Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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67 P3 Los ocios encantadores de la adolescencia desocupada - tercera de tres partes

67 Los ocios encantadores de la adolescencia desocupada     
       67,1 El mozalbete de la cabeza dura y su hermana la del pie pequeño
       67,2 La pulsera de tobillo
       67,3 Historia del macho cabrío y de la hija del rey
       67,4 Historia del hijo del rey con la tortuga gigantesca
       67,5 La hija del vendedor de garbanzos
       67,6 El desligador
       67,7 El capitán de policía
       67,8 ¿Cuál es el más generoso?
       67,9 El barbero emasculado
       67,10 Fairuz y su esposa
       67,11 El nacimiento y el ingenio





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Y cuando llegó la 890ª noche

Ella dijo:
"... seco y duro mucho tiempo!" Y el joven contestó: "No hay inconveniente".
Y acto seguido se pusieron de acuerdo respecto a todo, y se convino en que las bodas se celebrarían en el más breve plazo, sin ceremonias ni invitaciones, sin músicos ni danzarinas ni cantarinas, y sin paseos ni cortejos.
Y en el día fijado se hizo ir al kadí y a los testigos. Y se redactó con arreglo a las prescripciones de la Ley. Y la madre, en presencia del kadí y de los testigos, introdujo al joven en la cámara nupcial, y le dejó solo con su esposa, diciéndoles: "Gozad de vuestro destino, ¡oh hijos míos!"
Y aquella noche no hubo en toda la ciudad de Damasco, ni en el país de Scham, un grupo más hermoso que el que formaban ambos jóvenes enlazados, adaptándose uno a otro como las dos mitades de la misma almendra.
Y al día siguiente, después de una noche pasada entre delicias; el joven se levantó y fue a hacer sus abluciones en el hammam. Tras de lo cual se marchó a su tienda como de ordinario, y allí permaneció hasta que se cerró el zoco. Y entonces se levantó y volvió a su nueva casa para encontrarse de nuevo con su esposa, entró en el harén, y fué derecho a la cámara nupcial, donde la víspera había probado tantas cosas excelentes. Y he aquí que, bajo el mosquitero, dormía su esposa, con los cabellos en desorden, al lado de un mozalbete con mejillas vírgenes de pelo, que la estrechaba con amor contra sí.
Al ver aquello, el mundo se ennegreció ante el rostro del joven, que se precipitó fuera de la cámara para ir en busca de la madre y hacerle ver lo que había que ver. Y encontró a la madre, que estaba sentada precisamente en el umbral de la habitación y que, al verle con el color tan amarillo y muy emocionado, le dijo: "¿Qué te pasa, ¡oh hijo mío!? ¡Ruega al Profeta!" Y contestó el joven: "¡Con El la plegaria y la paz! ¿Qué es eso, ¡oh tía!? ¿Qué es eso que he visto en el lecho? ¡Me refugio en Alah contra las asechanzas del Lapidario!" Y escupió con violencia en tierra, como si lo hiciese sobre alguien que estuviese a sus pies. Y dijo la madre: "¿Y a qué viene ¡oh hijo mío! toda esa cólera y toda esa emoción? ¿Es porque tu esposa está con otra persona? Pero, ¡por los méritos del Profeta! ¿crees que puede una alimentarse del aire? ¿Y crees que te he dado por esposa a mi hija, sin exigir de ti nada en calidad de dote ni de viudedad, para que vengas ahora reprobando su conducta y contrariando sus caprichos? ¡Es esa mucha pretensión de parte tuya, hijo mío! ¡Porque bien debiste figurarte que dos mujeres como nosotras no podrían mantenerte si no estuvieran en libertad de acción! ¿Comprendes ya?"
Y el joven, estupefacto por todo lo que oía, no supo otra cosa que murmurar: "¡Me refugio en Alah! ¡El es el Misericordioso!" Y la madre añadió: "¡Vaya, no te quejes más! ¡Pero si nuestra manera de vivir no te conviene, hijo mío, no tienes más que hacernos ver la anchura de tus hombros!"
Al oír estas palabras, el joven, en el límite de la cólera, exclamó, de manera que fuese oído tanto por la madre como por la hija: "¡Me divorcio! ¡por Alah y por el Profeta, que me divorcio!"
Y al propio tiempo salió de debajo del mosquitero la joven desperezándose, y al oír la fórmula del divorcio, se apresuró a bajarse el velo del rostro para no estar descubierta ante el que en adelante sería para ella un extraño. Y al mismo tiempo que ella salió de debajo del mosquitero la persona con quien ella estaba enlazada tan amorosamente. Y he aquí que aquella persona, que de lejos parecía un mozalbete imberbe, era una joven, como podía observarse sólo al ver la ola de sus cabellos, desatados de pronto, que le acariciaban los tobillos.
Y mientras el desgraciado joven permanecía inmóvil de asombro, hicieron su aparición dos testigos que había ocultado la madre detrás de una cortina, y le dijeron: "¡Hemos oído la fórmula del divorcio, y damos fe de que te has divorciado de tu esposa!" Y la madre le dijo, riendo: "Pues bien, hijo mío, ¡ya no te queda más remedio que irte!
Y para que no te marches mal impresionado, has de saber que la joven que ves aquí, y que estaba acostada con tu esposa, es mi hija menor. ¡Y lo que has pensado es un pecado que tienes sobre la conciencia! Pero sabe también que tu esposa estaba casada primero con un joven a quien amaba y que la amaba. Pero un día disputaron, y en el calor de la disputa, mi yerno dijo a mi hija: "¡Quedas divorciada tres veces!" Ya sabes que ésa es la fórmula más grave del divorcio y la más solemne. Y el que la pronuncia no puede volver a casarse con su primera esposa, si un día lo desea, mientras su esposa no consume un nuevo matrimonio con un segundo marido que, a su vez, la repudie.
Necesitábamos, pues, un desligador, hijo mío. Y he buscado mucho tiempo a ese desligador, sin encontrarle. Y acabé por encontrarte. Y al verte, comprendí que serías un desligador perfecto. Y te escogí. Y ha sucedido lo que ha sucedido. ¡Uassalam!"
Y a continuación le echó de la casa a empujones, y cerró la puerta, mientras el primer esposo, ante el mismo kadí y los mismos testigos, suscribía un segundo contrato de matrimonio con su primera esposa.

"Y tal es ¡oh rey afortunado! la historia del Desligador. Pero se halla lejos de ser tan deliciosa como la HISTORIA DEL CAPITÁN DE POLICÍA".

