Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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75.9 La favorita del Destino

75 Los tragaluces del saber y de la historia      
       75,1 El poeta Doreid, su carácter generoso y su amor por la célebre poetisa Tumadir el Khansa
       75,2 El poeta Find y sus dos hijas guerreras Ofairah los soles y Hoeilah las lunas
       75,3 Aventura amorosa de la princesa Fátima con el poeta Murakisch
       75,4 La venganza del rey Hojjr
       75,5 Los maridos apreciados por sus esposas
       75,6 Omar el separador
       75,7 La cantarina Salamah la azul
       75,8 El parásito
       75,9 La favorita del Destino
       75,10 El collar fúnebre
       75,11 Ishak de Mosul y el aire nuevo
       75,12 Las dos danzarinas
       75,13 La crema de aceite de alfónsigos y la dificultad jurídica resuelta
       75,14 La joven árabe de la fuente
       75,15 El inconveniente de la insistencia





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LA FAVORITA DEL DESTINO

"Cuentan los cronistas y los analistas, que el tercero de los califas abbasidas, el Emir de los Creyentes El-Mahdi, había dejado el trono, al morir, a su hijo mayor Al-Hadi, a quien no quería, y por el cual incluso experimentaba gran aversión. Sin embargo, había especificado bien que, a la muerte de Al-Hadi, el sucesor inmediato debía ser el menor, Harún Al-Raschid, su hijo preferido, y no el hijo mayor de Al-Hadi.
Pero cuando Al-Hadi fué proclamado Emir de los Creyentes, vigiló con envidia y suspicacia crecientes a su hermano Harún Al-Raschid e hizo cuanto pudo por privar a Harún del derecho de sucesión. Pero la madre de Harún, la sagaz y abnegada Khaizarán, no cesó de descubrir todas las intrigas dirigidas contra su hijo. Así es que Al-Hadi acabó por detestarla tanto como a su hermano; y los confundió a ambos en la misma reprobación. Y sólo esperaba una ocasión de hacerles desaparecer.
Entretanto, estaba un día Al-Hadi en sus jardines, sentado bajo una rica cúpula sostenida por ocho columnas, que tenía cuatro entradas, cada una de las cuales miraba a un punto del cielo. Y a sus pies estaba sentada su hermosa esclava favorita Ghader, a la que sólo poseía hacía cuarenta días. Y también se encontraba allí el músico Ishak ben Ibrahim, de Mossul. Y en aquel momento cantaba la favorita acompañada en el laúd por el propio Ishak. Y el califa se agitaba de placer y se le estremecían los pies en el límite del transporte y del entusiasmo. Y afuera caía la noche; y la luna se alzaba entre los árboles; y corría el agua murmuradora a través de las sombras entrecortadas, mientras la brisa le respondía dulcemente.
Y de pronto el califa, cambiando de cara, se ensombreció y frunció las cejas. Y se desvaneció toda su alegría; y los pensamientos de su espíritu tornáronse negros como la estopa en el fondo del tintero. Y tras de un largo silencio, dijo con voz sorda: "A cada cual le está marcado su porvenir. Y no perdura nadie más que el Eterno Viviente". Y de nuevo se sumió en un silencio de mal augurio, que interrumpió de repente, exclamando: "¡Que llamen en seguida a Massrur, el portaalfanje!" Y precisamente aquel mismo Massrur, ejecutor de las venganzas y cóleras califales, había sido el niñero de Al-Raschid y le había llevado en sus brazos y sus hombros. Y llegó al punto a presencia de Al-Hadi, que le dijo: "Ve en seguida al cuarto de mi hermano Al-Raschid, y tráeme su cabeza...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 983ª noche

Ella dijo:
... Y llegó al punto a presencia de Al-Hadi, que le dijo: "Ve en seguida al cuarto de mi hermano Al-Raschid, y tráeme su cabeza".
Al oír estas palabras, que eran la sentencia de muerte de aquel a quien había criado, Massrur quedó estupefacto, aturdido y como herido por el rayo. Y murmuró: "De Alah somos y a El retornaremos". Y acabó por salir, semejante a un hombre ebrio.
Y en el límite de la emoción, fué en busca de la princesa Khaizarán, madre de Al-Hadi y de Harún Al-Raschid. Y le vió ella azorado y trastornado, y le preguntó: "¿Qué hay ¡oh Massrur!? ¿Qué ha sucedido para que vengas aquí a hora tardía de la noche? Dime qué te pasa". Y Massrur contestó: "¡Oh mi señora! ¡no hay recurso ni fuerza más que en Alah el Todopoderoso! He aquí que nuestro amo el califa Al-Hadi, tu hijo, acaba de darme esta orden: "Ve en seguida al cuarto de mi hermano Al-Raschid, y tráeme su cabeza".
