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47 P2 Historia del joven Nur y de la franca heróica - segunda de tres partes

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47 Historia del joven Nur y de la franca heróica





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Y cuando llegó la 679ª noche

Ella dijo:
"¡... por igual merecéis la dicha que os espera!"
Entonces el joven Nur, seguido por la joven de caderas ondulantes, se encaminó al khan grande de la ciudad, y apresurose a alquilar allí una habitación en que alojarse. Y se excusó con la joven por no poder ofrecerle nada mejor, diciendo: "¡Por Alah, oh mi señora! que si estuviese yo en El Cairo, mi ciudad, te alojaría en un palacio digno de ti! Pero te repito que aquí no soy más que un extranjero! ¡Y para atender a nuestras necesidades, sólo llevo encima lo justo con lo que pagar este alojamiento!" Ella se sacó del dedo una sortija que tenía engastado un rubí de gran valor, y le dijo: "Toma esto, y ve a venderlo al zoco. ¡Y compra lo que haga falta para un festín de dos personas; y  gasta sin temor y compra los víveres y bebidas mejores que haya, sin olvidar las flores, las frutas y los perfumes!" Y Nur se apresuró a ejecutar la orden, y no tardó en volver cargado con provisiones de todas clases. Y se recogió las mangas y el ropón, y puso el mantel, y sirvió con mucho cuidado el festín. Luego sentose junto a la joven, que le miraba sonriendo; y para empezar, se pusieron a comer bien y a beber bien. Y cuando estuvieron hartos y la bebida comenzó a producir su efecto, el joven Nur, que estaba un poco intimidado por los ojos brillantes de su esclava, no quiso dejarse llevar de los deseos tumultuosos que le agitaban sin informarse antes del país y del origen de la joven. Y le tomó la mano y la besó, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señora! ¿No podrías decirme ya tu nombre y tu país?" Ella contestó: "¡Precisamente ¡oh Nur! yo misma iba a hablarte de ello la primera!" Y se paró un momento y dijo:
"Has de saber ¡oh Nur! que me llamo Mariam, y que soy la hija única del poderoso rey de los francos que reina en la ciudad de Constantinia. Así, pues, no tienes por qué asombrarte cuando sepas que en mi infancia recibí la mejor educación y que tuve maestros de todo. También me enseñaron a manejar la aguja y el huso, a hacer pinturas y bordados, a tejer tapices y ceñidores y a labrar telas de oro sobre fondo de plata o de plata sobre fondo de oro. Y asimismo aprendí cuanto pudiera adornar el ingenio y realzar la belleza. Y crecí de tal suerte en el palacio de mi padre, lejos de todas las miradas. Y las mujeres de palacio, mirándome con ojos de ternura, decían que era yo la maravilla de mi tiempo. Así es que no dejaron de ir a pedirme en matrimonio gran número de príncipes y reyes que reinaban en tierras y en islas; pero mi padre el rey rechazó todas sus proposiciones, sin querer separarse de su única hija, a la que quería más que a su vida y más que a los numerosos hijos varones, hermanos míos, que tenía.
"Por aquel entonces, habiendo yo caído enferma, hice la promesa de que, si recobraba la salud, iría en peregrinación a un monasterio muy venerado entre los francos. Y cuando estuve curada, quise cumplir mi promesa, y me embarqué con una de mis damas de honor, hija de un grande entre los grandes de la corte de mi padre el rey. Pero en cuanto perdimos de vista la tierra, atacaron y abordaron nuestro navío unos piratas musulmanes, y yo misma, con todo mi séquito, fui reducida a  esclavitud y conducida a Egipto, en donde me vendieron al mercader persa que viste en el zoco y que, felizmente para mi virginidad, es eunuco. Y también para suerte mía y porque así lo quiso mi destino, mi amo, estando yo en su casa, sufrió una larga y peligrosa enfermedad durante la cual le prodigué los cuidados más atentos. Así es que, en cuanto recobró la salud, quiso probarme su gratitud por las muestras de afecto que yo le había dado mientras duró su dolencia, y me rogó que le pidiese cuanto pudiera anhelar mi alma. Y por todo favor yo reclamé de él que me vendiera a alguno que pudiese utilizar lo que en mí había de utilizable, pero que no me cediera más que a quien yo escogiese por mí misma. Y al instante me lo prometió el persa, y se apresuró a venderme en la plaza del mercado, ¡desde donde pude fijar en ti mi elección, ¡oh ojos míos, excluyendo a todos los viejos y decrépitos personajes que me codiciaban!"
Y tras de hablar así, la joven franca miró a Nur con ojos en que llameaba el oro de las tentaciones, y le dijo: "¿Podría, tal como soy, pertenecer a otro que no fueras tú, ¡oh joven!?" Y con un ademán rápido, retiró sus velos y se desnudó por completo para aparecer en su deliciosa desnudez.
¡Bendito sea el vientre que la llevó! ¡Sólo entonces pudo Nur darse cuenta de la bendición que había descendido sobre su cabeza! Y vió que la princesa era una belleza suave y blanca como un tejido de lino, y que esparcía por doquiera el delicado olor del ámbar, al igual de la rosa, que segrega por sí misma su perfume original. Y la estrechó en sus brazos, y cuando la exploró en su profundidad íntima, hubo de encontrar en ella una perla intacta aún. Y con aquel descubrimiento se puso jubiloso hasta el límite del júbilo, y se inflamó hasta el límite de la inflamación. Y empezó a pasarle la mano por sus miembros encantadores y su cuello delicado, y a hundirla entre las olas y bucles de su cabellera, haciendo chasquear los besos en sus mejillas como guijarros que sonasen al caer en el agua; y se endulzaba con sus labios, y le daba palmadas en las nalgas temblorosas. ¡Eso fué todo, en verdad!
