Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56.4.4 El cadí y el buche

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres
       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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EL KADI Y EL BUCHE

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que, en una ciudad entre las ciudades, había un hombre y su esposa, que eran gente pobre, vendedores ambulantes de maíz tostado, que tenían una hija como la luna y en estado de merecer. Y quiso Alah que un kadí la pidiera en matrimonio y la obtuviera de sus padres, que en seguida dieron su consentimiento, aunque el kadí era de una gran fealdad, con unos pelos de barba tan duros como púas de erizo, y tuerto de un ojo, y tan viejo, que habría podido pasar por padre de la joven. Pero era rico y gozaba de toda consideración. Y los padres de la joven, sin fijarse más que en lo que aquel matrimonio mejoraría su estado y condición, no pensaron que, si la riqueza contribuye a la felicidad, no constituye el fondo de ella. Pero el kadí, por cierto, era quien pronto debía experimentarlo por su cuenta y riesgo.
Empezó, pues, por intentar hacerse agradable, a pesar de las desventajas ajenas a su persona en cuanto a la vejez y fealdad, por colmar todos los días de nuevos presentes a su joven esposa y por satisfacer sus menores caprichos. Pero olvidaba que ni los regalos ni la satisfacción de los caprichos valen lo que el amor joven, que aplaca los deseos. Y lamentaba en el alma no encontrar lo que esperaba de su esposa, quien, por otra parte, no podía darle lo que no conocía por falta de experiencia.
Tenía el kadí bajo su mano a un joven escriba, a quien quería mucho, y con el cual no podía por menos de hablar muy a menudo de su esposa. Y tampoco podía por menos, aunque estuviese en pugna con la costumbre, de divagar con el jovenzuelo acerca de la belleza de su esposa y del amor que sentía por ella, y de la frialdad de su esposa para con él, no obstante todo lo que por ella hacía. ¡Porque así es como Alah ciega a la criatura que merece la perdición! ¡Más aún! Para que se cumpliesen los supremos decretos, el kadí llevó su locura y su ceguera hasta mostrar un día por la celosía al adolescente a su joven esposa. Y como era muy hermoso y amable, la joven amó al joven. Y como cuando dos corazones se buscan acaban siempre por encontrarse y unirse, a pesar de todos los obstáculos, ambos jóvenes pudieron burlar la vigilancia del kadí y adormecer sus celos despiertos. Y la jovenzuela amó al jovenzuelo más que a las niñas de sus ojos, y al darle su alma, se abandonó a él con todo el cuerpo. Y el joven escriba supo corresponder y le hizo experimentar lo que nunca había conseguido producir el kadí. Y de tal suerte vivieron ambos en el límite de la dicha, viéndose con frecuencia y amándose más cada día. Y el kadí se mostraba satisfecho de ver que su esposa se ponía aun más hermosa y llena de juventud, salud y lozanía. Y cada cual era feliz a su manera.
Y he aquí que la joven, para poder entrevistarse sin peligro con su enamorado, había convenido con él que, cuando fuese blanco el pañuelo que colgaba de la ventana que daba al jardín podía entrar a hacerle compañía; pero cuando el pañuelo fuera rojo, debía abstenerse de ello y marcharse, porque la tal señal significaba que el kadí estaba en casa.
Pero quiso el Destino que un día, cuando acababa ella de tender el pañuelo blanco, después de salir el kadí para el diwán, oyese a la puerta golpes precipitados y gritos; y en seguida vió entrar a su marido apoyado en brazos de los eunucos, y muy amarillo, y muy demudado de color y de aspecto. Y los eunucos le explicaron que había acometido al kadí en el diwán una indisposición repentina, y se había apresurado a ir a casa para que le cuidaran y descansar. Y efectivamente, tanto movía a piedad el aspecto del pobre viejo, que la joven, no obstante el contratiempo que acaba él de producir y el trastorno que ocasionaba, empezó a rociarle con agua de rosas y a prodigarle sus cuidados. Y ayudándole a desnudarse, le acostó en el lecho, que le preparó por sí misma, y en donde, merced a las solicitudes de su esposa, no tardó él en dormirse. Y la joven quiso aprovechar aquel alivio súbito de su marido para ir a tomar un baño en el hammam. Y contrariada como estaba, se olvidó de quitar el pañuelo blanco de las entrevistas y de tender el de las prohibiciones. Y cogiendo un paquete de ropa blanca perfumada, salió de casa y fué al hammam.