EL CAPITÁN DE POLICÍA

En otro tiempo había en El Cairo un kurdo, que llegó a Egipto bajo el reinado del victorioso rey Saladino (¡Alah le tenga en Su gracia!). Y aquel kurdo era un hombre de una corpulencia terrible, con bigotes enormes y una barba que le subía hasta los ojos, y cejas que le tapaban los ojos, y con mechones de pelo que le salían de la nariz y de las orejas. Y tenía un aspecto tan terrible, que no tardó en llegar a ser capitán de policía. Y los pilluelos del barrio, sólo con verle lejos, se daban a la fuga, echando a correr más de prisa que si hubiesen visto aparecer una ghula. Y las madres amenazaban a sus hijos con llamar al capitán kurdo cuando no los podían soportar.
En una palabra, era el terror del barrio y de la ciudad.
Un día entre los días, sintió él que le pesaba la soledad, y pensó en lo bueno que sería encontrar en su casa carne fresca para meterle el diente cuando volviera por la noche. En vista de lo cual, fue en busca de una casamentera, y le dijo: "Deseo mujer. Pero tengo mucha experiencia, y sé cuántas tribulaciones traen de ordinario consigo las mujeres. Por eso, como quiero tener las menos complicaciones posibles, deseo que me busques una joven virgen que no se haya separado nunca de la ropa de su madre, y que esté dispuesta a vivir conmigo en una casa que se compone de una sola habitación. Y pongo por condición la de que jamás ha de salir de esa habitación ni de esa casa. ¡Y ahora dime si puedes o no puedes encontrarme esa joven!" Y la casamentera contestó: "¡Puedo! ¡Dame algo de señal!"
Y el capitán de policía le entregó un dinar en señal, y se fue por su camino. Y la casamentera se irguió sobre ambos pies, y se dedicó a la busca de la joven consabida.
Y tras de varios días de pesquisas y negociaciones, de preguntas y respuestas, acabó por encontrar una joven que consintiera en vivir con el kurdo sin salir nunca de la casa, compuesta de una sola habitación. Y la casamentera fue a participar al capitán de policía el éxito de sus buenos oficios, y le dijo: "He encontrado para ti una joven virgen que jamás se ha separado de su madre, y que me ha dicho cuando le he impuesto la condición: "¡Vivir con el valiente capitán o permanecer aquí encerrada con mi madre da lo mismo!". Y el kurdo quedó muy satisfecho de esta respuesta, y preguntó a la casamentera: "¿Y cómo es?" Ella contestó: "¡Es gorda y rolliza y blanca!" El dijo: "¡Eso es lo que me gusta!"
Así, pues, como el padre de la joven estaba conforme, y como la madre estaba conforme, y como la hija estaba conforme, y como el kurdo estaba conforme, se celebró la boda sin tardanza. Y el kurdo, padre de bigotes grandes, se llevó a la joven gorda y rolliza y blanca a su casa, compuesta de una sola habitación, y se encerró con ella y con su destino.
Y sólo Alah sabe lo que pasó aquella noche.
Y al día siguiente el kurdo fue a evacuar los asuntos propios de la policía, diciéndose al salir de su casa. "He hecho mi suerte con esta joven". Y por la noche, al volver a su casa, le bastó una mirada para asegurarse de que todo estaba en orden en su casa. Y se decía a diario: "Todavía no ha nacido quien meta la nariz en mi cena". Y su tranquilidad era perfecta y su seguridad absoluta. Y a pesar de toda su experiencia, no sabía que la mujer es sagaz de nacimiento, y que cuando desea algo nada puede detenerla. Y pronto iba a tener prueba de ello.
En efecto, había en la misma calle, frente a la ventana de la casa, un carnicero que vendía carne de carnero. Y el tal carnicero tenía un hijo de lo más truhán, que por naturaleza estaba lleno de atractivo y de alegría, y que, desde por la mañana hasta por la noche, cantaba sin parar con una voz hermosa. Y la joven esposa del capitán kurdo quedó subyugada por los encantos y la voz del hijo del carnicero, y sucedió entre ellos lo que sucedió.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 891ª noche

Ella dijo:
"... Y la joven esposa del capitán kurdo quedó subyugada por los encantos del hijo del carnicero, y sucedió entre ellos lo que sucedió. Y el señor kurdo volvió aquel día más temprano que de costumbre, e introdujo la llave en la cerradura para abrir la puerta. Y su esposa, que estaba copulando en aquel momento, oyó rechinar la llave y lo dejó todo para saltar sobre ambos pies. Y se apresuró a ocultar a su amante en un rincón de la habitación, detrás de la cuerda en que estaban colgados los trajes de su esposo y los suyos propios. Luego cogió un velo grande, en el cual se envolvía de ordinario, y bajó la escalerilla para salir al encuentro de su marido el capitán, el cual, sólo con subir la mitad de los escalones, había olfateado ya que en su casa pasaba algo que no pasaba de ordinario. Y dijo a su mujer: "¿Quién hay? ¿Y por qué tienes ese velo?" Y ella contestó: "¡La historia de este velo ¡oh dueño mío! es una historia que, si estuviese escrita con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto! ¡Pero empieza por sentarte en el diván para que te la cuente!" Y le llevó al diván, le rogó que se sentara, y continuó así: "Has de saber, en efecto, que en la ciudad de El Cairo había un capitán de policía, hombre terrible y celoso, que vigilaba a su mujer de continuo. Y para estar seguro de su fidelidad la había encerrado en una casa como ésta, con una sola habitación. Pero a pesar de todas sus precauciones, la mujer le ponía cuernos con todo su corazón, y sobre los cuernos insensibles de él copulaba con el hijo de su vecino el carnicero, de modo y manera que, un día en que había vuelto más temprano que de costumbre, el capitán sospechó algo. Y, en efecto, cuando su mujer le oyó entrar, se apresuró a ocultar a su amante y llevó a su marido a un diván, igual que yo he hecho contigo. ¡Y entonces le echó por la cabeza una tela que tenía en la mano, y le apretó el cuello con todas sus fuerzas, de esta manera!" Y así diciendo, la joven echó la tela por la cabeza del kurdo, y le apretó el cuello, riendo y continuando así su historia: "Y cuando el hijo de perro tuvo la cabeza y el cuello bien cogidos con la tela, la joven gritó a su amante, que estaba escondido detrás de las ropas del marido: "¡Eh, querido mío, ponte en salvo! ¡pronto, pronto!" Y el joven carnicero se apresuró a salir de su escondite y a precipitarse por la escalera a la calle: ¡Y tal es la historia de la tela que tenía yo en la mano, ¡ya sidi!"
Y tras de contar así esta historia, y al ver que su amante estaba en salvo ya, la joven aflojó la tela que tenía fuertemente enrollada al cuello de su marido el kurdo, y se echó a reír de tal manera que cayó de trasero.
En cuanto el capitán kurdo, libre ya de la estrangulación, no supo si debía reír o enfadarse por la historia y la broma de su mujer. Por lo demás, kurdo era y kurdo siguió siendo. Por eso jamás comprendió nada de aquel incidente. Y continuaron creciéndole los bigotes y los pelos. Y murió como un bienaventurado, contento y prosperando, tras de haber dejado muchos hijos.

Y aquella noche todavía dijo Schehrazada la historia siguiente, que es un torneo de generosidad entre tres personas de diferente especie, a saber: entre un marido, un amante y un ladrón.

¿CUÁL ES EL MÁS GENEROSO?

