Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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75 P1 Los tragaluces del saber y de la historia - primera de cuatro partes

Hace parte de 


75 Los tragaluces del saber y de la historia      
       75,1 El poeta Doreid, su carácter generoso y su amor por la célebre poetisa Tumadir el Khansa
       75,2 El poeta Find y sus dos hijas guerreras Ofairah los soles y Hoeilah las lunas
       75,3 Aventura amorosa de la princesa Fátima con el poeta Murakisch
       75,4 La venganza del rey Hojjr
       75,5 Los maridos apreciados por sus esposas
       75,6 Omar el separador
       75,7 La cantarina Salamah la azul
       75,8 El parásito
       75,9 La favorita del Destino
       75,10 El collar fúnebre
       75,11 Ishak de Mosul y el aire nuevo
       75,12 Las dos danzarinas
       75,13 La crema de aceite de alfónsigos y la dificultad jurídica resuelta
       75,14 La joven árabe de la fuente
       75,15 El inconveniente de la insistencia





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LOS TRAGALUCES DEL SABER Y DE LA HISTORIA

Ella dijo:
Cuentan que en la ciudad de El-Iskandaria había un joven que, a la muerte de su padre, entró en posesión de riquezas inmensas y de grandes bienes, tanto en tierras de regadío como en inmuebles sólidamente construidos. Y aquel joven, nacido bajo la bendición, estaba dotado de un espíritu inclinado a la vía de la rectitud. Y como no ignoraba los preceptos del Libro Santo, que prescriben la limosna y recomienda la generosidad, vacilaba en la elección del medio mejor de hacer el bien. Y  en su perplejidad, se decidió a ir a consultar sobre el particular a un venerable jeique, amigo de su difunto padre. Y le puso al corriente de sus escrúpulos y vacilaciones, y le pidió consejo. Y el jeique reflexionó durante una hora de tiempo. Luego, alzando la cabeza, le dijo: "¡Oh hijo de Abderrahmán! (¡ Alah colme al difunto con Sus gracias!) Sabe que distribuir a manos llenas el oro y la plata a los necesitados es, sin duda alguna, una acción de las más meritorias a los ojos del Altísimo. Pero tal acción ¡oh hijo mío! está al alcance de cualquier rico. Y no se necesita tener una virtud muy grande para dar las sobras de lo que se posee. Pero hay una generosidad perfumada de otro modo y agradable al Dueño de las criaturas, y es ¡oh hijo mío! la generosidad del espíritu. Porque el que puede sembrar los beneficios del espíritu en los seres desprovistos de saber, es el más benemérito. Y para sembrar beneficios de este género, hay que tener un espíritu altamente cultivado. Y para tener un espíritu así, sólo un medio está en nuestras manos: la lectura de lo escrito por las gentes muy cultas y la meditación acerca de estos escritos. Por tanto, ¡oh hijo de mi amigo Abderrahmán! cultiva tu espíritu y sé generoso en lo que al espíritu respecta. Y éste es mi consejo, ¡uassalam!"
Y el joven rico había querido pedir al jeique explicaciones complementarias. Pero el jeique ya no tenía nada que decir. Así es que el joven se retiró con aquel consejo, firmemente resuelto a ponerlo en práctica, y dejándose llevar de su inspiración tomó el camino del zoco de los libreros. Y congregó a todos los mercaderes de libros, algunos de los cuales tenían libros procedentes del palacio de los libros que los rums cristianos habían quemado cuando entró Amrú ben El-Ass en El-Iskandaria. Y les mandó que transportaran a su casa cuantos libros de valor poseyeran. Y los retribuyó con más esplendidez de lo que ellos mismos pretendían, sin regateos ni vacilaciones. Pero no se limitó a estas compras. Envió emisarios a El Cairo, a Damasco, a Bagdad, a Persia, al Maghreb, a la India, e incluso a los países de los rums, para que compraran los libros más reputados en estas diversas comarcas, con encargo de no escatimar el precio de compra. Y al cabo de cierto tiempo, volvieron unos tras de otros los emisarios, con fardos cargados de manuscritos preciosos. Y el joven hizo ponerlo todo por orden en los armarios de una magnífica cúpula que había mandado construir con esta intención, y que, en el frontis de su entrada principal, tenía escritas en grandes letras de oro y azul estas sencillas palabras: "Cúpula del Libro".
Y hecho lo cual, el joven puso manos a la obra...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 972ª noche

