Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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65 P2 Los encuentros de Al-Raschid en el puente de Bagdad - segunda de tres partes

Hace parte de

65 Los encuentros de Al-Raschid en el puente de Bagdad        
       65,1 Historia del joven dueño de la yegua blanca
       65,2 Historia del jinete, detrás del cual tocaban aires indios y chinos
       65,3 Historia del jeique de mano generosa
       65,4 Historia del maestro de escuela lisiado y con la boca hendida
       65,5 Historia del ciego que se hacía abofetear en el puente





Los encuentros de Al-Raschid en el puente de Bagdad - Segunda de tres partes - Descargar MP3

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Y cuando llegó la 866ª noche

La pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡por favor, apresúrate a decirnos qué pasó cuando el califa se hubo encarado con el joven jinete detrás del cual tocaban aires indios y chinos!"
Y contestó Schehrazada: "¡De todo corazón amistoso!"
Y continuó de esta manera:
"...Cuando el califa se encaró con el hermoso jinete que estaba de pie entre sus manos, y a quien había encontrado caracoleando sobre un caballo que con su aspecto pregonaba su raza, le dijo: "¡Oh joven! por la cara me has parecido un noble extranjero, y para facilitarte el acceso a mi palacio te he hecho venir a mi presencia a fin de que nuestro oído y nuestra vista se regocijen contigo. Así, pues, si tienes alguna cosa que pedirnos, o alguna cosa admirable que contarnos, no te  detengas más". Y después de besar la tierra entre las manos del califa, el joven se inclinó y contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! el motivo de mi llegada a Bagdad no es una embajada o comisión, como tampoco una simple curiosidad, sino sencillamente el deseo de volver a ver el país en que nací y donde he de vivir hasta mi muerte. ¡Pero tan asombrosa es mi historia, que no vacilo en contársela a nuestro dueño el Emir de los Creyentes!"


HISTORIA DEL JINETE DETRAS DEL CUAL TOCABAN AIRES INDIOS Y CHINOS

Has de saber ¡oh mi señor y corona de nuestra cabeza! que por mi antiguo oficio, que también fue el oficio de mi padre y del padre de mi padre, era yo un leñador y el más pobre entre los leñadores de Bagdad. Y era mucha mi miseria, y a diario estaba agravada por la presencia, en mi casa, de la hija de mi tío, mi propia esposa, mujer de mal carácter, avara, pendenciera, dotada de ojos vacíos y de espíritu mezquino. Además, no servía para nada absolutamente, y la escoba de nuestra cocina se hubiera podido comparar con ella en ternura y en flexibilidad. Y como era más tenaz que una mosca borriquera y más escandalosa que una gallina asustada, había yo decidido, tras de muchas disputas y sinsabores, no dirigirle la palabra nunca y ejecutar, sin discutir, todos sus caprichos, con objeto de tener alguna tranquilidad a mi regreso del trabajo fatigoso de la jornada. Con lo cual, cuando el Donador retribuía mis desvelos con algunos dracmas de plata, la maldita no dejaba de acudir a apoderarse de ellos en cuanto franqueaba yo el umbral. Y así es como transcurría mi vida, ¡oh Emir de los Creyentes!
Un día entre los días, teniendo necesidad de comprarme una cuerda para atar los haces, pues la que poseía estaba toda deshilachada, me decidí, a pesar del mucho terror que me inspiraba la idea de dirigir la palabra a mi esposa, a participarle la necesidad que tenía de comprar aquella cuerda nueva. Y apenas salieron de mi boca las palabras "comprar" y "cuerda", ¡oh Emir de los Creyentes! creí que sobre mi cabeza se abrían todas las puertas de las tempestades. Y aquello fué una tormenta desencadenada de injurias y de recriminaciones que no es preciso repetir en presencia de nuestro amo. Y puso fin al altercado, diciéndome: "¡Ah, el peor de los tunantes y de los malos sujetos! Sin duda sólo me reclamas ese dinero para ir a gastártelo con las pelandruscas de Bagdad. Pero estate tranquilo, porque vigilo tu conducta ojo avizor. Y si realmente reclamas para una cuerda ese dinero, saldré contigo a fin de que la compres en mi presencia. ¡Y además, no saldrás de casa sin mí en lo sucesivo!"
Y así diciendo, me arrastró airadamente al zoco, y ella misma pagó al mercader la cuerda que me era necesaria para ganarme el pan. Pero Alah sabe a costa de cuántos regateos y miradas atravesadas, dirigidas alternativamente a mí y al asustado mercader, se ultimó aquella accidentada compra.
Pero ¡oh mi señor! aquello no era más que el principio de mi infortunio de aquel día. Porque, al salir del zoco, como quisiera yo despedirme de mi esposa para ir a mi trabajo, me dijo ella: "¿Cómo, cómo se entiende? ¡Yo voy contigo, y no te dejo!" Y sin más ni más, saltó al lomo de mi asno, y añadió: "En adelante, con objeto de vigilar tu trabajo, te acompañaré a la montaña donde aseguras que pasas el día".
Y al escuchar semejante noticia, ¡oh mi señor! vi ennegrecerse ante mí el mundo entero, y comprendí que ya no me quedaba más remedio que morir. Y me dije: "¡He aquí ¡oh pobre! que la calamitosa no va ya a dejarte en paz! Antes, al menos, tenías alguna tranquilidad cuando estabas solo en la selva. ¡Pero ahora se terminó aquello! ¡Muere en tu miseria y en tu desesperación! ¡No hay recurso ni poder más que en Alah el Misericordioso! ¡De El venimos y a El volveremos!" Y una vez que hube llegado a la selva, resolví echarme de bruces y dejarme morir de muerte negra.
Y así pensando, sin contestar una palabra, eché a andar detrás del asno que llevaba a cuestas el peso que gravitaba sobre mi alma y sobre mi vida.
Y he aquí que, de camino, el alma del hombre, que le es cara a la vida, me sugirió, a fin de evitar la muerte, un proyecto en el cual no había pensado hasta entonces. Y no dejé de ponerlo en ejecución al punto.
En efecto, no bien llegamos al pie de la montaña y mi esposa se apeó del asno, le dije: "Escucha, ¡oh mujer! ¡ya que no es posible ocultarte nada, voy a declararte que la cuerda que acabamos de comprar no la tenía yo destinada a atar mis haces, sino que debía servir para enriquecernos por siempre!" Y estando mi esposa bajo la impresión en que habíala sumido esta declaración inesperada, la conduje hacia el brocal de un pozo antiguo, seco desde hacía años, y le dije: "¿Ves este pozo? ¡Pues bien; contiene nuestro destino! Y voy a cogerlo con la cuerda". Y como la hija del tío estuviese más perpleja cada vez, añadí: "¡Sí, por Alah! hace mucho tiempo que he tenido la revelación de un tesoro oculto en este pozo y que está escrito en mi destino. ¡Y hoy es el día en que tengo que bajar a buscarlo! ¡Y por eso me decidí a rogarte que me compraras esa cuerda!"
