Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres
       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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HISTORIA DEL KADI PADRE-DEL-CUESCO

Cuentan que en la ciudad de Trablús, de Siria, en tiempo del califa Harún Al-Raschid, había un kadí que ejercía las funciones de su cargo con una severidad y un rigor extremados, lo cual era notorio entre los hombres.
Y he aquí que aquel kadí funesto tenía a su servicio a una vieja negra de piel ruda y endurecida como el cuero de un búfalo del Nilo. Y era ella la única mujer que poseía en su harén. ¡Alah le rechace de Su misericordia! Porque aquel kadí era de una mezquindad extremada, a la que sólo podía igualar su rigor en los juicios que fallaba. ¡Alah le maldiga! Y aunque era rico, no vivía más que de pan duro y cebollas. Y no obstante, estaba lleno de ostentación y se avergonzaba de su avaricia pues quería siempre dar prueba de fasto y de generosidad, por más que viviese con la economía de un camellero próximo a agotar sus provisiones. Y para hacer creer en un lujo que su casa ignoraba, tenía la costumbre de cubrir el taburete de comer con un mantel adornado de franjas de oro. Y de tal suerte, cuando, por casualidad, entraba alguien para cualquier asunto a la hora de la comida, el kadí no dejaba de llamar a su negra y de decirle en voz alta: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y pensaba que así hacía creer a la gente que su mesa era suntuosa y que los manjares equivalían en bondad y en cantidad a la hermosura del mantel con franjas de oro. Pero jamás había sido invitado nadie a una de aquellas comidas servidas en el mantel espléndido; y nadie, por el contrario, ignoraba la verdad con respecto a la avaricia sórdida del kadí. De modo que, por lo general, se decía cuando se había comido mal en un festín: "¡Lo han servido en el mantel del kadí!"
Y así, aquel hombre, a quien Alah había dotado de riquezas y de honores, vivía una vida que no contentaría a los perros de la calle. ¡Confundido sea por siempre!
Un día, algunas personas que querían inclinarle en favor suyo en cierto juicio, le dijeron: "¡Oh nuestro amo el kadí! ¿por qué no tomas esposa? ¡Porque la vieja negra que tienes en tu casa no es digna de tus méritos!"
Y contestó él: "¿Quiere buscarme mujer alguno de vosotros?" Y contestó uno de los presentes: "¡Oh amo nuestro! yo tengo una hija muy bella, y honrarías a tu esclavo si quisieras tomarla por esposa". Y el kadí aceptó la oferta; y en seguida se celebró el matrimonio; y aquella misma noche se condujo a la joven a casa de su esposo. Y la tal joven estaba muy asombrada de que no se le preparase comida, ni siquiera se le preguntara acerca del particular; pero, como era discreta y muy reservada, no hizo ninguna reclamación, y queriendo conformarse a las costumbres de su esposo, procuró distraerse. En cuanto a los testigos de la boda y a los invitados, presumían que aquella unión del kadí daría lugar a alguna fiesta, o por lo menos a una comida; pero fueron vanas sus esperanzas, y transcurrieron las horas sin que el kadí invitase a nadie.
Y se retiró cada cual maldiciendo al destino.
Volviendo a la recién casada, es el caso que, después de haber sufrido cruelmente con aquel ayuno tan riguroso y tan prolongado, por fin oyó a su esposo llamar a la negra de piel de búfalo y ordenarle que colocara el taburete de comer, poniendo el mantel de franjas de oro y los ornamentos mejores. Y la infortunada creyó entonces que por fin iba a resarcirse del ayuno penoso a que acababa de ser condenada, ella, que en casa de su padre había vivido siempre nadando en la abundancia, en el lujo y en el bienestar. Pero ¡ay de ella! ¿qué sentiría cuando la negra llevó, por toda bandeja de manjares, una fuente con tres pedazos de pan negro y tres cebollas? Y como no se atreviera ella a hacer un movimiento ni se explicase aquello, el kadí cogió con cierto sentimiento un pedazo de pan y una cebolla, dió una parte igual a la negra, e invitó a su joven esposa a hacer honor al festín, diciéndole: "¡No temas abusar de los dones de Alah!" Y empezó a comer él mismo con una prisa que denotaba hasta qué punto saboreaba la excelencia de aquella comida. Y también la negra se tragó de un bocado la cebolla, única comida del día. Y la pobre esposa, burlada, trató de hacer lo que ellos; pero, como estaba acostumbrada a los manjares más delicados, no pudo tragar bocado. Y acabó por levantarse de la mesa en ayunas, maldiciendo en su alma la negrura de su destino. Y de tal suerte transcurrieron tres días de abstinencia, con el mismo llamamiento a la hora de comer, los mismos adornos hermosos en la mesa, el mismo mantel de franjas de oro, el pan negro y las tristes cebollas. Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 799ª noche

Ella dijo:
"... Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles que partían del harén. Y fué la negra a anunciarle alzando los brazos al cielo, que su ama se había rebelado contra todos los de la casa, y acababa de enviar a buscar a su padre. Y el kadí, furioso, entró en el aposento de la joven con los ojos llameantes, le lanzó toda clase de injurias, y acusándola de entregarse a todas las variedades del libertinaje, le cortó los cabellos a la fuerza y la repudió, diciéndole: "¡Quedas divorciada por tres veces!" Y la echó violentamente y cerró la puerta detrás de ella.
