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70 Algunas tonterías y teorías del maestro de las divisas y de las risas

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70 Algunas tonterías y teorías del maestro de las divisas y de las risas





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ALGUNAS TONTERÍAS Y TEORÍAS DEL MAESTRO DE LAS DIVISAS Y DE LAS RISAS

En los anales de los antiguos y en los libros de los sabios se cuenta, y se nos ha transmitido por la tradición, ¡oh rey del tiempo! que en la ciudad de El Cairo, residencia del buen humor y de la gracia, había un hombre de apariencia estúpida que, bajo su aspecto de bufón extravagante, ocultaba un fondo sin igual de listeza, de sagacidad, de inteligencia y de cordura, a más de ser indudablemente el hombre más divertido, más instruido y más ingenioso de su tiempo. Tenía por nombre Goha, y por oficio ninguno en absoluto, aunque circunstancialmente ejercía el cargo de predicador en las mezquitas.
Un día le dijeron sus amigos: "¡Oh Goha! ¿no te da vergüenza pasarte la vida sin hacer nada, y no usar tus manos, con sus diez dedos, más que para llevártelas llenas a la boca? ¿Y no piensas que ya es hora de que ceses en tu vida de holgazanería y te amoldes al modo de ser de todo el mundo?". Y he aquí que él no contestó nada. Pero un día atrapó una cigüeña grande y hermosa, dotada de alas magníficas, que la hacían volar muy alto por el cielo, y de un pico maravilloso, terror de los pájaros, y de dos tallos de lirio por patas. Y cuando la cogió, subió con ella a su terraza, en presencia de los que le habían hecho reproches, y con un cuchillo le cortó las magníficas plumas de las alas, y el largo pico maravilloso, y las encantadoras patas tan finas, y empujándola con el pie hacia el vacío, le dijo: "¡Vuela, vuela!". Y sus amigos le gritaron, escandalizados: "Alah te maldiga, ¡oh Goha! ¿A qué viene esa locura?". Y les respondió él: "Esta cigüeña me molestaba y pesaba sobre mi vista porque no era como los demás pájaros. Pero ahora le he hecho semejante a todo el mundo".
Y otro día dijo a los que le rodeaban: "¡Oh musulmanes, y vosotros, cuantos estáis aquí presentes! ¿sabéis por qué Alah el Altísimo, el Generoso (¡glorificado y venerado sea!) no dió alas al camello y al elefante?". Y los demás se echaron a reír, y contestaron: "No, por Alah, que no lo sabemos, ¡oh Goha! Pero tú, a quien nada se oculta de las ciencias y de los misterios, dínoslo pronto para que nos instruyamos". Y Goha les dijo: "Voy a decíroslo. Porque si el camello y el elefante tuvieran alas, cagarían con todo su peso sobre las flores de vuestros jardines y las aplastarían".
-Y otro día, un amigo de Goha fué a llamar a su puerta y dijo: "¡Oh Goha! en nombre de la amistad, préstame tu burro, que le necesito para hacer con él un trayecto urgente". Y Goha, que no tenía gran confianza en aquel amigo, contestó: "Bien quisiera prestarte el burro, pero no está aquí, que le he vendido". Mas en aquel momento mismo empezó a rebuznar el burro desde la cuadra, y el hombre oyó a aquel burro que parecía no iba nunca a terminar de rebuznar, y dijo a Goha: "¡Pues si tienes ahí a tu burro!". Y Goha contestó con acento muy ofendido: "¡Vaya, por Alah! ¿conque ahora resulta que crees al burro y no me crees a mí? ¡Vete, que no quiero verte más!"
-Y otra vez, el vecino de Goha fué en busca suya para invitarle a una comida, diciéndole: "Ven ¡oh Goha! a comer en mi casa". Y Goha aceptó la invitación. Y cuando ambos estuvieron sentados ante la bandeja de manjares, les sirvieron una gallina. Y tras de intentar masticarla varias veces, acabó Goha por renunciar a tocar aquella gallina, que era una vieja entre las gallinas más viejas, y tenía la carne correosa; y se limitó a sorber un poco del caldo en que estaba cocida. Tras de lo cual se levantó, y cogiendo la gallina, la colocó en dirección a la Meca, y se dispuso a recitar sobre ella su plegaria. Y su huésped, enfadado, le dijo: "¿Qué vas a hacer, ¡oh descreído!, ¿Y desde cuándo los musulmanes recitan sus plegarias sobre las gallinas?". Y contestó Goha: "¡Oh tío! ¡qué ilusiones te haces! ¡Esta ave de corral, sobre la que voy a recitar mi plegaria, no es un ave de corral!  ¡De ave de corral tiene solamente la apariencia, pues, en realidad, es una santa mujer vieja convertida en gallina, o acaso en venerable santón! ¡Porque la han puesto a la lumbre, y la lumbre la ha respetado!".
