Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56 P2 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría - segunda de tres partes

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres

       56,5 La sentencia del tragador de hachix





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Y cuando llegó la 799ª noche

Ella dijo:
"... Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles que partían del harén. Y fué la negra a anunciarle alzando los brazos al cielo, que su ama se había rebelado contra todos los de la casa, y acababa de enviar a buscar a su padre. Y el kadí, furioso, entró en el aposento de la joven con los ojos llameantes, le lanzó toda clase de injurias, y acusándola de entregarse a todas las variedades del libertinaje, le cortó los cabellos a la fuerza y la repudió, diciéndole: "¡Quedas divorciada por tres veces!" Y la echó violentamente y cerró la puerta detrás de ella.
¡Alah le maldiga, que merece la maldición!
Pocos días después de su divorcio, el ruin hijo de ruin, con motivo de sus funciones, que le hacían indispensable para mucha gente, encontró otro cliente que le propuso a su hija en matrimonio. Y se casó con la joven, que fué servida de la misma manera, y que, sin poder soportar más de tres días el régimen de cebollas, se rebeló y también fué repudiada. Pero no sirvió aquello de lección a las demás personas, pues aun encontró el kadí varias jóvenes con quienes casarse, y se fué casando con ellas sucesivamente para repudiarlas al cabo de un día o dos a causa de su rebeldía ante el pan negro y las cebollas.
Pero, cuando los divorcios se multiplicaron de manera tan exagerada, el rumor de la mezquindad del kadí llegó a oídos que hasta entonces no se habían enterado de ella, y su conducta para con sus mujeres se hizo motivo de todas las conversaciones en los harenes. Y perdió todo el crédito posible con las casamenteras, y dejó en absoluto de ser un buen partido.
Una noche se paseaba por los alrededores de la ciudad el kadí, atormentado por la herencia de su padre, a la cual no quería ya ninguna mujer, cuando vió acercarse una dama en una mula de color castaño. Y quedó conmovido por la apostura elegante de ella y por sus ricos vestidos. Así es que retorciéndose el bigote, avanzó hacia ella con galante cortesanía, le hizo una profunda reverencia, y después de las zalemas, le dijo: "¡Oh noble dama! ¿de dónde vienes?" Ella contestó: "¡Del camino que dejo atrás!"
Y el kadí sonrió, y dijo: "¡Sin duda! ¡sin duda! ya lo sé; pero ¿de qué ciudad?" Ella contestó: "¡De Mossul!" El preguntó: "En ese caso, ¿quieres servirme de esposa en adelante, y que yo, en cambio, sea para ti el hombre?" Ella contestó: "Dime dónde vives y mañana te mandaré la respuesta". Y el kadí le explicó quién era y dónde vivía. ¡Pero ya lo sabía ella! Y le dejó, dedicándole de soslayo la más comprometedora de las sonrisas.
Y he aquí que al siguiente día por la mañana la joven envió al kadí un mensaje para informarle de que consentía en casarse con él mediante un donativo de cincuenta dinares. Y el ruin, con un violento esfuerzo de su avaricia, en vista de la pasión que experimentaba por la joven, hizo contarle y entregarle los cincuenta dinares, y encargó a la negra que fuese a buscarla. Y sin faltar a sus compromisos, la joven, en efecto, fué a casa del kadí; y en seguida se llevó a cabo el matrimonio, ante testigos, que se marcharon inmediatamente sin que tampoco se les obsequiara.
Y el kadí, fiel a su régimen, dijo a la negra con tono enfático: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y como de ordinario, en la mesa suntuosamente adornada, se sirvieron, por todo manjar, los tres panes duros y las tres cebollas. Y la recién casada cogió la tercera ración con muy buen talante, y cuando hubo acabado, dijo: "¡Alhamdú lillah! ¡Loor a Alah! ¡Qué excelente comida acabo de hacer!" Y acompañó esta exclamación con una sonrisa de extremada satisfacción. Y exclamó el kadí, al oír y ver aquello: "¡Glorificado sea el Altísimo que, en Su generosidad, me ha deparado al fin una esposa que reúne en sí todas las perfecciones y sabe contentarse con el presente, dando gracias a su Creador por lo mucho y por lo poco!" Pero el ciego miserable, el cochino (¡Alah le confunda!) no sabía que su suerte estaba echada en el cerebro maligno de su joven esposa.
Y he aquí que, al día siguiente, por la mañana, el kadí fué al diwán, y durante su ausencia, la joven se dedicó a visitar, una tras otra, todas las habitaciones de la casa. Y de tal suerte llegó a un gabinete cuya puerta, cuidadosamente cerrada y provista de tres candados enormes y asegurada por tres fuertes barras de hierro, le inspiró viva curiosidad. Y después de dar muchas vueltas y examinar bien lo que tenía que examinar, acabó por distinguir una rendija de poco más de un dedo de ancho en una moldura. Y miró por aquella rendija, y se sintió extremadamente sorprendida y alegre al ver que estaba acumulado allí dentro el tesoro del kadí en oro y en plata, guardado en amplios vasos de cobre puestos en el suelo. Y al punto ideó aprovecharse sin tardanza de aquel descubrimiento inesperado: y corrió a buscar una varilla larga hecha con un tallo de palmera, untó la punta con una pasta pegajosa y la introdujo por la rendija de la moldura. Y a fuerza de dar vueltas a la varilla, se pegaron varias monedas de oro, retirándolas ella en seguida.
Y fué a su aposento y llamó a la negra, y le dijo, dándole las monedas de oro: "¡Ve inmediatamente al zoco, y compra tortas calientes todavía del horno con sésamo por encima, arroz con azafrán, carne tierna de cordero y todo lo mejor que encuentres de frutas y pastelerías!" Y la negra, asombrada, contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a ejecutar las órdenes de su ama, quien, a su regreso del zoco, le hizo poner los platos y compartir con ella las suculentas cosas que había traído. Y exclamó la negra, que por primera vez en su vida hacía una comida tan excelente: "Alah te alimente ¡oh mi señora! y haga que se te conviertan en grasa de buena calidad las cosas deliciosas con que acabas de nutrirme. ¡Por tu vida, que en esta sola comida, debida a la generosidad de tu mano, me has hecho comer manjares tan suculentos como no los probé jamás en todo el tiempo que llevo sirviendo en casa del kadí!" Y la joven le dijo: "¡Pues bien; si deseas a diario un alimento análogo y aún superior al de hoy, no tienes más que obedecer a todo lo que te diga, y guárdate la lengua dentro de la boca en presencia del kadí!" Y la negra invocó sobre ella las bendiciones, y le dió gracias y le besó la mano, prometiéndole obediencia y abnegación. Porque no era dudosa la elección entre la largueza y buena vida por una parte, y por otra la privación y la economía sórdida.
