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46 Historia del joven holgazán

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46 Historia del dormido despierto





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HISTORIA DEL JOVEN HOLGAZAN

Se cuenta -entre muchas cosas- que un día, estando sentado en su trono el califa Harún Al-Raschid, entró un pequeño eunuco que llevaba en las manos una corona de oro rojo incrustada de perlas, de rubíes y de todas las especies más inestimables de gemas y pedrerías. Y aquel eunuco niño besó la tierra entre las manos del califa, y dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! nuestra ama Sett Zobeida me envía a transmitirte sus zalemas y sus homenajes y a decirte, al propio tiempo, que a esta maravillosa corona que aquí ves, y que ya conoces, le falta todavía en su remate una gema grande, y no se ha podido encontrar una lo bastante hermosa para que ocupe este sitio vacío. ¡Y ha mandado hacer pesquisas por todas partes en casa de los mercaderes, y ha revuelto sus propios tesoros; pero hasta el presente no pudo aún encontrar la piedra digna de rematar esta corona! Por eso anhela que por tu cuenta mandes hacer pesquisas a tal fin para satisfacer su deseo".
Entonces el califa se encaró con sus visires, emires, chambelanes y lugartenientes, y les dijo: "¡Buscad todos una gema tan grande y tan hermosa como la que desea Sett Zobeida!"
Y he aquí que todos buscaron una gema así en las pedrerías de sus esposas pero no encontraron nada que se amoldase a lo que anhelaba Sett Zobeida. Y dieron cuenta al califa de la inutilidad de sus investigaciones. Y al califa se le oprimió mucho el pecho al saber tal noticia, y les dijo: "¿Cómo, siendo yo califa y rey de reyes, va a serme imposible poseer cosa tan miserable como una piedra? ¡Maldición sobre vuestras cabezas! ¡Id a investigar en casa de los mercaderes!" E hicieron pesquisas en casa de todos los mercaderes, los cuales contestaron unánimes: "¡No busquéis más! ¡Nuestro señor el califa sólo podrá encontrar esa gema en casa de un joven de Bassra que se llama Abu-Mohammad-Huesos-Blandos!" Y fueron a dar cuenta al califa de lo que habían hecho y sabido, diciéndole: "¡Nuestro señor el califa sólo podrá encontrar esa gema en casa de un joven de Bassra, que se llama Abu- Mohammad-Huesos-Blandos!"
Entonces el califa ordenó a su visir Giafar que mandara avisar al emir de Bassra, a fin de que inmediatamente se pusiera en busca de aquel Abu-Mohammad-Huesos-Blandos para conducirle con toda urgencia a Bagdad, entre sus manos...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 667ª noche

Ella dijo:
"... en busca de aquel Abu-Mohammad-Huesos-Blandos para conducirle con toda urgencia a Bagdad, entre sus manos. Y al punto escribió Giafar una misiva apropiada, y encargó al portaalfanje Massrur que a toda prisa fuera a Bassra para llevársela por sí mismo al emir El-Zobeidi, gobernador de la ciudad. Y Massrur partió sin tardanza a cumplir su misión.
Cuando el emir El-Zobeidi, gobernador de Bassra, recibió la misiva del califa, hubo de contestar con el oído y la obediencia; y tras de rendir al emisario del califa todos los honores y miramientos debidos, le dió guardias para que le condujeran a casa de Abu-Mohammad-Huesos-Blandos. Y llegó Massrur al palacio habitado por aquel joven; y fué recibido en la puerta por una tropa de esclavos ricamente vestidos, a los cuales dijo: "¡Advertid a vuestro amo que el Emir de los Creyentes le reclama en Bagdad!" Y los esclavos entraron a avisar a su amo.
