Las historias completas del podcast de las mil noches y una noche.

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44 P3 Historia del dormido despierto - tercera de tres partes

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44 Historia del dormido despierto





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Pero cuando llegó la 647ª noche

Ella dijo:
"... Tras de lo cual le abandonó para ir al diwán a arreglar los asuntos del reino.
Entonces Abul-Hassán no quiso retrasar por más tiempo el informar a su madre de cuanto acababa de sucederle. Y corrió a buscarla, y le contó al detalle los sucesos extraños que habían ocurrido, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirlos. Y al ver que ella no conseguía entenderlos bien, no dejó de explicarle que era el propio califa quien le hizo víctima de todas aquellas jugarretas sin otro objeto que divertirse. Y añadió: "¡Pero ya que todo ha terminado con ventaja para mí, glorificado sea Alah el Bienhechor!" Luego se apresuró a dejar a su madre, prometiéndole que volvería a verla todos los días, y emprendió de nuevo el camino de palacio, en tanto que la noticia de su aventura con el califa y de su nueva situación se esparcía por todo el barrio, y desde allí se extendió a todo Bagdad para difundirse después por las provincias cercanas y distantes.
En cuanto a Abul-Hassán, el favor de que gozaba cerca del califa, al revés de volverle arrogante o desagradable, no hizo más que aumentar su buen humor, su carácter jovial y su alegría. Y no se pasaba día en que con sus agudezas llenas de gracia y con sus bromas no divirtiese al califa y a todas las personas de palacio, grandes y pequeñas. Y el califa, que no podía prescindir de su trato, le llevaba con él a todas partes, incluso a los aposentos reservados y a las habitaciones de Sett Zobeida, lo cual era un favor que jamás había otorgado ni siquiera a su gran visir Giafar. Pero no tardó en notar Sett Zobeida que Abul-Hassán, cada vez que se encontraba con el califa en el aposento de las mujeres, obstinábase en fijar los ojos en una de las mujeres del séquito, en la que se llamaba Caña-de-Azúcar, y que bajo las miradas de Abul-Hassán, la joven se ponía roja de placer. Por eso dijo un día a su esposo. "¡Oh Emir de los Creyentes! sin duda habrás notado, como yo, las señas inequívocas de amor que se hacen Abul-Hassán y la pequeña Caña-de-Azúcar. ¿Qué te parecería un matrimonio entre ambos?"
El califa contestó: "Bien. No veo inconveniente. Por cierto que debí pensar en ello hace tiempo. Pero los asuntos del reino me distrajeron de ese cuidado. Y me contraría mucho, pues desde la segunda velada que pasé en su casa, tengo prometido buscar a Abul-Hassán una esposa selecta. Y veo que Caña-de-Azúcar sirve para el caso. Y sólo nos resta ya interrogar a ambos para saber si es de su gusto el matrimonio".
Al punto hicieron ir a Abul-Hassán y a Caña-de-Azúcar, y les preguntaron si consentían en casarse uno con otro. Y Caña-de-Azúcar, por toda respuesta, se limitó a enrojecer en extremo, y se arrojó a los pies de Sett Zobeida, besándole la orla del traje en acción de gracias. Pero Abul-Hassán contestó: "En verdad, ¡oh Emir de los Creyentes! que abrumaste con tu generosidad a tu esclavo Abul-Hassán. Pero antes de tomar por esposa a esta encantadora joven cuyo solo nombre indica ya sus cualidades exquisitas, quisiera, con tu permiso, que nuestra ama le hiciese una pregunta..." Y Sett Zobeida sonrió, y dijo: "¿Y qué pregunta es ésa, ¡oh Abul-Hassán!?"
Abul-Hassán contestó: "¡Oh mi señora! quisiera saber si a mi esposa le gusta lo que a mí me gusta. ¡Tengo que declararte ¡oh mi señora! que las únicas cosas que estimo son la animación del vino, el placer de los manjares y la alegría del canto y de los versos hermosos! Si a Caña-de-Azúcar, pues, le gustan esas cosas, y además es sensible y no dice nunca que no a lo que tú sabes, ¡oh mi señora! consiento en amarla con un amor grande. ¡De no ser así, por Alah, que permaneceré soltero!" Y al oír estas palabras, Sett Zobeida se encaró con Caña-de-Azúcar, riendo, y le preguntó: "Ya lo has oído... ¿Qué contestas a eso?" Y Caña-de-Azúcar respondió haciendo con la cabeza una seña que significaba que sí.
