Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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63.1 Historia contada por el pastelero

63 La malicia de las esposas   
       63,1 Historia contada por el pastelero
       63,2 Historia contada por el verdulero
       63,3 Historia contada por el carnicero
       63,4 Historia contada por el clarinete mayor





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HISTORIA CONTADA POR EL PASTELERO

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que había cierta mujer que por naturaleza era una fornicadora asombrosa y una compañera de calamidad. Y estaba casada -así lo había querido el Destino- con un honrado kayem-makan, gobernador de la ciudad en nombre del sultán. Y aquel honrado funcionario no tenía la menor idea -así lo había querido su destino- de la malicia de las mujeres y de sus perfidias, pero ni la menor idea, ni la menor. Y además hacía mucho tiempo que no podía hacer nada con aquel tizón que tenía por esposa, nada absolutamente, nada absolutamente. Así es que la mujer se disculpaba a sí misma sus liviandades y fornicaciones, diciéndose: "Tomo el pan donde lo encuentro, y la carne donde la veo colgada".
Y he aquí que el que ella amaba entre todos los que ardían por ella era un joven saiss, un palafrenero de su esposo el kayem-makan. Pero, como desde hacía algún tiempo el esposo no se movía de la casa, las entrevistas de ambos amantes cada vez eran más raras y dificultosas. Pero no tardó en hallar un pretexto para tener más libertad, y dijo entonces a su marido: "¡Oh mi señor! acabo de saber que se ha muerto la vecina de mi madre, y para cumplir con las conveniencias y los deberes de buena vecindad, querría ir a pasar los tres días de los funerales en casa de mi madre". Y el kayem-makan contestó: "¡Alah repare esa muerte alargando tus días! Puedes ir a casa de tu madre para pasar los tres días de los funerales". Pero ella dijo: "Está bien, ¡oh mi señor! ¡pero soy una mujer joven y tímida, y me da mucho miedo andar sola por las calles para ir a casa de mi madre, que está lejos!" Y el kayem-makan dijo: "¿Y por qué has de ir sola? ¿No tenemos en casa un saiss, lleno de celo y buena voluntad, para que te acompañe en andanzas como ésta? Hazle llamar y dile que ponga al asno la albarda roja para que montes en ella, y te acompañe, marchando a tu lado y llevando de la brida al asno. ¡Y recomiéndale bien que no excite al asno con la lengua o con el aguijón, no vaya a ser que tropiece y te caigas!" Y contestó ella: "Está bien, ¡oh mi señor! pero llámale tú mismo para hacerle esas recomendaciones, porque yo no sabría". Y el honrado kayem-makan hizo llamar al saiss, que era un joven gallardo, de poderosa musculatura, y le dio sus instrucciones. Y el tunante, al oír aquellas palabras de su amo, quedó extremadamente satisfecho.
E hizo subir a su señora, que era la esposa del kayem-makam, en el burro, cuya montura había sido recubierta con una gualdrapa roja, y salió con ella. Pero, en lugar de ir a casa de la madre para los funerales consabidos, los dos se fueron a un jardín que conocían, llevando consigo provisiones de boca y vinos exquisitos. Y se pusieron a disfrutar de la sombra y del fresco, y el saiss, a quien su padre había dotado de una herencia voluminosa, sacó generosamente toda su mercancía y la mostró a los ojos entusiasmados de la joven, que la cogió en sus manos y la hurgó para examinar la calidad. Y encontrándola de primer orden, se la apropió, sin más ni más, con asentimiento del propietario ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 849ª noche

Ella dijo:
... Y encontrándola de primer orden, se la apropió, sin más ni más, con asentimiento del propietario. Y su longitud y su anchura se la adaptaban admirablemente, mejor aún que si se tratase de una mercancía encargada a la medida. Y por eso apreciaba ella tanto al propietario de la mercancía. Y así se explica que, sin experimentar un momento de laxitud, no la dejase ella hasta que no vió ya a enhebrar el hilo en la aguja.
Entonces se levantaron ambos; y el saiss hizo que la joven enalbardara al asno. Y se marcharon juntos a casa del saiss, donde, después de dar su ración al asno, se apresuraron a ponerse en postura de tomar ellos mismos su ración. Y se agasajaron mutuamente hasta la saciedad y se durmieron una hora de tiempo. Tras de lo cual se despertaron para calmar de nuevo su apetito y no cesaron hasta por la mañana. Pero fué para levantarse e ir juntos al jardín y recomenzar las manipulaciones de la víspera y las mismas diversiones.
Y durante tres días obraron de tal suerte, sin tregua ni descanso, haciendo girar la rueda por el agua, y rechinar sin interrupción el huso del jovenzuelo, y dar de mamar de su madre al cordero, y entrar el dedo en el anillo, y reposar el niño en su cuna, y abrazarse los dos gemelos, y meter el tornillo en la rosca, y alargar el cuello del camello, y picotear el gorrión a la gorriona, y piar en su nido caliente el hermoso pájaro, y atascarse de grano el pichón, y ramonear el gazapo, y rumiar el ternero, y triscar el cabrito, y pegarse piel con piel, hasta que el padre de los asaltos, que nunca quedaba mal, cesó por sí mismo de tocar la zampoña.
Y a la mañana del cuarto día el saiss dijo a la joven, esposa del kayem-makam: "Han transcurrido los tres días de asueto. Levantémonos y vamos a casa de tu esposo". Pero ella contestó: "¡Quiá! ¡Cuando se tienen tres días de asueto es para tomarse otros tres! Además, todavía no hemos tenido tiempo material de regocijarnos verdaderamente, yo de tenerte todo mío, y tú de tenerme toda tuya. ¡En cuanto a ese absurdo entrometido, déjale que se constipe solo en casa, consigo mismo por compañía y edredón, y plegado sobre sí mismo, como hacen los perros, con la cabeza metida entre sus dos piernas!"
Dijo así, y así lo hicieron. Y se pasaron juntos aún tres días más fornicando y copulando en el límite del holgorio y del júbilo. Y por la mañana del séptimo día se fueron a casa del kayem-makam, a quien encontraron sentado muy preocupado, teniendo frente a él a una negra vieja que le hablaba. Y el infortunado pobre hombre, que estaba lejos de suponer los excesos de la pérfida, la recibió con cordialidad y afabilidad, y le dijo: "¡Bendito sea Alah, que te devuelve sana y salva! ¿Por qué has tardado tanto, ¡oh hija del tío!? ¡Nos has tenido muy inquietos!" Y contestó ella: "Oh mi señor, ¡en casa de la difunta me confiaron al niño para que le consolara y le hiciera más tolerable el destete. Y como he tenido que cuidar a ese niño, me he visto precisada a detenerme hasta ahora". Y dijo el kayem-makam: "La razón es de peso, y debo creerla, y me alegra mucho volverte a ver!" Y tal es mi historia, ¡oh rey lleno de gloria!"
Cuando el rey hubo oído esta historia del pastelero, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero.
Pero el bufón exclamó: "¡El caso del kayem-makam es menos enorme que el mío! Y esa historia es menos extraordinaria que mi historia". Entonces el rey se encaró con el pastelero y le dijo: "Ya que así lo juzga el ofendido, no puedo hacerte gracia ¡oh crapuloso! más que de un testículo!"
Y el bufón que triunfaba y se vengaba de tal suerte, dijo sentenciosamente: "Es el justo castigo a la férula de los crapulosos que manipulan y copulan el montículo de una mula que acumula sin escrúpulo para que le taponen el trasero".
Luego añadió: "¡Oh rey del tiempo! ¡otórgale, a pesar de todo, la gracia del segundo testículo!"

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