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49 P1 Historia maravillosa del espejo de las vírgenes - primera de dospartes

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49 Historia maravillosa del espejo de las vírgenes





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HISTORIA MARAVILLOSA DEL ESPEJO DE LAS VIRGENES

Y Schehrazada dijo al rey Schahriar:
He llegado a saber ¡oh rey afortunado! ¡oh dotado de ideas excelentes! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos, había en la ciudad de Bassra un sultán que era un joven admirable y delicioso, lleno de generosidad y de valentía, de nobleza y de poderío, y se llamaba el sultán Zein. Pero, a pesar de las grandes cualidades y de los dones de todas clases, que hacían que no tuviese par a lo largo ni a lo ancho del mundo, el tal joven y encantador sultán Zein era un extraordinario disipador de riquezas, un pródigo que no tenía freno ni orden, y que, con las liberalidades de su mano abierta a jóvenes favoritos glotones en extremo, y con lo que gastaba en las mujeres innumerables de todos colores y de todas estaturas que mantenía en palacios suntuosos, y con la compra no interrumpida de nuevas jóvenes que a diario le procuraban, en estado de virginidad, por precios exorbitantes, para que las metiese el diente, había acabado por agotar completamente los inmensos tesoros acumulados desde hacía siglos por sus abuelos los sultanes y los conquistadores. Y un día su visir fue a anunciarle, después de besar la tierra entre sus manos, que las arcas del oro estaban vacías y que no había con qué pagar al día siguiente a los proveedores del palacio; y no bien le hubo anunciado aquella mala noticia, por miedo al palo se apresuró a marcharse como había venido.
Cuando el joven sultán Zein se enteró así de que habíanse consumido todas sus riquezas, se arrepintió de no haber pensado en reservarse una parte para los días negros del destino; y se entristeció en el alma hasta el límite de la tristeza. Y se dijo: "Ya no te queda, sultán Zeid, más que huir de aquí y dejar el trono decadente del reino de tus padres, a quien quiera apoderarse de él, abandonando a su suerte a tus favoritos tan queridos, a tus concubinas jóvenes, a tus mujeres y tus asuntos de gobierno. Porque es preferible ser un mendigo en el camino de Alah, a ser un rey sin riquezas y sin prestigio, y ya conoces el proverbio que dice: "¡Más vale estar en la tumba que en la pobreza!"
Y así pensando, esperó que llegara la noche para disfrazarse y salir por la puerta secreta de su palacio sin ser visto por nadie. Y se disponía a coger un báculo y a ponerse en camino cuando Alah el Omnividente, el Omnioyente, le trajo a la memoria las últimas palabras y recomendaciones de su padre. Porque, antes de morir, su padre le había llamado, y entre otras cosas le había dicho: "¡Y sobre todo ¡oh hijo mío! no olvides que, si el destino se vuelve un día contra ti, encontrarás en el armario del archivo un tesoro que te permitirá hacer frente a todos los embates de la suerte!"
Cuando Zein recordó estas palabras, que habíanse borrado completamente de su memoria, corrió sin tardanza al armario del archivo y lo abrió, temblando de alegría. Pero por más que miró, hojeó y examinó, revolviendo papeles y registros y desordenando los anales del reino, no encontró en aquel armario ni oro, ni olor de oro, ni plata, ni olor de plata, ni joyas, ni pedrerías, ni nada que de cerca o de lejos se pareciese a aquellas cosas. Y desesperado hasta no poder contener más desesperación su pecho, y muy furioso por haber visto defraudada su esperanza, empezó a sacarlo todo y a tirar los papeles del reino en todas direcciones, y a pisotearlos con rabia, cuando de pronto sintió que resistía a su mano devastadora un objeto duro como de metal. Y lo cogió, y cuando lo hubo mirado, vio que era un pesado cofrecillo de cobre rojo. Y se apresuró a abrirlo; y no encontró dentro más que un billete doblado y sellado con el sello de su padre. Entonces, aunque estaba muy descorazonado, rompió el precinto y leyó en el papel estas palabras trazadas de puño y letra de su padre: "¡Ve, hijo mío, a tal sitio del palacio, llévate un azadón y cava por ti mismo la tierra con tus manos, invocando a Alah!"
Cuando hubo leído este billete, Zein se dijo: "¡He aquí que tengo que hacer ahora el trabajo penoso de los labradores! ¡Pero ya que tal es la voluntad de mi padre, no quiero desobedecerlo!" Y bajó al jardín, cogió el azadón que estaba apoyado contra el muro de la casa del jardinero y fué al sitio designado, que era un subterráneo situado debajo del palacio...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 721ª noche

La pequeña Doniazada, hermana de Schehrazada, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada y exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡cuán dulces y amables y sabrosas en su frescura son tus palabras!" Y dijo Schehrazada, besando en los ojos a su hermana: "¡Sí! pero ¿qué es lo anterior comparado con lo que voy a contar esta noche, siempre que me lo permita este rey bien educado y dotado de buenas maneras? Y dijo el rey Schahriar: "¡Permitido!"