Entonces el califa hizo ir sin tardanza al kadí y a los testigos, que escribieron el contrato de matrimonio. Y con aquel motivo se dieron en palacio grandes festines y hubo grandes festejos durante treinta días y treinta noches, al cabo de los cuales pudieron ambos esposos gozar uno de otro con toda tranquilidad. ¡Y pasaban la vida comiendo, bebiendo y riendo a carcajadas, sin tasar sus gastos! Y nunca estaban vacías en su casa las bandejas de manjares, de fruta, de pastelería y de bebidas, y la alegría y las delicias marcaban todos sus instantes. Así es que, al cabo de cierto tiempo, a fuerza de gastarse el dinero en festines y en diversiones, no les quedó ya nada entre las manos. Y como, preocupado con sus asuntos, el califa hubo de olvidarse de señalar a Abul-Hassán emolumentos fijos, una mañana se despertaron desprovistos de todo dinero, y aquel día no pudieron arreglarse con los traficantes que les hacían todos los adelantos. Y se creyeron muy desdichados, y por discreción no se atrevieron a ir a pedir nada al califa o a Sett Zobeida. Entonces bajaron la cabeza y se pusieron a reflexionar acerca de la situación. Pero Abul-Hassán fué el primero en levantar la cabeza, y dijo: "¡La verdad es que fuimos pródigos! Y no quiero exponerme a la vergüenza de ir a pedir oro, como un mendigo. ¡Y menos quiero que vayas a pedírselo tú a Sett Zobeida! Así es que he pensado lo que tenemos que hacer, ¡oh Caña-de-Azúcar!". Y Caña-de-Azúcar contestó, suspirando: "¡Habla! ¡Dispuesta estoy a ayudarte en tus proyectos, pues no vamos a ir pordioseando, y por otra parte, tampoco vamos a cambiar de vida y a disminuir nuestros gastos, si no queremos exponernos a que los demás nos traten con menos consideración!"
Y dijo Abul-Hassán: "¡Bien sabía yo ¡oh Caña-de-Azúcar! que jamás te negarías a ayudarme en las diversas circunstancias por que los designios del destino nos hicieran atravesar! Pues bien; has de saber que sólo disponemos de un medio para salir del apuro, ¡oh Caña-de-Azúcar!" Ella contestó: "¡Dilo ya!" El dijo: "¡Dejarnos morir...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 648ª noche

Ella dijo:
"¡... Dejarnos morir!"
Al oír estas palabras, la joven Caña-de-Azúcar exclamó espantada: "¡No, por Alah, yo no quiero morir! ¡Emplea para ti solo ese medio!" Abul-Hassán contestó, sin conmoverse ni enfadarse: "¡Ah, hija de mujer! ¡bien decía yo, de soltero, que nada valía tanto como la soledad! ¡Y la poca solidez de tu juicio acaba de demostrármelo mejor que nunca! ¡Si en vez de contestarme con tanta prontitud te hubieras tomado la pena de pedirme explicaciones, te habrías alegrado en extremo de esa muerte que te propongo y que vuelvo a proponerte! ¿No comprendes que se trata de morir con una muerte fingida y no con una muerte verdadera, a fin de tener oro para todo lo que nos queda de vida?"
Al oír estas palabras, Caña-de-Azúcar se echó a reír, y preguntó: "¿Y cómo vamos a arreglarnos?" Dijo él: "¡Escucha, pues! Y no olvides nada de lo que voy a indicarte. ¡Mira! Cuando yo me muera, o mejor dicho, cuando yo finja morirme, porque soy yo el que primero morirá, cogerás un sudario y me amortajarás. Hecho lo cual, me pondrás en medio de esta habitación en que estamos, en la posición prescrita, con el turbante encima de la cara, y el rostro y los pies vueltos en dirección a la Kaaba santa, hacia la Meca. ¡Luego empezarás a lanzar gritos agudos, a chillar desaforadamente, a verter lágrimas ordinarias y extraordinarias, a desgarrarte las vestiduras y a aparentar que te arrancas el cabello! Y cuando todo esté a punto, irás bañada en llanto y con los cabellos despeinados a presentarte a tu señora Sett Zobeida, y con palabras entrecortadas por sollozos y desmayos diversos, le contarás mi muerte en términos enternecedores; luego te tirarás al suelo, en donde estarás una hora de tiempo para no recobrar el sentido hasta que te notes anegada en el agua de rosas con que no dejarán de rociarte. ¡Y entonces ¡oh Caña-de-Azúcar! verás cómo va a entrar en nuestra casa el oro!"
Al oír estas palabras, Caña-de-Azúcar contestó: "En verdad que es hacedera esa muerte. ¡Y consiento en ayudarte a llevarla a cabo!" Luego añadió: "¿Pero cuándo y de qué manera tengo yo que morirme?" Dijo él: "Primero harás lo que acabo de decirte. ¡Y después Alah proveerá!" Y añadió: "¡Mira! ¡Ya estoy muerto!" Y se tendió en medio de la habitación, y se hizo el muerto.