Apenas hube pronunciado las palabras del tesoro y de bajar al pozo, realizóse plenamente lo que yo había previsto. Porque mi esposa exclamó: "¡No, por Alah! ¡yo soy quien bajará ahí dentro! Porque tú nunca sabrías abrir el tesoro y apoderarte de él. Y además, no tengo confianza en tu honradez". Y al punto se quitó su velo, y me dijo: "Vamos, date prisa a atarme con esa cuerda y a hacerme bajar a ese pozo".
Y yo, ¡oh mi señor! después de poner algunas dificultades, nada más que por fórmula, y ganarme algunas injurias por mi vacilación, suspiré: "Hágase la voluntad de Alah y tu voluntad, ¡oh hija de hombres de bien!" Y la até fuertemente con la cuerda, pasándosela por debajo de los brazos, y la dejé escurrirse a lo largo del pozo. Y cuando sentí que había llegado al fondo, lo solté todo, tirando la cuerda al fondo del pozo. Y lancé un suspiro de satisfacción como no se había exhalado de mi pecho desde que salí del seno de mi madre. Y grité a la calamitosa: "¡Oh hija de hombres de bien! ¡ten la amabilidad de permanecer ahí hasta que yo venga a sacarte!"
Y sin escuchar su respuesta, me volví tranquilamente a mi trabajo, y me puse a hacer haces cantando, cosa que no me había ocurrido desde mucho tiempo atrás.
Y poseído de felicidad, creí que me habían crecido alas, pues me sentía ligero como los pájaros.
Libre así de la causa de mis tribulaciones, por fin pude gustar el sabor de la tranquilidad y de la paz. Pero, al cabo de dos días, pensé para mi ánima: "Ya Ahmad, la ley de Alah y de Su enviado (¡con El la plegaria y las bendiciones!) no permite a la criatura quitar la vida a otra criatura hecha a su imagen. Y al abandonar en el fondo del pozo a la hija de tu tío, le expones a morir de inanición. Claro que una criatura semejante merece el peor de los tratos. Pero no cargues tu conciencia con su muerte y sácala del fondo del pozo. ¡Y además, quién sabe si esa lección la habrá corregido para siempre su mal carácter!"
Y sin poder resistir a este aviso de mi conciencia, me dirigí al pozo, y grité a la hija de mi tío, echándola otra cuerda: "Vamos, date prisa a atarte, que ya te saco. Espero que esta lección te habrá  corregido". Y cuando sentí que cogían la cuerda en el fondo del pozo esperé un momento para dar tiempo a mi esposa a que se atara con ella fuertemente. Tras de lo cual, sintiendo que imprimía sacudidas a la cuerda para significarme que ya estaba dispuesta, la izé a duras penas, de tan pesado como era el peso que había al extremo de la cuerda. Y cuál no sería mi espanto ¡oh Emir de los Creyentes! al ver atado a aquella cuerda, en lugar de la hija de mi tío, un genni gigante de aspecto poco tranquilizador...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 867ª noche

Ella dijo:
... Y cuál no sería mi espanto ¡oh Emir de los Creyentes! al ver atado a aquella cuerda, en lugar de la hija de mi tío, un genni gigante de aspecto poco tranquilizador, que, en cuanto hubo tocado tierra, se inclinó ante mí y me dijo: "¡Cuántas gracias tengo que darte, ya Sidi Ahmad, por el servicio que acabas de hacerme! Has de saber, en efecto, que me cuento en el número de los genn que no tienen la facultad de volar por los aires y sólo pueden arrastrarse por la tierra, por más que de esta manera sea grande su velocidad y les permita andar tan de prisa como los genn aéreos. Y he aquí que desde hace años yo, genni terrestre, había elegido este pozo antiguo para hacer de él mi morada. Y acá vivía muy en paz, cuando, hace dos días, bajó a mi mansión la peor mujer del Universo. No ha cesado de atormentarme desde que me tocó por compañera, y durante todo este tiempo me ha obligado a maniobrar con ella sin descanso, a mí, que hace años que vivía en el celibato y había perdido la costumbre de la copulación. ¡Ya Alah, cuán agradecido te estoy por haberme librado de esa calamitosa! ¡Ah! ciertamente, un servicio tan importante no quedará sin recompensa, porque ha caído en el alma de quien sabe su valor. He aquí, pues, lo que puedo y quiero hacer por ti".
Y se interrumpió un momento para tomar aliento, en tanto que yo, tranquilizado por sus buenas intenciones para conmigo, pensaba: "¡Por Alah! esa mujer es cosa tan espantosa, que ha conseguido asustar a los mismos genn y a los más gigantescos de entre los genn. ¿Cómo pude resistir tanto tiempo su malicia y su maldad?" Y lleno de conmiseración para mí mismo y para mi compañero de infortunio, le escuché entonces, prosiguiendo él de este modo: "Sí, ya Sidi Ahmad; de leñador que eres, voy a hacer de ti un igual de los reyes más poderosos. Y he aquí cómo. Sé que el sultán de la India tiene una hija única, que es una adolescente como la luna en su décimo cuarto día. Y es púber precisamente, con catorce años y cuarto de edad y virgen como la perla en su nácar. Y quiero hacer que te la dé en matrimonio su padre el sultán de la India, que la quiere más que a su propia vida. Y para realizar este proyecto, voy a ir a buen paso, lo más de prisa que pueda, al palacio del sultán, en la India, y entraré en el cuerpo de la joven princesa y tomaré posesión de su espíritu momentáneamente. Y de tal suerte, convertida en posesa, parecerá loca a cuantos la rodean, y su padre, el sultán, procurará que la curen los médicos más hábiles de la India. Pero ninguno podrá adivinar la verdadera causa del mal, que será mi presencia en el cuerpo de la joven; y todos los cuidados que con ella tengan fracasarán bajo mi aliento y por mi voluntad. Y entonces te presentarás tú, y serás quien cure a la princesa. ¡Y voy a indicarte los medios para ello!" Y tras de hablar así, el genni se sacó del pecho algunas hojas de un árbol desconocido, las cuales me entregó, añadiendo: "Una vez que se te haya introducido a presencia de la princesa enferma, la examinarás como si ignorases completamente su mal, tomarás actitudes cabizbajas y pensativas para imponer con ellas a tu alrededor, y acabarás por coger una de estas hojas que empaparás en agua y con la cual frotarás el rostro de la joven. Y al punto me veré forzado a salir de su cuerpo, y en aquella hora y en aquel instante recobrará ella la razón y tornará a su estado prístino. Y en vista de ello, como recompensa a la curación verificada, serás esposo de la joven, hija del rey.
