Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56.4 P1 Las agujetas - Primera de dos partes

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres
       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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LAS AGUJETAS

Se cuenta que un rey entre los reyes estaba un día sentado en su trono, en medio de su diwán, y daba audiencia a sus súbditos, cuando entró un jeique, hortelano de oficio, que llevaba a la cabeza un cesto de hermosas frutas y de legumbres diversas, primicias de la estación. Y besó la tierra entre las manos del rey, e invocó sobre él las bendiciones y le ofreció como regalo el cesto de primicias. Y después de devolverle la zalema, el rey le preguntó: "¿Y qué hay en este cesto cubierto de hojas, ¡oh jeique!?" Y el hortelano dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡son las primeras verduras y las primeras frutas nacidas en mis tierras, que te traigo como primicias de la estación!" Y el rey dijo: "¡Las acepto de corazón amistoso!" Y quitó las hojas que preservaban del mal de ojo al contenido del cesto, y vió que había en él magníficos cohombros rizados, gombos muy tiernos, dátiles, berenjenas, limones y otras diversas frutas y legumbres tempranas. Y exclamó: "¡Maschala!" y cogió un cohombro rizado y lo engulló con mucho gusto. Luego dijo a los eunucos que llevaran los demás al harén. Y los eunucos se apresuraron a ejecutar la orden. Y también se deleitaron mucho las mujeres comiendo aquellas primicias. Y cada cual cogió lo que quería, felicitándose mutuamente diciendo: "¡Que las primicias del año que viene nos den salud y nos encuentren con vida y con belleza!" Luego distribuyeron a las esclavas lo que quedaba en el cesto. Y de común acuerdo, dijeron: "¡Por Alah, que son exquisitas estas primicias! ¡Y tenemos que dar una buena propina al hombre que las ha traído!" Y enviaron al felah, por mediación de los eunucos, cien dinares de oro.
Y el rey, asimismo, estaba extremadamente satisfecho del cohombro rizado que había comido, y aun añadió doscientos dinares al donativo de sus mujeres. Y de tal suerte percibió el felah trescientos dinares de oro por su cesto de primicias.
Pero no fué eso todo. Porque el sultán que le había hecho diversas preguntas acerca de cosas agrícolas y de otras cosas más, le había encontrado en absoluto de su conveniencia y se había complacido con sus respuestas, pues el felah tenía la palabra elegante, la lengua expedita, la réplica en los labios, el ingenio fértil, la actitud muy cortés y el lenguaje correcto y distinguido. Y el sultán quiso hacer de él su comensal inmediatamente, y le dijo: "¡Oh jeique! ¿sabes hacer compañía a los reyes?" Y el felah contestó: "Sé". Y el sultán le dijo: "Bueno, ¡oh jeique! ¡Vuélvete en seguida a tu pueblo para llevar a tu familia lo que Alah te ha concedido hoy, y regresa conmigo a toda prisa para ser mi comensal en adelante!"
Y el felah contestó con el oído y la obediencia. Y después de llevar a su familia los trescientos dinares que Alah le había otorgado, volvió al lado del rey, que en aquel momento estaba cenando. Y el rey le mandó sentarse junto a él, ante la bandeja, y le hizo comer y beber lo que tenía gana. Y le encontró aún más divertido que la primera vez, y acabó de encariñarse con él, y le preguntó:
"¿Verdad que sabes historias hermosas de contar y de escuchar, ¡oh jeique!?"
Y el felah contestó: "¡Sí, por Alah! ¡Y la próxima noche le contaré una al rey!" Y al oír esta noticia, el rey llegó al límite del júbilo y se estremeció de contento. Y para dar a su comensal una prueba de cariño y de amistad, hizo salir de su harén a la más joven y más bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada . ..
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 797ª noche

Ella dijo:
"... hizo salir de su harén a la más joven y bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada, y se la dió como regalo, aunque la había hecho apartar para sí mismo el día en que la compraron, reservándosela como bocado selecto. Y puso a disposición de los recién casados un hermoso aposento del palacio, contiguo al suyo, y magníficamente amueblado y provisto de todas las comodidades. Y tras de desearles todo género de delicias aquella noche, les dejó solos y entró en su harén.
Cuando la joven se hubo desnudado, esperó, acostada, que fuera a ella su nuevo señor. Y el jeique hortelano, que en su vida había visto ni probado la carne blanca, se maravilló de lo que veía y glorificó en su corazón a Quien forma la carne blanca. Y se acercó a la joven, y empezó a hacer con ella todas las locuras usuales en casos como aquél. Y he aquí que, sin que pudiese él saber cómo ni por qué, el niño de su padre no quiso levantar cabeza y siguió adormecido con la mirada sin vida y mustio. Y por más que el frutero le amonestaba y alentaba, no quiso oír nada, y permaneció obstinado, oponiendo a todas las exhortaciones una inercia y una tozudez inexplicable. Y el pobre frutero llegó al límite de la confusión, y exclamó: "¡En verdad que es cosa prodigiosa!"