Entonces Caña-de-Azúcar le desnudó, le amortajó con un sudario, le volvió los pies en dirección a la Meca y le colocó el turbante encima del rostro. Tras lo cual se puso a ejecutar todo lo que Abul-Hassán le había dicho que hiciera en cuanto a gritos penetrantes, chillidos desaforados, lágrimas ordinarias y extraordinarias, desgarrar de trajes, tirones de cabellos y arañar de mejillas. Y cuando estuvo en el estado prescripto, con el rostro amarillo como el azafrán y los cabellos desordenados, fué a presentarse a Sett Zobeida, y empezó por dejarse caer a los pies de su señora cuan larga era, lanzando un gemido capaz de enternecer un corazón de roca.
Al ver aquello, Sett Zobeida, que ya había oído desde su aposento los gritos penetrantes y los chillidos de duelo lanzados por Caña-de-Azúcar desde lejos, no dudó ya al ver en aquel estado a su favorita Caña-de-Azúcar, que la muerte habíase cebado en su esposo Abul-Hassán. Así es que, afligida hasta el límite de la aflicción, le prodigó por sí misma cuantos cuidados requería su estado, y se la echó en las rodillas, y consiguió volverla a la vida. Pero Caña-de-Azúcar, desolada y con los ojos bañados en lágrimas, continuó gimiendo y arañándose y tirándose de los pelos y golpeándose las mejillas, mientras suspiraba entre sollozos el nombre de Abul-Hassán. Y acabó por contar con palabras entrecortadas que por la noche había muerto él de una indigestión. Y dándose en el pecho un golpe último, añadió: "Ya no me queda que hacer más que morirme a mi vez. ¡Pero que Alah prolongue en tanto la vida de nuestra señora!" Y se dejó caer una vez más a los pies de Sett Zobeida; y se desmayó de dolor.
Al ver aquello, todas las mujeres empezaron a lamentarse en torno de ella, y a apenarse por la muerte de aquel Abul-Hassán que tanto las había divertido en vida con sus bromas y su buen humor.
Y sus llantos y suspiros demostraron a Caña-de-Azúcar, que había vuelto de su desmayo a fuerza de agua de rosas con que la rociaron, la parte que tomaban en su pena y en su dolor.
En cuanto a Sett Zobeida, que también lloraba con las mujeres de su séquito la muerte de Abul-Hassán, acabó por llamar a su tesorera, después de todas las fórmulas de pésame que se usan en semejantes circunstancias, y le dijo: "¡Ve en seguida a coger de mi arquilla particular un saco de diez mil dinares de oro, y dáselo a la pobre, a la desolada Caña-de-Azúcar, a fin de que pueda hacer que se celebren dignamente los funerales de su esposo Abul-Hassán!" Y la tesorera se apresuró a ejecutar la orden, y cargó el saco de oro a espaldas de un eunuco, que fué a dejarlo a la puerta del aposento de Abul-Hassán.
Luego Sett Zobeida abrazó a su servidora y le prodigó palabras dulces para consolarla, y la acompañó hasta la salida, diciéndole: "¡Qué Alah te haga olvidar tu aflicción ¡oh Caña-de-Azúcar! y cure tus heridas y prolongue tu vida tantos años como dejó de vivir el difunto...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 649ª noche

Ella dijo:
"¡... Que Alah te haga olvidar tu aflicción ¡oh Caña-de-Azúcar! y cure tus heridas y prolongue tu vida tantos años como dejó de vivir el difunto!" Y la desolada Caña-de-Azúcar besó la mano de su señora, llorando, y regresó a su aposento completamente sola.
Entró, pues, en la habitación donde la esperaba Abul-Hassán, siempre tendido como un muerto y envuelto en el sudario, y cerró la puerta al entrar, y empezó por soltar una carcajada de buen augurio. Y dijo a Abul-Hassán: "¡Levántate ya de entre los muertos ¡oh padre de la sagacidad! y ven a arrastrar conmigo este saco de oro, fruto de tu malicia! ¡Por Alah, que no va a ser hoy cuando nos muramos de hambre!" Y Abul-Hassán, ayudado por su mujer, se apresuró a desembarazarse del sudario, y saltando sobre ambos pies, corrió adonde estaba el saco de oro y lo arrastró hasta el centro de la habitación, y se puso a bailar alrededor en un pie.
Tras de lo cual se encaró con su esposa y la felicitó por el éxito obtenido, y le dijo: "Pero no es esto todo, ¡oh mujer! ¡Ahora te toca a ti morirte como yo lo he hecho, y a mí me toca ganar el saco! Y así veremos si soy tan hábil con el califa como lo has sido tú con Sett Zobeida. ¡Porque conviene que el califa, que tanto se divirtió a expensas mías en otra ocasión, sepa ahora que no sólo es él quien gasta bromas! ¡Pero es inútil perder tiempo en vana palabrería! ¡Vamos, muérete!"
