Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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61.4 Historia del tercer loco

61 Historia complicada del adulterino simpático           
       61,1 Historia del mono jovenzuelo
       61,2 Historia del primer loco
       61,3 Historia del segundo loco
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HISTORIA DEL TERCER LOCO

"Has de saber, ¡oh mi soberano señor! y tú, ¡oh visir de buen consejo! vosotros, honrados chambelanes, antiguos compañeros míos de cadena, sabed que mi historia no tiene ninguna relación con las que se acaban de contar, porque si mis dos compañeros han sido víctimas de unas jóvenes, a mí me ha ocurrido una cosa muy distinta. Ya comprobaréis mi aserto por vosotros mismos.
Es el caso ¡oh señores míos! que era yo un niño todavía cuando mi padre y mi madre fallecieron en la misericordia del Retribuidor. Y fuí recogido por vecinos misericordiosos, pobres como nosotros, que no podían gastar en mi instrucción por no tener lo necesario, y me dejaban vagabundear por las calles, con la cabeza al aire y las piernas desnudas, sin tener por todo vestido más que media camisa de cotonada azul. Y no debía ser yo repugnante a la vista, porque los transeúntes que me veían recocerme al sol, a menudo se paraban para exclamar: "¡Alah preserve del mal de ojo a este niño! Es tan hermoso como un trozo de luna". Y a veces algunos de ellos me compraban halawa con garbanzos o caramelo amarillo y flexible, de ese que se estira como un bramante, y al dármelo me acariciaban en la mejilla, o me pasaban la mano por la cabeza, o me tiraban cariñosamente del mechón que tenía yo en medio de mi cráneo pelado. Y yo abría una boca enorme y me tragaba de un bocado toda la confitura. Lo cual hacía prorrumpir en exclamaciones admirativas a los que me miraban y abrir lo ojos con envidia a los pilluelos que jugaban conmigo. Y de tal suerte llegué a los doce años de edad.
Un día entre los días había yo ido con mis camaradas habituales a buscar nidos de gavilán y de cuervo en los tejados de las casas ruinosas, cuando divisé dentro de una choza recubierta con ramajes de palmera, en el fondo de un patio abandonado, la forma indecisa e inmóvil de un ser vivo. Y como sabía que los genn y los mareds frecuentan las casas desiertas, pensé: "¡Este es un mared!" Y poseído de espanto, bajé a escape del tejado de la ruina y quise echar a correr para distanciarme de aquel mared. Pero de la choza salió una voz muy dulce, que me llamó, diciendo: "¿Por qué huyes, hermoso niño? ¡Ven a probar la sabiduría! Ven a mí sin miedo. No soy ni un genn ni un efrit, sino un ser humano que vive en la soledad y en la contemplación. Ven, hijo mío, que te enseñaré la sabiduría...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 843ª noche

Ella dijo:
"...Ven, hijo mío, y te enseñaré la sabiduría". Y retenido de pronto en mi fuga por una fuerza irresistible, volví sobre mis pasos y me dirigí a la choza, en tanto que la voz dulce continuaba diciéndome: "¡Ven, hermoso niño, ven!" Y entré en la choza y vi que la forma inmóvil era un viejo muy anciano que debía tener un número incalculable de años. Y a pesar de su mucha edad, su rostro era como el sol. Y me dijo: "Bienvenido sea el huérfano que viene a heredar mi enseñanza!" Y me dijo aún: "Yo seré tu padre y tu madre". Y me cogió de la mano y añadió: "Y tú serás mi discípulo". Y tras de hablar así me dió el beso de paz, y me hizo sentarme a su lado, y comenzó al instante mi instrucción. Y quedé subyugado por su palabra y por la hermosura de su enseñanza; y por ella renuncié a mis juegos y a mis camaradas. Y fué él para mí un padre y una madre. Y le demostré un respeto profundo, una ternura extremada y una sumisión sin límites. Y transcurrieron cinco años, durante los cuales adquirí una instrucción admirable. Y mi espíritu se alimentó con el pan de la sabiduría.