Y a su vez, no dejó ella de hacer ver una parte considerable de los dones que poseía y de las maravillosas aptitudes de las griegas, las amorosas facultades de las egipcias, los movimientos lascivos de las muchachas árabes y la fogosidad de los etíopes, el candor asustado de las francas, y la ciencia consumada de las indias, la experiencia de las hijas de Circasia y los deseos apasionados de las rubias, la coquetería de las hijas del Yamán y la violencia muscular de las mujeres del Alto Egipto, la pequeñez de órganos de las chinas, el ardor de las hijas de Hedjaz, y el vigor de las mujeres del Irak y la delicadeza de las persas. Así es que no cesaron de suceder los enlazamientos a los abrazos, los besos a las caricias y las copulaciones a las locuras, durante toda la noche, hasta que, un poco fatigados de sus transportes y de sus múltiples asaltos, se durmieron por fin uno en brazos de otro, ebrios de goces.
¡Gloria a Alah, que no ha creado espectáculo más encantador que el de dos amantes dichosos que, después de embriagarse con las delicias de la voluptuosidad, reposan en su cama, con los brazos entrelazados, las manos unidas y los corazones latiendo juntos!...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 700ª noche

Ella dijo:
¡... Gloria a Alah, que no ha creado espectáculo más encantador que el de dos amantes dichosos, que después de embriagarse con las delicias de la voluptuosidad, reposan en su cama, con los brazos entrelazados, las manos unidas y los corazones latiendo juntos!
Cuando se despertaron al día siguiente, no dejaron de repetir sus escarceos, con más intensidad, calor, multiplicidad, repeticiones, vigor y experiencia que la víspera. Así es que la princesa franca, maravillada y en el límite de la admiración al ver tantas facultades reunidas en los hijos de los musulmanes, se dijo: "¡En verdad que cuando una religión inspira y desarrolla en sus creyentes tales alardes de valor, de heroísmo y de aptitud, es incontestablemente la mejor, la más humana y la única verdadera entre todas las religiones!" Y en el momento quiso ennoblecerse con el Islam.
Encarose con Nur, y le preguntó: "¿Qué tengo que hacer para ennoblecerme con el Islam, ¡oh ojos míos!? ¡Porque quiero hacerme musulmana como tú, ya que la paz de mi alma no se hallaba con los francos, que hacen una virtud de la horrible continencia y nada estiman tanto como un sacerdote castrado! ¡Son unos pervertidos que ignoran el valor inestimable de la vida! ¡Son unos desgraciados a quienes no calienta con sus rayos el sol! Así es que mi alma quiere morar aquí, donde florecerá con todas sus rosas y cantará con todos sus pájaros! ¡Dime, pues, qué tengo que hacer para convertirme en musulmana!"
Y Nur, lleno de dicha por haber contribuido así, en la medida de sus fuerzas, a convertir a la princesa franca, le dijo: "¡Oh mi señora! ¡nuestra religión es sencilla e ignora las complicaciones externas! ¡Tarde o temprano, reconocerán todos los descreídos la superioridad de nuestras creencias, y se encaminarán a nosotros por sí mismos, como se sale de las tinieblas a la luz, de lo incomprensible a lo claro y de lo imposible a lo natural! En cuanto a ti, ¡oh princesa de bendición! para lavarte de la mugre cristiana, no tienes más que pronunciar estas palabras: "¡No hay más Dios que Alah y Mohamed es el Enviado de Alah! ¡Y al instante te volverás creyente musulmana!" Al oír estas palabras, la princesa Mariam, hija del rey de los francos, levantó el dedo y pronunció: "¡Atestiguo y certifico que no hay más Dios que Alah y que Mohamed es el Enviado de Alah!" ¡Y al instante se ennobleció con el Islam! ¡Gloria a Quien con procedimientos sencillos abre los ojos de los ciegos, torna sensibles los oídos de los sordos, desata la lengua de los mudos y ennoblece los corazones pervertidos, al Dueño de las virtudes, al Distribuidor de gracias, al Bueno para sus creyentes! ¡Amín!
Realizado de tal modo aquel acto importante (¡loado sea Alah!) se levantaron ambos de su lecho de voluptuosidad, y fueron a los retretes, haciendo luego sus abluciones y las plegarias prescritas. Tras de lo cual comieron y bebieron y se pusieron a charlar con mucho agrado y a divagar amistosamente. Y cada vez se maravillaba más Nur de los conocimientos numerosos de la princesa y de su sabiduría y sagacidad.
Por la tarde, a la hora de la plegaria del asr, el joven Nur se dirigió a la mezquita, y la princesa Mariam fué a pasearse por el lado de la Columna del Mástil. ¡Y he aquí lo referente a ellos!
Pero en cuanto al rey de los francos de Constantinia, padre de Mariam, cuando supo la captura de su hija por los piratas musulmanes, afligióse hasta el límite de la aflicción y se desesperó hasta sentirse morir. Y envió a todas partes jinetes y patricios para que hicieran las pesquisas necesarias y rescataran a la princesa y la salvaran, de grado o por fuerza, de las manos de sus raptores. Pero cuantos se encargaron de aquellas pesquisas regresaron al cabo de cierto tiempo sin haberse enterado de nada. Entonces hizo ir a su visir, que también era jefe de policía, un viejecillo tuerto del ojo derecho y cojo de la pierna izquierda, pero un verdadero demonio entre los espías; porque era capaz de desenredar, sin romperlos, los hilos enredados de una tela de araña, de sacar los dientes a un dormido sin despertarle, de escamotear los bocados entre los labios de un beduino hambriento, y de horadar por tres veces seguidas a un negro sin que el negro pudiese ni revolverse siquiera. Y le dió la orden de recorrer todos los países musulmanes y que no volviera sin la princesa. Y le prometió toda clase de honores y de prerrogativas a su regreso, pero haciéndole entrever el palo para en caso de que fracasase. Y se apresuró a partir el visir tuerto y cojo. Y empezó a viajar, disfrazado, por países amigos y enemigos, sin dar con ninguna pista, hasta que llegó a Al-Iskandaria.
