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54 Historia de la pierna de carnero

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54 Historia de la pierna de carnero      





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HISTORIA DE LA PIERNA DE CARNERO

Cuentan -¡pero Alah es más sabio!- que en El Cairo, bajo el reinado de un rey entre los reyes de aquel país, había una mujer dotada de tanta astucia y de tanta destreza, que pasar por el ojo de la aguja más pequeña era para ella tan sencillo como beberse un sorbo de agua. Y he aquí que Alah (que distribuye a su antojo cualidades y defectos) había infundido a aquella mujer tal ardor de temperamento, que si le hubiese cabido en suerte ser una de las cuatro esposas de un creyente y compartir con justicia las cuatro noches en cuatro lotes, uno para cada una, se hubiera muerto de deseo reconcentrado. Así es que supo ella arreglarse de manera que llegó, no sólo a ser la esposa única de un hombre, sino a casarse a la vez con dos hombres, de la raza de los gallos del Alto Egipto, que podían consolar una tras otra a veinte gallinas. Y había usado de tanta sutileza, y tan bien supo tomar sus medidas, que ninguno de los dos hombres sospechaba un reparto tan contrario a la ley y a las costumbres de los verdaderos creyentes. Y por cierto que favorecía los manejos de ella la profesión que ejercían sus dos maridos, porque uno era ladrón nocturno y el otro ratero diurno. Con lo cual, cuando uno regresaba a casa por la noche, una vez terminada su tarea, el otro había salido ya en busca de algún trabajo apropiado. En cuanto a sus nombres, se llamaban: el ladrón, Haram, y el ratero, Akil.
Y transcurrieron días y meses, y el ladrón Haram y el ratero Akil se dedicaban con provecho en casa a su oficio de gallos, y fuera de casa al de zorros.
Un día entre los días, el ladrón Haram, después que el heredero de su padre hubo consolado a la hija del tío más excelentemente aún que de costumbre, dijo a la mujer: "Un asunto de gran importancia ¡oh mujer! me obliga a ausentarme por algún tiempo. ¡Plugue a Alah escribirme el éxito, a fin de que esté yo de vuelta junto a ti lo más pronto posible!" Y contestó la mujer: "El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, ¡oh cabeza de los hombres! Pero ¿qué va a ser de esta desventurada mientras dura la ausencia de su enamorado?" Y se desoló mucho y le dijo mil palabras de desconsuelo, y sólo le dejó partir después de las más cálidas pruebas de afecto. Y cargado con un saco de provisiones de boca que la joven había tenido cuidado de prepararle para el viaje, el ladrón Haram se fué por su camino, satisfecho y chasqueando la lengua de contento.
Haría apenas una hora de tiempo que había partido él, cuando regresó Akil el ratero. Y quiso la suerte que, teniendo necesidad de abandonar la ciudad, precisamente fuese a anunciar su marcha a su esposa. Y la joven no dejó de hacer presente a su otro marido toda la pena que le producía su alejamiento, y después de las pruebas diversas y multiplicadas de una pasión extraordinaria, le llenó de provisiones de boca un saco para el viaje, y le dijo adiós, invocando sobre su cabeza las bendiciones de Alah (¡exaltado sea!) Y el ratero Akil salió de su casa alabándose de tener una esposa tan cálida y tan atenta y chasqueando la lengua de contento.
Y como por lo general, a cada criatura le espera su destino en cualquier encrucijada del camino, ambos maridos debían encontrar el suyo donde menos pensaban. En efecto, al fin de la jornada, el ratero Akil entró en un khan que le pillaba de camino, proponiéndose pasar allí la noche. Y al entrar en el khan, sólo encontró en él a un viajero, con el cual entabló conversación en seguida, después de las zalemas y cumplimientos por una y otra parte. Y he aquí que su interlocutor era precisamente el ladrón Haram, que tomó el mismo camino que su asociado, a quien no conocía. Y el primero dijo al segundo: "¡Oh compañero! ¡parece que estás muy fatigado!" Y el otro contestó: "¡Por Alah! ¡hoy me he hecho de una tirada todo el camino de El Cairo! Y tú, compañero, ¿de dónde vienes?" El aludido contestó: "¡De El Cairo también! Y glorificado sea Alah, que pone en mi camino un compañero tan agradable para continuar el viaje. Porque ha dicho el profeta (¡con él la plegaria y la paz!) : "¡Un compañero es la mayor provisión para el camino!" ¡Pero, entretanto, para sellar nuestra amistad, partamos juntos el mismo pan y probemos la misma sal! ¡He aquí ¡oh compañero! mi saco de provisiones, en el que tengo, para ofrecértelos, dátiles frescos y asado con ajo!" Y el otro contestó: "Alah aumente tus bienes, ¡oh compañero! Acepto la oferta de todo corazón amistoso. ¡Pero permíteme que también contribuya con lo mío!" Y mientras el primero sacaba del saco sus provisiones, puso él las suyas en la estera donde estaban sentados.