Pero ¡oh mi señor! toda sabiduría es vana si no se siembra en un terreno cuyo fondo sea propicio. Porque se borra al primer roce del rastrillo de la locura, que rae la capa fértil. Y debajo sólo quedan la sequía y la esterilidad.
Y pronto había de experimentar yo por mí mismo la fuerza de los instintos victoriosos de los preceptos.
Un día, en efecto, habiéndome enviado mi maestro, el viejo sabio, a mendigar nuestra subsistencia en el patio de la mezquita, me dediqué a esta tarea; y después de ser favorecido con la generosidad de los creyentes, salí de la mezquita y emprendí el camino de nuestro retiro. Pero por el camino ¡oh mi señor! me crucé con un grupo de eunucos en medio de los cuales se contoneaba una joven tapada, cuyos ojos tras el velo me parecieron encerrar el cielo todo. Y los eunucos iban armados de  largas pértigas, con las cuales daban en el hombro a los transeúntes para alejarles del camino seguido por su señora. Y por todos lados oía yo murmurar a la gente: "¡La hija del sultán! ¡la hija del sultán!"
Y volví al lado de mi maestro ¡oh mi señor! con el alma emocionada y el cerebro en desorden.
Y de una vez olvidé las máximas de mi maestro, y mis cinco años de sabiduría, y los preceptos de la renunciación. Y mi maestro me miró tristemente, en tanto que lloraba yo. Y nos pasamos toda la noche uno junto a otro sin pronunciar una palabra. Y por la mañana, tras de besarle la mano, como tenía por costumbre, le dije: "¡Oh padre mío y madre mía, perdona a tu indigno discípulo! Pero es preciso que mi alma vuelva a ver a la hija del sultán, aunque no sea más que para posar en ella una sola mirada! Y mi maestro me dijo: "¡Oh hijo de tu padre y de tu madre! ¡oh niño mío! ya que tu alma lo desea, verás a la hija del sultán! ¡Pero piensa en la distancia que hay entre los solitarios de la sabiduría y los reyes de la tierra! ¡Oh hijo de tu padre y de tu madre, alimentado con mi ternura! ¿olvidas cuán incompatible es la sabiduría con el trato de las hijas de Adán, sobre todo cuando son hijas de reyes? ¿Y has renunciado, por lo visto, a la paz de tu corazón? ¿Y quieres que muera yo persuadido de que a mi muerte desaparecerá el último observante de los preceptos de la soledad? ¡Oh hijo mío! ¡nada tan lleno de riqueza como la renunciación, y nada tan satisfactorio como la soledad!" Pero yo contesté: "¡Oh padre mío y madre mía! si no veo a la princesa, aunque no sea más que para posar en ella una sola mirada, moriré".
Entonces, al ver mi tristeza y mi aflicción, mi maestro, que me quería, me dijo: "Hijo. ¿Satisfaría todos tus deseos una mirada que posases en la princesa?" Y contesté: "¡Sin duda alguna!" Entonces mi maestro se acercó a mí suspirando, frotó el arco de mis cejas con una especie de ungüento, y en el mismo instante desapareció parte de mi cuerpo y no quedó visible de mi persona más que la mitad de un hombre, un tronco dotado de movimiento. Y mi maestro me dijo: "Transpórtate ahora a la ciudad. Y allá esperarás así lo que ansías". Y contesté con el oído y la obediencia, y me transporté en un abrir y cerrar de ojos a la plaza pública, donde, en cuanto llegué, me vi rodeado de una muchedumbre innumerable. Y todos me miraban con asombro. Y de todos lados acudían para contemplar a un ser tan singular que sólo tenía de hombre la mitad y que se movía con tanta rapidez. Y en seguida cundió por la ciudad el rumor de tan extraño fenómeno, y llegó hasta el palacio en que vivía la hija del sultán con su madre. Y ambas desearon satisfacer su curiosidad para conmigo, y enviaron a los eunucos para que me cogieran y me llevaran a presencia suya. Y fui conducido al palacio e introducido en el harén, donde la princesa y su madre satisficieron su curiosidad para conmigo, mientras yo miraba. Tras de lo cual hicieron que me cogieran los eunucos, y me transportaran al sitio de que me sacaron. Y con el alma más atormentada que nunca y el espíritu más trastornado regresé a la choza de mi maestro.