Y aquel día precisamente fué a la Columna del Mástil, con los esclavos que le habían acompañado, para recrearse un momento. Y quiso el destino que se encontrase con la princesa Mariam, la cual tomaba el fresco por aquellos contornos. Así es que, en cuanto la reconoció, se bamboleó de alegría, y se precipitó a su encuentro. Y llegado que fué ante ella, puso una rodilla en tierra y quiso besarle las manos. Pero la princesa, que había adquirido todas las virtudes musulmanas y la decencia para con los hombres, aplicó una tremenda bofetada a aquel visir franco tan feo, y le gritó: "¡Perro maldito! ¿qué vienes a hacer en tierra musulmana? ¿Acaso crees que voy a caer en tu poder...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 701ª noche

Ella dijo:
"... Pero la princesa, que había adquirido todas las virtudes musulmanas y la decencia para con los hombres, aplicó una tremenda bofetada a aquel visir franco tan feo, y le gritó: "¡Perro maldito! ¿qué vienes a hacer en tierra musulmana? ¿Acaso crees que voy a caer en tu poder?"
El franco contestó: "¡Oh princesa! Yo no tengo la culpa de esto. ¡Culpa sólo a tu padre el rey, que me ha amenazado con el palo si no te encuentro! Es preciso, pues, que vengas con nosotros, de grado o por fuerza, para salvarme de ese suplicio espantoso. ¡Además, tu padre está muriéndose de desesperación al saber que eres cautiva de los infieles, y tu madre está bañada en lágrimas de pensar en los malos tratos que debiste sufrir entre las manos de esos bandidos perforadores!" Pero la princesa Mariam contestó: "¡Nada de eso! He encontrado la paz de mi alma aquí mismo. ¡Y no abandonaré esta tierra de bendición! ¡Vuélvete, pues, por donde has venido, antes de que te haga yo empalar precisamente aquí en lo alto de la Columna del Mástil!
Al oír estas palabras, el franco cojo comprendió que no decidiría a la princesa para que le siguiese de buen grado, y le dijo: "Con tu permiso, ¡oh mi señora!" E hizo seña de que se apoderaran de ella a sus esclavos, que al punto la rodearon, la amordazaron, y aunque ella se defendió y les arañaba cruelmente, se la cargaron a la espalda, y al caer la noche la transportaron a bordo de un navío que se hacía a la vela para Constantinia. ¡Y he aquí lo referente al visir tuerto y cojo y a la princesa Mariam!
En cuanto al joven Nur, cuando vió que la princesa Mariam no volvía al khan, no supo a qué atribuir su tardanza. Y como avanzaba la noche y aumentaba su inquietud, salió del khan y echó a andar por las calles desiertas, con la esperanza de encontrarla, y acabó por llegar al puerto. Unos bateleros le enteraron allí de que acababa de zarpar un navío y que habían llevado a bordo de él a una joven cuyas señas coincidían exactamente con las que les daban.
Al enterarse de aquella marcha de su bienamada, Nur empezó a lamentarse y a llorar, sin interrumpir sus sollozos más que para decir a gritos: "¡Mariam!" Entonces, conmovido por su belleza y por su desesperación, un anciano que le veía quejarse de tal suerte, se acercó a él y le interrogó bondadosamente acerca de la causa de sus lágrimas. Y Nur le contó la desgracia que acababa de sucederle. Entonces le dijo el anciano: "¡No llores más, hijo mío, y no te desesperes!
El navío que acaba de zarpar se hizo a la vela con rumbo a Constantinia, y precisamente yo, que soy capitán marino, voy también a hacerme a la vela esta noche para esa ciudad con los cien musulmanes que llevo a bordo. ¡No tienes, pues, más que embarcarte conmigo, y encontrarás al objeto de tus deseos!" Y con lágrimas en los ojos, besó Nur la mano al capitán marino y se apresuró a embarcarse con él en el navío, que salió disparando a toda vela por el mar.
Y he aquí que Alah les escribió la seguridad, y al cabo de una navegación de cincuenta y un días, llegaron a la vista de Constantinia, donde no tardaron en echar pie a tierra. Pero al punto les prendieron los soldados francos que guardaban la costa, y les despojaron y metieron en la cárcel, siguiendo órdenes del rey, que quería vengarse así en todos los mercaderes extranjeros de la afrenta hecha a su hija en los países musulmanes.
Porque la princesa Mariam había llegado a Constantinia la misma víspera de aquel día. Y en cuanto cundió por la ciudad la nueva de su regreso, se adornaron en honor suyo todas las calles, y toda la población corrió a su encuentro. Y el rey y la reina montaron a caballo con todos los grandes dignatarios de palacio, y fueron a recibirla al desembarcar. Y tras de haber besado con ternura a su hija, la reina le preguntó ansiosamente si estaba virgen todavía o si, para desgracia suya y para oprobio de su nombre, había perdido el sello inestimable. Pero, echándose a reír ante todos los concurrentes, la princesa contestó: "¿Qué me preguntas, ¡oh madre mía!? ¿Acaso crees que se puede permanecer virgen en el país de los musulmanes? ¿Ignoras que en los libros de los musulmanes se dice: "¡Ninguna mujer envejecerá virgen en el Islam...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 702ª noche

Ella dijo:
"... Ninguna mujer envejecerá virgen en el Islam!"
