Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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61.3 Historia del segundo loco

61 Historia complicada del adulterino simpático           
       61,1 Historia del mono jovenzuelo
       61,2 Historia del primer loco
       61,3 Historia del segundo loco
       61,4 Historia del tercer loco





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HISTORIA DEL SEGUNDO LOCO

"¡Oh nuestro señor sultán, y tú, juicioso visir, y tú, antiguo compañero mío de cadena! Sabed que el motivo de mi encarcelamiento en este maristán es todavía más sorprendente que el que conocéis ya, porque si este compañero mío fué encerrado como loco sin estarlo, fué por culpa suya y a causa de su credulidad y confianza en sí mismo. ¡Pero si yo he pecado ha sido precisamente por el exceso contrario, como vais a ver, siempre que queráis permitirme proceder con orden!" Y el sultán y su visir y su nuevo chambelán, que era el antiguo loco primero, contestaron de común acuerdo: "¡Desde luego!" Y el visir añadió: "Por cierto que, cuando más orden pongas en tu relato quedaremos mejor dispuestos para considerar que estás comprendido injustamente en el número de los locos y los dementes".
Y el joven comenzó su historia en estos términos:
"Sabed, pues, ¡oh señores míos y corona de mi cabeza! que también yo soy un mercader hijo de mercader, y que antes de que me arrojasen a este maristán tenía en el zoco una tienda, donde vendía brazaletes y adornos de todas clases a las mujeres de los señores ricos. Y en la época en que comienza esta historia no tenía yo más que dieciséis años de edad, y ya estaba reputado en el zoco por mi gravedad, mi honestidad, mi cabeza pesada y mi seriedad con los negocios. Y nunca trataba yo de entablar conversación con las damas clientes mías; y no les decía más que las palabras precisas para ultimar los tratos. Y además practicaba los preceptos del Libro, y nunca levantaba los ojos para mirar a una mujer entre las hijas de los musulmanes. Y los mercaderes me citaban como ejemplo a sus hijos cuando les llevaban consigo por primera vez al zoco. Y más de una madre se había ya puesto al habla con mi madre, pensando en mí para algún matrimonio honorable. Pero mi madre se reservaba la respuesta para mejor ocasión, y eludía la cuestión, pretextando mi poca edad y mi calidad de hijo único y mi temperamento delicado.
Un día estaba yo sentado ante mi libro de cuentas y repasaba el contenido, cuando vi entrar en mi tienda una remilgada negrita, que, después de saludarme con respeto, me dijo: "¿Es ésta la tienda del señor mercader Fulano?" y yo dije: "¡Esta es, en verdad!" Entonces ella, con precauciones infinitas y mirando prudentemente a derecha y a izquierda con sus ojos de negra, se sacó del seno un billetito, que me tendió, diciendo: "Esto de parte de mi señora. Y aguarda el favor de una respuesta". Y entregándome el papel se mantuvo a distancia en espera de mi contestación.
Y yo, después de desdoblar el billete, lo leí, y me encontré con que contenía una oda escrita en versos inflamados en loor y honor míos. Y los versos finales formaban con su trama el nombre de la que se decía enamorada de mí.
Entonces, ¡oh mi señor sultán! me mostré extremadamente enfadado por aquella audacia, y estimé que era un atentado grave a mi buena conducta, o acaso una tentativa para arrastrarme a alguna aventura peligrosa o complicada. Y cogí aquella declaración, y la rompí, y la pisotee. Luego avancé hacia la negrita, y la cogí de una oreja, y le administré algunos bofetones y algunos torniscones bien dados. Y rematé el correctivo dándole un puntapié que la hizo rodar fuera de mi tienda. Y la escupí en el rostro muy ostensiblemente, con objeto de que viesen mi acción todos mis vecinos y no pudiesen dudar de mi honradez y de mi virtud, y le grité: "¡Ah! ¡hija de los mil cornudos de la impudicia, ve a contar todo eso a tu señora, la hija de alcahuetes!" Y al ver aquello todos mis vecinos murmuraron entre sí con admiración; y uno de ellos me mostró con el dedo a su hijo, diciéndole: "¡Caiga la bendición de Alah sobre la cabeza de este joven virtuoso! ¡Ojalá ¡oh hijo mío! llegaras tú a saber a su edad rechazar las ofertas de las malignas y los perversos que acechan a los jóvenes hermosos!"
Y he aquí ¡oh señores míos! lo que hice a los dieciséis años. Y sólo ahora es cuando veo con lucidez todo lo que mi conducta tuvo de grosera, desprovista de discernimiento, llena de estúpida vanidad y de amor propio fuera de lugar, hipócrita, cobarde y brutal. Y aunque más tarde hube de experimentar sinsabores, como consecuencia de aquella tontería, considero que merecí más aún, y que esta cadena, que actualmente llevo al cuello por un motivo distinto en absoluto, debió serme infligida a raíz de aquel primer acto insensato. Pero, de todos modos, no quiero confundir el mes de Chabán con el mes de Ramadán, y continúo procediendo con orden en el relato de mi historia.
Pues bien, ¡oh mis señores! tras de aquel incidente transcurrieron días y meses, y me convertí en todo un hombre. Y hube de conocer a las mujeres y todo lo consiguiente, aunque era soltero; y sentía que había llegado en realidad el momento de elegir una joven que fuese mi esposa ante Alah y madre de mis hijos. Por cierto que había de quedar bien servido, como vais a oír. Pero no anticiparé nada, y procederé con orden.
En efecto, una siesta vi acercarse a mi tienda, entre cinco o seis esclavas blancas que la servían de cortejo, a una joven de amor, ataviada con las alhajas más preciosas, las manos teñidas de henné y las trenzas de sus cabellos flotando sobre sus hombros, que avanzó con gracia, contoneándose con nobleza y coquetería...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 838ª noche

Ella dijo:
... a una joven de amor, ataviada con las alhajas más preciosas, las manos teñidas de henné y las trenzas de sus cabellos flotando sobre sus hombros, que avanzó con gracia, contoneándose con nobleza y coquetería. Y como una reina, entró en mi tienda, seguida de sus esclavas, y se sentó después de favorecerme con una zalema graciosa. Y me dijo ¡Oh joven! ¿tienes un buen surtido de adornos de oro y plata?" Y contesté: "¡Oh mi señora! ¡los tengo de todas las especies posibles y de las demás!" Entonces me pidió que le enseñara anillos de oro para los tobillos. Y le llevé lo más hermoso y más pesado que tenía en anillos de oro para los tobillos. Y les echó una mirada distraída y me dijo: "¡Pruébamelos!" Y al punto se bajó una de sus esclavas y levantándole la orla de su traje  de seda descubrió ante mis ojos el tobillo más fino y más blanco que salió de los dedos del Creador. Y le probé los anillos; pero no pude encontrar en mi tienda ninguno bastante estrecho para la finura de sus piernas moldeadas en el molde de la perfección. Y al ver mi azoramiento ella sonrió y dijo: "No te importe, ¡oh joven! Ya te tomaré otra cosa. Pero el caso es que me habían dicho en mi casa que yo tenía las piernas de elefante. ¿Es verdad eso?" Y exclamé: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti y sobre la perfección de tus tobillos, ¡oh mi señora! ¡Al verlos se moriría de envidia la gacela!" Entonces me dijo ella: "¡Enséñame brazaletes!" Y con los ojos llenos todavía de la visión de sus tobillos adorables y de sus piernas de perdición, busqué lo más fino y más estrecho que tenía en brazaletes de oro y de esmalte, y se lo traje. Pero me dijo ella: "Pruébamelos tú mismo. Estoy muy cansada hoy".
