Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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63.4 Historia contada por el clarinete mayor

63 La malicia de las esposas   
       63,1 Historia contada por el pastelero
       63,2 Historia contada por el verdulero
       63,3 Historia contada por el carnicero
       63,4 Historia contada por el clarinete mayor





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HISTORIA CONTADA POR EL CLARINETE MAYOR

Cuentan que en una ciudad entre las ciudades de Egipto había un hombre de edad ya avanzada que tenía un hijo púber, galán holgazán y solapado, que no pensaba mañana y noche más que en hacer fructificar la herencia de su padre. Y el tal hombre de edad, padre del galán, tenía en su casa, a pesar de su mucha edad, una esposa de quince años, que era bella a la perfección. Y el hijo no cesaba de rondar en torno a la esposa de su padre, con intención de enseñarle la verdadera resistencia del hierro y su diferencia de la cera blanda. Y el padre, que sabía que su hijo era un bergante de la peor especie, no sabía cómo arreglarse para poner a su esposa al abrigo de las hazañas del muchacho. Y acabó por creer que la garantía más segura para él sería tomar una segunda esposa además de la primera, de modo que, teniendo dos mujeres, una al lado de otra, se vigilasen una a otra y se precaviesen mutuamente contra las emboscadas del hijo. Y eligió una segunda esposa más hermosa y más joven todavía, y la albergó con la primera. Y cohabitó con cada una de ellas alternativamente.
Y he aquí que el enamoradizo joven, al comprender la estratagema de su padre, se dijo: "¡Está bien, por Alah! ahora me comeré un bocado doble". Pero le resultaba muy difícil realizar su proyecto, porque el padre, cada vez que se veía obligado a salir, tenía la costumbre de decir a sus dos jóvenes esposas: "Guardaos bien contra las tentativas del bergante de mi hijo. Porque es un libertino insigne que me quita la vida, y ya me ha forzado a divorciarme de tres esposas anteriores a  vosotras. ¡Tened cuidado! ¡tened cuidado!" Y las dos jóvenes contestaban: "¡Ualahí! ¡si alguna vez intentara dirigirse a nosotras con el menor gesto o nos dijera la menor palabra inconveniente, le azotaríamos la cara con nuestras babuchas!"
Y el viejo insistía, diciendo: "¡Tened cuidado! ¡tened cuidado!" Y ellas contestaban: "¡Sabemos guardarnos nosotras solas! ¡sabemos guardarnos nosotras solas!" Y el bergante se decía: "¡Por Alah, ya veremos si me azotan la cara con sus babuchas, ya lo veremos!"
Un día, habiéndose agotado la provisión de trigo, el viejo dijo a su hijo: "Vamos al mercado del trigo para comprar un saco o dos". Y salieron juntos, echando a andar el padre delante de su hijo. Y las dos esposas subieron a la terraza de la casa para verlos salir.
Y he aquí que en el trayecto se acordó el viejo que no había cogido sus babuchas, que tenía la costumbre de llevarlas en la mano por el camino o de colgárselas al hombro. Y dijo a su hijo: "Vuelve en seguida a casa por ellas". Y el tunante volvió a la casa en un vuelo, y divisando a las dos jóvenes, esposas de su padre, sentadas en la terraza, les gritó desde abajo: "¡Mi padre me envía a vosotras con una comisión!" Ellas preguntaron: "¿Cuál?"
El dijo: "¡Me ha ordenado que venga aquí y suba a besaros cuanto quiera a las dos, a las dos!" Y ellas respondieron: "¿Qué estás diciendo ¡oh perro!? Por Alah, tu padre no ha podido encomendarte nunca semejante misión; y mientes, ¡oh bribón de la peor especie! ¡oh cochino!"
El dijo: "¡Ualahí, yo no miento!" Y añadió: "¡Voy a probaros que no miento!" Y con toda su voz gritó a su padre, que estaba lejos: "¡Oh padre mío! ¡oh padre mío! ¿una solamente o las dos? ¿una solamente o las dos?" Y el viejo contestó con toda su voz: "¡Las dos, ¡oh desalmado! las dos a la vez! ¡Y que Alah te maldiga!" Claro es ¡oh mi señor sultán! que el viejo quería con ello significar a su hijo que le llevase las dos babuchas y no que besase a sus dos esposas.
Al oír esta respuesta de su esposo, las dos jóvenes se dijeron una a otra: "¡El tunante no ha mentido! Dejémosle, pues, hacer con nosotras lo que su padre le ha mandado que haga".
Y así fue ¡oh mi señor sultán! cómo merced a aquella astucia de las babuchas, el bergante pudo subir a ver a las dos truchas y tener con ellas extraordinarias luchas. Tras de lo cual llevó a su padre las babuchas. Y desde aquel momento las dos jóvenes quisieron besarle la boca en ocasiones muchas, diciéndole: "¡Escucha! ¡escucha!" Y las pupilas del viejo no vieron nada porque estaban papuchas.

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