Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

Si desea escuchar noche por noche vaya a
http://www.1001noches.co/

73 Historia de la rosa marina y de la joven china

Hace parte de 

73 Historia de la rosa marina y de la joven china
            73.1 Historia que le sucedió a la hija de un rey de la india





Historia de la rosa marina y de la joven china - Descargar MP3

HISTORIA DE LA ROSA MARINA Y DE LA JOVEN CHINA

Cuentan ¡oh rey del tiempo! que, en un reino entre los reinos del Scharkistán -¡pero Alah el Exaltado es más sabio!- había un rey llamado Zein El-Muluk, célebre en los horizontes, y hermano de los leones en bravura y generosidad. Joven aún, había tenido ya dos hijos dotados de cualidades, cuando, por efecto de la bendición de su Señor y de la bondad del Repartidor, le nació un tercer hijo, niño insigne, cuya belleza disipaba las tinieblas, como una luna de catorce noches. Y a medida que aumentaban sus tiernos años, sus ojos, copas de embriaguez, turbaban a los más cuerdos con los dulces destellos de sus miradas; cada una de sus pestañas brillaba como la hoja curva de un puñal; los bucles de sus cabellos de almizcle negro mareaban los corazones como el nardo; sus mejillas estaban lozanas, sin afeites, y daban vergüenza en todos sentidos a las mejillas de las vírgenes; sus sonrisas tentadoras eran dardos: su porte era noble y delicado a la vez; la comisura izquierda de sus labios estaba adornada de una manchita redondeada con arte; y su pecho blanco y liso era como una tableta de cristal, y albergaba un corazón despierto y arrojado.
Y el rey Zein El-Muluk, en el límite de la dicha, hizo ir a adivinos y astrólogos para que sacasen el horóscopo de aquel niño. Y éstos agitaron la arena, y trazaron las figuras astrológicas, y pronunciaron las fórmulas principales de la adivinación. Tras de lo cual dijeron al rey: "La suerte de este niño es fausta y su estrella le asegura una dicha infinita. Pero también está escrito en su destino que si tú, su padre, llegas a mirarle en la época de su adolescencia, perderás la vista al punto".
Al oír este discurso de los adivinos y de los astrólogos, el mundo se ennegreció ante el rostro del rey. Y mandó retirar de su presencia al niño, y ordenó a su visir que le llevara, así como a su madre, a un palacio alejado, de modo que jamás pudiese encontrarle en su camino. Y el visir contestó con el oído y la obediencia, y ejecutó puntualmente la orden de su amo.
Y pasaron años y años. Y el hermoso vástago del jardín del sultanato, que había recibido de su madre cuidados de una delicadeza perfecta, verdeó de salud, de virtud y de belleza.
Pero como jamás puede borrarse lo escrito por el Destino, el joven príncipe Nurgihán montó un día en su corcel y se lanzó al bosque de caza. Y el rey Zein El-Muluk también había salido aquel día a cazar gamos. Y quiso la fatalidad que, no obstante toda la inmensidad de aquella selva, pasara él junto a su hijo. Y sin reconocerle, se posó en el joven su mirada. Y al instante desapareció de sus ojos la facultad de ver. Y el rey hubo de tornarse prisionero del reino de la noche. Y comprendiendo entonces que su ceguera se debía al encuentro con el joven jinete, y que aquel joven jinete no podía ser más que su hijo, dijo llorando: "De ordinario los ojos del padre que mira a su hijo se tornan más luminosos. Pero los míos han cegado para siempre por voluntad de la suerte".
Tras de lo cual hizo convocar en su palacio a los médicos más eminentes del siglo, y a los que en el saber superaban a Ibn-Sina, y los consultó acerca del modo de curar su ceguera. Y todos, después de concertarse e interrogarse, convinieron en declarar al rey que aquella ceguera no era curable por los procedimientos ordinarios. Y añadieron: "El único remedio que te queda para recobrar la vista es tan difícil de obtenerse, que resulta preferible no pensar en él siquiera. Porque se trata de la rosa marina cultivada por la joven de China ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 955ª noche

Ella dijo:
"... Porque se trata de la rosa marina cultivada por la joven de China".
Y explicaron al rey que, en el lejano interior del país de China, había una princesa, hija del rey Firuz-Schah, que en su jardín tenía el único arbusto de aquella rosa marina conocido, cuya virtud curaba los ojos y devolvía la vista, incluso a los ciegos de nacimiento.
Y el rey Zein El-Muluk, al oír estas palabras de sus médicos, hizo proclamar por los pregoneros, en todo su reino, que quien le llevara la rosa marina de la joven de China tendría en recompensa la mitad de su Imperio. Y luego aguardó el resultado, llorando como Jacob, consumiéndose como Job y empapándose en la sangre de su corazón separado en dos lóbulos.
