Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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65.2 Historia del jinete, detrás del cual tocaban aires indios y chinos

Hace parte de

65 Los encuentros de Al-Raschid en el puente de Bagdad        
       65,1 Historia del joven dueño de la yegua blanca
       65,2 Historia del jinete, detrás del cual tocaban aires indios y chinos
       65,3 Historia del jeique de mano generosa
       65,4 Historia del maestro de escuela lisiado y con la boca hendida
       65,5 Historia del ciego que se hacía abofetear en el puente





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HISTORIA DEL JINETE DETRAS DEL CUAL TOCABAN AIRES INDIOS Y CHINOS

Has de saber ¡oh mi señor y corona de nuestra cabeza! que por mi antiguo oficio, que también fue el oficio de mi padre y del padre de mi padre, era yo un leñador y el más pobre entre los leñadores de Bagdad. Y era mucha mi miseria, y a diario estaba agravada por la presencia, en mi casa, de la hija de mi tío, mi propia esposa, mujer de mal carácter, avara, pendenciera, dotada de ojos vacíos y de espíritu mezquino. Además, no servía para nada absolutamente, y la escoba de nuestra cocina se hubiera podido comparar con ella en ternura y en flexibilidad. Y como era más tenaz que una mosca borriquera y más escandalosa que una gallina asustada, había yo decidido, tras de muchas disputas y sinsabores, no dirigirle la palabra nunca y ejecutar, sin discutir, todos sus caprichos, con objeto de tener alguna tranquilidad a mi regreso del trabajo fatigoso de la jornada. Con lo cual, cuando el Donador retribuía mis desvelos con algunos dracmas de plata, la maldita no dejaba de acudir a apoderarse de ellos en cuanto franqueaba yo el umbral. Y así es como transcurría mi vida, ¡oh Emir de los Creyentes!
Un día entre los días, teniendo necesidad de comprarme una cuerda para atar los haces, pues la que poseía estaba toda deshilachada, me decidí, a pesar del mucho terror que me inspiraba la idea de dirigir la palabra a mi esposa, a participarle la necesidad que tenía de comprar aquella cuerda nueva. Y apenas salieron de mi boca las palabras "comprar" y "cuerda", ¡oh Emir de los Creyentes! creí que sobre mi cabeza se abrían todas las puertas de las tempestades. Y aquello fué una tormenta desencadenada de injurias y de recriminaciones que no es preciso repetir en presencia de nuestro amo. Y puso fin al altercado, diciéndome: "¡Ah, el peor de los tunantes y de los malos sujetos! Sin duda sólo me reclamas ese dinero para ir a gastártelo con las pelandruscas de Bagdad. Pero estate tranquilo, porque vigilo tu conducta ojo avizor. Y si realmente reclamas para una cuerda ese dinero, saldré contigo a fin de que la compres en mi presencia. ¡Y además, no saldrás de casa sin mí en lo sucesivo!"
Y así diciendo, me arrastró airadamente al zoco, y ella misma pagó al mercader la cuerda que me era necesaria para ganarme el pan. Pero Alah sabe a costa de cuántos regateos y miradas atravesadas, dirigidas alternativamente a mí y al asustado mercader, se ultimó aquella accidentada compra.
Pero ¡oh mi señor! aquello no era más que el principio de mi infortunio de aquel día. Porque, al salir del zoco, como quisiera yo despedirme de mi esposa para ir a mi trabajo, me dijo ella: "¿Cómo, cómo se entiende? ¡Yo voy contigo, y no te dejo!" Y sin más ni más, saltó al lomo de mi asno, y añadió: "En adelante, con objeto de vigilar tu trabajo, te acompañaré a la montaña donde aseguras que pasas el día".
Y al escuchar semejante noticia, ¡oh mi señor! vi ennegrecerse ante mí el mundo entero, y comprendí que ya no me quedaba más remedio que morir. Y me dije: "¡He aquí ¡oh pobre! que la calamitosa no va ya a dejarte en paz! Antes, al menos, tenías alguna tranquilidad cuando estabas solo en la selva. ¡Pero ahora se terminó aquello! ¡Muere en tu miseria y en tu desesperación! ¡No hay recurso ni poder más que en Alah el Misericordioso! ¡De El venimos y a El volveremos!" Y una vez que hube llegado a la selva, resolví echarme de bruces y dejarme morir de muerte negra.