Y Abul-Hassán acomodó a su mujer en el sudario con que le había amortajado ella, la colocó en medio de la estancia, en el mismo sitio en que estuvo él tendido, le volvió los pies en dirección a la Meca y le recomendó que no diese señal de vida, aunque le sintiera llegar. Hecho lo cual, se atavió de mala manera, deshizo a medias su turbante, se frotó los ojos con cebolla para hacer que lloraba copiosamente, y desgarrándose el traje y mesándose la barba y dándose en el pecho grandes puñetazos, corrió en busca del califa, que en aquel momento estaba en medio del diwán, rodeado de su gran visir Giafar, de Massrur y de varios chambelanes.
Al ver en aquel estado de aflicción y de inconsciencia al mismo Abul-Hassán que de ordinario era tan jovial y despreocupado, el califa llegó al límite del asombro y de la aflicción, e interrumpiendo la  sesión del diwán, se levantó de su sitio y corrió hacia Abul-Hassán, a quien pidió que en seguida le manifestase la causa de su dolor. Pero Abul-Hassán, que se llevaba el pañuelo a los ojos, sólo contestó redoblando en sus llantos y sollozos y dejando escapar de sus labios al fin, entre mil suspiros y mil desmayos fingidos, el nombre de Caña-de-Azúcar, mientras decía: "¡Ay! ¡oh pobre Caña-de-Azúcar! ¡Ay! ¡oh infortunada! ¿Qué será de mí sin ti?"
Al oír estas palabras y estos suspiros, el califa comprendió que Abul-Hassán acababa de anunciarle la muerte de su esposa Caña-de-Azúcar, y quedó extremadamente afectado. Y se le saltaron lágrimas de los ojos, y dijo a Abul-Hassán, echándole un brazo por los hombros: "¡Alah la tenga en su misericordia! ¡Y prolongue tus días con todos los que se le arrebataron a esa esclava dulce y encantadora ¡Te la dimos con el fin de que fuese para ti motivo de alegría, y he aquí ahora que se torna en motivo de duelo! ¡Pobre Caña-de-Azúcar!" Y el califa no pudo por menos de llorar ardientes lágrimas. Y se secó los ojos con el pañuelo. Y Giafar y los demás visires y todos los presentes lloraron también ardientes lágrimas, y se secaron los ojos como lo había hecho el califa.
Luego asaltó al califa la misma idea que a Sett Zobeida: e hizo ir al tesorero, y le dijo: "¡Cuenta al instante a Abul-Hassán diez mil dinares para los gastos de los funerales de su difunta esposa! ¡Y dispón que se los lleven a la puerta de su aposento!" Y el tesorero contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a ejecutar la orden. Y Abul-Hassán, más desolado que nunca, besó la mano al califa y se retiró sollozando.
Cuando llegó a la habitación en que le esperaba Caña-de-Azúcar, envuelta siempre en el sudario, exclamó: "¡Pues bien! ¿crees que eres tú sola quien ha ganado tantas monedas de oro como lágrimas has vertido? ¡Mira! ¡Ahí tienes mi saco!" Y arrastró el saco hasta el centro de la habitación, y después de ayudar a Caña-de-Azúcar a salir del sudario, le dijo: "¡Bueno! pero no es esto todo, ¡oh mujer! ¡Ahora hay que obrar de modo que, cuando se sepa nuestra estratagema, no nos atraigamos la cólera del califa y de Sett Zobeida!
He aquí, pues, lo que tenemos que hacer... "Y empezó a instruir a Caña-de-Azúcar sobre sus intenciones acerca del particular.
¡Y tal es lo referente a ellos...!
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 650ª noche

Ella dijo:
¡... Y tal es lo referente a ellos!
En cuanto al califa, cuando hubo terminado la sesión del diwán, la cual abrevió aquel día, por cierto, se apresuró a ir con Massrur al palacio de Sett Zobeida para darle el pésame por la muerte de su esclava favorita. Y entreabrió la puerta del aposento de su esposa, y la vió echada en su lecho rodeada de sus mujeres, que le secaban los ojos y la consolaban. Y se acercó a ella, y le dijo: "¡Oh hija del tío! ¡ojalá vivas tantos años como se perdieron para tu pobre favorita Caña-de-Azúcar!" Al oír este cumplimiento de pésame Sett Zobeida, que esperaba la llegada del califa para darle ella el pésame por la muerte de Abul-Hassán, quedó extremadamente sorprendida, y creyendo que el califa estaba mal informado, exclamó: "Preservada sea la vida de mi favorita Caña-de-Azúcar, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡A mí es a quien toca participar de tu duelo! ¡Ojalá vivas y sobrevivas por mucho tiempo a tu compañero el difunto Abul-Hassán! ¡Si me ves tan afligida, no es más que por causa de la muerte de tu amigo, no por la de Caña-de-Azúcar, que ¡bendito sea Alah! goza de buena salud!"