Ella dijo:
... Y hecho lo cual, el joven puso manos a la obra. Y se consagró a leer con método, lentitud y meditación los libros de su maravillosa cúpula. Y como había nacido bajo la bendición, y sus pasos estaban marcados por el éxito y la felicidad, retenía en su feliz memoria todo lo que leía y anotaba. Así es que, en poco tiempo, llegó al límite extremo de la instrucción y del saber, y su espíritu se enriqueció con dones más abundantes que cuantos bienes le tocaron en herencia. Y entonces pensó con cordura en hacer que los que le rodeaban se aprovechasen de los dones de que él era poseedor. Y con tal objeto, dió en la cúpula del libro un gran festín, al cual convidó a todos sus amigos, familiares, parientes próximos y lejanos, esclavos, palafreneros inclusive, y hasta a los pobres y mendigos habituales de su umbral. Y cuando comieron y bebieron y dieron gracias al Retribuidor, irguióse el joven rico en medio del círculo atento de sus invitados, y les dijo: "¡Oh huéspedes míos! ¡esta noche, en lugar de cantores y de músicos, presida la inteligencia nuestra asamblea! Porque ha dicho el sabio: "Habla y saca de tu espíritu lo que sepas, para que se alimente de ello el oído de quien te escuche. Y quienquiera que obtenga ciencia, obtiene un bien inmenso. Y el Retribuidor otorga la sabiduría a quien quiere, y el ingenio se creó por orden suya; pero, entre los hijos de los hombres, sólo un pequeño número está en posesión de los dones espirituales". Por eso ha dicho Alah el Altísimo, por boca de su Profeta bendito (¡con él la plegaria y la paz!); "¡Oh creyentes! haced limosnas con las cosas mejores que hayáis adquirido, porque no alcanzaréis la perfección hasta que hagáis limosnas con lo que más queráis. Pero no las hagáis por ostentación, pues entonces os pareceríais a esas colinas rocosas cubiertas apenas por un poco de tierra: si cae un diluvio sobre esas colinas no dejará más que una roca pelada. Hombres así no sacarán ningún provecho de sus obras. Pero los que se muestran generosos, por su firmeza de alma se parecen a un jardín plantado en un ribazo que regaran las lluvias abundantes del cielo y cuyos frutos tuvieran doble tamaño del corriente. Si no cayera en él la lluvia, caería el rocío. Y entrarán en los jardines del Edén".
"Por eso ¡oh huéspedes míos! os he congregado esta noche. Porque, no queriendo, como el avaro, guardar para mí solo los frutos de la ciencia, deseo que los probéis conmigo, para marchar juntos por el camino de la inteligencia".
Y añadió:
"Paseemos, pues, nuestras miradas por los tragaluces del Saber y de la Historia, y desde allí asistamos al desfile del cortejo maravilloso de las figuras antiguas, a fin de que, a su paso, se esclarezca nuestro espíritu, y se encamine, iluminado, hacia la perfección. ¡Amín!"
Y todos los invitados del joven rico se llevaron las manos al rostro, contestando: "¡Amín!"
Entonces sentóse él en medio de su auditorio silencioso, y dijo: "¡Oh amigos míos! no sé comenzar mejor la distribución de las cosas admirables que haciendo beneficiarse de ellas a vuestro entendimiento con el relato de algunos rasgos de la vida de nuestros padres árabes de la gentilidad, los verdaderos árabes de las arenas, cuyos maravillosos poetas no sabían leer ni escribir, en quienes la inspiración era un don vehemente, y que sin tinta ni cálamo ni censores formaron esta nuestra lengua árabe, la lengua por excelencia, aquella de que se ha servido el Altísimo, con preferencia a todas las demás, para dictar Sus palabras a Su Enviado (¡con él la plegaria, la paz y las más escogidas bendiciones!) Amín!"

Y habiendo respondido de nuevo los invitados: "¡Amín!", dijo: "He aquí, pues, una historia entre mil de aquellos tiempos heroicos de la gentilidad:

EL POETA DOREID, SU CARACTER GENEROSO Y SU AMOR POR LA CÉLEBRE POETISA TUMADIR DE KHANSA

"Cuentan que un día el poeta Doreid, hijo de Simmah, jeique de tribu de los Bani-Jucham, que vivía en la época de la gentilidad y era tan valeroso jinete como reconocido poeta, y dueño de numerosas tiendas y de buenos pastos, partió en razzia contra la tribu rival de los Bani-Firás, cuyo jeique era Rabiah, el guerrero más intrépido del desierto.
Y Doreid iba a la cabeza de una tropa de jinetes escogidos entre los mejores de la tribu. Y al desembocar en un valle del territorio enemigo de los Bani-Firás, divisó a lo lejos, en el extremo opuesto del valle, un hombre a pie que conducía una mujer montada en un camello. Y después de examinar un momento el convoy, Doreid se encaró con tino de sus jinetes y le dijo: "¡Lanza tu caballo, y dirígete a ese hombre!"
Y partió el jinete, y cuando llegó adonde pudiera hacerse oír, gritó al hombre: "¡Suelta la presa, déjame esa mujer y salva tu vida!" Y reiteró por tercera vez su intimación. Pero el hombre le dejó acercarse; luego, calmoso y plácido, sin apresurar el paso, entregó el ronzal del camello a la que él conducía, y con voz tranquila entonó este canto:
¡Oh señora, camina al paso feliz de una mujer cuyo corazón nunca a palpitado con temor, y cuya grupa prominente se ha redondeado en la seguridad!
¡Y sé testigo de la acogida que a ese jinete va a hacer el Firacida, que jamás conoció la vergüenza de volver la espalda al enemigo!
¡He aquí una muestra de mis golpes!
Acto seguido, arremetió contra el jinete de Doreid, le desmontó de una lanzada, y al punto le tendió muerto en el polvo. Después tomó el caballo sin dueño, y tras de ofrecérselo como homenaje a su dama, saltó a la silla al primer intento, y siguió caminando como antes, sin más prisa ni más emoción ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 973ª noche

