Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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63 La malicia de las esposas

63 La malicia de las esposas   
       63,1 Historia contada por el pastelero
       63,2 Historia contada por el verdulero
       63,3 Historia contada por el carnicero
       63,4 Historia contada por el clarinete mayor





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LA MALICIA DE LAS ESPOSAS

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la corte de cierto rey vivía un hombre que tenía el oficio de bufón y el estado de soltero. Un día entre los días su amo el rey le dijo: "¡Oh padre de la sabiduría, eres soltero, y deseo verdaderamente verte casado!" Y el bufón contestó. "¡Oh rey del tiempo! ¡por tu vida, relévame de esa bienaventuranza! Soy soltero, y temo mucho al sexo contrario. Sí, en verdad, temo mucho caer con alguna libertina, adulterina o fornicadora de mala especie. Porque, entonces, ¿qué sería de mí? Por favor, ¡oh rey del tiempo! no me obligues a ser bienaventurado a pesar de mis vicios y de mi indignidad".
El rey, a estas palabras, se echó a reír de tal manera que se cayó de trasero. Y dijo: "¡No hay remedio! hoy mismo tienes que casarte". Y el bufón tomó una actitud reservada, bajó la cabeza, cruzó las manos sobre el pecho, y contestó suspirando: "¡Taieb! ¡Está bien! ¡Bueno!"
Entonces el rey hizo llamar a su gran visir, y le dijo: "Hay que buscar a este fiel servidor nuestro que aquí ves una esposa que sea bella y de conducta irreprochable y esté llena de decencia y de modestia". Y el visir contestó con el oído y la obediencia, y al instante fué en busca de una antigua proveedora de palacio, y le dió orden de facilitar inmediatamente al bufón del sultán una esposa que  llenara las condiciones precitadas. Y la vieja no estaba desprevenida; y se levantó en aquella hora y en aquel instante y dio al bufón para esposa una mujer joven que reunía tales y cuales condiciones. Y se celebró el matrimonio aquel mismo día. Y el rey quedó contento, y no dejó de colmar a su bufón de presentes y favores con ocasión de sus bodas.
Y he aquí que el bufón vivió en paz con su esposa durante medio año, o acaso siete meses. Tras de lo cual le sucedió lo que tenía que sucederle, porque nadie escapa a su destino.
En efecto, la mujer con quien el rey habíale casado ya había tenido tiempo de buscarse para su placer cuatro hombres además de su esposo, cuatro exactamente y de cuatro variedades. Y el primero de estos queridos entre los amantes era pastelero de profesión; y el segundo era verdulero y el tercero era carnicero de carne de carnero; y el cuarto era el más distinguido, pues era clarinete mayor de la música del sultán y jeique de la corporación de clarinetes, un personaje importante.
Y un día el bufón, antiguo solterón y nuevo padre de los cuernos, habiendo sido llamado junto al rey y muy de mañana, dejó a su esposa en el lecho todavía y se apresuró a presentarse en palacio. Y quisieron las circunstancias que aquella mañana el pastelero se sintiese con ganas de copular, y fuese, aprovechando la salida del esposo, a llamar a la puerta de la joven. Y le abrió ella y le dijo: "Hoy vienes más temprano que de costumbre". Y contestó él: "Sí, ¡ualah! tienes razón. Pero el caso es que esta mañana había yo preparado ya la masa para hacer mis platos de pastelería, y la había enrollado y adelgazado y reducido a hojas, e iba a rellenarla de alfónsigos y de almendras, cuando advertí que aún era muy de mañana y que todavía no estaban para venir los compradores. Entonces me dije a mí mismo: "¡Oh! levántate, y sacúdete la harina que tienes en el traje y preséntate esta fresca mañana en casa de tu amada, y regocíjate con ella, porque es para regocijar". Y contestó la joven: "¡Bien pensado, por Alah!" Y acto seguido ella fue para él como una masa bajo el rodillo, y él fue para ella como el relleno de un pastel. Y aun no habían acabado su tarea, cuando oyeron llamar a la puerta. Y el pastelero preguntó a la mujer: "¿Quién podrá ser?" Y ella contestó: "No lo sé; pero, por lo pronto, ve a ocultarte en los retretes". Y el pastelero, para más seguridad, se apresuró a ir a encerrarse donde ella le había dicho que fuera.
