Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

Si desea escuchar noche por noche vaya a
http://www.1001noches.co/

47 P1 Historia del joven Nur y de la franca heróica - primera de tres partes

Hace parte de

47 Historia del joven Nur y de la franca heróica






Historia del joven Nur y de la franca heróica - primera de tres partes - Descargar MP3

Ir a la segunda parte

HISTORIA DEL JOVEN NUR Y DE LA FRANCA HEROICA

Y dijo Schehrazada:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de la edad y del momento, había en el país de Egipto un hombre entre los notables, llamado Corona, que se pasó la vida viajando por tierra y por mar, por islas y desiertos, y por comarcas conocidas y desconocidas, sin temor ni peligros, ni fatigas, ni tormentos, y afrontando riesgos tan horribles, que con oírlos solamente, hasta a los niños se les pondrían blancos del todo los cabellos. Pero, rico ya, dichoso y respetado, el mercader Corona había renunciado a los viajes para vivir dentro de su palacio en la serenidad, sentado a su gusto en el diván y con la frente ceñida por su turbante de muselina blanca inmaculada. Y nada le faltaba para la satisfacción de sus deseos. Porque los palacios de reyes y sultanes no podían competir en magnificencia con los aposentos de él, con sus armarios y sus cofres, llenos de suntuosidades, de trajes de Mordín, de telas de Baalbeck, de sedas de Homs, de armas de Damasco, de brocatos de Bagdad, de gasas de Mossul, de mantos del Magreb y bordados de la India. Y poseía gran número de esclavos negros y esclavos blancos, mamelucos turcos, concubinas, eunucos, caballos de raza y mulas, camellos de la Bactriana y dromedarios de carrera, mozuelos de Grecia y de Siria, jovenzuelas de Circasia, eunucos pequeños de Abisinia, y mujeres de todos los países. Y por tanto, era sin duda alguna el mercader más satisfecho y más honrado de su tiempo.
Pero el bien más preciado y la cosa más espléndida que poseía el mercader Corona, lo constituía su propio hijo, joven de catorce años, que era indiscutiblemente, y con mucho, más hermoso que la luna en su decimocuarto día. Pues nada, ni la lozanía de la primavera, ni los ramajes flexibles del árbol ban, ni la rosa en su cáliz, ni el alabastro transparente, igualaba a la delicadeza de su adolescencia feliz, a la soltura de sus andares, a los tiernos colores de su rostro y a la blancura pura de su cuerpo encantador. Y por cierto que, inspirado en sus perfecciones, le ha cantado así el poeta:
¡Mi joven amigo, que tan hermoso es!, me ha dicho: "¡Oh poeta! ¡te falta elocuencia!" Yo le digo: "¡Oh mi señor! ¡la elocuencia nada tiene que hacer en nuestro caso! ¡Tú eres el rey de la belleza, y en ti es todo igualmente perfecto!
¡Pero -si se me permite tener una preferencia- ¡oh, qué hermosa es en tu mejilla esa mancha negra, gota de ámbar sobre una mesa de mármol blanco! ¡Y he aquí los alfanjes de tus pupilas, que declaran la guerra a los indiferentes!"

Y ha dicho otro poeta:
¡En el rumor de un combate, pregunté a los que se mataban: "¿Por qué vertéis esa sangre?" Me dijeron: "¡Por los hermosos ojos del adolescente!"

Y ha dicho un tercero:
¡Por sí mismo viene él a visitarme, y al verme todo conmovido y turbado, dice: "¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?" Yo le digo: "¡Aleja las flechas de tus ojos adolescentes!"

Y ha dicho otro:
¡Lunas y gacelas vienen a competir con él en encantos y en belleza; pero yo les digo: "¡Oh gacelas! ¡huid pronto y no os comparéis con ese cervatillo! ¡Y vosotras, ¡oh lunas! absteneos! ¡Son inútiles todos vuestros esfuerzos!"

Y ha dicho otro:
¡Esbelto jovenzuelo! ¡Lo negro de su cabellera y la blancura de su frente sumen respectivamente al mundo en la noche y en el día!
¡Oh! ¡No despreciéis el grano de belleza de su mejilla! ¡No es hermosa en su rojo esplendor la tierna anémona más que a causa de la gota negra que adorna su corola!

Y ha dicho otro:
¡Al contacto de su rostro, se purifica el agua de la belleza! ¡Y sus párpados suministran a los arqueros flechas para traspasar el corazón de sus enamorados! Pero loadas sean tres perfecciones; ¡su belleza, su gracia y mi amor!
¡Sus ropas ligeras dibujan los contornos de sus graciosas nalgas, cual nubes transparentes dejan divisar la dulce imagen de la luna! Loadas sean estas tres perfecciones: ¡sus ropas ligeras, sus graciosas nalgas y mi amor!
¡Negras son las pupilas de sus ojos, negra la mancha que adorna su mejilla, y también negras mis lágrimas! ¡Loadas sean por su perfecta negrura!
¡Su frente, las facciones tan finas de su rostro y mi cuerpo consumido por su amor, se asemejan al final del cuarto creciente de la luna: ellas, por su brillo, y mi cuerpo consumido, por la forma. ¡Loadas sean sus perfecciones!
¡Aunque están empapadas con mi sangre, no han envejecido sus pupilas y siguen siendo suaves como el terciopelo! ¡Loadas sean por tres veces sus pupilas!
¡El día de nuestra unión aplacó él mi sed con la pureza de sus labios y de su sonrisa! ¡Ah! ¡yo le doy, en cambio, para que use de ella a discreción, mis bienes, mi sangre y mi vida! ¡Y loados sean por siempre sus labios puros y su sonrisa!

