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58 Historia de sarta de perlas

58 Historia de la sarta de perlas           




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HISTORIA DE SARTA-DE-PERLAS

En los anales de los sabios y los libros del pasado se cuenta que el Emir de los Creyentes Al-Motazid Bi'llah, decimosexto califa de la casa de Abbas, nieto de Al-Mota-wakkil, nieto de Harún Al-Raschid, era un príncipe dotado de alma superior, de corazón intrépido y de sentimientos elevados, lleno de distinción y de elegancia, de nobleza y de gracia, de bravura y de gallardía, de majestad y de inteligencia, igualando a los leones en fuerza y en valor, y además, con un ingenio tan fino, que estaba considerado como el poeta más grande de su tiempo. Y en Bagdad, su capital, tenía, para ayudarle a llevar los asuntos de su inmenso imperio, sesenta visires llenos de un celo infatigable, que velaban por los intereses del pueblo con la misma incansable actividad que su señor.  Con lo cual no permanecía oculto para él nada de cuanto pasaba en su reino, en los países que extendíanse desde el desierto de Scham hasta los confines del Maghreb, y desde las montañas del Khorassán y el mar occidental hasta los límites profundos de la India y del Afghanistán, ni siquiera el acontecimiento más fútil en apariencia.
Y he aquí que un día en que se paseaba con Ahmad Ibn-Hamdún el narrador, su íntimo y preferido compañero de copa, y el mismo a quien debemos la transmisión oral de tantas hermosas historias y poemas maravillosos de nuestros padres antiguos, llegó ante una morada de apariencia señorial, deliciosamente recatada entre jardines, y cuya armónica arquitectura pregonaba los gustos de su propietario con mucha más delicadeza de lo que hubiese hecho la lengua más elocuente. Porque para quien, como el califa, tenía los ojos sensibles y el alma atenta, aquella morada era la elocuencia misma.
Y estando ambos sentados en el banco de mármol que daba frente a la morada, y mientras descansaban allí de su paseo, respirando la suave brisa que llegaba embalsamada con el alma de los lirios y de los jazmines, vieron aparecer ante ellos, saliendo de lo umbrío del jardín, a dos jóvenes hermosos cual la luna en su decimocuarto día. Y charlaban los tales entre sí, sin advertir la presencia de los dos extranjeros sentados en el banco de mármol. Y uno de ellos decía a su interlocutor: "¡Haga el cielo ¡oh amigo mío! que en este día de esplendor vengan a visitar a nuestro amo huéspedes del azar! ¡Porque le entristece que haya llegado la hora de la comida sin que esté allí nadie para hacerle compañía, cuando, por lo general, tiene siempre a su lado amigos y extranjeros a quienes regala con delicias y a quienes alberga magníficamente!" Y contestó el otro joven: "Cierto que es la primera vez que sucede semejante cosa y se encuentra solo nuestro amo en la sala de los festines. Muy extraño es que, a pesar de la dulzura de este día de primavera, ningún paseante se haya fijado, para descansar, en nuestros jardines, tan hermosos, que de ordinario vienen a visitarlos desde el interior de las provincias.
Al oír estas palabras de los dos jóvenes, Al-Motazid quedó extremadamente asombrado de saber que no sólo existía en su capital un señor de alto rango, cuya morada le era desconocida, sino que aquel señor llevaba una vida tan singular y no le gustaba la soledad en las comidas. Y pensó: "¡Por Alah! ¡A mí, que soy el califa, a menudo me gusta estar a solas conmigo mismo, y moriría en el más breve plazo si tuviese que sentir a perpetuidad una vida extraña al lado de mí! ¡que tan inestimable es a veces la soledad!"
Luego dijo a su fiel comensal: "¡Oh Ibn-Hamdún! ¡oh narrador de lengua de miel! tú, que conoces todas las historias del pasado y nada ignoras de los acontecimientos contemporáneos, ¿sabías de la existencia del hombre propietario de este palacio? ¿Y no te parece que nos urge entablar conocimiento con uno de nuestros súbditos, cuya vida es tan diferente a la vida de los demás hombres, y tan asombrosa de fasto solitario? Y además, ¿no me dará eso ocasión de ejercer con uno de mis súbditos nobles una generosidad que yo quisiera fuese todavía más magnífica que aquella con la cual debe tratar él a sus huéspedes fortuitos?" Y contestó el narrador Ibn-Hamdún: "Sin duda que el Emir de los Creyentes no tendrá que arrepentirse de su visita a este señor desconocido para nosotros. ¡Voy, pues que tal es el deseo de mi señor, a llamar a esos dos encantadores jóvenes y a anunciarles nuestra visita al propietario de ese palacio!" Y se levantó del banco, así como Al-Motazid, que iba disfrazado de mercader, según su costumbre. Y apareció ante los dos buenos mozos, a los cuales dijo: "¡Por Alah sobre vosotros dos! id a prevenir a vuestro amo de que a su puerta hay dos mercaderes extranjeros que solicitan la entrada en su morada y reclaman el honor de presentarse entre sus manos".
Y en cuanto oyeron ambos jóvenes estas palabras, volaron, jubilosos, a la morada, en el umbral de la cual no tardó en aparecer el dueño del dominio en persona, y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 815ª noche

Ella dijo:
...Y era un hombre de rostro claro, de facciones finas y delicadas, de aspecto elegante y de actitud llena de simpatía. E iba vestido con una túnica de seda de Nischabur, llevaba a los hombros un manto de terciopelo con franjas de oro, y en un dedo ostentaba un anillo de rubíes. Y se adelantó hacia ellos con una sonrisa de bienvenida en los labios y llevándose la mano izquierda al corazón, les dijo: "¡La zalema y la cordialidad para los señores benévolos que nos favorecen con el favor supremo de su llegada!"
Y entraron en la morada, y al ver los visitantes su maravillosa disposición, la creyeron un trozo del propio Paraíso, porque su hermosura interior superaba con mucho a su hermosura externa, y sin duda haría perder al enamorado torturado el recuerdo de su bienamada.
