Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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72.3 Historia del tercer capitán de policía

Hace parte de 

72 Historia de Baibars y las contadas por los capitanes de policía       
       72,1 Historia del primer capitán de policía
       72,2 Historia del segundo capitán de policía
       72,3 Historia del tercer capitán de policía
       72,4 Historia del cuarto capitán de policía
       72,5 Historia del quinto capitán de policía
       72,6 Historia del sexto capitán de policía
       72,7 Historia del séptimo capitán de policía
       72,8 Historia del octavo capitán de policía
       72,9 Historia del noveno capitán de policía
       72,10 Historia del décimo capitán de policía
       72,11Historia del undécimo capitán de policía
       72,12 Historia del duodécimo capitán de policía





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HISTORIA CONTADA POR EL TERCER CAPITÁN DE POLICÍA

"Has de saber ¡oh nuestro señor sultán! que la madre de tu esclavo sabía una porción de cuentos de las edades antiguas. Y entre otras historias que le oí, me contó un día ésta:
Había una vez en una comarca cercana al mar salado, un pescador que estaba casado con una mujer muy hermosa. Y esta hermosura le hacía dichoso; y también él la hacía dichosa a ella. Y el tal pescador bajaba todos los días a pescar, y vendía el pescado, cuya venta le producía lo justo para mantenerse ambos. Pero un día cayó enfermo, y transcurrió la jornada sin que tuviesen qué comer. Así es que al día siguiente le dijo su esposa: "¡Bueno! ¿no vas a ir hoy de pesca? Entonces ¿de qué vamos a vivir? Anda, no hagas más que levantarte; y como estás cansado, yo llevaré en lugar tuyo la red de pescar y el cesto. Y en ese caso, aunque no cojamos más que dos peces, los venderemos y tendremos cena". Y el pescador dijo: "¡Está bien!". Y se levantó, y su mujer echó a andar detrás de él con el cesto y la red de pescar. Y llegaron a la orilla del mar, a un paraje abundante en pescado, que estaba al pie del palacio del sultán.
Y he aquí que aquel día precisamente el sultán estaba asomado a la ventana y miraba al mar. Y divisó a la hermosa mujer del pescador, y recreó en ella sus ojos, y se enamoró de ella en el mismo momento. Y en el acto llamó a su gran visir, y le dijo: "¡Oh visir mío! acabo de ver a la mujer de ese pescador que está ahí, y estoy prendado de ella apasionadamente, porque es hermosa y no tiene quien la iguale de cerca ni de lejos en mi palacio". Y el visir contestó: "Se trata de un asunto delicado, ¡oh rey del tiempo! ¿Qué vamos a hacer, pues?" Y el sultán contestó: "No hay que vacilar; es preciso que hagas prender al pescador por los guardias de palacio, y que le mates. Entonces yo me casaré con su mujer".
Y el visir, que era hombre juicioso, le dijo: "No es lícito que le mates sin delito por parte suya, pues la gente hablará mal de ti. Se dirá, por ejemplo: "El sultán ha matado a ese pobre pescador a causa de su mujer". Y el rey contestó al visir: "¡Es verdad, ualahí! ¿Qué tengo que hacer, pues, para satisfacer mi deseo con esa hermosa sin par?" Y el visir dijo: "Puedes conseguir tu propósito por medios lícitos. Ya sabes, en efecto, que la sala de audiencias del palacio tiene una fanega de larga y una fanega de ancha. Por tanto, vamos a hacer venir al pescador a la sala, y yo le diré: "Nuestro señor el sultán quiere poner una alfombra en esta sala. Y la alfombra ha de ser de una pieza. Si no la traes te mataremos". De esta manera, su muerte tendrá un motivo. Y no se dirá que fué por culpa de una mujer". Y el sultán contestó: "Bueno".
