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47 P3 Historia del joven Nur y de la franca heróica - tercera de tres partes

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47 Historia del joven Nur y de la franca heróica





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Pero cuando llegó la 707ª noche

Ella dijo:
"... Tras de lo cual se acostó en el camastro de la cuadra, y dejó a Alah el cuidado de la cura.
Al día siguiente por la mañana fué renqueando el visir tuerto a levantar el emplasto por sí mismo. Y su asombro y su alegría llegaron a los límites extremos cuando vió que el ojo del caballo estaba limpio como la luz de la mañana. Y llegaron a tanto sus transportes, que puso a Nur su propio manto y en el momento le nombró jefe de sus caballerizas y primer veterinario del palacio. Y le dió por habitación el aposento situado encima de las cuadras, enfrente del palacio en que se hallaban sus propios aposentos, que sólo estaban separados por el patio. Tras de lo cual se fué para asistir a las fiestas que se daban con motivo de sus bodas con la princesa. ¡Y no sabía que el hombre jamás escapa a su destino, y de cuanto prepara la suerte a quienes de antemano tiene reservado para servir de escarmiento a las generaciones!
Había llegado el séptimo día de las fiestas, y aquella misma noche el feo viejo debía entrar en posesión de la princesa. (¡Alejado sea el Maligno!) Y he aquí que precisamente la princesa estaba asomada a su ventana y oía los últimos tumultos y los gritos lanzados a lo lejos en honor suyo. Y pensaba, muy triste, en su bienamado Nur, el vigoroso y hermoso joven de Egipto, que había cortado la flor de su virginidad. Y a este recuerdo bañaba su alma una gran melancolía, y le subían las lágrimas a los ojos. Y se decía ella: "¡En verdad que nunca dejaré que se aproxime a mí ese viejo repulsivo! ¡Antes le mataré y luego me tiraré al mar por la ventana!" Y mientras dejábase impregnar por la amargura de estos pensamientos, oyó debajo de sus ventanas una hermosa voz de joven que en medio de la noche cantaba versos árabes acerca de la separación de los amantes. Era Nur, que en aquel momento, cuando terminó de cuidar a los dos caballos, había subido a su aposento y también se había asomado a su ventana para pensar en su bienamada. Y cantaba estas palabras del poeta:
¡Oh felicidad desaparecida; vengo a buscarte lejos de nuestras moradas, en un país cruel, o a hacerme, por lo menos, la ilusión de encontrarte! ¡Ay de mí!
¡Mis sentidos equivocados creen reconocerte en todo lo que tiene algo de gracia o algún encanto atrayente! ¡Ay de mí!
¡Si en la lejanía suspira sus melodías una flauta o un laúd le responde con sus acordes armoniosos, se me mojan de lágrimas los ojos al pensar en nosotros dos! ¡Ay de ambos!
Cuando la princesa Mariam hubo oído este canto con que el bienamado de su corazón expresaba los sentimientos de su amor fiel, reconoció su voz al punto y se emocionó hasta el límite de la emoción.
Pero como era prudente y avisada, supo dominarse para no hacerse traición ante las doncellas que la rodeaban, y empezó por mandarlas que se marchasen. Después cogió un papel y un cálamo, y escribió lo que sigue:
"¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso! ¡Y ahora, que la paz de Alah sea contigo, ¡oh Nur! así como Su misericordia y Su bendición!
"¡Quiero decirte que tu esclava Mariam te saluda y arde en deseos de reunirse contigo! Escucha, pues, lo que te dice aquí, y haz lo que te ordena.
"A primera hora de la noche, hora propicia a los amantes, coge los dos corceles, Sabik y Lahik, y condúcelos fuera de la ciudad, detrás de la puerta del Sultán, donde me esperarás. ¡Y si te preguntan que adónde llevas los caballos, contesta que los sacas para que den un paseo!"
Luego dobló este billete, lo escondió en un pañuelo de seda, y agitó el pañuelo desde la ventana en dirección a Nur. Y cuando vió que él la había advertido y que estaba ya cerca, arrojó por la ventana el pañuelo. Y Nur lo recogió, lo abrió y se encontró con el billete, que hubo de leer para llevárselo después a los labios y a la frente en señal de asentimiento. Y se apresuró a volver a las cuadras, donde esperó con la más viva impaciencia la primera hora de la noche. Ensilló entonces a los dos nobles animales y salió de la ciudad con ellos, sin que nadie le estorbase el camino. Y esperó a la princesa detrás de la puerta del Sultán, teniendo de la brida a los caballos.
Precisamente en aquel momento, terminadas las fiestas y llegada la noche, el viejo tuerto tan feo y tan repugnante penetraba en la cámara de la princesa para cumplir lo que tenía que cumplir. Y la princesa, al verle entrar, se estremeció de horror, de tan repulsivo como era el aspecto de él. Pero como ella tenía que seguir un plan que no quería hacer fracasar, trató de dominar sus sentimientos de repulsión, y levantándose en honor suyo, le invitó a sentarse junto a ella en el diván. Y le dijo el viejo cojo: "¡Oh soberana mía! ¡eres la perla de Oriente y de Occidente, y a tus pies es donde debiera yo prosternarme!" Y contestó la princesa: "¡Está bien! pero dejémonos de cumplimientos. ¿Dónde está la cena? ¡Tengo mucha hambre, y ante todo debemos empezar por comer!"