Y fué ella a abrir la puerta, y vió que tenía delante a su segundo amante, el verdulero, que le llevaba de regalo un manojo de verduras, las primeras de la estación. Y ella le dijo: "Has venido demasiado pronto, y esta hora no es tu hora". Y dijo él: "¡Por Alah, que tienes razón! Pero el caso es que esta mañana, cuando volvía yo de mi huerto, me dije a mí mismo: "¡Oh! verdaderamente es demasiado temprano para ir al zoco, y lo mejor sería que fueras a llevar este manojo de verduras frescas a tu amada, que regocijará tu corazón, porque es muy amable". Y dijo ella: "¡Sé, pues, bien venido!" Y le regocijó el corazón, y él le dió lo que a ella le gustaba más, un cohombro heroico y una calabaza de valía. Y aún no habían acabado su trabajo de huertanos, cuando oyeron llamar a la puerta, y preguntó él: "¿Quién será?" Y contestó ella: "No lo sé; pero por lo pronto, ve a ocultarte en seguida en los retretes". Y se apresuró él a ir a encerrarse allá dentro. Y se encontró con que ya estaba ocupado el sitio por el pastelero, y le dijo: "¿Qué es esto? ¿Y qué haces aquí?" Y el otro contestó: "Soy lo que tú eres y hago lo que vienes a hacer tú mismo". Y se pusieron uno al lado del otro, el verdulero llevando a la espalda el manojo de verduras, que la joven le había recomendado que se llevara para no hacer sospechar de su presencia en la casa.
Entretanto, la joven había ido a abrir la puerta. Y se encontró con que tenía delante a su tercer amante, el carnicero, que llegaba llevándole de regalo una hermosa piel de carnero de lanas rizadas, a la cual se habían dejado los cuernos. Y le dijo ella: "¡Es demasiado pronto! ¡es demasiado pronto!" Y contestó él: "Sí, ¡por Alah! pero ya había degollado los carneros de la venta, y ya los tenía colgados en mi tienda, cuando me dije a mí mismo: "¡Oh! todavía están vacíos los zocos, y lo mejor que puedes hacer es ir a llevar de regalo a tu amada esta hermosa piel con sus cuernos, que le servirá de muelle alfombra. Y como ella está llena de agrado, hará que sea para ti la mañana más blanca que de costumbre". Y contestó ella: "¡Entra entonces!" Y fué para él más tierna que la cola de un carnero de la variedad de los gordos, y él le dió lo que el cordero da a la oveja. Y aún no habían acabado de tomar y de dar, cuando oyeron llamar a la puerta. Y dijo ella: "¡Vamos, de prisa! ¡coge tu piel con cuernos y ve a esconderte en los retretes!" Y él hizo lo que ella le decía. Y se encontró con que los retretes ya estaban ocupados por el pastelero y el verdulero; y les dirigió la zalema, y ellos le devolvieron su zalema; y les preguntó: "¿Cuál es el motivo de vuestra presencia aquí?"
Y le contestaron: "¡El mismo que te trae!" Entonces él se puso al lado de ellos en los retretes.
Entretanto la mujer, que había ido a abrir, vió que tenía delante a su cuarto amigo, el clarinete mayor de la música del sultán. Y le hizo entrar, diciéndole: "En verdad que llegas más temprano que de costumbre esta mañana". Y contestó él: "¡Por Alah, que tienes razón! Pero el caso es que, al salir esta mañana para enseñar a los músicos del sultán, advertí que era muy pronto todavía, y me dije a mí mismo: "¡Oh! lo mejor que puedes hacer es ir a esperar la hora de la lección en casa de tu amada, que es encantadora y te hará pasar los momentos más deliciosos". Y contestó ella: "La idea es excelente". Y tocaron el clarinete; y aún no habían acabado el primer tiempo de la canción, cuando oyeron en la puerta golpes presurosos. Y el clarinete mayor preguntó a su amiga: "¿Quién es?" Ella contestó: "Alah sólo es omnisciente. Acaso sea mi marido. Y más te vale correr a encerrarte con tu clarinete en los retretes". Y él se apresuró a obedecer, y en el sitio consabido se encontró con el pastelero, el verdulero y el carnicero. Y les dijo: "La paz sea con vosotros, ¡oh compañeros! ¿Qué hacéis puestos en fila en este sitio singular?" Y ellos contestaron: "¡Y contigo sean la paz de Alah y sus bendiciones! ¡Hacemos aquí lo que vienes a hacer tú mismo!" Y él se puso en fila, el cuarto, al lado de los otros.
Y he aquí que el quinto que había llamado a la puerta era, en efecto, el bufón del sultán, esposo de la joven. Y se sujetaba el vientre a dos manos, y decía: "¡Alejado sea el Maligno, el Pernicioso! Dame pronto una infusión de anís y de hinojo, ¡oh mujer! ¡Se me remueve el vientre! ¡se me remueve el vientre! ¡No me ha sido posible permanecer más tiempo al lado del sultán, y vuelvo para acostarme! Venga la infusión de anís y de hinojo, ¡oh mujer!" Y corrió directo a los retretes, sin notar el terror de su mujer, y al abrir la puerta vió a los cuatro hombres acurrucados por orden en las baldosas, encima del agujero, uno delante de otro ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 848ª noche

