Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56 P3 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría - tercera de tres partes

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres

       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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Y cuando llegó la 803ª noche

Ella dijo:
"... Y corrió a aquel cajón, que tenía la llave puesta, y lo abrió, exclamando: "¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso!" Y se encontró con su amante, que estaba próximo a expirar por falta de aire. Y no obstante toda la emoción que sentía, no pudo por menos de echarse a reír al verle acurrucado y con los ojos en blanco. Pero se apresuró a rociarlo con agua de rosas y a volverle a la vida. Y cuando le vió repuesto y ágil, hizo que le explicara rápidamente lo sucedido; y al punto dió con la manera de arreglarlo todo.
En efecto; en la cuadra había una burra que la víspera había parido un buchecillo. Y la joven corrió a la cuadra, cogió en brazos al gracioso buchecillo, y transportándole a su habitación le metió en el cajón donde estuvo encerrado su amante y cerró con llave la tapa. Y tras de besar a su amante, se despidió de él, diciéndole que no volviese hasta que viese la señal del pañuelo blanco. Y por su parte se apresuró a volver al hammam, y vió a su marido paseándose todavía de un lado a otro y maldiciendo de los hammams y de todo lo que traen consigo. Y al verla entrar, la llamó él, y le dijo: "¡Oh vendedora de garbanzos! ¡di a mi mujer que, si se retrasa más todavía en salir, juro a Alah que la mataré antes de la noche y que hundiré el hammam sobre su cabeza!" Y la joven, riendo con toda el alma, entró en el vestíbulo del hammam, entregó el velo y el cesto a la vendedora de garbanzos, e inmediatamente salió con su paquete al brazo y contoneando las caderas.
En cuanto la divisó su marido, el kadí, avanzó hacia ella, y gritó: "¿Dónde estabas? ¿dónde estabas? ¡Hace dos horas que te aguardo! ¡Anda, sígueme! ¡Ven!, ¡oh maligna! ¡oh perversa! ¡Ven!" Y deteniendo su marcha, contestó la joven: "¡Por Alah! ¿qué te pasa? ¡El nombre de Alah sobre mí! ¿Qué te pasa, ¡oh hombre! ? ¿Te has vuelto loco de pronto para dar así un espectáculo en la calle, tú, el kadí de la ciudad? ¿O es que tu enfermedad te ha obstruido la razón y te ha trastornado el juicio hasta el punto de faltar al respeto en público y en la calle a la hija de tu tío?" Y el kadí replicó: "¡Basta de palabrería inútil! ¡Ya dirás en casa lo que quieras! ¡Sígueme!" Y echó a andar delante de ella, gesticulando, gritando y dando rienda suelta a su cólera, aunque sin aludir de un modo directo a su esposa, que le seguía silenciosamente a diez pasos de distancia.
Y llegados que fueron a su casa, el kadí encerró a su esposa en la habitación de arriba, y fué a buscar al jeique del barrio y a cuatro testigos legales, así como a cuantos vecinos pudo encontrar. Y les llevó a todos a la habitación del cofre en la cual estaba encerrada su esposa, y donde quería que actuasen de testigos de lo que iba a ocurrir. Cuando el kadí y todos los que le acompañaban entraron en el aposento, vieron a la joven, cubierta con sus velos todavía, que se había retirado a un rincón y que hablaba consigo mismo de manera que pudiesen oír todos. Y decía: "¡Oh, qué calamidad la nuestra! ¡ay! ¡ay! ¡pobre esposo mío! ¡Esta indisposición le ha vuelto loco! ¡Sin duda tiene que haberse vuelto completamente loco para cubrirme así de injurias y para introducir en el harén a hombres extraños! ¡Qué calamidad la nuestra! ¡Haber en el harén extraños que van a mirarme! ¡Ay! ¡ay! ¡está loco, completamente loco!"
Y en efecto; el kadí se hallaba en tal estado de furor, de amarillez y de sobreexcitación, que, con su barba temblorosa y sus ojos que echaban llamas, tenía toda la apariencia de un individuo atacado de fiebre alta y de delirio. Así es que algunos de los que le acompañaban intentaron calmarle y aconsejarle que volviera en sí; pero sus palabras sólo conseguían excitarle más, y les gritaba: "¡Entrad! ¡entrad! ¡No escuchéis a la menguada! ¡No os dejéis enternecer por los lamentos de la pérfida! ¡Ahora veréis! ¡Ahora veréis! ¡Ha llegado su último día! ¡Ha llegado la hora de la justicia! ¡Entrad! ¡Entrad!"
Cuando hubieron entrado todos, el kadí cerró la puerta y se dirigió al cofre de los colchones, ¡y levantó la tapa! Y he aquí que el buchecillo sacó la cabeza, movió las orejas, miró a todos con sus ojos grandes y dulces, respiró ruidosamente, y alzando la cola y poniéndola muy tiesa, se puso a rebuznar de alegría por haber vuelto a ver la luz, llamando a su madre.