Al punto llamó el viejo a las esclavas, y en un instante se sirvieron bandejas cubiertas de los manjares más raros y más exquisitos, que se componían de cuanto vuela por los aires, nada por los mares, anda por la tierra y crece en los árboles de los huertos y en los arbustos de los parterres. Y se pusieron ambos a comer juntos; y la princesa se desvivía por ofrecerle los mejores bocados; y el viejo estaba entusiasmado de tales atenciones y se le dilataba el pecho y se felicitaba de alcanzar sus propósitos con mucha más facilidad de lo que creía. Pero de pronto cayó de espaldas sin conocimiento, dando con la cabeza antes que con los pies. Porque la princesa había logrado echar disimuladamente en la copa un poco de bang marroquí capaz de derribar a un elefante y dejarle más ancho que largo. ¡Loores a Alah, que no permite que la fealdad mancille la pureza ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 708ª noche

Ella dijo:
"... un poco de bang marroquí capaz de derribar a un elefante y de dejarle más ancho que largo. ¡Loores a Alah, que no permite que la fealdad mancille la pureza!
Cuando la princesa Mariam vió al visir rodar de tal modo como un cerdo hinchado, se levantó en aquella hora y en aquel instante, tomó dos sacos que llenó de pedrerías y de joyas, cogió un alfanje que tenía la hoja empapada en sangre de leones, se lo sujetó a la cintura, se cubrió con amplio velo, y valiéndose de una cuerda se descolgó por la ventana al patio para salir desde allí del palacio sin ser notada y correr en dirección a la puerta del Sultán, adonde llegó sin contratiempo. Y no bien divisó a Nur, se lanzó hacia él, y sin darle tiempo para besarla siquiera, saltó a lomos del caballo Lahik, y gritó a Nur: "¡Monta en Sabik, y sígueme!" Y renunciando a toda reflexión, Nur a su vez saltó a lomos del otro caballo y le puso a galope tendido para alcanzar a su bienamada, que estaba ya lejos. Y corrieron de tal suerte durante toda la noche hasta la aurora.
Cuando le pareció a la princesa que había puesto una distancia grande entre ellos dos y los que pudieran perseguirles, consintió en detenerse un momento para descansar y dar aliento a los dos nobles brutos. Y como el paraje a que habían llegado era delicioso y tenía prados verdes, boscajes, árboles frutales, flores y agua corriente, y la frescura de la hora les invitaba al placer tranquilo, quedaron encantados de poder sentarse por fin uno al lado del otro en la paz de aquellos lugares, y de contarse mutuamente lo que sufrieron durante su separación. Y después de beber hasta saciarse agua de arroyo y de refrescarse con frutas cogidas a discreción en los propios árboles, hicieron sus abluciones y se tendieron uno en brazos de otro, frescos, bien dispuestos y enamorados. Y de una vez se resarcieron de todo el tiempo perdido en abstinencia. Luego, halagados por la dulzura del aire y el silencio, se dejaron llevar del sueño bajo las caricias de la brisa de la mañana.
Estuvieron dormidos de aquel modo hasta mediar el día, y sólo se despertaron cuando oyeron resonar la tierra como si la golpearan millares de cascos de caballos. Y abrieron los ojos, y vieron el ojo del sol oscurecido por un torbellino de polvo, en medio de cuya densidad brillaban relámpagos como en un cielo tempestuoso. Y no tardaron en percibir galope de caballos y tintineo de armas. ¡Les perseguía un ejército entero!
En efecto, por la mañana de aquel día, el rey de los francos se había levantado muy temprano para ir a saber por sí mismo noticias de su hija la princesa y tranquilizarse con respecto a ella, porque estaba muy lejos de creer en el éxito del matrimonio de ella con un viejo que sin duda tenía la médula derretida desde hacía mucho tiempo. Pero su sorpresa llegó a los límites extremos al no encontrar a su hija y al ver al visir tendido en tierra, privado de sentido y con la cabeza entre los pies. Y como ante todo quería saber lo que había sido de la princesa, aplicó vinagre a la nariz del visir, quien recobró al punto el uso de sus facultades. Y con voz aterradora, le gritó el rey: "¡Oh maldito! ¿dónde está mi hija Mariam, esposa tuya? El viejo contestó:"¡Oh rey, no lo sé!" Entonces, lleno de furor, sacó el rey su sable, y de un solo tajo partió en dos la cabeza del visir; y salió el alma por las mandíbulas, brillando. ¡Alah aloje por siempre su alma descreída en el último piso del infierno!
Al mismo tiempo llegaron, temblando, los palafreneros, para anunciar al rey la desaparición del nuevo veterinario y de los dos caballos Sabik y Lahik. Y ya el rey no dudó de la fuga de su hija con el jefe de las caballerizas, y al punto hizo llamar a tres de sus primeros patricios y les ordenó que cada uno se pusiera a la cabeza de tres mil hombres y le acompañaran a ir en busca de su hija. Y agregó a este ejército los patriarcas y los grandes de su corte, se adelantó él mismo al frente de las tropas, y se puso en persecución de la fugitiva, a la cual alcanzó en la pradera consabida.
