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62 Palabras bajo las noventa y nueve cabezas cortadas

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62 Palabras bajo las noventa y nueve cabezas cortadas





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PALABRAS BAJO LAS NOVENTA Y NUEVE CABEZAS CORTADAS

Se cuenta -¡pero Alah sabe distinguir lo real de lo irreal y diferenciarlo infaliblemente!- que, en la antigüedad del tiempo, había, en una ciudad entre las ciudades de los Rums (cristianos) antiguos, un  rey de alto rango y de señalado mérito, señor de vidas y haciendas, de fuerzas y ejércitos. Y este rey tenía en más aprecio que a sus tesoros todos, a un hijo adolescente que era perfectamente hermoso. Y el tal adolescente, hijo de rey, no sólo era hermoso a la perfección, sino que estaba dotado de una sabiduría que maravillaba a la tierra. Y por cierto que esta historia no será más que la confirmación de sabiduría tan admirable y de la belleza del joven príncipe.
Y para poner a prueba sus cualidades, Alah el Altísimo hizo que el tiempo se volviera hacia el lado nefasto, para los días del rey y de la reina, padre y madre del joven. Y rey y reina, que había llegado al colmo del poderío y de las riquezas, despertáronse un día en su palacio vacío, más pobres y más miserables que los mendigos en el camino de la generosidad. Porque nada es más fácil para el Altísimo que hacer desplomarse los tronos más sólidos y hacer que los animales rapaces y las aves nocturnas habiten los palacios…
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 845ª noche

Ella dijo:
... y más miserables que los mendigos en el camino de la generosidad. Porque nada es más fácil para el Altísimo que hacer desplomarse los tronos más sólidos y hacer que los animales rapaces y las aves nocturnas habiten los palacios.
Y he aquí que, ante aquel revés ofensivo del Destino y aquel golpe inesperado de la suerte, el joven sintió que el corazón se le templaba como la plancha humeante en el agua, y tomó a su cargo la tarea de levantar el ánimo de sus padres y de sacarles del estado en que se hallaban. Y dijo al rey pobre: "¡Oh padre mío! por Alah, dime si quieres inclinar tu oído hacia tu hijo, que desea hablarte". Y contestó el rey levantando la cabeza: "¡Oh hijo mío! ¡ya que eres el elegido de la inteligencia, habla y te obedeceremos!" Y dijo el joven: "Levántate, ¡oh mi señor! y partamos para las tierras de que ignoro hasta el nombre. Pues ¿a qué lamentarse ante lo irreparable cuando todavía somos dueños del presente? ¡En otros sitios encontraremos una vida nueva y alegrías renovadas!" Y el viejo rey contestó: "¡Oh admirable hijo mío, piadoso y lleno de deferencia! tu consejo es una inspiración del Dueño de la Sabiduría. ¡Y sea para Alah y para ti el cuidado de este asunto!"