Algunos instantes después, apareció en el umbral de su morada el propio joven Abu-Mohammad y vió al emisario del califa con los guardias del emir de Bassra; y se inclinó hasta el suelo ante él, y dijo: "¡Obediencia a las órdenes del Emir de los Creyentes!" Luego añadió: "¡Pero os suplico ¡oh honorables! que entréis un instante a honrar mi casa!" Massrur contestó: "¡No podemos retardarnos mucho aquí, a causa de la urgencia de las órdenes del Emir de los Creyentes, que está esperando tu llegada en Bagdad!" Dijo él: "No obstante, es preciso que me deis tiempo para hacer mis preparativos de viaje. ¡Entrad, pues, a descansar!" Todavía pusieron algunas dificultades Massrur y sus acompañantes, por pura fórmula; pero acabaron por seguir al joven.
Y desde el vestíbulo vieron magníficas cortinas de terciopelo azul recamado de oro y mármoles preciosos y tallas de madera y toda clase de maravillas, y por doquiera, igual en las tapicerías que en los muebles, igual en las paredes que en los techos, metales preciosos y titilar de pedrerías. Y el huésped hizo que les condujeran a una sala de baño, deslumbradora de limpieza y perfumada cual un corazón de rosal, tan espléndida como no poseía ninguna el palacio del califa. Y terminado el baño, les vistieron los esclavos a todos con suntuosos trajes de brocado verde, sembrados de motivos de perlas, de oro afiligranado y de pedrerías de todos colores. Y haciendo votos por ellos para después del baño, los esclavos les ofrecieron copas de sorbetes y refrescos en bandejas de porcelana dorada. Tras de lo cual entraron cinco mozalbetes, hermosos como el ángel Harut, que de parte del amo dieron a cada uno una bolsa con cinco mil dinares de oro de regalo, después de hacer los votos consecutivos al baño. Y entonces entraron los primeros esclavos que les habían llevado al hammam; y les rogaron que les siguieran, y les condujeron a la sala de reunión, donde les esperaba Abu-Mohammad, sentado en un diván de seda y apoyando los brazos en cojines orlados de perlas. Y se levantó en honor suyo y les hizo sentarse a su lado, y comió y bebió con ellos toda clase de manjares admirables y bebidas como no las había más que en el palacio de los Kaissares.
Entonces se levantó el joven, y dijo: "¡Soy el esclavo del Emir de los Creyentes! ¡Ya están hechos los preparativos, y podemos partir para Bagdad!" Y salió con ellos, y mientras los otros montaban de nuevo en sus caballos, los esclavos que tenía a sus órdenes le ayudaron a poner el pie en el estribo y a acomodarse en una mula blanca como la plata virgen, cuya silla y cuyos arreos titilaban con todas las luces de los oros y pedrerías que la adornaban. Y Massrur y el joven Abu-Mohammad se pusieron a la cabeza de la escolta y salieron de Bassra para emprender el camino de Bagdad. Y después de un viaje feliz, llegaron a la Ciudad de Paz, y entraron en el palacio del Emir de los Creyentes.
Cuando se le introdujo a presencia del califa, el joven besó por tres veces la tierra entre sus manos y tomó una actitud llena de modestia y de deferencia. Y el califa le invitó a sentarse. Y el joven se sentó respetuosamente al borde del asiento, y con un lenguaje muy distinguido, dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! tu esclavo sumiso ha sabido, sin que se lo digan, el motivo porque se le llamó ante su soberano. ¡Por eso, en vez de una sola gema, ha creído era su deber de humilde súbdito traer al Emir de los Creyentes lo que le ha concedido la suerte!" Y cuando hubo dicho estas palabras, añadió: "¡Si nuestro amo el califa me lo permite, voy a hacer abrir los cofres que traje conmigo en calidad de regalo de un leal a su soberano!" Y le dijo el califa: "No veo inconveniente en ello".
Entonces Abu-Mohammad mandó subir los cofres a la sala de recepción. Y abrió el primer cofre, y entre otras maravillas que arrebataban la razón, sacó de él tres árboles de oro con los troncos de oro, las ramas y las hojas de esmeraldas y aguas marinas y las frutas de rubíes, perlas y topacios en lugar de naranjas, manzanas y granadas.