Entonces Schehrazada continuó así:
"... El joven Zein cogió un azadón y fué al subterráneo, situado debajo del palacio. Y encendió una antorcha, y a aquella claridad empezó por golpear el suelo del subterráneo con el mango de su azadón, y de tal suerte acabó por percibir una resonancia profunda. Y se dijo "¡Ahí es donde tengo que cavar!" Y se puso a cavar de firme; y levantó más de la mitad de las baldosas del pavimento sin dar con la menor apariencia del tesoro. Y dejó la tarea para descansar, y apoyándose contra el muro, pensó: "¡Por Alah! ¿y desde cuándo, sultán Zein, necesitas correr detrás de tu destino y buscarlo hasta en las profundidades de la tierra, en vez de esperarlo sin preocupaciones, sin fatigas y sin trabajo? ¿Es que no sabes que lo que pasó, pasado está y lo que se escribió, escrito está y deberá ocurrir?"
Sin embargo, cuando descansó un poco, continuó su tarea, quitando las baldosas sin muchas esperanzas; y he aquí que de repente dejó al descubierto una piedra blanca, que hubo de levantar; y debajo encontró una puerta que tenía puesto un candado de acero. Y rompió aquel candado a azadonazos y abrió la puerta.
Entonces se vió en lo alto una magnífica escalera de mármol blanco que daba acceso a una amplia sala cuadrada, toda de porcelana blanca de China y de cristal, y cuyo artesonado y techo y columnata eran de lapislázuli celeste. Y vió en aquella sala cuatro estrados de nácar, sobre cada uno de los cuales había diez ánforas grandes de alabastro y de pórfido alternadas. Y se preguntó: "¿Quién sabe qué contendrán estas hermosas ánforas? ¡Es muy probable que mi difunto padre hiciera que las llenaran de vino añejo, el cual ahora debe alcanzar los límites extremos de la excelencia!" Y así pensando, subió uno de los cuatro estrados, se acercó a una de las ánforas y quitó la tapa. Y ¡oh sorpresa! ¡oh alegría! ¡oh danza! vió que estaba llena de polvo de oro hasta el borde. Y para cerciorarse de ello mejor, metió el brazo sin poder llegar al fondo, y lo sacó todo dorado y reluciente de sol. Y se apresuró a quitar la tapa a otra ánfora y vió que estaba llena de dinares de oro y de zequíes de oro de todos tamaños. Y examinó una tras otra las cuarenta ánforas, y vió que todas las de alabastro estaban repletas de dinares y de zequíes de oro.
Al ver aquello, el joven Zein se dilató y se esponjó y se tambaleó y se convulsionó; luego se puso a gritar de alegría, y dejando su antorcha en una cavidad de la pared de cristal, inclinó hacia él una de las ánforas de alabastro, y se echó por la cabeza, por los hombros, por el vientre y por todas partes polvo de oro; y se bañó en ello con una voluptuosidad que no sintió nunca en los hammams más deliciosos. Y exclamó: "¡Vaya, vaya, sultán Zein! ¿con que querías coger el báculo del derviche y ya te disponías a recorrer los caminos de Alah mendigando? ¡Y he aquí que la bendición ha descendido sobre tu cabeza, porque no dudaste de la generosidad del Donador y derrochaste a mano abierta los primeros bienes que te dió! Refréscate, pues, los ojos y tranquiliza tu alma. ¡Y no temas poder agotar de nuevo los dones incesantes de Quien te ha creado!" Y al mismo tiempo inclinó todas las demás ánforas de alabastro, y vertió en la sala de porcelana el contenido. E hizo lo propio con las ánforas de pórfido, cuyos dinares y zequíes hacían estremecerse con sus caídas sonoras y sus tintineos los ecos de la porcelana y el armonioso cristal. Y sumergió su cuerpo amorosamente en medio de aquel amontonamiento de oro, en tanto que, a la luz de la antorcha, la sala blanca y azul unía el resplandor de sus paredes milagrosas a las fulgurantes chispas y las llamaradas gloriosas que escapábanse del seno de aquel incendio frío.
