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55 Las llaves del destino

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LAS LLAVES DEL DESTINO

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que el califa Mohammad ben-Theilún, sultán de Egipto, era un soberano tan mesurado y bueno como cruel y opresor fué su padre Theilún. Porque, lejos de obrar como éste, torturando a sus súbditos con objeto de que pagasen tres y cuatro veces los mismos impuestos, y haciendo que les administrasen palizas para obligarles a desenterrar los pocos dracmas que guardaban bajo tierra por temor a los recaudadores, se apresuró a hacer que renaciera la tranquilidad y de nuevo se aposentara entre su pueblo la justicia. Y los tesoros que su padre Theilún había acumulado a fuerza de violencia los empleaba él en proteger a los poetas y a los sabios, en recompensar a los valientes y en acudir en ayuda de los pobres y de los desgraciados. Así es que Alah el Retribuidor hizo que todo saliese bien bajo el reinado bendito de aquel rey; pues jamás fueron tan regulares y abundantes las crecidas del Nilo, jamás las mieses fueron tan ricas y multiplicadas, jamás estuvieron tan verdes los campos de alfalfa y de altramuz y jamás los mercaderes vieron afluir a sus tiendas tanto oro.
Un día entre los días el sultán Mohammad hizo ir a su presencia a todos los dignatarios de su palacio para interrogarles, por turno, acerca de sus funciones, de sus servicios pretéritos y de la paga que recibían del tesoro. Porque de tal suerte quería enterarse por sí mismo de su conducta y de sus medios de existencia, diciéndose: "Si veo que alguno tiene un empleo penoso y una paga ligera, disminuiré su trabajo y aumentaré su sueldo pero si veo que uno tiene una paga considerable y un empleo fácil, disminuiré su sueldo y aumentaré su trabajo".
Y los primeros que se presentaron entre sus manos fueron sus visires, que eran cuarenta, todos ancianos venerables, con luengas barbas blancas y rostro marcado por la sabiduría. Y llevaban a la cabeza tiaras enturbantadas, enriquecidas con piedras preciosas; y se apoyaban en largas pértigas con remate de ámbar, signo de su poder. Luego llegaron los walíes de provincias, los jefes del ejército y cuantos, de cerca o de lejos, tenían que mantener la tranquilidad y hacer justicia. Y unos tras de otros, se arrodillaron y besaron la tierra entre las manos del califa, que les interrogó largamente, y les retribuyó o destituyó con arreglo a lo que opinaba de sus méritos.
Y el último que se presentó fué el eunuco portaalfanje, ejecutor de la justicia. Y aunque estaba gordo, como hombre bien alimentado que no tiene nada que hacer, ofrecía un aspecto muy triste y en vez de ir orgullosamente con su alfanje desnudo al hombro, llevaba la cabeza baja y tenía el alfanje envainado. Y cuando estuvo entre las manos del sultán Mohammad ben-Theilún, besó la tierra y dijo: "¡Oh señor nuestro y corona de nuestra cabeza! ¡he aquí que por fin va a lucir el día de la justicia para el esclavo ejecutor de la justicia! ¡Oh mi señor, oh rey del tiempo! desde la muerte de tu difunto padre, el sultán Theilún (¡Alah lo tenga en Su misericordia!), he visto disminuir día por día las ocupaciones de mi cargo y desaparecer el provecho que me proporcionaban. Y mi vida, que antaño era dichosa, transcurre ahora aburrida e inútil. Y si el Egipto continúa de tal suerte gozando de tranquilidad y de abundancia, corro mucho riesgo de morirme de hambre, no dejando ni siquiera lo preciso para que me compren un sudario (¡Alah prolongue la vida de nuestro señor!)".
Cuando el sultán Mohammad ben-Theilún hubo oído estas palabras de su portaalfanje, reflexionó durante un buen rato, y comprendió que tales quejas eran justificadas, porque el provecho mayor que su cargo le producía al verdugo no procedía de su paga, que era poco considerable, sino de los dones y herencias que sacaba de quienes ejecutaba.
Y exclamó: "¡De Alah venimos y a El retornaremos! ¡Verdad es que la dicha de todos es una ilusión, y que lo que ocasiona la alegría de uno hace correr las lágrimas de otro! ¡Oh portaalfanje! ¡tranquiliza tu alma y refresca tus ojos, pues en adelante, para ayudarte a subsistir, ahora que casi no se retribuyen tus funciones, recibirás cada año doscientos dinares de emolumentos! ¡Y haga Alah que, durante todo mi reinado permanezca siendo tu alfanje tan inútil como lo es en este momento y se cubra con el orín pacífico de reposo!" Y el portaalfanje besó la orla del traje del califa y se volvió a su sitio. He narrado lo anterior para demostrar qué soberano tan justo y clemente era el sultán Mohammad.
Cuando ya iba a levantarse la sesión, el sultán divisó, detrás de las filas de dignatarios, a un jeique de edad, con la cara llena de arrugas y cargado de espaldas, que aun no había sido interrogado. Y le hizo seña de que se acercara, y le preguntó cuál era su empleo en el palacio. Y el jeique contestó: "¡Oh rey del tiempo! mi empleo se reduce sencillamente a vigilar un cofrecillo que me fué entregado; para su custodia, por tu padre el difunto sultán. ¡Y por este empleo se me dan del tesoro todos los meses diez dinares de oro!" Y el sultán Mohammad se asombró de aquello, y dijo: "¡Oh jeique! ¡ése es un sueldo muy crecido para un empleo tan descansado! Pero ¿qué hay en el cofrecillo?" El otro contestó: "¡Por Alah, ¡oh señor nuestro! que hace cuarenta años que lo guardo, e ignoro lo que contiene!" Y dijo el sultán: "¡Ve a traerlo cuanto antes!" Y el jeique se apresuró a ejecutar la orden.
Y he aquí que el cofrecillo que el jeique llevó al sultán era de oro macizo y estaba ricamente labrado. Y por orden del sultán, lo abrió el jeique por primera vez. Pero no contenía más que un manuscrito trazado con letras brillantes sobre piel de gacela teñida de púrpura. Y en el fondo había un poco de tierra roja.
Y el sultán cogió el manuscrito de piel de gacela, que estaba escrito en caracteres brillantes, y quiso leer lo que decía. Pero, aunque se hallaba muy versado en la escritura y en las ciencias, no pudo descifrar ni una sola palabra de los caracteres desconocidos que había trazados en él. Y ni los visires ni los ulemas que estaban presentes lograron un resultado mejor. Y el sultán hizo ir, unos tras otros, a todos los sabios afamados de Egipto, Siria, Persia e Indias; pero ninguno de ellos pudo decir siquiera en qué lenguaje estaba escrito aquel manuscrito. Porque, por lo general, los sabios no son más que pobres ignorantes con sus grandes turbantes por toda ciencia.
Entonces el sultán Mohammad hizo publicar por todo el imperio que otorgaría la mayor de las recompensas a quien pudiera solamente indicarle un hombre lo bastante instruido para descifrar los desconocidos caracteres.
Poco tiempo después de la publicación de aquel aviso; se presentó en la audiencia del sultán un anciano de turbante blanco, y después de obtener permiso para hablar, dijo: "¡Alah prolongue la vida de nuestro amo el sultán! ¡El esclavo que está entre tus manos es un antiguo servidor de tu padre, el difunto sultán Theilún, y hoy mismo acaba de volver del destierro a que había sido condenado! ¡Alah tenga en su compasión al difunto, que me condenó a verme relegado! ¡Pero me presento entre tus manos ¡oh señor soberano nuestro! para decirte que sólo un hombre puede leer el manuscrito de piel de gacela! Y es su dueño legítimo, el jeique Hassán Abdalah, hijo de El-Aschar, que hace cuarenta años fué arrojado a un calabozo por orden del difunto sultán. ¡Y sólo Alah sabe si gemirá él allá aún o si estará muerto!" Y el sultán preguntó: "¿Por qué motivo se encerró en un calabozo al jeique Hassan Abdalah?"
El otro contestó: "¡Porque el difunto sultán quería obligar por fuerza al jeique a leerle el manuscrito, después que le desposeyó de él!"
Al oír estas palabras, el sultán Mohammad al punto envió a los jefes de los guardias a visitar todas las prisiones, con la esperanza de encontrar en ellas al jeique Hassán Abdalah vivo todavía, y hacerle salir de allí. Y quiso la suerte que aún estuviese vivo el jeique. Y los jefes de los guardias, por orden del sultán, le vistieron con un traje de honor, y le llevaron entre las manos de su amo. Y el sultán Mohammad vió que el prisionero era un hombre de aspecto venerable y de rostro dolorido por los sufrimientos. Y se levantó en honor suyo, y le rogó que perdonara el injusto trato que le había hecho sufrir su padre, el califa Theilún. Luego le hizo sentarse junto a él, y entregándole el manuscrito de piel de gacela, le dijo: "¡Oh venerable jeique! ¡no quiero guardar por más tiempo este objeto que no me pertenece, aunque por él poseyera todos los tesoros de la tierra!"
