Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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56 P1 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría - primera de tres partes

Hace parte de 

56 El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría      
       56,1 Las babuchas inservibles
       56,2 Bahlul, bufón de Al-Raschid
       56,3 La invitación a la paz universal
       56,4 Las agujetas
              56.4.1 Historia de los dos tragadores de hachix
              56.4.2 Historia del cadí padre del cuesco
              56.4.3 El pollino cadí
              56.4.4 El cadí y el buche
              56.4.5 Al cadí avisado
              56.4.6 La lección del conocedor de mujeres

       56,5 La sentencia del tragador de hachix





El diván de los fáciles donaires y de la alegre sabiduría - Primera de dos partes - Descargar MP3

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EL DIVAN DE LOS FACILES DONAIRES Y DE LA ALEGRE SABIDURIA

Las Babuchas Inservibles


Cuentan que había en El Cairo un droguero llamado Abu-Cassem Et-Tamburi, que era muy célebre por su avaricia. Y he aquí que, aunque Alah le deparaba la riqueza y la prosperidad en sus negocios de venta y compra, vivía y vestía como el más pobre de los mendigos, y no llevaba encima más ropas que pingos y harapos; y estaba su turbante tan viejo y tan sucio, que ya no era posible distinguir su color; pero, de toda su indumentaria, lo que más pregonaba la sordidez del individuo eran sus babuchas, pues no solamente estaban claveteadas con enormes tachuelas y eran resistentes como máquina de guerra, con suelas más gordas que la cabeza del hipopótamo y recompuestas mil veces, sino que sus palas habían sido remendadas, durante veinte años que hacía que las babuchas eran babuchas, por los más hábiles zapateros remendones y zurradores de El Cairo, que agotaron su arte para unir los trozos dispersos de aquel calzado. Y a consecuencia de todo eso, las babuchas de Abu-Cassem pesaban tanto ya, que desde hacía mucho tiempo se habían hecho proverbiales en todo el Egipto; porque cuando se quería expresar la pesadez de algo, se las tomaba siempre como término comparativo.
Así, cuando un invitado prolongaba demasiado su visita en casa de su huésped, se decía de él: "¡Tiene la sangre como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando un maestro de escuela, de la especie de los maestros de escuela afligidos de pedantería, quería alardear de ingenio, se decía de él: "¡Alejado sea el Maligno! ¡Tiene el ingenio tan pesado como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando un mandadero estaba abrumado por el peso de su carga, suspiraba, diciendo: "¡Alah maldiga al propietario de esta carga! ¡Pesa tanto como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando en algún harén una matrona vieja, de la especie maldita de las viejas gruñonas, quería impedir que se divirtieran entre sí las jóvenes esposas de su amo, se decía:
"¡Haga Alah que se quede tuerta la calamitosa! ¡Es tan pesada como las babuchas de Abu-Cassem!". Y cuando un manjar demasiado indigesto obstruía los intestinos y producía una tempestad dentro del vientre, se decía: "¡Líbreme Alah! ¡Este manjar maldito es tan pesado como las babuchas de Abu-Cassem!" Y así sucesivamente en cuantas circunstancias la pesadez hacía sentir su peso.
Un día en que Abu-Cassem había hecho un negocio de compra y venta más ventajoso todavía que de costumbre, estaba de muy buen humor. Así es que, en vez de dar un festín grande o pequeño, como es uso entre los mercaderes a quienes Alah favorece con un éxito de mercado, le pareció más conveniente ir a tomar un baño en el hammam, en donde no tenía idea de haber puesto los pies nunca. Y tras de cerrar su tienda, se dirigió al hammam, cargándose las babuchas a la espalda en vez de ponérselas; porque lo hacía así desde mucho tiempo atrás para no destrozarlas. Y llegado que fué al hammam, dejó en el umbral sus babuchas con todos los pares de calzado que allí estaban puestos en fila, como es costumbre.
Y entró a tomar su baño.
Y he aquí que Abu-Cassem tenía tanta grasa infiltrada en la piel que a los frotadores y masajistas les costó un trabajo extremado llenar su cometido; y no lo consiguieron más que al fin de la jornada, cuando ya se habían marchado todos los bañistas. Y por fin pudo salir del hammam Abu-Cassem, y buscó sus babuchas; pero ya no estaban allí, y en lugar de ellas había un hermoso par de pantuflas de cuero amarillo limón. Y Abu-Cassem se dijo: "Sin duda Alah me las envía, sabiendo que desde hace tiempo estoy pensando en comprarlas parecidas. ¡O acaso sean de alguien que las ha cambiado por las mías sin darse cuenta!". Y lleno de alegría por verse exento del disgusto de tener que comprar otras, las cogió y se marchó.
Pero las pantuflas de cuero amarillo limón pertenecían al kadí, que aún se hallaba en el hammam. Y en cuanto a las babuchas de Abu-Cassem, al ver el hombre encargado de la custodia del calzado que aquel horror olía y apestaba la entrada del hammam, se apresuró a recogerlas y a esconderlas en un rincón. Luego, como había transcurrido la jornada y la hora de su guardia había pasado, se marchó, sin acordarse de volver a ponerlas en su sitio.
Así es que, cuando concluyó de bañarse el kadí, los servidores del hammam, que se desvivían por servirle, buscaron en vano sus pantuflas; y acabaron por encontrar en un rincón las fabulosas babuchas que al punto reconocieron como las de Abu-Cassem. Y lanzándose en su persecución, y cuando le atraparon, le llevaron al hammam con el cuerpo del delito al hombro. Y tras de coger lo que le pertenecía, el kadí hizo que devolvieran al otro sus babuchas, y a pesar de sus protestas, le envió a la cárcel. Y para no morirse en la cárcel, Abu-Cassem no tuvo más remedio, bien a pesar suyo, que mostrarse generoso en propinas con los guardias y oficiales de la policía; pues, como era sabido que estaba tan relleno de dinero como podrido de avaricia, no le costó poco recobrar su libertad.
Y de tal suerte pudo salir de la prisión Abu-Cassem; pero en extremo afligido y despechado, y atribuyendo a sus babuchas su desdicha, corrió a tirarlas al Nilo para desembarazarse de ellas.
Y he aquí que algunos días después, al retirar unos pescadores su red, que pesaba más que de costumbre, encontraron en ellas las babuchas, reconociéndolas al punto como las de Abu-Cassem. Y observaron, llenos de furor, que las tachuelas con que estaban claveteadas habían estropeado las mallas de la red. Y corrieron a la tienda de Abu-Cassem y arrojaron con violencia las babuchas dentro de ella, maldiciendo a su propietario. Y como las babuchas habían sido arrojadas con ímpetu, dieron en los frascos de agua de rosas y otras aguas que había en las anaquelerías, y los derribaron, rompiéndolos en mil pedazos.
Al ver aquello, el dolor de Abu-Cassem llegó a su límite extremo, y exclamó él: "¡Ah! ¡babuchas malditas, hijas de mi trasero, no me causáis más que estragos!". Y las cogió y se fué a su jardín y se puso a cavar un agujero para enterrarlas allí. Pero un vecino suyo, que estaba resentido con él, aprovechó la ocasión para vengarse, y corrió en seguida a advertir al walí que Abu-Cassem se hallaba desenterrando un tesoro en su jardín. Y como el walí tenía conocimiento de la riqueza y la avaricia del droguero, no dudó de la realidad de aquella noticia, y al punto envió a los guardias para que se apoderaran de Abu-Cassem y le llevaran a su presencia. Y por más que el desgraciado Abu-Cassem juró que no se había encontrado ningún tesoro, sino que solamente había querido enterrar sus babuchas, el walí no se avino a creer cosa tan extraña y tan contraria a la avaricia legendaria del acusado, y como, fuese por lo que fuese, contaba éste con dinero, obligó al afligido Abu-Cassem a desembolsar una importante suma para obtener su libertad.
Y libre ya, después de aquella formalidad dolorosa, Abu-Cassem...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 795ª noche

