lunes, mayo 20, 2024

29 P1 Historia mágica del caballo de ébano - primera de dos partes


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  29 Historia mágica del caballo de ébano (de la noche 414 a la 432)




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HISTORIA MAGICA DEL CABALLO DE EBANO

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y lo pasado de las épocas y de las edades, había un rey muy grande y muy poderoso entre los reyes de los persas, que se llamaba Sabur, y era sin duda el rey más rico en tesoros de todas clases, como también el más dotado de sagacidad y de prudencia. Además, estaba lleno de generosidad y de amabilidad, y tenía siempre abierta sin desmayo la mano para ayudar a los que le imploraban, sin rechazar nunca a quienes le solicitaban un socorro. Sabía otorgar la hospitalidad liberalmente a los que sólo le pedían cobijo, y reconfortar en ocasiones, con sus palabras y sus maneras impregnadas de dulzura y de amenidad, a los  corazones heridos. Era bueno y caritativo con los pobres; y los extranjeros nunca veían cerradas a su llamamiento las puertas de los palacios de aquel soberano. En cuanto a los opresores, no encontraban gracia ni indulgencia de su severa justicia. Y así era, en verdad, él.
El rey Sabur tenía tres hijas, que eran como otras tantas lunas hermosas en un cielo glorioso o como tres flores maravillosas por su brillo en un parterre bien cuidado, y un hijo que era la misma luna y se llamaba Kamaralakmar. (Luna de las Lunas)
Todos los años daba el rey a su pueblo dos grandes fiestas, una al comienzo de la primavera, la de Nuruz, y otra en el otoño, la del Mihrgán; y con ambas ocasiones mandaba abrir las puertas de todos sus palacios, distribuía dádivas, hacía que sus pregoneros públicos proclamasen edictos de indulto, nombraba numerosos dignatarios y otorgaba ascensos a sus lugartenientes y chambelanes. Así es que de todos los puntos de su vasto Imperio acudían los habitantes para rendir pleitesía a su rey y regocijarse en aquellos días de fiesta, llevándole presentes de todo género y esclavos y eunucos en calidad de regalo.
Y he aquí que durante una de esas fiestas, la de la primavera precisamente, estaba sentado en el trono de su reino el rey, quien a todas sus cualidades añadía el amor a la ciencia, a la geometría y a la astronomía, cuando vió que ante él avanzaban tres sabios, hombres muy versados en las diversas ramas de los conocimientos más secretos y de las artes más sutiles, los cuales sabían modelar la forma con una perfección que confundía al entendimiento y no ignoraban ninguno de los misterios que de ordinario escapan al espíritu humano. Y llegaban a la ciudad del rey estos tres sabios desde tres comarcas muy distintas y hablando diferente lengua cada uno: el primero era hindí, el segundo rumí y el tercero ajamí de las fronteras extremas de Persia.
Se acercó primero al trono el sabio hindí, se prosternó ante el rey, besó la tierra entre sus manos, y después de haberle deseado alegría y dicha en aquel día de fiesta, le ofreció un presente verdaderamente real: consistía en un hombre de oro, incrustado de gemas y pedrerías de gran precio, que tenía en la mano una trompeta de oro.
Y le dijo el rey Sabur: '”¡Oh, sabio! ¿Para que sirve esta figura?" El sabio contestó: "¡Oh mi señor! este hombre de oro posee una virtud admirable! ¡Si le colocas a la puerta de la ciudad, será un guardián a toda prueba, pues si viniese un enemigo para tomar la plaza, le adivinará a distancia, y soplando en la trompeta que tiene a la altura de su rostro, le paralizará y le hará caer muerto de terror!" Y al oír estas palabras, se maravilló mucho el rey, y dijo: "¡Por Alah, ¡oh sabio! que si es verdad lo que dices, te prometo la realización de todos tus anhelos y de todos tus deseos!"
Entonces se adelantó el sabio rumí, que besó la tierra entre las manos del rey, y le ofreció como regalo una gran fuente de plata, en medio de la cual se encontraba un pavo real de oro rodeado por veinticuatro pavas reales del mismo metal. Y el rey Sabur los miró con asombro, y encarándose con el rumí, le dijo: "¡Oh sabio! ¿para qué sirven este pavo y estas pavas?"
El sabio contestó: "¡Oh mi señor! a cada hora que transcurre del día o de la noche, el pavo da un picotazo a cada una de las veinticuatro pavas y la cabalga, agitando las alas, y así sucesivamente cabalga a las veinticuatro pavas, marcando las horas; luego, cuando ha dejado transcurrir el mes de esta manera, abre la boca, y en el fondo de su gaznate aparece el cuarto creciente de la luna nueva".
Y exclamó el rey maravillado: "¡Por Alah, que si es verdad lo que dices, se cumplirán todas tus aspiraciones!"
El tercero que avanzó fué el sabio de Persia. Besó la tierra entre las manos del rey, y después de los cumplimientos y de los votos le ofreció un caballo de madera de ébano, de la calidad más negra y más  rara, incrustado de oro y pedrerías, y enjaezado maravillosamente con una silla, una brida y unos estribos como sólo llevan los caballos de los reyes. Así es que el rey Sabur quedó maravillado hasta el límite de la maravilla y desconcertado por la belleza y las perfecciones de aquel caballo; luego dijo: "¿Y qué virtudes tiene este caballo de ébano?"
El persa contestó: "¡Oh mi señor! las virtudes que posee este caballo son cosa prodigiosa, hasta el punto de que cuando uno monta en él, parte con su jinete a través de los aires con la rapidez del relámpago, y le lleva a cualquier sitio donde se le guíe, cubriendo en un día distancias que tardaría un año en recorrer un caballo vulgar". Prodigiosamente asombrado con aquellas tres cosas prodigiosas que se habían sucedido en un mismo día, el rey encarose con el persa, y le dijo: "¡Por Alah el Omnipotente (¡exaltado sea!), que crea los seres todos y les da de comer y de beber, que si me pruebas la verdad de tus palabras te prometo la realización de tus anhelos y del menor de tus deseos!"