Al oír estas palabras, el califa, que tenía los mayores motivos para creer que estaba bien informado de la verdad, no pudo por menos de sonreír, y encarándose con Massrur, le dijo: "Por Alah, ¡oh Massrur! ¿qué te parecen estas palabras de tu ama? He aquí que ella, tan sensata y prudente por lo común, tiene los mismos desvaríos que las demás mujeres. ¡Qué verdad es que todas son iguales al final! ¡Vengo a consolarla, y quiere apenarme y engañarme anunciándome una noticia falsa! ¡En fin, háblale tú! ¡Y dile lo que viste y oíste como yo! ¡Quizá cambie entonces de táctica, y no intente ya engañarnos!" Y para obedecer al califa, Massrur dijo a la princesa: "¡Oh mi señora! ¡Nuestro Emir de los Creyentes tiene razón! ¡Abul-Hassán goza de buena salud y de fuerzas excelentes, aunque deplora la pérdida de su esposa Caña-de-Azúcar, tu favorita, muerta anoche de una indigestión! Porque has de saber que Abul-Hassán acaba de salir hace un instante del diván, adonde ha ido a anunciarnos por sí mismo la muerte de su esposa. ¡Y se ha vuelto a su casa muy desolado, y gratificado, merced a la generosidad de nuestro amo, con un saco de diez mil dinares de oro para los gastos de los funerales!"
Estas palabras de Massrur, lejos de persuadir a Sett Zobeida, no hicieron más que confirmarla en la creencia de que el califa tenía ganas de broma, y exclamó: "¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! que no es hoy el día más a propósito para gastar las bromas que acostumbras! Bien sé lo que me digo, y mi tesorera te dirá lo que me cuestan los funerales de Abul-Hassán. ¡Más valdría que tomáramos parte en el duelo de nuestra esclava, en lugar de reír sin tacto y sin medida, como lo estamos haciendo!" Y al oír estas palabras, el califa sintió que le invadía la cólera, y exclamó: "¿Qué dices, ¡oh hija del tío!? ¡Por Alah! ¿es que te has vuelto loca para decir semejantes cosas? ¡Te digo que quien ha muerto es Caña-de-Azúcar! ¡Y además, es inútil que disputemos acerca del asunto, pues inmediatamente voy a darte pruebas de lo que afirmo!" Y se sentó en el diván y se encaró con Massrur, y le dijo: "¡Aunque no tengo necesidad de más pruebas que las que conozco, ve ya al aposento de Abul-Hassán para ver cuál de los dos esposos es el muerto! ¡Y vuelve al punto a decirnos lo que haya!" Y en tanto que Massrur se apresuraba a ejecutar la orden, el califa se encaró con Sett Zobeida, y le dijo: "¡Oh hija del tío! ¡ahora vamos a ver quién de nosotros dos tiene razón! ¡Pero desde el momento en que insistes de ese modo acerca de cosa tan clara, voy a apostar en contra tuya lo que quieras!"
Ella contestó: "¡Acepto la apuesta! ¡Y voy a apostar lo que más me gusta en el mundo, que es mi pabellón de pinturas, contra lo que quieras proponerme, por muy poco valor que tenga!" El dijo: "¡Contra tu apuesta arriesgo lo que más me gusta en el mundo, que es mi palacio de recreo! ¡Creo que de esa manera no abuso! ¡Porque mi palacio de recreo es superior con mucho, en valor y en belleza, a tu pabellón de pinturas!"
Sett Zobeida contestó muy molesta: "¡No se trata de saber ahora, para estar aún más disconforme, si tu palacio es superior a mi pabellón! ¡Por otra parte, no tendrías más que escuchar lo que se dice a espaldas tuyas! Pero antes hemos de sancionar nuestra apuesta. ¡Sea, pues, la Fatiha entre nosotros!" Y dijo el califa: "¡Bueno, sea la Fatiha del Korán entre nosotros!" Y recitaron a la vez el capítulo liminar del libro santo para sellar su apuesta...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 651ª noche

Ella dijo:
"... Y recitaron a la vez el capítulo liminar del libro santo para sellar su apuesta. Y en medio de un silencio hostil, esperaron la vuelta del portaalfanje Massrur. ¡Y he aquí lo referente a ellos!
En cuanto a Abul-Hassán, que estaba al acecho para enterarse de lo que iba a ocurrir, vió desde lejos avanzar a Massrur y comprendió el propósito que le guiaba. Y dijo a Caña-de-Azúcar: "¡Oh Caña-de-Azúcar! ¡he aquí que Massrur viene derecho a nuestra casa! Sin duda alguna le han mandado venir con motivo del desacuerdo que seguramente ha surgido entre el califa y Sett Zobeida acerca de nuestra muerte. ¡Date prisa a hacerte la muerta una vez más, a fin de que te amortaje yo sin tardanza!" Al punto se hizo la muerta Caña-de-Azúcar, y Abul-Hassán la amortajó con el sudario y la colocó como la primera vez para sentarse inmediatamente junto a ella, con el turbante deshecho, la cara alargada y el pañuelo en los ojos.