Ella dijo:
... sin más prisa ni más emoción.
En cuanto a Doreid, como no viera reaparecer a su mensajero, envió a la descubierta a otro jinete. Y éste, al encontrar sin vida en el camino a su compañero, persiguió al viajero y le gritó desde lejos la intimación que le había dirigido el primer agresor. Pero el hombre hizo como si no oyera. Y el jinete de Doreid corrió tras él, lanza en ristre. Pero el hombre, sin conmoverse, entregó de nuevo a su dama el ronzal del camello, y arremetió de pronto contra el jinete, dirigiéndole estos versos:
¡He aquí que cae sobre ti la fatalidad de colmillos de hierro! ¡oh retoño de la infamia, que te pones en el camino de la mujer libre e inviolable!
¡Entre ella y tú está tu señor Rabiah, cuya ley, para un enemigo, es el hierro de su lanza, una lanza que le obedece a la perfección!
Y cayó el jinete, con el hígado traspasado, arañando la tierra con sus uñas. Y de un trago bebió la muerte. Y el vencedor prosiguió su camino sin apresurarse.
Y Doreid, lleno de impaciencia e inquieto por la suerte de sus dos jinetes, destacó a un tercer hombre con la misma consigna. Y el explorador llegó al sitio consabido y encontró a sus dos compañeros tendidos sin vida en el suelo. Y más allá divisó al extranjero, que caminaba con tranquilidad, conduciendo con una mano al camello de la dama y arrastrando perezosamente la lanza. Y le gritó: "Suelta la presa, ¡oh perro de las tribus!" Pero el hombre, sin volverse siquiera hacia su agresor, dijo a su dama: "Dirígete, amiga mía, a nuestras tiendas más próximas". Luego hizo frente de pronto a su adversario, y le gritó estos versos:
¿No viste ¡oh cabeza sin ojos! cómo se debaten en su sangre tus hermanos? ¿Y no sientes pasar ya por tu rostro el soplo de la madre de los buitres?
¿Qué crees que vas a recibir del jinete de cara ceñuda, sino el regalo de una soberbia lanzada que te vista los riñones con un traje de sangre de un hermoso color negro de cuervo?
Y así diciendo, apuntó al jinete de Doreid, y de primera intención le derribó, con el pecho atravesado de parte a parte. Pero al propio tiempo se le rompió la lanza con la violencia del choque. Y Rabiah -porque era él mismo, aquel jinete de los desfiladeros y las torrenteras-, como sabía que ya estaba cerca de su tribu, no quiso bajarse a recoger el arma de su enemigo. Y continuó su camino, sin tener por toda arma más que el asta rota de su lanza.
Pero Doreid, entretanto, asombrado de no ver volver a ninguno de sus jinetes, salió él mismo a la descubierta. Y encontró en la arena los cuerpos sin vida de sus compañeros. Y de improviso vió aparecer, al rodear un montículo, al propio Rabiah, su enemigo, con aquella arma irrisoria. Y por su parte, Rabiah reconoció a Doreid, y ante tal adversario, se arrepintió en el alma de la imprudencia que había cometido al no apropiarse la lanza de su último agresor. Sin embargo, esperó a Doreid erguido en su silla y empuñando el asta rota de su lanza.
Y de una ojeada comprendió Doreid el estado de inferioridad de Rabiah, y la grandeza de su alma le incitó a dirigir estas palabras al héroe Firacida. "¡Oh padre de los jinetes de los Bani-Firás! a hombres como tú no se los mata, ciertamente. Sin embargo, mis gentes, que baten el país, querrán vengar en ti la muerte de sus hermanos, y como estás desarmado, solo y tan joven, toma mi lanza. En cuanto a mí, me vuelvo para quitar a mis compañeros la idea de perseguirte".
Y Doreid regresó a galope junto a sus gentes, y les dijo: "El jinete ha sabido defender a su dama. Porque ha matado a nuestros tres hombres y, además, me ha enganchado la lanza. ¡En verdad que es un rudo campeón a quien no hay ni que soñar en atacar!"
Y volvieron bridas y regresaron todos, sin razzia, a su tribu.
Y pasaron los años. Y Rabiah murió, como mueren los caballeros irreprochables, en un encuentro sangriento con los de la tribu de Doreid. Y para vengarle, una tropa de Firacidas partió en nueva razzia contra los Bani-Jucham. Y cayeron inopinadamente de noche sobre el campamento, y mataron a los que mataron, e hicieron muchos cautivos, y se llevaron un botín considerable en mujeres y en bienes. Y en el número de los cautivos estaba el propio Doreid, jeique de los Juchamidas.
Y cuando llegaron a la tribu de los vencedores, Doreid, que había tenido buen cuidado de ocultar su nombre y su calidad, fué puesto, con todos los demás cautivos, bajo una guardia severa. Pero, impresionadas por su buena cara, las mujeres Firacidas pasaban y repasaban triunfadoras por delante de él, con un aire coquetón. Y de repente exclamó una de ellas: "¡Por la muerte negra! ¡vaya un acierto que habéis tenido, hijos de Firás! ¿Sabéis quién es éste?" Y acudieron los demás, y  le miraron y contestaron: "¡Este es uno de los que han aclarado nuestras filas!" Y dijo la mujer: "¡Ya lo creo! ¡como que es un bravo! Precisamente él es quien regaló su lanza a Rabiah el día que se le encontró en el valle". Y arrojó su túnica, en señal de salvaguardia, sobre el prisionero, añadiendo: "Hijos de Firás, tomo a este cautivo bajo mi protección". Y se aglomeró mayor número de gente, y preguntaron su nombre al cautivo, que contestó: "Soy Doreid ben Simmah. Pero ¿quién  eres tú, ¡oh señora!?"