Y en la pila de alabastro de la sala de reunión, donde cantaba un surtidor de diamante, mirábase un jardinillo que era una delicia de frescura y un encanto. Porque aunque el jardín grande circundaba la morada con todas las flores y todas las frondas que adornan la tierra de Alah, y aunque por su esplendor era una locura de vegetación, el jardinillo era una cordura indudablemente. Y las plantas que lo componían eran cuatro flores, sí, sólo eran cuatro flores, en verdad, pero como no las habían contemplado ojos humanos más que en los primeros días de la tierra.
La primera flor era una rosa inclinada sobre el tallo y sola en absoluto, no la de los rosales, sino la rosa original, cuya hermana había florecido en el Edén antes de la bajada furiosa del ángel. Y era una llama de oro rojo encendida por sí misma, un fuego de alegría avivado desde dentro, una aurora magnífica, vivaz, encarnadina, aterciopelada, fresca, virginal, inmaculada, deslumbradora. Y contenía en su corola la púrpura necesaria para la túnica de un rey. En cuanto a su olor hacía entreabrirse en un latido los abanicos del corazón, y decía al alma: "¡Embriágate!", y prestaba alas al cuerpo, diciéndole: ¡ Vuela! "
Y la segunda flor era un tulipán erguido en su tallo y solo en absoluto, no un tulipán de cualquier parterre real, sino el tulipán antiguo, regado con sangre de dragones, aquel cuya especie, abolida, florecía en Iram-de-las-Columnas, y cuyo color decía a la copa de vino añejo: "¡Yo embriago sin que me toquen los labios!", y al tizón inflamado: "¡Yo quemo, pero no me consumo!"
Y la tercera flor era un jacinto erguido en su tallo y solo en absoluto, no el de los jardines, sino el jacinto padre de los lirios, el que tiene un blanco puro, el delicado, el oloroso, el frágil, el cándido jacinto que decía al cisne cuando salía del agua: "¡Soy más blanco que tú!"
Y la cuarta flor era un clavel inclinado sobre su tallo y solo en absoluto, no, ¡oh! no el clavel de las terrazas que riegan por la noche las jóvenes, sino un globo incandescente, una partícula del sol que se hunde por Poniente, un pomo de olor encerrando el alma volátil de la pimienta, el propio clavel cuyo hermano fué ofrecido por el rey de los genn a Soleimán para que con él adornara la cabellera de Balkis y prepararse el Elixir de larga vida, el Bálsamo espiritual, el Alcali real y la Triaca.
Y sólo con tocar estas cuatro flores, aunque no fuese más que en imagen, el agua de la pila tenía numerosos estremecimientos de emoción, incluso cuando se callaba el surtidor musical y cesaba la lluvia de diamante. Y como sabían que eran tan hermosas, las cuatro flores se inclinaban sonrientes sobre sus tallos y se miraban con atención.
Y excepto estas cuatro flores que había en aquella pila, nada adornaba aquella sala de mármol blanco y de frescura. Y descansaba allí satisfecha la mirada, sin pedir nada más.
Cuando el califa y su compañero se sentaron en el diván, cubierto con un tapiz de Khorassán, el huésped, tras de nuevos deseos de bienvenida, les invitó a compartir con él la comida, compuesta de cosas exquisitas que acababan de llevar en bandejas de oro los servidores y que colocaban en taburetes de bambú. Y la comida se celebró con la cordialidad de que usan los amigos para con sus amigos, y se animó con la entrada que, a una señal del huésped, hicieron cuatro jóvenes de rostro de luna, que eran la primera una tañedora de laúd, la segunda una tañedora de címbalos, la tercera una cantarina y la cuarta una danzarina. Y en tanto que con la música, el canto y la gracia de los movimientos completaban entre las cuatro la armonía de aquella sala y encantaban el aire, el huésped y sus dos invitados probaban los vinos en las copas y se endulzaban con las frutas cogidas en rama, tan hermosas, que sólo podrían proceder de árboles del Paraíso.
Y el narrador Ibn-Hamdún, aunque estaba habituado a que le tratase suntuosamente su señor, se sintió con el alma tan exaltada por los vinos generosos y por tantas lindezas reunidas, que se volvió hacia el califa con ojos inspirados, y con la copa en la mano recitó un poema que acababa de surgir en él al recuerdo de un joven amigo que poseía:
Y dijo con su hermosa voz rítmica:
¡Oh tú, cuya mejilla está modelada en la rosa silvestre y moldeada como la de un ídolo de la China!
¡Oh jovenzuelo de ojos de azabache, de formas de hurí! ¡abandona tus posturas perezosas, cíñete los riñones y haz reír en la copa este vino color de tulipán nuevo!
Porque hay horas para la prudencia y otras para la locura! ¡Échame de este vino hoy! ¡Pues ya sabes que me gusta la sangre extraída de la garganta de los barriles cuando es pura como tu corazón!
¡Y no me digas que este licor es pérfido! ¿Qué importa la embriaguez a quien nació ebrio? ¡Hoy mis anhelos son complicados al igual de tus bucles!
¡Y no me digas que para los poetas es funesto el vino! ¡Porque mientras sea, como hoy, azul la túnica del cielo y verde el traje de la tierra, querré beber hasta morir!
¡A fin de que los jóvenes de rostro hermoso que vayan a visitar mi tumba, al respirar el olor del vino, victorioso de la tierra, que exhalarán mis cenizas, se sientan ebrios ya por el solo efecto de este olor!
Y acabando de improvisar este poema, el narrador levantó los ojos hacia el califa para sorprender en su rostro el efecto producido por los versos. Pero en vez de la satisfacción que esperaba ver, notó tal expresión de contrariedad y de cólera reconcentrada, que dejó escapar de su mano la copa llena de vino. Y tembló con toda el alma, y se habría creído perdido sin remisión, si no hubiese notado también que el califa no parecía haber oído los versos recitados, y si no le hubiese visto con los ojos extraviados y como distraídos en la solución de un problema insondable. Y se dijo: "¡Por Alah, que hace un instante tenía el rostro satisfecho, y hele aquí ahora negro de contrariedad y tan tempestuoso como no lo he visto nunca! ¡Y sin embargo, por más que estoy acostumbrado a leer sus pensamientos en la expresión de sus facciones y a adivinar sus sentimientos, no sé a qué atribuir esta mudanza súbita! ¡Alah aleje el Maligno y nos preserve de sus maleficios!"
