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66 Historia de la princesa Suleika

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HISTORIA DE LA PRINCESA SULEIKA

He llegado a saber ¡oh rey del tiempo! que en el trono de los califas de Damasco había un rey entre los Ommiadas que tenía como visir a un hombre dotado de cordura, de saber y de elocuencia, el cual había leído los libros de los antiguos y los anales y las obras de los poetas, reteniendo lo que había leído, y cuando era necesario, sabía contar a su señor las historias que hacen agradable la vida y deleitable el tiempo. Un día entre los días, como viera que su señor el rey sentía cierto aburrimiento, decidió distraerle, y le dijo: "¡Oh mi señor! con frecuencia me has interrogado acerca de los acontecimientos de mi vida y acerca de lo que me había ocurrido antes de que llegase a ser tu esclavo y el visir de tu poderío. Y hasta el presente me he excusado siempre de contestarte, por temor a aparecer importuno o atacado de pedantería, y he preferido contarte lo que hubo de ocurrirles a otros ajenos a mí. Pero aunque la buena educación nos prohíbe hablar de nosotros mismos, hoy quiero narrarte la aventura singular que influyó en toda mi vida, y a la cual debo el haber llegado hasta el umbral de tu grandeza". Y al ver que su señor le escuchaba con toda atención, contó así su historia:
"Nací ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! en esta bienhadada ciudad de Damasco, de un padre que se llamaba Abdalah y que era uno de los mercaderes más estimables de todo el país de Scham. Y no se escatimó nada para mi educación, pues recibí lecciones de los maestros más versados en el estudio de la teología, de la jurisprudencia, del álgebra, de la poesía, de la astronomía, de la caligrafía, de la aritmética y de las tradiciones de nuestra fe. Y también me enseñaron cuantas lenguas se hablan en el dominio de su soberanía, de un mar a otro mar, con objeto de que, si un día recorría el mundo por amor a los viajes, me pudiera servir tal enseñanza en los países de los hombres. Y así es como aprendí, entre todos los dialectos de nuestra lengua, el habla de los persas, de los griegos, de los tártaros, de los kurdos, de los indios y de los chinos. Y supieron mis maestros enseñarme todo aquello de tal manera, que retuve cuanto aprendí, y se me ponía por modelo ante los estudiantes desaplicados...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 877ª noche

Ella dijo:
La pequeña Doniazada se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada y besó a su hermana y le dijo: "¡Oh Schehrazada! por favor, date prisa a contarnos la historia que comenzaste, que es la de la princesa Suleika". Y dijo Schehrazada: "De todo corazón amistoso y como homenaje debido a este rey dotado de buenos modales". Y añadió:
El visir del rey de Damasco continuó en estos términos la historia que contaba a su señor:
Cuando, gracias a las lecciones de mis maestros, aprendí ¡oh mi señor! todas las ciencias de mi tiempo, así como los dialectos de nuestra lengua y el habla de los persas, de los griegos, de los tártaros, de los kurdos, de los indios y de los chinos, y gracias al método excelente de mis maestros hube de retener cuanto aprendí, mi padre, tranquilo por mi suerte, vió sin amargura acercársele el momento escrito para término de la vida de cada criatura. Y antes de fallecer en la misericordia de su Señor, me llamó a su lado y me dijo: "¡Oh hijo mío! he aquí que la Separadora va a cortar el hilo de mi vida, y te vas a quedar sin una cabeza que te guíe por el mar de los acontecimientos. Pero me consuelo de dejarte solo al pensar que, merced a la educación que recibiste, sabrás acelerar la llegada del destino favorable. No obstante, ¡oh hijo mío! ninguno entre los hijos de Adán puede saber lo que le reserva la suerte, y ninguna precaución puede prevalecer contra los dictados del Libro del Destino. Si llegara día, por tanto, en que el tiempo se volviera en contra tuya ¡oh hijo mío! y tu vida se tornara negra, no tienes más que ir al jardín de esta casa y colgarte de la rama mayor del añoso árbol que ya conoces.
¡Y así te libertarás!"
Y tras de pronunciar tan extrañas palabras murió mi padre en la paz del Señor, sin haber tenido tiempo para explicarse mejor o rectificar semejante consejo. Y mientras duraron los funerales y en los días del duelo, no dejé de reflexionar acerca de aquellas palabras tan singulares en boca de un hombre tan prudente y temeroso de Alah como lo había sido mi padre durante toda su vida. Y me preguntaba sin cesar: "¿Cómo es posible que mi padre me haya aconsejado, contraviniendo los preceptos del Libro Santo, que me dé la muerte ahorcándome, en caso de reveses de fortuna, mejor que confiarme a la solicitud del Dueño de las criaturas? No alcanza a comprenderlo mi entendimiento".
Más tarde, poco a poco se fué borrando en mí el recuerdo de aquellas palabras, y como me gustaban el placer y el derroche, en cuanto me vi en posesión de la herencia que me correspondía, no tardé en seguir el curso de todas mis inclinaciones. Y viví varios años en el seno de las locuras y de las prodigalidades, de modo que acabé por comerme todo mi patrimonio, y un día me desperté tan desnudo como salí del seno de mi madre. Y me dije, mordiéndome los dedos: "¡Oh Hassán, hijo de Abdalah! hete aquí reducido a la miseria por culpa tuya y no por la traición del tiempo. Y ya no te queda por toda hacienda más que esta casa con este jardín. Y vas a verte obligado a venderlos para mantenerte algún tiempo todavía. ¡Tras de lo cual quedarás reducido a la mendicidad, pues te abandonarán tus amigos, y nadie otorgará crédito a quien ha arruinado su casa con sus propias manos!"
Y así pensando, cogí una cuerda gruesa y bajé al jardín. Y resuelto ya a ahorcarme, me dirigí al árbol consabido, busqué la rama mayor, la sujeté, y después de colocar dos piedras grandes al pie del añoso árbol, até la cuerda a la rama por un extremo. Y con el otro extremo hice un nudo corredizo que me pasé al cuello; y pidiendo perdón a Alah por mi acto, salté al espacio desde la parte de arriba de las piedras. Y ya me balanceaba estrangulado, cuando la rama crujió con mi peso y se separó del tronco. Y caí al suelo con ella antes de que la vida hubiese abandonado mi cuerpo.
Y cuando volví de aquella especie de desmayo en que me había sumido y comprendí que no estaba muerto, me mortificó mucho haber gastado semejante esfuerzo de voluntad para llegar a aquel fracaso final. Y ya me incorporaba con objeto de repetir mi acto criminal, cuando vi caer del árbol un guijarro, y advertí que aquel guijarro ardía en el suelo como un carbón encendido. Y con gran sorpresa mía noté que donde acababa de tener lugar mi caída el suelo estaba cubierto de aquellos guijarros brillantes, y que aún seguían cayendo del árbol, precisamente del mismo sitio por donde se había desprendido la rama. Y me volví a subir en las dos piedras grandes, y miré más de cerca la rotura. Y vi que por aquel lado el tronco no estaba lleno, sino hueco, y que de la cavidad se escapaban aquellos guijarros, que eran diamantes, esmeraldas y otras piedras de todos los colores.
Al ver aquello, ¡oh mi señor! comprendí la verdadera significación de las palabras de mi padre, y deduje su verdadero sentido, acordándome de que mi padre, lejos de aconsejarme que me ahorcara me había aconsejado sencillamente que me colgara de la rama mayor del árbol, sabiendo de antemano que cedería con mi peso y dejaría al descubierto el tesoro que él mismo había metido para mí en el tronco vacío del añoso árbol, en previsión de los malos días.
Y con el corazón dilatado de alegría, corrí a la casa para buscar un hacha, y agrandé la rotura. Y me encontré con que el inmenso tronco del añoso árbol estaba hueco y lleno hasta la base de rubíes, diamantes, turquesas, perlas, esmeraldas y todas las especies de gemas terrestres y marinas.
Entonces, tras de glorificar a Alah por sus beneficios y bendecir en mi corazón la memoria de mi padre, cuya prudencia había previsto mis locuras y me había reservado aquella salvación inesperada, renegué de mi antigua vida y de mis costumbres disipadas y pródigas, y resolví hacerme un hombre digno de mis extravagancias, y decidí ir al reino de Persia, donde me atraía con una atracción invencible la famosa ciudad de Schiraz, de la que con frecuencia había oído hablar a mi padre como de una ciudad en que estuvieran reunidas todas las elegancias del espíritu y todas las dulzuras de la vida. Y me dije: "¡Oh Hassán! en esa ciudad de Schiraz te instalarás como mercader de pedrerías y entablarás conocimiento con los hombres más deliciosos de la tierra. ¡Y como sabes hablar el persa, no tendrá eso ninguna dificultad para ti!"
E hice inmediatamente lo que tenía resuelto hacer. Y Alah me escribió la seguridad, y tras de un largo viaje, llegué sin contratiempo a la ciudad de Schiraz, donde reinaba entonces el gran rey Sabur-Schah.
Y paré en el khan más lujoso de la ciudad, en el que alquilé una hermosa habitación. Y sin tomarme tiempo para descansar, cambié mis ropas de viaje por vestiduras nuevas y muy hermosas, y me fuí a pasear por las calles y zocos de aquella ciudad espléndida.
Y he aquí que, al salir de la gran mezquita de porcelana, cuya hermosura había conmovido mi corazón y me había sumido en el éxtasis de la plegaria, vi que venía en dirección mía un visir entre los visires del rey. Y también me vió él, y se paró frente a mí, contemplándome como si yo fuese un ángel. Luego me abordó y me dijo: "¡Oh el más hermoso de los adolescentes! ¿De qué país eres? ¡Porque tu traje me indica que eres extranjero en nuestra ciudad!" Y contesté inclinándome: "¡Soy de Damasco, ¡oh mi señor! y he venido a Schiraz para instruirme con el trato de sus habitantes!" Y al oír mis palabras, el visir se dilató considerablemente, y me estrechó en sus brazos, y me dijo: "¡Hermosas palabras las de tu boca!, ¡oh hijo mío! ¿Qué edad tienes?" Y contesté: "¡Tu esclavo se halla en su decimosexto año!" Y él se dilató aún más, pues descendía de los compañeros de Loth, y me dijo: "Es la edad más hermosa, ¡oh hijo mío! es la edad más hermosa. Y si no tienes que hacer nada mejor, ven conmigo a palacio y te presentaré a nuestro rey, que gusta de los rostros hermosos, y te nombrará chambelán entre sus chambelanes. Y sin duda serás la gloria de los chambelanes y corona suya". Y le dije: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos, y escucho y obedezco!"
Entonces me cogió de la mano. E hicimos el camino juntos, charlando de unas cosas y de otras. Y se asombraba él mucho, al oírme hablar el persa, lengua que no era la mía, con desenfado y pureza. Y se maravillaba de mi cara y de mi elegancia. Y me decía: "¡Por Alah, si todos los jóvenes de Damasco son como tú, esa ciudad será una región del paraíso, y la parte del cielo que hay encima de Damasco será el paraíso mismo!" Y de tal suerte llegamos al palacio del rey Sabur-Schah, en presencia del cual me introdujo, y que, en efecto, sonrió al ver mi rostro, y me dijo: "¡Bienvenido sea a mi palacio el rostro de Damasco!" Y añadió: "¿Cómo te llamas, ¡oh hermoso adolescente!?" Y contesté: "Tu esclavo Hassán, ¡oh rey del tiempo!" Y al oírme hablar así, se dilató y se esponjó, y me dijo: "Jamás nombre alguno cuadró mejor a un rostro semejante, ¡oh Hassán!" Y añadió: "¡Te nombro mi chambelán, a fin de que mis ojos se regocijen todas las mañanas viéndote!" Y besé la mano del rey, y le di gracias por la bondad que me demostraba. Y el visir me llevó consigo y me hizo quitar mis trajes, y me vistió él mismo con ropa de paje. Y me dió la primera lección de indumentaria precisa para nuestras funciones de chambelán. Y no sabía yo cómo expresarle mi gratitud por todas sus atenciones. Y él me tomó bajo su protección. Y me hice amigo suyo. Y por su parte, todos los demás chambelanes, que eran jóvenes y muy hermosos, se hicieron amigos míos. Y parecía que iba a ser deliciosa en aquel palacio mi vida, pues que tanta alegría me proporcionaba ya y tantos placeres me prometía.
Y he aquí que hasta entonces ¡oh mi señor! para nada absolutamente había intervenido en mi vida la mujer. Pero pronto debía hacer su aparición. Y con ella, mi vida había de entrar en la complicación...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 878ª noche