Y al punto se precipitó una de sus esclavas a alzar las mangas de su señora. Y a mis ojos apareció un brazo ¡ay! ¡ay! como un cuello de cisne, más blanco y más liso que el cristal y rematado por una muñeca y una mano y unos dedos ¡ay! ¡ay! de azúcar cande, ¡oh mi señor! de dátiles confitados, una alegría para el alma, una delicia, una pura delicia suprema. E inclinándome, probé mis brazaletes en aquel brazo milagroso. Pero los más estrechos, los confeccionados para manos de niño, bailaban vergonzosamente en sus finas muñecas transparentes; y me apresuré a retirarlos, temeroso de que su contacto lastimase aquella piel cándida. Y sonrió ella de nuevo al ver mi confusión, y me dijo: "¿Qué has visto, ¡oh joven!? ¿Soy manca, o acaso tengo manos de pato, o quizá un brazo de hipopótamo?" Y exclamé: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, y sobre la redondez de tu brazo blanco, y sobre la forma de tus dedos de hurí, ¡oh mi señora!" Y me dijo ella: "¿Verdad que sí? Pues, sin embargo, en casa me afirmaron lo contrario con frecuencia".
Luego añadió: "Enséñame collares y colgantes de oro". Y tambaleándome sin haber probado el vino, me apresuré a mostrarle lo más rico y ligero que tenía yo en collares y colgantes de oro.
Y al punto, con religioso cuidado, una de sus esclavas descubrió, al mismo tiempo que el cuello de su ama, parte de su pecho. Y los dos senos, ¡ah! ¡ah! los dos a la vez, ¡oh mi señor! los dos pechitos de marfil rosa, aparecieron redondos y erguidos sobre la nieve deslumbradora del pecho; y se dirían colgados del cuello de mármol puro, como dos hermosos niños gemelos colgados al cuello de su madre. Y al ver aquello no pude por menos de gritar, volviendo la cabeza: "¡Tapa, tapa! ¡Que Alah corra sus velos!" Y me dijo ella: "¿Es que no vas a probarme los collares y colgantes? ¡Pero no te importe! Ya te tomaré otra cosa. Sin embargo, dime antes si soy deforme, o tetuda como la hembra del búfalo, y negra y velluda. ¿O acaso estoy tan flaca y seca como un pescado salado, y tan lisa como el banco de un carpintero?" Y exclamé: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, y sobre tus carnes ocultas, y sobre tus frutos ocultos, y sobre toda tu hermosura oculta, ¡oh mi señora!" Y dijo ella: "¿Entonces me han engañado los que me afirmaron a menudo que no podía encontrarse nada más feo que mis formas ocultas?" Y añadió: "Está bien; pero ya que no te atreves ¡oh joven! a probarme estos collares de oro y estos colgantes, ¿podrías, al menos, probarme cinturones?"
Y luego de traerle lo más flexible y ligero que tenía en cinturones de filigrana de oro, los puse a sus pies discretamente. Pero me dijo ella: "¡No, no! ¡por Alah, pruébamelos tú mismo!" Y yo ¡oh mi señor sultán! tuve que responder con el oído y la obediencia, y adivinando de antemano cuál sería la finura de aquella gacela, escogí el cinturón más pequeño y más estrecho, y por encima de sus trajes y velos se lo ceñí al talle. Pero aquel cinturón, confeccionado de encargo para una princesa niña, resultaba muy ancho para aquel talle tan fino que no proyectaba sombra en el suelo, y tan derecho que habría causado la desesperación de un escriba de la letra alef, y tan flexible que habría hecho secarse de despecho al árbol ban, y tan tierno que habría hecho derretirse de envidia a un rollo de manteca fina, y tan gracioso que habría puesto en fuga, avergonzado, a un tierno pavo real, y tan ondulante que habría hecho perderse al tallo del bambú. Y al ver que no lograba mi propósito,  me quedé muy perplejo y no supe cómo excusarme.
Pero me dijo ella: "Por lo visto, debo ser contrahecha, con una joroba doble por detrás y una joroba doble por delante, con un vientre de forma innoble y una espalda de dromedario!" Y exclamé: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, y sobre tu talle, y sobre lo que le precede, y sobre lo que le acompaña, y sobre todo lo que le sigue. ¡oh mi señora!" Y ella me dijo: "Estoy asombrada, ¡oh joven! ¡Porque en casa me han confirmado a menudo esta opinión desventajosa de mí misma! i De todos modos, ya que no puedes encontrar cinturón para mí, creo que no te será imposible encontrar pendientes de anilla y un frontal de oro para sujetarme los cabellos!" Y así diciendo, se levantó por sí misma el velillo del rostro, e hizo aparecer a mi vista su cara, que era la luna llena en su decimocuarta noche. Y al ver aquellas dos piezas preciosas de sus ojos babilónicos, y sus mejillas de anémona, y su boquita, estuche de coral, que encerraba un brazalete de perlas, y todo su rostro conmovedor, se me paró la respiración y no pude hacer un movimiento para buscar lo que me pedía. Y sonrió ella, y me dijo: "Comprendo ¡oh joven! que te hayas asombrado de mi fealdad. Ya sé, porque me lo han repetido muchas veces, que mi rostro es de una fealdad espantosa, picado de viruela y apergaminado, que soy tuerta del ojo derecho y bizca del ojo izquierdo, que tengo una nariz gorda y horrible, y una boca fétida, con los dientes desencajados y movibles, y, por último, que estoy mutilada y rapada de orejas. ¡Y no hay para qué hablar de mi piel, que es sarnosa, ni de mis cabellos, que son lacios y quebradizos, ni de todos los horrores invisibles de mi interior!"
