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64 P1 Historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones - primera de dos partes

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64 Historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones





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HISTORIA DE ALI BABA Y LOS CUARENTA LADRONES

Y Schehrazada dijo al rey Schahriar:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que por los años de hace mucho tiempo y en los días del pasado ido, había, en una ciudad entre las ciudades de Persia, dos hermanos, uno de los cuales se llamaba Kassim y el otro Alí Babá. ¡Exaltado sea Aquel ante quien se borran todos los nombres, apelativos y motes, y que ve las almas en su desnudez y las conciencias en su profundidad, el Altísimo, el Dueño de los destinos! ¡Amín!
¡Y prosigo!
Cuando el padre de Kassim y de Alí Babá, que era un pobre hombre vulgar, hubo fallecido en la misericordia de su Señor, los dos hermanos se repartieron con toda equidad en el reparto lo poco que les había tocado de herencia; pero no tardaron en comerse la exigua ración de su patrimonio, y de la noche a la mañana se encontraron sin pan ni queso y muy alargados de nariz y de cara. ¡Y he ahí lo que trae el ser tonto en la primera edad y olvidar los consejos de los cuerdos!
Pero el mayor, que era Kassim, al verse a punto de derretirse de inanición en su piel, se puso pronto al acecho de una situación lucrativa. Y como era avisado y estaba lleno de astucia, no tardó en entablar conocimiento con una alcahueta (¡alejado sea el Maligno!), que, después de poner a prueba sus facultades de cabalgador y sus virtudes de gallo saltarín y su potencia de copulador, le casó con una joven que tenía buena cama, buen pan y músculos perfectos, y que era cosa excelente. ¡Bendito sea el Retribuidor! Y de tal suerte, además de refocilarse con su esposa, tuvo él una tienda bien provista en el centro del zoco de los mercaderes. Porque tal era el destino escrito sobre su frente desde su nacimiento.
¡Y esto es lo referente a él!
En cuanto al segundo hermano, que era Alí Babá, he aquí lo que le sucedió. Como por naturaleza estaba exento de ambición, tenía gustos modestos, se contentaba con poco y no tenía los ojos vacíos; se hizo leñador y se dedicó a llevar una vida de pobreza y de trabajo. Pero a pesar de todo, supo vivir con tanta economía, merced a las lecciones de la dura experiencia, que pudo ahorrar algún dinero, empleándolo prudentemente en comprarse primero un asno, después dos asnos y después tres asnos. Y los llevaba a la selva consigo todos los días, y los cargaba con los leños y los haces que antes se veía obligado a llevar a cuestas.
Convertido de tal suerte en propietario de tres asnos, Alí Babá inspiró tanta confianza a la gente de su corporación, todos pobres leñadores, que uno de ellos tuvo por un honor para sí ofrecerle su hija  en matrimonio. Y en el contrato ante el kadí y los testigos se inscribieron los tres asnos de Alí Babá por toda dote y toda viudedad de la joven, quien, por cierto, no aportaba a casa de su esposo ningún equipo ni nada que se le pareciese, ya que era hija de pobres. Pero la pobreza y la riqueza no duran más que un tiempo limitado, en tanto que Alah el Exaltado es el eterno Viviente.
Y gracias a la bendición, Alí Babá tuvo de su esposa, la hija de leñadores, niños como lunas, que bendecían a su Creador. Y vivía modestamente dentro de la honradez, en la ciudad, con toda su familia, del producto de la venta de sus leños y haces, sin pedir a su Creador nada más que esta sencilla dicha tranquila.
Un día entre los días, estando Alí Babá ocupado en cortar leña en una espesura virgen del hacha, mientras sus asnos se pavoneaban paciendo y regoldándose no lejos de allí en espera de su carga habitual, se hizo sentir en el bosque para Alí Babá la fuerza del Destino. ¡Pero Alí Babá no podía sospecharlo, pues creía que desde hacía años seguía su curso su destino!
Fue primero en la lejanía un ruido sordo, que se acercó rápidamente, hasta poderse distinguir con el oído pegado al suelo, como un galope multiplicado y creciente. Y Alí Babá, hombre pacífico que detestaba las aventuras y las complicaciones, se asustó mucho de encontrarse solo sin más acompañantes que sus tres asnos en aquella soledad. Y su prudencia le aconsejó que sin tardanza trepase a la copa de un árbol alto y gordo que se alzaba en la cima de un pequeño montículo y que dominaba toda la selva. Y apostado y escondido así entre las ramas, pudo examinar de qué se trataba.
¡Hizo bien!
Porque apenas se acomodó allí, divisó una tropa de jinetes, armados terriblemente, que avanzaban a buen paso hacia el lado donde se encontraba él. Y a juzgar por sus caras negras, por sus ojos de cobre nuevo y por sus barbas separadas ferozmente por en medio en dos alas de cuervo de presa, no dudó de que fuesen ladrones, salteadores de caminos, de la más detestable especie.
En lo cual no se equivocaba Alí Babá.
Cuando estuvieron muy cerca del montículo abrupto adonde Alí Babá -invisible pero viendo- se había encaramado, echaron pie a tierra a una seña de su jefe, que era un gigante, desembridaron sus caballos, colgaron al cuello de cada uno un saco de forraje lleno de cebada, que llevaban a la grupa detrás de la silla, y los ataron por el ronzal a los árboles de los alrededores. Tras de lo cual cogieron los zurrones y se los cargaron a hombros. Y como pesaban mucho aquellos zurrones, los bandoleros caminaban agobiados por su peso.
Y desfilaron todos en buen orden por debajo de Alí Babá, que los pudo contar fácilmente y observar que eran cuarenta: ni uno más, ni uno menos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 852ª noche

Ella dijo:
... cuarenta: ni uno más, ni uno menos.
Y así, cargados, llegaron al pie de una roca grande que había en la base del montículo, y se detuvieron, colocándose en fila. Y su jefe, que iba a la cabeza, dejó por un instante en el suelo su pesado zurrón, se irguió cuan alto era frente a la roca; y exclamó con voz estruendosa, dirigiéndose a alguien o a algo invisible para todas las miradas: "¡Sésamo, ábrete!"