Cuentan que había en Bagdad un primo y una prima que desde la infancia se amaban con un amor extremado. Y sus padres les destinaron uno para otro, diciendo siempre: "¡Cuando Habib sea mayor, le casaremos con Habiba!" Y ambos habían vivido y crecido juntos, y con ellos había crecido su mutuo afecto. Pero cuando estuvieron en edad de casarse, el Destino no decretó su matrimonio. Porque los padres, que habían sufrido reveses de fortuna, quedaron muy pobres; y el padre y la madre de Habiba se consideraron favorecidos aceptando por esposo para su hija a un respetable jeique que era uno de los mercaderes más ricos de Bagdad y la había pedido en matrimonio.
Y cuando de tal suerte quedó decidido su matrimonio con el jeique, la joven Habiba quiso ver por última vez a su primo Habib y le dijo llorando: "¡Oh hijo de mi tío! ¡oh bien amado mío! ¡ya sabes lo que ha pasado, y que mis padres me han dado en matrimonio a un jeique a quien no he visto nunca y que no me ha visto nunca! Y he aquí que con este matrimonio se nos desbarata nuestro amor, ¡oh primo mío! ¡Y quizá nuestra muerte sea preferible a nuestra vida!" Y Habib contestó sollozando: "¡Oh bienamada prima mía! ¡amargo es nuestro destino, y nuestra vida no tendrá objeto en adelante! ¿Cómo podremos, lejos uno de otro seguir saboreando el gusto de la vida y deleitándonos con las bellezas de la tierra? ¡Ay! ¡ay! ¡oh prima mía! ¿cómo vamos a soportar el peso de nuestro destino?" Y lloraron uno junto a otro y casi se desmayaron de pena. Pero los separaron, diciéndoles que estaban esperando a la desposada para conducirla a casa del esposo.
Y condujeron a la desolada Habiba, en medio de un cortejo, a la casa del jeique. Y después de las ceremonias de rigor y los deseos y las invocaciones y las bendiciones, dio fin la boda, y se marchó todo el mundo, dejando con su esposo a la recién casada.
Y cuando llegó el momento de la consumación, el jeique penetró en la cámara nupcial, y vio a su esposa llorando en los cojines y con el pecho henchido de sollozos. Y pensó: "Seguramente, llora por lo que lloran todas las jóvenes que se separan de su madre. Pero generalmente no dura mucho eso, por fortuna. ¡Con aceite se abren los candados más duros, y con dulzura se amansa a los cachorros de león!" Y se acercó a ella, que seguía llorando, y le dijo: "¡Ya setti Habiba! ¡oh luz del alma! ¿Por qué maltratas así la hermosura de tus ojos? ¿Y qué dolor es el tuyo, que te hace olvidar hasta la presencia de alguien nuevo para ti?". Pero la joven, al oír la voz de su esposo, redobló en sus lágrimas y sollozos y hundió más la cabeza en las almohadas. Y el jeique le dijo muy apurado: "¡Ya setti Habiba! ¡si lloras por verte separada de tu madre, iré a buscarla al instante!" Y la joven, por toda respuesta, sacudió la cabeza, sin levantarla de las almohadas, llorando más fuerte, y eso fue todo. Y su esposo le dijo: "¡Si lloras tanto por tu padre, o por una hermana tuya, o por tu nodriza, o por algún animal doméstico, gallo, gato o gacela, dímelo, y por Alah, que iré a buscarle!".
Pero la respuesta fue un signo negativo de cabeza en las almohadas. Y el jeique reflexionó un instante, y dijo: "¿Lloras quizá por la casa de tus padres, donde has pasado tu infancia y tu adolescencia, ¡oh Habiba!? Si lloras por eso dímelo, y te cogeré de la mano y te llevaré allá". Y la joven, un tanto amansada por las buenas palabras de su esposo, levantó un poco la cabeza; y sus hermosos ojos estaban llenos de lágrimas y su rostro encantador era como una llama. Y contestó con voz temblorosa de llanto: "¡Ya sidi! ¡no es por mi madre por quien lloro, ni por mi padre ni por mi hermana, ni por mi nodriza, ni por mis animales domésticos! Te suplico, pues, que me dispenses de revelarte el motivo de mis lágrimas y de mi pena".
Y el excelente jeique, que por primera vez veía al descubierto el rostro de su mujer, quedó muy conmovido por su belleza, por el encanto infantil que se desprendía de toda ella y por la dulzura de su habla. Y le dijo: "¡Ya setti Habiba! ¡oh la más bella entre las jóvenes y corona suya! si no es el alejamiento de tu familia y de tu casa lo que te da tanta pena, es porque hay otro motivo. Y te ruego que me lo digas para remediarlo".
Y contestó ella: "¡Por favor, dispénsame de contestártelo!" Dijo él: "Entonces ese motivo no es otro que la repugnancia y la aversión que sientes por mí. Pues ¡por tu vida, que si me hubieses dicho, por la intermediaria de tu madre, que no querías ser mi esposa, claro es que no te habría obligado a entrar a pesar tuyo en mi casa!"
Y dijo ella: "¡No, por Alah!, ¡oh mi señor! el motivo de mi pena no se debe a repugnancia o aversión! ¿Cómo iba a abrigar semejantes sentimientos para quien no había visto nunca? ¡Se debe a otra cosa que no puedo revelarte!"
Pero tanto y con tanta bondad la porfió él, que la joven, con los ojos bajos, acabó por confesarle su amor a su primo, diciendo: "¡El motivo de mis lágrimas y de mi pena es un ser querido que ha quedado en casa, el hijo de mi tío, con el que he crecido, y que me ama y a quien amo desde la infancia! ¡Y el amor ¡oh mi señor! es una planta cuyas raíces agarran en el corazón, y para arrancarla habría que arrancar el corazón con ella!".
Al oír esta revelación de su esposa, el jeique bajó la cabeza sin decir palabra. Y reflexionó una hora de tiempo; luego levantó la cabeza y dijo a la joven: "¡Oh señora mía! la ley de Alah y de su Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) prohíbe al creyente obtener del creyente nada por violencia. Y si no se debe coger por fuerza al creyente el pedazo de pan, ¿qué será cuando se trata de arrebatarle el corazón?
¡Así, pues, tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, que no sucederá nada más que lo que está escrito en tu destino!" Y añadió: "Levántate, pues, ¡oh esposa mía de un momento! y con mi consentimiento y de mi agrado, ve a buscar al que tiene sobre ti derechos más efectivos que los míos, y entrégate a él libremente. Y volverás aquí por la mañana, antes de que se despierten los criados y te vean entrar. ¡Porque desde este momento eres como una hija de mi carne y de mi sangre! Y el padre no toca a su hija. ¡Y cuando muera yo serás mi heredera!"
Y añadió aún: "¡Levántate sin vacilar, hija mía, y ve a consolar a tu primo, que debe llorarte como se llora a los muertos!"
Y la ayudó a levantarse, y por si mismo le puso sus hermosas vestiduras y sus pedrerías de novia, y la acompañó hasta la puerta. Y salió ella a la calle, con sus hermosas vestiduras y sus pedrerías, como un ídolo paseado por los descreídos en un día de fiesta...