¡Alah le maldiga, que merece la maldición!
Pocos días después de su divorcio, el ruin hijo de ruin, con motivo de sus funciones, que le hacían indispensable para mucha gente, encontró otro cliente que le propuso a su hija en matrimonio. Y se casó con la joven, que fué servida de la misma manera, y que, sin poder soportar más de tres días el régimen de cebollas, se rebeló y también fué repudiada. Pero no sirvió aquello de lección a las demás personas, pues aun encontró el kadí varias jóvenes con quienes casarse, y se fué casando con ellas sucesivamente para repudiarlas al cabo de un día o dos a causa de su rebeldía ante el pan negro y las cebollas.
Pero, cuando los divorcios se multiplicaron de manera tan exagerada, el rumor de la mezquindad del kadí llegó a oídos que hasta entonces no se habían enterado de ella, y su conducta para con sus mujeres se hizo motivo de todas las conversaciones en los harenes. Y perdió todo el crédito posible con las casamenteras, y dejó en absoluto de ser un buen partido.
Una noche se paseaba por los alrededores de la ciudad el kadí, atormentado por la herencia de su padre, a la cual no quería ya ninguna mujer, cuando vió acercarse una dama en una mula de color castaño. Y quedó conmovido por la apostura elegante de ella y por sus ricos vestidos. Así es que retorciéndose el bigote, avanzó hacia ella con galante cortesanía, le hizo una profunda reverencia, y después de las zalemas, le dijo: "¡Oh noble dama! ¿de dónde vienes?" Ella contestó: "¡Del camino que dejo atrás!"
Y el kadí sonrió, y dijo: "¡Sin duda! ¡sin duda! ya lo sé; pero ¿de qué ciudad?" Ella contestó: "¡De Mossul!" El preguntó: "En ese caso, ¿quieres servirme de esposa en adelante, y que yo, en cambio, sea para ti el hombre?" Ella contestó: "Dime dónde vives y mañana te mandaré la respuesta". Y el kadí le explicó quién era y dónde vivía. ¡Pero ya lo sabía ella! Y le dejó, dedicándole de soslayo la más comprometedora de las sonrisas.
Y he aquí que al siguiente día por la mañana la joven envió al kadí un mensaje para informarle de que consentía en casarse con él mediante un donativo de cincuenta dinares. Y el ruin, con un violento esfuerzo de su avaricia, en vista de la pasión que experimentaba por la joven, hizo contarle y entregarle los cincuenta dinares, y encargó a la negra que fuese a buscarla. Y sin faltar a sus compromisos, la joven, en efecto, fué a casa del kadí; y en seguida se llevó a cabo el matrimonio, ante testigos, que se marcharon inmediatamente sin que tampoco se les obsequiara.