Al ver aquello, el kadí llegó al límite extremo de la rabia y del furor y le acometieron convulsiones y espasmos; y de pronto se precipitó sobre su esposa, intentando estrangularla. Y ella empezó a gritar, corriendo por la habitación: "¡Por el Profeta! ¡que quiere estrangularme! Detened al loco, ¡oh musulmanes! ¡Socorro!"
Y al ver todos los presentes, efectivamente, la espuma de la rabia en los labios del kadí, ya no dudaron de su locura, y se interpusieron entre él y su esposa, y le cogieron en brazos y a la fuerza le tiraron a la alfombra, en tanto que él articulaba palabras ininteligibles y trataba de escaparse de ellos para matar a su mujer. Y extremadamente afectado por ver al kadí de la ciudad en aquel estado, el jeique del barrio, observando su locura furiosa, no pudo menos, a pesar de todo, de decir a los presentes: "¡No hay que perderle de vista ¡ay! hasta que Alah le calme y le haga entrar en razón!"
Y exclamaron todos: "¡Ojalá le cure Alah! ¡Un hombre tan respetable como era! ¡Qué enfermedad tan funesta!" Y algunos decían: "¿Cómo puede tener celos de un buche?" Y preguntaban otros: "¿Cómo ha entrado ese buche en el cofre de los colchones?" Y otros decían: "¡Ay! ¡él mismo es quien ha encerrado dentro al buche, tomándole por un hombre!" Y el jeique del barrio añadió, para concluir: "¡Alah venga en su ayuda y aleje al Maligno!".
Y se retiraron todos, excepto los que sujetaban al kadí sobre la alfombra, porque, de repente, acometió al kadí una crisis de furor tan violenta, y se puso a gritar tan fuerte palabras ininteligibles, y a debatirse con tanto encarnizamiento, siempre tratando de lanzarse sobre su esposa, quien desde lejos le hacía disimuladamente muecas y señales burlonas, que se le rompieron las venas del cuello y murió, escupiendo una bocanada de sangre. ¡Alah le tenga en su compasión, porque no sólo era un kadí íntegro, sino que dejó a su esposa, la consabida joven, riquezas bastantes para que pudiese vivir con holgura y casarse con el joven escriba a quien amaba y que la amaba!"
Y tras de contar así esta historia, el pescador tragador de haschisch, al ver que el rey le escuchaba con entusiasmo, se dijo: "¡Voy a contarle otra cosa todavía!"
Y dijo:

EL KADI AVISADO

"Cuentan que había en El Cairo un kadí que hubo de cometer tantas prevaricaciones y de pronunciar tantas sentencias interesadas, que se le destituyó de sus funciones, y para no morirse de hambre se veía obligado a vivir de trapisondas.
Y he aquí que un día, por más que se devanaba los sesos, no se le ocurrió medio de hacerse con algún dinero, porque ya había agotado todos los recursos de su ingenio, del mismo modo que hubo de exprimir los de su vida. Y viéndose reducido a aquel extremo, llamó al único esclavo que le quedaba, y le dijo: "¡Oh Mubarak! estoy muy enfermo hoy y no puedo salir de casa; pero tú puedes ir a ver si encuentras algo de comer, o a procurarme algunas personas que quieran hacerme consultas jurídicas. ¡Y ya sabré recompensar bien tu trabajo!" Y el esclavo, que era un pillastre tan avezado como su amo a las jugarretas y a las trapisondas, y que estaba tan interesado como él en el éxito del proyecto, salió, diciéndose: "Voy a molestar, uno tras otro, a varios transeúntes y a entablar disputa con ellos. ¡Y como no todo el mundo sabe que mi amo está destituido, les llevaré a su presencia, con pretexto de arreglar el litigio, y haré que vacíen su cinturón en manos de él!" Y así pensando, tropezó con un paseante que iba delante de él y que caminaba tranquilamente con el báculo apoyado a dos manos en la nuca, y echándole la zancadilla, le hizo rodar por el lodo. Y el pobre hombre, con los vestidos sucios y los zapatos despellejados, se levantó furioso con intención de castigar a su agresor. Pero al reconocer en él al esclavo del kadí, no quiso medir sus fuerzas con las del otro, y todo corrido se contentó con decir, evadiéndose cuanto antes: "¡Alah confunda al Maligno!"
Y aquel taimado esclavo, al ver que no había tenido éxito la primera intentona, prosiguió su camino, diciéndose: "Este procedimiento no da resultado. ¡Vamos a ver si encontramos otro, porque todo el mundo conoce a mi amo y me conoce a mí!"
Y mientras reflexionaba sobre lo que tenía que hacer, vió a un servidor que llevaba a la cabeza una bandeja con un soberbio pato relleno y circundado de tomates, pepinillos y berenjenas, muy bien arreglado todo. Y siguió al que lo llevaba, que se dirigía al horno público para hacer cocer el pato allí, y le vió entrar y entregar la bandeja al dueño del horno, diciéndole: "¡Volveré a buscarlo dentro de una hora!" Y se marchó.
