Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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75.1 El poeta Doreid, su carácter generoso y su amor por la célebre poetisa Tumadir el Khansa

75 Los tragaluces del saber y de la historia      
       75,1 El poeta Doreid, su carácter generoso y su amor por la célebre poetisa Tumadir el Khansa
       75,2 El poeta Find y sus dos hijas guerreras Ofairah los soles y Hoeilah las lunas
       75,3 Aventura amorosa de la princesa Fátima con el poeta Murakisch
       75,4 La venganza del rey Hojjr
       75,5 Los maridos apreciados por sus esposas
       75,6 Omar el separador
       75,7 La cantarina Salamah la azul
       75,8 El parásito
       75,9 La favorita del Destino
       75,10 El collar fúnebre
       75,11 Ishak de Mosul y el aire nuevo
       75,12 Las dos danzarinas
       75,13 La crema de aceite de alfónsigos y la dificultad jurídica resuelta
       75,14 La joven árabe de la fuente
       75,15 El inconveniente de la insistencia





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EL POETA DOREID, SU CARACTER GENEROSO Y SU AMOR POR LA CÉLEBRE POETISA TUMADIR DE KHANSA

"Cuentan que un día el poeta Doreid, hijo de Simmah, jeique de tribu de los Bani-Jucham, que vivía en la época de la gentilidad y era tan valeroso jinete como reconocido poeta, y dueño de numerosas tiendas y de buenos pastos, partió en razzia contra la tribu rival de los Bani-Firás, cuyo jeique era Rabiah, el guerrero más intrépido del desierto.
Y Doreid iba a la cabeza de una tropa de jinetes escogidos entre los mejores de la tribu. Y al desembocar en un valle del territorio enemigo de los Bani-Firás, divisó a lo lejos, en el extremo opuesto del valle, un hombre a pie que conducía una mujer montada en un camello. Y después de examinar un momento el convoy, Doreid se encaró con tino de sus jinetes y le dijo: "¡Lanza tu caballo, y dirígete a ese hombre!"
Y partió el jinete, y cuando llegó adonde pudiera hacerse oír, gritó al hombre: "¡Suelta la presa, déjame esa mujer y salva tu vida!" Y reiteró por tercera vez su intimación. Pero el hombre le dejó acercarse; luego, calmoso y plácido, sin apresurar el paso, entregó el ronzal del camello a la que él conducía, y con voz tranquila entonó este canto:
¡Oh señora, camina al paso feliz de una mujer cuyo corazón nunca a palpitado con temor, y cuya grupa prominente se ha redondeado en la seguridad!
¡Y sé testigo de la acogida que a ese jinete va a hacer el Firacida, que jamás conoció la vergüenza de volver la espalda al enemigo!
¡He aquí una muestra de mis golpes!
Acto seguido, arremetió contra el jinete de Doreid, le desmontó de una lanzada, y al punto le tendió muerto en el polvo. Después tomó el caballo sin dueño, y tras de ofrecérselo como homenaje a su dama, saltó a la silla al primer intento, y siguió caminando como antes, sin más prisa ni más emoción ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 973ª noche

Ella dijo:
... sin más prisa ni más emoción.
En cuanto a Doreid, como no viera reaparecer a su mensajero, envió a la descubierta a otro jinete. Y éste, al encontrar sin vida en el camino a su compañero, persiguió al viajero y le gritó desde lejos la intimación que le había dirigido el primer agresor. Pero el hombre hizo como si no oyera. Y el jinete de Doreid corrió tras él, lanza en ristre. Pero el hombre, sin conmoverse, entregó de nuevo a su dama el ronzal del camello, y arremetió de pronto contra el jinete, dirigiéndole estos versos:
¡He aquí que cae sobre ti la fatalidad de colmillos de hierro! ¡oh retoño de la infamia, que te pones en el camino de la mujer libre e inviolable!
¡Entre ella y tú está tu señor Rabiah, cuya ley, para un enemigo, es el hierro de su lanza, una lanza que le obedece a la perfección!
Y cayó el jinete, con el hígado traspasado, arañando la tierra con sus uñas. Y de un trago bebió la muerte. Y el vencedor prosiguió su camino sin apresurarse.
