Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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67.7 El capitán de policía

67 Los ocios encantadores de la adolescencia desocupada     
       67,1 El mozalbete de la cabeza dura y su hermana la del pie pequeño
       67,2 La pulsera de tobillo
       67,3 Historia del macho cabrío y de la hija del rey
       67,4 Historia del hijo del rey con la tortuga gigantesca
       67,5 La hija del vendedor de garbanzos
       67,6 El desligador
       67,7 El capitán de policía
       67,8 ¿Cuál es el más generoso?
       67,9 El barbero emasculado
       67,10 Fairuz y su esposa
       67,11 El nacimiento y el ingenio





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EL CAPITÁN DE POLICÍA

En otro tiempo había en El Cairo un kurdo, que llegó a Egipto bajo el reinado del victorioso rey Saladino (¡Alah le tenga en Su gracia!). Y aquel kurdo era un hombre de una corpulencia terrible, con bigotes enormes y una barba que le subía hasta los ojos, y cejas que le tapaban los ojos, y con mechones de pelo que le salían de la nariz y de las orejas. Y tenía un aspecto tan terrible, que no tardó en llegar a ser capitán de policía. Y los pilluelos del barrio, sólo con verle lejos, se daban a la fuga, echando a correr más de prisa que si hubiesen visto aparecer una ghula. Y las madres amenazaban a sus hijos con llamar al capitán kurdo cuando no los podían soportar.
En una palabra, era el terror del barrio y de la ciudad.
Un día entre los días, sintió él que le pesaba la soledad, y pensó en lo bueno que sería encontrar en su casa carne fresca para meterle el diente cuando volviera por la noche. En vista de lo cual, fue en busca de una casamentera, y le dijo: "Deseo mujer. Pero tengo mucha experiencia, y sé cuántas tribulaciones traen de ordinario consigo las mujeres. Por eso, como quiero tener las menos complicaciones posibles, deseo que me busques una joven virgen que no se haya separado nunca de la ropa de su madre, y que esté dispuesta a vivir conmigo en una casa que se compone de una sola habitación. Y pongo por condición la de que jamás ha de salir de esa habitación ni de esa casa. ¡Y ahora dime si puedes o no puedes encontrarme esa joven!" Y la casamentera contestó: "¡Puedo! ¡Dame algo de señal!"
Y el capitán de policía le entregó un dinar en señal, y se fue por su camino. Y la casamentera se irguió sobre ambos pies, y se dedicó a la busca de la joven consabida.
Y tras de varios días de pesquisas y negociaciones, de preguntas y respuestas, acabó por encontrar una joven que consintiera en vivir con el kurdo sin salir nunca de la casa, compuesta de una sola habitación. Y la casamentera fue a participar al capitán de policía el éxito de sus buenos oficios, y le dijo: "He encontrado para ti una joven virgen que jamás se ha separado de su madre, y que me ha dicho cuando le he impuesto la condición: "¡Vivir con el valiente capitán o permanecer aquí encerrada con mi madre da lo mismo!". Y el kurdo quedó muy satisfecho de esta respuesta, y preguntó a la casamentera: "¿Y cómo es?" Ella contestó: "¡Es gorda y rolliza y blanca!" El dijo: "¡Eso es lo que me gusta!"
Así, pues, como el padre de la joven estaba conforme, y como la madre estaba conforme, y como la hija estaba conforme, y como el kurdo estaba conforme, se celebró la boda sin tardanza. Y el kurdo, padre de bigotes grandes, se llevó a la joven gorda y rolliza y blanca a su casa, compuesta de una sola habitación, y se encerró con ella y con su destino.
Y sólo Alah sabe lo que pasó aquella noche.
Y al día siguiente el kurdo fue a evacuar los asuntos propios de la policía, diciéndose al salir de su casa. "He hecho mi suerte con esta joven". Y por la noche, al volver a su casa, le bastó una mirada para asegurarse de que todo estaba en orden en su casa. Y se decía a diario: "Todavía no ha nacido quien meta la nariz en mi cena". Y su tranquilidad era perfecta y su seguridad absoluta. Y a pesar de toda su experiencia, no sabía que la mujer es sagaz de nacimiento, y que cuando desea algo nada puede detenerla. Y pronto iba a tener prueba de ello.
En efecto, había en la misma calle, frente a la ventana de la casa, un carnicero que vendía carne de carnero. Y el tal carnicero tenía un hijo de lo más truhán, que por naturaleza estaba lleno de atractivo y de alegría, y que, desde por la mañana hasta por la noche, cantaba sin parar con una voz hermosa. Y la joven esposa del capitán kurdo quedó subyugada por los encantos y la voz del hijo del carnicero, y sucedió entre ellos lo que sucedió.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 891ª noche