Y la joven, con objeto de despertar los deseos del niño, se puso a hacerle cosquillas y a juguetear con él con mano ardiente, y a mimarle con todos los mimos, y a hacerle entrar en razón, tan pronto con caricias como con golpes; pero tampoco consiguió decidirle a despertarse.
Y acabó por exclamar: "¡Oh mi señor! ¡puede que Alah lo anime!" Y al ver que nada servía de nada, dijo: "¡Oh mi señor! ¿a que no sabes por qué no quiere despertarse el niño de su padre?" El jeique dijo: "¡No, por Alah, que no lo sé!" Ella dijo: "¡Pues porque su padre tiene agujetas!" El jeique preguntó: "¿Y qué hay que hacer ¡oh perspicaz para curar las agujetas!?" Ella dijo: "No te preocupes por eso. ¡Yo sé lo que tengo que hacer!" Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, tomó incienso macho, y echándolo en un pebetero se puso a dar fumigaciones a su esposo, como se hace sobre el cuerpo de los muertos, diciendo: "¡Alah resucite a los muertos! ¡Alah despierte a los dormidos!" Y hecho lo cual, cogió un cántaro lleno de agua y empezó a regar al niño de su padre, como se hace con el cuerpo de los muertos antes de amortajarles. Y tras de bañarle así, cogió un pañuelo de muselina y cubrió con él al niño dormido, como se cubre a los muertos con el sudario. Y después de llevar a cabo todas aquellas ceremonias preparatorias de un sepelio, y que ella hacía por simulacro, llamó a las numerosas esclavas que el sultán había puesto a su servicio y al de su esposo, y les mostró lo que tenía que mostrarles del pobre frutero, que estaba tendido inmóvil, con el cuerpo cubierto a medias por el pañuelo y envuelto en una nube de incienso. Y al ver aquello, lanzando gritos de hilaridad y carcajadas, las mujeres echaron a correr por el palacio, contando lo que acababan de ver a todas las que no lo habían visto.
Por la mañana, el sultán, que se había levantado más temprano que de costumbre, envió a buscar a su comensal el frutero, y le formuló los deseos de la mañana, y le preguntó: "¿Cómo se ha pasado la noche, ¡oh jeique!?" Y el felah contó al sultán cuanto le había ocurrido, sin ocultar un detalle. Y el sultán, al oír aquello, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero; luego exclamó: "¡Por Alah, que la joven que de tan oportuna manera ha tratado tus agujetas es una joven dotada de ciencia y de ingenio y de gracia! ¡Y la recupero para mi uso personal!" Y la hizo ir, y le ordenó que le contara lo que había pasado. Y la joven repitió al rey la cosa tal como había sucedido, y le narró con todos sus detalles los esfuerzos que había hecho para disipar el sueño del testarudo niño de su padre, y el tratamiento que acabó por aplicarle sin resultado. Y en el límite del júbilo, el rey se encaró con el felah, y le preguntó: "¿Es verdad eso?" Y el felah hizo con la cabeza un signo afirmativo y bajó los ojos. Y le dijo el rey, riendo a más y mejor: "¡Por mi vida sobre ti, ¡oh jeique! vuelve a contarme lo que ha pasado!" Y cuando el pobre hombre hubo repetido su relato, el sultán se echó a llorar de alegría, y exclamó: "¡Ualah! ¡es cosa prodigiosa!" Luego, como desde el minarete el muezín acababa de llamar a la plegaria, el sultán y el frutero cumplieron sus deberes para con su Creador, y el sultán dijo: "¡Ahora ¡oh jeique de los hombres deliciosos! date prisa a contarme las historias prometidas, para completar mi alegría!" Y el frutero dijo: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a nuestro generoso señor!" Y sentándose con las piernas encogidas frente al rey, contó:

HISTORIA DE LOS DOS TRAGADORES DE HASCHISCH

Has de saber ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! que en una ciudad entre las ciudades había un hombre que tenía el oficio de pescador y la distracción de tomar haschisch. Y he aquí que cuando había cobrado el producto de una jornada de trabajo, se comía una parte de su ganancia en provisiones de boca y el resto en esa hierba alegre de que se extrae el haschisch. Y tomaba al día tres tomas de haschisch: una se la tragaba por la mañana en ayunas, otra a mediodía y otra al ponerse el sol. Y de tal suerte se pasaba la vida muy alegremente y haciendo extravagancias. Y esto no le impedía ir a su trabajo, que era la pesca; pero con frecuencia lo hacía de una manera muy singular, como vas a ver.