Y Doreid, lleno de impaciencia e inquieto por la suerte de sus dos jinetes, destacó a un tercer hombre con la misma consigna. Y el explorador llegó al sitio consabido y encontró a sus dos compañeros tendidos sin vida en el suelo. Y más allá divisó al extranjero, que caminaba con tranquilidad, conduciendo con una mano al camello de la dama y arrastrando perezosamente la lanza. Y le gritó: "Suelta la presa, ¡oh perro de las tribus!" Pero el hombre, sin volverse siquiera hacia su agresor, dijo a su dama: "Dirígete, amiga mía, a nuestras tiendas más próximas". Luego hizo frente de pronto a su adversario, y le gritó estos versos:
¿No viste ¡oh cabeza sin ojos! cómo se debaten en su sangre tus hermanos? ¿Y no sientes pasar ya por tu rostro el soplo de la madre de los buitres?
¿Qué crees que vas a recibir del jinete de cara ceñuda, sino el regalo de una soberbia lanzada que te vista los riñones con un traje de sangre de un hermoso color negro de cuervo?
Y así diciendo, apuntó al jinete de Doreid, y de primera intención le derribó, con el pecho atravesado de parte a parte. Pero al propio tiempo se le rompió la lanza con la violencia del choque. Y Rabiah -porque era él mismo, aquel jinete de los desfiladeros y las torrenteras-, como sabía que ya estaba cerca de su tribu, no quiso bajarse a recoger el arma de su enemigo. Y continuó su camino, sin tener por toda arma más que el asta rota de su lanza.
Pero Doreid, entretanto, asombrado de no ver volver a ninguno de sus jinetes, salió él mismo a la descubierta. Y encontró en la arena los cuerpos sin vida de sus compañeros. Y de improviso vió aparecer, al rodear un montículo, al propio Rabiah, su enemigo, con aquella arma irrisoria. Y por su parte, Rabiah reconoció a Doreid, y ante tal adversario, se arrepintió en el alma de la imprudencia que había cometido al no apropiarse la lanza de su último agresor. Sin embargo, esperó a Doreid erguido en su silla y empuñando el asta rota de su lanza.
Y de una ojeada comprendió Doreid el estado de inferioridad de Rabiah, y la grandeza de su alma le incitó a dirigir estas palabras al héroe Firacida. "¡Oh padre de los jinetes de los Bani-Firás! a hombres como tú no se los mata, ciertamente. Sin embargo, mis gentes, que baten el país, querrán vengar en ti la muerte de sus hermanos, y como estás desarmado, solo y tan joven, toma mi lanza. En cuanto a mí, me vuelvo para quitar a mis compañeros la idea de perseguirte".
Y Doreid regresó a galope junto a sus gentes, y les dijo: "El jinete ha sabido defender a su dama. Porque ha matado a nuestros tres hombres y, además, me ha enganchado la lanza. ¡En verdad que es un rudo campeón a quien no hay ni que soñar en atacar!"
Y volvieron bridas y regresaron todos, sin razzia, a su tribu.
Y pasaron los años. Y Rabiah murió, como mueren los caballeros irreprochables, en un encuentro sangriento con los de la tribu de Doreid. Y para vengarle, una tropa de Firacidas partió en nueva razzia contra los Bani-Jucham. Y cayeron inopinadamente de noche sobre el campamento, y mataron a los que mataron, e hicieron muchos cautivos, y se llevaron un botín considerable en mujeres y en bienes. Y en el número de los cautivos estaba el propio Doreid, jeique de los Juchamidas.
Y cuando llegaron a la tribu de los vencedores, Doreid, que había tenido buen cuidado de ocultar su nombre y su calidad, fué puesto, con todos los demás cautivos, bajo una guardia severa. Pero, impresionadas por su buena cara, las mujeres Firacidas pasaban y repasaban triunfadoras por delante de él, con un aire coquetón. Y de repente exclamó una de ellas: "¡Por la muerte negra! ¡vaya un acierto que habéis tenido, hijos de Firás! ¿Sabéis quién es éste?" Y acudieron los demás, y  le miraron y contestaron: "¡Este es uno de los que han aclarado nuestras filas!" Y dijo la mujer: "¡Ya lo creo! ¡como que es un bravo! Precisamente él es quien regaló su lanza a Rabiah el día que se le encontró en el valle". Y arrojó su túnica, en señal de salvaguardia, sobre el prisionero, añadiendo: "Hijos de Firás, tomo a este cautivo bajo mi protección". Y se aglomeró mayor número de gente, y preguntaron su nombre al cautivo, que contestó: "Soy Doreid ben Simmah. Pero ¿quién  eres tú, ¡oh señora!?"
Ella contestó: "Soy Raita, hija de Gizl El-Tián, aquella cuyo camello conducía Rabiah. Y Rabiah era mi marido".