Tras de lo cual el-rey mandó someter a prueba durante tres días las virtudes diversas de los tres regalos, haciendo que los tres sabios los pusieran en movimiento. Y en efecto, el hombre de oro sopló con su trompeta de oro, el pavo real de oro picoteó y cabalgó regularmente a sus veinticuatro pavas reales de oro, y el sabio persa...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 416ª noche

Ella dijo:
... y el sabio persa montó en el caballo de ébano, le hizo elevarse por los aires y recorrer un gran espacio con una rapidez extraordinaria, para descender, después de haber descrito un amplio círculo, en el mismo sitio de donde partió.
Al ver todo aquello, el rey Sabur quedó al principio estupefacto, y luego se tambaleó de tal manera que parecía iba a volverse loco de alegría. Dijo entonces a los sabios: "¡Oh sabios ilustres! ahora tengo ya una prueba de la verdad de vuestras palabras y a mi vez cumpliré mi promesa. ¡Pedidme, pues, lo que deseéis, y se os concederá al instante!"
Entonces contestaron los tres sabios: "¡Puesto que nuestro amo el rey está satisfecho de nosotros y de nuestros presentes y nos deja que elijamos lo que hemos de pedirle, le rogamos que nos dé en matrimonio a sus tres hijas, pues anhelamos vivamente ser yernos suyos! ¡Y en nada podrá turbar tal cosa la tranquilidad del reino! ¡Aunque así fuese, los reyes no se desdicen de sus promesas nunca!" El rey contestó: `'¡Al instante daré satisfacción a vuestro deseo!" Y al punto dió orden de hacer ir al kadí y a los testigos para que extendieran el contrato de matrimonio de sus tres hijas con los tres sabios.
¡Eso fué todo!
Pero acaeció que, mientras tanto, las tres hijas del rey estaban sentadas precisamente detrás de una cortina de la sala de recepción y oían aquellas palabras. Y la más joven de las tres hermanas se puso a  considerar con atención al sabio que debía escogerla por esposa, ¡y he aquí su descripción! Era un viejo muy anciano, de una edad de cien años lo menos, como no tuviese más; con restos de cabellos blanqueados por el tiempo; con una cabeza oscilante; cejas roídas de tiña; orejas colgantes y hendidas; barba y bigotes teñidos y sin vida; ojos rojos y bizcos, que se miraban atravesados; carrillos fláccidos, amarillos y llenos de huecos; nariz semejante a una gruesa berenjena negra; cara tan arrugada como el delantal de un zapatero remendón; dientes saledizos como los dientes de un cerdo salvaje, y labios flojos y jadeantes como los testículos del camello; en una palabra, aquel viejo sabio era una cosa espantosa, un horror compuesto de monstruosas fealdades que sin duda le hacían ser el hombre más deforme de su época, pues ninguno hubo como él, con aquellos diversos atributos, y además, con sus mandíbulas vacías de molares, ostentando a guisa de colmillos unos garfios que le hacían semejante a los efrits que asustan a los niños en las casas desiertas y hacen cacarear de miedo a los pollos en los gallineros.
¡Eso fué todo!
Y precisamente la princesa, que era la más joven de las tres hijas del rey, resultaba la joven más bella y más graciosa de su tiempo, más elegante que la tierna gacela, más dulce y más suave que la brisa más  acariciadora, y más brillante que la luna llena; diríase que verdaderamente estaba hecha para los escarceos amorosos; se movía y la rama flexible se avergonzaba al ver sus balanceos ondulantes; andaba, y el corzo ligero se avergonzaba al ver su andar gracioso; y sin disputa superaba con mucho a sus hermanas en hermosura, en blancura, en encantos y en dulzura.
Y así era ella, en verdad.
De modo que cuando vió al sabio que debía tocarle en suerte, corrió a su habitación y se dejó caer de bruces en el suelo, desgarrándose los vestidos, arañándose las mejillas y sollozando y lamentándose.
Mientras permanecía ella en aquel estado, su hermano el príncipe Kamaralakmar, que la quería mucho y la prefería a sus otras hermanas, volvía de una partida de caza, y al oír lamentarse y llorar a su hermana, penetró en su aposento y le preguntó: "¿Qué tienes? ¿Qué te ha ocurrido? ¡Dímelo enseguida y no me ocultes nada!"
Entonces ella se golpeó el pecho y exclamó: "¡Oh único hermano mío! ¡oh querido nada te ocultaré. ¡Sabe que, aunque el palacio debiera hundirse luego encima de tu padre, estoy dispuesta a abandonarlo; y si adquiero la certeza de que tu padre va a cometer actos tan odiosos, huiré de aquí sin que me dé provisiones para el camino, porque Alah proveerá!"
Al escuchar estas palabras, el príncipe Kamaralakmar le dijo:
"¡Pero dime al fin a qué viene ese lenguaje y qué es lo que te oprime el pecho y turba tus humores!" La joven princesa contestó: "¡Oh único hermano mío! ¡oh querido! has de saber que mi padre me prometió en matrimonio a un sabio viejo, a un mago horrible que le ha regalado un caballo de madera de ébano; y sin duda le ha embrujado con su hechicería y ha abusado de él con su astucia y su perfidia! ¡En cuanto a mí, estoy resuelta a dejar este mundo antes que pertenecer a ese viejo asqueroso!"
Su hermano empezó entonces a tranquilizarla y a consolarla, acariciándola y mimándola, y luego se fué en busca de su padre el rey, y le dijo: "¿Quién es ese hechicero a quien prometiste casarle con mi hermana pequeña? ¿Y qué regalo es ése que te ha traído para decidirte así a hacer que muera de pena mi hermana? ¡Eso no es justo y no puede suceder!"
Y he aquí que el persa estaba cerca y oía aquellas palabras del hijo del rey, y se sintió muy furioso y muy mortificado.
Pero el rey contestó...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Pero cuando llegó la 417ª noche

Ella dijo:
... el rey contestó: "¡Oh hijo mío Kamaralakmar! ¡no estarías tan turbado y tan estupefacto si vieras el caballo que me ha dado el sabio!" Y salió en seguida con su hijo al patio principal del palacio, y dió orden a los esclavos de que llevaran el caballo consabido. Y los esclavos ejecutaron la orden.
Cuando el joven príncipe vió el caballo, lo encontró muy hermoso y le entusiasmó mucho. Y como era un jinete excelente, saltó con ligereza a lomos del bruto y le pinchó de pronto en los flancos con las espuelas, metiendo los pies en los estribos. Pero no se movió el caballo. Y el rey dijo al sabio: "¡Ve a mirar por qué no se mueve, y ayuda a mi hijo, quien a su vez tampoco dejará de ayudarte para que realices tus anhelos!”