Ella dijo:
... Y he aquí que hasta entonces ¡oh mi señor! para nada absolutamente había intervenido en mi vida la mujer. Pero pronto debía hacer su aparición. Y con ella, mi vida había de entrar en la complicación.
En efecto, debo apresurarme a decirte ¡oh mi señor! que mi protector me había dicho el primer día: "Sabe ¡oh querido mío! que está prohibido a todos los chambelanes de las doce cámaras, así como a todos los dignatarios de palacio, oficiales y guardias, pasearse después de cierta hora de la noche por los jardines de palacio. Porque, a partir de esa hora, los jardines están reservados sólo a las mujeres del harén, a fin de que puedan ir allá a tomar el aire y charlar entre sí. Y si alguno, para su desdicha, es sorprendido en el jardín a esa hora, arriesga su cabeza". Y yo hube de prometerme no correr nunca aquel riesgo.
Pero una tarde, a causa de la frescura y la dulzura del aire, me dejé ganar por el sueño en un banco de los jardines. Y no sé cuánto tiempo estuve dormido. Y entre sueños oía voces de mujeres que decían: "¡Oh! ¡es un ángel, es un ángel, es un ángel! ¡Oh! ¡qué hermoso, qué hermoso, qué hermoso!" Y me desperté de repente. Y no vi nada más que oscuridad. Y comprendí que, si me sorprendían a aquella hora en los jardines, corría mucho riesgo de perder la cabeza, no obstante todo el interés que inspiraba al rey y a su visir. Y enloquecido con esta idea, me erguí sobre ambos pies para correr al palacio antes de que me advirtiesen en aquellos lugares prohibidos. Pero he aquí que, de improviso salió de la sombra y del silencio una voz de mujer, muy risueña de timbre, que me decía: "¿Adónde vas, adónde vas, ¡oh hermoso despierto!?" Y más asustado que si me persiguen los guardias todos del harén, quise huir de aquel sitio, sin pensar más que en llegar al palacio. Pero no bien hube dado algunos pasos, a la vuelta de una avenida, bajo la luna, que salía de detrás de una nube, vi aparecer una dama de belleza y de blancura extraordinarias, que se irguió ante mí sonriendo con dos grandes ojos de gacela enamorada. Y su porte era tan majestuoso como real era su actitud. Y la luna que brillaba en el cielo era menos brillante que su rostro.
Y ante aquella aparición, descendida sin duda del paraíso, no pude por menos de pararme. Y lleno de confusión, bajé los ojos y me mantuve en la actitud de la deferencia. Y me dijo ella con su voz amable: "¿Adónde ibas tan de prisa, ¡oh luz de los ojos!? ¿Y quién te obliga a correr así?" Y contesté: "¡Oh señora! si perteneces a este palacio, no puedes ignorar las razones que me impulsan a alejarme tan precipitadamente de estos lugares. Debes saber, en efecto, que está prohibido a los hombres retardarse en los jardines, pasada cierta hora, y que les va la cabeza en contravenir esta prohibición. Por favor, déjame, pues, alejarme antes de que me adviertan los guardias". Y la joven señora, sin dejar de reír, me dijo: "¡Oh brisa del corazón! ¡un poco tarde te acuerdas de retirarte! La hora de que hablas ha pasado hace mucho tiempo. ¡Y mejor harías, en vez de procurar ponerte a salvo en pasar aquí el resto de la noche, que será para ti una noche bendita, una noche de blancura!" Pero yo, más asustado y más tembloroso que nunca, sólo pensaba en la fuga, y me lamentaba, diciendo: "¡Estoy perdido sin remedio! ¡Oh hija de gentes de bien, o mi señora, quienquiera que seas, no me ocasiones la muerte con el atractivo de tus encantos!" Y quise escaparme. Pero ella me lo impidió extendiendo el brazo izquierdo, y con su mano derecha se quitó completamente su velo, y me dijo, cesando de reír: "Mírame, pues, joven insensato, y dime si todas las noches las puedes encontrar más bellas o más jóvenes que yo. Apenas tengo dieciocho años, y no me ha tocado ningún hombre. Respecto a mi rostro, que no es feo de mirar, ninguno antes que tú pudo envanecerse de haberlo entrevisto. Me ultrajarías, pues, violentamente si te obstinaras en rehuirme". Y le dije: "¡Oh soberana mía! ¡ciertamente, eres la luna llena de la belleza, y aunque la noche, celosa, oculta a mis ojos parte de tus encantos, lo que de ellos descubro basta para encantarme! Pero te suplico que te pongas por un instante en mi situación, y verás cuán triste y delicada es".
Y contestó ella: "Convengo contigo ¡oh núcleo del corazón! en que tu situación es, en efecto, delicada; pero su delicadeza no proviene del peligro que corres, sino del propio objeto que la ocasiona. ¡Porque no sabes quién soy, ni cuál es mi rango en el palacio! Y en cuanto al peligro que corres, sería real para otro que tú, ya que te tengo bajo mi salvaguardia y mi protección. Dime, pues, tu nombre, quién eres y cuáles son tus funciones en palacio". Y contesté: "¡Oh mi señora! soy Hassán de Damasco, el nuevo chambelán del rey Sabur-Schah y el favorito del visir del rey Sabur-Schah". Y exclamó ella: "¡Ah! ¿conque eres tú el hermoso Hassán que ha volcado el cerebro del descendiente de Loth? ¡Cuán feliz soy por tenerte esta noche para mí sola, ¡oh querido mío! ¡Ven corazón mío, ven! ¡Y deja de envenenar los momentos de dulzura y de gracia con penosas reflexiones!"
Y tras de hablar así, la hermosa joven me atrajo a la fuerza hacia ella, y frotó su rostro contra el mío, y aplicó sus labios a mis labios con pasión. Y yo, ¡oh mi señor! aunque era la primera vez que me ocurría una aventura semejante, sentía en aquel contacto vivir furiosamente en mí al niño de su padre, y tras de besar en un transporte a la joven, que estaba en éxtasis, saqué el niño y lo encaminé al nido. Pero, al verlo, en vez de empezar a moverse animándose, la joven se desenlazó de pronto y me rechazó rudamente, lanzando un grito de alarma. Y apenas tuve tiempo de guardarme al niño, pues al punto vi salir de un bosquecillo de rosas a diez jóvenes que echaron a correr hacia nosotros; riendo a más no poder.
Y al divisarlas, ¡oh mi señor! comprendí que lo habían visto todo y oído todo, y que la joven consabida se había divertido a costa mía, y que sólo habló conmigo por broma, con el objeto evidente de, hacer reír a sus compañeras. Y por cierto que, en un abrir y cerrar de ojos, todas las jóvenes me habían rodeado, risueñas y saltarinas como corzas domesticadas. Y sin cesar en sus carcajadas, me miraban con ojos encendidos de malicia y de curiosidad, y decían a la que hubo de interpelarme: "¡Oh hermana nuestra Kairia, qué bien te has portado! ¡Oh qué bien te has portado! ¡Cuán hermoso era el niño! ¡y vivaz!" Y otra dijo: "¡Y rápido!" Y otra dijo: "¡E irritable!" Y otra dijo: "¡Y galante!" Y otra dijo: "¡Y encantador!" Y otra dijo: "¡Y grande!" Y otra dijo: "¡Y robusto!" Y otra dijo: "¡Y vehemente!" Y otra dijo: "¡Y sorprendente!" Y otra dijo: "¡Un sultán!"
Y a la sazón prorrumpieron en prolongadas carcajadas, mientras yo estaba en el límite del azoramiento y de la confusión. Porque en mi vida ¡oh mi señor! había mirado a una mujer a la cara, ni había tratado con mujeres. Y aquéllas tenían un desenfado y una audacia sin precedentes en los anales de la impudicia. Y allí me quedé, en medio de su delirio, desconcertado, vergonzoso y con la nariz alargada hasta los pies, como un tonto.
Pero de repente salió del bosquecillo de rosas, cual la luna que se eleva, una duodécima joven, cuya aparición hizo cesar súbitamente todas las risas y todas las bromas. Y era soberana su belleza y a su paso hacía inclinarse los tallos de las flores. Y avanzó hacia nuestro grupo, que hubo de abrirse al acercarse ella; y la joven me miró largamente y me dijo: "En verdad ¡oh Hassán de Damasco! que tu audacia es mucha audacia, y el atentado que cometiste en la persona de esta joven merece un castigo. ¡Y por mi vida te juro que lo siento por tu juventud y tu hermosura!"
Entonces la joven que fue causa de toda aquella aventura, y que se llamaba Kairia, se adelantó y besó la mano de la que acababa de hablar así, y le dijo: "¡Oh nuestra señora Suleika! ¡por tu vida preciosa, perdónale su impulso de hace poco, que sólo prueba su impetuosidad! ¡Y su suerte está entre tus manos! ¿Es que vamos a abandonar o a dejar sin socorro a este hermoso asaltante, a este perpetrador de atentados contra las jóvenes vírgenes?" Y la que se llamaba Suleika reflexionó un instante y contestó: "Pues bien: por esta vez le perdonamos, ya que tú, que has sufrido su atentado, intercedes en favor suyo. ¡Sea salva su cabeza, y véase él libre del peligro en que se encuentra! Y para que se acuerde de las jóvenes que le han salvado, conviene que tratemos de hacerle algo más agradable aún su aventura de esta noche. Llevémosle, pues, con nosotras y hagámosle entrar en nuestros aposentos privados, que ningún hombre hasta ahora violó con su presencia".
Tras de hablar así, hizo cierta seña a una de las jóvenes que la acompañaban, la cual desapareció en seguida bajo los cipreses, ligera, para volver al cabo llevando en brazos un montón de sedas. Y desenvolvió a mis pies las tales sedas, que constituían un encantador traje de mujer; y entre todas me ayudaron a ponérmelo encima de mis ropas. Y disfrazado de tal modo, me mezclé al grupo que formaban ellas. Y pasando por entre los árboles, ganamos los aposentos privados.
Y he aquí que, al entrar en la sala de recepciones reservadas al harén, que era toda de mármol calado e incrustado de perlas y turquesas, las jóvenes me dijeron al oído que en aquella sala era donde la hija única del rey tenía costumbre de recibir a sus visitas y a sus amigas. Y también me revelaron que la hija única del rey no era otra que la propia princesa Suleika.
Y observé que en medio de aquella sala tan hermosa y tan desamueblada había veinte alfombrines grandes de brocado dispuestos en redondo sobre el tapiz central. Y todas las jóvenes, que ni por un instante habían dejado de hacerme zalamerías ni de dirigirme ojeadas llameantes, fueron a sentarse en buen orden sobre los alfombrines de brocado, obligándome a que me sentara en medio de ellas, junto a la princesa Suleika misma, que me miraba con ojos que traspasaban mi alma.
Entonces Suleika pidió refrescos, y seis nuevas esclavas, no menos bellas y ricamente vestidas, aparecieron al instante, y empezaron por ofrecernos servilletas de seda en bandejas de oro, en tanto que las seguían diez más con grandes porcelanas, cuya contemplación ya era por sí sola un refresco...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 879ª noche