Y exclamé: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh mi señora! y sobre tu belleza invisible, ¡oh revestida de esplendor! y sobre tu pureza, ¡oh hija de los lirios! y sobre tu olor, ¡oh rosa! y sobre tu brillo y tu blancura, ¡oh jazmín! y sobre cuanto en ti puede verse, olerse o tocarse. ¡Y dichoso aquel que pueda verte, olerte o tocarte!"
Y me quedé aniquilado de emoción, ebrio con una embriaguez mortal.
Entonces la joven de amor me miró con una sonrisa de sus ojos rasgados, y me dijo: "¡Ay! ¡ay! ¿por qué, pues, me detesta mi padre hasta el punto de atribuirme todas las fealdades que te he enumerado? Porque es mi mismo padre, y no otro, quien me ha hecho creer siempre en todos esos presuntos horrores de mi persona. ¡Pero loado sea Alah, que me demuestra lo contrario por intervención tuya! Porque ahora estoy convencida de que no me ha engañado mi padre, sino que es presa de una alucinación que le hace verlo todo feo en torno mío. Y para desembarazarse de mi vista, que le pesa, está dispuesto a venderme como a una esclava en el mercado de esclavas de desecho". Y yo ¡ oh mi señor! exclamé: "¿Y quién es tu padre, ¡oh soberana de la belleza!?" Ella me contestó: "¡El jeique al-Islam en persona!"
Y exclamé inflamado: "Entonces, por Alah, mejor que venderte en el mercado de esclavas, ¿no consentiría en casarte conmigo?"
Ella dijo: "Mi padre es un hombre íntegro y concienzudo. ¡Y como se imagina que su hija es un monstruo repelente, no querrá tener sobre la conciencia la unión de ella con un joven como tú! Pero puedes, a pesar de todo, aventurar tu petición. Y a tal fin, voy a indicarte el medio de que te has de valer para tener más probabilidades de convencerle".
Y tras de hablar así, la joven del perfecto amor reflexionó un momento, y me dijo: "¡Escucha! Cuando te presentes a mi padre, que es el Jeique al-Islam, y le hagas tu petición de matrimonio, te dirá seguramente: "¡Oh hijo mío! conviene que abras los ojos. Has de saber que mi hija es una impedida, una lisiada, una jorobada, una. . ." Pero le interrumpirás para decirle: "¡Que me place! ¡que me place!" Y continuará él: "Mi hija es tuerta, desorejada, repugnante, coja, babosa, meona..." Pero le interrumpirás para decirle: "¡Que me place! ¡que me place!" Y continuará él: "¡Oh pobre! mi hija es antipática, viciosa, pedorrera, mocosa..." Pero le interrumpirás para decirle: "¡Que me place! ¡que me place!" Y continuará él: "¡Pero si no sabes ¡oh pobre! que mi hija es bigotuda, barriguda, tetuda, manca, contrahecha de un pie, bizca del ojo izquierdo, con nariz gorda y aceitosa, con la cara picada de viruela, con la boca fétida, con los dientes desencajados y movibles, mutilada por dentro, calva, espantosamente sarnosa, un horror absolutamente, una abominable maldición!"
Y tras de dejarle que acabe de verter sobre mí esta horrible cuba de dicterios, le dirás: "¡Vaya, por Alah, que me place, que me place…
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 839ª noche

Ella dijo:
"... Y tras de dejarle que acabe de verter sobre mí esta horrible cuba de dicterios, le dirás: "¡Vaya por Alah, que me place, que me place!"
Y yo, ¡oh mi señor! al oír estas palabras, y nada más que a la idea de que tales apelativos pudiesen aplicarse por su padre a aquella joven del perfecto amor, sentía que la sangre se me subía a la cabeza de indignación y de cólera. Pero, en fin, como había que pasar por semejante prueba para llegar a casarme con aquel modelo de gacelas, le dije: "Dura es la prueba, ¡oh mi señora! y puede que muera yo al oír a tu padre tratarte de tal suerte. ¡Pero Alah me dará las fuerzas y el valor necesarios!" Luego le pregunté: "¿Y cuándo podré presentarme entre las manos de tu padre el venerable Jeique al-Islam para hacer mi petición?" Ella me contestó: "Mañana a media mañana sin falta".
Tras estas palabras, se levantó y me abandonó, seguida de sus jóvenes esclavas, saludándome con una sonrisa. Y mi alma siguió sus huellas y quedó atada a sus pasos, por más que yo permaneciese en mi tienda presa de las angustias de la ausencia y de la pasión.
Así es que al día siguiente, a la hora indicada, no dejé de correr a la residencia del Jeique al-Islam, al cual pedí audiencia, diciendo que era para un negocio urgente de suma importancia. Y me recibió sin tardanza, y me devolvió mi zalema con consideración, y me rogó que me sentara. Y observé que era un anciano de aspecto venerable, de barba blanca inmaculada y de una actitud llena de nobleza y grandeza; pero en su rostro y en sus ojos tenía una sombra de tristeza sin esperanza y de dolor sin remedio. Y pensé: "¡Ya apareció aquello! Tiene la alucinación de la fealdad. ¡Ojalá le cure Alah!"
Luego, sin sentarme hasta que me invitó la segunda vez, por respeto y deferencia para su edad y su alta dignidad, de nuevo le hice mis zalemas y cumplimientos, y los reiteré por tercera vez, levantándome siempre. Y habiendo demostrado de tal suerte mi cortesía y mi mundanidad, volví a sentarme, pero en el mismo borde de la silla, y esperé a que iniciase él la conversación y me interrogara sobre lo que me llevaba allí.
Y, efectivamente, después que el agha de servicio nos hubo ofrecido los refrescos de rigor, y el Jeique al-Islam hubo cambiado conmigo algunas palabras sin importancia acerca del calor y la sequía, me dijo:
"¡Oh joven mercader! ¿en qué puedo satisfacerte?" Y contesté: "¡Oh mi señor! ¡me he presentado entre tus manos para implorarte y solicitarte con respeto a la dama escondida tras la cortina de castidad de tu honorable casa, la perla sellada con el sello de la conservación y la flor oculta en el cáliz de la modestia, tu hija sublime, la virgen insigne a la cual yo, indigno, anhelo unirme por los lazos lícitos y el contrato legal!"
A estas palabras, vi ennegrecerse y amarillear luego el rostro del venerable anciano e inclinarse su frente hacia el suelo con tristeza. Y se quedó por un momento sumido en penosas reflexiones relativas a su hija, sin duda alguna. Luego levantó la cabeza lentamente y me dijo con acento de tristeza infinita: "Alah conserve tu juventud y te favorezca siempre con sus gracias, ¡oh hijo mío! ¡Pero la hija que tengo en mi casa detrás de la cortina de castidad es una calamidad! Y nada se puede hacer con ella, y nada se puede sacar de ella. Porque ..."