Finalmente, ha dicho un poeta, entre otros mil que le han cantado:
¡Por los arcos abovedados que resguardan sus ojos, y por sus ojos, que disparan los dardos encantadores de sus visuales;
Por sus formas delicadas; por la cortante cimitarra de sus miradas; por la suprema elegancia de su porte; por el color de su negra cabellera;
Por sus ojos lánguidos que arrebatan el sueño y dictan la ley en el imperio del amor;
Por los bucles de sus cabellos, comparables a escorpiones, que clavan en los corazones dardos de desesperación;
Por las rosas y los lirios que florecen en sus mejillas; por los rubíes de sus labios, en que brilla la sonrisa; por sus dientes de perlas deslumbrantes;
Por el suave olor de sus cabellos; por los ríos de vino y de miel que fluyen de su boca cuando habla;
Por la rama de su talle flexible; por su andar ligero; por su grupa fastuosa, que tiembla cuando anda o cuando está en reposo;
Por la seda de su piel de albaricoque; por las gracias y la elegancia que acompañan a sus pasos;
Por la afabilidad de sus maneras, el sabor de sus palabras, la nobleza de su nacimiento y la cuantía de su fortuna;
¡Por todos estos raros dones, juro que el sol de mediodía es menos resplandeciente que su rostro; que la luna nueva no es más que una recortadura de sus uñas; que el olor del almizcle es menos dulce que su aliento, y que la brisa embalsamada roba el perfume de su cabellera!
Y he aquí que un día en que el admirable joven, hijo de Corona el mercader, estaba sentado en la tienda de su padre, algunos jóvenes amigos suyos fueron a charlar con él, y le propusieron...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 672ª noche

Ella dijo:
"... Y he aquí que un día en que el admirable joven, hijo de Corona el mercader, estaba sentado en la tienda de su padre, algunos jóvenes amigos suyos fueron a charlar con él, y le propusieron ir a pasearse a un jardín de la propiedad de uno de ellos, y le dijeron: "¡Oh Nur, ya verás qué hermoso es ese jardín!" Y les contestó Nur: "¡Está bien! Pero antes tengo que pedir permiso a mi padre". Y fué a pedir a su padre el tal permiso. Y el mercader Corona no puso dificultades, y además de conceder a Nur la autorización, le dió una bolsa llena de oro para que no fuese a expensas de sus camaradas.
Entonces Nur y los jóvenes montaron en mulas y asnos, y llegaron a un jardín que encerraba cuanto puede halagar los ojos y endulzar la boca. Y entraron por una puerta abovedada, hermosa cual la puerta del Paraíso, formada por listas alternadas de mármoles de color y sombreada por parras trepadoras cargadas de uvas rojas y negras, blancas y doradas, como ha dicho el poeta:
¡Oh racimos de uvas llenas de vinos, deliciosas cual sorbetes y vestidas de negro como cuervos!
¡Brillando entre las sombrías hojas, parecéis tiernos dedos femeninos frescamente teñidos de henné;
Y de todas maneras nos embriagáis: ¡Si colgáis de las cepas con gracia, nos arrebatáis el alma con vuestra hermosura; si descansáis en el fondo del lagar, os transformáis en una miel embriagadora!

Y cuando entraron, vieron encima de aquella puerta abovedada estos versos grabados en hermosos caracteres azules:
¡Ven, amigo! ¡si quieres disfrutar de la hermosura de un jardín, ven a mirarme!
¡Tu corazón olvidará sus penas al fresco contacto de la brisa que constantemente corre por mis avenidas, a la vista de las flores que me visten con sus lindos ropajes y sonríen en sus mangas de pétalos!
¡El cielo generoso riega con abundancia mis árboles de ramas inclinadas bajo el peso de sus frutos! ¡Y cuando los ramajes se balanceen bailando entre los dedos del céfiro, verás a las Pléyades arrojarles, entusiasmadas, el oro líquido y las perlas de las nubes a manos llenas!
¡Y si fatigado de jugar con los ramajes, el céfiro los abandona para acariciar la onda de los arroyos que corren a su encuentro, le verás dejarlos en seguida para ir a besar en la boca a mis flores!
Cuando hubieron franqueado aquella puerta, vieron al guarda del jardín sentado bajo el enrejado de parras trepadoras y hermoso cual el ángel Rizán, que guarda los tesoros del Paraíso. Y se levantó en honor suyo, y fue a ellos, y tras de las zalemas y los deseos de bienvenida, les ayudó a descender de sus monturas, y quiso servirles por sí mismo de guía para mostrarles con todos sus detalles las bellezas del jardín. Y pudieron así admirar las claras aguas que serpenteaban entre las flores y las abandonaban con pena, las plantas cargadas de perfumes, los árboles fatigados de tanta fruta, los pájaros cantores, los boscajes de flores, los arbustos de especies, todo cuanto convertía a aquel jardín en una parte suelta de los jardines edénicos. Pero lo que les encantaba por encima de toda ponderación, era el espectáculo, a ningún otro parecido, de los árboles frutales milagrosos, cantados respectivamente por todos los poetas, como atestiguan entre mil estos diversos poemas:

LAS GRANADAS

¡Deliciosas, de corteza pulida, granadas entreabiertas, caras de rubíes encerradas en membranas de plata, sois gotas cuajadas de una sangre virginal!
¡Oh granadas de piel fina, senos de adolescentes erguidas que adelantaran el pecho en presencia de los machos!
¡Cúpulas! ¡cuando os miro, aprendo arquitectura, y si os como, sano de todas las enfermedades!

LAS MANZANAS

¡Bellas de rostro exquisito, ¡oh manzanas dulces y almizcladas! sonreís al mostrar en vuestros colores rojos y amarillos, respectivamente, la tez de un amante dichoso y la de un amante desdichado; y en vuestro doble rostro unís el rubor a un amor sin esperanza!

LOS ALBARICOQUES

Albaricoques de almendras sabrosas, ¿quién podrá poner en duda vuestra excelencia? ¡Cuando estáis sin granar aún, sois flores semejantes a estrellas, y cuando sois frutas maduras entre el follaje,  redondas y completamente de oro, se os tomaría por minúsculos soles!

LOS HIGOS

¡Oh blancos, oh negros, oh higos bienvenidos a mis bandejas! ¡me gustáis tanto como las blancas vírgenes de Grecia, tanto como las ardientes hijas de Etiopía!
¡Oh amigos míos predilectos! estáis tan seguros de los deseos tumultuosos que me asaltan a vuestra vista, que tomáis una actitud descuidada, ¡oh perezosos!
¡Tiernos amigos, arrugados ya por las desilusiones en las ramas altas que os balancean a merced de todos los vientos, sois dulces y olorosos como la flor seca de la manzanilla!
¡Y entre todos vuestros hermanos, sólo vosotros ¡oh jugosas! sabéis dejar brillar, en el momento del deseo, la gota de jugo hecha con miel y sol!

