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45 Los amores de Zein-Al-Mawassif

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45 Los amores de Zein-Al-Mawassif





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LOS AMORES DE ZEIN AL-MAWASSIF

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en las edades y los años de hace mucho tiempo, había un joven de lo más hermoso que se llamaba Anís y que sin duda era el más rico, el más generoso, el más delicado, el más excelente y el más delicioso de su tiempo. Y como, además, le gustaba cuanto hay de gustoso en la tierra, -las mujeres, los amigos, la buena comida, la poesía, la música, los perfumes, los jardines, los baños, los paseos y todos los placeres- vivía con la holgura de la vida  dichosa.
Una tarde el hermoso Anís dormía una agradable siesta, como tenía costumbre, echado bajo un algarrobo de su jardín. Y tuvo un ensueño en el cual se vió jugando y entreteniéndose con cuatro hermosos pájaros y una paloma de blancura deslumbrante. Y sentía un placer intenso al acariciarlos, alisando su plumaje y besándolos, cuando un gran cuervo muy feo se abalanzó de pronto a la paloma, con el pico amenazador, dispersando a sus camaradas, los cuatro pájaros tan hermosos. Y Anís se despertó muy afectado, y se incorporó y salió en busca de alguien que le explicase aquel ensueño. Pero estuvo andando durante mucho tiempo sin encontrar a nadie. Y pensaba ya en volverse a su casa, cuando acertó a pasar por las cercanías de una morada de magnífico aspecto, de la cual oyó que, al acercarse él, se elevaba una voz de mujer, encantadora y melancólica, que cantaba estos versos:
¡La dulce aurora de la mañana fresca conmueve el corazón de los enamorados! ¿Pero es mi corazón cautivo el libre corazón de los enamorados?
¡Oh frescura de las mañanas! ¿calmaste alguna vez un amor igual al que siente mi corazón por un joven cervatillo, más delicado que la flexible rama del ban?
Y Anís sintió que le penetraban en el alma los acentos de aquella voz; y acuciado por el deseo de conocer a la que la poseía, se aproximó a la puerta, que encontrábase a medio abrir, y miró adentro. Y vió un jardín magnífico donde se perdían las miradas en parterres armoniosos; calles floridas y boscajes de rosas, jazmines, violetas, narcisos y otras mil flores, habitados por todo un pueblo cantor bajo el cielo de Alah.
Así es que, atraído por la pureza de aquellos lugares, Anís no vaciló en franquear la puerta y adentrarse en el jardín. Y en el fondo de la espesura, a lo último de una avenida cortada por tres arcos, divisó un grupo blanco de jóvenes en libertad...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 655ª noche

Ella dijo:
"... Y en el fondo de la espesura, a lo último de una avenida cortada por tres arcos, divisó un grupo blanco de jóvenes en libertad. Y se encaminó por aquel lado, y llegó hasta el primer arco, en el que se leía esta inscripción grabada en caracteres color de bermellón:
¡Oh casa! ¡Ojalá no trasponga tu umbral nunca la tristeza, ni nunca pese el tiempo sobre la cabeza de tus habitantes!
¡Ojalá dures eternamente, ¡oh casa! para abrir tus puertas a la hospitalidad, y jamás seas demasiado estrecha para los amigos!
Y llegó al segundo arco y leyó en él esta inscripción grabada en letras de oro:
¡Oh casa de dicha! ¡Ojalá dures tanto tiempo como han de regocijarse tus boscajes con la armonía de tus pájaros!
¡Que los perfumes de la amistad te embalsamen tanto tiempo como han de languidecer tus flores por saberse tan bellas!¡Y que tus poseedores vivan en la serenidad tanto tiempo como han de ver tus árboles madurar sus frutos, y han de lucir nuevas estrellas en la bóveda de los cielos!
Y llegó de tal suerte debajo del tercer arco, en el que leyó estos versos grabados en caracteres azules:
¡Oh casa de lujo y de gloria! ¡Ojalá te eternices en tu belleza bajo la cálida luz y bajo las tinieblas dulces, a despecho del tiempo y las mudanzas!
Cuando hubo franqueado el último arco, llegó al final de la avenida; y ante él, al pie de los peldaños de mármol lavado que conducían a la morada, vió a una joven que debía tener más de catorce años de edad, pero que indudablemente no había cumplido los quince años. Y estaba tendida en una alfombra de terciopelo y apoyada en cojines. Y la rodeaban y estaban a sus órdenes otras cuatro jóvenes. Y era hermosa y blanca como la luna, con cejas puras y tan delicadas cual un arco formado con almizcle precioso, con ojos grandes y negros cargados de exterminios y asesinatos, con una boca de coral tan pequeña como una nuez moscada y con un mentón que decía perfectamente: "¡Heme aquí!" Y sin disputa habría abrasado de amor con tantos encantos a los corazones más fríos y más endurecidos.
Así es que el hermoso Anís se adelantó hacia la bella joven, se inclinó hasta el suelo, se llevó la mano al corazón, a los labios y a la frente, y dijo: "La zalema contigo, ¡oh soberana de las puras!" Pero ella le contestó: "¿Cómo te atreviste ¡oh joven impertinente! a entrar en paraje prohibido y que no te pertenece?" El contestó: "¡Oh mi señora! ¡la culpa no es mía, sino tuya y de este jardín! ¡Por la puerta entreabierta he visto este jardín con sus parterres de flores, sus jazmines, sus mirtos y sus violetas, y he visto que todo el jardín con sus parterres y sus flores se inclinaba ante la luna de belleza que se sentaba aquí mismo donde te hallas tú! ¡Y mi alma no pudo resistir al deseo que la impulsaba a venir a inclinarse y rendir homenaje con las flores y los pájaros!"
La joven se echó a reír, y le dijo: "¿Cómo te llamas?" Dijo él: "Tu esclavo Anís, ¡oh mi señora!" Dijo ella: "¡Me gustas infinitamente, ya Anís! ¡Ven a sentarte a mi lado!"
Le hizo, pues, sentarse al lado suyo, y le dijo: "¡Ya Anís! ¡tengo ganas de distraerme un poco! ¡Sabes jugar al ajedrez?" Dijo él: "¡Sí, por cierto!" Y ella hizo señas a una de las jóvenes, quien al punto les llevó un tablero de ébano y marfil con cantoneras de oro, y los peones del ajedrez eran rojos y blancos y estaban tallados en rubíes los peones rojos y tallados en cristal de roca los peones blancos. Y le preguntó ella: "¿Quieres los rojos o los blancos?" El contestó: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que he de coger los blancos, porque los rojos tienen el color de las gacelas, y por esa semejanza y por muchas otras más, se amoldan a ti perfectamente!" Ella dijo: "¡Puede ser!" Y se puso a arreglar los peones.
Y empezó el juego.
Pero Anís, que prestaba más atención a los encantos de su contrincante que a los peones del ajedrez, se sentía arrebatado hasta el éxtasis por la belleza de las manos de ella, que parecíanle semejantes a la pasta de almendra, y por la elegancia y la finura de sus dedos, comparables al alcanfor blanco. Y acabó por exclamar: "¿Cómo voy a poder ¡oh mi señora! jugar sin peligro contra unos dedos así?" Pero le contestó ella embebida en su juego: "¡Jaque al rey! ¡Jaque al rey, ya Anís! ¡Has perdido!"
Luego, como viera que Anís no prestaba atención al juego, le dijo: "¡Para que estés más atento al juego, Anís, vamos a jugar en cada partida una apuesta de cien dinares!"
El contestó: "¡Bueno!" Y arregló los peones. Y por su parte, la joven, que tenía por nombre Zein Al-Mawassif, se quitó en aquel momento el velo de seda que le cubría los cabellos y apareció cual una resplandeciente columna de luz. Y Anís, que no lograba separar sus miradas de su contrincante, continuaba sin darse cuenta de lo que hacía: tan pronto cogía peones rojos en vez de peones blancos, como los movía atravesados, de modo que perdió seguidas cinco partidas de cien dinares cada una. Y le dijo Zein Al-Mawassif: "Ya veo que no estás más atento que antes. ¡Juguemos una apuesta más fuerte! ¡A mil dinares la partida!" Pero Anís, a pesar de la suma empeñada, no se condujo mejor; y perdió la partida.
Entonces le dijo ella: "¡Juguemos todo tu oro contra todo el mío!" Aceptó él, y perdió. Entonces se jugó sus tiendas, sus casas, sus jardines y sus esclavos, y los perdió unos tras de otros. Y ya no le quedó nada entre las manos.
Entonces Zein Al-Mawassif se encaró con él y le dijo: "Eres un insensato, Anís. Y no quiero que tengas que arrepentirte de haber entrado en mi jardín y de haber entablado amistad conmigo. ¡Te devuelvo, pues, cuanto perdiste! ¡Levántate, Anís, y vete en paz por donde viniste!" Pero Anís contestó: "¡No, por Alah, ¡oh soberana mía! que no me apena lo más mínimo lo que perdí! Y si mi vida me pides, te perteneceré al instante. ¡Pero, por favor, no me obligues a abandonarte!"
Ella dijo: "¡Puesto que no quieres recuperar lo que has perdido, ve, al menos, en busca del kadí y de los testigos, y tráeles aquí para que extiendan una donación en regla de los bienes que te he ganado!" Y fué Anís a buscar al kadí y a los testigos. Y el kadí, aunque estuvo a punto de que se le cayera el cálamo de entre los dedos al ver la belleza de Zein Al-Mawassif, redactó el acta de donación e hizo poner en ella sus sellos a los dos testigos.
Luego se marchó...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y calló discreta.