En aquel mismo momento entró Massrur. Y al ver a Caña-de-Azúcar amortajada en medio de la habitación y a Abul-Hassán sumido en desesperación, no pudo menos de emocionarse, y pronunció: "¡No hay más dios que Alah! Muy grande es mi aflicción por ti, ¡oh pobre Caña-de-Azúcar, hermana nuestra! ¡oh tú, antaño tan gentil y tan dulce! ¡Cuán doloroso para todos nosotros es tu destino! ¡Y cuán rápida fué para ti la orden del retorno hacia Quien te ha creado! ¡Ojalá te conceda, al menos, su compasión y su gracia el Retribuidor!"
Luego besó a Abul-Hassán, y se apresuró a despedirse de él, muy triste, para ir a dar cuenta al califa de lo que había comprobado. Y no le desagradaba hacer ver así a Sett Zobeida cuán obstinada era y cuán equivocada estaba en contradecir al califa.
Entró, pues, en el aposento de Sett Zobeida, y después de haber besado la tierra, dijo: "¡Alah prolongue la vida de nuestra señora! ¡La difunta está amortajada en medio de la habitación, y ya tiene hinchado el cuerpo debajo del sudario, y huele mal! ¡En cuanto al pobre AbulHassán, me parece, que no sobrevive a su esposa!"
Al oír estas palabras de Massrur, al califa se le quitó un peso de encima y se regocijó infinitamente; luego, encarándose con Sett Zobeida, que habíase puesto muy amarilla, le dijo: "¡Oh hija del tío! ¿a qué esperas para llamar al escriba que ha de inscribir a mi nombre el pabellón de pinturas?"
Pero Sett Zobeida empezó a injuriar a Massrur, y en el límite de la indignación, dijo al califa: "¿Cómo puedes tener confianza en las palabras de ese eunuco embustero e hijo de embustero? ¿Acaso no he visto aquí por mí misma, y mis esclavas la han visto conmigo hace una hora, a mi favorita Caña-de-Azúcar, que lloraba desolada la muerte de Abul-Hassán?" Y excitándose con sus propias palabras, tiró su babucha a la cabeza de Massrur, y le gritó "Sal de aquí, ¡oh hijo de perro!" Y Massrur, más estupefacto todavía que el califa, no quiso irritar más a su ama, y doblándose por la cintura, se apresuró a escapar, meneando la cabeza.
Entonces, llena de cólera, Sett Zobeida se encaró con el califa, y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡nunca imaginé que un día te pusieras de acuerdo con ese eunuco para darme un disgusto tan grande y hacerme creer lo que no es! Porque no me cabe duda de que lo que ha contado Massrur lo convinisteis de antemano con objeto de disgustarme. De todos modos, para probarte de manera indudable que soy yo quien tiene razón, a mi vez voy a enviar a alguien para que se vea cuál de nosotros ha perdido la apuesta. ¡Y si eres tú quien dice verdad seré una insensata y todas mis mujeres serán tan insensatas como su ama! ¡Si, por el contrario, soy yo quien tiene razón, quiero que, además de la ganancia de la apuesta, me concedas la cabeza del impertinente eunuco de pez!"
El califa, que sabía por experiencia propia cuán irritable era su prima, dió inmediatamente su consentimiento a cuanto ella le pedía. Y Sett Zobeida hizo presentarse enseguida a la anciana nodriza que la había criado y en la cual tenía toda su confianza, y le dijo: "¡Oh, nodriza! Ve ahora a casa de Abul-Hassán, el compañero de nuestro Señor el califa, y sencillamente mira quién se ha muerto en esa casa, si es Abul-Hassán o si es su esposa Caña-de-Azúcar. ¡Y vuelve al punto a contarme lo que hayas visto y sepas!"
