Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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61 P1 Historia complicada del adulterino simpático - primera de cuatro partes

61 Historia complicada del adulterino simpático           
       61,1 Historia del mono jovenzuelo
       61,2 Historia del primer loco
       61,3 Historia del segundo loco
       61,4 Historia del tercer loco





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HISTORIA COMPLICADA DEL ADULTERINO SIMPATICO

Se cuenta -¡pero Alah es más sabio!- que en una ciudad entre las ciudades de nuestros padres árabes había tres amigos que eran genealogistas de profesión. Ya se explicará esto, si Alah quiere.
Y los tales tres amigos eran al mismo tiempo bravos entre los listos. Y era tanta su listeza, que por diversión podían quitar su bolsa a un avaro sin que se enterase. Y tenían costumbre de reunirse todos los días en una habitación de un khan aislado, que habían alquilado a este efecto, y donde, sin que se les molestara, podían concertar a su gusto la mala pasada que proyectaban jugar a los habitantes de la ciudad o la hazaña que tenían en preparación para pasar el día alegremente. Pero también hay que decir que de ordinario sus actos y gestos estaban desprovistos de maldad y llenos de oportunidad, como que sus maneras eran por cierto distinguidas y simpático su rostro. Y como les unía una amistad de hermanos enteramente, juntaban sus ganancias y se las repartían con toda equidad, fuesen considerables o módicas. Y siempre gastaban la mitad de estas ganancias en comprar haschisch para emborracharse por la noche, después de un día bien empleado. Y su borrachera ante las bujías encendidas era siempre de buena ley y jamás degeneraba en pendencias o en palabras impropias, sino al contrario. Porque el haschisch exaltaba más bien sus cualidades fundamentales y avivaba su inteligencia. Y en aquellos momentos encontraban expedientes maravillosos que, en verdad, hubiesen hecho las delicias de quien los escuchase.
Un día, cuando el haschisch hubo fermentado en su razón, les sugirió cierta estratagema de una audacia sin precedente. Porque una vez combinado su plan, se fueron muy de mañana a las cercanías del jardín que rodeaba el palacio del rey. Y allí se pusieron a armar querella y a dirigirse invectivas de un modo ostensible, lanzándose mutuamente, contra su costumbre, las imprecaciones más violentas, y amenazándose, a vuelta de muchos gestos y ojos inyectados, con matarse o por lo menos, con ensartarse por detrás.
Cuando el sultán, que se paseaba por su jardín, hubo oído aquellos gritos y el tumulto que se alzaba, dijo: "¡Que me traigan a los individuos que hacen todo ese ruido!" Y al punto corrieron chambelanes y eunucos a apoderarse de ellos, y les arrastraron, moliéndolos a golpes, entre las manos del sultán.
Y he aquí que, en cuanto estuvieron en su presencia, el sultán, que había sido molestado en su paseo matinal por aquellos gritos intempestivos, les preguntó con cólera: "¿Quiénes sois, ¡oh forajidos!? ¿Y por qué armáis querella sin vergüenza bajo los muros del palacio de vuestro rey?" Y contestaron: "¡Oh rey del tiempo! Nosotros somos maestros de nuestro arte. Y cada uno de nosotros ejerce una profesión diferente. En cuanto a la causa de nuestro altercado -¡perdónenos nuestro señor!-, era precisamente nuestro arte. Porque discutíamos la excelencia de nuestras profesiones, y como poseemos nuestro arte a la perfección, cada cual de nosotros pretendía ser superior a los otros dos. Y de palabra en palabra nos hemos dejado invadir por la cólera; y se ha recorrido la distancia que media de ella a las invectivas y las groserías. ¡Y así fué como, olvidando la presencia de nuestro amo el sultán, nos hemos tratado mutuamente de maricas y de hijos de zorra, y de tragadores de zib! ¡Alejado sea el maligno! ¡La cólera es mala consejera, ¡oh amo nuestro! y hace perder a las gentes bien educadas el sentimiento de su dignidad! ¡Qué vergüenza sobre nuestra cabeza! ¡Sin duda merecemos ser tratados sin clemencia por nuestro amo el sultán!"
Y el sultán les preguntó: "¿Cuáles son vuestras profesiones?" Y el primero de los tres amigos besó la tierra entre las manos del sultán, y levantándose, dijo: "Por lo que a mí respecta, ¡oh mi señor! soy genealogista de piedras finas, y es muy general el admitir que soy un sabio dotado del talento más distinguido en la ciencia de las genealogías lapidarias!" Y le dijo el sultán, muy asombrado: "¡Por Alah, que, a juzgar por tu mirada atravesada, más pareces un bellaco que un sabio! ¡Y sería la primera vez que viera yo reunidas en el mismo hombre la ciencia y la diablura! Pero, sea de ello lo que sea, ¿puedes decirme, al menos, en qué consiste la genealogía lapidaria...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 827ª noche

Ella dijo:
"... Pero, sea de ello lo que sea, ¿puedes decirme, al menos, en qué consiste la genealogía lapidaria?" Y contestó el interpelado: "Es la ciencia que trata del origen y de la raza de las piedras preciosas, y el arte de diferenciarlas, al primer golpe de vista, de las piedras falsas, y de distinguir unas de otras a la vista y al tacto.