Pero yo ¡oh mi señor sultán! le interrumpí de pronto para exclamar: "¡Que me place! ¡que me place!" Y el venerable anciano me dijo: "¡Alah te colme con sus gracias, ¡oh hijo mío! Pero mi hija no le conviene a un joven tan hermoso como tú, lleno de amables cualidades, de fuerza y de salud. Porque es una pobre criatura enfermiza, parida por su madre antes de tiempo a consecuencia de un incendio. Y es tan contrahecha y fea como hermoso y bien formado eres tú. ¡Y como debes saber el motivo que me hace negarme a tu petición, te la describiré tal y como es, si quieres, pues en mi corazón reside el temor de Alah, y no quisiera contribuir a inducirte a error!"
Pero exclamé: "¡Yo la admiro con todos los defectos y estoy satisfecho de ella, de lo más satisfecho!" Pero él me dijo: "¡Ah hijo mío, no obligues a un padre que tiene la dignidad de su vida privada a hablarte de su hija en términos penosos! Pero tu insistencia me fuerza a decirte que, casándote con mi hija, te casarás con el monstruo más espantoso de este tiempo. Porque es una criatura cuya sola contemplación ..."
Pero temiendo yo la espantosa enumeración de los horrores con que se disponía a afligir mi oído, le interrumpí para exclamar con un acento en que puse toda mi alma y todo mi deseo: "¡Que me place! ¡que me place!" Y añadí: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh padre nuestro! ahórrame el dolor de hablar de tu honorable hija en términos penosos, pues, sea cual sea lo que puedas decirme y por muy odiosa que sea la descripción que me hagas, seguiré solicitándola en matrimonio, porque tengo una afición especial a los horrores cuando son del género de los que afligen a tu hija, y repito que la acepto tal como es, y que estoy satisfecho, satisfecho, satisfecho!"
Cuando el Jeique al-Islam me hubo oído hablar de tal suerte; y comprendió que mi resolución era inquebrantable y mi deseo inmutable, se golpeó las manos una contra otra con sorpresa y asombro, y me dijo: "He librado mi conciencia ante Alah y ante ti, ¡oh hijo mío! y sólo a ti podrás culpar de tu acto de locura. Pero, por otra parte, los preceptos divinos me prohíben impedir el deseo de satisfacerlo, y no puedo por menos que darte mi consentimiento". Y en el límite de la dicha, le besé  la mano, y anhelé que se llevase a cabo el matrimonio y se celebrase aquel mismo día. Y me dijo él suspirando: "¡Ya no hay inconveniente!"
Y se extendió y legalizó por los testigos el contrato de matrimonio; y quedó estipulado que yo aceptaba a mi esposa con sus defectos, sus deformidades, sus achaques, sus malas hechuras, su conformación, sus dolencias, sus fealdades y otras cosas parecidas. Y también quedó estipulado que si, por una u otra razón, me divorciaba de ella tendría que pagarle, como rescate del divorcio y como viudedad, veinte bolsas de mil dinares de oro. Y desde luego acepté de todo corazón las condiciones. E incluso hubiese aceptado cláusulas mucho más desventajosas.
Y he aquí que, después de la redacción del contrato, mi tío, padre de mi esposa, me dijo: "¡Oh joven! mejor te será consumar en mi casa el matrimonio y establecer aquí tu domicilio conyugal. Porque el transporte de tu esposa inválida desde aquí a tu casa presentaría graves inconvenientes". Y contesté: "¡Escucho y obedezco!"
Y en mi interior ardía de impaciencia, y me decía: "¡Por Alah ¿es verdaderamente posible que yo, el oscuro mercader, haya llegado a ser dueño de esa joven del perfecto amor, la hija del venerado Jeique al-Islam? ¿Y soy yo verdaderamente el que va a regocijarse con su belleza, y a disfrutarla a su antojo, y a comer y a beber lo que tenga gana en sus encantos ocultos, y a endulzarme con ellos hasta la saciedad?"
Y cuando por fin llegó la noche penetré en la cámara nupcial después de recitar la plegaria de la noche, y con el corazón latiendo de emoción me acerqué a mi esposa y levanté el velo que cubría su cabeza y le destapé el rostro.
Y miré con mi alma y mis ojos.
Y (¡que Alah confunda al Maligno ¡oh mi señor sultán! y nunca te haga testigo de un espectáculo semejante al que se ofreció a mis miradas!) vi la criatura humana más deforme, la más repulsiva, la más repelente, la más detestable, la más repugnante y la más nauseabunda que se puede ver en la más penosa de las pesadillas. Y en verdad que era de una fealdad mucho más espantosa que la que me había descrito la joven, y un monstruo de deformidad, y un guiñapo tan lleno de horror, que me sería imposible ¡oh mi señor! hacerte su descripción sin sentir arcadas y caer a tus pies sin conocimiento. Pero bástame decirte que la que era esposa mía con mi propio consentimiento encerraba en su persona nauseabunda todos los vicios legales y todas las abominaciones ilegales, todas las impurezas, todas las fetideces, todas las aversiones, todas las atrocidades, todas las fealdades y todas las repugnancias que pueden afligir a los seres sobre quienes pesa la maldición. Y tapándome las narices y volviendo la cabeza dejé caer otra vez su velo, y me alejé de ella hasta el rincón más retirado de la estancia, pues, aun cuando hubiese sido yo un tebaico comedor de cocodrilo, no habría podido inducir a mi alma a una aproximación carnal con una criatura que hasta  tal punto ofendía a la paz de su Creador.
Y sentándome en mi rincón con la cara vuelta a la pared sentía yo invadir mi entedimiento de todas las preocupaciones y subirme por los riñones todos los dolores del mundo. Y gemí en el fondo del núcleo de mi corazón. Pero no tenía derecho a decir una sola palabra o a emitir la menor queja, pues la había aceptado por esposa por propio impulso. Porque yo era, con mis propios ojos, quien había interrumpido al padre siempre para exclamar: "¡Que me place! ¡que me place!" Y me decía: "¡Sí, sí! ¡ahí tienes a la joven del perfecto amor! ¡Ah! ¡muérete! ¡muérete! ¡muérete! ¡ah idiota! ¡ah buey estúpido! ¡oh cerdo pesado!" Y me mordía los dedos y me pellizcaba los brazos en silencio. Y por momentos fermentaba en mí una cólera contra mí mismo, y pasé de mala manera toda aquella noche de mi destino, como si hubiese estado en medio de torturas en la prisión del Meda o del Deilamita ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 840ª noche

Ella dijo:
... Y pasé de mala manera toda aquella noche de mi destino, como si hubiese estado en medio de torturas en la prisión del Meda o del Deilamita.
