Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56.4.6 La lección del conocedor de mujeres

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres
       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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La lección del conocedor de mujeres

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que había en El Cairo dos jóvenes, uno casado y otro soltero, a quienes unía una estrecha amistad. El casado se llamaba Ahmad, y el que no lo era se llamaba Mahmud. Y he aquí que Ahmad, que era dos años mayor que Mahmud, se aprovechaba del ascendiente que le daba esta diferencia de edad para actuar de educador y de maestro con su amigo, particularmente en lo que se refería al conocimiento de mujeres. Y de continuo le hablaba sobre el particular, contándole mil casos debidos a su experiencia, y diciéndole siempre, en resumen: "¡Ahora, ¡oh Mahmud! ya puedes decir que has tratado en tu vida a alguien que conoce a fondo a estas criaturas maliciosas! ¡Y debes considerarte muy dichoso de tenerme por amigo para prevenirte contra todas sus asechanzas!" Y cada día estaba Mahmud más maravillado de la ciencia de su amigo, y estaba persuadido de que jamás mujer alguna, por muy astuta que fuese, podría engañarle ni siquiera burlar su vigilancia. Y le decía con frecuencia: "¡Oh Ahmad, cuán admirable eres!" Y Ahmad se pavoneaba con aire protector, dando golpecitos en el hombro a su amigo, y diciendo: "¡Ya te enseñaré a ser como yo!"
Pero un día en que Ahmad le repetía: "¡Ya te enseñaré a ser como yo! ¡Porque se instruye uno con el experimento, y no con el que enseña sin tener experiencia!" el joven Mahmud le dijo: "Por Alah, ¡oh amigo mío! antes de enseñarme a sorprender la malicia de las mujeres, ¿no podrías enseñarme la manera de ponerme en relaciones con alguna...?
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 805ª noche

Ella dijo:
"¿ ... no podrías enseñarme la manera de ponerme en relaciones con alguna?" Y Ahmad contestó con su tono de maestro de escuela: "¡Por Alah, que es la cosa más sencilla! No tienes más que ir mañana a la fiesta que se da en las tiendas del Muled-el-Nabi y observar bien a las mujeres que por allá pululan. Y escogerás una que vaya acompañada de un niño pequeño y que tenga al mismo tiempo buen aspecto y hermosos ojos brillantes bajo el velo de la cara. Y después de fijar tu elección, comprarás dátiles y garbanzos escarchados de azúcar, y se los ofrecerás al niño, y jugarás con él, teniendo mucho cuidado de no levantar los ojos hacia su madre; y le acariciarás amablemente y le besarás. Y sólo cuando te hayas ganado la simpatía del niño, pedirás a su madre, pero sin mirarla, el favor de dejarte llevar al niño. Y durante todo el camino espantarás las moscas de la cara del niño, y le hablarás en su lengua, contándole mil locuras. Y la madre acabará por dirigirte la palabra. ¡Y si lo hace, ten la seguridad de ser gallo!" Y le abandonó después de hablar así, y Mahmud, en el límite de la admiración hacia su amigo, se pasó toda la noche repitiéndose la lección que acababa de oír.
Y he aquí que al día siguiente, muy temprano, se apresuró a ir al Muled, en donde puso en práctica el consejo de la víspera con una precisión que demostraba cuánto confiaba en la experiencia de su amigo. Y con gran maravilla por su parte, el resultado superó a sus esperanzas. Y quiso la suerte que la mujer que acompañó a su casa, y cuyo niño llevó a hombros, fuese precisamente la propia esposa de su amigo Ahmad. Y cuando iba a casa de ella, estaba muy lejos de pensar que traicionaba a su amigo, porque, por una parte, jamás había estado en casa de él, y por otra parte, como nunca la había visto descubierta ni cubierta, no podía adivinar que aquella mujer era la esposa de Ahmad. En cuanto a la joven, se alegraba mucho de poder por fin averiguar el grado de perspicacia de su marido, que también la perseguía con su ciencia de las mujeres y el conocimiento de sus malicias.