LAS PERAS

¡Oh jóvenes, todavía vírgenes y un tanto ácidas al paladar! ¡oh sinaíticas, oh jónicas, oh aleppinas!
¡Vosotras que, balanceándoos sobre vuestras espléndidas caderas y colgadas de un tallo tan fino, esperáis a los amantes que os comerán sin duda!
¡Oh peras! amarillas o verdes, gordas o alargadas, de dos en dos en las ramas o solitarias,
¡Siempre sois deseables y exquisitas para nuestro paladar, ¡oh aguanosas, oh buenas, que nos reserváis nuevas sorpresas cada vez que tocamos vuestra carne!

LOS ALBERCHIGOS

¡Resguardamos con el bozo nuestras mejillas para que no nos azote el aire fuerte o cálido! ¡Por todas nuestras caras somos de terciopelo y estamos rojos y redondos por haber rodado durante mucho tiempo entre sangre de vírgenes!
¡Por eso son exquisitos nuestros matices y es nuestra piel tan delicada! ¡Prueba, pues, nuestra carne y muerde en ella clavando bien tus dientes; pero no toques al hueso que tenemos por corazón: ¡te envenenaría!

LAS ALMENDRAS

¡Me dijeron: "Vírgenes tímidas, nos envolvemos en nuestros triples mantos verdes, como las perlas en sus conchas!
¡Y aunque somos muy dulces por dentro, y tan exquisitas para quien sabe vencer nuestra resistencia, queremos ser amargas y duras en apariencia mientras somos jóvenes!
¡Pero, cuando avanzamos en edad, no somos ya tan rigurosas! ¡Estallamos entonces, y nuestro corazón, intacto y blanco, se ofrece con su frescura al caminante!"
Y exclamé: "¡Oh almendras cándidas, oh pequeñuelas que cabéis todas juntas en la palma de mi mano, oh gentiles!
¡Vuestra verde pelusa es la mejilla todavía imberbe de mi amigo; sus grandes ojos alargados están en las dos mitades de vuestro cuerpo, y sus uñas toman su linda forma a vuestra pulpa!
¡Hasta la infidelidad en vosotras se torna cualidad, porque vuestro corazón, tan a menudo doble y compartido, permanece blanco a pesar de todo, al igual de la perla engastada en un trozo de jade!"

LAS AZUFAIFAS

¡Mira las azufaifas, colgadas de las ramas en racimos con cadenas de flores, como campanillas de oro que besaron los tobillos de las mujeres!
¡Son los frutos del árbol Sidrah que se yergue a la diestra del trono de Alah! ¡Bajo su sombra reposan las huríes! ¡Su madera sirvió para construir las tablas de Moisés; y al pie suyo brotan los cuatro maravillosos manantiales del Paraíso!

LAS NARANJAS

¡Cuando el céfiro sopla sobre la colina, las naranjas se mecen en sus ramas, y ríen con gracia entre el zumbido de sus flores y sus hojas!
¡Parecéis mujeres que un día de fiesta adornan sus cuerpos jóvenes con hermosos trajes de brocato de oro rojo!, ¡oh naranjas!
¡Sois flores por el olor y frutas por el sabor! ¡Y aunque sois globos de fuego, encerráis la frescura de la nieve! ¡Nieve maravillosa que no se derrite en medio del fuego! ¡Maravilloso fuego sin llama y sin calor!
Y si contemplo vuestra piel luciente, ¿me es posible no pensar en mi amiga, la joven de lindas mejillas, cuyo trasero de oro está también granulado?

LAS CIDRAS

¡Las ramas de los cidroneros se abaten hacia tierra, cargadas con sus riquezas!
¡Y entre las hojas, los pebeteros de oro de las cidras exhalan perfumes que levantan el corazón, y emanaciones que devuelven el alma a los agonizantes!

LOS LIMONES

¡Mira estos limones que empiezan a madurar! ¡Es nieve que se tiñe con colores de azafrán; es plata que se convierte en oro; es la luna que se torna en sol!
¡Oh limones, bolas de crisolito, senos de vírgenes, alcanfor puro! ¡Oh limones! ¡Oh limones. .. !

LOS PLÁTANOS

¡Plátanos de formas atrevidas, carne mantecosa como un pastel;
¡Plátanos de piel lisa y dulce, que dilatáis los ojos de las jóvenes;
¡Plátanos! ¡Cuando os deslizáis por nuestros gaznates, no herís nuestros órganos satisfechos de sentiros!
¡Ora colguéis del tallo poroso de vuestra madre, pesados cual lingotes de oro,
¡Ora maduréis lentamente en nuestros techos, ¡oh pomos llenos de oro!
¡Siempre sabéis complacer nuestros sentidos! ¡Y entre todas las frutas, sólo vosotros estáis dotados de un corazón compasivo, ¡oh consoladores de viudas y de divorciadas!

LOS DÁTILES

¡Somos los hijos sanos de las palmeras, los beduinos de carne morena! ¡Crecemos escuchando a la brisa tocar sus flautas entre nuestras cabelleras!
¡Desde la infancia, nuestro padre el sol nos ha alimentado con su luz; y durante mucho tiempo nos hemos amamantado en los púdicos pechos de nuestra madre!
¡Somos los preferidos del pueblo libre que levanta sus tiendas espaciosas y no conoce los vestíbulos de los ciudadanos;
¡El pueblo de veloces yeguas, de camellas flacas, de vírgenes arrebatadoras, de generosa hospitalidad y de sólidas cimitarras!
¡Y quien ha disfrutado del reposo a la sombra de nuestras palmas, anhela oírnos murmurar sobre su tumba!
Y tales son, entre millares, algunos de los poemas dedicados a las frutas. Pero se necesitaría toda una vida para decir los versos dedicados a flores como las que encerraba aquel maravilloso jardín: jazmines, jacintos, lirios acuáticos, mirtos, claveles, narcisos y rosas en todas sus variedades.
Pero ya el guarda del jardín había conducido a los jóvenes, por entre las avenidas, a un pabellón hundido en medio del verdor. Y les invitó a entrar allí para descansar, y les hizo sentarse en almohadones de brocato alrededor de un estanque de agua, rogando al joven Nur que se colocara en medio de ellos. Y para que se refrescara el rostro, le ofreció un abanico de plumas de avestruz, en el cual había inscrito este verso...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 673ª noche