Ella dijo:
... en tanto que las seguían diez más con grandes porcelanas, cuya contemplación ya era por sí sola un refresco. Y nos sirvieron las porcelanas, que contenían sorbetes de nieve, leche cuajada, confituras de toronja, rebanadas de cohombro y limones. Y la princesa Suleika se sirvió la primera, y con la misma cuchara de oro que se había llevado a los labios me ofreció un poco de confitura y una rebanada de toronja, dándome luego otra cucharada de leche cuajada. Después circuló de mano en mano varias veces la misma cuchara, de modo que todas las jóvenes sirviéronse repetidamente de aquellas cosas excelentes hasta que no quedó nada en las porcelanas. Y entonces las esclavas nos presentaron en copas de cristal agua muy pura.
Y no dejó de hacerse la conversación tan viva como si hubiéramos bebido los fermentos de los vinos todos. Y me asombré del atrevimiento de los discursos que salían de labios de aquellas jóvenes, las cuales reían a carcajadas en cuanto una de ellas aventuraba una broma picante y mordaz acerca del niño de su padre, cuya contemplación las tenía preocupadas con exceso. Y la encantadora Kairia, contra quien iba dirigido mi atentado, si atentado hubo, no me guardaba ningún rencor, y se había colocado de frente a mí. Y me miraba sonriendo, y con el lenguaje de los ojos me daba a entender que me perdonaba mi ligereza del jardín. Y yo, por mi parte, levantaba los ojos hacia ella de cuando en cuando, y luego los bajaba vivamente en cuanto notaba que ella tenía la vista fija en mí; porque, no obstante los esfuerzos que hacía yo para aparentar cierto aplomo en mi rostro, seguían teniendo, en medio de aquellas extraordinarias jóvenes, un aspecto muy azorado. Y la princesa Suleika y sus acompañantes, que demasiado lo comprendían, trataban, por su parte, de darme ánimos a todo trance. Y Suleika acabó por decirme: "¿Cuándo vas a mostrarte tranquilo y seguro, ¡oh Hassán, oh damasquino!? ¿Acaso crees que estas inocentes jóvenes comen carne humana? ¿Y no sabes que no corres ningún peligro en los aposentos de la hija del rey, donde jamás se atrevería un eunuco a penetrar sin permiso? Olvida pues, por un instante que hablas con la princesa Suleika, y figúrate que estás charlando con sencillas hijas de mercaderes modestos de Schiraz. Levanta la cabeza ¡oh Hassán! y mira a la cara a todas estas jóvenes encantadoras. ¡Y cuando las hayas examinado con la mayor atención, date prisa a decirnos con toda franqueza, y ya sin temor a enfadarnos, cuál de entre nosotras te gusta más!"
Estas palabras de la princesa Suleika, ¡oh rey del tiempo! en vez de darme ánimo y tranquilidad, no hicieron más que aumentar mi turbación y mi embarazo, y sólo supe balbucear palabras incoherentes, sintiendo que se me subía al rostro el rubor de la emoción. Y en aquel momento hubiera querido que la tierra se abriese y me devorase. Y Suleika, al ver mi perplejidad, me dijo: "Ya veo ¡oh Hassán! que te he pedido una cosa que te pone en un aprieto. Porque sin duda temes, al declarar tu preferencia por una, disgustar a las demás e indisponerlas contra ti. Pues bien; estás equivocado si te oscurece el entendimiento ese temor. Has de saber, en efecto, que yo y mis compañeras estamos tan unidas y existen tantos lazos de ternura entre nosotros, que, hiciera un hombre lo que hiciera con una de nosotras, no podría alterar nuestros sentimientos mutuos. Desecha, pues, de tu corazón los temores que te hacen tan prudente, examínanos a tu antojo, e incluso si deseas que nos pongamos completamente desnudas delante de ti, dilo sin reticencia, y lo ejecutaremos por encima de nuestras cabezas y de nuestros ojos. Pero apresúrate a decirnos cuál es la elegida de tu gusto". Entonces ¡oh mi señor! hice una llamada al valor que me volvía a impulsos de estas palabras alentadoras, y aunque las compañeras de Suleika, eran perfectamente bellas, y hubiese sido muy difícil al ojo más experto hallar diferencia entre ellas, y aunque, por otra parte, la princesa Suleika era por sí misma tan maravillosa al menos como sus doncellas, mi corazón deseó ardientemente a la que fue la primera en hacerlo latir con tanta violencia en el jardín, a la vivaracha y deliciosa Kairia, a la bienamada del niño de su padre. Pero, aun con todo el deseo que tenía de hacerlo me guardé bien de revelar mis sentimientos, que era muy fácil, a despecho de las palabras tranquilizadoras de Suleika, que atrajeran sobre mi cabeza los rencores de todas aquellas vírgenes. Y tras de examinarlas a todas con la mayor atención, me limité a encararme con la princesa Suleika y a decirle: "¡Oh mi señora! debo empezar por decirte que nunca me atrevería a comparar el brillo de la luna con el titilar de las estrellas. Y es tanta tu belleza, que los ojos no acertarían a tener miradas más que para ella". Y diciendo estas palabras, no pude por menos de dirigir una ojeada de inteligencia a la deleitable Kairia para darle a entender que sólo la cortesía me dictaba aquella adulación a la princesa.
Y cuando hubo oído mi respuesta, Suleika me dijo, sonriendo: "Has estado galante, ¡oh Hassán! por más que la adulación sea aparente. ¡Apresúrate, pues, ahora que tienes más libertad para hablar, a descubrirnos el fondo de tu corazón, diciéndonos cuál, entre todas estas jóvenes, es la que te cautiva más!" Y por su parte, las jóvenes unieron sus ruegos a los de la princesa para apremiarme a que les revelara mi preferencia. Y Kairia era entre todas quien se mostraba más decidida a hacerme hablar, pues ya había adivinado mis pensamientos secretos.
Entonces, desechando el resto de timidez que me quedaba, cedí a tan reiteradas instancias de las jóvenes y de su señora, me encaré con Suleika, y le dije señalando con un ademán de mi mano a la joven Kairia: "¡Oh soberana mía! ¡ésa es la que prefiero! ¡Sí, por Alah, hacia la amable Kairia va mi mayor deseo!".
No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando todas las jóvenes se echaron a reír a carcajadas a la vez, sin que en sus rostros alegres apareciese el menor indicio de agravio. Y pensé para mi ánima, mirándolas cómo se empujaban con el codo y se morían de risa: "¡Qué cosa tan prodigiosa! ¿Se trata de mujeres entre las mujeres y de jóvenes entre las jóvenes? ¿Pues cuándo las criaturas de ese sexo han adquirido esa indiferencia y tanta virtud para no sentirse envidiosas y no arañarse el rostro al saber un triunfo de una semejante suya? ¡Por Alah! ni las hermanas obrarían ante sus hermanas con tanta amabilidad y desinterés. He aquí algo que va más allá del entendimiento".
Pero la princesa Suleika no me dejó sumido por mucho tiempo en aquella perplejidad, y me dijo: "Felicidades, felicidades, ¡oh Hassán de Damasco! ¡Por mi vida, que los jóvenes de tu país tienen buen gusto, vista fina y sagacidad! Y me satisface mucho ¡oh Hassán! que hayas dado la preferencia a mi favorita Kairia, que es la preferida de mi corazón y la más querida. Y no te arrepentirás de tu elección, ¡oh tunante! Además, te hallas muy distante de conocer todo el mérito y todo el valor de la elegida, pues ninguna de nosotras, tales como somos, puede compararse de cerca ni de lejos con ella en encantos, perfecciones corporales o atractivo espiritual. Y somos esclavas suyas, en verdad, aunque engañen las apariencias".
Luego, todas, una tras otra, empezaron a felicitar a la encantadora Kairia y a gastarle bromas por el triunfo que acababa de obtener. Y no se quedaba ella corta en las réplicas, y para cada una de sus compañeras tenía la respuesta conveniente, en tanto que yo llegaba al límite del asombro.
Tras de lo cual, Suleika tomó de junto a ella un laúd, y lo puso en las manos de su favorita Kairia, diciéndole: "¡Alma de mi alma, conviene que hagas ver a tu enamorado un poco de lo que sabes, a fin de que no crea que hemos exagerado tus méritos!" Y la deleitable Kairia cogió el laúd de manos de Suleika, lo templó, y después de un preludio arrebatador, cantó en sordina, acompañándose:
¡Soy la educanda del amor, que me ha enseñado las buenas maneras!
Y ha puesto en mi alma tesoros que reserva para ese joven corzo que me ha punzado el corazón, con los escorpiones negros de sus hermosas sienes.
¡Mientras viva, amaré al joven que ha escogido mi corazón, porque soy fiel al objeto de mi amor!
¡Oh enamorados! ¡cuando hayáis escogido un objeto amable, amadle mucho y no os separéis de él nunca! ¡Objeto que se pierde no se encuentra jamás!
¡Por lo que a mí respecta, amo a ese joven corzo de formas graciosas, cuya mirada ha penetrado en mi corazón más profundamente que el filo de una hoja cortante!
¡La belleza escribió en su frente joven líneas encantadoras de sentido conciso!
¡Su mirada de hechicería es tan encantadora que fascina a los corazones todos con el arco tirante en que brillan sus flechas negras!
¡Oh tú, sin quien yo ya no podré pasarme y a quien no sabré reemplazar en mi intimidad!
¡Ven al hammam conmigo! ¡Arderán los nardos, y sus vapores llenarán la sala!
¡Y cantaré sobre tu corazón nuestro amor!
Cuando hubo acabado de cantar, posó los ojos en mí tan tiernamente, que olvidando de pronto toda mi timidez y la presencia de la hija del rey y de sus maliciosas acompañantas, me arrojé a los pies de Kairia, transportado de amor y en el límite del placer. Y aspirando el perfume que se exhalaba de sus finos vestidos y sintiendo el calor que su carne me comunicaba, llegué a tal estado de embriaguez, que de repente la cogí en mis brazos, y empecé a besarla con vehemencia en donde podía, mientras ella desfallecía como una tórtola. Y no volví a la realidad hasta oír las grandes carcajadas que lanzaban las jóvenes al verme fuera de mí como un morueco ayuno desde su pubertad...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 880ª noche

Ella dijo:
... Y no volví a la realidad hasta oír las grandes carcajadas que lanzaban las jóvenes al verme fuera de mí como un morueco ayuno desde su pubertad.
A continuación se pusieron a comer y a beber y a decir locuras y a hacerme caricias y mimos disimuladamente, hasta que entró una esclava vieja, la cual hubo de advertir a la reunión que pronto llegaría el día. Y contestaron todas a una: "¡Oh nodriza nuestra señora, tu advertencia está por encima de nuestras cabezas y de nuestros ojos!" Y Suleika se levantó, diciéndome: "Ya es tiempo ¡oh Hassán! de ir a descansar. Y puedes contar con mi protección para llegar a unirte con tu enamorada, porque nada perdonaré para hacerte llegar a la satisfacción de tus deseos. Pero, por el momento, vamos a hacerte salir sin miedo del harén".
Y dijo algunas palabras al oído de su vieja nodriza, que me miró un instante a la cara y me cogió de la mano, diciéndome que la siguiera. Y después de inclinarme ante aquella bandada de palomas, y de lanzar una ojeada apasionada a la deleitable Kairia, me dejé conducir por la vieja, que me llevó por varias galerías, y dando mil rodeos me hizo llegar a una puertecita de la que tenía la llave. Y abrió aquella puerta. Y me deslicé afuera, y advertí que estaba al otro lado del recinto de palacio.
Ya era de día, y me apresuré a regresar a palacio ostensiblemente por la puerta principal, de modo que me notasen los guardias. Y corrí a mi cuarto, en donde, no bien hube franqueado el umbral, me encontré con mi protector el visir descendiente de Loth, que me esperaba en el límite de la impaciencia y de la inquietud. Y se levantó vivamente al verme entrar, y me estrechó en sus brazos, y me besó tiernamente diciéndome: "¡Oh Hassán! mi corazón estaba contigo, y he tenido mucho cuidado por ti. Y no he cerrado los ojos en toda la noche, pensando que, como eres extranjero en Schiraz, corrías peligros nocturnos a causa de los bribones que infestan las calles. ¡Ah querido mío! ¿dónde has estado lejos de mí?" Y me guardé bien de contarle mi aventura ni de decirle que había pasado la noche con mujeres, y sencillamente me limité a contestarle que me había encontrado con un mercader de Damasco establecido en Bagdad, que acababa de partir para El-Bassra con toda su familia, y que me había retenido en su casa toda la noche. Y mi protector se vió obligado a creerme, y se contentó con lanzar algunos suspiros y reprenderme amistosamente. ¡Y he aquí lo referente a él!
En cuanto a mí, sentía con el corazón y el espíritu ligados a los encantos de la deleitable Kairia, y pasé todo aquel día y toda aquella noche recordando las menores circunstancias de nuestra entrevista. Y al día siguiente todavía estaba absorto en mis recuerdos, cuando un eunuco fue a llamar a mi puerta y me dijo: "¿Es aquí donde habita el señor Hassán de Damasco, chambelán de nuestro amo el rey Sabur-Schah?" Y contesté: "¡En su casa estás!" Entonces él besó la tierra entre mis manos y se incorporó para sacarse del seno un papel enrollado que hubo de entregarme. Y se fué por donde había venido.
Y al punto desdoblé el papel, y vi que contenía estas líneas, trazadas con letras complicadas: "Si el corzo del país de Scham viene esta noche a pasear entre las ramas su esbeltez a la luz de la luna, se  encontrará con una corza joven en celo, desfalleciendo sólo con sentirle acercarse, la cual en su lenguaje le dirá cuán conmovido tiene el corazón por haber sido elegida entre las corzas de la selva y preferida entre sus compañeras".
Y ¡oh mi señor! al leer esta carta, me sentí ebrio sin haber probado el vino. Porque, aunque desde la primera noche hube de comprender que la deleitable Kairia sentía alguna inclinación por mí, no esperaba yo una prueba de adhesión semejante. Así es que, en cuanto pude disimular mi emoción, me presenté en casa de mi protector el visir y le besé la mano. Y predisponiéndole así en mi favor, le pedí permiso para ir a ver a un derviche de mi país, recientemente llegado de la Meca, que me había invitado a pasar con él la noche. Y habiéndoseme dado permiso, volví a mi cuarto y escogí, entre mis pedrerías, las más hermosas esmeraldas, los rubíes más puros, los diamantes más blancos, las perlas más gruesas, las turquesas más delicadas y los zafiros más perfectos, y con un hilo de oro los ensarté como un rosario. Y en cuanto descendió la noche sobre los jardines, me perfumé con almizcle puro, y gané sigilosamente los boscajes por la puertecilla disimulada, cuyo camino conocía, y que hallé abierta para mí.
Y llegué a los cipreses, al pie de los cuales me había dejado llevar del sueño la primera noche, y esperé anhelante la llegada de la bienamada. Y la impaciencia me abrasaba el alma, y me parecía que nunca iba a llegar el momento de nuestra entrevista. Y he aquí que, de pronto, bajo los rayos de la luna, moviose entre los cipreses una blancura ligera, y la deleitable Kairia se mostró ante mis ojos extáticos. Y me prosterné a sus pies, dando con la cara en tierra, sin poder decir una palabra, y permanecí en aquel estado hasta que me dijo ella con su voz de agua corriente: '¡Oh Hassán de mi amor! ¡levántate, y en vez de ese silencio tierno y apasionado, dame verdaderas pruebas de tu inclinación hacia mí! ¿Es posible ¡oh Hassán! que me hayas encontrado realmente más hermosa y más deseable que todas mis compañeras, deliciosas jóvenes, perlas imperforadas, e incluso más que la princesa Suleika? Tendré que oírlo por segunda vez aún para dar crédito a mis oídos". Y tras de hablar así, se inclinó hacia mí y me ayudó a levantarme. Y yo le cogí la mano y me la llevé a mis labios apasionados, y le dije: "¡Oh soberana de las soberanas! ante todo, toma este rosario de mi país, cuyas cuentas desgranarás durante los días de tu vida dichosa, acordándote del esclavo que te lo ha ofrecido. Y con este rosario, ínfimo don de un pobre, acepta también la declaración de un amor que estoy dispuesto a legalizar ante el kadí y los testigos".
Y me contestó ella: "Estoy radiante de haberte inspirado tanto amor, ¡oh Hassán, por quien expongo mi alma a los peligros de esta noche! Pero ¡ay! no sé si mi corazón debe regocijarse de su conquista, o si debo mirar nuestro encuentro como principio de las calamidades y desdichas de mi vida".
Y tras de hablar así, reclinó su cabeza sobre mi hombro mientras le agitaban el pecho los suspiros. Y le dije: "¡Oh dueña mía! ¿por qué en esta noche de blancura ves el mundo tan negro ante tu rostro? ¿Y por qué invocar sobre tu cabeza las calamidades con tan falsos presentimientos?" Y ella me dijo: "¡Haga Alah ¡oh Hassán! que sean falsos esos presentimientos! Pero no creas que es tan insensato el temor que viene a turbar nuestro placer en este momento tan deseado de nuestro encuentro. ¡Ay! demasiado fundados son mis presentimientos". Y se calló por un momento y me dijo: "Porque has de saber ¡oh el más amado de los amantes! que la princesa Suleika te ama secretamente y que se dispone a declararte su amor de un momento a otro. ¿Cómo recibirás semejante declaración? ¿Y el amor que dices sentir por mí podrá resistir a la gloria de tener por amante a la más bella y a la más poderosa entre las hijas de reyes?"
Pero la interrumpí para exclamar: "¡Sí, por tu vida, ¡oh deleitable Kairia! tú preponderarás siempre en mi corazón sobre la princesa Suleika! ¡Y pluguiera a Alah que tuvieses una rival más formidable todavía, y ya verás cómo nada podría extinguir la constancia de mi corazón subyugado por tus encantos! Y aun cuando el rey Sabur-Schah, padre de Suleika, no tuviera hijos que le sucediesen y dejase el trono de Persia a quien fuera el esposo de su hija, yo te sacrificaría mi destino, ¡oh la más amable de las jóvenes!" Y Kairia prorrumpió en exclamaciones, diciendo: "¡Oh infortunado Hassán! ¡qué ceguera la tuya! ¿Olvidas que no soy más que una esclava al servicio de la princesa Suleika? Si respondieras con una negativa a la declaración de su amor, atraerías sobre mi cabeza y sobre la tuya su resentimiento, y ambos estaríamos perdidos sin remedio. Por tanto, para nuestro propio interés, es preferible que cedas a la más fuerte. Se trata del único medio de salvación. Y Alah llevará su bálsamo al corazón de los afligidos". Y yo, lejos de someterme a su consejo, me sentí en el límite de la indignación solamente con pensar que se me hubiera supuesto lo bastante pusilánime para ceder a tales cálculos, y exclamé, estrechando en mis brazos a la deleitable Kairia: "¡Oh resumen de los más hermosos dones del Creador! no tortures mi alma con tan penosos discursos. Y ya que el peligro amenaza tu cabeza encantadora, emprendamos juntos la fuga a mi país. Allá hay desiertos donde nadie podría dar con nuestras huellas. ¡Y gracias al Retribuidor, soy bastante rico para hacerte vivir entre esplendores aunque sea al extremo del mundo habitado!"
Al oír estas palabras, mi amiga se dejó caer con gracia en mis brazos, y me dijo: "Pues bien, Hassán; ya no dudo de tu afecto, y quiero sacarte del error a que voluntariamente te he inducido con objeto de poner a prueba tus sentimientos. Has de saber, pues; que no soy la que crees, no soy Kairia la favorita de la princesa Suleika. La princesa Suleika soy yo misma, y la que tú creías que era la princesa Suleika es precisamente mi favorita Kairia. Y he urdido esta estratagema para estar más segura de tu amor. Por cierto que al punto vas a tener la confirmación de mis asertos".
Y a estas palabras, hizo una seña, y de la sombra de los cipreses salió la que yo creía que era la princesa Suleika, y que era realmente la favorita Kairia. Y fué a besar la mano a su señora, y se inclinó ante mí ceremoniosamente. Y la deleitable princesa me dijo: "Ahora ¡oh Hassán! que sabes que me llamo Suleika y no Kairia, ¿me amarás tanto y tendrás para una princesa los mismos tiernos sentimientos que tenías para una simple favorita de princesa?" Y yo ¡oh mi señor! no dejé de dar la respuesta oportuna...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 881ª noche