-Otra vez salió con una caravana, y las provisiones de boca eran exiguas, y el hambre de los caravaneros era considerable. Por lo que a Goha respecta, su estómago le requería tan insistentemente, que hubiera él devorado la ración de los camellos. El caso es que cuando, en la primer parada, se sentó todo el mundo para comer, Goha hizo gala de una reserva y de una discreción que maravillaron a sus compañeros. Y como le instaran para que cogiera el pan y el huevo duro que le correspondía, contestó: "¡No, por Alah! ¡comed vosotros y satisfaceos, que a mí me sería imposible comer un pan entero y y un huevo duro yo solo! Así, pues, tome cada uno de vosotros el pan y el huevo duro que le corresponde, y luego, si os parece bien, me daréis la mitad de cada pan y de cada huevo; porque no cabe más en mi estómago; que es delicado".
-Y en otra ocasión, fué a casa del carnicero y le dijo: "¡Hoy es día de fiesta en casa! Dame, pues, el mejor trozo que tengas de carne del carnero gordo". Y el carnicero apartó para él todo el solomillo del carnero, que tenía un peso considerable, y se lo entregó. Y, Goha llevó todo el solomillo a su mujer, diciéndole: "Haznos con este excelente solomillo filetes con cebollas. Y sazónalo bien a mi gusto". Luego salió a dar una vuelta por el zoco.
Y he aquí que la esposa se aprovechó de la ausencia de Goha para asar a toda prisa el solomillo de carnero y comérselo con su hermano, sin dejar nada. Y cuando volvió Goha, sintió el apetitoso tufillo de los filetes asados, y se le dilataron las narices, y se le conmovió el estómago. Pero, cuando estuvo sentado ante la bandeja, su mujer le llevó por toda comida un pedazo de queso griego y un pan duro. En cuanto al kabab, ni rastro de él había. Y Goha, que no había hecho más que pensar en aquel kabab, dijo a su mujer: "¡Oh hija del tío! ¿y el kabab? ¿Cuándo vas a servírmelo?". Y ella contestó: "¡La misericordia de Alah sobre ti y sobre el kabab! Lo ha devorado el gato mientras yo estaba en el retrete". Y Goha, sin decir palabra, se levantó y cogió al gato y le pesó en la balanza de la cocina. Y observó que pesaba bastante menos que el solomillo de carnero que había llevado él. Y se encaró con su esposa, y le dijo: "¡Oh hija de perros! ¡oh desvergonzada! Si este gato que tengo se ha comido la carne, ¿dónde está el peso del gato? Y si lo que tengo es sólo el gato, ¿dónde está la carne?".
-Y otro día, estando su esposa ocupada en la cocina, le entregó al niño de pecho, hijo suyo, que tenía tres meses, y le dijo: "¡Oh padre de Abdalah! ten al niño y mécele, mientras estoy junto al fogón. Luego te le cogeré". Y Goha accedió a quedarse con el niño, aunque aquello no le agradaba mucho. Y en aquel preciso momento sintió el niño ganas de mear, y empezó a mearse en el caftán nuevo de su padre. Y Goha, en el límite de la contrariedad, se apresuró a dejar en el suelo al niño; y presa del furor, empezó a mearse en él, a su vez. Y al verle su esposa conducirse de aquel modo, acudió gritando: "¡Oh rostro de brea! ¿qué haces al niño?". Y él le contestó: "¿Estás ciega? ¿Pues no ves que me meo en él para no tratarle como a un hijo extraño? Porque, si hubiese sido hijo de un extraño quien se hubiese meado en mí, y no mi propio hijo, en verdad que hubiese vaciado mi interior sin duda alguna en su cara".
-Y una noche en que estaba reunido con sus amigos, le dijeron éstos: "¡Ya Si-Goha! puesto que estás tan instruido en las ciencias y tan versado en la astronomía, ¿puedes decirnos qué es la luna cuando pasa su último cuarto?", Y Goha contestó: "¿Qué os ha enseñado entonces el maestro de escuela, ¡oh compañeros!? ¡Por Alah! ¡pues cada vez que una luna está en su último cuarto, se la rompe para hacer de ella estrellas!".
-Y otro día, Goha fué en busca de un vecino suyo y le dijo: "El vecino se debe a su vecino. Préstame una marmita para cocer en casa una cabeza de carnero...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 923ª noche

Ella dijo:
"... Préstame una marmita para cocer en casa una cabeza de carnero". Y el vecino prestó a Goha la marmita en cuestión. Y se coció en ella lo que se coció. Y al día siguiente Goha devolvió la marmita a su propietario. Pero había tenido cuidado de meter en ella otra marmita más pequeña. Y el vecino se asombró mucho, cuando recuperó lo que le pertenecía, al ver que le había dado fruto. Y dijo a Goha: "¡Ya Si-Goha! ¿qué marmita es esta Pequeña que veo dentro de mi marmita?". Y dijo Goha: "No sé; pero supongo que será que tu marmita ha parido esta noche". Y dijo el otro: "¡Alahu akbar! se trata de un beneficio de la bendición por mediación tuya, ¡oh rostro de buen augurio!". Y colocó en el vasar de la cocina la marmita y su hija.