Y el sultán exclamó: "¡Qué cosa tan extraña! ¡Pero ya pondré a prueba su ciencia y juzgaré de su talento!" Y se encaró con el segundo comedor de haschisch y le preguntó: "¿Y cuál es tu profesión?" Y el segundo hombre, tras de besar la tierra entre las manos del sultán, se levantó y dijo: "Por mi parte, ¡oh rey del tiempo! soy genealogista de caballos. Y están todos acordes en considerarme como el hombre más sabio entre los árabes en el conocimiento de la raza y del origen de los caballos. Porque, al primer golpe de vista, sin equivocarme nunca, puedo decir si un caballo viene de la raza de Anazeh o de la tribu de los Muteyr o de los Beni-Khaled o de la tribu de los Dafir o del Jabal Schammar. Y puedo adivinar con certeza si se ha criado en las altas planicies del Nejed o en medio de los prados de los Nefuds, y si es de la raza de los Kehilán El-Ajuz, o de los Seglawi-Jedrán, o de los Seglawi-Scheyfi, o de los Hamdani Simri, o de los Kehilán El Krusch. Y puedo decir la distancia exacta de pies que puede recorrer ese caballo en un tiempo dado a galope, al paso y al trote ligero. Y puedo revelar las enfermedades ocultas del animal y sus enfermedades futuras, y decir de qué mal han muerto el padre, la madre y los antecesores hasta la quinta generación ascendente. Y puedo curar las enfermedades caballunas reputadas incurables, y poner en pie a un animal agónico. Y he aquí ¡oh rey del tiempo! una parte solamente de lo que sé, pues, por temor a exagerar mis méritos, no me atrevo a enumerarte los demás detalles de mi ciencia. ¡Pero Alah es más sabio!" Y después de hablar así, bajó los ojos con modestia, inclinándose ante el sultán.
Y al oír y al escuchar, exclamó el sultán: "¡Por Alah que ser sabio y forajido a la vez resulta un prodigio asombroso! ¡Pero ya sabré comprobar lo que dice y experimentar su ciencia genealógica!"
Luego se encaró con el tercer genealogista y le preguntó: "¿Y cuál es tu profesión, ¡oh tú, tercero!?"
Y el tercer comedor de haschisch, que era el más avispado de los tres, contestó, después de los homenajes debidos: "¡Oh rey del tiempo! mi profesión es la más noble sin disputa y la más difícil. Porque si estos dos sabios compañeros míos son genealogistas en piedras y en caballos, yo soy genealogista de la especie humana. Y si mis compañeros son sabios entre los más distinguidos, yo paso por corona de su cabeza incontestablemente. Porque ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! Yo tengo el poder de conocer el verdadero origen de mis semejantes, no el origen indirecto, sino el directo, el que la madre del niño apenas puede conocer y el padre ignora generalmente. Sabe, en efecto, que a la sola vista de un hombre y a la sola audición del timbre de su voz, puedo decirle sin vacilar si es hijo legítimo o si es adulterino, Y a decirle, además si su padre y su madre han sido hijos legítimos o productos de copulación ilícita, y revelarle lo legal o lo ilegal del nacimiento de los miembros de su familia, remontándome hasta nuestro padre Ismael ben-Ibrahim (con ambos las gracias de Alah , y la más escogida de las bendiciones!). Y de tal suerte he podido, gracias a la ciencia de que me ha dotado el Retribuidor (¡exaltado sea!), desengañar a buen número de grandes señores acerca de la nobleza de su nacimiento, y probarles con las pruebas más fehacientes que no eran más que el resultado de una copulación de su madre, ora con un camellero, ora con un arriero, ora con un cocinero, ora con un falso eunuco, ora con un negro de betún, ora con un esclavo entre los esclavos o con cualquier otro análogo. ¡Y si ¡oh mi señor! la persona que examino es una mujer, también puedo, sólo con mirarla al rostro a través de su velo, decirle su raza, su origen y hasta la profesión de sus padres! Y he aquí ¡oh rey del tiempo! una parte solamente de lo que sé, pues la ciencia de la genealogía humana abarca tanto, que para enumerarte nada más que sus diversas ramas necesitaría estar un día entero con mi pesada presencia delante de los ojos de nuestro amo el sultán. Así Pues ¡oh mi señor! Ya ves que mi ciencia es más admirable, y con mucho, que la de estos dos sabios compañeros míos, porque ningún hombre más que yo solo posee esta ciencia sobre la Superficie de la tierra, y nadie la ha poseído antes que yo. ¡Pero de Alah nos viene toda ciencia, todo conocimiento es un préstamo de Su generosidad, y el mejor de Sus dones es la virtud de la humildad!"
Y después de hablar así, el tercer genealogista bajó los ojos con modestia, inclinándose de nuevo, y retrocedió en medio de sus compañeros puestos en fila ante el rey.
Y el rey se dijo en el límite del asombro: "¡Por Alah, qué enormidad! ¡Si están justificados los asertos de este último, sin duda es el sabio más extraordinario de este tiempo y de todos los tiempos! Voy, pues, a quedarme con estos tres genealogistas en mi palacio hasta que se presente una ocasión que nos permita experimentar su asombroso saber. ¡Y si se demuestran que no tienen fundamentos sus pretensiones, les espera el palo!"
Y tras de hablar así consigo mismo, el sultán se encaró con su gran visir, y le dijo: "Que no se pierda de vista a estos tres sabios, dándoles una habitación en el palacio, así como una ración de pan y de carne al día y agua a discreción".
Y en aquella hora y en aquel instante se ejecutó la orden. Y los tres amigos se miraron, diciéndose con los ojos: "¡Qué generosidad! ¡Jamás oímos decir que un rey fuera tan munificente como este rey y tan sagaz! Pero nosotros, por Alah, no somos genealogistas de balde. Y más pronto o más tarde nos llegará nuestra hora".