Y me le encontré acostado en la estera, con el pecho oprimido y la tez amarilla, como si estuviese en agonía. Pero tenía yo entonces demasiado ocupado el corazón para atormentarme por él. Y me preguntó con voz débil: "¿Has visto ¡oh hijo mío! a la hija del sultán?" Y contesté: "Sí, pero ha sido peor que si no la hubiera visto. ¡Y en adelante no podrá tener reposo mi alma si no consigo sentarme junto a ella y saciar mis ojos del placer de mirarla!" Y me dijo él, lanzando un profundo suspiro: "¡Oh bienamado discípulo mío! ¡cómo tiemblo por la paz de tu corazón! ¡Ah! ¿qué relación podrá existir jamás entre los de la Soledad y los del Poder?" Y contesté: "¡Oh padre mío! mientras no descanse mi cabeza junto a la suya, mientras no la mire y no toque con mi mano su cuello encantador, me creeré en el límite extremo de la desdicha y moriré de desesperación".
Entonces mi maestro, que me quería, inquieto por mi razón a la vez que por la paz de mi corazón, me dijo, mientras le sacudían dolorosamente las boqueadas: "¡Oh hijo de tu padre y de tu madre! -oh niño que llevas en ti la vida y olvidas cuán turbadora y corruptora es la mujer! vete a satisfacer todos tus deseos; pero como último favor te suplico que caves aquí mi tumba y me sepultes sin poner ninguna piedra indicadora del lugar en que yo repose. Acércate, hijo mío, para que te dé el medio de lograr tus propósitos".
Y yo ¡oh mi señor! me incliné sobre mi maestro, que me frotó los párpados con una especie de kohl en polvo negro muy fino, y me dijo: "¡Oh antiguo discípulo mío! hete aquí hecho invisible para los ojos de los hombres, gracias a las virtudes de este kohl. ¡Y que la bendición de Alah sea sobre tu cabeza y te preserve, en la medida de lo posible, de las emboscadas de los malditos que siembran la confusión entre los elegidos de la Soledad!"
Y tras de hablar así, mi venerable maestro quedó como si no hubiera existido nunca. Y me apresuré a enterrarle en una fosa que cavé en la choza donde había él vivido. ¡Alah le admita en Su misericordia y le dé un sitio escogido! Tras de lo cual me apresuré a correr al palacio de la hija del sultán.
Y he aquí que, como yo era invisible a todos los ojos, entré en el palacio sin ser notado, y prosiguiendo mi camino penetré en el harén y fui derecho al aposento de la princesa. Y la encontré acostada en su lecho, durmiendo la siesta, y sin llevar encima por todo vestido más que una camisa de tisú de Mossul. Y yo, que en mi vida había tenido todavía ocasión de ver la desnudez de una mujer, ¡oh mi señor! fui presa de una emoción que acabó de hacerme olvidar todas las sabidurías y todos los preceptos. Y exclamé: "¡Alah! ¡Alah!"
Y lo hice en voz tan alta, que la joven entreabrió los ojos, lanzando un suspiro, despierta a medias y dando media vuelta en su lecho. Pero aquello fué todo, felizmente. ¡Y yo ¡oh mi señor! vi entonces lo inexpresable! Y quedé asombrado de que una joven tan frágil y tan fina poseyese un trasero tan gordo. Y muy maravillado, me aproximé más, sabiendo que era invisible, y muy dulcemente puse el dedo en aquel trasero para tentarle y satisfacer aquel deseo de mi corazón. Y observé que era rollizo y duro y mantecoso y granulado. Pero no volvía de la sorpresa en que me había sumido su volumen, y me pregunté: "¿Para qué tan gordo? ¿para qué tan gordo?" Y tras de reflexionar acerca del particular, sin dar con una respuesta satisfactoria, me apresuré a ponerme en contacto con la joven. Y lo hice con precauciones infinitas para no despertarla. Y cuando me pareció que había pasado el primer momento de peligro me aventuré a hacer algún movimiento. Y poco a poco, poco a poco, el niño que tú sabes ¡oh mi señor! entró en juego a su vez. Pero se guardó mucho de ser grosero y de utilizar en modo alguno procedimientos reprobables; y también él se limitó a entablar conocimiento con lo que no conocía. Y nada más ¡oh mi señor! Y a ambos nos pareció que, para ser la primera vez, habíamos visto lo bastante para formar juicio.
