Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56.4.5 Al cadí avisado

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres
       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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EL KADI AVISADO

"Cuentan que había en El Cairo un kadí que hubo de cometer tantas prevaricaciones y de pronunciar tantas sentencias interesadas, que se le destituyó de sus funciones, y para no morirse de hambre se veía obligado a vivir de trapisondas.
Y he aquí que un día, por más que se devanaba los sesos, no se le ocurrió medio de hacerse con algún dinero, porque ya había agotado todos los recursos de su ingenio, del mismo modo que hubo de exprimir los de su vida. Y viéndose reducido a aquel extremo, llamó al único esclavo que le quedaba, y le dijo: "¡Oh Mubarak! estoy muy enfermo hoy y no puedo salir de casa; pero tú puedes ir a ver si encuentras algo de comer, o a procurarme algunas personas que quieran hacerme consultas jurídicas. ¡Y ya sabré recompensar bien tu trabajo!" Y el esclavo, que era un pillastre tan avezado como su amo a las jugarretas y a las trapisondas, y que estaba tan interesado como él en el éxito del proyecto, salió, diciéndose: "Voy a molestar, uno tras otro, a varios transeúntes y a entablar disputa con ellos. ¡Y como no todo el mundo sabe que mi amo está destituido, les llevaré a su presencia, con pretexto de arreglar el litigio, y haré que vacíen su cinturón en manos de él!" Y así pensando, tropezó con un paseante que iba delante de él y que caminaba tranquilamente con el báculo apoyado a dos manos en la nuca, y echándole la zancadilla, le hizo rodar por el lodo. Y el pobre hombre, con los vestidos sucios y los zapatos despellejados, se levantó furioso con intención de castigar a su agresor. Pero al reconocer en él al esclavo del kadí, no quiso medir sus fuerzas con las del otro, y todo corrido se contentó con decir, evadiéndose cuanto antes: "¡Alah confunda al Maligno!"
Y aquel taimado esclavo, al ver que no había tenido éxito la primera intentona, prosiguió su camino, diciéndose: "Este procedimiento no da resultado. ¡Vamos a ver si encontramos otro, porque todo el mundo conoce a mi amo y me conoce a mí!"
Y mientras reflexionaba sobre lo que tenía que hacer, vió a un servidor que llevaba a la cabeza una bandeja con un soberbio pato relleno y circundado de tomates, pepinillos y berenjenas, muy bien arreglado todo. Y siguió al que lo llevaba, que se dirigía al horno público para hacer cocer el pato allí, y le vió entrar y entregar la bandeja al dueño del horno, diciéndole: "¡Volveré a buscarlo dentro de una hora!" Y se marchó.
Entonces se dijo el esclavo del kadí: "¡Ya hice negocio!" Y al cabo de cierto tiempo, entró en el horno, y dijo: "¡La zalema sea contigo, ya hagg Mustafá!" Y el amo del horno reconoció al esclavo del kadí, a quien no había visto desde hacía mucho tiempo, pues en casa del kadí nunca había nada para enviar al horno; y contestó: "Y contigo la zalema, ¡oh hermano mío Mubarak! ¿Cómo por aquí? ¡Hace mucho tiempo que mi horno no se enciende para nuestro amo el kadí! ¿En qué puedo servirte hoy y qué me traes?" Y dijo el esclavo: "¡Nada más que lo que ya tienes, porque vengo a recoger el pato relleno que está en el horno!" Y contestó el hornero: "¡Pero este pato ¡oh hermano mío! no es tuyo!" El esclavo dijo: "No hables así, ¡oh jeique! ¿Cómo dices que no es mío este pato? ¡Yo soy quien le vió salir del huevo, quien le ha cebado, quien le ha degollado, quien le ha rellenado y quien le ha preparado!" Y dijo el hornero: "¡Por Alah, que no lo dudo! ¿Pero qué tengo que decir, cuando venga a quien me lo ha traído?" El esclavo contestó: "¡No creo que venga! Pero, en fin, si lo hace, le dirás sencillamente, a modo de broma, porque es un hombre muy bromista y a quien le gustan muchos los chistes: "¡Ualah, ¡oh hermano mío! en el momento en que ponía al fuego la bandeja, lanzó el pato de pronto un grito estridente y echó a volar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 804ª noche

Ella dijo:
"¡... Ualah, ¡oh hermano mío! en el momento en que ponía al fuego la bandeja, lanzó el pato de pronto un grito estridente y echó a volar!" Y añadió: "¡Dame ahora el pato, que debe estar bastante cocido!" Y el hornero, riéndose de aquellas palabras que acababa de oír, sacó el pato del horno y se lo entregó con toda confianza al esclavo del kadí que apresurose a llevárselo a su amo y comérselo con él, chupándose los dedos.