Entonces se dijo el esclavo del kadí: "¡Ya hice negocio!" Y al cabo de cierto tiempo, entró en el horno, y dijo: "¡La zalema sea contigo, ya hagg Mustafá!" Y el amo del horno reconoció al esclavo del kadí, a quien no había visto desde hacía mucho tiempo, pues en casa del kadí nunca había nada para enviar al horno; y contestó: "Y contigo la zalema, ¡oh hermano mío Mubarak! ¿Cómo por aquí? ¡Hace mucho tiempo que mi horno no se enciende para nuestro amo el kadí! ¿En qué puedo servirte hoy y qué me traes?" Y dijo el esclavo: "¡Nada más que lo que ya tienes, porque vengo a recoger el pato relleno que está en el horno!" Y contestó el hornero: "¡Pero este pato ¡oh hermano mío! no es tuyo!" El esclavo dijo: "No hables así, ¡oh jeique! ¿Cómo dices que no es mío este pato? ¡Yo soy quien le vió salir del huevo, quien le ha cebado, quien le ha degollado, quien le ha rellenado y quien le ha preparado!" Y dijo el hornero: "¡Por Alah, que no lo dudo! ¿Pero qué tengo que decir, cuando venga a quien me lo ha traído?" El esclavo contestó: "¡No creo que venga! Pero, en fin, si lo hace, le dirás sencillamente, a modo de broma, porque es un hombre muy bromista y a quien le gustan muchos los chistes: "¡Ualah, ¡oh hermano mío! en el momento en que ponía al fuego la bandeja, lanzó el pato de pronto un grito estridente y echó a volar...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 804ª noche

Ella dijo:
"¡... Ualah, ¡oh hermano mío! en el momento en que ponía al fuego la bandeja, lanzó el pato de pronto un grito estridente y echó a volar!" Y añadió: "¡Dame ahora el pato, que debe estar bastante cocido!" Y el hornero, riéndose de aquellas palabras que acababa de oír, sacó el pato del horno y se lo entregó con toda confianza al esclavo del kadí que apresurose a llevárselo a su amo y comérselo con él, chupándose los dedos.
Entretanto, el que llevó el pato al horno volvió y pidió su bandeja, diciendo: "Ya debe estar a punto el pato, ¡oh maestro!" Y el hornero contestó: "¡Ualah! ¡en el momento en que le ponía al horno ha dado un grito estridente y ha echado a volar!" Y el hombre, que en realidad no tenía nada de bromista, se puso furioso al convencerse de que el hornero quería burlarse de él, y exclamó: "¿Cómo te atreves ¡oh infeliz! a reírte en mis barbas?" Y de palabras en palabras y de injurias en injurias, ambos hombres se enredaron a golpes. Y no tardó la muchedumbre en agruparse desde fuera al oír los gritos y en invadir el horno en seguida. Y se decían unos a otros: "¡El hagg Mustafá se está pegando con un hombre a causa de la resurrección de un pato relleno!" Y la mayoría se ponía a favor del amo del horno, cuya buena fe y honradez eran proverbiales desde hacía tiempo, en tanto que otros únicamente se permitían emitir alguna duda acerca de aquella resurrección.
Y he aquí que entre las gentes que se agolpaban alrededor de los dos hombres que estaban pegándose encontrábase una mujer encinta a quien la curiosidad había llevado a la primera fila. Pero fué para su desgracia, pues cuando retrocedía el hornero para alcanzar con más tino a su adversario, recibió en pleno vientre la mujer el golpazo terrible que estaba destinado a otro que nada tenía que ver con ella. Y se cayó al suelo, lanzando un chillido de gallina violentada, y abortó en aquella hora y en aquel instante.
Y he aquí que el esposo de la mujer consabida, que habitaba una frutería de la vecindad, fué avisado al punto, y acudió con un palo enorme y. exclamando: "¡Voy a horadar al hornero, y al padre del hornero, y a su abuelo y a quitarle la existencia!" Y extenuado ya de su primera lucha, y al ver echarse sobre él a aquel hombre furioso y armado del palo terrible, el hornero no pudo sostenerse más tiempo, y echó a correr, saliendo al patio. Y viendo que le perseguían, escaló un muro, trepó a una terraza contigua y desde allí se dejó caer a tierra. Y quiso el Destino que cayese precisamente encima de un maghrebín que dormía en la planta baja de la casa envuelto en mantas. Y como el hornero pesaba mucho y caía desde muy alto, le rompió todas las costillas. Y el maghrebín expiró sin más ni más. Y acudieron todos sus allegados, los demás maghrebines del zoco, y detuvieron al hornero, moliéndole a golpes, y se dispusieron a arrastrarle ante el kadí. Y el dueño del pato, al ver detenido al hornero, se apresuró, por su parte, a congregar a los maghrebines. Y acompañada de gritos y vociferaciones, toda aquella muchedumbre se encaminó al diwán de justicia.
Pero en aquel momento el criado del kadí, que se había comido el pato, había vuelto a ver lo que pasaba, mezclándose con la multitud, y dijo a todos los querellantes: "¡Seguidme, ¡oh buenas gentes! que yo os enseñaré el camino!" Y les condujo a casa de su amo.