Una tarde, tras de tomar una dosis de haschisch más fuerte que de costumbre, empezó por encender una vela de sebo, y se sentó delante de ella y se puso a hablar consigo mismo, formulándose las preguntas y las respuestas, y disfrutando todas las delicias del ensueño y del placer tranquilo. Y así permaneció mucho tiempo, y sólo le sacaron de su ensueño la frescura de la noche y la claridad de la luna llena. Y dijo entonces, hablando consigo mismo: "¡Eh, amigo, mira! La calle está silenciosa, la brisa es fresca y la claridad de la luna invita al paseo. ¡Harás bien, pues, en salir a tomar el aire y a mirar el aspecto del mundo ahora que las gentes no circulan y no pueden distraerte de tu placer y tu fasto solitario!" Y pensando de este modo, el pescador salió de su casa y encaminó su paseo por el lado del río. Era en el decimocuarto día de la luna, y la noche estaba toda iluminada. Y al mirar reflejado en el piso el disco argénteo, el pescador tomó por agua aquel reflejo de la luna, y su extravagante imaginación le dijo: "Por Alah, ¡oh pescador! hete aquí llegado a orillas del río, y en el ribazo no hay ningún otro pescador. ¡Por tanto, harás bien en ir en seguida a coger tu sedal y volver para ponerte a pescar lo que te depare tu suerte de esta noche!" Así pensó en su locura, y así lo hizo. Y cuando cogió su sedal, fué a sentarse en una escarpadura, y se puso a pescar en medio de la claridad lunar, arrojando el hilo con el anzuelo al caudal blanco reflejado en el piso. Y he aquí que, atraído por el olor de la carne que servía de cebo, un perro enorme fué a arrojarse sobre el sedal, y lo devoró. Y se le clavó el anzuelo en el gaznate, y le molestó tanto, que empezó a dar sacudidas desesperadas para librarse del hilo. Y el pescador, que creía haber cogido un pez monstruoso, tiraba todo lo que podía; y el perro, que sufría de un modo insoportable, tiraba por su parte, lanzando aullidos tremendos; de modo que el pescador, que no quería dejar escapar su presa, acabó por ser arrastrado y rodó por tierra. Y creyendo entonces que iba a ahogarse en el río que le mostraba su haschisch, se puso a dar gritos espantosos, pidiendo socorro. Y al oír aquel ruido, acudieron los guardias del barrio, y el pescador, al verles, les gritó: "¡Socorredme, ¡oh musulmanes! ¡Ayudadme a sacar el monstruoso pez de las profundidades del río, adonde va a arrastrarme! ¡Yalah, yalah! ¡venid aquí, valientes, que me ahogo!" Y los guardias le preguntaron, muy sorprendidos: "¿Qué te ocurre, ¡oh pescador! ? ¿Y de qué río hablas? ¿Y de qué pez se trata?" Y les dijo: "Alah os maldiga, ¡oh hijos de perros! ¿Vais a gastarme ahora bromas o a ayudarme a salvar mi alma del ahogo y a sacar el pez fuera del agua?" Y los guardias, que al principio se rieron de aquella extravagancia, se irritaron contra él al oírle tratarles de hijos de perros, y se arrojaron sobre él, y después de molerle a golpes, le condujeron a casa del kadí.
Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 799ª noche

Ella dijo:
"... Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles que partían del harén. Y fué la negra a anunciarle alzando los brazos al cielo, que su ama se había rebelado contra todos los de la casa, y acababa de enviar a buscar a su padre. Y el kadí, furioso, entró en el aposento de la joven con los ojos llameantes, le lanzó toda clase de injurias, y acusándola de entregarse a todas las variedades del libertinaje, le cortó los cabellos a la fuerza y la repudió, diciéndole: "¡Quedas divorciada por tres veces!" Y la echó violentamente y cerró la puerta detrás de ella.
¡Alah le maldiga, que merece la maldición!
Pocos días después de su divorcio, el ruin hijo de ruin, con motivo de sus funciones, que le hacían indispensable para mucha gente, encontró otro cliente que le propuso a su hija en matrimonio. Y se casó con la joven, que fué servida de la misma manera, y que, sin poder soportar más de tres días el régimen de cebollas, se rebeló y también fué repudiada. Pero no sirvió aquello de lección a las demás personas, pues aun encontró el kadí varias jóvenes con quienes casarse, y se fué casando con ellas sucesivamente para repudiarlas al cabo de un día o dos a causa de su rebeldía ante el pan negro y las cebollas.
Pero, cuando los divorcios se multiplicaron de manera tan exagerada, el rumor de la mezquindad del kadí llegó a oídos que hasta entonces no se habían enterado de ella, y su conducta para con sus mujeres se hizo motivo de todas las conversaciones en los harenes. Y perdió todo el crédito posible con las casamenteras, y dejó en absoluto de ser un buen partido.
Una noche se paseaba por los alrededores de la ciudad el kadí, atormentado por la herencia de su padre, a la cual no quería ya ninguna mujer, cuando vió acercarse una dama en una mula de color castaño. Y quedó conmovido por la apostura elegante de ella y por sus ricos vestidos. Así es que retorciéndose el bigote, avanzó hacia ella con galante cortesanía, le hizo una profunda reverencia, y después de las zalemas, le dijo: "¡Oh noble dama! ¿de dónde vienes?" Ella contestó: "¡Del camino que dejo atrás!"