Por lo demás, aquel primer encuentro entre el joven Mahmud y la esposa de Ahmad se pasó muy agradablemente para ambos. Y el joven, que estaba virgen todavía e inexperimentado, saboreó en su plenitud el placer de sentirse apresado por los brazos y las piernas de una egipcia versada en el oficio. Y quedaron tan contentos uno de otro, que en los días sucesivos repitieron varias veces la maniobra. Y la mujer se regocijaba de humillar así, sin que lo supiese él, al presuntuoso de su esposo; y el esposo se asombraba de no encontrar ya a su amigo Mahmud a las horas que tenía costumbre de encontrarle, y se decía: "¡Ha debido hallar una mujer, aprovechándose de mis lecciones y de mis consejos!"
Sin embargo, al cabo de cierto tiempo, yendo un viernes a la mezquita, vió a su amigo Mahmud en el patio, junto a la fuente de las abluciones. Y se acercó a él, y después de las zalemas y saludos, le preguntó muy complacido si había triunfado en sus tanteos y si era hermosa la mujer. Y Mahmud, extremadamente feliz de poder confiarse a su amigo, exclamó: "¡Ya Alah! ¿qué si es hermosa? ¡De manteca y de leche! ¡Y gorda y blanca! ¡De almizcle y de jazmín! ¡Y qué inteligencia! ¡Y cómo guisa para agasajarme en cada uno de nuestros encuentros! ¡Pero me parece ¡oh amigo mío Ahmad! que el marido es un tonto irremediable y un entrometido!" Y Ahmad se echó a reír, y dijo: "¡Por Alah! ¡la mayoría de los maridos son así! ¡Está bien! ya veo que has sabido aprovechar bien mis consejos. Continúa conduciéndote del mismo modo, ¡oh Mahmud!" Y entraron juntos a la mezquita para rezar la plegaria, y se perdieron de vista luego.
Y he aquí que Ahmad, al salir de la mezquita aquel día viernes, sin saber cómo pasar el tiempo, pues estaban cerradas las tiendas, fué de visita a casa de un vecino que habitaba en la casa contigua a la suya y subió a sentarse con él a la ventana que daba a la calle. Y de pronto vió llegar a su amigo Mahmud, a él mismo, con su persona y con sus ojos, que al punto entró en la casa, sin llamar siquiera, lo que era prueba irrecusable de que dentro estaban en connivencia con él y esperaban su llegada. Y Ahmad, estupefacto de lo que acababa de ver, pensó primero en precipitarse directamente en su casa y sorprender a su amigo con su mujer y castigarles a ambos. Pero reflexionó que, al oír el ruido que haría al golpear la puerta, su esposa, que era una ladina, podía esconder bien al joven o hacerle evadirse por la terraza; y se decidió a entrar en su casa de otra manera, sin llamar la atención.
En efecto; había en su casa una cisterna dividida en dos mitades, una de las cuales pertenecía al vecino en cuya casa estaba sentado, e iba a desembocar en su patio. Y Ahmad se dijo: "¡Por Alah, ¡oh vecino! ahora me acuerdo de que esta mañana dejé caer mi bolsa en el pozo. Con tu permiso, voy a bajar al pozo para buscarla. Y ya subiré a mi casa por el lado que da a mi patio". Y contestó el vecino: "¡No hay inconveniente! Iré a alumbrarte, ¡oh hermano mío!" Pero Ahmad no quiso aceptar aquel servicio, prefiriendo bajar a oscuras para que la luz no diese el alerta en su casa al salir del pozo. Y tras de despedirse de su amigo, bajó al pozo.
Las cosas fueron bien durante el descenso; pero cuando hubo que subir por el otro lado, la fatalidad se opuso de un modo singular. En efecto; ya había trepado Ahmad, con ayuda de brazos y piernas, hasta la mitad del pozo, cuando la sirviente negra, que iba a sacar agua, se asomó y miró al oír ruido en el agujero. Y vió aquella forma negra que se movía en la semioscuridad, y lejos de reconocer a su amo, se sintió poseída de terror, y soltando de sus manos la cuerda del cubo, huyó gritando como una loca: "¡El efrit! ¡El efrit que sale del pozo! ¡oh musulmanes! ¡Socorro!" Y como lo habían soltado, el cubo fué a caer a plomo en la cabeza de Ahmad, dejándolo medio muerto.