Y el kadí, con una apostura digna, empezó por hacer pagar derechos dobles a todos los querellantes. Luego se encaró con el acusado, al cual señalaban todos los dedos, y le dijo: "¿Qué tienes que responder con respecto al pato, ¡oh hornero!?" Y el buen hombre, comprendiendo que, en el caso presente, más valía mantener su primera afirmación, a causa del esclavo del kadí, contestó: "¡Por Alah, ¡oh nuestro amo el kadí! que el animal ha lanzado un grito estridente y, todo relleno, se ha elevado de entre los adornos que le guarnecían y ha echado a volar!" Y al oír aquello, exclamó el dueño del pato: "¡Ah! hijo de perro, ¿todavía te atreves a decir eso delante del señor kadí?" Y el kadí, tomando una actitud de indignación, dijo al que le interrumpía: "Y tú ¡oh descreído! ¡oh impío! ¿cómo te atreves a no creer que Quien ha de resucitar a todas las criaturas en el Día de la Retribución, haciendo que se reúnan sus huesos dispersos por toda la superficie de la tierra, no pueda devolver la vida a un pato que tiene cabales los huesos y a quien sólo le faltan las plumas?" Y al oír estas palabras, exclamó la muchedumbre: "¡Gloria a Alah, que resucita a los muertos!" Y se puso a burlarse del desdichado portador del pato, que se marchó arrepentido de su falta de fe. Tras de lo cual, el kadí se encaró con el marido de la mujer que había abortado, y le dijo: "¿Y qué tienes que decir tú contra este hombre?" Y cuando hubo escuchado la queja, dijo: "Bien se ve la cosa, y no hay lugar a duda. Ciertamente, el hornero es culpable del aborto. ¡Y se impone para él la pena del talión estrictamente!" Y se encaró con el marido, y le dijo: "La ley te da la razón y yo te otorgo el derecho de llevar a tu mujer a casa del culpable, con objeto de que te la vuelva a dejar encinta. ¡Y estará a expensas de él en los seis primeros meses del embarazo, pues que el aborto ha tenido lugar al sexto mes!" Y al oír esta sentencia, exclamó el marido: "¡Por Alah, ¡oh señor kadí! desisto de mi querella, y que Alah perdone a mi adversario!" Y se marchó.
Entonces el kadí dijo a los parientes del maghrebín muerto: "Y vosotros, ¡oh maghrebines! ¿qué motivo de queja tenéis contra este hombre, hornero de profesión?" Y los maghrebines expusieron su querella, haciendo muchos gestos y soltando un diluvio de palabras, y mostraron el cuerpo inanimado de su pariente, reclamando el precio de la sangre. Y el kadí les dijo: "Ciertamente, ¡oh maghrebines! os corresponde el precio de la sangre, porque abundan las pruebas contra el hornero. ¡Así es que no tenéis más que decirme si queréis que se os pague naturalmente este precio, es decir, sangre por sangre, o indemnización!"
Y los maghrebines, hijos de una raza feroz, contestaron a coro: "Sangre por sangre, ¡oh señor kadí!" Y les dijo éste: "¡Así sea, pues! Coged al hornero, envolvedle en las mantas de vuestro pariente muerto, y ponedle debajo del minarete de la mezquita del sultán Hassán. ¡Y hecho lo cual, que se suba al minarete el hermano de la víctima y se deje caer desde arriba sobre el hornero para aplastarle como aplastó él a su hermano!" Y añadió: "¿Dónde estás, ¡oh hermano de la víctima!?" Y al oír estas palabras, salió de entre los maghrebines un maghrebín, y exclamó: "¡Por Alah, ¡oh señor kadí! desisto de mi querella contra este hombre! ¡Y que Alah le perdone!"
Y la muchedumbre que había asistido a todos estos debates se retiró maravillada de la ciencia jurídica del kadí, de su espíritu de equidad, de su competencia y de su sagacidad. Y cuando el rumor de aquella historia llegó a oídos del sultán, el kadí volvió a la gracia y fué repuesto en sus funciones, en tanto que el que hubo de reemplazarle se veía destituido, sin haber dado motivo alguno, únicamente por carecer de un genio tan fértil como el del que se comió el pato."
Y el pescador tragador de haschisch, al ver que el rey seguía escuchándole con la misma atención entusiasta, se sintió extremadamente halagado en su amor propio, y contó aún:

LA LECCION DEL CONOCEDOR DE MUJERES

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que había en El Cairo dos jóvenes, uno casado y otro soltero, a quienes unía una estrecha amistad. El casado se llamaba Ahmad, y el que no lo era se llamaba Mahmud. Y he aquí que Ahmad, que era dos años mayor que Mahmud, se aprovechaba del ascendiente que le daba esta diferencia de edad para actuar de educador y de maestro con su amigo, particularmente en lo que se refería al conocimiento de mujeres. Y de continuo le hablaba sobre el particular, contándole mil casos debidos a su experiencia, y diciéndole siempre, en resumen: "¡Ahora, ¡oh Mahmud! ya puedes decir que has tratado en tu vida a alguien que conoce a fondo a estas criaturas maliciosas! ¡Y debes considerarte muy dichoso de tenerme por amigo para prevenirte contra todas sus asechanzas!" Y cada día estaba Mahmud más maravillado de la ciencia de su amigo, y estaba persuadido de que jamás mujer alguna, por muy astuta que fuese, podría engañarle ni siquiera burlar su vigilancia. Y le decía con frecuencia: "¡Oh Ahmad, cuán admirable eres!" Y Ahmad se pavoneaba con aire protector, dando golpecitos en el hombro a su amigo, y diciendo: "¡Ya te enseñaré a ser como yo!"