Y mientras él se torturaba de tal suerte el espíritu para llegar a penetrar el motivo de aquella cólera, el califa lanzó de pronto a su huésped una mirada cargada de desconfianza, y contrariando todas las  reglas de la hospitalidad, y a despecho de la costumbre que exige que jamás el huésped y el invitado se pregunten sus nombres y cualidades, preguntó al dueño del dominio con voz que intentaba reprimir: "¿Quién eres, ¡oh hombre!?"
El huésped, que al oír esta pregunta había cambiado de color y se sintió en extremo mortificado, no quiso, empero, negarse a contestar, y dijo: "Me llaman generalmente Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani".
Y añadió el califa: "¿Y sabes quién soy?" Y contestó el huésped, más pálido aún: "No, por Alah, que no tengo ese honor, ¡oh mi señor!"
Entonces, advirtiendo cuán penosa se hacía la situación, Ibn-Hamdún se levantó, y dijo al joven: "¡Oh huésped nuestro! estás en presencia del Emir de los Creyentes, el califa Al-Motazid Bi'llah, nieto de Al-Motawakkil Ala'llah".
Al oír estas palabras, el dueño del dominio se levantó a su vez en el límite de la emoción, y besó la tierra: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡por las virtudes de tus generosos antecesores los beneméritos, te conjuro a que perdones a tu esclavo los errores en que sin duda alguna, por inadvertencia, haya podido incurrir para con tu augusta persona, o la falta de cortesía de que haya podido hacerse reo, o la falta de consideraciones, o la falta de generosidad!" Y contestó el califa: "¡Oh hombre! no tengo que reprocharte ninguna falta de ese género. Por el contrario, has dado prueba conmigo de una generosidad que te envidiarían los más munificentes entre los reyes. ¡Y si te he interrogado, por lo visto fué porque una causa muy grande me impulsó a ello de pronto, cuando yo no pensaba más que en darte las gracias por todo lo que de hermoso había visto en tu casa!"
Y dijo el huésped, azorado: "¡Oh mi señor soberano! ¡por favor, no hagas pesar tu cólera sobre tu esclavo sin haberle convencido de su crimen antes!" Y dijo el califa: "¡Al primer golpe de vista he notado ¡oh hombre! que en tu casa todo, desde los muebles hasta las mismas ropas que sobre ti llevas, ostenta el nombre de mi abuelo Al-Motawakkil Ala'llah! ¿Puedes explicarme circunstancia tan extraña? ¿Y no debo pensar en algún saqueo clandestino del palacio de mis santos abuelos? Habla sin reticencias, o te espera la muerte al instante".
Y en lugar de turbarse, el huésped recobró su aire afable y su sonrisa y con su voz más apacible dijo: "Sean contigo las gracias y la protección del Todopoderoso, ¡oh mi señor! ¡Ciertamente, hablaré Sin reticencias pues la verdad es tu ropa interior, la sinceridad tu traje exterior, y en tu presencia nadie podría expresarse de otro modo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 816ª noche

Ella dijo:
"¡Ciertamente hablaré sin reticencias, pues la verdad es tu ropa interior, la sinceridad tu traje exterior, y en tu presencia nadie podría expresarse de otro modo!"
Y el califa le dijo: "¡En ese caso, siéntate y habla!"
"Has de saber ¡oh Emir de los Creyentes! (¡pluguiera a Alah prolongarte triunfos y favores!) que no soy, como pudiera suponerse, ni un hijo del rey, ni un cherif, ni un hijo de visir, ni nada que de cerca o de lejos tenga que ver con la nobleza de nacimiento. Pero mi historia es una historia tan extraña, que si se escribiese con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de enseñanza a quien la leyera con respeto y atención. Porque, aunque yo no sea noble, hijo de noble, ni de una familia noble, creo que puedo afirmar a mi señor, sin ánimo de mentir, que la tal historia le satisfará, si quiere prestarme oído, y aplacará su cólera acumulada contra el esclavo que le habla".
Y Abu'l Hassán dejó de hablar por un instante, coordinó sus recuerdos, los precisó en su pensamiento, y continuó de este modo:
"He nacido en Bagdad ¡oh Emir de los Creyentes! de un padre y una madre que sólo me tenían a mi por toda posteridad. Y mi padre era un simple mercader del zoco, si bien era el más rico entre los mercaderes y el más respetado. Y no era mercader en un zoco únicamente, sino que en cada zoco tenía una tienda que era la más hermosa, lo mismo en el zoco de los cambistas, que en el de los drogueros, que en el de los mercaderes de telas. Y en cada una de sus tiendas tenía un representante hábil para las operaciones de venta y de compra. Y en el piso de encima de cada trastienda poseía un cuarto reservado en que poder ponerse cómodo, al abrigo de las idas y venidas, y dormir la siesta en la época de los calores, mientras que, para refrescarse durante su sueño, un esclavo desempeñaba las funciones de hacerle aire con un abanico, abanicándole con respeto los testículos especialmente. Pues mi padre tenía los testículos sensibles al calor, y nada le hacía tanto bien como la brisa del abanico.
Como yo era su único hijo, me quería con ternura, no me privaba de nada y no perdonaba ningún dispendio para mi educación. Y además, de año en año se multiplicaban sus riquezas, gracias a la bendición, y resultaban difíciles de enumerar. Y entonces fué cuando, al llegar la hora de su Destino, murió (¡Plegue a Alah cubrirle con Su misericordia, admitirle en Su paz y alargar con los días que perdió el difunto la vida del Emir de los Creyentes!)
En cuanto a mí, habiendo heredado de mi padre bienes inmensos, continué haciendo marchar, como en vida suya, los negocios del zoco. Y por cierto que no me privaba de nada, comiendo, bebiendo y divirtiéndome en la medida de mis fuerzas con mis amigos predilectos. Y me pareció que la vida era excelente, y traté de hacérsela a los demás tan agradable como resultaba para mí. Por eso era mi dicha completa y sin amargura, y no deseaba yo nada mejor que mi vida de todos los días. Porque todo eso que los hombres llaman ambición, y que los vanidosos llaman gloria, y que los pobres de espíritu llaman renombre, y los honores y el ruido, eran un sentimiento insoportable para mí. Y me prefería yo a todo eso. Y a las satisfacciones de fuera prefería la tranquilidad de mi existencia, y a las falsas grandezas mi sencilla felicidad escondida entre mis amigos de rostro dulce.