Ella contestó: "Soy Raita, hija de Gizl El-Tián, aquella cuyo camello conducía Rabiah. Y Rabiah era mi marido".
Luego se presentó en todas las tiendas de la tribu, y se dirigió a los guerreros con este lenguaje: 'Hijos de Firás, recordad la generosidad del hijo de Simmah cuando dió a Rabiah su lanza de mango  largo y hermoso. Hágase bien por bien, y recoja cada cual el fruto de sus obras. Que la boca de los hombres no se llene de desprecio al contar vuestra conducta para con Doreid. Romped sus ligaduras, y pagando la indemnización, sacadle de las manos de quien le ha hecho cautivo. De no obrar así opondréis ante vosotros un acto oprobioso, que hasta el día de vuestra muerte os hará apenaros indefinidamente y arrepentiros".
Y al oírla, los Firacidas recaudaron entre sí para indemnizar a Muharrik, el jinete que había hecho cautivo a Doreid. Y Raita dió a Doreid, cuando le pusieron en libertad, las armas de su difunto esposo. Y Doreid se volvió a su tribu, y nunca más hizo la guerra a los Bani-Firás.
Y transcurrieron más años todavía. Y Doreid, viejo ya, pero siempre dotado de un alma hermosa de poeta, acertó a pasar un día a poca distancia del campamento de la tribu de los Bani-Solaim. Y en aquel tiempo vivía en aquella tribu la Solamida Tumadir, hija de Amr, conocida en toda Arabia por el sobrenombre de El-Khansa, y admirada por su maravilloso talento poético.
Y en el momento en que Doreid pasaba por junto a su tribu, la bella Solamida estaba ocupada en embrear una piel de camella de su padre. Y como el sitio estaba retirado, el calor era mucho y no pasaba radie por allí, Tumadir se había quitado la ropa, y trabajaba casi enteramente desnuda. Y Doreid, escondido, la observaba y la examinaba sin que ella lo sospechase. Y maravillado de su belleza, improvisó los versos siguientes:
¡Id ¡oh amigos míos! a saludar a la bella Solamida Tumadir, y saludad de nuevo a mi linda gacela de noble origen!
¡Jamás, en nuestras tribus, vióse de frente o de espaldas tan arrebatadora curtidora de pieles!
¡Rostro arrebatador, del más admirable modelado, hermoso como el frente de nuestras estatuas de oro; rostro al que adorna la riqueza de una cabellera semejante a la cola brillante de los sementales de alta nobleza!
¡Opulenta, rica cabellera! ¡Abandonada a sí misma negligentemente, flota en largas cadenas espejeantes; peinada y arreglada, se dirían hermosos racimos lustrados por una lluvia fina!
¡Dos cejas de dulce curvatura, dos líneas impecables trazadas por el cálamo de un sabio, soberbias coronas encima de dos ojos grandes de antílope!
¡Mejillas dulcemente modeladas a las que aviva una ligera púrpura, aurora aparecida en un campo de tenue blanco perla!
¡Una boca a la que hace florecer la gracia, fuente de suavidad, sobre dientes de estrías imperceptibles, perlas puras, pétalos de jazmín humedecidos de miel perfumada.
¡Un cuello blanco cual la plata en la mina, ondulante, erguido sobre un pecho comparable a los pechos magníficos de nuestras estatuas de marfil!
¡Dos brazos llenos de carne firme, deliciosos de robustez; dos antebrazos en los que no se adivina el hueso, en los que no se tocan venas; falanges y dedos que ruborizarían de envidia a los dátiles en las ramas!
¡Un vientre lujuriante, de pliegues delicados y juntos, como el papel plegado en dobleces menudos, y dispuestos en torno del ombligo, cajita de marfil donde se guardan los perfumes!
¡La espalda! ¡qué gracioso surco el de esta espalda que termina en un talle tan esbelto, ¡oh, sí! tan frágil, que ha sido preciso todo el poder de la divinidad para mantener sujeta a él esa grupa tan considerable!
¡Hela aquí! ¡magnífica muchacha a quien, cuando se levanta, la obligan asentarse sus pesadas caderas, y cuando se sienta, su grupa opulenta rebota y la obliga a ponerse de pie! ¡Oh! ¡qué dos montículos tan encantadores y arenosos!
¡Y todo esto lo soportan dos columnas de gloria muy erguidas, bien torneadas, tallos de perlas sobre dos tallos de papiro finamente aterciopelados por un vello moreno, y todo pesa sobre dos piececitos maravillosos, afilados y finos cual dos lindas puntas de lanza!
¡Oh! ¡gloria a la divinidad! ¿Cómo dos bases tan delicadas tienen fuerza para soportar todo el conjunto de arriba?
¡Id ¡oh amigos míos! a saludar a la bella Solamida Tumadir, y saludad de nuevo a mi linda gacela de noble origen!
Y al día siguiente, el noble Doreid, acompañado de los notables de su tribu, fué, con gran aparato, en busca del padre de Tumadir, y le rogó que se la diera en matrimonio. Y el viejo Amr, sin hacer esperar su respuesta, dijo al jinete poeta: "Mi querido Doreid, no se rechazan las proposiciones de hombre tan generoso como tú; no se rehúsan los deseos de jefe tan honrado como tú; no se da en el hocico a un semental como tú. Pero debo decirte que mi hija Tumadir tiene en la cabeza ciertas ideas, ciertas maneras de ver...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 974ª noche