Y cuando, hacia mediodía, regresó el kadí a la casa, gritó a la negra: "¡Oh esclava, pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo sentado, su mujer se levantó y le sirvió por sí misma los restos de la excelente comida. Y comió él con mucho apetito y le alegró un trato tan bueno, y preguntó: "¿De dónde proceden estas provisiones?" Ella contestó: "¡Oh mi señor! ¡en esta ciudad tengo muchas parientas, y una de ellas es quien me ha enviado hoy este regalo, que me agrada, por poder compartirlo con mi señor!" Y el kadí se felicitó en el alma por haberse casado con una mujer que tenía parientes tan preciosos.
Y he aquí que el día siguiente la varilla de palmera obró como la primera vez, y extrajo del tesoro del kadí algunas monedas de oro, con las cuales la esposa del kadí mandó comprar provisiones admirables, entre ellas un cordero relleno de alfónsigos, e invitó a algunas vecinas suyas a compartir con ella la excelente comida. Y pasaron el tiempo juntas de la manera más agradable hasta la hora de que volviese el kadí. Y entonces se separaron las mujeres, prometiéndose que se repetiría con toda amabilidad aquel día de bendición.
Y el kadí, en cuanto entró, gritó a la negra: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y cuando estuvo servida la comida, el miserable (¡Alah le maldiga!) se asombró mucho de ver en las bandejas carnes y provisiones más delicadas y más selectas todavía que las de la víspera. Y preguntó, lleno de inquietud: "¡Por mi cabeza! ¿de dónde proceden estos manjares tan costosos?" Y la joven, que le servía por sí misma, contestó: "¡Oh señor! tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, y no pienses más que en comer y regocijarte en tu fuero interno, sin atormentarte más por los bienes que Alah nos depara. ¡Porque una de mis tías me ha enviado estas bandejas de manjares, y me tendré por muy dichosa si le satisfacen a mi señor!"
Y en el límite de la alegría, por tener una esposa tan bien emparentada y tan amable y tan atenta, el kadí sólo pensó ya en aprovecharse lo más que pudiera de tanto honor gratuito. Así es que, al cabo de un año de aquel régimen, creó tanta grasa y se le desarrolló el vientre de manera tan notoria, que cuando los habitantes de la ciudad querían establecer un término comparativo con respecto a una cosa enorme, decían: "¡Es tan gordo como el vientre del kadí!"
Pero el miserable (¡alejado sea el Maligno!) no sabía lo que le esperaba, y que su mujer había jurado vengar a todas las pobres mujeres con quienes él hubo de casarse para hacerlas morir casi de inanición y echarlas después de haberles cortado los cabellos y haberlas repudiado con el triple divorcio definitivo. Y he aquí cómo se arregló la joven para alcanzar el fin deseado y jugarle una mala pasada.
Entre las vecinas a quienes daba de comer a diario se encontraba una pobre mujer encinta, madre ya de cinco hijos, y cuyo marido era un mandadero que apenas ganaba con qué atender a las necesidades urgentes de la casa. Y la esposa del kadí le dijo un día: "¡Oh vecina mía! Alah te ha dado una familia numerosa, y tu hombre no tiene con qué alimentarla. ¡Y hete aquí de nuevo encinta por voluntad del Altísimo! ¿Quieres, pues, cuando hayas parido tu futuro recién nacido, dármele, a fin de que yo le cuide y le eduque como si fuera mi propio hijo, ya que Alah no me favorece con la fecundidad? ¡Y en cambio te prometo que no carecerás de nada y que la prosperidad favorecerá tu casa! ¡Pero solamente te pido que no hables de la cosa a nadie, y me entregues a escondidas el niño, con objeto de que nadie del barrio sospeche la verdad!" Y la mujer del mandadero aceptó la oferta y prometió reserva. Y el día de su parto, que tuvo lugar con gran secreto, entregó a la esposa del kadí el niño recién nacido, que era un muchacho tan abultado como dos muchachos de su especie.
Y he aquí que aquel día la joven preparó por sí misma, para la hora de comer, un plato compuesto de una mezcla de habas, guisantes, judías blancas, coles, lentejas, cebollas, cabezas de ajo, harinas diversas y toda clase de cereales pesados y especias molidas. Y cuando entró el kadí, con mucha hambre, porque tenía completamente vacío su enorme vientre, ella le sirvió aquel guisado, bien sazonado, que le pareció a él delicioso y del cual comió glotonamente. Y repitió varias veces, y acabó por devorar todo el plato, diciendo: "¡Jamás comí un manjar que pasara con tanta facilidad por el gaznate! ¡Deseo ¡oh mujer! que todos los días me prepares un plato mayor que éste del mismo guiso! ¡Pues supongo que tus parientes no interrumpirán su generosidad!" Y contestó la joven: "¡Que te sea delicioso y de fácil digestión!" Y el kadí le agradeció su deseo, y una vez más se felicitó por tener una esposa tan perfecta y cuidadosa de sus gustos.
Pero apenas había transcurrido una hora desde que se terminó la comida, cuando el vientre del kadí empezó a hincharse y a aumentar por momentos; y en su interior se hizo oír un gran estrépito como el estruendo de una tempestad; y conmovieron sus paredes unos gruñidos sordos como truenos amenazadores, tan pronto acompañados de terribles retorcijones, como de espasmos y de dolores. Y se le puso el color muy amarillo, y empezó a gimotear y a rodar por el suelo como un tonel, sujetándose el vientre a dos manos y exclamando: "¡Ya Alah! ¡en mi vientre hay una tempestad! ¡Ah! ¿Quién me librará de ella?" Y a poco, no pudo menos que lanzar aullidos bajo el impulso de crisis más fuertes de su vientre, que ya estaba más hinchado que un odre lleno. Y a los gritos que daba acudió su esposa, y para aliviarle le hizo tomar un puñado de polvos de anís y de hinojo, que en breve debían producir su efecto. Y al mismo tiempo, para consolarle y animarle, se puso a acariciarle por todas partes, como se acaricia a un niño enfermo, y a frotarle dulcemente el sitio dolorido, pasándole la mano por él con regularidad.