Así es que, en cuanto llegó el alba, me apresuré a huir de la cámara de mis bodas y a correr al hammam para purificarme del contacto de aquella esposa de horror. Y después de hacer mis abluciones con arreglo a lo que establece para los casos de impureza el ceremonial del Ghosl, me dejé llevar del sueño un poco. Tras de lo cual me reintegré a mi tienda y me senté allí con la cabeza víctima del vértigo, ebrio sin haber bebido vino.
Y al punto mis amigos y los mercaderes que me conocían y los particulares más distinguidos del zoco comenzaron a presentarse a mí, unos separadamente y otros de dos en dos, o de tres en tres, o varios a la vez, e iban a felicitarme y a ofrecer sus respetos. Y me decían: "¡Bendición! ¡bendición! ¡bendición! ¡La alegría sea contigo! ¡la alegría sea contigo!" Y me decían otros: "¡Eh, vecino! ¡no sabíamos que érais tan poco espléndido! ¿Dónde está el festín, dónde están las golosinas, dónde están los sorbetes, dónde están los pasteles, dónde están los platos de halawa, dónde está tal cosa, dónde está tal otra? ¡Por Alah, vamos a creer que los encantos de tu joven esposa te han turbado el cerebro y te han hecho olvidar a tus amigos y perder la memoria de tus obligaciones elementales! ¡Pero no te importe! ¡Y que la alegría sea contigo! ¡que la alegría sea contigo!
Y yo, ¡oh mi señor! sin poder darme exacta cuenta de si se burlaban de mí o me felicitaban realmente, no sabía qué actitud adoptar, y me contentaba con hacer algunos gestos evasivos y contestar con palabras sin alcance. Y sentía que se me atascaba de rabia reconcentrada la nariz y que mis ojos estaban próximos a romper en lágrimas de desesperación.
Y de tal suerte duró mi suplicio desde por la mañana hasta la hora de la plegaria de mediodía, y ya se habían ido a la mezquita la mayor parte de los mercaderes o dormían la siesta, cuando he aquí que, a algunos pasos de mí, surge la joven del perfecto amor, la verdadera, la que era autora de mi desventura y causa de mis torturas. Y avanzaba hacia mí sonriendo en medio de sus cinco esclavas, y se inclinaba blandamente, y se contoneaba de derecha a izquierda voluptuosamente, con sus colas y sus sedas, flexible como una tierna rama de ban en medio de un jardín de olores. Y estaba ataviada más suntuosamente aún que el día anterior, y tan emocionantes eran sus andares, que, para verla mejor, los habitantes del zoco se pusieron en fila a su paso. Y con un aire infantil entró ella en mi tienda, y me dirigió la más graciosa zalema, y me dijo, sentándose: "¡Sea para ti este día una bendición, ¡oh mi señor Ola-Ed-Din, y que Alah sostenga tu bienestar y tu dicha y lleve al colmo tu contento! ¡Y que la alegría sea contigo! ¡la alegría contigo!"
En cuanto la oí, ¡oh mi señor! fruncí las cejas y mascullé maldiciones en mi corazón. Pero cuando vi con qué audacia se divertía ella conmigo y cómo iba a provocarme después de perpetuar su hazaña, no pude contenerme más tiempo; y toda mi grosería de antaño, de cuando era virtuoso, afluyó a mis labios; y estallé en injurias, diciéndole: "¡Oh caldera llena de pez! ¡oh cacerola de betún! ¡olla de perfidia! ¿qué te hice para que me tratases con esa negrura y me sumieras en un abismo sin salida? ¡Alah te maldiga y maldiga el instante de nuestro encuentro y ennegrezca tu rostro para siempre, ¡oh desvergonzada!"
Pero ella, sin conmoverse lo más mínimo, contestó sonriendo: "Pues qué, ¡oh estúpido! ¿has olvidado ya tus incorrecciones para conmigo, y tu desprecio por mi oda en verso, y el mal trato que hiciste sufrir a mi mensajera, la negrita, y las injurias que le dirigiste, y el puntapié con que la gratificaste, y los improperios que me transmitiste por conducto suyo?" Y tras de hablar así, la joven recogió sus velos y se levantó para partir.
Pero yo ¡oh mi señor! comprendí que no había recolectado más que lo que sembré, y sentí todo el peso de mi brutalidad pasada, y qué cosa tan odiosa de todo punto era la virtud áspera, y qué cosa tan detestable era la hipocresía de la religiosidad.
Y sin más tardanza me arrojé a los pies de la joven del perfecto amor, y le supliqué que me perdonara, diciéndole: "¡Estoy arrepentido! ¡estoy arrepentido! ¡en verdad que estoy de lo más arrepentido!"
Y le dije palabras tan dulces y tan enternecedoras como gotas de lluvia en un desierto ardoroso. Y acabé por decidirla a quedarse; y se dignó dispensarme, y me dijo: "¡Por esta vez te perdonaré, pero no vuelvas a empezar!" Y exclamé besándole la orla de su traje y cubriéndome con ella la frente: "¡Oh mi señora! ¡estoy bajo tu salvaguardia y soy tu esclavo que espera su liberación de lo que tú sabes por conducto tuyo!" Y ella me dijo sonriendo: "Ya he pensado en ello. ¡Y lo mismo que supe cogerte en mis redes sabré sacarte de ellas!" Y exclamé: "¡Yalah! ¡yalah! ¡date prisa! ¡date prisa!"
Entonces me dijo: "Atiende bien a mis palabras y sigue mis instrucciones. ¡Y podrás verte desembarazado de tu esposa sin trabajo!" Y me incliné: "¡Oh rocío! ¡oh refresco!" Y continuó ella: "¡Escucha! Levántate y ve al pie de la ciudadela en busca de los saltimbanquis, titiriteros, charlatanes, bufones, danzantes, funámbulos, bailarines, conductores de monos, exhibidores de osos, tamborileros, clarinetes, flautines, timbaleros y demás farsantes, y te concertarás con ellos para que sin tardanza vayan a buscarte al palacio del Jeique al-Islam, padre de tu esposa. Y cuando lleguen estarás sentado tomando refrescos con él en las gradas del patio. Y en cuanto entren te felicitarán y se congratularán, exclamando: "¡Oh hijo de nuestro tío! ¡oh sangre nuestra! ¡oh vena de nuestros ojos! ¡compartimos tu alegría en este bendito día de tus bodas! En verdad, ¡oh hijo de nuestro tío! que nos alegramos por ti del rango a que has llegado. Y aun cuando te avergüences de nosotros, tenemos el honor de pertenecerte; y aun cuando, olvidándote de tus parientes, nos eches, y aun cuando nos despidas, no te dejaremos, porque eres hijo de nuestro tío, sangre nuestra y vena de nuestros ojos".