Entonces se levantó el joven, y después de prepararlo todo para el viaje, cogió a su padre y a su madre de la mano y salió con ellos al camino del Destino. Y viajaron cruzando llanuras y desiertos, y no cesaron de andar hasta que llegaron a la vista de una ciudad grande y bien construida. Y el joven dejó a su padre y a su madre descansando a la sombra de las murallas, y entró solo en aquella ciudad. Y los transeúntes a quienes preguntó le informaron de que aquella ciudad era la capital de un sultán justo y magnánimo que hacía honor a reyes y sultanes. Entonces combinó él su plan y su proyecto, y al punto se volvió al lado de sus padres, a los cuales dijo: "Tengo intención de  venderos al sultán de esta ciudad, que es un gran sultán. ¿Qué os parece, ¡oh padres míos!? Y contestaron ellos: "¡Oh hijo nuestro! tú sabes mejor que nosotros lo que conviene y lo que no conviene, porque el Altísimo ha puesto la ternura en tu corazón y en tu espíritu toda la inteligencia. Y no podemos por menos de obedecerte con seguridad y confianza, pues hemos puesto nuestra esperanza en Alah y en ti, ¡oh hijo nuestro! ¡Y todo lo que a ti te parezca bien será de nuestro agrado!" Y de nuevo cogió el joven de la mano a sus viejos padres y se encaminó con ellos al palacio del sultán. Y les dejó en el patio del palacio y pidió que le introdujeran en la sala del trono para hablar al rey. Y como tenía un aspecto noble y hermoso, al punto fué introducido en la sala de audiencias. Y presentó sus homenajes al sultán, quien, cuando le miró, comprendió que, a no dudar, era hijo de grandes de la tierra, y le dijo: "¿Qué deseas, ¡oh joven esclarecido!?" Y el joven, tras de besar por segunda vez la tierra entre las manos del rey, contestó: "¡Oh mi señor! Traigo conmigo un cautivo, piadoso y temeroso del Señor, un modelo de honradez y de pundonor; y también traigo conmigo una cautiva, agradable de carácter, y dulce de maneras, y graciosa de lenguaje, y llena de todas las cualidades requeridas para esclava. Y ambos han conocido días mejores, y ahora se hallan perseguidos por el Destino. Por eso deseo venderlos a Tu Alteza, a fin de que sean servidores entre tus pies y esclavos a tu disposición, como los tres somos bienes inmobiliarios tuyos".
Cuando el rey hubo oído de labios del joven estas palabras, pronunciadas con delicioso acento, le dijo: "¡Oh joven sin par, que vienes a nos, caído del cielo acaso! siendo de tu propiedad los dos cautivos de que me hablas, no pueden por menos de complacerme. ¡Date prisa, pues, a ir a buscarlos, con objeto de que yo los vea y te los compre!" Y el joven volvió junto a su padre el rey pobre y junto a su madre la reina pobre, y cogiendo de las manos a ambos, que se prestaron a obedecerle, los llevó a presencia del rey.
Y el rey, a la primera mirada que echó al padre y a la madre del joven, se maravilló hasta el límite de la maravilla, y dijo: "Si éstos son esclavos, ¿cómo serán los reyes?" Y les preguntó: "¿Sois esclavos ambos y propiedad de este hermoso joven?" Y contestaron ellos: "Somos, en verdad, esclavos suyos y propiedad suya en todos sentidos, ¡oh rey del tiempo!" Entonces el rey se encaró con el joven, y le dijo: "Fija tú mismo el precio que te convenga para la venta de estos dos cautivos,  que no tienen igual en la morada de los reyes". Y dijo el joven: "¡Oh mi Señor! no hay tesoro que pueda indemnizarme de la pérdida de estos dos cautivos. Por eso no te los cederé a peso de oro ni de plata, sino que los dejaré entre tus manos en depósito hasta el día que designe la suerte. Y como precio de esta cesión temporal no quiero pedirte más que una cosa, tan preciosa en su género como lo son ambos entre las criaturas de Alah. En efecto, por la cesión del cautivo te pido el caballo más hermoso de tus cuadras, completamente ensillado, embridado y enjaezado, y por la cesión de la cautiva te pido un equipo como el que llevan los hijos de los reyes. Y pongo por condición que el día en que te devuelva el caballo y el equipo me devuelvas tú a los dos cautivos, que habrán sido una bendición para ti y para tu reino". Y contestó el sultán: "¡Sea como deseas!" Y en aquella hora y en aquel instante hizo que sacaran de las caballerizas y dieran al joven el caballo más hermoso que hubiese relinchado bajo la mirada del sol, un alazán tostado, de nasales palpitantes, de ojos a flor de cabeza, que venteaba el aire y golpeaba el suelo, pronto a la carrera y al vuelo. E hizo sacar del vestuario y entregárselo al joven, que se lo puso en seguida, el equipo más hermoso que llevó nunca un caballero en los torneos de justadores. Y estaba tan hermoso con todo ello el nuevo jinete, que el rey exclamó: "Si quieres quedarte conmigo, ¡oh caballero! te colmaré de beneficios!" Y dijo el joven: "Que Alah aumente el resto de tus días ¡ oh rey del tiempo! Pero no se encuentra aquí mi destino. Y es preciso que vaya yo a buscarlo donde me espera".