Luego, mientras el califa se maravillaba de la hermosura de aquellos árboles, abrió el segundo cofre, y entre otros esplendores, sacó de él...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 668ª noche

Ella dijo:
"... Luego, mientras el califa se maravillaba de la hermosura de aquellos árboles, abrió el segundo cofre, y entre otros esplendores sacó de él un pabellón de seda y oro, incrustado de perlas, jacintos,  esmeraldas, rubíes y zafiros y otras muchas gemas de nombres desconocidos; y el poste central de aquel pabellón era de madera de áloe indio; y todas las franjas de aquel pabellón estaban salpicadas de gemas de todos colores, y por dentro estaba adornado con dibujos de un arte maravilloso que representaban graciosos retozos de animales y vuelos de pájaros; y todos estos animales y estos pájaros eran de oro, crisolitos, granates, esmeraldas y otras muchas variedades de gemas y metales preciosos.
Y cuando el joven Abu-Mohammad sacó de aquel cofre tan distintos objetos, que iba colocando en la alfombra según los sacaba y de cualquier modo, se puso de pie, y sin mover la cabeza, alzó y bajó las cejas. Y al punto se armó por sí mismo en medio de la sala todo el pabellón con tanta prontitud, orden y simetría como si lo hubiesen manejado veinte personas expertas; y los tres árboles maravillosos fueron a plantarse por sí mismos a la entrada del pabellón para protegerlo con su sombra.
Entonces Abu-Mohammad miró por segunda vez al pabellón y dejó oír un ligerísimo silbido. Y al punto se pusieron a cantar todos los pájaros de gemas que había dentro, y los animales de oro se pusieron a responderles con dulzura y armonía. Y al cabo de un instante, Abu-Mohammad dejó oír otro silbido, y el coro entero se interrumpió en la nota comenzada.
Cuando el califa y todos los presentes vieron y oyeron cosas tan extraordinarias, no supieron si soñaban o estaban despiertos. Y Abu-Mohammad besó una vez más la tierra entre las manos de Al-Raschid, y dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! no creas que te traigo con alma interesada estos pequeños obsequios que tienen la suerte de no disgustarte, sino que te los traigo en calidad de homenaje de un leal a su dueño soberano. Y no son nada en comparación de los que pienso ofrecerte aún, siempre que me lo permitas".
Cuando el califa se repuso un poco del asombro en que le había sumido la contemplación de aquellas cosas como nunca hubo visto, dijo al joven: "¿Puedes decirme ¡oh joven! de dónde te vienen todas esas cosas, siendo un simple súbdito entre mis súbditos? ¡Te conocen por el nombre de Abu-Mohammad-Huesos-Blandos, y sé que tu padre sólo era un ventosista del hammam que murió sin dejarte ninguna herencia! ¿A qué se debe, pues, el hecho de que, en tan poco tiempo y tan joven todavía, hayas llegado a semejante grado de riqueza, de distinción y de poderío?" Y contestó Abu-Mohammad: "¡Te contaré, pues, mi historia, ¡oh Emir de los Creyentes! que es una historia tan maravillosa y está tan llena de hechos extraordinariamente prodigiosos, que si se escribiera con agujas de tatuaje en el ángulo interior del ojo, serviría sin duda de lección rica en provecho para los que quisieran aprovecharse de ella!" Y dijo Al-Raschid, extremadamente intrigado: "¡Date prisa entonces a hacernos oír lo que tienes que decirnos, ¡ya Abu-Mohammad!"
Y dijo el joven:
"Sabe, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! (¡Alah aumente tu poderío y tu gloria!) que, en efecto, se me conoce de ordinario con el nombre de Abu-Mohammad-Huesos-Blandos, soy hijo de un antiguo y pobre ventosista de hammam que murió sin dejarnos a mi madre ni a mí nada con qué atender a nuestra subsistencia. Así es que te han dicho verdad quienes te dieron estos detalles; pero no te dijeron por qué ni cómo me vino aquel mote. ¡Pues helo aquí!