Cuando la reina -que no había hecho públicamente esta pregunta a su hija más que para esparcir, en cuanto llegase, la noticia de que su virginidad permanecía intacta y de que su honor estaba a salvo- oyó estas palabras tan insólitas y pronunciadas en presencia de toda la corte, se puso muy amarilla y cayó desmayada en brazos de sus doncellas, que estaban asombradas ante aquel escándalo tan enorme. Y el rey, muy furioso con aquella aventura y sobre todo en vista de la franqueza con que su hija se avenía a lo que le había ocurrido, sintió que la bolsa de la hiel se le reventaba dentro del hígado, e indignado hasta el límite de la indignación, se llevó a la princesa y entró a toda prisa en el palacio en medio de la consternación general, de narices alargadas de dignatarios y caras indigestas de ancianas matronas pudibundas. Y convocó con urgencia a su Consejo de Estado, y pidió su opinión a los visires y a los patriarcas. Y contestaron los visires y los patriarcas consultados: "Nuestra opinión es que, para purificar a la princesa de la impureza de los musulmanes, sólo hay un medio, y consiste en lavarla con la sangre de ellos. ¡Es preciso, pues, sacar de la cárcel cien musulmanes, y cortarles la cabeza! ¡Y se recogerá la sangre que brote de sus cuellos, y en ella se bañará el cuerpo de la princesa, como si se tratase de un segundo bautismo!"
Entonces, el rey ordenó que cogieran a los cien musulmanes que acababan de meter en la cárcel, y entre los cuales se encontraba, como es sabido, el joven Nur. Y empezaron por cortar la cabeza al capitán marino. Luego cortaron la cabeza a todos los mercaderes. Y cada vez recogían en un baño la sangre que brotaba de los cuellos sin cabeza. Y llegó el turno al joven Nur. Y ya le conducían al sitio de la ejecución, vendándole los ojos y colocándole en la alfombra ensangrentada, en tanto que el ejecutor blandía su alfanje para hacerle saltar del cuello la cabeza, cuando se acercó al rey una vieja y le dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡Ya se han cortado las cien cabezas, y el baño está lleno de sangre! ¡Debes perdonar, pues, a ese joven musulmán que queda, y dármelo para dedicarle al servicio de la iglesia!" Y exclamó el rey: "¡Por el Mesías, que dices la verdad! Ya se hallan ahí las cien cabezas, y el baño está lleno. ¡Quédate, pues, con él y utilízale en servicio de la iglesia!" Y la vieja, que era la celadora de la iglesia, dió las gracias al rey, y mientras éste se retiraba con sus visires para proceder al bautismo de sangre de la princesa, se llevó al joven Nur. Y encantada de su belleza, le condujo a la iglesia sin tardanza.
Allí la vieja ordenó al joven Nur que se desnudase, y le dió un largo ropón negro, un gorro alto de sacerdote, un velo negro muy grande para cubrir aquel gorro, una estola y un cinturón ancho. Y le vistió por sí misma para enseñarle cómo debía servirse de aquellas prendas, y le dió sus instrucciones para que se dedicase, como era debido, al servicio de la iglesia. Y durante siete días consecutivos vigiló su trabajo y fomentó sus aptitudes, en tanto que él se lamentaba con su corazón de creyente por verse obligado a hacer semejante farsa al servicio de los descreídos.
Pero por la tarde del séptimo día, la vieja dijo a Nur: "Has de saber, hijo mío, que dentro de unos instantes la princesa Mariam, que ha sido purificada con el bautismo de sangre va a venir a la iglesia para pasar aquí toda la noche en devoción y hacerse perdonar de esa manera los actos de su pasado. Por tanto, te aviso su llegada, a fin de que, cuando yo me vaya a acostar, te quedes a la puerta para prestarle el servicio que pida o para llamarme en caso de que cayese desvanecida de contrición a causa de sus antiguos pecados. ¿Has comprendido bien?" Y contestó Nur, chispeantes los ojos: "He comprendido, ¡oh mi señora!"
Entretanto, llegó al vestíbulo de la iglesia la princesa Mariam vestida de negro desde la cabeza hasta los pies y con el rostro cubierto por un velo negro, y después de inclinarse profundamente ante Nur, a quien tomaba por un sacerdote a causa de sus hábitos, penetró en la iglesia, cuya puerta hubo de abrirle la anciana celadora, y con paso lento se dirigió hacia una especie de oratorio interior, de aspecto muy tenebroso. Entonces, sin querer distraerla de sus devociones, la vieja se apresuró a retirarse; y tras de recomendar mucho a Nur que vigilara la puerta, se retiró a descansar a su habitación...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 703ª noche

Ella dijo:
"... se retiró a descansar a su habitación.
Cuando se cercioró Nur de que la anciana celadora, dormida ya, roncaba como una fiera, deslizóse hasta la iglesia y se dirigió al sitio en que se hallaba la princesa Mariam, el cual consistía en un oratorio alumbrado por una lámpara que ardía ante imágenes de impiedad (¡que el fuego las destruya!). Y entró sigilosamente en aquel oratorio, y dijo con voz temblorosa: "Soy Nur, ¡oh Mariam!" Y al reconocer la voz de su bienamado, la princesa creyó en un principio que soñaba y luego acabó por arrojarse en sus brazos. Y en el límite de la emoción, se besaron ambos en silencio durante largo rato. Y cuando pudieron hablar, contáronse mutuamente lo que les había sucedido desde el día de la separación. Y juntos dieron gracias a Alah, que hubo de permitir su encuentro.