Cuando acabaron ambos de colocar sobre la estera lo que tenían que ofrecerse, advirtieron que llevaban provisiones exactamente iguales: panes de sésamo, dátiles y media pierna de carnero. Y hubieron de asombrarse hasta el límite extremo del asombro en cuanto observaron que las dos medias piernas de carnero se acoplaban con perfecta exactitud. Y exclamaron: "¡Alahu akbar! ¡estaba escrito que esta pierna de carnero vería reunirse sus dos mitades, a pesar de la muerte, el horno y el guiso!"
Luego el ratero preguntó al ladrón: "Por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿puedo saber de dónde procede ese trozo de pierna de carnero?" Y el ladrón contestó: "¡Me lo ha dado la hija de mi tío antes de ponerme en marcha! Pero, por Alah sobre ti, ¡oh compañero! ¿puedo, a mi vez, saber de dónde sacaste esa media pierna?" Y el ratero dijo: "¡También me la metió en el saco la hija del tío! Pero ¿puedes decirme en qué barrio se encuentra tu honorable casa?" El aludido dijo: "¡Junto a la Puerta de las Victorias!" Y el otro exclamó: "¡Y la mía también!" Y de pregunta en pregunta, pronto ambos ladrones adquirieron la convicción de que desde el día de su matrimonio eran, sin saberlo, asociados de la misma cama y del mismo tizón. Y exclamaron: "¡Alejado sea el Maligno! ¡He aquí que nos ha burlado la maldita!"
Luego, aunque en un principio este descubrimiento les incitó a realizar alguna violencia, como eran avisados y prudentes, acabaron por pensar que el mejor partido que podían tomar consistía en volver sobre sus pasos y esclarecer por sus propios ojos y sus propias orejas lo que tenían que esclarecer con la taimada. Y de acuerdo sobre el particular, emprendieron de nuevo ambos la ruta de El Cairo, y no tardaron en llegar a su vivienda común.
Cuando, tras de abrirles la puerta, la joven vió juntos a sus dos maridos, no pudo dudar de que habían descubierto su estratagema, y como era prudente y avisada, comprendió que sería inútil buscar entonces un pretexto con que ocultar por más tiempo la verdad. Y pensó: "¡El corazón del hombre más duro no puede resistir a las lágrimas de la mujer amada!" Y de pronto, estallando en sollozos y despeinándose los cabellos, se arrojó a los pies de sus dos maridos, implorando su misericordia.
Y he aquí que la amaban ambos y tenían el corazón prendado por los encantos de ella. Así que, a pesar de tan notoria perfidia, sintieron que no se había debilitado su afecto hacia ella y la levantaron y le otorgaron su perdón, pero después de haberle hecho los cargos con ojos furibundos. Luego, como ella permaneciera silenciosa con un aire muy contrito, le dijeron que aquello no era todo, pues tenía que cesar sin tardanza aquel estado de cosas tan contrario a las costumbres y usos de los creyentes. Y añadieron: "¡Es absolutamente necesario que, al punto, te decidas a escoger entre nosotros dos al que quieras conservar como esposo!"