Ella dijo:
"... no se da en el hocico a un semental como tú. Pero debo decirte que mi hija Tumadir tiene en la cabeza ciertas ideas, ciertas maneras de ver... Y se trata de ideas y maneras de ver que por lo general no tienen las demás mujeres. Y yo siempre la dejo en libertad de obrar como le plazca, porque mi Khansa no es como las demás mujeres. Voy, pues, a hablarle de ti lo más elogiosamente que pueda, te lo prometo; pero no respondo de su consentimiento que dejo a su albedrío".
Y Doreid le dió las gracias por lo que se prestaba a hacer; y Amr entró al cuarto de su hija, y le dijo: "Khansa: un valeroso jinete, un noble personaje, jefe de los Bani-Jucham, hombre venerado por su gran edad y su heroísmo, Doreid, en fin, el noble Doreid, hijo de Simmah, de quien conoces odas guerreras y hermosos versos, viene a mi tienda para pedirte en matrimonio. Se trata, hija mía, de una alianza que nos honra. Aparte esto, no he de influir en tu decisión".
Y Tumadir contestó: "Padre mío, déjame algunos días de plazo para que, antes de contestar, pueda consultar conmigo misma".
Y el padre de Tumadir volvió ante Doreid, y le dijo: "Mi hija Khansa desea esperar un poco antes de dar una respuesta definitiva. Espero, sin embargo, que aceptará tu alianza. Ven, pues dentro de unos días". Y Doreid contestó: "Conforme, ¡oh padre de los héroes!" Y se retiró a la tienda puesta a su disposición.
Y he aquí que, en cuanto se alejó Doreid, la bella Solamida mandó que le siguiera los pasos una de sus servidoras, diciéndole: "Ve a vigilar a Doreid, y síguele cuando se separe de las tiendas para hacer sus necesidades. Y mira bien el chorro, y fíjate en la fuerza que tiene y en la huella que deje en la arena. Y por ello juzgaremos si se halla todavía con vigor viril".
Y la servidora obedeció. Y fué tan diligente, que al cabo de algunos instantes estaba de vuelta junto a su ama, y le dijo estas simples palabras: "Hombre inservible".
Al expirar el plazo pedido por Tumadir, Doreid volvió a la tienda de Amr para saber la respuesta. Y Amr le dejó en la parte de la tienda reservada a los hombres, y entró en el aposento de su hija, y le dijo: "Nuestro huésped espera tu decisión. Khansa mía, y lo que hayas resuelto". Y ella contestó: "He consultado conmigo misma, y he resuelto no salir de mi tribu. Porque no quiero renunciar a unirme con alguno de mis primos, jóvenes hermosos cual hermosas y largas lanzas, por casarme con un Juchamida viejo como Doreid, con el cuerpo extenuado, que de hoy a mañana rendirá su menguada alma. ¡Por el honor de nuestros guerreros! prefiero envejecer virgen a ser mujer de un viejo helado".
Y Doreid, que estaba en la tienda, del lado de los hombres, oyó la despreciativa respuesta, y se impresionó cruelmente. Y por orgullo, no dejó traslucir sus sentimientos, y despidiéndose del padre de la bella Solamida, partió camino de su tribu.
Pero se vengó de la cruel con la sátira siguiente:
¡Declaras, querida mía, que Doreid es viejo, demasiado viejo! ¿Acaso te había él dicho que naciese ayer?
¡Anhelas tener por marido ¡oh Khansa! -y en verdad que haces bien- a un jayán de piernas patosas que, por la noche, sepa maniobrar en el estiércol de los rebaños!
¡Sí; que nuestras divinidades, hija mía, te preserven de maridos como yo! ¡Porque yo soy y hago otra cosa!
¡Sabido es, en efecto, quién soy, y que si mi mano está fuerte, es para tareas mucho más serias!
¡Sabido es por doquiera que, en las grandes crisis, ni me encadena la lentitud ni me arrebata la precipitación, y que en toda ocasión tengo prudencia y cordura!
¡Sabido es por doquiera que, en mi tribu, por respeto a mí, nadie pregunta al huésped que alojo, y a mis protegidos jamás se les inquieta en sus noches!
¡Sabido es, finalmente, que, en los meses famélicos de sequía, cuando las mismas nodrizas se olvidan de sus mamones, mis tiendas rebosan comida y mi hogar chisporrotea!
¡Guárdate, pues, de tomar un marido como yo y de hacer hijos como yo!
¡Tú ¡oh Khansa! anhelas tener por marido -y en verdad que haces bien- a un jayán de piernas patosas que, por la noche, sepa maniobrar en el estiércol de los rebaños!
¡Porque declaras, querida mía, que Doreid es viejo, demasiado viejo! ¿Acaso te había él dicho que naciese ayer?
Cuando se difundieron estos versos por las tribus, de todas partes aconsejaron a Tumadir que aceptara por marido a aquel Doreid de mano generosa, de fantasía sin par. Pero ella no volvió de su acuerdo.
Acaeció, entretanto, que en un encuentro sangriento con la tribu enemiga de los Murridas, un hermano de Tumadir, el valeroso jinete Moawiah, pereció a manos de Haschem, jefe de los Murridas y padre de la bella Asma, a la que en otra ocasión había ofendido aquel mismo Moawiah. Y precisamente aquella muerte de su hermano la deploró Tumadir en el canto fúnebre, cuyo aire se salmodiaba con el compás del primer bordón y en la tónica de la cuerda del dedo anular:
¡Llorad, ojos míos; verted lágrimas inagotables! ¡Ay! ¡la que vierte estas lágrimas llora a un hermano que ha perdido! ¡En adelante, entre ella y él, estará el velo que ya no se descorre, la tierra reciente de la tumba!
¡Oh hermano mío! ¡partiste para la acequia de cuya agua gustarán todos un día la amargura! ¡Marchaste puro allí, diciendo: "Más vale morir: la vida no es más que un vuelo de abejorros sobre la punta de una lanza!"
¡Mi corazón recuerda, ¡oh hijo de mi padre y de mi madre! y me abato como la hierba en estío! ¡Me encierro en la consternación!
¡Ha muerto el que era escudo de nuestras tribus y sostén de nuestra casa; ha partido para una calamidad! ¡Ha muerto el que era faro y modelo de los hombres más valientes; quien era para ellos como las hogueras encendidas, como las cimas de las montañas!