Al oír estas palabras del sultán, el jeique Hassán Abdalah vertió abundantes lágrimas, y volviendo hacia el cielo las palmas de las manos, exclamó: "¡Señor, fuente de toda sabiduría eres Tú, que en el mismo suelo haces brotar el veneno y la planta salutífera! ¡En el fondo de un calabozo pasé cuarenta años de mi vida, y he aquí que es al hijo de mi opresor a quien ahora tengo que agradecer el morir al sol! ¡Señor, loores y gloria a Ti, cuyos decretos son insondables!"
Luego se encaró con el sultán, y dijo: "¡Oh amo, nuestro soberano! ¡lo que rehusé a la violencia se lo concedo a la bondad! ¡Este manuscrito, para la posesión del cual arriesgué varias veces mi vida, te pertenece como propiedad legítima en lo sucesivo! ¡Es el principio y fin de toda ciencia, y el único bien que traje de la ciudad de Scheddad ben-Aad, la ciudad misteriosa donde no puede entrar ningún humano, Aram-de-las-columnas!"
El califa abrazó al anciano, y le dijo: "¡Oh padre mío! ¡por favor, apresúrate a decirme lo que sepas con respecto a ese manuscrito de piel de gacela y a la ciudad de Scheddad ben-Aad, Aram-de-las-columnas!" Y contestó el jeique Hassán Abdalah: "¡Oh rey! la historia de este manuscrito es la historia de toda mi vida. ¡Y si estuviera escrita con agujas en el ángulo interior del ojo, serviría de lección a quien la leyera con respeto!" Y contó:
"Has de saber ¡oh rey del tiempo! que mi padre era uno de los mercaderes más ricos y más respetados de El Cairo. Y yo soy su hijo único. Y mi padre no escatimó nada para mi instrucción, y me dio los mejores maestros de Egipto. Así que a los veinte años ya era yo famoso entre los ulemas por mi saber y mis conocimientos en los libros de los antiguos. Y queriendo regocijarme con mis bodas, mi padre y mi madre me dieron por esposa a una joven virgen de ojos llenos de estrellas, de talle flexible y gracioso, y gacela por la elegancia y la ligereza. Y mis bodas fueron magníficas. Y pasé con mi esposa días de tranquilidad y noches de ventura. Y de tal suerte viví diez años tan hermosos como la primera noche nupcial.
Pero ¡oh mi señor! ¿quién puede saber lo que le reserva la suerte del mañana? Al cabo de aquellos diez años, que pasaron como el sueño de una noche tranquila, fuí presa del Destino, y todos los azotes cayeron a la vez sobre la dicha de mi casa. Porque en el transcurso de unos días, la peste hizo perecer a mi padre, el fuego devoró mi casa y las aguas del mar se tragaron a los navíos que traficaban a lo lejos con mis riquezas. Y pobre y desnudo como el niño al salir del seno de su madre, no tuve más recurso que la misericordia de Alah y la piedad de los creyentes. Y hube de frecuentar el patio de las mezquitas con los mendigos de Alah; y vivía en la compañía de los santones de hermosas palabras. Y en los días peores me ocurría con frecuencia volver sin un pedazo de pan a mi albergue, y después de haber ayunado toda la jornada, no tener nada que comer por la noche. Y sufría en extremo con mi propia miseria y la de mi madre, de mi esposa y de mis hijos.
Un día en que Alah no había enviado ninguna limosna a su mendigo, mi esposa se quitó su último vestido y me lo entregó llorando, y me dijo: "Ve a ver si lo vendes en el zoco, a fin de comprar a nuestros hijos un pedazo de pan". Y cogí el vestido de la mujer, y salí para ir a venderlo a la salud de nuestros hijos ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 789ª noche

Ella dijo:
"... Y cogí el vestido de la mujer, y salí para ir a venderlo a la salud de nuestros hijos. Y cuando me dirigía al zoco, me encontré con un beduino montado en una camella roja. Y al verme, el beduino paró de repente a su camella, la hizo arrodillarse, y me dijo: "La zalema contigo, ¡oh hermano mío! ¿No podrías indicarme la casa de un rico mercader que se llama el jeique Hassán Abdalah, hijo de Al-Achar?" Y Yo ¡oh mi señor! tuve vergüenza de mi pobreza, aunque la pobreza, como la riqueza, nos viene de Alah, y contesté, bajando la cabeza: "Y contigo la zalema y la bendición de Alah, ¡oh padre de los árabes! ¡Pero en El Cairo, que yo sepa, no hay ningún hombre con el nombre que acabas de pronunciar!" Y quise continuar mi camino. Pero el beduino se apeó de su camella, y tomando mis manos en las suyas, me dijo, con acento de reproche: "Alah es grande y generoso, ¡oh hermano mío! ¿Acaso no eres tú el jeique Hassán Abdalah, hijo de Al-Achar? ¿Y es posible que te desentiendas del huésped que Alah te envía, ocultando tu nombre?" Entonces yo, en el límite de la confusión, no pude contener mis lágrimas, y rogándole que me perdonara, le cogí las manos para besárselas; pero no quiso dejarme hacer, y me estrechó en sus brazos, como haría un hermano con su hermano. Y le conduje a mi casa.
Y mientras de aquel modo caminaba con el beduino, que llevaba del ronzal a su camella, mi corazón y mi espíritu estaban torturados por la idea de no tener nada para agasajar al huésped. Y cuando llegué, me apresuré a contar a la hija de mi tío el encuentro que acababa de tener; y ella me dijo: "¡El extranjero es el huésped de Alah, y para él será incluso el pan de los hijos! Vuélvete, pues, a vender el traje que te di, y con el dinero que por ello saques compra con qué alimentar a nuestro huésped. ¡Y si deja sobras, nos las comeremos nosotros!" Y para salir, tenía yo que pasar por el vestíbulo en que había dejado al beduino. Y como ocultara yo el traje, me dijo él: "¿Qué llevas entre la ropa, hermano mío?" Y contesté, bajando la cabeza, confuso: "¡Nada!" Pero él insistió, diciendo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! te suplico me digas qué llevas escondido entre las vestiduras!" Y contesté, muy azorado: "¡Es el traje de la hija de mi tío, que se lo llevo a nuestro vecina, la cual tiene el oficio de remendar trajes!" Y el beduino insistió aún, y me dijo: "Déjame ver ese traje, ¡oh hermano mío!" Y ruborizándome, le enseñé el traje; y exclamó él: "¡Alah es clemente y generoso, oh hermano mío! ¡Lo que ibas a hacer ahora era vender en subasta el traje de tu esposa, madre de tus hijos, para cumplir con el extranjero los deberes de hospitalidad!" Y me abrazó, y me dijo: "¡Toma, ya Hassán Abdalah, aquí tienes diez dinares de oro, que proceden de Alah, a fin de que los gastes y nos compres con ellos lo preciso para nuestras necesidades y las de tu casa!" Y no pude rechazar la oferta del huésped, y cogí las monedas de oro. Y en mi casa entraron el bienestar y la abundancia. Y he aquí que, a diario, me entregaba el beduino la misma suma, y por orden suya la gastaba yo de la misma manera. Y duró aquello quince días.
Y glorifiqué al Retribuidor por sus beneficios.
Y he aquí que, a la mañana del decimosexto día, mi huésped el beduino me dijo, después de las zalemas: "Ya Hassán Abdalah, ¿quieres venderte a mí?" Y yo le contesté: "¡Oh mi señor! ¡ya soy tu esclavo, y te pertenezco por agradecimiento!" Pero me dijo él: "¡No Hassán Abdalah, no es eso lo que quiero decirte! Al preguntarte si te vendes a mí, es porque deseo comprarte realmente. ¡Así es que no voy a regatear tu venta, y te dejo que tú mismo fijes el precio en que quieres venderte!"
Ni por un instante dudé de que hablara en broma, y contesté, burlándome: "El precio de un hombre libre ¡oh mi señor! está fijado por el Libro en mil dinares, si se le mata de un solo golpe. ¡Pero si se hacen varias intentonas para matarle, produciéndole dos o tres o cuatro heridas o si se le corta en pedazos, entonces su precio llega a mil quinientos dinares!"