Y cuando llegó la 656ª noche

Ella dijo:
"... Y el kadí, aunque estuvo a punto de que se le cayera el cálamo de entre los dedos al ver la belleza de Zein Al-Mawassif, redactó el acta de donación e hizo poner en ella sus sellos a los dos testigos.
Luego se marchó.
Entonces Zein Al-Mawassif se encaró con Anís y le dijo, riendo: "Ahora puedes marcharte, Anís. ¡Ya no nos conocemos!" Dijo él: "¡Oh soberana mía! ¿vas a dejarme partir sin la satisfacción del deseo?" Ella dijo: "¡Con mucho gusto accederé a lo que quieres, Anís; pero todavía me queda que pedirte algo! ¡Aun tendrás que traerme cuatro vejigas de almizcle puro, cuatro onzas de ámbar gris, cuatro mil piezas de brocado de oro de la mejor calidad y cuatro mulas enjaezadas!" Dijo él: "Por encima de mi cabeza, ¡oh mi señora!"
Ella preguntó: "¿Cómo te arreglarás para proporcionármelas, si ya no posees nada?" Dijo él: "¡Alah proveerá! Tengo amigos que me prestarán todo el dinero que me haga falta". Ella dijo: "Entonces date prisa a traerme lo que te he pedido". Y Anís, sin dudar que sus amigos fuesen en su ayuda, salió para ir a buscarlos.
Entonces Zein Al-Mawassif dijo a una de sus mujeres, que se llamaba Hubub: "Sal detrás de él, ¡oh Hubub! y espíale. Y cuando veas que todos los amigos de que habló se niegan a ir en su ayuda y le rechazan con un pretexto o con otro, te acercarás a él, y le dirás: "¡Oh amo mío, Anís! mi ama Zein Al-Mawassif me envía a ti para decirte que quiere verte al instante!" Y le traerás contigo, y le introducirás en la sala de recepción. ¡Y entonces sucederá lo que suceda!"
Y Hubub contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a salir detrás de Anís y a seguir sus pasos.
En cuanto a Zein Al-Mawassif, entró en su casa y empezó por ir al hammam para tomar un baño. Y después del baño, sus doncellas le prodigaron los cuidados que requiere un tocado extraordinario; luego depilaron lo que tenían que depilar, frotaron lo que tenían que frotar; alargaron lo que tenían que alargar y oprimieron lo que tenían que oprimir. Luego la vistieron con un traje bordado de oro fino, y le pusieron en la cabeza una lámina de plata para que sirviera de sostén a una rica diadema de perlas que por detrás se hacía un nudo cuyos dos cabos, adornados cada uno con un rubí del tamaño de un huevo de paloma, le caían por los hombros deslumbradores cual la plata virgen. Luego acabaron de trenzar sus hermosos cabellos negros, perfumados de almizcle y de ámbar, en veinticuatro trenzas que le arrastraban hasta los pies. Y cuando terminaron de adornarla, y quedó semejante a una recién casada, se echaron a sus plantas, y le dijeron con voz temblorosa de admiración: "¡Alah te conserve en tu esplendor, ¡oh ama nuestra Zein Al-Mawassif! y aleje de ti por siempre la mirada de los envidiosos, y te preserve del mal de ojo!" Y mientras ella ensayaba en la habitación un modo gallardo de andar, no cesaron de hacerle mil y mil cumplimientos desde el fondo de su alma.
Entretanto, volvió la joven Hubub con el hermoso Anís, al que se llevó cuando sus amigos le rechazaron negándose a ir en su ayuda. Y le introdujo a la sala en donde se hallaba su ama Zein Al-Mawassif.
Cuando el hermoso Anís advirtió a Zein Al-Mawassif en todo el esplendor de su belleza, se detuvo deslumbrado, y se preguntó: "¿Pero es ella, o una de las recién casadas que sólo se ven en el paraíso?" Y Zein Al-Mawassif, satisfecha del efecto producido en Anís, fue a él sonriendo, le cogió de la mano y le condujo hasta el diván amplio y bajo en que se sentaba ella, y le hizo sentarse al lado suyo. Luego ordenó por señas a sus mujeres que llevaran una mesa grande y baja, hecha de un solo trozo de plata, y en la cual había grabados estos versos gastronómicos:
¡Hunde las cucharas en las salseras grandes, y regocija tus ojos y regocija tu corazón con todas estas especies admirables y variadas!
¡Guisados y cochifritos, asados y cocidos, confituras y helados, fritadas y compotas al aire libre o al horno!
¡Oh codornices! ¡oh pollos! ¡oh capones! ¡oh enternecedores! ¡os adoro!
¡Y vosotros, corderos cebados durante tanto tiempo con alfónsigos, y ahora rellenos de uvas en esta bandeja, ¡oh excelencias!
¡Aunque no tenéis alas como las codornices y los pollos y los capones, me gustáis mucho!
¡En cuanto a ti, ¡oh kabab a la parrilla! que Alah te bendiga! ¡Jamás me verá tu color dorado decirle que no!
¡Y a ti, ensalada de verdolaga, que en esta escudilla bebes el alma misma de los olivos, te pertenece mi espíritu, ¡oh amiga mía!
¡A la vista de esta pareja de pescados asentados en el fondo del plato sobre menta fresca, te estremeces de placer en mi pecho, ¡oh corazón mío!
¡Y tú, bienhadada boca mía, cállate y sueña con comer estas delicias de las que por siempre hablarán los anales!
Entonces las doncellas les sirvieron los manjares perfumados. Y ambos comieron juntos hasta la saciedad y se endulzaron. Y les llevaron los frascos de vino, y bebieron ambos en la misma copa. Y Zein Al-Mawassif se inclinó hacia Anís, y le dijo: "¡He aquí que hemos comido juntos el pan y la sal, y ya eres mi huésped! No creas, pues, que voy a quedarme ahora con la menor cosa de lo que te ha pertenecido. ¡Así es que, quieras o no, te devuelvo cuanto te he ganado!" Y Anís no tuvo más  remedio que aceptar como regalo los bienes que le habían pertenecido. Y se arrojó a los pies de la joven, y le expresó su gratitud. Pero ella le levantó, y le dijo: "Si verdaderamente, Anís, quieres agradecerme este don, no tienes más que seguirme a mi lecho. ¡Y allí me probarás positivamente si eres un buen jugador de ajedrez...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 658ª noche