Pero he aquí que, en el momento mismo en que iba a levantarme, el Tentador me impulsó a pellizcar a la joven, precisamente en medio de una de aquellas asombrosas redondeces cuyo volumen me tenía perplejo, y no pude resistir a la tentación, y ya ves, pellizqué a la joven en medio de aquella redondez. Y (¡alejado sea el Maligno!) fué tan viva la impresión que experimentó ella, que saltó del lecho, despierta ya del todo, lanzando un grito de espanto, y llamó a su madre a grandes Voces.. .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 844ª noche

Ella dijo:
... fue tan viva la impresión que experimentó ella, que saltó del lecho, despierta ya del todo, lanzando un grito de espanto, y llamó a su madre a grandes voces.
Al oír las señales de alarma de su hija y sus gritos de terror y sus voces pidiendo socorro, acudió la madre enredándose los pies en la ropa y seguida de cerca por la vieja nodriza de la joven y por los eunucos. Y la joven continuaba gritando, llevándose la mano al sitio de su pellizco: "¡En Alah me refugio del Cheitán lapidado!"
Y su madre y la vieja nodriza le preguntaron al mismo tiempo: "¿Qué ocurre? ¿qué ocurre? ¿Y por qué te llevas la mano al honorable? ¿Y qué tiene el honorable? ¿Y qué le ha sucedido al honorable? ¡Enséñanos el honorable!" Y la nodriza se encaró con los eunucos, lanzándoles una mirada atravesada, y les gritó: "¡Retiraos un poco!" Y los eunucos se alejaron, maldiciendo entre dientes a la vieja calamitosa.
¡Eso fué todo! y yo veía sin ser visto, merced al kohl de mi difunto maestro. (¡Que Alah le tenga en su gracia!)
El caso es que, al sentirse acosada por las preguntas apremiantes que en un instante le hicieron su madre y su nodriza, alargando el cuello para ver qué era la cosa, la joven, ruborosa y dolorida, acabó por pronunciar: "¡Es esto! ¡es esto! ¡el pellizco! ¡el pellizco!" Y las dos mujeres miraron y vieron en el honorable la huella roja y ya hinchada de mi pulgar y de mi dedo del corazón. Y retrocedieron asustadas y en extremo indignadas, exclamando: "¡Oh maldita! ¿quién te ha hecho eso? ¿quién te ha hecho eso?" Y la joven se echó a llorar, diciendo: "¡No lo sé! ¡no lo sé!" Y añadió: "¡Me han pellizcado mientras soñaba que me comía un cohombro muy gordo!" Y al oír estas palabras, las dos mujeres se inclinaron al mismo tiempo, y miraron detrás de las cortinas y debajo de las tapicerías y del mosquitero; y como no encontraron nada sospechoso, dijeron a la joven: "¿Estás bien segura de que no te has pellizcado tú misma durmiendo?"
Ella contestó: "¡Antes me moriría que pellizcarme tan cruelmente!"
Entonces dió su opinión la vieja nodriza, diciendo: "No hay recurso ni poder más que en Alah el Altísimo, el Omnipotente. ¡Quien ha pellizcado a nuestra hija es un innombrable entre los innombrables que pueblan el aire! Y ha debido entrar aquí por esa ventana abierta, y al ver a nuestra hija con el honorable al aire no ha podido resistir al deseo de pellizcarla ahí mismo. Y eso es lo que ha pasado por lo visto". Y tras de hablar así corrió a cerrar la ventana y la puerta, y añadió: "Antes de poner a nuestra hija una compresa de agua fresca y vinagre es preciso que nos apresuremos a ahuyentar al Maligno. Y no hay más que un medio eficaz, y consiste en quemar en la estancia estiércol de camello. Porque el estiércol de camello es incompatible con el olor de los genn, de los mareds y de todos los innombrables. ¡Y yo sé las palabras que hay que pronunciar al tiempo de esa fumigación!"