Entretanto, el que llevó el pato al horno volvió y pidió su bandeja, diciendo: "Ya debe estar a punto el pato, ¡oh maestro!" Y el hornero contestó: "¡Ualah! ¡en el momento en que le ponía al horno ha dado un grito estridente y ha echado a volar!" Y el hombre, que en realidad no tenía nada de bromista, se puso furioso al convencerse de que el hornero quería burlarse de él, y exclamó: "¿Cómo te atreves ¡oh infeliz! a reírte en mis barbas?" Y de palabras en palabras y de injurias en injurias, ambos hombres se enredaron a golpes. Y no tardó la muchedumbre en agruparse desde fuera al oír los gritos y en invadir el horno en seguida. Y se decían unos a otros: "¡El hagg Mustafá se está pegando con un hombre a causa de la resurrección de un pato relleno!" Y la mayoría se ponía a favor del amo del horno, cuya buena fe y honradez eran proverbiales desde hacía tiempo, en tanto que otros únicamente se permitían emitir alguna duda acerca de aquella resurrección.
Y he aquí que entre las gentes que se agolpaban alrededor de los dos hombres que estaban pegándose encontrábase una mujer encinta a quien la curiosidad había llevado a la primera fila. Pero fué para su desgracia, pues cuando retrocedía el hornero para alcanzar con más tino a su adversario, recibió en pleno vientre la mujer el golpazo terrible que estaba destinado a otro que nada tenía que ver con ella. Y se cayó al suelo, lanzando un chillido de gallina violentada, y abortó en aquella hora y en aquel instante.
Y he aquí que el esposo de la mujer consabida, que habitaba una frutería de la vecindad, fué avisado al punto, y acudió con un palo enorme y. exclamando: "¡Voy a horadar al hornero, y al padre del hornero, y a su abuelo y a quitarle la existencia!" Y extenuado ya de su primera lucha, y al ver echarse sobre él a aquel hombre furioso y armado del palo terrible, el hornero no pudo sostenerse más tiempo, y echó a correr, saliendo al patio. Y viendo que le perseguían, escaló un muro, trepó a una terraza contigua y desde allí se dejó caer a tierra. Y quiso el Destino que cayese precisamente encima de un maghrebín que dormía en la planta baja de la casa envuelto en mantas. Y como el hornero pesaba mucho y caía desde muy alto, le rompió todas las costillas. Y el maghrebín expiró sin más ni más. Y acudieron todos sus allegados, los demás maghrebines del zoco, y detuvieron al hornero, moliéndole a golpes, y se dispusieron a arrastrarle ante el kadí. Y el dueño del pato, al ver detenido al hornero, se apresuró, por su parte, a congregar a los maghrebines. Y acompañada de gritos y vociferaciones, toda aquella muchedumbre se encaminó al diwán de justicia.
Pero en aquel momento el criado del kadí, que se había comido el pato, había vuelto a ver lo que pasaba, mezclándose con la multitud, y dijo a todos los querellantes: "¡Seguidme, ¡oh buenas gentes! que yo os enseñaré el camino!" Y les condujo a casa de su amo.