Cuando Mariam vió acercarse aquel ejército, montó a caballo, y gritó a Nur: "Deseo ¡oh Nur! que vayas a mi zaga, porque voy a atacar yo sola a nuestros enemigos, y a defenderte y defenderme de ellos, aunque sean innumerables como los granos de arena!" Y blandiendo su alfanje, improvisó estos versos:
¡Quiero mostrar hoy mi vigor y mi valentía, y aplastar yo sola a mis enemigos coaligados!
¡Demoleré hasta los cimientos los baluartes de los francos, y mi sable afilado partirá las cabezas de sus jefes!
¡Tiene mi caballo el color de la noche, y mi bravura es resplandeciente como el día!

Ya se comentará hoy lo que digo: ¡porque soy la amazona única entre los mortales!
Dijo, y se lanzó contra el ejército de su padre ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 709ª noche

Ella dijo:
"... Cuando la princesa hubo improvisado estos versos, se lanzó contra el ejército de su padre. Y el rey la vió llegar, girando en sus órbitas unos ojos que parecían de azogue. Y exclamó: "¡Por la fe del Mesías, que es lo bastante insensata para atacarnos!" Y detuvo la marcha de sus tropas, y avanzó solo hacia su hija, gritándole: "¡Oh hija de la perversidad! ¡he aquí que te atreves a retarme y te dispones a atacar al ejército de los francos! ¡Oh insensata! ¿es que renunciaste a todo pudor y renegaste de la religión de tus padres? ¿E ignoras que, si no te confías a mi clemencia, te espera una muerte segura?" Ella contestó: "¡Lo que ha pasado es irrevocable, y consiste en el misterio de la ley  musulmana! ¡Creo en Alah el Único y en su Enviado Mahomed el Bendito, hijo de Abdalah! ¡Y jamás renunciaré a mi creencia y a la fidelidad de mi afecto por el joven de Egipto, aunque tuviera que apurar la copa de mi ruina!" Dijo, e hizo caracolear a su caballo espumeante a la vista del ejército de los francos, y cantó estas estrofas guerreras, hendiendo el aire con su sable centelleante:
¡Qué dulce es combatir en el día de la batalla! ¡Ven a mí, si te atreves, vil barahúnda! ¡Venid, cristianos, a afrontar mis golpes que aplastan!
¡Hundiré en el polvo vuestras cabezas cortadas, y heriré en el corazón a vuestro poderío! ¡Y los cuervos graznarán sobre vuestras moradas y anunciarán vuestra destrucción!
¡En el filo de mi alfanje beberéis tragos amargos como el jugo de la coloquíntida! ¡Y serviré a vuestro rey la copa de las calamidades para quitarle por siempre el sabor del agua clara!
¡Ea! ¡venid a mí, si existe un bravo entre vosotros! ¡Venid a aliviar mi pena y a curar mi dolor con vuestra sangre!
¡Adelantaos, si es que no está forjada con cobardía vuestra alma, y veréis cómo os acoge la punta de mi alfanje bajo la polvareda!
Así cantó la heroica princesa. Y se inclinó sobre el caballo, le besó en el cuello, le acarició con la mano, y le dijo al oído: "¡Ya te ha llegado ¡oh Lahik! el día digno de tu raza y de tu nobleza!" Y el hijo de árabes se estremeció y relinchó, y saltó más rápido que el viento Norte, echando lumbre por la narices. Y la princesa Mariam, lanzando un espantoso rugido, cargó sobre el ala izquierda de los francos, y al galope de su corcel segó con su alfanje diecinueve cabezas de jinetes. Luego volvió a colocarse en medio de la arena, y desafió a los francos con grandes gritos.
Al ver aquello, el rey llamó a uno de los tres patricios jefes de sus tropas, que se llamaba Barbut. Era un hábil guerrero, vivo como el fuego y el sostén más firme del trono del rey franco, y el primero de los grandes de su reino y de su corte por su fuerza y por su valentía; y la caballería era su fuerte. Y a la llamada de su rey, se adelantó el patricio Barbut, hirviendo de ardor, montado en un caballo de noble raza y jarretes robustos; y le resguardaba una cota de oro sobrecargada de adornos, con mallas apretadas como alas de langosta. Y consistían sus armas en un sable afilado y destructor, una lanza enorme semejante al mástil de un barco, y con un golpe de la cual hubiese derribado una montaña, cuatro javelinas aguzadas y una maza espantosa erizada de clavos. Y bordado así de hierro y de armas ofensivas y defensivas, era comparable a una torre.
El rey le dijo: "¡Oh Barbut! ¡Ya ves la matanza que ha hecho esta hija desnaturalizada! ¡A ti te incumbe someterla y traérmela viva o muerta!" Luego le hizo bendecir por los patriarcas, los cuales iban cubiertos con vestiduras abigarradas y enarbolando cruces por encima de sus cabezas, y leyeron sobre la cabeza del guerrero el Evangelio, implorando en favor suyo a los ídolos de su terror y de su impiedad. ¡Pero nosotros, musulmanes, invocamos a Alah el Único, que está lleno de  fuerza y majestad!