Pero un día en que Ahmad le repetía: "¡Ya te enseñaré a ser como yo! ¡Porque se instruye uno con el experimento, y no con el que enseña sin tener experiencia!" el joven Mahmud le dijo: "Por Alah, ¡oh amigo mío! antes de enseñarme a sorprender la malicia de las mujeres, ¿no podrías enseñarme la manera de ponerme en relaciones con alguna...?
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 805ª noche

Ella dijo:
"¿ ... no podrías enseñarme la manera de ponerme en relaciones con alguna?" Y Ahmad contestó con su tono de maestro de escuela: "¡Por Alah, que es la cosa más sencilla! No tienes más que ir mañana a la fiesta que se da en las tiendas del Muled-el-Nabi y observar bien a las mujeres que por allá pululan. Y escogerás una que vaya acompañada de un niño pequeño y que tenga al mismo tiempo buen aspecto y hermosos ojos brillantes bajo el velo de la cara. Y después de fijar tu elección, comprarás dátiles y garbanzos escarchados de azúcar, y se los ofrecerás al niño, y jugarás con él, teniendo mucho cuidado de no levantar los ojos hacia su madre; y le acariciarás amablemente y le besarás. Y sólo cuando te hayas ganado la simpatía del niño, pedirás a su madre, pero sin mirarla, el favor de dejarte llevar al niño. Y durante todo el camino espantarás las moscas de la cara del niño, y le hablarás en su lengua, contándole mil locuras. Y la madre acabará por dirigirte la palabra. ¡Y si lo hace, ten la seguridad de ser gallo!" Y le abandonó después de hablar así, y Mahmud, en el límite de la admiración hacia su amigo, se pasó toda la noche repitiéndose la lección que acababa de oír.
Y he aquí que al día siguiente, muy temprano, se apresuró a ir al Muled, en donde puso en práctica el consejo de la víspera con una precisión que demostraba cuánto confiaba en la experiencia de su amigo. Y con gran maravilla por su parte, el resultado superó a sus esperanzas. Y quiso la suerte que la mujer que acompañó a su casa, y cuyo niño llevó a hombros, fuese precisamente la propia esposa de su amigo Ahmad. Y cuando iba a casa de ella, estaba muy lejos de pensar que traicionaba a su amigo, porque, por una parte, jamás había estado en casa de él, y por otra parte, como nunca la había visto descubierta ni cubierta, no podía adivinar que aquella mujer era la esposa de Ahmad. En cuanto a la joven, se alegraba mucho de poder por fin averiguar el grado de perspicacia de su marido, que también la perseguía con su ciencia de las mujeres y el conocimiento de sus malicias.
Por lo demás, aquel primer encuentro entre el joven Mahmud y la esposa de Ahmad se pasó muy agradablemente para ambos. Y el joven, que estaba virgen todavía e inexperimentado, saboreó en su plenitud el placer de sentirse apresado por los brazos y las piernas de una egipcia versada en el oficio. Y quedaron tan contentos uno de otro, que en los días sucesivos repitieron varias veces la maniobra. Y la mujer se regocijaba de humillar así, sin que lo supiese él, al presuntuoso de su esposo; y el esposo se asombraba de no encontrar ya a su amigo Mahmud a las horas que tenía costumbre de encontrarle, y se decía: "¡Ha debido hallar una mujer, aprovechándose de mis lecciones y de mis consejos!"
Sin embargo, al cabo de cierto tiempo, yendo un viernes a la mezquita, vió a su amigo Mahmud en el patio, junto a la fuente de las abluciones. Y se acercó a él, y después de las zalemas y saludos, le preguntó muy complacido si había triunfado en sus tanteos y si era hermosa la mujer. Y Mahmud, extremadamente feliz de poder confiarse a su amigo, exclamó: "¡Ya Alah! ¿qué si es hermosa? ¡De manteca y de leche! ¡Y gorda y blanca! ¡De almizcle y de jazmín! ¡Y qué inteligencia! ¡Y cómo guisa para agasajarme en cada uno de nuestros encuentros! ¡Pero me parece ¡oh amigo mío Ahmad! que el marido es un tonto irremediable y un entrometido!" Y Ahmad se echó a reír, y dijo: "¡Por Alah! ¡la mayoría de los maridos son así! ¡Está bien! ya veo que has sabido aprovechar bien mis consejos. Continúa conduciéndote del mismo modo, ¡oh Mahmud!" Y entraron juntos a la mezquita para rezar la plegaria, y se perdieron de vista luego.