Y me dijo el beduino: "¡No hay inconveniente, Hassán Abdalah! ¡te pagaré esta última suma, si consientes en tu venta!" Y comprendiendo entonces que mi huésped no bromeaba, sino que estaba seriamente decidido a comprarme, pensé para mi ánima: "Alah es quien te envía este beduino para salvar a tus hijos del hambre y de la miseria, ya jeique Hassán! ¡Si tu destino es ser cortado en pedazos, no te escaparás de él!" Y contesté: "¡Oh hermano árabe, acepto mi venta! ¡Pero permíteme solamente consultar acerca de ello a mi familia!" Y me contestó: "¡Está bien!" Y me dejó y salió para dedicarse a sus asuntos.
Y he aquí ¡oh rey del tiempo! que fui en busca de mi madre, de mi esposa y de mis hijos, y les dije: "¡Alah os salva de la miseria!" Y les conté la proposición del beduino. Y al oír mis palabras, mi madre y mi esposa se maltrataron el rostro y el pecho, exclamando: "¡Oh calamidad sobre nuestra cabeza! ¿Qué quiere hacer de ti ese beduíno?" Y corrieron a mí los niños y se cogieron a mis ropas. Y lloraban todos. Y añadió mi esposa, que era prudente y de buen consejo: "¿Quién sabe si ese beduíno maldito, como te opongas a tu venta, reclamará lo que ha gastado aquí? Así es que, para que no te pille desprevenido, es preciso que vayas cuanto antes en busca de alguien que consienta en comprar esta miserable casa, última hacienda que te queda, y con el dinero que te produzca pagarás a ese beduino. Y de tal suerte no le deberás nada, y quedará libre tu persona". Y estalló en sollozos, pensando ver ya a nuestros hijos sin asilo, en la calle. Y yo me puse a reflexionar acerca de la situación, y ya estaba en el límite de la perplejidad. Y pensaba de continuo: "¡Oh Hassán Abdalah! ¡no desaproveches la ocasión que Alah te depara! ¡Con la suma que te ofrece el beduíno por tu venta aseguras el pan de tu casa!"
Luego pensé: "¿Pero por qué quiere él comprarte? ¿Y qué quiere hacer de ti? ¡Si aun fueras joven e imberbe! Pero si tienes la barba como la cola de Agar, y ni siquiera tentarías a un indígena del Alto Egipto! ¡Por lo visto, quiere matarte poco a poco, ya que te paga con arreglo a la segunda condición!"
Sin embargo, cuando, al caer la tarde, regresó a casa el beduino, yo había tomado mi partido y tenía decidido lo que había de hacer. Y le recibí con cara sonriente, y después de las zalemas, le dije: "¡Te pertenezco!" Entonces se desató el cinturón, sacó de él mil quinientos dinares de oro, y me los contó, diciendo: "¡Ruega por el Profeta, ya Hassán Abdalah!" Y contesté: "¡Con él la plegaria, la paz y las bendiciones de Alah!" Y me dijo: "Pues bien, hermano mío, ahora que te vendiste, puedes estar sin temor, porque tu vida será salva y tu libertad completa. Al hacer tu adquisición solamente deseé tener un compañero agradable y fiel en el largo viaje que quiero emprender. Porque ya sabes que el Profeta (¡Alah lo tenga en su gracia!) ha dicho: "¡Un compañero es la mejor provisión para el camino!"
Entonces entré muy alegre en el aposento donde se hallaban mi madre y mi esposa, y puse delante de ellas, en la estera, los mil quinientos dinares de mi venta. Y al ver aquello, sin querer escuchar mis explicaciones, empezaron ellas a lanzar gritos estridentes, mesándose los cabellos y lamentándose, como se hace junto al ataúd de los muertos. Y exclamaban: "¡Es el precio de la sangre! ¡Qué desgracia! ¡que desgracia! ¡Jamás tocaremos el precio de tu sangre! ¡Antes morir de hambre con los niños!" Y al ver la inutilidad de mis esfuerzos para calmarlas, las dejé un rato para que desahogaran su dolor. Luego me puse a hacerles razonamientos, jurándoles que el beduino era un hombre de bien con intenciones excelentes; y acabé por conseguir que amenguaran un poco sus lamentos. Y me aproveché de aquella calma para besarlas, así como a los niños, y decirles adiós. Y con el corazón dolorido, las dejé bañadas en las lágrimas de la desolación. Y abandoné la casa en compañía de mi amo el beduino.
Y en cuanto estuvimos en el zoco de las acémilas, por indicación suya compré una camella conocida por su rapidez. Y por orden de mi amo llené los sacos de provisiones necesarias para un viaje largo. Y terminados todos nuestros preparativos, ayudé a mi amo a montar en su camella, monté yo en la mía, y después de invocar el nombre de Alah nos pusimos en camino.
Y viajamos sin interrupción, y pronto ganamos el desierto, en donde no había más presencia que la de Alah, y en donde no se veía huella de viajeros en la movible arena. Y mi amo el beduino se guiaba, en aquellas inmensidades, por indicaciones conocidas sólo de él y de su cabalgadura. Y así caminamos, bajo un sol abrasador, durante diez días, cada uno de los cuales me pareció más largo que una noche de pesadillas.
Al undécimo día por la mañana llegamos a una llanura inmensa, cuyo suelo brillante parecía formado de pepitas de plata...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 790ª noche

Ella dijo:
"... Al undécimo día por la mañana llegamos a una llanura inmensa, cuyo suelo brillante parecía formado de pepitas de plata. Y en medio de aquella llanura se elevaba una alta columna de granito. Y en lo alto de la columna se erguía un joven de cobre rojo, que tenía la mano derecha extendida y abierta, con una llave colgando de cada uno de sus cinco dedos. Y la primera llave era de oro, la segunda de plata, la tercera de cobre chino, la cuarta de hierro y la quinta de plomo. Y cada una de estas llaves era un talismán. Y el hombre que se apropiara de cada una de aquellas llaves tenía que sufrir la suerte que iba aneja a ella. Porque eran las llaves del Destino: la llave de oro era la llave de las miserias, la llave de plata la de los sufrimientos, la llave de cobre chino la de la muerte, la llave de hierro la de la gloria y la llave de plomo la de la sabiduría y de la dicha.
Pero yo ¡oh mi señor! en aquel tiempo ignoraba estas cosas que mi amo era solo en conocer. Y mi ignorancia fué causa de todas mis desventuras. Pero las desventuras, como las venturas, nos vienen de Alah el Retribuidor. Y la criatura debe aceptarlas con humildad.
El caso es ¡oh rey del tiempo! que, cuando llegamos al pie de la columna, mi amo el beduino hizo arrodillarse a su camella y echó pie a tierra. Y yo hice lo que él. Y allá mi amo sacó de su carcaj un arco de forma extraña, y puso en él una flecha. Y tendió el arco y lanzó la flecha al joven de cobre rojo. Pero, sea por torpeza real, sea por torpeza fingida, la flecha no dió en el blanco. Y entonces me dijo el beduino: "Ya Hassán Abdalah, ahora es cuando puedes rescatarte conmigo, y si quieres, comprar tu libertad. Porque sé que eres fuerte y listo, y sólo tú podrás dar en el blanco. ¡Coge, pues, este arco y procura tirar esas llaves!"
Entonces, ¡oh mi señor! feliz yo de poder pagar mi deuda y rescatar mi libertad a aquel precio, no vacilé en obedecer a mi amo. Y cogí el arco, y al examinarle, observé que era de fabricación india y había salido de manos de un obrero hábil. Y deseoso de mostrar a mi amo mi saber y mi destreza, estiré el arco con fuerza y di en la mano del joven de la columna. Y a la primera flecha hice caer una llave: y era la llave de oro. Y muy orgulloso y alegre, la recogí y se la presenté a mi amo. Pero no quiso cogerla, y me dijo, rechazándola: "¡Guárdatela para ti ¡oh pobre! como premio por tu destreza!" Y le di las gracias, y me metí en el cinturón la llave de oro. Y no sabía que era la llave de las miserias.
Luego, al segundo tiro, hice caer otra llave, que era la llave de plata. Y el beduino no quiso tocarla, y yo me la guardé en el cinturón con la primera. Y no sabía que era la llave de los sufrimientos.
Tras de lo cual, con otras dos flechas, descolgué dos llaves más: la llave de hierro y la llave de plomo. Y una era la de la gloria, y otra la de la sabiduría y la dicha. Pero yo no lo sabía. Y sin darme tiempo a recogerlas, mi amo se apoderó de ellas, lanzando exclamaciones de alegría y diciendo: "¡Bendito sea el seno que te ha llevado!, ¡oh Hassán Abdalah! ¡Bendito sea quien adiestró tu brazo y ejercitó tu golpe de vista!" Y me estrechó en sus brazos, y me dijo: "¡En adelante eres tu  propio amo!" Y le besé la mano, y de nuevo quise devolverle la llave de oro y la llave de plata. Pero las rehusó, diciendo: "¡Para ti!"