Y tras de hablar así dijo adiós a sus padres, se despidió del rey y partió al galope de su alazán. Y atravesó llanuras y desiertos, ríos y torrentes, y no cesó de viajar mientras no hubo llegado a la vista de otra ciudad mayor y mejor construida que la primera.
En cuanto entró en aquella ciudad se alzó a su paso un murmullo de extrañeza, y cada uno de sus pasos fué acogido con exclamaciones de sorpresa y de compasión. Y oía que decían unos: "¡Qué lástima para su juventud! ¿Por qué viene un jinete tan hermoso a exponerse a la muerte sin motivo?" Y decían otros: "¡Será el centésimo! ¡será el centésimo! ¡Es el más hermoso de todos! ¡Es un hijo de rey!" Y decían otros: "¡Un joven tan tierno no podrá tener éxito donde han fracasado tantos sabios!" Y el murmullo y las exclamaciones aumentaban conforme avanzaba él por las calles de la ciudad. Y acabó por hacerse tan densa la aglomeración en torno suyo y delante de él, que no pudo hacer avanzar a su caballo sin riesgo de atropellar a algún habitante. Y muy perplejo, se vió obligado a detenerse, y preguntó a los que le obstruían el camino: "¿Por qué ¡oh buenas gentes! impedís que un extranjero y su caballo vayan a reposar de sus fatigas? ¿Y por qué me rehusáis hospitalidad tan unánimemente?".
Entonces salió de en medio de la muchedumbre un anciano, que se adelantó hacia el joven, cogió de la brida al caballo, y dijo: "¡Oh hermoso joven! ¡ojalá te resguarde Alah de la calamidad! Que nadie puede evitar su destino, puesto que llevamos el destino atado al cuello, ningún hombre sensato podrá negarlo nunca; pero que en medio de una juventud en flor vaya alguien a arrojarse en la muerte, sin más ni más, es cosa que se halla en el dominio de la demencia. ¡Te suplicamos, pues,  y yo te lo suplico en nombre de todos los habitantes, ¡oh noble extranjero! que vuelvas sobre tus pasos y no expongas tu alma así a una perdición sin remedio!" Y contestó el joven: "¡Oh venerable jeique! ¡no entro en esta ciudad con intención de morir! ¿Cuál es, pues el acontecimiento singular que parece amenazarme, y cuál es ese peligro de muerte que voy a correr?" Y contestó el anciano: "Pues bien; si es cierto, como acaban de indicarnos tus palabras, que ignoras la calamidad que te espera en caso de seguir este camino, ¡voy a revelártela!" Y en medio del silencio de la muchedumbre, dijo: "Has de saber ¡ oh hijo  de reyes! ¡ oh hermoso joven sin par en el mundo! que la hija de nuestro rey es un princesa joven que, a no dudar, es la más bella entre todas las mujeres de este tiempo. Y he aquí que ha resuelto no casarse más que con el que responda de manera satisfactoria a todas las preguntas que ella le haga; pero a condición de que la muerte será el castigo de quien no pueda adivinar su pensamiento o deje pasar una pregunta sin contestarla como es debido. Y ya ha hecho cortar de tal suerte la cabeza a noventa y nueve jóvenes, todos hijos de reyes, de emires o de grandes personajes, entre los cuales había algunos que estaban instruidos en todas las ramas de los conocimientos humanos. Y la tal hija de nuestro rey habita de día en lo alto de una torre que domina la ciudad, y desde cuya altura hace las preguntas a los jóvenes que se presentan para resolverlas. ¡Así, pues, ya estás advertido! ¡Y por Alah sobre ti, ten piedad de tu juventud y apresúrate a volver con tu padre y tu madre, que te quieren, no vaya a ocurrir que la princesa oiga hablar de tu llegada y te haga llamar a su presencia! Y Alah te preserve de toda desgracia, ¡oh hermoso joven!"