Ésta es, ya Sidi Ahmad, la manera como quiero corresponder al servicio capital que me has hecho librándome de esa mujer aterradora que ha venido a hacerme imposible la estancia en mi pozo, el tranquilo paraje donde esperaba yo que transcurriesen mis días en el retraimiento. ¡Y Alah maldiga a la calamitosa!"
Y tras de hablar así, el genni se despidió de mí, apremiándome para que me pusiese en camino hacia el país de la India; me deseó buen viaje y desapareció a mis ojos, corriendo por la superficie de la tierra como un navío empujado por la tempestad.
Entonces, ¡oh mi señor! al saber que en la India me esperaba mi destino, no vacilé en seguir las instrucciones del genni y en ponerme al punto en camino para aquel país lejano. Y Alah me escribió la seguridad, y después de un largo viaje lleno de fatigas, de privaciones y de peligros que no hay ninguna utilidad en narrar a nuestro amo, llegué sin contratiempo al país de la India, donde reinaba el sultán padre de mi futura esposa la princesa.
Y llegado de tal suerte al término de mi viaje, me enteré de que, en efecto, hacía ya algún tiempo que habíase declarado la locura de la princesa, la cual tenía sumidos en la mayor consternación a la corte y a todo el país, y que, después de haber empleado en vano la ciencia de los médicos más hábiles, el sultán había prometido en matrimonio la princesa al que la curara.
Entonces yo, ¡Oh Emir de los Creyentes! seguro de las instrucciones que me había dado el genni y sin ninguna inquietud respecto al éxito, me presenté a la audiencia que una vez al día concedía el sultán a los que querían ensayar una cura para el espíritu de la princesa. Y entré con toda confianza en el aposento donde estaba encerrada la joven, y no dejé de poner en práctica la lección del genni, adoptando todo género de actitudes importantes para que se me tomase completamente en serio. Luego, una vez que impuse a cuantos me rodeaban, y sin hacer ninguna pregunta acerca del estado de la enferma, mojé una de las hojas que poseía y froté con ella el rostro de la princesa.
Y al instante, la joven fué presa de convulsiones, lanzó un grito estridente y cayó desvanecida. Era que el genni, con la impetuosidad de su salida del cuerpo de la joven, había producido aquel estado que hubiera podido asustar a cualquier otro que no fuese yo. Pero, lejos de mostrarme alarmado, rocié con agua de rosas el rostro de la joven y la hice volver en sí. Y se despertó en su cabal razón, y se puso a hablar a todo el mundo con cordura, dulzura y aplomo, reconociendo a quienes la rodeaban y llamando por su nombre a cada cual.
Y fué inmenso el júbilo en palacio y en toda la ciudad. Y el sultán de la India, en agradecimiento al servicio prestado, no renegó de su promesa, y me concedió a su hija. Y aquel mismo día se celebraron nuestras bodas con la mayor pompa, en medio del regocijo y la felicidad de todo el pueblo.
En cuanto a la segunda princesa, a quien viste sentada en el lado izquierdo del palanquín, ¡oh Emir de los Creyentes! he aquí lo que pasó.
Cuando el genni gigante hubo abandonado el cuerpo de la princesa de la India, en virtud del pacto concertado entre nosotros, torturó su espíritu para saber adónde iría a habitar en lo sucesivo, pues que ya no tenía albergue y el pozo seguía ocupado por la calamitosa hija de mi tío. Por otra parte, durante su estancia en el cuerpo de la joven, había acabado por tomarle el gusto a aquella especie de retiro, y se había prometido, a su salida de allí, ir a escoger el cuerpo de otra joven. Tras de reflexionar, pues, un instante, hizo su composición de lugar, y a toda velocidad se dirigió al reino de la China como un gran navío ahuyentado por la tempestad.
Y no encontró nada mejor que ir a alojarse en el cuerpo de la hija del sultán de la China, una joven princesa de catorce años y cuarto y virgen como la perla en su nácar. Y de repente, la princesa se entregó a una serie de contorsiones y movimientos desordenados y a un desbordamiento de palabras incoherentes que hicieron creer en su locura. Y por más que el desdichado sultán de la China llamó a presencia de su hija a los más hábiles médicos chinos, no consiguió que su hija volviera a su estado anterior. Y con su palacio y su reino, quedó sumido en la desolación y la desesperación, pues la princesa era su única hija y era tan amable como encantadora y hermosa. Pero al fin Alah se apiadó de él, e hizo llegar hasta sus oídos el rumor de la curación maravillosa, merced a mis cuidados, de la princesa india que había llegado a ser mi esposa. Y al punto envió un embajador al padre de mi esposa para que me rogara que fuese a curar a su hija, la princesa de la China, prometiéndomela en matrimonio, caso de éxito.
Entonces fui en busca de mi joven esposa, hija del sultán de la India, y la puse al corriente de la demanda y de la proposición que se me hacía. Y logré convencerla de que podía muy bien aceptar por hermana a la princesa de la China que me ofrecían por esposa en caso de curación. Y partí para la China.
Pero ¡oh Emir de los Creyentes! todo lo que acabo de contarte acerca de la posesión de la princesa china por el genni sólo hube de saberlo al llegar a la China, y de los propios labios del genni en cuestión. Porque hasta entonces yo no conocía con exactitud la naturaleza del mal que sufría la princesa china, y suponía que mis hojas llegarían a curar cualquier dolencia. Por eso hube de partir lleno de confianza, sin sospechar que era mi antiguo amigo, el genni gigante, quien había causado el daño eligiendo para domicilio el cuerpo de la hija del sultán.
Así es que, una vez que entré en el aposento de la princesa china, adonde había pedido que me dejaran solo con la enferma, fué extremado mi asombro al reconocer la voz de mi amigo el genni gigante, que me decía por boca de la princesa: "¡Cómo! ¿eres tú, ya Sidi-Ahmad? ¿Eres tú, a quien he colmado de beneficios, quien viene a echarme de la morada que he escogido para mi vejez? ¿No te da vergüenza corresponder al bien con el mal? ¿Y no temes que, si me fuerzas a salir de aquí, vaya yo derecho a las Indias para entregarme, durante tu ausencia, a diversas copulaciones extremadas con la persona de tu esposa india, y la mate luego?"