En ese momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 892ª noche

Ella dijo
"... Y salió ella a la calle, con sus hermosas vestiduras y sus pedrerías, como un ídolo paseado por los descreídos en un día de fiesta. Pero apenas había dado veinte pasos por la calle, por donde no pasaba ni un alma a aquella hora de la noche, surgió desde la sombra, de improviso, una forma negra y se lanzó a ella. Era un ladrón que estaba al acecho de cualquier caza nocturna, y al ver brillar sus pedrerías, se había dicho: "¡Ahora puedo enriquecerme para toda la vida!" Y la paró brutalmente y se apresuró a despojarla, diciéndole, con voz sofocada y amedrentadora: "¡Si abres la boca para gritar, te dejaré más ancha que larga!" Y ya había echado mano a los collares, cuando su mirada se encontró con la belleza de aquel rostro; y pensó, muy conmovido: "¡Por Alah, que me la voy a llevar toda entera, porque es más preciosa que todos los tesoros!" Y le dijo: "¡Oh señora mía; no te haré daño ninguno! Pero no te me resistas, y ven conmigo de buen grado. ¡Y nuestra noche será una noche bendita!" Porque pensaba: "¡Es una almea! Pues sólo las almeas salen por la noche vestidas con tanto esplendor. ¡Y debe volver de la boda de algún gran señor!"
Y la joven se echó a llorar por toda respuesta. Y el ladrón le dijo: "¡Por Alah! ¿Por qué lloras? ¡Hago juramento de no maltratarte ni despojarte si te entregas a mí libremente!" Y al propio tiempo la cogió de la mano y quiso llevársela. Entonces le dijo ella a través de sus lágrimas quién era; y le contó la generosidad de su esposo el jeique. Y no le ocultó nada de su historia. Y añadió: "Y ahora estoy en tus manos. ¡Haz de mí lo que quieras!"
Cuando el ladrón, que era el más hábil desvalijador de toda la corporación de ladrones de Bagdad, hubo oído la historia singular de la joven y comprendido todo el alcance del proceder generoso de su esposo el jeique, bajó un instante la cabeza y reflexionó profundamente. Luego levantó la cabeza y dijo a la joven: "¿Y dónde vive el hijo de tu tío a quien amas?" Ella dijo: "¡En tal barrio y tal calle, donde ocupa la habitación que da al jardín de la casa!" Y dijo el ladrón: "¡Oh señora mía! ¡no se dirá que dos amantes han sido molestados en su amor por un ladrón! ¡Plegue a Alah concederte sus gracias más escogidas en esta noche que vas a pasar con tu primo! ¡Por lo que a mí respecta, voy a  conducirte y a darte escolta para evitarte malos encuentros con otros ladrones!"
Y añadió: "¡Oh mi señora! ¡si el viento es de todos, la flauta no es mía!"
Y tras de hablar así, el ladrón cogió de la mano a la joven y le dió escolta, con todos los miramientos de que se hace alarde con una reina, hasta la casa de su amante. Y se despidió de ella después de besarle la orla del traje, y se fué por su camino.
Y la joven empujó la puerta del jardín, atravesó el jardín, y fué derecha al cuarto de su primo. Y le oyó sollozar completamente solo, pensando en ella. Y llamó a la puerta; y preguntó la voz de su primo, entrecortada por las lágrimas: "¿Quién hay en la puerta?" Ella dijo: "¡Habiba!" Y exclamó él desde dentro: "¡Oh voz de Habiba!" Y dijo aún: "¡Habiba ha muerto! ¿Quién eres tú, que me hablas con su voz?" Ella dijo: "¡Soy Habiba, la hija de tu tío!"
Y la puerta se abrió, y Habib cayó desmayado en brazos de su prima. Y cuando, gracias a los cuidados de Habiba, volvió de su desmayo, Habiba le hizo descansar junto a ella, puso la cabeza de él sobre sus rodillas y le hizo el relato de lo que le había ocurrido con su esposo el jeique y con el ladrón generoso. Y al oír aquello, Habib se conmovió tanto, que no pudo articular palabra. Luego se levantó de repente, y dijo a su prima: "Ven, ¡oh bienamada prima mía!" Y la cogió de la mano, sin querer conocerla, y salió con ella a la calle, y la condujo sin pronunciar palabra, a la morada de su esposo el jeique.
Cuando el jeique vió volver a su esposa con su primo el joven Habib, y comprendió la razón que así le llevaba a ambos a su morada, los introdujo en su propia habitación, y les besó como un padre besaría a sus hijos, y les dijo con voz llena de gravedad: "¡Cuando el creyente ha dicho a su esposa: "¡Eres hija de mi carne y de mi sangre!", ningún poder logrará hacerle desdecirse de sus palabras! Así, pues, nada me debéis, ¡oh hijos míos! ¡Porque estoy ligado por mis propias palabras!"
Y tras de hablar así, inscribió a nombre de ellos su casa y sus bienes, y se marchó a habitar en otra ciudad.

Y Schehrazada dejó al rey Schahriar el cuidado de concluir, sin preguntarle nada a este respecto. Y aquella noche todavía dijo:

EL BARBERO EMASCULADO

Cuentan que había en El Cairo un mozalbete sin igual en belleza y en méritos. Y tenía por amiga, a quien amaba mucho y que le amaba, una joven cuyo esposo era un yuzbaschi, jefe de cien guardias de policía, hombre lleno de ímpetu y de bravura, con manos que hubiesen podido aplastar al joven sólo con un dedo. Y el tal yuzbaschi tenía todas las cualidades relevantes para satisfacer a su harén; pero el joven no tenía barba, y la esposa era de las que prefieren la carne de cordero, y una yegua de las que gustan de sentirse cabalgadas, con preferencia, por los jovenzuelos.
Un día entre los días, el yuzbaschi entró en su casa y dijo a su joven esposa: "¡Oh hija del tío! estoy invitado a ir esta tarde a tal sitio de los jardines para tomar el aire con mis amigos. Por tanto, si se me necesita para cualquier asunto, ya sabes dónde enviar a buscarme". Y su esposa le dijo: "¡Nadie deseará de ti otra cosa que saber que disfrutas de delicias y contento! ¡Ve a divertirte en los jardines, ¡oh mi señor! y que eso te dilate y te esponje para alegría nuestra!" Y el yuzbaschi se fué por su camino, felicitándose una vez más por tener una esposa tan atenta y bien dotada y obediente y bien educada.
Y en cuanto él hubo vuelto la espalda, su esposa exclamó: "¡Loores a Alah, que aleja de nosotros por esta tarde a ese cerdo salvaje! ¡He aquí que voy a enviar a buscar al pendiente de mi corazón!" Y llamó al pequeño eunuco que tenía a su servicio, y le dijo: "¡Oh muchacho! ve en seguida a buscar de mi parte a Fulano. Y si no le encuentras en su casa, búscale por doquiera hasta que le encuentres, y dile: "¡Mi señora te envía la zalema y te pide que vayas a su casa al momento!" Y el eunuco salió de casa de su señora, y como no encontró al joven en su casa, se dedicó a recorrer, en busca suya, todas las tiendas del zoco adonde tenía él costumbre de ir a sentarse. Y acabó por encontrarle en la tienda de un barbero, donde había ido para que le afeitasen la cabeza. Y se acercó a él precisamente en el momento en que el barbero le anudaba al cuello una toalla limpia y le decía: "¡Haga Alah que el refresco te sea delicioso!" Y aproximándose el eunuco al joven, se inclinó hacia él, y le dijo al oído: "¡Mi señora te envía sus zalemas más escogidas, y me encarga que te diga que hoy la ribera se ha aclarado y el yuzbaschi está en los jardines! Si deseas la posesión, pues, no tienes más que ir sin dilación ni tardanza". Y al oír aquello, el mozalbete no pudo sufrir el permanecer allí un momento más, y gritó al barbero: "¡Sécame pronto la cabeza, que me voy, y ya vendré otra vez! Y diciendo estas palabras, puso en su mano un dracma de plata, como si ya tuviese la cabeza arreglada por el barbero. Y el barbero, al ver aquella generosidad, se dijo: "¡Me da un dracma sin haberle afeitado nada! ¿Qué sería si le hubiese afeitado la cabeza? ¡Por Alah, he aquí un cliente al que no perderé de vista! ¡Sin duda alguna, cuando le afeite la cabeza me dará un puñado de dracmas!"
Entretanto el joven se levantó con rapidez, y salió a la calle. Y el barbero le acompañó hasta el umbral de la tienda, diciéndole: "¡Alah contigo, ¡oh mi señor! Espero que, cuando hayas ventilado los asuntos que tienes pendientes, volverás a esta tienda, de donde saldrás más hermoso todavía que al entrar. ¡Alah contigo!" Y el joven contestó: "¡Taieb! Está bien; ya volveré". Y se marchó a escape y desapareció por un recodo de la calle.
Y llegó a la casa de su amiga, esposa del yuzbaschi. Y ya iba a llamar a la puerta, cuando, con extremada sorpresa por parte suya, vió surgir ante él al barbero, que venía por el otro lado de la calle. Y sin saber qué era lo que obligaba a correr así al barbero, que le llamaba por señas desde lejos, no llegó a llamar. Y el barbero le dijo: "¡Oh mi señor, Alah contigo! Te ruego no olvides mi tienda, que se ha perfumado e iluminado con tu llegada. Y ha dicho el sabio: "¡Cuando te endulces en un paraje, no busques otro!" Y el gran médico de los árabes, Abu Alí el Hossein Ibn Sina (¡con él las gracias del Altísimo!), ha dicho: "¡Ninguna leche para el niño es comparable a la leche de la madre! ¡Y nada más dulce para la cabeza que la mano de un barbero hábil!" Espero, pues, de ti ¡oh mi señor! que reconocerás mi tienda entre todas las tiendas de los demás barberos del zoco". Y dijo el joven: "¡Ualah! ciertamente que la reconoceré, ¡oh barbero!" Y empujó la puerta que ya se había abierto por dentro, y se apresuró a cerrarla detrás de sí. Y subió a reunirse con su amante para hacer su cosa acostumbrada con ella.
En cuanto al barbero, en lugar de volver a su tienda, se quedó quieto en la calle frente a la puerta, diciéndose: "¡Lo mejor será que espere aquí mismo a este cliente inesperado, a fin de conducirle a mi tienda, no vaya a ser que la confunda con las de mis vecinos!" Y sin quitar los ojos de la puerta un instante, se paró definitivamente. Pero, volviendo al yuzbaschi, cuando llegó al sitio de la cita, el amigo que le había invitado le dijo: "¡Ya sidi! perdóname la descortesía sin par de que soy culpable para contigo. Pero acaba de morir mi madre, y es preciso que prepare el entierro. Dispénsame, pues, por no poder disfrutar hoy de tu compañía, y perdóname mis malas maneras. Alah es generoso, y en breve volveremos aquí juntos". Y se despidió de él, excusándose mucho más aún, y se fué por su camino. Y el yuzbaschi, con la nariz muy alargada, dijo para sí: "¡Alah maldiga a las viejas calamitosas que ennegrecen de tan mala manera los días de diversión! ¡Y súmalas el Maligno en el agujero más profundo del quinto infierno!" Y así diciendo, escupió al aire con furor...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 893ª noche