Tras de lo cual, para celebrar con alegría aquel momento, la princesa se apresuró a quitarse los hábitos de duelo que su madre la reina la obligó a llevar para recordarle de continuo la pérdida de su virginidad. Y enteramente desnuda, se sentó en las rodillas de Nur, el cual por su parte, había arrojado lejos de sí su traje y sus prendas de sacerdote cristiano. Y comenzaron una serie de caricias extraordinarias y tales como nunca las había visto aquel lugar de perdición de las almas descreídas. Y en toda la noche no cesaron de abandonarse sin restricciones de ningún género a los regocijos más diversos de voluptuosidad, dándose mutuas pruebas de su grande y violento amor. Y en aquel momento sentíase Nur revivir con tanta intensidad, que hubiera podido degollar uno tras otro, sin interrumpirse, a mil sacerdotes con su patriarcas. ¡Alah extermine a los impíos y dé fuerza y valor a sus verdaderos creyentes!
Cuando al apuntar el alba las campanas de la iglesia tocaron el primer toque de llamada para los descreídos, la princesa Mariam, aunque con lágrimas en los ojos, se apresuró a ponerse otra vez sus hábitos de duelo; y también Nur se vistió con sus vestiduras de impiedad (¡que Alah, que ve el fondo de las conciencias, les excuse por aquella necesidad cruel a que se hallaron reducidos!). Pero antes de separarse y tras de haberle besado por última vez, la princesa dijo a Nur: "¡Después de los siete días que llevas en esta ciudad ¡oh Nur! supongo que conocerás a fondo el emplazamiento y los alrededores de esta iglesia!"
Y contestó Nur: "Sí, ¡oh mi señora!" Ella dijo: "Pues bien; entonces escucha mis palabras y no las olvides. ¡Porque acabo de combinar ahora mismo un proyecto que nos permitirá escapar para siempre de este país! A tal fin, mañana a primera hora de la noche, no tendrás más que abrir la puerta de la iglesia que da hacia el mar, e ir sin tardanza a la costa. Allí encontrarás un navío pequeño con una tripulación de diez hombres, cuyo capitán se apresurará a darte la mano al verte llegar. Pero aguarda a que te llame por tu nombre; y sobre todo ¡no te precipites!
En cuanto a mí, no tengas ninguna inquietud; ya sabré reunirme contigo sin dificultad. ¡Y Alah nos librará de entre estas manos!" Luego, antes de despedirse de él, añadió aún: "No te olvides tampoco, ¡oh Nur! para hacer una buena despedida a los patriarcas, de escamotear del tesoro de la iglesia todo lo que encuentres más pesado respecto al valor y más ligero respecto al peso, y de vaciar antes de marcharte la arquilla en que los infieles depositan las ofrendas en oro que hacen a los jefes de su impostura!"
Y tras de haber hecho repetir a Nur, palabra por palabra, las instrucciones que acababa de darle, la princesa salió de la iglesia y volvió con ojos contritos al palacio en que la esperaba su madre para predicarle el arrepentimiento y la continencia. ¡Ojalá se vean siempre los creyentes preservados de la continencia impura y no se arrepientan más que del daño hecho al prójimo! ¡Amín!
Así, pues, a primera hora de la noche, después de cerciorarse de los ronquidos de la anciana celadora de la iglesia, no dejó Nur de meter mano a las cosas preciosas del tesoro subterráneo, y de vaciar en su cinturón de sacerdote todo el oro y la plata contenidos en el arca de los patriarcas. Y cargado con aquellos despojos que hubo de tomar a los descreídos, salió a toda prisa a la orilla del mar por la puerta que le fue indicada. Y siguiendo las instrucciones que le dió la princesa encontró el bajel cuyo capitán recibióle con toda cordialidad en compañía de su carga preciosa, dándole la mano y llamándole por su nombre. Y al punto se dió la señal de marcha.
Pero los marineros, en vez de obedecer la orden de su capitán y soltar las amarras que sujetaban el navío a los postes de la orilla, empezaron a murmurar, y uno de ellos levantó la voz y dijo: "¡Oh capitán! ¡bien sabes, no obstante, que hemos recibido órdenes completamente distintas del rey nuestro señor, que quiere que mañana embarque en nuestro navío su visir para ver si encuentra a los piratas musulmanes que parece amenazan con llevarse a la princesa Mariam!" Pero exclamó el capitán, en el límite del furor ante semejante resistencia: "¿Quién se atreve a resistirse a mis órdenes?" Y blandiendo su sable, de un solo tajo derribó la cabeza del que había hablado. Y en la noche flameó el sable, rojo de sangre, como una antorcha. Pero aquel rasgo de energía no impidió que continuaran murmurando los demás marineros, que eran hombres de cuidado. Así es que todos compartieron la suerte de su camarada, perdiendo la cabeza de sobre sus hombros, los diez uno tras  otro, a impulso del sable rápido como el relámpago. Y el capitán empujó con el pie sus cuerpos hacia el mar...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 704ª noche

Ella dijo:
"... Y el capitán empujó con el pie sus cuerpos hacia el mar. Hecho lo cual, encaróse con Nur, y en un tono de mando que no admitía réplica, le gritó: "¡Yalah! ¡Vamos! ¡Suelta las amarras, despliega las velas y cuida las jarcias, mientras yo me ocupo del timón!" Y dominado por el ascendiente que sobre él ejercía el terrible capitán, y como, además, no disponía de armas con qué defenderse y tratar de echar pie a tierra para ponerse en salvo, no tuvo más remedio Nur que obedecer, y aunque  era inexperto en cosas de mar, ejecutó la maniobra lo mejor que pudo. Y dirigido desde la barra por la mano firme del capitán, el pequeño navío alejose a toda vela, y empujado por el viento propicio, puso la proa hacia Al-Iskandaria.