Pero ¡oh mi señor! por muy sencilla y límpida que sea una vida, jamás está libre de complicaciones. Y yo mismo había de experimentarlo pronto como mis semejantes. Y fue bajo el aspecto más encantador como entró en mi vida la complicación. Pues Alah, ¿hay en la tierra encanto comparable al de la belleza cuando, para manifestarse, elige el rostro y las formas de una adolescente de catorce años? ¿Y hay ¡oh mi señor! adolescente más seductora que la que no se espera, cuando, para abrasarnos el corazón, tiene el rostro y las formas de una jovenzuela de catorce años? Porque bajo ese aspecto, y no bajo otro, fué como se me apareció ¡oh Emir de los Creyentes! la que para siempre había de sellarme la razón con el sello de su imperio.
En efecto, estaba un día yo sentado delante de mi tienda, y charlaba de unas cosas y de otras con mis amigos habituales, cuando vi detenerse frente a mí a una arrebatadora y sonriente joven, ataviada con dos ojos babilónicos, que me lanzó una mirada, una sola mirada, y nada más. Y como bajo la picadura de una flecha acerada, me estremecí en mi alma y en mi carne, y sentí que se conmovía todo mi ser como ante la llegada misma de mi dicha. Y al cabo de un instante avanzó hacia mí la joven, y me dijo: "¿Es aquí, por ventura, la tienda reservada del señor Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani?" Y me preguntó esto ¡oh mi señor! con una voz de agua corriente; y se erguía ante mí, esbelta y flexible en su gracia; y bajo el velo de muselina, su boca de virgen niña era una corola de púrpura abriéndose sobre dos húmedas hileras de granizos. Y contesté, levantándome en honor suyo: "¡Sí, ¡oh mi señora! ésta es la tienda de tu esclavo!" Y mis amigos, por discreción, se levantaron todos y se marcharon.
Entonces la joven entró en la tienda, ¡oh Emir de los Creyentes! arrastrando mi razón tras su hermosura. Y se sentó en el diván como una reina, y me preguntó: "¿Y dónde está él?" Muy azorado y trabandoseme de emoción la lengua, contesté: "Soy yo mismo, ¡ya setti!" Y sonrió ella con la sonrisa de su boca, y me dijo: "Di entonces a ese dependiente tuyo que me cuente trescientos dinares de oro". Y al instante me encaré con mi primer contable, y le di orden de pesar trescientos dinares y entregárselos a aquella dama sobrenatural. Y tomó ella el saco de oro que le entregaba mi empleado, y levantándose se marchó, sin tener una palabra de agradecimiento ni un gesto de despedida. Y en verdad, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi razón no pudo hacer otra cosa que continuar tras ella, atada a sus pies.
Y he aquí que, cuando la hermosa joven hubo desaparecido, mi dependiente me dijo respetuosamente: "¡Oh mi señor! ¿a nombre de quién debo inscribir la suma adelantada?" Yo contesté: "¡Ah! ¿lo sé yo acaso? ¿Y desde cuándo inscriben los humanos en sus libros de cuentas los nombres de las huríes? Si quieres, escribe: Adelantada la suma de trescientos dinares a la Abrasadora-de-Corazones".
Cuando mi primer contable oyó estas palabras, se dijo: "¡Por Alah! Mi amo, que de ordinario es tan mirado, no obra conmigo de un modo tan inconsecuente más que para poner a prueba mi sagacidad y mi deber. ¡Voy, pues, a echar a correr detrás de la desconocida y a preguntarle su nombre!" Y sin consultarme sobre el particular, salió de la tienda, lleno de celo, y echó a correr en pos de la joven, que ya se había perdido de vista. Y al cabo de cierto tiempo volvió a la tienda, pero con la mano en su ojo izquierdo y con el rostro bañado en lágrimas. Y se fué, cabizbajo, a ocupar su sitio en la caja, limpiándose las mejillas. Y le pregunté: "¿Qué te pasa?" Me contestó: "Alejado sea el Maligno,  ¡oh mi señor! Creí obrar bien siguiendo a la joven señora que estaba aquí, con intención de preguntarle su nombre. Pero en cuanto sintió que la seguían se volvió bruscamente hacia mí, y me asestó en el ojo izquierdo un puñetazo que por poco me parte la cabeza. Y aquí me tienes con un ojo aplastado por una mano más fuerte que la de un herrero".
¡Eso fué todo!
¡Loores a Alah, ¡oh mi señor! que esconde tanta fuerza en las manos de las gacelas y pone tanta prontitud en sus movimientos!
Y todo aquel día permanecí con el espíritu encadenado por el recuerdo de aquellos ojos de asesinato, y con el alma torturada a la par que refrescada por el paso de la que me arrebató la razón.
Y he aquí que al día siguiente a la misma hora, mientras yo me abismaba en su amor, vi de pie ante mi tienda a la encantadora, que me miraba sonriendo. Y a su vista estuvo a punto de huírseme de alegría la poca razón que me quedaba. Y cuando abría yo la boca para desearle la bienvenida, me dijo ella: "Sin duda, ya Abu'l Hassán, habrás dicho para tu ánima, pensando en mí: "¿Qué trapisonda no será, que ha cogido lo que ha cogido y se ha marchado tan tranquila?"
Pero yo contesté: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh mi soberana! ¡No has hecho más que tomar lo que te pertenecía, pues aquí todo es de tu propiedad, el recipiente con el contenido! ¡En cuanto a tu esclavo, su alma ya no es de él desde que viniste, y está comprendida en el lote de objetos sin valor de esta tienda!" Y al oír aquello, la joven se levantó el velillo del rostro, y se inclinó como una rosa en el tallo de un lirio, y se sentó riendo, con un ruido de brazaletes y de sedas. Y entró con ella en la tienda el olor balsámico de todos los jardines.