En cuanto al patricio Barbut acabó de besar el estandarte de la cruz, se lanzó a la arena bramando como un elefante furioso y vomitando su lengua horribles injurias para la religión de los creyentes. ¡Maldito sea! Pero la princesa, por su parte, le vió llegar a ella, y rugió cual una leona madre de leoncillos; y gruñendo, mugiendo y rápida como una ave de presa, lanzó su corcel Lahik contra su adversario. Y se entrechocaron ambos como dos montañas desquiciadas, y se acometieron con furor, aullando con la fuerza de los demonios. Luego se separaron e hicieron varias evoluciones, y volvieron a encontrarse con rabia en un nuevo asalto, parando los golpes mutuos con una destreza y una rapidez maravillosas que llevaban a los ojos la estupefacción. Y la polvareda que los cascos de los caballos levantaban les hurtaba a las miradas a veces; y era tan fuerte el calor abrumador, que las piedras llameaban cual tizones. Y duró la lucha una hora con igual heroísmo por una y otra parte.
Pero el patricio Barbut, que perdió alientos el primero, quiso acabar ya; y se cambió la maza de armas de la mano derecha a la mano izquierda, asió una de sus cuatro javelinas y la lanzó contra la princesa, acompañándola de un grito semejante al estrépito del trueno. Y se escapó de su mano el arma cual relámpago que cegase la mirada. Pero la princesa la vió venir, esperó a que estuviese próxima, y la desvió prestamente con un revés de su alfanje; y la javelina fué silbando a hundirse a lo lejos en la arena. Y cuando el ejército todo vió aquello, se sintió poseído de asombro.
Entonces Barbut cogió una segunda javelina, y la disparó con furor, gritando: "¡Hiera y mate!" Pero la princesa evitó el tiro y lo hizo inútil. Y la tercera y la cuarta javelinas corrieron la misma suerte. Entonces Barbut, tremendo de furor y loco de humillación, tomó otra vez su maza con la mano derecha, rugió como un león, y la lanzó con toda la fuerza de su brazo, apuntando a su adversaria. Y la enorme maza hendió pesadamente el aire y llegó hasta Mariam, la cual hubiese sido aplastada sin remedio, si la heroína no la cogiese al vuelo y la retuviese en la mano; pues Alah habíala dotado de destreza, de astucia y de fuerza. ¡Y la blandió ella a su vez! Y las miradas de quien la veía cegaban de admiración. Y como una loba, corrió hacia el patricio y le gritó, mientras su respiración silbaba cual la víbora cornuda: "¡Mal hayas, maldito! ¡Ven aquí para aprender a manejar una maza de armas ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 710ª noche

Ella dijo:
"... Y como una loba, corrió hacia el patricio, y le gritó, mientras su respiración silbaba cual la víbora cornuda: "¡Mal hayas, maldito! ¡Ven aquí para aprender a manejar una maza de armas!"
Cuando el patricio Barbut vió que su adversaria blandía de aquel modo la maza en el aire, creyó que cielo y tierra desvanecíanse a su vista. Y desalentado, olvidando todo valor y toda presencia de ánimo, volvió la espalda, protegiéndose en su fuga con el escudo. Pero la princesa heroica le siguió de cerca, le apuntó, y haciendo voltear la pesada maza de armas, se la lanzó a la espalda. Y la maza voltigeante fué a caer sobre el escudo con más fuerza que una roca disparada por una máquina de guerra. Y derribó del caballo al patricio, rompiéndole cuatro costillas. Y rodó él por el polvo, se revolcó en su sangre y arañó la tierra con sus uñas. Y fué la suya una muerte sin agonía, porque Azrael, ángel de la muerte, se acercó a él a última hora, y le arrancó el alma, que fué a rendir cuenta de sus errores y de su descreimiento a Quien conoce los secretos y penetra los sentimientos.
Entonces la princesa Mariam, a galope tendido, hizo rozar la tierra el vientre de su caballo, recogió la enorme lanza de su enemigo muerto, y se alejó a alguna distancia. Y allá hundió en tierra profundamente la lanza, y haciendo cara a todo el ejército de su padre, detuvo bruscamente su caballo dócil, se apoyó en la larga lanza, y se mantuvo inmóvil en aquella actitud con la cabeza erguida y provocadora. Y de tal modo, formando un solo cuerpo con su caballo y su lanza clavada en el suelo, era inquebrantable como una montaña e inmutable como el Destino.
Cuando el rey de los francos vió sucumbir de tal suerte al patricio Barbut, en su dolor se golpeó el rostro, desgarró sus vestiduras y llamó al segundo patricio jefe de su ejército, que se llamaba Bartú y era un héroe reputado entre los francos por su intrepidez y su valor en los combates singulares. Y le dijo: "¡Oh patricio Bartú! ¡A ti te incumbe ahora vengar la muerte de Barbut, hermano tuyo en armas!" Y el patricio Bartú contestó, inclinándose: "¡Escucho y obedezco!" Y lanzando su caballo a la arena, corrió hacia la princesa.
Pero la heroína, siempre en la misma actitud, no se movió: y su corcel se mantuvo firme y apuntalado sobre sus patas como un puente. Y he aquí que llegó a ella el galope furioso del patricio, que había soltado las riendas a su caballo y acudía enristrando su lanza cuyo hierro se asemejaba al aguijón del escorpión. Y se verificó tumultuosamente el doble choque.
Entonces avanzaron un paso todos los guerreros para ver mejor las terribles maravillas de aquel combate, parecido al cual jamás lo habían presenciado sus ojos. Y corría por todas las filas un escalofrío de admiración.