Entonces saqué del carcaj la quinta flecha, y me apercibí a tirar la última llave, la de cobre chino, que no sabía era la llave de la muerte. Pero mi amo se opuso vivamente a mi propósito, deteniéndome el brazo y exclamando: "¿Qué vas a hacer, desgraciado?" Y muy aturdido, dejé caer inadvertidamente la flecha a tierra. Y precisamente se me clavó en el pie izquierdo y me le atravesó, haciéndome una herida dolorosa. ¡Y aquello fué el principio de mis desventuras!
Cuando mi amo, afligido por aquel accidente que hubo de sobrevenirme, me curó la herida como mejor pudo, ayudme a montar en mi camella. Y proseguimos nuestro camino.
Después de tres días y tres noches de una marcha muy penosa a causa del pie herido, llegamos a una pradera, donde nos detuvimos para pasar la noche. Y en aquella pradera había árboles de una especie que yo no había visto nunca. Y aquellos árboles ostentaban hermosos frutos maduros, cuya apariencia, fresca y encantadora, excitaba la mano a cogerlos. Y yo, acuciado por la sed, me arrastré hasta uno de aquellos árboles, y me apresuré a coger uno de aquellos frutos. Y era de un color rojo dorado y de un perfume delicioso. Y me lo llevé a la boca y lo mordí. Y he aquí que clavé los dientes con tanta fuerza, que no pude desencajar las mandíbulas. Y quise gritar, pero de mi boca no salió más que un sonido inarticulado y sordo. Y sufría horriblemente. Y eché a correr de un lado para otro con mi pierna coja y con el fruto cogido entre mis mandíbulas encajadas, y empecé a gesticular como un loco. Luego me tiré al suelo con los ojos fuera de las órbitas.
Entonces mi amo el beduino, al verme en aquel estado, se asustó mucho al principio. Pero cuando comprendió la causa de mi tormento, se acercó a mí e intentó desencajarme las mandíbulas. Pero sus esfuerzos sólo sirvieron para aumentar mi mal. Y al ver aquello, me dejó y fué a recoger al pie de los árboles algunos de los frutos caídos. Y los contempló atentamente, y acabó por escoger uno y tirar los demás. Y volvió conmigo y me dijo: "¡Mira este fruto, Hassán Abdalah! ¡Ya ves los insectos que lo roen y lo destruyen! Pues bien; estos insectos van a servir de remedio para tu mal. ¡Pero se necesitan calma y paciencia!" Y añadió: "¡Porque he calculado que, poniendo en el fruto que obstruye tu boca alguno de estos insectos, se dedicarán o roerlo, y en dos o tres días, a lo más, estarás libre!" Y como se trataba de un hombre de experiencia, le dejé hacer, pensando: "¡Ya Alah! ¡tres días y tres noches de semejante suplicio! ¡Oh! ¡preferible la muerte!" Y sentándose a la sombra junto a mí, mi amo hizo lo que había dicho, llevando al fruto maldito los insectos salvadores. Y en tanto que los insectos roedores comenzaban su obra, mi amo sacó de su saco de provisiones dátiles y pan seco, y se puso a comer. Y de cuando en cuando se interrumpía para recomendarme paciencia, diciéndome: "¿Ves, ya Hassán, cómo tu glotonería me detiene en mi camino y retrasa la ejecución de mis proyectos? ¡Pero soy prudente y no me atormento con exceso por este contratiempo! ¡Haz como yo!" Y se dispuso a dormir, y me aconsejó que hiciese lo propio.
Pero ¡ay! que me pasé sufriendo la noche y el día siguiente. Y aparte los dolores de mis mandíbulas y de mi pie, estaba torturado por la sed y el hambre. Y para consolarme, el beduino me aseguraba que adelantaba el trabajo de los insectos. Y de tal suerte me hizo tener paciencia hasta el tercer día. Y por la mañana de aquel tercer día al fin sentí que se me desencajaban las mandíbulas. E invocando y bendiciendo el nombre de Alah, tiré el fruto maldito con los insectos salvadores.
Entonces, libre ya, mi primer cuidado fué registrar el saco de provisiones y palpar el odre que contenía el agua. Pero observé que mi amo lo había agotado todo en los tres días que duró mi suplicio, y me eché a llorar, acusándole de mis sufrimientos. Pero él, sin alterarse, me dijo con dulzura: "Eres injusto, Hassán Abdalah. ¿Acaso también yo iba a dejarme morir de hambre y de sed? ¡Pon, pues, tu confianza en Alah y en Su Profeta, y levántate en busca de un manantial donde aplacar tu sed!"
Y entonces me levanté y me dediqué a buscar agua o alguna fruta que me fuese conocida. Pero no había allí otros frutos que los de la especie perniciosa cuyos efectos hube de experimentar. Por fin, a fuerza de pesquisas, acabé por descubrir en el hueco de una roca un pequeño manantial de agua brillante y fresca, que invitaba a aplacar la sed.
Y me puse de rodillas, ¡y bebí, y bebí, y bebí! Y me detuve un instante, y seguí bebiendo. Tras de lo cual, un poco calmado, consentí en ponerme en camino, y seguí a mi amo, que ya se había alejado en su camella roja. Pero no habría dado cien pasos mi cabalgadura, cuando sentí que me acometían retorcijones tan violentos, que creí tener en las entrañas todo el fuego del infierno. Y me puse a gritar: ¿Oh madre mía! ¡Ya Alah! ¡Oh madre mía!" Y en vano traté de moderar el paso de mi camella que, a grandes zancadas, corría con toda su velocidad en pos de su rápida compañera. Y con los saltos que daba y el vaivén de su paso, se hizo tan intenso mi suplicio que empecé a dar aullidos espantosos y a lanzar tales imprecaciones contra mi camella, contra mí mismo y contra todo, que acabó por oírme el beduino, y retrocediendo hasta mí, me ayudó a parar mi camella y a echar pie a tierra. Y me acurruqué en la arena, y -dispensa esta confianza a tu esclavo, ¡oh rey del tiempo!- di libre curso al torrente que llevaba dentro. Y sentí como si se me desgarrasen todas las entrañas. Y en mi pobre vientre se levantó una tempestad completa, con todos los truenos de la Creación, mientras mi amo el beduino me decía: "¡Ya Hassán Abdalah, ten paciencia!" Y a consecuencia de todo aquello, caí desmayado en el suelo.
No sé cuánto tiempo duró mi desmayo. Pero cuando volví en mí, me vi otra vez a lomos de la camella, que seguía a su compañera. Y era por la tarde. Y se ponía el sol detrás de una montaña alta, al pie de la cual llegábamos. Y nos paramos a descansar. Y mi amo dijo: "¡Loado sea Alah, que no permite que nos quedemos en ayunas hoy! ¡Pero no te preocupes tú de nada, y estate tranquilo, pues mi experiencia del desierto y de los viajes me hará encontrar un alimento sano y refrescante donde tú no podrías recoger más que venenos!" Y tras de hablar así, fué al matorral formado por plantas de hojas apretadas, carnosas y cubiertas de espinas, poniéndose a cortar con un sable algunas de ellas. Y las mondó, y extrajó una pulpa amarilla y azucarada, parecida, en el sabor, a la de los higos. Y me dió cuanta quise; Y comí hasta que estuve harto y refrescado.
Entonces empecé a olvidar un poco mis sufrimientos; y confié en pasar por fin la noche tranquilamente en un sueño, de cuyo sabor hacía tanto tiempo que no me acordaba. Y al salir la luna, extendí en tierra mi capote de pelo de camello, y ya me aprestaba a dormir, cuando me dijo mi amo el beduino: "¡Ya Hassán Abdalah, ahora es cuando tienes ocasión de probarme si realmente me guardas alguna gratitud... !
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 791ª noche

Ella dijo
"¡Ya Hassán Abdalah ahora es cuando tienes ocasión de probarme si realmente me guardas alguna gratitud! Porque deseo que esta noche asciendas a esa montaña, y cuando hayas llegado a la cima, esperes allí la salida del sol. Entonces, de pie, mirando a oriente, recitarás la plegaria de la mañana; luego bajarás: ¡Y ése es el servicio que te pido! Pero guárdate bien de dejarte sorprender por el sueño, ¡oh hijo de El-Aschar! Pues las emanaciones de esta tierra son en extremo malsanas, y tu salud se resentiría de ello sin remedio!"
Entonces, ¡oh mi señor! a pesar de mi estado de fatiga excesiva y de mis sufrimientos de toda especie, contesté con el oído y la obediencia, porque no me olvidaba de que el beduino había dado el pan a mis hijos, a mi esposa y a mi madre; y también se me ocurrió que, si acaso yo me negara a prestarle aquel extraño servicio, me abandonaría él en aquellos lugares salvajes.