¡Ha muerto el que montaba en yeguas preciosas, deslumbrando con sus vestiduras! ¡El héroe de largo tahalí, que era rey de nuestras tribus, cuando aún estaba imberbe, el joven lleno de valentía y de hermosura!
¡Mi hermano, el de las dos manos generosas, la propia mano de la generosidad!' ¡Ya no existe! ¡Está en la tumba, frío, encerrado bajo la roca y la piedra!
¡Decid a su yegua Alwa la de pecho admirable: "Llora, gime por las carreras vagabundas: ¡ya no te cabalgará tu dueño!".
¡Oh hijo de Amr! ¡la gloria galopaba a tu lado cuando en el fragor de la batalla se alzaba hasta los muslos tu larga cota de armas!
¡Cuando la llama de la guerra hacía a los hombres herirse cuerpo a cuerpo, y tus hermanos y tú pasabais, caballo contra caballo, como vampiros y buitres montados por demonios! ¡Ciertamente, despreciabas la vida en días de combate, cuando despreciar la vida es más grande y digno de recuerdo!
¡Cuántas veces te precipitaste contra los torbellinos erizados de cascos de hierro y bastardos de dobles cotas de malla, impasible en medio de horrores sombríos como los tintes bituminosos de la tormenta!
¡Fuerte y arrojado, como un mástil de Rudaina, brillabas en toda tu juventud, con tu talle semejante a un brazalete de oro! ¡Cuando a tu alrededor, en medio del desorden de las batallas, la muerte arrastra en la sangre los bordes de tu manto!
¡Cuántos caballos precipitaste sobre los escuadrones enemigos, oh hermano mío! mientras la roja apisonadora de las batallas rodaba terriblemente sobre los más bravos de ambos campos!
¡Tú echabas entonces la orla de tu resplandeciente cota de malla sobre tu corcel, a quien se le saltaban las entrañas y le sonaban en los flancos!
¡Tú animabas a las lanzas, excitándolas a confundir sus relampagueos, cuando iban a hundirse hasta el fondo de los riñones en las entrañas de los guerreros!
¡Tú eras el tigre enardecido que se lanza a la refriega en medio de la tormenta, armado con las dobles armas de sus dientes y sus uñas!
¡Cuántas cautivas desoladas y felices has conducido delante de ti, como rebaños de hermosos antílopes conmovidos por las primeras gotas de lluvia! ¡Cuántas bellas y blancas mujeres salvaste por la mañana, a la hora de la pelea, cuando erraban, con el velo en desorden, enloquecidas de horror y de espanto!
¡Cuántas desgracias nos evitaste, desgracias cuyo solo aspecto terrible o relato habría hecho abortar a las mujeres encinta! ¡Cuántas madres se hubiesen quedado sin hijos si tu sable no hubiese estado allí!
¡Y también ¡oh hermano mío! cuántas rimas de combate cantaste sin esfuerzo en el tumulto, penetrantes como el hierro de la lanza, y que vivirán por siempre entre nosotros!
¡Ah! ¡muerto el generoso hijo de Amr, que se apaguen las estrellas, que anule el sol sus rayos! ¡El era nuestro sol y nuestra estrella!
Ahora que ya no existes, hermano mío, ¿quién recogerá al extranjero cuando del Norte lúgubre soplen los vientos sibilantes que suenan en los ecos?
¡Ay! ¡a aquel que os alimentaba con sus rebaños, ¡oh viajeros! y os protegía con sus armas, le pusisteis y dejasteis en el polvo donde cavasteis su fosa, le dejasteis en la morada terrible, en medio de estacas puestas en hilera! ¡Y arrojáronse sobre él ramajes sombríos de salamah!
Entre las tumbas de nuestros antepasados, sobre las cuales ya hace mucho tiempo que pasan los años y los días!
¡Oh hermano mío, hijo del más hermoso de los Solamidas! ¡qué dolor tan lancinante es para mí tu pérdida, que extingue mi resolución y mi valor!
¡La mehara (camella) que, privada de su recién nacido, da vueltas en torno al simulacro que le fingen para engañar su ternura, lanzando quejas y gritos de angustia, que va y busca, ansiosa, por todos lados; que ya no ramonea en los pastos cuando despierta su recuerdo; que ya no tiene más que gemidos y saltos medrosos, no da más que una débil imagen del dolor que me abruma, ¡oh hermano mío!
¡Oh! ¡jamás cesarán mis lágrimas por ti, jamás se interrumpirán mis sollozos y mis acentos de dolor! ¡Llorad, ojos míos; verted lágrimas inagotables!
Y precisamente con motivo de este poema, el poeta Nabigha El-Dhobiani y los demás poetas reunidos en la feria mayor de Okaz para la recitación anual de sus poesías ante todas las tribus de Arabia, fueron interrogados acerca del mérito de Tumadir El-Khansa, y contestaron con unanimidad: "¡Supera en poesía a los hombres y a los genn!"
Y Tumadir vivió después de la predicación del Islam bendito en Arabia. Y en el año ocho de la hégira de Sidna-Mahomed (con El la plegaria y la paz) fué con su hijo Abbas, que entonces era jefe supremo de los Solamidas, a someterse al Profeta, y se ennobleció con el Islam. Y el Profeta la trató con honores, y quiso oírla recitar sus versos, aunque no apreciaba a los poetas. Y la felicitó por su inspiración poética y por su fama. Y por cierto que repitiendo un verso de Tumadir fué cómo dejó ver que no sentía la medida prosódica. Porque falseó la extensión de aquel verso, transportando a otro las dos últimas palabras. Y el venerable Abu-Bekh, que escuchaba esta ofensa a la regularidad métrica, quiso rectificar la posición de las dos últimas palabras trastrocadas; pero el Profeta (con El la plegaria y la paz) le dijo: "¿Qué importa? Es lo mismo". Y Abu-Bekr contestó: "En verdad ¡oh Profeta de Alah! que justificas por completo estas palabras que Alah te ha revelado en su santo Korán: "No hemos enseñado a nuestro Profeta la versificación: no la necesita. ¡El Korán, lectura sencilla y clara, es la enseñanza!".
"¡Pero Alah es más sabio!".