Al oír estas palabras de sus dos maridos, la joven bajó la cabeza, y reflexionó profundamente. Y por más que la apremiaron ellos para que, sin tardanza, tomase una determinación, les fué imposible hacerle designar al que prefería, porque a ambos les encontraba iguales gallardía, fuerza y resistencia. Pero como, impacientes por el silencio de ella, le gritasen con voz amenazadora que tenía que escoger, acabó por levantar la cabeza, y dijo: "¡No hay recurso y misericordia más que en Alah el Altísimo, el Todopoderoso! ¡Oh hombres! ¡ya que me obligáis a escoger entre vosotros y a tomar un partido me lastima al afecto que os dediqué por igual, y como, hecha la reflexión y pesadas las consecuencias, no tengo ningún motivo para preferir el uno al otro, he aquí lo que os propongo! Ambos vivís de vuestra destreza, y sobre eso tenéis tranquila la conciencia, y Alah, que juzga las acciones de sus criaturas conforme a las aptitudes que les ha puesto en el corazón, no os rechazará del seno de Su bondad. Tú, Akil, escamoteas durante el día, y tú, Haram, robas por la noche. ¡Pues bien; declaro ante Alah y ante vosotros que conservaré como esposo a aquel de vosotros dos que dé la mejor prueba de destreza y realice la proeza más ingeniosa!" Y ambos contestaron con el oído y la obediencia, admitiendo en seguida la proposición y preparándose al punto a rivalizar en ingenio.
Y he aquí que el ratero Akil fué quien empezó a actuar, yendo con su asociado Haram al zoco de los cambistas. Y le mostró con el dedo a un viejo judío que se paseaba con lentitud de una tienda a otra, y dijo: "¿Ves ¡oh Haram! a ese hijo de perro? ¡Pues me comprometo a quitarle su saco de cambista antes de que acabe de dar ese paseo!" Y habiendo hablado así, ligero como una pluma, se acercó al judío que paseaba y le sustrajo el saco lleno de dinares de oro que llevaba consigo. Y volvió al lado de su compañero, el cual, poseído de extremado pavor, quiso evitarle en un principio para no arriesgarse a que le detuvieran como cómplice del otro; pero maravillado luego de golpe de mano tan feliz, empezó a felicitarle por la maestría de que acababa de dar prueba, y le dijo: "¡Por Alah! ¡me parece que, por mi parte, jamás podré llevar a cabo una empresa tan brillante! ¡Yo creía que robar a un judío era cosa que superaba a las fuerzas de un creyente!" Pero el ratero se echó a reír, y le dijo: "¡Oh pobre! ¡eso no es más que el principio de la cosa, pues no es así como pretendo apropiarme el saco del judío! Porque un día u otro podría ponerse sobre mi pista la justicia y obligarme a decir la verdad. ¡Quiero convertirme en propietario legal del saco con su contenido, conduciéndome de manera que el propio kadí me adjudique lo que le pertenece a ese judío relleno de oro!" Y así diciendo, se marchó a un rincón retirado del zoco, abrió el saco, contó las monedas de oro, que contenía, quitó de ellas diez dinares y puso en su lugar un anillo de cobre que le pertenecía. Tras de lo cual volvió a cerrar el saco cuidadosamente, y acercándose de nuevo al judío despojado, se lo deslizó diestramente en el bolsillo del kaftán, como si no hubiese pasado nada.
La destreza es un don de Alah, ¡oh creyentes!
Y he aquí que, apenas había dado algunos pasos el judío, cuando el ratero se lanzó otra vez sobre él, pero entonces muy ostensiblemente, gritándole: "¡Miserable hijo de Aarón, se acerca tu castigo! ¡Devuélveme mi saco o vamos ambos a casa del kadi!" Y en el límite de la sorpresa, al verse tratado así por un hombre a quien no conocía, ni de padre, ni de madre, y a quien nunca en su vida había visto, el judío, para eludir los golpes, empezó a deshacerse en excusas, y juró por Ibrahim, Ishak y Yacub que su agresor se equivocaba de persona y que, por su parte, jamás se le había ocurrido, ni por pienso, arrebatarle el saco. Pero Akil, sin querer escuchar sus protestas, amotinó contra el judío a todo el zoco y acabó por agarrarle del kaftán, diciéndole: "¡Yo y tú a casa del kadí!" Y como el otro se resistiese, le cogió de la barba, y entre el tumulto le arrastró a la presencia del kadí.