Y el kadí, fiel a su régimen, dijo a la negra con tono enfático: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y como de ordinario, en la mesa suntuosamente adornada, se sirvieron, por todo manjar, los tres panes duros y las tres cebollas. Y la recién casada cogió la tercera ración con muy buen talante, y cuando hubo acabado, dijo: "¡Alhamdú lillah! ¡Loor a Alah! ¡Qué excelente comida acabo de hacer!" Y acompañó esta exclamación con una sonrisa de extremada satisfacción. Y exclamó el kadí, al oír y ver aquello: "¡Glorificado sea el Altísimo que, en Su generosidad, me ha deparado al fin una esposa que reúne en sí todas las perfecciones y sabe contentarse con el presente, dando gracias a su Creador por lo mucho y por lo poco!" Pero el ciego miserable, el cochino (¡Alah le confunda!) no sabía que su suerte estaba echada en el cerebro maligno de su joven esposa.
Y he aquí que, al día siguiente, por la mañana, el kadí fué al diwán, y durante su ausencia, la joven se dedicó a visitar, una tras otra, todas las habitaciones de la casa. Y de tal suerte llegó a un gabinete cuya puerta, cuidadosamente cerrada y provista de tres candados enormes y asegurada por tres fuertes barras de hierro, le inspiró viva curiosidad. Y después de dar muchas vueltas y examinar bien lo que tenía que examinar, acabó por distinguir una rendija de poco más de un dedo de ancho en una moldura. Y miró por aquella rendija, y se sintió extremadamente sorprendida y alegre al ver que estaba acumulado allí dentro el tesoro del kadí en oro y en plata, guardado en amplios vasos de cobre puestos en el suelo. Y al punto ideó aprovecharse sin tardanza de aquel descubrimiento inesperado: y corrió a buscar una varilla larga hecha con un tallo de palmera, untó la punta con una pasta pegajosa y la introdujo por la rendija de la moldura. Y a fuerza de dar vueltas a la varilla, se pegaron varias monedas de oro, retirándolas ella en seguida.
Y fué a su aposento y llamó a la negra, y le dijo, dándole las monedas de oro: "¡Ve inmediatamente al zoco, y compra tortas calientes todavía del horno con sésamo por encima, arroz con azafrán, carne tierna de cordero y todo lo mejor que encuentres de frutas y pastelerías!" Y la negra, asombrada, contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a ejecutar las órdenes de su ama, quien, a su regreso del zoco, le hizo poner los platos y compartir con ella las suculentas cosas que había traído. Y exclamó la negra, que por primera vez en su vida hacía una comida tan excelente: "Alah te alimente ¡oh mi señora! y haga que se te conviertan en grasa de buena calidad las cosas deliciosas con que acabas de nutrirme. ¡Por tu vida, que en esta sola comida, debida a la generosidad de tu mano, me has hecho comer manjares tan suculentos como no los probé jamás en todo el tiempo que llevo sirviendo en casa del kadí!" Y la joven le dijo: "¡Pues bien; si deseas a diario un alimento análogo y aún superior al de hoy, no tienes más que obedecer a todo lo que te diga, y guárdate la lengua dentro de la boca en presencia del kadí!" Y la negra invocó sobre ella las bendiciones, y le dió gracias y le besó la mano, prometiéndole obediencia y abnegación. Porque no era dudosa la elección entre la largueza y buena vida por una parte, y por otra la privación y la economía sórdida.
Y cuando, hacia mediodía, regresó el kadí a la casa, gritó a la negra: "¡Oh esclava, pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo sentado, su mujer se levantó y le sirvió por sí misma los restos de la excelente comida. Y comió él con mucho apetito y le alegró un trato tan bueno, y preguntó: "¿De dónde proceden estas provisiones?" Ella contestó: "¡Oh mi señor! ¡en esta ciudad tengo muchas parientas, y una de ellas es quien me ha enviado hoy este regalo, que me agrada, por poder compartirlo con mi señor!" Y el kadí se felicitó en el alma por haberse casado con una mujer que tenía parientes tan preciosos.
Y he aquí que el día siguiente la varilla de palmera obró como la primera vez, y extrajo del tesoro del kadí algunas monedas de oro, con las cuales la esposa del kadí mandó comprar provisiones admirables, entre ellas un cordero relleno de alfónsigos, e invitó a algunas vecinas suyas a compartir con ella la excelente comida. Y pasaron el tiempo juntas de la manera más agradable hasta la hora de que volviese el kadí. Y entonces se separaron las mujeres, prometiéndose que se repetiría con toda amabilidad aquel día de bendición.