Y el kadí sonrió, y dijo: "¡Sin duda! ¡sin duda! ya lo sé; pero ¿de qué ciudad?" Ella contestó: "¡De Mossul!" El preguntó: "En ese caso, ¿quieres servirme de esposa en adelante, y que yo, en cambio, sea para ti el hombre?" Ella contestó: "Dime dónde vives y mañana te mandaré la respuesta". Y el kadí le explicó quién era y dónde vivía. ¡Pero ya lo sabía ella! Y le dejó, dedicándole de soslayo la más comprometedora de las sonrisas.
Y he aquí que al siguiente día por la mañana la joven envió al kadí un mensaje para informarle de que consentía en casarse con él mediante un donativo de cincuenta dinares. Y el ruin, con un violento esfuerzo de su avaricia, en vista de la pasión que experimentaba por la joven, hizo contarle y entregarle los cincuenta dinares, y encargó a la negra que fuese a buscarla. Y sin faltar a sus compromisos, la joven, en efecto, fué a casa del kadí; y en seguida se llevó a cabo el matrimonio, ante testigos, que se marcharon inmediatamente sin que tampoco se les obsequiara.
Y el kadí, fiel a su régimen, dijo a la negra con tono enfático: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y como de ordinario, en la mesa suntuosamente adornada, se sirvieron, por todo manjar, los tres panes duros y las tres cebollas. Y la recién casada cogió la tercera ración con muy buen talante, y cuando hubo acabado, dijo: "¡Alhamdú lillah! ¡Loor a Alah! ¡Qué excelente comida acabo de hacer!" Y acompañó esta exclamación con una sonrisa de extremada satisfacción. Y exclamó el kadí, al oír y ver aquello: "¡Glorificado sea el Altísimo que, en Su generosidad, me ha deparado al fin una esposa que reúne en sí todas las perfecciones y sabe contentarse con el presente, dando gracias a su Creador por lo mucho y por lo poco!" Pero el ciego miserable, el cochino (¡Alah le confunda!) no sabía que su suerte estaba echada en el cerebro maligno de su joven esposa.
Y he aquí que, al día siguiente, por la mañana, el kadí fué al diwán, y durante su ausencia, la joven se dedicó a visitar, una tras otra, todas las habitaciones de la casa. Y de tal suerte llegó a un gabinete cuya puerta, cuidadosamente cerrada y provista de tres candados enormes y asegurada por tres fuertes barras de hierro, le inspiró viva curiosidad. Y después de dar muchas vueltas y examinar bien lo que tenía que examinar, acabó por distinguir una rendija de poco más de un dedo de ancho en una moldura. Y miró por aquella rendija, y se sintió extremadamente sorprendida y alegre al ver que estaba acumulado allí dentro el tesoro del kadí en oro y en plata, guardado en amplios vasos de cobre puestos en el suelo. Y al punto ideó aprovecharse sin tardanza de aquel descubrimiento inesperado: y corrió a buscar una varilla larga hecha con un tallo de palmera, untó la punta con una pasta pegajosa y la introdujo por la rendija de la moldura. Y a fuerza de dar vueltas a la varilla, se pegaron varias monedas de oro, retirándolas ella en seguida.
Y fué a su aposento y llamó a la negra, y le dijo, dándole las monedas de oro: "¡Ve inmediatamente al zoco, y compra tortas calientes todavía del horno con sésamo por encima, arroz con azafrán, carne tierna de cordero y todo lo mejor que encuentres de frutas y pastelerías!" Y la negra, asombrada, contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a ejecutar las órdenes de su ama, quien, a su regreso del zoco, le hizo poner los platos y compartir con ella las suculentas cosas que había traído. Y exclamó la negra, que por primera vez en su vida hacía una comida tan excelente: "Alah te alimente ¡oh mi señora! y haga que se te conviertan en grasa de buena calidad las cosas deliciosas con que acabas de nutrirme. ¡Por tu vida, que en esta sola comida, debida a la generosidad de tu mano, me has hecho comer manjares tan suculentos como no los probé jamás en todo el tiempo que llevo sirviendo en casa del kadí!" Y la joven le dijo: "¡Pues bien; si deseas a diario un alimento análogo y aún superior al de hoy, no tienes más que obedecer a todo lo que te diga, y guárdate la lengua dentro de la boca en presencia del kadí!" Y la negra invocó sobre ella las bendiciones, y le dió gracias y le besó la mano, prometiéndole obediencia y abnegación. Porque no era dudosa la elección entre la largueza y buena vida por una parte, y por otra la privación y la economía sórdida.
Y cuando, hacia mediodía, regresó el kadí a la casa, gritó a la negra: "¡Oh esclava, pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo sentado, su mujer se levantó y le sirvió por sí misma los restos de la excelente comida. Y comió él con mucho apetito y le alegró un trato tan bueno, y preguntó: "¿De dónde proceden estas provisiones?" Ella contestó: "¡Oh mi señor! ¡en esta ciudad tengo muchas parientas, y una de ellas es quien me ha enviado hoy este regalo, que me agrada, por poder compartirlo con mi señor!" Y el kadí se felicitó en el alma por haberse casado con una mujer que tenía parientes tan preciosos.