Entonces el visir se levantó y envió a buscar al pescador. Y cuando llegó éste, le cogió y le llevó a la sala consabida, en presencia del sultán, y le dijo: "¡Oh pescador! nuestro amo el rey quiere que le  pongas en esta sala, de una fanega de larga y otro tanto de ancha, una alfombra que sea de una pieza. Para ello te da un plazo de tres días, al cabo de los cuales, si no traes la alfombra, te achicharrará al fuego. Extiende, pues, un contrato en este papel, y formalízalo con tu sello".
Al oír estas palabras del visir, el pescador contestó: "Está bien. Pero ¿acaso soy yo un vendedor de alfombras? Soy un vendedor de peces. Pídeme peces de todos los colores y de diferentes variedades, y te los traeré. Pero, lo que es las alfombras, no me conocen, ¡por Alah! y yo no las conozco a ellas, y ni siquiera conozco su olor ni su color. Respecto a los peces, me comprometeré, y sellaré el contrato".
Pero el visir contestó: "Es inútil que argumentes con palabras ociosas. Lo ha ordenado el rey". Y dijo el pescador: "Así, ¡por Alah! puedes exigirme cien sellos, y no un sello, desde el momento en que se me toma por proveedor de alfombras". Y golpeó sus manos una contra otra, y salió del palacio, y se marchó en pos de su mujer, muy enfadado.
Y al verle de aquel modo, su mujer se preguntó: "Por qué estás enfadado". El contestó: "Calla. Y sin hablar más, levántate y recoge la poca ropa que poseemos, y huyamos de este país". Ella preguntó: "¿Por qué?" El contestó: "Porque el rey quiere matarme dentro de tres días". Ella dijo: "Pero ¿por qué?" El contestó: "¡Quiere de mí una alfombra de una fanega de larga y de una fanega de ancha para la sala de su palacio!" Ella preguntó: "¿No es nada más que eso?" El contestó: "Nada más". Ella dijo: "Está bien. Duerme tranquilo, que mañana yo te traeré la alfombra consabida, y la extenderás en la sala del rey". Entonces dijo él: "¡No me faltaba más que eso! Buenos estamos ahora. ¿Te has vuelto tan loca como el visir, ¡oh mujer! o acaso somos mercaderes de alfombras?" Pero ella contestó: "¿Quieres ahora misma la alfombra? Porque te indicaré el sitio donde puedes encontrarla y traerla aquí". El dijo: "Sí, prefiero que lo hagas en seguida para estar seguro. De ese modo podré dormir tranquilo". Ella dijo: "Siendo así, ¡oh hombre! yalah, levántate y ve a tal paraje, cercano a los jardines. Allí encontrarás un árbol torcido, debajo del cual hay un pozo. Y te inclinarás sobre ese pozo y mirarás adentro, y gritarás: "Tu querida amiga te envía la zalema por mediación mía, Y te encarga que me entregues para que yo se lo dé, el huso que ayer dejó olvidado en tu casa con las prisas por volver a la suya antes de que se hiciese de noche, porque queremos amueblar y alfombrar una habitación por medio de ese huso". Y el pescador dijo a su mujer: "Está bien".
Sin tardanza fué pues al pozo consabido que estaba debajo del árbol torcido, miró al fondo, y gritó: "Tu querida amiga te envía la zalema por mediación mía, te encarga que me entregues el huso que dejó olvidado en tu casa, porque queremos amueblar una habitación por medio de ese huso".
Entonces la que estaba en el pozo -¡sólo Alah la conoce!- le contestó, diciendo: "¿Acaso puedo rehusar algo a mi querida amiga? ¡Toma, aquí tienes el huso! y ve a amueblar y alfombrar la habitación a tu gusto, valiéndote de él. Luego me lo traerás aquí". El dijo: "Está bien". Y cogió el huso que vió salir del pozo, se lo echó al bolsillo, y tomó el camino de su casa, diciéndose: "Esa mujer me ha vuelto tan loco como ella". Y continuó su camino, y llegó al lado de su mujer, y le dijo: "¡Oh hija del tío! ¡Aquí traigo el huso!"