Ella dijo:
... Y yo ¡oh mi señor! no dejé de dar la respuesta oportuna, diciendo a Suleika que no podía concebir el exceso de mi dicha ni por qué había yo podido merecer que ella se dignase bajar su mirada hasta un esclavo como yo, y con ello hacer mi destino más envidiable que el de los hijos de los reyes más grandes. Pero ella me interrumpió para decirme: "¡Oh Hassán! no te asombres de lo que hice por ti. ¿No te he visto una noche dormido bajo los árboles a la luz de la luna? Pues desde aquel momento mi corazón quedó subyugado por tu hermosura, y no pude por menos de darme a ti para no contrariar los impulsos de mi corazón".
Entonces, y en tanto que la amable Kairia se paseaba no lejos de nosotros para vigilar los alrededores, dimos curso al río de nuestro ardor, sin que ocurriera, empero, nada ilícito. Y nos pasamos la noche besándonos y departiendo tiernamente, hasta que la favorita fue a prevenirnos de que había llegado el momento de separarnos. Pero antes de que yo dejase a Suleika, ella me dijo: "¡Oh Hassán, sea contigo mi recuerdo! Te prometo hacerte saber pronto hasta qué punto me eres querido".
Y me arrojé a sus pies para expresarle mi gratitud por todos sus favores. Y nos separamos con lágrimas de pasión en los ojos. Y salí de los jardines, dando los mismos rodeos que la primera vez.
Al día siguiente esperé con toda mi alma una señal de mi bienamada que me permitiese contar con una cita en los jardines. Pero transcurrió la jornada sin traerme la realización de mi más cara esperanza. Y aquella noche no pude cerrar los ojos, con la incertidumbre en que estaba acerca del motivo de aquel silencio. Y al otro día, a pesar de la presencia de mi protector, que trataba de adivinar la causa de mis preocupaciones, y no obstante las palabras que me dirigía para distraerme, yo lo veía todo negro ante mis ojos, y no quise tocar ningún alimento. Y cuando llegó la tarde, bajé a los jardines antes de la hora de retreta, y con gran asombro vi que todos los boscajes estaban ocupados por guardias, y sospechando algún grave acontecimiento, me apresuré a volver a mis habitaciones. Y al llegar, me encontré con un eunuco de la princesa que me esperaba. Y estaba tembloroso y no parecía tranquilo, aunque se hallaba en mi cuarto, como si de todos los rincones fuesen a salir hombres armados para descuartizarle. Y me entregó a toda prisa un rollo de papel, semejante al que ya me había entregado en otra ocasión, y se esquivó rápidamente.
Y desdoblé el rollo consabido y leí lo que sigue: "Has de saber ¡oh núcleo de la ternura! que la joven corza ha estado a punto de ser sorprendida por los cazadores cuando dejó a su gracioso corzo. Y ahora está vigilada por los cazadores que ocupan toda la selva. Guárdate bien, pues, de ir por la noche a la luz de la luna en busca de tu corza. Ten mucho cuidado y presérvate de las emboscadas de nuestros perseguidores. Y sobre todo, no te dejes llevar de la desesperación, ocurra lo que ocurra y oigas lo que oigas estos días. Y que ni mi misma muerte te haga perder la razón hasta el punto de olvidar la prudencia ¡Uassalam!"
Con la lectura de esta carta, ¡oh rey del tiempo! mi ansiedad y mis presentimientos llegaron a su límite extremo, y me dejé llevar por el torrente de mis tumultuosos pensamientos. Así es que cuando al día siguiente corrió por el palacio, como un batir de alas de búho, el rumor de la muerte tan repentina como inexplicable de la princesa Suleika, mi dolor llegó al colmo, y sin un mohín de asombro, caía desmayado en brazos de mi protector, dando con la cabeza antes que con los pies. Y  permanecí en un estado próximo a la muerte durante siete días y siete noches, al cabo de los cuales, merced a los cuidados atentos que me prodigaba mi protector, volví a la vida, pero con mi alma llena de duelo y mi corazón poseído definitivamente por la desgana de vivir. Y sin poder sufrir el quedarme por más tiempo en aquel palacio ensombrecido por el duelo de mi bienamada resolví huir secretamente en la primera ocasión, para hundirme en las soledades donde por toda presencia no hay más que la de Alah y la de la hierba salvaje.
Y en cuanto se espesaron las tinieblas de la noche, recogí los diamantes y pedrerías más preciosas que poseía, pensando: "¡Pluguiera al Destino que me hubiese muerto antaño en Damasco, ahorcado en la rama del árbol añoso en el jardín de mi padre, mejor que vivir en lo sucesivo una vida de duelo y de dolor más amarga que la mirra!" Y aproveché una ausencia de mi protector para deslizarme fuera del palacio y de la ciudad de Schiraz, en pos de soledades lejos de las comarcas de los hombres.
Y anduve sin interrupción toda aquella noche y todo el día siguiente, cuando he aquí, que, al caer la tarde, estando yo parado al borde del camino, junto a una fuente, oí detrás de mí el galope de un caballo, y vi a pocos pasos, cerca ya, a un jinete joven cuyo rostro, iluminado por las tintas rojas del sol poniente, me pareció más hermoso que el del ángel Raduán. E iba vestido con trajes espléndidos, como no los llevan más que los emires y los hijos de reyes. Y me miró, haciéndome con la mano solamente el saludo cortés, sin pronunciar las palabras consagradas para la zalema usual entre musulmanes.
Y a pesar de todo, le invité a descansar y a dar de beber a su caballo, diciéndole: "¡Señor, séate propicia la frescura de la tarde, y sea esta agua deliciosa para la fatiga de tu noble corcel!" Y sonrió él a estas palabras, y saltando a tierra, ató su caballo por la brida junto a la fuente, se acercó a mí, y de improviso me rodeó con sus brazos y me besó con un ardor singular. Y sorprendido y encantado a la vez, le miré más atentamente y lancé un grito prolongado al reconocer en aquel joven a mi bienamada Suleika, a quien creía bajo la losa de la tumba.
Y ahora, ¡oh mi señor! ¿cómo decirte la dicha que llenó mi alma al recobrar a Suleika? Pelos me saldrían en la lengua antes de que pudiese darte una idea de la intensidad de la alegría que embargó nuestros corazones en aquellos instantes venturosos. Básteme decirte que, después de permanecer largo tiempo en brazos uno de otro, Suleika me puso al corriente de cuanto había pasado durante todos aquellos días de mi reciente dolencia. Y a la sazón comprendí cómo, denunciada a su padre el rey, había sido ella víctima de una vigilancia estrechísima, y prefiriendo entonces todo a la vida que le hacían llevar, había simulado la muerte, y gracias a la complicidad de su favorita había podido escapar del palacio, espiar todos mis movimientos, seguirme desde lejos, y así, segura de mi amor para en lo sucesivo, quería vivir conmigo, lejos de las grandezas, y consagrarse enteramente a hacer mi dicha. Y nos pasamos la noche entre delicias compartidas bajo la mirada del cielo. Y al día siguiente montamos juntos en el mismo caballo, y emprendimos el camino que conducía a mi país. Y Alah nos escribió la seguridad, y llegamos con buena salud a Damasco, donde el Destino me puso en tu presencia ¡oh rey del tiempo! y me hizo visir de tu poderío.
Y tal es mi historia. ¡Y Alah es más sabio!"

65 P3 Los encuentros de Al-Raschid en el puente de Bagdad - tercera de tres partes

Hace parte de

65 Los encuentros de Al-Raschid en el puente de Bagdad        
       65,1 Historia del joven dueño de la yegua blanca
       65,2 Historia del jinete, detrás del cual tocaban aires indios y chinos
       65,3 Historia del jeique de mano generosa
       65,4 Historia del maestro de escuela lisiado y con la boca hendida
       65,5 Historia del ciego que se hacía abofetear en el puente





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Y cuando llegó la 871ª noche