Ella dijo:
"... no tienes más que seguirme a mi lecho. ¡Y allí me probarás positivamente si eres un buen jugador de ajedrez!" Y saltando sobre ambos pies, contestó Anís: "¡Por Alah, ¡oh mi señora! que en el lecho vas a ver cómo el rey blanco supera a todos los jinetes!" Y diciendo estas palabras, la cogió en brazos, y cargado con aquella luna, corrió a la alcoba, cuya puerta hubo de abrirle la servidora Hubub. Y allí jugó con la joven una partida de ajedrez siguiendo todas las reglas de un arte consumado, e hizo que la sucediese una segunda partida y una tercera partida, y así sucesivamente hasta la partida decimoquinta, haciendo portarse tan valientemente al rey en todos los asaltos, que la joven, maravillada y sin alientos, hubo de darse por vencida, y exclamó: "Triunfaste, ¡oh padre de las lanzas y de los jinetes!" Luego añadió: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! di al rey que descanse!" Y se levantó riendo y puso fin por aquella noche a las partidas de ajedrez.
Entonces, nadando con alma y cuerpo en el océano de las delicias, reposaron un momento en brazos uno de otro. Y Zein Al-Mawassif dijo a Anís: "Llegó la hora del descanso bien ganado, ¡oh invencible Anís! ¡Pero, para juzgar mejor todavía de tu valer, deseo saber por ti si en el arte de los versos eres tan excelente como en el juego de ajedrez! ¿Podrías, pues, ordenar rítmicamente los diversos episodios de nuestro encuentro y de nuestro juego, de manera que se nos quedaran bien en la memoria?" Y contestó Anís: "La cosa es muy sencilla para mí, ¡oh señora mía!" Y se sentó en la cama perfumada, y mientras Zein Al-Mawassif le pasaba el brazo por el cuello y le acariciaba dulcemente, improvisó él esta oda sublime:
¡Levantaos para escuchar la historia de una joven de catorce años y un cuarto de año, a quien encontré en un paraíso, y era más bella que las lunas en el cielo de Alah!
¡Como una gacela, se balanceaba en el jardín y las ramas flexibles de los árboles se inclinaban hacia ella, y la cantaban los pájaros! ¡Y aparecí, y le dije; "¡La zalema contigo, ¡oh sedosa de mejillas, oh soberana! ¡Dime, para que lo sepa, el nombre de aquella cuyas miradas me vuelven loco!"
¡Con acento más dulce que el tintineo de las perlas en la copa, me dijo: "¿No darás con mi nombre tú solo? ¿Tan ocultas están mis cualidades, que no puede mi rostro reflejarlas a tu vista?
¡Contesté: "¡No, por cierto! ¡No, por cierto! ¿Sin duda te llamas Ornamento de las Cualidades? ¡Dame una limosna, ¡oh Ornamento de las Cualidades! (traducción de Zein Al-Mawassif)
¡Y en cambio, ¡oh joven! aquí tienes almizcle, aquí tienes ámbar, aquí tienes perlas, aquí tienes oro y alhajas y todas las gemas y sedas!"
¡Entonces brilló en sus dientes jóvenes el relámpago de su sonrisa, y me dijo: "¡Heme aquí, pues! Heme aquí, ¡oh caros ojos míos!"
¡Éxtasis de mi alma, ¡oh su cintura desceñida! ¡oh su camisa descubierta! ¡oh su carne al desnudo! ¡oh diamantes! ¡Satisfacción de mis deseos! ¡Emanaciones suyas, que eran perfumes al besar! ¡Olor de piel suprema calor de regazo! ¡Oh frescura, mil besos!
¡Si la hubieseis visto, censores que me impugnáis! ¡Escuchad! ¡Os cantaré toda mi embriaguez, y quizás comprendáis!
¡Su inmensa cabellera, color de noche, se despliega triunfal sobre la blancura de su espalda hasta llegar al suelo! ¡Y las rosas de sus mejillas incendiarias alumbrarían el infierno!
¡Un arco precioso son sus cejas puras; matan sus párpados, cargados de flechas; y es un alfanje cada una de sus miradas!
¡Su boca es un frasco de vino añejo; su saliva es agua de fuente; sus dientes son un collar de perlas acabadas de coger del mar!
¡Su cuello, cual el cuello del antílope, es elegante y está tallado admirablemente; su pecho es una losa de mármol sobre la que descansan dos copas invertidas!
¡Su vientre tiene un hoyo que embalsama con los perfumes más ricos; y debajo, enfrontando mi espera, gordo y rollizo, alto como un trono de rey, asentado entre dos columnas de gloria, está aquel que es la locura de los más cuerdos!
¡Por unos lados liso y por otros barbudo, es tan sensible, que se encabrita como un mulo en cuanto se le toca!
¡Tiene los ojos rojos, tiene los labios carnosos y dulces, tiene el hocico fresco y encantador!
¡Si te aproximas a él con valentía, le encontrarás caliente, sólido, resuelto y suntuoso, sin temer las fatigas, ni los asaltos, ni las batallas!
¡Así eres, ¡oh Zein Al-Mawassif! completa de encantos y de cortesía! ¡Y por eso no olvidaré las delicias de nuestras noches, ni la hermosura de nuestros amores!
Al oír esta oda improvisada en honor suyo, Zein Al-Mawassif se sintió transportada de placer y se expansionó hasta el límite de la expansión...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 659ª noche