Y el kadí, en cuanto entró, gritó a la negra: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo servida la comida, el miserable (¡Alah le maldiga!) se asombró mucho de ver en las bandejas carnes y provisiones más delicadas y más selectas todavía que las de la víspera. Y preguntó, lleno de inquietud: "¡Por mi cabeza! ¿de dónde proceden estos manjares tan costosos?" Y la joven, que le servía por sí misma, contestó: "¡Oh señor! tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, y no pienses más que en comer y regocijarte en tu fuero interno, sin atormentarte más por los bienes que Alah nos depara. ¡Porque una de mis tías me ha enviado estas bandejas de manjares, y me tendré por muy dichosa si le satisfacen a mi señor!"
Y en el límite de la alegría, por tener una esposa tan bien emparentada y tan amable y tan atenta, el kadí sólo pensó ya en aprovecharse lo más que pudiera de tanto honor gratuito. Así es que, al cabo de un año de aquel régimen, creó tanta grasa y se le desarrolló el vientre de manera tan notoria, que cuando los habitantes de la ciudad querían establecer un término comparativo con respecto a una cosa enorme, decían: "¡Es tan gordo como el vientre del kadí!"
Pero el miserable (¡alejado sea el Maligno!) no sabía lo que le esperaba, y que su mujer había jurado vengar a todas las pobres mujeres con quienes él hubo de casarse para hacerlas morir casi de inanición y echarlas después de haberles cortado los cabellos y haberlas repudiado con el triple divorcio definitivo. Y he aquí cómo se arregló la joven para alcanzar el fin deseado y jugarle una mala pasada.
Entre las vecinas a quienes daba de comer a diario se encontraba una pobre mujer encinta, madre ya de cinco hijos, y cuyo marido era un mandadero que apenas ganaba con qué atender a las necesidades urgentes de la casa. Y la esposa del kadí le dijo un día: "¡Oh vecina mía! Alah te ha dado una familia numerosa, y tu hombre no tiene con qué alimentarla. ¡Y hete aquí de nuevo encinta por voluntad del Altísimo! ¿Quieres, pues, cuando hayas parido tu futuro recién nacido, dármele, a fin de que yo le cuide y le eduque como si fuera mi propio hijo, ya que Alah no me favorece con la fecundidad? ¡Y en cambio te prometo que no carecerás de nada y que la prosperidad favorecerá tu casa! ¡Pero solamente te pido que no hables de la cosa a nadie, y me entregues a escondidas el niño, con objeto de que nadie del barrio sospeche la verdad!" Y la mujer del mandadero aceptó la oferta y prometió reserva. Y el día de su parto, que tuvo lugar con gran secreto, entregó a la esposa del kadí el niño recién nacido, que era un muchacho tan abultado como dos muchachos de su especie.
Y he aquí que aquel día la joven preparó por sí misma, para la hora de comer, un plato compuesto de una mezcla de habas, guisantes, judías blancas, coles, lentejas, cebollas, cabezas de ajo, harinas diversas y toda clase de cereales pesados y especias molidas. Y cuando entró el kadí, con mucha hambre, porque tenía completamente vacío su enorme vientre, ella le sirvió aquel guisado, bien sazonado, que le pareció a él delicioso y del cual comió glotonamente. Y repitió varias veces, y acabó por devorar todo el plato, diciendo: "¡Jamás comí un manjar que pasara con tanta facilidad por el gaznate! ¡Deseo ¡oh mujer! que todos los días me prepares un plato mayor que éste del mismo guiso! ¡Pues supongo que tus parientes no interrumpirán su generosidad!" Y contestó la joven: "¡Que te sea delicioso y de fácil digestión!" Y el kadí le agradeció su deseo, y una vez más se felicitó por tener una esposa tan perfecta y cuidadosa de sus gustos.
Pero apenas había transcurrido una hora desde que se terminó la comida, cuando el vientre del kadí empezó a hincharse y a aumentar por momentos; y en su interior se hizo oír un gran estrépito como el estruendo de una tempestad; y conmovieron sus paredes unos gruñidos sordos como truenos amenazadores, tan pronto acompañados de terribles retorcijones, como de espasmos y de dolores. Y se le puso el color muy amarillo, y empezó a gimotear y a rodar por el suelo como un tonel, sujetándose el vientre a dos manos y exclamando: "¡Ya Alah! ¡en mi vientre hay una tempestad! ¡Ah! ¿Quién me librará de ella?" Y a poco, no pudo menos que lanzar aullidos bajo el impulso de crisis más fuertes de su vientre, que ya estaba más hinchado que un odre lleno. Y a los gritos que daba acudió su esposa, y para aliviarle le hizo tomar un puñado de polvos de anís y de hinojo, que en breve debían producir su efecto. Y al mismo tiempo, para consolarle y animarle, se puso a acariciarle por todas partes, como se acaricia a un niño enfermo, y a frotarle dulcemente el sitio dolorido, pasándole la mano por él con regularidad.