Ella dijo:
... en el colchón, no tardando en dormirme.
Y he aquí que aquella noche, cuando se despertó tan temprano como de costumbre un pescador de mi vecindad, advirtió, al repasar sus redes antes de cargárselas a la espalda, que les faltaba un trozo de plomo precisamente en un sitio en que la carencia de plomo constituía un defecto grave para el buen funcionamiento de lo que le proporcionaba el pan. Y como no tenía a mano otro plomo de recambio y no era hora de ir a comprarlo en el zoco, pues todas las tiendas estaban cerradas, sintió una perplejidad grande al pensar que si no se iba de pesca dos horas antes del día no tendría con qué alimentar a su familia al día siguiente. Y entonces se decidió a decir a su mujer que, a pesar de lo intempestivo de la hora y el trastorno que aquello suponía, fuera a despertar a sus vecinos más próximos y a exponerle la situación, rogándoles que le dieran un trozo de plomo que supliese al que faltaba a su red.
Y como precisamente éramos nosotros los vecinos más próximos al pescador, la mujer llamó a nuestra puerta, mientras sin duda pensaba: "Voy a pedir plomo a Hassán el cordelero, aunque por experiencia sé que a su casa hay que ir cuando no se tiene necesidad de nada". Y siguió llamando a la puerta hasta que me desperté. Y grité: "¿Quién hay en la puerta?" Ella contestó: "¡Soy yo, la hija del tío de tu vecino el pescador! ¡Oh Hassán! se me ha ennegrecido el rostro por turbar así tu sueño; pero se trata de lo que da él pan al padre de mis hijos, y obligo a mi alma a este acto de mala educación. Por favor, dispénsame, y para que no te tenga levantado más tiempo, dime si dispones de un trozo de plomo que prestar a mi esposo para que arregle sus redes".
Y al punto me acordé del plomo que me había dado Si Saadi, y pensé: "¡Por Alah, que no podré utilizarlo mejor que haciendo ese servicio a mi vecino el padre de sus hijos!" Y contesté a la vecina que precisamente tenía un trozo de plomo que podía servirle, y fuí a buscar a tientas el trozo consabido, y se lo entregué a mi mujer para que se lo diera a la vecina.
Y la pobre mujer, satisfecha de no haber andado en vano y de no volverse a su casa sin resultado, dijo a mi mujer: "¡Oh vecina nuestra! ¡qué gran servicio es el que nos presta esta noche el jeique Hassán! ¡Así es que, en cambio, todo el pescado que coja mi esposo a la primera redada estará escrito a vuestra salud, y os lo traeremos mañana por encima de nuestra cabeza!" Y se apresuró a ir a entregar el trozo de plomo a nuestro vecino el pescador, que compuso con él sus redes, y salió de pesca dos horas antes del día, como de costumbre.
Y he aquí que la primera redada, a nuestra salud, no proporcionó más que un solo pez. Pero aquel pez era de más de un codo de largo y grueso en proporción. Y el pescador lo apartó en su cesto y prosiguió su pesca. Pero, de todo el pescado que cogió, ni un solo pez igualaba al primero en hermosura ni en tamaño. Así es que, cuando el pescador acabó de pescar, su primer cuidado, antes de ir a vender al zoco el producto de su pesca, fué poner el pez apartado en una almohada de follaje oloroso y llevárnoslo, diciéndonos: "¡Alah haga que os parezca delicioso y agradable!" Y añadió: "Os ruego que admitáis esta dádiva, aunque no sea suficiente ni oportuna. Y dispensadme su escasez, ¡oh vecinos! Porque así es vuestra suerte, ya que eso constituye toda mi primer redada."
Y contesté: "Ve ahí un trato en el que sales perdiendo, ¡oh vecino! Porque ésta es la primera vez que se vende un pez tan hermoso y de tanta valía por un trozo de plomo que apenas vale una ínfima moneda de cobre. Pero lo recibimos como regalo de tu parte, para no desairarte, y porque lo haces de corazón amistoso y generoso." Y aún cambiamos algunos cumplidos, y se marchó.
Y entregué a mi esposa el pez del pescador, diciéndole: "Ya ves ¡oh mujer! que no estaba equivocado Si Saadi cuando me decía que un pedazo de plomo podría serme más útil, si Alah quisiera, que todo el oro del Sudán. He aquí un pez como jamás lo han tenido en sus bandejas los emires y los reyes." Y aunque le regocijaba mucho el ver aquel pez, no dejó de replicarme mi esposa: "¡Si, por Alah! pero ¿cómo voy a arreglarme para guisarlo? No tenemos parrillas ni tampoco tenemos una olla bastante grande para cocerle en ella entero".
Y contesté "¡No te apures por eso, pues nos le comeremos con mucho gusto entero o en pedazos! No tengas escrúpulos por su presentación, y no temas cortarle en pedazos para ponerle guisado". Y partiéndole por la mitad, mi mujer le sacó las entrañas, y vió en medio de aquellas entrañas una cosa que brillaba con vivo resplandor. La cogió, la lavó en el cubo, y vimos que era un trozo de vidrio del tamaño de un huevo de paloma y transparente como el agua de roca. Y tras de contemplarlo algún tiempo, se lo dimos a nuestros hijos para que les sirviese de juguete y no molestaran a su madre, que preparaba el excelente pez.
Y he aquí que por la noche, a la hora de cenar, mi mujer advirtió que, aunque no había encendido todavía su lámpara de aceite iluminaba la estancia una luz que no había traído ella. Y miró a todos lados para ver de dónde procedía aquella luz, y vió que la proyectaba el huevo de vidrio abandonado en el suelo por los niños. Y cogió aquel huevo y lo puso al borde del aparador, en el sitio ordinario de la lámpara. Y llegamos al límite del asombro al ver la vivacidad de la luz que salía de él, y exclamé: "Por Alah, ¡oh mujer! he aquí que el trozo de plomo de Si Saadi no sólo nos alimentaba sino que nos alumbra y nos dispensará, para en lo sucesivo, de comprar aceite para arder".
Y a la claridad maravillosa de aquel huevo de vidrio, nos comimos el deleitoso pescado, comentando nuestro doble provecho de aquel día bendito y glorificando al Retribuidor por sus beneficios. Y aquella noche nos acostamos satisfechos de nuestra suerte y sin desear nada mejor que la continuación de aquel estado de cosas.
Y he aquí que al día siguiente, gracias a la lengua larga de la hija del tío, no tardó en correr por todo el barrio el rumor de que en el vientre del pescado habíamos descubierto aquel vidrio luminoso. Y en seguida recibió mi mujer la visita de una judía, vecina nuestra, cuyo marido era joyero del zoco. Y tras de las zalemas y salutaciones por una y otra parte, la judía, después de contemplar durante largo rato el huevo de vidrio, dijo a mi esposa: "¡Oh vecina mía Aischah! da gracias a Alah, que me ha conducido hoy a tu casa. ¡Porque, como me gusta este trozo de vidrio, y tengo otro trozo de vidrio muy parecido con el que me adorno algunas veces y que hace pareja con éste, quisiera comprártelo, y te ofrezco por él, sin regatear, la enorme suma de diez dinares de oro nuevo!"
Pero nuestros hijos que oyeron hablar de vender su juguete, se echaron a llorar, rogando a su madre que lo guardara para ellos. Y a fin de apaciguarlos, y también porque aquel huevo nos servía de lámpara, ella declinó oferta tan tentadora, con gran despecho de la judía, que se marchó cariacontecida.
A la sazón volví ya del trabajo y mi mujer me puso al corriente de lo que acababa de pasar. Y le contesté: "En verdad ¡oh hija del tío! que si este huevo de vidrio no tuviese algún valor, esa hija de judíos no nos habría ofrecido la suma de diez dinares. Supongo, pues, que volverá otra vez para ofrecernos más. Pero ya veré yo el modo de hacer subir la oferta". Y aquello me indujo al punto a pensar en las palabras de Si Saadi, que me había predicho que un trozo de plomo seguramente podría hacer la fortuna de un hombre, si tal era su destino. Y esperé con toda confianza a que por fin se mostrase mi destino después de huirme durante tanto tiempo.
Aquella misma noche, de acuerdo con mis presentimientos, la judía, esposa del joyero, fué a hacer una segunda visita a mi esposa; y tras de las zalemas y salutaciones de rigor, le dijo: "¡Oh vecina mía Aischah! ¿cómo puedes despreciar los dones del Retribuidor? ¡Y al despreciarlos rechazas el pan que te ofrezco por un trozo de vidrio! ¡Pero ya que se trata del bien de tus hijos, sabe que he hablado de ese huevo con mi marido, y como estoy encinta y no conviene que el deseo de las mujeres encinta se reconcentre sin verse cumplido, ha consentido en dejarme que te ofrezca veinte dinares de oro nuevo a cambio de tu trozo de vidrio!"
Pero mi mujer, que había recibido instrucciones mías a este respecto, contestó: "¡Ay, Ualah! ¡oh vecina! me haces volver en mí. Pero yo no tengo voto en casa, pues el hijo de mi tío es el amo de la casa y de su contenido, y a él es a quien tienes que dirigirte. ¡Espera, pues, a su regreso para hacerle esa oferta!"
Y cuando regresé, la judía me repitió lo que había dicho a mi esposa, y añadió: "Te traigo el pan de tus hijos, ¡oh hombre! por un trozo de vidrio. Porque debe satisfacerse mi antojo de mujer encinta, y mi esposo no quiere tener sobre su conciencia la reconcentración del deseo de las mujeres encinta. ¡Por eso ha consentido en dejarme proponerte ese cambio y esa venta, con gran pérdida para él!"
Y yo, ¡oh mi señor! dejando a aquella judía que me dijera cuánto quería darme, me tomé tiempo para responderle y acabé por mirarla sin decir una palabra, meneando la cabeza por toda respuesta.
Al ver aquello, a la hija de judíos se le puso muy amarilla la tez, me miró con ojos llenos de desconfianza, y me dijo: "Ruega a tu Profeta ¡oh musulmán!" Y contesté: "¡Con El la plegaria y la paz ¡oh descreída! y las más escogidas bendiciones del Dios único!"
Y ella repuso: "¿A qué vienen esos ojos vacíos ¡oh padre de tus hijos! y ese ademán negativo para los beneficios del Retribuidor sobre tu casa por mediación nuestra?" Yo contesté: "¡Los beneficios de Alah sobre Sus criaturas ¡oh hija de descreídos! son ya incalculables! ¡Glorificado sea, sin mediación de los que se apartan del camino derecho!" Y ella me dijo: "¿Entonces rehúsas los veinte dinares de oro?" Y tras de hacer de nuevo yo el signo negativo, me dijo ella: "¡Pues bien, ¡oh vecino! te ofrezco por tu vidrio cincuenta dinares de oro! ¿Estás satisfecho?" Y con mi gesto más indiferente, de nuevo hice un signo negativo de cabeza. Y me puse a mirar a otra parte...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 872ª noche

Ella dijo:
... Y con mi gesto más indiferente, de nuevo hice un signo negativo de cabeza. Y me puse a mirar a otra parte.
Entonces la mujer del joyero recogió sus velos como para marcharse, se dirigió a la puerta, hizo ademán de abrirla, y como decidiéndose de pronto, se encaró conmigo y me dijo: "¡La última palabra! ¡Cien dinares de oro! ¡Y eso que no sé si mi marido querrá darme tan formidable suma!"
Y entonces accedí a contestar, y le dije, no sin un aire de profunda indiferencia: "No es para que te marches disgustada, ¡oh vecina! pero estás muy lejos de ponerte en razón. Porque este huevo de vidrio, por el que me ofreces el precio irrisorio de cien dinares, es una cosa maravillosa, y su historia es tan maravillosa como él mismo. Por eso, y únicamente para darte gusto a ti y a nuestro vecino, y para no hacer que se reconcentre el deseo de una mujer encinta, me limitaré a reclamar, como precio de ese huevo luminoso, la suma de cien mil dinares de oro, ni uno más, ni uno menos. ¡Y si quieres, lo tomas, y si no, lo dejas, pues más me ofrecerán otros joyeros que están más al corriente que tu marido del valor real de las cosas hermosas y únicas! En cuanto a mí, ante Alah el Omnisciente juro que no variaré de tasación ni para aumentarla ni para disminuirla. ¡Uassalam!"
Cuando la mujer del judío hubo oído estas palabras y comprendido su significado, no supo replicar nada, y me dijo, marchándose: "Yo ni vendo ni compro, sino que es mi marido quien manda. Si la cosa le conviene, ya te hablaré de ello. ¡Prométeme, sin embargo, tener paciencia y esperar, antes de entrar en tratos con otros joyeros, a que él vea por sí mismo ese huevo de vidrio!"
Y se lo prometí.
Y se marchó.
Después de aquella discusión, ¡oh Emir de los Creyentes! ya no dudé de que el tal huevo, que yo creía de vidrio, era una gema entre las gemas del mar, desprendida de la corona de algún rey marino. Y por otra parte, yo, como todo el mundo, sabía que en las profundidades yacen tesoros con los que se adornan las hijas del mar y las reinas del mar. Y aquel hallazgo sirvió para confirmarme en mi creencia. Y glorifiqué al Retribuidor, que, por conducto del pez del pescador, había puesto entre mis manos aquella maravillosa muestra de los adornos de las jóvenes marinas. Y determiné no desdecirme de la cifra de cien mil dinares que había dicho a la mujer del judío, pensando que mejor habría hecho en no apresurarme a fijar de aquel modo la tasación, cuando tal vez hubiera podido obtener más del joyero judío. Pero como había fijado esta cifra solemnemente, no quise desdecirme, y me prometí mantenerme en lo que hube de indicar.
Y como había yo previsto, no tardó en presentarse en mi casa el joyero judío en persona. Y tenía un aire de redomado que no me anunciaba nada bueno, sino que me advertía que el hijo de cochinos iba a utilizar toda su astucia para escamotearme la gema como el que no quiere la cosa. Y por mi parte, me puse en guardia, adoptando la actitud más sonriente y más amable, y le rogué que tomara asiento en la estera. Y después de las zalemas y salutaciones de rigor, me dijo él: "¡Espero ¡oh vecino! que no estará el cáñamo demasiado caro en estos tiempos y que los negocios de tu tienda serán benditos!" Y yo contesté en el mismo tono: "La bendición de Alah no falta a Sus creyentes, ¡oh vecino! Y espero que a ti te serán favorables en el zoco de los joyeros". Y me dijo él: "¡Por vida de Ibrahim y de Yacub, ¡oh vecino! créeme que peligran, créeme que peligran! Y apenas si tenemos para comer un pedazo de pan y de queso". Y durante un buen rato continuamos hablando de tal suerte, sin abordar la única cuestión que nos interesaba, hasta que el judío, al ver que nada sacaba de mí por ese medio, acabó por ser el primero en decirme: "La hija de mi tío ¡oh vecino! me ha hablado de cierto huevo de vidrio, sin gran valor por lo demás, que sirve de juguete a tus hijos, y ya sabes que cuando una mujer está encinta, como lo está la mía, tiene antojos extraños y estrambóticos. Pero, desgraciadamente, nos vemos precisados a satisfacer tales antojos, hasta cuando son irrealizables, a trueque de que el objeto deseado llegue a imprimirse en el cuerpo del niño y a deformarle. Y en el caso actual, como el deseo de mi mujer se ha cifrado en ese huevo de vidrio, mucho me temo que, si no lo satisfago, se reproduzca ese huevo en tamaño natural sobre la nariz de nuestro hijo, cuando nazca, o sobre cualquier parte más delicada todavía y que la decencia me impide nombrar. Te ruego, pues, ¡oh vecino! que me enseñes, ante todo, ese huevo de vidrio, y en caso de que viera que me es imposible adquirir uno parecido en el zoco, tengas a bien cedérmelo mediante un precio razonable que tú me indicarás, sin aprovecharte demasiado de mi situación".
Y a estas palabras del judío, contesté: "Escucho y obedezco".
Y me levanté y fui hacia mis hijos, que jugaban en el patio con el huevo consabido y se lo quité de las manos, a pesar de sus gritos y sus protestas. Luego volví a la estancia donde me esperaba el judío sentado en la estera, y cerré la puerta y las ventanas, de modo que fuese completa la oscuridad, disculpándome por obrar así. Y hecho lo cual, me saqué del seno el huevo y lo puse bien a la vista, sobre un taburete, ante el judío.
Y al punto se iluminó la habitación como si ardieran en ella cuarenta antorchas. Y al ver aquello, el judío no pudo menos de exclamar: "¡Es una de las gemas que adornan la corona de Soleimán ben Daud!" Y tras de asombrarse de tal suerte, comprendió que había hablado demasiado, y se rehizo, diciendo: "Pero ya las he tenido semejantes entre mis manos. ¡Y como no eran de fácil venta, me he apresurado a revenderlas con pérdida! ¡Ah! ¿por qué estará encinta ahora la hija del tío para obligarme a adquirir una cosa invendible?"
Luego me dijo: "¿Cuánto pides ¡oh vecino! por este huevo marino?"
Yo contesté: "No está en venta, ¡oh vecino! pero te lo daré para no hacer que se reconcentre el deseo de la hija de tu tío. Y ya he marcado el precio de esta cesión. ¡Alah es testigo de que no me desdeciré!" Y me dijo él: "¡Sé razonable, ¡oh hijo de gentes de bien! y no arruines mi casa! ¡Aunque vendiera mi tienda y mi casa y aunque me vendiera yo mismo en el zoco de los subastadores, con mi mujer y mis hijos, no llegaría a realizar la cifra exorbitante que has señalado, en broma sin duda alguna! ¡Cien mil dinares de oro, ya Alah! ¡cien mil dinares de oro, ¡oh jeique! ni uno más, ni uno menos! ¡Es mi muerte lo que reclamas!"
Y tras de volver a abrir la puerta y las ventanas, contesté tranquilamente: "¡Cien mil dinares de oro, ni uno más, que el aumento sería ilícito! ¡Pero ni uno menos! ¡Lo tomas, si quieres, y si no lo dejas!" Y añadí: "Y cuenta que, si yo hubiera sabido que este huevo maravilloso era una gema entre las gemas marinas de la corona de Soleimán ben Daud (¡con ambos la plegaria y la paz!), no hubiese pedido cien mil dinares, sino diez veces cien mil, y además, algunos collares y joyeles de tu tienda como presente para mi mujer, que ha preparado el negocio difundiendo nuestro descubrimiento. Date, pues, por muy contento con pagar ese precio irrisorio, ¡oh hombre! y ve en busca de tu oro".
Y el joyero judío, con la nariz muy alargada al ver que nada podía hacer, se reconcentró un instante, luego me miró con resolución, y dijo, lanzando un gran suspiro: "¡El oro está a la puerta! ¡Dame la gema!" Y así diciendo, sacó la cabeza por la ventana y gritó a un esclavo negro que permanecía estacionado en la calle y tenía de la brida a un mulo cargado con varios sacos: "¡Hola Mubarak! ¡sube aquí los sacos y la balanza!"
Y el negro subió a mi casa los sacos llenos de dinares, y el judío los abrió uno tras otro y me pesó los cien mil dinares, como yo los había pedido, ni uno más, ni uno menos. Y la hija de mi tío sacó de nuestro cofre grande de madera, único que poseíamos, toda la ropa que contenía, y lo llenamos con el oro del judío. Y sólo entonces me saqué del seno, donde la había guardado para que estuviese segura, la gema salomónica, y se la entregué al judío, diciéndole: "¡Ojalá la revendas diez veces más cara de lo que acabas de comprarla!" Y él se echó a reír con una boca que le llegaba hasta las orejas, diciéndome: "¡Por Alah, ¡oh jeique! que no está de venta! La destino a satisfacer el antojo de mi mujer encinta".
Y se despidió de mí y me hizo ver la anchura de sus hombros.
¡Y esto es lo referente a él!
¡...Pero he aquí ahora lo que atañe a Si Saad, a Si Saadi y al destino que me trajo el pez ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 873ª noche