Ella dijo:
"... Y libre ya, después de aquella formalidad dolorosa; Abu-Cassem empezó a mesarse las barbas con desesperación, y cogiendo sus babuchas, juró desembarazarse de ellas a toda costa. Y anduvo al azar mucho tiempo, reflexionando acerca del medio mejor de llevarlo a término, y acabó por decidirse a arrojarlas en un canal situado en el campo, muy lejos. Y supuso que ya no volvería a oír hablar de ellas. Pero quiso la suerte que el agua del canal arrastrase las babuchas hasta la entrada de  un molino cuyas ruedas movían aquel canal. Y las babuchas se engancharon en las ruedas y las hicieron saltar, alterando su marcha. Y acudieron a reparar el daño los dueños del molino, y observaron que todo ello obedecía a las enormes babuchas que encontraron enganchadas en el engranaje, y que al punto reconocieron como las babuchas de Abu-Cassem. Y de nuevo encarcelaron al desgraciado droguero, y aquella vez le condenaron a pagar una fuerte indemnización a los propietarios del molino por el daño que les había ocasionado. Y además hubo de pagar crecida fianza para recobrar su libertad. Y al propio tiempo se le devolvieron sus babuchas.
Entonces, en el límite de la perplejidad, regresó a su casa, y subiendo a la terraza, se recostó en la baranda y se puso a reflexionar profundamente sobre lo que haría. Y había colocado en la terraza cerca de él las babuchas; pero les daba la espalda, con objeto de no verlas. Y en aquel momento, precisamente, un perro de los vecinos divisó las babuchas, y lanzándose desde la terraza de sus amos a la de Abu-Cassem, cogió con la boca una de las babuchas y se puso a jugar con ella. Y estando en lo mejor de su juego con la babucha, el perro la tiró lejos, y el Destino funesto la hizo caer de la terraza en la cabeza de una vieja que pasaba por la calle. Y el peso formidable de la babucha barbada de hierro aplastó a la vieja, dejándola más ancha que larga. Y los parientes de la vieja reconocieron la babucha de Abu-Cassem, y fueron a querellarse al kadí, reclamando el precio de la sangre de su parienta o la muerte de Abu-Cassem. Y el infortunado se vió obligado a pagar el precio de la sangre, con arreglo a la ley. Y además, para librarse de la cárcel tuvo que pagar una gruesa fianza a los guardias y a los oficiales de policía.
Pero aquella vez había ya tomado su resolución. Regresó, pues, a su casa, cogió las dos babuchas fatales, y volviendo a casa del kadí, alzó las dos babuchas por encima de su cabeza, y exclamó con una vehemencia que hizo reír al kadí, a los testigos y a los circunstantes: "¡Oh señor kadí, he aquí la causa de mis tribulaciones! Y pronto me voy a ver reducido a mendigar en el patio de las mezquitas. ¡Te suplico, pues, que te dignes dictar un decreto que declare que Abu-Cassem ya no es  propietario de las babuchas, pues las lega a quien quisiera cogerlas, y que ya no es responsable de las desgracias que ocasionen en el porvenir!" Y tras de hablar así, tiró las babuchas en medio de la sala de los juicios, y huyó con los pies descalzos, mientras, a fuerza de reír, se caían de trasero todos los presentes. ¡Pero Alah es más sabio!
Y sin detenerse, Schehrazada contó aún:

BAHLUL, BUFON DE AL-RASCHID

He llegado a saber que el califa Harún Al-Raschid tenía, viviendo con él en su palacio, a un bufón encargado de divertirle en sus momentos de humor sombrío. Y aquel bufón se llamaba Bahlul el Cuerdo. Y un día le dijo el califa: "Ya Bahlul, ¿sabes el número de locos que hay en Bagdad?". Y Bahlul contestó: "¡Oh mi señor! un poco larga sería la lista". Y dijo Harún: "Pues quedas encargado de hacerla. ¡Y supongo que será exacta!" Y Bahlul hizo salir de su garganta una carcajada prolongada. Y le preguntó el califa: "¿Qué te pasa?" Y Bahlul dijo: "¡Oh mi señor! soy enemigo de todo trabajo fatigoso. ¡Por eso, para complacerte, voy en seguida a extender la lista de los cuerdos que hay en Bagdad! Porque ése es un trabajo que apenas exigirá el tiempo que se tarda en beber un sorbo de agua. Y con esta lista, que será muy corta, ¡por Alah que te enterarás del número de locos que hay en la capital de tu imperio!"
Y estando sentado en el trono del califa, aquel mismo Bahlul recibió, por esta temeridad, una tanda de palos que le propinaron los ujieres. Y los gritos espantosos que con tal motivo hubo de lanzar pusieron en conmoción a todo el palacio y llamaron la atención del propio califa. Y al ver que su bufón lloraba ardientes lágrimas, intentó consolarle. Pero Bahlul le dijo: "¡Ay! ¡oh Emir de los Creyentes! ¡mi dolor no tiene consuelo, pues no es por mí por quien lloro, sino por mi amo el califa! Si yo, en efecto, he recibido tantos golpes por haber ocupado un instante su trono, ¿qué tunda no le amenazará a él después de ocuparlo años y años?".
Y también el mismo Bahlul tuvo la suficiente cordura para tomar horror al matrimonio. Y con el objeto de jugarle una mala pasada, Harún le hizo casarse a la fuerza con una joven de entre sus esclavas, asegurándole que le haría dichoso, y que incluso él respondería de la cosa. Y Bahlul se vió obligado a obedecer, y entró en la cámara nupcial, donde esperaba su joven esposa, que era de una belleza selecta. Pero apenas se había echado junto a ella, cuando se levantó de pronto con terror y huyó de la habitación, como si le persiguiesen enemigos invisibles, y echó a correr por el palacio, igual que un loco. Y el califa, informado de lo que acababa de pasar, hizo ir a Buhlul a su presencia, y le preguntó, con voz severa: "¿Por qué ¡oh maldito! has inferido esa ofensa a tu esposa?".
Y contestó Bahlul: "¡Oh mi señor! ¡el terror es un mal que no tiene remedio! Claro que yo no tengo que formular reproche alguno contra la esposa que has tenido la generosidad de concederme, porque es hermosa y modesta. Pero ¡oh mi señor! apenas entré en el lecho nupcial, cuando oí distintamente varias voces que salían a la vez del seno de mi esposa. Y una de ellas me pedía un traje, y otra me reclamaba un velo de seda; y ésta, unas babuchas; y aquélla, una túnica bordada; y la de más allá, otras cosas. ¡Entonces, sin poder reprimir mi espanto, y no obstante tus órdenes y los encantos de la joven, huí a todo correr, temiendo volverme más loco y más desgraciado todavía de lo que soy!"
Y el mismo Bahlul rehusó un día cierto regalo de mil dinares que le ofreció por dos veces el califa. Y como el califa, extremadamente asombrado de aquel desinterés, le preguntara la razón que para ello tenía, Bahlul, que estaba sentado con una pierna extendida y la otra encogida, se limitó a extender bien ostensiblemente ante Al-Raschid ambas piernas a la vez, siendo ésta toda su respuesta. Y al ver semejante grosería y tan suprema falta de respeto para con el califa, el jefe eunuco quiso hacerle violencia y castigarle; pero Al-Raschid se lo impidió con una seña, y preguntó a Bahlul a qué obedecía aquel olvido de las prácticas corteses. Y Bahlul contestó: "¡Oh mi señor! ¡si hubiera extendido la mano para recibir tu regalo habría perdido para siempre el derecho de extender las piernas!".
Y por último, el propio Bahlul fué quien, entrando un día en la tienda de campaña de Al-Raschid, que regresaba de una expedición guerrera, le encontró sediento y pidiendo a grandes gritos un vaso de agua. Y Bahlul echó a correr para llevarle un vaso de agua fresca, y presentándoselo, le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡te ruego que antes de beber me digas a qué precio habrías pagado este vaso de agua si, por casualidad, hubiese sido imposible de encontrar o difícil de procurártelo!" Y dijo Al-Raschid: "¡Sin duda habría dado, por tenerlo, la mitad de mi imperio!"
Y dijo Bahlul: "¡Bébetelo ahora, y Alah lo vuelva lleno de delicias para tu corazón!" Y cuando el califa hubo acabado de beber, Bahlul le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! y si, ahora que te lo has bebido, ese vaso de agua no pudiera salir de tu cuerpo por culpa de alguna retención de orina en tu vejiga honorable, ¿a qué precio pagarías la manera de hacerlo salir?" Y Al-Raschid contestó: "¡Por Alah, que en ese caso daría todo mi imperio de ancho y de largo!"
Y Bahlul, poniéndose muy triste de pronto, dijo: "¡Oh mi señor! ¡un imperio que no pesa en la balanza más que un vaso de agua o un chorro de orines no debería producir todas las preocupaciones que te proporciona y las guerras sangrientas que nos ocasiona!"
Al oír aquello, Harún se echó a llorar.
Y aun dijo aquella noche Schehrazada:

LA INVITACION A LA PAZ UNIVERSAL

Cuentan que un venerable jeique rural tenía en su cortijo un hermoso corral, al que dedicaba todos sus afanes, y que estaba bien provisto de aves machos y aves hembras que le producían muy buenos huevos y soberbios pollos sabrosos de comer. Y entre las aves machos poseía un grande y hermoso Gallo de voz clara y plumaje brillante y dorado, el cual, además de todas sus cualidades de belleza exterior, estaba dotado de instinto vigilante, de sabiduría y de experiencia en las cosas del mundo, las mudanzas del tiempo y los reveses de la vida. Y estaba lleno de justicia y de atención para sus esposas, y cumplía sus deberes respecto a ellas con tanto celo como imparcialidad, para no dejar entrar los celos en sus corazones y la animosidad en sus miradas. Y entre todos los habitantes del corral se le citaba como modelo de maridos por su potencia y su bondad. Y su amo le había puesto de nombre Voz-de-Aurora.
Un día, mientras sus esposas dedicábanse a cuidar de sus pequeñuelos y a peinarse las plumas, Voz-de-Aurora salió a visitar las tierras del cortijo. Y sin dejar de maravillarse de lo que veía, revolvía y picoteaba a más y mejor en el suelo, según iba encontrando a su paso granos de trigo o de cebada o de maíz o de sésamo o de alforfón o de mijo. Y como sus hallazgos y pesquisas le llevaron más lejos de lo que hubiese querido, en un momento dado se vió fuera del cortijo y del villorrio, y completamente solo en un paraje abrupto que jamás había visto. Y por más que miró a derecha y a izquierda, no vió ninguna cara amiga ni ningún ser que le fuese familiar. Y empezó a quedarse perplejo, y dejó oír algunos gritos leves de inquietud. Y en tanto que tomaba sus disposiciones para volver sobre sus pasos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 796ª noche