Cuando la negra dió la voz de alerta de aquel modo, la esposa de Ahmad se apresuró a hacer escapar a su amante, y bajó al patio, y asomándose al brocal, preguntó: "¿Quién está en el pozo?" Y reconoció entonces la voz de su marido que, a pesar de su accidente, tenía fuerzas para lanzar mil injurias espantosas contra el pozo y contra los propietarios del pozo y contra los que bajan al pozo y contra los que sacan agua del pozo. Y le preguntó ella: "¡Por Alah y por el Nabi! ¿qué hacías en el fondo del pozo?" Y contestó él: "Cállate ya, ¡oh maldita! ¡Es que buscaba la bolsa que dejé caer esta mañana! ¡En vez de hacerme preguntas, mejor sería que me ayudaras a salir de aquí dentro!" Y riendo para sus adentros, porque había comprendido la verdadera razón a que obedecía el descenso al pozo, la joven fué a llamar a los vecinos, que acudieron a sacar con cuerdas al desgraciado Ahmad, que no podía moverse de tanto como le había lastimado el cubo. Y se hizo transportar a su lecho sin decir nada, pues sabía que en aquella circunstancia lo más prudente era disimular su rencor. Y se sentía muy humillado, no solamente en su dignidad, sino sobre todo en su experiencia con las mujeres y en el conocimiento de sus malicias. Y determinó ser más circunspecto la próxima vez, y se puso a reflexionar acerca del medio de que se valdría para sorprender a la maligna.
Así es que, cuando al cabo de algún tiempo pudo levantarse, no tuvo más preocupación que la de su venganza. Y un día en que estaba escondido detrás de la esquina de la calle, divisó a su amigo Mahmud, que acababa de deslizarse en su casa, cuya puerta entreabierta se cerró en cuanto hubo entrado él. Y Ahmad se precipitó allí y empezó a dar en la puerta golpes redoblados...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 806ª noche

Ella dijo:
"... Y Ahmad se precipitó allí y empezó a dar golpes redoblados. Y su mujer, sin vacilar, dijo a Mahmud: "¡Levántate y sígueme!" Y bajó con él, y después de dejarle en un rincón detrás de la misma puerta de la calle, abrió a su esposo, diciéndole: "¡Por Alah! ¿qué ocurre para que llames de ese modo?" Pero Ahmad, cogiéndola de la mano y arrastrándola vivamente al interior, corrió, vociferando, a la habitación de arriba para sorprender a Mahmud que, mientras tanto, había abierto tranquilamente la puerta, detrás de la cual hubo de esconderse, y se había dado a la fuga. Y al ver cuán vanas resultaban sus pesquisas, Ahmad estuvo a punto de morirse de rabia, y resolvió repudiar a su mujer en el momento. Luego pensó que más valía tener paciencia por algún tiempo aún, y devoró en silencio su rencor.