Y al oír estas palabras del portaalfanje, Khaizarán se sintió llena de terror; y se albergó en su alma el espanto; y la emoción le apretó el corazón hasta romperle. Y bajó la cabeza y se recogió en sí misma un instante. Luego dijo a Massrur: "Ve inmediatamente al cuarto de mi hijo Al-Raschid, y tráele aquí contigo". Y Massrur contestó con el oído y la obediencia, y partió.
Y entró en el aposento de Harún. Y en aquel momento Harún estaba ya desnudo en el lecho, con las piernas debajo de la manta. Y Massrur le dijo atropelladamente: "Levántate, en nombre de Alah, ¡oh mi señor! y ven conmigo inmediatamente al cuarto de tu madre, mi señora, que te llama". Y Al-Raschid se levantó, y vistiéndose de prisa, pasó con Massrur al aposento de Sett Khaizarán.
En cuanto ella vió a su hijo preferido, se levantó y corrió a él y le besó, sin decir una palabra, y le empujó a una pequeña habitación disimulada, cerrando la puerta tras él, que ni siquiera pensó en protestar o en pedir la menor explicación.
Y hecho esto, Sett Khaizarán envió a buscar en sus casas, donde estarían durmiendo, a los emires y a los principales personajes del palacio califal. Y cuando estuvieron todos reunidos en las habitaciones de ella, la princesa, desde detrás de la cortina del harén, les dirigió estas sencillas palabras: "En nombre de Alah el Todopoderoso, el Altísimo, y en nombre de su Profeta bendito, os pregunto si oísteis decir alguna vez que mi hijo Al-Raschid haya estado en connivencia, relación o trato con los enemigos de la autoridad califal o con los heréticos Zanadik, o que alguna vez haya tratado de hacer la menor tentativa de insubordinación o rebeldía contra su soberano Al-Hadi, hijo mío y señor vuestro".
Y todos contestaron con unanimidad: "No, jamás".
Y Khaizarán repuso al punto: "Pues bien; sabed que al presente, ahora mismo, mi hijo Al-Hadi pide la cabeza de su hermano Al-Raschid. ¿Podéis explicarme por qué motivo?" Y los presentes quedaron tan aterrados y espantados, que ninguno de ellos osó articular una palabra. Pero el visir Rabiah se levantó y dijo al portaalfanje Massrur: "Ve en esta hora y en este instante a presentarte entre las manos del califa. Y cuando, al verte, te pregunte: "¿Has acabado?", le responderás: "Nuestro señora Khaizarán, tu madre, esposa de tu difunto padre AlMahdi, madre de tu hermano, me ha sorprendido cuando yo me precipitaba sobre Al-Raschid; y me ha detenido y me ha rechazado. Y heme aquí ante ti, sin haber podido ejecutar tu orden".
Y Massrur salió y al punto se presentó al califa.
Y en cuanto le vió Al-Hadi, le dijo: "Está bien, ¿dónde está lo que te he pedido?" Y Massrur contestó: "¡Oh mi señor! mi señora la princesa Khaizarán me ha sorprendido abalanzándome sobre tu hermano Al-Raschid; y me ha detenido, y me ha rechazado, y me ha impedido cumplir mi misión".
Y el califa, en el límite de la indignación, se levantó y dijo a Ishak y a la cantarina Ghader: "Seguid en el sitio en donde estáis, y esperad a que vuelva yo".
Y llegó a las habitaciones de su madre Khaizarán y vió a todos los dignatarios y emires congregados allí. Y al verle, la princesa se puso en pie; y los personajes que estaban con ella también se levantaron. Y el califa, encarándose con su madre, le dijo con voz sofocada por la cólera: "¿Por qué, cuando yo quiero y ordeno una cosa, te opones a mis voluntades?". Y Khaizarán exclamó "¡Alah me preserve, ¡oh Emir de los Creyentes! de oponerme a ninguna de tus voluntades! Sin embargo, deseo solamente que me indiques por qué motivo exiges la muerte de mi hijo Al-Raschid. Es tu hermano y sangre tuya; es, como tú, alma y vida de tu padre". Y Al-Hadi contestó: "Puesto que quieres saberlo, sabe que deseo desembarazarme de Al-Raschid a causa de un sueño que he tenido la noche última y que me ha penetrado de espanto.
Porque en ese sueño he visto a Al-Raschid sentado en el trono, en mi lugar. Y junto a él estaba mi esclava favorita Ghader; y él bebía y jugueteaba con ella. Y como amo mi soberanía, mi trono y mi favorita, no quiero ver por más tiempo a mi lado, viviendo sin cesar junto a mí como una calamidad, a tan peligroso rival, aunque sea hermano mío".