Luego me dijo: "¡Sí así es, ya Abu'l Hassán, cuéntame quinientos dinares!" Y contesté: "¡Escucho y obedezco!" Y tras de hacer pesar los quinientos dinares, se los di. Y los tomó y se marchó. Y esto fué todo. Y como la víspera, continué sintiéndome prisionero de sus encantos y cautivo de su belleza. Y sin saber qué sortilegio era el que me había dejado sin pensamiento ni raciocinio, no pude determinarme a tomar un partido o a hacer un esfuerzo que me sacara del estado de embrutecimiento en que me hallaba sumido.
Pero al día siguiente, estando yo más pálido e inactivo que nunca, apareció ante mí ella, con sus largos cabellos de llama y de tinieblas y su sonrisa enloquecedora. Y sin pronunciar una palabra aquella vez, puso el dedo en un tapete de terciopelo del que pendían joyas inestimables, y se limitó a acentuar su sonrisa ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 817ª noche

Ella dijo:
... Sin pronunciar una palabra aquella vez, puso el dedo en un tapete de terciopelo del que pendían joyas inestimables, y se limitó a acentuar su sonrisa. Y al instante ¡oh Emir de los Creyentes! aparté el tapete de terciopelo, lo doblé con todo lo que contenía, y se lo entregué a la hechicera, que lo cogió y se marchó sin más ni más.
Pero al verla desaparecer aquella vez, no pude determinarme a seguir inmóvil, y sobreponiéndome a mi timidez, que me hacía temer una afrenta semejante a la que había sufrido mi contable, me levanté y seguí sus huellas. Y caminando de tal suerte tras ella, llegué a orillas del Tigris, donde la vi embarcarse en un barquito que, con remos rápidos, ganó el palacio de mármol del Emir de los Creyentes Al-Motawakkil, abuelo tuyo, ¡oh mi señor! Y al ver aquello, llegué al límite de la inquietud y pensé para mi ánima: "¡Hete aquí ahora, ya Abu'l Hassán, metido en aventuras y llevado en el molino de la complicación!"
Y a pesar mío, medité en esta frase del poeta:
¡Ten cuidado y examina bien el brazo blanco y dulce de la bienamada, el cual te parece más blando, para apoyar en él tu frente, que el plumón de los cisnes!
Y permanecí pensativo mucho rato, mirando sin verla el agua del río, y toda mi vida, pasada sin tropiezos y tan dulcemente monótona, desfiló ante mis ojos, siguiendo la corriente de aquella agua, en barcas sucesivas y semejantes todas. Y de pronto reapareció ante mis ojos la barca colgada de púrpura que la joven hubo de utilizar y que entonces estaba amarrada al pie de la escalera de mármol y sin remeros. Y exclamé: "¡Por Alah! ¿no te da vergüenza de tu vida somnolienta, ya Abu'l Hassán? ¿Y cómo te atreves a vacilar entre esa pobre vida y la vida ardiente que llevan los que no temen la complicación? Por lo visto, no conoces esta otra frase del poeta:
¡Levántate, amigo, y sacude tu modorra! ¡La rosa de la dicha no florece en el sueño! ¡No dejes pasar sin quemarlos los instantes de esta vida! ¡Siglos tendrás para dormir!
Y reconfortado con estos versos y con el recuerdo de la emocionante joven, entonces, que ya sabía donde habitaba, resolví no perdonar nada para llegar hasta ella. Y alimentando este proyecto, fui a casa y entré en el aposento de mi madre, que me quería con toda su ternura, y sin ocultarle nada le conté lo que acaecía en mi vida. Y mi madre, asustada, me estrechó contra su corazón y me dijo: "¡Alah te resguarde ¡oh hijo mío! y preserve tu alma de la complicación! ¡Ah! hijo mío Abu'l Hassán, único lazo que me une a la vida, ¿en dónde vas a comprometer tu reposo y el mío? Si esa joven habita en el palacio del Emir de los Creyentes, ¿cómo te obstinas en querer encontrártela de nuevo? ¿No ves el abismo a que corres al atreverte a dirigirte, aunque no sea más que con el pensamiento, a la morada de nuestro señor el califa? ¡Oh hijo mío! ¡por los nueve meses durante los cuales incubé tu vida, te suplico que abandones el proyecto de volver a ver a esa desconocida y no dejes que en tu corazón se imprima una pasión funesta!" Y contesté, procurando tranquilizarla: "¡Oh madre mía! apacigua tu alma cara y refresca tus ojos. No sucederá nada que no debe suceder. Y lo que está escrito ha de ocurrir. ¡Y Alah es el más grande!"
Y al día siguiente, que había ido yo a mi tienda del zoco de los joyeros recibí la visita del representante mío que estaba al frente de los negocios de mi tienda del zoco de los drogueros. Y era un hombre de edad, en quien mi difunto padre tenía una confianza ilimitada y a quien consultaba todos los asuntos difíciles o complicados. Y después de las zalemas y deseos de rigor, me dijo: "¡Ya sidi! ¿a qué obedece esa mudanza que veo en tu fisonomía y esa palidez y ese aire preocupado? ¡Alah nos preserve de malos negocios y de clientes de mala fe! ¡Pero sea cual sea la desgracia que haya podido sobrevenirte, no es irremediable, puesto que estás con buena salud!" Y le dije: "No, por Alah ¡oh venerable tío! que no tengo malos negocios ni soy víctima de la mala fe de otro. Pero mi vida ha cambiado por completo de rumbo. Y ha entrado en mí la complicación al pasar una jovenzuela de catorce años".
Y le conté lo que me había sucedido, sin olvidar un detalle. Y le describí, como si se encontrase allí ella, a la arrebatadora de mi corazón.