Ella dijo:
"... Y para que se refrescara el rostro, le ofreció un abanico de plumas de avestruz, en el cual había inscrito este verso:
¡Soy blanca ala infatigable, y mis ráfagas perfumadas, que acarician el rostro del que amo, dan una idea de la brisa del Paraíso!
Luego, tras de quitarse sus mantos y turbantes, los jóvenes se pusieron a hablar y a divertirse, y no podían apartar sus miradas de su hermoso camarada Nur. Y el guarda les sirvió por sí mismo la comida, que era muy espléndida, y estaba compuesta de pollos, patos, codornices, pichones, perdices y corderos rellenos, sin contar las cestas llenas de frutas cogidas en la rama. Y después de la comida, los jóvenes se lavaron las manos con jabón mezclado con almizcle, y se secaron con toallas de seda bordadas de oro.
Entonces entró el guarda con un hermoso ramo de rosas, y dijo: "Antes de tocar a las bebidas, ¡oh amigos míos! conviene que preparéis vuestra alma para el placer con los colores y el perfume de las rosas". Y exclamaron ellos: "Verdad dices, ¡oh guarda!" Dijo él: "Está bien. ¡Pero no os daré estas rosas más que a cambio de un poema hermoso acerca de esta flor admirable!"
Entonces el joven a quien pertenecía el jardín cogió la cesta de rosas de manos del guarda, hundió en ella la cabeza, aspiró el ramo lentamente, luego hizo una seña con la mano para imponer silencio, e improvisó:
¡Virgen odorífera, pero tan tímida en tu juventud, que ocultabas el rojo de tu bello rostro en la seda verde de tus mangas
¡Oh rosa soberana! ¡entre todas las flores, eres la sultana en medio de tus esclavas, y el hermoso emir en el círculo de sus guerreros!
¡En tu corola llena de bálsamo encierras la esencia de todos los pomos!
¡Oh rosa amorosa! ¡tus pétalos entreabiertos al soplo del céfiro son labios de una belleza joven que se dispusiera a dar un beso a su amigo!
¡Eres en tu frescura ¡oh rosa! más dulce que la mejilla sombreada del mozalbete, y más deseable que la boca viva de una joven intacta!
¡La sangre delicada que colorea tu carne dichosa te hace comparable a la aurora veteada de oro, a la copa llena de un vino purpúreo, a una floración de rubíes en rama de esmeralda!
¡Oh rosa voluptuosa, pero tan cruel con los amantes groseros, que, cuando te golpean sin cuidado, les castigas con las flechas de tu carcaj de oro!
¡Oh maravillosa, oh regocijada, oh deleitosa! ¡también sabes retener a los refinados que te aprecian! ¡Para ellos te revistes con las gracias de trajes de distintos colores, y sigues siendo la bienamada a quien no se abandona nunca!
Al oír esta admirable loa de la rosa, los jóvenes no pudieron contener su entusiasmo, y lanzaron mil exclamaciones y repitieron a coro, moviendo la cabeza: "¡Y sigues siendo la bienamada a quien no se abandona nunca!" Y el que acababa de improvisar el poema vació al punto el cesto y cubrió de rosas a sus huéspedes. Luego llenó de vino la anchurosa copa y la hizo circular en torno. Y cuando le llegó la vez, el joven Nur cogió la copa con cierto temor; porque jamás hasta entonces había bebido vino, y su paladar ignoraba el sabor de las bebidas fermentadas, como su cuerpo ignoraba el contacto de las mujeres. Estaba virgen, en efecto, y sus padres, en vista de su tierna edad, aun no le habían regalado una concubina, como es costumbre entre los notables que quieren dar a sus hijos púberes experiencias y sabiduría en esta materia antes del matrimonio. ¡Y sus compañeros sabían este detalle de la virginidad de Nur, y al invitarle a aquella jira en el jardín, se habían propuesto despertar sus deseos!
Así es que al verle con la copa en la mano y vacilando como ante una cosa prohibida, los jóvenes empezaron a reír con grandes carcajadas, de modo que Nur, enojado y un tanto mortificado, acabó por llevarse resueltamente la copa a los labios y de un trago la vació hasta la última gota. Y al ver aquello, prorrumpieron los jóvenes en un grito de triunfo. Y el dueño de la casa acercose a Nur con la copa llena de nuevo, y le dijo: "¡Qué razón tienes ¡oh Nur! al no privarte por más tiempo ya de ese licor precioso que embriaga! ¡Es el padre de las virtudes, el específico contra todas las penas, la panacea para los males del cuerpo y del alma! ¡A los pobres les da riqueza, a los cobardes valor, a los débiles fuerza y poder! ¡Oh, Nur, encantador amigo mío! ¡aquí yo y todos nosotros somos servidores y esclavos tuyos! ¡Pero, por favor, toma esta copa y bebe de este vino, que es menos embriagador que tus ojos!" Y Nur no pudo rechazarlo, y de un trago vació la copa que le ofrecía su huésped.
Entonces comenzó a circular por su razón el fermento de la embriaguez; y uno de los jóvenes exclamó, dirigiéndose al huésped: "Bien está todo esto, ¡oh generoso amigo! pero ¿podría ser completo nuestro placer sin escuchar el canto y la música de labios femeninos? ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 674ª noche