Ella dijo:
"Al oír esta oda improvisada en honor suyo, Zein Al-Mawassif se sintió transportada de placer y se expansionó hasta el límite de la expansión. Y dijo a Anís, besándole: "¡Oh Anís, qué excelencia! ¡Por Alah, ya no quiero vivir más que contigo!" Y pasaron juntos el resto de la noche entre escarceos diversos, caricias, copulaciones y otras cosas semejantes, hasta la mañana. Y dejaron transcurrir el día, uno junto a otro, tan pronto descansando como comiendo y bebiendo y divirtiéndose hasta la noche. Y continuaron viviendo de tal suerte durante un mes en medio de transportes de alegría y de voluptuosidad.
Pero, al cabo del mes, la joven Zein Al-Mawassif, que era una mujer casada, recibió una carta de su esposo en que le anunciaba su próximo regreso. Y cuando la hubo leído, exclamó: "¡Ojalá se le rompan las piernas! ¡Alejada sea la fealdad! ¡He aquí que nuestra deliciosa vida va a verse turbada por la llegada de ese rostro de mal agüero!" Y enseñó a su amigo la carta, y le dijo: "¿Qué partido vamos a tomar, ¡oh Anís!?" El contestó: "Me entrego enteramente a ti, ¡oh Zein! ¡Porque, en cuestión de astucias y sutilezas, las mujeres superaron siempre a los hombres!" Ella dijo: "¡Está bien! ¡Pero te advierto que mi marido es un hombre muy violento, y sus celos no tienen límites! ¡Y nos resultará muy difícil el no despertar sus sospechas!" Y reflexionó una hora de tiempo, y dijo: "¡Para introducirte en casa después de su llegada maldita, no veo otro medio que hacerte pasar por un mercader de perfumes y especias! ¡Medita, pues, acerca de este oficio, y sobre todo ten mucho cuidado con contrariarle en nada durante los tratos!" Y se pusieron ambos de acuerdo respecto a los medios de que se valdrían para engañar al marido.
Entretanto, regresó de viaje el marido, y llegó al límite de la sorpresa al ver a su mujer toda amarilla de pies a cabeza. La astuta se había puesto en aquel estado frotándose con azafrán. Y su marido, muy asombrado, le preguntó qué enfermedad tenía; y contestó ella: "Si tan amarilla me ves, ¡ay! no es a causa de una enfermedad, sino a causa de la tristeza y de la inquietud en que estuve durante tu ausencia! ¡Por favor no vuelvas a viajar sin llevar contigo un acompañante que te defienda y te cuide! ¡Y entonces estaré más tranquila por ti!" El contestó: "¡Lo haré de todo corazón! ¡Por vida mía, que es sensata tu idea! ¡Tranquiliza, pues, tu alma, y procura recuperar tu color brillante de otras veces!" Luego la besó y se fué a su tienda, porque era un gran mercader, judío de religión. ¡Y su esposa, la joven, era, asimismo, judía como él!
Y he aquí que Anís, que había adquirido todos los informes referentes al nuevo oficio que tenía que ejercer, esperaba al marido a la puerta de su tienda. Y para entablar amistad con él, le ofreció perfumes y especias a un precio muy inferior al corriente. Y el marido de Zein Al-Mawassif, que tenía el alma endurecida de los judíos, quedó tan satisfecho de aquel negocio y del comportamiento de Anís y de sus buenas maneras, que se hizo su cliente habitual. Y a los pocos días, acabó por proponerle que se asociara con él, en caso de poder aportar suficiente capital. Y no dejó Anís de aceptar una oferta que sin duda le aproximaría a su bienamada Zein Al-Mawassif, y contestó que abrigaba ese mismo deseo y que anhelaba mucho ser socio de un mercader tan estimable. Y sin tardanza redactaron su contrato de asociación, y le pusieron sus sellos en presencia de dos testigos entre los notables del zoco.
Y he aquí que aquella misma tarde el esposo de Zein Al-Mawassif, para festejar su contrato de asociación, invitó a su nuevo asociado a que fuese a su casa para compartir su comida. Y se lo llevó consigo; y como era judío, y los judíos no tienen vergüenza y no guardan a sus mujeres ocultas a las miradas de los extraños, quiso hacerle conocer a su esposa. Y fué a prevenirle de la llegada de su asociado Anís, y le dijo: "Es un joven rico y de buenas maneras. ¡Y deseo que vengas a verle!" Y aunque transportada de alegría al saber aquella noticia, Zein Al-Mawassif no quiso dejar traslucir sus sentimientos, y fingiendo hallarse extremadamente indignada, exclamó: "¡Por Alah! ¿cómo te atreves, ¡oh padre de la barba! a introducir a extraños en la intimidad de tu casa? ¿Y de qué modo pretendes imponerme la dura necesidad de mostrarme a ellos, con el rostro descubierto o velado? ¡El nombre de Alah sobre mí y alrededor de mí! ¿Es que, porque tú hayas encontrado un socio, debo yo olvidar la modestia que conviene a las jóvenes? ¡Antes me dejaría cortar en pedazos!"
Pero contestó el: "¡Qué palabras tan desconsideradas dices, oh mujer! ¿Y desde cuándo hemos resuelto hacer como los musulmanes, que tienen por ley esconder a sus mujeres? ¡Qué vergüenza tan inaudita y qué modestia tan extemporánea! ¡Nosotros somos moisitas, y tus escrúpulos a ese respecto resultan excesivos en una moisita!" Y le habló así. Pero pensaba para su ánima: "¡Qué bendición sobre mi casa es el tener una esposa tan casta, tan modesta, tan prudente y tan llena de timidez!" Luego se puso a hablar con tanta elocuencia, que acabó por convencerla para que fuera a cumplir por sí misma los deberes de hospitalidad para con el recién venido.
Y he aquí que Anís y Zein Al-Mawassif, al verse, se guardaron mucho de aparentar que se conocían. Y durante toda la comida, Anís tuvo los ojos bajos muy honestamente; y fingía gran discreción, y no miraba más que al marido. Y el propio judío pensaba: "¡Qué joven tan excelente!" Así es que, cuando se hubo terminado la comida, no dejó de invitar a Anís para que al día siguiente fuera también a hacerle compañía en la mesa. Y Anís volvió al día siguiente, y al otro día; y cada vez se portaba en todo con un tacto y una discreción admirables.
Pero al judío le había chocado ya una cosa extraña que ocurría en cuanto se encontraba en la casa Anís. Efectivamente, había en la casa un pájaro domesticado...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 660ª noche