Cuando el joven sultán se bañó en oro de aquel modo, recreándose en ello para olvidar el recuerdo de la miseria que había amenazado su vida y le tuvo a punto de abandonar el palacio de sus padres, se levantó chorreando cascadas inflamadas, y más calmado ya, se puso a examinarlo todo con extremada curiosidad, asombrándose de que su padre el rey hubiese hecho abrir aquel subterráneo y construir en él aquella sala admirable tan secretamente, que nadie en el palacio oyó nunca hablar de semejante cosa. Y sus ojos atentos acabaron por notar en un rincón, escondido entre dos columnas, un minúsculo cofrecillo, semejante en un todo, aunque más pequeño, al que había encontrado en el armario del archivo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 722ª noche

Ella dijo:
"... Y sus ojos atentos acabaron por notar en un rincón, escondido entre dos columnas, un minúsculo cofrecillo, semejante en un todo, aunque más pequeño, al que había encontrado en el armario del archivo. Y lo abrió, y encontró dentro una llave de oro incrustada de pedrerías. Y se dijo: "¡Por Alah! ¡Esta llave debe ser la que abre el candado que he roto!" Luego reflexionó y pensó: "El caso es que ¿cómo iba a cerrarse entonces el candado desde afuera? Esta llave, por consiguiente, debe servir para otra cosa". Y se puso a buscar por todas partes a ver si descubría para qué servía la llave. Y examinó con atención extremada todas las paredes de la sala, y acabó por encontrar, en medio de un testero, una cerradura. Y pareciéndole que sería la correspondiente a la llave que tenía él, la probó, y al punto cedió y se abrió de par en par una puerta. Y así pudo penetrar en otra sala, todavía más maravillosa que la anterior. Porque toda ella, desde el suelo hasta el techo, era de loza verde con labrados de oro, y se la creería tallada en esmeralda marina. Y verdaderamente, era tan hermosa en su desnudez de todo adorno, que en ningún sueño se hubiera imaginado otra parecida. Y en medio de aquella sala se mantenían de pie, bajo la bóveda, seis jóvenes como lunas y brillando de por sí con un brillo que iluminaba toda la sala. Y se erguían sobre pedestales de oro macizo; y no hablaban. Y encantado, a la vez que estupefacto, avanzó Zein hacia ellas para verlas más de cerca y hacerles su zalema; pero advirtió que no estaban vivas, sino que cada cual estaba hecha de un solo diamante.
Al ver aquello, exclamó Zein, en el límite del asombro: "¡Ya Alah! ¿cómo se arreglaría mi difunto padre para poseer semejantes maravillas?" Y las examinó aun con más atención, y observó que, erguidas sobre sus pedestales, rodeaban al séptimo pedestal, el cual permanecía sin ninguna joven cubierto con una tapicería de seda en que había escritas estas palabras:
¡Has de saber ¡oh hijo mío Zein! que me ha costado mucho trabajo adquirir estas jóvenes de diamante. Pero por más que sean maravillosas de belleza, no creas que son lo más admirable de la tierra. Porque existe una séptima joven, más brillante e infinitamente más bella, que las supera, y ella sola vale más que mil como las que estás viendo. Si anhelas, pues, verla y hacerla tuya para colocarla encima del séptimo pedestal que la aguarda, no tienes más que hacer aquello que la muerte no me permitió llevar a cabo. Ve a la ciudad de El Cairo y busca en ella a uno de mis antiguos criados llamado Mubarak, a quien no te costará ningún trabajo descubrir. Y después de las zalemas, cuéntale lo que te ha sucedido. Y te reconocerá como hijo mío y te conducirá hasta el sitio  en que se halla esa incomparable joven. Y la adquirirás. ¡Y regocijará tu vista para el resto de tus días! ¡Uassalam, ya Zein!
Cuando el joven Zein hubo leído estas palabras, se dijo: "¡Ciertamente, me guardaré muy mucho de aplazar ese viaje a El Cairo! ¡Porque muy maravilloso ejemplar ha de ser la séptima joven para que mi padre me asegure que ella sola vale tanto como las reunidas aquí y otras mil análogas!" Y teniendo decidido partir, salió del subterráneo un instante para volver con una banasta que llenó de dinares y de zequíes de oro. Y la transportó a su aposento. Y se pasó parte de la noche llevando a sus habitaciones algo de aquel oro, sin que nadie notase sus idas y venidas. Y cerró la puerta del subterráneo, y subió a acostarse para descansar.
Pero al día siguiente convocó a sus visires, emires y grandes del reino, y les participó su intención de ir a Egipto para cambiar de aires. Y encargó para que gobernara el reino durante su ausencia a su gran visir, que era el mismo precisamente que tanto hubo de temer al palo en vista de la mala noticia anunciada. La escolta que debía acompañarle en el viaje estaba compuesta de un número reducido de esclavos, escogidos cuidadosamente. Y partió él sin pompa ni cortejo. Y Alah le escribió la seguridad, y llegó sin contratiempo a El Cairo.
Allí se apresuró a pedir noticias de Mubarak, y le dijeron que en El Cairo no conocían por este nombre más que a un rico mercader, síndico del zoco, que vivía con toda comodidad y holgura en su palacio, cuyas puertas estaban abiertas para los pobres y para los extranjeros. Y Zein se hizo conducir al palacio de aquel Mubarak, y se encontró a la puerta con gran número de esclavos y eunucos que, tras de avisar a su amo, se apresuraron a desearle la bienvenida. Y le hicieron pasar por un patio grande y atravesar una sala magníficamente adornada, en la cual le esperaba el amo de la casa sentado en un diván de seda. Y se retiraron.