Y entonces tú aparentarás estar muy confuso ante la divulgación de tu parentesco con tales individuos, y para librarte de ellos empezarás a repartirles a puñados dracmas y dinares. Y al ver aquello el Jeique al-Islam te preguntará, sin duda alguna; y le contestarás bajando la cabeza: "Es preciso que diga la verdad, puesto que están ahí mis parientes para traicionarme. Mi padre era, en efecto, un bailarín, exhibidor de osos y de monos, y tal es la profesión de mi familia y su origen. Pero más tarde el Retribuidor abrió para nosotros la puerta de la fortuna, y hemos adquirido la consideración de los mercaderes del zoco y de su síndico".
Y el padre de tu esposa te dirá: "Así, pues, ¿eres un hijo de bailarín de la tribu de los funámbulos y de los cabalgadores de monos?" Y contestarás: "No hay medio de que yo reniegue de mi origen y de mi familia por amor a tu hija y en honor suyo. ¡Porque la sangre no reniega de la sangre ni el arroyo de su manantial!" Y te dirá él, sin duda alguna: "En ese caso ¡oh joven! ha habido ilegalidad en el contrato de matrimonio, ya que nos has ocultado tu abolengo y tu origen. ¡Y no conviene que sigas siendo esposo de la hija del Jeique al-Islam, jefe supremo de los kadíes, que se sienta en la alfombra de la ley, y que es un cherif y un saied cuya genealogía se remonta a los padres del apóstol de Alah! Y no conviene que su hija, por muy olvidada que se halle en cuanto a los beneficios del Retribuidor, esté a merced del hijo de un titiritero".
Y tú replicarás: "¡Está bien! ¡está bien, ya entendí! tu hija es mi esposa legal y cada cabello suyo vale mil vidas. ¡Y por Alah, que no me separaré de ella aun cuando me dieras los reinos del mundo!" Pero poco a poco te dejarás persuadir, y cuando se pronuncie la palabra divorcio consentirás, a regañadientes, en separarte de tu esposa. Y por tres veces pronunciarás, en presencia del Jeique al-Islam y dos testigos, la fórmula del divorcio. Y de tal suerte, desligado, volverás a buscarme aquí. ¡Y Alah arreglará lo que haya que arreglar!"
Entonces yo, al oír este discurso de la joven del perfecto amor, sentí que se me dilataban los abanicos del corazón, y exclamé: "¡Oh reina de la inteligencia y de la belleza! ¡heme aquí dispuesto a obedecerte por encima de mi cabeza y de mis ojos ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 841ª noche

Ella dijo:
"... al oír este discurso de la joven del perfecto amor, sentí que se me dilataban los abanicos del corazón, y exclamé: "¡Oh reina de la inteligencia y de la belleza! ¡heme aquí dispuesto a obedecerte por encima de mi cabeza y de mis ojos!" Y tras de despedirme de ella dejándola en mi tienda, fui a la plaza que hay al pie de la ciudadela y me puse al habla con el jefe de la corporación de titiriteros, saltimbanquis, charlatanes, bufones, danzantes, funámbulos, bailarines, conductores de monos, exhibidores de osos, tamborileros, clarinetes, flautines, pífanos, timbaleros y demás farsantes; y me concerté con aquel jefe para que me ayudara en mi proyecto, prometiéndole una remuneración considerable. Y habiendo obtenido de él promesa de su concurso, le precedí en el palacio del Jeique al-Islam, padre de mi esposa, al lado del cual subí a sentarme en el estrado del patio.
Y no llevaría una hora de plática con él, bebiendo sorbetes, cuando de improviso, por la puerta principal que había yo dejado abierta, hizo su entrada, precedida por cuatro saltimbanquis que marchaban a la cabeza, y por cuatro funámbulos que caminaban con la punta de los dedos gordos de los pies, y por cuatro titiriteros que andaban con las manos, en medio de una algazara extraordinaria, toda la tribu tamborileante, ululante, galopante, aullante, danzante, gesticulante y abigarrada de la payasería que había sentado sus reales al pie de la ciudadela. Y estaban todos: los conductores de monos con sus animales, los exhibidores de osos con sus mejores ejemplares, los bufones con sus oropeles, los charlatanes con sus gorros altos de fieltro y los instrumentistas con sus ruidosos instrumentos, que producían una algarabía inmensa. Y se pusieron en fila por orden en el patio, los monos y los osos en medio, y cada cual haciendo lo suyo. Pero de pronto resonó un violento golpe de tabbl, y todo el estrépito cesó por ensalmo. Y el jefe de la tribu se adelantó hasta las gradas del palacio, y en nombre de todos mis parientes congregados me arengó con voz magnífica, deseándome prosperidad y larga vida y soltándome el discurso que yo le había enseñado.
Y, efectivamente, ¡oh mi señor! todo pasó como había previsto la joven. Porque el Jeique al-Islam, al tener, por boca del propio jefe de la tribu, la explicación de aquella barahúnda, me pidió su confirmación. Y yo aseguré que, en efecto, era primo, por parte de padre y de madre, de todos aquellos individuos, y que yo mismo era hijo de un titiritero conductor de monos; y le repetí todas las palabras del papel que me había enseñado la joven, y que ya conoces, ¡oh rey del tiempo! Y el Jeique al-Islam, poniéndose muy demudado y muy indignado, me dijo: "No puedes permanecer en la casa y en la familia del Jeique al-Islam, pues temo que te escupan al rostro y te traten con menos miramientos que a un perro cristiano o a un puerco judío".
Y empecé por responder: "¡Por Alah, que no me divorciaré de mi esposa aunque me ofrezcas el reino del Irak!" Y el Jeique al-Islam, que sabía bien que el divorcio a la fuerza estaba prohibido por la Schariat, me llamó aparte y me suplicó, con toda clase de palabras conciliadoras, que consintiera en aquel divorcio, diciéndome: "¡Vela mi honor y Alah velará el tuyo!"
Y acabé por condescender a aceptar el divorcio, y pronuncié ante testigos, refiriéndome a la hija del Jeique al-Islam: "¡La repudio una vez, dos veces, tres veces, la repudio!" Esta es fórmula del divorcio irrevocable. Y tras de pronunciarla, a insistentes requerimientos del propio padre, me encontré al mismo tiempo exento del tributo del rescate y de la viudedad y libre de la más espantosa pesadilla que ha pesado nunca sobre el pecho de un ser humano.
Y sin perder tiempo en saludar al padre de la que durante una noche fué mi esposa, salí corriendo, sin mirar atrás, y llegué sin aliento a mi tienda, donde seguía esperándome la joven del perfecto amor. Y con su más dulce lenguaje me deseó ella la bienvenida, y con toda la cortesía de sus modales me felicitó por el éxito, y me dijo: "Ahora ha llegado el momento de nuestra unión. ¿Qué te parece, ¡oh mi señor!?" Y contesté: "¿Será en mi tienda o en tu casa?"