Pero, volviendo al sultán, no tardó en ofrecerse la ocasión que deseaba. En efecto, un rey vecino le envió presentes muy raros, entre los cuales había una piedra preciosa de maravillosa hermosura, blanca y transparente y de un agua más pura que el ojo del gallo. Y acordándose de las palabras del genealogista lapidario, el sultán mandó a buscarle, y después que le hubo enseñado la piedra, le pidió que la examinase y le dijese qué opinaba de ella. Pero el genealogista lapidario contestó: "Por vida de nuestro amo el rey, que no tengo necesidad de examinar esa piedra en todos sus aspectos, ya por transparencia, ya por reflexión, ni de tomarla en mi mano, ni siquiera de mirarla. ¡Pues, para juzgar de su valor y su hermosura, sólo necesito tocarla con el dedo meñique de mi mano izquierda teniendo los ojos cerrados".
Y el rey, más asombrado todavía que la primera vez, se dijo: "¡He aquí por fin el momento en que vamos a saber si son ciertas sus pretensiones!" Y presentó la piedra al genealogista lapidario, que, con los ojos cerrados, extendió el dedo meñique y la rozó. Y al punto retrocedió con viveza, y sacudió su mano como si se la hubiesen mordido o quemado, y dijo: "¡Oh mi señor! ¡esta piedra no tiene valor ninguno, sino que tiene un gusano en su corazón!"
Y al oír estas palabras, el sultán sintió que se le llenaba de furor la nariz, y exclamó: "¿Qué estás diciendo, ¡oh hijo de alcahuete!? ¿No sabes que esta piedra es de un agua admirable, transparente hasta más no poder y llena de brillo, y que me la ha regalado un rey entre los reyes?" Y no escuchando más que su indignación, llamó al funcionario del palo y le dijo: "¡Pincha el ano de este indigno embustero!"
Y el funcionario del palo, que era un gigante extraordinario, cogió al genealogista y lo levantó como a un pájaro, y se dispuso a ensartarle, pinchándole lo que le tenía que pinchar, cuando el gran visir, que era un anciano lleno de prudencia y de moderación y de buen sentido, dijo al sultán: "¡Oh rey del tiempo! claro que este hombre ha debido exagerar sus méritos, y la exageración es condenable en todo.
Pero quizá no esté completamente desprovisto de verdad lo que se ha aventurado a decir, y en este caso su muerte no estaría suficientemente justificada ante el Dueño del Universo. ¡Por otra parte, ¡oh mi señor! la vida de un hombre, quienquiera que sea, es más preciosa que la piedra más preciosa, y pesa más en la balanza del Pesador! Por eso mejor es diferir el suplicio de este hombre hasta después de la prueba. Y la prueba sólo puede obtenerse rompiendo esa piedra en dos. Y entonces, si se encuentra el gusano en el corazón de esa piedra, el hombre tendrá razón; pero si la piedra está intacta y sin lasca interna, el castigo de ese hombre será prolongado y acentuado por el funcionario del palo".
Y comprendiendo el sultán la justicia que había en las palabras de su gran visir, dijo: "¡Que partan en dos esta piedra!" Y al instante rompieron la piedra. Y el sultán y todos los presentes llegaron al límite extremo del asombro al ver salir un gusano blanco del propio corazón de la piedra. Y en cuanto estuvo al aire, aquel gusano se consumió en su propio fuego en un instante, sin dejar la menor traza de su existencia.
Cuando el sultán volvió de su emoción preguntó al genealogista: "¿De qué medio te has valido para advertir en el corazón de la piedra la existencia de ese gusano que ninguno de nosotros pudo ver?" Y el genealogista contestó con modestia: "¡Me ha bastado la finura de vista del ojo que tengo en la punta de mi dedo meñique y la sensibilidad de este dedo para el calor y el frío de esa piedra!"
Y el sultán, maravillado de su ciencia y de su sagacidad, dijo al funcionario del palo: "¡Suéltale!" Y añadió: "¡Que le den hoy doble ración de pan y de carne y agua a discreción!"
¡Y he aquí lo referente al genealogista lapidario!
¡Pero he aquí ahora lo que atañe al genealogista de caballos! Algún tiempo después de aquel acontecimiento de la gema habitada por el gusano, el sultán recibió del interior de la Arabia, en prueba de lealtad de parte de un poderoso jefe de tribu, un caballo bayo oscuro de una hermosura admirable. Y encantado de aquel presente, se pasaba los días enteros admirándole en la caballeriza, Y como no olvidaba la presencia del genealogista de caballos en el palacio, hizo que le trasmitieran la orden de presentarse ante él. Y cuando estuvo entre sus manos le dijo: "¡Oh hombre! ¿sigues pretendiendo entender de caballos de la manera que nos dijiste no hace mucho tiempo? ¿Y te sientes dispuesto a probarnos tu ciencia del origen y de la raza de los caballos?" Y el segundo genealogista contestó: "Claro que sí, ¡oh rey del tiempo!" Y el sultán exclamó: "¡Por la verdad de Quien me colocó como soberano por encima de los cuellos de Sus servidores y dice a los seres y a las cosas: «¡Sed!» para que sean, que como haya el menor error, falsedad o confusión en tu declaración, te haré morir con la peor de las muertes!" Y el hombre contestó: "¡Entiendo y me someto!" Y el sultán dijo entonces: "¡Que traigan el caballo delante de este genealogista!"
Y cuando tuvo delante de él al noble bruto, el genealogista le lanzó una ojeada, una sola, contrajo sus facciones, sonrió, y dijo encarándose con el sultán: "¡He visto y he sabido!"
