Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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67.8 ¿Cuál es el más generoso?

67 Los ocios encantadores de la adolescencia desocupada     
       67,1 El mozalbete de la cabeza dura y su hermana la del pie pequeño
       67,2 La pulsera de tobillo
       67,3 Historia del macho cabrío y de la hija del rey
       67,4 Historia del hijo del rey con la tortuga gigantesca
       67,5 La hija del vendedor de garbanzos
       67,6 El desligador
       67,7 El capitán de policía
       67,8 ¿Cuál es el más generoso?
       67,9 El barbero emasculado
       67,10 Fairuz y su esposa
       67,11 El nacimiento y el ingenio





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¿CUÁL ES EL MÁS GENEROSO?

Cuentan que había en Bagdad un primo y una prima que desde la infancia se amaban con un amor extremado. Y sus padres les destinaron uno para otro, diciendo siempre: "¡Cuando Habib sea mayor, le casaremos con Habiba!" Y ambos habían vivido y crecido juntos, y con ellos había crecido su mutuo afecto. Pero cuando estuvieron en edad de casarse, el Destino no decretó su matrimonio. Porque los padres, que habían sufrido reveses de fortuna, quedaron muy pobres; y el padre y la madre de Habiba se consideraron favorecidos aceptando por esposo para su hija a un respetable jeique que era uno de los mercaderes más ricos de Bagdad y la había pedido en matrimonio.
Y cuando de tal suerte quedó decidido su matrimonio con el jeique, la joven Habiba quiso ver por última vez a su primo Habib y le dijo llorando: "¡Oh hijo de mi tío! ¡oh bien amado mío! ¡ya sabes lo que ha pasado, y que mis padres me han dado en matrimonio a un jeique a quien no he visto nunca y que no me ha visto nunca! Y he aquí que con este matrimonio se nos desbarata nuestro amor, ¡oh primo mío! ¡Y quizá nuestra muerte sea preferible a nuestra vida!" Y Habib contestó sollozando: "¡Oh bienamada prima mía! ¡amargo es nuestro destino, y nuestra vida no tendrá objeto en adelante! ¿Cómo podremos, lejos uno de otro seguir saboreando el gusto de la vida y deleitándonos con las bellezas de la tierra? ¡Ay! ¡ay! ¡oh prima mía! ¿cómo vamos a soportar el peso de nuestro destino?" Y lloraron uno junto a otro y casi se desmayaron de pena. Pero los separaron, diciéndoles que estaban esperando a la desposada para conducirla a casa del esposo.
Y condujeron a la desolada Habiba, en medio de un cortejo, a la casa del jeique. Y después de las ceremonias de rigor y los deseos y las invocaciones y las bendiciones, dio fin la boda, y se marchó todo el mundo, dejando con su esposo a la recién casada.
Y cuando llegó el momento de la consumación, el jeique penetró en la cámara nupcial, y vio a su esposa llorando en los cojines y con el pecho henchido de sollozos. Y pensó: "Seguramente, llora por lo que lloran todas las jóvenes que se separan de su madre. Pero generalmente no dura mucho eso, por fortuna. ¡Con aceite se abren los candados más duros, y con dulzura se amansa a los cachorros de león!" Y se acercó a ella, que seguía llorando, y le dijo: "¡Ya setti Habiba! ¡oh luz del alma! ¿Por qué maltratas así la hermosura de tus ojos? ¿Y qué dolor es el tuyo, que te hace olvidar hasta la presencia de alguien nuevo para ti?". Pero la joven, al oír la voz de su esposo, redobló en sus lágrimas y sollozos y hundió más la cabeza en las almohadas. Y el jeique le dijo muy apurado: "¡Ya setti Habiba! ¡si lloras por verte separada de tu madre, iré a buscarla al instante!" Y la joven, por toda respuesta, sacudió la cabeza, sin levantarla de las almohadas, llorando más fuerte, y eso fue todo. Y su esposo le dijo: "¡Si lloras tanto por tu padre, o por una hermana tuya, o por tu nodriza, o por algún animal doméstico, gallo, gato o gacela, dímelo, y por Alah, que iré a buscarle!".