Luego dijo el joven a sus oyentes: "He aquí otro rasgo admirable de la vida de nuestros padres árabes de la gentilidad". Y dijo:

EL POETA FIND Y SUS DOS HIJAS GUERRERAS, OFAIRAH LOS SOLES Y HOZEILAH LAS LUNAS

"Hemos llegado a saber que el poeta Find, cuando era centenario y jefe de la tribu de los Bani-Zimmán, rama de la gran tribu de los Bekridas, del tronco primero de los Rabiah, tenía dos hijas jóvenes, que se llamaban, la mayor, Ofairah los Soles, y la menor, Hozeilah las Lunas. Y en aquel tiempo, la tribu entera de los Bekridas estaba en guerra con los Thaalabidas, numerosos y poderosos. Y a pesar de su mucha edad, se consideró a Find digno, por ser el jinete más afamado de su tribu, de que sus compañeros le enviaran a la cabeza de setenta jinetes, por todo contingente, con objeto de agregarse a la expedición general de los Bekridas. Y sus hijas, las dos jóvenes, se contaban entre los setenta. Y el mensajero que fué a anunciar a la asamblea general de los Bekridas la llegada del contingente de guerra de los Bani-Zimmán, dijo a aquellos a quienes le enviaban: "Nuestra tribu os envía un contingente de mil guerreros, más setenta jinetes".
Con esto quería decir que Find, por sí solo, valía tanto como un ejército de mil hombres. Luego, cuando estuvieron reunidos todos los contingentes de las tribus bekridas, se desencadenó la guerra como un huracán. Y entonces fué cuando se libró aquella batalla, célebre en todas las memorias, que se llamó la Jornada de la tala de los tupés, a causa de la enorme humillación que hicieron sufrir los Bekridas vencedores a sus prisioneros, cortándoles el tupé antes de enviarlos, libres, a mostrar su derrota a sus hermanos de las tiendas thaalabidas. Y en aquella batalla memorable fué precisamente donde se acreditaron para siempre las dos hijas de Find, revoltosas, impetuosas, heroínas de la jornada...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 975ª noche

Ella dijo:
Y en aquella batalla memorable fué precisamente donde se acreditaron para siempre las dos hijas de Find, revoltosas, impetuosas, heroínas de la jornada. Porque en lo más reñido del combate, y cuando parecía incierto el éxito, las dos jóvenes saltaron de pronto al suelo desde sus caballos, se desnudaron en un abrir y cerrar de ojos, y arrojando a lo lejos trajes y cotas de malla, se precipitaron, con los brazos hacia adelante, una en medio del ala derecha del ejército bekrida, y la otra en medio del ala izquierda, estremecidas y enteramente desnudas, conservando sólo en la cabeza sus ornamentos de color verde. Y cada cual clamó con toda su voz en la refriega un canto de guerra improvisado, que desde entonces se canta con el ritmo ramel pesado y en la tónica de la cuerda media del tetracordio, faltando el segundo ritmo medido sordamente por el aff.
He aquí primero el canto de Ofairah los Soles:
¡Al enemigo! ¡al enemigo! ¡al enemigo!
¡Encended la batalla, hijos de Bekr y de Zimmán, azuzad la pelea!
¡Las alturas están inundadas de escuadrones salvajes!
¡Adelante, pues! ¡al enemigo al enemigo!
¡Honores, honores a quien esta mañana se vista con el manto rojo!
¡Vamos, guerreros nuestros!
¡Caed sobre ellos, y os abrazaremos con toda la fuerza de nuestros brazos!
¡Aseméjense las heridas, anchurosas, a la abertura del vestido de una loca furiosa!
¡Y os preparemos una cama con muelles cojines!
¡Pero, si retrocedéis, huiremos de vosotros como de hombres indignos de amor!
¡Adelante, pues! ¡al enemigo, al enemigo!
¡Adelante, y honor a los hijos de Bekr y de Zimmán!
¡Encended la batalla, azuzad la pelea!
¡Matad y vivid, hijos de mi raza! ¡Adelante!
Y he aquí el canto de guerra clamado por la cólera de Hozeilah las Lunas para exaltar el ardor de los que rodeaban el pendón de los Bani-Zimmán, junto a su padre Find, que había cortado los jarretes de su camello para estar seguro de no retroceder un paso:
¡Valor, hijos de Zimmán; valor, nobles Bekridas;
Herid, herid con vuestros sables cortantes!
¡Sacudid sobre sus cabezas las mil teas de la guerra roja!
¡Degollemos, degollemos a todos!
¡Valor, defensores de vuestras mujeres!
¡Somos las hijas hermosas de la estrella de la mañana;
El almizcle perfuma nuestras cabelleras, las perlas nos adornan el cuello!
¡Degollad, degollad a todos!
¡Y os estrecharemos en nuestros brazos!
¡Valor, valor, heroicos jinetes de Rabiah!
¡Al más bravo de vosotros le sacrificaré mi flor virginal!
¡Caed sobre el enemigo! ¡Para el más bravo será Hozeilah las Lunas!
¡Degollad, degollad a todos!
¡Pero a los cobardes que retrocedan les desdeñaremos.
Con ese desdén de los labios y del corazón que acompaña al desprecio!
¡Herid, pues, con vuestros sables cortantes!
¡Que su sangre sirva de alfombra a nuestros pies!
¡Degollad a todos, herid con vuestros sables cortantes!
¡Degollad a todos!
Y al oír aquel doble canto de muerte, nuevo entusiasmo hizo hervir el ardor de los Bekridas, redobló el encarnizamiento, y la victoria fué para ellos decisiva y definitiva.
Y así es cómo se batían nuestros padres de la gentilidad. ¡Y así es cómo se portaban sus hijas! ¡Que los fuegos de la gehenna no sean para ellos demasiado crueles!"
Luego el joven dijo a sus oyentes exaltados: "Escuchad ahora la AVENTURA AMOROSA DE LA PRINCESA FATIMAH CON EL POETA MURAKISCH, que también vivían en la época de la gentilidad".