Y he aquí que el día siguiente la varilla de palmera obró como la primera vez, y extrajo del tesoro del kadí algunas monedas de oro, con las cuales la esposa del kadí mandó comprar provisiones admirables, entre ellas un cordero relleno de alfónsigos, e invitó a algunas vecinas suyas a compartir con ella la excelente comida. Y pasaron el tiempo juntas de la manera más agradable hasta la hora de que volviese el kadí. Y entonces se separaron las mujeres, prometiéndose que se repetiría con toda amabilidad aquel día de bendición.
Y el kadí, en cuanto entró, gritó a la negra: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo servida la comida, el miserable (¡Alah le maldiga!) se asombró mucho de ver en las bandejas carnes y provisiones más delicadas y más selectas todavía que las de la víspera. Y preguntó, lleno de inquietud: "¡Por mi cabeza! ¿de dónde proceden estos manjares tan costosos?" Y la joven, que le servía por sí misma, contestó: "¡Oh señor! tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, y no pienses más que en comer y regocijarte en tu fuero interno, sin atormentarte más por los bienes que Alah nos depara. ¡Porque una de mis tías me ha enviado estas bandejas de manjares, y me tendré por muy dichosa si le satisfacen a mi señor!"
Y en el límite de la alegría, por tener una esposa tan bien emparentada y tan amable y tan atenta, el kadí sólo pensó ya en aprovecharse lo más que pudiera de tanto honor gratuito. Así es que, al cabo de un año de aquel régimen, creó tanta grasa y se le desarrolló el vientre de manera tan notoria, que cuando los habitantes de la ciudad querían establecer un término comparativo con respecto a una cosa enorme, decían: "¡Es tan gordo como el vientre del kadí!"
Pero el miserable (¡alejado sea el Maligno!) no sabía lo que le esperaba, y que su mujer había jurado vengar a todas las pobres mujeres con quienes él hubo de casarse para hacerlas morir casi de inanición y echarlas después de haberles cortado los cabellos y haberlas repudiado con el triple divorcio definitivo. Y he aquí cómo se arregló la joven para alcanzar el fin deseado y jugarle una mala pasada.
Entre las vecinas a quienes daba de comer a diario se encontraba una pobre mujer encinta, madre ya de cinco hijos, y cuyo marido era un mandadero que apenas ganaba con qué atender a las necesidades urgentes de la casa. Y la esposa del kadí le dijo un día: "¡Oh vecina mía! Alah te ha dado una familia numerosa, y tu hombre no tiene con qué alimentarla. ¡Y hete aquí de nuevo encinta por voluntad del Altísimo! ¿Quieres, pues, cuando hayas parido tu futuro recién nacido, dármele, a fin de que yo le cuide y le eduque como si fuera mi propio hijo, ya que Alah no me favorece con la fecundidad? ¡Y en cambio te prometo que no carecerás de nada y que la prosperidad favorecerá tu casa! ¡Pero solamente te pido que no hables de la cosa a nadie, y me entregues a escondidas el niño, con objeto de que nadie del barrio sospeche la verdad!" Y la mujer del mandadero aceptó la oferta y prometió reserva. Y el día de su parto, que tuvo lugar con gran secreto, entregó a la esposa del kadí el niño recién nacido, que era un muchacho tan abultado como dos muchachos de su especie.
Y he aquí que aquel día la joven preparó por sí misma, para la hora de comer, un plato compuesto de una mezcla de habas, guisantes, judías blancas, coles, lentejas, cebollas, cabezas de ajo, harinas diversas y toda clase de cereales pesados y especias molidas. Y cuando entró el kadí, con mucha hambre, porque tenía completamente vacío su enorme vientre, ella le sirvió aquel guisado, bien sazonado, que le pareció a él delicioso y del cual comió glotonamente. Y repitió varias veces, y acabó por devorar todo el plato, diciendo: "¡Jamás comí un manjar que pasara con tanta facilidad por el gaznate! ¡Deseo ¡oh mujer! que todos los días me prepares un plato mayor que éste del mismo guiso! ¡Pues supongo que tus parientes no interrumpirán su generosidad!" Y contestó la joven: "¡Que te sea delicioso y de fácil digestión!" Y el kadí le agradeció su deseo, y una vez más se felicitó por tener una esposa tan perfecta y cuidadosa de sus gustos.