Y ella sonrió y me dijo: "¡Oh pobre! ¿pero acaso no sabes cuánto tiene que cuidar su persona una mujer para hacer las cosas como es debido? ¡Habrá de ser en mi casa!" Y contesté: "Por Alah, ¡oh soberana mía! ¿desde cuándo los lirios van al hammam y la rosa al baño? Mi tienda es lo bastante grande para que quepas en ella, lirio o rosa. Y si ardiera mi tienda quedaría mi corazón". Y me contestó ella riendo: "¡Verdaderamente, prosperas! ¡Y hete aquí curado de tus antiguas maneras, tan ordinarias! Y sabes devolver un cumplimiento perfectamente". Y añadió: "Ahora levántate, cierra tu tienda y sígueme".
Yo, que no esperaba más que estas palabras, me apresuré a contestar: "Escucho y obedezco". Y saliendo de la tienda el último, la cerré con llave, y seguí a diez pasos de distancia al grupo formado por la joven y sus esclavas. Y de tal suerte llegamos ante un palacio cuya puerta se abrió al acercarnos. Y en cuanto entramos fueron a mí dos eunucos y me rogaron que les acompañara al hammam. Y decidido a hacerlo todo sin pedir explicaciones, me dejé conducir por los eunucos al hammam, donde me hicieron tomar un baño para limpieza y para frescura. Tras de lo cual, vestido con ropas finas y perfumado con ámbar chino, fui conducido a los aposentos interiores, donde me esperaba, perezosamente tendida en un lecho de brocato, la joven de mis deseos y del perfecto amor.
No bien nos quedamos solos me dijo ella: "Ven aquí, ven, ¡oh estúpido! ¡Por Alah, que se necesita ser un tonto hasta el último límite de la tontería, para haber rehusado hace tiempo una noche como ésta! Pero, para no azorarte, no te recordaré el pasado". Y yo, ¡oh mi señor a la vista de aquella joven toda desnuda ya, y tan blanca y tan fina, y de la riqueza de sus partes delicadas, y de la gordura de su trasero rollizo, y de la excelente calidad de sus diversos atributos, sentí que en mí se reparaban todos mis yerros anteriores y retrocedí para saltar. Pero ella me retuvo con un gesto y una sonrisa, y me dijo:
"Antes del combate, ¡oh Jeique! es preciso que yo sepa si conoces el nombre de tu adversario. ¿Cómo se llama?" Y contesté: "¡La fuente de las gracias!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡El padre de la blancura!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡El pasto dulce!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije:"¡El sésamo descortezado!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡La albahaca de los puentes!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "¡El mulo terco!" Ella dijo: "¡No!" Yo dije: "Pues, por Alah, ¡oh mi señora! que no conozco ya más que un nombre, y es el último: ¡el albergue de mi padre Mansur!" Ella dijo: "¡No!" Y añadió "¡Oh estúpido! ¿qué te han enseñado entonces los sabios teólogos y los maestros de gramática?" Yo dije: "¡Nada absolutamente!" Ella dijo: "¡Pues escucha! He aquí algunos de sus nombres: el estornino mudo, el carnero gordo, la lengua silenciosa, el elocuente sin palabras, la rosca adaptable, la grapa a la medida, el mordedor rabioso, el sacudidor infatigable, el abismo magnífico, el pozo de Jacob, la cuna del niño, el nido sin huevo, el pájaro sin plumas, el pichón sin mancha, el gato sin bigotes, el pollo sin voz y el conejo sin orejas".
Y habiendo acabado de adornar de este modo mi entendimiento y de aclarar mi juicio, me tomó de pronto entre sus piernas y sus brazos, y me dijo: "¡Yalah! ¡yalah oh infeliz! sé rápido en el asalto, y pesado en el descenso, y ligero en el peso, y fuerte en el abrazo, y nadador de fondo, y tapón hermético, y saltador sin tregua. Porque el detestable es el que se levanta una vez o dos veces para sentarse luego, y el que alza la cabeza para bajarla, y el que se pone de pie para caer. Brío, pues, ¡oh valiente!" Y yo ¡oh mi señor! contesté: "¡Oye, por tu vida, ¡oh mi señora! procedamos con orden, procedamos con orden!" Y añadí: "¿Por quién vamos a empezar?" Ella contestó: "A tu gusto. ¡oh truhán!" Yo dije: "¡Entonces vamos a dar primero su comida al estornino mudo!" Ella dijo: "Ya está esperando! ¡ya está esperando!"
Entonces ¡oh mi señor sultán! dije a mi niño: "¡Satisface al estornino!" Y el niño contestó con el oído y la obediencia, y fué pródigo y generoso en la pitanza del estornino mudo, que, de repente, empezó a expresarse en el lenguaje de los estorninos, diciendo: "¡Alah aumente tu hacienda! ¡Alah aumente tu hacienda!
Y dije al niño: "¡Haz ahora una zalema al carnero gordo, que está esperando!" Y el niño hizo al carnero consabido la zalema más profunda. Y el carnero contestó en su lenguaje: "¡Alah aumente tu hacienda! ¡Alah aumente tu hacienda!"
Y dije al niño: "¡Habla ahora a la lengua silenciosa!" Y el niño frotó su dedo contra la lengua silenciosa, que al punto contestó con armoniosa voz: "¡Alah aumente tu hacienda! ¡Alah aumente tu hacienda!"
Y dije al niño: "¡Domestica al mordedor rabioso!" Y el niño se puso a acariciar con muchas precauciones al mordedor consabido, y lo hizo de modo que salió de sus fauces sin daño y sin rabia, y el mordedor, satisfecho de su valor y de su obra, le dijo: "¡Te rindo homenaje! ¡vaya una pócima que me has dado!"
Y dije al niño: "¡Llena el pozo de Jacob, ¡oh tú!, más paciente que Jacob!" Y el niño contestó al punto: "¡Que me traga! ¡que me traga!" Y el pozo consabido se llenó sin fatiga ni objeción y quedó tapado herméticamente.
Y dije al niño: "¡Calienta al pájaro sin plumas!" Y el niño contestó como el martillo al yunque; y el pájaro, caliente, contestó: "¡Ya echo humo! ¡ya echo humo!"
Y dije al niño: "¡Oh excelente! ¡da de comer ahora al pollo sin voz!" Y el excelente muchacho no dijo que no, y dió de comer con profusión al pollo consabido, que se puso a cantar, diciendo: "¡Bendición! ¡bendición!