Entretanto, el pobre Nur se lamentaba desde lo más profundo de su alma, sin atreverse a quejarse descaradamente en presencia del barbudo capitán, que le miraba con ojos chispeantes; y se decía: "¡Vaya una calamidad que ha caído sobre mi cabeza en el momento en que creía yo acabadas mis tribulaciones! ¡Y cada contratiempo que me ocurre es peor que el anterior! ¡Si al menos comprendiese yo algo de todo esto! Y luego, ¿qué va a ser de mí al lado de este hombre feroz? ¡Sin duda que no saldré vivo de entre sus manos!" Y siguió dejándose llevar así de sus desoladores pensamientos durante toda la noche, cuidando de las velas y de los aparejos.
Por la mañana, a la vista de una ciudad donde iban a anclar para contratar más tripulantes, el capitán se levantó de pronto, presa de gran agitación, y empezó por tirar el turbante a sus pies. Luego, como Nur le mirara estupefacto, sin comprender nada, se echó a reír, y arrancándose a dos manos la barba y los bigotes, se transformó de improviso en una joven como la luna cuando sale sobre el mar. Y Nur reconoció a la princesa Mariam. Y una vez que se le hubo pasado la emoción, se arrojó a los pies de ella, en el límite de la admiración y de la alegría, y le confesó que había tenido mucho miedo a aquel terrible capitán que con tanta facilidad separaba de los hombros las cabezas de las personas. Y la princesa Mariam se rió mucho de su terror; y tras de abrazarse, apresuróse cada cual a maniobrar para entrar en el puerto de la ciudad. Y cuando estuvieron en tierra, contrataron a varios marineros, y se hicieron a la mar otra vez. Y la princesa Mariam, que entendía a maravilla la navegación y conocía las rutas marinas y los vientos y las corrientes, siguió dando de día las órdenes necesarias en el transcurso del viaje.
Pero por la noche no dejaba de acostarse junto a su bienamado Nur y de saborear, en medio de la frescura marina, bajo el cielo puro, todas las voluptuosidades del amor. ¡Alah los guarde y los conserve y aumente sobre ellos sus favores!
Alah les decretó hasta el fin del viaje una navegación sin contratiempo, y no tardaron en divisar la Columna del Mástil. Y cuando el navío estuvo amarrado al puerto y los hombres de la tripulación bajaron a tierra, dijo Nur a la princesa Mariam: "¡Henos por fin en tierra musulmana! ¡Espérame aquí un momento solamente, que voy a comprarte todo lo preciso para que entres decentemente en la ciudad, pues veo que no tienes ropa, ni velo, ni babuchas!" Y contestó Mariam: "Sí, ve a comprarme todo eso, ¡pero no tardes en volver!" Y Nur bajó a tierra para comprar aquellos objetos. ¡Y he aquí lo referente a ellos!
¡Pero he aquí ahora lo referente al rey de los francos de Constantinia! Al día siguiente de la partida nocturna de la princesa fueron a anunciarle su desaparición, y no pudieron darle otro detalle sino que había ido a hacer sus devociones a la gran iglesia patriarcal. Pero en el mismo instante llegó la anciana celadora, que iba a anunciarle la desaparición del nuevo servidor de la iglesia, e inmediatamente le enteraron también de la marcha del navío y de la muerte de los diez marineros cuyos cuerpos decapitados se hallaron en la playa. Y el rey de los francos, bullendo de furor reconcentrado en su vientre, reflexionó durante una hora de tiempo, y dijo: "¡Puesto que mi navío ha desaparecido, no cabe duda que ha transportado a mi hija!" Y sobre la marcha llamó al capitán del puerto y al visir tuerto y cojo, y les dijo: "¡Ya os habréis enterado de lo que acaba de suceder! Sin duda ha partido mi hija para el país de los musulmanes en busca de sus perforadores. ¡Como no deis con ella, viva o muerta, nada os salvará del palo que os espera! ¡Salid!"
Entonces el viejo visir tuerto y cojo y el capitán del puerto se apresuraron a fletar un navío, y sin tardanza se hicieron a la vela con rumbo a Al-Iskandaria, adonde llegaron en el mismo momento que ambos fugitivos. Y reconocieron el navío amarrado al puerto. Y también divisaron, sin dejar lugar a duda, a la princesa Mariam, que estaba sentada sobre cubierta en un montón de jarcias. Y al punto hicieron destacarse en una barca a unos cuantos hombres armados, que se abalanzaron de pronto al navío de la princesa, consiguieron apoderarse de ella de improviso, la amordazaron y la transportaron a bordo de su nave después de prender fuego al navío. Y sin pérdida de tiempo llegaron a alta mar y pusieron la proa con rumbo a Constantinia, teniendo la fortuna de arribar allá sin contratiempo. Y se apresuraron a hacer entrega de la princesa Mariam a su padre...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 705ª noche

Ella dijo:
"... Y se apresuraron a hacer entrega de la princesa Mariam a su padre.
Cuando el rey de los francos vió entrar a su hija, y sus ojos se encontraron con los ojos de ella, no pudo contener la violencia de sus sentimientos, e inclinándose en su trono y adelantando los puños, le gritó: "¡Mal hayas, hija maldita! ¡Sin duda abjuraste de las creencias de tus antepasados, ya que así abandonas las moradas de tu padre y vas en busca de los descreídos que te quitaron el sello! ¡En verdad que tu muerte apenas podrá lavar la afrenta hecha al nombre cristiano y al honor de nuestra raza! ¡Ah, maldita! ¡prepárate a ser ahorcada a la puerta de la iglesia!" Pero, lejos de turbarse, contestó la princesa Mariam: "Ya conoces mi franqueza, padre mío. No soy tan culpable como crees. Porque, ¿qué crimen cometí al querer volver a una tierra en que calienta el sol con sus rayos y en que los hombres son fuertes y enteros? ¿Y qué iba a hacer aquí entre sacerdotes y eunucos?"