Ella dijo:
"... Efectivamente, había en la casa un pájaro domesticado, a quien amaestró el judío, y que reconocía y quería mucho a su amo. Pero, mientras duró la ausencia del judío, aquel pájaro hubo de cifrar su afecto en Anís y tomó la costumbre de posársele en la cabeza y en los hombros y hacerle mil caricias, de modo que, cuando su amo el judío regresó de viaje, no quiso el pájaro reconocerle ya, considerándole como un extraño. Y ya no había píos de alegría, aleteos y caricias más que para el joven Anís, socio de su amo. Y el judío pensó para sí: "¡Por Muza y Aarún! ¡pues no me ha olvidado este pájaro! ¡Y su conducta para conmigo da más valor todavía a los sentimientos de mi esposa, que ha caído enferma de dolor por mi ausencia!" ¡Así pensaba! Pero no tardó en chocarle y en hacer que le asaltasen mil ideas torturadoras otra cosa extraña.
Porque notó que su esposa, tan reservada y tan modesta en presencia de Anís, tenía sueños extraordinarios en cuanto se dormía. Tendía los brazos, jadeaba, suspiraba y hacía mil contorsiones pronunciando el nombre de Anís y hablándole como hablan las enamoradas más apasionadas. Y el judío se quedó extremadamente asombrado al comprobar aquello varias noches sucesivas, y pensó: "¡Por el Pentateuco, que esto viene a demostrarme que todas las mujeres son iguales y que, cuando una de ellas es virtuosa y casta y continente como mi esposa, tiene que satisfacer de una manera o de otra sus malos deseos, aunque sea en sueños! ¡Alejado sea de nosotros el Maligno! ¡Qué calamidad son estas criaturas formadas con la llama del infierno!" Luego se dijo: "¡He de poner a prueba a mi esposa! ¡Si resiste a la tentación y permanece casta y reservada, lo del pájaro y lo de los sueños no será más que una coincidencia entre las coincidencias sin resultados!"
Y he aquí que, cuando llegó la hora de la comida acostumbrada, el judío anunció a su esposa y a su socio que estaba invitado a casa del walí con motivo de un gran pedido de mercaderías; y les rogó que esperasen su regreso para empezar a comer. Luego les dejó y salió al jardín. Pero, en vez de ir a casa del walí, se apresuró a volver sobre sus pasos y a subir al piso superior de la casa; allí, desde una habitación cuya ventana daba a la sala de reunión, podría vigilar lo que iba a ocurrir.
No se hizo esperar mucho el resultado, que por parte de los amantes se manifestó con besos y caricias de una intensidad y una pasión increíbles. Y como no quería el judío descubrir su presencia ni dejarles adivinar que no había ido a casa del walí, se vió obligado durante una hora de tiempo a asistir a las manifestaciones desenfrenadas de ambos amantes. Pero, tras de esta espera dolorosa, bajó a reunirse con ellos y entró en la sala con rostro sonriente, como si nada supiera. Y mientras duró la comida, se guardó bien de dejarles adivinar sus sentimientos, y tuvo muchas más consideraciones y atenciones para el joven Anís, quien, por otra parte, se mostró todavía más reservado y más discreto que de costumbre.
Pero cuando se terminó la comida y se marchó el joven Anís, el judío se dijo: "¡Por los cuernos de nuestro señor Muza, que he de abrasarles el corazón al separarlos!" Y sacó del seno una carta que abrió y leyó; luego exclamó: "He aquí que voy a verme obligado a partir de nuevo para un viaje largo. ¡Porque me llega esta carta de mis corresponsales del extranjero, y es preciso que vaya a verles para arreglar con ellos un importante asunto comercial!" Y Zein Al-Mawassif supo disimular perfectamente la alegría que le causaba esta noticia, y dijo: "¡Oh esposo mío bienamado! ¡vas a dejarme morir durante tu ausencia! ¡Dime, por lo menos, cuánto tiempo vas a estar lejos de mí!" Dijo él: "¡Tres años, o acaso cuatro años, ni más ni menos!" Ella exclamó: "¡Oh, pobre Zein Al-Mawassif! ¡Tu mala suerte no te deja nunca disfrutar de la presencia de tu esposo! ¡Oh desesperación de mi alma!"
Pero le dijo él: "¡No te desesperes más por eso! Porque para no dejarte sola esta vez y exponerte a la tristeza, quiero que vengas conmigo! ¡Levántate, pues, y ordena que tus doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub te ayuden a hacer tu equipaje para la marcha!"
Al oír estas palabras, a la quebrantada Zein Al-Mawassif se le puso el color muy amarillo, y sus ojos humedeciéronse con lágrimas, y no pudo pronunciar ni una sola palabra. Y su marido, que interiormente se dilataba de contento, le preguntó con acento muy afectuoso: "¿Qué te pasa, Zein?" Ella contestó: "¡Nada, por Alah! ¡Solamente estoy un poco emocionada con esta agradable noticia de saber que ya no voy a separarme de ti!"
Luego se levantó y se puso a hacer los preparativos de la marcha, ayudada por sus doncellas, a la vista de su esposo el judío. Y no sabía cómo enterar de la triste nueva a Anís. Por fin pudo disponer de un momento para trazar sobre la puerta de entrada estos versos de adiós a su amigo:
¡A ti mis penas, Anís! ¡Hete aquí solo, con el corazón sangrando por vivas heridas!
¡Los celos más que la necesidad ocasionan nuestra separación! ¡Y la alegría hubo de entrar en el alma del envidioso a la vista de mi dolor y de mi desesperación!
¡Pero por Alah juro que no me poseerá otro que no seas tú, Anís, aunque venga acompañado de mil intercesores!
Tras de lo cual montó en el camello preparado para ella, y segura de no volver a ver ya a Anís, se metió en su litera, dedicando versos de adiós a la casa y al jardín. Y se puso en marcha toda la caravana, con el judío a la cabeza, Zein Al-Mawassif en medio y las doncellas a la cola. Y esto es lo referente a Zein y a su esposo el judío...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 662ª noche