Ella le dijo: Está bien. Vete ahora a buscar al visir que quiere tu muerte, Y dile: "¡Dame un clavo grande!" Y te dará un clavo, y lo clavarás en un extremo de la sala, atarás a él el hilo de este huso, ¡y extenderás la alfombra con arreglo al largo y al ancho que quieras!" Y el pescador prorrumpió en exclamaciones, diciendo: "¡Oh mujer! ¿quieres que antes de mi próxima muerte las gentes se rían de mi razón y se burlen de mí, tomándome por loco? ¿Acaso hay dentro de este huso una alfombra de una fanega?" Ella le dijo, enfadada: "¿Quieres marcharte cuanto antes, o no quieres? Calla, ¡oh hombre! y limítate a hacer lo que te he dicho". Y el pescador fué a palacio, con el huso, diciéndose: "No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Omnisciente. ¡Ha llegado ¡oh pobre! el último día de tu vida...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 941ª noche

Ella dijo:
¡... Ha llegado, ¡oh pobre! el último día de tu vida!" Y fué en busca del rey y del visir. Y éste le dijo, mirando en derredor: "¿Dónde está la alfombra, ¡oh pescador!?" Y él contestó: "¡Aquí la tengo!" Ellos preguntaron: "¿Dónde?" El les dijo: "¡Aquí, en mi bolsillo!" Y se echaron ellos a reír, diciendo: "¡He ahí un individuo que quiere divertirse antes de su muerte!" Y el visir le preguntó: "¿Acaso una alfombra de una fanega es una pelota para niños que se pueda meter en el bolsillo?".
El pescador replicó: "¿Qué os importa eso? Si me pedís una alfombra y os la traigo, nada tenéis que reclamarme. Así, pues, en vez de reírte de mí, levántate, ¡oh visir! y tráeme un clavo grande. ¡Y la alfombra aparecerá ante vosotros en esta sala!" Entonces se levantó el visir, riendo de la locura del pescador, cogió el clavo, y dijo al oído del portaalfanje: "¡Oh portaalfanje! quédate a la puerta de la sala. Y como el pescador, cuando yo le entregue el clavo, no va a poder alfombrar la sala como deseo, sacarás el sable, sin esperar otra orden mía, y de un tajo harás volar su cabeza". Y el portaalfanje contestó: "¡Está bien!" Y el visir entregó el clavo al pescador, diciéndole: "Haznos ver la alfombra ahora".
Entonces el pescador clavó el clavo en un extremo de la sala, ató a él la punta del hilo del huso, y dió vuelta al huso, diciéndose: "Devana mi muerte, ¡oh maldito!". Y he aquí que se extendió y se desenrolló a lo largo de la sala, en todos sentidos, una alfombra magnífica que no tenía igual en el palacio. Y el rey y el visir se miraron asombrados durante una hora de tiempo, mientras el pescador permanecía tranquilo, sin decir nada. Luego el visir guiñó un ojo al rey con aire de suficiencia, y se encaró con el pescador y le dijo: "El rey está contento, y te dice: "Está bien". Pero aún te pide otra cosa". El pescador dijo: "¿Y qué cosa es ésa?" El visir contestó: "El rey te pide y exige de ti que le traigas un niño. Y ese niño no debe tener más que ocho días de edad. Y tiene que contar a nuestro amo el rey una historia. ¡Y la tal historia ha de empezar con una mentira y terminar con una mentira!"
