Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56.5 La sentencia del tragador de hachix

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres
       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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LA SENTENCIA DEL TRAGADOR DE HASCHISCH

"Cuando el nuevo gran visir ¡oh rey afortunado! -continuó el agricultor que había llevado los cohombros- ordenó a los querellantes que hablaran, el primero dijo: "¡Oh mi señor! ¡tengo queja de este hombre!" Y el visir preguntó: "¿Y cuál es tu queja?" El interpelado dijo: "¡Oh mi señor! abajo, a la puerta del diwán, tengo una vaca con su ternero. Y he aquí que esta mañana iba yo con ellos a mi prado de alfalfa para que pastaran: y mi vaca iba delante de mí, y su ternerillo la seguía, haciendo cabriolas, cuando vi llegar en dirección nuestra a este hombre que aquí ves, montado en una yegua que iba acompañada de su cría, una potranca contrahecha y digna de lástima, un verdadero aborto. Al ver a la potranca, mi ternerillo corrió a entablar conocimiento con ella, y empezó a saltar en torno suyo y a acariciarla en la barriga con su hocico, a husmearla y a jugar con ella de mil maneras, tan pronto alejándose, para buscarla luego mimosamente, como levantando por el aire con sus pezuñitas los guijarros del camino.
Y de pronto, ¡oh mi señor! este hombre que ves aquí, que es un bruto, este propietario de la yegua se apeó del animal y se acercó a mi ternero, juguetón y hermoso, y le echó una cuerda al pescuezo,  diciéndome: "¡Me lo llevo! ¡Porque no quiero que se pervierta mi ternero jugando con esa miserable potranca, hija de tu vaca y posteridad suya!" Y se encaró con mi ternero, y le dijo: "Ven, ¡oh hijo de mi yegua y descendencia suya!" ¡Y a pesar de mis gritos de asombro y de mis protestas, se llevó a mi ternero, dejándome la miserable potranca, que está abajo con su madre, y amenazándome con matarme si intentaba yo recuperar lo que me pertenece y es de mi propiedad ante Alah que nos ve y ante los hombres!"
Entonces el nuevo gran visir, que era el pescador tragador de haschisch, se encaró con el otro litigante, y le dijo: "Y tú, ¡oh hombre! ¿qué tienes que decir después de las palabras que acabas de oír?" Y el hombre contestó: "¡Oh mi señor! ¡notorio es, en verdad, que el ternero es producto de mi yegua y que la potranca desciende de la vaca de este hombre!"
Y dijo el visir: "¿Acaso ahora las vacas paren potrancas y las yeguas terneros? ¡Se trata de una cosa que hasta hoy no podía admitirse por un hombre dotado de buen sentido! Y contestó el hombre: "¡Oh mi señor! ¿no sabes que nada es imposible para Alah, que crea lo que quiere y siembra donde quiere, y que la criatura no tiene que hacer más que inclinarse, loarle y glorificarle?" Y dijo el gran visir: "¡Ciertamente, ciertamente! ¡verdad dices, ¿oh hombre! y nada es imposible para el poder del Altísimo, que puede hacer que los terneros desciendan de las yeguas y los potros de las vacas!" Luego añadió: "¡Pero antes de dejarte el ternero hijo de tu yegua y de devolver al que se querella de ti lo que le pertenece, quiero asimismo poneros a ambos por testigos de otro efecto de la omnipotencia del Altísimo!"
Y el visir ordenó que le llevasen un ratón y un costal grande lleno de trigo. Y dijo a los dos querellantes: "¡Mirad con atención lo que va a pasar, y no pronunciéis ni una palabra! Luego se encaró con el segundo litigante, y le dijo: "¡Tú, ¡oh dueño del ternero hijo de la yegua! torna este costal de trigo y cárgale a lomos de este ratón!" Y exclamó el hombre: "¡Oh mi señor! ¿cómo voy a poner este costal tan grande encima de este ratón sin que le aplaste?" Y el visir le dijo: "¡Oh hombre de poca fe! ¿cómo te atreves a dudar de la omnipotencia del Altísimo, que ha hecho nacer de tu yegua el ternero?" Y ordenó a los guardias que se apoderaran del hombre, y en castigo a su ignorancia y a su impiedad, le aplicaran una paliza. E hizo devolver al primer querellante el ternero con su madre, ¡y también le dió la potranca con su madre!"
Y tal es ¡oh rey del tiempo! -continuó el agricultor que había llevado el cesto de frutas- la historia completa del pescador tragador de haschisch, convertido en gran visir del sultán. Y este último detalle sirve para demostrar cuán grande era su sabiduría, cómo sabía extraer la verdad por la reducción al absurdo, y cuánta razón había tenido el sultán en nombrarle gran visir, y en tenerle por comensal, y en colmarle de honores y prerrogativas. ¡Pero Alah es más generoso y más prudente y más magnánimo y más bienhechor!".
Cuando el sultán hubo oído de labios del frutero esta serie de anécdotas, se irguió sobre ambos pies, en el límite del júbilo, y exclamó: "¡Oh jeique de los hombres deliciosos! ¡oh lengua de azúcar y de miel! ¿quién, pues, merece ser gran visir mejor que tú, que sabes pensar con precisión, hablar con armonía y contar con gracia, delicias y perfección?" Y en el momento le nombró gran visir, y le hizo su comensal íntimo, y no se separó ya de él hasta la llegada de la Separadora de amigos y Destructora de sociedades.

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