Y la nodriza contestó con el oído y la obediencia, y a pesar de sus piernas viejas, apretó el paso en dirección a la casa de Abul-Hassán. Pero Abul-Hassán, que vigilaba constantemente las idas y venidas a su casa, divisó desde lejos a la anciana nodriza, que se acercaba trabajosamente; y comprendió por qué la habían enviado, y se encaró con su esposa, y exclamó riendo: "¡Oh Caña-de-Azúcar! ¡ya estoy muerto! ...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Pero cuando llegó la 652ª noche

Ella dijo:
"¡Oh Caña-de-Azúcar! ¡ya estoy muerto!". Y como no tenía tiempo que perder, se amortajó por sí mismo con el sudario y se echó en tierra con los pies en dirección a la Meca. Y Caña-de-Azúcar le puso el turbante encima de la cara; y con la cabellera despeinada, empezó a golpearse las mejillas y el pecho, lanzando gritos de duelo. Y en aquel momento entró la anciana nodriza. ¡Y vió lo que vió! Y se acercó muy triste a la desolada Caña-de-Azúcar, y le dijo: "¡Que Alah otorgue sobre tu cabeza los años que se perdieron para el difunto! ¡Ay hija mía Caña-de-Azúcar! ¡hete aquí sola en la viudez en medio de tu juventud! ¿Qué va a ser de ti sin Abul-Hassán, ¡oh Caña-de-Azúcar!?" Y estuvo llorando con ella algún tiempo. Luego le dijo: "Hija mía, tengo que dejarte, bien a pesar mío. ¡Pero he de volver a toda prisa junto a mi señora Sett Zobeida para librarla de la aflictiva inquietud en que la ha sumido ese embustero descarado, el eunuco Massrur, que le afirmó que eras tú la muerta en vez de Abul-Hassán!" Y Caña-de-Azúcar, gimiendo, dijo: "¡Pluguiera a Alah, ¡oh madre mía! que hubiese dicho la verdad ese eunuco! ¡No estaría aquí llorando como lo hago! ¡Pero no va a tardar mucho en llegarme mi hora! Mañana, lo más tarde, me enterrarán, muerta de dolor!" Y diciendo estas palabras, redobló en sus llantos, suspiros y lamentos. Y más enternecida que nunca, la nodriza la besó otra vez y salió lentamente para no importunarla, y cerró la puerta tras de sí. Y fué a dar cuenta a su señora de lo que había visto y oído. Y cuando acabó de hablar, hubo de sentarse, falta de aliento por lo mucho que había trabajado para su avanzada edad.
Cuando Sett Zobeida oyó la relación de su nodriza, encarose, altanera, con el califa, y le dijo: "¡Ante todo, hay que ahorcar a tu esclavo Massrur, ese eunuco impertinente!" Y en el límite de la perplejidad, el califa hizo ir a su presencia a Massrur, y le miró con cólera y quiso reprocharle su mentira. Pero no le dejó tiempo Sett Zobeida. Excitada por la presencia de Massrur, se encaró con su nodriza, y le dijo: "¡Repite ante ese hijo de perro, ¡oh nodriza! lo que acabas de decirnos!" Y la nodriza, que aún no había recobrado el aliento, se vió obligada a repetir su relación ante Massrur, quien irritado por sus palabras, no pudo por menos de gritarle, a pesar de la presencia del califa y de Sett Zobeida: "¡Ah vieja desdentada! ¿cómo te atreves a mentir tan impúdicamente y a envilecer tus cabellos blancos? ¿Es que vas a hacerme creer que no he visto con mis propios ojos a Caña-de-Azúcar muerta y amortajada?" Y la nodriza, sofocada, adelantó la cabeza con furia, y le gritó: "Tú solo eres el embustero, ¡oh negro de betún! ¡No deberían condenarte a muerte en la horca, sino cortándote en pedazos y haciéndote comer tu propia carne!"
Y replicó Massrur: "¡Cállate, vieja chocha! ¡Ve a contar tus historias a las muchachas del harem!" Pero Sett Zobeida, furiosa ante la insolencia de Massrur, prorrumpió en sollozos, tirándole a la cabeza los cojines, los vasos, los jarros y los taburetes, y le escupió en el rostro, y acabó por dejarse caer en su lecho, llorando.
Cuando el califa hubo visto y oído todo aquello, llegó al límite de la perplejidad, y dió una palmada, y dijo: "¡Por Alah, que no sólo es Massrur el embustero! Yo también soy un embustero, y la nodriza también es una embustera, y tú también eres una embustera, ¡oh hija del tío!" Luego bajó la cabeza y no dijo nada más. Pero, al cabo de una hora de tiempo, levantó la cabeza, y dijo: "¡Por Alah, que nos hace falta saber la verdad ahora! ¡Lo único que nos queda que hacer es ir a casa de Abul-Hassán, para ver con nuestros ojos cuál de todos nosotros es el embustero y cuál es el veraz!" Y se levantó y rogó a Sett Zobeida que le acompañara; y seguido de Massrur, de la nodriza y de la muchedumbre de mujeres, se encaminó al aposento de Abul-Hassán.
Y he aquí que, al ver acercarse aquel cortejo, Caña-de-Azúcar no pudo por menos de inquietarse y conmoverse mucho, aunque Abul-Hassán la había prevenido de antemano que la cosa tendría buen fin, y exclamó: "¡Por Alah! ¡no siempre que se cae queda entero el jarro!" Pero Abul-Hassán se echó a reír, y dijo: "Murámonos ambos; ¡oh Caña-de-Azúcar!" Y tendió en tierra a su mujer, la amortajó con el sudario, se metió por sí mismo en una pieza de seda que sacó de un cofre, y se tendió junto a ella, sin olvidarse de ponerse el turbante encima de la cara con arreglo al rito. Y apenas había terminado sus preparativos, la comitiva entró en la sala.