Pero apenas había transcurrido una hora desde que se terminó la comida, cuando el vientre del kadí empezó a hincharse y a aumentar por momentos; y en su interior se hizo oír un gran estrépito como el estruendo de una tempestad; y conmovieron sus paredes unos gruñidos sordos como truenos amenazadores, tan pronto acompañados de terribles retorcijones, como de espasmos y de dolores. Y se le puso el color muy amarillo, y empezó a gimotear y a rodar por el suelo como un tonel, sujetándose el vientre a dos manos y exclamando: "¡Ya Alah! ¡en mi vientre hay una tempestad! ¡Ah! ¿Quién me librará de ella?" Y a poco, no pudo menos que lanzar aullidos bajo el impulso de crisis más fuertes de su vientre, que ya estaba más hinchado que un odre lleno. Y a los gritos que daba acudió su esposa, y para aliviarle le hizo tomar un puñado de polvos de anís y de hinojo, que en breve debían producir su efecto. Y al mismo tiempo, para consolarle y animarle, se puso a acariciarle por todas partes, como se acaricia a un niño enfermo, y a frotarle dulcemente el sitio dolorido, pasándole la mano por él con regularidad.
Y de repente interrumpió su masaje, lanzando un grito penetrante, seguido de repetidas exclamaciones de sorpresa y espanto, diciendo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡milagro! ¡prodigio! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" Y no obstante los violentos dolores, que le hacían contorsionarse, el kadí preguntó: "¿Qué te pasa? ¿Y de qué milagro se trata?" Ella dijo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" El preguntó: "¿Qué te pasa? ¡Di!" Ella contestó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti!" Y de nuevo le pasó la mano por el vientre tempestuoso, añadiendo: "¡Exaltado sea el Altísimo! ¡El puede hacer y hace todo lo que quiere! Cúmplanse Sus decretos, ¡oh mi señor!"
Y el kadí preguntó, entre dos quejidos. "¿Qué te pasa, ¡oh mujer!? ¡Habla! ¡Qué Alah te maldiga por torturarme así!" Ella dijo: "¡Oh mi señor!, ¡oh mi señor! cúmplase su voluntad! ¡Estás encinta! ¡Y el parto viene muy de prisa!"
Al oír estas palabras de su esposa, el kadí se incorporó, a pesar de los cólicos y los espasmos, y exclamó: "¿Estás loca, ¡oh mujer!? ¿Y desde cuándo se quedan encinta los hombres?" Ella dijo: "¡Por Alah, que no lo sé! Pero el niño se mueve en tu vientre. ¡Y le siento patear, y toco su cabeza con mis manos!" Y añadió: "¡Alah arroja donde quiere la semilla de la fecundidad! ¡Exaltado sea! Ruega al Profeta, ¡oh hombre!" Y dijo el kadí, presa de convulsiones: "¡Con él las bendiciones y todas las gracias!" Y como sus dolores aumentaban, volvió a revolcarse, aullando, como un loco; y se retorcía las manos, y ya no podía ni respirar, de tan violento como era el combate que se libraba en su vientre.
¡Y he aquí que de pronto llegó el alivio! Largo y resonante, y le salió de dentro un cuesco espantoso que hizo estremecerse toda la casa y desmayarse al kadí bajo el violento impulso de su choque. Y por el aire enrarecido de la casa continuó rodando en gradación atenuada una serie numerosa de otros cuescos. Luego, tras un último estrépito, semejante al fragor del trueno, se restableció el silencio en la morada.
Y poco a poco fué volviendo en sí el kadí, y vió ante él, echado en una colchoneta, a un recién nacido, en mantillas, que lloraba haciendo muecas. Y vió que su esposa decía: "¡Loores a Alah y a Su Profeta por este feliz alumbramiento! Alhandú Lillah, ¡oh hombre!" Y empezó a invocar todos los nombres sagrados sobre el pequeñuelo que venía al mundo y sobre la cabeza de su esposo. Y el kadí no sabía si estaba dormido o despierto, o si los dolores que hubo de sentir habían destruido sus facultades intelectuales. Sin embargo, no podía desmentir el testimonio de sus sentidos; y la vista de aquel niño recién nacido y la cesación de sus dolores y el recuerdo de la tempestad que le había salido del vientre, le obligaban a creer en su asombroso alumbramiento. Y el amor maternal se sobrepuso y le hizo aceptar al niño, y decir: "¡Alah arroja las semillas y crea donde quiere! ¡Y hasta los hombres, si están predestinados a ello, pueden quedarse encinta y parir a la postre!" Luego se encaró con su esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! ¡es necesario que te ocupes de buscar una nodriza para este niño! ¡Porque yo no puedo criarle!" Y ella contestó: "Ya he pensado en ello. ¡Y la nodriza está esperando en el harén! ¿Pero estás seguro ¡oh mi señor! que no se te han desarrollado los senos y no puedes criar a este niño? ¡Porque ya sabes que nada hay mejor que la leche de la madre!" Y el kadí, cada vez más absorto, se palpó el pecho con ansiedad, y contestó: "¡No, por Alah!, están como estaban, sin nada dentro!"
¡Eso fué todo!