De modo que el persa, que guardaba rencor al joven a causa de su oposición al matrimonio de su hermana, se acercó al príncipe caballero, y le dijo: "Esta clavija de oro que hay a la derecha del arzón de la silla es la clavija que sirve para subir. ¡No tienes más que darle la vuelta!"
Entonces el príncipe dió la vuelta a la clavija que servía para subir, ¡y he aquí lo que pasó! Al punto se elevó por los aires el caballo con la rapidez del ave, y a tanta altura, que el rey y todos los circunstantes le perdieron de vista a los pocos momentos.
Al ver desaparecer así a su hijo, sin que regresara al cabo de algunas horas que estuvieron esperándole, inquietose mucho el rey Sabur, y muy perplejo, dijo al persa: "¡Oh sabio! ¿qué vamos a hacer ahora para que vuelva?" El sabio contestó: "¡Oh mi amo! ¡nada puedo hacer ya, y no verás de nuevo a tu hijo hasta el día de la Resurrección! ¡Porque el príncipe no ha querido escuchar más que a su presunción y a su ignorancia, y en vez de darme tiempo para que le explicase el mecanismo de la clavija de la izquierda, que es la clavija que sirve para bajar, ha puesto en marcha el caballo antes de lo debido!"
Cuando el rey Sabur hubo oído estas palabras del sabio, se llenó de furor, e indignándose hasta el límite de la indignación, ordenó a los esclavos que dieran una paliza al persa y le arrojaran después al  calabozo más lóbrego, en tanto que se quitaba él de la cabeza la corona, golpeándose en la cara y mesándose las barbas, tras de lo cual se retiró a su palacio, hizo cerrar todas las puertas, y empezaron a sollozar, a gemir y a lamentarse con él su esposa, sus tres hijas, su servidumbre y todos los habitantes del palacio, como también los de la ciudad. Y he aquí cómo se tornó su alegría en aflicción, y su felicidad en tristeza y desesperación.
¡Y esto en cuanto a ellos atañe!
Por lo que afecta al príncipe, el caballo continuó elevándose por los aires con él, sin detenerse y como si fuera a tocar el sol. Entonces comprendió el joven el peligro que corría y cuán horrible muerte le esperaba en aquellas regiones del cielo; y se inquietó bastante y se arrepintió mucho de haber subido en el caballo, y pensó para su ánima: "¡Sin duda, la intención del sabio fué perderme en vista de lo que opiné con respecto a mi hermana menor! ¿Qué hacer ahora? ¡No hay fuerza ni poder más que en Alah el Omnipotente! ¡heme aquí perdido sin remisión!" Luego se dijo: "Pero ¿quién sabe si no hay una segunda clavija que sirva para bajar, lo mismo que la otra sirve para subir?" Y como estaba dotado de sagacidad, de ciencia y de inteligencia, se puso a buscarla por todo el cuerpo del caballo, y acabó por encontrar, en el lado izquierdo de la silla, un tornillo minúsculo, no mayor que la cabeza de un alfiler; y se dijo: "¡No veo más que esto!" Entonces apretó aquel tornillo y al punto comenzó a disminuir la ascensión poco a poco y el caballo se paró un instante en el aire, para empezar inmediatamente después a descender con la misma rapidez de antes, amenguando luego la marcha poco a poco según se acercaba al suelo; y acabó por tocar en tierra sin ninguna sacudida ni contratiempo, mientras su jinete respiraba con libertad y se tranquilizaba por su vida.
Y he aquí que entre las ciudades que de aquella suerte se mostraban por debajo de él, divisó una ciudad de casas y edificios alineados con simetría y de manera encantadora en medio de una comarca surcada por numerosas aguas corrientes y rica en prados donde triscaban en paz saltarinas gacelas.
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 418ª noche

Ella dijo:
... donde triscaban en paz saltarinas gacelas.
Como por temperamento era aficionado a distraerse y a observar, Kamaralakmar se dijo: "¡Es necesario que sepa yo el nombre de esa ciudad y la comarca en que está situada!" Y empezó a dar vueltas en el aire alrededor de la ciudad, deteniéndose encima de los parajes más hermosos.
Mientras tanto, empezaba a declinar el día y el sol había llegado en el horizonte a lo más bajo de su carrera; y pensó el príncipe: "¡Por Alah, que no encontraré indudablemente sitio mejor para pasar la noche que esta ciudad! Por consiguiente, dormiré aquí, y al apuntar el día de mañana, emprenderé de nuevo la ruta de mi reino para regresar con mis parientes y mis amigos. ¡Y contaré entonces a mi padre cuanto me acaeció y cuanto han visto mis ojos!" Y echó en torno suyo una mirada para escoger un lugar donde pasar la noche con seguridad y sin que se le importunase, y donde resguardar a su caballo, y acabó por dejar recaer su elección, en un palacio elevado que aparecía en medio de la ciudad, y lo flanqueaban torres almenadas, y lo guardaban cuarenta esclavos negros vestidos con cotas de malla y armados con lanzas, alfanjes, arcos y flechas. Así es que se dijo el joven: "¡He ahí un lugar excelente!" Y apretando el tornillo que servía para bajar, guió hacia aquel lado a su caballo, que fué a posarse dulcemente, como un pájaro cansado, en la terraza del palacio. Entonces dijo el príncipe: "¡Loor a Alah!" Y se apeó de su caballo. Púsose luego a dar vueltas en torno al animal y a examinarle, diciendo: "¡Por Alah! ¡Quien con tal perfección te fabricó es un maestro como obrero y el más hábil de los artífices! ¡De modo que si el Altísimo prolonga el término de mi vida y me reúne con mi padre y con los míos, no dejaré de colmar con mis bondades a ese sabio y de hacer que se beneficie con mi generosidad!"