Y como no era poco lo que me asustaba aquella amenaza, se aprovechó de ello para contarme su historia a partir del día en que había salido del cuerpo de mi esposa india, y por mi bien me abjuró a que le dejara vivir tranquilamente en el nuevo alojamiento que había escogido.
Entonces, yo, muy perplejo, y sin querer caer en falta de gratitud con aquel excelente genni que, en suma, había sido el causante de mi fortuna, ya iba a decidirme a volver al lado del sultán de la China para declararle que me sentía incapaz de librar, con mi ciencia, de su mal a la princesa, cuando Alah infundió en mi espíritu una estratagema. Me encaré, pues, con el genni, y le dije: "¡Oh jefe de los genn y corona suya, oh excelente! no es para curar a la princesa de China por lo que he venido aquí, sino que hice todo este viaje para rogarte, por el contrario, que vengas en mi socorro. Sin duda te acordarás de aquella mujer con quien pasaste en el pozo algunos malos ratos. Pues bien; aquella mujer era mi esposa, la hija de mi tío. Y fui yo quien la arrojó a aquel pozo para tener paz. Y he aquí que la calamidad me persigue, porque no sé quién ha podido sacar de allí a esa hija de perro. Pero el caso es que está en libertad y me persigue los pasos. Va detrás de mí por todas partes, y ¡qué desgracia la nuestra! dentro de un instante estará aquí mismo. Y ya la oigo gritar con su voz aborrecible en el patio del palacio. Por favor, ayúdame, ¡oh amigo mío! ¡Vengo a implorar tu concurso...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 868ª noche

Ella dijo:
"... Y ya la oigo gritar con su voz aborrecible en el patio del palacio. Por favor, ayúdame, ¡oh amigo mío! ¡Vengo a implorar tu concurso!"
Cuando el genni hubo oído mis palabras, sintió que le poseía un terror indescriptible, y exclamó: "¡Mi concurso! ¡ya Alah! ¡mi concurso! ¡Que mis hermanos los genn me preserven de encontrarme nunca cara a cara con una mujer semejante! ¡Amigo Ahmad, arréglate como puedas! En cuanto a mí nada podría hacer. Y me voy al instante".
Dijo, y salió con estrépito del cuerpo de la princesa para echar a correr y devorar a su paso la distancia: parecía un navío grande ahuyentado en el mar por la tempestad.
Y la princesa china volvió a la razón. Y llegó a ser mi segunda esposa.
Y desde entonces viví con las dos jóvenes reales entre delicias de todas clases y placeres delicados.
Y a la sazón pensé, antes de ser sultán de la India o de la China y de encontrarme en la imposibilidad de viajar, en volver a ver el país en que nací como leñador, esta ciudad de Bagdad, ciudad de paz.
Y ya sabes ¡oh Emir de los Creyentes! por qué me has encontrado en el puente de Bagdad a la cabeza de mi cortejo, seguido del palanquín que llevaba a mis dos esposas, las princesas de la India y de la China, en honor de las cuales los músicos tocaban en sus instrumentos aires indios y chinos. ¡Pero Alah es más sabio!"
Cuando el califa hubo oído el relato del noble jinete, se levantó en honor suyo y le invitó a sentarse junto a él en el lecho del trono. Y le felicitó por haber sido escogido por los decretos del Todopoderoso para convertirse, de pobre leñador que era, en heredero del trono de la India y del trono de la China. Y añadió: "¡Alah selle nuestra amistad y te guarde y te conserve para dicha de tus futuros reinos!"
Tras de lo cual, Al-Raschid se encaró con el tercer personaje, que era el venerable jeique de mano generosa, y le dijo: "¡Oh jeique! te he encontrado ayer en el puente de Bagdad, y lo que he visto de tu generosidad, de tu modestia y de tu humildad ante Alah me ha incitado a tratarte más de cerca. Y estoy convencido de que las vías de que plugo al Retribuidor servirse para gratificarte con Sus dones deben ser extraordinarias. Tengo mucha curiosidad por saberlas por ti mismo, y para darme esa satisfacción, te he hecho venir. Háblame, pues, con sinceridad, a fin de que me regocije participando de tu dicha con más conocimiento. ¡Y ten la seguridad de que, digas lo que digas, de antemano estás cubierto con el pañuelo de mi protección y de mi salvaguardia!"
Y después de besar la tierra entre las manos del califa, contestó el jeique de mano generosa: "¡Oh Emir de los Creyentes! te haré el relato fiel de lo que merece ser contado en mi vida. ¡Y si mi historia es asombrosa, más asombrosos todavía son el poderío y la munificencia del Dueño del Universo!"
Y contó su historia como sigue:


HISTORIA DEL JEIQUE DE MANO GENEROSA

"Has de saber ¡oh mi señor y señor de todo beneficio! que toda mi vida ejercí el oficio de pobre cordelero, trabajando en el cáñamo, como antes que yo habían trabajado mi padre y mis antepasados. Y lo que ganaba con mi oficio apenas bastaba para alimentarnos a mí, a mi esposa y a mis hijos. Pero, exento de capacidades para ejercer otra profesión, me contentaba, sin renegar demasiado, con lo poco que nos deparaba el Retribuidor, y sólo atribuía mi miseria a mi falta de maña y a la pesadez de mi espíritu. Y en eso no me equivocaba; debo declararlo con toda humildad ante el Dueño de la inteligencia. Pero ¡oh mi señor! la inteligencia no ha sido nunca patrimonio de los cordeleros que trabajan en cáñamo y su sitio predilecto no iba a estar debajo del turbante de un cordelero que trabajara en cáñamo. Por eso, al fin y al cabo, no me quedaba más que comer el pan de Alah sin emitir aspiraciones más irrealizables que pasar de un salto la cumbre de la montaña Kaf.
Un día entre los días, estando yo sentado en mi tienda con una cuerda de cáñamo sujeta al dedo gordo del pie y acabando de confeccionarla, vi acercarse dos ricos habitantes de mi barrio que tenían costumbre de ir a sentarse delante de mi tienda, para charlar de unas cosas y de otras, tomando el aire de la tarde. Y aquellos dos notables de mi barrio estaban unidos por la amistad, y les gustaba discutir entre sí, tan pronto sobre una cosa como sobre otra, desgranando su rosario de ámbar. Pero jamás, en la animación de sus charlas, habían llegado a pronunciar una palabra más alta que otra ni a salirse de la cortesía que los amigos deben tener con los amigos en las relaciones de la vida. Bien al contrario, cuando uno hablaba el otro escuchaba, y viceversa. Con lo cual sus discursos eran siempre sensatos, y yo mismo, no obstante mi poca inteligencia, solía sacar provecho de tan buenas palabras.