Y el pescador, al oír aquello, dijo al visir: "¿Nada más que eso? ¡Por Alah! no es mucho pedir. Sin embargo, hasta ahora no sabía yo que los niños de ocho días pudieran hablar, y hablar para contar historias que empiecen con una mentira y terminen con una mentira, aunque estos niños sean hijos de efrits". Y el visir contestó: "¡Calla! La palabra y el deseo del rey han de cumplirse. Te damos para ello un plazo de ocho días, al cabo de los cuales, si no traes al niño en cuestión, probarás la muerte roja. Escribe, pues, que te comprometes a hacerlo, y pon tu sello". Y dijo el pescador: "Está bien; toma mi sello, ¡oh visir! Sella tú mismo en mi nombre, porque yo no sé. Yo únicamente sé remendar mi red. ¡Está entre tus manos para que hagas con él lo que quieras, y sella cien veces en lugar de una! ¡En cuanto al niño, Alah el Generoso proveerá!" Y el visir tomó el sello del pescador y selló el compromiso consabido.
Y el pescador recogió su sello, y se marchó enfadado. Y llegó a casa de su mujer, y le dijo: "¡Levántate y huyamos de este país! Ya te lo dije, y no quisiste escucharme. ¡Levántate, porque yo me voy!" Ella le dijo: "¿Por qué? ¿Por qué razón? ¿Es que la alfombra no ha salido del huso?" El contestó: "Ha salido. Pero ese proxeneta, ese visir de mi trasero, ese hijo de perro, me pide ahora un niño de ocho días de edad que cuente una historia; y esa historia ha de componerse de mentira sobre mentira y sobre mentira. Y se han avenido a darme para ello un plazo de ocho días". Y su mujer le dijo: "Está bien. Pero no te enfades, ¡oh hombre! ¡Todavía no han transcurrido los ocho días, y hasta entonces tenemos tiempo de pensar en ello, y de encontrar la puerta de salvación!"
En la mañana del octavo día, el pescador dijo a su mujer: "¿Te has olvidado del niño que hay que llevar? ¡Hoy finaliza el plazo!" Ella dijo: "Está bien. Ve al pozo que conoces, el que está debajo del árbol torcido. Empezarás por devolver el huso a la que habita en el pozo, y por darle las gracias amablemente. Luego le dirás: "Tu querida amiga te envía la zalema y te ruega que le prestes el niño que ha nacido ayer, porque tenemos necesidad de él para una cosa".
Al oír estas palabras, el pescador dijo a su esposa: "¡Ualahí! no conozco a nadie tan estúpido y tan loco como tú, a no ser ese visir de brea. Porque, ¡oh mujer! el visir me reclama un chico de ocho días, ¡y tú llegas a más ofreciéndome facilitarme un niño de un día que sepa hablar con elocuencia y contar historias!" Ella contestó: "¡No te metas en lo que no te importa! ¡Limítate a hacer lo que te he dicho!" Y exclamó él: "Está bien. Ha llegado el último día de mi vida sobre la tierra".
Y salió de su casa y anduvo hasta llegar al pozo. Y añadió: "Tu querida amiga te envía la zalema y te ruega que le des el niño de un día, porque tenemos necesidad de él para una cosa. ¡Pero date prisa, pues, si no, mi cabeza va a volar de mis hombros!" Entonces la que habitaba en el pozo -¡sólo Alah la conoce!- contestó: "¡Aquí está, tómale!" Y el pescador cogió al niño de un día que le ofrecían, mientras la que habitaba en el pozo le decía: "¡Pronuncia sobre él la fórmula contra el mal de ojo!" Y el pescador, cogiéndole, pronunció el bismilah, diciendo: "¡Bismilah errahmán errahim!"
Y se marchó con él en brazos. Y por el camino se dijo: "Pero ¿es que hay niños, aunque sean de treinta días, y no de un día como éste, que sepan hablar y contar historias, incluso siendo hijos de los más asombrosos efrits?" Luego, para cerciorarse acerca del particular, se dirigió al niño de mantillas que llevaba en sus brazos, y le dijo: "¡Vamos, hijo mío, háblame un poco para que yo vea y me cerciore de si es hoy el día de mi muerte!" Pero el niño, al oír el vozarrón del pescador, tuvo miedo y contrajo la cara y el vientre, e hizo como todos los niños pequeños, o sea que se echó a llorar, haciendo muecas horribles y meándose hasta más no poder.