Y he aquí que, entre los que partieron para el país de China en busca de la rosa marina, estaban los dos hijos mayores de Zein El-Muluk. Y también partió el joven príncipe Nurgihán. Porque habíase dicho: "Voy a probar en la piedra de toque del peligro, el oro de mi destino. Y ya que soy el causante involuntario de la ceguera de mi padre, justo es que por curarle exponga mi vida".
Y el príncipe Nurgihán, aquel sol del cuarto cielo, montó en su corcel, ágil como el viento, a la hora en que la luna, viajera montada en el negro palafrén de la noche, había vuelto las riendas hacia Oriente.
Y viajó durante días y meses, atravesando llanuras y desiertos, y soledades donde no había otra presencia que la de Alah y la de la hierba salvaje. Y acabó por llegar a una selva sin límites, más negra que el espíritu del ignorante, y tan oscura, que no se podía en ella distinguir la noche del día ni ver la diferencia entre lo blanco y lo negro. Y Nurgihán, cuyo brillante rostro iluminaba por sí solo las tinieblas; avanzaba con corazón de acero por aquella selva de árboles que, en ciertos parajes, ostentaban, a manera de frutos, cabezas de seres animados que se ponían a bromear y a reír y caían al suelo, en tanto que, en otras ramas, se abrían crujiendo unas frutas que parecían pucheros de barro, y dejaban escapar de su cavidad pájaros con ojos de oro.
Y he aquí que de pronto se encontró frente a frente con un viejo genni, semejante a una montaña, sentado en el tronco de un enorme algarrobo. Y le abordó con la zalema, e hizo salir de la caja de rubíes de su boca algunas palabras que se asimilaron al espíritu del genni como el azúcar a la leche. Y el genni, conmovido por la hermosura de aquella tierna planta del jardín de la elevación, le invitó a descansar junto a él. Y Nurgihán se apeó del caballo, y tomó de su alforja un pastel de manteca derretida con azúcar y harina flor, y se lo ofreció, en prueba de amistad, al genni, que lo aceptó y sólo tuvo con ello para un bocado. Y quedó tan satisfecho de aquel alimento, que saltó de alegría, y dijo: "Este alimento de los hijos de Adán me da más gusto que si me hubiesen regalado el azufre rojo que sirve de piedra al anillo de nuestro señor Soleimán. Y estoy tan entusiasmado, ¡por Alah! que si cada pelo mío se convirtiera en cien mil lenguas, y cada una de esas lenguas se dedicara a alabarte, aún no expresaría yo la gratitud que por ti siento. Pídeme, pues, en cambio, cuanto quieras, y lo cumpliré sin tardanza. De no hacerlo así, mi corazón parecería un plato que cayera desde lo alto de una terraza y se rompiera en añicos".
Y Nurgihán dió gracias al genni por sus amables palabras, y le dijo: "¡Oh jefe de los genn y corona suya! ¡oh guardián celoso de esta selva! puesto que me permites formular un deseo, helo aquí. Sencillamente pídote que me hagas llegar sin tardanza ni dilación, al reino del rey Firuz-Schah, donde cuento con coger la rosa marina de la joven de China".
Al oír estas palabras, el genni guardián de la selva lanzó un frío suspiro, se golpeó la cabeza a dos manos, y perdió el conocimiento. Y Nurgihán le prodigó los cuidados más delicados; pero, al ver que no daban resultado, le puso en la boca otro pastel de manteca derretida con azúcar y harina en flor. Y al punto recuperó la sensibilidad el genni, que salió de su desmayo, y conmovido todavía por el pastel y la demanda, dijo al joven príncipe: "¡Oh mi señor! la rosa marina de que hablas, y cuya dueña es una joven princesa de China, está guardada por genn aéreos que día y noche se dedican a impedir que ningún pájaro vuele en torno a ella, que no deterioren su corola las gotas de lluvia y que el sol no la queme con su lumbre. Por tanto, no veo manera de arreglarme, una vez que te haya transportado al jardín donde ella vive, para burlar la vigilancia de esos guardianes aéreos que están enamorados de ella. ¡En verdad que mi perplejidad es una perplejidad grande! Pero dame ya otro de esos excelentes pasteles que tanto bien me han hecho. Y quizás sus cualidades ayuden a mi cerebro a dar con la coyuntura que anhelo. Porque es preciso que cumpla mi promesa para contigo, haciéndote lograr la rosa de tus deseos".
Y el príncipe Nurgihán se apresuró a dar el pastel consabido al genni guardián de la selva, quien, tras de hacerlo desaparecer en el abismo de su gaznate, hundió su cabeza en su capucha de la reflexión. Y de repente alzó la cabeza, y dijo: "El pastel ha surtido efecto. Móntate en mi brazo y emprendamos vuelo hacia la China. Porque ya he dado con el medio de burlar la vigilancia de los guardianes aéreos de la rosa. Y consiste en arrojarles uno de esos asombrosos pasteles de manteca derretida con azúcar y harina de flor".
Y el príncipe Nurgihán, que empezó por inquietarse al ver que se desmayaba el genni de la selva, se tranquilizó y holgó; y reverdeció como el jardín y floreció como el botón de rosa. Y contestó: "No hay inconveniente".