Entonces avanzó Zein hacia su huésped, que levantóse en honor suyo y, después de las zalemas, le rogó que se sentara a su lado, diciéndole: "¡Oh mi señor! ¡La bendición entró en mi casa al mismo tiempo que tú!" Y le abrazó con gran cordialidad, y se guardó mucho de faltar a los deberes de hospitalidad y preguntándole su nombre y la causa que motivaba su presencia. Así es que fue Zein quien interrogó a su huésped, diciéndole: "¡Oh mi señor! aquí donde me ves, acabo de llegar de Bassra, que es mi país, en busca de un hombre llamado Mubarak, que en otro tiempo se contó entre los esclavos del difunto rey de quien soy hijo. Y si me preguntaras mi nombre, te diría que me llamo Zein. ¡Y ahora soy yo mismo el sultán de Bassra...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 723ª noche

Ella dijo:
"... Y si me preguntaras mi nombre, te diría que me llamo Zein. ¡Y ahora soy yo mismo el sultán de Bassra!"
Al oír estas palabras, el mercader Mubarak, en el límite de la emoción, se levantó del diván, y arrojándose a los pies de Zein besó la tierra entre sus manos, y exclamó: "¡Loores a Alah! ¡oh mi señor! que ha permitido la reunión del amo y del esclavo! ¡Ordena y te responderé con el oído y la obediencia! ¡Porque yo mismo soy ese Mubarak, esclavo de tu padre el difunto rey! ¡No muere el hombre que engendra! ¡Oh hijo de mi amo! ¡Este palacio es tu palacio, y yo soy propiedad tuya!" Entonces Zein, levantando del suelo a Mubarak, le contó cuanto le había sucedido, desde el principio hasta el fin, y sin omitir un detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y añadió: "¡Por tanto, vengo a Egipto para que me ayudes a encontrar esa maravillosa joven de diamante!" Y contestó Mubarak: "¡De todo corazón leal y como homenaje debido! Soy el esclavo no liberto, y mi vida y mis bienes te pertenecen por derecho propio. ¡Pero antes de ir en busca de la joven de diamante, ¡oh mi señor! conviene que descanses de las fatigas del viaje y que me permitas dar un festín en honor tuyo!" Pero Zein contestó: "Has de saber ¡oh Mubarak! que, por lo que afecta a tu calidad de esclavo, puedes considerarte libre en adelante, porque te liberto y excluyo tu persona de mis bienes y propiedades. ¡En cuanto a la joven de diamante, es preciso que vayamos en su busca sin tardanza, pues no me ha fatigado el viaje, y la impaciencia que me embarga me impediría disfrutar del menor reposo!"
Entonces, viendo lo firme que era la resolución del príncipe Zein no quiso contrariarle, y después de besar por segunda vez la tierra entre sus manos para darle gracias por el don que acababa de hacerle de su libertad, y tras de besarle la orla del manto y cubrirse con ella la cabeza, se levantó y dijo a Zein: "¡Oh mi señor! ¿pero has reflexionado acerca de los peligros que vas a correr en esta expedición? ¡Porque la joven de diamante está en el palacio del Anciano de las Tres Islas! Y las Tres Islas se hallan situadas en un país cuyo umbral no puede trasponer la generalidad de los hombres. Sin embargo, yo puedo conducirte, pues conozco la fórmula que hay que pronunciar para penetrar en él!" Y contestó el príncipe Zein: "Estoy pronto a afrontar todos los peligros con tal de adquirir esa joven de diamante, ya que no sucederá nada que no deba suceder. ¡Y heme aquí con el pecho hinchado por todo mi valor para ir en busca del Anciano de las Tres Islas!"
Entonces ordenó Mubarak a los esclavos que dispusieran todo lo necesario para la marcha. Y tras de hacer sus abluciones y la plegaria, montaron a caballo y se pusieron en camino. Y viajaron días y noches por llanuras y desiertos y por parajes solitarios en donde no había más que hierba y la presencia de Alah. Y durante aquel viaje se ofreció a ellos sin cesar el espectáculo de cosas, a cual más extraña, que encontraban por primera vez en su vida. Y acabaron por llegar a una pradera deliciosa, en donde se apearon de los camellos, y encarándose con los esclavos que les seguían, les dijo Mubarak: "¡Os quedaréis en esta pradera para guardar los camellos y las provisiones hasta nuestro regreso!" Y rogó a Zein que le siguiera, y le dijo: "¡Oh mi señor, no hay recurso ni poder más que en Alah el Omnipotente! Henos aquí en el umbral de las tierras prohibidas donde se halla la joven de diamante. Tenemos que avanzar completamente solos, sin vacilar en adelante ni por un momento. ¡Y ahora es cuando hemos de manifestar nuestra entereza y nuestro valor!" Y el príncipe Zein le siguió, y caminaron largo tiempo, sin detenerse, hasta que llegaron al pie de una alta montaña que tapaba todo el horizonte con una muralla inflexible.