Ella dijo:
"... Y en tanto que tomaba sus disposiciones para volver sobre sus pasos, he aquí que su mirada se posó en un Zorro que a lo lejos iba en dirección suya a grandes zancadas. Y al ver aquello, tembló por su vida, y volviendo la espalda a su enemigo, tomó impulso con toda la fuerza de sus alas abiertas, y ganó la altura de un muro en ruinas, donde no había más que el sitio preciso para agarrarse, y donde no podría atraparle de ninguna manera el Zorro.
Y llegó al pie del muro el Zorro, sin aliento, husmeando y ladrando. Pero, al ver que no había medio de encaramarse hasta donde estaba el volátil que apetecía, levantó la cabeza hacia él, y le dijo: "La paz sea contigo, ¡oh rostro de buen augurio! ¡oh hermano mío! ¡oh encantador camarada!" Pero Voz-de-Aurora no le devolvió su zalema y ni quiso mirarle. Y el Zorro, al ver aquello, le dijo: "¡Oh amigo mío! ¡oh tierno! ¡oh hermoso! ¿por qué no quieres favorecerme con un saludo o con una mirada, cuando tan vehementemente deseo anunciarte una gran noticia?" Pero el Gallo declinó con su silencio toda proposición y toda cortesía, y el Zorro insistió: "¡Ah! -¡hermano mío, si supieras solamente lo que tengo el encargo de anunciarte, bajarías cuanto antes a abrazarme y a besarme en la boca!" Pero el Gallo continuaba fingiendo indiferencia y distracción; y sin contestar nada, miraba a lo lejos con ojos redondos y fijos. Y el Zorro añadió: "Sabe, pues, ¡oh hermano mío! que el sultán de los animales, que es el señor León, y la sultana de las aves, que es la señora Águila, acaban de darse cita en una verdeante pradera adornada de flores y de arroyos, y han congregado en torno suyo a los representantes de todas las fieras de la Creación: los tigres, las hienas, los leopardos, los linces, las panteras, los chacales, los antílopes, los lobos, las liebres, los animales domésticos, los buitres, los gavilanes, los cuervos, las palomas, las tórtolas, las codornices,  las perdices, las aves de corral y todos los pájaros. Y cuando estuvieron entre sus manos los representantes de todos sus súbditos, nuestros dos soberanos proclamaron, por real decreto, que en adelante habrán de reinar juntas, en toda la superficie de la tierra habitable, la seguridad, la fraternidad y la paz; que el afecto, la simpatía, la camaradería y el amor habrán de ser los únicos sentimientos permitidos entre las tribus de las fieras, de los animales domésticos y de las aves; que el olvido deberá borrar las antiguas enemistades y los odios de raza; y que la meta a que deben tender todos los esfuerzos es la dicha general y universal. Y decidieron que cualquier transgresión que se realizara de tal estado de cosas se llevaría sin tardanza al tribunal supremo y se juzgaría y se condenaría sin remisión. Y me nombraron heraldo del presente decreto, y me encargaron ir proclamando por toda la tierra la decisión de la asamblea, con orden de darles los nombres de los rebeldes, a fin de que se les castigase con arreglo a la gravedad de su rebeldía. Y por eso ¡oh hermano mío Gallo! me ves actualmente al pie de este muro en que estás encaramado, pues en verdad que soy yo, yo con mis propios ojos, yo y no otro, el representante, el comisionado, el heraldo y el apoderado de nuestros señores y soberanos. Y por eso te abordé hace poco con el deseo de paz y las palabras de amistad, ¡oh hermano mío!"
¡Eso fué todo!
Pero el Gallo, sin prestar a toda aquella elocuencia más atención que si no la oyese, continuaba mirando a lo lejos en actitud indiferente y con unos ojos redondos y distraídos, que cerraba de cuando en cuando, meneando la cabeza. Y el Zorro, cuyo corazón ardía en deseos de triturar deliciosamente aquella presa, insistió: ";Oh hermano mío! ¿por qué no quieres honrarme con una respuesta o acceder a dirigirme una palabra o posar solamente tu mirada en mí, que soy el emisario de nuestro sultán el León, soberano de los animales, y de nuestra sultana el Águila, soberana de las aves? Permíteme, pues, que te recuerde que, si persistes en tu silencio para conmigo, me veré obligado a dar cuenta de la cosa al consejo; y sería muy de lamentar que cayeses bajo el peso de la nueva ley, que es inexorable en su deseo de establecer la paz universal, aun a trueque de hacer degollar a la mitad de los seres vivos. ¡Así es que por última vez te ruego ¡oh hermano mío encantador! que me digas solamente por qué no me respondes!"
A la sazón el Gallo, que hasta entonces se había encastillado en su altanera indiferencia, estiró el pescuezo, e inclinando a un lado la cabeza, posó la mirada de su ojo derecho en el Zorro, y le dijo: "En verdad ¡oh hermano mío! que tus palabras están por encima de mi cabeza y de mis ojos, y te honro en mi corazón como enviado y comisionado y mensajero y apoderado y embajador de nuestra sultana el Águila. ¡Pero no vayas a creer que, si no te respondía, era por arrogancia o por rebeldía o por cualquier otro sentimiento reprobable; no, por tu vida que no, sino solamente porque me tenía turbado lo que veía y sigo viendo ante mí allá lejos!"
Y el Zorro preguntó: "Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! ¿Y qué veías y sigues viendo para que así te turbe? ¡Alejado sea el Maligno! ¡Supongo que no será nada grave ni calamitoso!" Y el Gallo estiró el pescuezo más todavía, y dijo: "¿Cómo, ¡oh hermano mío!? ¿Acaso no divisas lo que estoy divisando yo, por más que Alah puso encima de tu venerable hocico dos ojos penetrantes, aunque un poco bizcos, dicho sea sin ánimo de ofenderte?" Y el Zorro preguntó con inquietud: "¡Pero acaba, por favor, de decirme qué ves! ¡Porque tengo los ojos hoy un poco malos, aunque no sabía que fuese bizco ni por asomo, dicho sea sin ánimo de contrariarte!"
Y el Gallo Voz-de-Aurora dijo: "¡La verdad es que estoy viendo levantarse una nube de polvo, y en el aire diviso una bandada de halcones de caza que describen inciertos giros!" Y al oír estas palabras, el Zorro se echó a temblar, y preguntó, en el límite de la ansiedad: "¿Y es eso todo lo que divisas, ¡oh rostro de buen augurio!? ¿Y no ves correr a nadie por el suelo?" Y el Gallo fijó en el horizonte una mirada prolongada, imprimiendo a su cabeza un movimiento de derecha a izquierda, y acabó por decir: "¡Sí! veo que por el suelo corre a cuatro pies un animal de patas largas, grande, delgado, con cabeza fina y puntiaguda y largas orejas gachas. ¡Y se acerca a nosotros con rapidez!"  Y el Zorro preguntó, temblando con todo su cuerpo: "¿No será un perro lebrel lo que ves, ¡oh hermano mío!? ¡Alah nos proteja!" Y el Gallo dijo: "¡No sé si es un lebrel, porque nunca los he visto de esa especie, y sólo Alah lo sabrá! Pero, de todos modos, creo que es un perro, ¡oh cara hermosa!"
Cuando el Zorro hubo oído estas palabras, exclamó: "¡Me veo obligado ¡oh hermano mío! a despedirme de ti!" Y así diciendo, le volvió la espalda y echó a correr azorado, confiándose a la Madre-de-la-Seguridad. Y el Gallo le gritó: "¡Escucha, escucha, hermano mío, que ya bajo, que ya bajo! ¿Por qué no me esperas?" Y el Zorro dijo: "¡Es que siento una gran antipatía por el lebrel, que no se cuenta entre mis amigos ni entre mis relaciones!" Y el Gallo añadió: "¿Pero no me has dicho hace un instante ¡oh rostro de bendición! que venías como comisionado y heraldo de parte de nuestros soberanos para proclamar el decreto de la paz universal, decidida en asamblea plena de los representantes de nuestras tribus?" Y el Zorro contestó desde muy lejos: "¡Sí, por cierto! ¡sí, por cierto! ¡oh hermano mío Gallo! pero ese lebrel entrometido (¡Alah le maldiga!) se abstuvo de ir al congreso, y su raza no ha enviado allá ningún representante, y su nombre no se ha pronunciado en la proclamación de las tribus adheridas a la paz universal. ¡Y por eso ¡oh Gallo lleno de ternura! siempre existirá enemistad entre mi raza y la suya, y aversión entre mi individuo y el suyo! ¡Y que Alah te conserve con buena salud hasta mi regreso!"
Y tras de hablar así, el Zorro desapareció en la lejanía. Y de tal suerte escapó el Gallo a los dientes de su enemigo, gracias a su ingenio y a su sagacidad. Y se dió prisa en bajar desde lo alto del muro y a volver al cortijo, glorificando a Alah, que le reintegraba a su corral en seguridad. Y se apresuró a contar a sus esposas y a sus vecinos la jugarreta que acababa de hacer a su enemigo hereditario. Y todos los gallos del corral lanzaron al aire el canto sonoro de su alegría para celebrar el triunfo de Voz-de-Aurora.
Y aquella noche aun dijo Schehrazada:

LAS AGUJETAS

Se cuenta que un rey entre los reyes estaba un día sentado en su trono, en medio de su diwán, y daba audiencia a sus súbditos, cuando entró un jeique, hortelano de oficio, que llevaba a la cabeza un cesto de hermosas frutas y de legumbres diversas, primicias de la estación. Y besó la tierra entre las manos del rey, e invocó sobre él las bendiciones y le ofreció como regalo el cesto de primicias. Y después de devolverle la zalema, el rey le preguntó: "¿Y qué hay en este cesto cubierto de hojas, ¡oh jeique!?" Y el hortelano dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡son las primeras verduras y las primeras frutas nacidas en mis tierras, que te traigo como primicias de la estación!" Y el rey dijo: "¡Las acepto de corazón amistoso!" Y quitó las hojas que preservaban del mal de ojo al contenido del cesto, y vió que había en él magníficos cohombros rizados, gombos muy tiernos, dátiles, berenjenas, limones y otras diversas frutas y legumbres tempranas. Y exclamó: "¡Maschala!" y cogió un cohombro rizado y lo engulló con mucho gusto. Luego dijo a los eunucos que llevaran los demás al harén. Y los eunucos se apresuraron a ejecutar la orden. Y también se deleitaron mucho las mujeres comiendo aquellas primicias. Y cada cual cogió lo que quería, felicitándose mutuamente diciendo: "¡Que las primicias del año que viene nos den salud y nos encuentren con vida y con belleza!" Luego distribuyeron a las esclavas lo que quedaba en el cesto. Y de común acuerdo, dijeron: "¡Por Alah, que son exquisitas estas primicias! ¡Y tenemos que dar una buena propina al hombre que las ha traído!" Y enviaron al felah, por mediación de los eunucos, cien dinares de oro.
Y el rey, asimismo, estaba extremadamente satisfecho del cohombro rizado que había comido, y aun añadió doscientos dinares al donativo de sus mujeres. Y de tal suerte percibió el felah trescientos dinares de oro por su cesto de primicias.
Pero no fué eso todo. Porque el sultán que le había hecho diversas preguntas acerca de cosas agrícolas y de otras cosas más, le había encontrado en absoluto de su conveniencia y se había complacido con sus respuestas, pues el felah tenía la palabra elegante, la lengua expedita, la réplica en los labios, el ingenio fértil, la actitud muy cortés y el lenguaje correcto y distinguido. Y el sultán quiso hacer de él su comensal inmediatamente, y le dijo: "¡Oh jeique! ¿sabes hacer compañía a los reyes?" Y el felah contestó: "Sé". Y el sultán le dijo: "Bueno, ¡oh jeique! ¡Vuélvete en seguida a tu pueblo para llevar a tu familia lo que Alah te ha concedido hoy, y regresa conmigo a toda prisa para ser mi comensal en adelante!"
Y el felah contestó con el oído y la obediencia. Y después de llevar a su familia los trescientos dinares que Alah le había otorgado, volvió al lado del rey, que en aquel momento estaba cenando. Y el rey le mandó sentarse junto a él, ante la bandeja, y le hizo comer y beber lo que tenía gana. Y le encontró aún más divertido que la primera vez, y acabó de encariñarse con él, y le preguntó:
"¿Verdad que sabes historias hermosas de contar y de escuchar, ¡oh jeique!?"
Y el felah contestó: "¡Sí, por Alah! ¡Y la próxima noche le contaré una al rey!" Y al oír esta noticia, el rey llegó al límite del júbilo y se estremeció de contento. Y para dar a su comensal una prueba de cariño y de amistad, hizo salir de su harén a la más joven y más bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada . ..
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 797ª noche