Y así pensando, sin contestar una palabra, eché a andar detrás del asno que llevaba a cuestas el peso que gravitaba sobre mi alma y sobre mi vida.
Y he aquí que, de camino, el alma del hombre, que le es cara a la vida, me sugirió, a fin de evitar la muerte, un proyecto en el cual no había pensado hasta entonces. Y no dejé de ponerlo en ejecución al punto.
En efecto, no bien llegamos al pie de la montaña y mi esposa se apeó del asno, le dije: "Escucha, ¡oh mujer! ¡ya que no es posible ocultarte nada, voy a declararte que la cuerda que acabamos de comprar no la tenía yo destinada a atar mis haces, sino que debía servir para enriquecernos por siempre!" Y estando mi esposa bajo la impresión en que habíala sumido esta declaración inesperada, la conduje hacia el brocal de un pozo antiguo, seco desde hacía años, y le dije: "¿Ves este pozo? ¡Pues bien; contiene nuestro destino! Y voy a cogerlo con la cuerda". Y como la hija del tío estuviese más perpleja cada vez, añadí: "¡Sí, por Alah! hace mucho tiempo que he tenido la revelación de un tesoro oculto en este pozo y que está escrito en mi destino. ¡Y hoy es el día en que tengo que bajar a buscarlo! ¡Y por eso me decidí a rogarte que me compraras esa cuerda!"
Apenas hube pronunciado las palabras del tesoro y de bajar al pozo, realizóse plenamente lo que yo había previsto. Porque mi esposa exclamó: "¡No, por Alah! ¡yo soy quien bajará ahí dentro! Porque tú nunca sabrías abrir el tesoro y apoderarte de él. Y además, no tengo confianza en tu honradez". Y al punto se quitó su velo, y me dijo: "Vamos, date prisa a atarme con esa cuerda y a hacerme bajar a ese pozo".
Y yo, ¡oh mi señor! después de poner algunas dificultades, nada más que por fórmula, y ganarme algunas injurias por mi vacilación, suspiré: "Hágase la voluntad de Alah y tu voluntad, ¡oh hija de hombres de bien!" Y la até fuertemente con la cuerda, pasándosela por debajo de los brazos, y la dejé escurrirse a lo largo del pozo. Y cuando sentí que había llegado al fondo, lo solté todo, tirando la cuerda al fondo del pozo. Y lancé un suspiro de satisfacción como no se había exhalado de mi pecho desde que salí del seno de mi madre. Y grité a la calamitosa: "¡Oh hija de hombres de bien! ¡ten la amabilidad de permanecer ahí hasta que yo venga a sacarte!"
Y sin escuchar su respuesta, me volví tranquilamente a mi trabajo, y me puse a hacer haces cantando, cosa que no me había ocurrido desde mucho tiempo atrás.
Y poseído de felicidad, creí que me habían crecido alas, pues me sentía ligero como los pájaros.
Libre así de la causa de mis tribulaciones, por fin pude gustar el sabor de la tranquilidad y de la paz. Pero, al cabo de dos días, pensé para mi ánima: "Ya Ahmad, la ley de Alah y de Su enviado (¡con El la plegaria y las bendiciones!) no permite a la criatura quitar la vida a otra criatura hecha a su imagen. Y al abandonar en el fondo del pozo a la hija de tu tío, le expones a morir de inanición. Claro que una criatura semejante merece el peor de los tratos. Pero no cargues tu conciencia con su muerte y sácala del fondo del pozo. ¡Y además, quién sabe si esa lección la habrá corregido para siempre su mal carácter!"