Al cabo de cierto tiempo volvió Goha a casa de su vecino y le dijo: "¡Si no fuera por miedo a molestarte, ¡oh vecino! te pediría la marmita con su hija, que las necesito hoy!". Y el otro contestó: "De todo corazón amistoso, ¡oh vecino!". Y le entregó la marmita con la otra más pequeña dentro. Y Goha las cogió y se marchó. Y transcurrieron varios días sin que Goha devolviese lo que se había llevado. Y el vecino fué a buscarle, y le dijo: "¡Ya Si-Goha! no es por falta de confianza en ti,  pero en casa necesitamos hoy el utensilio que te llevaste". Y Goha preguntó: "¿Qué utensilio, ¡oh vecino!?". Y el otro dijo: "¡La marmita que te presté y engendró!" Y contestó Goha: "¡Alah la tenga en su misericordia! Se ha muerto". Y dijo el vecino: "¡No hay más dios que Alah! ¿Cómo se entiende, ¡oh Goha!? ¿Es que puede morirse una marmita?" Y Goha dijo: "¡Todo lo que engendra, muere! ¡De Alah venimos, y a Él retornaremos!".
-Y otra vez, un felah regaló a Goha una gallina cebada. Y Goha hizo guisar la gallina e invitó al felah a la comida. Y se comieron la gallina y quedaron muy satisfechos. Pero, al cabo de cierto tiempo, llamó a la puerta de Goha otro felah y pidió albergue. Y Goha le abrió y le dijo: "Bienvenido seas; pero ¿quién eres?" Y el felah contestó: "Soy vecino del que te regaló la gallina". Y Goha contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos". Y le albergó con toda cordialidad y le dió de comer y no le hizo carecer de nada. Y el otro se marchó tan contento. Y algunos días después llamó a la puerta un tercer felah. Y Goha preguntó: "¿Quién es?". Y dijo el hombre: "Soy vecino del vecino del que te ha regalado la gallina". Y Goha dijo: "No hay inconveniente". Y le hizo  entrar y sentarse ante la bandeja de manjares. Pero, por todo alimento y por toda bebida, puso delante de él una marmita con agua caliente, en la superficie de la cual se veían algunas gotitas de grasa. Y el felah, viendo que no había más, preguntó: "¿Qué es esto, ¡oh huésped mío!?". Y Goha contestó: "¿Esto? pues la substancia de la substancia del agua en que se coció la gallina".
-Y un día en que los amigos de Goha querían divertirse a costa suya, se concertaron entre sí, y le llevaron al hammam. Y llevaron huevos sin que Goha lo sospechara. Y cuando estuvieron en el hammam y se desnudaron todos, entraron con Goha en la sala de las sudaciones y dijeron: "¡Ha llegado el momento! Cada cual de nosotros va a poner un huevo". Y añadieron: "Aquel de nosotros que no pueda poner tendrá que pagar la entrada al hammam a todos los demás". Y acto seguido se pusieron todos en cuclillas, cacareando a más y mejor, a manera de gallinas. Y cada uno de ellos acabó por sacar un huevo de debajo de sí. Y al ver aquello, Goha enarboló de pronto el niño de su padre, y lanzando el cacareo de gallo, se precipitó sobre sus amigos, disponiéndose a asaltarlos. Y se levantaron muy de prisa todos, gritándole: "¿Qué vas a hacer, ¡oh miserable!? Y Goha contestó: "¿No lo estáis viendo? ¡Por mi vida! ¡Veo gallinas delante de mí, y como soy el único gallo, tengo que montarlas!".
-También hemos llegado a saber que Goha tenía costumbre de ponerse todas las mañanas a la puerta de su casa y de recitar a Alah esta plegaria: "¡Oh Generoso! tengo que pedirte cien dinares de oro. Ni uno más ni uno menos, porque los necesito. ¡Pero si, en vista de Tu generosidad, se pasase de la cifra de ciento, aunque sólo fuese en un dinar, o sí, por mi carencia de méritos, faltara un solo dinar de los ciento que te pido, no aceptaría el don!". Y he aquí que entre los vecinos de Goha había un judío enriquecido (¡de Alah nos viene la riqueza!) con toda clase de negocios reprensibles (¡sepultado sea en los fuegos del quinto infierno!). Y el tal judío oía todos los días a Goha recitar en voz alta aquella plegaria delante de su puerta. Y pensó para sí: "¡Por vida de Ibrahim y de Yacub, que voy a hacer con Goha un experimento! Y ya veré cómo sale de la prueba." Y cogió una bolsa con noventa y nueve dinares de oro nuevo, y desde su ventana la tiró a los pies de Goha cuando éste recitaba su plegaria acostumbrada de pie ante el umbral de su casa. Y Goha recogió la bolsa, mientras el judío le vigilaba para ver en qué paraba el asunto. Y vió a Goha desatar los cordones de la bolsa, vaciando el contenido en su regazo y contando los dinares uno a uno. Luego oyó que Goha, al notar que faltaba un dinar para los cientos que había pedido, exclamaba, alzando las manos hacia su Creador: "¡Oh Generoso! ¡loado y reverenciado y glorificado seas por tus beneficios! pero el don no está completo, y en vista de mi promesa, no puedo aceptarlo tal y como viene". Y añadió: "Por eso voy a gratificar con ello a mi vecino el judío, que es un hombre pobre, cargado de familia y un modelo de honradez". Y así diciendo, cogió la bolsa y la tiró dentro de la casa del judío. Luego se fué por su camino.
