al instante haré venir a Delicia-del-Mundo!" Hizo el rey que le llevaran enseguida un traje suntuoso, y Delicia-del-Mundo se vistió con él, y exclamó: "¡Yo soy Delicia-del-Mundo, la desolación de los envidiosos!" Y tras estas palabras, partiendo los corazones con sus miradas hermosas, improvisó estos versos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 413ª noche

Ella dijo;
...tras estas palabras, partiendo los corazones con sus miradas hermosas, improvisó estos versos:
¡El recuerdo de mi bienamada me hace deliciosa compañía en mi soledad, y aleja de mí los penosos pesares de la ausencia!
¡No tengo aquí otro manantial que el de mis lágrimas, pero cuando de mis ojos fluye ese manantial, mitiga mis angustias!
¡Mis deseos son violentos, y nada puede compararse con ellos! ¡Ah! ¿habrá algo más prodigioso que lo que con el amor y la amistad me ocurre?
¡Paso mis noches con los párpados abiertos en medio del insomnio, y mi vida amorosa transcurre en el infierno y el paraíso!
¡Otrora estaba yo dotado de noble resignación; pero ya perdí esa virtud, y la aflicción es el don único que me legó el amor!
¡Ha enflaquecido mi cuerpo y ha cambiado mi semblante con la ausencia y el ardor de la pasión!
¡A fuerza de correr por ellos lágrimas, se han ulcerado los párpados de mis ojos, y sin embargo, no puedo hacer que vuelvan a mis ojos las lágrimas! ¡Ah, ya no puedo! ¡he perdido el corazón! ¡Ah! ¡las penas siguen a las penas!
¡Mi corazón y mi cabeza se asemejan, ahora que han envejecido y blanqueado juntos como consecuencia del alejamiento de la bienamada, la más hermosa de las bienamadas!
¡Mal de su grado se verificó nuestra separación y al presente, su única preocupación es volver a verme y poseerme!
¡Pero quién sabe ya si, después de tan prolongada ausencia, el Destino me reunirá todavía con mi amiga, y la suerte cerrará el libro del alejamiento, abierto durante todo este tiempo, y permitirá que a las angustias de la separación sucedan las delicias del encuentro!
¡Y quién sabe si me será posible tornar a ver aún a mi amiga compartiendo mis placeres en nuestras moradas, y si mis pesares, por fin, se convertirán en delicias puras!
Cuando Delicia-del-Mundo hubo acabado de recitar estos versos, rey Derbas le dijo: "¡Por Alah! ahora veo bien claro que ambos os amabais con la misma sinceridad y la misma intensidad. ¡En verdad que en el cielo de la belleza sois dos astros luminosos! ¡Prodigiosa es vuestra historia y sorprendentes vuestras aventuras!"
Luego contó el rey con toda clase de detalles la historia de Rosa-en-el-Cáliz. Y Delicia-del-Mundo le preguntó: "¿Puedes ahora decirme ¡oh rey del tiempo! dónde está ella?"
El rey contestó: "¡Está en mi palacio!" Y al punto hizo ir al kadí y a los testigos, y les hizo extender el contrato de matrimonio de Rosa-en-el-Cáliz con Delicia-del-Mundo. Tras de lo cual le colmó de honores y beneficios, y despachó en seguida un correo para que informase al rey Schamikh de todo lo acaecido a Delicia-del-Mundo y a Rosa-en-el-Cáliz.
Cuando el rey Schamikh se enteró de esta noticia, se regocijó hasta el límite del regocijo y envió al rey Derbas una carta en la cual le decía: "¡Puesto que ya se ha extendido el contrato de matrimonio, deseo que la celebración de las nupcias y la consumación del matrimonio tengan lugar en mi palacio!" Y al punto hizo preparar camellos, caballos y hombres para que fuesen a recoger a los recién casados.
Al llegar aquella carta y aquella escolta, el rey Derbas regaló a los recién casados sumas considerables, les dió un séquito magnífico y se despidió de ellos.
Y partieron.
Y he aquí que fué un día memorable aquel en que llegaron a la ciudad de Ispahán, su país, donde reinaba el rey Schamikh. ¡Nunca viose un día más hermoso ni siquiera comparable con aquél! Porque, para celebrar la fiesta, el rey Schamikh congregó a todos los tañedores de instrumentos armónicos y dió grandes festines. Y duró el alborozo tres días enteros, en los cuales el rey distribuyó al pueblo muchas dádivas y regaló numerosos ropones de honor.
¡He aquí ahora lo referente a los recién casados! Una vez concluido el festín de la primera noche, Delicia-del-Mundo penetró en la cámara nupcial de Rosa-en-el-Cáliz; y se arrojaron ambos en brazos uno de otro, pues hasta aquel momento no habían podido verse a solas desde su encuentro; y fue tanta su felicidad, que no pudieron por menos de llorar de alegría durante un buen rato. Y Rosa-en-el-Cáliz improvisó estos versos:
¡Por fin vino la alegría a ahuyentar la tristeza y la pena; y henos aquí reunidos, con gran confusión de los que nos envidian!
¡La brisa de la reunión nos echó su aliento perfumado, reanimándonos el corazón, las entrañas y el cuerpo!
¡En nuestros rostros ha brillado la embriaguez del retorno, y a nuestro alrededor anunciaron nuestro regreso tambores y gritos de alegría!
¡No creáis que nuestras lágrimas son de pesar, sabed, por el contrario, que quien nos hace llorar es la dicha!
¡Cuántas calamidades, desvanecidas ya, hemos sufrido! ¡Con qué resignación hemos soportado dolores angustiosos!
¡En una hora de reunión olvidé torturas y contrariedades tan terribles que blanquearon mi cabeza!
Terminada que fué esta improvisación, se abrazaron estrechamente y permanecieron enlazados en brazos uno de otro, hasta caer desfallecidos de júbilo y felicidad...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 414ª noche