Y de repente interrumpió su masaje, lanzando un grito penetrante, seguido de repetidas exclamaciones de sorpresa y espanto, diciendo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡milagro! ¡prodigio! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" Y no obstante los violentos dolores, que le hacían contorsionarse, el kadí preguntó: "¿Qué te pasa? ¿Y de qué milagro se trata?" Ella dijo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" El preguntó: "¿Qué te pasa? ¡Di!" Ella contestó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti!" Y de nuevo le pasó la mano por el vientre tempestuoso, añadiendo: "¡Exaltado sea el Altísimo! ¡El puede hacer y hace todo lo que quiere! Cúmplanse Sus decretos, ¡oh mi señor!"
Y el kadí preguntó, entre dos quejidos. "¿Qué te pasa, ¡oh mujer!? ¡Habla! ¡Qué Alah te maldiga por torturarme así!" Ella dijo: "¡Oh mi señor!, ¡oh mi señor! cúmplase su voluntad! ¡Estás encinta! ¡Y el parto viene muy de prisa!"
Al oír estas palabras de su esposa, el kadí se incorporó, a pesar de los cólicos y los espasmos, y exclamó: "¿Estás loca, ¡oh mujer!? ¿Y desde cuándo se quedan encinta los hombres?" Ella dijo: "¡Por Alah, que no lo sé! Pero el niño se mueve en tu vientre. ¡Y le siento patear, y toco su cabeza con mis manos!" Y añadió: "¡Alah arroja donde quiere la semilla de la fecundidad! ¡Exaltado sea! Ruega al Profeta, ¡oh hombre!" Y dijo el kadí, presa de convulsiones: "¡Con él las bendiciones y todas las gracias!" Y como sus dolores aumentaban, volvió a revolcarse, aullando, como un loco; y se retorcía las manos, y ya no podía ni respirar, de tan violento como era el combate que se libraba en su vientre.
¡Y he aquí que de pronto llegó el alivio! Largo y resonante, y le salió de dentro un cuesco espantoso que hizo estremecerse toda la casa y desmayarse al kadí bajo el violento impulso de su choque. Y por el aire enrarecido de la casa continuó rodando en gradación atenuada una serie numerosa de otros cuescos. Luego, tras un último estrépito, semejante al fragor del trueno, se restableció el silencio en la morada.
Y poco a poco fué volviendo en sí el kadí, y vió ante él, echado en una colchoneta, a un recién nacido, en mantillas, que lloraba haciendo muecas. Y vió que su esposa decía: "¡Loores a Alah y a Su Profeta por este feliz alumbramiento! Alhandú Lillah, ¡oh hombre!" Y empezó a invocar todos los nombres sagrados sobre el pequeñuelo que venía al mundo y sobre la cabeza de su esposo. Y el kadí no sabía si estaba dormido o despierto, o si los dolores que hubo de sentir habían destruido sus facultades intelectuales. Sin embargo, no podía desmentir el testimonio de sus sentidos; y la vista de aquel niño recién nacido y la cesación de sus dolores y el recuerdo de la tempestad que le había salido del vientre, le obligaban a creer en su asombroso alumbramiento. Y el amor maternal se sobrepuso y le hizo aceptar al niño, y decir: "¡Alah arroja las semillas y crea donde quiere! ¡Y hasta los hombres, si están predestinados a ello, pueden quedarse encinta y parir a la postre!" Luego se encaró con su esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! ¡es necesario que te ocupes de buscar una nodriza para este niño! ¡Porque yo no puedo criarle!" Y ella contestó: "Ya he pensado en ello. ¡Y la nodriza está esperando en el harén! ¿Pero estás seguro ¡oh mi señor! que no se te han desarrollado los senos y no puedes criar a este niño? ¡Porque ya sabes que nada hay mejor que la leche de la madre!" Y el kadí, cada vez más absorto, se palpó el pecho con ansiedad, y contestó: "¡No, por Alah!, están como estaban, sin nada dentro!"
