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72.2 Historia del segundo capitán de policía

Hace parte de 

72 Historia de Baibars y las contadas por los capitanes de policía       
       72,1 Historia del primer capitán de policía
       72,2 Historia del segundo capitán de policía
       72,3 Historia del tercer capitán de policía
       72,4 Historia del cuarto capitán de policía
       72,5 Historia del quinto capitán de policía
       72,6 Historia del sexto capitán de policía
       72,7 Historia del séptimo capitán de policía
       72,8 Historia del octavo capitán de policía
       72,9 Historia del noveno capitán de policía
       72,10 Historia del décimo capitán de policía
       72,11Historia del undécimo capitán de policía
       72,12 Historia del duodécimo capitán de policía





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HISTORIA CONTADA POR EL SEGUNDO CAPITAN DE POLICIA

Has de saber ¡oh mi señor sultán! que, antes de aceptarme por esposo, la hija de mi tío (¡Alah la tenga en Su misericordia!) me dijo: "¡Oh hijo del tío! si Alah quiere, nos casaremos; pero no podré tomarte por esposo mientras no aceptes de antemano mis condiciones, que son tres, ¡ni una más, ni una menos!" Y contesté: "¡No hay inconveniente! Pero ¿cuáles son?". Ella me dijo: "¡No tomarás nunca haschisch, no comerás sandía y no te sentarás nunca en una silla!". Y contesté: "Por tu vida, ¡oh hija del tío! duras son esas condiciones. Pero, tales como son, las acepto de corazón sincero, aunque no comprendo el motivo a que obedecen". Ella me dijo: "Pues son así. ¡Y pueden tomarse o dejarse!" Y dije: "¡Las tomo, y de todo corazón amistoso!". Y se celebró nuestro matrimonio, y se realizó la cosa, y todo pasó como debía pasar. Y vivimos juntos varios años en perfecta unión y tranquilidad.
Pero llegó un día en que mi espíritu anheló saber el motivo de las tres famosas condiciones relativas al haschisch, a las sandías y a la silla; y me decía yo: "¿Pero qué interés puede tener la hija de tu tío  en prohibirte esas tres cosas cuyo uso en nada puede lesionarla? ¡Ciertamente, en todo esto debe haber un misterio que me gustaría mucho aclarar!" Y sin poder ya resistir a las solicitudes de mi alma y a la intensidad de mis deseos, entré en la tienda de uno de mis amigos, y por el pronto me senté en una silla rellena de paja. Luego hice que me llevaran una sandía excelente, tras de tenerla en agua para que se refrescara. Y después de comerla con delectación, absorbí un grano de haschisch en pasta, y emprendí el vuelo hacia el ensueño y el placer tranquilo. Y me sentí perfectamente dichoso; y mi estómago era dichoso a causa de la sandía; y a causa de la silla rellena, también era muy dichoso mi trasero, privado del placer de las sillas durante tanto tiempo.
Pero ¡oh mi señor sultán! cuando volví a mi casa, aquello fué tremendo. Porque, no bien estuve en presencia suya, mi mujer se echó el velo por el rostro, como si, en lugar de ser su esposo, no fuera yo para ella más que un hombre extraño, y mirándome con ira y desprecio, me gritó: "¡Oh perro hijo de perro! ¿es así como mantienes tus compromisos? ¡Vamos, sígueme! ¡Iremos a casa del kadí para arreglar el divorcio!" Y yo, con el cerebro nublado todavía por el haschisch, y con el vientre pesado aún a causa de la sandía, y con el cuerpo descansado por haber sentido debajo de mis nalgas, después de tanto tiempo, una silla mullida, traté de ser audaz, negando mis tres fechorías. Pero aún no había esbozado el gesto de la negación, cuando me gritó mi esposa: "Amordaza tu lengua, ¡oh proxeneta! ¿Vas a atreverte a negar la evidencia? Apestas a haschisch, y mi nariz te huele. Te has atascado de sandía, y veo las huellas en tu ropa. Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí...!