Ella dijo:
... Y corrió directo a los retretes, sin notar el terror de su mujer, y al abrir la puerta vio a los cuatro hombres acurrucados por orden en las baldosas, encima del agujero, uno delante de otro.
Al ver aquello, el bufón del sultán no pudo dudar de la realidad de su desdicha. Pero, como estaba lleno de prudencia y de sagacidad, se dijo: "Si les amenazo me matarán sin remedio. Así es que lo mejor será fingir imbecilidad".
Y habiéndolo pensado así, se puso de rodillas a la puerta de los retretes, y gritó a los cuatro mozos acurrucados: "¡Oh santos personajes de Alah, os reconozco! ¡Tú que estás cubierto de manchas de lepra blanca, y a quien los ojos profanos de los ignorantes tomarían por un pastelero, eres, sin duda alguna, el santo patriarca Job el ulcerado, el leproso, el cubierto de costras! ¡Y tú, ¡oh santo hombre! que llevas a la espalda ese manojo de verduras excelentes, eres, sin duda alguna, el gran Khizr, guardián de los vergeles y los huertos, el que reviste de coronas verdes a los árboles, hace correr las aguas fugitivas, despliega la alfombra verdeante de las praderas, y cubierto con su manto verde por la tardes combina las tintas ligeras con que se coloran los cielos en el crepúsculo! ¡Y tú, ¡oh gran guerrero! que llevas en tus hombros esa piel de león y en tu cabeza esos dos cuernos de carnero, eres, sin duda alguna, el gran Iskandar, que tiene dos cuernos! ¡Y tú, en fin, ángel bienaventurado que llevas en tu diestra ese clarinete glorioso, eres, sin duda alguna, el ángel del Juicio final!"
Al oír este discurso del bufón del sultán, los cuatro enamorados se pellizcaron mutuamente en los muslos, y se dijeron por lo bajo unos a otros, mientras el bufón continuaba a alguna distancia, de rodillas, besando la tierra: "¡La suerte nos favorece! Y ya que nos cree realmente personajes santos, confirmémosle en su creencia. Porque ésa es para nosotros la única probabilidad de salvación".
Y se levantaron al instante y dijeron: "Sí, por Alah, no te equivocas, ¡oh hombre! Somos, en efecto, quienes has nombrado. Y hemos venido a visitarte, entrando por los retretes, porque éste es el único sitio de la casa que está a cielo abierto". Y el bufón les dijo, prosternado siempre: "¡Oh santos e ilustres personajes, Job el leproso, Khizr padre de las estaciones, Iskandar el bicorne, y tú, mensajero anunciador del Juicio! ¡ya que me hacéis el honor insigne de visitarme, permitidme que formule un deseo entre vuestras manos!"
Y contestaron ellos: "¡Habla! ¡habla!" Dijo él: "¡Hacedme el favor de acompañarme al palacio del sultán de esta ciudad, que es mi amo, a fin de que os haga entablar conocimiento con él, y en vista de eso, esté él obligado conmigo y me tenga en su gracia!"
Y aunque vacilando, contestaron: "¡Te concedemos ese favor!"
Entonces el bufón les llevó a presencia del sultán, y dijo: "¡Oh soberano amo nuestro! ¡permite a tu esclavo que te presente a los cuatro personajes que aquí ves! Este primero, que está enharinado, es nuestro señor Job el leproso; y este que lleva a la espalda ese manojo de hortalizas, es nuestro señor Khizr, guardián de las fuentes, padre del verdor; y este que lleva en los hombros esa piel de animal que le toca con dos cuernos, es el gran rey guerrero Iskandar el bicorne; y finalmente, este último, que lleva en la mano un clarinete, es nuestro señor Israfil, el anunciador del Juicio final". Y añadió, mientras el sultán llegaba al límite del asombro: "Y he aquí ¡oh mi señor sultán! que debo el gran honor de la visita de estos personajes sublimes a la insigne santidad de la esposa que me deparaste generosamente. Les he encontrado, en efecto, acurrucados uno detrás de otro, en los retretes de mi harén privado; y el primer acurrucado era el profeta Job (¡con él la plegaria y la paz!), y el último acurrucado era el ángel Israfil (¡con él la paz y los favores del Altísimo!) ".
Al oír estas palabras de su bufón miró con atención a los cuatro personajes consabidos; y de repente le acometió tal risa, que le dieron convulsiones y se tambaleó, y echó las piernas al aire, cayéndose de trasero. Tras de lo cual exclamó: "¿Pero es que quieres ¡oh pérfido! hacerme morir de risa? ¿O acaso te has vuelto loco?"
Y dijo el bufón: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! te cuento lo que he visto, y todo lo que he visto te lo he contado!"
Y el rey exclamó riendo: "¿Pero no ves que el que llamas profeta Khizr no es más que un verdulero, y que el que llamas Profeta Job no es más que un pastelero, y que el que llamas gran Iskandar no es más que un carnicero y que el que llamas ángel Israfil no es más que un clarinete mayor, director de mi música?" Y el bufón dijo: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! te cuento lo que he visto, y todo lo que he visto te lo he contado!"
Entonces comprendió el rey toda la magnitud del infortunio de su bufón; y se encaró con los cuatro asociados de la esposa libertina, y les dijo: "¡Oh hijos de mil cornudos! ¡contadme la verdad de la cosa, o haré que os corten los testículos!" Y los cuatro, temblando, contaron al rey lo que era verdad y lo que no era verdad, sin mentir, de tanto como temían que les quitasen la herencia de su padre. Y el rey, maravillado, exclamó: "¡Que Alah extermine el sexo pérfido y a la casta de las fornicadoras y de las traidoras!"
Y se encaró con su bufón, y le dijo: "¡Te otorgo el divorcio con tu esposa, ¡oh padre de la sabiduría! a fin de que vuelvas a quedarte soltero!" Y le puso un magnífico ropón de honor. Luego se encaró con los cuatro compañeros, y les dijo: "¡En cuanto a vosotros, es tan enorme vuestro crimen, que no escaparéis al castigo que os espera!"
E hizo seña a su portaalfanje para que se acercara, y le dijo: "¡Córtales los testículos, a fin de que se conviertan en eunucos al servicio de nuestro fiel servidor, este honorable soltero!"
Entonces el primero de los copuladores culpables, el pastelero, llamado también Job el leproso, se adelantó y besó la tierra entre las manos del rey, y dijo: "¡Oh gran rey! ¡oh el más magnánimo entre los sultanes! si te cuento una historia más prodigiosa que la historia de nuestros amores con la antigua esposa de este honorable soltero, ¿me concederás la gracia de mis testículos?"
Y el rey se encaró con su bufón y le preguntó por señas qué le parecía la proposición del pastelero. Y como el bufón decía que sí con la cabeza, el rey dijo al pastelero: "¡Sí, por cierto, oh pastelero! ¡Si me cuentas la historia consabida y la encuentro extraordinaria o maravillosa, te haré gracia de lo que tú sabes!"
Y dijo el pastelero:

HISTORIA CONTADA POR EL PASTELERO

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que había cierta mujer que por naturaleza era una fornicadora asombrosa y una compañera de calamidad. Y estaba casada -así lo había querido el Destino- con un honrado kayem-makan, gobernador de la ciudad en nombre del sultán. Y aquel honrado funcionario no tenía la menor idea -así lo había querido su destino- de la malicia de las mujeres y de sus perfidias, pero ni la menor idea, ni la menor. Y además hacía mucho tiempo que no podía hacer nada con aquel tizón que tenía por esposa, nada absolutamente, nada absolutamente. Así es que la mujer se disculpaba a sí misma sus liviandades y fornicaciones, diciéndose: "Tomo el pan donde lo encuentro, y la carne donde la veo colgada".
Y he aquí que el que ella amaba entre todos los que ardían por ella era un joven saiss, un palafrenero de su esposo el kayem-makan. Pero, como desde hacía algún tiempo el esposo no se movía de la casa, las entrevistas de ambos amantes cada vez eran más raras y dificultosas. Pero no tardó en hallar un pretexto para tener más libertad, y dijo entonces a su marido: "¡Oh mi señor! acabo de saber que se ha muerto la vecina de mi madre, y para cumplir con las conveniencias y los deberes de buena vecindad, querría ir a pasar los tres días de los funerales en casa de mi madre". Y el kayem-makan contestó: "¡Alah repare esa muerte alargando tus días! Puedes ir a casa de tu madre para pasar los tres días de los funerales". Pero ella dijo: "Está bien, ¡oh mi señor! ¡pero soy una mujer joven y tímida, y me da mucho miedo andar sola por las calles para ir a casa de mi madre, que está lejos!" Y el kayem-makan dijo: "¿Y por qué has de ir sola? ¿No tenemos en casa un saiss, lleno de celo y buena voluntad, para que te acompañe en andanzas como ésta? Hazle llamar y dile que ponga al asno la albarda roja para que montes en ella, y te acompañe, marchando a tu lado y llevando de la brida al asno. ¡Y recomiéndale bien que no excite al asno con la lengua o con el aguijón, no vaya a ser que tropiece y te caigas!" Y contestó ella: "Está bien, ¡oh mi señor! pero llámale tú mismo para hacerle esas recomendaciones, porque yo no sabría". Y el honrado kayem-makan hizo llamar al saiss, que era un joven gallardo, de poderosa musculatura, y le dio sus instrucciones. Y el tunante, al oír aquellas palabras de su amo, quedó extremadamente satisfecho.
E hizo subir a su señora, que era la esposa del kayem-makam, en el burro, cuya montura había sido recubierta con una gualdrapa roja, y salió con ella. Pero, en lugar de ir a casa de la madre para los funerales consabidos, los dos se fueron a un jardín que conocían, llevando consigo provisiones de boca y vinos exquisitos. Y se pusieron a disfrutar de la sombra y del fresco, y el saiss, a quien su padre había dotado de una herencia voluminosa, sacó generosamente toda su mercancía y la mostró a los ojos entusiasmados de la joven, que la cogió en sus manos y la hurgó para examinar la calidad. Y encontrándola de primer orden, se la apropió, sin más ni más, con asentimiento del propietario ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 849ª noche

Ella dijo:
... Y encontrándola de primer orden, se la apropió, sin más ni más, con asentimiento del propietario. Y su longitud y su anchura se la adaptaban admirablemente, mejor aún que si se tratase de una mercancía encargada a la medida. Y por eso apreciaba ella tanto al propietario de la mercancía. Y así se explica que, sin experimentar un momento de laxitud, no la dejase ella hasta que no vió ya a enhebrar el hilo en la aguja.
Entonces se levantaron ambos; y el saiss hizo que la joven enalbardara al asno. Y se marcharon juntos a casa del saiss, donde, después de dar su ración al asno, se apresuraron a ponerse en postura de tomar ellos mismos su ración. Y se agasajaron mutuamente hasta la saciedad y se durmieron una hora de tiempo. Tras de lo cual se despertaron para calmar de nuevo su apetito y no cesaron hasta por la mañana. Pero fué para levantarse e ir juntos al jardín y recomenzar las manipulaciones de la víspera y las mismas diversiones.
Y durante tres días obraron de tal suerte, sin tregua ni descanso, haciendo girar la rueda por el agua, y rechinar sin interrupción el huso del jovenzuelo, y dar de mamar de su madre al cordero, y entrar el dedo en el anillo, y reposar el niño en su cuna, y abrazarse los dos gemelos, y meter el tornillo en la rosca, y alargar el cuello del camello, y picotear el gorrión a la gorriona, y piar en su nido caliente el hermoso pájaro, y atascarse de grano el pichón, y ramonear el gazapo, y rumiar el ternero, y triscar el cabrito, y pegarse piel con piel, hasta que el padre de los asaltos, que nunca quedaba mal, cesó por sí mismo de tocar la zampoña.
Y a la mañana del cuarto día el saiss dijo a la joven, esposa del kayem-makam: "Han transcurrido los tres días de asueto. Levantémonos y vamos a casa de tu esposo". Pero ella contestó: "¡Quiá! ¡Cuando se tienen tres días de asueto es para tomarse otros tres! Además, todavía no hemos tenido tiempo material de regocijarnos verdaderamente, yo de tenerte todo mío, y tú de tenerme toda tuya. ¡En cuanto a ese absurdo entrometido, déjale que se constipe solo en casa, consigo mismo por compañía y edredón, y plegado sobre sí mismo, como hacen los perros, con la cabeza metida entre sus dos piernas!"
Dijo así, y así lo hicieron. Y se pasaron juntos aún tres días más fornicando y copulando en el límite del holgorio y del júbilo. Y por la mañana del séptimo día se fueron a casa del kayem-makam, a quien encontraron sentado muy preocupado, teniendo frente a él a una negra vieja que le hablaba. Y el infortunado pobre hombre, que estaba lejos de suponer los excesos de la pérfida, la recibió con cordialidad y afabilidad, y le dijo: "¡Bendito sea Alah, que te devuelve sana y salva! ¿Por qué has tardado tanto, ¡oh hija del tío!? ¡Nos has tenido muy inquietos!" Y contestó ella: "Oh mi señor, ¡en casa de la difunta me confiaron al niño para que le consolara y le hiciera más tolerable el destete. Y como he tenido que cuidar a ese niño, me he visto precisada a detenerme hasta ahora". Y dijo el kayem-makam: "La razón es de peso, y debo creerla, y me alegra mucho volverte a ver!" Y tal es mi historia, ¡oh rey lleno de gloria!"
Cuando el rey hubo oído esta historia del pastelero, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero.
Pero el bufón exclamó: "¡El caso del kayem-makam es menos enorme que el mío! Y esa historia es menos extraordinaria que mi historia". Entonces el rey se encaró con el pastelero y le dijo: "Ya que así lo juzga el ofendido, no puedo hacerte gracia ¡oh crapuloso! más que de un testículo!"
Y el bufón que triunfaba y se vengaba de tal suerte, dijo sentenciosamente: "Es el justo castigo a la férula de los crapulosos que manipulan y copulan el montículo de una mula que acumula sin escrúpulo para que le taponen el trasero".
Luego añadió: "¡Oh rey del tiempo! ¡otórgale, a pesar de todo, la gracia del segundo testículo!"
Y en aquel momento se adelantó el segundo fornicador, que era el verdulero; y besó la tierra entre las manos del sultán, y dijo: "¡Oh gran rey! ¡oh el más generoso de los reyes! ¿me harás gracia de lo que tú sabes, si te maravillas de mi historia?" Y el rey se encaró con el bufón, quien dió por señas su consentimiento. Y dijo el rey al verdulero: "¡Si es maravillosa, te concederé lo que pides!"
Entonces el verdulero, que había pasado por Khizr, el profeta verde, dijo:

HISTORIA CONTADA POR EL VERDULERO

"Cuentan ¡oh rey del tiempo! que había un hombre que tenía el oficio de astrónomo, y sabía leer en los rostros y adivinar los pensamientos por la fisonomía. Y aquel astrónomo tenía una esposa que era de una insigne belleza y de un encanto singular. Y la tal esposa siempre y en todas partes estaba elogiando sus propias virtudes y alardeando de sus méritos, diciendo: "¡Oh hombre! no hay en mi sexo quien me iguale en pureza, en nobleza de sentimientos y en castidad". Y el astrónomo, que era un gran fisonomista, no dudó de sus palabras; tanto candor e inocencia reflejaba, en efecto, el rostro de ella. Y se decía él: "¡Ualahí! no hay hombre que tenga una esposa comparable a mi esposa, vaso de todas las virtudes". Y por doquiera iba proclamando los méritos de su esposa, y cantando sus alabanzas, y maravillándose de su apostura y de su decencia, por más que la verdadera decencia por parte de él hubiese sido no hablar nunca de su harén ante extraños. Pero los sabios, ¡oh mi señor! y los astrónomos en particular, no siguen las costumbres de todo el mundo. Por eso las aventuras que les ocurren no son como las aventuras de todo el mundo.
Y un día, estando él decantando, como solía, las virtudes de su esposa ante una asamblea de personas extrañas, se levantó un hombre que le dijo: "Eres un embustero, ¡oh astrónomo!" Y a él se le puso la tez amarilla, y con voz agitada por la cólera preguntó: "¿Y dónde está la prueba de mi embuste?" El otro dijo: "¡Eres un embustero, o si no, un imbécil, porque tu mujer no es más que una prostituta!"
Al oír esta injuria suprema, el astrónomo se arrojó sobre aquel hombre para estrangularle y chuparle la sangre. Pero los presentes les separaron y dijeron al astrónomo: "Si no prueba su aserto, te lo abandonaremos para que le chupes la sangre". Y el insultante dijo: "¡Oh hombre! levántate, pues, y ve a anunciar a tu virtuosa esposa que te vas a ausentar por cuatro días. Y dile adiós, y sal de tu casa y escóndete en un sitio desde donde puedas verlo todo sin ser visto. Y verás lo que verás. ¡Uassalam!"
Y dijeron los presentes: `Sí, ¡por Alah! comprueba sus palabras de ese modo. ¡Y si son falsas, le chuparás la sangre!"
Entonces el astrónomo, con la barba temblorosa de cólera y de emoción. fué en busca de su virtuosa esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! levántate y prepárame provisiones para un viaje que voy a hacer y que me tendrá ausente cuatro días o quizá seis". Y exclamó la esposa: "¡Oh mi señor! ¿quieres sumir mi alma en la desolación y hacerme perecer de pena? ¿Por qué no me llevas contigo para que viaje en tu compañía y te sirva y te cuide en el camino si estuvieras fatigado o indispuesto? ¿Y por qué abandonarme aquí sola con el hirviente dolor de tu ausencia?"
Y al oír estas palabras, el astrónomo se dijo: "¡Por Alah, que mi esposa no tiene igual entre las elegidas de la especie femenina!" Y contestó a su esposa: "¡Oh luz de mis ojos! no te apenes por esta ausencia que sólo ha de durar cuatro días o quizá seis. Y no pienses más que en cuidarte y en estar buena". Y la esposa empezó a llorar y a gemir, diciendo: "¡Oh cuánto sufro! ¡oh qué desgraciada soy, y cuán abandonada y poco amada me veo!" Y el astrónomo trató de calmarla lo mejor que pudo, diciéndole: "¡Tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, que a mi vuelta te traeré buenos regalos!" Y dejándola arrasada en las lágrimas de la desolación, desmayada en brazos de las negras, se fué por su camino.
Pero al cabo de dos horas volvió sobre sus pasos y entró sigilosamente por la puerta excusada del jardín, y fué a apostarse en un sitio que conocía, y desde donde podía ver todo lo que ocurriera en la casa sin ser visto ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 850ª noche