Luego se presentó en todas las tiendas de la tribu, y se dirigió a los guerreros con este lenguaje: 'Hijos de Firás, recordad la generosidad del hijo de Simmah cuando dió a Rabiah su lanza de mango  largo y hermoso. Hágase bien por bien, y recoja cada cual el fruto de sus obras. Que la boca de los hombres no se llene de desprecio al contar vuestra conducta para con Doreid. Romped sus ligaduras, y pagando la indemnización, sacadle de las manos de quien le ha hecho cautivo. De no obrar así opondréis ante vosotros un acto oprobioso, que hasta el día de vuestra muerte os hará apenaros indefinidamente y arrepentiros".
Y al oírla, los Firacidas recaudaron entre sí para indemnizar a Muharrik, el jinete que había hecho cautivo a Doreid. Y Raita dió a Doreid, cuando le pusieron en libertad, las armas de su difunto esposo. Y Doreid se volvió a su tribu, y nunca más hizo la guerra a los Bani-Firás.
Y transcurrieron más años todavía. Y Doreid, viejo ya, pero siempre dotado de un alma hermosa de poeta, acertó a pasar un día a poca distancia del campamento de la tribu de los Bani-Solaim. Y en aquel tiempo vivía en aquella tribu la Solamida Tumadir, hija de Amr, conocida en toda Arabia por el sobrenombre de El-Khansa, y admirada por su maravilloso talento poético.
Y en el momento en que Doreid pasaba por junto a su tribu, la bella Solamida estaba ocupada en embrear una piel de camella de su padre. Y como el sitio estaba retirado, el calor era mucho y no pasaba radie por allí, Tumadir se había quitado la ropa, y trabajaba casi enteramente desnuda. Y Doreid, escondido, la observaba y la examinaba sin que ella lo sospechase. Y maravillado de su belleza, improvisó los versos siguientes:
¡Id ¡oh amigos míos! a saludar a la bella Solamida Tumadir, y saludad de nuevo a mi linda gacela de noble origen!
¡Jamás, en nuestras tribus, vióse de frente o de espaldas tan arrebatadora curtidora de pieles!
¡Rostro arrebatador, del más admirable modelado, hermoso como el frente de nuestras estatuas de oro; rostro al que adorna la riqueza de una cabellera semejante a la cola brillante de los sementales de alta nobleza!
¡Opulenta, rica cabellera! ¡Abandonada a sí misma negligentemente, flota en largas cadenas espejeantes; peinada y arreglada, se dirían hermosos racimos lustrados por una lluvia fina!
¡Dos cejas de dulce curvatura, dos líneas impecables trazadas por el cálamo de un sabio, soberbias coronas encima de dos ojos grandes de antílope!
¡Mejillas dulcemente modeladas a las que aviva una ligera púrpura, aurora aparecida en un campo de tenue blanco perla!
¡Una boca a la que hace florecer la gracia, fuente de suavidad, sobre dientes de estrías imperceptibles, perlas puras, pétalos de jazmín humedecidos de miel perfumada.
¡Un cuello blanco cual la plata en la mina, ondulante, erguido sobre un pecho comparable a los pechos magníficos de nuestras estatuas de marfil!
¡Dos brazos llenos de carne firme, deliciosos de robustez; dos antebrazos en los que no se adivina el hueso, en los que no se tocan venas; falanges y dedos que ruborizarían de envidia a los dátiles en las ramas!
¡Un vientre lujuriante, de pliegues delicados y juntos, como el papel plegado en dobleces menudos, y dispuestos en torno del ombligo, cajita de marfil donde se guardan los perfumes!
¡La espalda! ¡qué gracioso surco el de esta espalda que termina en un talle tan esbelto, ¡oh, sí! tan frágil, que ha sido preciso todo el poder de la divinidad para mantener sujeta a él esa grupa tan considerable!
¡Hela aquí! ¡magnífica muchacha a quien, cuando se levanta, la obligan asentarse sus pesadas caderas, y cuando se sienta, su grupa opulenta rebota y la obliga a ponerse de pie! ¡Oh! ¡qué dos montículos tan encantadores y arenosos!
¡Y todo esto lo soportan dos columnas de gloria muy erguidas, bien torneadas, tallos de perlas sobre dos tallos de papiro finamente aterciopelados por un vello moreno, y todo pesa sobre dos piececitos maravillosos, afilados y finos cual dos lindas puntas de lanza!