Y al punto se entreabrió con amplitud la roca.
Entonces el jefe de los bandoleros ladrones se retiró un poco para dejar pasar delante de él a sus hombres. Y cuando hubieron entrado todos, se cargó a la espalda su zurrón otra vez, y penetró el último.
Luego exclamó con una voz de mando que no admitía réplica: "¡Sésamo, ciérrate!"
Y la roca se cerró herméticamente, como si nunca la hechicería del bandolero la hubiese partido por virtud de la fórmula mágica. Al ver aquello, Alí Babá se asombró en su alma prodigiosamente, y se dijo: "¡Menos mal si, con su ciencia de la hechicería, no descubren mi escondite y me ponen entonces más ancho que largo!" Y se guardó bien de hacer el menor movimiento, no obstante toda la inquietud que sentía por sus asnos que continuaban retozando libremente en la espesura.
En cuanto a los cuarenta ladrones, después de una estancia bastante prolongada en la caverna donde Alí Babá les había visto meterse, indicaron su reaparición con un ruido subterráneo semejante a un trueno lejano. Y acabó por volver a abrirse la roca y dejar salir a los cuarenta con su jefe a la cabeza y llevando en la mano sus zurrones vacíos. Y cada cual se acercó a su caballo, le embridó de nuevo y saltó encima después de sujetar el zurrón a la silla. Y el jefe se volvió entonces hacia la abertura de la caverna y pronunció en voz alta la fórmula: "¡Sésamo, ciérrate!" Y las dos mitades de la roca se juntaron y se soldaron sin ninguna huella de separación. Y con sus caras de brea y sus barbas de cerdos, tomaron otra vez el camino por donde habían venido. Y esto es lo referente a ellos.
Pero volviendo a Alí Babá, la prudencia que le había tocado en suerte entre los dones de Alah hizo que permaneciese aún en su escondite, no obstante todo el deseo que tenía de ir a reunirse con sus asnos. Porque se dijo: "Bien pueden esos terribles bandoleros ladrones haberse dejado olvidado algo en su caverna y volver sobre sus pasos de improviso, sorprendiéndome aquí mismo. ¡Y entonces, ya Alí Babá verías cuán caro le sale a un pobre diablo como tú ponerse en el camino de tan poderosos señores!"
Por tanto, tras de reflexionar así, Alí Babá se limitó sencillamente a seguir con los ojos a los formidables jinetes hasta que los hubo perdido de vista. Y sólo mucho tiempo después de desaparecer ellos y de quedarse de nuevo la selva sumida en un silencio tranquilizador fue cuando, por fin, se decidió a bajar del árbol, aunque con mil precauciones y volviéndose a derecha y a izquierda cada vez que abandonaba una rama alta para situarse en un rama más baja.
Cuando estuvo en tierra, Alí Babá avanzó hacia la roca consabida, pero con mucho cuidado y de puntillas, conteniendo la respiración. Y bien habría querido ir antes a ver sus asnos y a tranquilizarse con respecto a ellos, ya que eran toda su fortuna y el pan de sus hijos; pero en su corazón se había encendido una curiosidad sin precedente por cuanto hubo de ver y oír desde la copa del árbol. Y, además, era su destino quien le empujaba de modo irresistible a aquella aventura.
Llegado que fué ante la roca, Alí Babá la inspeccionó de arriba a abajo, y la encontró lisa y sin grietas por donde hubiera podido deslizarse la punta de una aguja. Y se dijo: "¡Sin embargo, ahí dentro se han metido los cuarenta, y los he visto con mis propios ojos desaparecer ahí dentro! ¡Ya Alah! ¡Qué sutileza! ¡Y quién sabe qué han entrado a hacer en esa caverna defendida por toda clase de talismanes, cuya primera palabra ignoro!"
Luego pensó: "¡Por Alah! ¡he retenido, sin embargo, la fórmula que abre y la fórmula que cierra! ¡No sé si ensayarla un poco, solamente para ver si en mi boca tienen la misma virtud que en boca de ese espantoso bandido gigante!"
Y olvidando toda su antigua pusilanimidad, e impelido por la voz de su destino, Alí Babá el leñador se encaró con la roca y dijo: "¡Sésamo, ábrete!"
Y no bien fueron pronunciadas con insegura voz las dos palabras mágicas, la roca se separó y se abrió con amplitud. Y Alí Babá, presa de extremado espanto, quiso volver la espalda a todo aquello y escapar de allí a todo correr, pero la fuerza de su destino le inmovilizó ante la abertura y le obligó a mirar. Y en lugar de ver allí dentro una caverna de tinieblas y de horror, llegó al límite de la sorpresa al ver abrirse ante él una ancha galería que daba al ras de una sala espaciosa abierta en forma de bóveda en la misma piedra y recibiendo mucha luz por agujeros angulares situados en el techo. De modo que se decidió a adelantar un pie y a penetrar en aquel lugar que a primera vista, no tenía particularmente nada de aterrador.
Pronunció, pues, la fórmula propiciatoria: "¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso!", la cual acabó de reconfortarle, y avanzó resueltamente sin temblar hasta la sala abovedada. Y en cuanto hubo llegado allá vió que las dos mitades de la roca se juntaban sin ruido y tapaban completamente la abertura; lo cual no dejó de inquietarle, a pesar de todo, ya que la constancia en el valor no era su fuerte. Sin embargo, pensó que más tarde podría, merced a la fórmula mágica, hacer que por sí mismas se abrieran ante él todas las puertas. Y a la sazón dedicose a mirar con toda tranquilidad el espectáculo que se ofrecía a sus ojos.
