Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

Si desea escuchar noche por noche vaya a
http://www.1001noches.co/

75.7 La cantarina Salamah la azul

75 Los tragaluces del saber y de la historia      
       75,1 El poeta Doreid, su carácter generoso y su amor por la célebre poetisa Tumadir el Khansa
       75,2 El poeta Find y sus dos hijas guerreras Ofairah los soles y Hoeilah las lunas
       75,3 Aventura amorosa de la princesa Fátima con el poeta Murakisch
       75,4 La venganza del rey Hojjr
       75,5 Los maridos apreciados por sus esposas
       75,6 Omar el separador
       75,7 La cantarina Salamah la azul
       75,8 El parásito
       75,9 La favorita del Destino
       75,10 El collar fúnebre
       75,11 Ishak de Mosul y el aire nuevo
       75,12 Las dos danzarinas
       75,13 La crema de aceite de alfónsigos y la dificultad jurídica resuelta
       75,14 La joven árabe de la fuente
       75,15 El inconveniente de la insistencia





La cantarina Salamah la azul - Descargar MP3

LA CANTARINA SALAMAH LA AZUL

Y dijo:
"El hermoso poeta, músico y cantor Mohammad el Kúfico, cuenta esto:
"Jamás tuve, entre las jóvenes y las esclavas a quienes daba lecciones de música y de canto, una discípula más bella, más viva, más seductora, más espiritual y mejor dotada que Salamah la Azul. Llamábamos la Azul a esta joven morena, porque en su labio había una encantadora sombra de bozo azulado, semejante a un pequeño trazo de almizcle que hubiera paseado por allí graciosamente una pluma de escriba experto o la mano ligera de un iluminador. Y cuando yo le daba lección, era ella muy jovencita, una jovenzuela recientemente desarrollada, con dos pechitos incipientes que alzaban y separaban un poco su ligero vestido, alejándole del seno. Y al mirarla arrebataba; era para trastornar el espíritu, deslumbrar los ojos, quitar la razón. Y cuando iba ella a una reunión, aunque la compusiesen las más renombradas bellezas de Kufah, no había miradas más que para Salamah; y bastaba que apareciese ella para que se exclamase: "¡Ah! Ahí está la Azul". Y se la amó apasionadamente, hasta la locura, pero sin objeto, por todos los que la conocían y por mí  mismo. Y aunque era mi discípula, yo era para ella un humilde súbdito, un servidor obediente, un esclavo a sus órdenes. Y si me hubiera pedido orchilla humana habría ido yo a buscarla en todos los cráneos de ahorcados, en todos los huesos mohosos del mundo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 981ª noche