¡Oh! ¡gloria a la divinidad! ¿Cómo dos bases tan delicadas tienen fuerza para soportar todo el conjunto de arriba?
¡Id ¡oh amigos míos! a saludar a la bella Solamida Tumadir, y saludad de nuevo a mi linda gacela de noble origen!
Y al día siguiente, el noble Doreid, acompañado de los notables de su tribu, fué, con gran aparato, en busca del padre de Tumadir, y le rogó que se la diera en matrimonio. Y el viejo Amr, sin hacer esperar su respuesta, dijo al jinete poeta: "Mi querido Doreid, no se rechazan las proposiciones de hombre tan generoso como tú; no se rehúsan los deseos de jefe tan honrado como tú; no se da en el hocico a un semental como tú. Pero debo decirte que mi hija Tumadir tiene en la cabeza ciertas ideas, ciertas maneras de ver...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 974ª noche

Ella dijo:
"... no se da en el hocico a un semental como tú. Pero debo decirte que mi hija Tumadir tiene en la cabeza ciertas ideas, ciertas maneras de ver... Y se trata de ideas y maneras de ver que por lo general no tienen las demás mujeres. Y yo siempre la dejo en libertad de obrar como le plazca, porque mi Khansa no es como las demás mujeres. Voy, pues, a hablarle de ti lo más elogiosamente que pueda, te lo prometo; pero no respondo de su consentimiento que dejo a su albedrío".
Y Doreid le dió las gracias por lo que se prestaba a hacer; y Amr entró al cuarto de su hija, y le dijo: "Khansa: un valeroso jinete, un noble personaje, jefe de los Bani-Jucham, hombre venerado por su gran edad y su heroísmo, Doreid, en fin, el noble Doreid, hijo de Simmah, de quien conoces odas guerreras y hermosos versos, viene a mi tienda para pedirte en matrimonio. Se trata, hija mía, de una alianza que nos honra. Aparte esto, no he de influir en tu decisión".
Y Tumadir contestó: "Padre mío, déjame algunos días de plazo para que, antes de contestar, pueda consultar conmigo misma".
Y el padre de Tumadir volvió ante Doreid, y le dijo: "Mi hija Khansa desea esperar un poco antes de dar una respuesta definitiva. Espero, sin embargo, que aceptará tu alianza. Ven, pues dentro de unos días". Y Doreid contestó: "Conforme, ¡oh padre de los héroes!" Y se retiró a la tienda puesta a su disposición.
Y he aquí que, en cuanto se alejó Doreid, la bella Solamida mandó que le siguiera los pasos una de sus servidoras, diciéndole: "Ve a vigilar a Doreid, y síguele cuando se separe de las tiendas para hacer sus necesidades. Y mira bien el chorro, y fíjate en la fuerza que tiene y en la huella que deje en la arena. Y por ello juzgaremos si se halla todavía con vigor viril".
Y la servidora obedeció. Y fué tan diligente, que al cabo de algunos instantes estaba de vuelta junto a su ama, y le dijo estas simples palabras: "Hombre inservible".
Al expirar el plazo pedido por Tumadir, Doreid volvió a la tienda de Amr para saber la respuesta. Y Amr le dejó en la parte de la tienda reservada a los hombres, y entró en el aposento de su hija, y le dijo: "Nuestro huésped espera tu decisión. Khansa mía, y lo que hayas resuelto". Y ella contestó: "He consultado conmigo misma, y he resuelto no salir de mi tribu. Porque no quiero renunciar a unirme con alguno de mis primos, jóvenes hermosos cual hermosas y largas lanzas, por casarme con un Juchamida viejo como Doreid, con el cuerpo extenuado, que de hoy a mañana rendirá su menguada alma. ¡Por el honor de nuestros guerreros! prefiero envejecer virgen a ser mujer de un viejo helado".
Y Doreid, que estaba en la tienda, del lado de los hombres, oyó la despreciativa respuesta, y se impresionó cruelmente. Y por orgullo, no dejó traslucir sus sentimientos, y despidiéndose del padre de la bella Solamida, partió camino de su tribu.
Pero se vengó de la cruel con la sátira siguiente:
¡Declaras, querida mía, que Doreid es viejo, demasiado viejo! ¿Acaso te había él dicho que naciese ayer?
¡Anhelas tener por marido ¡oh Khansa! -y en verdad que haces bien- a un jayán de piernas patosas que, por la noche, sepa maniobrar en el estiércol de los rebaños!
¡Sí; que nuestras divinidades, hija mía, te preserven de maridos como yo! ¡Porque yo soy y hago otra cosa!