Entonces el genni de la selva acomodó al príncipe en su brazo izquierdo y se puso en camino, con dirección al país de la China, resguardando de los rayos del sol al hijo de Adán con su brazo derecho. Y devorando en su vuelo la distancia, de aquel modo llegó sin contratiempo, gracias a la seguridad, encima de la capital del país de China. Y soltó dulcemente al príncipe a la entrada de un jardín maravilloso, que no era otro que el jardín donde vivía la rosa marina. Y le dijo: "Puedes entrar con el corazón tranquilo, porque voy a distraer a los guardianes de la rosa con el pastel que me has dado para ellos. Luego me encontrarás esperándote aquí mismo, dispuesto a conducirte adonde quieras".
Y acto seguido el hermoso Nurgihán dejó a su amigo el genni y penetró en el jardín. Y vió que aquel jardín, fragmento destacado del alto paraíso, surgía ante sus ojos tan hermoso como un crepúsculo granate...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 956ª noche

Ella dijo:
". . . Y vió que aquel jardín, fragmento destacado del alto paraíso, surgía ante sus ojos tan hermoso como un crepúsculo granate. Y en medio de aquel jardín había un anchuroso pilón de agua de rosas hasta los bordes. Y en el centro de aquel pilón precioso se alzaba, única en su tallo, una flor de color rojo de fuego muy abierta. Y era la rosa marina. ¡Oh! ¡qué admirable era! Sólo el ruiseñor podría hacer su verdadera descripción.
Y el príncipe Nurgihán, maravillado de su hermosura y embriagado con su olor, comprendió, desde luego, que una rosa semejante debía estar dotada de las más milagrosas virtudes. Y sin vacilar, se quitó sus vestidos, entró en el agua perfumada, y fué a arrancar el rosal entero con su única flor.
Luego, enriquecido con aquella delicada carga, el jovenzuelo volvió al borde del pilón, se secó y se vistió a la sombra de los árboles, y ocultó la planta bajo su manto, mientras las aves, escondidas en los cañaverales, contaban en su lenguaje a los arroyos el robo de la rosa milagrosa y de su arbolillo.
Pero no quiso él alejarse de aquel jardín sin haber visitado el encantador pabellón que se erguía a orillas del agua, y que estaba enteramente construido con cornalinas del Yemen. Y avanzó por el lado de aquel pabellón, y entró en él denodadamente. Y se encontró en una sala de la más armoniosa arquitectura, decorada con un arte perfecto y de hermosas proporciones. Y en medio de aquella sala había un lecho de marfil enriquecido de pedrerías alrededor del cual caían cortinas bordadas hábilmente. Y Nurgihán, sin vacilar, se dirigió al lecho, entreabrió las cortinas, y se quedó inmóvil de admiración al ver, acostada en los cojines, a una delicada jovenzuela, sin otro traje ni ornamento que su propia belleza. Y estaba sumida en un profundo sueño, sin sospechar que, por primera vez en su vida, unos ojos humanos la contemplaban sin el velo del misterio. Y sus cabellos aparecían en desorden; y su manita regordeta, con cinco hoyuelos, se posaba perezosamente en su frente. Y la negrura de la noche habíase refugiado en su cabellera color de almizcle, mientras las hermanas de las Pléyades se ocultaban detrás del velo de las nubes al ver el rosario luminoso de sus dientes.
Y el espectáculo de la belleza de aquella jovenzuela de China, que se llamaba Cara de Lirio, produjo tanto efecto en el príncipe Nurgihán, que se cayó privado de sentido. Pero no tardó en recobrar el conocimiento, y lanzando un profundo suspiro, se acercó a la almohada de la hermosa que le hechizaba, y no pudo por menos de recitar estos versos:
¡Cuando duermes en la púrpura, tu faz clara es como la aurora, y tus ojos cual los cielos marinos!
¡Cuando tu cuerpo, vestido de narcisos y de rosas, se pone de pie y se alarga estirado, no le igualaría la palmera que crece en Arabia!
¡Cuando tus finos cabellos, donde arden pedrerías, caen a plomo o se despliegan ligeros, ninguna seda valdría lo que su trama natural!
Tras de lo cual, queriendo dejar a la bella durmiente un indicio de su entrada en aquel lugar, le puso al dedo un anillo que llevaba, y le quitó del suyo la sortija que llevaba ella poniéndosela en su propio dedo. Y salió entonces del pabellón, sin despertarla, recitando estos versos:
¡Abandono este jardín llevando en mi corazón, como el tulipán sangriento, la herida del amor!
¡Desgraciado el que sale del jardín del mundo sin llevarse ninguna flor en la orla de su traje!
Y fué en busca del genni guardián de la selva, que le esperaba a la puerta del jardín, y le rogó que le transportara sin tardanza al reino del rey Zein El-Muluk, al Scharkistán. Y el genni contestó: "Oír es obedecer! ¡Pero no sin que antes me hayas dado otro pastel!" Y Nurgihán le dió el último pastel que le quedaba ya. Y al punto le tomó el genni en su brazo izquierdo, y partió con él, en carrera aérea, hacia el Scharkistán.