Entonces el príncipe Zein se encaró con Mubarak, y le dijo: "¡Oh Mubarak! ¿y qué poder nos hará escalar ahora esta montaña inaccesible? ¿Y quién nos dará alas para llegar a su cúspide?" Y Mubarak contestó: "¡No tenemos necesidad de escalarla ni de llegar a su cúspide con alas que nos permitan ascender!" Y sacó del bolsillo un libro antiguo, en el cual había trazados al revés caracteres desconocidos, semejantes a patas de hormigas, y se puso a leer en voz alta ante la montaña, moviendo la cabeza, unos versículos en lengua incomprensible. Y al punto, girando sobre sí misma por ambos lados a la vez, se separó en dos partes la montaña, dejando junto al suelo un espacio lo bastante ancho para permitir pasar a un solo hombre. Y Mubarak cogió de la mano al príncipe, y resueltamente se aventuró el primero por aquel espacio angosto. Y anduvieron de tal suerte, uno detrás de otro, durante una hora de tiempo, y llegaron al otro extremo del pasadizo. Y en cuanto salieron se acercaron y unieron de una manera tan perfecta las dos mitades de la montaña, que no dejaron entre ellas ni un intersticio por el que pudiese penetrar siquiera la punta de una aguja.
Y a la salida se encontraron en la ribera de un lago tan grande como el mar y del seno del cual emergían a lo lejos tres islas cubiertas de vegetación. Y la ribera donde estaban recreaba la vista con árboles, arbustos y flores, que se miraban en el agua y embalsamaban el aire con los aromas más dulces, en tanto que los pájaros cantaban en diversos tonos melodías que arrebataban el espíritu y cautivaban el corazón.
Mubarak se sentó en la ribera, y dijo a Zein: "¡Oh mi señor! lo mismo que yo, estás viendo a lo lejos esas islas. ¡A ellas precisamente es adonde tenemos que ir!" Y Zein preguntó muy sorprendido: "¿Y cómo vamos a atravesar ese lago, tan vasto cual un mar, para ir a esas islas?" El otro contestó: "No te inquietes por eso, porque dentro de unos instantes vendrá por nosotros una barca para transportarnos a esas islas, hermosas cual las tierras prometidas por Alah a sus creyentes. Pero ¡oh mi señor! te suplico que, suceda lo que suceda y veas lo que veas, no hagas la menor reflexión. ¡Y sobre todo, ¡oh mi señor! por muy singular que te parezca la cara del barquero, y por muy extraordinario que le encuentres, guárdate de mover la lengua! ¡Porque si, una vez embarcados, tienes la desgracia de pronunciar una sola palabra, la barca se hundirá en las aguas con nosotros!" Y contestó Zein, extremadamente impresionado: "¡Me guardaré la lengua entre los dientes y mis reflexiones en el espíritu...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 724ª noche

Ella dijo:
"¡... me guardaré la lengua entre los dientes y mis reflexiones en el espíritu!"
Mientras hablaban así, vieron de repente aparecer en el lago una barca con un barquero, y estaba tan cerca de ellos, que no supieron si había salido del seno del agua o si había bajado del fondo del aire. Y aquella barca era de madera de sándalo rojo y en medio tenía un mástil del ámbar más fino, y jarcias de seda. En cuanto al barquero, poseía cuerpo de ser humano, hijo de Adán, pero su cabeza se parecía a la de un elefante y ostentaba dos orejas que le caían hasta tierra y arrastraban tras él como la cola de Agar.
Cuando la barca estuvo solo a cinco codos de la orilla, se detuvo, y el barquero con cabeza de elefante estiró la trompa y tomó con ella, uno tras otro, a ambos compañeros, y los transportó a la barca con tanta facilidad como si fuesen plumas, y les colocó con mucho cuidado. Y al punto sumergió en el agua su trompa, y utilizándola a la vez como remo y timón, se alejó de la orilla. Y alzó sus inmensas orejas rastreras y las desplegó por encima de su cabeza al viento, que hubo de henchirlas tumultuosamente como si fuesen velas. Y maniobró con ellas, volviéndolas hacia el lado de la brisa, con más seguridad con que un capitán haría maniobrar los aparejos de su barco. E impulsada de aquel modo, voló la barca cual un pájaro en el lago.
Cuando llegaron a orillas de una de las islas, el barquero les cogió de nuevo con la trompa, a uno tras de otro, y les dejó en la arena, sin lastimarles, para desaparecer al punto con su barca.