Pero la respuesta fue un signo negativo de cabeza en las almohadas. Y el jeique reflexionó un instante, y dijo: "¿Lloras quizá por la casa de tus padres, donde has pasado tu infancia y tu adolescencia, ¡oh Habiba!? Si lloras por eso dímelo, y te cogeré de la mano y te llevaré allá". Y la joven, un tanto amansada por las buenas palabras de su esposo, levantó un poco la cabeza; y sus hermosos ojos estaban llenos de lágrimas y su rostro encantador era como una llama. Y contestó con voz temblorosa de llanto: "¡Ya sidi! ¡no es por mi madre por quien lloro, ni por mi padre ni por mi hermana, ni por mi nodriza, ni por mis animales domésticos! Te suplico, pues, que me dispenses de revelarte el motivo de mis lágrimas y de mi pena".
Y el excelente jeique, que por primera vez veía al descubierto el rostro de su mujer, quedó muy conmovido por su belleza, por el encanto infantil que se desprendía de toda ella y por la dulzura de su habla. Y le dijo: "¡Ya setti Habiba! ¡oh la más bella entre las jóvenes y corona suya! si no es el alejamiento de tu familia y de tu casa lo que te da tanta pena, es porque hay otro motivo. Y te ruego que me lo digas para remediarlo".
Y contestó ella: "¡Por favor, dispénsame de contestártelo!" Dijo él: "Entonces ese motivo no es otro que la repugnancia y la aversión que sientes por mí. Pues ¡por tu vida, que si me hubieses dicho, por la intermediaria de tu madre, que no querías ser mi esposa, claro es que no te habría obligado a entrar a pesar tuyo en mi casa!"
Y dijo ella: "¡No, por Alah!, ¡oh mi señor! el motivo de mi pena no se debe a repugnancia o aversión! ¿Cómo iba a abrigar semejantes sentimientos para quien no había visto nunca? ¡Se debe a otra cosa que no puedo revelarte!"
Pero tanto y con tanta bondad la porfió él, que la joven, con los ojos bajos, acabó por confesarle su amor a su primo, diciendo: "¡El motivo de mis lágrimas y de mi pena es un ser querido que ha quedado en casa, el hijo de mi tío, con el que he crecido, y que me ama y a quien amo desde la infancia! ¡Y el amor ¡oh mi señor! es una planta cuyas raíces agarran en el corazón, y para arrancarla habría que arrancar el corazón con ella!".
Al oír esta revelación de su esposa, el jeique bajó la cabeza sin decir palabra. Y reflexionó una hora de tiempo; luego levantó la cabeza y dijo a la joven: "¡Oh señora mía! la ley de Alah y de su Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) prohíbe al creyente obtener del creyente nada por violencia. Y si no se debe coger por fuerza al creyente el pedazo de pan, ¿qué será cuando se trata de arrebatarle el corazón?
¡Así, pues, tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, que no sucederá nada más que lo que está escrito en tu destino!" Y añadió: "Levántate, pues, ¡oh esposa mía de un momento! y con mi consentimiento y de mi agrado, ve a buscar al que tiene sobre ti derechos más efectivos que los míos, y entrégate a él libremente. Y volverás aquí por la mañana, antes de que se despierten los criados y te vean entrar. ¡Porque desde este momento eres como una hija de mi carne y de mi sangre! Y el padre no toca a su hija. ¡Y cuando muera yo serás mi heredera!"
Y añadió aún: "¡Levántate sin vacilar, hija mía, y ve a consolar a tu primo, que debe llorarte como se llora a los muertos!"
Y la ayudó a levantarse, y por si mismo le puso sus hermosas vestiduras y sus pedrerías de novia, y la acompañó hasta la puerta. Y salió ella a la calle, con sus hermosas vestiduras y sus pedrerías, como un ídolo paseado por los descreídos en un día de fiesta...