Y aquel día, una vez que me hicieron la zalema y yo se la devolví como es debido, fueron a su sitio habitual delante de mi tienda y continuaron una charla que ya habían iniciado, en su paseo. Y uno de ellos que se llamaba Si Saad, dijo a otro, que se llamaba Si Saadi: "¡Oh amigo mío Saadi! no es por contradecirte; pero, por Alah, un hombre no puede ser dichoso en este mundo más que teniendo bienes y grandes riquezas para vivir con toda independencia. Y por otra, parte, los pobres no son pobres más que porque han nacido en la pobreza, transmitida de padres a hijos, o porque, nacidos con riquezas, las han perdido a causa de la prodigalidad, de la relajación, de algún mal negocio o sencillamente por una de esas fatalidades contra las cuales es impotente la criatura. De todos modos, ¡oh Saadi! mi opinión es que los pobres sólo son pobres porque no pueden llegar a acumular una cantidad de dinero lo bastante importante para permitirles enriquecerse definitivamente con algún negocio comercial emprendido a tiempo. Y entiendo que si, enriquecidos de tal suerte, hacen un uso conveniente de su riqueza, no solamente serán ricos, sino que llegarán a ser más opulentos por el tiempo".
A lo cual respondió Si Saadi, diciendo: "¡Oh amigo mío Saad! no es por contradecirte; pero por Alah que estoy contrariado por no ser de tu opinión. Por lo pronto, claro que más vale, generalmente, vivir con desahogo que con pobreza. Pero la riqueza por sí misma no tiene nada que pueda tentar a un alma sin ambición. A lo más, es útil para sembrar dádivas, en torno nuestro. ¡Pero cuántos inconvenientes tiene! ¿No sabemos algo de eso por nosotros mismos, que a diario tenemos que aguantar tantos ajetreos y sinsabores? ¿Y no es, en suma, preferible a la nuestra la suerte de nuestro amigo Hassán el cordelero? Y además, ¡oh Saad! el medio que propones para que un pobre se vuelva rico no me parece tan seguro como a ti. Considera, en efecto, que ese medio es muy problemático, porque depende de una porción de circunstancias y coincidencias tan problemáticas como él mismo, y que sería demasiado prolijo discutir. Por mi parte, creo que un pobre desprovisto de todo dinero en un principio tiene, por lo menos, tantas probabilidades de hacerse rico como si poseyera algo; quiero decirte, pues, que sin un ahorro inicial puede llegar a ser inmensamente rico sin tomarse el menor trabajo, sencillamente porque tal sea su destino. Por eso entiendo que es del todo inútil hacer economías en previsión de los días malos, pues los días malos como los buenos nos vienen de Alah, y hacemos mal en escatimar los bienes que nos depara el Retribuidor en el presente, tratando de apartar lo que nos sobre. Este exceso, ¡oh Saad! si existe, debe ir a parar a los pobres de Alah; y reservárnoslo supone falta de confianza en la generosidad del Retribuidor. En cuanto a mí, ¡oh amigo mío! no se pasa día en que no me despierte diciéndome: "¡Regocíjate, ya Si Saadi, porque quién sabe en qué consistirá hoy el beneficio que te haga tu Señor!" Y jamás ha sido defraudada mi fe en el Retribuidor. Y por eso en mi vida he trabajado ni me he preocupado nunca del mañana. Y ésta es mi opinión".
Al oír estas palabras de su amigo, el notable Si Saad contestó: "¡Oh Saadi! bien se me alcanza que por hoy sería verdaderamente inútil persistir en sostener mi opinión en contra de la tuya. Por eso, en vez de discutir sin objeto, prefiero intentar una experiencia que pueda convencerte de la excelencia de mi manera de considerar la vida. Quiero, pues, ir sin tardanza en busca de un hombre verdaderamente pobre, nacido de un padre tan miserable como él, a quien daré sin más ni más una suma importante que le sirva de ahorro inicial. Y como el hombre que escogeré tendrá que haber dado prueba de honradez, la experiencia nos probará quién de nosotros dos tiene razón, si tú, que todo lo esperas del Destino, o yo, que entiendo es preciso que cada uno edifique por sí mismo la propia casa".
Y contestó Si Saadi: "Está muy bien, ¡oh amigo mío! Y para dar con el hombre pobre y honrado de que hablas, no tenemos necesidad de ir a buscarle lejos. He aquí a nuestro amigo Hassán el cordelero, que, verdaderamente, reúne las condiciones requeridas. ¡Y no podrá caer tu liberalidad sobre cabeza más digna...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 869ª noche

Ella dijo:
"... He aquí a nuestro amigo Hassán el cordelero, que, verdaderamente, reúne las condiciones requeridas. ¡Y no podrá caer tu liberalidad sobre cabeza más digna!"
Y contestó Si Saad: "¡Por Alah, que dices verdad! Y sólo por olvido quise buscar fuera de aquí lo que tenemos al alcance de la mano".
Luego se encaró conmigo y me dijo: "¡Ya Hassán! sé que tienes una numerosa familia, la cual tiene a su vez bocas numerosas y dientes numerosos, y que ni uno de los cinco hijos con que te ha gratificado el Donador está todavía en edad de ayudarte a la menor cosa. Por otra parte, sé que el cáñamo sin trabajar, aunque no está demasiado caro a la cotización actual del zoco, precisa de algún dinero para comprarlo. Y para disponer de ese dinero hay que haber hecho economías. Y las economías no son posibles en un hogar como el tuyo, donde el haber es más exiguo que el debe. Así, pues, ¡ya Hassán! para ayudarte a salir de la miseria, quiero hacerte don de una suma de doscientos dinares de oro, que te servirán de fondo inicial para ampliar tu comercio cordelero. ¡Dime, pues, si con esa suma de doscientos dinares crees que podrás sacar adelante el negocio, haciendo fructificar el dinero con habilidad y sagacidad!"
Y yo ¡oh Emir de los Creyentes! contesté: "¡Oh amo mío! ¡que Alah alargue tu vida y te haga recuperar el céntuplo de lo que me ofrece tu munificencia! Y puesto que te dignas interrogarme, me atrevo a decirte que en mi tierra el grano cae en un suelo fértil, y que, sin presumir con exceso de mis aptitudes, una suma mucho menor entre mis manos bastaría, no solamente para que fuera yo tan rico como los principales cordeleros de mi profesión, sino hasta para que fuera yo solo más opulento que todos los cordeleros reunidos de esta ciudad de Bagdad, no obstante lo populosa y grande que es -siempre que Alah me favorezca-, ¡inschalah!"