Y llegaron sin contratiempo al reino del rey ciego Zein El-Muluk. Y cuando aterrizaron, dijo el genni al hermoso Nurgihán: "¡Oh capital de mi vida y de mi alegría! no quiero abandonarte sin dejarte una prueba de mi abnegación. Toma este mechón de pelo que acabo de arrancarme de la barba para ti. Y cada vez que necesites de mí, no tendrás más que quemar uno de estos pelos. Y estaré inmediatamente entre tus manos". Y tras de hablar así, el genni besó la mano que le había alimentado, y se fué por su camino.
En cuanto a Nurgihán, se apresuró a subir al palacio de su padre, después de pedir audiencia y anunciar que llevaba la curación. Y cuando fué introducido a presencia del rey ciego, sacó de debajo de su manto la planta milagrosa, y se la entregó. Y no bien se acercó el rey a los ojos la rosa marina, de un olor y una hermosura que transportaban el alma de los espectadores, sus ojos se tornaron, en aquella hora y en aquel instante, luminosos como estrellas.
Entonces, en el límite de la alegría y de la gratitud, el rey besó en la frente a su hijo Nurgihán y le estrechó contra su pecho, manifestándole la más viva ternura. Y mandó publicar por todo el reino que para en adelante repartía el Imperio entre él y su hijo menor Nurgihán. Y dió las órdenes necesarias para que, durante un año entero, se celebrasen fiestas que tuviesen abierta para todos sus súbditos, ricos y pobres, la puerta de la alegría y del placer, y cerrada la de la tristeza y de la pena.
Después, Nurgihán, convertido en el preferido de su padre, que en lo sucesivo podría mirarle sin peligro de perder la vista, pensó en transplantar la rosa marina para que no muriese. Y a tal fin recurrió al genni de la selva, a quien llamó quemando uno de los pelos de la barba. Y el genni le construyó, en el espacio de una noche, un estanque de una profundidad de dos picas, con argamasa de oro puro y cimientos de pedrerías. Y Nurgihán se apresuró a plantar la rosa en medio de aquel estanque. Y fué un encanto para los ojos y un bálsamo para el olfato...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 957ª noche

Ella dijo:
... Y fué un encanto para los ojos y un bálsamo para el olfato. Sin embargo, a pesar de la curación del rey, los dos hijos mayores, que se habían vuelto con la nariz alargada, pretendieron que aquella rosa marina no estaba dotada de virtudes milagrosas, y que el rey había recobrado la vista sólo merced a la hechicería y a la intervención, en aquel asunto, del demonio lapidado.
Pero su padre el rey, furioso por sus alegatos y descontento de su falta de discernimiento, los reunió en presencia de su hermano Nurgihán, y les pronunció un discurso severo, y les dijo: "¿Por qué dudáis del efecto de esta rosa en mi vista? Entonces, ¿no creéis que Alah el Altísimo pueda poner la curación en el corazón de una rosa, cuando puede hacer de una mujer un hombre y de un hombre una mujer? Escuchad, por cierto, ahora que viene a punto, lo que le sucedió a la hija de un rey de la India". Y dijo:
"En la antigüedad del tiempo, había un rey de la India que poseía en su harén cien mujeres hermosas y jóvenes, cogidas entre millares de jovenzuelas que no tenían igual en los palacios de los reyes. Pero ninguna concebía de él ni paría. Y aquello tenía triste y apenado al rey de la India, que ya estaba viejo y encorvado por la edad. Pero al fin, por obra de la omnipotencia de Alah, la más joven de las esposas del rey se quedó encinta, y después de nueve meses, echó al mundo una hija muy hermosa y de un aspecto verdaderamente feérico. Y su madre, por temor a que el rey se apenara al ver que no tenía un hijo varón, hizo correr el rumor de que la niña recién nacida era un niño. Y se puso de acuerdo con los astrólogos para hacer creer al rey que no convenía viese aquel niño antes de los diez años. "Cuando la pequeña, que crecía en belleza, llegó a la edad en que su padre podía verla por fin, su madre le hizo las recomendaciones necesarias y le explicó cómo debía conducirse para hacerse pasar por un muchacho. Y la chiquilla, a quien Alah había dotado de listeza y de inteligencia, comprendió perfectamente las instrucciones de su madre, y se amoldó a ellas en toda ocasión. E iba y venía por los aposentos reales vestida de chico y comportándose como si fuese realmente del sexo masculino.
"Y su padre el rey, de día en día se regocijaba de la hermosura del niño, a quien creía varón. Y cuando aquel presunto hijo alcanzó la edad de quince años, el rey decidió casarle con una princesa hija de un rey vecino. Y se concertó el matrimonio.