Y he aquí que Ahmad, al salir de la mezquita aquel día viernes, sin saber cómo pasar el tiempo, pues estaban cerradas las tiendas, fué de visita a casa de un vecino que habitaba en la casa contigua a la suya y subió a sentarse con él a la ventana que daba a la calle. Y de pronto vió llegar a su amigo Mahmud, a él mismo, con su persona y con sus ojos, que al punto entró en la casa, sin llamar siquiera, lo que era prueba irrecusable de que dentro estaban en connivencia con él y esperaban su llegada. Y Ahmad, estupefacto de lo que acababa de ver, pensó primero en precipitarse directamente en su casa y sorprender a su amigo con su mujer y castigarles a ambos. Pero reflexionó que, al oír el ruido que haría al golpear la puerta, su esposa, que era una ladina, podía esconder bien al joven o hacerle evadirse por la terraza; y se decidió a entrar en su casa de otra manera, sin llamar la atención.
En efecto; había en su casa una cisterna dividida en dos mitades, una de las cuales pertenecía al vecino en cuya casa estaba sentado, e iba a desembocar en su patio. Y Ahmad se dijo: "¡Por Alah, ¡oh vecino! ahora me acuerdo de que esta mañana dejé caer mi bolsa en el pozo. Con tu permiso, voy a bajar al pozo para buscarla. Y ya subiré a mi casa por el lado que da a mi patio". Y contestó el vecino: "¡No hay inconveniente! Iré a alumbrarte, ¡oh hermano mío!" Pero Ahmad no quiso aceptar aquel servicio, prefiriendo bajar a oscuras para que la luz no diese el alerta en su casa al salir del pozo. Y tras de despedirse de su amigo, bajó al pozo.
Las cosas fueron bien durante el descenso; pero cuando hubo que subir por el otro lado, la fatalidad se opuso de un modo singular. En efecto; ya había trepado Ahmad, con ayuda de brazos y piernas, hasta la mitad del pozo, cuando la sirviente negra, que iba a sacar agua, se asomó y miró al oír ruido en el agujero. Y vió aquella forma negra que se movía en la semioscuridad, y lejos de reconocer a su amo, se sintió poseída de terror, y soltando de sus manos la cuerda del cubo, huyó gritando como una loca: "¡El efrit! ¡El efrit que sale del pozo! ¡oh musulmanes! ¡Socorro!" Y como lo habían soltado, el cubo fué a caer a plomo en la cabeza de Ahmad, dejándolo medio muerto.
Cuando la negra dió la voz de alerta de aquel modo, la esposa de Ahmad se apresuró a hacer escapar a su amante, y bajó al patio, y asomándose al brocal, preguntó: "¿Quién está en el pozo?" Y reconoció entonces la voz de su marido que, a pesar de su accidente, tenía fuerzas para lanzar mil injurias espantosas contra el pozo y contra los propietarios del pozo y contra los que bajan al pozo y contra los que sacan agua del pozo. Y le preguntó ella: "¡Por Alah y por el Nabi! ¿qué hacías en el fondo del pozo?" Y contestó él: "Cállate ya, ¡oh maldita! ¡Es que buscaba la bolsa que dejé caer esta mañana! ¡En vez de hacerme preguntas, mejor sería que me ayudaras a salir de aquí dentro!" Y riendo para sus adentros, porque había comprendido la verdadera razón a que obedecía el descenso al pozo, la joven fué a llamar a los vecinos, que acudieron a sacar con cuerdas al desgraciado Ahmad, que no podía moverse de tanto como le había lastimado el cubo. Y se hizo transportar a su lecho sin decir nada, pues sabía que en aquella circunstancia lo más prudente era disimular su rencor. Y se sentía muy humillado, no solamente en su dignidad, sino sobre todo en su experiencia con las mujeres y en el conocimiento de sus malicias. Y determinó ser más circunspecto la próxima vez, y se puso a reflexionar acerca del medio de que se valdría para sorprender a la maligna.
Así es que, cuando al cabo de algún tiempo pudo levantarse, no tuvo más preocupación que la de su venganza. Y un día en que estaba escondido detrás de la esquina de la calle, divisó a su amigo Mahmud, que acababa de deslizarse en su casa, cuya puerta entreabierta se cerró en cuanto hubo entrado él. Y Ahmad se precipitó allí y empezó a dar en la puerta golpes redoblados...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 806ª noche

Ella dijo:
"... Y Ahmad se precipitó allí y empezó a dar golpes redoblados. Y su mujer, sin vacilar, dijo a Mahmud: "¡Levántate y sígueme!" Y bajó con él, y después de dejarle en un rincón detrás de la misma puerta de la calle, abrió a su esposo, diciéndole: "¡Por Alah! ¿qué ocurre para que llames de ese modo?" Pero Ahmad, cogiéndola de la mano y arrastrándola vivamente al interior, corrió, vociferando, a la habitación de arriba para sorprender a Mahmud que, mientras tanto, había abierto tranquilamente la puerta, detrás de la cual hubo de esconderse, y se había dado a la fuga. Y al ver cuán vanas resultaban sus pesquisas, Ahmad estuvo a punto de morirse de rabia, y resolvió repudiar a su mujer en el momento. Luego pensó que más valía tener paciencia por algún tiempo aún, y devoró en silencio su rencor.