Ella dijo:
... en un sitio que conocía, y desde donde podía ver todo lo que ocurriera en la casa sin ser visto.
Y no hacía una hora de tiempo que estaba en su escondite, cuando he aquí que vio entrar a un hombre a quien reconoció al punto el vendedor de cañas de azúcar establecido enfrente de la casa. Y llevaba en la mano una caña de azúcar escogida. Y en el mismo momento vio que su esposa le salía al encuentro al otro, contoneándose, y le decía: "¿Es ésa toda la caña de azúcar que me traes, ¡oh padre de las cañas de azúcar!?" Y dijo el hombre: "¡Oh dueña mía! ¡la caña de azúcar que estás viendo no es nada comparada con la que no ves!"
Y ella le dijo: "¡Dámela! ¡dámela!"
Y dijo él: "¡Tómala! ¡tómala!" Luego añadió: "Está bien; pero ¿dónde está el entrometido de mi trasero; tu marido el astrónomo?" Ella dijo: "¡Así Alah le rompa las piernas y los brazos! ¡Se ha marchado de viaje por cuatro días o tal vez por seis! ¡Ojalá le aplaste un minarete!"
Y el hombre sacó su caña de azúcar y se la dió a la joven, que supo mondarla y exprimirla y hacer con ella lo que se hace en semejante caso con todas las cañas de azúcar de esa especie. Y la besó él, y le besó ella, y la abrazó él, y también le abrazó ella, y la cargó él con una carga pesada e inexorable. Y se regocijó con sus encantos hasta que la hizo toda suya.
Luego la dejó y se fué por su camino.
¡Eso fué todo! Y el astrónomo veía y oía. Y he aquí que, al cabo de algunos instantes, vio entrar a otro hombre, a quien reconoció como el pollero del barrio. Y la joven le salió al encuentro, meneando las caderas, y le dijo: "La zalema contigo, ¡oh padre de los pollos! ¿Qué me traes hoy?" El contestó: "¡Un pollito ¡oh dueña mía! que es un excelente animalito, presumido y regordito, muy jovencito y revoltosito, fuerte de patitas, y tocado con un gorrito adornado de una crestecita que no tiene igual entre los pollitos, y que te ofrezco, si me lo permites!" Y dijo la joven: "¡Lo permito! ¡lo permito!" Dijo él: "¡Que te lo meto! ¡que te lo meto!"
Y con el pollito del pollero ¡oh mi señor! hicieron exactamente lo mismo que se había hecho antes con la caña de azúcar de las batallas. Tras de lo cual se levantó el hombre, estiró sus piernas y se fué por su camino.
¡Eso fué todo!
Y el astrónomo veía y oía. Y he aquí que al cabo de algunos instantes entró un hombre a quien reconoció al punto por el arriero mayor del barrio. Y la joven corrió a él, y le abrazó, diciéndole: "¿Qué traes hoy a tu ánade, ¡oh padre de los asnos!?" El dijo: "¡Un plátano, ¡oh dueña mía! ¡un plátano!" Ella dijo, riendo: "Alah te condene, ¡oh marrano! ¿Dónde está ese plátano?" El dijo: "¡Oh sultana! ¡oh dotada de piel suave y diáfana! ¡Este plátano lo recibí de mi padre cuando era él conductor de caravana y es mi única herencia llana!" Ella dijo: "¡No veo en tu mano más que tu palo de conductor de asnos! ¿Dónde está el plátano?" El dijo: "Es una fruta ¡oh sultana! que se amilana a la vista profana y que se esconde por miedo a que la estropeen. ¡Pero mira cómo se endereza! ¡mira cómo se endereza!"
¡Eso fué todo!
Pero antes de que se comiese ella el plátano, ¡oh mi señor! el astrónomo, que había visto y oído todo, lanzó un grito estridente y cayó convertido en cuerpo sin vida. ¡Sea con él la misericordia de Alah!
Y la joven, que prefería el plátano a la caña de azúcar y al pollo, se casó, después del plazo legal, con el arriero mayor de su barrio.
Y tal es mi historia, ¡oh rey lleno de gloria!"
Y el rey, al oír esta historia del verdulero, se tambaleó de satisfacción y se convulsionó de contento. Y dijo a su bufón: "Esta historia ¡oh padre de la sabiduría! es más enorme que tu historia. Y tenemos que otorgar a ese verdulero la gracia de sus dos testículos". Y dijo al hombre: "¡Y ahora a la fila!"
Y el verdulero retrocedió hasta la fila de sus compañeros y se adelantó el tercer fornicador, que era el carnicero de carne de carnero. Y pidió el mismo favor, y el sultán, como era justiciero, no pudo negárselo, aunque imponiéndole las mismas condiciones que a los otros. Entonces el carnicero, que también fue el bicorne Iskandar, dijo:

HISTORIA CONTADA POR EL CARNICERO

En El Cairo había una vez cierto hombre, y aquel hombre tenía una esposa ventajosamente conocida por su gentileza, su buen carácter, su ligereza de sangre, su obediencia y su temor al Señor. Y tenía ella en su casa un par de patos cebados y rollizos con deliciosa grasa; y también tenía, pero en el fondo de su astucia y de su casa, un amante por el que estaba completamente loca.
Y ocurrió que el tal amante fue un día a hacerle una visita en secreto, y vió con ella a los dos maravillosos patos; y de improviso se le abrió el apetito; y dijo a la mujer: "¡Oh mi amada! debieras guisar estos dos patos, y rellenarlos de la manera más excelente, a fin de que diéramos gusto al gaznate con ellos. Porque mi alma anhela hoy ardientemente carne de pato". Y ella contestó: "Nada más sencillo, y mi gusto es satisfacer tus anhelos. Y por tu vida, ¡oh mi amado! que voy a degollar los dos patos y a rellenarlos; y te daré los dos; y los tomarás y te los llevarás a tu casa, y te los comerás para delicia y satisfacción de tu corazón. ¡Y de ese modo no podrá enterarse de a qué saben ni a qué huelen el funesto entrometido de mi esposo!"
Y preguntó él: "¿Y cómo vas a arreglarte?" Ella contestó: "Le jugaré una mala pasada de las mías que le dé que sentir; y te daré a ti los dos patos; que nadie me es tan querido como tú, ¡oh luz de mis ojos! Y así ese entrometido no se enterará de a qué saben ni a qué huelen estos patos". Y acto seguido se abrazaron mutuamente. Y mientras se condimentaban los patos, el joven se fué por su camino. Y he aquí lo referente a él.
Pero, volviendo a la joven, cuando, al ponerse el sol, regresó de su trabajo su marido, ella le dijo: "En verdad, ¡oh hombre! ¿cómo aspiras a esa calificación de hombre, estando de tal modo desprovisto de la virtud de la generosidad, que es la que hace a los hombres verdaderamente dignos de este nombre? Porque jamás has invitado a tu casa a nadie, ni me has dicho ningún día entre los días: "¡Oh mujer! hoy tengo un huésped en casa". Y tampoco te has dicho nunca a ti mismo: "Si continúo viviendo con tanta avaricia, la gente acabará por declarar que soy un miserable ignorante de las vías de la hospitalidad". Y el hombre contestó: "¡Oh mujer! ¡nada más fácil que reparar ese olvido! Y mañana ¡inschalah! te compraré carne de cordero y arroz; y guisarás para comer o para cenar cualquier cosa excelente de tu agrado, a fin de que yo invite a comer a alguno de mis amigos íntimos". Y dijo ella: "No, por Alah, ¡oh hombre! En vez de esa carne, prefiero que me compres picadillo de carne, con objeto de que haga un relleno que me servirá para rellenar nuestros dos patos después que tú me los degüelles. Y los asaré. Porque nada hay tan sabroso como los patos asados y rellenos, y nada puede blanquear mejor que los patos el rostro del huésped ante su invitado". Y contestó él: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Así sea!"
Y al amanecer del siguiente día el hombre degolló a los dos rollizos patos, y fué a comprar un ratl de picadillo de carne, y un ratl de arroz, y una onza de especias picantes y otros condimentos. Y lo llevó todo a casa, y dijo a su esposa: "Procura tener a punto los patos rellenos para mediodía, porque vendré a esa hora con mis invitados". Y se fué por su camino.
Entonces se levantó ella y desplumó los patos, y los limpió, y los rellenó con un relleno maravilloso compuesto de picadillo de carne, arroz, alfónsigos, almendras, uvas, piñones y especias finas, y calculó la cocción hasta que estuvo perfectamente en su punto. Y mandó a su negrita que llamase a su bienamado el joven, quien acudió en seguida. Y le abrazó ella, y la abrazó él, y después de endulzarse y satisfacerse mutuamente, le entregó ella los dos deliciosos patos enteros, continente y contenido. Y los tomó él y se fué por su camino.
Y esto es definitivamente lo referente a él ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 851ª noche