"Y cuando llegó el término fijado, el rey hizo que vistieran a su hijo con traje masculino, le hizo sentarse a su lado en un palanquín de oro, llevado a lomos de un elefante, y le condujo con un gran cortejo al país de su futura esposa. Y en aquella circunstancia tan difícil, el joven príncipe, que era interiormente una princesa, tan pronto lloraba como reía.
"Una noche en que el cortejo se había detenido en una selva frondosa, la joven princesa salió de su palanquín, y se alejó entre los árboles para satisfacer una necesidad de que hasta las princesas son esclavas. Y he aquí que se encontró frente a frente con un genni muy hermoso que estaba sentado bajo un árbol y era el guardián de aquella selva. Y el genni, deslumbrado por la belleza de la joven, la saludó cortésmente y le preguntó quién era y dónde iba. Y ella, confiada en el aspecto simpático de él, le contó su historia toda con sus menores detalles, y le dijo cuán comprometida iba a verse en la noche de bodas al entrar en el lecho de la que le destinaban por esposa.
"Entonces el genni, conmovido por el apuro en que se encontraba ella, reflexionó un instante; luego le ofreció generosamente prestarle por entero su sexo y tomar el de la joven, pero a condición de que ella le devolviera fielmente el depósito en tiempo oportuno. Y la joven, llena de gratitud, aceptó la oferta y consintió en la proposición. Y por obra de la voluntad del Todopoderoso, al punto se efectuó el cambio sin dificultad ni complicación. Y entusiasmada ella hasta el límite del entusiasmo, cargada con aquel don nuevo y aquella mercancía, volvió con su padre y subió otra vez al palanquín. Y como todavía no estaba acostumbrada a sus nuevos apéndices, se sentó torpemente encima de ellos, y lanzó un grito de dolor. Pero se repuso en seguida para que no se lo notaran, y en lo sucesivo puso toda su atención y todos sus cuidados en no repetir el mismo movimiento, no solamente para no sufrir el mismo dolor, sino también para no estropear un depósito que le estaba confiado y que tenía que devolver en buen estado a su propietario.
"Y días después, el cortejo llegó a la ciudad de la novia. Y se celebró con gran pompa el matrimonio. Y el esposo supo servirse a maravilla del instrumento que graciosamente le había prestado el genni, y tan bien lo manipuló, que la recién casada quedó encinta de buenas a primeras. Y se puso contento todo el mundo.
"Al cabo de nueve meses, la recién casada parió un niño encantador. Y cuando salió del puerperio, su esposo le dijo: "Ya es tiempo de que nos vayamos a mi país, con objeto de que veas a mi madre, a mis parientes y mi reino". Le dijo eso, pero, en realidad, lo que quería era devolver sin más tardanza al genni de la selva el depósito intacto y en buen estado, tanto más cuanto que, durante aquellos nueve meses de vida agradable, aquel depósito había fructificado y se había hermoseado y desarrollado.
"Y como la joven esposa respondió con el oído y la obediencia, se pusieron en camino. Y no tardaron en llegar a la selva, residencia del genni dueño de la mercancía. Y el príncipe se alejó de la caravana y se presentó en el paraje donde habitaba el genni. Y lo encontró sentado en el mismo sitio, visiblemente fatigado y con la apariencia de una mujer a quien le hubiera engordado el vientre. Y después de las zalemas, le dijo: "!Oh jefe de los genn y corona suya! gracias a tu benevolencia, he realizado plenamente lo que tenía que hacer y he obtenido lo que deseaba. Y ahora, cumpliendo mi promesa, vengo a devolverte fielmente tu bien, que ha crecido y se ha hermoseado, y a recoger mi bien". Y así diciendo, quiso ponerle en la mano el depósito que llevaba.
"Pero el genni le contestó: "Ciertamente, tu formalidad es mucha formalidad y tu honradez es extremada. Pero, con gran sentimiento mío, debo decirte que ahora no tengo gana de recuperar lo que te he prestado ni de darte lo que llevo conmigo. Es cosa decidida, y el Destino lo ha dispuesto así. Porque, desde que nos separamos, ha ocurrido algo que impide para en lo sucesivo todo cambio entre nosotros". Y la antigua joven preguntó: "¿Y qué es ¡oh gran genni! lo que nos impide a ambos recuperar nuestro respectivo sexo?" El contestó: "Has de saber ¡oh antigua joven! que te he esperado aquí mucho tiempo, velando delicadamente por el depósito que me habías confiado a cambio del mío; y no perdoné nada para conservarlo en su estado encantador de virginidad y de candor, cuando he aquí que, un día, un genni, intendente de estos dominios, pasó por la selva y vino a verme. Y por mi nuevo olor comprendió que yo era portador de un sexo que él no sabía que tuviese. Y experimentó por mí un amor violento; y excitó en mí el mismo sentimiento, recíprocamente. Y se unió conmigo de la manera ordinaria, y rompió el sello de la virginidad que tenía en depósito. Y experimenté cuanto experimenta una mujer en circunstancia semejante; y hasta observé que el placer sentido por las mujeres es mucho más durable y de calidad más delicada que el sentido por los hombres. Y actualmente no puedo recobrar mi sexo, porque estoy encinta de mi esposo el intendente; y si, por desgracia, consintiera yo en volver a ser hombre y tuviese que parir, siendo hombre, al hijo que llevo en mi seno, sin duda moriría de dolor y con el vientre desgarrado. Y ya sabes el acontecimiento que me obliga de por vida a guardar lo que me has prestado. Así, pues, por tu parte, guarda lo que te he prestado yo. Y demos gracias a Alah que lo ha efectuado todo sin daño ni contratiempo, y que ha permitido se realice entre nosotros este cambio que no lesiona a nadie".