Y el kadí, con una apostura digna, empezó por hacer pagar derechos dobles a todos los querellantes. Luego se encaró con el acusado, al cual señalaban todos los dedos, y le dijo: "¿Qué tienes que responder con respecto al pato, ¡oh hornero!?" Y el buen hombre, comprendiendo que, en el caso presente, más valía mantener su primera afirmación, a causa del esclavo del kadí, contestó: "¡Por Alah, ¡oh nuestro amo el kadí! que el animal ha lanzado un grito estridente y, todo relleno, se ha elevado de entre los adornos que le guarnecían y ha echado a volar!" Y al oír aquello, exclamó el dueño del pato: "¡Ah! hijo de perro, ¿todavía te atreves a decir eso delante del señor kadí?" Y el kadí, tomando una actitud de indignación, dijo al que le interrumpía: "Y tú ¡oh descreído! ¡oh impío! ¿cómo te atreves a no creer que Quien ha de resucitar a todas las criaturas en el Día de la Retribución, haciendo que se reúnan sus huesos dispersos por toda la superficie de la tierra, no pueda devolver la vida a un pato que tiene cabales los huesos y a quien sólo le faltan las plumas?" Y al oír estas palabras, exclamó la muchedumbre: "¡Gloria a Alah, que resucita a los muertos!" Y se puso a burlarse del desdichado portador del pato, que se marchó arrepentido de su falta de fe. Tras de lo cual, el kadí se encaró con el marido de la mujer que había abortado, y le dijo: "¿Y qué tienes que decir tú contra este hombre?" Y cuando hubo escuchado la queja, dijo: "Bien se ve la cosa, y no hay lugar a duda. Ciertamente, el hornero es culpable del aborto. ¡Y se impone para él la pena del talión estrictamente!" Y se encaró con el marido, y le dijo: "La ley te da la razón y yo te otorgo el derecho de llevar a tu mujer a casa del culpable, con objeto de que te la vuelva a dejar encinta. ¡Y estará a expensas de él en los seis primeros meses del embarazo, pues que el aborto ha tenido lugar al sexto mes!" Y al oír esta sentencia, exclamó el marido: "¡Por Alah, ¡oh señor kadí! desisto de mi querella, y que Alah perdone a mi adversario!" Y se marchó.
Entonces el kadí dijo a los parientes del maghrebín muerto: "Y vosotros, ¡oh maghrebines! ¿qué motivo de queja tenéis contra este hombre, hornero de profesión?" Y los maghrebines expusieron su querella, haciendo muchos gestos y soltando un diluvio de palabras, y mostraron el cuerpo inanimado de su pariente, reclamando el precio de la sangre. Y el kadí les dijo: "Ciertamente, ¡oh maghrebines! os corresponde el precio de la sangre, porque abundan las pruebas contra el hornero. ¡Así es que no tenéis más que decirme si queréis que se os pague naturalmente este precio, es decir, sangre por sangre, o indemnización!"
Y los maghrebines, hijos de una raza feroz, contestaron a coro: "Sangre por sangre, ¡oh señor kadí!" Y les dijo éste: "¡Así sea, pues! Coged al hornero, envolvedle en las mantas de vuestro pariente muerto, y ponedle debajo del minarete de la mezquita del sultán Hassán. ¡Y hecho lo cual, que se suba al minarete el hermano de la víctima y se deje caer desde arriba sobre el hornero para aplastarle como aplastó él a su hermano!" Y añadió: "¿Dónde estás, ¡oh hermano de la víctima!?" Y al oír estas palabras, salió de entre los maghrebines un maghrebín, y exclamó: "¡Por Alah, ¡oh señor kadí! desisto de mi querella contra este hombre! ¡Y que Alah le perdone!"
Y la muchedumbre que había asistido a todos estos debates se retiró maravillada de la ciencia jurídica del kadí, de su espíritu de equidad, de su competencia y de su sagacidad. Y cuando el rumor de aquella historia llegó a oídos del sultán, el kadí volvió a la gracia y fué repuesto en sus funciones, en tanto que el que hubo de reemplazarle se veía destituido, sin haber dado motivo alguno, únicamente por carecer de un genio tan fértil como el del que se comió el pato."

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