Cuando el judío vió y oyó todo aquello, llegó al límite de la estupefacción, y se dijo: "¡Por los cuernos luminosos de Mussa! nuestro vecino Goha es un hombre lleno de candor y de buena fe. Pero no puedo verdaderamente opinar con respecto a él mientras no haya comprobado la segunda parte de su aserto". Y al día siguiente tomó la bolsa, metió en ella cien dinares más uno, y la tiró a los pies de Goha en el momento en que éste recitaba su acostumbrada plegaria delante de su puerta. Y Goha, que demasiado sabía de dónde caía la bolsa, pero continuaba fingiendo creer en la intervención del Altísimo, se inclinó y recogió el don. Y cuando contó de un modo ostensible las monedas de oro, se encontró con que aquella vez era ciento uno el número de dinares. Entonces dijo, levantando las manos al cielo: "¡Ya Alah, tu generosidad no tiene límites! He aquí me has concedido lo que te pedía con toda confianza, y aun has querido colmar mi deseo, dándome más de lo que anhelaba. Así es que, para no herir tu bondad, acepto este don tal como viene, aunque en esta bolsa hay un dinar más de los que yo pedía". Y tras de hablar así, se guardó la bolsa en el cinturón e hizo andar una tras otra a sus dos piernas. Cuando el judío, que miraba a la calle, vió que Goha se guardaba de tal suerte la bolsa en su cinturón y se marchaba tranquilamente, se puso muy amarillo de color y sintió que de cólera se le salía el alma por la nariz. Y se precipitó fuera de su casa y corrió detrás de Goha, gritándole: "¡Espera!, ¡oh Goha, espera!". Y Goha dejó de andar, y encarándose con el judío, le preguntó: "¿Qué te pasa?". El otro contestó: "¡La bolsa! ¡devuélveme la bolsa!". Y dijo Goha: "¿Devolverte la bolsa de cien dinares y un dinar que Alah me ha deparado? ¡Oh perro de judíos! ¿es que esta mañana ha fermentado tu razón en tu cráneo? ¿O acaso piensas que debo dártela como te di la de ayer? En este caso, puedes desengañarte, porque ésta la guardo por miedo a ofender al Altísimo en Su Generosidad para conmigo, que soy indigno de ella. Bien sé que hay un dinar de más en esta bolsa, pero eso no perjudica a los demás. ¡Por lo que a ti respecta, ya estás yendo!" Y enarboló un grueso garrote nudoso, e hizo ademán de dejarlo caer con todo su peso sobre la cabeza del judío. Y el desgraciado de la descendencia de Yacub se vió obligado a volverse con las manos vacías y la nariz alargada hasta los pies.
-Y otro día Si-Goha escuchaba en la mezquita predicar al khateb. Y en aquel momento el khateb explicaba a sus oyentes un extremo de derecho canónico, diciendo: "¡Oh creyentes! sabed que si a la caída de la noche el marido cumple con su esposa los deberes de un buen esposo, se verá recompensado por el Retribuidor como si hubiese sacrificado un carnero. Pero si la copulación lícita tiene lugar durante el día, se le tendrá en cuenta al marido como si se tratara del rescate de un esclavo. ¡Y si la cosa se realiza a media noche, la recompensa será igual a la obtenida por el sacrificio de un camello!".
Y he aquí que, de vuelta en su casa, Si-Goha transmitió a su esposa estas palabras. Luego se acostó a su lado para dormir. Pero la mujer, sintiéndose poseída de violentos deseos, dijo a Goha: "Levántate ¡oh hombre! a fin de que ganemos la recompensa que se obtiene por el sacrificio de un carnero". Y Goha dijo: "Está bien". E hizo la cosa y volvió a acostarse. Pero a media noche de nuevo se sintió la hija de perro con el organismo en disposición copulativa y volvió a despertar a Goha, diciéndole: "Ven ¡oh hombre! para que juntos nos procuremos el beneficio que reporta el sacrificio de un camello...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 924ª noche

Ella dijo:
"... Ven ¡oh hombre! para que juntos nos procuremos el beneficio de un camello". Y Goha se despertó refunfuñando, y con los ojos medio cerrados, hizo la cosa en cuestión. Y al punto se volvió a dormir.