Y de repente interrumpió su masaje, lanzando un grito penetrante, seguido de repetidas exclamaciones de sorpresa y espanto, diciendo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡milagro! ¡prodigio! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" Y no obstante los violentos dolores, que le hacían contorsionarse, el kadí preguntó: "¿Qué te pasa? ¿Y de qué milagro se trata?" Ella dijo: "¡Yuh! ¡yuh! ¡oh mi señor! ¡oh mi señor!" El preguntó: "¿Qué te pasa? ¡Di!" Ella contestó: "¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti!" Y de nuevo le pasó la mano por el vientre tempestuoso, añadiendo: "¡Exaltado sea el Altísimo! ¡El puede hacer y hace todo lo que quiere! Cúmplanse Sus decretos, ¡oh mi señor!"
Y el kadí preguntó, entre dos quejidos. "¿Qué te pasa, ¡oh mujer!? ¡Habla! ¡Qué Alah te maldiga por torturarme así!" Ella dijo: "¡Oh mi señor!, ¡oh mi señor! cúmplase su voluntad! ¡Estás encinta! ¡Y el parto viene muy de prisa!"
Al oír estas palabras de su esposa, el kadí se incorporó, a pesar de los cólicos y los espasmos, y exclamó: "¿Estás loca, ¡oh mujer!? ¿Y desde cuándo se quedan encinta los hombres?" Ella dijo: "¡Por Alah, que no lo sé! Pero el niño se mueve en tu vientre. ¡Y le siento patear, y toco su cabeza con mis manos!" Y añadió: "¡Alah arroja donde quiere la semilla de la fecundidad! ¡Exaltado sea! Ruega al Profeta, ¡oh hombre!" Y dijo el kadí, presa de convulsiones: "¡Con él las bendiciones y todas las gracias!" Y como sus dolores aumentaban, volvió a revolcarse, aullando, como un loco; y se retorcía las manos, y ya no podía ni respirar, de tan violento como era el combate que se libraba en su vientre.
¡Y he aquí que de pronto llegó el alivio! Largo y resonante, y le salió de dentro un cuesco espantoso que hizo estremecerse toda la casa y desmayarse al kadí bajo el violento impulso de su choque. Y por el aire enrarecido de la casa continuó rodando en gradación atenuada una serie numerosa de otros cuescos. Luego, tras un último estrépito, semejante al fragor del trueno, se restableció el silencio en la morada.
Y poco a poco fué volviendo en sí el kadí, y vió ante él, echado en una colchoneta, a un recién nacido, en mantillas, que lloraba haciendo muecas. Y vió que su esposa decía: "¡Loores a Alah y a Su Profeta por este feliz alumbramiento! Alhandú Lillah, ¡oh hombre!" Y empezó a invocar todos los nombres sagrados sobre el pequeñuelo que venía al mundo y sobre la cabeza de su esposo. Y el kadí no sabía si estaba dormido o despierto, o si los dolores que hubo de sentir habían destruido sus facultades intelectuales. Sin embargo, no podía desmentir el testimonio de sus sentidos; y la vista de aquel niño recién nacido y la cesación de sus dolores y el recuerdo de la tempestad que le había salido del vientre, le obligaban a creer en su asombroso alumbramiento. Y el amor maternal se sobrepuso y le hizo aceptar al niño, y decir: "¡Alah arroja las semillas y crea donde quiere! ¡Y hasta los hombres, si están predestinados a ello, pueden quedarse encinta y parir a la postre!" Luego se encaró con su esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! ¡es necesario que te ocupes de buscar una nodriza para este niño! ¡Porque yo no puedo criarle!" Y ella contestó: "Ya he pensado en ello. ¡Y la nodriza está esperando en el harén! ¿Pero estás seguro ¡oh mi señor! que no se te han desarrollado los senos y no puedes criar a este niño? ¡Porque ya sabes que nada hay mejor que la leche de la madre!" Y el kadí, cada vez más absorto, se palpó el pecho con ansiedad, y contestó: "¡No, por Alah!, están como estaban, sin nada dentro!"
¡Eso fué todo!
Y la maligna joven se regocijaba en el alma del éxito de su estratagema. Luego, queriendo llevar su burla hasta el límite, obligó al kadí a meterse en la cama y a estar sin salir de ella, como las parturientas, cuarenta días y cuarenta noches. Y se puso a hacerle las tisanas que se dan de ordinario a las paridas y a cuidarle y a mimarle en todos los sentidos. Y el kadí, extremadamente fatigado de los dolorosos retorcijones que había tenido y de todo su trastorno interno, no tardó en dormirse profundamente para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 800ª noche

Ella dijo:
"... para no despertarse hasta mucho tiempo después, sano de cuerpo, pero muy enfermo de espíritu. Y su primer cuidado fué rogar a su esposa que guardara escrupulosamente el secreto de aquella aventura, diciéndole: "¡Qué calamidad para nosotros si la gente se enterara de que el kadí ha parido un niño viable!" Y la maligna, lejos de tranquilizarle sobre el particular, se complació en aumentar su inquietud, diciéndole: "¡Oh mi señor! ¡no somos los únicos en conocer este acontecimiento maravilloso y bendito! ¡Porque todas nuestras vecinas, lo saben ya por la nodriza, que, a pesar de mis recomendaciones, ha ido a revelar el milagro y a chismorrear de un lado a otro; y es muy difícil impedir a una nodriza que charle, como también detener ahora la difusión de esta noticia por la ciudad!"
Y extremadamente mortificado al saberse motivo de todas las conversaciones y objeto de comentarios más o menos descorteses, el kadí se pasó los cuarenta días del puerperio quieto en el lecho, sin osar moverse por temor a las complicaciones y a los flujos de sangre, y reflexionando, cejijunto, acerca de su triste situación.
Y se decía: "Seguramente, la malignidad de mis enemigos, que son numerosos, me acusará ahora de cosas más o menos ridículas; por ejemplo, de haberme dejado ensartar de una manera extraordinaria, diciendo: "¡El kadí es un marica! ¡Alah! ¡no valía la pena, verdaderamente, mostrarse tan severo en sus juicios, si tenía que acabar porque le ensartaran y por parir! ¡Por Alah, que nuestro kadí es un marica extraño! ¡Por otra parte, bien sabe Alah que hace mucho tiempo que no me ocupo de semejante cosa, y no es mi edad la más a propósito para tentar a los aficionados a eso!