Y el sultán le preguntó: "¿Qué has visto ¡oh hombre! y qué has sabido...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 828ª noche

Ella dijo:
... el genealogista de caballos lanzó, pues, al noble bruto una ojeada, una sola, contrajo sus facciones, sonrió, y dijo encarándose con el sultán: "¡He visto y he sabido!" Y el sultán le preguntó: "¿Qué has visto ¡oh hombre! y qué has sabido?" Y el genealogista contestó: "He visto ¡oh rey del tiempo! que este caballo es, efectivamente, de una hermosura rara y de una raza excelente, que sus proporciones son armónicas y su aspecto está lleno de arrogancia, que su poder es muy grande y su acción ideal; que tiene la espaldilla muy fina, la estampa soberbia, el lomo alto, las patas de acero, la cola levantada y formando un arco perfecto, y las crines pesadas, espesas y barriendo el suelo; y en cuanto a la cabeza, tiene todas las señales distintivas que son esenciales en la cabeza de un caballo del país de los árabes: es ancha, y no pequeña, desarrollada en las regiones altas, con una gran distancia de las orejas a los ojos, una gran distancia de un ojo a otro, y una distancia pequeñísima de una oreja a otra; y la parte delantera de esta cabeza es convexa; y los ojos están a flor de cabeza y son hermosos como los ojos de las gacelas; y el espacio que hay en torno de ellos está sin pelo y deja al desnudo, en su vecindad inmediata, el cuero negro, fino y lustroso; y el hueso de la carrillada es grande y delgado, y el de la quijada queda de relieve; y la cara se estrecha por abajo y termina casi en punta al extremo del belfo; y los nasales, cuando están quietos, quedan al nivel de la cara y sólo parecen dos hendiduras hechas en ella; y la boca tiene el labio inferior más ancho que el labio superior; y las orejas son anchas, largas finas y cortadas delicadamente como las orejas del antílope; en fin, es un animal de todo punto espléndido. Y su color bayo oscuro es el rey de los colores. Y sin duda alguna este animal sería el primer caballo de la tierra, y en ninguna parte se le podría encontrar igual, si no tuviese una tara que acaban de descubrir mis ojos, ¡oh rey del tiempo!"
Cuando el sultán hubo oído esta descripción del caballo, que tanto le gustaba, quedó al pronto maravillado, sobre todo teniendo en cuenta la simple mirada echada negligentemente al animal por el genealogista. Pero cuando oyó hablar de una tara llamearon sus ojos y se le oprimió el pecho, y con una voz que la cólera hacía temblar preguntó al genealogista: "¿Qué estás diciendo, ¡oh taimado maldito!? ¿Y qué hablas de taras con respecto a un animal tan maravilloso y que es el único retoño de la raza más noble de Arabia?"
Y el genealogista contestó sin inmutarse: "¡Desde el momento en que el sultán se enfade por las palabras de su esclavo, el esclavo no dirá más!"
Y exclamó el sultán: "¡Di lo que tengas que decir!"
Y el hombre contestó: "¡No hablaré si no me da el rey libertad para ello!"
Y dijo el rey: "¡Habla, pues, y no me ocultes nada!"
Entonces dijo él: "¡Sabe ¡oh rey¡ que este caballo es de pura y verdadera raza por parte de padre, pero nada más que por parte de padre! ¡En cuanto a su madre, no me atrevo a hablar!"
Y gritó el rey con el rostro convulso: "¿Quién es su madre, pues? ¡dínoslo en seguida!"
Y el genealogista dijo: "Por Alah, ¡oh mi señor! que la madre de este caballo soberbio es de una raza animal diferente en absoluto. ¡Porque no es una yegua, sino una hembra de búfalo marino!"
Al oír estas palabras del genealogista, el sultán se encolerizó hasta el límite extremo de la cólera y se hinchó y se deshinchó después, y no pudo pronunciar una palabra al pronto. Y acabó por exclamar: "¡Oh perro de los genealogistas! ¡preferible es tu muerte a tu vida!" E hizo una seña al funcionario del palo, diciéndole: "¡pincha el ano de ese genealogista!" Y el gigante del palo cogió en brazos al genealogista, y poniéndole el ano sobre la consabida punta perforadora, iba ya a dejarle caer sobre ella con todo su peso para dar vueltas luego al berbiquí, cuando el gran visir, que era hombre dotado del sentido de la justicia, suplicó al rey que retrasara por algunos instantes el suplicio, diciéndole: "¡Oh mi señor soberano! claro que este genealogista está afligido de un espíritu imprudente y de un raciocinio débil para así pretender que este caballo puro desciende de una madre hembra de búfalo marino. Así es que, para probarle bien que se merece su suplicio, valdría más hacer venir aquí al caballerizo que ha traído este caballo de parte del jefe de las tribus árabes. ¡Y nuestro amo el sultán le interrogará en presencia de este genealogista, y le pedirá que nos entregue la bolsita que contiene el acta de nacimiento de este caballo y que da fe de su raza y de su origen, pues ya sabemos que todo caballo de sangre noble debe llevar atada a su cuello una bolsita, a manera de estuche, que contenga sus títulos y su genealogía!"
Y dijo el sultán: "¡No hay inconveniente!" Y dió orden de llevar a su presencia al caballerizo en cuestión.
Cuando el caballerizo entró entre las manos del sultán y hubo oído y comprendido lo que se le pedía, contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡Y aquí está el estuche!" Y sacándose del seno una bolsita de cuero labrado e incrustado de turquesas, se la entregó al sultán, que en seguida desató los cordones y sacó un pergamino, en el cual estaban estampados los sellos de todos los jefes de la tribu en que había nacido el caballo y los testimonios de todos los testigos presentes al acto de cubrir el padre a la madre. Y aquel pergamino decía en definitiva que el potranco consabido había tenido por padre a un semental de pura sangre de la raza de los Seglawi-Jedrán y por madre a una hembra de búfalo marino, a quien el semental había encontrado un día que viajaba a orillas del mar,  y que la había cubierto por tres veces, relinchando sobre ella de una manera que no dejaba lugar a dudas. Y decía también que aquella hembra de búfalo marino fue capturada por los jinetes, y había dado a luz aquel potranco bayo oscuro, y le había criado ella misma durante un año en medio de la tribu. Y tal era el resumen del contenido del pergamino.