Y sin poder resistir a este aviso de mi conciencia, me dirigí al pozo, y grité a la hija de mi tío, echándola otra cuerda: "Vamos, date prisa a atarte, que ya te saco. Espero que esta lección te habrá  corregido". Y cuando sentí que cogían la cuerda en el fondo del pozo esperé un momento para dar tiempo a mi esposa a que se atara con ella fuertemente. Tras de lo cual, sintiendo que imprimía sacudidas a la cuerda para significarme que ya estaba dispuesta, la izé a duras penas, de tan pesado como era el peso que había al extremo de la cuerda. Y cuál no sería mi espanto ¡oh Emir de los Creyentes! al ver atado a aquella cuerda, en lugar de la hija de mi tío, un genni gigante de aspecto poco tranquilizador...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 867ª noche

Ella dijo:
... Y cuál no sería mi espanto ¡oh Emir de los Creyentes! al ver atado a aquella cuerda, en lugar de la hija de mi tío, un genni gigante de aspecto poco tranquilizador, que, en cuanto hubo tocado tierra, se inclinó ante mí y me dijo: "¡Cuántas gracias tengo que darte, ya Sidi Ahmad, por el servicio que acabas de hacerme! Has de saber, en efecto, que me cuento en el número de los genn que no tienen la facultad de volar por los aires y sólo pueden arrastrarse por la tierra, por más que de esta manera sea grande su velocidad y les permita andar tan de prisa como los genn aéreos. Y he aquí que desde hace años yo, genni terrestre, había elegido este pozo antiguo para hacer de él mi morada. Y acá vivía muy en paz, cuando, hace dos días, bajó a mi mansión la peor mujer del Universo. No ha cesado de atormentarme desde que me tocó por compañera, y durante todo este tiempo me ha obligado a maniobrar con ella sin descanso, a mí, que hace años que vivía en el celibato y había perdido la costumbre de la copulación. ¡Ya Alah, cuán agradecido te estoy por haberme librado de esa calamitosa! ¡Ah! ciertamente, un servicio tan importante no quedará sin recompensa, porque ha caído en el alma de quien sabe su valor. He aquí, pues, lo que puedo y quiero hacer por ti".
Y se interrumpió un momento para tomar aliento, en tanto que yo, tranquilizado por sus buenas intenciones para conmigo, pensaba: "¡Por Alah! esa mujer es cosa tan espantosa, que ha conseguido asustar a los mismos genn y a los más gigantescos de entre los genn. ¿Cómo pude resistir tanto tiempo su malicia y su maldad?" Y lleno de conmiseración para mí mismo y para mi compañero de infortunio, le escuché entonces, prosiguiendo él de este modo: "Sí, ya Sidi Ahmad; de leñador que eres, voy a hacer de ti un igual de los reyes más poderosos. Y he aquí cómo. Sé que el sultán de la India tiene una hija única, que es una adolescente como la luna en su décimo cuarto día. Y es púber precisamente, con catorce años y cuarto de edad y virgen como la perla en su nácar. Y quiero hacer que te la dé en matrimonio su padre el sultán de la India, que la quiere más que a su propia vida. Y para realizar este proyecto, voy a ir a buen paso, lo más de prisa que pueda, al palacio del sultán, en la India, y entraré en el cuerpo de la joven princesa y tomaré posesión de su espíritu momentáneamente. Y de tal suerte, convertida en posesa, parecerá loca a cuantos la rodean, y su padre, el sultán, procurará que la curen los médicos más hábiles de la India. Pero ninguno podrá adivinar la verdadera causa del mal, que será mi presencia en el cuerpo de la joven; y todos los cuidados que con ella tengan fracasarán bajo mi aliento y por mi voluntad. Y entonces te presentarás tú, y serás quien cure a la princesa. ¡Y voy a indicarte los medios para ello!" Y tras de hablar así, el genni se sacó del pecho algunas hojas de un árbol desconocido, las cuales me entregó, añadiendo: "Una vez que se te haya introducido a presencia de la princesa enferma, la examinarás como si ignorases completamente su mal, tomarás actitudes cabizbajas y pensativas para imponer con ellas a tu alrededor, y acabarás por coger una de estas hojas que empaparás en agua y con la cual frotarás el rostro de la joven. Y al punto me veré forzado a salir de su cuerpo, y en aquella hora y en aquel instante recobrará ella la razón y tornará a su estado prístino. Y en vista de ello, como recompensa a la curación verificada, serás esposo de la joven, hija del rey.
Ésta es, ya Sidi Ahmad, la manera como quiero corresponder al servicio capital que me has hecho librándome de esa mujer aterradora que ha venido a hacerme imposible la estancia en mi pozo, el tranquilo paraje donde esperaba yo que transcurriesen mis días en el retraimiento. ¡Y Alah maldiga a la calamitosa!"
Y tras de hablar así, el genni se despidió de mí, apremiándome para que me pusiese en camino hacia el país de la India; me deseó buen viaje y desapareció a mis ojos, corriendo por la superficie de la tierra como un navío empujado por la tempestad.
Entonces, ¡oh mi señor! al saber que en la India me esperaba mi destino, no vacilé en seguir las instrucciones del genni y en ponerme al punto en camino para aquel país lejano. Y Alah me escribió la seguridad, y después de un largo viaje lleno de fatigas, de privaciones y de peligros que no hay ninguna utilidad en narrar a nuestro amo, llegué sin contratiempo al país de la India, donde reinaba el sultán padre de mi futura esposa la princesa.