Y vió, colocadas a lo largo de las paredes hasta la bóveda, pilas y pilas de ricas mercancías, y fardos de telas de seda y de brocato, y sacos con provisiones de boca, y grandes cofres llenos hasta los bordes de plata amonedada, y otros llenos de plata en lingotes, y otros llenos de dinares de oro y de lingotes de oro en filas alternadas. Y como si todos aquellos cofres y todos aquellos sacos no bastasen a contener las riquezas acumuladas, el suelo estaba cubierto de montones de oro, de alhajas y de orfebrerías, hasta el punto de que no se sabía dónde poner el pie sin tropezar con alguna joya o derribar algún montón de dinares flamígeros. Y Allí Babá, que en su vida había visto el verdadero color del oro ni conocido su olor siquiera, se maravilló de todo aquello hasta el límite de la maravilla. Y al ver aquellos tesoros amontonados allí de cualquier modo, y aquellas innumerables suntuosidades, las menores de las cuales hubiesen adornado ventajosamente el palacio de un rey, se dijo que debía hacer no años, sino siglos que aquella gruta servía de depósito, al mismo tiempo que de refugio, a generaciones de ladrones hijos de ladrones, descendientes de los saqueadores de Babilonia.
Cuando Alí Babá volvió un poco de su asombro, se dijo: "¡Por Alah, ¡ya Alí Babá! he aquí que a tu destino se le pone el rostro blanco, y te transporta desde el lado de tus asnos y de tus haces hasta el centro de un baño de oro como no lo han visto más que el rey Soleimán e Iskandar el de los dos cuernos! Y de improviso aprendes las fórmulas mágicas y te sirves de sus virtudes y te haces abrir las puertas de roca y las cavernas fabulosas, ¡oh leñador bendito! Esa es una gran merced del Retribuidor, que así te hace dueño de las riquezas acumuladas por los crímenes de generaciones de ladrones y de bandidos. ¡Y si ha ocurrido todo eso, claro está que es para que en adelante puedas hallarte con tu familia al abrigo de la necesidad, utilizando de buena manera el oro del robo y del pillaje!"
Y quedando en paz con su conciencia después de tal razonamiento, Alí Babá el pobre, se inclinó hacia un saco de provisiones, lo vació de su contenido y lo llenó de dinares de oro y otras piezas de oro amonedado, sin tocar a la plata y a los demás objetos de la galería. Luego volvió a la sala abovedada, y de la propia manera llenó un segundo saco, luego un tercer saco y varios sacos más, todos los que le parecieron que podrían llevar sus tres asnos sin cansarse. Y hecho esto se volvió hacia la entrada de la caverna y dijo: "¡Sésamo, ábrete!" Y al instante las dos hojas de la puerta roqueña se abrieron de par en par, y Alí Babá corrió a reunir sus asnos y los hizo aproximarse a la entrada. Y los cargó de sacos, que tuvo cuidado de ocultar hábilmente, poniendo encima ramaje. Y cuando hubo acabado esta tarea pronunció la fórmula que cierra, y al punto se juntaron las dos mitades de la roca.
Entonces Alí Babá hizo ponerse en marcha delante de él a sus asnos cargados de oro, arreándolos con voz llena de respeto y no abrumándolos con las maldiciones y las injurias horrísonas que les dirigía de ordinario cuando arrastraban las patas.
Porque si Alí Babá, como todos los conductores de asnos, gratificaba a sus brutos con apelativos tales como: "¡Oh religión del zib!" o "¡historia de tu hermana!" o "¡historia de marica!" o "¡venta de alcahueta!", claro que no era para asustarlos, pues los quería igual que a sus hijos, sino sencillamente para hacerlos entrar en razón. Pero aquella vez comprendió que no podía aplicarles con verdadera justicia tales calificativos, pues llevaban sobre ellos más oro del que había en las arcas del sultán. Y sin arrearlos de otro modo, emprendió con ellos de nuevo el camino de la ciudad...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 853ª noche

Ella dijo:
... Y sin arrearlos de otro modo, emprendió con ellos de nuevo el camino de la ciudad.
Y he aquí que, al llegar a su casa, Alí Babá encontró la puerta cerrada por dentro con el pestillo grande de madera, y se dijo: "¡Voy a ensayar en ella la virtud de la fórmula!" Y dijo: "¡Sésamo, ábrete!" Y al punto, separándose de su pestillo, la puerta se abrió de par en par. Y Alí Babá, sin anunciar su llegada, penetró con sus asnos en el patiezuelo de su casa. Y dijo, encarándose con la puerta: "¡Sésamo, ciérrate!" Y la puerta, girando sobre sí misma, fué a reunirse con su pestillo. Y de tal suerte quedó convencido Alí Babá que en adelante sería detentador de un incomparable secreto dotado de un poder misterioso, cuya adquisición no le había costado otro tormento que una emoción pasajera, debida, más bien que a otra cosa, a la cara avinagrada de los cuarenta y al aspecto amedrentador de su jefe.
Cuando la esposa de Alí Babá vió a los asnos en el patio y a Alí Babá disponiéndose a descargarlos, acudió dando palmadas de sorpresa, y exclamó: "¡Oh hombre! ¿cómo te has arreglado para abrir la puerta, que yo misma había cerrado con pestillo? ¡El nombre de Alah sobre todos nosotros! ¿Y qué traes este bendito día en esos sacos tan grandes y tan pesados que no he visto nunca en casa?"
Y Alí Babá, sin responder a la primera pregunta, dijo: "Estos sacos nos vienen de Alah, ¡oh mujer! Pero ven ya a ayudarme para llevarlos a la casa, en vez de abrumarme a preguntas acerca de las puertas y de los pestillos". Y como ella los palpara de continuo, comprendió contenían monedas, y pensó que aquellas monedas debían ser monedas de cobre antiguas o algo parecido. Y aquel descubrimiento, aunque era muy incompleto y estaba por debajo de la realidad, sumió a su espíritu en una gran inquietud. Y acabó por persuadirse de que su esposo se había asociado a unos ladrones o a otras gentes parecidas, pues, si no, ¿cómo explicarse la presencia de tantos sacos repletos de monedas? Así es que, cuando todos los sacos fueron llevados al interior, ella no pudo contenerse más, y estallando de pronto, empezó a golpearse las mejillas a dos manos y a desgarrarse las vestiduras, exclamando: "¡Oh calamidad nuestra! ¡Oh perdición sin remedio de nuestros hijos! ¡Oh poder!"