¡Sabido es, en efecto, quién soy, y que si mi mano está fuerte, es para tareas mucho más serias!
¡Sabido es por doquiera que, en las grandes crisis, ni me encadena la lentitud ni me arrebata la precipitación, y que en toda ocasión tengo prudencia y cordura!
¡Sabido es por doquiera que, en mi tribu, por respeto a mí, nadie pregunta al huésped que alojo, y a mis protegidos jamás se les inquieta en sus noches!
¡Sabido es, finalmente, que, en los meses famélicos de sequía, cuando las mismas nodrizas se olvidan de sus mamones, mis tiendas rebosan comida y mi hogar chisporrotea!
¡Guárdate, pues, de tomar un marido como yo y de hacer hijos como yo!
¡Tú ¡oh Khansa! anhelas tener por marido -y en verdad que haces bien- a un jayán de piernas patosas que, por la noche, sepa maniobrar en el estiércol de los rebaños!
¡Porque declaras, querida mía, que Doreid es viejo, demasiado viejo! ¿Acaso te había él dicho que naciese ayer?
Cuando se difundieron estos versos por las tribus, de todas partes aconsejaron a Tumadir que aceptara por marido a aquel Doreid de mano generosa, de fantasía sin par. Pero ella no volvió de su acuerdo.
Acaeció, entretanto, que en un encuentro sangriento con la tribu enemiga de los Murridas, un hermano de Tumadir, el valeroso jinete Moawiah, pereció a manos de Haschem, jefe de los Murridas y padre de la bella Asma, a la que en otra ocasión había ofendido aquel mismo Moawiah. Y precisamente aquella muerte de su hermano la deploró Tumadir en el canto fúnebre, cuyo aire se salmodiaba con el compás del primer bordón y en la tónica de la cuerda del dedo anular:
¡Llorad, ojos míos; verted lágrimas inagotables! ¡Ay! ¡la que vierte estas lágrimas llora a un hermano que ha perdido! ¡En adelante, entre ella y él, estará el velo que ya no se descorre, la tierra reciente de la tumba!
¡Oh hermano mío! ¡partiste para la acequia de cuya agua gustarán todos un día la amargura! ¡Marchaste puro allí, diciendo: "Más vale morir: la vida no es más que un vuelo de abejorros sobre la punta de una lanza!"
¡Mi corazón recuerda, ¡oh hijo de mi padre y de mi madre! y me abato como la hierba en estío! ¡Me encierro en la consternación!
¡Ha muerto el que era escudo de nuestras tribus y sostén de nuestra casa; ha partido para una calamidad! ¡Ha muerto el que era faro y modelo de los hombres más valientes; quien era para ellos como las hogueras encendidas, como las cimas de las montañas!
¡Ha muerto el que montaba en yeguas preciosas, deslumbrando con sus vestiduras! ¡El héroe de largo tahalí, que era rey de nuestras tribus, cuando aún estaba imberbe, el joven lleno de valentía y de hermosura!
¡Mi hermano, el de las dos manos generosas, la propia mano de la generosidad!' ¡Ya no existe! ¡Está en la tumba, frío, encerrado bajo la roca y la piedra!
¡Decid a su yegua Alwa la de pecho admirable: "Llora, gime por las carreras vagabundas: ¡ya no te cabalgará tu dueño!".
¡Oh hijo de Amr! ¡la gloria galopaba a tu lado cuando en el fragor de la batalla se alzaba hasta los muslos tu larga cota de armas!
¡Cuando la llama de la guerra hacía a los hombres herirse cuerpo a cuerpo, y tus hermanos y tú pasabais, caballo contra caballo, como vampiros y buitres montados por demonios! ¡Ciertamente, despreciabas la vida en días de combate, cuando despreciar la vida es más grande y digno de recuerdo!
¡Cuántas veces te precipitaste contra los torbellinos erizados de cascos de hierro y bastardos de dobles cotas de malla, impasible en medio de horrores sombríos como los tintes bituminosos de la tormenta!
¡Fuerte y arrojado, como un mástil de Rudaina, brillabas en toda tu juventud, con tu talle semejante a un brazalete de oro! ¡Cuando a tu alrededor, en medio del desorden de las batallas, la muerte arrastra en la sangre los bordes de tu manto!
¡Cuántos caballos precipitaste sobre los escuadrones enemigos, oh hermano mío! mientras la roja apisonadora de las batallas rodaba terriblemente sobre los más bravos de ambos campos!