Y tras de haber reflexionado un momento, me dijo el venerable jeique: "Ciertamente, el asunto es complicado. Pero no está por encima de la experiencia de tu viejo esclavo, ¡oh mi señor! En efecto, entre mis conocimientos tengo a un hombre que se aloja en el propio palacio del califa Al-Motawakkil, pues se trata del sastre de los funcionarios y de los eunucos. Por tanto, voy a presentarte a él; y le encargarás algún trabajo, remunerándoselo espléndidamente. ¡Y te será él de gran utilidad entonces!" Y sin tardanza me condujo al palacio y entró conmigo a ver al sastre, que nos recibió con afabilidad. Y para inaugurar mis pedidos de ropa, le enseñé uno de mis bolsillos, que en el camino había tenido cuidado de descoser, y le rogué que me lo recosiera con urgencia. Y el sastre lo hizo de buen grado. Y para remunerar su trabajo, le deslicé en la mano diez dinares de oro, excusándome por lo poco que era y prometiéndole indemnizarle espléndidamente al segundo pedido. Y el sastre no supo qué pensar de mi manera de conducirme; pero mirándome con estupefacción, me dijo: "¡Oh mi señor! vistes como un mercader y estás lejos de tener sus modales. Por lo general, un mercader repara en gastos y no saca un dracma sin estar seguro de ganar diez. ¡Y tú, por una labor insignificante, me das el precio de un traje de emir!"
Luego añadió: "¡Sólo los enamorados son tan magníficos! ¡Por Alah sobre ti!, ¡oh mi señor! ¿acaso estás enamorado?" Yo contesté, bajando los ojos: "¿Cómo no estarlo después de haber visto lo que he visto?" El me preguntó: "¿Y quién es el objeto de tus tormentos? ¿Es un cervatillo o una gacela?" Yo contesté: "¡Una gacela!" El me dijo: "Está bien. ¡Aquí me tienes dispuesto, ¡oh mi señor! a servirte de guía, si su morada es este palacio, ya que se trata de una gacela, y aquí se encuentran las más hermosas variedades de esa especie!" Yo dije: "¡Sí, aquí es donde habita!" El dijo: "¿Y cuál es su nombre?" Yo dije: "¡Sólo Alah le conoce, y tú mismo quizá!" El dijo: "Descríbemela entonces". Y se la describí lo mejor que pude, y exclamó él: "¡Por Alah, que es nuestra señora Sarta-de-Perlas, la tañedora de laúd del Emir de los Creyentes Al-Motawakkil Ala'llah! Y añadió: "He aquí precisamente a su pequeño eunuco, que se dirige hacia nosotros. ¡No dejes escapar la ocasión de sobornarle ¡oh mi señor! para que te sirva de introductor ante su señora  Sarta-de-Perlas!"
Y, efectivamente, ¡oh Emir de los Creyentes! vi entrar en el taller del sastre a un esclavito blanco, tan hermoso como la luna del mes de Ramadán. Y después de saludarnos con amabilidad, dijo al sastre, indicándole una pequeña túnica de brocato: "¿Cuánto cuesta esta túnica de brocato, ¡oh jeique Alí!? ¡Precisamente tengo necesidad de ella para acompañar a mi ama Sarta-de-Perlas!" Y al punto descolgué yo la túnica del sitio en que estaba, y se la entregué, diciendo: "¡Está pagada, y te pertenece!"
El niño me miró sonriendo de soslayo, igual que su ama, y me dijo cogiéndome de la mano y llevándome aparte: "Sin duda alguna eres Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani". Y en el límite del asombro, al ver yo tanta sagacidad en un niño y al oír que me llamaba por mi nombre, le puse en el dedo un anillo de precio, que hube de quitarme, y contesté: "Verdad dices, ¡oh encantador jovenzuelo! Pero ¿quién te ha revelado mi nombre?" El dijo: "Por Alah, ¿cómo no he de saberlo, cuando mi ama lo pronuncia tantas veces al día delante de mí todo el tiempo que lleva enamorada de Abu'l Hassán Alí el magnífico señor? ¡Por los méritos del Profeta (¡con El las gracias y las bendiciones!), que si estás tan enamorado de mi ama como ella lo está de ti, me encontrarás dispuesto a secundarte para llegar hasta ella!"
Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! juré al niño, con los juramentos más sagrados, que estaba perdidamente enamorado de su señora, y que sin duda moriría como no la viera en seguida ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y  cuando llegó la 818ª noche

Ella dijo:
... Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! juré al niño, con los juramentos más sagrados, que estaba perdidamente enamorado de su señora, y que sin duda moriría como no la viera en seguida. Y el niño eunuco me dijo: "Ya que así es, ¡oh mi señor Abu'l Hassán! te pertenezco en absoluto. ¡Y no quiero tardar más en ayudarte a tener una entrevista con mi señora!" Y me dejó, diciéndome: "¡Vuelvo al instante!"
Y en efecto, no tardó en volver a casa del sastre en busca mía. Y llevaba un paquete, que desenvolvió; e hizo salir de él una túnica de lino bordada de oro fino y un manto, que era uno de los mantos del propio califa, como pude observar por las señales que lo distinguían y por el nombre inscrito en la trama con letras de oro, y que era el nombre de Al-Motawakkil Ala'llah. Y me dijo el pequeño eunuco: "Te traigo ¡oh mi señor Abu'l Hassán, la ropa con que se viste el califa cuando va por la noche al harén!" Y me obligó a ponérmela, y me dijo: "Una vez que hayas llegado a la larga galería interior, en que están los aposentos reservados de las favoritas, tendrás mucho cuidado, al pasar, de ir cogiendo granos de almizcle del pomo que aquí ves, y de ir dejando uno a la puerta de cada aposento, pues el califa acostumbra a hacer eso todas las noches cuando atraviesa la galería del harén. ¡Y una vez que hayas llegado a la puerta que tiene el umbral de mármol azul, la abrirás sin llamar, y te encontrarás en los brazos de mi señora!" Luego añadió: "¡Respecto a tu salida de allí después de la entrevista, Alah proveerá!"
Tras de darme estas instrucciones, me dejó, deseándome buena suerte, y desapareció.