Y la maligna joven se regocijaba en el alma del éxito de su estratagema. Luego, queriendo llevar su burla hasta el límite, obligó al kadí a meterse en la cama y a estar sin salir de ella, como las parturientas, cuarenta días y cuarenta noches. Y se puso a hacerle las tisanas que se dan de ordinario a las paridas y a cuidarle y a mimarle en todos los sentidos. Y el kadí, extremadamente fatigado de los dolorosos retorcijones que había tenido y de todo su trastorno interno, no tardó en dormirse profundamente para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 800ª noche

Ella dijo:
"... para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu. Y su primer cuidado fué rogar a su esposa que guardara escrupulosamente el secreto de aquella aventura, diciéndole: "¡Qué calamidad para nosotros si la gente se enterara de que el kadí ha parido un niño viable!" Y la maligna, lejos de tranquilizarle sobre el particular, se complació en aumentar su inquietud, diciéndole: "¡Oh mi señor! ¡no somos los únicos en conocer este acontecimiento maravilloso y bendito! ¡Porque todas nuestras vecinas, lo saben ya por la nodriza, que, a pesar de mis recomendaciones, ha ido a revelar el milagro y a chismorrear de un lado a otro; y es muy difícil impedir a una nodriza que charle, como también detener ahora la difusión de esta noticia por la ciudad!"
Y extremadamente mortificado al saberse motivo de todas las conversaciones y objeto de comentarios más o menos descorteses, el kadí se pasó los cuarenta días del puerperio quieto en el lecho, sin osar moverse por temor a las complicaciones y a los flujos de sangre, y reflexionando, cejijunto, acerca de su triste situación.
Y se decía: "Seguramente, la malignidad de mis enemigos, que son numerosos, me acusará ahora de cosas más o menos ridículas; por ejemplo, de haberme dejado ensartar de una manera extraordinaria, diciendo: "¡El kadí es un marica! ¡Alah! ¡no valía la pena, verdaderamente, mostrarse tan severo en sus juicios, si tenía que acabar porque le ensartaran y por parir! ¡Por Alah, que nuestro kadí es un marica extraño! ¡Por otra parte, bien sabe Alah que hace mucho tiempo que no me ocupo de semejante cosa, y no es mi edad la más a propósito para tentar a los aficionados a eso!
Así pensaba el kadí, sin ocurrírsele que su ruindad era la que le había traído aquel estado de cosas. Y cuando más reflexionaba, más se ennegrecía el mundo ante él y su posición le parecía más irrisoria y digna de piedad. Así es que, cuando su esposa creyó oportuno que se levantara sin temor a las complicaciones puerperales, se apresuró él a salir del lecho y a lavarse, pero sin atreverse a abandonar su casa para ir al hammam. Y con objeto de evitar las burlas y alusiones que en lo sucesivo no dejaría de oír si continuaba habitando en la ciudad, resolvió abandonar Trablús y reveló este proyecto a su esposa, quien, simulando una gran pena por verle alejarse de su casa y prescindir de su situación de kadí, no dejó de abundar en su opinión, empero, y de alentarle a que se marchara, diciéndole: "Ciertamente, ¡oh mi señor! tienes razón al abandonar esta ciudad maldita habitada por las malas lenguas; pero hazlo por algún tiempo solamente y hasta que se olvide esta aventura. ¡Y entonces volverás para educar a este niño, de quien eres a la vez padre y madre, y a quien, si te parece, llamaremos, para recordar su maravilloso nacimiento, Fuente-de-los-Milagros!" Y contestó el kadí: "¡No hay inconveniente!" Y salió de su casa por la noche, dejando allí a su mujer al cuidado de Fuente-de-los-Milagros. Y de los efectos y muebles de la casa. Y salió de la ciudad, evitando las calles frecuentadas, y partió en dirección de Damasco.
Y llegó a Damasco, después de un viaje fatigoso, aunque consolándose con pensar que en aquella ciudad nadie le conocía ni conocía su historia. Pero tuvo la desgracia de oír contar su historia en todos los sitios públicos por todos los narradores, a oídos de los cuales había llegado ya. Y como se temía él, los narradores de la ciudad, cada vez que la contaban, no dejaban de añadir un detalle nuevo para hacer reír a sus oyentes, y de atribuir al kadí órganos extraordinarios, y de endosarle todas las herramientas de los muleteros de Trablús, y de adjudicarle el nombre que temía él tanto, llamándole hijo, nieto y biznieto del nombre que ni a sí mismo se pronuncia. Pero, felizmente para él, nadie conocía su rostro, y pudo de tal suerte pasar inadvertido. Y cuando, por la tarde, cruzaba por los lugares donde se estacionaban narradores, no podía por menos de pararse para escuchar su historia, que en boca de ellos resultaba prodigiosa; porque ya no era un niño lo que había tenido, sino una pollada de niños en ringlera; y tanta hilaridad producía aquello a la concurrencia, que él mismo acababa por reírse como los demás, dichoso de no ser reconocido, y diciéndose: "¡Por Alah, que me motejen de lo que quieran, pero que no me reconozcan!" Y de tal suerte vivió muy retraído y con una economía mayor aún que antes. Y así y todo, acabó por agotar el repuesto de dinero que  se había llevado consigo, y acabó por vender, para vivir, sus vestiduras; pues no se determinaba a pedir dinero a su mujer, por mediación de un correo, para no verse obligado a revelarle el lugar en que se hallaba su tesoro. Porque el pobre no sospechaba que aquel tesoro estaba descubierto hacía mucho tiempo. Y se imaginaba que su esposa seguía viviendo a costa de sus parientes y de sus vecinas, como le había hecho creer ella. Y llegó a un grado tal su estado de miseria, que viose obligado él, antiguo kadí, a ponerse a jornal con un albañil, para llevar durante todo el día cal y yeso.