Ella dijo:
"... Y el yuzbaschi, con la nariz muy alargada, dijo para sí: "¡Alah maldiga a las viejas calamitosas que ennegrecen de tan mala manera los días de diversión! ¡Y súmalas el Maligno en el agujero más profundo del quinto infierno!" Y así diciendo, escupió al aire con furor, murmurando para su barba: "Escupo sobre ti y sobre la tierra que te cubrirá, ¡oh madre de las calamidades!" Y emprendió el camino de su casa, y llegó a su calle girándole de cólera los ojos. Y divisó al barbero, que estaba parado, con la cabeza vuelta hacia la ventana de la casa, como un perro que espera que le echen un hueso. Y le abordó y le dijo: "¿Qué esperas, ¡oh hombre!? ¿Y qué hay de común entre esta casa y tú?" Y el barbero se inclinó hasta tierra y contestó: "¡Oh sidi yuzbaschi! ¡espero aquí al mejor cliente de mi tienda! ¡Porque mi pan está entre sus manos!" Y el yuzbaschi le preguntó muy asombrado: "¿Qué dices, ¡oh secuaz de los efrits!? ¿Acaso se ha convertido ahora mi casa en punto de cita de los clientes de barberos de tu especie? ¡Vete, ¡oh proxeneta! o conocerás la fuerza de mi brazo!" Y dijo el barbero: "¡El nombre de Alah sobre ti ¡oh mi señor yuzbaschi! y sobre tu casa y sobre los habitantes de tu honorable casa, receptáculo de la honestidad y de todas las virtudes! ¡Pero por tu preciosa vida te juro que mi mejor cliente ha entrado aquí mismo! ¡Y como ya lleva mucho tiempo, y mi trabajo y mi tienda me ponen en la imposibilidad de esperar más, te ruego que le digas, cuando le veas, que no se retarde!" Y el esposo de la joven le dijo: "¿Y qué clase de hombre es tu cliente, oh hijo de alcahuetes y descendencia de procuradores!?" El aludido dijo: "Es un buen mozo, con unos ojos así, y una estatura así, y lo demás por el estilo! ¡Es un perfecto schalabi, un elegante, un refinado de maneras y de aspecto, y generoso, y delicioso, un terrón de azúcar,! ya sidi! un panal de miel, ualahi!"
Cuando el capitán de los cien guardias de policía oyó este elogio y esta descripción del que había entrado en su casa, cogió al barbero por la nuca, y sacudiéndolo repetidas veces, le dijo: "¡Oh posteridad de proxenetas e hijo de zorras!" Y el barbero sacudido exclamó: "¡No hay inconveniente!" Y el yuzbaschi continuó: "¿Cómo te atreves a pronunciar semejantes palabras con relación a mi casa?" Y el barbero dijo: "¡Oh mi señor! ya verás lo que te dice mi cliente cuando le hayas dicho: "¡El barbero de manos suaves te espera en la puerta!" Y el yuzbaschi le gritó, echando espuma: "¡Pues bien; quédate aquí aguardando a que vaya yo a comprobar tus palabras!" Y se precipitó en su casa.
Y he aquí que, mientras tanto, la joven, que había visto y oído desde detrás de la ventana cuanto acababa de pasar en la calle, había tenido tiempo de esconder a su amante en la cisterna de la casa. Y cuando el yuzbaschi penetró en las habitaciones, ya no había allí ni joven, ni olor de joven, ni nada que se le pareciese de cerca o de lejos. Y preguntó a su esposa: "Por Alah, ¡oh mujer! ¿es posible verdaderamente creer que haya penetrado en casa un hombre?" Y la esposa, fingiéndose en  extremo enfadada de aquella suposición, exclamó: "¡Qué vergüenza para nuestra casa y para mí misma! ¿Cómo iba a entrar aquí un hombre, ¡oh mi señor!?" Y el yuzbaschi dijo: "¡Es que el barbero que está en la calle me ha dicho que esperaba a que saliese de casa un joven de entre sus clientes!" Ella dijo: "¿Y no le has aplastado contra el muro?" El dijo: "¡Voy a hacerlo ahora!" Y bajó, y cogió al barbero por la nuca, y le volteó, gritándole: "¡Oh alcahuete de tu madre y de tu esposa! ¿Cómo te has atrevido a decir semejantes palabras del harén de un creyente?" Y ya iba sin duda a hacerle entrar su longitud en su anchura, cuando el barbero exclamó: "¡Por la verdad que nos ha revelado el Profeta, ¡oh yuzbaschi! que he visto con mis ojos entrar en la casa al joven! ¡Pero no lo he visto salir!" Y el otro dejó de darle volteretas, y llegó al límite de la perplejidad al oír a aquel hombre sostener semejante cosa cara a cara de la muerte. Y le dijo: "No quiero matarte sin probarte que has mentido, ¡oh perro! ¡Ven conmigo!" Y le arrastró a la casa, y empezó a recorrer con él todas las habitaciones del piso bajo, las de arriba y de todas partes. Y cuando lo hubieron examinado todo y visitado todo, bajaron al patio y registraron por todos los rincones, sin encontrar nada. Y el yuzbaschi se encaró con el barbero y le dijo: "¡No hay nada!" Y el otro dijo: "Es verdad; pero queda todavía esta cisterna que no hemos visitado".
¡Eso fué todo! Y el joven oía sus idas y venidas, y su conversación. Y al escuchar aquellas últimas palabras de cisterna y de visita a la cisterna, maldijo en su alma al barbero, pensando: "¡Ah, hijo de prostitutas de infamia! ¡Va a hacer que me cojan!" Y por su parte, la esposa oyó que el barbero hablaba de visitar la cisterna, y bajó a toda prisa, gritando a su esposo: "¿Hasta cuándo ¡oh hombre! vas a hacer recorrer tu casa y tu harén a ese producto de los mil cornudos de la impudicia? ¿Y no te da vergüenza introducir de tal suerte en la intimidad de tu morada a un extraño de la especie de éste? ¿A qué esperas para castigarle como se merece su crimen?" Y el yuzbaschi dijo: "Verdad dices, ¡oh mujer! hay que castigarle. Pero tú eres la calumniada, y a ti te corresponde castigarle. ¡Castígale con arreglo a la gravedad y a la naturaleza de sus imputaciones!"
Entonces la joven subió a coger un cuchillo de la cocina, y lo calentó hasta que estuvo al rojo blanco. Y se acercó al barbero, a quien el yuzbaschi ya había tendido en tierra de un solo empellón. Y con el cuchillo incandescente, le cauterizó los compañones y le quemó la piel, en tanto que el yuzbaschi le sujetaba contra el suelo. Tras de lo cual le echaron a la calle, gritándole: "¡Eso te enseñará a hablar mal de los harenes de las personas honradas!" Y el infortunado barbero permaneció donde le dejaron, hasta que unos transeúntes compasivos le recogieron y llevaron a su tienda. ¡Y he aquí lo referente a él!
Pero en cuanto al joven encerrado en la cisterna, no bien cesaron todos los ruidos de la casa, se apresuró a escapar de su escondite echando a correr. ¡Y Alah veló lo que tenía que velar!

Y Schehrazada no quiso dejar pasar aquella noche sin contar todavía al rey Schahriar la HISTORIA DE FAIRUZ Y DE SU ESPOSA.