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 940ª noche

Ella dijo:
"... Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy  ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí!" Y tras de hablar así, acabó de envolverse en sus velos, y me arrastró, a pesar de mi nariz, a casa del kadí. Y cuando estuvimos en su presencia, le dijo: "¡Oh mi señor kadí! tu servidora está unida en legítimo matrimonio con este hombre abyecto que se halla ante ti. Y antes de nuestro matrimonio, le impuse tres condiciones esenciales que ha aceptado él durante cierto tiempo; pero hoy acaba de infringirlas. Así, pues, como tengo derecho a ello, quiero cesar de ser su esposa a partir de este momento; y vengo a pedirte el divorcio y a reclamar mi equipo y la pensión". Y el kadí quiso conocer las condiciones. Y ella se las detalló, añadiendo: "Pero este hijo de ahorcado se ha sentado en una silla, ha comido una sandía y ha tomado haschisch". Y probó su aserto conmigo, que no me atrevía a negar la evidencia, y me limitaba a bajar la cabeza confuso. Entonces el kadí, que tenía buenos sentimientos y se apiadaba de mi estado, dijo a mi esposa, antes de pronunciar sentencia: "¡Oh hija de gentes de bien! indudablemente, estás en tu derecho; pero debes ser misericordiosa". Y como ella se sublevaba y escandalizaba y no quería escuchar ni oír nada, el kadí y todos los presentes se pusieron a rogarle con insistencia que me perdonara por aquella vez. Y como seguía siempre inexorable, acabaron por rogarle sencillamente que suspendiera su demanda de divorcio para tomarse tiempo de reflexionar acerca de si, en vista de la unanimidad de los ruegos, no sería más razonable aplazar por el momento su pretensión, sin perjuicio de llevarla a cabo otra vez en caso de necesidad. Entonces mi esposa acabó por decir de mala gana: "Bueno, consiento en reconciliarme con él; pero con la condición expresa de que el señor kadí halle respuesta a la pregunta que yo le haga".
Y el kadí dijo: "Con mucho gusto. Haz la pregunta, ¡oh mujer!" Y ella dijo: "Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy?". Y el kadí bajó la cabeza para meditar. Pero por más que reflexionó acariciándose la barba, no dió con ello. Y acabó por encararse con mi esposa, y le dijo: "¡Ualahí! hoy no puedo encontrar la solución de ese problema, porque estoy fatigado de mi larga sesión de justicia. Pero te ruego que vengas aquí mañana por la mañana, y ya te contestaré, habiendo tenido tiempo para consultar mis libros de jurisprudencia".
A continuación levantó la sesión de justicia, y se retiró a su casa. Y tan preocupado le tenía el problema consabido, que ni siquiera pensó en probar la comida que acababa de servirle su hija, una joven de catorce años y medio. Y dominado por su obsesión, se repetía a media voz: "Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy? Vaya, ¡ualahí! ¿quién soy? Sí, ¿quién es? ¿Qué será?" Y revolvió todos sus libros de jurisprudencia, y obras de medicina, y gramática, y tratados científicos, y en ninguna parte pudo encontrar la solución de aquel problema, ni la menor cosa que de cerca o de lejos lograra resolverlo o encaminara a su explicación. Así es que acabó por exclamar: "¡No, por Alah, renuncio a ello! jamás me ilustrará sobre el particular ninguna obra".
Y su hija, que le observaba y notaba su preocupación, le oyó pronunciar estas últimas palabras, y le dijo: "¡Oh padre! me parece que estás preocupado y atareado. ¿Qué te ocurre, ¡por Alah sobre ti!? ¿Y cuál es el motivo de su atareamiento y de tus preocupaciones?"
Y contestó él: "¡Oh hija mía! se trata de una cosa inexplicable, de un asunto sin resolver". Ella dijo: "Explícamelo no obstante. Nada hay oculto para la ciencia del Altísimo". Entonces decidióse él a contárselo todo y a exponerle el problema que le había propuesto mi joven esposa. Y ella se echó a reír, y dijo: "¡Maschalah! ¿es ese el problema insoluble? Pero ¡oh padre! si es tan sencillo como el curso del agua corriente. En efecto, la solución está clara, y se reduce a esto: por el vigor, la dureza y la resistencia, el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es comparable a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, a un nervio; y después de los sesenta, no es más que una piltrafa de carne sin propiedad alguna".
Al oír estas palabras de su hija, el kadí se dilató y se esponjó, y dijo: "¡Loores a Alah, dispensador de la inteligencia. Tú salvas mi honor, ¡oh hija bendita! e impides que se deshaga un buen matrimonio". Y apenas fué de día, se levantó en el límite de la impaciencia, y corrió a la casa de las leyes, donde presidía la sesión de justicia, y tras de una larga espera, por fin vió entrar a la mujer a quien esperaba, o sea a mi esposa, y al esclavo que tienes delante, o sea yo mismo. Y después de las zalemas por una y otra parte, mi esposa dijo al kadí: "¡Ya sidi! ¿te acuerdas de mi pregunta, y has resuelto el problema?" Y contestó él: "¡El hamdú lilah! ¡Loor a Alah, que me ha iluminado! ¡Oh hija de gentes de bien! podías haberme hecho una pregunta un poco más difícil, porque ésa está resuelta sin dificultad. Y todo el mundo sabe que el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es parecido a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, se torna semejante a un nervio; y después de los sesenta, no es más que un pedazo de carne sin consecuencia".
Pero mi esposa, que conocía muy bien a la joven y estaba enterada de cuánta era su inteligencia, adivinó lo que había pasado, y dijo al kadí con cierta burla: "No tiene más que catorce años y medio tu hija; pero su cabeza tiene el doble o más. ¡Enhorabuena, enhorabuena! ¿a dónde irá a parar si sigue así? ¡Ualahí, muchas mujeres profesionales no sabrían tanto! Tiene una disposición excelente para las ciencias, y está asegurado su porvenir".
Y a continuación me hizo seña de que abandonara la sala de las sesiones de justicia, dejando al kadí pasmado, absorto y cubierto de confusión, en presencia de toda la concurrencia, hasta el fin de sus días".
Y tras de hablar así, el segundo capitán de policía se retiró a su fila. Y el sultán Baibars le dijo: "Los misterios de Alah son insondables. ¡Esa historia es una historia asombrosa!".

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