Al oír estas palabras del anciano, el joven hijo de rey contestó: "Junto a esa princesa es donde me espera mi destino. ¡Oh vosotros todos! ¡indicadme el camino!" Entonces se exhalaron de toda aquella muchedumbre suspiros y gemidos, quejas y lamentos. Y alrededor del joven se alzaron gritos que decían: "¡Va a la muerte! ¡va a la muerte! ¡Es el centésimo! ¡es el centésimo!" Y se puso en marcha con él toda la marejada de circunstantes. Y le escoltaron miles de personas que habían cerrado sus tiendas y dejado sus ocupaciones por seguirle. Y de tal suerte avanzó por el camino que conducía a su destino.
Y no tardó en llegar a la vista de la torre, y en la terraza de aquella torre divisó a la princesa, que estaba sentada en su trono, revestida de la púrpura real y rodeada de sus esclavas jóvenes, vestidas de púrpura como ella. Y del rostro de la princesa, cubierto asimismo con un velo rojo, no se distinguían más que dos gemas sombrías, que eran los ojos, semejantes a dos lagos negros alumbrados por dentro. Y circundando toda la terraza, colgadas a igual distancia unas de otras por debajo de la princesa, se balanceaban las noventa y nueve cabezas cortadas.
Entonces el joven príncipe paró su caballo a alguna distancia de la torre, de manera que pudiese ver a la princesa y ser visto por ella, oír y ser oído. Y ante aquel espectáculo se acalló todo el tumulto de la muchedumbre. Y en medio de aquel silencio se hizo oír la voz de la princesa, que decía: "Puesto que eres el centésimo, ¡oh temerario joven! será porque sin duda estás pronto a responder a mis preguntas". Y el joven, orgullosamente erguido en su caballo, contestó: "Pronto estoy, ¡oh princesa!"
Y se hizo más completo el silencio, y dijo la princesa: "¡Empieza entonces por decirme sin vacilar, ¡oh joven! después de posar tus ojos en mí y en las que me rodean, a quién me asemejo y a quién se asemejan ellas, sentadas en lo alto de la torre!" Y después de posar los ojos en la princesa y en las que la rodeaban, el joven contestó sin vacilar:
"¡Oh princesa! tú te asemejas a un ídolo, y las que te rodean se asemejan a las servidoras del ídolo. Y también te asemejas al sol, y las que te rodean a los rayos del sol. Y asimismo te asemejas a la luna, y esas jóvenes a las estrellas que sirven de cortejo a la luna. ¡Y por último, te comparo con el mes de Nissán, que es el mes de las flores, y a todas esas jóvenes con las flores que vivifica él con su aliento!"
Cuando la princesa hubo oído esta respuesta, que la muchedumbre había acogido con un murmullo de admiración, se mostró satisfecha, y dijo: "Has acertado, ¡oh joven! y tu primera respuesta no merece la muerte. Pero ya que has resuelto mi primera pregunta, comparándonos, a mí y a estas jóvenes, primero con un ídolo y con las servidoras del ídolo y con las estrellas que dan cortejo a la luna, y por último, con el mes de Nissán y con las flores que nacen en el mes de Nissán, no te haré preguntas demasiado complicadas ni demasiado difíciles de resolver. Y por lo pronto, voy a exigirte que me digas al pie de la letra lo que significan estas palabras:
"Da a la desposada de Occidente el hijo del rey de Oriente, y nacerá de ellos un niño que será sultán de las caras hermosas".
Y el joven, sin vacilar un instante, contestó: "¡Oh princesa! esas palabras encierran todo el secreto de la piedra filosofal, y quieren decir místicamente lo que sigue:
"Haz corromper con la humedad que viene de Occidente la tierra sana adámica que viene de Oriente, y de esta corrupción se engendrará el mercurio filosófico, que es todopoderoso en la Naturaleza, y que engendrará el sol, y el oro hijo del sol, y la luna, y la plata hija de la luna, y que convertirá los guijarros en diamantes. ..