Pero a primera hora de la mañana, la esposa, asaltada de nuevos deseos, sacó de su sueño a Goha, diciéndole: "¡Date prisa ¡oh hombre! a despertarte antes de que salga el sol, que tenemos que hacer juntos lo que nos proporcionará, de parte del Retribuidor, el precio acordado por rescate de un esclavo!"
Pero aquella vez Goha no quiso oír, y contestó: ¡Oh mujer! ¿y qué esclavitud peor que la de un hombre que se ve obligado a sacrificar a su propio niño? Deja, pues, al niño de su padre, y rescátame el primero a mí, que soy tu esclavo".
-Y otro día, en otra mezquita, Si-Goha, escuchaba piadosamente al imam, que decía: "¡Oh creyentes que evitáis a vuestras mujeres para correr en pos de las nalgas de los mancebos! sabed que cada vez que un creyente realiza con su esposa el acto conyugal, Alah levanta para él un kiosco en el paraíso". Y de vuelta en su casa, Goha contó a su mujer la cosa, porque así salió en la conversación, aunque sin darle importancia. Pero la esposa, que no había dejado salir por la otra oreja lo que le había entrado por una, esperó a que estuviesen acostados los niños, y dijo a Goha: "¡Bueno, ven para que hagamos que nos levanten un kiosco a nombre de nuestros hijos!" Y Goha contestó: "No hay inconveniente". Y metió la herramienta del albañil en el cajón de la argamasa. Luego se acostó.
Pero al cabo de una hora de tiempo, la esposa de ojos vacíos despertó a Goha, y le dijo: "Me he olvidado de que tenemos una hija casadera que debe habitar sola. Levantemos un kiosco para ella". Y Goha dijo: "¡Vaya, ualahí! ¡Sacrifiquemos al muchacho por la muchacha!" E introdujo al niño consabido en la cuna que le reclamaba. Luego se echó en su colchón, resoplando, y se volvió a dormir. Pero a media noche la esposa le tiró del pie, reclamando otro kiosko para su madre. Pero Goha exclamó: "¡Sea la maldición de Alah con los pedigüeños indiscretos! ¿Acaso no sabes ¡oh mujer de ojos vacíos! que la generosidad de Alah prescindiría de nosotros si le obligáramos a levantar tantos kioscos a nuestro nombre?"
Y siguió roncando.
-Y un día entre los días, una mujer devota entre las vecinas de Goha estaba orando, cuando, por inadvertencia, se le escapó un cuesco. Y como no acostumbraba a hacerlo, no supo con exactitud si el cuesco consabido lo había engendrado ella realmente, o si el ruido que oyó provenía del roce de su pie contra las baldosas o de un gemido lanzado al orar. Y llena de escrúpulos, fué a consultar a Goha, de quien sabía estaba muy versado en la jurisprudencia. Y se lo explicó y le pidió su opinión. Y Goha, a manera de respuesta, soltó al punto un cuesco de importancia y preguntó a la devota: "¿Era un ruido como éste, tía mía?" Y la vieja devota contestó: "¡Era un poco más fuerte!" Y Goha lanzó al punto un segundo cuesco más importante que el primero, y preguntó a la devota: "¿Era así?" Y ella contestó: "¡'Era un poco más fuerte todavía". Entonces Goha exclamó: "¡No, por Alah, entonces no era un ventoseo, sino una tempestad! ¡Vete segura, ¡oh madre de los Ventoseos! porque si no, a fuerza de hacer ganas, voy a hacer pasteles!"
-Y un día, el asombroso conquistador tártaro Timur-Lenk, el Cojo de hierro, pasó cerca de la ciudad donde residía Si-Goha. Y se reunieron los habitantes, y después de discutir mucho la manera de impedir al khan tártaro que devastara su ciudad, acordaron rogar a Si-Goha que les sacara de tan cruel apuro. Y al punto Si-Goha hizo que le llevaran toda la muselina que había disponible en los zocos, y con ella se fabricó un turbante del tamaño de una rueda de carro. Luego montó en su burro, y salió de la ciudad al encuentro de Timur. Y cuando estuvo en su presencia, el tártaro observó aquel turbante extraordinario, y dijo a Goha: "¿Cómo traes ese turbante?" Y Goha contestó: "¡Oh soberano del mundo! es mi gorro de noche, y te suplico que me dispenses por haber  venido entre tus manos con este gorro de noche; pero dentro de un instante tendré mi gorro de día, que viene detrás cargado en un carromato alquilado a tal fin". Entonces Timur-Lenk, espantado del enorme tocado de los habitantes, no pasó por aquella ciudad. Y lleno de simpatía por Goha, le retuvo a su lado, y le preguntó: "¿Quién eres?" Y Goha contestó: "¡Aquí donde me ves, soy el dios de la tierra!"