Ella dijo:
"... hizo salir de su harén a la más joven y bella mujer del séquito de la sultana, una muchacha virgen y sellada, y se la dió como regalo, aunque la había hecho apartar para sí mismo el día en que la compraron, reservándosela como bocado selecto. Y puso a disposición de los recién casados un hermoso aposento del palacio, contiguo al suyo, y magníficamente amueblado y provisto de todas las comodidades. Y tras de desearles todo género de delicias aquella noche, les dejó solos y entró en su harén.
Cuando la joven se hubo desnudado, esperó, acostada, que fuera a ella su nuevo señor. Y el jeique hortelano, que en su vida había visto ni probado la carne blanca, se maravilló de lo que veía y glorificó en su corazón a Quien forma la carne blanca. Y se acercó a la joven, y empezó a hacer con ella todas las locuras usuales en casos como aquél. Y he aquí que, sin que pudiese él saber cómo ni por qué, el niño de su padre no quiso levantar cabeza y siguió adormecido con la mirada sin vida y mustio. Y por más que el frutero le amonestaba y alentaba, no quiso oír nada, y permaneció obstinado, oponiendo a todas las exhortaciones una inercia y una tozudez inexplicable. Y el pobre frutero llegó al límite de la confusión, y exclamó: "¡En verdad que es cosa prodigiosa!"
Y la joven, con objeto de despertar los deseos del niño, se puso a hacerle cosquillas y a juguetear con él con mano ardiente, y a mimarle con todos los mimos, y a hacerle entrar en razón, tan pronto con caricias como con golpes; pero tampoco consiguió decidirle a despertarse.
Y acabó por exclamar: "¡Oh mi señor! ¡puede que Alah lo anime!" Y al ver que nada servía de nada, dijo: "¡Oh mi señor! ¿a que no sabes por qué no quiere despertarse el niño de su padre?" El jeique dijo: "¡No, por Alah, que no lo sé!" Ella dijo: "¡Pues porque su padre tiene agujetas!" El jeique preguntó: "¿Y qué hay que hacer ¡oh perspicaz para curar las agujetas!?" Ella dijo: "No te preocupes por eso. ¡Yo sé lo que tengo que hacer!" Y se levantó en aquella hora y en aquel instante, tomó incienso macho, y echándolo en un pebetero se puso a dar fumigaciones a su esposo, como se hace sobre el cuerpo de los muertos, diciendo: "¡Alah resucite a los muertos! ¡Alah despierte a los dormidos!" Y hecho lo cual, cogió un cántaro lleno de agua y empezó a regar al niño de su padre, como se hace con el cuerpo de los muertos antes de amortajarles. Y tras de bañarle así, cogió un pañuelo de muselina y cubrió con él al niño dormido, como se cubre a los muertos con el sudario. Y después de llevar a cabo todas aquellas ceremonias preparatorias de un sepelio, y que ella hacía por simulacro, llamó a las numerosas esclavas que el sultán había puesto a su servicio y al de su esposo, y les mostró lo que tenía que mostrarles del pobre frutero, que estaba tendido inmóvil, con el cuerpo cubierto a medias por el pañuelo y envuelto en una nube de incienso. Y al ver aquello, lanzando gritos de hilaridad y carcajadas, las mujeres echaron a correr por el palacio, contando lo que acababan de ver a todas las que no lo habían visto.
Por la mañana, el sultán, que se había levantado más temprano que de costumbre, envió a buscar a su comensal el frutero, y le formuló los deseos de la mañana, y le preguntó: "¿Cómo se ha pasado la noche, ¡oh jeique!?" Y el felah contó al sultán cuanto le había ocurrido, sin ocultar un detalle. Y el sultán, al oír aquello, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero; luego exclamó: "¡Por Alah, que la joven que de tan oportuna manera ha tratado tus agujetas es una joven dotada de ciencia y de ingenio y de gracia! ¡Y la recupero para mi uso personal!" Y la hizo ir, y le ordenó que le contara lo que había pasado. Y la joven repitió al rey la cosa tal como había sucedido, y le narró con todos sus detalles los esfuerzos que había hecho para disipar el sueño del testarudo niño de su padre, y el tratamiento que acabó por aplicarle sin resultado. Y en el límite del júbilo, el rey se encaró con el felah, y le preguntó: "¿Es verdad eso?" Y el felah hizo con la cabeza un signo afirmativo y bajó los ojos. Y le dijo el rey, riendo a más y mejor: "¡Por mi vida sobre ti, ¡oh jeique! vuelve a contarme lo que ha pasado!" Y cuando el pobre hombre hubo repetido su relato, el sultán se echó a llorar de alegría, y exclamó: "¡Ualah! ¡es cosa prodigiosa!" Luego, como desde el minarete el muezín acababa de llamar a la plegaria, el sultán y el frutero cumplieron sus deberes para con su Creador, y el sultán dijo: "¡Ahora ¡oh jeique de los hombres deliciosos! date prisa a contarme las historias prometidas, para completar mi alegría!" Y el frutero dijo: "¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a nuestro generoso señor!" Y sentándose con las piernas encogidas frente al rey, contó:

HISTORIA DE LOS DOS TRAGADORES DE HASCHISCH

Has de saber ¡oh mi señor y corona de mi cabeza! que en una ciudad entre las ciudades había un hombre que tenía el oficio de pescador y la distracción de tomar haschisch. Y he aquí que cuando había cobrado el producto de una jornada de trabajo, se comía una parte de su ganancia en provisiones de boca y el resto en esa hierba alegre de que se extrae el haschisch. Y tomaba al día tres tomas de haschisch: una se la tragaba por la mañana en ayunas, otra a mediodía y otra al ponerse el sol. Y de tal suerte se pasaba la vida muy alegremente y haciendo extravagancias. Y esto no le impedía ir a su trabajo, que era la pesca; pero con frecuencia lo hacía de una manera muy singular, como vas a ver.
Una tarde, tras de tomar una dosis de haschisch más fuerte que de costumbre, empezó por encender una vela de sebo, y se sentó delante de ella y se puso a hablar consigo mismo, formulándose las preguntas y las respuestas, y disfrutando todas las delicias del ensueño y del placer tranquilo. Y así permaneció mucho tiempo, y sólo le sacaron de su ensueño la frescura de la noche y la claridad de la luna llena. Y dijo entonces, hablando consigo mismo: "¡Eh, amigo, mira! La calle está silenciosa, la brisa es fresca y la claridad de la luna invita al paseo. ¡Harás bien, pues, en salir a tomar el aire y a mirar el aspecto del mundo ahora que las gentes no circulan y no pueden distraerte de tu placer y tu fasto solitario!" Y pensando de este modo, el pescador salió de su casa y encaminó su paseo por el lado del río. Era en el decimocuarto día de la luna, y la noche estaba toda iluminada. Y al mirar reflejado en el piso el disco argénteo, el pescador tomó por agua aquel reflejo de la luna, y su extravagante imaginación le dijo: "Por Alah, ¡oh pescador! hete aquí llegado a orillas del río, y en el ribazo no hay ningún otro pescador. ¡Por tanto, harás bien en ir en seguida a coger tu sedal y volver para ponerte a pescar lo que te depare tu suerte de esta noche!" Así pensó en su locura, y así lo hizo. Y cuando cogió su sedal, fué a sentarse en una escarpadura, y se puso a pescar en medio de la claridad lunar, arrojando el hilo con el anzuelo al caudal blanco reflejado en el piso. Y he aquí que, atraído por el olor de la carne que servía de cebo, un perro enorme fué a arrojarse sobre el sedal, y lo devoró. Y se le clavó el anzuelo en el gaznate, y le molestó tanto, que empezó a dar sacudidas desesperadas para librarse del hilo. Y el pescador, que creía haber cogido un pez monstruoso, tiraba todo lo que podía; y el perro, que sufría de un modo insoportable, tiraba por su parte, lanzando aullidos tremendos; de modo que el pescador, que no quería dejar escapar su presa, acabó por ser arrastrado y rodó por tierra. Y creyendo entonces que iba a ahogarse en el río que le mostraba su haschisch, se puso a dar gritos espantosos, pidiendo socorro. Y al oír aquel ruido, acudieron los guardias del barrio, y el pescador, al verles, les gritó: "¡Socorredme, ¡oh musulmanes! ¡Ayudadme a sacar el monstruoso pez de las profundidades del río, adonde va a arrastrarme! ¡Yalah, yalah! ¡venid aquí, valientes, que me ahogo!" Y los guardias le preguntaron, muy sorprendidos: "¿Qué te ocurre, ¡oh pescador! ? ¿Y de qué río hablas? ¿Y de qué pez se trata?" Y les dijo: "Alah os maldiga, ¡oh hijos de perros! ¿Vais a gastarme ahora bromas o a ayudarme a salvar mi alma del ahogo y a sacar el pez fuera del agua?" Y los guardias, que al principio se rieron de aquella extravagancia, se irritaron contra él al oírle tratarles de hijos de perros, y se arrojaron sobre él, y después de molerle a golpes, le condujeron a casa del kadí.
Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 798ª noche