Ella dijo:
¡... Pero he aquí ahora lo que atañe a Si Saad, a Si Saadi y al destino que me trajo el pez!
Cuando de la noche a la mañana me vi más rico de lo que nunca había deseado mi alma, y rodeado de oro y opulencia, no me olvidé de que, al fin y al cabo, sólo era un antiguo cordelero pobre, hijo de cordelero, y di gracias al Retribuidor por Sus beneficios y me puse a pensar en el uso que en adelante habría de hacer de mis riquezas. Pero habría querido primeramente besar la tierra entre las manos de Si Saadi, para demostrarle mi gratitud y hacer lo mismo con Si Saad, a quien, en último término, debía el ser quien era, por más que él no viera realizadas, como Si Saadi, sus buenas intenciones para conmigo. Pero me lo impidió la timidez; y además, yo no sabía con exactitud dónde vivían ambos. Por eso preferí esperar a que fuesen ellos por propio impulso a pedir noticias del pobre cordelero Hassán. (¡Alah le tenga en Su compasión al tal antiguo Hassán, que ya ha fallecido y tuvo una juventud tan miserable!)
Y entretanto, decidí hacer el mejor uso posible de la fortuna que me había sido escrita. Y lo primero que hice no fué comprarme ricos trajes ni cosas suntuosas, sino en ir en busca de todos los cordeleros pobres de Bagdad, que vivían en el mismo estado de miseria en que había vivido yo tanto tiempo, y congregándolos les dije: "He aquí que el Retribuidor me ha escrito el bienestar y me ha enviado Sus beneficios, siendo yo el último en merecerlos. Y por eso ¡oh hermanos musulmanes! deseo que los favores del Altísimo no se acumulen sobre la misma cabeza y que os aprovechéis de ellos con arreglo a vuestras necesidades. Así es que desde hoy os tomo a todos a mi servicio, empleándoos en trabajar para mí en la obra de cordelería, en la seguridad de que se os pagará liberalmente, según vuestra habilidad, a fin de la jornada. De esta manera tendréis la certeza de ganar abundantemente el pan de vuestra familia sin tener que preocuparos del día de mañana. Y ya sabéis por qué os he congregado en este local. Y esto es lo que tenía que deciros. ¡Pero Alah es más generoso y más magnánimo!"
Y los cordeleros me dieron gracias y alabaron mis buenas intenciones con respecto a ellos, y aceptaron lo que les propuse. Y desde entonces continúan trabajando por mi cuenta con tranquilidad, contentos de tener asegurada su vida y la de sus hijos. Y yo, merced a esta organización, cada vez aumento más mis rentas y consolido mi situación.
Ya hacía algún tiempo que había abandonado yo mi pobre casa antigua para establecerme en otra que había hecho construir a todo costo entre jardines, cuando Si Saad y Si Saadi pensaron por fin en ir a saber noticias del pobre cordelero Hassán conocido de ellos. Y fué extremado su asombro cuando nuestros antiguos vecinos, a quienes preguntaron al ver mi tienda cerrada como si me hubiese muerto, les aseguraron que no solamente estaba vivo todavía, sino que era uno de los mercaderes más ricos de Bagdad, que habitaba un maravilloso palacio rodeado de jardines y que ya no me llamaba Hassán el cordelero, sino Si Hassán el Magnífico. Entonces, tras de hacer que les dieran señas más precisas acerca del lugar en que se hallaba mi palacio, se dirigieron a él y no tardaron en llegar ante la puerta principal que daba acceso a los jardines. Y el portero les hizo atravesar un bosque de naranjos y de limoneros cargados de frutos y cuyas raíces se refrescaban en el agua que perpetuamente corría por una reguera que partía del río. Y cuando llegaron a la sala de recepción, estaban ya encantados de la frescura, del sombrajo, del murmullo del agua y del canto de los pájaros.
Y no bien me anunció su llegada uno de mis esclavos, les salí al encuentro apresuradamente y quise cogerles la orla del traje para besársela. Pero me lo impidieron y me abrazaron como si fuese su hermano, y les invité a entrar en el kiosco que había en el jardín, rogándoles que se sentaran en el sitio de honor que les correspondía. Y me senté un poco más lejos, como era debido.
Y después de hacer que les sirvieran sorbetes y refrescos, les conté cuanto me había sucedido punto por punto, sin olvidar el menor detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y Si Saadi, en el límite de la satisfacción, se encaró con su amigo y le dijo: "Ya lo ves, ¡oh Si Saad!" Y no le dijo nada más.
Y aún no habían vuelto del asombro en que hubo de sumirlos mi historia, cuando dos de mis hijos, que se divertían en el jardín, entraron de improviso, llevando en sus manos un gran nido de ave que  acababa de coger para ellos en la copa de una palmera el esclavo que vigilaba sus juegos. Y nos asombramos mucho al ver que aquel nido, que tenía pollos de gavilán, estaba hecho en un turbante. Y al examinar más de cerca aquel turbante, observé, sin que me cupiese duda alguna, que era el mismo que en otro tiempo me había llevado el gavilán ladrón. Y me encaré con mis huéspedes, y les dije: "¡Oh mis señores! ¿os acordáis todavía del turbante que llevaba yo el día en que Si Saad me hizo don de los primeros doscientos dinares?" Y contestaron: "No, por Alah, no nos acordamos con exactitud". Y Si Saad añadió: "¡Pero lo reconoceré, indudablemente, si están en él los ciento noventa dinares!" Y contesté: "¡Oh mis señores, no lo dudéis!" Y saqué los pajarillos, dándoselos a los niños, y desbaraté el nido, y desenrollé el turbante en toda su longitud. Y de la punta colgaba intacta, y atada como yo la había atado, la bolsa de Si Saad con los dinares que contenía.
Y aún no habían vuelto de su asombro mis dos huéspedes, cuando entró uno de los palafreneros llevando en las manos una cuba de salvado que al punto reconocí como la que mi mujer había cedido en otro tiempo al mercader de tierra para limpiar el cabello. Y me dijo: "¡Oh mi señor! esta cuba, que he comprado hoy en el zoco, porque se me había olvidado coger pienso para el caballo que montaba, contiene un saco atado que traigo entre tus manos". Y reconocimos la segunda bolsa de Si Saad.
Y desde entonces ¡oh Emir de los Creyentes! los tres vivimos como amigos, convencidos para siempre del poder del Destino, y maravillados de las vías que utiliza para llevar a cabo sus decretos.
Y como los bienes de Alah deben volver a sus pobres, no dejé de invertirlos en hacer las dádivas y limosnas prescritas. Y por eso me has visto dar esa limosna al mendigo del puente de Bagdad. ¡Y tal es mi historia!"
Cuando el califa hubo oído este relato del jeique generoso, le dijo: "¡Ciertamente, ¡oh jeique Hassán! las vías del Destino son maravillosas, y como prueba en apoyo de lo que me has contado, voy a enseñarte algo!"
Y se encaró con el visir del Tesoro y le dijo unas palabras al oído. Y el visir salió para volver al cabo de algunos instantes con un estuche en la mano. Y el califa lo cogió, lo abrió, y enseñó el contenido al jeique, quien al punto reconoció la gema salomónica cedida al joyero judío. Y Al-Raschid le dijo: "Esta gema entró en mi tesoro el mismo día que se la vendiste al judío".
Luego se encaró con el cuarto personaje, que era el maestro de escuela lisiado y con la boca hendida, y le dijo: "Cuenta lo que tengas que contarnos".
Y tras de besar la tierra entre las manos del califa, el hombre dijo:

HISTORIA DEL MAESTRO DE ESCUELA LISIADO Y CON LA BOCA HENDIDA

"Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que, por mi parte, empecé a ganarme la vida como maestro de escuela, y tenía bajo mi mano unos ochenta muchachos. Y la historia de lo que me sucedió con estos muchachos es prodigiosa.
Debo empezar por decirte ¡oh mi señor! que yo era para ellos severo hasta el límite de la severidad, e inflexible y riguroso, hasta el punto de exigir que, incluso en las horas de recreo, continuasen trabajando, y no los enviaba a sus casas hasta una hora después de ponerse el sol. Y aun entonces no dejaba de vigilarlos, siguiéndolos por zocos y barrios, para impedirles que jugaran con granujillas que los pervirtieran.
Y he aquí que fue precisamente mi rigor el que atrajo sobre mi cabeza las calamidades, como vas a ver ¡oh Emir de los Creyentes! En efecto, al entrar un día entre los días en la sala de lectura en el momento en que todos mis alumnos estaban reunidos, los vi de pronto erguirse sobre sus piernas a todos y exclamar con una sola voz "¡Oh maestro, que amarillo tienes hoy el rostro!" Y me sorprendió mucho aquello; pero como no sentía ningún dolor interno que pudiese amarillearme de tal suerte el rostro, no me preocupé excesivamente de aquella noticia, y abrí la clase como de costumbre, gritándoles: "Empezad, ¡oh granujas! que ha llegado la hora de trabajar". Pero he aquí que el alumno monitor avanzó hacia mí con un aire preocupado, y me dijo: "¡Por Alah, ¡oh maestro! tienes muy amarillo el rostro hoy, y Alah aleje tu mal! Si estás muy enfermo, yo daré la clase en lugar tuyo". Y al mismo tiempo, todos los alumnos, demostrando gran inquietud, me miraban llenos de conmiseración, como si ya estuviese yo a punto de rendir el alma. Y acabé por impresionarme mucho, y me dije a mí mismo: "¡Oh! por lo visto debes estar muy mal sin darte cuenta de ello. Y las peores enfermedades son las que entran en el cuerpo subrepticiamente, sin que su presencia se revele por molestias muy marcadas". Y me levanté en aquella hora y en aquel instante, confié la dirección de la clase al alumno monitor, y entré en mi harén, donde me acosté cuan largo era, diciendo a mi esposa: "¡Prepárame contra la ictericia!" Y lo dije lanzando muchos suspiros y quejándome, como si ya estuviese bajo la acción de todas las pestes y enfermedades rojas.
A la sazón, el alumno monitor llamó a la puerta y pidió permiso para entrar. Y me entregó la suma de ochenta dracmas, diciéndome: "¡Oh maestro! los buenos de tus alumnos acaban de verificar una colecta entre ellos para hacerte este presente, a fin de que nuestra maestra pueda cuidarte bien sin reparar en gastos".
Y me conmoví mucho con aquel rasgo de mis alumnos, y para demostrarles mi satisfacción, les di un día de asueto, sin sospechar que se había fraguado todo con este único fin. ¿Pero quién puede adivinar toda la malicia que se oculta en el pecho de los niños?
En cuanto a mí, pasé todo aquel día muy apurado, aunque la vista del dinero que habíame venido de manera tan inesperada me daba cierto gusto. Y al día siguiente volvió a verme el alumno monitor, y al encontrarse conmigo exclamó: "Alah aleje de ti todo mal, oh maestro! ¡Pero aún tienes la tez más amarilla que ayer! ¡Descansa! ¡descansa! ¡Y no te preocupes de los demás...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 874ª noche