Ella dijo:
"... Bien está todo esto, ¡oh generoso amigo! pero ¿podría ser completo nuestro placer sin escuchar el canto y la música de labios femeninos? ¿Acaso no conoces las palabras del poeta:
¡Vamos! ¡ofreced una ronda de vino en la copa pequeña y en la grande!
¡Y tú, amigo mío, toma el licor de manos de una belleza semejante a la luna!
¡Pero para vaciar tu vaso aguarda a que toque la música; siempre vi beber con gusto al caballo cuando silban al lado suyo!
Cuando el joven dueño del jardín hubo oído estos versos, contestó con una sonrisa; luego se levantó al punto y salió de la sala de reunión para volver transcurrido un momento llevando de la mano a una joven enteramente vestida de seda azul. Era una esbelta egipcia admirablemente formada, derecha como la letra alef, de ojos babilónicos, de cabellos negros cual las tinieblas, y blanca como la plata en la mina o como una almendra mondada. Y estaba tan bella y tan brillante en su traje oscuro, que se la hubiera tomado por la luna de verano en medio de una noche de invierno. Después de esto, ¿cómo no iba a tener senos de marfil blanco, un vientre armonioso, muslos de gloria y nalgas rellenas, como almohadones, debajo de las cuales había una cosa lisa, rosada y embalsamada, semejante a una bolsita fruncida en medio de un envoltorio grande? ¿Y acaso no es precisamente de aquella egipcia de quien ha dicho el poeta:
¡Avanza cual la corza, arrastrando tras de ella a los leones vencidos por las ojeadas aceradas del arco de sus cejas!
¡Para protegerla, la noche hermosa de su cabellera arma sobre ella una tienda sin columnas, una tienda milagrosa!
¡Con la manga de su traje tapa las rosas ruborosas de sus mejillas! pero ¿podrá impedir a los corazones que se embriaguen con el ámbar de su piel perfumada?
¡Y si llega a levantar el velo que oculta su rostro, entonces, ¡vergüenza sobre ti, hermoso azul de los cielos! ¡Y tú, cristal de roca, humíllate ante sus ojos de pedrería!
Y el joven dueño del jardín dijo a la joven: "¡Oh bella soberana de los astros! ¡sabe que no te hicimos venir a nuestro jardín más que para complacer a nuestro huésped y amigo Nur a quien tienes aquí, y que por primera vez nos honra hoy con su visita!"
Entonces la joven egipcia fue a sentarse junto a Nur, lanzándole una mirada extraordinaria; luego se sacó de debajo del velo una bolsa de seda verde, y la abrió y extrajo de ella treinta y dos pedazos de madera, que acopló de dos en dos, como se acoplan los machos con las hembras y las hembras con los machos, y acabó por formar así un hermoso laúd indio. Y se recogió las mangas hasta los codos, descubriendo sus muñecas y sus brazos, apoyó el laúd en su seno, como apoyaría a su hijo una madre, y lo rozó con las uñas de sus dedos. Y el laúd estremeciose a esta caricia y gimió resonante; y no pudo menos de pensar repentinamente en su propio origen y en su destino: se acordó de la tierra en que fué plantado, de las aguas que le regaron siendo árbol, de los lugares donde hubo vivido en la inmovilidad de su tronco, de los pájaros que cobijó, de los leñadores que lo talaron, del hábil obrero que lo labró, del barnizador que revistiole de brillo, del barco que le había transportado, y de todas las lindas manos por las cuales hubo de pasar.
Y asaltado por estos recuerdos, gimió y cantó con armonía, y en su lenguaje parecía responder con estas coplas rimadas a las uñas que le interrogaban:
¡En otro tiempo fuí una rama verde habitada por ruiseñores, y les mecía amorosamente cuando cantaban!
¡Diéronme así el sentimiento de la armonía; y no me atrevía yo a agitar mi follaje por escucharlos atentamente!
¡Pero un día me derribó en tierra una mano bárbara, y me convirtió, como veis, en laúd frágil!
¡Sin embargo, no me quejo de mi destino; porque cuando me rozan uñas firmes, me estremezco con todas mis cuerdas y sufro con gusto lo que me golpea una mano hermosa!
¡En desquite de mi esclavitud reposo sobre senos de jóvenes, y los brazos de las huríes se enlazan con amor en torno a mi cintura!
¡Con mis acordes sé deleitar a los amigos que gustan de las reuniones alegres; y cantando como mis pájaros, sé embriagar sin la ayuda del copero!
Tras de este preludio sin palabras, en que el laúd habíase expresado en un lenguaje sensible al alma sólo, la bella egipcia cesó por un momento de tocar; luego, volviendo sus miradas hacia el joven Nur, cantó estos versos, acompañándose...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 675ª noche