¡Eso fué todo!
Y la maligna joven se regocijaba en el alma del éxito de su estratagema. Luego, queriendo llevar su burla hasta el límite, obligó al kadí a meterse en la cama y a estar sin salir de ella, como las parturientas, cuarenta días y cuarenta noches. Y se puso a hacerle las tisanas que se dan de ordinario a las paridas y a cuidarle y a mimarle en todos los sentidos. Y el kadí, extremadamente fatigado de los dolorosos retorcijones que había tenido y de todo su trastorno interno, no tardó en dormirse profundamente para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 800ª noche

Ella dijo:
"... para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu. Y su primer cuidado fué rogar a su esposa que guardara escrupulosamente el secreto de aquella aventura, diciéndole: "¡Qué calamidad para nosotros si la gente se enterara de que el kadí ha parido un niño viable!" Y la maligna, lejos de tranquilizarle sobre el particular, se complació en aumentar su inquietud, diciéndole: "¡Oh mi señor! ¡no somos los únicos en conocer este acontecimiento maravilloso y bendito! ¡Porque todas nuestras vecinas, lo saben ya por la nodriza, que, a pesar de mis recomendaciones, ha ido a revelar el milagro y a chismorrear de un lado a otro; y es muy difícil impedir a una nodriza que charle, como también detener ahora la difusión de esta noticia por la ciudad!"
Y extremadamente mortificado al saberse motivo de todas las conversaciones y objeto de comentarios más o menos descorteses, el kadí se pasó los cuarenta días del puerperio quieto en el lecho, sin osar moverse por temor a las complicaciones y a los flujos de sangre, y reflexionando, cejijunto, acerca de su triste situación.
Y se decía: "Seguramente, la malignidad de mis enemigos, que son numerosos, me acusará ahora de cosas más o menos ridículas; por ejemplo, de haberme dejado ensartar de una manera extraordinaria, diciendo: "¡El kadí es un marica! ¡Alah! ¡no valía la pena, verdaderamente, mostrarse tan severo en sus juicios, si tenía que acabar porque le ensartaran y por parir! ¡Por Alah, que nuestro kadí es un marica extraño! ¡Por otra parte, bien sabe Alah que hace mucho tiempo que no me ocupo de semejante cosa, y no es mi edad la más a propósito para tentar a los aficionados a eso!
Así pensaba el kadí, sin ocurrírsele que su ruindad era la que le había traído aquel estado de cosas. Y cuando más reflexionaba, más se ennegrecía el mundo ante él y su posición le parecía más irrisoria y digna de piedad. Así es que, cuando su esposa creyó oportuno que se levantara sin temor a las complicaciones puerperales, se apresuró él a salir del lecho y a lavarse, pero sin atreverse a abandonar su casa para ir al hammam. Y con objeto de evitar las burlas y alusiones que en lo sucesivo no dejaría de oír si continuaba habitando en la ciudad, resolvió abandonar Trablús y reveló este proyecto a su esposa, quien, simulando una gran pena por verle alejarse de su casa y prescindir de su situación de kadí, no dejó de abundar en su opinión, empero, y de alentarle a que se marchara, diciéndole: "Ciertamente, ¡oh mi señor! tienes razón al abandonar esta ciudad maldita habitada por las malas lenguas; pero hazlo por algún tiempo solamente y hasta que se olvide esta aventura. ¡Y entonces volverás para educar a este niño, de quien eres a la vez padre y madre, y a quien, si te parece, llamaremos, para recordar su maravilloso nacimiento, Fuente-de-los-Milagros!" Y contestó el kadí: "¡No hay inconveniente!" Y salió de su casa por la noche, dejando allí a su mujer al cuidado de Fuente-de-los-Milagros. Y de los efectos y muebles de la casa. Y salió de la ciudad, evitando las calles frecuentadas, y partió en dirección de Damasco.