Al oír los gritos y lamentos de su esposa, Alí Babá llegó al límite de la indignación, y le gritó: "Poder de tu ojo, ¡oh maldita! ¿Qué tienes que chillar así? ¿Y por qué quieres atraer sobre nuestras cabezas el castigo de los ladrones?"
Ella dijo: "La desgracia va a entrar en esta casa con estos sacos de monedas, ¡oh hijo del tío! Por mi vida sobre ti, date prisa a ponerlos otra vez a lomos de los asnos y a llevártelos lejos de aquí. ¡Porque mi corazón no está tranquilo sabiéndolos en nuestra casa!"
El contestó: "¡Alah confunda a las mujeres desprovistas de juicio! ¡Bien veo ¡oh hija del tío! que te imaginas que he robado estos sacos! Pues bien; desengáñate y refresca tus ojos, porque nos vienen del Retribuidor, que me ha hecho encontrar mi destino hoy en la selva. Ya te contaré cómo ha tenido lugar ese encuentro, pero no sin haber vaciado estos sacos para enseñarte su contenido".
Y cogiendo los sacos por un extremo, Alí Babá los vació sobre la estera, uno tras otro. Y cayeron chorros de oro sonoro, lanzando millares de destellos en la pobre vivienda del leñador. Y Alí Babá, satisfecho de ver a su mujer deslumbrada por aquel espectáculo, se sentó en el montón de oro, recogió debajo de sí las piernas, y dijo: "Escúchame ahora, ¡oh mujer!" Y le hizo el relato de su aventura, desde el principio hasta el fin, sin omitir un detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo.
Cuando la esposa de Alí Babá hubo oído el relato de la aventura, sintió que el espanto se alejaba de su corazón para que lo reemplazase una alegría grande, y se dilató, y se esponjó, y dijo: "¡Oh día de leche! ¡oh día de blancura! ¡Loores a Alah, que ha hecho entrar en nuestra morada los bienes mal adquiridos por esos cuarenta bandidos salteadores de caminos, y que de tal suerte ha vuelto lícito lo que era ilícito! ¡El es el Generoso, el Retribuidor!"
Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, y se sentó sobre sus talones ante el montón de oro, y se dedicó a contar uno por uno los innumerables dinares. Pero Alí Babá se echó a reír y le dijo: "¿Qué haces, ¡oh pobre!? ¿Cómo se te ocurre contar todo eso? Lo mejor es que te levantes y vengas a ayudarme a abrir un hoyo en nuestra cocina para guardar cuanto antes este oro y hacer desaparecer así sus huellas. ¡Si no, corremos riesgo de atraer sobre nosotros la codicia de nuestros vecinos y de los agentes de policía!"
Pero la esposa de Alí Babá, que era partidaria del orden en todo, y que quería tener una idea exacta acerca de la cuantía de las riquezas que les entraban en aquel día bendito, contestó: "No, ciertamente, no quiero perder tiempo en contar este oro. Pero no puedo dejar que se guarde sin haberlo pesado o medido por lo menos. Por eso te suplico ¡oh hijo del tío! que me des tiempo para ir a buscar una medida de madera en la vecindad. Y lo iré midiendo mientras tú abres el hoyo. ¡Y de tal suerte podremos gastar a sabiendas con nuestros hijos lo necesario y lo superfluo!"
Y Alí Babá, aunque esta precaución le pareció por lo menos superflua, no quiso contrariar a su mujer en una ocasión tan llena de alegría para todos ellos, y le dijo: "¡Sea! ¡Pero ve y vuelve pronto, y sobre todo guárdate bien de divulgar nuestro secreto o de decir la menor palabra acerca de él".
Cuando la esposa de Alí Babá salió en busca de la medida consabida, pensó, que lo más rápido sería ir a pedir una a la esposa de Kassim, la rica, la infatuada, la que nunca se dignaba invitar a ninguna comida en su casa al pobre Alí Babá ni a su mujer, ya que no tenía fortuna ni relaciones, la que jamás había enviado ninguna golosina y aniversarios, ni siquiera había comprado para ellos un puñado de garbanzos, como compra la gente pobre a los niños de gente pobre. Y después de las zalemas de ceremonia le rogó que le prestara una medida de madera por algunos momentos.
Cuando la esposa de Kassim hubo oído la palabra medida, quedó extremadamente asombrada, pues sabía que Alí Babá y su mujer eran muy pobres, y no podía comprender para qué necesitaban aquel utensilio, del que no se sirven, por lo general, más que los propietarios de grandes provisiones de grano, en tanto que los demás se limitan a comprar el grano del día o de la semana en casa del tratante en granos. Así es que, aunque en otras circunstancias, sin duda alguna, se lo hubiese negado todo bajo cualquier pretexto, aquella vez la picó demasiado la curiosidad para dejar escapar semejante ocasión de satisfacerla.
Le dijo, pues: "¡Alah aumente sobre vuestras cabezas sus favores! ¿Pero quieres la medida grande o pequeña, ¡oh madre de Ahmad! La aludida contestó "Mejor será la pequeña, ¡oh mi señora!" Y la esposa de Kassim fué a buscar la medida consabida.
Y he aquí que no en vano aquella mujer fue objeto de un trato de alcahuetería (¡Alah rehúse sus gracias a los individuos de esta especie y confunda a todas las taimadas!), pues queriendo saber a toda costa qué clase de grano pretendía medir su parienta pobre, ideó una de tantas supercherías que como siempre tienen entre sus dedos las hijas de zorra. Y, en efecto, corrió en busca de sebo y untó con él diestramente el fondo de la medida por debajo, por donde se asienta ese utensilio. Luego volvió al lado de su parienta, excusándose por haberla hecho esperar, y le entregó la medida. Y la mujer de Alí Babá se deshizo en cumplimientos y se apresuró a volver a su casa.