Desde mi niñez ¡oh Emir de los Creyentes! era yo el muchacho más holgazán y más perezoso que podría encontrarse sobre la faz de la tierra. Y eran tan grandes, en verdad, mi holgazanería y mi pereza, que si estaba tumbado en el suelo a mediodía y el sol caía a plomo sobre mi cráneo descubierto, no tenía yo arrestos para cambiar de postura, y me dejaba cocer como una colocasia por no mover una pierna o un brazo. Con lo cual no tardé en tener un cráneo a prueba de toda clase de golpes; y si quieres ¡oh Emir de los Creyentes! mandar ahora a tu portaalfanje Massrur que me parta la cabeza, verás cómo se mella su alfanje y se hace trizas contra los huesos de mi cráneo.
Cuando murió mi difunto padre (¡Alah le tenga en su misericordia!), era yo un mozo de quince años; pero no parecía tuviese más de dos años de edad, pues continuaba sin querer trabajar ni moverme de un sitio; y mi pobre madre se veía obligada a servir a la gente del barrio para alimentarme, mientras yo me pasaba los días tumbado de lado, y no tenía fuerza ni para levantar la mano con objeto de espantarme las moscas que habían establecido su domicilio en todos los agujeros de mi cara...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 669ª noche

Ella dijo:
"... las moscas que habían establecido su domicilio en todos los agujeros de mi cara.
Un día, por una casualidad muy rara entre las casualidades, mi madre, que había estado bregando todo un mes al servicio de quienes le daban trabajo, fué a mí llevando en la mano cinco monedas de plata, fruto de toda su labor. Y me dijo: "¡Oh hijo mío! ¡acabo de saber que nuestro vecino el jeique Muzaffar va a partir para la China! Ya sabes, hijo mío, que ese venerable jeique es un hombre excelente, un hombre de bien que no desprecia ni rechaza a los pobres como nosotros. Toma, pues, los cinco dracmas de plata y levántate para acompañarme a casa del jeique; y le entregarás estos cinco dracmas y le rogarás que en China te compre mercaderías para revenderlas tú aquí luego y de las cuales (¡Alah lo quiera así, compadeciéndose de nosotros!) sacarás sin duda alguna un beneficio considerable. ¡He aquí, pues, ¡oh hijo mío! una buena ocasión de enriquecernos! ¡Y quien rehúsa el pan de Alah es un descreído!"
Al oír este discurso de mi madre, se me aumentó más aún la holgazanería, y me hice completamente el muerto. ¡Y mi madre me suplicó y me conjuró de todas maneras, por el nombre de Alah y por la tumba de mi padre, y por todo! ¡Pero en vano! Porque yo hice como que roncaba.  Entonces me dijo mi madre: "¡Por las virtudes de tu padre, te juro ¡oh Abu-Mohammad-Huesos Blandos! que, si no quieres escucharme y acompañarme a ver al jeique, no volveré a darte de comer ni de beber, y te dejaré morir de inanición!" Y dijo estas palabras con tan resuelto acento, ¡oh Emir de los Creyentes! que comprendía que aquella vez pondría en práctica sus palabras; y dejé oír un sonido sordo que significaba: "¡Ayúdame a sentarme!" Y me cogió del brazo y me ayudó a incorporarme y a sentarme. Entonces, aniquilado de fatiga, me eché a llorar, y entre mis gemidos, suspiraba: "¡Dame mis zapatos!" ¡Y me los llevó, y le dije: "¡Pónmelos!" Y me los puso. Y le dije: "¡Ayúdame a ponerme en pie!" Y me levantó y me hizo ponerme en pie. Y llorando hasta rendir el alma, le dije: "¡Sostenme para que ande!" Y se puso detrás de mí y me sostuvo, empujándome suavemente para hacerme avanzar. Y eché a andar despacio, parándome a cada paso para tomar aliento, e inclinando la cabeza sobre los hombros como para rendir el alma. Y acabé por llegar de esta manera a la orilla del mar, donde vi al jeique Muzaffar rodeado de sus allegados y amigos, disponiéndose a embarcar para ponerse en marcha. Y mi llegada fué acogida con asombro por todos los presentes, que exclamaban al mirarme: "¡Qué prodigio! ¡Es la primera vez que vemos andar a Abu-Mohammad-Huesos-Blandos! ¡Y es la primera vez que sale de su casa!"