Así pensaba el kadí, sin ocurrírsele que su ruindad era la que le había traído aquel estado de cosas. Y cuando más reflexionaba, más se ennegrecía el mundo ante él y su posición le parecía más irrisoria y digna de piedad. Así es que, cuando su esposa creyó oportuno que se levantara sin temor a las complicaciones puerperales, se apresuró él a salir del lecho y a lavarse, pero sin atreverse a abandonar su casa para ir al hammam. Y con objeto de evitar las burlas y alusiones que en lo sucesivo no dejaría de oír si continuaba habitando en la ciudad, resolvió abandonar Trablús y reveló este proyecto a su esposa, quien, simulando una gran pena por verle alejarse de su casa y prescindir de su situación de kadí, no dejó de abundar en su opinión, empero, y de alentarle a que se marchara, diciéndole: "Ciertamente, ¡oh mi señor! tienes razón al abandonar esta ciudad maldita habitada por las malas lenguas; pero hazlo por algún tiempo solamente y hasta que se olvide esta aventura. ¡Y entonces volverás para educar a este niño, de quien eres a la vez padre y madre, y a quien, si te parece, llamaremos, para recordar su maravilloso nacimiento, Fuente-de-los-Milagros!" Y contestó el kadí: "¡No hay inconveniente!" Y salió de su casa por la noche, dejando allí a su mujer al cuidado de Fuente-de-los-Milagros. Y de los efectos y muebles de la casa. Y salió de la ciudad, evitando las calles frecuentadas, y partió en dirección de Damasco.
Y llegó a Damasco, después de un viaje fatigoso, aunque consolándose con pensar que en aquella ciudad nadie le conocía ni conocía su historia. Pero tuvo la desgracia de oír contar su historia en todos los sitios públicos por todos los narradores, a oídos de los cuales había llegado ya. Y como se temía él, los narradores de la ciudad, cada vez que la contaban, no dejaban de añadir un detalle nuevo para hacer reír a sus oyentes, y de atribuir al kadí órganos extraordinarios, y de endosarle todas las herramientas de los muleteros de Trablús, y de adjudicarle el nombre que temía él tanto, llamándole hijo, nieto y biznieto del nombre que ni a sí mismo se pronuncia. Pero, felizmente para él, nadie conocía su rostro, y pudo de tal suerte pasar inadvertido. Y cuando, por la tarde, cruzaba por los lugares donde se estacionaban narradores, no podía por menos de pararse para escuchar su historia, que en boca de ellos resultaba prodigiosa; porque ya no era un niño lo que había tenido, sino una pollada de niños en ringlera; y tanta hilaridad producía aquello a la concurrencia, que él mismo acababa por reírse como los demás, dichoso de no ser reconocido, y diciéndose: "¡Por Alah, que me motejen de lo que quieran, pero que no me reconozcan!" Y de tal suerte vivió muy retraído y con una economía mayor aún que antes. Y así y todo, acabó por agotar el repuesto de dinero que  se había llevado consigo, y acabó por vender, para vivir, sus vestiduras; pues no se determinaba a pedir dinero a su mujer, por mediación de un correo, para no verse obligado a revelarle el lugar en que se hallaba su tesoro. Porque el pobre no sospechaba que aquel tesoro estaba descubierto hacía mucho tiempo. Y se imaginaba que su esposa seguía viviendo a costa de sus parientes y de sus vecinas, como le había hecho creer ella. Y llegó a un grado tal su estado de miseria, que viose obligado él, antiguo kadí, a ponerse a jornal con un albañil, para llevar durante todo el día cal y yeso.
De tal suerte transcurrieron algunos años. Y el desgraciado, que soportaba el peso de todas las maldiciones lanzadas contra él por las víctimas de sus juicios y las víctimas de su mezquindad, se había quedado tan flaco como un gato abandonado en un granero. Y entonces pensó en volver a Trablús, confiando en que los años hubieran borrado el recuerdo de su aventura. Y partió de Damasco, y después de un viaje muy duro para su cuerpo debilitado, llegó a la entrada de Trablús, su ciudad. Y en el momento en que franqueaba la puerta, vió a unos niños que jugaban entre sí, y oyó que uno de ellos decía al otro: "¿Cómo quieres ganar el juego tú, que naciste en el año nefasto del kadí padre-del-cuesco?" Y el infortunado se alegró mucho al oír aquello, pensando: "¡Por Alah! se ha olvidado tu aventura, puesto que otro kadí, que no eres tú, es quien sirve de proverbio a los niños" Y se acercó al que había hablado del año del kadí padre-del-cuesco, y le preguntó: "¿Quién es ese kadí de que hablas, y por qué le llaman padre-del-cuesco?" Y el niño contó toda la historia de la malicia de la esposa del kadí, con todos sus detalles, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla.
Cuando el viejo mezquino hubo oído el relato del niño, ya no dudó de su desgracia, y comprendió que había sido el juguete y la burla de la malicia de su esposa. Y dejando a los niños con su juego, se precipitó en dirección de su casa, queriendo, en su furor, castigar a la audaz que se había burlado de él tan cruelmente. Pero, al llegar a la casa, la encontró con las puertas abiertas a los cuatro vientos, el techo hundido, los muros a medio derribar, y devastada de arriba a abajo; y corrió al tesoro, pero ya no había allí tesoro, ni huella de tesoro, ni olor de tesoro, ni nada absolutamente. Y los vecinos que acudieron al verle llegar, en medio de la hilaridad general, le enteraron de que hacía mucho tiempo que se había marchado su esposa, creyéndole muerto, y que se había llevado consigo, no se sabía a qué país lejano, cuanto había en la casa. Y al enterarse así de la totalidad de su desgracia, y al verse blanco del sarcasmo público, el viejo miserable se apresuró a abandonar su ciudad sin volver la cabeza. Y nunca más se oyó hablar de él.
Y tal es ¡oh rey del tiempo! -continuó el tragador de haschisch la historia del kadí padre-del-cuesco, que hasta mí ha llegado. ¡Pero Alah es más sabio!"
Y al oír esta historia, el sultán se bamboleó de satisfacción y de contento, le regaló al pescador un ropón de honor, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh boca de azúcar! cuéntame alguna otra entre las historias que conoces!"
Y contestó el tragador de haschisch: "¡Escucho y obedezco!"
Y contó:

EL POLLINO KADI

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en una ciudad del país de Egipto había un hombre que tenía la profesión de recaudador de contribuciones, y que, por consiguiente, se veía obligado a ausentarse de su casa con frecuencia. Y como no estaba dotado de gallardía para las lides amorosas, su esposa no dejaba de aprovechar las ausencias de él para recibir a su amante, que era un jovenzuelo como la luna y siempre dispuesto a satisfacerla en sus deseos. Así es que ella le amaba en extremo, y a cambio de los placeres que le proporcionaba él, no se limitaba a hacerle probar todo lo que era bueno en su jardín, sino que, como no era rico y todavía no sabía ganar dinero en los negocios de venta y compra, se gastaba ella con él todo lo necesario, sin pedirle nunca que se lo reintegrara de otro modo que con caricias, copulaciones y otras cosas análogas. Y así vivían ambos la vida más deliciosa, satisfaciéndose y amándose entre sí con arreglo a sus capacidades. ¡Gloria a Alah, que da potencia a unos y aflige de impotencia a otros! Sus decretos son insondables.