Y comenzó por colocar la medida en medio del montón de oro. Y se puso a llenarla y a vaciarla un poco más lejos, marcando en la pared con un trozo de carbón tantos trazos negros como veces la había vaciado. Y cuando acababa de dar fin a su trabajo entró Alí Babá, que había terminado, por su parte, de abrir el hoyo en la cocina. Y su esposa le enseñó los trazos de carbón en la pared, exultando de alegría, y le dejó el cuidado de guardar todo el oro, para ir por sí misma con toda diligencia a devolver la medida a la impaciente esposa de Kassim. Y no sabía la pobre que debajo de la medida había quedado pegado un dinar de oro al sebo de la perfidia.
Entregó, pues, la medida a su parienta rica, la que fue colocada por la alcahueta, y le dió muchas gracias y le dijo: "He querido ser puntual contigo, ¡oh mi señora! a fin de que otra vez no dejes de tener conmigo tanta amabilidad. Y se fué por su camino. ¡Y esto es lo referente a la esposa de Alí Babá!
En cuanto a la esposa de Kassim, solamente esperó la taimada a que su parienta volviera la espalda, para dar vuelta a la medida de madera y mirar la parte de abajo. Y llegó al límite de la estupefacción al ver pegada en el sebo una moneda de oro en vez de algún grano de habas, de cebada o de avena. Y la piel del rostro se le puso de color de azafrán, y los ojos de color de betún muy oscuro. Y su corazón se sintió roído de celos y de envidia devoradora. Y exclamó: "¡Destrucción sobre su morada! ¿Desde cuándo esos miserables tienen el oro así para pesarlo y medirlo?" Y era tanto el furor inexpresable que la embargaba, que no pudo esperar a que su esposo regresase de su tienda, sino que le envió a su servidora para que le buscara a toda prisa.
Y no bien Kassim, sin aliento, franqueó el umbral de la casa, le acogió con exclamaciones furibundas, como si le hubiese sorprendido triturando a algún mozalbete.
Luego sin darle tiempo para reponerse de aquella tempestad, le puso debajo de la nariz el consabido dinar de oro, y le gritó: "¡Ya lo ves! ¡Pues bien, esto no es más que lo que les sobra a esos miserables! ¡Ah! te crees rico y a diario te felicitas por tener tienda y clientes mientras tu hermano no tiene más que tres asnos por toda hacienda. Desengáñate, ¡oh jeique! Alí Babá, ese desmañado, ese barriga hueca, ese insignificante, no se contenta con contar su oro como tú: ¡lo mide! ¡Por Alah que lo mide, como el tratante en granos hace con el grano!"
Y con una tempestad de palabras, de gritos y vociferaciones le puso al corriente del asunto y le explicó la estratagema de que se había valido para hacer el asombroso descubrimiento de la riqueza de Alí Babá. Y añadió: "¡No es eso todo!, ¡oh jeique! ¡A ti te incumbe ahora descubrir el origen de la fortuna de tu miserable hermano, ese hipócrita maldito, que finge pobreza y maneja el oro por medidas y a brazadas!"
Al oír estas palabras de su esposa, Kassim no dudó de la realidad de la fortuna de su hermano. Y lejos de sentirse feliz por saber que el hijo de su padre y de su madre estaba al abrigo de toda necesidad para lo sucesivo, y de regocijarse con su dicha, alimentó una envidia biliosa y sintió que se le rompía de despecho la bolsa de la hiel...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 854ª noche

Ella dijo:
... alimentó una envidia biliosa y sintió que se le rompía de despecho la bolsa de la hiel. Y se irguió en aquella hora y en aquel instante, y corrió a casa de su hermano para ver por sus propios ojos lo que tenía que ver allí.
Y encontró a Alí Babá con el pico en la mano todavía, pues acababa de guardar su oro. Y abordándole sin dirigirle la zalema y sin llamarle por su nombre ni por su apellido y sin tratarle siquiera de hermano, pues se había olvidado de tan próximo parentesco desde que se casó con el rico producto de la alcahueta, le dijo: "¡Ah! ¿con que así ¡oh padre de los asnos! te haces el reservado y el misterioso con nosotros? ¡Sí, continúa simulando pobreza y miseria y haciéndote el menesteroso delante de la gente para medir luego el oro en tu yacija de piojos y chinches como el tratante en granos mide su grano!"
Al oír estas palabras, Alí Babá llegó al límite de la turbación y de la perplejidad, no porque fuese avaro o interesado, sino porque temía la maldad y la avidez de ojos de su hermano y de la esposa de su hermano, y contestó: "¡Por Alah sobre ti, no sé a qué aludes! ¡Explícate, pues, pronto, y no me faltarán para ti franqueza y buenos sentimientos, por más que desde hace años hayas olvidado tú el lazo de la sangre y vuelvas la cara cuando te encuentras con la mía y con la de mis hijos!"
Entonces dijo el imperioso Kassim: "¡No se trata de eso ahora, Alí Babá! ¡Se trata solamente de que no finjas ignorancia conmigo, porque estoy enterado de lo que tienes interés en mantener oculto!" Y mostrándole el dinar de oro untado de sebo aún, le dijo. mirándole atravesado: "¿Cuántas medidas de dinares como éste tienes en tu granero, ¡oh trapisonda!? ¿Y dónde has robado tanto oro, di ¡oh vergüenza de nuestra casa!?" Luego le reveló en pocas palabras cómo su esposa había untado de sebo por debajo la medida que le había prestado, y cómo se había pegado a ella aquella moneda de oro.
Cuando Alí Babá hubo oído estas palabras de su hermano, comprendió que el mal ya estaba hecho y no podía repararse. Así es que, sin dejar que se prolongase más el interrogatorio, y sin hacer ante su hermano la menor demostración de asombro o de pena por verse descubierto, dijo: "Alah es generoso, ¡oh hermano mío! ¡Nos envía Sus dones antes de que los deseemos! ¡Exaltado sea!" Y le contó con todos sus detalles su aventura de la selva, aunque sin revelarle la fórmula mágica. Y añadió: "Somos ¡oh hermano mío! hijos del mismo padre y de la misma madre. ¡Por eso todo lo que me pertenece te pertenece, y quiero, si me haces la merced de aceptarlo, ofrecerte la mitad del oro que he traído de la caverna!".