Y Timur, que era de raza tártara, en aquel momento estaba rodeado de algunos mozalbetes, que eran los más hermosos de su nación, y tenían, como es corriente en los de su raza, los ojos muy pequeños y encogidos. Y dijo a Goha, mostrándole aquellos niños: "Y bien, ¡oh dios de la tierra! ¿encuentras de tu gusto a estos lindos niños que aquí ves? ¿Tiene par su belleza?" Y Goha dijo: "No es por disgustarte, ¡oh soberano del mundo! pero me parece que estos niños tienen los ojos demasiado pequeños, y a causa de ello carece de gracia su rostro". Y Timur le dijo: "¡No te preocupes por eso! ¡Y puesto que eres el dios de la tierra, hazme el favor de agrandarle los ojos!" Y Goha contestó: "¡Oh mi señor! ¡respecto a ojos del rostro, sólo Alah puede agrandarlos, pues, por mi parte, yo, que soy el dios de la tierra, sólo puedo agrandarle el ojo que tienen de cintura para abajo!" Y al oír estas palabras, Timur comprendió con qué clase de granuja tenía que habérselas, y se regocijó con su réplica, y en lo sucesivo, lo retuvo con él, como bufón habitual.
-Y un día, Timur, que no solamente era cojo y tenía un pie de hierro, sino también tuerto y extremadamente feo, charlaba de unas cosas y de otras con Goha. Y a la sazón entró el barbero de Timur, y después de afeitarle la cabeza, le presentó un espejo para que se mirase. Y Timur se echó a llorar. Y siguiendo su ejemplo, Goha rompió en llanto, y lanzó suspiros tras gemidos, e invirtió en ello una o dos o tres horas de tiempo. Así es que ya había acabado de llorar Timur, y Goha seguía sollozando y lamentándose. Y Timur, asombrado, le dijo:
¿Qué te pasa? Si yo he llorado, fué porque me miré en el espejo de este barbero de mal augurio y me encontré verdaderamente feo. Pero ¿por qué motivo viertes tú tantas lágrimas y continúas gimiendo tan lamentablemente?" Y Goha contestó: "Dicho sea con todo respeto. ¡oh soberano nuestro! he de hacerte observar que ha bastado que te mires un breve instante en el espejo para llorar dos horas de tiempo. ¿Qué tiene, pues, que quien te está mirando todo el día llore más tiempo que tú?" Y a estas palabras, en vez de enfadarse, Timur se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero.
-Y otro día, estando Timur a la mesa, eructó muy cerca de la cara de Goha. Y exclamó Goha: "¡Oh soberano mío! ¡eructar es un acto vergonzoso!" Y Timur, asombrado, dijo: "En nuestro país no se tiene por vergonzoso el eructo". Y Goha no contestó nada; pero, al final de la comida, soltó un cuesco ruidoso. Y exclamó Timur, enfadado: "¡Oh hijo de perro! ¿qué haces? ¿Y no te da vergüenza?" Y Goha contestó: "¡Oh mi señor! en nuestro país no se tiene eso por vergonzoso. ¡Y como sé que no comprendes la lengua de nuestro país, no he tenido escrúpulo en hacerlo!"
-Otro día, en otra ocasión, Goha reemplazaba al khateb en la mezquita de un pueblo vecino. Y cuando hubo acabado de predicar, dijo a sus oyentes, meneando la cabeza: "¡Oh musulmanes! el clima de vuestra ciudad es exactamente el mismo que el de mi pueblo". Y ellos dijeron: "¿Por qué lo dices. El contestó, «Porque acabó de tentarme el zib, y lo encuentro como en mi pueblo, flojo y colgante sobre mis testículos. ¡La zalema con todos vosotros, que me voy!"
-Y otro día predicaba Goha en la mezquita, Y a manera de conclusión, alzó las manos al cielo, y dijo: "Dámoste gracias y te glorificamos por Tus bondades, ¡oh Dios verídico y todopoderoso que no nos has colocado el culo en la mano!" Y asombrados por aquella acción de gracias, sus oyentes le preguntaron: "¿Qué quieres decir con esa extraña plegaria, ¡oh khateb!?" Y Goha dijo: "¡Pues bien claro está, por Alah. Si el Donador nos hubiese creado con el culo en la mano, nos mancharíamos la nariz cien veces al día".
-Y otra vez, subido también en el púlpito, tomó la palabra; diciendo: "¡Oh musulmanes! ¡loores a Alah, que no nos ha colocado detrás lo que tenemos delante!" Y le preguntaron: "¿Por qué dices eso...?

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 925ª noche

Ella dijo:
"... ¡Oh musulmanes! ¡loores a Alah, que no nos ha colocado detrás lo que tenemos delante!" Y le preguntaron: "¿Por qué dices eso?" El dijo: "Porque si el báculo estuviera situado detrás, cada cual, sin querer, podría tornarse semejante a los compañeros de Loth, haciendo aquello a lo que sólo pudo sustraerse Loth".