Y Khaizarán le contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ésas son ilusiones y falsedades del sueño, malas visiones ocasionadas por los manjares ardientes. ¡Oh hijo mío! casi nunca resulta verídico un sueño". Y continuó hablándole de tal suerte, aprobada por las miradas de los presentes. Y se dió tanta maña, que consiguió calmar a Al-Hadi y desvanecer sus temores. Y entonces hizo aparecer a Al-Raschid, y le hizo prestar juramento de que jamás había abrigado en la imaginación el menor proyecto de rebeldía o la menor ambición, y de que jamás intentaría nada contra la autoridad califal.
Y después de estas explicaciones, desapareció la cólera de Al-Hadi. Y se volvió a la cúpula, donde había dejado a su favorita con Ishak. Y despidió al músico y se quedó solo con la bella Ghader, divirtiéndose, regocijándose y dejándose penetrar por las delicias mezcladas de la noche y del amor. Y he aquí que de repente sintió un fuerte dolor en la planta de un pie. Y al punto se llevó la mano al sitio dolorido que le desazonaba, y se rascó. Y en algunos instantes formóse allí un pequeño tumor, que aumentó, hasta tener el volumen de una avellana. Y se le irritó, produciéndole desazones intolerables. Y se lo rascó él de nuevo; y aumentó hasta tener el volumen de una nuez, y acabó por reventársele. Y al punto Al-Hadi cayó de espaldas, muerto.
La causa de aquello fué que Khaizarán, en los pocos instantes que estuvo el califa con ella, después de la reconciliación, le había dado a beber un sorbete de tamarindo, que contenía la sentencia del Destino.
El primero que se enteró de la muerte de Al-Hadi fué precisamente el eunuco Massrur. E inmediatamente corrió a ver a la princesa Khaizarán, y le dijo: "¡Oh madre del califa! ¡Alah prolongue tus días! Mi señor Al-Hadi acaba de morir". Y Khaizarán le dijo: "Está bien. Pero ¡oh Massrur! guarda secreto sobre esta noticia y no divulgues este acontecimiento súbito. Y ahora ve cuando antes en busca de mi hijo Al-Raschid, y tráemele".
Y Massrur fué en busca de Al-Raschid, y le encontró acostado. Y le despertó, diciéndole: "¡Oh mi señor! mi señora te llama al instante". Y Al-Raschid exclamó, trastornado: "¡Por Alah! mi hermano Al-Hadi le habrá vuelto a hablar en contra mía, y le habrá revelado algún complot tramado por mí, y del que jamás haya tenido yo idea".
Pero Massrur le interrumpió, diciéndole: "¡Oh Harún! levántate en seguida y sígueme. Calma tu corazón y refresca tus ojos, porque todo va por buen camino, y no encontrarás más que éxitos y alegría.
Acto seguido, Harún se levantó y se vistió. Y al punto Massrur se prosternó ante él, y besando la tierra entre sus manos, exclamó: "La zalema contigo oh Emir de los Creyentes, imán de los servidores de la fe, califa de Alah en la tierra, defensor de la ley santa y de lo impuesto por ella!"
Y Harún, lleno de asombro y de incertidumbre, le preguntó: "¿Qué significan esas palabras, ¡oh Massrur!? Hace un momento me llamabas por mi nombre sencillamente; y al presente me das el título de Emir de los Creyentes. ¿A qué debo atribuir estas palabras contradictorias y un cambio de lenguaje tan imprevisto?".
Y Massrur contestó: "¡Oh mi señor! ¡toda vida tiene su destino y toda existencia su término! Alah prolongue tus días, pues tu hermano acaba de expirar…

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 984ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh mi señor! ¡toda vida tiene su destino y toda existencia su término! Alah prolongue tus días, pues tu hermano acaba de expirar". Y dijo Al-Raschid: "Alah le tenga en su piedad". Y se apresuró a ponerse en marcha, ya sin temor ni preocupación, entró en el cuarto de su madre, que exclamó al verle: "¡Alegría y dicha! ¡Dicha y alegría al Emir de los Creyentes!". Y se puso de pie, y le echó el manto califal, y le entregó el cetro, el sello supremo y las insignias del poderío. Y en el mismo momento entró el jefe de los eunucos del harén, que dijo a Al-Raschid: "¡Oh señor nuestro! recibe una noticia dichosa, pues acaba de nacerte un hijo de tu esclava Marahil". Y Harún entonces dejó exteriorizarse su doble júbilo, y dió a su hijo el nombre de Abdalah con el sobrenombre de Al-Mamún.