Ella dijo:
"¡...Alah aleje de ti todo mal, ¡oh maestro! Pero aún tienes la tez más amarilla que ayer!
¡Descansa! ¡Y no te preocupes de los demás!" Y muy impresionado con las palabras del maligno muchacho, me dije a mí mismo: "Cuídate bien, ¡oh maestro! cuídate bien a costa de tus alumnos". Y así pensando, dije al monitor: "¡Da tú la clase como si yo estuviera allí!" Y empecé a gemir y a lamentarme de mí mismo. Y dejándome en aquel estado, el muchacho se apresuró a reunirse con los demás alumnos para ponerlos al corriente de la situación.
Y aquel estado de cosas duró una semana entera, al cabo de la cual el alumno monitor me llevó otra suma de ochenta dracmas, diciéndome: "Es la colecta que han hecho los buenos de tus alumnos, a fin de que nuestra maestra te pueda cuidar bien". Y aún me conmoví mucho más que la vez primera, y me dije: "¡Oh! en verdad que tu enfermedad es una enfermedad bendita que te proporciona dinero sin trabajos ni esfuerzos, y que, al fin y al cabo, no te hace sufrir. ¡Ojalá dure mucho tiempo todavía, para mayor bien tuyo!"
Y desde aquel momento decidí fingir que seguía enfermo, persuadido a la larga de que mi organismo no estaba realmente atacado, y diciéndome: "Jamás tus lecciones te producirán tanto como tu enfermedad".
Y a partir de aquel momento, me tocó a mí hacer creer en lo que no existía. Y cada vez que el alumno monitor volvía a verme le decía yo: "¡Voy a morir de inanición, porque mi estómago rehúsa los alimentos!" Pero no era verdad, pues nunca había comido yo con tanto apetito ni me había encontrado mejor.
Y continué viviendo de tal suerte durante algún tiempo, cuando he aquí que un día entró el alumno en el preciso momento en que me disponía a comer un huevo. Y al verle, mi primer impulso fue el de ocultar el huevo en mi boca, por temor de que, al encontrarme comiendo, sospechara la verdad y advirtiese mi falsía. Y como el huevo quemaba, me producía dolores intolerables. Y el empecatado chiquillo, que sin duda alguna debía saber a qué atenerse acerca de la situación, en vez de marcharse persistió en mirarme con aire compasivo y diciéndome: "¡Oh maestro, qué inflamadas tienes las mejillas y cuánto debes sufrir! Eso seguramente debe ser un absceso maligno". Luego, como en mi tortura se me salían los ojos de la cabeza y no le contestaba, me dijo: "¡Hay que abrirlo! ¡Hay que abrirlo!"
Y avanzó hacia mí con presteza, y quiso clavarme en la mejilla una aguja gorda. Pero entonces salté sobre ambos pies vivamente, y corrí a la cocina, donde escupí el huevo, que ya me había quemado gravemente las mejillas. Y a consecuencia de aquella quemadura, ¡oh Emir de los Creyentes! se me declaró en la mejilla un verdadero absceso y me hizo ver la muerte roja. Y me hizo ir al barbero, que me sacó la mejilla para vaciarme el absceso. Y a consecuencia de aquella operación se me quedó la boca hendida y deformada.
Y he aquí el por qué de la rasgadura y de la deformación de mi boca. En cuanto al por qué de mi lisiadura, ¡helo aquí!
Cuando, al cabo de algún tiempo, me repuse de las consecuencias de la herida, volví a la escuela, donde fui más riguroso y severo que nunca para con mis alumnos, cuya turbulencia había que reprimir. Y cuando la conducta de uno de ellos dejaba algo que desear, le corregía a estacazos. Así acabé por enseñarles a respetarme de tal modo, que, cuando me ocurría estornudar, abandonaban al instante sus libros y cuadernos, se erguían sobre sus pies con los brazos cruzados y se inclinaban ante mí hasta tierra, exclamando de común acuerdo: "¡Bendición! ¡Bendición!" Y yo contestaba, como era razón: "¡Y con vosotros el perdón! ¡Y con vosotros el perdón!" Y también les enseñaba otras mil cosas, a cual más provechosa e instructiva. Porque no quería que sus padres gastasen en vano el dinero que me daban por su educación. Y de tal suerte esperaba hacer de los chicos excelentes sujetos y comerciantes respetables.
Un día, que era día de salida, los llevé de paseo un poco más lejos que de costumbre. Y de haber andado mucho, teníamos mucha sed. Y como precisamente habíamos llegado junto a un pozo, decidí bajar a él para aplacar mi sed con el agua fresca que contenía y coger un cubo de ella, si podía, para los chicos.
Y al ver que no había cuerda, cogí todos los turbantes de los alumnos, y haciendo con los mismos una cuerda bastante larga, me la até a la cintura y ordené a mis alumnos que me bajaran al pozo. Y al punto me obedecieron. Y me vi colgado del orificio del pozo. Y me bajaron con precaución para que no diese con la cabeza en la piedra. Y he aquí que el tránsito del calor al fresco y de la luz a la oscuridad me hizo estornudar. Y no pude reprimir un estornudo. Y sea involuntariamente, sea por costumbre, sea por malicia, mis escolares soltaron la cuerda con un ademán unánime, se cruzaron de brazos y exclamaron todos a la vez, como lo hacían en la escuela: "¡Bendición! ¡Bendición!" Pero no pude contestarles en aquella circunstancia, porque caí pesadamente al fondo del pozo. Y como el agua no tenía mucha profundidad, no me ahogué; pero me rompí ambas piernas y la clavícula, en tanto que los chicos, espantados no sé si de su hazaña o de su atolondramiento, huyeron a todo correr.
Y yo lanzaba tales gritos de dolor, que unos transeúntes, de quienes llamé la atención, me sacaron del pozo. Y como me hallaba en un estado lamentable, me colocaron en un asno y me llevaron a casa, donde estuve postrado durante un tiempo considerable. Pero jamás me curé de mi accidente. Y no pude volver a ejercer mi profesión de maestro de escuela.
Y por eso ¡oh Emir de los Creyentes! me vi obligado a mendigar para dar de comer a mi mujer y a mis hijos. Y así es como me has visto y socorrido generosamente en el puente de Bagdad.
¡Y tal es mi historia!"
Y cuando el maestro de escuela lisiado y con la boca hendida acabó de contar de tal suerte la causa de su lisiadura y de su deformidad, Massrur, el portaalfanje, le hizo volver a la fila. Y el ciego que se hacía abofetear en el puente avanzó a tientas entre las manos del califa, y obedeciendo a la orden que le habían dado, contó así lo que tenía que contar. Dijo:

HISTORIA DEL CIEGO QUE SE HACIA ABOFETEAR EN EL PUENTE
"Has de saber ¡oh Emir de los Creyentes! que, por lo que a mí respecta, en tiempos de mi juventud yo era conductor de camellos. Y gracias a mí trabajo y a mi perseverancia, acabé por ser propietario de ochenta camellos de mi exclusiva pertenencia. Y los alquilaba a las caravanas que comerciaban de un país en otro, y en época de peregrinación, lo cual me valía crecidos beneficios y hacía aumentar de año en año mi capital y mis intereses. Y con mis beneficios aumentaba de día en día mi deseo de ser más rico aún, y no pensaba nada menos que en llegar a ser el más rico de los conductores de camellos del Irak.
Un día entre los días, regresando yo de Bassra de vacío con mis ochenta camellos, a los que había conducido a aquella ciudad cargados de mercaderías con destino a la India, y habiendo hecho alto junto a un depósito de agua para darles de beber y dejarlos pacer por las cercanías, vi avanzar en dirección mía a un derviche. Y el tal derviche me abordó con aire cordial, y después de las zalemas por una y otra parte, se sentó a mi lado. Y reunimos nuestras provisiones, y con arreglo a las costumbres del desierto, tomamos juntos nuestra comida. Tras de lo cual nos pusimos a hablar de unas cosas y de otras y nos interrogamos mutuamente acerca de nuestro viaje y de su punto de destino. Y él me dijo que se dirigía a Bassra y yo le dije que iba a Bagdad. Y cuando reinó la intimidad entre nosotros, le hablé de mis negocios y de mis ganancias y le di cuenta de mis proyectos de riquezas y de opulencia.
Y dejándome hablar hasta que concluí, el derviche me miró sonriendo y me dijo: "¡Oh mi señor Babá-Abdalah, cuánto trabajo te tomas para llegar a un resultado tan poco proporcionado, cuando a veces basta un recodo del camino para que el destino os haga, en un abrir y cerrar de ojos, no solamente más rico que todos los conductores de camellos del Irak, sino más poderoso que todos los reyes de la tierra reunidos!". Luego añadió: "¡Oh mi señor Babá-Abdalah! ¿Oíste alguna vez hablar de tesoros escondidos y de riquezas subterráneas?" Y contesté: "Ciertamente, ¡oh derviche! he oído hablar a menudo de tesoros escondidos y de riquezas subterráneas. Y todos sabemos que cada uno de nosotros puede, si tal es el decreto del Destino, despertarse un día más opulento que los reyes todos. Y no hay un labrador que, al labrar su tierra, no piense que llegará día en que caiga sobre la piedra sellada de algún tesoro maravilloso, y no hay un pescador que, al arrojar sus redes al agua, no piensa en que llegará día en que saque la perla o la gema marina que le llevará al límite de la opulencia. ¡Pues no soy un ignorante, ¡oh derviche! y además estoy persuadido de que los hombres de tu corporación conocen secretos y palabras de gran poder!"
Y al oír este discurso, el derviche cesó de escarbar en la arena con su báculo, me miró de nuevo y me dijo: "¡Oh mi señor Babá-Abdalah! creo que hoy no has tenido un mal encuentro al encontrarte conmigo, y se me antoja que este día es para ti precisamente el día en que hará recodo el camino que te conduzca frente a tu destino". Y le dije: "¡Por Alah, ¡oh derviche! que le acogeré con firmeza y con ojos llenos, y tráigame lo que me traiga, lo aceptaré con corazón agradecido!" Y me dijo él: "¡Entonces, levántate ¡oh pobre! y sígueme!"
Y se irguió sobre ambos pies, y echó a andar delante de mí. Y le seguí, pensando: "¡Sin duda hoy es el día de mi destino, después de tanto tiempo como llevo aguardándole!" Y al cabo de una hora de marcha llegamos a un pequeño valle bastante espacioso, cuya entrada era tan estrecha que mis camellos apenas podían pasar por ella uno a uno. Pero no tardó en ensancharse el terreno con el valle, y nos vimos al pie de una montaña tan impracticable, que no había ni que pensar que una criatura humana llegase por allí nunca hasta nosotros. Y el derviche me dijo: "Henos aquí llegados adonde había que llegar. Por lo que a ti respecta, para tus camellos y haz que se sienten, a fin de que, cuando llegue el momento de cargarlos con lo que vas a ver, no nos cueste trabajo el hacerlo". Y contesté con el oído y la obediencia, y me dediqué a sentar a todos los camellos, uno tras de otro, en el amplio espacio que se extendía al pie de aquella montaña, tras de lo cual me reuní con el derviche y le encontré con un eslabón en la mano prendiendo fuego a un montón de leña seca. Y en cuanto brotó llama del montón de leña, el derviche arrojó a él un puñado de incienso macho, pronunciando palabras cuyo significado no comprendí. Y al punto se elevó por el aire una columna de humo que el derviche partió en dos con su báculo. Y en seguida una roca grande, frente a la cual nos encontrábamos, se separó por la mitad y nos dejó ver una ancha abertura en el sitio donde un instante antes había una muralla lisa y vertical.. .