Pero ya había caído la noche, y el príncipe permaneció en la terraza, esperando que en el palacio estuviese dormido todo el mundo. Después, como se sentía torturado por el hambre y la sed ya que desde su partida no había comido ni bebido nada, se dijo: "¡En verdad que no debe carecer de víveres un palacio como éste!" Dejó, pues, el caballo en la terraza, y resuelto a buscar algo con que alimentarse, se encaminó a la escalera del palacio y descendió por sus peldaños hasta abajo. Y de pronto se encontró en un ancho patio con piso de mármol blanco y de alabastro transparente, en el que se reflejaba por la noche la luz de la luna. Y le maravilló la belleza de aquel palacio, y de su arquitectura; pero en vano miró a derecha y a izquierda, porque no vió alma viviente ni oyó sonido de una voz humana; y se notó muy inquieto y muy perplejo, y no supo qué hacer. Se decidió, sin embargo, a salir de su estupor al fin, pensando. "¡Por el momento no puedo hacer nada mejor que volver a subir a la terraza de donde he bajado, y pasar la noche junto a mi caballo; y mañana a los primeros resplandores del día, montaré de nuevo en mi caballo y me marcharé!" Y cuando ya iba a poner en práctica este proyecto, advirtió una claridad en el interior del palacio, y avanzó por aquel lado para saber de qué provenía. Y vió que aquella luz era la de una antorcha encendida delante de la puerta del harén, a la cabecera del lecho de un eunuco negro que dormía roncando de una manera muy ruidosa, y se asemejaba a algún efrit entre los efrits a las órdenes de Soleimán o a algún genni de la tribu negra de los genn; estaba acostado en un colchón a lo ancho de la puerta, y la atrancaba mejor que lo hubiera  hecho un tronco de árbol o el banco de un portero; y a la luz de la antorcha resplandecía furiosamente el mango de su alfanje, mientras que por encima de su cabeza colgaba de una columna de granito su saco de provisiones.
Al ver a aquel negro espantable, el joven Kamaralakmar quedó aterrado, y murmuró: "¡Me refugio en Alah el Todopoderoso! ¡Oh dueño único del cielo y de la tierra! ¡Tú que ya me salvaste de una perdición segura, socórreme otra vez y sácame sano y salvo de la aventura que me espera en este palacio!" Dijo, y tendiendo la mano hacia el saco de provisiones del negro, lo cogió con presteza, salió de la habitación, lo abrió, y encontró dentro víveres de la mejor calidad. Se puso a comer, y acabó por dejar completamente vacío el saco; y después de haberse reanimado así, fué a la fuente del patio y aplacó su sed bebiendo del agua pura y dulce que manaba. Tras de lo cual volvió junto al eunuco, colgó el saco en su sitio, y sacando de la vaina el alfanje del esclavo, lo cogió en tanto que el otro dormía y roncaba más que nunca, y salió sin saber aún lo que le deparaba su destino...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 419ª noche

Ella dijo:
... sin saber aún lo qué le deparaba su destino.
Siguió, pues, avanzando por dentro del palacio y llegó a una segunda puerta, sobre la cual caía una cortina de terciopelo. Levantó aquella cortina, y encontrose en una sala maravillosa, en la cual vió un amplio lecho del marfil más blanco, incrustado de perlas, rubíes, jacintos y otras pedrerías, y tendidas en el suelo cuatro jóvenes esclavas, que dormían. Se acercó entonces sigilosamente al lecho para saber quién podría estar acostado en él. ¡Y vió a una joven que tenía por toda camisa nada más que su cabellera! ¡Y era tan hermosa, que se la hubiera tomado, no ya por la luna cuando sale en el horizonte oriental, sino por otra luna más maravillosa que surgiese de las manos del Creador! ¡Su frente era una rosa blanca, y sus mejillas dos anémonas de un rojo tenue, cuyo brillo se realzaba con un delicado grano de belleza a cada lado!
Al ver tal cúmulo de hermosura y de gracias, de encantos y de elegancia, Kamaralakmar creyó caerse de espaldas desvanecido, si no muerto. Y cuando pudo dominar un poco su emoción, se aproximó a la joven dormida, temblándole todos los músculos y todos los nervios y estremeciéndose de placer y voluptuosidad la besó en la mejilla derecha.
Al contacto de aquel beso la joven se despertó sobresaltada, abrió mucho los ojos, y advirtiendo al joven príncipe que permanecía de pie a su cabecera, exclamó: "¿Quién eres y de dónde vienes?" El contestó: "¡Soy tu esclavo y el enamorado de tus ojos!"
Ella preguntó: "¿Y quién te condujo hasta aquí?"
El contestó: "¡Alah, mi destino y mi buena suerte!"
Al oír estas palabras, la princesa Schamsennahar (que tal era su nombre), sin mostrar demasiada sorpresa ni espanto, dijo al joven:
"¿Acaso eres el hijo del rey de la India que me pidió ayer en matrimonio, y a quien mi padre el rey no aceptó como yerno a causa de su pretendida fealdad?
Porque si eres tú, ¡por Alah! no tienes nada de feo, y tu belleza ya me ha subyugado, ¡oh mi señor!" Y como, efectivamente, era él tan radiante cual la brillante luna, le atrajo a sí y le abrazó, y la abrazó él, y embriagados ambos de su mutua hermosura y de su juventud, se hicieron mil caricias, acostados uno en brazos de otro, y se dijeron mil locuras, entregándose a mil juegos amables, y prodigándose mil mimos dulces y ardientes.
Mientras ellos se divertían de tal manera, las servidoras despertáronse de pronto, y al advertir con su ama al príncipe, exclamaron: "¡Oh, ama nuestra! ¿quién es ese joven que está contigo?" Ella contestó: "¡No lo sé! ¡Le encontré a mi lado al despertarme! ¡Sin embargo, supongo que es el que ayer me solicitó a mi padre en matrimonio!" Turbadas por la emoción, exclamaron ellas: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, oh señora nuestra! Ni por asomo es éste el que te pidió en matrimonio ayer; porque aquél era muy feo y muy repulsivo, y este joven es gentil y deliciosamente bello, y sin duda procede de ilustre estirpe. ¡En cuanto al otro, el feo de ayer, ni de ser tu esclavo es digno!"
Tras de lo cual se levantaron las servidoras y fueron a despertar al eunuco de la puerta, y le pusieron la alarma en el corazón, diciéndole: "¿Cómo se explica que siendo guardián del palacio y del harén, dejes a los hombres penetrar en nuestros aposentos mientras dormimos?"
Cuando oyó estas palabras el eunuco negro, saltó sobre ambos pies y quiso apoderarse de su alfanje; pero no encontró más que la vaina. Aquello le sumió en un terror grande, y todo tembloroso levantó el tapiz y entró en la sala. Y vió con su ama en el lecho al hermoso joven, sintiéndose de tal modo deslumbrado, que hubo de decirle: "¡Oh mi señor! ¿eres un hombre o un genni?"