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y  cuando llegó la 846ª noche

Ella dijo:
"... el sol, y el oro hijo del sol, y la luna, y la plata hija de la luna, y que convertirá los guijarros en diamantes".
Y al oír esta respuesta la princesa hizo un signo de asentimiento; y dijo: "Ya que has sabido ¡oh joven! explicar el sentido oculto del matrimonio del hijo de Oriente con la hija de Occidente, también por esta vez escapas a la muerte suspendida sobre tu cabeza. ¿Pero podrás decirme ahora lo que da sus virtudes a los talismanes?"
Y el joven contestó desde su caballo: "¡Oh princesa! los talismanes deben sus virtudes sublimes y sus efectos maravillosos a las letras que los componen, porque las letras se relacionan con los espíritus. Y si me preguntaras qué es un espíritu, te diría que es un rayo o una emanación de las virtudes de la omnipotencia y de los atributos del Altísimo. Y los espíritus que residen en el mundo inteligible mandan en los que habitan en el mundo sublunar. ¡Y las letras forman las palabras, y las palabras componen las oraciones; y sólo los espíritus representados por las letras y reunidos en las oraciones escritas sobre los talismanes son los que hacen esos prodigios que asombran a los hombres vulgares, pero no turban a los sabios, que no ignoran el poder de las palabras y saben que las palabras gobiernan siempre al mundo, y que las frases escritas o proferidas pueden derribar a los reyes y arruinar sus imperios!"
Al oír esta respuesta del joven, que la multitud había acogido con exclamaciones de alegría y de asombro, la princesa dijo: "Has acertado ¡oh joven! a explicarme el poder de las palabras y de las frases que gobiernan el mundo y son más poderosas que los reyes todos. ¡Pero no sé si vas a poder responderme a la pregunta siguiente! ¿Sabrás decirme, en efecto, cuáles son los dos enemigos eternos?"
Y el joven, sobre su caballo, contestó: "¡Oh princesa! no diré que los dos enemigos eternos son el cielo y la tierra, porque la distancia que los separa no es una real, y el espacio que se abre entre ellos no es un espacio real, pues esa distancia y ese espacio, que parecen abismos, pueden llenarse en un instante, y el cielo puede unirse con la tierra en menos de un abrir y cerrar de ojos; que para operar esta unión no son necesarios ejércitos de genn y seres humanos, ni millares de alas, sino simplemente una cosa más poderosa que todas las fuerzas del genn y humanas, y más ligera y más dotada de virtud que las alas del águila y de la paloma, ¡y es la plegaria!
Y no te diré ¡oh princesa! que los dos enemigos eternos son la noche y el día, porque los une la mañana y los separa el crepúsculo, respectivamente. Y no te diré que los dos enemigos eternos son el sol y la luna, porque iluminan la tierra y están unidos por los mismos beneficios. ¡Y no te diré que los dos enemigos eternos son el alma y el cuerpo, porque si conocemos al uno, ignoramos completamente la otra, y no se puede emitir opinión acerca de lo que no se conoce! Pero sí te afirmo ¡oh princesa! que los dos enemigos eternos son la muerte y la vida, porque tan nefasta resulta la una como la otra, pues se sirven del ser creado como de un juguete que se disputan sin tregua a costa del tal juguete, y el juguete es quien acaba por ser la verdadera víctima de ese juego, en tanto que ellas no hacen más que crecer y prosperar. En verdad, he ahí a los dos enemigos eternos, enemigos de ellos mismos y enemigos de las criaturas".
Al oír esta respuesta del joven, la muchedumbre entera exclamó con una sola voz: "¡Loores a Quien te ha dotado de tanta prudencia y ha adornado tu espíritu con tanto raciocinio y saber!" Y la princesa, sentada en la torre en medio de las jóvenes vestidas, como ella, de púrpura real, dijo: "Has acertado ¡oh joven! en tu respuesta acerca de los dos enemigos eternos, enemigos de ellos mismos y enemigos de las criaturas. Pero no estoy segura de que contestes a la pregunta que voy a hacerte. ¿Puedes decirme, en efecto, cuál es el árbol de doce ramas que llevan cada una dos racimos, uno formado por treinta frutos blancos y otro por treinta frutos negros?"