Pero ya los adversarios, envueltos en espesa polvareda, se asaltaban de un modo salvaje, y hacían gemir el aire con los golpes que se distribuían. Y así combatieron durante mucho rato, con la rabia en el alma y lanzándose injurias espantosas. Y el patricio no tardó en reconocer la superioridad de su enemiga, y se dijo: "¡Por el Mesías, que llegó la hora de manifestar todo mi poder!" Y asió una pica mensajera de muerte, la enarboló y la lanzó apuntando a su adversaria, y gritando: "¡Para ti!"
¡Pero no sabía que la princesa Mariam era la heroína incomparable de Oriente y de Occidente, la amazona de tierras y desiertos, y la guerrera de llanuras y montañas!
Había ella observado el movimiento del patricio y comprendido su intención. Y cuando la pica enemiga partió al vuelo en dirección suya, esperó que rozase su pecho, la cogió al vuelo de pronto, y encarándose con el patricio estupefacto, le hirió en mitad del vientre con aquella arma, que le salió centelleante por las vértebras dorsales. Y cayó él cual una torre que se derrumba; y el ruido de sus armas hizo retemblar los ecos. Y su alma fué a reunirse para siempre con la de su compañero en las llamas inextinguibles encendidas por la cólera del Juez Supremo...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 711ª noche

Ella dijo:
"... Y cayó él cual una torre que se derrumba; y el ruido de sus armas hizo retemblar los ecos. Y su alma fué a reunirse para siempre con la de su compañero en las llamas inextinguibles encendidas por la cólera del Juez Supremo.
Entonces la princesa Mariam hizo de nuevo caracolear a su caballo en torno del ejército, gritando: "¿En dónde están los esclavos? ¿En dónde están los jinetes? ¿En dónde están los héroes? ¿En dónde está el visir tuerto, ese perro cojo? ¡Que se presente aquí, si tiene valor para ello, el más valiente de vosotros! ¡Vergüenza sobre vosotros, ¡oh cristianos! que tembláis ante el brazo de una mujer!
Al oír y ver todo aquello, el rey de los francos, extremadamente mortificado, y muy desesperado por la pérdida de sus dos patricios, hizo ir al tercero, que se llamaba Fassián, es decir, el Pedorro, ya que era famoso por sus follones y sus cuescos, y también era un pederasta ilustre, y le dijo: "¡Oh Fassián, cuya pederastia es tu principal virtud! ¡a ti te corresponde ahora combatir con esa maldita, y vengar con su muerte la de tus compañeros!" Y después de responder con el oído y la obediencia, el patricio Fassián lanzó su caballo al galope, soltando tras de sí un trueno de cuescos retumbantes, capaces de hacer blanquear de terror los cabellos de un niño en la cuna, y de henchir las velas de un navío.
Pero ya, por su parte, Sett Mariam había tomado campo, y había lanzado a Lahik en un galope más rápido que el relámpago que brilla y el granizo que cae. Y saltaron ambos uno sobre otro como dos carneros, y se encontraron con tanta violencia, que se hubiera creído el suyo el choque de dos montañas. Y el patricio, precipitándose sobre la princesa, dió un grito estridente y le tiró un derrote furibundo. Pero lo evitó ella con ligereza, paró diestramente la lanza de su adversario y la rompió en dos. Luego, en el momento en que el patricio Fassián, impulsado por la velocidad adquirida, pasaba junto a ella, se volvió de pronto, efectuando un giro rápido, y con el mango de su propia lanza le hirió ambos hombros con tanta violencia, que le hizo perder los estribos. Y acompañando aquel movimiento con un grito terrible, se precipitó sobre él, que yacía de espaldas, y le metió la lanza por la boca, y le clavó en el suelo la cabeza, hundiendo profundamente en tierra la punta del arma.
Al ver aquello, todos los guerreros quedaron mudos de estupefacción al pronto. Luego sintieron de improviso pasar sobre sus cabezas el escalofrío del pánico; porque ya no sabían si la heroína que acababa de realizar tales hazañas era una criatura humana o un demonio. Y volviendo la espalda, trataron de salvarse por medio de la fuga, azotando el viento con sus piernas. Pero Sett Mariam echó a correr tras ellos, devorando a su paso la distancia. Y les alcanzaba por grupos o separadamente, les hería con su alfanje, voltigeante, y les hacía beber de un trago la muerte, sumergiéndoles en el océano de los destinos.
¡Y estaba tan alegre su corazón, que parecíale que el mundo no podría contenerlo! Y mató a los que mató, e hirió a los que hirió, y cubrió de muertos la tierra en todos sentidos. Y con los brazos alzados al cielo en señal de desesperación, el rey de los francos huía con sus guerreros corriendo en medio de sus tropas desbandadas, de sus patriarcas y de sus sacerdotes, como correría en medio de un rebaño de carneros el pastor perseguido por la tempestad. Y la princesa no cesó de perseguirles de aquel modo, haciendo una gran matanza, hasta el momento en que el sol se cubrió por completo con el manto de la palidez.
Sólo entonces pensó Mariam en detener su carrera victoriosa. Volvió, pues, sobre sus pasos, y fué en busca de su bienamado Nur, que ya comenzaba a inquietarse por ella, y reposó en sus brazos aquella noche, olvidando con las caricias compartidas y las voluptuosidades del amor, los peligros que acababa de afrontar para salvarle y librarse por siempre de sus perseguidores cristianos. Y al día siguiente, después de discutir ampliamente acerca del paraje que habitarían mejor en adelante, decidieron probar el clima de Damasco. Y se pusieron en camino para aquella ciudad deliciosa.