Entonces yo, ¡oh mi señor! aunque no estaba acostumbrado a aquella clase de aventuras y se trataba de mi entrada en la complicación, no vacilé en vestirme con la ropa del califa, y como si toda mi vida hubiese habitado en el palacio y hubiese nacido allí, me puse en marcha resueltamente, atravesando patios y columnatas, y llegué a la galería de los aposentos reservados para el harén. Y al punto saqué de mi bolsillo el pomo que contenía los granos de almizcle, y conforme a las instrucciones del eunuco, al llegar a la puerta de cada favorita no dejé de echar un grano de almizcle en el platillo de porcelana que estaba allí a ese efecto. Y de tal suerte llegué a la puerta que tenía el umbral de mármol azul. Y ya me disponía a empujarla para penetrar por fin en el aposento de la tan deseada, felicitándome de que hasta entonces no me hubiera reconocido nadie, cuando de pronto oí un rumor muy pronunciado, y en el mismo momento me sorprendió la claridad de gran número de antorchas. Y he aquí que llegaba el califa Al-Motawakkil en persona, rodeado de la muchedumbre de sus cortesanos y de su séquito habitual. Y sólo tuve tiempo para volver sobre mis pasos, sintiendo que el corazón se me sobresaltaba de emoción. Y mientras huía por la galería, oía las voces de las favoritas, que desde dentro lanzaban exclamaciones, diciendo: "¡Por Alah, qué cosa tan asombrosa! He aquí que el Emir de los Creyentes pasa hoy por la galería por segunda vez. El fue sin duda quien pasó hace un momento, echando en la salvilla de cada cual el grano de almizcle acostumbrado. ¡Y además le hemos reconocido por el perfume de su ropa!"
Y continué huyendo desatentadamente; pero hube de pararme, no pudiendo avanzar más por la galería sin peligro de descubrirme. Y oía siempre el rumor de la escolta, y veía acercarse las antorchas. Entonces, sin querer ser sorprendido en aquella situación y con aquel disfraz, empujé la primera puerta que se ofreció a mi mano, y me precipité dentro, olvidando que iba disfrazado de califa y todo lo consiguiente. Y me hallé en presencia de una joven de rasgados ojos asustados, que, levantándose sobresaltada de la alfombra en que estaba tendida, lanzó un grito estridente de terror y de confusión, y con rápido ademán se levantó la orla de su traje de muselina y se cubrió con ella el rostro y los cabellos.
Y ante ella me quedé muy embobado, muy perplejo y deseando con el alma, para escapar a aquella situación, que se abriese la tierra a mis pies y me tragase. ¡Ah! en verdad que lo deseaba ardientemente, y además maldecía la confianza inmoderada que tuve en aquel eunuco de perdición,  quien, a no dudar, iba a ser la causa de mi muerte por ahogo o por empalamiento. Y conteniendo la respiración, esperaba ver salir de labios de aquella joven espantada los gritos de alarma que harían de mí un motivo de lástima y un ejemplo del castigo reservado a los aficionados a las complicaciones.
Y he aquí que tras la orla de muselina se movieron los labios jóvenes, y la voz que salía de allí era encantadora, y me decía: "¡Bienvenido seas a mi aposento, ¡oh Abu'1 Hassán! ya que eres el que ama a mi hermana Sarta-de-Perlas y es amado por ella!" Y al oír estas palabras inesperadas, ¡oh mi señor! me eché de bruces en tierra entre las manos de la joven, y le besé el borde de sus vestiduras y me cubrí la cabeza con su velo protector. Y me dijo ella: "¡Bienvenida y larga vida a los hombres generosos, ya Abu'l Hassán! ¡Con tus procedimientos has superado a mi hermana Sarta-de-Perlas! ¡Y cuán ventajosamente saliste de las pruebas a que hubo de someterte ella! De modo que no cesa de hablarme de ti y de la pasión que has sabido inspirarle. Puedes, pues, bendecir tu destino, que te ha traído a mí, cuando hubiera podido conducirte a tu perdición, disfrazado como estás con esa ropa del califa. ¡Y puedes estar tranquilo a este respecto, porque voy a arreglarlo todo de manera que no suceda nada más que lo que está marcado con el sello de la prosperidad!"
Y sin saber cómo darle las gracias, continué besándole en silencio el borde de su túnica. Y añadió: ella: "Solamente, ya Abu'l Hassán, quisiera, antes de intervenir en interés tuyo, estar bien segura de tus intenciones con respecto a mi hermana. ¡Porque no conviene que haya equívocos acerca del particular!" Y contesté, alzando los brazos: "Alah te guarde y te conserve en el camino de la rectitud, ¡oh caritativa señora mía! ¡Por tu vida! ¿crees acaso que mis intenciones pudieran no ser puras y desinteresadas? No deseo, en efecto, más que una cosa, y es volver a ver a tu dichosa hermana Sarta-de-Perlas, sencillamente para que mis ojos se regocijen con su vista y mi lánguido corazón vuelva a la vida. ¡Sólo deseo eso y nada más! ¡Y pongo por testigo de mis palabras a Alah el Omnividente, que nada ignora de mis pensamientos!"
Entonces me dijo ella: "¡En ese caso, ya Abu'l Hassán, nada perdonaré para hacerte lograr el móvil lícito de tus deseos!"
Y tras de hablar así, dió una palmada, y dijo a una pequeña esclava que acudió a aquella señal: "Ve en busca de tu ama Sarta-de-Perlas, y dile: «Tu hermana Pasta-de-Almendras te envía la zalema y te ruega que vayas a verla sin tardanza, pues se siente esta noche con el pecho oprimido, y sólo tu presencia podrá dilatárselo. ¡Y además, entre tú y ella hay un secreto! "
Y la esclava salió inmediatamente a ejecutar la orden.
A los pocos momentos ¡oh mi señor! la vi entrar con su belleza, en la plenitud de su gracia. E iba envuelta en un velo grande de seda azul por todo vestido; y tenía los pies descalzos y los cabellos sueltos.
Y he aquí que en un principio no me vió, y dijo a su hermana Pasta-de-Almendras: "Aquí me tienes, querida mía. Salgo del hammam y todavía no he podido vestirme. ¡Pero dime pronto qué secreto hay entre tú y yo!"
Y por toda respuesta mi protectora me mostró con el dedo a Sarta-de-Perlas, haciéndome seña de que me aproximara. Y salí de la sombra en que permanecía.