Y el pescador llegó todo mojado y enfadado a casa de su mujer, y le dijo: "Ya traigo el niño. ¡Alah me proteja! ¡A llorar y a mear se reduce lo que sabe hacer el hijo de perro! ¡Mira en qué estado me ha puesto!" Pero ella le dijo: "¡No te metas en lo que no te importa! ¡Ruega por el Profeta, ¡oh hombre! y haz lo que te digo! Ve a llevar sin tardanza este niño al rey. Y ya verás si sabe hablar o si no sabe. ¡Pero has de pedir para él tres almohadones, y le pondrás en medio del diván, y le sostendrás con esos almohadones, colocándole uno al lado derecho, otro al lado izquierdo y otro a la espalda! ¡Y ruega por el Profeta!"
Y él contestó: "¡Con El la plegaria y la paz!" Luego, con el recién nacido en brazos, se marchó en busca del rey y del visir.
Cuando el visir vió llegar al pescador con aquel niño pequeño de mantillas, se echó a reír, y le dijo: "¿Es éste el niño?" Y el pescador contestó: "Sí". Y el visir se encaró con el niño, y le dijo con la voz que se saca para hablar a los pequeñuelos: "¡Hijo mío!" Pero el niño, en vez de hablar, contrajo la nariz y la boca, y empezó a hacer "¡Hua! ¡hua!" Y el visir fué muy contento a ver al rey, y le dijo: "He hablado al niño; pero no ha contestado, y se ha limitado a llorar y a hacer "¡Hua! ¡hua!" Lo cual es el fin de la vida del pescador. Pero la prueba sólo debe hacerse ante la asamblea de visires, emires y notables, pues les leeré las cláusulas del contrato que hemos hecho con el pescador, y después le mataremos. ¡Y entonces podrás disfrutar de la hermosa, sin que la gente tenga derecho a hablar de ti!"
Y dijo el rey: "Perfectamente, ¡oh visir!" Y entraron ambos en la sala; y se congregaron emires y funcionarios. Y se hizo entrar al pescador; y el visir leyó delante de él y delante de todos los presentes el contrato sellado, y dijo: "Ahora, ¡oh pescador! trae al niño que va a hablarnos".
Y dijo el pescador: "¡Que me den primero tres almohadones, y luego hablará el niño!" Y le llevaron los tres almohadones; y el pescador puso al niño en medio del diván y le apoyó en los tres almohadones. Y el rey preguntó al pescador: "¿Es éste el niño que va a contarnos la historia compuesta de mentira sobre mentira y sobre mentira?"
Y he aquí que, sin que el pescador tuviese tiempo para replicar, el niño de un día contestó: "Ante todo, sea contigo la zalema, ¡oh rey!" Y los visires y los emires y todos los demás se asombraron prodigiosamente del niño. Y el rey, tan asombrado como todos los presentes, devolvió al niño su saludo, y le dijo: "¡Cuéntanos, Avispado, esa historia que es una confitura de mentiras!" Y el niño le contestó, diciendo: "¡Hela aquí! Una vez, cuando yo estaba en la fuerza de la juventud, andando fuera de la ciudad por los campos, en la época del calor, me encontré a un vendedor de sandías; y como tenía mucho calor y mucha sed, compré una sandía por un dinar de oro. Y cogí la sandía y corté una raja, que me comí y me refrescó. Luego, al mirar al interior de la sandía, vi allí una ciudad con su ciudadela. Entonces, sin vacilar, me lavé los pies uno tras de otro, y me metí en la sandía. Y empecé a pasear por allá dentro, mirando en torno mío las tiendas y las casas y los habitantes de aquella ciudad, contenida en la sandía. Y seguí caminando de tal suerte hasta llegar al campo. Y vi allí una palmera que tenía unos dátiles de una vara de largo cada uno. Así es que mi alma, que deseaba aquellos dátiles, me impulsó con violencia a ellos, y no pude resistir a sus apremios; y me subí a la palmera para coger uno