Y antes del nuevo día fueron conocidos por la población de Bagdad la muerte de Al-Hadi y el advenimiento de Al-Raschid al trono califal. Y Harún, en medio del aparato de la soberanía, recibió el juramento de obediencia de los emires, de los notables y del pueblo reunidos. Y aquel mismo día elevó al visirato a El-Fadl y a Giafar, ambos hijos de Yahia el Barmakida. Y todas las provincias y comarcas del Imperio, y todos los pueblos islámicos, árabes y no árabes, turcos y deylamidas, reconocieron la autoridad del nuevo califa y le juraron obediencia. Y comenzó su reinado en la prosperidad y la magnificencia, y se asentó, brillante, en su reciente gloria y en su poderío.
En cuanto a la favorita Ghader, entre los brazos de la cual había expirado Al-Hadi, he aquí lo que aconteció.
La misma tarde de su elevación al trono, Al-Raschid, que tenía noticia de la belleza de Ghader quiso verla y posar en ella sus primeras miradas. Y le dijo: "Deseo ¡oh Ghader! que visitemos juntos tú y yo el jardín y la cúpula donde mi hermano Al-Hadi (¡Alah le tenga en Su piedad!) gustaba de alegrarse y descansar". Y Ghader, vestida ya con trajes de luto, bajó la cabeza y contestó: "Soy la esclava sumisa del Emir de los Creyentes". Y se retiró un instante para quitarse los vestidos de luto y reemplazarlos por los atavíos convenientes. Luego entró en la cúpula, donde Harún la hizo sentarse a su lado. Y permanecía con los ojos fijos en aquella magnífica joven, sin dejar de admirar su gracia. Y su pecho respiraba ampliamente con alegría, y su corazón se holgaba. Luego, cuando sirvieron los vinos que gustaban a Harún, Ghader se negó a beber la copa que le brindaba el califa.
Y le preguntó él, asombrado: "¿Por qué lo rehúsas?". Ella contestó: "El vino sin la música pierde la mitad de su generosidad. Tendría gusto, por tanto, en ver junto a nosotros, haciéndonos armoniosa compañía, al admirable Ishak, hijo de Ibrahim". Y Al-Raschid contestó: "No hay inconveniente". Al punto envió a Massrur en busca del músico, que no tardó en llegar. Y besó la tierra entre las manos del califa, y le rindió homenaje. Y a una seña de Al-Raschid se sentó enfrente de la favorita.
Y a la sazón pasó la copa de mano en mano; y de tal suerte se continuó hasta que fué noche cerrada. Y de repente, cuando el vino hubo fermentado en las razones, exclamó Ishak: "¡Oh! ¡eterna alabanza para El que cambia a Su antojo los acontecimientos y dirige su curso y vicisitudes!". Y Al-Raschid le preguntó: "¿En qué piensas ¡oh hijo de Ibrahim! para prorrumpir en esas exclamaciones?".
Y contestó Ishak: "¡Ay! ¡oh mi señor! ayer a esta hora, tu hermano se asomaba a la ventana de esta cúpula, y a la luz de la luna, semejante a una desposada, miraba cómo huían las aguas murmuradoras suspirando con dulces y ligeras voces de cantarinas nocturnas. Y ante el espectáculo de la felicidad aparente, se espantó de su destino. Y quiso brindarte el brebaje de la humillación".
Y Al-Raschid dijo: "¡Oh hijo de Ibrahim! la vida de las criaturas está escrita en el libro del Destino. ¿Acaso habría podido arrebatarme la vida, si no estuviera decretado el término de ésta?". Y se encaró con la bella Ghader, y le dijo: "Y tú, ¡oh joven! ¿qué dices?".
Y Ghader tomó su laúd, y preludió, y con voz profundamente conmovida cantó estos versos:
¡La vida del hombre tiene dos vidas: una límpida y otra turbia! ¡El tiempo tiene dos clases de días: días de seguridad y días de peligro!
¡No te fíes ni del tiempo ni de la vida, porque a los días más límpidos suceden días turbios y sombríos!
Y al acabar estos versos, la favorita de Al-Hadi desfalleció de pronto y cayó sin conocimiento ni movimiento, dando con la cabeza en el suelo. Y la socorrieron y la movieron. Pero ya no existía, refugiada en el seno del Altísimo. Y dijo Ishak: "¡Oh mi señor! amaba al difunto. Y a lo menos a que aspira el amor es a esperar a que el enterrador acabe de cavar la tumba. ¡Alah extienda Sus misericordias sobre Al-Hadi, sobre su favorita y sobre todos los musulmanes!".
Y de los ojos de Al-Raschid cayó una lágrima. Y ordenó lavar el cuerpo de la muerta y depositarlo en la propia tumba de Al-Hadi. Y dijo: "¡Sí! ¡Alah extienda Sus misericordias sobre Al-Hadi, sobre su favorita y sobre todos los musulmanes!".

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