Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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75.5 Los maridos apreciados por sus esposas

75 Los tragaluces del saber y de la historia      
       75,1 El poeta Doreid, su carácter generoso y su amor por la célebre poetisa Tumadir el Khansa
       75,2 El poeta Find y sus dos hijas guerreras Ofairah los soles y Hoeilah las lunas
       75,3 Aventura amorosa de la princesa Fátima con el poeta Murakisch
       75,4 La venganza del rey Hojjr
       75,5 Los maridos apreciados por sus esposas
       75,6 Omar el separador
       75,7 La cantarina Salamah la azul
       75,8 El parásito
       75,9 La favorita del Destino
       75,10 El collar fúnebre
       75,11 Ishak de Mosul y el aire nuevo
       75,12 Las dos danzarinas
       75,13 La crema de aceite de alfónsigos y la dificultad jurídica resuelta
       75,14 La joven árabe de la fuente
       75,15 El inconveniente de la insistencia





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LOS MARIDOS APRECIADOS POR SUS ESPOSAS
Un día entre los días, se habían reunido a mi morada unas nobles mujeres yemenitas. Y acordaron por juramento decirse con toda verdad, y sin disimular nada, cómo eran sus esposos, buenos o malos.
Y la primera tomó la palabra y dijo: "¿Mi hombre?, es feo e inabordable, semejante a una ración pesada de camello encaramada en la cumbre de una montaña de difícil acceso. Y además, tan delgado y tan seco, que no debe tener en los huesos ni un hilo de médula. ¡Una esterilla usada!"
Y la segunda mujer yemenita dijo: "Del mío, realmente, no debía decir ni una palabra. Porque sólo hablar de él me repugna. Es un animal intratable, y por una palabra que yo le responda, en seguida me amenaza con repudiarme; y si me callo, me zarandea y me tiene como si me llevara en la punta de un hierro de lanza."
Y la tercera dijo: "Por lo que a mí respecta, he aquí a mi encantador marido: si come, lame hasta el fondo de los platos; si bebe, chupa hasta la última gota; si se acurruca, se encoge y salta sobre sí mismo como una pelota; y si ocurre que tiene que matar a algún animal para sustentarnos, mata siempre al más seco y descarnado. En cuanto a lo demás, nada absolutamente: no deslizará su mano sobre mí ni siquiera para saber sólo cómo estoy."
Y la cuarta dijo: "¡Alejado sea el hijo de mi tío! ¡Es una mole que pesa sobre mis ojos y sobre mi corazón de noche y de día! Un conjunto de defectos, extravagancias y locuras. Por cualquier cosa le da a una un golpe en la cabeza, o le apunta y desgarra el vientre, o se abalanza a una, o pega, pincha y hiere al mismo tiempo. ¡Así se muera lobo tan peligroso!"
Y la quinta dijo: "¡Oh!, mi esposo es bueno y hermoso como una buena noche entre las noches de Tihamah, generoso como la generosa lluvia de las nubes, y honrado y temido de todos nuestros guerreros. Cuando sale, es un león magnífico y vigoroso. Es magnánimo, y su generosidad hace que la ceniza de su hogar, abierto a todos, sea siempre abundante. La columna de su nombre es alta y gloriosa. Sobrio, se sobrepone a su hambre en una noche de festín; vigilante, no duerme nunca en noche de peligro; hospitalario, ha establecido su morada muy cerca de la plaza pública para recoger viajeros. ¡Oh! ¡cuán grandioso y hermoso es, cuán encantador! Tiene la piel suave y blanca, como una seda de conejo que os cosquillea deliciosamente. Y el perfume de su aliento es el aroma leve del zarnab. Y no obstante su fuerza y poderío, obro a mi antojo con él".
La sexta dama yemenita, por último, sonrió dulcemente y dijo a su vez: "¡Oh! mi marido es Malik Abu-Zar, el excelente Abu-Zar, conocido de todas nuestras tribus. Me conoció siendo yo hija de una familia pobre que vivía con apuro y estrechez, y me condujo a su tienda de hermosos colores, y me enriqueció las orejas con preciosas arracadas, el pecho con hermosos adornos, las manos y los tobillos con hermosas pulseras, y los brazos con robustas redondeces. Me ha honrado como a esposa, y me ha llevado a una morada donde resuenan sin cesar las vivaces canciones de las tiorbas, donde chispean las hermosas lanzas samharianas de mástiles derechos, donde sin cesar se oyen los relinchos de las yeguas, los gruñidos de las camellas reunidas en parques inmensos, el ruido de la gente que pisa y apalea el grano, los gritos confundidos de veinte rebaños. Al lado suyo, hablo a mi antojo, y jamás me reprende ni me censura. Si me acuesto, no me deja jamás en la sequía; si me duermo, me deja hasta muy tarde. Y ha fecundado mis flancos, y me ha dado un hijo, ¡qué admirable hijo! tan pequeño, que su boquirrita parece el intersticio que deja vacío un junquillo arrancado del tejido de la estera; tan bien educado, que bastaría a su apetito lo que un cabrito pace de un bocado; tan encantador, que cuando anda y se balancea con tanta gracia en los anillos de su pequeña cota de malla, arrebata la razón de los que le miran. ¡Y la hija que me ha dado Abu-Zar es deliciosa, sí, es deliciosa la hija de Abu-Zar! Es el orgullo de la tribu. Está tan regordeta, que llena por completo su vestido, apretada en su mantellina como una trenza de cabellos; tiene el vientre tan formado y sin prominencias; el talle, delicado y ondulante bajo la mantellina; la grupa, rica y desarrollada; el brazo, redondito; los ojos, grandes y muy abiertos; las pupilas, de un negro oscuro; las cejas, finas y graciosamente arqueadas; la nariz, ligeramente arremangada como la punta de un sable suntuoso; la boca, bonita y sincera; las manos lindas y generosas; la alegría franca y vivaracha; la conversación, fresca como la sombra; el soplo de su aliento, más dulce que la seda y más embalsamado que el almizcle que nos transporta el alma. ¡Ah! ¡que el cielo me conserve a Abu-Zar, y al hijo de Abu-Zar, y a la hija de Abu-Zar! ¡Que los conserve para mi ternura y mi alegría!"
Cuando hubo hablado así la sexta dama yemenita, di las gracias a todas por haberme proporcionado el placer de escucharlas, y a mi vez, tomé la palabra, y les dije: "¡Oh hermanas mías! ¡Alah el Altísimo nos conserve al Profeta bendito! Me es más caro que la sangre de mi padre y de mi madre...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 978ª noche