Y dijo:

AVENTURA AMOROSA DE LA PRINCESA FATIMAH CON EL POETA MURAKISCH

"Cuentan que Nemán, rey de Hirah, en el Irak, tenía una hija llamada Fátimah, que era tan bella como ardiente. El rey Nemán, que conocía el temperamento poco tranquilizador de la joven princesa, había tenido la precaución de tenerla encerrada en un palacio retirado para prevenir un deshonor sobre su raza o una calamidad. Y también había tenido cuidado, en honor a su hija y por prudencia al mismo tiempo, de hacer vigilar día y noche alrededor del palacio a guardias armados. Y nadie más que la doncella de la princesa tenía derecho a entrar en aquel asilo conservador de la virtud de Fátimah. Y por un exceso de prudencia y desconfianza, a diario, a la caída de la noche, se arrastraban por tierra grandes mantas de lana alrededor del palacio, a fin de igualar y alisar la superficie arenosa del suelo para que desapareciese la huella de los piececitos de la joven que servía a la princesa, y también para reconocer al día siguiente si había dejado huellas algún tunante al acecho de aventuras.
Y he aquí que la bella cautiva subía varias veces al día a lo alto de su claustro forzado, y desde allí miraba de lejos a los transeúntes, y suspiraba. Y un día, por aquel procedimiento, vió a su doncellita, que se llamaba Ibnat-Ijlán, charlando con un joven de buen aspecto. Y acabó por saber de boca de la joven que aquel joven de quien la muchacha estaba enamorada era el célebre poeta Murakisch, y que ya había ella gozado de su amor muchas veces. Y la doncella, que era en verdad hermosa y vivaracha, elogió a su señora la belleza y la magnífica cabellera del poeta, y en términos tan exaltados, que la ardiente Fátimah deseó apasionadamente verle y gozarle a su vez, al igual de su doncella. Pero primero, con su delicadeza refinada de princesa, quiso asegurarse de si el hermoso poeta era de buena familia. Y con ello precisamente daba prueba de saber portarse como verdadera árabe de alto linaje que era. Y así se distinguió de su doncella, menos noble que ella, y por tanto, menos escrupulosa y menos exigente.
A tal fin, pues, la princesa recluida exigió una prueba, decisiva a su entender. Porque, cuando habló con la joven respecto a las probabilidades de que entrase el poeta en el castillo, acabó por decirle: "¡Escucha! Cuando mañana esté contigo el joven, preséntale un mondadientes de madera aromática y un pebetero en el que echarás un poco de perfume. Y después dile que se ponga de pie encima del pebetero para perfumarse. Si se sirve del mondadientes sin cortarlo ni deshacer un poco la punta, o si se niega a admitirlo, es un hombre vulgar, sin delicadeza. Y si se coloca encima del pebetero o si lo rechaza, también será un cualquiera. Y por muy gran poeta que sea, un hombre que no conoce la delicadeza no es digno de las princesas".
Así es que al día siguiente, cuando fué en busca de su enamorado, no dejó la joven de hacer la experiencia. Porque tras de colocar un pebetero encendido en medio de la habitación, y de echar en él perfume, dijo al joven: "¡Acércate para perfumarte!"
Pero el poeta no se molestó, y contestó: "Tráeme el pebetero, junto a mí". Y la joven así lo hizo; pero el poeta no puso el pebetero debajo de sus ropas, y se contentó con perfumarse solamente la barba y la cabellera. Tras de lo cual, aceptó el mondadientes que le presentaba su amante, y después de cortarlo y tirar un pedacito, hizo de la punta un pincel flexible, y se frotó con él los dientes y se perfumó las encías. Hecho esto, sucedió entre él y la joven lo que sucedió.
Y cuando la pequeñuela volvió al palacio vigilado, contó a su impetuosa señora el resultado de la prueba. Y Fátimah dijo al punto: "¡Tráeme a ese noble árabe! Y date prisa".
Pero los guardianes eran severos y estaban armados y en continuo acecho. Y cada mañana, los adivinos del rey Nemán, padre de la princesa, iban a aquellos lugares para ver y reconocer las huellas de pies impresas en la arena. Y se volvían los adivinos para decir a su señor: "¡Oh rey del tiempo! esta mañana no hemos encontrado otra impresión que la de los piececitos de la joven Ibnat-Ijlán".
Pero ¿qué hizo la maligna doncella de la princesa para introducir consigo al poeta sin traicionar su paso? Helo aquí. La noche fijada por su señora, fué en busca del joven, y sin vacilar, se le cargó a la espalda, le sujetó fuertemente pasándole por la cintura un manto que se anudó luego ella por delante, y así introdujo, sin peligro de descubrirse, al seductor en el aposento de la seducida.
Y el poeta pasó con la vehemente hija del rey una noche bendita, noche de blancura, de dulzura y de calentura. Y salió con el alba, de la misma manera que había entrado, es decir, a espaldas de la joven.
Pero ¿qué sucedió por la mañana? Pues que los adivinos del rey, como todas las mañanas, fueron a examinar los pasos señalados en la arena. Luego fueron a decir al rey, padre de la princesa: "iOh señor nuestro! esta mañana no hemos notado más que las huellas de los piececitos de Ignat-Ijlán. Pero esta joven ha debido engordar considerablemente en palacio, pues la impresión de sus pies en la arena es más profunda".
Y el caso es que las cosas continuaron lo mismo durante algún tiempo, amándose con reciprocidad ambos jóvenes, transportando al amante la doncella, y hablando de gordura los adivinos. Y no habría razón para que cesase aquel estado de cosas, si el poeta no hubiese destruido con sus manos su dicha.
En efecto, el hermoso Murakisch tenía un amigo muy querido, al que nunca rehusaba nada. Y como le pusiera al corriente de su singular aventura, aquel joven deseó con insistencia ser introducido de la propia manera ante la princesa Fátimah y hacerse pasar por Murakisch en persona, merced a las tinieblas de la noche y a su semejanza de estatura y de modales con su amigo. Y Murakisch se dejó vencer por las instancias del joven, y prestó su consentimiento por juramento. Y llegada que fué la noche, el amigo se montó a espaldas de la joven, y fué introducido en el cuarto de la princesa.
Y en la oscuridad empezó lo que debía empezar. Pero al punto, a despecho de las tinieblas, la experta Fátimah advirtió la sustitución, notando blandura donde antes había dureza, y tibieza donde antes había ardor abrasador, y pobreza donde antes había abundancia. Y levantándose en aquella hora y en aquel instante, rechazó al intruso con un desdeñoso puntapié y mandó que le recogiese su doncella, la cual le transportó afuera por el medio de transporte acostumbrado...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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