Cuando el sultán hubo oído la lectura que del documento le había hecho el propio gran visir, y la enumeración de los nombres de jeiques y testigos que lo habían sellado, quedó extremadamente confuso de hecho tan extraño, al mismo tiempo muy maravillado de la ciencia adivinatoria e infalible del genealogista de caballos. Y se encaró con el funcionario del palo, y le dijo: "¡Quítale de encima de la plancha del berbiquí!"
Y una vez que de nuevo estuvo el genealogista de pie entre las manos del rey, le preguntó éste: "¿Cómo pudiste juzgar de una sola ojeada la raza, el origen, las cualidades y el nacimiento de este potro? Porque tu aserto, por Alah ha resultado cierto y se ha probado de manera irrefutable. ¡Date prisa, pues, a iluminarme respecto a las señales por las cuales has conocido la tara de este animal espléndido!" Y contestó el genealogista: "La cosa es fácil, ¡oh mi señor! No he tenido más que mirar los cascos de este caballo. Y nuestro amo puede hacer lo que he hecho yo". Y el rey miró los cascos del animal y vió que estaban hendidos y eran pesados y largos, como los de los búfalos, en vez de estar unidos y ser ligeros y redondos como los de los caballos. Y al ver aquello exclamó el sultán: "¡Alah es Todopoderoso!"
Y se encaró con los servidores, y les dijo: "¡Que le den hoy a ese sabio genealogista doble ración de carne, así como dos panes y agua a discreción!" ¡Y he aquí lo referente a él!
Pero respecto al genealogista de la especie humana, ocurrió cosa muy distinta.
En efecto, cuando el sultán hubo visto aquellos dos descubrimientos extraordinarios, debidos a los dos genealogistas con la gema que contenía un gusano en su corazón y con el potro nacido de un semental de pura sangre y de una hembra de búfalo marino, y cuando hubo puesto a prueba por sí mismo la ciencia prodigiosa de ambos hombres, se dijo: "¡Por Alah, que no lo sé; pero creo que el tercer bellaco debe ser un sabio más prodigioso todavía! ¡Y quién sabe si irá a descubrir algo que no sepamos!" Y le hizo llevar a su presencia acto seguido, y le dijo: "Debes acordarte ¡oh hombre! de lo que te adelantaste a decir en mi presencia con respecto a tu ciencia de la genealogía de la especie humana, que te permite descubrir el origen directo de los hombres, lo cual no puede conocer apenas la madre del niño, y lo ignora el padre, generalmente. Y también debes acordarte de que aventuraste un aserto parecido respecto a las mujeres. Deseo, pues, saber por ti si persistes en tus afirmaciones y si estás dispuesto a demostrarlas ante nuestros ojos". Y el genealogista de la especie humana, que era el tercer comedor de haschisch, contestó: "Así hablé, ¡oh rey del tiempo! Y persisto en mis afirmaciones. ¡Y Alah es el más grande!"
Entonces el sultán se levantó de su trono, y dijo al hombre: "¡Echa a andar detrás de mí!" Y el hombre echó a andar detrás del sultán, que le condujo a su harén, en contra de lo establecido por la costumbre, aunque después de haber hecho prevenir a las mujeres por los eunucos para que se envolvieran en sus velos y se taparan el rostro. Y llegados que fueron ambos al aposento reservado a la favorita del momento, el sultán se encaró con el genealogista, y le dijo: "¡Besa la tierra en presencia de tu señora y mírala para decirme luego lo que hayas visto!"
Y el comedor de haschisch dijo al sultán: "Ya la he examinado, ¡oh rey del tiempo!" Y he aquí que no había hecho más que posar en ella una mirada, una sola, y nada más.
Y el sultán le dijo: "¡En ese caso, echa a andar detrás de mí!"
Y salió, y el genealogista echó a andar detrás de él, y llegaron a la sala del trono. Y tras de hacer evacuar la sala, el sultán se quedó solo con su gran visir y el genealogista, a quien preguntó: "¿Qué has descubierto en tu señora?" Y contestó el interpelado: "¡Oh mi señor! he visto en ella una mujer adornada de gracias, de encantos, de elegancia, de lozanía, de modestia y de todos los atributos y todas las perfecciones de la belleza. Y sin duda no se podría desear nada más en ella, porque tiene todos los dones que pueden encantar el corazón y refrescar los ojos, y por cualquier parte que se la mire está llena de proporción y armonía; y si he de juzgar por su aspecto exterior y por la inteligencia que anima su mirada, sin duda debe poseer en su centro interior todas las cualidades deseables de listeza y de comprensión. Y he aquí lo que he visto en esa dama soberana, ¡oh mi señor! ¡Pero Alah es omnisciente!"
El sultán le dijo: "¡No se trata de eso, ¡oh genealogista! sino de que digas qué has descubierto con respecto al origen de tu señora, mi honorable favorita...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 829ª noche

Ella dijo:
... Cuando el genealogista hubo dicho al sultán: "Y he aquí lo que he visto en esa dama soberana, ¡oh mi señor! ¡Pero Alah es omnisciente!", el sultán le dijo: "¡No se trata de eso, ¡oh genealogista! sino de que me digas qué has descubierto con respecto al origen de tu señora, mi honorable favorita!" Y tomando de pronto una actitud reservada y discreta, el genealogista contestó: "¡Es cosa delicada, ¡oh rey del tiempo! y no sé si debo hablar o callarme!" Y el sultán exclamó: "¡Por Alah, que no te he hecho venir más que para que hables! Vamos desembucha lo que tengas guardado, y mide tus palabras, ¡oh bellaco!" Y el genealogista, sin inmutarse, dijo: "¡Por vida de nuestro amo, que esa dama sería el ser más perfecto entre las criaturas si no tuviese un defecto original que desluce sus perfecciones personales!"