Y llegó a Damasco, después de un viaje fatigoso, aunque consolándose con pensar que en aquella ciudad nadie le conocía ni conocía su historia. Pero tuvo la desgracia de oír contar su historia en todos los sitios públicos por todos los narradores, a oídos de los cuales había llegado ya. Y como se temía él, los narradores de la ciudad, cada vez que la contaban, no dejaban de añadir un detalle nuevo para hacer reír a sus oyentes, y de atribuir al kadí órganos extraordinarios, y de endosarle todas las herramientas de los muleteros de Trablús, y de adjudicarle el nombre que temía él tanto, llamándole hijo, nieto y biznieto del nombre que ni a sí mismo se pronuncia. Pero, felizmente para él, nadie conocía su rostro, y pudo de tal suerte pasar inadvertido. Y cuando, por la tarde, cruzaba por los lugares donde se estacionaban narradores, no podía por menos de pararse para escuchar su historia, que en boca de ellos resultaba prodigiosa; porque ya no era un niño lo que había tenido, sino una pollada de niños en ringlera; y tanta hilaridad producía aquello a la concurrencia, que él mismo acababa por reírse como los demás, dichoso de no ser reconocido, y diciéndose: "¡Por Alah, que me motejen de lo que quieran, pero que no me reconozcan!" Y de tal suerte vivió muy retraído y con una economía mayor aún que antes. Y así y todo, acabó por agotar el repuesto de dinero que  se había llevado consigo, y acabó por vender, para vivir, sus vestiduras; pues no se determinaba a pedir dinero a su mujer, por mediación de un correo, para no verse obligado a revelarle el lugar en que se hallaba su tesoro. Porque el pobre no sospechaba que aquel tesoro estaba descubierto hacía mucho tiempo. Y se imaginaba que su esposa seguía viviendo a costa de sus parientes y de sus vecinas, como le había hecho creer ella. Y llegó a un grado tal su estado de miseria, que viose obligado él, antiguo kadí, a ponerse a jornal con un albañil, para llevar durante todo el día cal y yeso.
De tal suerte transcurrieron algunos años. Y el desgraciado, que soportaba el peso de todas las maldiciones lanzadas contra él por las víctimas de sus juicios y las víctimas de su mezquindad, se había quedado tan flaco como un gato abandonado en un granero. Y entonces pensó en volver a Trablús, confiando en que los años hubieran borrado el recuerdo de su aventura. Y partió de Damasco, y después de un viaje muy duro para su cuerpo debilitado, llegó a la entrada de Trablús, su ciudad. Y en el momento en que franqueaba la puerta, vió a unos niños que jugaban entre sí, y oyó que uno de ellos decía al otro: "¿Cómo quieres ganar el juego tú, que naciste en el año nefasto del kadí padre-del-cuesco?" Y el infortunado se alegró mucho al oír aquello, pensando: "¡Por Alah! se ha olvidado tu aventura, puesto que otro kadí, que no eres tú, es quien sirve de proverbio a los niños" Y se acercó al que había hablado del año del kadí padre-del-cuesco, y le preguntó: "¿Quién es ese kadí de que hablas, y por qué le llaman padre-del-cuesco?" Y el niño contó toda la historia de la malicia de la esposa del kadí, con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla.
Cuando el viejo mezquino hubo oído el relato del niño, ya no dudó de su desgracia, y comprendió que había sido el juguete y la burla de la malicia de su esposa. Y dejando a los niños con su juego, se precipitó en dirección de su casa, queriendo, en su furor, castigar a la audaz que se había burlado de él tan cruelmente. Pero, al llegar a la casa, la encontró con las puertas abiertas a los cuatro vientos, el techo hundido, los muros a medio derribar, y devastada de arriba a abajo; y corrió al tesoro, pero ya no había allí tesoro, ni huella de tesoro, ni olor de tesoro, ni nada absolutamente. Y los vecinos que acudieron al verle llegar, en medio de la hilaridad general, le enteraron de que hacía mucho tiempo que se había marchado su esposa, creyéndole muerto, y que se había llevado consigo, no se sabía a qué país lejano, cuanto había en la casa. Y al enterarse así de la totalidad de su desgracia, y al verse blanco del sarcasmo público, el viejo miserable se apresuró a abandonar su ciudad sin volver la cabeza. Y nunca más se oyó hablar de él.
Y tal es ¡oh rey del tiempo! -continuó el tragador de haschisch la historia del kadí padre-del-cuesco, que hasta mí ha llegado. ¡Pero Alah es más sabio!"

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