Y llegado de tal suerte al término de mi viaje, me enteré de que, en efecto, hacía ya algún tiempo que habíase declarado la locura de la princesa, la cual tenía sumidos en la mayor consternación a la corte y a todo el país, y que, después de haber empleado en vano la ciencia de los médicos más hábiles, el sultán había prometido en matrimonio la princesa al que la curara.
Entonces yo, ¡Oh Emir de los Creyentes! seguro de las instrucciones que me había dado el genni y sin ninguna inquietud respecto al éxito, me presenté a la audiencia que una vez al día concedía el sultán a los que querían ensayar una cura para el espíritu de la princesa. Y entré con toda confianza en el aposento donde estaba encerrada la joven, y no dejé de poner en práctica la lección del genni, adoptando todo género de actitudes importantes para que se me tomase completamente en serio. Luego, una vez que impuse a cuantos me rodeaban, y sin hacer ninguna pregunta acerca del estado de la enferma, mojé una de las hojas que poseía y froté con ella el rostro de la princesa.
Y al instante, la joven fué presa de convulsiones, lanzó un grito estridente y cayó desvanecida. Era que el genni, con la impetuosidad de su salida del cuerpo de la joven, había producido aquel estado que hubiera podido asustar a cualquier otro que no fuese yo. Pero, lejos de mostrarme alarmado, rocié con agua de rosas el rostro de la joven y la hice volver en sí. Y se despertó en su cabal razón, y se puso a hablar a todo el mundo con cordura, dulzura y aplomo, reconociendo a quienes la rodeaban y llamando por su nombre a cada cual.
Y fué inmenso el júbilo en palacio y en toda la ciudad. Y el sultán de la India, en agradecimiento al servicio prestado, no renegó de su promesa, y me concedió a su hija. Y aquel mismo día se celebraron nuestras bodas con la mayor pompa, en medio del regocijo y la felicidad de todo el pueblo.
En cuanto a la segunda princesa, a quien viste sentada en el lado izquierdo del palanquín, ¡oh Emir de los Creyentes! he aquí lo que pasó.
Cuando el genni gigante hubo abandonado el cuerpo de la princesa de la India, en virtud del pacto concertado entre nosotros, torturó su espíritu para saber adónde iría a habitar en lo sucesivo, pues que ya no tenía albergue y el pozo seguía ocupado por la calamitosa hija de mi tío. Por otra parte, durante su estancia en el cuerpo de la joven, había acabado por tomarle el gusto a aquella especie de retiro, y se había prometido, a su salida de allí, ir a escoger el cuerpo de otra joven. Tras de reflexionar, pues, un instante, hizo su composición de lugar, y a toda velocidad se dirigió al reino de la China como un gran navío ahuyentado por la tempestad.
Y no encontró nada mejor que ir a alojarse en el cuerpo de la hija del sultán de la China, una joven princesa de catorce años y cuarto y virgen como la perla en su nácar. Y de repente, la princesa se entregó a una serie de contorsiones y movimientos desordenados y a un desbordamiento de palabras incoherentes que hicieron creer en su locura. Y por más que el desdichado sultán de la China llamó a presencia de su hija a los más hábiles médicos chinos, no consiguió que su hija volviera a su estado anterior. Y con su palacio y su reino, quedó sumido en la desolación y la desesperación, pues la princesa era su única hija y era tan amable como encantadora y hermosa. Pero al fin Alah se apiadó de él, e hizo llegar hasta sus oídos el rumor de la curación maravillosa, merced a mis cuidados, de la princesa india que había llegado a ser mi esposa. Y al punto envió un embajador al padre de mi esposa para que me rogara que fuese a curar a su hija, la princesa de la China, prometiéndomela en matrimonio, caso de éxito.
Entonces fui en busca de mi joven esposa, hija del sultán de la India, y la puse al corriente de la demanda y de la proposición que se me hacía. Y logré convencerla de que podía muy bien aceptar por hermana a la princesa de la China que me ofrecían por esposa en caso de curación. Y partí para la China.
Pero ¡oh Emir de los Creyentes! todo lo que acabo de contarte acerca de la posesión de la princesa china por el genni sólo hube de saberlo al llegar a la China, y de los propios labios del genni en cuestión. Porque hasta entonces yo no conocía con exactitud la naturaleza del mal que sufría la princesa china, y suponía que mis hojas llegarían a curar cualquier dolencia. Por eso hube de partir lleno de confianza, sin sospechar que era mi antiguo amigo, el genni gigante, quien había causado el daño eligiendo para domicilio el cuerpo de la hija del sultán.