El príncipe contestó: "¿Cómo te atreves confundir a los hijos de los reyes Khosroes con un genn demoníaco y efrits, tú, miserable esclavo y el más maléfico de los negros de betún?" Y así diciendo, furioso cual un león herido, empuñó el alfanje y gritó al eunuco: "¡Soy yerno del rey, que me ha casado con su hija y me mandó que penetrara en ella!"
Al oír esas palabras, contestó el eunuco: "¡Oh mi señor! ¡si verdaderamente eres un hombre de la especie de los hombres y no un genni, digna de tu belleza es nuestra joven ama, y te la mereces mejor que cualquier otro rey, hijo de rey o de sultán!"
Después corrió el eunuco en busca del rey, lanzando gritos terribles, desgarrando sus vestidos y cubriéndose con polvo la cabeza. De modo que, al oír sus gritos de loco, le preguntó el rey: "¿Qué calamidad te aqueja? ¡Habla pronto y sé breve, porque me estás estremeciendo el corazón!" El eunuco contestó...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 420ª noche

Ella dijo:
... El eunuco contestó: "¡Oh rey! ¡date prisa a volar en socorro de tu hija, porque un genni entre los genn, con la apariencia de un hijo de rey, se ha posesionado de ella y ha hecho en ella su domicilio! ¡Eso es todo! ¡Corre! ¡Duro con él!"
Al oír estas palabras de su eunuco, el rey llegó al límite del furor, y a punto estuvo de matarle; pero le gritó: "¿Cómo te atreviste a ser negligente hasta el extremo de perder de vista a mi hija, cuando te tengo encargado de su custodia diurna y nocturna, y cómo dejaste que penetrara en su aposento y se posesionara de ella ese efrit demoníaco?" Y loco de emoción se abalanzó hacia las habitaciones de la princesa, donde se encontró con las servidoras, que a la puerta le esperaban pálidas y temblorosas, y les preguntó: "¿Qué le ha pasado a mi hija?" Ellas contestaron: "¡Oh rey! no sabemos lo que ha sucedido mientras estábamos dormidas; pero cuando nos hemos despertado encontramos en el lecho de la princesa a un joven, que nos pareció la luna llena de tan hermoso como era, y que charlaba con tu hija de una manera deliciosa y sin dejar lugar a dudas. Y en verdad que nunca vimos a nadie más hermoso que ese joven. Sin embargo, le preguntamos quién era, y nos contestó: "¡Soy aquel a quien el rey concedió en matrimonio a su hija!"
¡Nada más que eso sabemos! Y no podemos decirte si se trata de un hombre o un genni. ¡De todos modos, hemos de asegurarte que es amable, bien intencionado, modesto, cortés, e incapaz de cometer la menor fechoría o de hacer cosa censurable! ¿Cómo, siendo tan bello, se puede hacer cosa censurable?"
Cuando el rey hubo oído estas palabras, se le enfrió la cólera y su inquietud se apaciguó; y muy suavemente y con mil precauciones, levantó un poco la cortina de la puerta y vió acostado junto a su hija en el lecho, y charlando graciosamente a un príncipe de lo más encantador, cuyo rostro resplandecía como la luna llena.
En vez de tranquilizarle por completo, el resultado de aquello fue excitar hasta el último extremo su celo paternal y sus temores por el peligro que corría el honor de su hija. Así es que, precipitándose por la puerta se abalanzó a ellos con la espada en la mano y furioso y feroz cual un ghul monstruoso. Pero el príncipe, que desde lejos viole llegar, preguntó a la joven: "¿Es ése tu padre?" Ella contestó: "¡Sí!"
Al punto saltó sobre ambos pies el joven, y empuñando su alfanje lanzó a la vista del rey un grito tan terrible, que hubo de asustarle. Más amenazador que nunca, entonces Kamaralakmar se dispuso a arrojarse sobre el rey y a atravesarle; pero el rey, que se comprendió el más débil, se apresuró a envainar su espada y tomó una actitud conciliadora. De modo que cuando vió ir hacia él al joven, le dijo con el tono más cortés y más amable: "¡Oh jovenzuelo! ¿eres hombre o genni?" El otro contestó: "¡Por Alah, que si no respetara tus derechos tanto como los míos, y si no me preocupase del honor de tu hija, ya hubiera vertido sangre tuya! ¿Cómo te atreves a confundirme con los genn y los demonios, cuando soy un príncipe real de la raza de los Khosroes, que si quisieran apoderarse de tu reino sería para ellos cosa de juego el hacerte saltar de tu trono como si sintieras un temblor de tierra, y frustrarte los honores, la gloria y el poderío?"
Cuando el rey hubo oído estas palabras, le invadió un gran sentimiento de respeto, y temió mucho por su propia seguridad. Así es que se dió prisa a responder: "¿Cómo se explica entonces, si eres verdaderamente hijo de reyes, que te hayas atrevido a penetrar en mi palacio sin mi consentimiento, a destruir mi honor y hasta a posesionarte de mi hija, pretendiendo ser su esposo y proclamando que yo te la había concedido en matrimonio, cuando hice matar a tantos reyes e hijos de reyes que querían obligarme a que se la diera por esposa?" Y excitado por sus propias palabras, continuó el rey: "¿Y quién podrá ahora salvarte de entre mis manos poderosas cuando yo ordene a mis esclavos que te condenen a la peor de las muertes, y obedezcan ellos en esta hora y en este instante?"
Cuando el príncipe Kamaralakmar oyó del rey estas palabras, contestó: "¡En verdad que estoy estupefacto de tu corta vista y del espesor de tu entendimiento! Dime, ¿podrás encontrar jamás mejor partido que yo para tu hija? ¿Y acaso viste nunca a un hombre más intrépido o mejor formado, o más rico en ejércitos, esclavos y posesiones que yo mismo?"