Ella dijo:
"... Y la joven esposa del capitán kurdo quedó subyugada por los encantos del hijo del carnicero, y sucedió entre ellos lo que sucedió. Y el señor kurdo volvió aquel día más temprano que de costumbre, e introdujo la llave en la cerradura para abrir la puerta. Y su esposa, que estaba copulando en aquel momento, oyó rechinar la llave y lo dejó todo para saltar sobre ambos pies. Y se apresuró a ocultar a su amante en un rincón de la habitación, detrás de la cuerda en que estaban colgados los trajes de su esposo y los suyos propios. Luego cogió un velo grande, en el cual se envolvía de ordinario, y bajó la escalerilla para salir al encuentro de su marido el capitán, el cual, sólo con subir la mitad de los escalones, había olfateado ya que en su casa pasaba algo que no pasaba de ordinario. Y dijo a su mujer: "¿Quién hay? ¿Y por qué tienes ese velo?" Y ella contestó: "¡La historia de este velo ¡oh dueño mío! es una historia que, si estuviese escrita con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto! ¡Pero empieza por sentarte en el diván para que te la cuente!" Y le llevó al diván, le rogó que se sentara, y continuó así: "Has de saber, en efecto, que en la ciudad de El Cairo había un capitán de policía, hombre terrible y celoso, que vigilaba a su mujer de continuo. Y para estar seguro de su fidelidad la había encerrado en una casa como ésta, con una sola habitación. Pero a pesar de todas sus precauciones, la mujer le ponía cuernos con todo su corazón, y sobre los cuernos insensibles de él copulaba con el hijo de su vecino el carnicero, de modo y manera que, un día en que había vuelto más temprano que de costumbre, el capitán sospechó algo. Y, en efecto, cuando su mujer le oyó entrar, se apresuró a ocultar a su amante y llevó a su marido a un diván, igual que yo he hecho contigo. ¡Y entonces le echó por la cabeza una tela que tenía en la mano, y le apretó el cuello con todas sus fuerzas, de esta manera!" Y así diciendo, la joven echó la tela por la cabeza del kurdo, y le apretó el cuello, riendo y continuando así su historia: "Y cuando el hijo de perro tuvo la cabeza y el cuello bien cogidos con la tela, la joven gritó a su amante, que estaba escondido detrás de las ropas del marido: "¡Eh, querido mío, ponte en salvo! ¡pronto, pronto!" Y el joven carnicero se apresuró a salir de su escondite y a precipitarse por la escalera a la calle: ¡Y tal es la historia de la tela que tenía yo en la mano, ¡ya sidi!"
Y tras de contar así esta historia, y al ver que su amante estaba en salvo ya, la joven aflojó la tela que tenía fuertemente enrollada al cuello de su marido el kurdo, y se echó a reír de tal manera que cayó de trasero.
En cuanto el capitán kurdo, libre ya de la estrangulación, no supo si debía reír o enfadarse por la historia y la broma de su mujer. Por lo demás, kurdo era y kurdo siguió siendo. Por eso jamás comprendió nada de aquel incidente. Y continuaron creciéndole los bigotes y los pelos. Y murió como un bienaventurado, contento y prosperando, tras de haber dejado muchos hijos.

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