-Y un día encontrándose sola y completamente desnuda, la mujer de Goha se puso a contar su historia con mucha fruición, diciendo "¡Oh caro tesoro! ¿por qué no tendré dos o tres o cuatro como tú? Eres manantial de mis placeres, y me procuras preciosas ventajas". Y he aquí que quiso el Destino que llegase Goha mientras tanto. Y oyó aquellas palabras, y comprendió por qué se expresaba así su esposa. Entonces sacó su herencia, y le dijo, llorando: "¡Oh hijo de perro! ¡oh proxeneta! ¡cuántas calamidades has traído sobre mi cabeza! ¡Ojalá no hubieras sido nunca el niño de tu padre!"
-Y otro día penetró Goha en la viña de su vecino, y se puso a comer uvas como un zorro, cogiendo los racimos por el rabo y sacándoselos de la boca sin un grano. Y he aquí que de repente apareció el vecino, amenazándole con un garrote y gritándole: "¿Qué haces ahí, ¡oh maldito!?" Y Goha contestó: "Tenía retorcijones, y he entrado aquí para descargarme el vientre". Y el otro preguntó: "Si es verdad eso, vamos a ver dónde está lo que has hecho". Y Goha se quedó muy perplejo por un instante; pero, tras de mirar a un lado y a otro buscando con qué justificarse, mostró al viñero una boñiga de asno, diciéndole: "Aquí tienes la prueba". Y el hombre dijo: "¡Cállate!, ¡oh embustero! ¿Desde cuándo eres un burro?" Y al punto sacó Goha su zib, que era enorme, y dijo: "Desde que el Retribuidor me gratificó con la herramienta calamitosa que estás viendo".
-Y un día se paseaba Goha a orillas del río; y vió un grupo de lavanderas lavando su ropa interior. Y las lavanderas, al verle, se acercaron a él y le rodearon como un enjambre de abejas. Y una de ellas, levantándose la ropa, dejó al descubierto el cebón. Y Goha lo advirtió y volvió la cabeza, diciendo: "En ti me refugio, ¡oh Protector del Pudor!" Pero las lavanderas le dijeron alborotadas: "¿Qué te pasa, ¡oh pillastre!? ¿Acaso no sabes el nombre de este bienaventurado?" El dijo: "¡Demasiado sé que se llama el Origen de mis males!" Pero ellas exclamaron: "¡Quiá! ¡Si es el Paraíso del Pobre!" Entonces Goha pidió permiso para retirarse, apartándose un poco, y envolvió al niño con la tela de su turbante, como en un sudario, y se acercó de nuevo a las lavanderas, que le preguntaron: "¿Qué es eso, ¡oh Goha!?" El dijo: "Es un pobre que ha muerto, y desea entrar en el paraíso consabido". Y se echaron ellas a reír hasta caerse. Y al propio tiempo notaron que fuera del sudario colgaba una cosa y que era la bolsa enorme de Goha. Y le dijeron: "¡Bueno! pero ¿qué es eso que cuelga de tal modo por debajo del muerto, como dos huevos de avestruz?" El dijo: "¡Son los dos hijos de este pobre, que han venido a visitar su tumba!"
-Y una vez que estaba Goha de visita en casa de la hermana de su esposa. Y le dijo ella: "¡Ya Si-Goha! me veo precisada a ir al hammam, por lo que te ruego que tengas cuidado de mi mamoncillo durante mi ausencia". Y se marchó. Entonces el pequeñuelo empezó a gritar y a chillar. Y Goha, muy fastidiado, se dispuso a hacer por calmarle. Sacó, pues, su rahat-lucum y se lo dió a chupar al mamoncillo, que no tardó en dormirse. Y cuando estuvo de vuelta la madre y vió al niño dormido, dió muchas gracias a Goha, que le dijo: "De nada, ¡oh hija del tío! y si hubiera hecho contigo lo que con él y hubieses probado mi narcótico, también te hubieras dormido, dando con la cabeza antes que con los pies".
-Y otra vez se disponía Goha a violar a su burro a la puerta de una mezquita aislada. Y acertó a pasar un hombre que iba a hacer sus devociones en aquella mezquita. Y vió a Goha que estaba muy ocupado en la cosa consabida. Y asqueado, escupió en el suelo manifiestamente. Y Goha le miró atravesado, y le dijo: "¡Da gracias a Alah, que si no tuviera yo ahora entre manos una cosa tan urgente, ya te enseñaría a escupir aquí".
-Y otra vez Goha estaba tumbado en el camino, a pleno sol, un día de calor, teniendo en la mano su garboso báculo al descubierto. Y le dijo un transeúnte: "Vergüenza sobre ti, ¡oh Goha! ¿Qué estás haciendo?" Y Goha contestó: "Calla, ¡oh hombre! y vete de mi vista. ¿No ves que he sacado a tomar el aire a mi niño para refrescarle?" -Y otro día fueron a preguntar a Goha en consulta jurídica: "Si en la mezquita suelta un cuesco el imam, ¿qué debe hacer la asamblea?" Y Goha contestó sin vacilar: "¡Es evidente que lo que debe hacer es responder!"