Ella dijo:
"¡... Oh hermanas mías! ¡Alah el Altísimo nos conserve al Profeta bendito! Me es más caro que la sangre de mi padre y de mi madre. Pero mi boca no es lo bastante pura, ciertamente, para cantar sus alabanzas. Por eso me contentaré con repetiros sólo lo que una vez me dijo con respecto a nosotras, las mujeres, que en la gehenna somos los tizones más numerosos que el fuego devora. En efecto, un día en que yo le rogaba me diera consejos y palabras que me encaminasen al cielo, me dijo:
"¡Oh Aischah, mi querida Aischah! Ojalá las mujeres de los musulmanes se observaran y velaran por sí mismas, tuvieran paciencia en la pena, agradecimiento en el bienestar, dieran a sus maridos numerosos hijos, los rodearan de consideraciones y cuidados, y no desdeñaran nunca los beneficios que Alah prodiga por mediación de ellos. Porque ¡oh mi bienamada Aischah! el Retribuidor niega Su misericordia a la mujer que ha desdeñado Sus bondades. Y la que, fijando miradas insolentes en su marido, diga delante o detrás de él: "¡Qué cara tan fea tienes! ¡qué repugnante eres, antipático ser!", a esa mujer ¡oh Aischah! le torcerá los ojos y la dejará bizca, le alargará y deformará el cuerpo, la hará pesada o innoble, convirtiéndola en masa repelente de carne fofa, suciamente acurrucada sobre su base de carnes ajadas, flácidas y colgantes. Y la mujer que, en la cama conyugal o en otra parte, se muestra hostil a su marido, o le irrita con palabras agrias, o provoca su mal humor, ¡oh! A esa el Retribuidor, en el día del Juicio, le estirará la lengua sesenta codos, hasta dejarla convertida en una sucia correhuela carnosa, que se enrollará al cuello de la culpable, hecha carne horrible y lívida. Pero ¡oh Aischah! la mujer virtuosa que no turba jamás la tranquilidad de su marido, que nunca pasa la noche fuera de su casa sin permiso, que no se emperifolla con vestiduras rebuscadas y velos preciosos, que no se pone anillas preciosas en brazos y piernas, que jamás trata de atraer las miradas de los creyentes, que es bella con la belleza natural puesta en ella por su Creador, que es dulce en palabras, rica en buenas obras, respetuosa y diligente para su marido, tierna y amante para sus hijos, buena consejera para su vecina y benévola para toda criatura de Alah, ¡oh! ¡oh! ¡esa, mi querida Aischah, entrará en el paraíso con los profetas y los elegidos del Señor!"
Y exclamé, toda conmovida: "¡Oh Profeta de Alah! ¡me eres más caro que la sangre de mi padre y de mi madre!"

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