Al oír estas palabras, la cólera del rey llegó a sus límites extremos, y gritó a sus verdugos: "¡Quitad de mi vista a esa hija ignominiosa, y lleváosla para hacerla perecer con la muerte más cruel!"
Cuando los verdugos se disponían a prender a la princesa, el viejo visir tuerto avanzó hacia el trono renqueando, y después de besar la tierra entre las manos del rey, dijo: "¡Oh rey del tiempo! ¡permite a tu esclavo formular un ruego antes de la muerte de la princesa!" El rey dijo: "Habla, ¡oh mi viejo visir abnegado! ¡oh sostén de la cristiandad!" Y dijo el visir: "Has de saber ¡oh rey! que desde hace mucho tiempo tu indigno esclavo está prendado de los encantos de la princesa. Por eso vengo a rogarte que no la hagas morir, y como única recompensa por las pruebas acumuladas que te di de mi abnegación en interés de su trono y de la cristiandad, me la concedas por esposa. ¡Y el caso es que, como soy tan feo, este matrimonio, que resulta para mí un favor, podrá servir al mismo tiempo de castigo a los pecados de la princesa! ¡Por lo demás, me comprometo a tenerla encerrada en el fondo de mi palacio, al abrigo de toda fuga y de las asechanzas de los musulmanes para en adelante!"
Al oír estas palabras de su viejo visir, dijo el rey: "¡No hay inconveniente! Pero ¿qué vas a hacer ¡oh pobre! con este tizón quemado en los fuegos del infierno? ¿Y no temes las funestas consecuencias de ese matrimonio? ¡Por el Mesías que, en tu lugar, me metería yo en la boca el dedo durante largo rato para reflexionar acerca de un asunto tan grave!"
Pero el visir contestó: "¡Por el Mesías, que no me hago ilusiones a ese respecto, y no ignoro la gravedad de la situación! ¡Pero ya sabré obrar con el tacto bastante para impedir que mi esposa se entregue a excesos reprensibles!" Y al oír estas palabras, echándose a reír, el rey de los francos bamboleó en su trono, y dijo al viejo visir: "¡Oh padre claudicante! ¡espero ver crecer en tu cabeza dos colmillos de elefante! ¡Pero te prevengo que, como dejes escapar de tu palacio a mi hija o no la impidas añadir una aventura más a sus aventuras tan deshonrosas para nuestro nombre, tu cabeza saltará de tus hombros! ¡Con esa única condición te doy mi consentimiento!" Y el viejo visir aceptó la condición, y besó los pies al rey.
Al punto se informó de aquel matrimonio a todos los sacerdotes, monjes y patriarcas, así como a todos los dignatarios de la cristiandad. Y con tal motivo se dieron grandes fiestas en palacio. Y terminadas las ceremonias, el viejo repugnante visir penetró en la cámara de la princesa. ¡Que Alah impida a la fealdad tocar al esplendor! ¡Y ojalá entregue el alma ese inmundo cerdo antes que mancillar las cosas puras!
¡Pero ya volveremos a encontrarle!
En cuanto a Nur, que había bajado a tierra para comprar las cosas necesarias al tocado de la princesa, cuando volvió con el velo, el traje y un par de babuchas de cuero amarillo limón, vió que una muchedumbre inmensa iba y venía por el puerto. Y preguntó la causa de tal tumulto; y le dijeron que la tripulación de un barco franco acababa de abordar y quemar de improviso un navío amarrado no lejos de allá, llevándose a una joven que se hallaba en él. Y al escuchar esta noticia, a Nur se le mudó el color y cayó al suelo sin conocimiento.
Cuando, al cabo de cierto tiempo, volvió de su desmayo, hubo de contar a los presentes su triste aventura. Pero no hay utilidad en repetirla. Y todos empezaron a censurar su conducta y a dirigirle mil reproches, diciéndole: "¡No tienes más que tu merecido! ¿Por qué la dejaste sola? ¿Qué necesidad tenías de ir a comprarle un velo y babuchas nuevas de cuero amarillo limón? ¿No podía ella bajar a tierra con sus ropas viejas y cubrirse el rostro por el momento con un trapo o un trozo de velo o cualquier otra tela? ¡Sí, por Alah, no tienes más que tu merecido!"
A la sazón llegó un jeique, que era el propietario del khan donde se alojaron Nur y la princesa a raíz de su encuentro. Y reconoció al pobre Nur, y al verle en un estado tan lastimoso, le preguntó la causa. Y cuando estuvo al corriente de la historia, le dijo: "¡En verdad que el velo era tan superfluo como el traje nuevo y las babuchas amarillas! Pero más superfluo aún sería seguir hablando de ello. ¡Ven conmigo, hijo mío! Eres joven, y en vez de llorar por una mujer y desesperarte, debes aprovecharte cuanto antes de tu juventud y de tu salud. ¡Ven! ¡Todavía no se ha extinguido en nuestro país la raza de las jóvenes hermosas! ¡Y ya sabremos encontrar para ti una egipcia bella y experta que sin duda alguna te resarcirá y te consolará de la pérdida de esa princesa franca ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 706ª noche

Ella dijo:
¡... Y ya sabremos encontrar para ti una egipcia bella y experta que sin duda alguna te resarcirá y te consolará de la pérdida de esa princesa franca!" Pero contestó Nur, sin dejar de llorar: "¡No por Alah, mi buen tío, que nada podrá resarcirme de la pérdida de la princesa ni hacerme olvidar mi dolor!" El jeique preguntó: "Pues entonces, ¿qué vas a hacer ahora? ¡El navío se alejó con la princesa, y nada podrán ya tus lamentos!" El joven dijo: "¡Pues por eso voy a volver a la ciudad del  rey de los francos, y sacaré de allí a mi bienamada!"