Y el joven contestó, sin vacilar: "Esa pregunta ¡oh princesa! puede resolverla un niño. ¡Porque ese árbol no es otro que el año, que tiene doce meses, compuesto cada uno de dos partes, los dos racimos; pues cada racimo tiene treinta noches, que son los treinta frutos negros, y treinta días, que son los treinta frutos blancos!"
Y esta respuesta, acogida con admiración, como las anteriores, hizo decir a la princesa: "Has acertado, ¡oh joven! ¿Pero crees que podrás decirme cuál es la tierra que no ha visto el sol más que una vez?"
El contestó: "¡El fondo del mar Rojo al pasar por él los hijos de Israel por orden de Moisés! (¡Con El la plegaria y la paz!)".
Ella dijo: "¡Sí, por cierto! ¿Pero puedes decirme quién ha inventado el gong?"
El contestó: "Quien ha inventado el gong no es otro que Noé, cuando iba a bordo del arca".
Ella dijo: "¡Está bien! ¿Pero sabrás decirme cuál es la acción ilegal, hágase o no se haga?"
El contestó: "¡La plegaria de un hombre ebrio!"
Ella preguntó: "¿Y cuál es el lugar de la tierra que está más cerca del cielo? ¿Es una montaña o una llanura?"
El dijo: "¡La Kaaba santa, en la Meca!"
Ella dijo: "¡Acertaste ¿Pero puedes revelarme cuál es la cosa amarga que hay que tener oculta?"
El contestó: "La pobreza, ¡oh princesa! Porque, aunque joven, ya he probado la pobreza, y aunque soy hijo de rey, he experimentado su amargura. ¡Y me ha parecido que es más amarga que la mirra y que el ajenjo! Y hay que ocultarla a todos los ojos, pues los primeros que se reirían de ella serían los amigos y los vecinos; y las lamentaciones sólo desprecio traen consigo!"
Ella dijo: "Has hablado con precisión y de acuerdo con mi pensamiento. ¿Pero quieres decirme qué cosa es más preciosa después de la salud?"
El contestó: "La amistad cuando es tierna. Pero para encontrar el amigo capaz de ternura es preciso ponerle a prueba primero y escogerle luego. Y una vez que se haya escogido este primer amigo, no hay que renunciar a él nunca, pues no se conservará por mucho tiempo al segundo. Por eso, antes de escogerle, hay que examinarle bien para ver si es sabio o ignorante, porque más fácil sería que se volviera blanco el cuervo que hacer que el ignorante comprenda la sabiduría; pues las palabras del sabio, aunque nos pegue con un bastón, son preferibles a las alabanzas y a las flores del ignorante, que el sabio no deja escapar de su boca una palabra sin haber consultado a su corazón".