Y he aquí que la ocasión que buscaba no tardó en presentarse por sí misma algunos días después de este incidente. En efecto, el tío de Ahmad y padre de su esposa daba un festín con motivo de la circuncisión de un niño que acababa de tener en su vejez. Y Ahmad y su esposa estaban invitados a ir a pasar en su casa el día y la noche. Y entonces pensó en poner en ejecución un proyecto que había ideado. Fué, pues, en busca de su amigo Mahmud, que continuaba siendo el único en ignorar que engañaba a su amigo, y cuando lo encontró le invitó a acompañarle para participar del festín del tío. Y se sentaron todos, ante las bandejas cargadas de manjares, en medio del patio iluminado y colgado de tapices y adornado de banderolas y estandartes. Y las mujeres podían ver así, desde las ventanas del harén, sin ser vistas, cuanto pasaba en el patio y oír lo que se decía. Y durante la comida, Ahmad llevó la conversación por el camino de las anécdotas licenciosas, que gustaban muy  particularmente al padre de su esposa. Y cuando cada cual hubo contado lo que sabía sobre aquel motivo alegre, Ahmad dijo, mostrando a su amigo Mahmud: "¡Por Alah! nuestro hermano Mahmud, a quien tenéis aquí, me contó una vez cierta anécdota verdadera, de la que fué héroe él mismo, y que por sí sola es más regocijante que todo lo que acabamos de oír". Y exclamó el tío: "Cuéntanosla, ¡oh saied Mahmud!" Y dijo Ahmad: "¡Ya sabes que me refiero a la historia de la joven gorda y blanca como la manteca!" Y Mahmud, halagado por ser objeto de todos los ruegos, se puso a contar su primera entrevista con la joven que iba acompañada de su niño a las tiendas del Muled. Y empezó a dar detalles tan precisos acerca de la joven y de su casa, que el tío de Ahmad no tardó en advertir que se trataba de su propia hija. Y Ahmad no cabía en sí de júbilo, convencido de que por fin iba a probar ante testigos la infidelidad de su esposa y a repudiarla privándola de todos sus derechos a la dote del matrimonio. Y ya iba el tío a levantarse con las cejas fruncidas para hacer quién sabe qué, cuando se dejó oír un grito estridente y doloroso, como de un niño a quien se hubiese pellizcado; y vuelto de pronto a la realidad por aquel grito, Mahmud tuvo la suficiente presencia de ánimo para cambiar el hilo de la historia, terminando así: "Y llevando yo a hombros el niño de la joven, quise, una vez que entré en el patio, subir al harén con el niño. Pero (¡alejado sea el Maligno!) había dado, para mi desgracia, con una mujer honrada que, al comprender mi audacia, me arrebató de los brazos el niño y me dió en el rostro un puñetazo del que todavía tengo señal. ¡Y me expulsó, amenazándome con llamar a los vecinos! ¡Alah la maldiga!"
Y el tío, padre de la joven, al oír este final de la historia, se echó a reír a carcajadas, así como todos los concurrentes. Pero sólo Ahmad no tenía gana de reír, y se preguntaba, sin poder comprender el motivo, por qué habría variado así Mahmud el final de su historia. Y terminada la comida, se acercó a él, y le preguntó: "Por Alah sobre ti, ¿quieres decirme por qué no has contado la cosa como pasó?" Y contestó Mahmud: "¡Escucha! Por ese grito de niño que todo el mundo ha oído, acabo de comprender que aquel niño y su madre se encontraban en el harén, y que, por consiguiente, también debía encontrarse el marido en el número de los invitados. ¡Y me he apresurado a volver inocente a la mujer para no atraernos sobre ambos una aventura desagradable! ¿Pero no es cierto ¡oh hermano mío! que, a pesar de la modificación, la historia ha divertido mucho a tu tío?"
Pero Ahmad, muy amarillo, abandonó a su amigo sin contestar a la pregunta. Y al día siguiente repudió a su mujer y partió para la Meca, a fin de santificarse con los peregrinos, de tal suerte pudo Mahmud, después del plazo legal, casarse con su amante y vivir dichoso con ella, porque no presumía ni por asomo de conocer a las mujeres ni de estar ducho en el arte de sorprender sus estratagemas y prevenir sus jugarretas. ¡Pero Alah es el único sabio!"
Y tras de contar así esta historia, se calló el pescador tragador de haschisch, que se había convertido en chambelán.
Y exclamó el sultán, en el límite del entusiasmo: "¡Oh chambelán mío! ¡oh lengua de miel! ¡te nombro gran visir!" Y como en aquel momento precisamente entraban en la sala de audiencias dos querellantes reclamando del sultán justicia, el pescador, convertido en gran visir, quedó encargado, acto seguido, de escuchar su querella, de arreglar su diferencia y de dictar sentencia en el litigio.

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