De tal suerte transcurrieron algunos años. Y el desgraciado, que soportaba el peso de todas las maldiciones lanzadas contra él por las víctimas de sus juicios y las víctimas de su mezquindad, se había quedado tan flaco como un gato abandonado en un granero. Y entonces pensó en volver a Trablús, confiando en que los años hubieran borrado el recuerdo de su aventura. Y partió de Damasco, y después de un viaje muy duro para su cuerpo debilitado, llegó a la entrada de Trablús, su ciudad. Y en el momento en que franqueaba la puerta, vió a unos niños que jugaban entre sí, y oyó que uno de ellos decía al otro: "¿Cómo quieres ganar el juego tú, que naciste en el año nefasto del kadí padre-del-cuesco?" Y el infortunado se alegró mucho al oír aquello, pensando: "¡Por Alah! se ha olvidado tu aventura, puesto que otro kadí, que no eres tú, es quien sirve de proverbio a los niños" Y se acercó al que había hablado del año del kadí padre-del-cuesco, y le preguntó: "¿Quién es ese kadí de que hablas, y por qué le llaman padre-del-cuesco?" Y el niño contó toda la historia de la malicia de la esposa del kadí, con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla.
Cuando el viejo mezquino hubo oído el relato del niño, ya no dudó de su desgracia, y comprendió que había sido el juguete y la burla de la malicia de su esposa. Y dejando a los niños con su juego, se precipitó en dirección de su casa, queriendo, en su furor, castigar a la audaz que se había burlado de él tan cruelmente. Pero, al llegar a la casa, la encontró con las puertas abiertas a los cuatro vientos, el techo hundido, los muros a medio derribar, y devastada de arriba a abajo; y corrió al tesoro, pero ya no había allí tesoro, ni huella de tesoro, ni olor de tesoro, ni nada absolutamente. Y los vecinos que acudieron al verle llegar, en medio de la hilaridad general, le enteraron de que hacía mucho tiempo que se había marchado su esposa, creyéndole muerto, y que se había llevado consigo, no se sabía a qué país lejano, cuanto había en la casa. Y al enterarse así de la totalidad de su desgracia, y al verse blanco del sarcasmo público, el viejo miserable se apresuró a abandonar su ciudad sin volver la cabeza. Y nunca más se oyó hablar de él.
Y tal es ¡oh rey del tiempo! -continuó el tragador de haschisch la historia del kadí padre-del-cuesco, que hasta mí ha llegado. ¡Pero Alah es más sabio!"
Y al oír esta historia, el sultán se bamboleó de satisfacción y de contento, le regaló al pescador un ropón de honor, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh boca de azúcar! cuéntame alguna otra entre las historias que conoces!"
Y contestó el tragador de haschisch: "¡Escucho y obedezco!"
Y contó:

EL POLLINO KADI

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en una ciudad del país de Egipto había un hombre que tenía la profesión de recaudador de contribuciones, y que, por consiguiente, se veía obligado a ausentarse de su casa con frecuencia. Y como no estaba dotado de gallardía para las lides amorosas, su esposa no dejaba de aprovechar las ausencias de él para recibir a su amante, que era un jovenzuelo como la luna y siempre dispuesto a satisfacerla en sus deseos. Así es que ella le amaba en extremo, y a cambio de los placeres que le proporcionaba él, no se limitaba a hacerle probar todo lo que era bueno en su jardín, sino que, como no era rico y todavía no sabía ganar dinero en los negocios de venta y compra, se gastaba ella con él todo lo necesario, sin pedirle nunca que se lo reintegrara de otro modo que con caricias, copulaciones y otras cosas análogas. Y así vivían ambos la vida más deliciosa, satisfaciéndose y amándose entre sí con arreglo a sus capacidades. ¡Gloria a Alah, que da potencia a unos y aflige de impotencia a otros! Sus decretos son insondables.
Y he aquí que un día en que el recaudador de contribuciones, esposo de la joven, tenía que partir para asuntos del servicio, preparó su pollino, llenó sus alforjas con papeles oficiales y con ropa, y dijo a su esposa que le llenara el otro bolso de las alforjas con provisiones para el camino. Y la joven, feliz por librarse de él, se apresuró a darle cuanto deseaba, pero no pudo encontrar pan, pues se había acabado la hornada de la semana, y la negra precisamente estaba amasando lo de la semana próxima. Entonces, sin poder esperar a que se cociese el pan de la casa, el recaudador de contribuciones se fué al zoco para procurárselo. Y dejó al pollino enalbardado por el momento en la cuadra ante el pesebre . . .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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