Cuando estuve al lado del jeique, le dije: "¡Oh tío mío! ¿eres el jeique Muzaffar?" El me dijo: "Para servirte, ¡oh Abu-Mohammad, oh hijo de mi amigo el difunto ventosista a quien Alah tenga en Su gracia y en Su piedad!" Yo le dije, dándole las cinco monedas de plata: "¡Toma estos cinco dracmas ¡oh jeique! y cómprame con ellos mercaderías de la China! ¡Y quizás así por mediación tuya, tengamos ocasión de enriquecernos!" Y el jeique Muzaffar no se negó a tomar los cinco dracmas; y se los guardó en el cinturón, diciendo: "¡En el nombre de Alah!" Y me dijo: "¡Con la bendición de Alah!"
Y se despidió de mí y de mi madre; y acompañado de varios mercaderes que se habían juntado con él para el viaje, se embarcó con rumbo a China.
Alah escribió la seguridad al jeique Muzaffar, que llegó sin contratiempos al país de la China. Y compró, como todos los mercaderes que iban con él, lo que tenía que comprar, y vendió lo que tenía que vender, y traficó e hizo lo que tenía que hacer. Tras de lo cual, volvió a embarcarse, para regresar al país con sus compañeros, en el mismo navío que habían fletado en Bassra. Y se dieron a la vela y abandonaron la China.
Al cabo de diez días de navegación, una mañana se levantó de pronto el jeique Muzaffar, se golpeó con desesperación las manos, y exclamó: "¡Arriad las velas!" Y los mercaderes le preguntaron, muy sorprendidos: "¿Qué ocurre, ¡oh jeique Muzaffar!?" El dijo: "¡Ocurre que hay que volver a la China!" Y en el límite de la estupefacción, le preguntaron: "¿Por qué, ¡oh jeique Muzaffar!?" El dijo: "¡Habéis de saber que me olvidé de comprar el pedido de mercancías para el cual me dió los cinco dracmas de plata Abu-Mohammad-Huesos-Blandos!" Y le dijeron los mercaderes: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh jeique nuestro! no nos obligues por tan poca cosa a volver a China después de todas las fatigas pasadas y los peligros corridos y la ya tan larga ausencia de nuestro país!" El jeique dijo: "¡Es absolutamente preciso que volvamos a China! ¡Porque he empeñado mi palabra en la promesa que hice a Abu-Mohammad y a su pobre madre, la mujer de mi amigo el difunto ventosista!" Los demás le dijeron: "No te detenga eso, ¡oh jeique! ¡Porque estamos dispuestos a pagarte cinco dinares de oro cada cual como intereses de las cinco monedas de plata que has de devolver a Abu-Mohammad-Huesos-Blandos! ¡Y a nuestra llegada le darás todo ese oro!" El jeique dijo: "¡Acepto en nombre suyo vuestra oferta!" Entonces cada mercader pagó al jeique Muzaffar cinco dinares de oro destinados a mí, y prosiguieron su viaje.
Durante la travesía hizo escala el navío, para aprovisionarse, en una isla entre las islas. Y los mercaderes y el jeique Muzaffar desembarcaron para pasear por tierra. Y después de pasear y respirar el aire de aquella isla, se disponía el jeique a embarcarse otra vez, cuando a la orilla del mar vió a un mercader de monos que tenía en venta unos veinte animales de esta especie. Y he aquí que, entre todos aquellos monos, había uno de aspecto muy miserable, pelado, tembloroso y con lágrimas en los ojos. Y cada vez que su amo volvía la cabeza para hablar con el jeique y sus acompañantes, no dejaban los demás monos de saltar sobre su miserable compañero, y morderle y arañarle y mearle en la cabeza.