Y he aquí que un día en que el recaudador de contribuciones, esposo de la joven, tenía que partir para asuntos del servicio, preparó su pollino, llenó sus alforjas con papeles oficiales y con ropa, y dijo a su esposa que le llenara el otro bolso de las alforjas con provisiones para el camino. Y la joven, feliz por librarse de él, se apresuró a darle cuanto deseaba, pero no pudo encontrar pan, pues se había acabado la hornada de la semana, y la negra precisamente estaba amasando lo de la semana próxima. Entonces, sin poder esperar a que se cociese el pan de la casa, el recaudador de contribuciones se fué al zoco para procurárselo. Y dejó al pollino enalbardado por el momento en la cuadra ante el pesebre . . .
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 801ª noche

Ella dijo:
"... Y dejó al pollino enalbardado por el momento en la cuadra ante el pesebre. Y su esposa se quedó en el patio para esperar allí su regreso, y de pronto vió entrar a su amante, que creía que ya se había marchado el recaudador de contribuciones. Y dijo a la joven: "Tengo una apremiante necesidad de dinero. ¡Y es preciso que me des en seguida trescientos dracmas!" Y contestó ella: "¡Por el Profeta! ¡No los tengo hoy, y no sé de dónde sacarlos!" Y dijo el jovenzuelo: "¿Para qué está el pollino, ¡ oh hermana mía!? Dame el pollino de tu marido, que está ahí enalbardado delante del pesebre, para que lo venda. ¡Y sin duda sacaré por él los trescientos dracmas, que me son imprescindibles, absolutamente imprescindibles!" Y la joven exclamó muy asustada: "¡Por el Profeta, que no sabes lo que dices! ¿Y cuando vuelva mi marido, y no encuentre a su pollino? ¡Ni siquiera pienses en ello! ¡Sin duda me regañaría por haber perdido el burro, habiéndome encargado que me quedara aquí, y me pegaría!" Pero el jovenzuelo se puso tan compungido y la rogó con tanta elocuencia que le diera el pollino, que no pudo ella resistirse a sus ruegos, y no obstante todo el terror que le inspiraba su esposo el recaudador, le dejó llevarse el pollino, aunque después de haberle quitado los arreos.
Y he aquí que, algunos instantes más tarde, volvió el marido con los panecillos debajo del brazo, y fue a la cuadra para meterlos en las alforjas y coger el pollino. Y vió colgado de un clavo el cabezal del animal, y la albarda y las alforjas encima de la paja, pero no el pollino, ni trazas del pollino, ni el olor del pollino. Y extremadamente sorprendido, buscó a su esposa, y le dijo: "¡Oh mujer! ¿dónde está el pollino?" Y su esposa, sin inmutarse, contestó con voz tranquila: "¡Oh hijo del tío! ¡el pollino acaba de salir, y desde la puerta se encaró conmigo, y me dijo que iba a celebrar audiencia en el diwán de justicia de la ciudad!" Al oír estas palabras, el recaudador, lleno de cólera, levantó la mano a su mujer, y le gritó: "¡Oh desvergonzada! ¿te atreves a burlarte de mí? ¿Es que no sabes que de un solo puñetazo puedo dejarte más ancha que larga?" Y dijo ella, sin perder nada de su aplomo: "¡El nombre de Alah sobre ti y sobre mí, y alrededor de ti y alrededor de mí! ¿Por qué voy a burlarme de ti, ¡oh hijo del tío!? ¿Y desde cuándo soy capaz de engañarte en algo? Además de que, caso de que me atreviera a ello, tu perspicacia y tu fino ingenio hubieran echado por tierra en seguida mis groseras y pesadas invenciones. ¡Pero, con tu permiso, ¡oh hijo del tío! creo que debo decirte al fin una cosa que hasta ahora no me atreví a contarte, temiendo que su revelación atrajera sobre nosotros alguna desgracia sin remedio! ¡Has de saber, en efecto, que tu pollino está hechizado, y que, de cuando en cuando, se transforma en kadí!" Y al oír aquello, el recaudador exclamó: "¡Ya Alah!"
Pero la joven sin darle tiempo a lanzar otras exclamaciones, ni a reflexionar, ni a hablar, continuó en el mismo tono de seguridad tranquila: "En efecto; la primera noche que vi salir de la cuadra a un hombre desconocido a quien no había visto entrar allí y con quien jamás me había encontrado antes, tuve un miedo espantoso, y volviéndole la espalda y levantándome el vestido para cubrirme con él la cara, porque no llevaba velo a la cabeza en aquel momento, quise recurrir a la fuga para mayor seguridad, ya que tú estabas ausente de la casa. Pero el hombre se me acercó, y me dijo con voz llena de gravedad y bondad, sin alzar hacia mí sus ojos, por temor a ofender mi pudor: «¡Tranquiliza tu alma, hija mía, y refresca tus ojos! ¡No soy para ti un desconocido, puesto que soy el pollino del hijo de tu tío! Pero mi naturaleza real es la de un ser humano, kadí de profesión. Y me transformaron en pollino los enemigos que tengo, que están versados en la hechicería y en los  encantamientos. Y como no conozco las ciencias ocultas, me veo privado de recursos y armas contra ellos. Sin embargo, como, a pesar de todo, son creyentes, permiten que de vez en cuando, en los días de sesiones de justicia, recobre mi forma humana, dejando de ser pollino, para ir a dar audiencia en el diwán. ¡Y de tal suerte tengo que vivir, siendo pollino unas veces y kadí otras, hasta que Alah el Altísimo quiera librarme de los encantos de mis enemigos y romper el hechizo que me escribieron! Pero ¡oh caritativa! te suplico por tu padre, por tu madre y por todos los tuyos, que me hagas el favor de no hablar de mi estado a nadie, ni siquiera a mi amo, el hijo de tu tío, el recaudador de contribuciones. Pues, si conociera mi secreto, como es un hombre de fe esclarecida y un observante riguroso de la religión, sería capaz de desembarazarse de mí para no tener en su casa a un ser que está a merced de los hechizos; y me vendería a cualquier felah, que me maltrataría desde por la mañana hasta por la noche y me daría de comer habas podridas, mientras que aquí estoy a gusto en todos sentidos». Luego añadió: «¡Aun tengo otra cosa que pedirte, ¡oh mi señora! ¡oh buena! ¡caritativa! y es que ruegues a mi amo el recaudador, el hijo de tu tío, que no me espolee muy fuerte en el trasero cuando tiene prisa, porque tengo esta parte de mi persona, por desgracia, afligida de una extremada sensibilidad y de una delicadeza inconcebible!»