En ese momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 892ª noche

Ella dijo
"... Y salió ella a la calle, con sus hermosas vestiduras y sus pedrerías, como un ídolo paseado por los descreídos en un día de fiesta. Pero apenas había dado veinte pasos por la calle, por donde no pasaba ni un alma a aquella hora de la noche, surgió desde la sombra, de improviso, una forma negra y se lanzó a ella. Era un ladrón que estaba al acecho de cualquier caza nocturna, y al ver brillar sus pedrerías, se había dicho: "¡Ahora puedo enriquecerme para toda la vida!" Y la paró brutalmente y se apresuró a despojarla, diciéndole, con voz sofocada y amedrentadora: "¡Si abres la boca para gritar, te dejaré más ancha que larga!" Y ya había echado mano a los collares, cuando su mirada se encontró con la belleza de aquel rostro; y pensó, muy conmovido: "¡Por Alah, que me la voy a llevar toda entera, porque es más preciosa que todos los tesoros!" Y le dijo: "¡Oh señora mía; no te haré daño ninguno! Pero no te me resistas, y ven conmigo de buen grado. ¡Y nuestra noche será una noche bendita!" Porque pensaba: "¡Es una almea! Pues sólo las almeas salen por la noche vestidas con tanto esplendor. ¡Y debe volver de la boda de algún gran señor!"
Y la joven se echó a llorar por toda respuesta. Y el ladrón le dijo: "¡Por Alah! ¿Por qué lloras? ¡Hago juramento de no maltratarte ni despojarte si te entregas a mí libremente!" Y al propio tiempo la cogió de la mano y quiso llevársela. Entonces le dijo ella a través de sus lágrimas quién era; y le contó la generosidad de su esposo el jeique. Y no le ocultó nada de su historia. Y añadió: "Y ahora estoy en tus manos. ¡Haz de mí lo que quieras!"
Cuando el ladrón, que era el más hábil desvalijador de toda la corporación de ladrones de Bagdad, hubo oído la historia singular de la joven y comprendido todo el alcance del proceder generoso de su esposo el jeique, bajó un instante la cabeza y reflexionó profundamente. Luego levantó la cabeza y dijo a la joven: "¿Y dónde vive el hijo de tu tío a quien amas?" Ella dijo: "¡En tal barrio y tal calle, donde ocupa la habitación que da al jardín de la casa!" Y dijo el ladrón: "¡Oh señora mía! ¡no se dirá que dos amantes han sido molestados en su amor por un ladrón! ¡Plegue a Alah concederte sus gracias más escogidas en esta noche que vas a pasar con tu primo! ¡Por lo que a mí respecta, voy a  conducirte y a darte escolta para evitarte malos encuentros con otros ladrones!"
Y añadió: "¡Oh mi señora! ¡si el viento es de todos, la flauta no es mía!"
Y tras de hablar así, el ladrón cogió de la mano a la joven y le dió escolta, con todos los miramientos de que se hace alarde con una reina, hasta la casa de su amante. Y se despidió de ella después de besarle la orla del traje, y se fué por su camino.
Y la joven empujó la puerta del jardín, atravesó el jardín, y fué derecha al cuarto de su primo. Y le oyó sollozar completamente solo, pensando en ella. Y llamó a la puerta; y preguntó la voz de su primo, entrecortada por las lágrimas: "¿Quién hay en la puerta?" Ella dijo: "¡Habiba!" Y exclamó él desde dentro: "¡Oh voz de Habiba!" Y dijo aún: "¡Habiba ha muerto! ¿Quién eres tú, que me hablas con su voz?" Ella dijo: "¡Soy Habiba, la hija de tu tío!"
Y la puerta se abrió, y Habib cayó desmayado en brazos de su prima. Y cuando, gracias a los cuidados de Habiba, volvió de su desmayo, Habiba le hizo descansar junto a ella, puso la cabeza de él sobre sus rodillas y le hizo el relato de lo que le había ocurrido con su esposo el jeique y con el ladrón generoso. Y al oír aquello, Habib se conmovió tanto, que no pudo articular palabra. Luego se levantó de repente, y dijo a su prima: "Ven, ¡oh bienamada prima mía!" Y la cogió de la mano, sin querer conocerla, y salió con ella a la calle, y la condujo sin pronunciar palabra, a la morada de su esposo el jeique.
Cuando el jeique vió volver a su esposa con su primo el joven Habib, y comprendió la razón que así le llevaba a ambos a su morada, los introdujo en su propia habitación, y les besó como un padre besaría a sus hijos, y les dijo con voz llena de gravedad: "¡Cuando el creyente ha dicho a su esposa: "¡Eres hija de mi carne y de mi sangre!", ningún poder logrará hacerle desdecirse de sus palabras! Así, pues, nada me debéis, ¡oh hijos míos! ¡Porque estoy ligado por mis propias palabras!"
Y tras de hablar así, inscribió a nombre de ellos su casa y sus bienes, y se marchó a habitar en otra ciudad.

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