¡Y he aquí lo referente a ellos!
En cuanto al rey de los francos, cuando estuvo de regreso en Constantinia, con la nariz bastante alargada y el saco de su estómago revuelto a causa de la muerte de sus tres patricios Barbut, Bartú y Fassián, y a causa también de la derrota de su ejército, convocó su Consejo de Estado, y después de exponer su desgracia con los menores detalles, preguntó qué partido debía tomar. Y añadió: "¡Ya no sé adónde habrá ido esa hija de los mil cornudos del impudor! Pero me inclino a creer que habrá ido a algún país musulmán de esos en que dice que los hombres son machos robustos e incansables! ¡Porque esa hija de zorra es un tizón inflamado del infierno! ¡Y los cristianos no le parecían lo bastante membrudos para calmar sus deseos incesantes! ¡Os pido, pues, que me digáis ¡oh patriarcas! qué debo hacer en tan enojosa situación!" Y tras de reflexionar durante una hora de tiempo, los patriarcas y los monjes y los grandes del reino contestaron: "Nosotros creemos ¡oh rey del tiempo! que, después de lo que ha pasado, ya no te queda más que un partido que tomar, y es enviar, con regalos, una carta al poderoso jefe de los musulmanes, al califa Harún Al-Raschid, que es señor de las tierras y de los países adonde van a llegar ambos fugitivos; y en esa carta que has de escribirle de tu puño y letra, le harás toda clase de promesas y juramentos de amistad para que acceda a detener a los fugitivos y a enviarlos con escolta a Constantinia. ¡Y no por eso te comprometerás ni nos comprometeremos a nada con ese jefe de descreídos, sino que, en cuanto nos devuelva a los fugitivos, nos apresuraremos a exterminar a los musulmanes de la escolta y a olvidar nuestros juramentos y nuestros compromisos, como tenemos costumbre de hacer cuantas veces celebramos un tratado con esos infieles, sectarios de Mahomed!" Así hablaron los patriarcas y consejeros del rey de los francos. ¡Malditos sean en esta vida y en la otra por su descreimiento y por su felonía...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 712ª noche

Ella dijo:
"... Así hablaron los patriarcas y consejeros del rey de los francos. ¡Malditos sean en esta vida y en la otra por su descreimiento y por su felonía!
Y he aquí que el rey de los francos, que tenía un alma tan mala como la de sus patriarcas, no dejó de seguir aquel consejo lleno de perfidia. ¡Pero ignoraba que, tarde o temprano, la perfidia se vuelve siempre contra sus autores, y que el ojo de Alah vela siempre por sus creyentes y les defiende contra las emboscadas de sus inmundos enemigos!
Tomó, pues, un papel y un cálamo y escribió en caracteres griegos al califa Harún Al-Raschid una carta en que, después de las fórmulas más respetuosas y más llenas de admiración y de amistad, le decía
"¡Oh poderoso emir de nuestros hermanos los musulmanes! tengo una hija desnaturalizada, llamada Mariam, que se ha dejado seducir por un joven egipcio de El Cairo, el cual me la raptó y la condujo a los países que se hallan bajo tu reino y tu dominación. Por consiguiente, te suplico ¡oh poderoso emir de los musulmanes! que te sirvas hacer las pesquisas necesarias para dar con ella, y me la envíes cuanto antes con una escolta de seguridad.
"¡Y yo, en cambio, colmaré de honores y consideraciones a esa escolta que has de enviarme con mi hija, y haré todo lo que pueda serte grato! Por tanto, para mostrarte mi agradecimiento y darte prueba de mis sentimientos de amistad, te prometo, entre otras cosas, mandar edificar una mezquita en mi capital por los arquitectos que tú mismo escojas. Y además, te enviaré riquezas indiscutibles, como jamás las ha visto parecidas el hombre: jóvenes comparables a huríes, jóvenes imberbes como lunas, tesoros que no podrá destruir el fuego, perlas, pedrerías, caballos, yeguas y potros, camellas y crías de camello, y mulas con cargas preciosas conteniendo los mejores productos de nuestro clima. ¡Y si no te bastara todo eso, disminuiré los confines de mi reino para aumentar tus dominios y tus fronteras! ¡Y sello con mi sello estas promesas yo, César, rey de los adoradores de la Cruz!"
Y después de sellar esta carta, el rey de los francos se la entregó al nuevo visir que había nombrado en lugar del viejo tuerto y cojo, y le dirigió estas palabras: "Si obtuvieras audiencia de ese Harún, le dirás: "¡Oh poderosísimo califa! vengo a reclamar cerca de ti a nuestra princesa: porque tal es el motivo de la importante misión que nos está confiada: ¡Si acoges favorablemente nuestra demanda, puedes contar con el agradecimiento de nuestro señor el rey, que te mandará los más ricos presentes!" Luego, para excitar aun más el celo de su visir, a quien enviaba como embajador, el rey de los francos le prometió a él también, si tenían un feliz éxito su embajada, darle a su hija en matrimonio y colmarle de riquezas y de prerrogativas. Después le despidió, y le recomendó expresamente que entregara la carta al propio califa. Y tras de besar la tierra entre las manos del rey, se puso en camino el visir.