Ella dijo:
"... Y he aquí que también el kadí, con permiso de Alah, era muy dado al haschisch. Y cuando, a la primera ojeada que dirigió al pescador, comprendió que el hombre a quien los guardias acusaban de haber turbado el reposo del barrio estaba bajo el poder de la alegre droga que tanto consumía él mismo, se apresuró a amonestar severamente a los guardias y a mandarles que se fueran. Y recomendó a sus esclavos que tuvieran mucho cuidado con el pescador y que le dieran una buena cama para que pasase la noche con toda tranquilidad. Y en su fuero interno se prometió tenerle por compañero del placer que pensaba disfrutar al siguiente día.
En efecto, después de pasarse toda la noche en reposo y calma y de llevarse buena vida, al día siguiente, por la noche, fué llamado el pescador a la presencia del kadí, que le recibió con toda cordialidad y le trató como a un hermano. Y tras de cenar con él, se sentó al lado suyo ante las velas encendidas, y ofreciéndole haschisch, se dedicó a tomarlo en su compañía. Y entre ambos consumieron una dosis capaz de derribar con las cuatro patas en alto a un elefante de cien años.
Cuando se disolvió bien el haschisch en su razón, exaltó las disposiciones naturales de sus caracteres. Y quitándose la ropa, se quedaron completamente desnudos, y empezaron a bailar, a cantar y hacer mil extravagancias.
Pero en aquel momento se paseaban por la ciudad el sultán y su visir, disfrazados ambos de mercaderes. Y oyeron todo el ruido que salía de la casa del kadí; y como no estaban cerradas las puertas, entraron y se encontraron al kadí y al pescador en el delirio de la alegría. Y al ver entrar a los huéspedes del destino, el kadí y su compañero dejaron de bailar y les desearon la bienvenida y les hicieron. sentarse con cordialidad, sin que, por lo demás, le azorase su presencia. Y al ver el sultán bailar al kadí de la ciudad todo desnudo frente a un hombre todo desnudo también, y que tenía un zib de longitud interminable y negro y revoltoso, abrió mucho los ojos, e inclinándose al oído de su visir, le dijo: "¡Por Alah! No está nuestro visir tan bien provisto como su negro compañero". Y el pescador se encaró con él, y dijo: "¿Qué estás hablando así al oído de ése? ¡Sentaos ambos, que os lo ordeno yo, vuestro señor, el sultán de la ciudad! Si no, voy a hacer que al instante os rebane la cabeza mi visir el bailarín. ¡Porque supongo no ignoráis que yo soy el sultán en persona, que éste es mi visir, y que en la palma de mi mano derecha tengo, como a un pez, al mundo entero!" Y al oír estas palabras, el sultán y el visir comprendieron que estaban en presencia de dos comedores de haschisch de la variedad más extraordinaria. Y el visir, para divertir al sultán, dijo al pescador. "¿Y desde cuándo ¡oh mi señor! eres sultán de la ciudad? ¿Y podrías decirme qué fué de tu predecesor, nuestro antiguo amo?"
El otro dijo: "La verdad es que le destroné, diciéndole: «¡Vete!» Y se fué. ¡Y me quedé en lugar suyo!"
Y el visir preguntó: "¿Y no protestó el sultán?"
El pescador dijo: "¡Ni siquiera! Incluso se alegró de descargar sobre mi el pesado fardo del reino. Y yo, con objeto de corresponder a sus amabilidades, le guardé conmigo para que me sirviera. ¡Y ya le contaré historias, si algún día se arrepiente de su dimisión!"
Y tras de hablar así, el pescador añadió: "¡Oh, qué ganas tengo de mear!" Y enarbolando su interminable herramienta, se acercó al sultán y se dispuso a desahogarse encima de él. Y por su parte, dijo el kadí: "¡También yo tengo mucha gana de mear!" Y se acercó al visir, y también quiso hacer lo mismo que el pescador. Y al ver aquello, el sultán y el visir, en el colmo de la hilaridad, se levantaron, saltando sobre sus pies, y huyeron, exclamando: "¡Alah maldiga a los comedores de haschisch de vuestra especie!" Y les costó mucho trabajo a ambos escapar de los dos extravagantes compañeros.
Y he aquí que al día siguiente el sultán, que quería poner remate a la diversión de su velada de la víspera, ordenó a los guardias que avisaran al kadí de la ciudad que tenía que presentarse en el palacio con el huésped que albergaba en su casa. Y el kadí, acompañado del pescador, no tardó en llegar entre las manos del sultán, que le dijo: "¡Te he hecho venir con tu compañero, ¡oh representante de la ley! a fin de que me enseñes cuál es el modo más cómodo de mear! ¿Es preciso, en efecto, ponerse en cuclillas, alzándose con cuidado la ropa, como prescribe el rito? ¿O tal vez es preferible hacer como los cochinos descreídos, que mean de pie? ¿O acaso hay que mearse en sus semejantes, poniéndose completamente desnudo, como hicieron anoche dos tragadores de haschisch que yo conozco?"
Cuando el kadí hubo oído estas palabras del sultán -y como, por otra parte, sabía que el sultán tenía costumbre de pasearse disfrazado por la noche-, comprendió que su extravagancia y su delirio de la víspera bien pudieron tener por testigo al propio sultán, y llegó al límite del estremecimiento al pensar que había faltado el respeto al sultán y al visir. Y cayó de rodillas, gritando: "¡Amán! ¡Amán! ¡oh mi señor! ¡fué el haschisch lo que me indujo a la grosería y a la descortesía!"
Pero el pescador, que a causa de las dosis diarias de haschisch que tomaba, continuaba en estado de embriaguez, dijo al sultán: "Bueno, ¿y qué? ¡Si tú estás en tu palacio, nosotros estábamos en el nuestro anoche!"
Y en extremo divertido con los modales del pescador, el sultán le dijo: "¡Oh el más divertido parlanchín de mi reino! ya que tú eres sultán y yo lo soy también, te suplico que en lo sucesivo me hagas compañía en mi palacio. ¡Y puesto que sabes contar historias, supongo que querrás endulzarnos el oído con alguna!"
Y el pescador contestó:
"¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido! ¡Pero no sin que hayas perdonado a mi visir, que está de rodillas a tus pies!" Y el sultán se apresuró a dar orden de levantarse al kadí, y le perdonó su extravagancia de la víspera y le dijo que retornara a su casa y a sus funciones. Y únicamente retuvo consigo al pescador, quien, sin esperar a más, le contó, como sigue, la HISTORIA DEL " KADI PADRE-DEL-CUESCO.”

