Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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75.10 El collar fúnebre

75 Los tragaluces del saber y de la historia      
       75,1 El poeta Doreid, su carácter generoso y su amor por la célebre poetisa Tumadir el Khansa
       75,2 El poeta Find y sus dos hijas guerreras Ofairah los soles y Hoeilah las lunas
       75,3 Aventura amorosa de la princesa Fátima con el poeta Murakisch
       75,4 La venganza del rey Hojjr
       75,5 Los maridos apreciados por sus esposas
       75,6 Omar el separador
       75,7 La cantarina Salamah la azul
       75,8 El parásito
       75,9 La favorita del Destino
       75,10 El collar fúnebre
       75,11 Ishak de Mosul y el aire nuevo
       75,12 Las dos danzarinas
       75,13 La crema de aceite de alfónsigos y la dificultad jurídica resuelta
       75,14 La joven árabe de la fuente
       75,15 El inconveniente de la insistencia





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EL COLLAR FÚNEBRE

Y dijo:
"Un día en que el califa Harún Al-Raschid había oído encomiar el talento del músico cantor Hachem ben Soleimán, envió a buscarle. Y cuando introdujeron al cantor Harún le hizo sentarse delante de él y le rogó que le dejase oír alguna composición suya. Y Hachem cantó una cantinela de tres versos con tanto arte y tan hermosa voz, que el califa exclamó, en el límite del entusiasmo y del arrebato: "Has estado admirable, ¡oh hijo de Soleimán! ¡Alah bendiga el alma de tu padre!". Y lleno de gratitud, se quitó del cuello un magnífico collar enriquecido de esmeraldas y colgantes tan gordos como peras almizcladas, y lo puso en el cuello del cantor.
Y al contemplar aquella joya, Hachem, lejos de mostrarse satisfecho y alegre, nubló sus ojos con lágrimas. Y la tristeza anidó en su corazón e hizo amarillear su rostro...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 985ª noche

Ella dijo:
... Y al contemplar aquella joya, Hachem, lejos de mostrarse satisfecho y alegre, nubló sus ojos con lágrimas. Y la tristeza anidó en su corazón e hizo amarillear su rostro. Y Harún, que ni por asomo esperaba tal manifestación, se mostró muy sorprendido, y creyó que la joya no era del gusto del músico. Y le preguntó: "¿A qué vienen esas lágrimas y esa tristeza ¡oh Hachem!? Y si no te agrada ese collar, ¿por qué guardas un silencio molesto para mí y para ti?". Y el músico contestó: "¡Alah aumente Sus favores sobre la cabeza del más generoso de los reyes! Pero el motivo que hace correr lágrimas y abruma de tristeza mi corazón no es lo que tú crees, ¡oh mi señor! Y si me lo permites, te contaré la historia de este collar, y el porqué de que su vista me haya sumido en el estado en que me ves". Y Harún contestó: "Claro que te lo permito. Porque debe ser asombrosa en extremo la historia de ese collar que poseo como herencia de mis padres. Y tengo mucha curiosidad por saber lo que acerca de ello conoces tú y yo ignoro".
"Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que el incidente relativo a este collar data del tiempo de mi primera juventud. En aquella época vivía yo en el país de Scham, que es la patria de mi cabeza, el sitio donde nací.
"Una tarde, a la hora del crepúsculo, me paseaba a orillas de un lago, e iba vestido con el traje de los árabes del desierto de Scham, y con el rostro cubierto hasta cerca de los ojos por el litham. Y he aquí que me encontré con un hombre magníficamente vestido, acompañado, contra toda costumbre, por dos jóvenes soberbias, de una elegancia rara, que, a juzgar por los instrumentos musicales que llevaban, sin duda alguna eran cantarinas. Y de pronto reconocí en aquel paseante al califa El-Walid segundo de este nombre, que había dejado Damasco, su capital, para ir a cazar gacelas en nuestros parajes, por el lado del lago de Tabariah.
"Y por su parte, el califa, al verme, se encaró con sus acompañantes, y les dijo, sin querer que le oyesen más que ellas: "He ahí un árabe que llega del desierto, tan lleno de grosería y salvajismo. ¡Por Alah! voy a llamarle para que nos haga compañía y nos divirtamos un poco a costa suya". Y me hizo señas con la mano. Y cuando me acerqué, me mandó sentarme en la hierba, a su lado, enfrente de las dos cantarinas. "Y he aquí que, por deseo del califa, que ni por asomo me conocía ni me había visto nunca, una de las jóvenes acordó su laúd, y con voz emocionante cantó una melopea compuesta por mí. Pero a pesar de toda su habilidad, cometió algunos errores ligeros, y hasta truncó el aire en varios pasajes. Y yo, no obstante la actitud reservada que me había impuesto, precisamente para no atraer sobre mí las chanzas a que el califa estaba dispuesto, no pude por menos de exclamar, dirigiéndome a la cantarina: "¡Te has equivocado, ¡oh mi señora! te has equivocado!".
Y al oír mis observaciones, la joven se echó a reír con una risa burlona, y dijo, encarándose con el califa: "Ya has oído ¡oh Emir de los Creyentes! lo que acaba de decirnos este árabe beduino conductor de camellos. ¡No teme acusarnos de error el insolente!". Y El-Walid me miró con un aire burlón y disconforme a la vez, y me dijo: "¿Es en tu tribu ¡oh beduíno! donde te han enseñado el canto y el tañer delicado de los instrumentos musicales?". Y me incliné respetuosamente y contesté: "No, por tu vida, ¡oh Emir de los Creyentes! Pero, si no te opones, voy a probar a esta admirable cantarina que, a pesar de todo su arte, ha cometido algunos errores de ejecución". Y habiéndomelo permitido El-Walid, para ver qué hacía, dije a la joven: "Aprieta un cuarto la segunda cuerda y afloja otro tanto la cuarta. Y empieza el tono grave de la melodía. Y verás entonces cómo se resienten la expresión y el colorido de tu canto, y cómo algunos pasajes que has truncado ligeramente se resuelven por sí mismos".
"Y sorprendida al ver a un beduíno hablar de esta manera, la joven cantarina acordó su laúd en el tono que le indiqué, y recomenzó su canto. Y salió tan hermoso y tan perfecto, que ella misma quedó profundamente conmovida y asombrada a la vez. Y levantándose de pronto, se arrojó a mis pies, exclamando: "¡Por el Señor de la kaaba, juro que eres Hachem ben Soleimán!". Y como no estaba yo menos conmovido que la joven, ni contestaba, el califa me preguntó: "¿Eres verdaderamente quien dice ella?". Y contesté, descubriendo entonces mi cara: "Sí, ¡oh Emir de los Creyentes! soy tu esclavo Hachem el Tabariano".
"Y el califa quedó extremadamente satisfecho de conocerme, y me dijo: "Loado sea Alah, que te ha puesto en mi camino, ¡oh hijo de Soleimán! ¡Esta joven te admira más que a todos los músicos de este tiempo, y jamás me canta otra cosa que cantos y composiciones tuyas!". Y añadió: "¡Por tanto quiero que en adelante seas amigo y compañero mío!". Y le di las gracias y le besé la mano.
"Luego la joven que había cantado se encaró con el califa, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡después de este momento dichoso, tengo que hacerte una petición!". Y el califa dijo: "¡Puedes hacerla!". Ella dijo: "Te suplico que me permitas rendir homenaje a mi maestro, ofreciéndole una prueba de mi gratitud".
El califa dijo: "Desde luego; así debe ser". Entonces la encantadora cantarina desató el magnífico collar que llevaba, y que le había regalado el califa, y me lo puso al cuello, diciéndome: "¡Acéptalo como don de mi reconocimiento, y dispénsame que sea tan poca cosa!". Y precisamente aquel collar era el que de nuevo recibo hoy como presente de tu generosidad, ¡oh Emir de los Creyentes!
"He aquí ahora cómo salió de mi mano aquel collar, para volver a mí hoy...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 986ª noche