Ella dijo:
... hasta caer desfallecidos de júbilo y felicidad.
Vueltos ya de su desfallecimiento, Delicia-del-Mundo improvisó los versos siguientes:
¡Oh dulzura de las noches largo tiempo esperadas, cuando el bienamado se muestra fiel a su promesa y se entrega a su amiga!
¡Henos aquí reunidos para siempre tras la ausencia, y se han roto las cadenas que nos tenían cautivos en la separación!
¡Después de mostrarse con nosotros tan adusto, el Destino nos sonríe y nos concede sus favores diligentemente!
¡La dicha ha desplegado su estandarte en nuestro honor, y para tranquilizarnos, nos brindó la copa pura del placer!
Reunidos, por fin, después de la tormenta, nos contamos nuestras penas pasadas y nuestras noches de insomnio que transcurrieron entre tristezas
¡Oh mi señor, olvidemos ahora nuestros sufrimientos! ¡Y enriquezca nuestra alma con el olvido el Dispensador de misericordias!
¡Ah! ¡Cuán dulce es la vida! ¡Cuán deliciosa es la vida! ¡La unión sólo consigue avivar mi llama y mi ardor!
Recitados que fueron estos versos, los dos amantes se abrazaron por segunda vez, y cayendo en su cama nupcial, se enlazaron estrechamente en medio de las más exquisitas voluptuosidades; y continuaron acariciándose y entregándose a mil ternezas y juegos amables hasta que se hundieron en el mar de los amores tumultuosos. Y fueron tan intensas sus delicias, sus voluptuosidades, su ventura, sus placeres y sus alegrías, que dejaron transcurrir siete días y siete noches sin darse cuenta de la fuga del tiempo y su mudanza, como si las siete jornadas no hubieran sido más que una. Sólo al ver llegar a los tañedores de instrumentos, comprendieron que se hallaban al final del séptimo día de su matrimonio. Así es que en el límite de la sorpresa, Rosa-en-el Cáliz improvisó al instante los versos que vas a oír:
¡Aunque fui víctima de tanta envidia y estuve tan vigilada, pude poseer a mi bienamado!
¡Sobre la seda virgen y los terciopelos, se entregó a mí con mil caricias, encima de un colchón de tierna piel y relleno con plumón de pájaros de especie extraordinaria!
¿Qué necesidad tengo de beber vino, si un amante, pleno de ardores nuevos me hace saborear su saliva voluptuosa?
¡El pasado y el presente se confunden para nosotros en una unión que nos da el olvido! ¿No es cosa prodigiosa que hayan pasado sobre nuestras cabezas siete noches enteras sin que nos enteráramos?
Porque, con ocasión del séptimo día, han venido a felicitarme y a decirme: "¡Alah eternice tu unión con tu amigo!"
Cuando hubo recitado ella estos versos, Delicia-del-Mundo la abrazó un número incalculable de veces, y luego improvisó estos versos:
¡He aquí el día de la dicha y de la felicidad! ¡Y mi amiga ha venido a sacarme del aislamiento!
¡Cuán enervante y deliciosa es su presencia! ¡Que encanto tiene su lenguaje espiritual!
¡Me hizo beber el sorbete voluptuoso de su intimidad, y esta bebida transportó fuera del mundo a mis sentidos!
¡Nos hemos expansionado! ¡Nos hemos dilatado! ¡Nos hemos embriagado tendidos en nuestra cama! ¡Y hemos cantado mientras bebíamos!
¡La embriaguez de la dicha hizo que perdiéramos la noción del tiempo y ya no supimos distinguir el primer día del último!
¡Sea para nosotros siempre delicioso el amor! ¡Mi amiga experimentó goces iguales a los míos!
¡Cómo yo, tampoco se acuerda de los días amargos! ¡Mi Señor la ha favorecido lo mismo que me favoreció a mí!
Después de recitados estos versos, se levantaron ambos, salieron de la cámara nupcial y distribuyeron a toda la servidumbre del palacio grandes sumas en plata, trajes magníficos, regalos y presentes. Tras de lo cual, Rosa-en-el-Cáliz dio orden a sus esclavas de que hicieran evacuar para ella sola el hammam del palacio, y dijo a Delicia-del-Mundo: "¡Oh frescura de mis ojos! ¡Ahora quiero verte por fin en el hammam para estar ambos solos a nuestro sabor!" Y llegando en aquel momento al límite de la dicha, improvisó estos versos:
¡Amigo, que desde hace tanto tiempo dominas mi corazón! – no quiero hablar de cosas pretéritas-!
¡Oh tú, sin quien ya no podría pasarme y a quien no podría ya ,sustituir en mi intimidad, ven al hammam, ¡oh luz de mis ojos! ¡Para mí será como un infierno de llamas en medio de un paraíso de delicias!
¡Quemaremos el sahumerio del nadd hasta que los vapores embalsamados llenen la sala toda y se esparzan en todos sentidos!
¡Perdonaremos al Destino sus crímenes para con nosotros, y glorificaremos la bondad de nuestro Señor!
Y al mirarte en el baño, cantaré: “!Que el baño ¡Oh bienamado! te sea leve y delicioso!"
Una vez recitados estos versos, los dos amantes se levantaron y fueron al hammam, donde pudieron disfrutar de instantes agradables. Tras de lo cual volvieron al palacio, pasando allí su vida en medio de las felicidades más intensas, ¡hasta el momento en que fué a visitarle la Destructora de placeres y la Separadora de amigos!
¡Gloria al Inmutable, al Eterno, en el cual convergen los seres y las cosas!



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