Y he aquí que la ocasión que buscaba no tardó en presentarse por sí misma algunos días después de este incidente. En efecto, el tío de Ahmad y padre de su esposa daba un festín con motivo de la circuncisión de un niño que acababa de tener en su vejez. Y Ahmad y su esposa estaban invitados a ir a pasar en su casa el día y la noche. Y entonces pensó en poner en ejecución un proyecto que había ideado. Fué, pues, en busca de su amigo Mahmud, que continuaba siendo el único en ignorar que engañaba a su amigo, y cuando lo encontró le invitó a acompañarle para participar del festín del tío. Y se sentaron todos, ante las bandejas cargadas de manjares, en medio del patio iluminado y colgado de tapices y adornado de banderolas y estandartes. Y las mujeres podían ver así, desde las ventanas del harén, sin ser vistas, cuanto pasaba en el patio y oír lo que se decía. Y durante la comida, Ahmad llevó la conversación por el camino de las anécdotas licenciosas, que gustaban muy  particularmente al padre de su esposa. Y cuando cada cual hubo contado lo que sabía sobre aquel motivo alegre, Ahmad dijo, mostrando a su amigo Mahmud: "¡Por Alah! nuestro hermano Mahmud, a quien tenéis aquí, me contó una vez cierta anécdota verdadera, de la que fué héroe él mismo, y que por sí sola es más regocijante que todo lo que acabamos de oír". Y exclamó el tío: "Cuéntanosla, ¡oh saied Mahmud!" Y dijo Ahmad: "¡Ya sabes que me refiero a la historia de la joven gorda y blanca como la manteca!" Y Mahmud, halagado por ser objeto de todos los ruegos, se puso a contar su primera entrevista con la joven que iba acompañada de su niño a las tiendas del Muled. Y empezó a dar detalles tan precisos acerca de la joven y de su casa, que el tío de Ahmad no tardó en advertir que se trataba de su propia hija. Y Ahmad no cabía en sí de júbilo, convencido de que por fin iba a probar ante testigos la infidelidad de su esposa y a repudiarla privándola de todos sus derechos a la dote del matrimonio. Y ya iba el tío a levantarse con las cejas fruncidas para hacer quién sabe qué, cuando se dejó oír un grito estridente y doloroso, como de un niño a quien se hubiese pellizcado; y vuelto de pronto a la realidad por aquel grito, Mahmud tuvo la suficiente presencia de ánimo para cambiar el hilo de la historia, terminando así: "Y llevando yo a hombros el niño de la joven, quise, una vez que entré en el patio, subir al harén con el niño. Pero (¡alejado sea el Maligno!) había dado, para mi desgracia, con una mujer honrada que, al comprender mi audacia, me arrebató de los brazos el niño y me dió en el rostro un puñetazo del que todavía tengo señal. ¡Y me expulsó, amenazándome con llamar a los vecinos! ¡Alah la maldiga!"
Y el tío, padre de la joven, al oír este final de la historia, se echó a reír a carcajadas, así como todos los concurrentes. Pero sólo Ahmad no tenía gana de reír, y se preguntaba, sin poder comprender el motivo, por qué habría variado así Mahmud el final de su historia. Y terminada la comida, se acercó a él, y le preguntó: "Por Alah sobre ti, ¿quieres decirme por qué no has contado la cosa como pasó?" Y contestó Mahmud: "¡Escucha! Por ese grito de niño que todo el mundo ha oído, acabo de comprender que aquel niño y su madre se encontraban en el harén, y que, por consiguiente, también debía encontrarse el marido en el número de los invitados. ¡Y me he apresurado a volver inocente a la mujer para no atraernos sobre ambos una aventura desagradable! ¿Pero no es cierto ¡oh hermano mío! que, a pesar de la modificación, la historia ha divertido mucho a tu tío?"
Pero Ahmad, muy amarillo, abandonó a su amigo sin contestar a la pregunta. Y al día siguiente repudió a su mujer y partió para la Meca, a fin de santificarse con los peregrinos, de tal suerte pudo Mahmud, después del plazo legal, casarse con su amante y vivir dichoso con ella, porque no presumía ni por asomo de conocer a las mujeres ni de estar ducho en el arte de sorprender sus estratagemas y prevenir sus jugarretas. ¡Pero Alah es el único sabio!"
Y tras de contar así esta historia, se calló el pescador tragador de haschisch, que se había convertido en chambelán.
Y exclamó el sultán, en el límite del entusiasmo: "¡Oh chambelán mío! ¡oh lengua de miel! ¡te nombro gran visir!" Y como en aquel momento precisamente entraban en la sala de audiencias dos querellantes reclamando del sultán justicia, el pescador, convertido en gran visir, quedó encargado, acto seguido, de escuchar su querella, de arreglar su diferencia y de dictar sentencia en el litigio. Y el nuevo gran visir revestido con las insignias de su cargo, dijo a ambos querellantes: "Aproximaos y contad el motivo que os trae entre las manos de nuestro señor el sultán".