Y he aquí que el joven escriba, al ver en la ventana el pañuelo blanco, ganó con paso ligero la terraza contigua, desde la cual saltó a la del kadí, como de costumbre, y penetró en la habitación en que, por lo general, se hallaba su amante esperándole completamente desnuda entre las mantas del lecho. Y como las celosías de la habitación estaban cerradas del todo y en el aposento reinaba una gran oscuridad, precisamente para favorecer el sueño del kadí, y como a menudo la joven le recibía en silencio por broma y no daba señales de estar allí, se acercó al lecho, riendo, y levantando las mantas, echó mano con viveza a la presunta historia de la joven para hacerle cosquillas. Y he aquí que (¡alejado sea el Maligno!) fué a parar a una cosa fláccida y blanda que se perdía entre maleza, y que no era otra cosa que la vieja herramienta del kadí. Y en vista de aquel contacto, retiró la mano con horror y espanto, pero no con la suficiente rapidez para que el kadí, despertado con sobresalto y súbitamente repuesto de su indisposición, no agarrase aquella mano que le había hurgado en el vientre y no se precipitase con furor sobre su propietario. Y como la cólera le daba fuerzas, mientras que el estupor clavaba en la inmovilidad al propietario de la mano, le derribó en el centro de la habitación echándole la zancadilla, y apoderándose de él y levantándole en alto en la oscuridad, le arrojó en el cajón donde se guardan de día los colchones, y que estaba abierto y vacío por haber sacado ya los colchones. Y echó la tapa en seguida, y cerró el cajón con llave, sin pararse a mirar la cara del que había encerrado. Tras de lo cual, como aquella excitación, que le había hecho tomar sangre rápidamente, produjo en él una reacción saludable, recobró por completo las fuerzas, y vistiéndose, preguntó al eunuco adónde había ido su esposa, y corrió a esperarla en el umbral del hammam. Pues se decía: "Antes de matar al intruso es preciso que yo sepa si estaba en connivencia con mi esposa. Por eso voy allí a esperar a que salga ella, y la llevaré a casa, y ante testigos, la carearé con el encerrado. Porque, ya que soy kadí, conviene que las cosas se hagan legalmente. Y entonces veré si sólo hay un culpable o si se trata de dos cómplices. ¡En el primer caso, con mi propia mano ejecutaré ante los testigos al encerrado; y en el segundo caso, les estrangularé a ambos con mis diez dedos!"
Y reflexionando así y barajando en su cerebro estos proyectos de venganza, se dedicó a parar a todas las bañistas que entraban en el hammam, diciendo a cada una: "¡Por Alah sobre ti, di a mi mujer que salga en seguida, porque tengo que hablarle!" Pero les decía estas palabras con tanta brusquedad y excitación, y tenía los ojos tan llameantes, y el color tan amarillo, y los gestos tan desordenados, y la voz tan temblorosa, y tanto furor denotaba su aspecto, que las mujeres, aterradas, huían de él dando agudos gritos, pues le tomaban por loco. Y la primera de entre ellas que dió en voz alta el recado en medio del hammam, llevó a la memoria de la joven esposa del kadí el recuerdo de su negligencia y de su olvido con respecto al pañuelo blanco dejado en la ventana. Y se dijo: "¡No cabe duda! ¡estoy perdida sin remedio! ¡Y sólo Alah sabe lo que habrá sucedido a mi amante!" Y se dió prisa en tomar el baño, en tanto que en la sala se sucedían con rapidez los recados de las bañistas que iban entrando, y el kadí se tornaba en el único motivo de conversación de las asustadas mujeres. Pero ninguna de ellas, por fortuna, conocía a la joven, quien, por otra parte, fingía que no le interesaba lo que se decía, como si la cosa no le importara. Y cuando estuvo vestida, fué a la sala de entrada, en donde vió a una pobre vendedora de garbanzos que estaba sentada ante el montón de los garbanzos que vendía a las bañistas. Y la llamó y le dijo: "¡Aquí tienes, mi buena tía, un dinar para ti, si quieres prestarme por una hora tu velo azul y el cesto vacío que hay a tu lado!" Y la vieja, entusiasmada con aquella dádiva, le dió el cesto de mimbre y el pobre velo de tela grosera. Y la joven se envolvió en el velo, tomó el cesto en la mano, y así disfrazada salió del hammam.