Ella dijo:
"... volviendo sus miradas hacia el joven Nur, la bella egipcia cantó estos versos, acompañándose:
¡La noche es clara y transparente, y en la umbría cercana, el ruiseñor suspira sus transportes, como un amante apasionado!
¡Ah! ¡despiértate! ¡la desnudez del cielo y su frescura invitan al placer a nuestra alma, y esta noche la luna está llena de sortilegios! ¡Ven!
¡No temamos a los envidiosos, y aprovechémonos del sueño de nuestros censores para sumirnos impunemente en el seno de las voluptuosidades! ¡No siempre están las noches estrelladas y embalsamadas! ¡Ven!
¿Acaso, para disfrutar del placer tranquilo, no tienes mirtos, rosas, flores de oro y perfumes?
¿Y no posees las cuatro cosas necesarias para el regocijo ideal: un amigo, una amante, una bolsa llena y vino?
¿Qué más se necesita para ser dichoso? ¡Aprovéchate de ello cuanto antes! ¡mañana se desvanecerá todo! ¡He aquí la copa del placer!
Al oír estos versos, el joven Nur embriagado de vino y de amor, dirigió miradas inflamadas a la bella esclava, que le respondió con una sonrisa atrayente. Entonces se inclinó él a ella poseído de deseo; y ella, al punto, asestó contra él los botones de sus senos, le besó entre los ojos y se le abandonó del todo entre sus manos. Y Nur, cediendo a la turbación de sus sentidos y a la calentura que le abrasaba, pegó sus labios a la boca de la joven y la aspiró como a una rosa. Pero ella advertida por las miradas de los demás jóvenes, se desenlazó de aquel primer abrazo del joven para volver a coger el láud, y cantar:
¡Por la hermosura de tu rostro, por tus mejillas, parterre de rosas, por el vino precioso de tu saliva, te juro que eres el espíritu de mi espíritu, la luz de mis ojos, el bálsamo de mis párpados, y que sólo te amo a ti!, ¡oh vida de las almas!
Al oír esta ardiente declaración, Nur, transportado de amor, improvisó a su vez lo siguiente:
¡Oh, tú, cuyo porte es gallardo como el de un barco pirata sobre el mar, bella de mirada de halcón!
¡Oh joven vestida de gracia, la de boca adornada con dos sartas de perlas, la de mejillas florecidas de rosas en un parterre de difícil acceso;
¡Oh propietaria de una cabellera de esplendor que se esparce a derecha y a izquierda en toda su longitud, negra como un negro joven que se vendiera en almoneda!
¡Te conviertes en pensamiento tiránico de mi alma! ¡A la vista de tus encantos, el amor entró en mi corazón profundamente y lo tiñó con el color oscuro de la cochinilla, que es el tinte más indeleble! ¡Y su fuego me consumió el hígado hasta la locura!
¡Así, pues, quiero darte mis bienes y mi alma toda! Y si me preguntaras: "¿Sacrificarías por mí tu sueño?", te contestaría yo: "¡Sí, por cierto, e incluso mis ojos, oh maga!"
Cuando el joven a quien pertenecía el jardín vió el estado en que se encontraba su amigo Nur, le pareció que había llegado el momento de dejar a la bella egipcia que le iniciara en las alegrías del amor. E hizo inmediatamente señas a los jóvenes, que se levantaron uno tras otro y se retiraron de la sala del festín, dejando a Nur cara a cara con la bella egipcia.
Tan pronto como la joven se vió sola con el hermoso Nur, se irguió cuan larga era y se despojó de todos sus adornos y de sus trajes para quedarse enteramente desnuda, con sólo su cabellera por todo velo. Y fué a sentarse en las rodillas de Nur, y le besó entre los ojos, y le dijo: "Has de saber ¡oh ojos míos! que el regalo guarda proporción siempre con la generosidad del donante. ¡Por tanto, en vista de tu hermosura y de que me gustas, te hago el don de todo lo que poseo! ¡Toma mis labios, toma mi lengua, toma mis senos, toma mi vientre y todo lo demás!" Y aceptó Nur el maravilloso obsequio, y en cambio, le hizo don de otro más maravilloso todavía. Y la joven le preguntó cuando hubieron acabado, encantada y sorprendida de su generosidad y su destreza: "¡El caso es ¡oh Nur! que tus compañeros decían que estabas virgen!" El dijo: "¡Es verdad!" Ella dijo: "¡Qué asombroso! ¿Y cómo fuiste tan experto en tu primer ensayo?" El dijo riendo: "¡Siempre salen chispas cuando se frota el pedernal!"
Y así fué cómo entre rosas y escarceos múltiples, el joven Nur conoció el amor en los brazos de una egipcia bella y sana cual el ojo del gallo, y blanca cual la almendra mondada...

Pero cuando llegó la 676ª noche

Ella dijo:
" ... Y así fué como entre rosas, alegrías y escarceos múltiples, el joven Nur conoció el amor en los brazos de una egipcia bella y sana cual el ojo del gallo y blanca cual la almendra mondada. Estaba escrito en su destino que así tenía que suceder su iniciación. Pues si no, ¿cómo se comprenderían las cosas aun más maravillosas que marcarían sus pasos por el camino llano de la vida feliz?
Una vez que terminaron sus escarceos, se levantó el joven Nur, porque comenzaban a brillar estrellas en el cielo, y el soplo de Dios alzábase con el viento de la noche. Y dijo él a la joven: "¡Con tu permiso!"
Y a pesar de las súplicas de ella para retenerle, no quiso retrasarse más, y la abandonó para montar en su mula y regresar lo más pronto posible a su casa, donde ya le esperaban con ansiedad su padre Corona y su madre.
Y he aquí que, en cuanto él franqueó el umbral, su madre, llena de inquietud por aquella desacostumbrada ausencia de su hijo, corrió a su encuentro, le estrechó en sus brazos, y le dijo: "¿Dónde estuviste, querido mío, que tanto tardaste en volver a casa?" Pero en cuanto Nur abrió la boca, su madre notó que había tomado vino y le olió el aliento. Y le dijo: "¡Ah! ¿qué has hecho, desgraciado Nur? ¡Qué calamidad como llegue a olerte tu padre!" Porque, aunque Nur había soportado la bebida mientras estuvo en brazos de la egipcia, cuando se expuso al aire libre se dislocó la razón y titubeaba a derecha y a izquierda como un beodo. Así es que su madre se apresuró a llevarle al lecho y a acostarle, arropándole mucho.
Pero en aquel momento llegó a la habitación el mercader Corona, que era un observante fiel de la ley de Alah, que prohíbe a los creyentes bebidas fermentadas. Y al ver acostado a su hijo, pálido y con el rostro descompuesto, preguntó a su esposa: "¿Qué le pasa?" Ella contestó: "¡Tiene un dolor muy fuerte de cabeza, ocasionado por el exceso de aire de ese jardín adonde le permitiste que fuera con sus camaradas!" Y el mercader Corona, muy apesadumbrado por aquel reproche de su esposa y por la indisposición de su hijo, se inclinó sobre Nur para preguntarle cómo estaba; pero le olió el aliento, e indignado, sacudió del brazo a Nur, y le gritó: "¿Cómo se entiende, hijo libertino? ¡has infringido la ley de Alah y de su profeta, y te atreves a entrar en casa sin purificarte la boca!" Y siguió amonestándole con dureza.
Entonces Nur, que se hallaba en completo estado de embriaguez, sin saber a punto fijo lo que hacía, levantó la mano y asestó a su padre, el mercader Corona, un puñetazo que le alcanzó al ojo derecho, y lo hizo con tanta violencia, que le derribó a tierra.
En el límite de la indignación, el anciano Corona juró por el divorcio y por el tercer poder, que al día siguiente echaría de casa a su hijo Nur después de cortarle la mano derecha. Luego abandonó la  habitación.
Cuando la madre de Nur oyó aquel tremendo juramento, contra el cual no había recurso ni remedio posible, desgarró sus ropas con desesperación, y se pasó toda la noche lamentándose y llorando junto al lecho de su hijo sumido en la embriaguez. Pero como la cosa urgía, consiguió disiparle los vapores del vino, haciéndole sudar y orinar mucho. Y como no se acordara él de nada de lo que había sucedido, le contó ella la acción que hubo de cometer y el terrible juramento de su padre Corona. Luego le dijo: "¡Ay de nosotros! ¡ahora son inútiles las lamentaciones! ¡Y el único partido que puedes tomar, hasta tanto que el destino haya cambiado el aspecto de las cosas, es alejarte cuanto antes ¡oh Nur! de casa de tu padre! ¡Parte, hijo mío!, para la ciudad de Al-Iskandaria, y aquí tienes una bolsa con mil dinares de oro y cien dinares! Cuando te falte poco para agotar este dinero, pídeme otra, cuidando de darme noticias tuyas".
Y se echó a llorar, besándole.
Entonces, tras de haber vertido por su parte muchas lágrimas de arrepentimiento, se ató Nur la bolsa a la cintura, despidiose de su madre, y salió de la casa ocultamente para ganar al punto el puerto de Bulak y desde allí bajar por el Nilo en un navío hasta Al-Iskandaria, en donde desembarcó con buena salud.
Y he aquí que Nur se encontró con que Al-Iskandaria era una ciudad maravillosa, habitada por gentes de lo más encantadoras, y dotada de un clima delicioso; de jardines llenos de rumores y flores, de hermosas calles y de zocos magníficos. Y hubo de complacerse, pues, en recorrer los diversos barrios de la ciudad y todos los zocos, uno tras otro. Y al pasar por el zoco de los mercaderes de flores y frutas, que era particularmente agradable...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 677ª noche