Ella dijo:
... Y si me hubiera pedido orchilla humana, habría ido yo a buscarla en todos los cráneos de ahorcados, en todos los huesos mohosos del mundo.
Y precisamente compuse, en recuerdo suyo, la música y palabras de este canto, cuando su amo Ibn Ghamín partió para la peregrinación, llevándola consigo, así como a sus demás esclavas.
¡Oh Ibn Ghamín! ¡qué penoso estado el de un amante desdichado a quien has dejado muerto, aunque viva todavía!
¡Les has dado en su brebaje las dos amarguras más terribles coloquíntida y ajenjo!
¡Oh camellero del Yemen que conduces la caravana! ¡me has herido, hombre siniestro!
¡Has separado corazones como jamás se han visto y los has consternado con tu aspecto de búfalo salvaje!
Pero, aun con toda mi pena de amor, mi suerte, a pesar de todo, no es comparable en negrura a la de otro enamorado de la Azul, Yezid ben Auf, el cambista.
Un día, en efecto, el amo de Salamah le dijo: "¡Oh Azul! entre todos los que te amaron sin resultado, ¿hay alguno que haya obtenido de ti una cita secreta o un beso? Dímelo, sin ocultarme la verdad". Y a esta pregunta inesperada, temerosa de que su amo se hubiese informado hacía poco de alguna pequeña licencia que ella se permitiera en presencia de testigos indiscretos, Salamah contestó: "No, indudablemente nadie ha obtenido de mí nada, excepto Yezid ben Auf el cambista. Y aun ése no ha hecho más que besarme una sola vez. Pero accedí a darle ese beso, sólo porque entonces me había deslizado en la boca, a cambio del beso, dos perlas magníficas que vendí en ochenta mil dracmas".
Al oír aquello, el amo de Salamah dijo sencillamente: "Está bien". Y sin añadir una palabra más, de tanto como sentía penetrarle en el alma la cólera celosa, se dedicó a la busca de Yezid ben Auf, le siguió hasta que le tuvo al alcance de su mano en ocasión oportuna, y le hizo morir a latigazos.
Por lo que respecta a las circunstancias en que había sido dado a Yezid aquel beso único y funesto de la Azul, helas aquí.
Iba yo un día, como de costumbre, a casa de Ibn Ghamín, para dar a Azul una lección de canto, cuando me encontré en el camino a Yezid ben Auf. Y después de las zalemas, le dije: "¿Adónde vas, ¡oh Yezid! tan bien vestido?" Y me contestó: "Adonde vas tú". Y dije: "¡Perfectamente! Vamos".
Y cuando llegamos y entramos en la morada de Ibn Ghamín, nos sentamos en la sala de reunión. Y en seguida apareció Azul, vestida con una manteleta anaranjada y un soberbio caftán rosa. Y creímos ver el sol ígneo alzándose entre la cabeza y los pies de la deslumbradora cantarina. Y la seguía la joven esclava, que llevaba la tiorba.
Y la Azul cantó, bajo mi dirección, por un método nuevo que yo le había enseñado. Y su voz era rica, grave, profunda y conmovedora. Y en un momento dado, su amo se excusó con nosotros, y nos dejó solos, a fin de ir a dar órdenes para la comida. Y Yezid, arrebatado su corazón de amor por la cantarina, se acercó a ella, implorándola con la mirada. Y ella pareció animarse, y sin dejar de cantar, le dió la respuesta en una mirada. Y enervado con aquella mirada, Yezid buscó con la mano en su vestido, sacó dos perlas magníficas que no tenían hermanas, y dijo a Salamah, que dejó de cantar por un momento: "Mira, ¡oh Azul! Estas dos perlas han sido pagadas por mí hoy mismo en sesenta mil dracmas. Si tú quisieras, te pertenecerían". Ella contestó: "¿Y qué quieres que haga para complacerte?" El contestó: "Que cantes para mí".
Entonces Salamah, tras de llevarse la mano a la frente en señal de aquiescencia, templó el instrumento, y cantó los versos siguientes, compuestos por ella, música y canto, con el ritmo grave, ligero y primero, que tiene por tónica el tono simple de la cuerda del dedo anular:
¡Salamah la Azul ha herido mi corazón con una herida tan duradera como la duración de los tiempos!
¡La ciencia más hábil del mundo no podría cerrarla! Porque no se cierra en el fondo del corazón una herida de amor.
¡Salamah la Azul ha herido mi corazón! ¡Oh musulmanes, venid en mi socorro!
Y tras de cantar esta melodía arrebatadora de ternura, mirando a Yezid, añadió: "Está bien; dame a tu vez ahora lo que tienes que darme". Y dijo él: "Ciertamente, quiero lo que tú quieras. Pero escucha, ¡oh Azul! He jurado con un juramento que obliga a mi conciencia -y todo juramento es sagrado- que no daré estas dos perlas más que pasándolas de mis labios a tus labios". Y al oír estas palabras de Yezid, la esclava de Salamah, enfadada, se levantó con viveza y con la mano alzada para amonestar al enamorado. Pero yo la detuve por el brazo, y le dije, para disuadirla de mezclarse en el asunto: "Estate quieta, ¡oh joven! y déjalos. Están regateando, como ves, y cada cual quiere sacar provecho con las menos pérdidas posibles. No los molestes".
En cuanto a Salamah, se echó a reir al oír a Yezid manifestar aquel deseo. Y decidiéndose de pronto, le dijo: "Pues bien, ¡sea! Dame esas perlas del modo que quieras". Y Yezid empezó a avanzar hacia ella, andando con las rodillas y las manos, y llevando entre los labios las dos magníficas perlas. Y Salamah, lanzando ligeros gritos de susto, empezó a retroceder por su parte, recogiéndose las ropas y evitando el contacto de Yezid. Y se alejaba corriendo a derecha y a izquierda, y volvía a su sitio, sofocada, provocando con ello más numerosas intentonas por parte de Yezid y más numerosas coqueterías. Y aquel juego duró bastante tiempo. Pero como, a pesar de todo, había que conquistar las perlas en las condiciones aceptadas, Salamah hizo una seña a su esclava, quien se arrojó sobre Yezid de improviso, le cogió por los hombros, y le retuvo en su sitio. Y tras de probar con aquel manejo que estaba victoriosa y no vencida, Salamah fué por sí misma, un poco confusa y con sudor en la frente, a tomar con sus lindos labios las perlas magníficas aprisionadas entre los labios de Yezid, que las trocó así por un beso. Y en cuanto las tuvo en su poder, recobrando en seguida su aplomo, Salamah dijo a Yezid, riendo: "¡Por Alah! hete aquí vencido de todas maneras, con el sable sepultado en los riñones". Y Yezid contestó, cortés: "Por tu vida, ¡oh Azul! no me preocupa mi vencimiento. ¡El perfume delicioso que recogí en tus labios me quedará en el corazón, mientras viva, como un aroma eterno!
¡Alah tenga en su compasión a Yezid ben Auf! Murió mártir del amor".

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Con la tecnología de Blogger.