Y el rey, tras de contar esta historia a sus dos hijos mayores delante de su hermano Nurgihán, continuó: "Así, pues, nada es imposible para la omnipotencia del Creador. Y El, que de tal suerte ha podido convertir a una joven en un joven, y a un genni varón en mujer encinta, también ha podido poner la curación de mi vista en el corazón de una rosa". Y después de hablar así, echó de su presencia a sus dos hijos mayores y retuvo consigo al joven Nurgihán, colmándole de atenciones y pruebas de ternura. Y esto es lo referente a ellos.
Pero he aquí lo que atañe a la princesa Cara de Lirio, la joven de China, dueña de la rosa marina:
Cuando el perfumador del cielo puso en la ventana de Oriente la bandeja de oro del sol llena del alcanfor de la aurora, la princesa Cara de Lirio abrió sus ojos encantadores y salió de su lecho. Y arregló su peinado, anudó su cabellera, y se dirigió muy lentamente, balanceándose con gracia, al pilón en que se hallaba la rosa marina. Porque cada mañana su primer pensamiento y su primera visita eran para su rosa. Y cruzó el jardín, cuya atmósfera estaba tan perfumada como el almacén de un mercader de sahumerios, y cuyos frutos eran en los árboles otras tantas redomas de azúcar suspendidas al aire. Y por la mañana de aquel día era más hermosa que todas las mañanas, y el cielo alquimista tenía color de vidrio y de turquesa. Y a cada paso de la joven del cuerpo de rosa parecían nacer flores, y el polvo que alzaba la cola de su traje era un colirio para los ojos del ruiseñor...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 958ª noche

Ella dijo:
... y el polvo que alzaba la cola de su traje era un colirio para los ojos del ruiseñor. Y llegó de aquel modo al borde del pilón, y posó los ojos en el sitio que ocupaba su querida rosa. Pero no vió ni rastro de ella y no percibió su olor. Entonces, aniquilada de dolor, estuvo a punto de disolverse como el oro en el crisol, y de amustiarse como un capullo a impulso del simún de la pena. Y en el mismo momento, para colmo de desdicha, observó que el anillo que llevaba al dedo era un anillo extraño, y que había desaparecido la sortija que llevaba desde hacía años.
Así es que, acordándose de la desnudez en que se hallaba mientras dormía, y pensando que los ojos de un extraño habían violado impunemente todo el misterio encantador de su persona, quedó sumida en un océano de confusión. Y volvió a toda prisa a su pabellón de rubíes, y se estuvo llorando sola todo el día. Tras de lo cual, con la reflexión, le asaltaron pensamientos razonables, y se dijo: "Ciertamente, es falso el refrán que dice:
"No se pueden seguir las huellas de lo que no deja huellas; porque si se siguen, no se deja huella tras de sí mismo".
Y asimismo, nada hay tampoco más embustero que este otro refrán:
"Cuando se busca un objeto perdido, es preciso que uno mismo se pierda para encontrarlo".
Porque yo, tan débil y tan joven como soy, quiero desde este instante ¡por Alah! ponerme en busca del raptor de mi rosa y conocer el motivo de su latrocinio. Y le castigaré por haberse atrevido a posar la mirada de su deseo en mi virginidad de princesa adormecida".
Dijo, y al instante se puso en camino, agitando las alas de la impaciencia, seguida de sus jóvenes esclavas, a quienes había vestido de guerreros.
Y a fuerza de caminar, preguntando por doquiera durante el viaje, acabó por llegar sin contratiempo al Scharkistán, reino de Zein El-Muluk, padre de Nurgihán. Y al entrar en la capital vió por todas partes los paveses de fiesta, que debían durar un año entero; y a cada puerta oyó resonar instrumentos de música y manifestaciones de alegría. Y deseosa de saber el motivo de aquellos regocijos, preguntó, disfrazada siempre de hombre, cuál era la causa de la general alegría que reinaba entre los habitantes de la ciudad. Y le contestaron: "El rey estaba ciego; pero su hijo, el excelente, el hermoso Nurgihán, ha conseguido, después de trabajos infinitos, traerle la rosa marina de la joven de China. Y el simple contacto de esta rosa milagrosa con los ojos del rey le ha devuelto la vista. Y se le han tornado los ojos luminosos como estrellas. Y con este motivo, ha ordenado el rey que la gente se entregase al placer y al regocijo durante un año entero, a costa del tesoro del reino, y que a cada puerta se dejasen oír sin interrupción los instrumentos musicales, desde por la mañana hasta por la noche".