Poniendo mi confianza en Alah, trepé, pues, a la montaña, y no obstante el estado de mi pie y de mi vientre, llegué a la cima al mediar la noche. Y el suelo estaba allí blanco y pelado, sin un arbusto ni la menor brizna de hierba. Y el viento helado, que soplaba con violencia por aquella cúspide, y el cansancio de todos aquellos días calamitosos, me sumieron en un estado de modorra tal, que no pude por menos de dejarme caer en tierra y dormirme hasta por la mañana, a pesar de todos los esfuerzos de mi voluntad.
Cuando me desperté acababa de aparecer el sol en el horizonte. 'Y quise al punto seguir las instrucciones del beduino. Hice, pues, un esfuerzo para saltar sobre ambos pies, pero en seguida caí al suelo, inerte, porque mis piernas, gordas a la sazón cual patas de elefante, estaban flojas y doloridas, y se negaban en absoluto a sostener mi cuerpo y mi vientre, que estaban hinchados como un odre. Y la cabeza me pesaba sobre los hombros más que si fuese toda de plomo; y no podía yo levantar mis brazos paralizados.
Entonces, temiendo disgustar al beduino, obligué a mi cuerpo a obedecer al esfuerzo de mi voluntad, y aunque a trueque de los sufrimientos horribles que experimentaba, conseguí ponerme en pie. Y me volví hacia oriente, y recité la plegaria de la mañana. Y el sol saliente iluminaba mi pobre cuerpo y proyectaba en occidente su sombra desmesurada.
Y he aquí que, cumplido de tal suerte mi deber, pensé bajar de la montaña. Pero era tan pina su pendiente y tan débil estaba yo, que, al primer paso que quise dar, se me doblaron las piernas con mi peso y caí y rodé como una bola con asombrosa rapidez. Y las piedras y las zarzas a que intentaba yo agarrarme desesperadamente, lejos de detener mi carrera, no hacían más que arrancar jirones de mi carne y de mis vestiduras. Y no cesé de rodar de aquel modo, regando el suelo con mi  sangre, hasta que llegué al principio de la montaña, al paraje donde se hallaba mi amo el beduino.
Y he aquí que estaba echado de bruces en tierra y trazaba líneas en la arena con tanta atención, que ni siquiera advirtió mi presencia ni se dió cuenta de la manera como llegaba yo. Y cuando le distrajeron del trabajo en que estaba absorto mis gemidos insistentes, exclamó, sin volverse hacia mí y sin mirarme: "¡Al hamdú lilah! ¡Hemos nacido bajo una feliz influencia, y todo nos saldrá bien! ¡Gracias a ti, ya Hassán Abdalah, pude descubrir por fin lo que buscaba desde hace luengos años, midiendo la sombra que proyectaba tu cabeza desde lo alto de la montaña!"
Luego añadió, sin levantar tampoco la cabeza: "¡Date prisa a venir a ayudarme a cavar el suelo en el sitio donde he clavado mi lanza!" Pero como no contestase yo más que con un silencio entrecortado por gemidos lamentables, acabó por levantar la cabeza y volverse hacia mi lado. Y vió en que estado me encontraba y que seguía inmóvil en tierra y encogido como una bola. Y avanzó a mí, y me gritó: "Imprudente Hassán Abdalah, ya veo que me has desobedecido y que te dormiste en la montaña. ¡ Y los vapores malsanos se te han metido en la sangre y te han envenenado!" Y como daba yo diente con diente y movía a compasión el verme, se calmó y me dijo: "¡Bueno! ¡pero no desesperes de mi solicitud! ¡Voy a curarte!" Y así diciendo, se sacó del cinturón un cuchillo de hoja pequeña y cortante, y antes de que yo tuviese tiempo de oponerme a sus propósitos, me pinchó profundamente en varios sitios, en el vientre, en los brazos, en los muslos y en las piernas. Y al punto salió de las incisiones agua en abundancia; y me desinflé como un pellejo vacío. Y se me quedó la piel flotando sobre los huesos, como un vestido demasiado ancho que se hubiese comprado en almoneda. Pero no tardé en aliviarme un poco; y a pesar de mi debilidad, pude levantarme y ayudar a mi amo en el trabajo para que me reclamara.
Nos pusimos, pues, a cavar la tierra en el mismo sitio en que estaba clavada la lanza del beduino. Y no tardamos en descubrir un ataúd de mármol blanco. Y el beduino levantó la tapa del ataúd, y encontró en él algunos huesos humanos y el manuscrito de piel de gacela teñida de púrpura que tienes entre las manos, ¡oh rey del tiempo! y en el cual hay trazados caracteres de oro que brillan.
Y mi amo cogió el manuscrito, temblando, y aunque estaba escrito en lengua desconocida, se puso a leerlo con atención. Y a medida que lo iba leyendo, su frente pálida se coloreaba de placer y sus ojos brillaban de alegría. Y acabó por exclamar: "¡Ahora conozco el camino de la ciudad misteriosa! ¡Oh Hassán Abdalah! regocíjate, que pronto entraremos en Aram-de-las-Columnas, donde jamás ha entrado ningún adamita. ¡Y allí hallaremos el principio de las riquezas de la tierra, germen de todos los metales preciosos: el azufre rojo!"
Pero yo, que ante aquella idea de viajar más, me asustaba hasta el límite extremo del susto, exclamé, al oír estas palabras: "¡Ah! ¡señor, perdona a tu esclavo! ¡Pues aunque haya compartido él tu alegría, cree que los tesoros le aprovechan poco, y prefiere ser pobre y estar con buena salud en El Cairo a ser rico sufriendo todas las miserias en Aram-de-las-Columnas!" Y al oír estas palabras, mi amo me miró con piedad, y me dijo: "¡Oh pobre! ¡Por tu dicha trabajo tanto como por la mía! ¡Y hasta el presente siempre lo hice así!" Y exclamé: "¡Verdad es, por Alah! Pero ¡ay, que a mí solo me tocó llevar la peor parte, y el Destino se ha desencadenado contra mí!"
Y sin prestar más atención a mis quejas y recriminaciones, mi amo hizo gran acopio de la planta de pulpa parecida en el sabor a la pulpa de los higos. Luego montó en su camella. Y me vi obligado a hacer lo que él. Y proseguimos nuestro camino por oriente, bordeando los flancos de la montaña.
Y aun viajamos durante tres días y tres noches. Y al cuarto día por la mañana divisamos ante nosotros, en el horizonte, como un anchuroso espejo que reflejase el sol. Y al aproximarnos a ello, vimos que era un río de mercurio que nos cortaba el camino. Y estaba surcado por un puente de cristal sin balaustrada, tan estrecho, tan pendiente y tan escurridizo, que ningún hombre dotado de razón intentaría pasar por él.
Pero mi amo el beduino, sin vacilar un momento, echó pie a tierra y me ordenó hacer lo propio y desensillar a las camellas para dejarlas paciendo hierba en libertad. Luego sacó de las alforjas unas babuchas de lana, que hubo de calzarse, y me dió otro par, ordenándome que le imitara. Y me dijo que le siguiera sin mirar a derecha ni a izquierda. Y cruzó con paso firme el puente de cristal. Y yo, todo tembloroso, me vi obligado a seguirle. Y Alah no me escribió aquella vez la muerte por ahogo en el mercurio. Y llegué a la otra orilla.
Después de algunas horas de marcha en silencio, llegamos a la entrada de un valle negro, rodeado por todos lados de rocas negras, y donde no crecían más que árboles negros. Y a través del follaje negro vi deslizarse espantables serpientes gordas, negras y cubiertas de escamas. Y poseído de terror, volví la espalda para huir de aquel lugar de horror. Pero no pude dar con el sitio por donde había entrado, pues en torno mío alzábanse por todas partes, como paredes de un pozo, rocas negras.
Y al ver aquello, me dejé caer en tierra, llorando, y grité a mi amo: "¡Oh hijo de gentes de bien! ¿por qué me has conducido a la muerte por el camino de los sufrimientos y de las miserias? ¡Ay de mí! ¡Ya nunca volveré a ver a mis hijos y a su madre y a mi madre! ¡Ah! ¿por qué me sacaste de mi vida pobre, pero tan tranquila? ¡Verdad es que yo solamente era un mendigo en el camino de Alah, pero frecuentaba el patio de las mezquitas, y oía las hermosas sentencias de los santones...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 792ª noche

Ella dijo:
"...y oía las hermosas sentencias de los santones!" Y mi amo, sin enfadarse, me dijo: "Sé hombre, Hassán Abdalah, y cobra valor. ¡Porque no morirás aquí, y pronto volverás a El Cairo, sin ser ya pobre entre los pobres, sino rico cual el más rico de los reyes!"