Al verme, mi bienamada no manifestó vergüenza ni azoramiento, sino que fué a mí, blanca y temblorosa, y se arrojó en mis brazos como un niño en los brazos de su madre. Y creí tener contra mi corazón a todas las huríes del Paraíso. Y no sabía ¡oh mi señor! si era ella un rollo de manteca o una pasta de almendras, de tan tierna y frágil como la sentía por doquiera. ¡Bendito sea Quien la ha formado! Mis brazos no osaban oprimir aquel cuerpo infantil. Y al besarla entró en mí una nueva vida de cien años.
Y así permanecimos enlazados no sé cuánto tiempo. Pues creo que debí caer en el éxtasis o en algo parecido . . .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 819ª noche

Ella dijo:
... Y así permanecimos enlazados no sé cuánto tiempo. Pues creo que debí caer en el éxtasis o en algo parecido.
Pero cuando volví a la realidad un poco, iba a contarle todo lo que había sufrido, y he aquí que oímos en la galería un rumor creciente. Y era el propio califa, que iba a ver a su favorita Pasta-de-Almendras, hermana de Sarta-de-Perlas. Y sólo tuve tiempo para levantarme y meterme en un cofre grande, que cerraron ellas encima de mí como si no hubiese pasado nada.
Y tu abuelo el califa Al-Motawakkil ¡oh mi señor! entró en el aposento de su favorita, y advirtiendo a Sarta-de-Perlas, le dijo:
"Por vida mía, ¡oh Sarta-de-Perlas! que me alegro de encontrarte hoy con tu hermana Pasta-de-Almendras. ¿Dónde estabas estos últimos días, que no te veía yo por ninguna parte en el palacio ni oía tu voz que tanto me gusta?" Y añadió, sin aguardar respuesta: "¡Coge ya el laúd que tienes abandonado y cántame una cosa apasionada, acompañándote con él!"
Y a Sarta-de-Perlas, que sabía que el califa estaba en extremo enamorado de una joven esclava llamada Benga, no le costó trabajo dar con la canción requerida; porque, como ella misma estaba enamorada, dejóse llevar sencillamente de sus sentimientos, y afinando su laúd, se inclinó ante el califa y cantó:
¡El bienamado a quien amo -¡ah! ¡ah!
Con su mejilla aterciopelada- ¡oh noche!
Supera en dulzura -¡oh los ojos!
A la mejilla lavada de las rosas!- ¡oh noche!
¡El bienamado a quien amo -¡ah! ¡ah!
Es un lozano jovenzuelo -¡oh noche!
Cuya amorosa mirada ¡ah! ¡ah!
Habría hechizado- ¡oh los ojos!
A los reyes de Babilonia! -¡oh noche!
¡Y tal es- ¡ah! ¡ah!
El bienamado a quien amo!

Cuando el califa Al-Motawakkil hubo oído este canto, quedó extremadamente emocionado, y encarándose con Sarta-de-Perlas, le dijo: "¡Oh joven bendita! ¡oh boca de ruiseñor! para darte una prueba de mi satisfacción, quiero que me formules un deseo. ¡Y por los merecimientos de mis gloriosos antecesores, los beneméritos, te juro que aun la mitad de mi reino te concederé!"
Sarta-de-Perlas contestó, bajando los ojos: "¡Alah prolongue la vida de nuestro señor! ¡pero no deseo nada más que la continuación de la gracia del Emir de los Creyentes sobre mi cabeza y la de mi hermana Pasta-de-Almendras!" Y dijo el califa: "¡Es preciso, Sarta-de-Perlas, que me pidas algo!" Entonces ella dijo: "¡Puesto que me lo ordena nuestro amo, he de pedirle que me liberte y me deje, por toda hacienda, los muebles de este aposento y cuanto contiene este aposento!" Y le dijo el califa: "Dueña de ello eres, ¡oh Sarta-de-Perlas! Y tu hermana Pasta-de-Almendras tendrá por aposento en lo sucesivo el pabellón más hermoso de palacio. ¡Y como eres libre, puedes quedarte o marcharte!" Y levantándose, salió del cuarto de su favorita para ir en busca de la joven Benga, favorita del momento.
En cuanto se marchó él, mi amiga mandó a su eunuco que avisase a los mandaderos y cargadores, e hizo transportar a mi casa todos los muebles del aposento, las tapicerías, los cofres y las alfombras. Y el cofre en que yo estaba encerrado salió el primero, a hombros de los mozos, y gracias a la Seguridad, llegó sin contratiempos a mi casa. Y aquel mismo día ¡oh Emir de los Creyentes! me casé ante Alah con Sarta-de-Perlas, en presencia del kadí y de los testigos. ¡Y lo demás pertenece al misterio de la fe musulmana!
¡Y tal es ¡oh mi señor! la historia de estos muebles, de estas tapicerías y de estas ropas marcadas con el nombre de tu glorioso abuelo el califa Al-Motawakkil Ala'llah. Y -¡lo juro por mi cabeza!- no he añadido a esta historia una sílaba, ni la he disminuido en una sílaba. ¡Y el Emir de los Creyentes es la fuente de toda generosidad y la mina de todos los beneficios!"
Y tras de hablar así Abu'l Hassán se calló. Y el califa Al-Motazid Bi'llah exclamó: "¡Tu lengua ha segregado la elocuencia ¡oh huésped nuestro! y tu historia es una historia maravillosa! ¡Así, pues, para demostrarte la alegría que experimento, te ruego que me traigas un cálamo y una hoja de papel!" Y cuando Abu'l Hassán llevó el cálamo y el papel, el califa se los entregó al narrador Ibn-Hamdún, y le dijo: "¡Escribe lo que yo te dicte!"
Y le dictó: "¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso! Por este firmán, firmado de nuestro puño y sellado con nuestro sello, eximimos de impuestos durante toda su vida a nuestro fiel súbdito Abu'l Hassán Alí ben-Ahmad Al-Khorassani. ¡Y le nombramos nuestro principal chambelán!" Y después de sellar el firmán, se lo entregó, y añadió: "¡Y desearé verte en mi palacio como fiel comensal y amigo mío!"
Y desde entonces Abu'l Hassán fué el compañero inseparable del califa Al-Motazid Bi'llah. Y vivieron todos entre delicias, hasta la inevitable separación que hace habitar las tumbas a los mismos que habitaban los palacios más hermosos. ¡Gloria al Altísimo que habita un palacio por encima de todos los niveles!

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