Y al punto gritó a los eunucos agrupados detrás de la puerta: "¡Traednos pronto un cesto con estiércol de camello!"
Y en tanto que los eunucos iban a ejecutar la orden, la madre se acercó a su hija, y le preguntó: "¿Estás segura ¡oh hija mía! de que el Maligno no te ha hecho nada más? ¿Y no has sentido nada que indique lo que quiero decirte?"
La joven dijo: "¡No sé!" Entonces la madre y la nodriza bajaron la cabeza y examinaron a la joven. Y vieron ¡oh mi señor! que, conforme te dije, todo estaba en su sitio y que no había ninguna huella de violencia por delante ni por detrás. Pero la nariz de la maldita nodriza, que era perspicaz, le hizo decir: "¡He sentido en nuestra hija el olor de un genni macho!" Y gritó a los eunucos: "¿Dónde está el estiércol, ¡oh malditos!?" Y en aquel momento llegaron los eunucos con el cesto; y se apresuraron a pasárselo a la vieja por la puerta entreabierta un instante.
Entonces, después de quitar las alfombras que cubrían el suelo, la vieja nodriza derramó el estiércol del cesto en las baldosas de mármol y le prendió fuego. Y no bien se elevó el humo se puso a murmurar sobre el fuego palabras desconocidas, trazando en el aire signos mágicos.
Y he aquí que el humo del estiércol quemado, que llenaba el aposento, atacó a mis ojos de una manera tan insoportable que se me llenaron de agua, y me vi obligado a secármelos repetidamente con los bajos de mi ropa. Y no se me ocurrió ¡oh mi señor! que, con esta maniobra, me iba quitando el kohl, cuyas virtudes me hacían invisible y del que había tenido la imprevisión de no llevarme un buen repuesto antes de la muerte de mi maestro.
Y efectivamente, oí que las tres mujeres lanzaron de pronto tres gritos simultáneos de espanto, señalando con el dedo el sitio donde yo estaba: "¡Ahí está el efrit! ¡ahí está el efrit! ¡ahí está el efrit!" Y pidiendo socorro a los eunucos, que al punto invadieron la habitación y se arrojaron sobre mí y quisieron matarme. Pero les grité con la voz más terrible que pude: "¡Si me hacéis el menor daño llamaré en mi ayuda a mis hermanos los genn, que os exterminarán y harán que se derrumbe este palacio sobre la cabeza de sus habitantes!"
Entonces se atemorizaron y se contentaron con sujetarme. Y me gritó la vieja: "¡Los cinco dedos de mi mano izquierda en tu ojo derecho y los cinco dedos de mi otra mano en tu ojo izquierdo!" Y yo le dije: "¡Cállate, ¡oh hechicera maldita! o llamo a mis hermanos los genn, que te dejarán más ancha que larga!" Entonces ella tuvo miedo y se calló. Pero fué para exclamar al cabo de un momento: "Como es un efrit no podemos matarle. ¡Pero podemos encadenarle para el resto de sus años!"
Y dijo a los eunucos: "Cogedle y conducidle al maristán, y echadle una cadena al cuello, y remachad la cadena en el muro. ¡Y decid a los celadores que, si le dejan escapar, su muerte será segura!"
Y al punto, ¡oh mi señor! me trajeron los eunucos, alargándoseme la nariz, y me metieron en este maristán, donde encontré a mis dos antiguos compañeros, que ahora son tus honorables chambelanes. ¡Y tal es mi historia! Y tal es ¡oh mi señor sultán! el motivo de mi encarcelamiento en esta prisión de locos y de esta cadena que llevo al cuello. Y ya te he contado todo de cabo a rabo, y por eso espero de Alah y de ti ser absuelto de mis errores, y que tu bondad me libre de estos cerrojos para llevarme adonde sea, pero quitándome esta argolla. Y lo mejor sería que yo llegara a ser el esposo de la princesa por quien estoy loco. ¡Y el Altísimo está por encima de nosotros!"

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