Y tras de hablar así, mi amo se sentó en tierra, abrió el manuscrito de piel de gacela, y se puso a hojearle, mojándose el pulgar, y a leerle tranquilamente como si estuviese en medio de su harem. Luego, al cabo de una hora de tiempo, levantó la cabeza, me llamó y me dijo: "¿Quieres, ya Hassán Abdalah, que salgamos de aquí cuanto antes y demos fin a nuestro viaje?" Y exclamé. "¡Ya Alah! ¡claro que quiero!" Y añadí: "Por favor, dime solamente qué tengo que hacer para eso. ¿Es preciso que recite todos los capítulos del Korán? ¿O acaso es preciso que repita todos los nombres y todos los atributos sagrados de Alah? ¿O bien es preciso que haga voto de ir en peregrinación diez años seguidos a la Meca y a Medina? ¡Habla, ¡oh mi señor! que estoy dispuesto a todo, y aun a más!"
Entonces mi amo, mirándome siempre con bondad, me dijo: "¡No, Hassán Abdalah, no! Lo que quiero pedirte es más sencillo que todo eso. Sólo tienes que coger este arco y esta flecha que ves aquí, y recorrer este valle hasta que encuentres una gran serpiente con cuernos negros. ¡Y como eres diestro, la matarás de primera intención, y me traerás su cabeza y su corazón! ¡Y esto es todo lo que necesito que hagas, si quieres salir de estos lugares de desolación!" Y al oír estas palabras, exclamé: "¡Ah! ¿Conque es una cosa tan fácil? ¿Por qué, entonces, ¡oh mi señor! no lo haces tú mismo? ¡Por mi parte, declaro que voy a dejarme morir aquí mismo, sin preocuparme de mi vida miserable!" Pero el beduino me tocó el hombro, y me dijo: "¡Acuérdate ¡oh Hassán Abdalah! del traje de tu esposa y del pan de tu casa!" Y a este recuerdo, rompí a llorar, y comprendí que no podía rehusar nada al hombre que había salvado a mi casa y a los de mi casa. Y temblando, cogí el arco y la flecha, y me encaminé hacia las rocas negras, por donde veía arrastrarse a los reptiles aterradores. Y no estuve mucho tiempo sin descubrir al que buscaba, y al cual reconocí por los cuernos que coronaban su cabeza negra y hedionda. E invocando el nombre de Alah, apunté y disparé la flecha. Y saltó herida la serpiente, se agitó, estremeciéndose de una manera terrible, y se estiró para caer luego inmóvil en el suelo. Y cuando tuve la certeza de que estaba bien muerta, le corté la cabeza con mi cuchillo, y abriéndole el vientre, le saqué el corazón. Y llevé a mi amo el beduino ambos despojos.
Y mi amo me recibió con afabilidad, cogió los dos despojos de la serpiente, y me dijo: "¡Ahora ven a ayudarme a encender lumbre!" Y recogí hierbas secas y ramas pequeñas, llevándoselas. Y con ellas hizo un montón muy grande. Luego se sacó del pecho un diamante, lo volvió hacia el sol, que se hallaba en el punto más alto del cielo, y con ello produjo un rayo de luz que prendió en seguida fuego al montón de ramaje seco.
Encendida ya la lumbre, el beduino se sacó de entre el traje un vasito de hierro y una redoma, que estaba tallada en un solo rubí, y contenía una materia roja. "¡Ya ves esta redoma de rubí, Hassán Abdalah; pero no sabes lo que contiene!" Y se interrumpió un momento, y añadió: "¡Es la sangre del Fénix!" Y así diciendo, destapó la redoma, echó su contenido en el vaso de hierro, y lo mezcló con el corazón y los sesos de la serpiente cornuda. Y puso el vaso en la lumbre, y abriendo el manuscrito de piel de gacela, leyó palabras ininteligibles para mi entendimiento.
Y de pronto se irguió sobre ambos pies, dejó al descubierto sus hombros, como hacen los peregrinos de la Meca al partir, y empapando un extremo de su cinturón en la sangre del Fénix mezclada con los sesos y el corazón de la serpiente, me ordenó que le frotara la espalda y los hombros con aquella mixtura. Y me puse a ejecutar la orden. Y a medida que le frotaba, veía que la piel de los hombros y la espalda se le hinchaba y estallaba para dar paso a unas alas que, aumentando a ojos vistas, no tardaron en llegarle hasta el suelo. Y el beduino las agitó con fuerza, y tomando impulso de improviso, se elevó por los aires. Y prefiriendo yo mil muertes antes que quedar abandonado en aquellos lugares siniestros, recurrí a lo que me quedaba de fuerza y de valor, y me agarré fuertemente al cinturón de mi amo, una de cuyas puntas colgaba, por fortuna. Y con él fui transportado fuera de aquel valle negro, del que no esperaba salir ya. Y llegamos a la región de las nubes.
No podría decirte ¡oh mi señor! cuánto tiempo duró nuestra carrera aérea. Pero si sé que al punto nos encontramos por sobre una llanura inmensa, con el horizonte limitado a lo lejos por un recinto de cristal azul. Y el suelo de aquella llanura parecía formado con polvo de oro, y sus guijarros con piedras preciosas. Y en medio de aquella llanura se alzaba una ciudad llena de palacios y de jardines.
Y exclamó mi amo: "¡Ahí está Aram-de-las-Columnas!" Y cesando de mover sus alas, se dejó caer, y yo con él. Y tocamos tierra al pie mismo de las murallas de la ciudad de Scheddad, hijo de Aad. Y poco a poco disminuyeron y desaparecieron las alas de mi amo.
Y he aquí que aquellas murallas estaban construidas con ladrillos de oro alternados con ladrillos de plata, y en ellas se abrían ocho puertas semejantes a las puertas del Paraíso. La primera era de rubí, la segunda de esmeralda, la tercera de ágata, la cuarta de coral, la quinta de jaspe, la sexta de plata y la séptima de oro.
Y penetramos en la ciudad por la puerta de oro, y avanzamos invocando el nombre de Alah. Y atravesamos calles bordeadas de palacios con columnatas de alabastro y jardines donde el aire que se respiraba era de leche y los arroyos de aguas embalsamadas. Y llegamos a un palacio que dominaba la ciudad y que estaba construido con un arte y una magnificencia inconcebibles, y cuyas terrazas estaban sostenidas por mil columnas de oro con balaustradas formadas de cristales de color y con muros incrustados de esmeraldas y zafiros. Y en el centro del palacio se glorificaba un jardín encantado, cuya tierra, odorífera como el almizcle, estaba regada por tres ríos de vino puro, de agua de rosas y de miel. Y en medio del jardín se alzaba un pabellón con bóveda formada por una sola esmeralda, que resguardaba a un trono de oro rojo incrustado de rubíes y de perlas. Y en el trono había un cofrecillo de oro.
Aquel cofrecillo ¡oh rey del tiempo! era precisamente el que ahora tienes entre tus manos.
Y mi amo el beduino cogió el cofrecillo y lo abrió. Y encontró dentro unos polvos rojos, y exclamó: "¡He aquí el Azufre rojo, ya Hassán Abdalah! ¡Esta es la Kimia de los sabios y de los filósofos, todos los cuales murieron sin dar con ella!" Y dije yo: "¡Tira ese vil polvo ¡oh mi señor! y llenemos mejor ese cofrecillo con riquezas de las que rebosan en este palacio!" Y mi amo me miró con conmiseración, y me dijo: "¡Oh pobre! ¡Ese polvo es la fuente misma de todas las riquezas de la tierra! Y un sólo grano de este polvo basta para convertir en oro los metales más viles. ¡Es la Kimia! ¡Es el Azufre rojo!, ¡oh pobre ignorante! ¡Con este polvo, si quiero, construiré palacios más hermosos que éste, fundaré ciudades más magníficas que ésta, compraré la vida de los hombres y la conciencia de los puros, seduciré a la propia virtud y me haré rey, hijo de rey!" Y le dije: "Y con ese polvo, ¡oh mi señor! ¿podrás prolongar un sólo día tu vida o borrar una hora de tu existencia pasada?" Y me contestó: "¡Sólo Alah es grande!"
Y como yo no estaba seguro de la eficacia de las virtudes de aquel Azufre rojo, preferí recoger las piedras preciosas y las perlas. Y ya me había llenado con ellas el cinturón, los bolsillos y el turbante, cuando exclamó mi amo: "¡Mal hayas, hombre de espíritu grosero! ¿Qué estás haciendo? ¿Ignoras que, si nos lleváramos una sola piedra de este palacio y de esta tierra, caeríamos heridos de muerte en el instante?" Y salió del palacio a grandes pasos, llevándose el cofrecillo. Y yo, bien a pesar mío, vacié mis bolsillos, mi cinturón y mi turbante, y seguí a mi amo, no sin volver bastantes veces la cabeza hacia aquellas riquezas incalculables. Y en el jardín me reuní con mi amo, que me cogió de la mano para atravesar la ciudad, temeroso de que me dejara yo tentar por cuanto se ofrecía a mi vista y estaba al alcance de mis dedos. Y salimos de la ciudad por la puerta de rubí.