¡Tú echabas entonces la orla de tu resplandeciente cota de malla sobre tu corcel, a quien se le saltaban las entrañas y le sonaban en los flancos!
¡Tú animabas a las lanzas, excitándolas a confundir sus relampagueos, cuando iban a hundirse hasta el fondo de los riñones en las entrañas de los guerreros!
¡Tú eras el tigre enardecido que se lanza a la refriega en medio de la tormenta, armado con las dobles armas de sus dientes y sus uñas!
¡Cuántas cautivas desoladas y felices has conducido delante de ti, como rebaños de hermosos antílopes conmovidos por las primeras gotas de lluvia! ¡Cuántas bellas y blancas mujeres salvaste por la mañana, a la hora de la pelea, cuando erraban, con el velo en desorden, enloquecidas de horror y de espanto!
¡Cuántas desgracias nos evitaste, desgracias cuyo solo aspecto terrible o relato habría hecho abortar a las mujeres encinta! ¡Cuántas madres se hubiesen quedado sin hijos si tu sable no hubiese estado allí!
¡Y también ¡oh hermano mío! cuántas rimas de combate cantaste sin esfuerzo en el tumulto, penetrantes como el hierro de la lanza, y que vivirán por siempre entre nosotros!
¡Ah! ¡muerto el generoso hijo de Amr, que se apaguen las estrellas, que anule el sol sus rayos! ¡El era nuestro sol y nuestra estrella!
Ahora que ya no existes, hermano mío, ¿quién recogerá al extranjero cuando del Norte lúgubre soplen los vientos sibilantes que suenan en los ecos?
¡Ay! ¡a aquel que os alimentaba con sus rebaños, ¡oh viajeros! y os protegía con sus armas, le pusisteis y dejasteis en el polvo donde cavasteis su fosa, le dejasteis en la morada terrible, en medio de estacas puestas en hilera! ¡Y arrojáronse sobre él ramajes sombríos de salamah!
Entre las tumbas de nuestros antepasados, sobre las cuales ya hace mucho tiempo que pasan los años y los días!
¡Oh hermano mío, hijo del más hermoso de los Solamidas! ¡qué dolor tan lancinante es para mí tu pérdida, que extingue mi resolución y mi valor!
¡La mehara (camella) que, privada de su recién nacido, da vueltas en torno al simulacro que le fingen para engañar su ternura, lanzando quejas y gritos de angustia, que va y busca, ansiosa, por todos lados; que ya no ramonea en los pastos cuando despierta su recuerdo; que ya no tiene más que gemidos y saltos medrosos, no da más que una débil imagen del dolor que me abruma, ¡oh hermano mío!
¡Oh! ¡jamás cesarán mis lágrimas por ti, jamás se interrumpirán mis sollozos y mis acentos de dolor! ¡Llorad, ojos míos; verted lágrimas inagotables!
Y precisamente con motivo de este poema, el poeta Nabigha El-Dhobiani y los demás poetas reunidos en la feria mayor de Okaz para la recitación anual de sus poesías ante todas las tribus de Arabia, fueron interrogados acerca del mérito de Tumadir El-Khansa, y contestaron con unanimidad: "¡Supera en poesía a los hombres y a los genn!"
Y Tumadir vivió después de la predicación del Islam bendito en Arabia. Y en el año ocho de la hégira de Sidna-Mahomed (con El la plegaria y la paz) fué con su hijo Abbas, que entonces era jefe supremo de los Solamidas, a someterse al Profeta, y se ennobleció con el Islam. Y el Profeta la trató con honores, y quiso oírla recitar sus versos, aunque no apreciaba a los poetas. Y la felicitó por su inspiración poética y por su fama. Y por cierto que repitiendo un verso de Tumadir fué cómo dejó ver que no sentía la medida prosódica. Porque falseó la extensión de aquel verso, transportando a otro las dos últimas palabras. Y el venerable Abu-Bekh, que escuchaba esta ofensa a la regularidad métrica, quiso rectificar la posición de las dos últimas palabras trastrocadas; pero el Profeta (con El la plegaria y la paz) le dijo: "¿Qué importa? Es lo mismo". Y Abu-Bekr contestó: "En verdad ¡oh Profeta de Alah! que justificas por completo estas palabras que Alah te ha revelado en su santo Korán: "No hemos enseñado a nuestro Profeta la versificación: no la necesita. ¡El Korán, lectura sencilla y clara, es la enseñanza!".
"¡Pero Alah es más sabio!".

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