Pero el mercader Kassim, cuya avidez igualaba a su negrura de alma, contestó: "Ciertamente, así lo entiendo yo también. Pero quiero saber, además, cómo podré entrar yo mismo en la roca si me da la gana. Y te prevengo que, si me engañas acerca del particular, iré en seguida a denunciarte a la justicia como cómplice de los ladrones. ¡Y no podrás por menos de perder con esa combinación!"
Entonces el bueno de Alí Babá, pensando en la suerte de su mujer y de sus hijos en caso de denuncia, e impelido más por su natural complacencia que por el miedo a las amenazas de un hermano de alma bárbara, le reveló las dos palabras de la fórmula mágica, tanto la que servía para abrir las puertas como la que servía para cerrarlas. Y Kassim, sin tener siquiera para él una frase de reconocimiento, le dejó bruscamente, resuelto a apoderarse él solo del tesoro de la caverna.
Así, pues, al día siguiente, antes de la aurora, salió para la selva, llevándose por delante diez mulos cargados con cofres grandes que se proponía llenar con el producto de su primera expedición. Además se reservaba, una vez que se hubiera enterado de las provisiones y riquezas acumuladas en la gruta, para hacer un segundo viaje con mayor número de mulos y hasta con todo un convoy de camellos, si era necesario. Y siguió al pie de la letra las indicaciones de Alí Babá, que había llevado su bondad hasta brindarse como guía, pero fué rechazado duramente por los dos pares de ojos suspicaces de Kassim y de su esposa, la resultante del alcahueteo.
Y en seguida llegó al pie de la roca, que hubo de reconocer entre todas las rocas por su aspecto enteramente liso y su altura rematada por un árbol grande. Y alzó ambos brazos hacia la roca, y dijo: "¡Sésamo, ábrete!" Y la roca de pronto se partió por la mitad. Y Kassim, que ya había atado los mulos a los árboles, penetró en la caverna, cuya abertura se cerró al punto sobre él, gracias a la fórmula para cerrar. ¡Pero no sabía él lo que le esperaba!
Y en un principio quedó deslumbrado a la vista de tantas riquezas acumuladas, de tanto oro amontonado y de tantas joyas apelotonadas. Y sintió un deseo más intenso de hacerse dueño de aquel fabuloso tesoro. Y comprendió que para llevarse todo aquello no solamente le hacía falta una caravana de camellos, sino reunir todos los camellos que viajan desde los confines de la China hasta las fronteras del Irán. Y se dijo que la próxima vez tomaría las medidas necesarias para organizar una verdadera expedición que se apoderase de aquel botín, contentándose a la sazón con llenar sus diez mulos. Y terminado este trabajo volvió a la galería que conducía a la roca cerrada, y exclamó: "¡Cebada, ábrete!"
Porque el deslumbrante Kassim, con el espíritu enteramente turbado por el descubrimiento de aquel tesoro, había olvidado por completo la palabra que tenía que decir. Y fue para perderse sin remedio. Porque dijo varias veces: "¡Cebada, ábrete!" Pero la roca permaneció cerrada. Entonces dijo:
"¡Avena, ábrete!"
Y la roca no se movió.
"¡Haba, ábrete!"
Pero no se produjo ninguna ranura.

Y Kassim empezó a perder la paciencia, y gritó sin tomar aliento: "¡Centeno, ábrete! ¡Mijo, ábrete! ¡Garbanzo, ábrete! ¡Maíz, ábrete! ¡Alforfón, ábrete! ¡Trigo, ábrete! ¡Arroz, ábrete! ¡Algarroba, ábrete!"
Pero la puerta de granito permaneció cerrada. Y Kassim, en el límite del espanto al advertir que se quedaba encerrado por haber perdido la fórmula, se puso a recitar, ante la roca impasible, todos los nombres de los cereales y de las diferentes variedades de granos que la mano del sembrador lanzó sobre la superficie de los campos en la infancia del mundo. Pero el granito permaneció inquebrantable. Porque el indigno hermano de Alí Babá no se olvidó, entre todos los granos, más que de un solo grano, el mismo a que estaban unidas las virtudes mágicas, el misterioso sésamo. Así es como tarde o temprano, y con frecuencia más temprano que tarde, el Destino ciega la memoria de los malos, les quita clarividencia y les arrebata la vista y el oído por orden del Poderoso  sin límites. Por eso el Profeta (¡con El las bendiciones y la más escogida de las zalemas!) ha dicho, hablando de los malos: "Alah les retirará el don de Su Clarividencia y les dejará tanteando en las tinieblas. ¡Entonces, ciegos, sordos y mudos, no podrán volver sobre sus pasos!"
Y, además, el Enviado (¡Alah le tenga en Sus mejores gracias!) ha dicho de ellos: "Por siempre han sido cerrados con el sello de Alah sus corazones y sus oídos y velados con una venda sus ojos. ¡Les está reservado un suplicio espantoso!"
Así, pues, cuando el malvado Kassim, que ni por asomo se esperaba aquel desastroso acontecimiento, hubo visto que no poseía ya la fórmula virtual, se dedicó a devanarse el cerebro en todos sentidos para encontrarla, pero muy inútilmente, pues su memoria estaba despojada para siempre jamás del nombre mágico. Entonces, presa del miedo y de la rabia, dejó los sacos llenos de oro y se puso a recorrer la caverna en todas direcciones en busca de alguna salida. Pero no encontró por doquiera más que paredes graníticas exasperantemente lisas. Y como una bestia feroz o un camello cansado, echaba por la boca espuma de baba y de sangre y se mordía los dedos con desesperación. Pero no fue aquél todo su castigo; porque aún le quedaba morir. ¡Lo cual no había de tardar!