Ella dijo:
"... Y esto es lo referente a Zein y a su esposo el judío.
¡Pero he aquí lo que atañe a Anís!
Cuando al día siguiente vió que no iba al zoco su asociado el mercader judío, quedó extremadamente sorprendido y esperó su llegada hasta la tarde. Pero en vano. Entonces decidióse a ir a ver por sí mismo la causa de semejante ausencia. Y llegó de tal suerte ante la puerta de entrada, y leyó la inscripción que Zein Al-Mawassif había grabado allí. Y comprendió su sentido, y trastornado se dejó caer en tierra, presa de la desesperación. Y cuando se repuso un poco de la emoción que hubo de causarle aquella ausencia de su bienamada, preguntó a los vecinos. Y así fué como se enteró de que su esposo el judío se la había llevado con sus doncellas y un gran equipaje, que cargaron en diez camellos, y con víveres para un viaje muy largo.
Al saber esta noticia, Anís caminó como un insensato por entre las soledades del jardín; e improvisó estos versos:
¡Para llorar el recuerdo de la bienaventurada, detengámonos aquí en el límite de árboles de su jardín, donde se yergue su querida casa, donde sus huellas, como en mi corazón, no pueden ser borradas ni por los vientos del Norte ni por los vientos del Sur!
¡Se marchó, pero mi corazón está con ella, atado al aguijón que apresura la marcha de los camellos!
¡Ah, ven, oh noche! ¡ven a refrescar mis mejillas ardientes y a calmar el fuego que me consume el corazón!
¡Oh brisa del desierto! a ti, cuyo soplo perfumó su aliento, ¿no te ha recetado ningún colirio para secar mis lágrimas, ningún remedio para reanimar mi cuerpo helado?
¡Ay! ¡ay! ¡el conductor de la caravana dió señal de partir en medio de las tinieblas de la noche, antes que el soplo del céfiro matinal viniera a vivificar las cañadas!
¡Se arrodillaron los camellos; hiciéronse los fardos; metíase ella en la litera; se marchó!
¡Ay! ¡se marchó, y me ha dejado sin poder seguir sus huellas! ¡La sigo desde lejos, regando con mis lágrimas el polvo!
Luego, mientras se entregaba de este modo a sus reflexiones y recuerdos, oyó graznar a un cuervo que tenía su nido en una palmera del jardín. E improvisó esta estrofa:
¡Oh cuervo! ¿qué tienes que hacer ya en el jardín de mi bienamada? ¿Vienes a gemir con tu voz lúgubre por los tormentos de mi amor? ¡Ay! ¡ay! ¡gritas a mi oído! y el eco infatigable repite sin cesar: ¡Ay! ¡ay!
Luego, sin poder ya resistirse a tantas penas y tormentos, se echó Anís en el suelo y se sintió invadido por el sopor. Y he aquí que en sueños se le apareció su bienamada; y se encontraba dichoso él con ella; y la oprimía en sus brazos, y hacía ella lo mismo.
Pero despertóse de pronto y quedó desvanecida la ilusión. Y para consolarse, sólo pudo él improvisar estos versos:
¡Salve, imagen de la bienamada! ¡Te me apareces en medio de las tinieblas de la noche, y vienes a calmar por un instante la violencia de mi amor!
¡Me habla ella, me sonríe, me hace mil tiernas caricias; tengo en mis manos toda la felicidad de la tierra, y me despierto bañado en lágrimas!
Así se lamentaba el joven Anís. Y continuó viviendo a la sombra de la casa abandonada, sin alejarse más que para tomar algún alimento en su vivienda.
Y he aquí lo referente a él.
En cuanto a la caravana, cuando llegó a un mes de distancia de la ciudad consabida, hizo alto. Y el judío mandó armar las tiendas cerca de una ciudad situada a orillas del mar. Allí quitó a su esposa los ricos trajes que la cubrían, cogió una vara larga y flexible, y le dijo: "¡Ah, miserable traidora! ¡tu piel manchada sólo se podrá limpiar con esto! ¡Que venga ahora a librarte de entre mis manos ese joven Anís!" Y a pesar de sus gritos y protestas, le fustigó dolorosamente con toda su fuerza.
Luego le envolvió un manto de crines viejo, y fué a la ciudad en busca de un herrador, y le dijo:
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discreta.