Ella dijo:
"... Y al pasar por el zoco de los mercaderes de flores y frutas, que era particularmente agradable, vio que pasaba un persa montado en una mula, llevando a la grupa una maravillosa joven de aspecto delicioso y estatura de cinco palmos largos. Era blanca como la bellota en su cáscara, como la breca en la pecera, como palmera en el desierto. Su rostro era más deslumbrante que el resplandor del sol, y bajo la guardia de los arcos tensos de sus cejas, brillaban dos grandes ojos negros, originarios de Babilonia. Y a través de la tela transparente que la envolvía, se adivinaban en ella esplendores a ningunos otros parecidos: mejillas suaves cual el raso más hermoso y sembradas de rosas; dientes que eran dos collares de perlas; senos firmes y amenazadores; caderas ondulosas; muslos semejantes a las colas rollizas de los carneros de Siria, y guardando en su cima de nieve un tesoro incomparable, y soportando un trasero formado en su totalidad con una pasta de perlas, de rosas y de jazmines. ¡Gloria a su Creador!
Así es que, cuando el joven Nur vió a aquella joven, que superaba en esplendores a la morena egipcia del jardín, no pudo menos de seguir a la mula feliz que la llevaba. Y echó a andar detrás de ella hasta que llegaron a la plaza del Mercado de Esclavos.
Entonces el persa se apeó de la mula, y tras de ayudar a la joven para que se apease a su vez, la cogió de la mano y se la entregó al subastador público para que la subastase en el mercado. Y el subastador, apartando a la muchedumbre, hizo sentarse a la joven en medio de la plaza sobre un sillón de marfil enriquecido de oro. Luego paseó sus miradas por los que lo rodeaban, y gritó:
"¡Oh mercaderes! ¡oh compradores! ¡oh dueños de riquezas! ¡Ciudadanos y beduinos! ¡oh presentes que me rodeáis de cerca o de lejos, abrid la subasta! ¡Nadie censura al primer postor! ¡Examinad y hablad! ¡Alah es omnipotente y omnisciente! ¡Abrid la subasta!"
Entonces se adelantó en primer término un anciano, que era el síndico de los mercaderes de la ciudad y ante quien ninguno se atrevió a alzar la voz para pujar. Y lentamente dió la vuelta al sillón en que estaba la joven, y después de examinarla con gran atención, dijo: "¡Abro la subasta ofreciendo novecientos veinticinco dinares!"
Al punto gritó con toda su alma el subastador: "¡Se abre la subasta con una oferta de novecientos veinticinco dinares! ¡Oh abridor! ¡Oh omnisciente! ¡Oh generoso! ¡En novecientos veinticinco dinares está tasada la perla incomparable!" Luego, como nadie quería aumentar la puja por consideración al venerable síndico, el subastador encaróse con la joven, y le preguntó: "¿Consientes ¡oh soberana de las lunas! en pertenecer a nuestro venerable síndico?" Y contestó la joven debajo de sus velos: "¿Estás loco, ¡oh subastador! o solamente tienes dislocación de la lengua, ya que me haces semejante ofrecimiento?"
Y preguntó el subastador, cohibido: "¿Y por qué, ¡oh soberana de las bellas!?" Y dijo la joven, descubriendo con una sonrisa las perlas de su boca: "¡Oh subastador! ¿no te da vergüenza ante Alah y por tu barba querer entregar jóvenes de mi calidad a un anciano como éste, decrépito y sin facultades, al cual más de una vez sin duda su mujer le habrá, reprochado su frialdad en términos violentos e indignados? ¿Y acaso no sabes que es a ese viejo precisamente a quien se aplican estos versos del poeta:
¡Me pertenece en propiedad un zib calamitoso! ¡Es de cera que se derrite, pues cuanto más se le toca, más se ablanda!
¡Por más razones que le expongo, se obstina en dormir cuando hace falta que se despierte! ¡Es un zib perezoso!
¡Pero en cuanto estoy con él a solas, he aquí que de pronto se siente poseído de ardor guerrero! ¡Ah! ¡es un zib calamitoso!
¡Es avaro cuando tiene que alardear de generosidad, y pródigo cuando tiene que hacer economías! ¡Hijo de perro! ¡Si duermo, se despierta al punto; y si me despierto, al punto se duerme!
¡Es un zib calamitoso! ¡Maldito sea quien se compadezca de él!
Cuando los presentes oyeron estas palabras y estos versos de la joven, se pusieron extremadamente serios en vista de aquella falta de consideración y de respeto para con el síndico. Y el subastador dijo a la joven: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que estás haciendo que se me ennegrezca el rostro en presencia de los mercaderes! ¿Cómo puedes decir semejantes cosas de nuestro síndico, que es un hombre respetable y prudente, incluso un sabio?"
Pero ella contestó: "¡Ah! ¡tanto mejor entonces, si es un sabio! ¡Ojalá le aproveche la lección! ¿Para qué sirven los sabios sin zib? ¡Mejor será que vaya a esconderse...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 678ª noche