HISTORIA DEL KADI PADRE-DEL-CUESCO

Cuentan que en la ciudad de Trablús, de Siria, en tiempo del califa Harún Al-Raschid, había un kadí que ejercía las funciones de su cargo con una severidad y un rigor extremados, lo cual era notorio entre los hombres.
Y he aquí que aquel kadí funesto tenía a su servicio a una vieja negra de piel ruda y endurecida como el cuero de un búfalo del Nilo. Y era ella la única mujer que poseía en su harén. ¡Alah le rechace de Su misericordia! Porque aquel kadí era de una mezquindad extremada, a la que sólo podía igualar su rigor en los juicios que fallaba. ¡Alah le maldiga! Y aunque era rico, no vivía más que de pan duro y cebollas. Y no obstante, estaba lleno de ostentación y se avergonzaba de su avaricia pues quería siempre dar prueba de fasto y de generosidad, por más que viviese con la economía de un camellero próximo a agotar sus provisiones. Y para hacer creer en un lujo que su casa ignoraba, tenía la costumbre de cubrir el taburete de comer con un mantel adornado de franjas de oro. Y de tal suerte, cuando, por casualidad, entraba alguien para cualquier asunto a la hora de la comida, el kadí no dejaba de llamar a su negra y de decirle en voz alta: "¡Pon el mantel de franjas de oro!" Y pensaba que así hacía creer a la gente que su mesa era suntuosa y que los manjares equivalían en bondad y en cantidad a la hermosura del mantel con franjas de oro. Pero jamás había sido invitado nadie a una de aquellas comidas servidas en el mantel espléndido; y nadie, por el contrario, ignoraba la verdad con respecto a la avaricia sórdida del kadí. De modo que, por lo general, se decía cuando se había comido mal en un festín: "¡Lo han servido en el mantel del kadí!"
Y así, aquel hombre, a quien Alah había dotado de riquezas y de honores, vivía una vida que no contentaría a los perros de la calle. ¡Confundido sea por siempre!
Un día, algunas personas que querían inclinarle en favor suyo en cierto juicio, le dijeron: "¡Oh nuestro amo el kadí! ¿por qué no tomas esposa? ¡Porque la vieja negra que tienes en tu casa no es digna de tus méritos!"
Y contestó él: "¿Quiere buscarme mujer alguno de vosotros?" Y contestó uno de los presentes: "¡Oh amo nuestro! yo tengo una hija muy bella, y honrarías a tu esclavo si quisieras tomarla por esposa". Y el kadí aceptó la oferta; y en seguida se celebró el matrimonio; y aquella misma noche se condujo a la joven a casa de su esposo. Y la tal joven estaba muy asombrada de que no se le preparase comida, ni siquiera se le preguntara acerca del particular; pero, como era discreta y muy reservada, no hizo ninguna reclamación, y queriendo conformarse a las costumbres de su esposo, procuró distraerse. En cuanto a los testigos de la boda y a los invitados, presumían que aquella unión del kadí daría lugar a alguna fiesta, o por lo menos a una comida; pero fueron vanas sus esperanzas, y transcurrieron las horas sin que el kadí invitase a nadie.
Y se retiró cada cual maldiciendo al destino.
Volviendo a la recién casada, es el caso que, después de haber sufrido cruelmente con aquel ayuno tan riguroso y tan prolongado, por fin oyó a su esposo llamar a la negra de piel de búfalo y ordenarle que colocara el taburete de comer, poniendo el mantel de franjas de oro y los ornamentos mejores. Y la infortunada creyó entonces que por fin iba a resarcirse del ayuno penoso a que acababa de ser condenada, ella, que en casa de su padre había vivido siempre nadando en la abundancia, en el lujo y en el bienestar. Pero ¡ay de ella! ¿qué sentiría cuando la negra llevó, por toda bandeja de manjares, una fuente con tres pedazos de pan negro y tres cebollas? Y como no se atreviera ella a hacer un movimiento ni se explicase aquello, el kadí cogió con cierto sentimiento un pedazo de pan y una cebolla, dió una parte igual a la negra, e invitó a su joven esposa a hacer honor al festín, diciéndole: "¡No temas abusar de los dones de Alah!" Y empezó a comer él mismo con una prisa que denotaba hasta qué punto saboreaba la excelencia de aquella comida. Y también la negra se tragó de un bocado la cebolla, única comida del día. Y la pobre esposa, burlada, trató de hacer lo que ellos; pero, como estaba acostumbrada a los manjares más delicados, no pudo tragar bocado. Y acabó por levantarse de la mesa en ayunas, maldiciendo en su alma la negrura de su destino. Y de tal suerte transcurrieron tres días de abstinencia, con el mismo llamamiento a la hora de comer, los mismos adornos hermosos en la mesa, el mismo mantel de franjas de oro, el pan negro y las tristes cebollas. Pero, al cuarto día, el kadí oyó unos gritos terribles ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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