El rey contestó: "¡No, por Alah! pero ¡oh jovenzuelo! yo hubiese querido ver que te convertías en marido de mi hija ante el kadí y los testigos. ¡Pero un matrimonio efectuado de esta manera secreta, sólo podrá destruir mi honor!" El príncipe contestó: "Bien hablas, ¡oh rey! ¿Pero es que no sabes que si verdaderamente tus esclavos y tus guardias vinieran a precipitarse sobre mí todos y me condenaran a muerte, según tus recientes amenazas, no harías más que correr de un modo cierto a la perdición de tu honor y de tu reino haciendo pública tu desgracia y obligando a tu mismo pueblo a revolverse contra ti?
Créeme, pues, ¡oh rey! ¡Sólo te queda un partido que tomar, y consiste en escuchar lo que tengo que decirte y en seguir mis consejos!' Y exigió el rey: "¡Habla, pues, y oiga yo algo de lo que tienes que decirme...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 421ª noche

Ella dijo:
"¡... Habla, pues, y oiga yo algo de lo que tienes que decirme!" El otro contestó: "¡Helo aquí! Una de dos: o te avienes a luchar conmigo en singular combate, y el que venza a su adversario será proclamado el más valiente y ostentará así un título serio que le dé opción al trono del reino, o bien me dejas pasar aquí toda esta noche con tu hija, y mañana por la mañana mandas contra mí al ejército entero de tu caballería, y tu infantería, y tus esclavos y... ¡pero dime antes a cuántos asciende su número!"
El rey contestó: "¡Son cuatro mil jinetes, sin contar a mis esclavos, que son otros tantos!" Entonces dijo Kamaralakmar. "Está bien. Así, pues, a las primeras claridades del día, haz que vengan contra mí en orden de batalla y diles: "¡Ese hombre que ahí tenéis acaba de solicitar de mí en matrimonio a mi hija, con la condición de luchar él solo contra todos vosotros juntos y venceros y derrotaros, sin que podáis  salir con bien! ¡Y eso es lo que pretende!" ¡Luego me dejarás luchar yo solo contra todos ellos! Si me mataran, quedaría a salvo tu honor y mejor guardado que nunca tu secreto. ¡Si, por el contrario, triunfo yo de todos ellos y les derroto, habrás encontrado un yerno del que podrían enorgullecerse los reyes más ilustres!"
No dejó de compartir el rey esta última opinión y de aceptar tal proposición, si bien estaba estupefacto de la seguridad con que hablaba el joven y no sabía a qué atribuir una pretensión tan loca; porque en el  fondo de su corazón se hallaba persuadido de que el príncipe perecería en aquella lucha insensata, y así quedaría a salvo su honor y mejor guardado su secreto. De modo que llamó al jefe eunuco y le dió orden de que sin dilación fuera en busca del visir y le mandara que congregase a todas las tropas y las tuviese preparadas con sus caballos y dispuestas con sus armas de guerra. Y el eunuco transmitió la orden al visir, que al punto reunió a los oficiales y a los principales notables del reino y les dispuso en orden de batalla a la cabeza de sus tropas revestidas con las armas de guerra.
¡Y he aquí lo que atañe a ellos!
En cuanto al rey, se quedó todavía por algún tiempo charlando con el joven príncipe, pues estaba encantado de sus palabras sesudas, de su buen criterio, de sus maneras distinguidas y de su belleza, además que no quería dejarle solo con su hija aquella noche. Pero apenas apuntó el día, se volvió a su palacio y se sentó en su trono y dió orden a sus esclavos de que tuvieran preparado para el príncipe el caballo más hermoso de las caballerizas reales, le ensillaran con magnificencia y le enjaezaran con gualdrapas suntuosas. Pero el príncipe dijo: "¡No quiero montar a caballo mientras no esté en presencia de las tropas!" El rey contestó: "¡Hágase conforme deseas!" Y salieron ambos al meidán, donde estaban las tropas alineadas en orden de batalla, y así pudo el príncipe juzgar su número y calidad. Tras de lo cual se encaró el rey con todos y exclamó: "¡Oíd, guerreros! este joven que ahí tenéis ha venido en busca mía y me ha pedido a mi hija en matrimonio. Y a la verdad, jamás vi nada más bello ni caballero más intrépido que él. Pero he aquí que pretende que él solo puede triunfar de todos vosotros y derrotaros; que aunque fueseis cien mil veces más numerosos, no os daría la menor importancia, y a pesar de todo, habría de venceros.
¡Así, pues, cuando arremeta contra vosotros, no dejéis de recibirle con la punta de vuestros alfanjes y de vuestras lanzas! ¡Eso le enseñará lo que cuesta meterse en empresas tan graves!" Luego el rey se encaró con el joven y le dijo: "¡Animo, hijo mío, y haznos ver tus proezas!" Pero el joven contestó:
"¡Oh rey, no me tratas con justicia ni imparcialidad! porque ¿cómo quieres que luche con todos, estando yo a pie y ellos a caballo?"
El rey le dijo: "¡Ya te ofrecí caballo para que montaras, y lo rehusaste! ¡Escoge ahora para cabalgadura el que te parezca mejor de todos mis caballos!"
Pero contestó el príncipe: "¡No me gusta ninguno de tus caballos, y sólo montaré en el que me ha traído hasta tu ciudad!"
El rey le preguntó: "¿Y dónde está tu caballo?" El príncipe dijo: "Está encima de tu palacio".
El rey preguntó: "¿Qué sitio es ese que está encima de mi palacio?" El príncipe contestó: "La terraza de tu palacio".
Al oír estas palabras, le miró con atención el rey y exclamó: "¡Qué extravagancia! ¡Esa es la mejor prueba de tu locura! ¿Cómo es posible que un caballo suba a una terraza? ¡Pero enseguida vamos a ver si mientes o si dices la verdad!"
Luego se encaró con el jefe de sus tropas y le dijo: "¡Corre al palacio y vuelve a decirme lo que veas!  !Y tráeme lo que haya en la terraza!"
Y el pueblo se maravillaba de las palabras del joven príncipe; y se preguntaba la gente: "¿Cómo va a poder bajar un caballo por la escalera desde la altura de la terraza? ¡Verdaderamente, es una cosa de la que nunca en nuestra vida oímos hablar!"