Pero cuando llegó la 663ª noche

Ella dijo:
"... y fué a la ciudad en busca de un herrador, y le dijo: "Vas a herrar sólidamente los pies de esta esclava; tras de lo cual le herrarás las manos. ¡Y me servirá de cabalgadura!" Y el herrador asombrado, miró al viejo, y le dijo: "¡Por Alah, que es la primera vez que me llaman para herrar a seres humanos! ¿Pues qué ha hecho esta joven para merecer ese castigo?" El viejo dijo: "¡Por el Pentateuco! ésa es la pena con que nosotros los judíos castigamos a nuestros esclavos cuando tenemos queja de su conducta". Pero el herrador, deslumbrado por la belleza de Zein Al-Mawassif e impresionado en extremo por sus encantos, miró al judío con desprecio e indignación, y le escupió en la cara; y en lugar de tocar a la joven, improvisó esta estrofa:
¡Ojalá ¡oh mulo! te herraran a ti en toda tu piel antes de torturar sus pies delicados! ¡Si fueras sensato, con anillos de oro adornarías sus pies encantadores!
¡Porque bien seguro estoy de que, al comparecer ante el Juez Soberano, será declarada inocente y pura tan bella criatura!
Luego corrió el herrador en busca del walí de la ciudad y le contó lo que había visto, describiéndole la belleza maravillosa de Zein Al-Mawassif y el trato cruel que quería hacerle soportar su esposo el judío. Y el walí ordenó a los guardias que inmediatamente fueran al campamento y trajeran a su presencia a la bella esclava, al judío y a las demás mujeres de la caravana. Y los guardias se apresuraron a ejecutar la orden. Y al cabo de una hora, volvieron e introdujeron en la sala de audiencias, ante el walí, al judío, a Zein Al-Mawassif y a las cuatro doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub. Y deslumbrado por la belleza de Zein Al-Mawassif, el walí le preguntó: "¿Cómo te llamas, hija mía?" Ella dijo, moviendo las caderas: "Tu esclava Zein Al-Mawassif, ¡oh amo nuestro!" Y él le preguntó: "¿Y quién es este hombre tan feo?" Ella contestó: "¡Es judío ¡oh mi señor! que me separó de mi padre y de mi madre, y me violentó, y con toda clase de malos tratos quiso forzarme a abjurar de la santa fe de mis padres musulmanes! ¡Y me hace sufrir tortura a diario, y por ese procedimiento intenta vencer mi resistencia! Y en prueba de lo que revelo a nuestro amo, aquí tenéis las huellas de los golpes con que no cesa de martirizarme!" Y con mucho rubor descubrió la parte alta de los brazos y enseñó los verdugones que los surcaban. Luego añadió: "¡Y por cierto ¡oh amo nuestro! que el honorable herrador puede dar testimonio del trato bárbaro que quería hacerme sufrir ese judío! ¡Y mis doncellas confirmarán mis palabras! ¡Por lo que a mí respecta, soy una musulmana, una creyente, y atestiguo que no hay más Dios que Alah y que Mohamed es el Enviado de Alah!
Al oír estas palabras, el walí se encaró con las doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub, y les preguntó: "¿Es cierto lo que dice vuestra ama?" Ellas contestaron: "¡Es cierto!" Entonces el walí se encaró con el judío, y con los ojos chispeantes, le dijo: "¡Mal hayas, enemigo de Alah! ¿Por qué arrebataste esta joven a su padre y a su madre, a su casa y a su patria, y la torturaste, e intentaste hacerle renegar de nuestra santa religión y precipitarla en los horribles errores de tu creencia maldita?"
El judío contestó: "¡Oh amo nuestro! ¡por vida de la cabeza de Yacub, de Muza y de Aarún, te juro que esta joven es mi esposa legal!" Entonces exclamó el walí: "¡Que le den una paliza!" Y los guardias le tiraron al suelo y le aplicaron cien palos en la planta de los pies, cien palos en la espalda y cien palos en las nalgas. Y como continuara en sus gritos y vociferaciones, protestando y afirmando que Zein Al-Mawassif le pertenecía legalmente, el walí dijo: "¡Ya que no quiere declarar, que le corten las manos y los pies, y que le fustiguen!"
Al oír esta terrible sentencia, exclamó el judío: "¡Por los cuernos sagrados de Muza! ¡si sólo eso basta para salvarme, declaro que no es mi esposa esta mujer y que se la he quitado a su familia!"
Entonces pronunció el walí: "¡Ya que ha declarado, que le encarcelen! ¡Y que esté preso toda su vida! ¡Sean castigados así los judíos descreídos!" Y al punto los guardias ejecutaron la orden. Y arrastraron al judío hasta la cárcel. Y sin duda allí moriría en su descreimiento y en su fealdad. ¡Que Alah no tenga nunca compasión de él! ¡Y precipite su alma judía en el fuego del último piso del infierno! ¡Pero nosotros somos creyentes! ¡Y reconocemos que no hay más Dios que Alah y que Mohamed es el Enviado de Alah!
En cuanto a Zein Al-Mawassif, besó la mano del walí, y acompañada por sus cuatro doncellas Hubub, Khutub, Sukub y Rukub, volvió a las tiendas y ordenó a los camelleros que levantaran el campo y se pusieran en camino para el país de su bienamado Anís.
Y he aquí que viajó sin contratiempos la caravana, y hacia la noche del tercer día, llegó a un monasterio cristiano que estaba habitado por cuarenta monjes y por su patriarca. Y este patriarca, que se llamaba Danis, estaba precisamente sentado a la puerta del monasterio, tomando el fresco, cuando acertó a pasar por allí en su camello la joven sacando la cabeza fuera de la litera. Y a la vista de aquel rostro de luna, el patriarca sintió que se rejuvenecía su vieja carne muerta; y se le estremecieron los pies, la espalda, el corazón y la cabeza. Y se levantó de su asiento e hizo señas a la caravana para que se detuviese, e inclinándose hasta el suelo ante la litera de Zein Al-Mawassif, invitó a la joven a apearse y descansar con todo su acompañamiento. Y la instó vivamente a pasar la noche en el monasterio, asegurándole que de noche estaban los caminos infestados de bandoleros salteadores. Y Zein Al-Mawassif no quiso rehusar la oferta de esta hospitalidad, aunque viniera de cristianos y monjes; se apeó de su litera y entró en el monasterio seguida por sus cuatro acompañantes.
Y he aquí que el patriarca Danis, abrasado de amor por la belleza y los encantos de Zein Al-Mawassif...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 665ª noche