Y he aquí que, después de un largo viaje, llegó con su séquito a Bagdad, donde empezó por tomarse un descanso de tres días. Luego preguntó dónde estaba el palacio del califa, y cuando se lo indicaron, se presentó en él para pedir audiencia al Emir de los Creyentes. Y cuando se le introdujo en el diwán de las recepciones, el visir, postrándose a los pies del califa, besó por tres veces la tierra entre sus manos, le dijo en pocas palabras el objeto de la misión que le estaba confiada, y le entregó la carta de su señor el rey de los francos, padre de la princesa Mariam. Y Al-Raschid desprecintó la carta, la leyó, y tras de darse cuenta de todo su alcance, se mostró propicio a la demanda que contenía la esquela, aunque procedía de un rey descreído. E hizo escribir inmediatamente a los gobernadores de todas las provincias musulmanas para darles las señas de la princesa Marian y de su acompañante, con orden expresa de hacer todas las pesquisas necesarias para dar con ambos, amenazándoles con los peores castigos en caso de fracaso o negligencia, encargándoles que los enviaran a su corte sin tardanza y con buena escolta tan pronto como los descubrieran. Y a caballo o a lomos de dromedarios de carrera, partieron correos en todas direcciones, llevando cada cual una carta para un walí de provincia. Y mientras tanto, el califa retuvo consigo en el palacio al embajador franco y a todo su séquito. ¡Y he aquí lo referente a estos diversos reyes y a sus negociaciones!
¡Pero he aquí ahora lo referente a ambos amantes! Cuando la princesa hubo derrotado por sí sola al ejército de su padre el rey de los francos, y dejó para pasto de buitres a los tres patricios que midieron sus fuerzas con ella, se encaminó a Siria con Nur, y llegó felizmente a las puertas de Damasco. Pero como viajaban por etapas pequeñas, deteniéndose en los sitios hermosos para entregarse a las manifestaciones de su amor, y no se preocupaban de las emboscadas que pudieran tenderles sus enemigos, llegaron a Damasco algunos días más tarde que los veloces correos del califa, los cuales les habían precedido y comunicaron al walí de la ciudad las órdenes concernientes a ambos. Y como no sospechaban lo que les esperaba allí, dieron su nombre sin desconfianza a los espías de la policía, que les reconocieron al punto y los mandaron detener por los guardias del walí. Y sin pérdida de tiempo, los guardias les hicieron retroceder en su camino, sin permitirles la entrada en la ciudad, y rodeándoles de armas amenazadoras les obligaron a acompañarles a Bagdad, adonde llegaron extenuados de fatiga al cabo de diez días de marcha forzada a través del desierto. Y fueron introducidos en el diwán de audiencias por los guardias del palacio...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 713ª noche

Ella dijo:
"... Y fueron introducidos en el diwán de audiencias, rodeados por los guardias del palacio. Y cuando estuvieron en la presencia augusta del califa, se prosternaron ante él, y besaron la tierra entre sus manos. Y dijo el chambelán que estaba de servicio entonces: "¡Oh Emir de los Creyentes! he aquí a la princesa Mariam, hija del rey de los francos, y a Nur, su raptor, hijo del mercader Corona, de El Cairo. ¡Y siguiendo órdenes del walí de la ciudad, se les ha detenido a ambos en Damasco!"
Entonces el califa posó sus ojos en Mariam, y quedó entusiasmado de la elegancia de su figura y de la belleza de sus facciones; y le preguntó: "¿Eres tú la que se llama Mariam y es hija del rey de los francos?"
Ella contestó: "Sí, yo misma soy la princesa Mariam, esclava tuya únicamente, ¡oh Emir de los Creyentes, protector de la Fe, descendiente del príncipe de los enviados de Alah!" Y el califa, muy asombrado de aquella respuesta, se encaró luego con Nur, y también quedó encantado de los hechizos de su juventud y de su hermosura; y le dijo: "¿Y tú eres el joven Nur, hijo de Corona, el mercader de El Cairo?" El aludido contestó: "Sí, soy yo, tu esclavo, ¡oh Emir de los Creyentes, sostén del imperio, defensor de la Fe!"
Y le dijo el califa: "¿Cómo te has atrevido a raptar a esta princesa franca, con menosprecio de la ley?" Entonces Nur, aprovechándose del permiso para hablar, contó toda su aventura con los menores detalles al califa, que escuchó su relato con mucho interés. Pero no hay utilidad en repetirlo.