Y al jeique Muzaffar, que tenía un corazón compasivo, le conmovió el estado de aquel pobre mono, y preguntó al mercader: "¿Cuánto vale ese mono?" El mercader dijo: "Ese no es muy caro, ¡oh mi señor! ¡Para desembarazarme de él, te lo dejo en cinco dracmas solamente!" Y el jeique se dijo: "¡Precisamente es la cantidad que me dió el huérfano! ¡Y voy a comprarle este animal, a fin de que le sirva para enseñarlo por los zocos y ganar así su pan y el de su madre!" Y pagó al mercader los cinco dracmas, e hizo que se llevara el mono al navío un marinero. Tras de lo cual se embarcó con sus compañeros los mercaderes para ponerse en marcha.
Antes de hacerse a la vela, vieron a unos pescadores que se sumergían hasta el fondo del mar, y salían llevando siempre en las manos conchas llenas de perlas.
Y también lo vió el mono...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 670ª noche

Ella dijo:
"... Y también lo vió el mono. Y al punto dió un brinco y saltó al mar. Y se zambulló hasta el fondo del agua para salir al cabo de cierto tiempo, llevando en las manos y en la boca conchas llenas de perlas de tamaño y hermosura maravillosas. Y trepó al navío y entregó al jeique su pesca. Luego le hizo con la mano varias señas, que significaban: "¡Cuélgame algo al cuello!" Y el jeique le colgó al cuello un saco, y el mono saltó de nuevo al mar, y salió con el saco atestado de conchas llenas de perlas más gruesas y más hermosas que las anteriores. Luego volvió a saltar al mar varias veces seguidas, y cada vez iba a entregar al jeique el saco lleno de su pesca maravillosa.
¡Eso fue todo!
Y el jeique y todos los mercaderes estaban en el límite de la estupefacción. Y se decían: "¡No hay poder ni fuerza más que en Alah el Omnipotente! ¡Porque este mono posee secretos que no conocemos nosotros! ¡Pero todo se debe a la suerte de Abu-Mohammad-Huesos-Blandos, el hijo del ventosista!" Tras de lo cual se hicieron a la vela y abandonaron la isla de las perlas. Y después de una navegación excelente, arribaron a Bassra.
En cuanto echó pie a tierra, el jeique Muzaffar fue a llamar a nuestra puerta. Y preguntó desde dentro mi madre: "¿Quién es?" Y contestó él: "¡Soy yo! Abre, ¡oh madre de Abu-Mohammad! ¡Vuelvo de la China!" Y me gritó mi madre: "¡Levántate, Huesos-Blandos! ¡Ahí tienes al jeique Muzaffar, que vuelve de la China! ¡Ve a abrirle la puerta, y a saludarle y a desearle la bienvenida! ¡Y le preguntarás qué te ha traído, confiando en que, por mediación suya, te haya enviado Alah con  qué atender a nuestras necesidades!" Y le dije: "Ayúdame a levantarme y a andar!" Y ella lo hizo así. Y enredándome los pies en la orla de mi ropón, me arrastré hasta la puerta, abriéndola.
Y entró en el vestíbulo el jeique Muzaffar seguido de sus esclavos, y me dijo: "¡La zalema y la bendición con aquel cuyos cinco dracmas han dado buena suerte a nuestro viaje! ¡He aquí, ¡oh hijo mío! lo que ese dinero te ha proporcionado!" E hizo poner en fila en el vestíbulo los sacos de perlas, me entregó el oro que le dieron los mercaderes, y me puso en la mano la cuerda con que estaba atado el mono. Luego me dijo: "¡Ahí tienes todo lo que te han proporcionado los cinco dracmas! ¡En cuanto a este mono, ¡oh hijo mío! no le maltrates, porque es un mono de bendición!" Y se despidió de nosotros y se marchó con sus esclavos.
Entonces ¡oh Emir de los Creyentes! me encaré con mi madre, y le dije: "¡Ya ves ¡oh madre mía! quién de nosotros tenía más razón! Tú me has torturado la vida, diciéndome todos los días: "¡Levántate, Huesos-Blandos, y trabaja!"