Ella dijo:
"... Y he aquí que el patriarca Danis, abrasado de amor por la belleza y los encantos de Zein Al-Mawassif, no sabía cómo arreglarse para declararle su pasión. Y en efecto, la cosa era muy ardua. Por último creyó dar con un buen medio, que consistió en enviar con la joven al monje menos elocuente entre los cuarenta monjes del monasterio. Y llegó a presencia de la joven aquel monje, con intención de hablar en pro de su patriarca. Pero al ver a aquella luna de belleza, sintió que se le trababa en la boca la lengua con mil nudos, y que su zib, por el contrario, hablaba elocuentemente por debajo de la ropa, irguiéndose como una trompa de elefante.
Y al ver aquello, Zein Al-Mawassif se echó a reír con toda su alma en compañía de Hubub, Khutub, Sukub y Rukub. Luego, viendo que el monje permanecía sin hablar con la herramienta preparada, hizo una seña a sus doncellas, que se levantaron al punto y le echaron de su habitación.
Entonces, al ver que el monje volvía con un aire muy mohíno, se dijo el patriarca Danis: "¡Sin duda no ha sabido convencerla!" Y mandó a ella un segundo monje. Y el segundo monje fué a presencia de Zein Al-Mawassif; pero le sucedió exactamente lo mismo que le había sucedido al primero. Y le echaron, y volvió cabizbajo junto al patriarca, quien envió entonces al tercero, luego al cuarto y al quinto, y así sucesivamente hasta el cuatrigésimo. Y cada vez que enviaba a alguno para preparar el terreno, el monje enviado regresaba sin conseguir ningún resultado, no habiendo podido exponer la misión de su patriarca, y no habiendo manifestado su presencia más que por la elevación de la herencia paterna.
Cuando el patriarca vió todo aquello, se acordó del proverbio que dice: "¡Hay que rascarse con las uñas propias y andar con los propios pies!"
Y resolvió obrar por sí mismo.
Entonces se levantó y entró con paso grave y mesurado en la habitación en que se hallaba Zein Al-Mawassif. ¡Y he aquí lo que pasó! Exactamente igual que a sus monjes le sucedió todo lo que a los otros les había sucedido en cuanto a lengua trabada con mil nudos y elocuencia de herramienta. Y ante la risa y la befa de la joven y sus acompañantes, salió de la habitación con la nariz alargada hasta los pies.
Pero, no bien salió él, Zein Al-Mawassif se levantó, y dijo a sus acompañantes: "¡Por Alah! ¡tenemos que escapar de este monasterio lo más pronto posible, porque mucho me temo que esos monjes terribles y su patriarca repugnante vengan a violentarnos esta noche y a mancharnos con su contacto envilecedor!" Y a favor de las tinieblas, se deslizaron fuera del monasterio las cinco, y volviendo a montar en sus camellos, continuaron la marcha a su país.
Y he aquí lo referente a ellas.
En cuanto al patriarca y a los cuarenta monjes, cuando se despertaron por la mañana y advirtieron la desaparición de Zein Al-Mawassif, sintieron que se les retorcían de desesperación las tripas. Y se  reunieron en su iglesia para cantar como asnos, según tenían por costumbre. Pero en vez de cantar antífonas y de recitar sus plegarias ordinarias, he aquí lo que improvisaron:
El primer monje cantó:
¡Congregaos, hermanos míos, antes de que os abandone mi alma, porque ha llegado mi última hora!
¡El fuego del amor consume mis huesos, la pasión devora mi corazón, y ardo por una belleza que ha venido a esta región para herirnos a todos con flechas mortales, disparadas por las pestañas de sus párpados!
Y el segundo monje respondió con este canto:
¡Oh tú que viajas lejos de mí! ¿por qué, ya que me arrebataste el corazón, no me has llevado contigo?
¡Te marchaste llevándote mi reposo! ¡Ah! ¡ojalá vuelvas pronto para verme expirar en tus brazos!
El tercer monje cantó:
¡Oh tú, cuya imagen brilla en mis ojos, llena mi alma y habita en mi corazón!
¡Tu recuerdo es más dulce para mi espíritu que lo dulce que la miel es para los labios del niño; y tus dientes, que sonríen en mis ensueños, son más brillantes que la espada de Asrael! (El ángel de la muerte)
¡Todo pasó cual una sombra, vertiendo llama devoradora en mis entrañas!
¡Si alguna vez en sueños te acercas a mi lecho, le encontrarás bañado con mi llanto!
El cuarto monje respondió:
¡Reprimamos nuestras lenguas, hermanos míos, y no dejemos escapar más palabras superfluas que nos aflijan los corazones sufridores!
¡Oh luna llena de la belleza! ¡tu amor ha esparcido en mi cabeza oscura sus rayos brillantes, y me han incendiado en una pasión infinita!
El quinto monje cantó, sollozando:
¡Mi único deseo es mi bienamada! ¡Su belleza borra el resplandor de la luna; su saliva es más dulce que el agua preciosa de las uvas; la anchura de sus caderas alaba a su Creador!
¡He aquí que mi corazón se consume en la llama del amor que ella me ha inspirado, y mis ojos manan lágrimas cual gotas de ágata!
Entonces prosiguió el sexto monje:
¡Oh ramas cargadas de rosas! ¡oh estrellas de los cielos! ¿dónde está la que apareció en nuestro horizonte, y cuya influencia mortal hace perecer a los hombres sin ayuda de armas, sólo con su mirada?
Luego el séptimo monje entonó este canto:
¡Mis ojos, que la han perdido, se llenan de lágrimas; el amor se acrecienta y la paciencia disminuye!
¡Oh dulce encantadora, aparecida en nuestros caminos! ¡el amor se acrecienta y la paciencia disminuye!
Y así, sucesivamente, entonaron todos los demás monjes un canto improvisado a su vez por cada cual, hasta que le llegó el turno al patriarca, quien con voz sollozante cantó entonces:
¡Mi alma está llena de turbación, y me ha abandonado la esperanza!
¡Una belleza arrebatadora pasó por nuestro cielo y me robó el reposo!
¡Ahora huye de mis párpados el sueño, y la tristeza los consume!
¡A Ti, Señor, me quejo de mis sufrimientos! ¡Haz que, al partir mi alma, mi cuerpo se desvanezca como una sombra!
Cuando hubieron terminado con sus cánticos, los monjes pegaron la cara a las baldosas de su iglesia, y lloraron mucho tiempo. Tras de lo cual resolvieron dibujar de memoria el retrato de la fugitiva, y colocarlo en el altar de su descreimiento. Pero no pudieron realizar su propósito, porque les sorprendió la muerte y puso término a sus tormentos cuando se hubieron cavado por sí mismos sus tumbas en el monasterio.
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente:

Y cuando llegó la 666ª noche

Ella dijo:
"... porque les sorprendió la muerte y puso término a sus tormentos cuando se hubieron cavado por sí mismo sus tumbas en el monasterio. ¡He aquí lo referente a los cuarenta monjes y a su patriarca!
En cuanto a la caravana, la vigilancia de Alah le escribió la seguridad, y tras de un viaje sin contratiempos, llegó al país natal con buena salud. Y ayudada por sus acompañantes, Zein Al-Mawassif descendió de su litera y echó pie a tierra en su jardín. Y entró en la morada, e hizo al punto prepararlo todo, y perfumar el lecho con ámbar precioso, antes de enviar a Hubub para que avisara su regreso a su bienamado Anís.
Y he aquí que en aquel momento Anís, que continuaba pasándose días y noches bañado en lágrimas, estaba echado, somnoliento, en su cama, y tenía un sueño en el que veía distintamente a su bienamada de regreso. Y como tenía fe en los sueños, se levantó muy emocionado, y al punto se  encaminó a la casa de Zein Al-Mawassif para cerciorarse si era verdad el sueño. Y franqueó la puerta del jardín. Y enseguida aspiró en el aire el perfume de ámbar y almizcle de su bienamada. Y voló a la vivienda y entró en la habitación donde esperaba su llegada Zein Al-Mawassif, dispuesta ya. Y cayeron uno en brazos de otro, y permanecieron mucho tiempo enlazados, prodigándose muestras apasionadas de su amor. Y para no desmayarse de alegría y de emoción bebieron en un jarro lleno de una bebida refrescante que tenía azúcar, limones y agua de flores. Tras de lo cual se expansionaron mutuamente, contándose cuanto les había sucedido durante su ausencia; y no se interrumpían más que para acariciarse y besarse tiernamente. Y sólo Alah sabe el número y la intensidad de las pruebas de amor de aquella noche. Y al día siguiente enviaron a la joven Hubub en busca del kadí y de los testigos, quienes acto seguido extendieron su contrato de matrimonio. ¡Y vivieron todos una vida dichosa hasta la llegada de la Segadora de jóvenes y jovenzuelas! ¡Pero gloria y loor a Quien con Su Justicia distribuye belleza y placeres! ¡Y sean la plegaria y la paz para el Señor de los Enviados, Mohamed, que ha reservado el paraíso a sus creyentes!

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