En efecto, a la hora de mediodía los cuarenta ladrones regresaron a su caverna, como acostumbraban hacer a diario ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 855ª noche

Ella dijo:
... En efecto, a la hora de mediodía los cuarenta ladrones regresaron a su caverna, como acostumbraban hacer a diario. Y he aquí que vieron atados a los árboles los diez mulos cargados con grandes cofres. Y al punto, a una seña de su jefe, desenvainaron sus terribles armas y lanzaron a toda brida sus caballos hacia la entrada de la caverna. Y echaron pie a tierra, y comenzaron a dar vueltas en torno de la roca para dar con el hombre a quien podían pertenecer los mulos. Pero como  con sus pesquisas no conseguían nada, el jefe se decidió a penetrar en la caverna. Alzó, pues, su sable hacia la puerta invisible, pronunciando la fórmula, y la roca se partió en dos mitades, que giraron en sentido inverso.
Y he aquí que el encerrado Kassim, que había oído a los caballos y las exclamaciones de sorpresa y de cólera de los bandoleros ladrones, no dudó de su perdición irremisible. Sin embargo, como le era cara su alma, quiso intentar ponerla a salvo. Y se acurrucó en un rincón dispuesto a lanzarse fuera en cuanto pudiese. Así es que en cuanto se hubo pronunciado la palabra "sésamo" y él la hubo oído, maldiciendo de su flaca memoria, y en cuanto vió practicarse la abertura, se lanzó fuera como un carnero, cabizbajo, y lo hizo tan violentamente y con tan poco discernimiento, que tropezó con el propio jefe de los cuarenta, el cual se cayó al suelo cuan largo era. Pero en su caída el terrible gigante arrastró consigo a Kassim, y le echó una mano a la boca y otra al vientre. Y en el mismo momento los demás bandoleros, que iban en socorro de su jefe, cogieron todo lo que pudieron coger del agresor, del violador, y cortaron con sus sables todo lo que cogieron. Y así es cómo, en menos de un abrir y cerrar de ojos, Kassim fué mutilado de piernas, brazos, cabeza y tronco, y expiró su alma antes de consultarse. Porque tal era su destino. ¡Y esto es lo referente a él!
En cuanto a los ladrones, no bien hubieron limpiado sus sables entraron en su caverna y encontraron alineados junto a la puerta los sacos que había preparado Kassim. Y se apresuraron a vaciarlos en donde se habían llenado, y no advirtieron la cantidad que faltaba y que se había llevado Alí Babá. Luego sentáronse en corro para celebrar consejo, y deliberaron ampliamente acerca del acontecimiento. Pero, ignorantes como estaban de haber sido espiados por Alí Babá, no pudieron llegar a comprender cómo había logrado alguien introducirse en su morada, y desistieron de reflexionar más tiempo acerca de una cosa que no tenía solución. Y después de descargar sus nuevas adquisiciones y tomar algún reposo, prefirieron abandonar su caverna y montar de nuevo a caballo para salir a los caminos y asaltar las caravanas. Porque eran hombres activos que no gustaban de discursos largos ni de palabras.
Pero ya volveremos a encontrarles cuando llegue el momento.
Proseguiremos el relato con orden. ¡Y vamos, por lo pronto, con la esposa de Kassim! ¡Ahí! ¡la maldita fué causa de la muerte de su marido, quien, por otra parte, se tenía bien merecido su fin! Porque la perfidia de aquella mujer inventora de la estratagema del sebo adherente había sido el punto de partida del degollamiento final. Así es que, sin dudar de que en seguida estaría él de regreso, había preparado ella una comida especial para regalarle. Pero cuando vió que llegó la noche y que no llegaba Kassim, ni la sombra de Kassim, ni el olor de Kassim, se alarmó en extremo, no porque le amase de un modo desmedido, sino porque le era necesario para su vida y para su codicia. Por tanto, cuando su inquietud llegó a los últimos límites, se decidió a ir en busca de Alí Babá, ella, que jamás hasta entonces había querido condescender a franquear el umbral de la casa del otro. ¡Hija de zorra! Entró con el semblante demudado, y dijo a Alí Babá: "La zalema sobre ti, ¡oh hermano preferido de mi esposo! Los hermanos se deben a los hermanos, y los amigos a los amigos, así, pues, vengo a rogarte que me tranquilices acerca de la suerte que haya podido correr tu hermano, quien ha ido a la selva, como sabes, y a pesar de lo avanzado de la noche todavía no está de regreso. ¡Por Alah sobre ti, ¡oh rostro de bendición! apresúrate a ir a ver qué le ha sucedido en esa selva!"
Y Alí Babá, que estaba notoriamente dotado de un alma compasiva, compartió la alarma de la esposa de Kassim, y le dijo: "¡Que Alah aleje las desgracias de la cabeza de tu esposo, hermana mía! ¡Ah! ¡si Kassim hubiese querido escuchar mi consejo fraternal me habría llevado consigo de guía! ¡Pero no te inquietes con exceso por su tardanza; pues, sin duda, le habrá parecido conveniente, para no llamar la atención de los transeúntes, no entrar en la ciudad hasta bien avanzada la noche!"
Aquello era verosímil, aun cuando, en realidad, Kassim no fuese ya Kassim, sino seis trozos de Kassim, dos brazos, dos piernas; un tronco y una cabeza, que dejaron los ladrones dentro de la galería, detrás de la puerta rocosa, a fin de que espantasen con su vista y repeliesen con su hedor a cualquiera que tuviese la audacia de franquear el umbral prohibido.
Así, pues, Alí Babá tranquilizó como pudo a la mujer de su hermano, y le hizo comprender que de nada servirían las pesquisas en la noche negra. Y la invitó a pasar la noche con ellos con toda cordialidad. Y la esposa de Alí Babá le hizo acostarse en su propio lecho, mientras que Alí Babá le aseguraba que por la aurora iría a la selva.
Y en efecto, a los primeros resplandores del alba el excelente Alí Babá ya estaba en el patio de su casa con sus tres asnos. Y partió con ellos sin tardanza, después de recomendar a la esposa de Kassim que moderara su aflicción y a su propia esposa que la cuidase y no la dejase carecer de nada.