Ella dijo:
"… He aquí ahora cómo salió de mi mano aquel collar, para volver... a mí hoy, y por qué he llorado al verlo.
"En efecto, después de haber pasado cierto tiempo cantando, cuando refrescó la brisa del lago, El-Walid se levantó, y nos dijo: "Embarquémonos para pasear por el agua". Y al punto acudieron unos  servidores que estaban distanciados, y trajeron una barca. Y el califa pasó a la barca el primero; luego yo. Y cuando le tocó el turno a la joven que me había hecho don del collar, adelantó una pierna para pasar a la barca. Pero como se había envuelto en su velo grande para que no la observaran los remeros, aquello la entorpeció y faltándole pie, cayó al lago, y antes de que hubiese tiempo de socorrerla, se fué al fondo del agua. Y a pesar de cuantas pesquisas hicimos, no logramos encontrarla. ¡Alah la tenga en Su compasión!
"Y fueron muy profundas la pena y la aflicción de El-Walid, y bañó su rostro el llanto. Y también yo derramé lágrimas amargas por la suerte de aquella infortunada joven. Y el califa, que había permanecido silencioso largo rato después de aquella catástrofe, me dijo: "¡Oh Hachem! para mi dolor sería un ligero consuelo entre mis manos el collar de esa pobre joven, como recuerdo de lo que para mí fué durante su corta vida. Pero Alah me libre de recogerte lo que te hemos dado. Te ruego, pues, que consientas en venderme ese collar".
"Y al punto entregué el collar al califa, quien, a nuestra llegada a la ciudad, hizo que me contaran treinta mil dracmas de plata, y me colmó de regalos preciosos.
"Y tal es, ¡oh Emir de los Creyentes! la causa que me hace llorar hoy. Y Alah el Altísimo, que desposeyó a los califas ommiadas del poder soberano en favor de los Beni-Abbas de los que eres gloriosa descendencia, ha permitido que este collar llegase a tus manos con la herencia de tus nobles antepasados, para volver a mí por este camino apartado".

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