Ella dijo:
... le entregó ella los dos deliciosos patos enteros, continente y contenido. Y los tomó él y se fué por su camino.
Y esto es definitivamente lo referente a él.
En cuanto al esposo de la joven, no dejó de ser exacto de hora. Y llegó a su casa a mediodía, acompañado de un amigo, y llamó a la puerta. Y se levantó ella, y fue a abrirles, y les invitó a entrar, y les recibió con cordialidad. Luego llamó aparte a su marido, y le dijo: "¿Hemos matado los dos patos a la vez, y resulta que no traes contigo más que a un hombre? Pues si todavía podrían venir cuatro invitados más para hacer honor a mi cocina. Vamos, sal y ve en seguida a buscar a otros dos amigos tuyos, o hasta tres, para comer los patos". Y el hombre salió dócilmente para hacer lo que ella le ordenaba.
Entonces fue ella en busca del invitado, y se presentó a él con el semblante demudado, y le dijo con voz temblorosa de emoción: "¡Oh! ¡ay de ti! ¡Estás perdido sin remedio! ¡Por Alah, que no debes tener hijos ni familia, cuando así vas, cabizbajo, a una muerte segura!" Y al oír estas palabras, el invitado sintió que el terror le invadía y le penetraba profundamente en el corazón. Y preguntó: "¿Qué ocurre, pues, ¡oh mujer de bien!? ¿Y qué terrible desgracia es la que me amenaza en tu casa?" Y ella contestó: "¡Por Alah! ¡ya no puedo guardar el secreto! Sabe, pues, que mi marido está muy quejoso de tu conducta para con él, y te ha traído aquí sólo con intención de privarte de tus testículos y reducirte a la condición de eunuco castrado. ¡Y cuando así te veas, quedes muerto o quedes vivo, serás objeto de compasión y lástima!" Y añadió: "¡Mi marido ha ido a buscar a dos amigos suyos para que le ayuden a castrarte!"
Al oír esta revelación de la joven, el invitado se levantó en aquella hora y en aquel instante, y de un salto salió a la calle y echó a correr. Y en el mismo momento entró el marido, acompañado entonces de dos amigos. Y la joven le recibió exclamando: "¿Para qué me di tan malos ratos? ¿para qué me di tan malos ratos? ¡Los patos! ¡los patos!" Y preguntó él: "¡Por Alah! ¿qué pasa, y a qué vienen esos arrebatos? ¿a qué vienen esos arrebatos?" Ella dijo: "¿Para eso hice tan buenos platos? ¿Por qué me di tan malos ratos? ¡Ay, desgraciada de mí! ¡Los patos! ¡los patos!" El preguntó: "¿Pero qué les ocurre a los patos? ¡Por Alah, cállate y no toques a rebato, y dime qué les ocurre a los patos! ¡Si no, te mato! ¡si no, te mato!" Ella dijo: "¡No seas pazguato! ¡no seas pazguato! ¡Echales un galgo a los patos! ¡échales un galgo a los patos! ¡Tu huésped se los llevó, pensando que le salían baratos, y se escapó por la ventana hace un rato!" Y añadió: "¡Hemos sido unos mentecatos!"
Al oír estas palabras de su esposa, el hombre salió a la calle a toda prisa, y vio que su invitado corría a más no poder, con la túnica entre los dientes. Y le gritó: "¡Por Alah sobre ti, vuelve, vuelve, y no te lo quitaré todo! ¡Vuelve, y por Alah, no te quitaré más que la mitad!" (Quería decir con eso ¡oh rey del tiempo! que no se quedaría más que con un pato y le dejaría el otro pato). Pero al oírle gritar de tal suerte, el fugitivo, convencido de que sólo le llamaba para quitarle un compañón en vez de los dos, exclamó, sin dejar de huir: "¿Quitarme un compañón? ¡No te relamas, buey! ¡Corre detrás de mí, si quieres arrancarme uno de mis compañones!"
Y tal es mi historia, ¡oh rey de la gloria!"
Y al oír esta historia del carnicero, el rey por poco se desmaya de risa. Tras de lo cual se encaró con el bufón, y le preguntó: "¿Le quitamos un compañón, o le dejamos con los dos?" Y dijo el bufón: "Dejémosle sus compañones, porque quitárselos sería poco. Y a mí me tiene eso sin cuidado". Y el sultán dijo al hombre: "¡Retírate de nuestra vista! "
Y cuando el hombre se retiró hasta la fila de sus compañeros, se adelantó el cuarto fornicador, que suplicó al sultán le concediera el mismo favor con la misma condición. Y cuando el sultán le dió su consentimiento, el cuarto fornicador, que era el clarinete mayor, el mismo que había pasado por ser el ángel Israfil, dijo:

HISTORIA CONTADA POR EL CLARINETE MAYOR

Cuentan que en una ciudad entre las ciudades de Egipto había un hombre de edad ya avanzada que tenía un hijo púber, galán holgazán y solapado, que no pensaba mañana y noche más que en hacer fructificar la herencia de su padre. Y el tal hombre de edad, padre del galán, tenía en su casa, a pesar de su mucha edad, una esposa de quince años, que era bella a la perfección. Y el hijo no cesaba de rondar en torno a la esposa de su padre, con intención de enseñarle la verdadera resistencia del hierro y su diferencia de la cera blanda. Y el padre, que sabía que su hijo era un bergante de la peor especie, no sabía cómo arreglarse para poner a su esposa al abrigo de las hazañas del muchacho. Y acabó por creer que la garantía más segura para él sería tomar una segunda esposa además de la primera, de modo que, teniendo dos mujeres, una al lado de otra, se vigilasen una a otra y se precaviesen mutuamente contra las emboscadas del hijo. Y eligió una segunda esposa más hermosa y más joven todavía, y la albergó con la primera. Y cohabitó con cada una de ellas alternativamente.
Y he aquí que el enamoradizo joven, al comprender la estratagema de su padre, se dijo: "¡Está bien, por Alah! ahora me comeré un bocado doble". Pero le resultaba muy difícil realizar su proyecto, porque el padre, cada vez que se veía obligado a salir, tenía la costumbre de decir a sus dos jóvenes esposas: "Guardaos bien contra las tentativas del bergante de mi hijo. Porque es un libertino insigne que me quita la vida, y ya me ha forzado a divorciarme de tres esposas anteriores a  vosotras. ¡Tened cuidado! ¡tened cuidado!" Y las dos jóvenes contestaban: "¡Ualahí! ¡si alguna vez intentara dirigirse a nosotras con el menor gesto o nos dijera la menor palabra inconveniente, le azotaríamos la cara con nuestras babuchas!"
Y el viejo insistía, diciendo: "¡Tened cuidado! ¡tened cuidado!" Y ellas contestaban: "¡Sabemos guardarnos nosotras solas! ¡sabemos guardarnos nosotras solas!" Y el bergante se decía: "¡Por Alah, ya veremos si me azotan la cara con sus babuchas, ya lo veremos!"
Un día, habiéndose agotado la provisión de trigo, el viejo dijo a su hijo: "Vamos al mercado del trigo para comprar un saco o dos". Y salieron juntos, echando a andar el padre delante de su hijo. Y las dos esposas subieron a la terraza de la casa para verlos salir.
Y he aquí que en el trayecto se acordó el viejo que no había cogido sus babuchas, que tenía la costumbre de llevarlas en la mano por el camino o de colgárselas al hombro. Y dijo a su hijo: "Vuelve en seguida a casa por ellas". Y el tunante volvió a la casa en un vuelo, y divisando a las dos jóvenes, esposas de su padre, sentadas en la terraza, les gritó desde abajo: "¡Mi padre me envía a vosotras con una comisión!" Ellas preguntaron: "¿Cuál?"
El dijo: "¡Me ha ordenado que venga aquí y suba a besaros cuanto quiera a las dos, a las dos!" Y ellas respondieron: "¿Qué estás diciendo ¡oh perro!? Por Alah, tu padre no ha podido encomendarte nunca semejante misión; y mientes, ¡oh bribón de la peor especie! ¡oh cochino!"
El dijo: "¡Ualahí, yo no miento!" Y añadió: "¡Voy a probaros que no miento!" Y con toda su voz gritó a su padre, que estaba lejos: "¡Oh padre mío! ¡oh padre mío! ¿una solamente o las dos? ¿una solamente o las dos?" Y el viejo contestó con toda su voz: "¡Las dos, ¡oh desalmado! las dos a la vez! ¡Y que Alah te maldiga!" Claro es ¡oh mi señor sultán! que el viejo quería con ello significar a su hijo que le llevase las dos babuchas y no que besase a sus dos esposas.
Al oír esta respuesta de su esposo, las dos jóvenes se dijeron una a otra: "¡El tunante no ha mentido! Dejémosle, pues, hacer con nosotras lo que su padre le ha mandado que haga".
Y así fue ¡oh mi señor sultán! cómo merced a aquella astucia de las babuchas, el bergante pudo subir a ver a las dos truchas y tener con ellas extraordinarias luchas. Tras de lo cual llevó a su padre las babuchas. Y desde aquel momento las dos jóvenes quisieron besarle la boca en ocasiones muchas, diciéndole: "¡Escucha! ¡escucha!" Y las pupilas del viejo no vieron nada porque estaban papuchas.
Y tal es mi historia, ¡oh rey lleno de gloria!"
Cuando el rey hubo oído esta historia de su clarinete mayor, llegó al límite del júbilo, y le concedió la indulgencia plenaria que pedía para sus testículos. Luego despidió a los cuatro fornicadores, diciéndoles: "¡Ante todo, besad la mano a mi fiel servidor, a quien habéis engañado, y pedidle perdón!" Y contestaron ellos con el oído y la obediencia, y se reconciliaron con el bufón, y desde entonces vivieron en las mejores relaciones con él. Y él hizo lo propio.
"Pero -continuó Schehrazada- es tan larga la historia de la malicia de las esposas, ¡oh rey afortunado! que prefiero contarte por el pronto la maravillosa HISTORIA DE ALÍ BABÁ Y LOS CUARENTA LADRONES.

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