Y yo te decía: "¡Quién me ha creado, me hará vivir!" Y me contestó mi madre: "¡Tienes razón, hijo mío! ¡Cada cual lleva colgado al cuello su destino, y haga lo que haga, no escapará a el!"
Luego me ayudó a contar las perlas y a clasificarlas según su tamaño y su hermosura.
Y abandoné la holgazanería y la pereza, y empecé a ir todos los días al zoco para vender las perlas a los mercaderes. Y logré un beneficio inmenso, que me permitió comprar tierras, casas, tiendas, jardines, palacios y esclavos y esclavas y mozos jóvenes.
Y he aquí que el mono me seguía a todas partes, y comía de lo que yo comía y bebía de lo que yo bebía, y jamás me perdía de vista. Pero un día, estando yo sentado en el palacio que hice edificar para mí, el mono me hizo señas de que quería un tintero, un papel y un cálamo. Y le llevé las tres cosas. Y cogió el papel, poniéndoselo en la mano izquierda, como hacen los escribas, y cogió el cálamo, mojándolo en el tintero, y escribió: "¡Oh Abu-Mohammad! ¡ve a buscarme un gallo blanco!  ¡Y ven a reunirte conmigo en el jardín!" Y cuando leí aquellas líneas, fui a buscar un gallo blanco, y corrí al jardín para dárselo al mono, a quien encontré con una serpiente entre sus manos. Y cogió el gallo y le azuzó hacia la serpiente. Y al punto empezaron a pelearse ambos animales, y el gallo acabó por vencer y matar a la serpiente. Luego, al revés de lo que hacen los gallos, la devoró por completo.
Entonces el mono cogió al gallo, le arrancó todas las plumas, y las plantó una tras otra en el jardín. Después mató al gallo y con su sangre regó todas las plumas. Y cogió la molleja del gallo, la limpió y la puso en medio del jardín. Tras de lo cual...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

La pequeña Doniazada dijo a su hermana: "¡Oh hermana mía! ¡por favor, date prisa a decirnos qué hizo el mono de Abu-Mohammad después de plantar en el jardín las plumas del gallo y de regarlas con la sangre del gallo!" Y dijo Schehrazada: "¡De todo corazón amistoso!" Y continuó así: "...Cogió la molleja del gallo, la limpió y la puso en medio del jardín. Tras de lo cual fué ante cada pluma, hizo crujir sus mandíbulas lanzando algunos gritos que no pude comprender y volvió a mí para dar un salto prodigioso que le alzó del suelo y le hizo desaparecer de mi vista por los aires. Y al mismo tiempo, en el jardín todas las plumas del gallo se convirtieron en árboles de oro con ramas y hojas de esmeraldas y aguamarinas que a manera de frutas ostentaban rubíes, perlas y toda clase de pedrerías. Y la molleja del gallo se convirtió en este pabellón maravilloso que me he permitido ofrecerte con tres árboles de mi jardín, ¡oh Emir de los Creyentes!
Entonces, rico ya con aquellos bienes inestimables, de los que cada piedra valía un tesoro, pedí en matrimonio a la hija del cherif de Bassra, descendiente de nuestro Profeta. Y cuando hubo visitado mi palacio y mi jardín, el cherif me concedió su hija. ¡Y ahora vivo con ella entre delicias y felicidades! ¡Y todo fué debido a que durante mi juventud tuve confianza en la generosidad sin límites del Retribuidor, que jamás abandona en la necesidad a sus creyentes!"
Cuando el califa Harún Al-Raschid hubo oído esta historia, maravillose hasta el límite de la maravilla, y exclamó: "¡Los favores de Alah son ilimitados!" Y retuvo al lado suyo a Abu-Mohammad para que dictara a los escribas de palacio esta historia. Y no le dejó partir de Bagdad hasta verle colmado de honores y de regalos de una magnificencia igual a la de que su huésped había hecho alarde para con él.
¡Pero Alah es más generoso y más poderoso!

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