Y en el límite de la alegría por tener al fin noticias precisas de su rosa, Cara de Lirio empezó a tomar un baño en el río para reponerse de las fatigas del viaje. Luego, poniéndose otra vez sus ropas de hombre, se dirigió al palacio del rey, caminando con gracia por los zocos. Y quienes miraban a aquel joven quedaban borrados de admiración, como las huellas de pasos en la arena. Y los bucles acaracolados de sus cabellos retorcían el corazón de los espectadores.
Y así llegó al jardín, y vió, en el estanque de oro puro, su rosa marina abierta como antaño en medio de la preciosa agua de rosas, encanto de los ojos y bálsamo del olfato. Y tras de la alegría producida por aquel encuentro, se dijo: "Ahora voy a esconderme debajo de los árboles para ver al impúdico que ha arrebatado la rosa de mi jardín y la sortija de mi dedo".
Y en seguida llegó junto al estanque de la rosa el joven cuyos ojos, copas de embriaguez, turbaban a los más cuerdos con los dulces destellos de sus miradas; cada una de cuyas pestañas brillaba como la hoja curva de un puñal; cuyos bucles de almizcle negro mareaban los corazones como el nardo; cuyas mejillas, hermosas y lozanas, sin ningún afeite, superaban en todos sentidos a las mejillas empolvadas de las vírgenes, cuyas tentadoras sonrisas eran dardos; cuyo porte era noble y delicado a la vez; cuya comisura izquierda de los labios estaba adornada de una manchita redondeada con arte, y cuyo pecho, blanco y liso, era como una tableta de cristal y albergaba un corazón despierto y arrojado.
Y al verle, Cara de Lirio cayó en una especie de desvanecimiento y casi perdió la razón. Pues por algo ha dicho el poeta:
¡Si el arco de las cejas dispara en una asamblea las flechas de sus miradas, sólo hieren éstas con su punta al corazón digno de amor!
Y cuando Cara de Lirio recobró el sentido, se frotó los ojos miró a todos lados, y ya no vió al joven. Y se dijo: "He aquí que el ladrón de mi rosa también a mí acaba de robarme el alma y el corazón. No solamente ha roto con la piedra de la seducción la redoma preciosa de mi honor, sino que ha herido mi corazón solapadamente con la flecha del amor. ¡Ay! lejos de mi país y de mi madre, ¿adónde iré ahora y a quién me quejaré para pedir justicia por todos sus desaguisados?"
Y con el corazón abrasado de pasión, fué en busca de sus mujeres. Y poniéndose en medio de ellas, tomó un cálamo y un papel, y escribió a Nurgihán una carta, que lió, con el anillo, a su doncella favorita, encargándole entregara ambos objetos entre las propias manos del joven príncipe. Y la joven, en un abrir y cerrar de ojos, llegó junto a Nurgihán, y le encontró sentado y en actitud de soñar con su señora Cara de Lirio. Y después de zalemas respetuosas, le entregó la carta y el anillo de que la encargó la confianza de la princesa. Y Nurgihán, en el límite de la emoción, reconoció el anillo. Y abrió la carta y leyó lo que sigue:
"Después de la alabanza al Ser libre del "cómo" y del "por qué", que ha dado a las vírgenes la gracia y la belleza, y a los jóvenes los ojos negros de la seducción, encendiendo en el corazón de unos y otros la lámpara del amor, adonde va a abrasarse la cordura como una mariposa.
"He aquí que me muero de amor por tus ojos lánguidos y que el fuego de la pasión me devora por dentro y por fuera. ¡Ah! cuán falso es el proverbio que dice: "Los corazones se entienden". Porque yo me consumo y tú no sabes nada. ¿Qué respuesta me darías si te preguntara por qué me has asesinado con tu apostura encantadora?
"Pero no escribas más, ¡oh cálamo mío! que bastante me he entregado ya a un dolor amoroso".
Con la lectura de esta carta, el fuego del amor chispeó bajo la ceniza del corazón de Nurgihán, e impaciente como el mercurio, tomó él en su mano cálamo y papel y contestó con las líneas siguientes:
"¡A la que está por encima de todas las bellas de cuerpo de plata, y el arco de cuyas cejas es un sable entre las manos de un guerrero ebrio!”
"¡O mujer encantadora, cuya frente semejante al planeta Zohra, excita la envidia de las bellezas de la China! El contenido de tu carta aviva las heridas de mi corazón aislado, que palpitará por ti mientras aparezcan granos de belleza en el rostro de la luna llena.
"En mis heridas ha caído una chispa de tu corazón, y el relámpago de mi deseo ha brillado sobre tus mieses. Sólo quien ama conoce el encanto que se experimenta en consumirse. Y heme aquí como un pollo a medio degollar que se arrastra por el suelo día y noche, y no tardará en perecer si no se le remata pronto.
