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51 La parábola de la verdadera ciencia de la vida

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LA PARABOLA DE LA VERDADERA CIENCIA DE LA VIDA

Cuentan que en una ciudad entre las ciudades, donde se enseñaban todas las ciencias, vivía un joven que era hermoso y estudioso. Y aunque nada faltara a la felicidad de su vida, le poseía el deseo de aprender siempre más. Un día, merced al relato de un mercader viajero, le fué revelado que en cierto país muy lejano existía un sabio que era el hombre más santo del Islam y que él solo poseía tanta ciencia, sabiduría y virtud como todos los sabios del siglo reunidos. Y se enteró de que  aquel sabio, a pesar de su fama, ejercía sencillamente el oficio de herrero, que su padre y su abuelo habían ejercido antes que él. Y cuando hubo oído estas palabras entró en su casa, cogió sus sandalias, su alforja y su báculo, y abandonó inmediatamente su ciudad y sus amigos, y se encaminó al país lejano en que vivía el santo maestro, con objeto de ponerse bajo su dirección y adquirir un poco de su ciencia y de su sabiduría. Y anduvo durante cuarenta días y cuarenta noches, y después de muchos peligros y fatigas, gracias a la seguridad que escribiole Alah, llegó a la ciudad del herrero.
Al punto fué al zoco de los herreros y se presentó a aquel cuya tienda le habían indicado todos los transeúntes. Y luego de besarle la orla del traje, se mantuvo de pie delante de él en actitud de respeto. Y el herrero, que era un hombre de edad, con el rostro marcado por la bendición, le preguntó: "¿Qué deseas, hijo mío?" El otro contestó: "¡Aprender ciencia!" Y el herrero, por toda respuesta, le puso entre las manos la cuerda del fuelle de fragua y le dijo que tirara. Y el nuevo discípulo contestó con el oído y la obediencia, y al punto se puso a estirar y aflojar la cuerda del fuelle, sin interrupción, desde el momento de su llegada hasta la puesta del sol. Y al día siguiente se dedicó al mismo trabajo, así como los días posteriores, durante semanas, meses y todo un año, sin que nadie en la fragua, ni el maestro ni los numerosos discípulos, cada uno de los cuales tenía una tarea tan ruda como la suya, le dirigiesen una sola vez la palabra, y sin que nadie se quejase ni siquiera murmurase de aquel duro trabajo silencioso. Y de tal suerte pasaron cinco años. Y un día el discípulo se aventuró muy tímidamente a abrir la boca, y dijo: "¡Maestro!" Y el herrero interrumpió su trabajo. Y en el límite de la ansiedad, hicieron lo mismo todos los discípulos. Y el herrero, en medio del silencio de la fragua, se encaró con el joven, y le preguntó: "¿Qué quieres?"
El otro dijo: "¡Ciencia!" Y el herrero dijo: "¡Tira de la cuerda!" Y sin pronunciar una palabra más, reanudó el trabajo de la fragua. Y transcurrieron otros cinco años, durante los cuales, desde por la mañana hasta por la noche, el discípulo tiró de la cuerda del fuelle sin interrupción y sin que nadie le dirigiese la palabra ni una sola vez. Pero cuando alguno de los discípulos tenía necesidad de un informe acerca de algo, le estaba permitido escribir la demanda y presentársela al maestro por la mañana al entrar en la fragua. Y sin leer nunca el escrito, el maestro lo arrojaba al fuego de la fragua o se lo metía entre los pliegues del turbante. Si arrojaba al fuego el escrito, sin duda era porque la demanda no merecía respuesta. Pero si colocaba el papel en el turbante, el discípulo que se lo había presentado encontraba por la noche la respuesta del maestro escrita con caracteres de oro en la pared de su celda.
Cuando transcurrieron diez años, el viejo herrero se acercó al joven y le tocó en el hombro. Y por primera vez, desde hacía diez años, soltó el joven la cuerda del fuelle de fragua. Y descendió a él una gran alegría. Y el maestro le habló, diciendo: "Hijo mío, ya puedes volver a tu país y a tu morada llevando en tu corazón toda la ciencia del mundo y de la vida. ¡Pues todo eso adquiriste al adquirir la virtud de la paciencia!"
Y le dió el beso de paz. Y el discípulo regresó iluminado a su país, entre sus amigos; y vió claro en la vida.

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