Ella preguntó: "¿Y cuál es el árbol más difícil de enderezar?" Y el joven contestó sin vacilar: "¡El mal carácter! Cuentan que había un árbol plantado a orillas del agua, en un terreno propicio, y no daba frutos. Y después de prodigarle toda clase de cuidados, sin obtener el menor resultado, su dueño quiso talarlo, y el árbol le dijo: "¡Transpórtame a otro paraje y te daré frutos!" Y su dueño le dijo: "Estás aquí a la orilla del agua y no has producido nada. ¿Cómo vas a ser fecundo si te transporto a otra parte?" ¡Y lo taló! Y el joven se interrumpió un momento, y dijo: "Cuentan también que un día se hizo entrar a un lobo en una escuela para enseñarle a leer. Y a fin de enseñarles los elementos de la lengua, le decía el maestro: "Alef, Ba, Ta..." Pero el lobo contestaba: "Carnero, cabrón, oveja ...", porque eso era lo que estaba en su pensamiento y en su naturaleza. Y también cuentan que se quiso acostumbrar a un burro a que fuera limpio e inspirarle gustos delicados. Y le hicieron entrar en el hammam, y le dieron un baño, y le perfumaron y le instalaron en una sala magnífica, y le hicieron sentarse sobre rica alfombra. Y he aquí que él hizo todo lo que de insólito puede hacer un burro en un herbazal, desde los ruidos más inconvenientes hasta las exhibiciones menos delicadas. Tras de lo cual derribó en la alfombra con la cabeza la estufa de cobre que estaba llena de ceniza, y se puso a revolcarse en la ceniza con las cuatro patas al aire, y las orejas hacia atrás, restregándose con ella el lomo y ensuciándose a su sabor. Y su amo dijo a los esclavos que acudieron para corregirle: "Dejadle que se revuelque; luego cogedle y dejadle en libertad en su cuadra. Porque no podríais cambiar su temperamento. Y por último, cuentan que un día decían a un gato: "Abstente de robar y te haremos un collar de oro, y a diario te daremos de comer hígado y pulmón y riñones y huevos de pollo y de ratón". Y el gato contestó francamente: "Si robar ha sido el oficio de mi padre y de mi abuelo, ¿cómo queréis que renuncie a él por daros gusto?"
¡Eso fué todo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 847ª noche

Ella dijo:
...Eso fue todo!
Y el joven príncipe, después de hablar así acerca del carácter del hombre y acerca de su naturaleza, dijo: "¡Oh princesa, nada más tengo que añadir!"
Entonces, del seno de aquella multitud aglomerada al pie de la torre, se elevaron al cielo gritos de admiración. Y dijo la princesa: "En verdad ¡oh joven! que has triunfado. ¡Pero no se han acabado las preguntas, y para cumplir las condiciones es preciso que te interrogue hasta la hora de la plegaria de la tarde!" Y el joven dijo: "¡Oh princesa! aun podrás hacerme preguntas, que te parecerán insolubles, pero yo las resolveré con ayuda del Altísimo. Por eso te suplico que no te canses la voz en interrogarme de ese modo, y permíteme que te diga que, sin duda alguna, sería preferible te hiciese yo mismo una pregunta. ¡Y si respondes a ella que me corten la cabeza como a mis predecesores; pero si no respondes a ella se celebrará sin tardanza nuestro matrimonio!" Y dijo la princesa: "¡Formula tu pregunta, pues acepto la condición!"
Y el joven preguntó: "¿Puedes decirme ¡oh princesa! cómo es posible que yo, esclavo tuyo, mientras estoy a caballo en este noble bruto, esté a caballo sobre mi propio padre, y cómo es posible que, mientras me hago visible a todos los ojos, esté arropado con las ropas de mi madre?"
Y la princesa reflexionó una hora de tiempo: pero no supo dar con ninguna respuesta. Y dijo: "¡Explícalo tú mismo!"
Entonces el joven, ante todo el pueblo congregado, contó a la princesa toda su historia, desde el principio hasta el fin, sin olvidar un detalle. Pero no hay utilidad en repetirla. Y añadió: "¡Y ve ahí cómo, habiendo cambiado por el caballo a mi padre el rey, y por este equipo a mi madre la reina, me encuentro a caballo sobre mi propio padre y arropado con las ropas de mi madre!"
¡Eso fué todo!
Y así fué como el joven hijo del rey pobre y de la reina pobre llegó a ser esposo de la princesa de los enigmas. Y así fue cómo, convertido en rey a la muerte del padre de su esposa, pudo restituir el caballo y el equipo al rey de la ciudad, que se los había prestado, y hacer ir a su lado a su padre y a su madre para vivir con ellos y con su esposa en el límite de los placeres y de las delicias. Y tal es la historia del joven que dijo palabras oportunas debajo de las noventa y nueve cabezas cortadas. ¡Pero Alah es más sabio!

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