El otro dijo: "¡Ah hijo mío, no escuches los dictados de tu alma temeraria! Si conseguiste llevártela contigo la primera vez, ten cuidado con la segunda tentativa, y no olvides el proverbio que dice: «¡No siempre que se cae queda intacto el jarro!»" Pero Nur contestó: "¡Te agradezco tus consejos de prudencia, tío mío; pero nada impedirá que vaya a recuperar a mi bienamada, aunque tuviera que exponer a la muerte mi alma preciosa!" Y como, por voluntad de la suerte, se encontraba en el puerto un navío pronto a hacerse a la vela con rumbo a las islas de los francos, el joven Nur se presentó a embarcarse en él, y al punto levaron el ancla.
Razón tenía el jeique, propietario del khan, en advertir a Nur los peligros en medio de los cuales iba a arrojarse desatentadamente. En efecto, el rey de los francos, desde que ocurrió la última aventura a su hija, había jurado por el Mesías y por los libros de la impiedad exterminar por tierra y por mar a la raza de los musulmanes; y había mandado fletar cien navíos de guerra para dar caza a los barcos de los musulmanes y asolar las costas y sembrar por doquiera ruina, carnicería y muerte. Así es que, en el momento en que entraba en el mar de las islas el navío donde se hallaba Nur, fue visto por uno de aquellos barcos de guerra, y capturado y conducido al puerto del rey de los francos, precisamente el primer día de las fiestas que se daban para celebrar las nupcias del visir tuerto con la princesa Mariam. Y para celebrar mejor aquellas fiestas y satisfacer su sed de venganza, el rey dio orden de hacer morir en el palo a todos los prisioneros musulmanes.
Se ejecutó, naturalmente, orden tan feroz, y todos los prisioneros musulmanes fueron empalados, uno tras otro, a la puerta del palacio en que tenía lugar la boda. Y ya no quedaba por empalar más que el joven Nur, cuando el rey, que asistía con toda su corte a la ejecución, le miró atentamente, y dijo: "¡No estoy seguro; pero, ¡por el Mesías! me parece que éste es el joven que cedí, hace algún tiempo, a la celadora de la iglesia! ¿A qué se debe que esté aquí después de evadirse la primera vez?"
Y añadió: "¡Hola! ¡hola! ¡que le empalen por haberse evadido!" Pero en aquel momento se adelantó el visir tuerto, y dijo al rey: "¡Oh rey del tiempo! ¡también yo hice a mi vez una promesa! ¡Y consiste en inmolar a la puerta de mi palacio tres musulmanes jóvenes para atraer la bendición sobre mi matrimonio! ¡Te ruego, pues, que me facilites los medios de cumplir mi promesa, dejándome escoger tres prisioneros entre la redada de prisioneros!" Y dijo el rey: "¡Por el Mesías, que no sabía yo tu promesa! ¡De no ser así, te hubiera cedido no tres, sino treinta prisioneros! Y el visir se llevó consigo a Nur, con intención de regar con la sangre del joven el umbral de su palacio; pero después de haber pensado que su promesa no se cumpliría por completo mientras no sacrificase a tres musulmanes a la vez, arrojó a Nur, todo encadenado, en la cuadra del palacio, adonde por el momento pensaba torturarle de hambre y sed.
Y he aquí que el visir tuerto tenía en su cuadra dos caballos gemelos de una hermosura milagrosa, de la raza más noble de Arabia, y cuya genealogía llevaban colgada al cuello en una bolsa sujeta por una cadena de turquesas y de oro. Uno de ellos era blanco como una paloma y se llamaba Sabik, y el otro era negro como un cuervo y se llamaba Lahik. Y aquellos dos maravillosos caballos eran famosos entre los francos y los árabes, y daban envidia a reyes y sultanes. Uno de aquellos caballos, empero, tenía en un ojo una nube blanca; y la ciencia de los más hábiles veterinarios no pudo conseguir que desapareciese. Y el mismo tuerto había tratado de curarle, porque estaba muy versado en las ciencias y en la medicina; pero no hizo más que agravar el mal y aumentar la opacidad de la nube.
Cuando Nur, conducido por el visir, llegó a la cuadra, observó la nube en el ojo del caballo y se sonrió. Y el visir viole sonreír de aquella manera, y le dijo: "¡Oh musulmán! ¿de qué te sonríes?" El joven dijo: "¡De esa nube!" El visir dijo: "¡Oh musulmán! ¡ya se que los de tu raza son muy entendidos en caballos y conocen mejor que nosotros el arte de cuidarlos! ¿Es por eso por lo que te sonríes?" Y Nur, que precisamente sabía a maravilla el arte veterinario, contestó: "¡Tú lo has dicho! ¡En todo el reino de los cristianos no hay veterinario que pueda curar a ese caballo! ¡Pero yo puedo hacerlo! ¿Qué me darás si mañana te encuentras a tu caballo con los ojos tan sanos como los de la gacela?" El visir contestó: "¡Te concederé la vida y la libertad y te nombraré en el momento jefe de mis caballerizas y veterinario del palacio!" Nur dijo: "¡En ese caso, desátame las ligaduras!" Y el visir desató las ligaduras que sujetaban los brazos de Nur; y Nur cogió enseguida sebo, cera, cal y ajo, y lo mezcló con extracto de cebollas concentrado, e hizo un emplasto que aplicó al ojo del caballo. Tras de lo cual se acostó en el camastro de la cuadra, y dejó a Alah el cuidado de la cura...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


Nota de Wikisource

El motivo del faltante de las noches 680 hasta la 699 se encuentra en la conclusión.

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