"¡Oh Cara de Lirio! no cae sobre tu rostro el velo, sino que tú misma eres ese velo para ti misma. Sal de ese velo y avanza. Porque es el corazón cosa admirable, y no obstante su exigüidad, el Creador ha establecido en él Su morada.
"Pero ¡oh encantadora! no debo hablar con más claridad ni confiar más secretos a mi cálamo, ya que no debe admitirse el cálamo en el harén de los secretos de amantes".
Luego el príncipe Nurgihán dobló la carta de amor, la puso el sello de sus ojos, y se la entregó a la joven portadora, encargándole que dijera de viva voz a su señora Cara de Lirio las cosas delicadas que no había podido expresar él por escrito. Y la favorita partió sin tardanza y llegó a presencia de su señora.
Y la encontró sentada, con sus ojos de narciso lánguido, y cada una de sus pestañas habíase convertido en una fuente...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 959ª noche

Ella dijo:
... Y la encontró sentada, con sus ojos de narciso lánguido, y cada una de sus pestañas habíase convertido en una fuente. Y la abordó sonriendo, y le dijo: "¡Oh rosa del zarzal de la alegría! ¡ojalá recaiga sobre mí la causa que te impulsa a lavar con lágrimas preciosas la flor de tu rostro, de modo que estés siempre satisfecha y risueña! He aquí que te traigo una buena noticia". Y le entregó la respuesta de Nurgihán, acompañándola de las explicaciones amables que le había dado para su señora el hermoso joven.
Y cuando Cara de Lirio se enteró de la carta y oyó de boca de su favorita las cosas delicadas que no había podido expresar por escrito el hermoso raptor Nurgihán, se levantó consolada, y permitió a sus doncellas que la arreglaran y la aderezaran y la vistieran.
Entonces aquellas jóvenes encantadoras pusieron a contribución toda su habilidad para hacer brillar a su señora. La peinaron y la perfumaron, pasando los peines por su cabellera con tanto arte, que el  almizcle de Tartaria evaporábase de envidia ante el buen olor que exhalaba ella, y los corazones bailaban en los pechos al ver la trenza espléndida que le caía hasta los riñones, trenzada como las palmas en los días de fiesta. Y le pusieron luego al talle un ceñidor de muselina roja, cada hilo del cual estaba tejido para cazar corazones. Después la envolvieron en una gasa rosa que dejaba ver el color del cuerpo, y en un calzón de amplitud real, de tejido más espeso, a propósito para subyugar al mundo. Y adornaron de perlas la raya que separaba sus cabellos, de modo que al verlo las estrellas de la Vía Láctea quedaron cubiertas de confusión. Y en su frente pusieron una brillante diadema, que la tornó tan brillante que podría creerse en la aparición de una nueva luna en el cielo. Y la dejaron tan bella y tan maravillosa, que cualquiera se quedaría, contemplándola, inmóvil de asombro como ante las pinturas de un muro. Pero aún la embellecía más su propia belleza que todos estos adornos.
Y cuando estuvo ataviada de tal suerte, se presentó con el corazón palpitante, entre los árboles del jardín, allí donde la sombra era más densa. Y al verla, Nurgihán desmayóse por el pronto, de tan violenta como era la sensación que experimentó. Pero en seguida, por obra del olor del suave aliento de Cara de Lirio, Nurgihán abrió los ojos, y se irguió en el apogeo de la dicha, contemplando a su amiga. Y por su parte, Cara de Lirio encontró al joven tan conforme a la imagen que se había grabado ella en la hoja de su corazón, que no había entre uno y otra ni un asomo de diferencia. Y separó el velo de la retención, y puso ante su bienamado cuanto le había llevado en calidad de presente: las perlas de sus dientes, los rubíes de sus labios, preferibles a pétalos de rosa, sus brazos de plata, el rayo de luna de su sonrisa, el oro de sus mejillas, el almizcle de su aliento, superior al almizcle de Tartaria, las almendras de sus ojos, el ámbar negro de sus bucles, la manzana de su barbilla, los diamantes de sus miradas y las treinta y seis posturas plásticas de su cuerpo virginal. Y el amor apretó sus ligaduras sobre los dos encantadores pechos y sobre las dos frentes jóvenes. Y nadie supo lo que aquella noche sucedió, en la espesura de la sombra, entre aquellos dos jóvenes hermosos.
Pero como el amor y el almizcle no pueden permanecer ocultos, los padres no tardaron en estar al corriente de lo que ocurría entre ambos amantes, y se apresuraron a unirlos por el matrimonio. Y su vida transcurrió con dicha, compartida entre el amor y el espectáculo de la rosa marina.
¡Loores a Alah, que hace florecer las rosas y unirse los corazones de los enamorados, al Todopoderoso, al Altísimo! Y la bendición y la plegaria para nuestro señor y soberano Mahomed, príncipe de los Enviados, y para todos los suyos, Amén.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Con la tecnología de Blogger.