Entretanto, el mensajero del rey llegó al palacio, y cuando subió a la terraza encontró allí el caballo y le pareció que jamás había visto otro igual en belleza; pero no bien se acercó a él y le hubo examinado, vio que era de madera de ébano y de marfil. Entonces, al darse cuenta de la cosa, se echaron a reír él y todos los que le acompañaban, y se decían unos a otros...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 422ª noche

Ella dijo:
... y se decían unos a otros: "¡Por Alah! he aquí el caballo de que hablaba ese jovenzuelo, al que no debemos mirar en adelante más que como a un loco. Sin embargo, veamos lo que puede haber de verdad en todo eso. ¡Porque después de todo, podría suceder que se tratase de un asunto más importante de lo que parece, y que ese joven procediese realmente de alta estirpe y gozara de excelentes méritos!" Así diciendo, cargaron entre todos con el caballo de madera, y transportándolo a cuestas, lo pusieron delante del rey, mientras toda la gente se agrupaba a su alrededor para mirarlo, maravillándose de su hermosura, de sus proporciones, de la riqueza de su silla y de sus arneses. Y también el rey se admiró mucho y se maravilló hasta el límite de la maravilla; luego preguntó a Kamaralakmar: "¡Oh joven! ¿es ése tu caballo?
El príncipe contestó: "Sí, ¡oh rey! ¡Es mi caballo, y no tardarás en ver las cosas maravillosas que va a mostrarte!" Y le dijo el rey: "¡Tómale y móntate en él entonces!" El príncipe contestó: "¡No lo enseñaré mientras no se alejen toda esa gente y esas tropas que se agrupan a su alrededor!"
Entonces el rey dio a todo el mundo orden de que se distanciaran de allí a un tiro de flecha. Y le dijo el joven príncipe: "Mírame bien, ¡oh rey! Voy a subir en mi caballo y a precipitarme a todo galope sobre tus tropas, dispersándolas a derecha y a izquierda, ¡e infundiré el espanto y el pavor en sus corazones!" Y contestó el rey: "Haz ahora lo que quieras, ¡y no tengas compasión de ellos, porque ellos no la tendrán de ti!"
Y Kamaralakmar apoyó ligeramente su mano en el cuello de su caballo, y de un salto se plantó en el lomo del bruto.
Por su parte, las tropas, ansiosas habíanse alineado más lejos en filas apretadas y tumultuosas; y decíanse los guerreros unos a otros: "¡Cuando llegue a nuestras filas ese jovenzuelo le clavaremos la punta de nuestras picas y le recibiremos con el filo de nuestras cimitarras!" Pero decían otros: "¡Por Alah! hay que ser muy insensato para creer que vamos a vencer futilmente a ese joven! Cuando se ha metido él en semejante aventura, sin duda es porque tiene la seguridad de salir airoso. ¡Aunque así no fuese, lo que hace nos da ya prueba de su valor y de la intrepidez de su alma y de su corazón!"
En cuanto a Kamaralahmar, una vez que se afirmó bien sobre la silla, hizo jugar la clavija que servía para subir, en tanto que se volvían hacia él todos los ojos para ver qué iba a hacer. Y al punto empezó su caballo a agitarse, a piafar, a balancearse, a inclinarse, a avanzar y a retroceder para comenzar luego con una elasticidad maravillosa, a caracolear y a andar de lado de la manera más elegante que caracolearon nunca los caballos mejor guiados de reyes y sultanes. Y de pronto se estremecieron y se hincharon de viento sus flancos, ¡y más rápido que una flecha disparada al aire, emprendió con su jinete el vuelo en línea recta por el cielo!
Al ver aquello, creyó el rey volverse loco de sorpresa y de furor, y gritó a los oficiales de sus guardias: "¡La desgracia sobre vosotros! ¡cogedle! ¡cogedle! ¡Que se nos escapa!" Pero le contestaron sus visires y lugartenientes: "¡Oh rey! ¿puede el hombre alcanzar al pájaro que tiene alas? ¡Sin duda no se trata de un hombre como los demás, sino de un poderoso mago o de algún efrit o mared entre los efrits y mareds del aire! ¡Y Alah te ha librado de él, y a nosotros contigo! ¡Demos, pues, gracias al Altísimo que ha querido salvarte de entre sus manos, y contigo a tu ejército!"
Emocionado hasta el límite de la perplejidad el rey regresó entonces a su palacio, y entrando en el aposento de su hija, la puso al corriente de lo que acababa de ocurrir en el meidán. Y al saber la noticia de la desaparición del joven príncipe, la joven se quedó afligida y desesperada, y lloró y se lamentó de manera tan dolorosa, que cayó gravemente enferma y la acostaron en su lecho, presa del calor de la fiebre y de la negrura de sus ideas. Y al verla en aquel estado, empezó su padre a abrazarla, a mecerla, a estrecharla contra su pecho y a besarla entre los ojos repitiéndole lo que había visto en el meidán y diciéndole: "¡Hija mía, da más bien gracias a Alah (¡exaltado sea!) y glorifícale por habernos librado de las manos de ese insigne mago, de ese embustero, de ese seductor, de ese ladrón, de ese cerdo!" Pero en vano le hablaba y la mimaba para consolarla, porque ella no oía, ni escuchaba, sino al contrario. Cada vez sollozaba más, y lloraba y gemía suspirando: "¡Por Alah ya no quiero comer ni beber hasta que Alah me reúna con mi enamorado encantador! ¡Y ya no quiero saber nada que no sea verter lágrimas y enterrarme en mi desesperación!" Entonces al ver que no podía sacar a su hija de aquel estado de languidez y de aflicción, quedó el padre muy apenado, y se entristeció su corazón, y el mundo se ennegreció ante él. ¡Y esto en cuanto al rey y su hija la princesa Schamsennahar...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Y cuando llegó la 423ª noche

Ella dijo:
¡... Y esto en cuanto al rey y su hija la princesa Schamsennahar! ¡Pero he aquí ahora lo relativo al príncipe Kamaralakmar! Cuando se elevó muy alto por los aires, hizo volver la cabeza a su caballo en  dirección a su tierra natal, y puesto ya en el buen camino, se dedicó a soñar con la belleza de la princesa, con sus encantos y con los medios de que se valdría para volver a encontrarla. Y le parecía muy difícil la cosa, aunque tuvo cuidado de que ella le informara acerca del nombre de la ciudad de su padre. Así había sabido que aquella ciudad se llamaba Sana y era la capital del reino de Al-Yamán.
Mientras duró el viaje continuó él pensando en todo aquello, y merced a la gran rapidez de su caballo, acabó por llegar a la ciudad de su padre.