"Y tras de hablar así, nuestro pollino, convertido en kadí, me dejó sumida en una gran perplejidad y se fué a presidir el diwán. Y allá le encontrarás, si quieres.
"¡En cuanto a mí, ¡oh hijo del tío! ya no podía guardar por más tiempo para mí sola este abrumador secreto, sobre todo ahora que aparezco como culpable y corro riesgo de atraerme tu cólera y caer en tu desgracia! ¡Y pido perdón a Alah por faltar con ello a la promesa que hice al pobre kadí de no hablar a nadie nunca de su estado de pollino! ¡Y desde el momento en que la cosa está hecha, permíteme ¡oh mi señor! que te de un consejo, y es que no te deshagas de ese pollino, que no solamente es un excelente animal lleno de celo, sobrio, al que no se le escapan cuescos, que es muy decente y sólo muy de tarde en tarde saca su herramienta cuando se le mira, sino que, en caso necesario, podrá darte muy buenos consejos acerca de cuestiones delicadas de jurisprudencia y de la legalidad de tal o cual procedimiento!"
Cuando el recaudador de contribuciones hubo oído estas palabras de su esposa, que había escuchado en una actitud cada vez más sorprendida, llegó al límite de la perplejidad, y dijo: "¡Sí, por Alah, que la cosa es asombrosa! ¿Pero qué voy a hacer ahora que no tengo pollino disponible y necesito irme a recaudar las contribuciones de los pueblos de los alrededores? ¿Sabes, por lo menos, a qué hora va a volver? ¿O no te ha dicho nada respecto a eso?" Y la joven contestó: "No, no ha precisado hora. ¡Solamente me ha dicho que iba a celebrar audiencia en el diwán! ¡En cuanto a mí, bien sé lo que haría si estuviera en tu lugar! ¡Pero no tengo para qué dar consejos a quien es más inteligente e incontestablemente más listo y perspicaz que yo!"
Y el buen hombre dijo: 'Di siempre lo que se te ocurra. ¡Ya veré yo si no eres completamente tonta!" Ella dijo: "Pues bien; yo en tu lugar, iría directamente al diwán en que se halla el kadí, llevaría en la mano un puñado de habas, y cuando estuviera en presencia del infeliz hechizado que preside el diwán, le enseñaría desde lejos las habas, que tendría en la mano, y por señas le haría comprender que tengo necesidad de sus servicios como pollino. ¡Y me comprendería, y como sabe cumplir con su deber, saldría del diwán y me seguiría, máxime cuando viera las habas, que son su alimento favorito, y no podría por menos de echar a andar detrás de mí!"
Y he aquí que el recaudador de contribuciones, al oír estas palabras, le pareció muy razonable la idea de su esposa, y dijo: "Creo que es lo mejor que puedo hacer. Decididamente, eres una mujer de buen consejo". Y salió de la casa después de haber cogido un puñado de habas, con objeto de atraerse al pollino por medio de la gula, su vicio principal, si no podía llevársele por persuasión. Y cuando se marchaba él, su mujer le gritó aún: "¡Y sobre todo ¡oh hijo del tío! Guárdate bien, ocurra lo que ocurra, de dejarte llevar por tu genio y maltratarle; porque ya sabes que es muy susceptible, y además, como pollino y kadí, es doblemente testarudo y vengativo!" Y tras este último consejo de su mujer, el recaudador de contribuciones se encaminó al diván y entró en la sala de audiencia, donde estaba sentado el kadí sobre su estrado.
Y se detuvo a lo último de la sala, detrás de los concurrentes, y levantando la mano en que tenía el puñado de habas, se puso a hacer con la otra mano al kadí señas de invitación apremiante, que querían significar claramente: "¡Ven pronto! ¡Tengo que hablarte!" Y el kadí acabó por advertir aquellas señales, y reconociendo al hombre que actuaba de recaudador principal de contribuciones, creyó que quería decirle particularmente algo importante o transmitirle alguna comunicación urgente de parte del walí. Y al instante se levantó, suspendiendo la sesión de justicia, y siguió al vestíbulo al recaudador quien, para atraerle mejor, iba delante de él enseñándole las habas y animándole con el gesto y con la voz, como se hace con los pollinos.
Y he aquí que, en cuanto estuvieron ambos en el vestíbulo, el recaudador se inclinó al oído del kadí, y le dijo: "Por Alah, ¡oh amigo mío! que estoy muy contrariado y muy apenado y muy enfadado con el hechizo que te tiene encantado. Y no es por contrariarte, ciertamente, por lo que vengo aquí a buscarte, sino porque es absolutamente preciso que parta en seguida para asuntos del servicio, y no puedo esperar a que acabes tu misión aquí. ¡Te ruego, pues, que, sin tardanza, te transformes en pollino y me dejes montar en tu lomo!" Y al ver que el kadí retrocedía asustado, conforme le iba oyendo, el recaudador habló con un acento de gran conmiseración, y añadió: "¡Te juro por el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!) que, si quieres seguirme en seguida, nunca más te pincharé en el trasero con la espuela, pues ya sé que tienes muy sensible y muy delicada esa parte de tu persona! ¡Vamos, ven, mi querido pollino; mi buen amigo! Y esta noche tendrás doble ración de habas y de alfalfa fresca!"
¡Eso fué todo!