Entonces Al-Raschid se encaró con la princesa Mariam, y le dijo: "Has de saber que tu padre, el rey de los francos, me ha enviado a este embajador que ves aquí, con una carta escrita de su puño y letra. ¡Y me afirma su gratitud y su intención de levantar una mezquita en su capital si consiento en mandarte a sus Estados! ¿Qué tienes que responder a eso?" Y Mariam levantó la cabeza, y con voz segura y deliciosa a la vez, contestó: "¡Oh Emir de los Creyentes! eres el representante de Alah sobre la tierra y el que mantiene la ley de Su Profeta Mahomed (¡con El por siempre la paz y la plegaria!) Yo me he vuelto musulmana, y creo en la unidad de Alah, y la profeso en tu augusta presencia, y digo: ¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es el Enviado de Alah! ¿Podrás, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! enviarme al país de los infieles que buscan competidores a Alah, creer en la divinidad de Jesús, hijo del hombre, adorar a los ídolos, reverencian la cruz y rinde un culto supersticioso a toda clase de criaturas muertas en la impiedad y precipitadas en las llamas de la cólera de Alah? Si obrases así, entregándome a esos cristianos, yo en el día del Juicio, en que nada valdrán todas las grandezas y sólo se mirará a los corazones, te acusaré, por tu conducta ante Alah y ante nuestro Profeta, primo tuyo (¡con El la plegaria y la paz!) "
Cuando el califa hubo oído estas palabras de Mariam y su profesión de fe, se entusiasmó con toda el alma al saber que era musulmana semejante heroína, y exclamó con lágrimas en los ojos: "¡Oh Mariam, hija mía! ¡ojalá no permita nunca Alah que yo entregue a los infieles una musulmana que cree en la unidad de Alah y en Su Profeta! ¡Que Alah te guarde y te conserve y esparza sobre ti su misericordia y sus bendiciones, aumentando la convicción de tu fe! ¡Y ahora, en vista, de tu heroísmo y tu bravura, puedes reclamarlo todo de mí; y juro que no te rehusaré nada, aunque sea la mitad de mi imperio! ¡Alegra, pues, tus ojos, dilata tu corazón y desecha toda inquietud! Y para que a tal fin haga yo lo que sea preciso, dime si te gustaría que se convirtiese en tu esposo legal ese joven, hijo de nuestro servidor Corona, el mercader de El Cairo".
Y contestó Mariam: "¿Cómo no voy a desearlo, ¡oh Emir de los Creyentes!? ¿No es él quien me ha comprado? ¿No es él quien ha tomado lo que había que tomar en mí? ¿No es él quien ha expuesto por mí su vida con frecuencia? ¿Y no es él, en fin, quien ha dado paz a mi alma revelándome la pureza de la fe musulmana?"
Al punto el califa hizo llamar al kadí y a los testigos, y extender inmediatamente el contrato de matrimonio. Luego mandó acercarse al visir, embajador de los francos, y le dijo: "Ya ves con tus propios ojos y oyes con tus propios oídos que no puedo acceder a la demanda de tu señor, ya que la princesa Mariam nos pertenece al hacerse musulmana. ¡De no obrar así, cometería yo una acción de la que tendría que dar cuenta a Alah y a su profeta el día del Juicio! Porque está escrito en el Libro de Alah: "¡Nunca será posible a los infieles prevalecer sobre los creyentes!" ¡Vuelve pues, al lado de tu señor, y entérale de lo que viste y oíste...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 714ª noche

Ella dijo:
"¡Nunca será posible a los infieles prevalecer sobre los creyentes!" ¡Vuelve, pues, al lado de tu señor, y entérale de lo que viste y oíste!"
Cuando el embajador, en vista de aquello, comprendió que el califa no quería entregarle la hija del rey de los francos, se atrevió a indignarse, lleno de despecho y de soberbia, porque Alah no le había  dejado entrever las consecuencias de sus palabras; y exclamó: "¡Por el Mesías, que aunque sea veinte veces más musulmana, habré de llevársela a mi señor su padre! Si no vendrá él a invadir tu reino y cubrirá con sus tropas tu país desde el Eufrates hasta el Yaman!"
Al oír estas palabras, exclamó el califa en el límite de la indignación: "¿Cómo se entiende? ¿es que este perro cristiano se atreve a proferir amenazas? ¡Que le corten la cabeza y que la pongan a la entrada de la ciudad, crucificando su cuerpo, para que sirva de escarmiento a los embajadores de los infieles!"
Pero la princesa Mariam exclamó: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡no manches tu alfanje glorioso con la sangre de ese perro! ¡Yo misma le trataré como se merece!" Y habiendo dicho estas palabras, tiró del sable que el visir franco llevaba al costado, y enarbolándolo, le quitó de un solo tajo la cabeza y la arrojó por la ventana. Y rechazó el cuerpo con el pie, haciendo seña a los esclavos de que se lo llevaran.
Al ver aquello, el califa quedó maravillado de la prontitud con que la princesa había procedido a semejante ejecución, y la puso su propio manto. Y también hizo que pusieran a Nur un ropón de honor, y les colmó a ambos de ricos presentes; y de acuerdo con el deseo que manifestaron, les dió una magnífica escolta para que les acompañara hasta El Cairo, y les entregó cartas de recomendación para el walí de Egipto y los ulemas.
De tal suerte regresaron Nur y la princesa Mariam a Egipto, a casa de los ancianos padres. Y al ver el mercader Corona que su hijo le llevaba a su casa una princesa en calidad de nuera, llegó al límite del orgullo y perdonó a Nur por su conducta de antes. E invitó a una gran fiesta que hubo de dar en honor suyo a todos los grandes de El Cairo, que colmaron de presentes a los jóvenes esposos, rivalizando en obsequiosidad unos con otros.
¡Y el joven Nur y la princesa Mariam vivieron largos años en el límite de la dilatación y el desahogo sin privarse de nada en absoluto, y comiendo bien, y bebiendo bien, y copulando mucho, a su antojo y durante largo tiempo, en medio de los honores y de la prosperidad, llevando la vida más tranquila y más deliciosa, hasta que fué a visitarles la Destructora de felicidades, la Separadora de amigos y sociedades, la que derriba casas y palacios y llena el vientre de las tumbas! ¡Pero gloria al Único Viviente que no conoce la muerte y que tiene en Sus manos las llaves de lo Visible y de lo Invisible! ¡Amín!

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