Así es que, una vez que entré en el aposento de la princesa china, adonde había pedido que me dejaran solo con la enferma, fué extremado mi asombro al reconocer la voz de mi amigo el genni gigante, que me decía por boca de la princesa: "¡Cómo! ¿eres tú, ya Sidi-Ahmad? ¿Eres tú, a quien he colmado de beneficios, quien viene a echarme de la morada que he escogido para mi vejez? ¿No te da vergüenza corresponder al bien con el mal? ¿Y no temes que, si me fuerzas a salir de aquí, vaya yo derecho a las Indias para entregarme, durante tu ausencia, a diversas copulaciones extremadas con la persona de tu esposa india, y la mate luego?"
Y como no era poco lo que me asustaba aquella amenaza, se aprovechó de ello para contarme su historia a partir del día en que había salido del cuerpo de mi esposa india, y por mi bien me abjuró a que le dejara vivir tranquilamente en el nuevo alojamiento que había escogido.
Entonces, yo, muy perplejo, y sin querer caer en falta de gratitud con aquel excelente genni que, en suma, había sido el causante de mi fortuna, ya iba a decidirme a volver al lado del sultán de la China para declararle que me sentía incapaz de librar, con mi ciencia, de su mal a la princesa, cuando Alah infundió en mi espíritu una estratagema. Me encaré, pues, con el genni, y le dije: "¡Oh jefe de los genn y corona suya, oh excelente! no es para curar a la princesa de China por lo que he venido aquí, sino que hice todo este viaje para rogarte, por el contrario, que vengas en mi socorro. Sin duda te acordarás de aquella mujer con quien pasaste en el pozo algunos malos ratos. Pues bien; aquella mujer era mi esposa, la hija de mi tío. Y fui yo quien la arrojó a aquel pozo para tener paz. Y he aquí que la calamidad me persigue, porque no sé quién ha podido sacar de allí a esa hija de perro. Pero el caso es que está en libertad y me persigue los pasos. Va detrás de mí por todas partes, y ¡qué desgracia la nuestra! dentro de un instante estará aquí mismo. Y ya la oigo gritar con su voz aborrecible en el patio del palacio. Por favor, ayúdame, ¡oh amigo mío! ¡Vengo a implorar tu concurso...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 868ª noche

Ella dijo:
"... Y ya la oigo gritar con su voz aborrecible en el patio del palacio. Por favor, ayúdame, ¡oh amigo mío! ¡Vengo a implorar tu concurso!"
Cuando el genni hubo oído mis palabras, sintió que le poseía un terror indescriptible, y exclamó: "¡Mi concurso! ¡ya Alah! ¡mi concurso! ¡Que mis hermanos los genn me preserven de encontrarme nunca cara a cara con una mujer semejante! ¡Amigo Ahmad, arréglate como puedas! En cuanto a mí nada podría hacer. Y me voy al instante".
Dijo, y salió con estrépito del cuerpo de la princesa para echar a correr y devorar a su paso la distancia: parecía un navío grande ahuyentado en el mar por la tempestad.
Y la princesa china volvió a la razón. Y llegó a ser mi segunda esposa.
Y desde entonces viví con las dos jóvenes reales entre delicias de todas clases y placeres delicados.
Y a la sazón pensé, antes de ser sultán de la India o de la China y de encontrarme en la imposibilidad de viajar, en volver a ver el país en que nací como leñador, esta ciudad de Bagdad, ciudad de paz.
Y ya sabes ¡oh Emir de los Creyentes! por qué me has encontrado en el puente de Bagdad a la cabeza de mi cortejo, seguido del palanquín que llevaba a mis dos esposas, las princesas de la India y de la China, en honor de las cuales los músicos tocaban en sus instrumentos aires indios y chinos. ¡Pero Alah es más sabio!"
Cuando el califa hubo oído el relato del noble jinete, se levantó en honor suyo y le invitó a sentarse junto a él en el lecho del trono. Y le felicitó por haber sido escogido por los decretos del Todopoderoso para convertirse, de pobre leñador que era, en heredero del trono de la India y del trono de la China. Y añadió: "¡Alah selle nuestra amistad y te guarde y te conserve para dicha de tus futuros reinos!"

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