Ella dijo:
"¿... Para qué sirven los sabios sin zib? ¡Mejor será que vaya a esconderse!"
Entonces, para que la joven no siguiese en sus insultos al viejo síndico, el subastador se apresuró a continuar la subasta, chillando a toda voz: "¡Oh mercaderes! ¡oh compradores! ¡la subasta está abierta y permanece abierta! ¡Para el mejor postor será la hija de reyes!" Entonces adelantose otro mercader, que no había presenciado lo que acababa de ocurrir, y que dijo, deslumbrado por la belleza de la joven: "¡Para mí, por novecientos cincuenta dinares!"
Pero al verle, la joven lanzó una carcajada; y cuando se acercó él a ella para examinarla mejor, le dijo: "Dime, ¡oh jeique! ¿tienes en tu casa un alfanje fuerte?" El contestó: "Sí, ¡por Alah! ¡oh señora mía! Pero ¿para qué lo quieres?"
Ella contestó: ".¿No ves que ante todo necesitas cortarte un buen pedazo de esa berenjena que llevas a modo de nariz? No ignorarás que a ti mejor que a nadie cuadran estas palabras del poeta:
¡En su rostro se eleva un inmenso minarete que por sus dos puertas podría dar acceso a todos los humanos! Y de una vez se despoblaría la tierra entonces!
Cuando el mercader de la nariz gorda hubo oído estas palabras de la joven, sintió tanta ira, que estornudó muy fuerte; luego, cogiendo por el cuello al subastador, le asestó golpes en la nuca, gritando: "¡Maldito subastador! ¿es que sólo nos has traído a esta impúdica esclava para que nos injurie y nos convierta en motivo de escarnio?" Y el subastador, muy pesaroso, se encaró con la joven, y le dijo: "¡Por Alah, que en todo el tiempo que llevo ejerciendo mi oficio, nunca tuve una jornada tan mala como ésta! ¿No podrás reprimir los desórdenes de tu lengua, y dejarnos ganar nuestro sustento?" Luego, para poner fin a los murmullos que se alzaban, continuó la subasta.
Entonces se presentó un tercer mercader muy barbudo, que quiso comprar la hermosa esclava. Pero antes de que abriese la boca para pujar, la joven se echó a reír, y exclamó: "Mira., ¡oh subastador! En casa de este hombre está cambiado el orden de la Naturaleza; es un carnero de cola gorda, ¡pero le ha salido la cola en el mentón! ¡Y claro está que no pensarás en cederme a un hombre que posee una barba tan larga, y por consiguiente, un ingenio tan corto! ¡Porque ya sabes que la inteligencia y la razón están en orden inverso con la longitud de la barba!"
¡Al oír estas palabras, el subastador, en el límite de la desesperación, no quiso llevar más adelante aquella venta! Y exclamó: "¡Por Alah, que ya no ejerzo más por hoy mi oficio!" Y cogiendo de la mano a la joven, poseído de terror, se la entregó a su antiguo amo el persa, diciéndole: "¡Es invendible entre nosotros! ¡Que Alah abra para ti por otra parte la puerta de la venta y de la compra!"
Y sin turbarse ni conmoverse, el persa se encaró con la joven, y le dijo: "¡Alah es el más generoso! ¡Ven, hija mía, que acabaremos por encontrar al comprador que te corresponda!" Y se la llevó consigo y se marchó, cogiéndola de la mano, mientras que con la otra mano conducía de la brida a la mula, y la joven lanzaba con sus ojos a los que la miraban largas flechas negras y aceradas.
¡Y he aquí que sólo entonces fue cuando advertiste al joven Nur, ¡oh maravillosa! y a su vista, sentiste que el deseo te mordía el hígado y el amor te trastornaba las entrañas! Y te paraste de pronto y dijiste a tu amo el persa: "¡A éste es a quien quiero! ¡Véndeme a él!" Y el persa se volvió y divisó a su vez a aquel joven adornado con todos los encantos de la juventud y de la belleza, y elegantemente envuelto en un manto color de pasa. Y dijo a la joven: "Ese joven estaba entre los presentes hace un momento en la subasta, y no se adelantó a pujar. ¿Cómo quieres, pues, que vaya a proponerte a él? ¿No ves que un paso así haría bajar mucho el precio de la venta?" Ella contestó: "No hay inconveniente en que así sea. No quiero pertenecer a nadie más que a ese hermoso joven. Y no me poseerá ninguno otro". Y se adelantó resueltamente hacia el joven Nur, y le dijo, deslizándole una mirada cargada de tentaciones: "¿Es que no soy lo bastante bella ¡oh mi señor! para que te dignes pujar tú?" El joven contestó: "¡Oh soberana mía! ¿acaso hay por el mundo una belleza que se te pueda comparar?" Ella preguntó: "¿Por qué, pues, me has desdeñado, cuando me proponían al mejor postor?" ¡Sin duda no me encuentras de tu agrado!" El joven contestó: "Alah te bendiga, ¡oh mi señora! En verdad que de estar en mi país te hubiese comprado con todas las riquezas y los bienes todos que posee mi mano. ¡Pero aquí no soy más que un extranjero y no poseo, por todo recurso, más que una bolsa con mil dinares!" Ella dijo: "¡Ofrécela para comprarme y no te arrepentirás!" Y el joven Nur, sin poder resistir a la tentación de la mirada fija en él, se quitó el cinturón en que tenía guardados los mil dinares, y contó y pesó el oro ante el persa. Y ultimaron el trato ambos tras de hacer ir al kadí y a los testigos para la legalización del contrato de venta y compra. Y al fin de confirmar el acto, declaró la joven: "¡Consiento en que se me venda a este hermoso joven por los mil dinares entregados a mi amo el persa!" Y los presentes se dijeron unos a otros: "¡Ualah! ¡están hechos el uno para el otro!" Y el persa dijo a Nur: "¡Ojalá sea para ti ella motivo de bendiciones! ¡Regocijaos juntos con vuestra juventud! ¡por igual merecéis la dicha que os espera...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Ir a la segunda parte

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Con la tecnología de Blogger.