Y dije al niño: "No te olvides de este buen conejo sin orejas, y sácale de su sueño, ¡oh padre de vista sin par!" Y el niño, siempre despierto, habló al conejo, por más que éste no tenía orejas, y le dió tan buenos consejos, que hubo de exclamar el aludido: "¡Qué maravilla! ¡qué maravilla...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 842ª noche

Ella dijo:
...Y el niño, siempre despierto, habló al conejo, por más que éste no tenía orejas, y le dió tan buenos consejos, que hubo de exclamar el aludido: "¡Qué maravilla! ¡qué maravilla!"
Y continué, ¡oh mi señor! alentando al niño a conversar de aquel modo con su adversario, cambiando cada vez de motivo de conversación, y haciéndole aludir a cada tributo, tomando y dando, sin olvidar al gato sin bigotes, ni al pichón sin mancha, ni a la cuna, que estaba muy caliente, ni al nido sin huevo, que estaba nuevecito, ni a la grapa a la medida, que encajó sin arañarse, ni al abismo magnético, donde se sumergió oblicuamente para permanecer púdico, e hizo pedir gracia a la propietaria, diciendo: "¡Abdico! ¡Abdico! ¡Ah! ¡qué garrote!", ni a la rosca adaptable, de la que salió más invulnerable y más considerable, ni, por último, al albergue de mi padre Mansur, más caliente que un horno, y del que salió más gordo y más pesado que una cotufa.
Y no cejamos en la lucha, ¡oh mi señor sultán! hasta la aparición de la mañana, en que hubimos de recitar la plegaria e ir al baño.
Y cuando salimos del hammam y nos reunimos para la comida de la mañana la joven del perfecto amor me dijo: "Por Alah, ¡oh truhán! que verdaderamente has sobresalido, y me favoreció la suerte que me hizo recuperarte. Ahora hay que hacer lícita nuestra unión. ¿Qué te parece? ¿Quieres seguir conmigo con arreglo a la ley de Alah, o quieres renunciar para siempre a volver a verme?" Y contesté: "Antes sufrir la muerte roja que no volver a regocijarme con ese rostro de blancura, ¡oh mi señora!" Y ella me dijo: "¡En ese caso, sean con nosotros el kadí y los testigos!" Y mandó llamar acto seguido al kadí y a los testigos y redactar sin tardanza nuestro contrato de matrimonio. Tras de lo cual tomamos juntos nuestra primera comida, y esperamos a hacer la digestión y evitar todo peligro de dolor de vientre, para recomenzar nuestros escarceos y diversiones y unir la noche con el día.
Y durante treinta noches y treinta días ¡oh mi señor! viví aquella vida con la joven del perfecto amor, cepillando lo que había que cepillar, limando lo que había que limar y rellenando lo que había que rellenar, hasta que un día, víctima de una especie de vértigo, se me escapó el decir a mi contrincante: "¡No sé a qué obedece; pero ¡por Alah! que no puedo clavar hoy el duodécimo clavo!" Y exclamó ella: "¿Cómo? ¿cómo dices? ¡Pues si precisamente el duodécimo es el más necesario! ¡Los demás no valen!" y le dije: "Imposible, imposible".
Entonces ella se echó a reír, y me dijo: "¡Necesitas reposo! ¡Ya te lo daremos!" Y no oí más, porque me abandonaron las fuerzas, ¡ya sidi! y rodé por el suelo como un burro sin ronzal.
Y cuando volví de mi desvanecimiento me vi encadenado en este maristán, en compañía de estos dos honorables jóvenes, camaradas míos. E interrogados los celadores, me dijeron: "¡Es para que reposes! ¡es para que reposes!" Y por tu vida, ¡oh mi señor! que ya me noto muy reposado y reanimado, y pido a tu generosidad que arregle mi reunión con la joven del perfecto amor. En cuanto a decir su nombre y su calidad, está más allá de mis conocimientos. Y te he contado todo lo que sabía".
Cuando el sultán Mahmud y su visir, el antiguo sultán-derviche, oyeron esta historia del segundo joven, se maravillaron hasta el límite de la maravilla del orden y de la claridad con que les había sido contada. Y el sultán dijo al joven: "¡Por vida mía! que aunque no hubiese sido ilícito el motivo de tu prisión, yo te habría libertado después de oírte". Y añadió: "¿Podrías conducirnos al palacio de la joven?" El interpelado contestó: "¡A ojos cerrados podría!" Entonces el sultán y el visir y el chambelán, que era el antiguo loco primero, se levantaron; y el sultán dijo al joven, después de hacer caer sus cadenas: "¡Precédenos en el camino que conduce a casa de tu esposa!" Y ya se disponían a salir los cuatro, cuando el tercer joven, que aún tenía las cadenas al cuello, exclamó: "¡Oh señores míos! ¡por Alah sobre todos nosotros, escuchad mi historia antes de marcharos, porque es tan extraordinaria como las de mis dos compañeros!"
Y le dijo el sultán: "Refresca tu corazón y calma tu espíritu, porque no tardaremos en volver".
Y anduvieron, precedidos del joven, hasta llegar a la puerta de un palacio, a la vista del cual exclamó el sultán: "¡Alahu akbar! ¡Confundido sea Eblis el Tentador! Porque este palacio ¡oh amigos míos es la morada de la tercera hija de mi tío el difunto sultán! Y nuestro destino es un destino prodigioso. ¡Loores a Quien reúne lo que estaba separado y reconstituye lo que estaba disuelto!" Y penetró en el palacio, seguido de sus acompañantes, e hizo anunciar su llegada a la hija de su tío, que se apresuró a presentarse entre sus manos.
¡Y he aquí que, efectivamente, era la joven del perfecto amor! Y besó la mano al sultán, esposo de su hermana, y se declaró sumisa a sus órdenes. Y el sultán le dijo: "¡Oh hija del tío! te traigo a tu esposo, este excelente mozo, a quien nombro ahora mismo mi segundo chambelán, y que en lo sucesivo será mi comensal y mi compañero de copa. Porque conozco su historia y el equívoco pasado que ha tenido lugar entre vosotros dos. Pero en adelante no se repetirá la cosa ya, porque está él ahora descansado y reanimado".
Y la joven contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡Y desde el momento que está bajo tu salvaguardia y tu garantía, y que me aseguras que está restablecido, consiento en vivir de nuevo con él!" Y el sultán le dijo: "Gracias te sean dadas, ¡oh hija del tío! ¡Me quitas del corazón un peso muy grande!" Y añadió: "Permítenos solamente llevárnosle por una hora de tiempo. ¡Porque tenemos que escuchar juntos una historia que debe ser de lo más extraordinaria!" Y se despidió de ella y salió con el joven, convertido en su segundo chambelán, con su visir y con su primer chambelán.

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