Entonces Mubarak cogió de la mano al príncipe y se internó con él en el interior de la isla, siguiendo un sendero pavimentado con pedrerías de todos colores en vez de guijarros. Y caminaron de aquella manera hasta que llegaron ante un palacio enteramente construido con piedras de esmeralda y rodeado de un ancho foso, en cuyos bordes había plantados de trecho en trecho árboles tan altos que cubrían todo el palacio con su sombra. Y frente a la puerta principal de entrada, que era de oro macizo, había un puente formado de conchas y que lo menos medía seis toesas de largo por tres de ancho. Y sin atreverse a franquear aquel puente, Mubarak se detuvo, y dijo el príncipe: "No podemos ir más adelante. ¡Pero si queremos ver al Anciano de las Tres Islas, podemos hacer un conjuro mágico!" Y extrajo de un saco que llevaba oculto entre la ropa cuatro tiras de seda amarilla. Y con una se rodeó la cintura, y se puso otra a la espalda. Luego dió las otras dos al príncipe, que hizo el mismo uso de ellas. Y entonces Mubarak extrajo del saco dos alfombras preciosas de seda fina, las extendió en el suelo y esparció encima algunos granos de almizcle de ámbar, murmurando fórmulas de encanto. Después se sentó, con las piernas cruzadas, en medio de una de aquellas alfombras, y dijo al príncipe: "¡Ponte en medio de la otra alfombra!" Y Zein ejecutó la orden, y Mubarak le dijo: "Ahora voy a conjurar al Anciano de las Tres Islas, que habita este palacio. ¡Haga Alah que venga a nosotros sin encolerizarse! Porque he de advertirte ¡oh mi señor! que no estoy muy seguro de la manera cómo va a recibirnos, y siento inquietud por las consecuencias de nuestra empresa; pues si no le agrada nuestra llegada a la isla, aparecerá bajo la forma de un monstruo espantoso, pero si no le molesta nuestra venida, se mostrará bajo la forma de un amable y noble Adamita.
En cuanto esté ante nosotros, tendrás que levantarte en honor suyo, y sin salirte de la alfombra le harás las zalemas más respetuosas, y le dirás: "¡Oh poderoso señor, soberano de soberanos! ¡henos aquí en el recinto de tu soberanía y habiendo entrado por la puerta de tu protección! Por lo que a mí se refiere, soy tu esclavo Zein, sultán de Bassra, hijo del difunto sultán a quien se llevó el ángel de la muerte después de que finara en la paz de su Señor. ¡Y vengo a solicitar de tu generosidad y de tu poder los mismos favores que dispensaste a mi difunto padre, servidor tuyo!" Y si te pregunta qué gracia quieres que te conceda, le contestarás: "¡Oh soberano mío! ¡lo que vengo a solicitar de tu generosidad es la séptima joven de diamante!"
Y contestó Zein: "¡Escucho y obedezco!"
Entonces, cuando acabó de instruir así al príncipe Zein, Mubarak empezó a hacer conjuros, fumigaciones, recitados, abjuraciones y ensalmos, que para Zein no tenían significación ninguna. E inmediatamente se ocultó el sol tras un montón de nubes negras, y toda la isla se cubrió de espesas tinieblas, y brilló un largo relámpago que fué seguido de un trueno. Y levantóse un viento furioso que sopló hacia ellos; y oyeron un grito espantoso que estremeció los aires; y hubo un temblor de tierra semejante al que el ángel Israfil ha de causar el día del juicio.
Cuando Zein vió y oyó todo aquello, se sintió poseído de una gran emoción, que tuvo cuidado de no dejar traslucir, sin embargo; y pensó para sí: "¡Por Alah, que esto es un presagio bastante malo!" Pero Mubarak, que le adivinó el pensamiento, empezó a sonreír, y le dijo: "No tengas miedo, ¡oh mi señor! ¡Estas señales, por el contrario, deben tranquilizarnos! ¡Todo va bien, con ayuda de Alah!"
Efectivamente, en el mismo instante en que él pronunciaba estas palabras...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

Pero cuando llegó la 725ª noche

Ella dijo:
"... Efectivamente, en el mismo instante en que él pronunciaba estas palabras, apareció ante ellos el Anciano de las Tres Islas bajo la forma de un Adamita de aspecto venerable, ¡y tan hermoso, que no le superaría en perfección nadie más que Aquel a quien pertenecen toda hermosura, toda cualidad y toda gloria! (¡Exaltado sea!) Y se acercó a Zein, sonriéndole como sonreiría un padre a su hijo. Y Zein se apresuró a levantarse en honor suyo, sin abandonar, no obstante, el centro de la alfombra, para inclinarse luego ante él y besar la tierra entre sus manos. Y no dejó de hacerle las zalemas y los cumplimientos indicados por Mubarak. Y sólo entonces le expuso el motivo de su viaje a la isla.
Cuando el Anciano de las Islas hubo oído las palabras de Zein y comprendió bien su significación, sonrió con una sonrisa aun más atrayente, y dijo a Zein: "¡Oh Zein! en verdad que quise a tu padre con un cariño grande; y cada vez que venía a verme hacíale yo don de una joven de diamante; y me cuidaba de hacérsela transportar yo mismo a Bassra por temor de que la deterioraran los camelleros. Pero no creas que a ti te profeso menos amistad, ¡oh Zein! Pues has de saber que, por propio impulso, prometí a tu padre tomarte bajo mi protección, y le alenté a escribir las dos advertencias y a ocultarlas, una en el armario del archivo y otra en el cofre del subterráneo. Y heme aquí dispuesto a darte la joven de diamante, que por sí sola vale tanto como las demás reunidas y otras mil análogas. ¡Pero ¡oh Zein! no podré hacerte ese regalo maravilloso más que a cambio de otro que quiero pedirte!" Y contestó Zein: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! que cuanto me pertenece es propiedad tuya, y yo mismo me hallo incluido ante lo que te pertenece!"