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 875ª noche

Ella dijo:
... Y en seguida una roca grande, frente a la cual nos encontrábamos, se separó por la mitad y nos dejó ver una ancha abertura en el sitio donde un instante antes había una muralla lisa y vertical. Y dentro aparecían montones de oro amonedado y de pedrerías, como esos montículos de sal que se ven a orillas del mar. Y a la vista de aquel tesoro, me abalancé sobre el primer montón de oro, con la rapidez del halcón que cae sobre la paloma, y empecé por llenar un saco de que ya me había provisto. Pero el derviche se echó a reír, y me dijo: "¡Oh pobre, estás haciendo un trabajo poco productivo! ¿No ves que si llenas de oro amonedado tus sacos, pesarán demasiado para cargarlos en tus camellos? Llénalos mejor con esas pedrerías amontonadas que hay un poco más allá, y una sola de las cuales vale por sí más que cada uno de esos montones de oro, siendo cien veces más ligera que una moneda de ese metal."
Y contesté: "No hay inconveniente, ¡oh derviche!" Porque comprendí cuán justa era su observación. Y uno tras otro, llené mis sacos con aquellas pedrerías, y los cargué de dos en dos a lomos de mis camellos. Y cuando de tal suerte hube cargado a mis ochenta camellos, el derviche, que me había mirado hacer, sonriendo sin moverse de su sitio, se levantó y me dijo: "Ya no tenemos más que cerrar el tesoro y marcharnos". Y tras de hablar así, entró en la roca, y le vi que se dirigía a una orza labrada que había encima de un zócalo de madera de sándalo. Y en mi fuero interno me decía yo: "¡Por Alah, qué lástima no tener conmigo ochenta mil camellos que cargar con esas pedrerías y esas monedas y esas orfebrerías, en vez de los ochenta que son de mi propiedad únicamente!"
Y he aquí que vi al derviche acercarse a la consabida orza preciosa y levantar la tapa. Y sacó de ella un bote de oro, que se metió en el seno. Y como yo le mirara con una especie de interrogación en los ojos, me dijo: “¡No es nada! ¡Un poco de pomada para los ojos!" Y no me dijo más. Y como, impulsado por la curiosidad, quería yo avanzar a mi vez para coger de aquella pomada buena para los ojos, me lo impidió, diciendo: "Bastante tenemos por hoy, y ya es tiempo de que salgamos de aquí". Y me empujó hacia la salida, y pronunció ciertas palabras que no comprendí. Y al punto se juntaron las dos partes de la roca, y en lugar de la anchurosa abertura apareció una muralla tan lisa como si acabasen de tallarla en la misma piedra de la montaña.
Y el derviche se encaró entonces conmigo y me dijo: "¡Oh Babá-Abdalah! vamos ahora a salir de este valle. Y una vez que lleguemos al paraje donde hubimos de encontrarnos, dividiremos ese botín con toda equidad, y nos lo repartiremos amistosamente".
Y en seguida hice levantarse a mis camellos. Y desfilamos en buen orden por donde habíamos entrado al valle, y fuimos juntos hasta el camino de las caravanas, donde debíamos separarnos para seguir cada cual el suyo, yo hacia Bagdad y el derviche hacia Bassra. Pero en el camino me había dicho yo, pensando en el reparto consabido: "¡Por Alah! este derviche pide demasiado por lo que ha hecho. ¡Verdad es que él me ha revelado el tesoro, y lo ha abierto, merced a su ciencia de la hechicería, que el Libro Santo reprueba! ¿Pero qué hubiera hecho sin mis camellos? ¡Y hasta puede ser que sin mi presencia no hubiera tenido éxito la cosa, ya que el tesoro indudablemente está escrito a mi nombre, en mi suerte y en mi destino! Creo, pues, que si le doy cuarenta camellos cargados de estas pedrerías salgo perdiendo yo, que me he fatigado cargando los sacos mientras él descansaba sonriendo; y al fin y al cabo, yo soy el dueño de los camellos. No conviene, por tanto, que le deje hacer el reparto a su antojo. Y sabré hacerle atender a razones".
Así es que, cuando llegó el momento del reparto, dije al derviche: "¡Oh santo hombre! tú que, según los principios de tu corporación, debes preocuparte muy poco de los bienes del mundo, ¿qué vas a hacer de esos cuarenta camellos con su carga, que tan indiferente me reclamas como precio de tus indicaciones?" Y lejos de escandalizarse por mis palabras o de enfadarse, como yo esperaba, el derviche me contestó con voz pausada: `Babá-Abdalah, estás en lo cierto al decir que debo ser hombre que se preocupa muy poco de los bienes de este mundo. Así, no es por mí por quien reclamo la parte que me corresponde en un reparto equitativo, sino para distribuirla por el mundo a todos los pobres y a todos los desheredados. En cuanto a lo que tú llamas injusticia, piensa, ya Babá-Abdalah, que con cien veces menos de lo que te he dado serías ya el más rico de los habitantes de Bagdad. Y olvidas que nada me obligaba a hablarte de ese tesoro, y que hubiera podido guardar para mí solo el secreto. ¡Desecha, pues, la avidez y conténtate con lo que Alah te ha dado, sin tratar de contravenir nuestro acuerdo!"
Entonces, aunque convencido de la mala calidad de mis pretensiones y seguro de mi falta de derecho, cambié la cuestión de aspecto y de forma y contesté: "¡Oh derviche! me has convencido de mis errores. Pero permíteme que te recuerde que eres un excelente derviche que ignora el arte de conducir camellos y no sabe más que servir al Altísimo. Por lo visto, olvidas el apuro en que te verías al querer conducir a tantos camellos acostumbrados a la voz de su amo. Si quieres creerme, coge lo menos posible, sin perjuicio de volver más tarde al tesoro para cargar de nuevo con pedrerías, ya que puedes abrir y cerrar a tu antojo la entrada de la gruta. Escucha, pues, mi consejo y no expongas tu alma a sinsabores y preocupaciones a que no está acostumbrada". Y el derviche, como si no pudiese rehusarme nada, contestó: "Confieso ¡oh Babá-Abdalah! que de primera intención no había reflexionado en lo que acabas de recordarme; y heme aquí ya extremadamente inquieto por las consecuencias de ese viaje, solo con todos esos camellos. Escoge, pues, de los cuarenta camellos que me corresponden los veinte que te plazca escoger, y déjame los veinte restantes. ¡Después vete bajo la salvaguardia de Alah!"
Y yo, muy sorprendido de encontrar en el derviche tanta facilidad para dejarse persuadir, me apresuré a escoger primero los cuarenta que me correspondían del reparto y luego los otros veinte que me cedía el derviche. Y tras de darle gracias por sus buenos oficios, me despedí de él y me puse en camino para Bagdad, mientras él guiaba sus veinte camellos por el lado de Bassra.
Y he aquí que no había dado yo más que unos veinte pasos, cuando el cheitán infundió en mi corazón la envidia y la ingratitud. Y empecé a deplorar la pérdida de mis veinte camellos, y más aún las riquezas que llevaban de carga al lomo. Y me dije: "¿Por qué me arrebata mis veinte camellos ese derviche maldito, si es dueño del tesoro y puede sacar de allá cuantas riquezas quiera?" Y de repente paré mis animales y eché a correr detrás del derviche, llamándole con todas mis fuerzas y haciéndole señas para que detuviese sus animales y me esperase. Y oyó mi voz y se detuvo. Y cuando le alcancé, le dije: "¡Oh hermano mío derviche! en cuanto te he dejado he empezado a preocuparme mucho por ti, debido al interés que me tomo por tu tranquilidad. Y no he querido resolverme a separarme de ti sin hacerte considerar una vez más cuán difíciles de conducir son veinte camellos cargados, sobre todo cuando se es, como tú, ¡oh hermano mío derviche! un hombre que no está acostumbrado a este oficio y a este género de ocupación. ¡Créeme que te encontrarás mucho mejor si no te llevas más que diez camellos a lo sumo, aliviándote de los otros diez en un hombre como yo, a quien no cuesta más trabajo cuidar de ciento que de uno solo!" Y mis palabras produjeron el efecto que yo anhelaba, pues el derviche me cedió sin ninguna resistencia los diez camellos que le pedía, de modo que sólo le quedaron diez, y yo me vi dueño de setenta camellos con sus cargas, cuyo valor superaba a las riquezas de todos los reyes de la tierra reunidos.
Después de aquello parece ¡oh Emir de los Creyentes! que yo debía tener motivo para estar satisfecho. Pues bien; ni por asomo lo estaba. Y mis ojos permanecieron tan vacíos como antes, si no más, y mi avidez iba en aumento con mis adquisiciones. Y empecé a redoblar mis solicitudes, mis ruegos y mis importunidades para decidir al derviche a rematar su generosidad accediendo a cederme los diez camellos que le quedaban. Y le abracé y le besé las manos, y tanto hice, que no tuvo el valor de rehusármelos, y me anunció que me pertenecían, diciéndome: "¡Oh hermano Babá-Abdalah! haz buen uso de las riquezas que te vienen del Retribuidor y acuérdate del derviche que te encontró en el recodo de tu destino...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 876ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh hermano Babá-Abdalah! haz buen uso de las riquezas que te vienen del Retribuidor, y acuérdate del derviche que te encontró en el recodo de tu destino".
Y yo, ¡oh mi señor! en vez de llegar al límite de la satisfacción por haberme convertido en propietario de toda la carga de pedrerías, me sentí impulsado por la avidez de mis ojos a pedir otra cosa más. Y aquello era lo que debía ocasionar mi perdición. Me vino a las mientes, en efecto, la idea de que el bote de oro que contenía la pomada, y que el derviche había sacado de la orza preciosa antes de salir de la gruta, también tenía que pertenecerme como lo demás. Porque me decía yo: "¡Quién sabe las virtudes que podrá tener esa pomada! Y además, claro es que tengo derecho a llevarme ese bote, pues el derviche puede procurarse en la gruta otros iguales cuando le plazca". Y este pensamiento me determinó a hablarle del particular. Así es que, cuando acababa de abrazarme para despedirse de mí, le dije: "Por Alah sobre ti ¡oh hermano derviche! ¿Qué quieres hacer con este bote de pomada que te has escondido en el seno? ¿Y de qué le puede servir esa pomada a un derviche que de ordinario no utiliza pomadas ni olor de pomada ni sombra de pomada? ¡Mejor es que me des ese bote, a fin de que yo me lo lleve con lo demás como recuerdo tuyo!"
A la sazón yo esperaba que, irritado por mi insistencia, el derviche me rehusase sencillamente el bote consabido. Y estaba dispuesto a basarme en su negativa para arrebatárselo a la fuerza, pues que yo era, con mucho, el más fuerte, y en caso de que se resistiera, a dejarle en el sitio en aquel paraje desierto. Pero, en contra de mis suposiciones, el derviche me sonrió con bondad, se sacó del seno el bote, y me lo presentó graciosamente diciéndome: "¡Toma, aquí tienes el bote, ¡oh hermano Babá- Abdalah! y ojalá satisfaga el último de tus deseos! Por otra parte, si crees que puedo hacer más por ti, no tienes más que hablar, y aquí estoy dispuesto a complacerte".
Cuando tuve el bote entre las manos, lo abrí, y mirando su contenido, dije al derviche: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermano derviche! completa tus bondades diciéndome cómo se usa y qué virtudes tiene esta pomada que desconozco!" Y añadió: "Sabe, ya que lo preguntas, que esta pomada ha sido triturada por los dedos de los genn subterráneos, que han puesto en ella facultades maravillosas. En efecto, si se aplica un poco alrededor del ojo izquierdo y en el párpado, hace aparecer ante quien la ha utilizado los escondrijos donde se encuentran los tesoros de la tierra. Pero si, por desgracia, se aplica esta pomada al ojo derecho, de repente queda uno ciego de ambos ojos a la vez. Y tal es la virtud y tal es el uso de esta pomada, ¡oh hermano Babá Abdalah! ¡Uassalam!"
Y tras de hablar así, quiso de nuevo despedirse de mí. Pero le retuve por la manga, y le dije: "¡Por tu vida! hazme el último favor aplicándome tú mismo esta pomada en el ojo izquierdo, pues sabrás hacerlo mucho mejor que yo, y estoy en el límite de la impaciencia por experimentar la virtud de esta pomada de la que soy poseedor". Y el derviche no quiso hacerse rogar más, y siempre amable y tranquilo, tomó un poco de pomada con la yema del dedo y me la aplicó alrededor del ojo izquierdo y en el párpado izquierdo, diciéndome "¡Abre el ojo izquierdo y cierra el derecho!"
Y abrí el ojo izquierdo untado de pomada, ¡oh Emir de los Creyentes! y cerré el ojo derecho. Y al punto desaparecieron todas las cosas visibles a mis ojos habitualmente para dejar sitio a planos superpuestos de grutas subterráneas y marinas, de troncos de árboles gigantescos ahuecados por la base, de estancias abiertas en roca y de escondrijos de todas clases. Y todo aquello estaba lleno de tesoros de pedrerías, orfebrerías, joyeles, alhajas y dinero de todos los colores y de todas las formas. Y vi metales en sus minas, plata virgen y oro natural, piedras cristalizadas en su ganga y filones preciosos circundando la tierra. Y no cesé de mirar y de maravillarme, hasta que sentí que mi ojo derecho, que me veía obligado a tener cerrado, se fatigaba y quería abrirse. Entonces lo abrí, y al punto los objetos del paisaje que me rodeaba se pusieron por sí solos en su sitio habitual, y todos los planos, debidos al efecto de la pomada mágica, desaparecieron, alejándose.
Y asegurándome así de la verdad acerca del efecto real de aquella pomada cuando se aplicaba al ojo izquierdo, no pude por menos de abrigar dudas acerca del efecto de su aplicación al ojo derecho. Y me dije para mi fuero interno: "Entiendo que el derviche está lleno de astucia y de doblez, y ha estado conmigo tan asequible y tan afable para engañarme a la postre. Porque no es posible que la misma pomada produzca dos efectos tan contrarios en las mismas condiciones, sencillamente a causa de la diferencia de sitio". Y dije al derviche riendo: ¿¡Eh, ualah! ¡oh padre de la astucia, creo que te ríes de mí al presente! Porque no es posible que una misma pomada produzca efectos tan opuestos uno a otro. Antes bien, me parece, pues que no la has ensayado en ti mismo, que, aplicada al ojo derecho, esta pomada tendrá la virtud de poner a mi disposición los tesoros que me ha enseñado mi ojo izquierdo. ¿Qué opinas? ¡Puedes hablar sin reticencias! Y por cierto que, me des o me quites la razón, quiero experimentar en mi propio ojo el efecto de esta pomada al lado derecho, a fin de no tener ya duda. Te ruego, pues, que me la apliques sin tardanza al ojo derecho, porque es preciso que me ponga en camino antes de ocultarse el sol".
Pero por primera vez desde que nos encontramos, el derviche tuvo un movimiento de impaciencia, y me dijo: "¡Babá-Abdalah, tu petición es irrazonable y nociva, y no puedo resolverme a hacerte mal después de haberte hecho bien! ¡No me obligues, pues, con tu obstinación a obedecerte en una cosa de la que te arrepentirás toda tu vida!" Y añadió: "Separémonos, pues, como hermanos, y que cada cual vaya por su camino". Pero yo ¡oh mi señor! no le dejé, y cada vez estaba más persuadido de que las dificultades que ponía no tenían otro objeto que impedirme tener en mi mano, perteneciéndome absolutamente, los tesoros que podía ver con mi ojo izquierdo. Y le dije: "Por Alah, ¡oh derviche! si no quieres que me separe de ti con el corazón descontento por cosa tan fútil, después de tantas de importancia como me has concedido, no tienes más que untarme el ojo derecho con esta pomada, pues yo no sabría. Y en verdad que no te dejaré más que con esta condición".
Entonces el derviche se puso muy pálido y su rostro tomó un aire de dureza que no conocía yo en él, y me dijo: "Te vuelves ciego con tus propias manos". Y tomó un poco de pomada y me la aplicó alrededor del ojo derecho y en el párpado derecho. Y ya no vi más que tinieblas con mis dos ojos, y me convertí en el ciego que ves, ¡oh - Emir de los Creyentes!
Y al sentirme en aquel estado lamentable, volví en mí de pronto y exclamé, tendiendo los brazos al derviche: "Sálvame de la ceguera, ¡oh hermano mío!" Pero no obtuve ninguna respuesta, y se mantuvo él sordo a mis súplicas y a mis gritos, y le oí poner en marcha los camellos y alejarse, llevándose lo que había sido mi parte y mi destino. Entonces me dejé caer al suelo, y estuve sin conocimiento un largo transcurso de tiempo. Y sin duda habría muerto de dolor y de confusión en aquel sitio, si al día siguiente no me hubiese recogido y traído a Bagdad una caravana que volvía de Bassra.
Y desde entonces, tras de haber visto pasar al alcance de mi mano la fortuna y el poder, me vi reducido a este estado de mendigo por los caminos de la generosidad. Y en mi corazón entró el arrepentimiento por mi avaricia y por lo que abusé de los beneficios del Retribuidor, y para castigarme yo mismo, me impuse la penitencia de una bofetada de mano de toda persona que me diera limosna.
Y tal es mi historia, ¡oh Emir de los Creyentes! Y te la he contado sin ocultar en nada mi impiedad y la bajeza de mis sentimientos. Y heme aquí dispuesto a recibir una bofetada de mano de cada uno de los honorables circunstantes, aunque no sea ése bastante castigo.
¡Pero Alah es infinitamente misericordioso!"
Cuando el califa hubo oído esta historia del ciego, le dijo: "¡Oh Babá-Abdalah! ¡Indudablemente tu crimen es un crimen grande y la avidez de tus ojos una avidez imperdonable! Pero creo que te han redimido ya tu arrepentimiento y tu humildad ante el Misericordioso. Y por eso quiero que en adelante esté asegurada tu vida por cuenta de mi tesorero, para no verte sufrir esa penitencia pública que te has impuesto. Y en consecuencia, el visir del tesoro te dará a diario diez dracmas de moneda mía para tu subsistencia. ¡Y Alah te tenga en Su misericordia!"
Y ordenó que también se entregase igual suma al maestro de escuela lisiado y con la boca hendida, y retuvo junto a él, para tratarlos mejor según se merecía su rango y con toda la magnificencia que acostumbraba, al joven dueño de la yegua blanca, al jeique Hassán y al jinete detrás del cual tocaban aires indios y chinos.

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