Y he aquí su historia:

LA SENTENCIA DEL TRAGADOR DE HASCHISCH

"Cuando el nuevo gran visir ¡oh rey afortunado! -continuó el agricultor que había llevado los cohombros- ordenó a los querellantes que hablaran, el primero dijo: "¡Oh mi señor! ¡tengo queja de este hombre!" Y el visir preguntó: "¿Y cuál es tu queja?" El interpelado dijo: "¡Oh mi señor! abajo, a la puerta del diwán, tengo una vaca con su ternero. Y he aquí que esta mañana iba yo con ellos a mi prado de alfalfa para que pastaran: y mi vaca iba delante de mí, y su ternerillo la seguía, haciendo cabriolas, cuando vi llegar en dirección nuestra a este hombre que aquí ves, montado en una yegua que iba acompañada de su cría, una potranca contrahecha y digna de lástima, un verdadero aborto. Al ver a la potranca, mi ternerillo corrió a entablar conocimiento con ella, y empezó a saltar en torno suyo y a acariciarla en la barriga con su hocico, a husmearla y a jugar con ella de mil maneras, tan pronto alejándose, para buscarla luego mimosamente, como levantando por el aire con sus pezuñitas los guijarros del camino.
Y de pronto, ¡oh mi señor! este hombre que ves aquí, que es un bruto, este propietario de la yegua se apeó del animal y se acercó a mi ternero, juguetón y hermoso, y le echó una cuerda al pescuezo,  diciéndome: "¡Me lo llevo! ¡Porque no quiero que se pervierta mi ternero jugando con esa miserable potranca, hija de tu vaca y posteridad suya!" Y se encaró con mi ternero, y le dijo: "Ven, ¡oh hijo de mi yegua y descendencia suya!" ¡Y a pesar de mis gritos de asombro y de mis protestas, se llevó a mi ternero, dejándome la miserable potranca, que está abajo con su madre, y amenazándome con matarme si intentaba yo recuperar lo que me pertenece y es de mi propiedad ante Alah que nos ve y ante los hombres!"
Entonces el nuevo gran visir, que era el pescador tragador de haschisch, se encaró con el otro litigante, y le dijo: "Y tú, ¡oh hombre! ¿qué tienes que decir después de las palabras que acabas de oír?" Y el hombre contestó: "¡Oh mi señor! ¡notorio es, en verdad, que el ternero es producto de mi yegua y que la potranca desciende de la vaca de este hombre!"
Y dijo el visir: "¿Acaso ahora las vacas paren potrancas y las yeguas terneros? ¡Se trata de una cosa que hasta hoy no podía admitirse por un hombre dotado de buen sentido! Y contestó el hombre: "¡Oh mi señor! ¿no sabes que nada es imposible para Alah, que crea lo que quiere y siembra donde quiere, y que la criatura no tiene que hacer más que inclinarse, loarle y glorificarle?" Y dijo el gran visir: "¡Ciertamente, ciertamente! ¡verdad dices, ¿oh hombre! y nada es imposible para el poder del Altísimo, que puede hacer que los terneros desciendan de las yeguas y los potros de las vacas!" Luego añadió: "¡Pero antes de dejarte el ternero hijo de tu yegua y de devolver al que se querella de ti lo que le pertenece, quiero asimismo poneros a ambos por testigos de otro efecto de la omnipotencia del Altísimo!"
Y el visir ordenó que le llevasen un ratón y un costal grande lleno de trigo. Y dijo a los dos querellantes: "¡Mirad con atención lo que va a pasar, y no pronunciéis ni una palabra! Luego se encaró con el segundo litigante, y le dijo: "¡Tú, ¡oh dueño del ternero hijo de la yegua! torna este costal de trigo y cárgale a lomos de este ratón!" Y exclamó el hombre: "¡Oh mi señor! ¿cómo voy a poner este costal tan grande encima de este ratón sin que le aplaste?" Y el visir le dijo: "¡Oh hombre de poca fe! ¿cómo te atreves a dudar de la omnipotencia del Altísimo, que ha hecho nacer de tu yegua el ternero?" Y ordenó a los guardias que se apoderaran del hombre, y en castigo a su ignorancia y a su impiedad, le aplicaran una paliza. E hizo devolver al primer querellante el ternero con su madre, ¡y también le dió la potranca con su madre!"
Y tal es ¡oh rey del tiempo! -continuó el agricultor que había llevado el cesto de frutas- la historia completa del pescador tragador de haschisch, convertido en gran visir del sultán. Y este último detalle sirve para demostrar cuán grande era su sabiduría, cómo sabía extraer la verdad por la reducción al absurdo, y cuánta razón había tenido el sultán en nombrarle gran visir, y en tenerle por comensal, y en colmarle de honores y prerrogativas. ¡Pero Alah es más generoso y más prudente y más magnánimo y más bienhechor!".
Cuando el sultán hubo oído de labios del frutero esta serie de anécdotas, se irguió sobre ambos pies, en el límite del júbilo, y exclamó: "¡Oh jeique de los hombres deliciosos! ¡oh lengua de azúcar y de miel! ¿quién, pues, merece ser gran visir mejor que tú, que sabes pensar con precisión, hablar con armonía y contar con gracia, delicias y perfección?" Y en el momento le nombró gran visir, y le hizo su comensal íntimo, y no se separó ya de él hasta la llegada de la Separadora de amigos y Destructora de sociedades.

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