Y el kadí, creyendo que tenía que habérselas con algún loco escapado del maristán, retrocedía cada vez más hacia la entrada de la sala, en el colmo de la estupefacción y del terror y más amarillo que el azafrán. Pero el recaudador, al ver que iba a escapársele, dió una vuelta rápida y se interpuso entre él y la puerta del diván, cortándole la retirada. Y el kadí, como no veía ningún guardia ni nadie a quien pedir socorro, se decidió por la dulzura, la prudencia y el miramiento, y dijo al recaudador: "A lo que entiendo, parece ser ¡oh mi señor! que has perdido tu pollino y estás deseoso de reemplazarle. Nada más justo, a mi juicio. He aquí, pues, de parte mía, trescientos dracmas que te doy para que puedas comprar otro. Y como hoy es día de mercado en el zoco de las acémilas, te será fácil escoger por ese precio el más hermoso de los asnos. ¡Uassalam!" Y así diciendo, sacó del cinturón los trescientos dracmas, se los entregó al recaudador, que aceptó la oferta, y volvió a la sala de audiencia, tomando una actitud grave y reflexiva, como si acabaran de comunicarle un asunto de gran importancia. Y se decía a sí mismo: "¡Por Alah! ¡culpa mía fue si he perdido de tal suerte los trescientos dracmas! Pero más vale eso que haber provocado un escándalo ante los que vienen a pedirme justicia. ¡Además, ya entraré otra vez en posesión de ese dinero explotando a mis querellantes!" Y se sentó en su sitio, y continuó la sesión de justicia. Y he aquí lo referente a él. ¡En cuanto al recaudador, he aquí ahora lo que a él atañe! Cuando llegó al zoco de las acémilas para comprar un pollino, se dedicó a examinar con atención, y tomándose el tiempo suficiente, todos los animales, uno tras otro. Y acabó por encontrar un pollino muy bueno que le pareció que tenía todas las condiciones requeridas, y se aproximó a él para examinarle de cerca, y de pronto observó que era su propio pollino. Y el pollino le reconoció también, y echando las orejas atrás, se puso a resoplar y a rebuznar de alegría. Pero el recaudador, muy molesto al ver aquel cinismo después de cuanto había sucedido, retrocedió golpeándose las manos, y exclamó: "¡No, por Alah, no será a ti a quien compre cuando tenga necesidad de un pollino fiel, pues, con eso de ser kadí unas veces y pollino otras, no me convienes!" Y se alejó, malhumorado por la audacia de su pollino, que se atrevía a invitarle a que se le llevara. Y fue a comprar otro, y se apresuró a volver a su casa para aparejarle y montarle después de contar a su esposa cuanto acababa de sucederle.
Y de tal suerte, merced al ingenio lleno de recursos de la joven esposa del recaudador, todo el mundo quedó satisfecho, y no se lesionó a nadie. Porque el enamorado logró el dinero de que tenía necesidad, el marido se procuró un pollino mejor sin gastar un dracma de su bolsillo, y el kadí no tardó en recuperar su dinero, ganado honradamente, a costa de los que iban a pedirle justicia y le quedaron agradecidos, el doble de lo que había dado al recaudador.
Y esto es ¡oh rey afortunado! todo lo que sé respecto al pollino kadí. ¡Pero Alah es más sabio!"
Cuando el sultán hubo oído esta historia, exclamó: "¡Oh boca de azúcar! ¡oh el más delicioso de los compañeros! ¡te nombro mi gran chambelán!" Y en el momento hizo que le pusieran las insignias de su cargo, y le hizo sentarse más cerca de él, y le dijo: "Por mi vida sobre ti, ¡oh gran chambelán mío! sin duda conocerás alguna otra historia. ¡Y quisiera oírtela contar!"
Y el pescador tragador de haschisch convertido en chambelán de palacio por decreto del Destino, contestó: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido!" Y meneando la cabeza, contó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 802ª noche

Ella dijo:
"... Y el pescador tragador de haschisch, convertido en chambelán de palacio por decreto del Destino, contestó: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido!" Y meneando la cabeza contó:

EL KADI Y EL BUCHE

"He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que, en una ciudad entre las ciudades, había un hombre y su esposa, que eran gente pobre, vendedores ambulantes de maíz tostado, que tenían una hija como la luna y en estado de merecer. Y quiso Alah que un kadí la pidiera en matrimonio y la obtuviera de sus padres, que en seguida dieron su consentimiento, aunque el kadí era de una gran fealdad, con unos pelos de barba tan duros como púas de erizo, y tuerto de un ojo, y tan viejo, que habría podido pasar por padre de la joven. Pero era rico y gozaba de toda consideración. Y los padres de la joven, sin fijarse más que en lo que aquel matrimonio mejoraría su estado y condición, no pensaron que, si la riqueza contribuye a la felicidad, no constituye el fondo de ella. Pero el kadí, por cierto, era quien pronto debía experimentarlo por su cuenta y riesgo.
Empezó, pues, por intentar hacerse agradable, a pesar de las desventajas ajenas a su persona en cuanto a la vejez y fealdad, por colmar todos los días de nuevos presentes a su joven esposa y por satisfacer sus menores caprichos. Pero olvidaba que ni los regalos ni la satisfacción de los caprichos valen lo que el amor joven, que aplaca los deseos. Y lamentaba en el alma no encontrar lo que esperaba de su esposa, quien, por otra parte, no podía darle lo que no conocía por falta de experiencia.
Tenía el kadí bajo su mano a un joven escriba, a quien quería mucho, y con el cual no podía por menos de hablar muy a menudo de su esposa. Y tampoco podía por menos, aunque estuviese en pugna con la costumbre, de divagar con el jovenzuelo acerca de la belleza de su esposa y del amor que sentía por ella, y de la frialdad de su esposa para con él, no obstante todo lo que por ella hacía. ¡Porque así es como Alah ciega a la criatura que merece la perdición! ¡Más aún! Para que se cumpliesen los supremos decretos, el kadí llevó su locura y su ceguera hasta mostrar un día por la celosía al adolescente a su joven esposa. Y como era muy hermoso y amable, la joven amó al joven. Y como cuando dos corazones se buscan acaban siempre por encontrarse y unirse, a pesar de todos los obstáculos, ambos jóvenes pudieron burlar la vigilancia del kadí y adormecer sus celos despiertos. Y la jovenzuela amó al jovenzuelo más que a las niñas de sus ojos, y al darle su alma, se abandonó a él con todo el cuerpo. Y el joven escriba supo corresponder y le hizo experimentar lo que nunca había conseguido producir el kadí. Y de tal suerte vivieron ambos en el límite de la dicha, viéndose con frecuencia y amándose más cada día. Y el kadí se mostraba satisfecho de ver que su esposa se ponía aun más hermosa y llena de juventud, salud y lozanía. Y cada cual era feliz a su manera.
Y he aquí que la joven, para poder entrevistarse sin peligro con su enamorado, había convenido con él que, cuando fuese blanco el pañuelo que colgaba de la ventana que daba al jardín podía entrar a hacerle compañía; pero cuando el pañuelo fuera rojo, debía abstenerse de ello y marcharse, porque la tal señal significaba que el kadí estaba en casa.