Y el kadí preguntó: "¿De qué se trata?" Y al punto contestó Akil: "¡Oh nuestro amo el kadí! este judío, de la tribu de los judíos, que traigo entre tus manos, dispensadoras de justicia, es sin duda el ladrón más audaz que ha entrado en la sala de tus decretos. ¡He aquí que, después de haberme robado mi saco lleno de oro, se atreve a pasearse por el zoco con la tranquilidad del musulmán irreprochable!" Y gimió el judío, con la barba a medio arrancar: "¡Oh nuestro amo el kadí, protesto de eso! ¡Jamás he visto ni conocido a este hombre que me ha maltratado y reducido al estado lamentable en que me hallo, después de haber amotinado al zoco contra mí y haber destruido para siempre mi crédito y arruinado mi reputación de cambista irreprochable!"
Pero Akil exclamó: "¡Oh maldito hijo de Israel! ¿desde cuándo la palabra de un perro de tu raza prevalece sobre la palabra de un creyente? ¡Oh nuestro amo el kadí! ¡este embaucador niega su robo con tanta audacia como cierto mercader de las Indias, cuya historia contaré a tu señoría, si no la conoce!"
Y el kadí contestó: "¡No conozco la historia del mercader de las Indias! ¿Pero qué le sucedió? ¡Dímelo brevemente!" Y Akil dijo: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡oh amo nuestro! Para hablar brevemente, te diré que el tal mercader de las Indias era un hombre que había conseguido inspirar tanta confianza a la gente del zoco, que un día le confiaron en depósito una importante cantidad de dinero, sin pedirle recibo. Y se aprovechó de esta circunstancia para negar el depósito el día en que fué a reclamárselo el propietario. Y como éste no podía exhibir contra el demandado testigos ni escrituras, sin duda el mercader se habría comido con toda tranquilidad la hacienda ajena, si el kadí de la ciudad, con su talento, no hubiese logrado hacerle declarar la verdad. ¡Y obtenida esta declaración, le hizo aplicar doscientos palos en la planta de los pies, y le echó de la ciudad!" Luego continuó Akil: "¡Y ahora, ¡oh nuestro amo el kadí! espero de Alah que tu señoría, llena de sagacidad y de talento, hallará fácilmente el medio de demostrar la doblez de este judío! ¡Y primeramente permite a tu esclavo que te ruegue des orden de registrar a mi ladrón para convencerte de su robo!"
Cuando el kadí hubo oído este discurso de Akil, ordenó a los guardias que registraran al judío. Y no tardaron mucho tiempo en encontrarle encima el saco consabido. Y el acusado, gimiendo, insistió en que el saco era de su propiedad legítima. Y por su parte, Akil aseguraba, con toda clase de juramentos e injurias dirigidas al descreído, que él reconocía perfectamente el saco que le habían sustraído. Y el kadí, como juez avisado, ordenó entonces que cada una de las partes declarase lo que había dentro del saco en litigio. Y el judío declaró: "¡En el saco ¡oh amo nuestro! hay quinientos dinares de oro que metí en él esta mañana, ni uno más, ni uno menos!" Y Akil exclamó: "¡Mientes, ¡oh hijo de judíos! a no ser que, al revés de lo que ocurre con los de tu raza, me devuelvas más de lo que cogiste! Yo declaro que en el saco sólo hay cuatrocientos noventa dinares, ni uno más, ni uno menos. ¡Y, además, debe estar guardado ahí un anillo de cobre con mi sello, como no sea que lo hayas tú quitado ya!" Y el kadí abrió el saco en presencia de los testigos, y su contenido hubo de dar la razón al ratero. Y al punto el kadí entregó el saco a Akil y ordenó que inmediatamente se administrase una paliza al judío, ¡que se había quedado mudo de estupefacción!
Cuando el ladrón Haram vió el éxito de la acertada jugarreta de su asociado Akil, le felicitó y le dijo que a él le resultaría muy difícil superarle. No obstante, se citó con él para aquella misma noche en las inmediaciones del palacio del sultán, a fin de intentar, a su vez, alguna hazaña que no fuese indigna de la maravillosa jugarreta de que acababa de ser testigo.