o dos o tres o cuatro dátiles; y comérmelos. Pero en la palmera me encontré con unos felahs que sembraban semillas en la palmera, y segaban las espigas, en tanto que otros felahs trillaban trigo y lo desgranaban. Y caminando un poco más por la palmera, me encontré con un individuo que batía huevos en una era, y miré más atentamente y vi que de todos los huevos batidos en la era salían polluelos. Y los gallitos se iban por un lado y las pollitas por otro. Y me quedé allí mirándolos, y vi que crecían a ojos vistas. Entonces casé a los gallitos con la pollitas, dejándolos juntos tan contentos, y me marché a otra rama de la palmera. Y allí me encontré un burro que llevaba pasteles de sésamo; y como precisamente mi alma enloquecía por los pasteles de sésamo, cogí uno de aquellos pasteles y me lo tragué en dos o tres bocados. Y cuando me lo comí, alcé los ojos, y me encontré fuera de la sandía. Y la sandía se cerró y volvió a quedar tan entera como antes. ¡Y ésta es la historia que tenía que contaros!"
Cuando el rey oyó estas palabras del recién nacido en mantillas, le dijo: "Vaya, vaya, ¡oh jeique de los embusteros y corona suya! ¡Vaya, vaya, con el Avispado! ¡He aquí un tejido de falsedades! ¿Verdaderamente piensas que hemos creído ni una sola palabra de esa historia diabólica? ¡Ay, ualah! ¿Desde cuándo, por ejemplo, contienen ciudades las sandías? ¿Y desde cuándo los huevos, después de batirlos en una era, producen pollos? ¡Confiesa, Avispado, que todo eso es una sarta de mentiras tras de mentiras!" Y el niño contestó: "¡No lo niego! ¡Pero tampoco tú ¡oh rey! deberías negar ni ocultar tus sentimientos con respecto a este pobre pescador, a quien quieres matar únicamente para quitarle su hermosa mujer, a la que has visto en la playa! ¿No te da vergüenza ante el rostro de Alah, que nos ve, desear, siendo rey y sultán, lo que no te pertenece, y robar el bien de un prójimo tuyo menos rico y menos poderoso, como lo es este pobre pescador? Por Alah y los méritos del Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) juro que, si en esta hora y en este instante no dejas tranquilo a este pescador y no desistes de tus malas intenciones con respecto a su mujer, haré desaparecer tu rastro y el de tu visir por la tierra de los hombres, de modo que ni las moscas puedan encontraros".
Y tras de hablar así con una voz aterradora, el niño de mantillas dejó a todo el mundo poseído de asombro, y dijo al pescador: "Ahora, tío mío, cógeme y llévame fuera de aquí, a tu casa". Y el pescador cogió al recién nacido de un día, al Avispado, y sin que le molestara nadie, salió del palacio y se fué tan contento a casa de su mujer. Y cuando ella se enteró de lo que tenía que enterarse, le dijo: "Tienes que ir sin tardanza a dejar el niño donde lo cogiste. ¡Y no dejes de transmitir mi zalema y mi agradecimiento a mi querida amiga, y pregúntale por su salud!" Y dijo el pescador: "¡Está bien!" E hizo lo que ella le había dicho que hiciera. Después de lo cual, volvió a su casa y se dedicó a sus abluciones y a la plegaria, y verificó la cosa acostumbrada con su hermosa mujer. Y desde entonces, juntos vivieron dichosos y prósperos.
¡Y he ahí lo que les aconteció!"
Y cuando acabó de contar así esta historia, el tercer capitán de policía volvió a su puesto, y el sultán Baibars dijo: "¡Qué historia tan admirable! ¡Lástima ¡oh capitán Ezz Al-Din! que no nos hayas dicho lo que en los días siguientes sucedió entre el rey y el pescador!"

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