Y el Anciano sonrió, y contestó: "¡Está bien, ¡oh Zein! pero mi petición es muy difícil de satisfacer! ¡Y no sé si alguna vez lograrás complacerme!" El joven preguntó: "¿Y qué es ello?" El otro dijo: "¡Es preciso que me busques, para traérmela a esta isla, una joven de quince años que sea una virgen intacta y a la par una belleza sin rival!" Y exclamó Zein: "Si eso es todo lo que me pides, ¡oh mi señor! ¡por Alah, que me será fácil satisfacerte! ¡Porque nada en nuestro país es más corriente que las jóvenes de quince años vírgenes a la par que bellas!"
A estas palabras, el Anciano miró a Zein y se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero. Y cuando se hubo calmado un poco preguntó a Zein: "¿Tan fácil es encontrar lo que te pido, ¡oh Zein!?" Y Zein contestó: "¡Oh mi señor! ¡no solamente puedo procurarte una, sino diez jóvenes como la que pides! ¡En cuanto a mí, ya tengo en mi palacio un número considerable de jóvenes de esa clase, y están bien intactas, y me deleito arrebatándoles su virginidad!"
Al oír estas palabras, el Anciano no pudo menos de echarse a reír por segunda vez. Luego, con tono lleno de piedad, dijo a Zein: "Has de saber, hijo mío, que lo que te pido es una cosa tan rara, que nadie hasta hoy pudo traérmela. ¡Y si crees que son vírgenes las jóvenes que posees, te equivocas y te haces ilusiones! Porque ignoras que las mujeres disponen de mil medios para hacer creer en su virginidad, y consiguen engañar a los hombres más experimentados en asaltos. ¡Pero como por el aplomo de tus palabras veo que no sabes nada acerca de ellas, voy a suministrarte un medio de comprobar su estado de abertura o de cerrazón sin tocarlas con el dedo, sin desnudarlas y sin infundir en ellas sospechas! ¡Pues desde el momento que te pido una joven virgen, es indispensable que ningún hombre la haya tocado ni le haya visto con los ojos sus órganos más delicados!"
Cuando el joven Zein oyó estas palabras del Anciano de las Islas, se dijo: "¡Por Alah, que debe estar loco! Si tan difícil como pretende es saber si una joven está intacta, ¿cómo quiere que pueda yo encontrar una para él sin verla ni tocarla?" Y reflexionó durante un momento, y exclamó de pronto: "¡Por Alah, ya adivino! ¡Me guiaré por el olfato!" El anciano sonrió y dijo: "¡La virginidad no tiene olor!" El joven dijo: "¡Pues la miraré fijamente a los ojos!" El Anciano dijo: "¡La virginidad  no se lee en los ojos!" El joven preguntó: "Entonces, ¿cómo voy a arreglarme, ¡oh mi señor!?" El Anciano dijo: "¡Eso es precisamente lo que voy a indicarte!" Y de improviso desapareció a sus ojos; pero fué para volver al cabo de un momento, y llevaba un espejo en la mano. Y se encaró con Zein, y le dijo: "Debo decirte, ¡oh Zein! que a un hijo de Adán le es imposible conocer en la cara de una hija de Eva si está virgen o perforada. Ese conocimiento no pertenece más que Alah y a los elegidos de Alah. Así es que, como yo no te lo puedo enseñar de otro modo, para darte ese conocimiento te traigo este espejo, que ha de ser más seguro que todas las conjeturas de los hombres.
En cuanto veas a una joven de quince años perfectamente bella y a la que creas virgen, o a la que como tal te presenten, no tendrás más que mirar este espejo y al punto verás aparecer en él la imagen de la joven consabida. Y no temas examinar esta imagen, porque la contemplación de una imagen en un espejo no constituye ningún atentado a la virginidad de un cuerpo, como lo constituiría la contemplación directa del cuerpo mismo. Si la joven no está virgen, lo advertirás al examinar su historia, que se te aparecerá hinchada y abierta cual un abismo, y también verás que se empaña el espejo, como si tuviera vaho. Pero si, por el contrario, quisiera Alah que la joven haya permanecido virgen, verás aparecer una historia no mayor que una almendra mondada, y el espejo se conservará claro, puro y limpio de todo vaho...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 726ª noche
Ella dijo:
¡... Pero si, por el contrario, quisiera Alah que la joven haya permanecido virgen, verás aparecer una historia no mayor que una almendra mondada, y el espejo se conservará claro, puro y limpio de todo vaho!"