Entonces hizo ejecutar a su caballo un círculo aéreo por encima de la ciudad, y fue a echar pie a tierra en la terraza del palacio. Dejó entonces a su caballo en la terraza y bajó al palacio, donde notó por todas partes un ambiente de duelo y vio regadas de ceniza todas las habitaciones, y creyendo que habría muerto alguien de su familia, penetró, como tenía por costumbre, en los aposentos privados, y encontró a su padre, a su madre y a sus hermanas vestidas con trajes de luto, y muy amarillos de cara, y enflaquecidos, y demudados, y tristes, y desolados. Y he aquí que, cuando entró él, su padre se levantó de pronto al advertirle, y cierto ya de que aquel era verdaderamente su hijo, lanzó un gran grito y cayó desmayado; luego recobró el sentido y se arrojó en los brazos de su hijo, y le abrazó y le estrechó contra su pecho con trasportes de la más loca alegría y emocionado hasta el límite de la emoción; y su madre y sus hermanas, llorando y sollozando se le comían a besos a cual más, y bailaban y saltaban en medio de su dicha.
Cuando se calmaron un poco le interrogaron acerca de lo que había acaecido; y les contó él la cosa desde el principio hasta el fin; pero no hay para qué repetirla. Entonces exclamó su padre: "¡Loores a Alah por tu salvación, ¡oh frescura de mis ojos y mucho de mi corazón!"
E hizo celebrar grandes fiestas populares y grandes regocijos durante siete días enteros, y repartió dádivas al son de pífanos y címbalos, e hizo adornar todas las calles y proclamar un indulto general para todos los presos, haciendo abrir de par en par las puertas de cárceles y calabozos. Luego, acompañado de su hijo, recorrió a caballo los diversos barrios de la ciudad para dar a su pueblo la alegría de volver a ver al joven príncipe, a quien se creyó perdido para siempre.
Pero una vez terminadas las fiestas, Kamaralakmar dijo a su padre: "¡Oh padre mío! ¿qué ha sido del persa que te dio el caballo?" Y contestó el rey: "¡Confunda Alah a ese sabio! y retire su bendición para  él y para la hora en que mis ojos le vieron por vez primera, pues él fue causa de que te separaras de nosotros, ¡oh hijo mío! ¡En este momento está encerrado en un calabozo, y es el único a quien no perdoné!" Pero como se lo suplicó su hijo, el rey le hizo salir de la prisión, y ordenándole que fuera a su presencia, le volvió a la gracia, y le dió un ropón de honor y le trató con gran liberalidad, concediéndole toda clase de honores y riquezas; pero no le mencionó siquiera a su hija ni pensó dársela en matrimonio. Así es que el sabio rabió hasta el límite de la rabia y se arrepintió mucho de la imprudencia que había cometido dejando montar en el caballo al joven príncipe, ¡pues comprendió que se había descubierto el secreto del caballo, como también su manejo!
En cuanto al rey, que no estaba muy tranquilo todavía con respecto al caballo, dijo a su hijo: "¡Soy de opinión, hijo mío, de que no debes acercarte en adelante a ese caballo de mal agüero, y sobre todo de que nunca más le montes, ya que estás lejos de conocer las cosas misteriosas que puede contener aún, y no te hallas sobre él seguro!" Por su parte, Kamaralakmar contó a su padre su aventura con el rey de Sana y su hija, y cómo había escapado a la furia de este rey; y contestó su padre: "¡Si debiera matarte el rey de Sana, hijo mío, te hubiera matado: pero el Destino no habría fijado todavía tu hora!"
Durante este tiempo, a pesar de los regocijos y festines que su padre continuaba dando con motivo de su regreso, Kamaralakmar estaba lejos de olvidar a la princesa Schamsennahar, y lo mismo cuando comía que cuando bebía, pensaba siempre en ella. Y he aquí que un día, el rey, que tenía esclavas muy expertas en el arte del canto y en el de tocar el laúd, les ordenó que hicieran resonar las cuerdas de los instrumentos y cantaran algunos versos hermosos. Y tomó una de ellas su laúd, y apoyándoselo en las rodillas cual podría una madre colocar en su regazo a su hijo, cantó, acompañándose, estos versos entre otros versos:
¡Tu recuerdo ¡oh bienamado! no se borrará de mi corazón ni con la ausencia ni con la distancia!
¡Pueden pasar los días y morir el tiempo, pero jamás podrá morir en mi corazón tu amor!
¡Con este amor quiero morir yo misma, y con este amor resucitar!
Cuando hubo oído el príncipe estos versos, en su corazón chispeó el fuego del deseo, redoblaron su calor las llamas de la pasión, las tristezas le llenaron de duelo el espíritu y el amor le trastornó las entrañas. Así es que, sin poder ya resistir a los sentimientos que le animaban con respecto a la princesa de Sana, se levantó en aquella hora y aquel instante, subió a la terraza del palacio, y a pesar del consejo de su padre, saltó a lomos del caballo de ébano y dió una vuelta a la clavija que servía para subir. Al punto se elevó por los aires como un pájaro el caballo con él, remontando su vuelo hacia las altas regiones del cielo.
Y he aquí que al día siguiente por la mañana le buscó por el palacio su padre el rey, y como no le encontró, subió a la terraza y quedó consternado al notar la desaparición del caballo; y se mordió los dedos, arrepentido de no haber hecho trizas aquel caballo, y se dijo: "¡Por Alah, que si vuelve a regresar mi hijo, destruiré ese caballo para que pueda estar tranquilo mi corazón y no se alarme mi espíritu!" Y bajó de nuevo a su palacio, donde estalló en llantos, sollozos y lamentaciones. ¡Y esto por lo que atañe a él!
En cuanto a Kamaralakmar, prosiguió su rápido viaje aéreo, y llegó a la ciudad de Sana. Echó pie a tierra en la terraza del palacio, bajó por la escalera sin hacer ruido y se dirigió hacia el aposento de la  princesa. Allí encontróse al eunuco dormido, como de costumbre, delante de la puerta; pasó por encima de él, y cuando hubo penetrado en el interior de la estancia, llegó a la segunda puerta. Se acercó entonces muy sigilosamente a la cortina, y antes de levantarla escuchó con atención.
Y he aquí que oyó a su bienamada sollozar amargamente y recitar versos quejumbrosos, mientras trataban de consolarla sus mujeres, y la decían: "¡Oh ama nuestra! . ..
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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