Pero quiso el Destino que un día, cuando acababa ella de tender el pañuelo blanco, después de salir el kadí para el diwán, oyese a la puerta golpes precipitados y gritos; y en seguida vió entrar a su marido apoyado en brazos de los eunucos, y muy amarillo, y muy demudado de color y de aspecto. Y los eunucos le explicaron que había acometido al kadí en el diwán una indisposición repentina, y se había apresurado a ir a casa para que le cuidaran y descansar. Y efectivamente, tanto movía a piedad el aspecto del pobre viejo, que la joven, no obstante el contratiempo que acaba él de producir y el trastorno que ocasionaba, empezó a rociarle con agua de rosas y a prodigarle sus cuidados. Y ayudándole a desnudarse, le acostó en el lecho, que le preparó por sí misma, y en donde, merced a las solicitudes de su esposa, no tardó él en dormirse. Y la joven quiso aprovechar aquel alivio súbito de su marido para ir a tomar un baño en el hammam. Y contrariada como estaba, se olvidó de quitar el pañuelo blanco de las entrevistas y de tender el de las prohibiciones. Y cogiendo un paquete de ropa blanca perfumada, salió de casa y fué al hammam.
Y he aquí que el joven escriba, al ver en la ventana el pañuelo blanco, ganó con paso ligero la terraza contigua, desde la cual saltó a la del kadí, como de costumbre, y penetró en la habitación en que, por lo general, se hallaba su amante esperándole completamente desnuda entre las mantas del lecho. Y como las celosías de la habitación estaban cerradas del todo y en el aposento reinaba una gran oscuridad, precisamente para favorecer el sueño del kadí, y como a menudo la joven le recibía en silencio por broma y no daba señales de estar allí, se acercó al lecho, riendo, y levantando las mantas, echó mano con viveza a la presunta historia de la joven para hacerle cosquillas. Y he aquí que (¡alejado sea el Maligno!) fué a parar a una cosa fláccida y blanda que se perdía entre maleza, y que no era otra cosa que la vieja herramienta del kadí. Y en vista de aquel contacto, retiró la mano con horror y espanto, pero no con la suficiente rapidez para que el kadí, despertado con sobresalto y súbitamente repuesto de su indisposición, no agarrase aquella mano que le había hurgado en el vientre y no se precipitase con furor sobre su propietario. Y como la cólera le daba fuerzas, mientras que el estupor clavaba en la inmovilidad al propietario de la mano, le derribó en el centro de la habitación echándole la zancadilla, y apoderándose de él y levantándole en alto en la oscuridad, le arrojó en el cajón donde se guardan de día los colchones, y que estaba abierto y vacío por haber sacado ya los colchones. Y echó la tapa en seguida, y cerró el cajón con llave, sin pararse a mirar la cara del que había encerrado. Tras de lo cual, como aquella excitación, que le había hecho tomar sangre rápidamente, produjo en él una reacción saludable, recobró por completo las fuerzas, y vistiéndose, preguntó al eunuco adónde había ido su esposa, y corrió a esperarla en el umbral del hammam. Pues se decía: "Antes de matar al intruso es preciso que yo sepa si estaba en connivencia con mi esposa. Por eso voy allí a esperar a que salga ella, y la llevaré a casa, y ante testigos, la carearé con el encerrado. Porque, ya que soy kadí, conviene que las cosas se hagan legalmente. Y entonces veré si sólo hay un culpable o si se trata de dos cómplices. ¡En el primer caso, con mi propia mano ejecutaré ante los testigos al encerrado; y en el segundo caso, les estrangularé a ambos con mis diez dedos!"
Y reflexionando así y barajando en su cerebro estos proyectos de venganza, se dedicó a parar a todas las bañistas que entraban en el hammam, diciendo a cada una: "¡Por Alah sobre ti, di a mi mujer que salga en seguida, porque tengo que hablarle!" Pero les decía estas palabras con tanta brusquedad y excitación, y tenía los ojos tan llameantes, y el color tan amarillo, y los gestos tan desordenados, y la voz tan temblorosa, y tanto furor denotaba su aspecto, que las mujeres, aterradas, huían de él dando agudos gritos, pues le tomaban por loco. Y la primera de entre ellas que dió en voz alta el recado en medio del hammam, llevó a la memoria de la joven esposa del kadí el recuerdo de su negligencia y de su olvido con respecto al pañuelo blanco dejado en la ventana. Y se dijo: "¡No cabe duda! ¡estoy perdida sin remedio! ¡Y sólo Alah sabe lo que habrá sucedido a mi amante!" Y se dió prisa en tomar el baño, en tanto que en la sala se sucedían con rapidez los recados de las bañistas que iban entrando, y el kadí se tornaba en el único motivo de conversación de las asustadas mujeres. Pero ninguna de ellas, por fortuna, conocía a la joven, quien, por otra parte, fingía que no le interesaba lo que se decía, como si la cosa no le importara. Y cuando estuvo vestida, fué a la sala de entrada, en donde vió a una pobre vendedora de garbanzos que estaba sentada ante el montón de los garbanzos que vendía a las bañistas. Y la llamó y le dijo: "¡Aquí tienes, mi buena tía, un dinar para ti, si quieres prestarme por una hora tu velo azul y el cesto vacío que hay a tu lado!" Y la vieja, entusiasmada con aquella dádiva, le dió el cesto de mimbre y el pobre velo de tela grosera. Y la joven se envolvió en el velo, tomó el cesto en la mano, y así disfrazada salió del hammam.
Y en la calle vió a su marido, que iba y venía delante de la puerta, y que maldecía en voz alta de los hammams y de las que iban a los hammams y de los propietarios de los hammams y de los constructores de los hammams. Y se le salían de las órbitas los ojos y la espuma de la boca. Y se acercó ella a él, y disfrazando la voz e imitando la de las vendedoras ambulantes, le preguntó si quería comprar garbanzos. Y entonces él se puso a maldecir de los garbanzos y de las vendedoras de garbanzos y de los plantadores de garbanzos y de los comedores de garbanzos. Y la joven, riéndose de aquella locura, se alejó en dirección a su casa y sin ser reconocida bajo su disfraz. Y entró, y subió a su estancia inmediatamente, y oyó gemidos. Y como no veía a nadie en el aposento, cuyas ventanas se había apresurado a abrir, sintió miedo, y ya se disponía a llamar al eunuco para que la tranquilizara, cuando oyó con precisión que los gemidos partían del cajón de los colchones. Y corrió a aquel cajón, que tenía la llave puesta, y lo abrió, exclamando: "¡En nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso..."
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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