Y Si Saad, muy satisfecho de mi respuesta, me dijo: "¡Me inspiras mucha confianza, ya Hassán!" Y se sacó del seno una bolsa, que puso entre mis manos, y me dijo: "Toma esta bolsa que contiene los doscientos dinares consabidos. ¡Y ojalá hagas de ellos un uso afortunado y prudente y encuentres ahí el germen de la riqueza! ¡Y ten la seguridad de que yo y mi amigo Si Saadi nos regocijaremos en extremo si un día sabemos que en la prosperidad eres más dichoso que en medio de privaciones.
Entonces, ¡oh mi señor! tomando la bolsa, llegué al límite de los transportes de alegría. Y era tal mi emoción, que me sentí incapaz de hacer decir a mi lengua las palabras de gratitud que convenía pronunciar en semejante circunstancia; y a duras penas pude inclinarme hasta tierra y coger el borde del traje de mi bienhechor, llevándomelo a los labios y a la frente. Pero él se apresuró a retirarlo con modestia y se despidió de mí. Y acompañado de su amigo Si Saadi, se levantó para continuar su interrumpido paseo.
En cuanto a mí, cuando se hubieron alejado ellos, el primer pensamiento que asaltó naturalmente mi espíritu fué buscar un sitio donde guardar bien la bolsa de doscientos dinares para que estuviera segura del todo. Y como en mi pobre casita, compuesta de una sola pieza, no había ni armario, ni olor a armario, ni cajón, ni cofre, ni nada semejante donde esconder un objeto que se tuviese que esconder, quedé extremadamente perplejo, y por un momento pensé en ir a enterrar aquel dinero en algún paraje desierto, fuera de la ciudad, mientras daba con el modo de hacerlo fructificar. Pero volví de mi acuerdo al pensar que mi mala suerte podría hacer que se descubriera mi escondite o que algún labrador me viera. Y al punto se me ocurrió la idea de que lo mejor sería ocultar la bolsa en los pliegues de mi turbante. Y en aquella hora y en aquel instante me levanté, cerré la puerta de la tienda, y desenrollé mi turbante en toda su extensión. Y empecé por sacar de la bolsa diez monedas de oro que aparté para gastarlas, y envolví el resto, con la bolsa, en los pliegues de la tela, cogiéndola por un extremo. Y anudando este extremo a la bolsa, lo junté con mi gorro y me hice de  nuevo el turbante con cuatro vueltas perfectamente combinadas. Y entonces pude respirar más a mis anchas.
Acabado este trabajo, volví a abrir la puerta de mi tienda, y me apresuré a ir al zoco para aprovisionarme de cuanto tenía necesidad. Comencé por comprarme una buena cantidad de cáñamo, que llevé a mi tienda. Tras de lo cual, como hacía tiempo que no había yo visto carne en mi casa, fui a la carnicería y compré una espaldilla de cordero. Y emprendí el camino a casa para llevar a mi mujer aquella espaldilla de cordero, a fin de que nos la guisase con tomates. Y de antemano me regocijaba con el júbilo de los niños a la vista de aquel manjar suculento.
Pero ¡oh mi señor! mi presunción era demasiado notoria para que se quedase sin castigo. Porque me había yo puesto a la cabeza aquella espaldilla, y caminaba moviendo mucho los brazos, con el espíritu perdido en mis ensueños de opulencia. Y he aquí que un gavilán hambriento se abalanzó a la espaldilla de cordero, y antes de que yo pudiese alzar los brazos o hacer el menor movimiento, me la arrebató, así como el turbante con lo que contenía, y remontó el vuelo llevándose la espaldilla en el pico y el turbante en las garras.
Y al ver aquello, me puse a lanzar gritos tan desaforados, que los hombres, mujeres y niños de la vecindad se conmovieron y juntaron sus gritos a los míos para asustar al ladrón y hacerle soltar su presa. Pero en vez de producir este efecto, nuestros gritos no hicieron más que excitar al gavilán a acelerar el movimiento de sus alas. Y pronto desapareció en los aires con mi hacienda y mi suerte.
Y yo, despechado y entristecido, tuve que resignarme a comprar otro turbante, lo que ocasionó una nueva disminución en los dinares de oro que había tenido cuidado de sacar de la bolsa, y que a la sazón constituían todo mi haber. Y he aquí que, como había gastado buena parte de ello en la compra de mis provisiones de cáñamo, lo que me quedaba estaba lejos de bastar para hacerme concebir en adelante sólidas esperanzas en mi porvenir de opulencia. Pero en verdad que lo que me  causó más pena y ensombreció el mundo ante mis ojos fué el pensamiento de que mi bienhechor Si Saad tuviera que arrepentirse de haber escogido tan mal al hombre a quien había confiado su dinero y el éxito de la experiencia proyectada. Y me decía yo, además, que cuando él se enterara de la funesta aventura, acaso la considerase una invención de mi parte y me abrumara con su desprecio.
De todos modos, ¡oh mi señor! mientras duraron los escasos dinares que me quedaron después del robo llevado a cabo por el gavilán, no tuvimos en casa demasiados motivos de queja. Pero cuando se gastó la última moneda menuda, no tardamos en caer en la misma miseria de tiempo atrás, y me vi en igual imposibilidad de salir de mi estado. Sin embargo, me guardé bien de murmurar contra los decretos del Altísimo, y pensé: "¡Oh pobre! ¡el Retribuidor te ha dado bienes cuando menos lo esperabas, y te los ha quitado casi al mismo tiempo, porque así le plugo, y suyos eran esos bienes! ¡Resígnate ante Sus Decretos, y sométete a Su voluntad!"
Y mientras a mí me agitaban estos sentimientos, estaba de lo más inconsolable mi mujer, a quien yo no había podido por menos de participar la pérdida que sufrí y de dónde me llegaba. Y para colmo de infortunio, como en mi turbación también se me había escapado decir a mis vecinos que con mi turbante perdía el valor de ciento noventa dinares de oro, mis vecinos, para quienes era conocida mi pobreza desde hacía mucho tiempo, se rieron de mis palabras con sus hijos, persuadidos de que la pérdida de mi turbante me había vuelto loco.
Y las mujeres decían a mi paso, riendo: "¡Ahí va el que dejó echar a volar su razón con su turbante!"
¡Eso fué todo!
Y he aquí ¡oh Emir de los Creyentes! que haría unos diez meses que el gavilán me había ocasionado aquella desgracia, cuando los dos señores amigos Si Saad y Si Saadi pensaron ir a pedirme cuentas del uso que había hecho yo de la bolsa de doscientos dinares. Y mientras se dirigían a mí, Si Saad decía a Si Saadi: "¡Ya hace días que pensaba en nuestro amigo Hassán, complaciéndome mucho en la satisfacción que voy a tener al hacerte testigo de nuestra experiencia! Vas a notar en él un cambio tan grande, que nos costará trabajo reconocerle".