Al oír estas últimas frases y la palabra "defecto", el sultán, frunciendo las cejas e invadido por el furor, sacó de repente su cimitarra y saltó hacia el genealogista para cortarle la cabeza, gritando: "¡Oh perro, hijo de perro! por lo visto vas a decirme que mi favorita desciende de algún búfalo marino o que tiene un gusano en un ojo o en otra parte! ¡Ah! ¡hijo de los mil cornudos de la impudicia, así esta hoja te deje más ancho que largo!" Y de un trago le habría hecho beber la muerte infaliblemente, si no se hubiese encontrado allí el visir, prudente y juicioso, para desviar su brazo y decirle: "¡Oh mi señor! ¡mejor será no quitar la vida a este hombre, sin estar convencido de su crimen!"
Y el sultán dijo al hombre, a quien había derribado y a quien tenía bajo su rodilla: "¡Pues bien; habla! ¿Cuál es ese defecto que has encontrado en mi favorita?"
Y el genealogista de la especie humana contestó con el mismo acento tranquilo de antes: "¡Oh rey del tiempo! ¡mi señora, tu honorable favorita, es un dechado de belleza y de perfecciones; pero su madre era una danzarina pública, una mujer libre de la tribu errante de los Ghaziyas, una hija de prostituta!"
Al oír estas palabras, se hizo tan intenso el furor del sultán que se le quedaron los gritos en el fondo de la garganta. Y sólo al cabo de un momento pudo expresarse, diciendo a su gran visir: "¡Ve en seguida a traerme aquí al padre de mi favorita, que es el intendente de mi palacio!" y continuó teniendo bajo su rodilla al genealogista, que era el tercer comedor de haschisch. Y cuando hubo llegado el padre de su favorita, le gritó: "¿Ves este palo? ¡Pues bien; si no quieres verte sentado en su punta date prisa a decirme la verdad con respecto al nacimiento de tu hija, mi favorita!" Y el intendente de palacio, padre de la favorita, contestó: "¡Escucho y obedezco!"
Y dijo: "Has de saber ¡oh mi señor soberano! que voy a decirte la verdad, pues, que tal es la única salvación. En mi juventud vivía yo la vida libre del desierto, y viajaba escoltando a las caravanas, que me pagaban el tributo del pasaje por el territorio de mi tribu. Y he aquí que un día en que habíamos acampado junto a los pozos de Zobeida (¡sean con ella las gracias y la misericordia de Alah!), acertó a pasar un grupo de mujeres de la tribu errante de los Ghaziyas, cuyas hijas, cuando llegan a la pubertad, se prostituyen con los hombres del desierto, viajando de una tribu a otra y de un campamento a otro, ofreciendo sus gracias y su ciencia del amor a los cabalgadores jóvenes. Y aquel grupo se quedó con nosotros durante algunos días, y nos dejó luego para ir a buscar a los hombres de la tribu vecina. Y he aquí que después de su marcha, cuando ya se habían perdido de vista, descubrí acurrucada debajo de un árbol, a una pequeñuela de cinco años, a quien su madre, una Ghaziya, había debido perder u olvidar en el oasis, junto a los pozos de Zobeida. Y en verdad ¡oh mi señor soberano! que aquella muchacha, morena como el dátil maduro, era tan menuda y tan hermosa, que acto seguido declaré que la tomaba a mi cargo. Y aunque estaba asustada como una corza joven en su primera salida por el bosque, conseguí domesticarla, y se la confié a la madre de mis hijos, que la educó como si fuese su propia hija. Y creció entre nosotros y se desarrolló tan bien, que, cuando estuvo en la pubertad, ninguna hija del desierto, por muy maravillosa que fuera, podía comparársela. Y yo ¡oh mi señor! sentía que mi corazón estaba prendado de ella, y sin querer unirme a ella de manera ilícita, la tomé por mujer legítima, desposándola, a pesar de su origen inferior. Y gracias a la bendición, me dió ella la hija que te has dignado elegir para favorita tuya ¡oh rey del tiempo! Y ésta es la verdad acerca de la madre de mi hija, y acerca de su raza y de su origen. Y juro por la vida de nuestro profeta Mohamed (¡con El la plegaria y la paz!) que no he quitado una sílaba. ¡Pero Alah es más verídico y el único infalible!"
Cuando el sultán hubo oído esta declaración sin artificio, se sintió aliviado de una preocupación torturadora y de una inquietud dolorosa. Porque se había imaginado que su favorita era hija de una prostituta entre las Ghaziyas, y acababa de saber precisamente lo contrario, pues, aunque era Ghaziya, la madre había permanecido virgen hasta su matrimonio con el intendente del palacio. Y entonces se dejó llevar de la sorpresa que le producía la ciencia del perspicaz genealogista. Y le preguntó: "¿Cómo te has arreglado para adivinar ¡oh sabio! que mi favorita era una hija de Ghaziya, hija de danzarina, la cual era hija de prostituta?" Y el genealogista comedor de haschisch contestó: "¡Escucha! Primero mi ciencia (¡Alah es más sabio!) me puso en camino de este descubrimiento. ¡Y luego me fijé en la circunstancia de que las mujeres de raza Ghaziya tienen todas, como tu favorita, las cejas muy espesas y juntas en el entrecejo, y también, como ella, tienen los ojos más intensamente negros de Arabia!"
Y el rey, maravillado de lo que acababa de oír, no quiso despedir al genealogista sin darle una prueba de su satisfacción. Se encaró, pues, con los servidores, que ya habían entrado de nuevo, y les dijo: "¡Dad hoy a este distinguido sabio doble ración de carne y dos panes del día, así como agua a discreción!"
¡Y he aquí lo referente al genealogista de la especie humana! Pero no es todo, porque no se ha acabado.