FAIRUZ Y SU ESPOSA

Cuentan que cierto rey estaba sentado un día en la terraza de su palacio tomando el aire y alegrándose los ojos con la contemplación del cielo que tenía sobre su cabeza y de los hermosos jardines que tenía a sus pies. Y su mirada tropezó de pronto, en la terraza de una casa situada frente al palacio, con una mujer como no la había visto igual en belleza. Y se encaró con los que le rodeaban y les preguntó: "¿A quién pertenece esa casa?" Y le contestaron: "A tu servidor Fairuz. ¡Y ésa es su esposa!" Entonces bajó de la terraza el rey; y la pasión le había puesto ebrio sin vino, y el amor se albergaba en su corazón. Y llamó a su servidor Fairuz y le dijo: "¡Toma esta carta y ve a tal ciudad, y vuelve con la respuesta!" Y Fairuz cogió la carta, y fué a su casa, y guardó la carta debajo de la almohada, y así pasó aquella noche. Y cuando llegó la mañana, se levantó, despidiéndose de su esposa, y salió para la ciudad consabida, ignorando los proyectos que abrigaba contra él su soberano.
En cuanto al rey, se levantó a toda prisa no bien partió el esposo, y se dirigió disfrazado a casa de Fairuz y llamó a la puerta. Y la esposa de Fairuz preguntó: "¿Quién hay a la puerta?" Y contestó él: "¡Soy el rey, señor de tu esposo!" Y ella abrió. Y entró el rey, y se sentó, diciendo: "Venimos a visitarte". Y ella sonrió, y contestó: "¡Me refugio en Alah contra esta visita! ¡Porque, en verdad, no espero de ella nada bueno!" Pero el rey dijo: "¡Oh deseo de los corazones! ¡soy el señor de tu marido, y me parece que no me conoces!" Y contestó ella: "Claro que te conozco ¡oh mi señor y dueño! y conozco tu proyecto y sé lo que quieres y que eres el amo de mi esposo. Y para demostrarte que comprendo muy bien lo que te propones, te aconsejo ¡oh soberano mío! que tengas la suficiente alteza de alma para aplicarte a ti mismo estos versos del poeta:
¡No pisaré el camino que conduce a la fuente, mientras otros caminantes puedan posar sus labios sobre la piedra húmeda que aplacaría mi sed!
¡Cuando el sonsoneante enjambre de moscas inmundas cae sobre mis bandejas, por mucha que sea el hambre que me tortura, retiro al punto mi mano de los manjares condimentados para mi placer!
¿No evitan los leones el camino que conduce a la orilla del agua, cuando los perros son libres de lengüetear en el mismo sitio?
Y tras de recitar estos versos, la esposa de Fairuz añadió: "Y tú, ¡oh rey! ¿vas a beber en la fuente donde otros posaron sus labios antes que tú?" Y el rey, al oír estas palabras, la miró con estupefacción. Y se impresionó tanto, que volvió la espalda, sin hallar una palabra de respuesta; y en su prisa por huir, olvidó en la casa una de sus sandalias.
Y tal fué su caso.
¡Pero he aquí lo que aconteció a Fairuz! Cuando salió de su casa para ir adonde le había enviado el rey, buscó la carta en su bolsillo, pero no la encontró. Y se acordó de que la había dejado debajo de la almohada. Y volvió a su casa, y entró en el preciso momento en que el rey acababa de irse. Y vió la sandalia del rey en el umbral. Y al punto comprendió el motivo de que se le enviara fuera de la ciudad, hacia un país lejano. Y se dijo: "¡El rey mi señor no me envía allá más que para dar libre curso a su pasión inconfesable!" Sin embargo, guardó silencio, y penetrando en su cuarto sin hacer ruido, cogió la carta de donde la había dejado, y salió sin que su esposa advirtiese su entrada. Y se apresuró a dejar la ciudad y a ir a cumplir la misión que le había encargado su señor el rey. Y Alah le escribió la seguridad, y llevó él la carta a su destinatario, y volvió a la ciudad del rey con la respuesta oportuna. Y antes de ir a descansar a su casa, se apresuró a presentarse entre las manos del rey, quien, para recompensarle por su diligencia, le hizo un presente de cien dinares.
Y no se dijo y pronunció nada acerca de lo consabido.
Y tras de tomar los cien dinares, Fairuz fué al zoco de los joyeros y de los orfebres, e invirtió toda la suma en comprar cosas magníficas entre preseas para uso de las mujeres. Y se lo llevó todo a su esposa, diciéndole: "¡Para celebrar mi regreso!"
Y añadió: "¡Toma esto y cuanto aquí te pertenezca, y vuelve a casa de tu padre!"
Y ella le preguntó: "¿Por qué?" El dijo: "En verdad que mi señor el rey me ha colmado de bondades. Y como quiero que lo sepa todo el mundo, y que tu padre se regocije al ver sobre ti todas esas preseas, deseo que vayas adonde te he dicho". Y ella contestó: "¡Con cariño y de todo corazón jubiloso!" Y se atavió con cuanto le había llevado su esposo y con cuanto ella poseía ya, y fué a casa de su padre. Y su padre se regocijó mucho de su llegada y de ver todo lo que de hermoso llevaba encima ella, que permaneció en casa de su padre un mes entero, sin que su esposo Fairuz pensase en ir a buscarla y sin que ni siquiera mandase a pedir noticias suyas.
Así es que, al cabo de aquel mes de separación, el hermano de la joven fué en busca de Fairuz y le dijo: "¡Oh Fairuz! ¡si no quieres revelar el motivo de tu cólera contra tu esposa y del abandono en que la dejas, ven y queréllate con nosotros ante nuestro señor el rey!"
Y Fairuz contestó: "¡Aunque vosotros queráis querellaros, yo no me querellaré!" Y el hermano de la joven dijo: "¡De todos modos ven, y me oirás querellarme!" Y se fué con él a ver al rey.
Y encontraron al rey en la sala de audiencias, y al kadí sentado al lado suyo. Y el hermano de la joven, después de besar la tierra entre las manos del rey, dijo: "¡Oh señor nuestro, vengo a querellarme de una cosa!" Y el rey le dijo: "Las querellas competen al señor kadí. ¡A él es a quien tienes que dirigirte!" Y el hermano de la joven se encaró con el kadí, y dijo: "¡Alah asista a nuestro señor el kadí! He aquí la cosa y la querella: Hemos alquilado a este hombre, en calidad de simple arrendamiento, un hermoso jardín, protegido por altas tapias y resguardado, maravillosamente cuidado y plantado de flores y de árboles frutales. Pero este hombre, después de cortar todas las flores y comerse todas las frutas, ha derribado las tapias, ha dejado el jardín a merced de los cuatro vientos y ha sembrado por doquiera la devastación. ¡Y ahora quiere rescindir el contrato y devolvernos nuestro jardín en el estado en que lo ha puesto! ¡Y tal es la querella y el asunto, ya sidi  kadí!"
Y el kadí se encaró con Fairuz y le dijo: "¿Y qué tienes que decir, tú, ¡oh joven!?" Y el aludido contestó: "¡La verdad es que les devuelvo el jardín en mejor estado que se hallaba antes!" Y el kadí dijo al hermano: "¿Es verdad que devuelve el jardín en mejor estado, como acaba de declarar?" Y el hermano dijo: "¡No! ¡Pero deseo saber por él qué motivo le ha impulsado a devolvérnoslo!"
Y el kadí preguntó, encarándose con Fairuz: "¿Qué tienes que decir, ¡oh joven!?" Y Fairuz contestó: "¡Yo se lo devuelvo de buena gana y de mala gana a la vez! Y el motivo de esta restitución, ya que desean conocerlo, es que un día entré en el jardín consabido, y he visto en la tierra huellas de pasos de león y de su planta. Y he tenido miedo de que el león me devorase si me aventuraba de nuevo por allí. Y por eso he devuelto el jardín a sus propietarios. Y no lo hice más que por respeto al león y por miedo por mí...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 894ª noche

Ella dijo:
"... Y por eso he devuelto el jardín a sus propietarios. Y no lo hice más que por respeto al león y por miedo por mí".
Cuando el rey, que estaba tendido en los cojines y que escuchaba sin que lo pareciese, hubo oído las palabras de su servidor Fairuz y comprendido su alcance y significación, se levantó acto seguido y dijo al joven: "¡Oh Fairuz! calma tu corazón, desecha tus escrúpulos y vuelve a tu jardín. ¡Porque te juro por la verdad y la santidad del Islam que tu jardín es el mejor defendido y el mejor guardado que encontré en mi vida; y sus murallas están al abrigo de todos los asaltos; y sus árboles, sus frutos y sus flores son los más sanos y los más hermosos que vi nunca!"
Y Fairuz comprendió. Y volvió con su esposa. Y la amó.
Y de esta manera, ni el kadí ni ninguno de los numerosos concurrentes que había en la sala de audiencias pudieron comprender nada de la cosa, que permaneció secreta entre el rey y Fairuz y el hermano de la esposa. ¡Pero Alah es Omnisciente!
Y todavía dijo Schehrazada:

EL NACIMIENTO Y EL INGENIO

Había un hombre, sirio de nacimiento, a quien Alah había dotado, como a todos los schamitas de su raza, de una sangre pesada y de un ingenio espeso. Porque es cosa notoria que, cuando Alah distribuyó sus dones a los humanos, puso en cada tierra las cualidades y los defectos que debían transmitirse a todos los que nacieran allí. Así es como otorgó el ingenio y la listeza a los habitantes de El Cairo, la fuerza copulativa a los del Alto Egipto, el amor de la poesía a nuestros padres árabes, la bravura a los jinetes del centro, costumbres ordenadas a los habitantes del Irak, cordialidad a los individuos de las tribus errantes, y muchos otros dones a otros muchos países; pero a los sirios no les dió más que el amor a la ganancia e ingenio para el comercio, y les olvidó totalmente cuando distribuyó los dones gratos. Por eso, haga lo que haga, un sirio schamita, de los países que se extienden desde el mar salado a los confines del desierto de Damasco, será siempre un zopenco de sangre gorda, y su ingenio no se avivará nunca más que ante el incentivo grosero de la ganancia y del tráfico.
Y he aquí que el sirio en cuestión se despertó, un día entre los días, con deseo de ir a traficar a El Cairo. Y sin duda alguna era su mal destino quien le sugería aquella idea de ir a vivir entre las gentes más deliciosas y más ingeniosas de la tierra. Pero, como todos los de su raza, estaba lleno de pedantería, y pensó que deslumbraría a aquellas gentes con las cosas hermosas que iba a llevar consigo. En efecto, metió en cofres lo más suntuoso que poseía de sederías, telas preciosas, armas labradas y otras cosas semejantes, y llegó a la ciudad resguardada, a Misr Al-Kahira, a El Cairo!
Y empezó por alquilar un local para sus mercancías y una vivienda para él mismo en un khan de la ciudad, situado en el centro de los zocos. Y se dedicó a ir todos los días a casa de los clientes y de los mercaderes, invitándoles a visitar sus mercancías. Y continuó obrando de tal suerte durante algún tiempo, hasta que, un día entre los días, estando de paseo y mirando a derecha y a izquierda, se encontró con tres mujeres jóvenes que avanzaban inclinándose y contoneándose, y reían diciéndose cosas así y asá. Y cada una era más hermosa que la otra y más atrayente y más encantadora. Y cuando las divisó, se le pusieron tiesos y provocadores los bigotes; y al ver que le miraban de reojo, se acercó a ellas y les dijo: "¿Podréis venir esta noche a hacerme agradable compañía en mi khan para divertirme?" Y ellas contestaron, risueñas: "En verdad que sí, y haremos lo que nos digas que hagamos para complacerte". Y preguntó él: "¿En mi casa o en vuestra casa, ¡oh mis señoras!?" Ellas contestaron: "¡Por Alah, en tu casa! ¿Acaso crees que nuestros maridos nos dejan introducir en casa hombres extraños?" Y añadieron ellas: "¡Esta noche iremos a tu casa! Dinos dónde te alojas".
El dijo: "Me alojo en un cuarto de tal khan, en tal calle". Ellas dijeron: "En ese caso, nos prepararás la cena y nos la tendrás caliente; e iremos a visitarte después de la hora de la plegaria de la noche". Y dijo: "Así se habla". Y le dejaron ellas para proseguir su camino. Y por su parte, él se encargó de las provisiones, y compró pescado, cohombros, ostras, vino y perfumes, y lo llevó todo a su cuarto; y preparó cinco especies de manjares a base de carne, sin contar el arroz y las verduras; y los guisó por sí mismo; y lo tuvo todo dispuesto en las mejores condiciones.
Y cuando se acercó la hora de cenar, llegaron las tres mujeres, como le habían prometido, envueltas en kababits de tela azul que hacían que no se las conociese. Pero al entrar, se quitaron de los hombros aquellas envolturas, y fueron a sentarse como lunas. Y el sirio se levantó y se sentó enfrente de ellas, como un bobalicón, tras de ponerles delante las bandejas cargadas de manjares. Y comieron con arreglo a su capacidad. Y luego él les llevó el taburete de los vinos. Y circuló entre ellos la copa. Y a las invitaciones apremiantes de las jóvenes, el sirio no se negó a beber ninguna vez, y bebió de tal modo, que se le iba la cabeza en todas direcciones. Y entonces fué cuando, un poco envalentonado, miró cara a cara a sus compañeras y pudo admirar su belleza y maravillarse de sus perfecciones. Y fluctuó entre la perplejidad y la estupefacción. Y osciló entre la extravagancia y el azoramiento. Y ya no sabía distinguir el macho de la hembra. Y su estado fué memorable y su destino deplorable. Y miró sin ver y comió sin beber. Y manipuló con los pies y anduvo con la cabeza. Y giró los ojos y sacudió la nariz. Y moqueó y estornudó. Y rió y lloró. Tras de lo cual se encaró con una de las tres, y le preguntó: "¡Por Alah sobre ti, ya setti! ¿cómo es tu nombre?" Ella contestó: "Me llamo ¿Has-visto-nunca-nada-como-yo?" Y a él se le huyó más la razón, y exclamó: "¡No, walahi, nunca he visto nada como tú!" Luego se tendió en el suelo, apoyándose en los codos, y preguntó a la segunda: "¿Y cuál es tu nombre, ya setti, ¡oh sangre de la vida de mi corazón!?"
Ella contestó: "¡No-has-visto-nunca-a-nadie-que-se-me-parezca!" Y exclamó él: "¡Inschalah! así lo habrá querido Alah, oh mi señora No-has-visto-nunca-a-nadie-que-se-me-parezca!"
Luego se encaró con la tercera y le preguntó: "¿Y cuál es tu honorable nombre, ya setti, ¡oh quemadura de mi corazón!?" Ella contestó: "¡Mírame-y-me-conocerás!" Y al oír esta tercera respuesta, el sirio rodó por tierra, exclamando con toda su voz: "No hay inconveniente, ¡oh mi señora Mírame-y-me-conocerás!"
Y ellas continuaron haciendo circular la copa y vaciándola en el gaznate de él, hasta que se cayó dando con la cabeza antes que con los pies y deteniéndosele la circulación. Entonces, al verle en aquel estado, se levantaron ellas y le quitaron el turbante y le pusieron un gorro de loco. Luego miraron a su alrededor, y se apropiaron de cuanto dinero y cosas de precio les deparó la suerte. Y cargadas con el botín y con el corazón ligero, le dejaron roncando como un búfalo en su khan y abandonaron la morada a su propietario. Y el velador veló lo que tenía que velar.
Al día siguiente, cuando el sirio se repuso de su borrachera, se vió solo en su cuarto, y no tardó en comprobar que su cuarto estaba barrido de cuanto contenía. Y de pronto recobró completamente el sentido, y exclamó: "¡No hay majestad ni poder más que en Alah el Glorioso, el Grande!" Y se precipitó fuera del khan con el gorro de loco en la cabeza, y empezó a preguntar a todos los transeúntes si habían encontrado a Fulana, Mengana y Zutana. Y decía los nombres que le habían revelado las jóvenes. Y las gentes, al verle ataviado de tal modo, lo creían escapado del maristán, y contestaban: "¡No, por Alah, nunca hemos visto nada como tú!" Y decían otros: "¡Nunca hemos visto a nadie que se te parezca!" Y decían otros: "¡En verdad que te miramos, pero no te conocemos!"
Así es que, harto de preguntar, ya no supo él a quién recurrir ni a quién quejarse, y acabó por encontrar al fin a un transeúnte caritativo y de buen consejo, que le dijo: "Escúchame, ¡oh sirio! lo mejor que puedes hacer en estas circunstancias es volverte a Siria sin tardanza ni dilación, pues en El Cairo ya ves que las gentes saben volcar los cerebros duros igual que los ligeros y jugar con los huevos tan bien como con las piedras".
Y el sirio, con la nariz alargada hasta los pies, se volvió a Siria, su país, de donde no debía haber salido nunca.
Y como les han sucedido con frecuencia aventuras semejantes por eso los nacidos en Siria hablan tan mal de los hijos de Egipto.
Y Schehrazada, habiendo acabado de contar esta historia, se calló. Y el rey Schahriar le dijo: "¡Oh Schehrazada! ¡me han complacido en extremo estas anécdotas, y con ellas me encuentro más instruido y esclarecido!" Y Schehrazada sonrió y dijo: "¡Sólo Alah es el Instructor y el Esclarecedor!"

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