Y como ya estaban muy próximos a la tienda, Si Saadi contestó sonriendo "Me parece, por Alah, ¡oh amigo mío Saad! que te comes el cohombro antes de que esté maduro. Por lo que a mí respecta, con mis propios ojos veo yo a Hassán sentado como de ordinario, con el cáñamo sujeto al dedo gordo del pie; pero no asombra mi vista ningún cambio notable de su persona. Porque hele aquí tan pobremente vestido como antes, y la única diferencia que observo en él es que su turbante es un poco menos feo y grasiento que el que tenía hace diez meses. Además, míralo por ti mismo, y verás que lo que he dicho no tiene vuelta de hoja".
A la sazón, Si Saad, que ya había llegado ante la tienda, me examinó y vió también que en mi estado no había alteración ni mejora en mi aspecto. Y entraron en mi casa ambos amigos, y después de las zalemas de rigor, Si Saad me dijo: "Y bien, Hassán, ¿a qué obedece esa cara demudada y ese aire compungido? ¡Por lo visto, tus negocios te dan que hacer y el cambio de vida te entristece un poco!"
Y con los ojos bajos, contesté: "¡Oh mis señores! Alah prolongue vuestra vida; pero el Destino siempre es enemigo mío y las tribulaciones del presente son peores que las del pasado. ¡En cuanto a la confianza que mi amo Si Saad ha cifrado en su esclavo, se ve defraudada, no ciertamente por culpa de su esclavo sino por culpa de la hostilidad del Destino!" Y les conté mi aventura con todos los detalles, tal como te la he contado, ¡oh Emir de los Creyentes! Pero no hay utilidad en repetirla.
Cuando hube terminado mi relato, vi que Si Saadi sonreía con malicia, mirando a Si Saad, que estaba muy abatido. Y hubo un momento de silencio, al cabo del cual me dijo Si Saad: "En verdad que el éxito no es tal como yo esperaba. Pero no voy a hacerte reproches, aunque esa historia del gavilán sea un poco extraña, y me induzca, en uso de mi derecho, a no creerla y a suponer que te has divertido, te has regalado y has estado de comilona con el dinero que te di para que de él hicieras un uso muy distinto. De todos modos, deseo intentar la experiencia contigo una vez más, y entregarte otra suma igual a la primera. ¡Porque no quiero que mi amigo Saadi se salga con la suya después de una sola tentativa por mi parte!"
Y tras de hablar así, me contó doscientos dinares, diciéndome: "Quiero creer que esta vez no guardarás esa suma en tu turbante...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 870ª noche

Ella dijo:
"... Quiero creer que esta vez no guardarás esa suma en tu turbante". Y cuando ya le cogía yo las manos para llevármelas a los labios, me dejó y se fué con su amigo.
Por lo que a mí respecta, no reanudé mi trabajo cuando se marcharon, y me apresuré a cerrar la tienda y a entrar en casa, sabiendo que a aquella hora no encontraría allí a mi mujer ni a los niños. Y puse aparte diez dinares de oro de los doscientos, y envolví los otros ciento noventa en un lienzo, atándolo. Y ya sólo me quedaba dar con un lugar seguro para esconder aquel dinero. Así es que, después de haber reflexionado mucho tiempo, se me ocurrió meterlo en el fondo de una cuba llena de salvado, donde me imaginaba con razón que nadie pensaría en ir a buscarlo. Y tras de colocar otra vez la cuba en su rincón, salí mientras mi mujer entraba a preparar la comida. Y dejándola sola le dije que iba a comprar cáñamo, pero que volvería a la hora de comer. Y he aquí que mientras yo estaba en el zoco para hacer aquella compra, acertó a pasar por mi calle un vendedor de esa tierra que limpia los cabellos y de la cual se sirven las mujeres en el hammam, y se anunció con su pregón. Y mi mujer, que desde hacía mucho tiempo no se había limpiado el cabello, llamó al vendedor. Pero como no tenía dinero encima, no sabía qué hacer para pagarle, y pensó, diciéndoselo a sí misma: "Esta cuba de salvado que hace tanto tiempo que está aquí, por el momento no nos es de ninguna necesidad. Voy, pues, a dársela al vendedor a cambio de la tierra de limpiar el cabello".
Y así lo hizo.
Y tras de consentir el vendedor en este cambio, quedó ultimado el trato. Y se llevó la cuba con su contenido.
En cuanto a mí, a la hora de comer volví cargado con cuanto cáñamo podía llevar a cuestas, y lo puse en el sobradillo que a este efecto había dispuesto en la casa. Luego me apresuré a echar disimuladamente una ojeada a la cuba que contenía mi fortuna. Y vi lo que vi. Y pregunté con precipitación a mi mujer por qué había quitado la cuba de su sitio habitual. Y me contestó contándome tranquilamente el cambio consabido. Y con la impresión entró la muerte roja en mi alma. Y me desplomé en el suelo como un hombre atacado de vértigo. Y exclamé: "Alejado sea el Lapidado, ¡oh mujer! Acabas de cambiar mi destino, tu destino y el destino de nuestros hijos por un poco de tierra de limpiar los cabellos. ¡Esta vez estamos perdidos sin remedio!" Y en pocas palabras la puse al corriente de la cosa.
Y ella empezó a lamentarse, a golpearse el pecho, a mesarse los cabellos y a desgarrarse los vestidos con desesperación. Y exclamó: "¡Oh, qué desgracia por culpa mía! He vendido la fortuna de los niños a ese vendedor de tierra de limpiar, a quien no conozco. Es la primera vez que pasa por nuestra calle, y ya no volveré a encontrarle nunca, sobre todo ahora que habrá descubierto la bolsa."
Luego, tras de la reflexión, hubo de reprocharme mi falta de confianza en ella para un asunto de tanta importancia, diciéndome que seguramente se habría evitado aquella desgracia si yo le hubiese dado parte de mi secreto. Y sin duda sería demasiado prolijo contarte, ¡oh mi señor! pues no ignoras cuán elocuentes son las mujeres en la aflicción, todo lo que el dolor le puso entonces en la boca. Y yo no sabía qué hacer para calmarla. Le decía: "¡Oh hija del tío, modérate, por favor! ¿No ves que vas a atraer con tus gritos y tus llantos a todos los vecinos, y verdaderamente no hay necesidad de que se enteren de esta segunda desgracia, cuando no tienen ya bastantes sonrisas y palabras burlonas para hacer befa de nosotros y humillarnos con lo del gavilán? Y ahora tendrían doble gusto en bromearnos por nuestra candidez.