Y en la calle vió a su marido, que iba y venía delante de la puerta, y que maldecía en voz alta de los hammams y de las que iban a los hammams y de los propietarios de los hammams y de los constructores de los hammams. Y se le salían de las órbitas los ojos y la espuma de la boca. Y se acercó ella a él, y disfrazando la voz e imitando la de las vendedoras ambulantes, le preguntó si quería comprar garbanzos. Y entonces él se puso a maldecir de los garbanzos y de las vendedoras de garbanzos y de los plantadores de garbanzos y de los comedores de garbanzos. Y la joven, riéndose de aquella locura, se alejó en dirección a su casa y sin ser reconocida bajo su disfraz. Y entró, y subió a su estancia inmediatamente, y oyó gemidos. Y como no veía a nadie en el aposento, cuyas ventanas se había apresurado a abrir, sintió miedo, y ya se disponía a llamar al eunuco para que la tranquilizara, cuando oyó con precisión que los gemidos partían del cajón de los colchones. Y corrió a aquel cajón, que tenía la llave puesta, y lo abrió, exclamando: "¡En nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 803ª noche

Ella dijo:
"... Y corrió a aquel cajón, que tenía la llave puesta, y lo abrió, exclamando: "¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso!" Y se encontró con su amante, que estaba próximo a expirar por falta de aire. Y no obstante toda la emoción que sentía, no pudo por menos de echarse a reír al verle acurrucado y con los ojos en blanco. Pero se apresuró a rociarlo con agua de rosas y a volverle a la vida. Y cuando le vió repuesto y ágil, hizo que le explicara rápidamente lo sucedido; y al punto dió con la manera de arreglarlo todo.
En efecto; en la cuadra había una burra que la víspera había parido un buchecillo. Y la joven corrió a la cuadra, cogió en brazos al gracioso buchecillo, y transportándole a su habitación le metió en el cajón donde estuvo encerrado su amante y cerró con llave la tapa. Y tras de besar a su amante, se despidió de él, diciéndole que no volviese hasta que viese la señal del pañuelo blanco. Y por su parte se apresuró a volver al hammam, y vió a su marido paseándose todavía de un lado a otro y maldiciendo de los hammams y de todo lo que traen consigo. Y al verla entrar, la llamó él, y le dijo: "¡Oh vendedora de garbanzos! ¡di a mi mujer que, si se retrasa más todavía en salir, juro a Alah que la mataré antes de la noche y que hundiré el hammam sobre su cabeza!" Y la joven, riendo con toda el alma, entró en el vestíbulo del hammam, entregó el velo y el cesto a la vendedora de garbanzos, e inmediatamente salió con su paquete al brazo y contoneando las caderas.
En cuanto la divisó su marido, el kadí, avanzó hacia ella, y gritó: "¿Dónde estabas? ¿dónde estabas? ¡Hace dos horas que te aguardo! ¡Anda, sígueme! ¡Ven!, ¡oh maligna! ¡oh perversa! ¡Ven!" Y deteniendo su marcha, contestó la joven: "¡Por Alah! ¿qué te pasa? ¡El nombre de Alah sobre mí! ¿Qué te pasa, ¡oh hombre! ? ¿Te has vuelto loco de pronto para dar así un espectáculo en la calle, tú, el kadí de la ciudad? ¿O es que tu enfermedad te ha obstruido la razón y te ha trastornado el juicio hasta el punto de faltar al respeto en público y en la calle a la hija de tu tío?" Y el kadí replicó: "¡Basta de palabrería inútil! ¡Ya dirás en casa lo que quieras! ¡Sígueme!" Y echó a andar delante de ella, gesticulando, gritando y dando rienda suelta a su cólera, aunque sin aludir de un modo directo a su esposa, que le seguía silenciosamente a diez pasos de distancia.