Al acercarse a la roca, Alí Babá se vió obligado a declararse, no viendo los mulos de Kassim, que había debido pasar algo, tanto más cuanto que ni por asomo los había visto en la selva. Y aumentó su inquietud al ver manchado de sangre el suelo junto a la roca. Así es que, no sin gran emoción, pronunció las dos palabras mágicas que abrían, y entró en la caverna.
Y el espectáculo de los seis fragmentos de Kassim espantó sus miradas e hizo temblar sus rodillas. Y estuvo a punto de caerse desmayado en el suelo. Pero los sentimientos fraternales le hicieron sobreponerse a su emoción, y no vaciló en hacer todo lo posible por cumplir los últimos deberes para con su hermano, que era musulmán al fin y al cabo, e hijo del mismo padre y de la misma madre. Y se apresuró a coger en la caverna dos sacos grandes, en los cuales metió los seis despojos de su hermano, el tronco en uno y la cabeza con los cuatro miembros en el otro. Y con ello hizo una carga para uno de sus asnos, cubriéndolo cuidadosamente de leña y de ramaje. Luego se dijo que, ya que estaba allí, más valía aprovechar la ocasión para coger algunos sacos de oro, con objeto de que no se fuesen de vacío los asnos. Cargó, pues, a los otros dos asnos con sacos llenos de oro, poniendo leña y hojas por encima, como la vez primera. Y después de mandar que se cerrase a la puerta rocosa, emprendió el camino de la ciudad, deplorando en el alma el triste fin de su hermano.
En cuanto hubo llegado al patio de su casa, Alí Babá llamó a la esclava Luz Nocturna para que le ayudara a descargar los asnos.
La esclava Luz Nocturna era una joven que Alí Babá y su esposa habían recogido de niña y educado con los mismos cuidados y la misma solicitud que si hubiesen sido sus propios padres. Y había crecido en casa de ellos, ayudando a su madre adoptiva en las faenas caseras y haciendo el trabajo de diez personas. Además, era agradable, dulce, diestra, entendida y fecunda en invenciones para resolver las cuestiones más arduas y lograr éxito en las cosas más difíciles.
Así es que, en cuanto bajóm ella, empezó por besar la mano de su padre adoptivo y le deseó la bienvenida, como tenía costumbre de hacer cada vez que entraba él en la casa. Alí Babá le dijo: "¡Oh Luz Nocturna! ¡hoy es el día en que me vas a dar prueba de tu listeza, de tu abnegación y de tu discreción!" Y le contó el fin funesto de su hermano, y añadió: "Y ahora ahí le tienes, hecho seis pedazos, en el tercer asno. ¡Y es preciso que, mientras yo subo a anunciar la fúnebre noticia a su pobre viuda, pienses en el medio de que nos valdremos para hacerle enterrar como si hubiera muerto de muerte natural, sin que nadie pueda sospechar la verdad!"
Y ella contestó: "¡Escucho y obedezco!" Y Alí Babá, dejándola reflexionar acerca de la situación, subió a ver a la viuda de Kassim.
Y he aquí que llevaba él una cara tan compungida, que, al verle entrar la esposa de Kassim, empezó a lanzar chillidos a más no poder. Y se dispuso a desollarse las mejillas, a mesarse los cabellos y a desgarrarse las vestiduras. Pero Alí Babá supo contarle el suceso con tanto miramiento, que consiguió evitar los gritos y lamentos que hubiesen atraído a los vecinos y provocado un trastorno en el barrio. Y sin darle tiempo para saber si debía chillar o si no debía chillar, añadió: "Alah es generoso, y me ha otorgado más riqueza de la que necesito. Por tanto, si dentro de la desgracia sin remedio que te aflige hay alguna cosa que pueda consolarte, yo te ofrezco juntar los bienes que Alah me ha enviado con los que te pertenecen y hacer que en adelante entres en mi casa en calidad de segunda esposa. Y así tendrás en la madre de mis hijos una hermana amante y atenta. ¡Y todos viviremos juntos con tranquilidad, hablando de las virtudes del difunto!"
Tras de hablar así, se calló Alí Babá, esperando la respuesta. Y Alah iluminó en aquel momento el corazón de la que antaño fué objeto de un trato de alcahuetería, y lo desembarazó de sus taras. ¡Porque es el Todopoderoso! Y comprendió ella la bondad de Alí Babá y la generosidad de su oferta, y consintió en ser su segunda esposa. Y a consecuencia de su matrimonio con aquel hombre bendito, se tornó en una mujer de bien. ¡Y esto es lo referente a ella!
En cuanto a Alí Babá, que por aquel medio logró impedir los gritos penetrantes y la divulgación del secreto, dejó a su nueva esposa entre las manos de su antigua esposa, y bajó a reunirse con la joven Luz Nocturna.
Y se encontró con que volvía ella de la calle. Porque Luz Nocturna no había perdido el tiempo, y ya había combinado toda una norma de conducta para circunstancia tan difícil. En efecto, había ido a la tienda del mercader de drogas que habitaba enfrente y le había pedido cierta especie de triaca específica para curar las enfermedades mortales. Y el mercader le había dado aquella triaca por el dinero que ella le presentó, pero no sin haberle preguntado de antemano, quién estaba enfermo en casa de su amo. Y Luz Nocturna había contestado suspirando: "¡Oh, qué calamidad la nuestra! el mal rojo aqueja al hermano de mi amo Alí Babá, que ha sido transportado a nuestra casa para que esté mejor cuidado. ¡Pero nadie entiende nada de su enfermedad! ¡Está él inmóvil, con cara de azafrán; está mudo; está ciego, y está sordo! ¡Ojalá esta triaca ¡oh jeique! le saque de un trance tan malo!" Y tras de hablar así, se había llevado la triaca consabida, de la que, en realidad, ya no podía hacer uso Kassim, y había ido a reunirse con su amo Alí Babá.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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