Y cuando nos aproximamos al horizonte de cristal azul, se abrió ante nosotros y nos dejó pasar. Y cuando le hubimos franqueado, nos volvimos para mirar por última vez la llanura milagrosa y la ciudad de Aram; pero llanura y ciudad habían desaparecido. Y nos encontramos a orillas del río de mercurio, que atravesamos por el puente de cristal como la primera vez. Y en la otra orilla hallamos a nuestras camellas paciendo hierba juntas. Y me acerqué a la mía como a un antiguo amigo. Y después de asegurar bien las correas de las sillas, montamos en nuestros brutos; y me dijo mi amo: "¡Ya regresamos a Egipto!" Y alcé los brazos en acción de gracias a Alah por aquella buena noticia.
Pero ¡oh mi señor! en mi cinturón estaban siempre la llave de oro y la llave de plata, y no sabía yo que eran las llaves de las miserias y de los sufrimientos.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 793ª noche

Ella dijo:
"... Y no sabía yo que eran las llaves de las miserias y de los sufrimientos.
Así es que durante todo el viaje, hasta nuestra llegada a El Cairo, soporté muchas miserias y muchas privaciones, y sufrí todos los males, que hubo de ocasionarme la pérdida de mi salud. Pero, por una fatalidad cuya causa ignoraba siempre, sólo yo era víctima de los contratiempos del viaje, mientras que mi amo, tranquilo, dilatado hasta el límite de la dilatación, parecía prosperar con todos los males que me asaltaban. Y pasaba sonriente por entre plagas y peligros, y marchaba por la vida como sobre un tapiz de seda.
Y de tal suerte llegamos a El Cairo, y mi primer cuidado fué correr a mi casa en seguida. Y me encontré la puerta rota y abierta y los perros errantes habían hecho de mi morada asilo suyo. Y nadie estaba allí para recibirme. Y no vi ni trazos de mi madre, de mi esposa y de mis hijos. Y un vecino, que me había visto entrar y oía mis gritos de desesperación, abrió su puerta, y me dijo: "¡Ya Hassán Abdalah, prolónguense tus días con los días que perdieron ellos! ¡En tu casa han muerto todos!" Y al oír esta noticia, caí al suelo, inanimado.
Y he aquí que, cuando volví de mi desmayo, vi a mi lado a mi amo el beduino, que me auxiliaba y me echaba en la cara agua de rosas. Y ahogándome de lágrimas y de sollozos, aquella vez no pude menos de lanzar imprecaciones contra él y acusarle de ser causante de todas mis desdichas. Y durante largo rato le abrumé con injurias, haciéndole responsable de los males que pesaban sobre mí y se encarnizaban conmigo. Pero él, sin perder su serenidad y sin abandonar su calma, me tocó en el hombro, y me dijo: "¡Todo nos viene de Alah y a Alah va todo!" Y cogiéndome de la mano, me arrastró fuera de mi casa.
Y me condujo a un palacio magnífico a orillas del Nilo, y me obligó a habitar allí con él. Y como veía que nada conseguía distraer a mi alma de sus males y de sus penas, con la esperanza de consolarme, quiso compartir conmigo cuanto poseía. Y llevando la generosidad a sus límites extremos, se dedicó a iniciarme en las ciencias misteriosas, y me enseñó a leer en los libros de alquimia y a descifrar los manuscritos cabalísticos. Y con frecuencia, hacía traer ante mí quintales de plomo que ponía en fusión, y echando entonces una partícula de azufre rojo del cofrecillo, convertía el vil metal en el oro más puro. Sin embargo, aun rodeado de tesoros, y en medio de la alegría y las fiestas que a diario daba mi amo, yo tenía el cuerpo afligido de dolores y mi alma era desgraciada. Y ni siquiera podía soportar el peso ni el contacto de los ricos trajes y de las telas preciosas con que me obligaba él a cubrirme. Y se me servían los manjares más delicados y las bebidas más deliciosas; pero en vano, pues yo sólo sentía repugnancia por todo aquello. Y tenía para mí aposentos soberbios, y lechos de madera olorosa, y divanes de púrpura; pero el sueño no cerraba mis ojos. Y los jardines de nuestro palacio, refrescados por la brisa del Nilo, estaban poblados de los más raros árboles, traídos de la India, de Persia, de China y de las Islas, sin reparar en gastos; y unas máquinas construidas con arte elevaban el agua del Nilo y la hacían caer en surtidores refrescantes dentro de estanques de mármol y de pórfido; pero yo no sentía ningún gusto con todas aquellas cosas, porque un veneno sin antídoto había saturado mi carne y mi espíritu.
En cuanto a mi amo el beduino, sus días transcurrían en el seno de los placeres y de las voluptuosidades, y sus noches eran un anticipo de las alegrías del Paraíso. Y habitaba él, no lejos de mí, en un pabellón colgado de telas de seda brochadas de oro, donde la luz era dulce como la de la luna. Y aquel pabellón estaba entre bosquecillos de naranjos y de limoneros, con cuyo aroma se mezclaba el de los jazmines y las rosas. Y allí era donde cada noche recibía a numerosos convidados, a quienes trataba magníficamente. Y cuando sus corazones y sus sentidos estaban preparados a la voluptuosidad, a causa de los vinos exquisitos y de la música y los cantos, hacía desfilar ante los ojos de ellos a jóvenes hermosas como huríes, compradas a peso de oro en los mercados de Egipto, de Persia y de Siria. Y si alguno de los convidados posaba una mirada de deseo en cualquiera de ellas, mi amo la cogía de la mano, y presentándosela al que la deseaba, le decía: "¡Oh mi señor! ¡permíteme que conduzca esta esclava a tu casa!" Y de tal suerte, cuantos se acercaban a él se hacían amigos suyos. Y ya no se le llamaba más que el Emir Magnífico.
Un día, mi amo, que a menudo iba a visitarme al pabellón donde mis sufrimientos me forzaban a vivir solitario, fué a verme de improviso, llevando consigo una nueva joven. Y tenía él la cara iluminada por la embriaguez y el placer, y unos ojos exaltados que brillaban con un fuego extraordinario. Y fué a sentarse muy cerca de mí, puso en sus rodillas a la joven, y me dijo: "¡Ya Hassán Abdalah voy a cantar! Todavía no has oído mi voz. ¡Escucha! Y cogiéndome de la mano, se puso a cantar estos versos con una voz extática, llevando el compás con la cabeza:
¡Ven, joven! ¡El sabio es quien deja a la alegría ocupar su vida por entero!
¡Guarden el agua para la plegaria, las gentes religiosas!
¡Tú, échame de ese vino, que harás más exquisita la rojez de tus mejillas!
¡Quiero beber hasta perder la razón!
¡Pero bebe tú primero, bebe sin temor, y dame la copa que perfuman tus labios!
¡No tenemos por testigos más que a los naranjos, que esparcen sus perfumes en el viento, y a los arroyos rientes que corren fugitivos!
¡Cánteme tu voz cosas apasionadas, y enmudecerán los ruiseñores envidiosos!
¡Canta sin temor, cántame cosas apasionadas, que estoy solo para escucharte!
¡Y no oirás otro ruido que el de las rosas que se abren y el latir de mi corazón!
¡Estoy solo para escucharte, estoy solo para verte! ¡Oh! ¡Deja caer tu velo!
¡Que no tenemos por testigos de nuestros placeres más que a la luna y a sus compañeras!
¡E inclínate y déjame besar tu frente! ¡Déjame besar tu boca y tus ojos y tu seno blanco cual la nieve!
¡Ah! ¡Inclínate sin temor, que no tenemos por testigos más que a los jazmines y a las rosas!
¡Ven a mis brazos, que el amor me abrasa y ya no puedo más! ¡Pero baja tu velo antes que nada, porque si Alah nos viera, tendría envidia!
Y tras de cantar así, mi amo el beduino lanzó un gran suspiro de dicha, inclinó la cabeza sobre el pecho y pareció dormirse. Y la joven, que estaba en sus rodillas, se desenlazó de sus brazos para no turbar su reposo y se esquivó ligeramente. Y me aproximé yo a él para taparle y recostar su cabeza en un cojín, y advertí que su aliento había cesado; y me incliné sobre él en el límite de la ansiedad, ¡y observé que había muerto como los predestinados, sonriendo a la vida! ¡Alah le tenga en su compasión!
