Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

Si desea escuchar noche por noche vaya a
http://www.1001noches.co/

63.2 Historia contada por el verdulero

63 La malicia de las esposas   
       63,1 Historia contada por el pastelero
       63,2 Historia contada por el verdulero
       63,3 Historia contada por el carnicero
       63,4 Historia contada por el clarinete mayor





historia contada por el verdulero - Descargar MP3

HISTORIA CONTADA POR EL VERDULERO

"Cuentan ¡oh rey del tiempo! que había un hombre que tenía el oficio de astrónomo, y sabía leer en los rostros y adivinar los pensamientos por la fisonomía. Y aquel astrónomo tenía una esposa que era de una insigne belleza y de un encanto singular. Y la tal esposa siempre y en todas partes estaba elogiando sus propias virtudes y alardeando de sus méritos, diciendo: "¡Oh hombre! no hay en mi sexo quien me iguale en pureza, en nobleza de sentimientos y en castidad". Y el astrónomo, que era un gran fisonomista, no dudó de sus palabras; tanto candor e inocencia reflejaba, en efecto, el rostro de ella. Y se decía él: "¡Ualahí! no hay hombre que tenga una esposa comparable a mi esposa, vaso de todas las virtudes". Y por doquiera iba proclamando los méritos de su esposa, y cantando sus alabanzas, y maravillándose de su apostura y de su decencia, por más que la verdadera decencia por parte de él hubiese sido no hablar nunca de su harén ante extraños. Pero los sabios, ¡oh mi señor! y los astrónomos en particular, no siguen las costumbres de todo el mundo. Por eso las aventuras que les ocurren no son como las aventuras de todo el mundo.
Y un día, estando él decantando, como solía, las virtudes de su esposa ante una asamblea de personas extrañas, se levantó un hombre que le dijo: "Eres un embustero, ¡oh astrónomo!" Y a él se le puso la tez amarilla, y con voz agitada por la cólera preguntó: "¿Y dónde está la prueba de mi embuste?" El otro dijo: "¡Eres un embustero, o si no, un imbécil, porque tu mujer no es más que una prostituta!"
Al oír esta injuria suprema, el astrónomo se arrojó sobre aquel hombre para estrangularle y chuparle la sangre. Pero los presentes les separaron y dijeron al astrónomo: "Si no prueba su aserto, te lo abandonaremos para que le chupes la sangre". Y el insultante dijo: "¡Oh hombre! levántate, pues, y ve a anunciar a tu virtuosa esposa que te vas a ausentar por cuatro días. Y dile adiós, y sal de tu casa y escóndete en un sitio desde donde puedas verlo todo sin ser visto. Y verás lo que verás. ¡Uassalam!"
Y dijeron los presentes: `Sí, ¡por Alah! comprueba sus palabras de ese modo. ¡Y si son falsas, le chuparás la sangre!"
Entonces el astrónomo, con la barba temblorosa de cólera y de emoción. fué en busca de su virtuosa esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! levántate y prepárame provisiones para un viaje que voy a hacer y que me tendrá ausente cuatro días o quizá seis". Y exclamó la esposa: "¡Oh mi señor! ¿quieres sumir mi alma en la desolación y hacerme perecer de pena? ¿Por qué no me llevas contigo para que viaje en tu compañía y te sirva y te cuide en el camino si estuvieras fatigado o indispuesto? ¿Y por qué abandonarme aquí sola con el hirviente dolor de tu ausencia?"
Y al oír estas palabras, el astrónomo se dijo: "¡Por Alah, que mi esposa no tiene igual entre las elegidas de la especie femenina!" Y contestó a su esposa: "¡Oh luz de mis ojos! no te apenes por esta ausencia que sólo ha de durar cuatro días o quizá seis. Y no pienses más que en cuidarte y en estar buena". Y la esposa empezó a llorar y a gemir, diciendo: "¡Oh cuánto sufro! ¡oh qué desgraciada soy, y cuán abandonada y poco amada me veo!" Y el astrónomo trató de calmarla lo mejor que pudo, diciéndole: "¡Tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, que a mi vuelta te traeré buenos regalos!" Y dejándola arrasada en las lágrimas de la desolación, desmayada en brazos de las negras, se fué por su camino.
Pero al cabo de dos horas volvió sobre sus pasos y entró sigilosamente por la puerta excusada del jardín, y fué a apostarse en un sitio que conocía, y desde donde podía ver todo lo que ocurriera en la casa sin ser visto ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 850ª noche