Así es que, al caer la noche, ya estaban en el punto de cita convenido ambos asociados. Y Haram dijo a Akil: "Compañero, te has reído de la barba de un judío y de la del kadí. Yo quiero obrar sobre el propio sultán. ¡Aquí tienes una escala de cuerda, de la que voy a valerme para penetrar en el aposento del sultán! ¡Pero tienes que acompañarme para ser testigo de lo que ocurra!" Y a Akil, que no estaba acostumbrado al robo, sino sencillamente a las raterías, en un principio le asustó mucho la temeridad de aquella tentativa; pero se avergonzó de retroceder ante su asociado, y le ayudó a arrojar por encima de la muralla del palacio la escala de cuerda. Y treparon ambos por ella,  bajaron por el lado opuesto, atravesaron los jardines y se adentraron en el mismo palacio, a favor de las tinieblas, y se deslizaron por las galerías hasta el propio aposento del sultán; y levantando una cortina, Haram hizo a su compañero ver al sultán dormido y junto al cual había un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 788ª noche

Ella dijo:
"... Un mozalbete que le hacía cosquillas en la planta de los pies. E incluso el mozalbete aquél, que favorecía el dormir del rey con semejante maniobra, parecía abrumado de sueño, y para no dejarse vencer por el sopor mascaba un trozo de almácigo. Al ver aquello, Akil, lleno de pavor, estuvo a punto de caerse de espaldas, y Haram le dijo al oído: "¿Por qué te asustas así compañero? ¡Tú has hablado con el kadí, y yo, a mi vez, quiero hablar con el rey!" Y dejándole escondido detrás de la cortina, se acercó al mozalbete con una agilidad maravillosa, le amordazó, le ató, y le colgó del techo como a un fardo. Luego se sentó en el sitio del otro, y se puso a hacer cosquillas al rey en la planta de los pies con la ciencia de un masajista del hammam. Y al cabo de un momento, maniobró de manera que se despertase el sultán, quien empezó a bostezar. Y Haram, imitando la voz de un mozalbete, dijo al sultán: "¡Oh rey del tiempo! ya que tu Alteza no duerme, ¿quieres que te cuente algo?" Y cuando contestó el sultán: "¡Está bien!" Haram dijo: "En una ciudad entre las ciudades había ¡oh rey del tiempo! un ladrón llamado Haram y un ratero llamado Akil, que rivalizaban en audacia y destreza. ¡Y he aquí lo que cada uno de ellos hizo un día!" Y contó al sultán la jugarreta de Akil con todos sus detalles, y llevó su audacia hasta enterarle de cuanto pasaba en su propio palacio, cambiando solamente el nombre del sultán y el lugar de la escena. Y cuando hubo terminado su relato, dijo: "Y ahora, ¡oh rey del tiempo! ¿me dirás a cuál de ambos compañeros encuentra más hábil tu señoría?"
Y contestó el sultán: "¡Indudablemente, al ladrón que se introdujo en el palacio del rey!"
Cuando hubo oído esta respuesta, Haram pretextó una urgente necesidad de orinar, y salió como si fuera a los retretes. Y fué a reunirse con su compañero, que, durante todo el tiempo que duró la conversación, estuvo sintiendo que el alma se le escapaba de terror por la nariz. Y de nuevo emprendieron el camino que ya habían recorrido y salieron del palacio tan felizmente como habían entrado.
Al día siguiente, el sultán, que estaba muy asombrado de no haber vuelto a ver a su favorito, a quien creía en los retretes, llegó al límite de la sorpresa al hallarle colgado del techo, exactamente igual que en la historia que oyó contar. Y en seguida adquirió la certeza de que él mismo acababa de ser víctima de tan audaz ladrón. Pero, lejos de irritarse contra quien así le había burlado, quiso conocerle; y a tal fin hizo proclamar, por los pregoneros públicos, que perdonaba al que se introdujo de noche en su palacio y le prometía una gran recompensa si se presentaba ante él. Y fiado en esta promesa, fué Haram al palacio y se presentó entre las manos del sultán, que hubo de alabarle mucho por su valor, y para recompensar tanta maestría, le nombró en el momento jefe de policía del reino. Y la joven, por su parte, al enterarse de la cosa, no dejó de escoger a Haram por único esposo, y vivió con él entre delicias y alegrías. ¡Pero Alah es más sabio!

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