En efecto, al siguiente día, el sultán, que se había pasado la noche reflexionando sobre lo que habían hecho los tres compañeros y sobre la profundidad de su ciencia en las diversas ramas de la genealogía, se dijo para sí: "¡Por Alah! después de lo que me ha dicho este genealogista de la especie humana respecto al origen de la raza de mi favorita, no queda por hacer más que declararle el hombre más sabio de mi reino. ¡Pero quisiera saber antes qué me dice respecto a mi origen, al de este sultán, que es descendiente auténtico de tantos reyes!"
Al instante puso en acción su pensamiento, e hizo llevar de nuevo entre sus manos al genealogista de la especie humana, y le dijo: "¡Ahora ¡oh padre de la ciencia! que no tengo ningún motivo para dudar de tus palabras, quisiera oírte hablarme de mi origen y del origen de mi raza real!" Y el otro contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh rey del tiempo! pero no sin que antes me hayas prometido la seguridad. Porque dice el proverbio: "¡Pon distancia entre la cólera del sultán y tu cuello, y mejor es que hagas que te ejecuten por contumacia!" ¡Y yo ¡oh mi señor! soy sensible y delicado, y prefiero el palo por contumacia al palo eficaz que ensarta y profundiza en el agujero por una cuestión de raza!"
Y le dijo el sultán: "¡Por mi cabeza que te concedo la seguridad, y que, sea como sea lo que digas, estás absuelto de antemano!" Y le tiró el pañuelo de la salvaguardia. Y el genealogista recogió el pañuelo de la salvaguardia, y dijo: "¡En este caso, ¡oh rey del tiempo! te ruego que no dejes estar en esta sala otra persona que nosotros dos!" Y el rey le preguntó: "¿Por qué ¡oh hombre!?" El otro dijo: "¡Porque ¡oh mi señor! Alah Todopoderoso posee entre sus nombres benditos el sobrenombre  de "Velador", pues le gusta velar con los velos del misterio las cosas cuya divulgación sería perjudicial!"
Y el sultán ordenó salir a todo el mundo, incluso a su gran visir.
Entonces, al encontrarse a solas con el sultán, el genealogista avanzó hacia él, e inclinándose a su oído, le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡tú no eres más que un adulterino, y de mala calidad!"
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 830ª noche

Ella dijo:
... Entonces, al encontrarse a solas con el sultán el genealogista avanzó hacia él, e inclinándose a su oído, le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡tú no eres más que un adulterino, y de mala calidad!"
Al oír estas terribles palabras, cuya audacia era inusitada, el sultán se puso muy amarillo de color y cambió de talante, y sus miembros cayeron desmadejados; y perdió el oído y la vista; y quedó como un beodo que no hubiera bebido vino; y se tambaleó, con espuma en los labios; y acabó por caer desfallecido en el suelo, y permaneció en aquella posición mucho tiempo, sin que el genealogista supiese con exactitud si estaba muerto de la impresión, o medio muerto, o vivo todavía. Pero el sultán acabó por volver en sí, y levantándose, y recobrado el sentido por completo, se encaró con el genealogista y le dijo: "Ahora, ¡oh hombre! como se me pruebe que tus palabras son verídicas y adquiera yo la certeza de ellas con pruebas positivas, juro por la verdad de Quien me colocó por encima de los cuellos de Sus servidores, que quiero firmemente abdicar un trono del que sería indigno y desposeerme de mi poder real en favor tuyo. Porque eres el que mejor lo merece, y nadie como tú sabrá hacerse digno de esa posición. ¡Pero si advierto la mentira en tus palabras te degollaré!"
Y el genealogista contestó: "¡Escucho y obedezco! ¡No hay inconveniente!"
Entonces el sultán se irguió sobre ambos pies sin más dilación ni tardanza, se precipitó con la espada en la mano al aposento de la sultana madre, y penetró en él, y le dijo: "¡Por el que elevó el cielo y lo separó del agua, que si no me respondes con la verdad a lo que voy a preguntarte te cortaré en pedazos con esto!" Y blandió su arma, girando unos ojos de incendio y babeando de furor. Y la sultana madre, asustada y azorada a la vez por un lenguaje tan poco usual, exclamó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡Cálmate ¡oh hijo mío! e interrógame acerca de todo lo que desees saber, que no te responderé más que con arreglo a los preceptos del Verídico!" Y el sultán le dijo: "Date prisa a decirme, entonces, sin ningún preámbulo ni entrada en materia, si soy hijo de mi padre el sultán y si pertenezco a la raza real de mis antepasados. ¡Porque sólo tú puedes revelármela".
Y contestó ella: "Te diré, pues, sin preámbulos, que eres hijo auténtico de un cocinero. ¡Y si quieres saber cómo, helo aquí!
"Cuando tu antecesor el sultán, a quien hasta ahora creías tu padre, me hubo tomado por esposa, cohabitó conmigo como es de rigor. Pero Alah no le favoreció con la fecundidad, y no pude darle una posteridad que le trajese alegría y asegurase el trono a su raza. Y cuando vió que no tendría hijos, quedó sumido en una tristeza que le hizo perder el apetito, el sueño y la salud. Y su madre no le dejaba parar, impulsándole a tomar nueva esposa. Y tomó una segunda esposa. Pero Alah no le favoreció con la fecundidad. Y de nuevo le aconsejó su madre una tercera esposa. Entonces, al ver que iba a acabar por quedar relegada a última fila, resolví poner a salvo mi influencia, poniendo al mismo tiempo a salvo la herencia del trono. Y esperé la ocasión propicia para realizar tan excelente intención.