Y cuando hubo hablado así, el Anciano de las Islas entregó a Zein el espejo mágico, añadiendo: "Deseo ¡oh Zein! que el Destino te haga encontrar lo más pronto posible la virgen de quince años que te pido. ¡Y no olvides que es preciso sea perfectamente bella! Porque, ¿de qué sirve la virginidad sin belleza? ¡Y ten cuidado de este espejo, cuya pérdida sería para ti una lástima irreparable! Y contestó Zein con el oído y la obediencia; y tras de despedirse del Anciano de las Tres Islas, desanduvo con Mubarak el camino del lago. Y fué a ellos con su barca el barquero de la cabeza de elefante y les pasó de la misma manera que antes les había pasado. Y de nuevo se abrió la montaña para hacerles paso. Y se apresuraron a reunirse con los esclavos que guardaban los caballos.
Y regresaron a El Cairo.
Y he aquí que el príncipe Zein consintió por fin en tomarse algunos días de descanso en el palacio de Mubarak para reponerse de las fatigas y emociones del viaje. Y pensaba: "¡Ya Alah! ¡qué infeliz es el anciano de las Islas, que no vacila en darme la más maravillosa de sus jóvenes de diamante a cambio de una Adamita virgen! ¡Y se imagina que la raza de las vírgenes se ha extinguido sobre la faz de la tierra!" Luego, cuando le pareció que se había tomado el descanso necesario, llamó a Mubarak, y le dijo: "¡Oh Mubarak! levantémonos y vayamos a Bagdad y a Bassra, donde las jóvenes vírgenes son tan innumerables como la langosta. Y escogeremos la más bella entre todas. ¡Y vendremos a ofrecérsela al Anciano de las Tres Islas a cambio de la joven de diamante!" Pero contestó Mubarak: "¿Y para qué, ¡oh mi señor!? ¿No estamos en El Cairo, la ciudad de ciudades, lugar preferido por las personas deliciosas y punto de reunión de todas las bellezas de la tierra? ¡No te preocupes, pues, por eso, y déjame obrar en consecuencia!" El joven preguntó: "¿Y qué vas a hacer?" El otro dijo: "Entre otras, conozco a una vieja taimada, muy experta en jóvenes, y que nos proporcionará más de las que deseemos. Voy, pues, a encargarle que nos traiga aquí todas las jóvenes de quince años que se encuentren, no sólo en El Cairo, sino en todo Egipto. Y para que nos resulte más fácil la tarea, le recomendaré que haga por sí misma selección, no trayéndonos aquí más que las que juzgue dignas de ser ofrecidas como regalo a reyes y sultanes. Y a fin de estimular su celo, le prometeré un suntuoso bakhchich. Y de tal suerte, no dejará en Egipto una joven presentable sin traérnosla, con o sin consentimiento de sus padres. Y elegiremos la que nos parezca más bella entre las egipcias, y la compraremos; y si pertenece a una familia de notables, la pediré para ti en matrimonio, y te casarás con ella, solamente por fórmula, pues no has de tocarla, desde luego. Tras de lo cual iremos a Damasco, luego a Bagdad y a Bassra, y allí haremos las mismas pesquisas. Y en cada ciudad compraremos o nos procuraremos, por medio del matrimonio aparente, la que nos haya conmovido más con su belleza, después, claro está, de haber comprobado su virginidad valiéndonos del espejo. Y sólo entonces reuniremos a todas las jóvenes que nos hayamos proporcionado de ese modo, y escogeremos entre todas la que nos parezca indudablemente la más maravillosa. ¡Y de tal suerte, mi señor, habrás cumplido tu promesa al Anciano de las Tres Islas, quien, a su vez, cumplirá la suya, dándote a cambio de la maravillosa virgen de quince años la joven de diamante!" Y contestó Zein: "¡Tu idea ¡oh Mubarak! es de lo más excelente! ¡Y de tu boca acaban de salir las palabras de la sabiduría y de la elocuencia!"
Entonces Mubarak fué en busca de la consabida vieja taimada, que no tenía igual para argucias y artificios de todas clases, pues era capaz de dar lecciones de sagacidad, picardía y sutileza al propio Eblis. Y después de ponerle en la mano, para empezar, un bakhchich de cierta importancia, le expuso el motivo que le impulsaba a verla, y añadió "Porque esta joven que te pido, escogida entre todas las jóvenes de quince años que se encuentran en Egipto, y que ha de ser incomparablemente bella y virtuosa en absoluto, está destinada a ser la esposa del hijo de mi amo. Y ten la seguridad de que tus pesquisas y trabajos se te retribuirán liberalmente. ¡Y habrás de alabarte de nuestra generosidad!" Y contestó la vieja: "¡Oh mi señor! tranquiliza tu espíritu y refresca tus ojos, pues ¡por Alah! que voy a consagrarme a satisfacer tu deseo hasta más allá de lo que me pides. Porque has de saber que tengo en mi mano jóvenes de quince años vírgenes y que todas son hijas de hombres honorables y de notables. ¡Y te las llevarás todas, una tras otra, y te verás perplejo para elegir entre todas esas lunas a cual más maravillosa! "
Así habló la vieja taimada. Pero, a pesar de toda su sagacidad y su ciencia, no sabía nada en absoluto de lo referente al espejo. Así es que con su aplomo de siempre salió a recorrer la ciudad, poniendo en juego sus argucias, en busca de jóvenes...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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