Ella dijo:
... en un sitio que conocía, y desde donde podía ver todo lo que ocurriera en la casa sin ser visto.
Y no hacía una hora de tiempo que estaba en su escondite, cuando he aquí que vio entrar a un hombre a quien reconoció al punto el vendedor de cañas de azúcar establecido enfrente de la casa. Y llevaba en la mano una caña de azúcar escogida. Y en el mismo momento vio que su esposa le salía al encuentro al otro, contoneándose, y le decía: "¿Es ésa toda la caña de azúcar que me traes, ¡oh padre de las cañas de azúcar!?" Y dijo el hombre: "¡Oh dueña mía! ¡la caña de azúcar que estás viendo no es nada comparada con la que no ves!"
Y ella le dijo: "¡Dámela! ¡dámela!"
Y dijo él: "¡Tómala! ¡tómala!" Luego añadió: "Está bien; pero ¿dónde está el entrometido de mi trasero; tu marido el astrónomo?" Ella dijo: "¡Así Alah le rompa las piernas y los brazos! ¡Se ha marchado de viaje por cuatro días o tal vez por seis! ¡Ojalá le aplaste un minarete!"
Y el hombre sacó su caña de azúcar y se la dió a la joven, que supo mondarla y exprimirla y hacer con ella lo que se hace en semejante caso con todas las cañas de azúcar de esa especie. Y la besó él, y le besó ella, y la abrazó él, y también le abrazó ella, y la cargó él con una carga pesada e inexorable. Y se regocijó con sus encantos hasta que la hizo toda suya.
Luego la dejó y se fué por su camino.
¡Eso fué todo! Y el astrónomo veía y oía. Y he aquí que, al cabo de algunos instantes, vio entrar a otro hombre, a quien reconoció como el pollero del barrio. Y la joven le salió al encuentro, meneando las caderas, y le dijo: "La zalema contigo, ¡oh padre de los pollos! ¿Qué me traes hoy?" El contestó: "¡Un pollito ¡oh dueña mía! que es un excelente animalito, presumido y regordito, muy jovencito y revoltosito, fuerte de patitas, y tocado con un gorrito adornado de una crestecita que no tiene igual entre los pollitos, y que te ofrezco, si me lo permites!" Y dijo la joven: "¡Lo permito! ¡lo permito!" Dijo él: "¡Que te lo meto! ¡que te lo meto!"
Y con el pollito del pollero ¡oh mi señor! hicieron exactamente lo mismo que se había hecho antes con la caña de azúcar de las batallas. Tras de lo cual se levantó el hombre, estiró sus piernas y se fué por su camino.
¡Eso fué todo!
Y el astrónomo veía y oía. Y he aquí que al cabo de algunos instantes entró un hombre a quien reconoció al punto por el arriero mayor del barrio. Y la joven corrió a él, y le abrazó, diciéndole: "¿Qué traes hoy a tu ánade, ¡oh padre de los asnos!?" El dijo: "¡Un plátano, ¡oh dueña mía! ¡un plátano!" Ella dijo, riendo: "Alah te condene, ¡oh marrano! ¿Dónde está ese plátano?" El dijo: "¡Oh sultana! ¡oh dotada de piel suave y diáfana! ¡Este plátano lo recibí de mi padre cuando era él conductor de caravana y es mi única herencia llana!" Ella dijo: "¡No veo en tu mano más que tu palo de conductor de asnos! ¿Dónde está el plátano?" El dijo: "Es una fruta ¡oh sultana! que se amilana a la vista profana y que se esconde por miedo a que la estropeen. ¡Pero mira cómo se endereza! ¡mira cómo se endereza!"
¡Eso fué todo!
Pero antes de que se comiese ella el plátano, ¡oh mi señor! el astrónomo, que había visto y oído todo, lanzó un grito estridente y cayó convertido en cuerpo sin vida. ¡Sea con él la misericordia de Alah!
Y la joven, que prefería el plátano a la caña de azúcar y al pollo, se casó, después del plazo legal, con el arriero mayor de su barrio.
Y tal es mi historia, ¡oh rey lleno de gloria!"
Y el rey, al oír esta historia del verdulero, se tambaleó de satisfacción y se convulsionó de contento. Y dijo a su bufón: "Esta historia ¡oh padre de la sabiduría! es más enorme que tu historia. Y tenemos que otorgar a ese verdulero la gracia de sus dos testículos". Y dijo al hombre: "¡Y ahora a la fila!"

0 comentarios:

Publicar un comentario

Con la tecnología de Blogger.