Cuando el califa y Sett Zobeida vieron el espectáculo fúnebre que se presentaba a sus ojos, se quedaron inmóviles y mudos. Y Sett Zobeida, a quien tantas emociones en tan poco tiempo habían trastornado completamente, se puso de pronto muy pálida, dió un grito y cayó desmayada en brazos de sus mujeres. Y cuando volvió de su desmayo, vertió un torrente de lágrimas, y exclamó: "¡Ay de ti, oh Caña-de-Azúcar! ¡no pudiste sobrevivir a tu esposo, y has muerto de pena!" Pero el califa, que no quería oírle aquello y que, además, lloraba también la muerte de su amigo Abul-Hassán, se encaró con Sett Zobeida, y le dijo: "¡No, ¡por Alah! no es Caña-de-Azúcar quien ha muerto de pena, sino el pobre Abul-Hassán, que no pudo sobrevivir a su esposa! ¡Eso es lo cierto...
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y cuando llegó la 653ª noche

Ella dijo:
"... -el califa, que no quería oírle decir aquello, y que, además, lloraba también la muerte de su amigo Abul-Hassán, se encaró con Sett Zobeida, y le dijo: "¡No, ¡por Alah! no es Caña-de-Azúcar quien ha muerto de pena, sino el pobre Abul-Hassán, que no pudo sobrevivir a su esposa! ¡Eso es lo cierto!" Y añadió: "¡Y he aquí que lloras y te desmayas porque te parece que tienes razón!" Y contestó Sett Zobeida: "¡Y a ti te parece que tienes razón, a pesar mío, porque ese maldito esclavo te ha mentido!" Y añadió: "¡Bueno! ¿pero dónde están los servidores de Abul-Hassán? ¡Que vayan a buscarlos ya! ¡Y como han amortajado a sus amos, ellos nos dirán cuál de ambos murió primero, y cuál murió de pena!" Y dijo el califa: "Tienes razón, ¡oh hija mía! ¡Y por Alah, que prometo diez mil dinares de oro a quien me dé la noticia!"
Pero apenas había pronunciado estas palabras el califa, cuando se dejó oír una voz que salía de debajo del sudario de la derecha, y decía: "¡Que me cuenten los diez mil dinares, pues anuncio a nuestro señor el califa, que soy yo, Abul-Hassán, quien se murió el segundo, de dolor sin duda!"
Al oír aquella voz, Sett Zobeida y las mujeres, poseídas de espanto, lanzaron un gran grito y se precipitaron a la puerta, en tanto que, por el contrario, el califa, que comprendió en seguida la jugarreta de Abul-Hassán, se reía de tal manera, que se cayó de trasero en medio de la sala, y exclamó: "¡Por Alah, ya Abul-Hassán, que ahora soy yo quien va a morirse a fuerza de reír!"
Luego, cuando el califa acabó de reír y Sett Zobeida se repuso de su terror, Abul-Hassán y Caña-de-Azúcar salieron de su sudario, y en medio de las risas de todos, decidiéronse a contar el motivo que hubo de impulsarles a gastar aquella broma. Y Abul-Hassán se arrojó a los pies del califa; y Caña-de-Azúcar besó los pies de su ama; y ambos pidieron perdón con acento muy arrepentido. Y añadió Abul-Hassán: "¡Mientras estuve soltero, ¡oh Emir de los Creyentes! desprecié el dinero! ¡Pero esta Caña-de-Azúcar, que debo a tu generosidad, posee tanto apetito, que se come los sacos con su contenido, y por Alah, que es capaz de devorar todo el tesoro del califa con el tesorero!" Y el califa y Sett Zobeida se echaron a reír a carcajadas otra vez. Y perdonaron a ambos e hicieron que acto seguido les contasen los diez mil dinares que ganó con su respuesta Abul-Hassán, y además otros diez mil por haberse librado de la muerte.
Tras de lo cual, el califa, a quien aquella farsa había hecho ocuparse de los gastos y necesidades de Abul-Hassán, no quiso que su amigo careciese de paga fija en adelante. Y dió orden a su tesorero para que mensualmente le pagaran emolumentos iguales a los de su gran visir. Y con más deseos que antes, quiso también que Abul-Hassán siguiese siendo su amigo íntimo y su compañero de copa. ¡Y vivieron todos la más deliciosa vida hasta que llegó la Separadora de amigos, la Destructora de palacios y Constructora de tumbas, la Inexorable, la Inevitable!

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