Y llegados que fueron a su casa, el kadí encerró a su esposa en la habitación de arriba, y fué a buscar al jeique del barrio y a cuatro testigos legales, así como a cuantos vecinos pudo encontrar. Y les llevó a todos a la habitación del cofre en la cual estaba encerrada su esposa, y donde quería que actuasen de testigos de lo que iba a ocurrir. Cuando el kadí y todos los que le acompañaban entraron en el aposento, vieron a la joven, cubierta con sus velos todavía, que se había retirado a un rincón y que hablaba consigo mismo de manera que pudiesen oír todos. Y decía: "¡Oh, qué calamidad la nuestra! ¡ay! ¡ay! ¡pobre esposo mío! ¡Esta indisposición le ha vuelto loco! ¡Sin duda tiene que haberse vuelto completamente loco para cubrirme así de injurias y para introducir en el harén a hombres extraños! ¡Qué calamidad la nuestra! ¡Haber en el harén extraños que van a mirarme! ¡Ay! ¡ay! ¡está loco, completamente loco!"
Y en efecto; el kadí se hallaba en tal estado de furor, de amarillez y de sobreexcitación, que, con su barba temblorosa y sus ojos que echaban llamas, tenía toda la apariencia de un individuo atacado de fiebre alta y de delirio. Así es que algunos de los que le acompañaban intentaron calmarle y aconsejarle que volviera en sí; pero sus palabras sólo conseguían excitarle más, y les gritaba: "¡Entrad! ¡entrad! ¡No escuchéis a la menguada! ¡No os dejéis enternecer por los lamentos de la pérfida! ¡Ahora veréis! ¡Ahora veréis! ¡Ha llegado su último día! ¡Ha llegado la hora de la justicia! ¡Entrad! ¡Entrad!"
Cuando hubieron entrado todos, el kadí cerró la puerta y se dirigió al cofre de los colchones, ¡y levantó la tapa! Y he aquí que el buchecillo sacó la cabeza, movió las orejas, miró a todos con sus ojos grandes y dulces, respiró ruidosamente, y alzando la cola y poniéndola muy tiesa, se puso a rebuznar de alegría por haber vuelto a ver la luz, llamando a su madre.
Al ver aquello, el kadí llegó al límite extremo de la rabia y del furor y le acometieron convulsiones y espasmos; y de pronto se precipitó sobre su esposa, intentando estrangularla. Y ella empezó a gritar, corriendo por la habitación: "¡Por el Profeta! ¡que quiere estrangularme! Detened al loco, ¡oh musulmanes! ¡Socorro!"
Y al ver todos los presentes, efectivamente, la espuma de la rabia en los labios del kadí, ya no dudaron de su locura, y se interpusieron entre él y su esposa, y le cogieron en brazos y a la fuerza le tiraron a la alfombra, en tanto que él articulaba palabras ininteligibles y trataba de escaparse de ellos para matar a su mujer. Y extremadamente afectado por ver al kadí de la ciudad en aquel estado, el jeique del barrio, observando su locura furiosa, no pudo menos, a pesar de todo, de decir a los presentes: "¡No hay que perderle de vista ¡ay! hasta que Alah le calme y le haga entrar en razón!"
Y exclamaron todos: "¡Ojalá le cure Alah! ¡Un hombre tan respetable como era! ¡Qué enfermedad tan funesta!" Y algunos decían: "¿Cómo puede tener celos de un buche?" Y preguntaban otros: "¿Cómo ha entrado ese buche en el cofre de los colchones?" Y otros decían: "¡Ay! ¡él mismo es quien ha encerrado dentro al buche, tomándole por un hombre!" Y el jeique del barrio añadió, para concluir: "¡Alah venga en su ayuda y aleje al Maligno!".
Y se retiraron todos, excepto los que sujetaban al kadí sobre la alfombra, porque, de repente, acometió al kadí una crisis de furor tan violenta, y se puso a gritar tan fuerte palabras ininteligibles, y a debatirse con tanto encarnizamiento, siempre tratando de lanzarse sobre su esposa, quien desde lejos le hacía disimuladamente muecas y señales burlonas, que se le rompieron las venas del cuello y murió, escupiendo una bocanada de sangre. ¡Alah le tenga en su compasión, porque no sólo era un kadí íntegro, sino que dejó a su esposa, la consabida joven, riquezas bastantes para que pudiese vivir con holgura y casarse con el joven escriba a quien amaba y que la amaba!"

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