Entonces yo, con el corazón oprimido por la desaparición de mi amo, que, a pesar de todo, siempre había estado para conmigo lleno de serenidad y de benevolencia, y olvidando que se habían acumulado sobre mi cabeza todas las desdichas desde el día en que hube de encontrarme con él, ordené que se le hiciesen funerales magníficos. Yo mismo lavé su cuerpo con aguas aromáticas, cerré cuidadosamente con algodón perfumado todas sus aberturas naturales, le depilé, peiné con esmero su barba, teñí sus cejas, ennegrecí sus pestañas y le afeité la cabeza. Luego le envolví en una especie de sudario de cierto tisú maravilloso que se labró para un rey de Persia, y le metí en un ataúd de madera de áloe incrustado en oro.
Tras de lo cual convoqué los numerosos amigos con que se había hecho la generosidad de mi amo; y ordené a cincuenta esclavos, vestidos todos con trajes apropiados a las circunstancias, que llevaran por turno el ataúd a hombros. Y formado ya el cortejo, salimos para el cementerio. Y un número considerable de plañideras, que había yo pagado a tal efecto, seguía al cortejo, lanzando gritos lamentables y agitando sus pañuelos por encima de sus cabezas, mientras abrían la marcha los lectores del Korán, cantando los versículos sagrados, a los cuales respondía la muchedumbre, repitiendo: "¡No hay más Dios que Alah! ¡Y Mohamed es el enviado de Alah!" Y cuantos musulmanes pasaban apresurábanse a ayudar a llevar el ataúd, aunque sólo fuese tocándolo con la mano. Y le sepultamos entre los lamentos de todo un pueblo. Y sobre su tumba hice degollar un rebaño entero de carneros y crías de camello.
Habiendo cumplido de tal modo mis deberes para con mi difunto amo, y después de presidir el festín de los funerales, me aislé en el palacio para empezar a poner en orden los asuntos de la sucesión. Y mi primer cuidado fué comenzar por abrir el cofrecillo de oro para ver si aún tenía los polvos del Azufre rojo. Pero no encontré más que lo poco que ahora queda y que tienes ante los ojos, ¡oh rey del tiempo! Porque, con sus prodigalidades inusitadas, mi amo había ya agotado todo para transformar en oro quintales de plomo. Pero lo poco que todavía quedaba en el cofrecillo bastaba para enriquecer al más poderoso de los reyes. Y no estaba inquieto yo por eso. Además, ni siquiera me preocupaba por las riquezas, dado el estado lamentable en que me encontraba. Sin embargo, quise saber lo que contenía el manuscrito misterioso de piel de gacela, que mi amo no había querido dejarme leer nunca, aunque me había enseñado a descifrar los caracteres talismánicos. Y lo abrí y recorrí su contenido. Y solamente entonces ¡oh mi señor! fué cuando supe, entre otras cosas extraordinarias que te diré un día, las virtudes fastas y nefastas de las cinco llaves del Destino. Y comprendí que el beduino me había comprado y llevado consigo sólo para sustraerse a las tristes propiedades de las dos llaves de oro y de plata, atrayendo sobre mí sus malas influencias. Y hube de invocar en mi ayuda todos los pensamientos más hermosos del Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!) para no maldecir al beduino y escupir sobre su tumba.
Así es que me apresuré a sacar de mi cinturón las dos llaves fatales, y para desembarazarme de ellas para siempre, las eché en un crisol y encendí debajo lumbre, a fin de derretirlas y volatilizarlas. Y al mismo tiempo me dediqué a la busca de las dos llaves de la gloria, de la sabiduría y de la dicha. Pero por más que registré en los menores rincones del palacio, no pude encontrarlas. Y volví al crisol, y puse todo mi ahínco en la fusión de las dos llaves malditas.
Mientras estaba yo ocupado en aquel trabajo...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 794ª noche

Ella dijo:
"... Mientras estaba yo ocupado en aquel trabajo, creyendo verme desembarazado para siempre de mi mal destino con la anulación de las dos llaves nefastas, y en tanto que activaba el fuego para favorecer aquella destrucción, que no se hacía tan de prisa como yo quisiera, de pronto vi el palacio invadido por los guardias del califa, que se precipitaron sobre mí y me arrastraron entre las manos de su amo.
Y tu padre, el califa Theilún ¡oh mi señor! me dijo con severidad que estaba enterado de que yo poseía el secreto de la alquimia, y que era necesario que en el momento se lo revelara y le hiciera aprovecharse de él. Pero como yo sabía ¡ay! que el califa Theilún, opresor del pueblo, emplearía la ciencia contra la justicia y para el mal, me negué a hablar. Y en el límite de la cólera, el califa hizo que me cargaran de cadenas y me arrojaran al más negro de los calabozos. Y al mismo tiempo mandó saquear y destruir, de arriba a abajo, nuestro palacio, y se apoderó del cofrecillo de oro que contenía el manuscrito de piel de gacela y las escasas partículas de polvo rojo. Y encargó la custodia del cofrecillo a ese venerable jeique que la ha traído entre tus manos, ¡oh rey del tiempo! Y a diario me sometía a tortura, esperando así obtener de la debilidad de mi carne la revelación de mi secreto.
Pero Alah diome la virtud de la paciencia. Y durante años y años he vivido de tal manera, aguardando de la muerte mi liberación. ¡Y ahora ¡oh mi señor! moriré consolado, ya que mi perseguidor fue a rendir cuenta a Alah de sus acciones, y yo pude hoy acercarme al más justo y al más grande de los reyes!"
Cuando el sultán Mohammed ben-Theilún hubo oído este relato del venerable Hassán Abdalah, se levantó de su trono y abrazó al anciano, exclamando: "¡Loores a Alah, que permite a su servidor reparar la injusticia y calmar los daños!" Y en el acto nombró a Hassán Abdalah gran visir, y le puso su propio manto real. Y le confió al cuidado de los médicos más expertos del reino, a fin de que contribuyesen a su curación. Y ordenó a los escribas más hábiles del palacio que escribieran cuidadosamente en letras de oro aquella historia extraordinaria y la conservaran en el archivo del reino.
Tras de lo cual, sin dudar ya de la virtud del Azufre rojo, el califa quiso experimentar su efecto sin tardanza. Y mandó echar y poner en fusión, en calderas enormes de barro cocido, mil quintales de plomo; y lo mezcló con las escasas partículas de Azufre rojo que quedaban en el fondo del cofrecillo, pronunciando las palabras mágicas que le dictó el venerable Hassán Abdalah. Y al punto convirtióse todo el plomo en el oro más puro.
Entonces, sin querer que todo aquel tesoro se gastara en cosas fútiles, el sultán resolvió emplearlo en una obra que resultase agradable al Altísimo. Y decidió la construcción de una mezquita que no tuviese igual en todos los países musulmanes. E hizo ir a los arquitectos más famosos de su imperio, y les ordenó que trazaran los planos de aquella mezquita con arreglo a sus indicaciones, sin pensar en las dificultades de la ejecución ni en las sumas de dinero que pudiera costar. Y al pie de la colina que dominaba la ciudad trazaron los arquitectos un cuadrilátero inmenso, cada uno de cuyos lados miraba a uno de los cuatro puntos cardinales del cielo. Y en cada ángulo dispusieron una torre de proporción admirable, cuya parte alta estaba adornada con una galería y coronada por una cúpula de oro. Y en cada fachada de la mezquita alzaron mil pilastras que soportaban arcos de una curvatura elegante y sólida, y allí establecieron una terraza cuya balaustrada era de oro maravillosamente cincelado. Y en el centro del edificio erigieron una cúpula inmensa, de construcción tan ligera y aérea, que parecía colocada entre el cielo y la tierra, sin punto de apoyo. Y la bóveda de la cúpula se recubrió de esmalte color azul y salpicado de estrellas de oro. Y el pavimento se formó con mármoles raros. Y el mosaico de los muros se hizo con jaspe, pórfido, ágatas, nácar opalino y gemas preciosas. Y los pilares y los arcos se cubrieron con versículos del Korán, entrelazados, esculpidos y pintados con colores puros. Y para que aquel maravilloso edificio estuviese al abrigo del fuego, no se empleó en su construcción madera alguna. Y en la erección de aquella mezquita se invirtieron siete años enteros y siete mil hombres y siete mil quintales de dinares de oro. Y se la llamó la Mezquita del sultán Mohammed ben-Theilún. Y todavía se la conoce con este nombre en nuestros días.
En cuanto al venerable Hassán Abdalah, no tardó en recobrar su salud y sus fuerzas, y vivió honrado y respetado hasta la edad de ciento veinte años, que fué el término marcado por su destino. ¡Pero Alah es más sabio! ¡El es el único viviente!

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