Así que es preferible para nosotros, que ya hemos aguantado sus bromas, ocultar esta pérdida y soportarla pacientemente, sometiéndonos a los decretos del Altísimo. Todavía hemos de bendecirle por no haber querido quitarnos de Sus dones más que ciento noventa monedas, dejándonos estas diez, cuyo empleo no dejará de proporcionarnos algún desahogo." Pero, por muy buenas que fuesen mis razones, a mi mujer le costó mucho trabajo rendirse a ellas. Y sólo conseguí consolarla poco a poco, diciéndole: "Es verdad que somos pobres. Pero, en suma, ¿qué tienen más que nosotros en la vida los ricos? ¿No respiramos el mismo aire? ¿No disfrutamos del mismo cielo y de la misma luz? ¿Y no se mueren ellos como nosotros?" Y hablando así, ¡oh mi señor! no solamente acabé por convencerla, sino por convencerme a mí mismo. Y reanudé mi trabajo, con el espíritu tan libre como si no nos hubiesen sucedido aquellas dos aflictivas aventuras.
Una sola cosa, sin embargo, continuaba apenándome: me sentía inquieto al preguntarme a mí mismo cómo iba a resistir la presencia de Si Saad, mi bienhechor, cuando fuera a pedirme cuentas del empleo de los doscientos dinares de oro. Y esta idea ennegrecía ante mi rostro el mundo y la vida.
Por fin llegó el tan temido día que me puso en presencia de ambos amigos. Y felicitándose por haber tardado tanto en ir a saber noticias mías, Si Saad debía decir sin duda a Si Saadi: "No nos apresuremos a ir en busca de Hassán el cordelero. Porque cuanto más retrasemos nuestra visita, más se habrá enriquecido, y será mayor la satisfacción que yo tenga." Y Si Saadi supongo que respondería, sonriendo: "¡Por Alah, que no deseo otra cosa que estar de acuerdo contigo! No obstante, me temo que el pobre Hassán todavía tenga que recorrer mucho camino antes de llegar al paraje donde le espera la opulencia. Pero ya hemos llegado. ¡Y él mismo ha de decirnos cómo van sus negocios!"
Y yo ioh Emir de los Creyentes! estaba tan confuso, que no tenía más que un deseo, y era el de ocultarme a su vista; y con todas mis fuerzas anhelaba que la tierra se abriese y me tragase. Así es que cuando estuvieron delante de la tienda, hice como que no les advertía, y aparenté estar muy atareado en mi trabajo de cordelero. Y sólo levanté los ojos para mirarles cuando me hicieron la zalema y me vi obligado a devolvérsela. Y para que no durasen mucho rato mi suplicio y mi azoramiento, no quise esperar a que me preguntaran, y me encaré resueltamente con Si Saad y le conté, sin tomar aliento, la segunda desgracia que me había ocurrido, es decir, el cambio que mi mujer hizo de la cuba de salvado, donde escondí la bolsa, por un poco de tierra de limpiar el cabello. Y habiéndome desahogado así un tanto, bajé los ojos, me volví a mi sitio y reanudé mi trabajo sujetando de nuevo la madeja de cáñamo al dedo gordo de mi pie izquierdo.
Y pensé: "Ya he dicho lo que tenía que decir. ¡Y Alah sólo sabe lo que sucederá!"
Pero, lejos de enfadarse conmigo o de injuriarme, motejándome de embustero y de hombre de mala fe, Si Saad supo contenerse, sin demostrar ni por asomo el despecho que sentía al ver que el Destino le quitaba la razón con tanta persistencia. Y se contentó con decirme: "Después de todo, Hassán, es posible que sea verdad cuanto me cuentas, y que verdaderamente se haya esfumado la segunda bolsa, como se esfumó su hermana. Sin embargo, es un poco asombroso, en verdad, que el gavilán y el vendedor de tierra de limpiar se hayan presentado, precisamente en el momento en que te hallabas distraído o ausente. ¡De cualquier modo, renuncio a intentar nuevas experiencias en lo sucesivo!" Luego se encaró con Si Saadi, y le dijo: "Pero ¡oh Saadi! no persisto menos en pensar  que sin dinero nada es posible, y que un pobre permanecerá pobre mientras con su trabajo no fuerce al Destino para que le sea favorable".
Pero Si Saadi contestó: "¡Qué error el tuyo, ¡oh generoso Saad! Para que prevaleciera tu opinión, no has vacilado en tirar cuatrocientos dinares, llevándose la mitad un gavilán y la otra mitad un vendedor de tierra de limpiar los cabellos. Pues bien, por mi parte, no seré tan generoso como tú has sido, sino que solamente quiero, a mi vez, tratar de probarte que la marcha del Destino es la única norma de nuestra vida, y que los decretos del Destino son los únicos elementos de buena o mala suerte con que podemos contar." Luego se encaró conmigo, y enseñándome un gran trozo de plomo que acababa de coger del suelo, me dijo: "¡Oh Hassán, de quien huyó la suerte hasta el presente! quisiera ayudarte, como lo ha hecho mi generoso amigo Si Saad. Pero Alah no me ha favorecido con tantas riquezas, y todo lo que puedo darte es este pedazo de plomo, que sin duda ha perdido algún pescador al recoger sus redes."
A estas palabras de Si Saadi, su amigo Si Saad se echó a reír a carcajadas, creyendo que quería gastarme una broma. Pero Si Saadi no prestó atención a ello, y con grave ademán me ofreció el trozo de plomo, diciéndome: "Tómalo, y deja que se ría Si Saad. Porque llegará el día en que este trozo de plomo te será más útil, si tal es tu destino, que toda la plata de las minas".
Y sabiendo hasta qué punto era hombre de bien Si Saadi, y cuán grande era su sabiduría, no quise desairarle haciendo la menor observación. Y cogí el trozo de plomo que me ofrecía, y lo guardé cuidadosamente en mi cinturón, vacío de toda moneda. Y no dejé de darle gracias calurosamente por sus buenos deseos y por sus buenas intenciones. Y acto seguido los dos amigos me dejaron para continuar su paseo, en tanto que yo de nuevo me entregaba a mi trabajo. Y cuando, por la noche, regresé a casa, y después de cenar me desnudé para acostarme, sentí que algo caía al suelo de pronto. Y lo busqué y lo recogí, encontrándome con que era el trozo de plomo que me había echado al cinturón. Y sin darle la menor importancia, lo puse donde primero se me ocurrió, y me tumbé en el colchón, no tardando en dormirme...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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