"Un día, el sultán, que continuaba sin tener ningún apetito y adelgazando, tuvo mucha gana de comerse un pollo relleno. Y dió al cocinero orden de degollar una de las aves que estaban encerradas en jaulas en las ventanas de palacio. Y vino el hombre para coger el ave en su jaula. Entonces yo, al examinar bien a aquel cocinero, le encontré de lo más a propósito para la obra proyectada, pues era un gallardo joven corpulento y gigantesco. Y asomándome a la ventana, le hice señas para que subiera por la puerta secreta. Y lo recibí en mi aposento. Y lo que pasó entre él y yo sólo duró el tiempo preciso, porque en cuanto hubo acabado su misión le hundí en el corazón un puñal. Y cayó de bruces, muerto, dando con la cabeza antes que con los pies. E hice que mis fieles servidoras le cogieran y le enterraran en secreto en una fosa cavada por ellas en el jardín. Y aquel día no comió el sultán pollo relleno, y montó en una gran cólera a causa de la desaparición inexplicable de su cocinero. Pero nueve meses más tarde, día por día, te eché al mundo con tan buen aspecto como sigues teniendo. Y tu nacimiento fué causa de alegría para el sultán, que recobró su salud y su apetito, y colmó de favores y de presentes a sus visires, a sus favoritos y a todos los habitantes de palacio, y dió grandes festejos y regocijos públicos, que duraron cuarenta días y cuarenta noches. Y ésta es la verdad acerca de tu nacimiento, de tu raza y de tu origen. Y te juro por el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) que no he dicho más que lo que sabía. ¡Y Alah es omnisciente!"
Al oír este relato, el sultán se levantó y salió del aposento de su madre llorando. Y entró en la sala del trono, y se sentó en tierra, frente al tercer genealogista, sin decir una palabra. Y seguían rodando lágrimas de sus ojos, y se deslizaban por los intersticios de su barba que la tenía muy larga. Y al cabo de una hora de tiempo levantó la cabeza y dijo al genealogista: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh boca de verdad! dime cómo has podido descubrir que yo era un adulterino de mala calidad!" Y el genealogista contestó: "¡Oh mi señor! cuando cada uno de nosotros tres hubo probado los talentos que poseía, y de los que quedaste extremadamente satisfecho, ordenaste que nos dieran como recompensa doble ración de carne y de pan y agua a discreción. Y por la mezquindad de semejante regalo y la naturaleza misma de esa generosidad, juzgué que no podías ser más que hijo de un cocinero, posteridad de un cocinero y sangre de un cocinero. Porque los reyes hijos de reyes no tienen costumbre de corresponder al mérito con distribuciones de carne u otra cosa análoga, sino que recompensan los méritos con magníficos presentes, ropones de honor y riquezas sin cuento. Así es que no pude por menos de adivinar tu baja extracción adulterina con aquella prueba incontestable. ¡Y no hay mérito alguno en este descubrimiento!"
Cuando el genealogista hubo cesado de hablar, el sultán se levantó y le dijo: "¡Quítate la ropa!" Y el genealogista obedeció, y el sultán, despojándose de sus ropas y de sus atributos reales, se los puso al otro con sus propias manos. Y le hizo subir al trono, y doblándose ante él, besó la tierra entre sus manos y le rindió los homenajes de un vasallo a su soberano. Y en aquella hora y en aquel instante hizo entrar al gran visir, a los demás visires y a todos los grandes del reino, y le hizo reconocer por ellos como a su legítimo soberano. Y el nuevo sultán envió al punto a buscar a sus amigos los otros dos genealogistas comedores de haschisch, y a uno le nombró guardián de su derecha y a otro guardián de su izquierda. Y conservó en sus funciones al antiguo gran visir, a causa de su sentimiento de la justicia.
Y fué un gran rey.
¡Y he aquí lo referente a los tres genealogistas!
Pero, volviendo al antiguo sultán, su historia no hace más que comenzar. ¡Porque hela aquí...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.
Y su hermana, la pequeña Doniazada, que de día en día y de noche en noche se volvía más hermosa y más desarrollada y más comprensiva y más atenta y más silenciosa, se levantó a medias de la alfombra en que estaba acurrucada y le dijo: "¡Oh hermana mía, cuán dulces y sabrosas y regocijantes y deleitosas son tus palabras!" Y Schehrazada le sonrió, la besó y le dijo: "Sí; pero ¿qué es eso comparado con lo que voy a contar la noche próxima, siempre que quiera permitírmelo nuestro señor el rey?
Y dijo el sultán Schahriar: "¡Oh Schehrazada, no lo dudes! Claro que puedes decirnos mañana la continuación de esa historia prodigiosa que no hace más que empezar apenas. ¡Y si no estás fatigada, puedes proseguirla esta misma noche, que tanto deseo saber lo que va a ocurrirle al antiguo sultán, a ese hijo adulterino! ¡Alah maldiga a las mujeres execrables!
Sin embargo, debo ahora declarar que la esposa del sultán, madre del adulterino, sólo fornicó con el cocinero abrigando un propósito excelente. ¡Alah extienda sobre ella Su misericordia! ¡Pero por lo que respecta a la maldita, a la desvergonzada, a la hija de perro que hizo lo que hizo con el negro Massaud, no trataba de asegurar el trono para mis descendientes, la maldita! ¡Ojalá no la tenga Alah jamás en Su compasión!"
Y tras de hablar así, el rey Schahriar, frunciendo terriblemente las cejas y mirando con los ojos en blanco y de reojo, añadió: "¡En cuanto a ti Schehrazada, empiezo a creer que acaso no seas como todas esas desvergonzadas a quienes he hecho cortar la cabeza!"
Y Schehrazada se inclinó ante el rey huraño, y dijo: "¡Que Alah prolongue la vida de nuestro señor y me otorgue vivir hasta mañana para contarle lo que le aconteció al adulterino simpático!" Y tras de hablar así, se calló.

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