-Y Goha y su mujer iban por la orilla del río un día de crecida. Y de pronto, dando un mal paso, la mujer resbaló y cayó al agua. Y como la corriente era muy fuerte, se la llevó. Y Goha no vaciló en tirarse al agua para pescar a su mujer: pero, en lugar de seguir la corriente, fué en dirección contraria. Y la gente que se había reunido le hizo observar aquello, y le dijo: "¿Qué buscas, ya Si-Goha?"
Y contestó él:
"¡Por Alah! ¡busco a la hija del tío, que se ha caído al agua!" Y le contestaron: "¡Pero ¡oh Goha! ha debido arrastrarla la corriente, y la estás buscando contra la corriente!" Dijo él: "¡Quiá! ¡Conozco a mi esposa mejor que vosotros! ¡Tiene un carácter tan atrabiliario, que de antemano estoy seguro de que ha ido contra la corriente!"
-Y otro día llevaron un hombre a presencia de Goha, que desempeñaba entonces las funciones de kadí. Y le dijeron: "El hombre que ves aquí ha sido sorprendido en plena calle mientras se dedicaba a violar a un gato". Y como había testigos del hecho, el hombre no pudo negar de una manera aceptable. Y Goha le dijo: "¡Vamos, habla! ¡Si me dices la verdad, te será otorgada la indulgencia de Alah! ¡Dime, pues, cómo te has arreglado para violar al gato!" Y el hombre contestó: "Por Alah, ¡oh nuestro señor el kadí! ¡he acercado lo que tú sabes a la puerta de la gracia, y he forzado esta puerta sujetando las patas del animal con mis manos y su cabeza con mis rodillas! ¡Y como la cosa había resultado bien la vez primera, he cometido la torpeza de reincidir! Confieso mi falta, ¡oh señor kadí!"
Pero Goha exclamó: "Mientes, ¡oh hijo de proxenetas! ¡Porque yo he intentado más de treinta veces hacer lo mismo que tú, sin obtener buen resultado nunca!" Y mandó que le dieran una paliza.
-Otro día, estando Goha de visita en casa del kadí de la ciudad, se presentaron dos querellantes, y dijeron: "¡Oh señor kadí! Nuestras casas se hallan tan próximas, que se tocan. Y he aquí que esta noche ha venido un perro a ensuciarse entre nuestras dos puertas, a igual distancia. Y venimos en tu busca para que nos digas a quién incumbe recoger la cosa". Y el kadí se encaró con Goha, y le dijo con acento irónico: "A tu juicio dejo la tarea de examinar este caso y de sentenciarlo". Y Goha se encaró con ambos querellantes, y dijo a uno: "Vamos a ver, ¡oh hombre! ¿ha ocurrido el hecho evidentemente más cerca de tu puerta?" El hombre contestó: "¡La verdad es que la cosa ha tenido lugar en medio exactamente!" Y Goha preguntó al segundo: "¿Es cierto, o quizá la cosa está más hacia tu casa?" El otro contestó "¡La mentira es ilícita! La cosa ha tenido lugar exactamente entre nosotros dos, en la calle". Entonces Goha dijo, a manera de sentencia: "Ya está resuelto el asunto. Esa tarea no os incumbe ni a uno ni a otro, sino a quien, por deber de su cargo, corresponde el cuidado de las calles, es decir, a nuestro señor el kadí".
-Y otro día el hijo de Goha, que tenía cuatro años de edad, había ido con su padre a casa de unos vecinos que estaban de fiesta. Y le presentaron una hermosa berenjena, preguntándole: "¿Qué es esto?" Y el niño contestó: "¡Un ternerillo que todavía no ha abierto los ojos!" Y todo el mundo se echó a reír, mientras Goha exclamaba: "¡Por Alah, que no soy yo quien se lo ha enseñado!"
-¡Y, finalmente, estando Goha otro día con ganas de copulación, sacó al aire el niño de su padre. Y he aquí que, por casualidad, una mosca de la miel se posó en la cabeza de la herramienta. Y Goha se pavoneó, exclamando...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 926ª noche

"... Y he aquí que, por casualidad, una mosca de la miel se posó en la cabeza de la herramienta. Y Goha se pavoneó, exclamando: "Por Alah, que sabes lo que es bueno, ¡oh mosca! Porque ésta es una flor digna de ser escogida entre todas las flores para hacer miel".
"Y estas son ¡oh rey afortunado! -continuó Schehrazada- solamente algunas entre las numerosas gracias, palabras, tonterías y teorías del maestro de las divisas y de la risa, el delicioso e inolvidable Si-Goha. ¡La misericordia y la bendición de Alah sean con él! ¡Y ojalá se conserve viva su memoria hasta el día de la Retribución!"

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